martes, 9 de junio de 2026

Hundirse, de Stephen Leacock

[Un pasaje de Stephen  Leacock. Traducción propia:]

Creo que fue justo cuando estaban cantando "Oh Canadá" que se corrió la voz de que el barco se estaba hundiendo.

Si alguna vez has vivido una emergencia repentina en el agua comprenderás su peculiar psicología: la forma en que lo que sucede parece saberse todo al instante, sin que se pronuncie una sola palabra. La información se transmite de una persona a otra mediante un proceso misterioso.

En cualquier caso, en el Bella Mariposa primero uno y luego otro oyeron que el vapor se estaba hundiendo y, por lo que pude averiguar, el origen del asunto fue que George Duff, el gerente del banco, se acercó discretamente al Dr. Gallagher y le preguntó si creía que el barco se estaba hundiendo. El doctor respondió que no, que lo había pensado antes, ese mismo día, pero que ahora no lo creía. Después de eso, según su propio relato, Duff le dijo a Macartney, el abogado, que el barco se estaba hundiendo, y Macartney respondió que lo dudaba mucho. Entonces, alguien se acercó al juez Pepperleigh, lo despertó y le dijo que había quince centímetros de agua en el vapor y que se estaba hundiendo. Pepperleigh dijo que era un escándalo mayúsculo y le contó la noticia a su esposa, quien respondió que no tenían derecho a permitirlo y que, si el vapor se hundía, esa sería la última excursión que haría.

Así que la noticia se extendió por todo el barco y, en todas partes la gente se reunía en corrillos y hablaba de ello con la misma mezcla de ira y excitación con que la gente habla cuando un vapor se hunde en uno de los lagos, como era el lago Wissanotti.

Dean Drone, por supuesto, y algunos otros fueron más discretos al respecto y dijeron que había que ser comprensivos y que naturalmente todo tiene dos caras; pero la mayoría no atendía a razones; creo que incluso algunos estaban asustados. Verán, la penúltima vez que el vapor se hundió, un hombre se había ahogado y eso los puso nerviosos.

¿Qué? ¿No te había explicado la profundidad del lago Wissanotti? Lo había dado por sentado y, en cualquier caso, algunas partes son bastante profundas, aunque, supongo, en este tramo, desde los grandes cañaverales hasta aproximadamente una milla al muelle del pueblo, no podrías encontrar seis pies de agua ni aunque probaras. ¡Bah! No me refería a un vapor hundiéndose en el océano y arrastrando a su multitud de gente aterrorizada a los horribles abismos de las verdes aguas. ¡Por Dios que no, ese tipo de cosas nunca suceden en el lago Wissanotti!

Pero lo que sucede es que el Bella Mariposa se hunde de vez en cuando y se queda atascado en el fondo hasta que solucionan el problema. En los lagos que rodean Mariposa, si alguien llega tarde a algún sitio y explica que el vapor se ha hundido, todo el mundo entiende la situación.

Verán, cuando Harland y Wolff construyeron el Bella Mariposa, dejaron algunas grietas entre sus vigas que se taponaban con tiritas de algodón todos los domingos. Si no se hacía, el barco se hundía. De hecho, es ley en la provincia que todos los vapores como el Bella Mariposa deben estar debidamente sellados con corcho —creo que es esa la palabra— cada temporada. Hasta hay inspectores que visitan todos los hoteles de la provincia para asegurarse de que se cumpla.

Ahora que lo he explicado con más claridad, podéis imaginar la indignación de la gente al saber que el barco se había destaponado y podrían quedarse atrapados allí, encallados en un banco de arena o en un lodazal, durante media noche.

Tampoco digo yo que no hubiera peligro; pero de todos modos no te sientes muy seguro cuando te das cuenta de que el barco va bajando con cada cien metros que avanza y miras por la borda y solo ves agua negra en la negra noche que se avecina.

¡A salvo! Ahora que lo pienso, no estoy seguro de que no fuera peor que hundirse en el Atlántico, pues, después de todo, en el Atlántico hay telegrafía inalámbrica y muchos marineros y mayordomos entrenados. Pero allá, en el lago Wissanotti, tan lejos, que apenas se ven las luces del pueblo al sur, cuando la hélice se detiene y se oye el silbido del vapor mientras empiezan a apagar los fuegos de los motores para evitar una explosión, y cuando uno se aparta del rojo resplandor que sale de las puertas de los hornos al abrirlas y mira la oscuridad negra que se cierne sobre el lago y empieza a soplar un viento nocturno entre los juncos, y se ve a los hombres subiendo al tejado de la cabina del piloto para lanzar las bengalas y despertar al pueblo... ¿A salvo? A salvo usted mismo, si quiere; en cuanto a mí, déjenme regresar una vez más a Mariposa bajo la sombra nocturna de los arces y esta será la última, la última vez que iré al lago Wissanotti.

¿A salvo? ¡Claro que sí! ¿No es extraño lo seguras que parecen las aventuras de los demás después de que suceden? Pero tú también te habrías asustado si hubieras estado allí, justo antes de que el vapor se hundiera, y hubieras visto cómo subían a todas las mujeres a la cubierta superior. No entiendo cómo algunas personas se lo tomaban con tanta calma; cómo el señor Smith, por ejemplo, pudo seguir fumando y contando cómo un vapor se le había hundido en el lago Nipissing y otro aún más grande, un barco de ruedas laterales, se le había hundido en el lago Abbitibbi.

Entonces, de repente, con un temblor, se hundió: se podía sentir cómo el barco ahondaba, se hundía abajo y más abajo... ¿es que acaso no llegaría nunca al fondo? El agua llegó hasta la cubierta inferior, y entonces, gracias a Dios, el hundimiento cesó, y allí estaba el Bella Mariposa sano y salvo, varado en un juncal. ¡De verdad que daba risa! Parecía tan raro... Y, además, si uno tiene cierta valentía natural, el peligro le hace reír. "¡Peligro! ¡Bah, tonterías!" A todo el mundo le encantó la idea. Son precisamente estas pequeñas cosas las que dan vida a un día en el agua.

En medio minuto todos corrían de un lado a otro buscando bocadillos, contando chistes y hablando de preparar café sobre los restos del incendio del motor. No necesito explicar con detalle cómo sucedió todo después. Supongo que la gente del Mariposa Belle habría tenido que quedarse allí toda la noche o hasta que llegara ayuda del pueblo, pero algunos de los hombres que habían ido hacia adelante y miraban en la oscuridad dijeron que no se podía estar a más de una milla de Miller's Point; casi se podía ver, allí, a la izquierda; algunos, creo, dijeron "a babor", porque ya sabes: cuando te ves envuelto en estos desastres marítimos, enseguida captas el espíritu del momento.

Así que enseguida desplegaron los pescantes por la borda y comenzaron a bajar el viejo bote salvavidas desde la cubierta superior hasta el agua. Había hombres asomando por la barandilla del Bella Mariposa con linternas que iluminaban el agua y los juncos mientras lo bajaban. Pero, cuando lograron bajar el bote, parecía tan frágil y torpe visto desde arriba, que se oyó un grito: «¡Las mujeres y los niños primero!». ¿Qué sentido tendría intentar meter a un montón de hombres corpulentos si, al final, el bote ni siquiera podría soportar el peso de las mujeres y los niños? Así que subieron principalmente las mujeres y los niños, y el barco se adentró en la oscuridad tan cargado, que apenas flotaba.

En la proa había un estudiante presbiteriano que relevaba al pastor y exclamó que estaban en manos de la Providencia; pero él estaba agachado, listo para saltar desde esas manos en cualquier momento.

Así que el bote zarpó y se perdió en la oscuridad salvo por la linterna en la proa, que se veía flotando en el agua. Poco después regresó y enviaron otro turno, hasta que pronto las cubiertas empezaron a vaciarse y todos se impacientaron por marcharse.

Fue aproximadamente después de la llegada del tercer bote que el señor Smith apostó veinticinco dólares con Mullins a que estaría de vuelta en Mariposa antes de que la gente de los botes hubiera arribado a la orilla.

Nadie sabía exactamente a qué se refería, pero muy pronto vieron al señor Smith desaparecer en la parte más baja del vapor con un mazo en una mano y un gran manojo de marlín en la otra (el marlín es un cabo delgado de cáñamo alquitranado que se emplea para tapar rendijas).

Puede que se hubieran preguntado más al respecto, pero fue justo en ese momento cuando oyeron los gritos del bote de rescate —el gran bote salvavidas Mackinaw— que había zarpado del pueblo con catorce hombres en la borda cuando vieron que se lanzaban las primeras bengalas. Supongo que siempre hay algo inspirador en un rescate en el mar o en el agua.

Después de todo, la valentía del hombre del bote salvavidas es la verdadera valentía: la que se emplea para salvar vidas, no para destruirlas. Durante meses, sin duda, contaron cómo llegó el barco de rescate al Bella Mariposa.

Supongo que cuando lo pusieron en el agua, el bote salvavidas la tocó por primera vez cuando el viejo gobierno de Macdonald lo situó en el lago Wissanotti. En fin: el agua le entraba a raudales por todas partes. Pero ni por un instante, ni siquiera con dos millas de agua entre ellos y el vapor, los remeros se detuvieron por eso: cuando llegaron a la mitad del camino, el agua casi les llegaba a los bancos, pero siguieron adelante jadeando y exhaustos (porque, créanme, si no han estado en una barcaza así durante años, remar es agotador); los remeros perseveraron en su tarea, arrojaron lastre y lanzaron al agua los pesados ​​chalecos salvavidas y chalecos de corcho que les dificultaban los movimientos; ni siquiera pensaron en dar la vuelta, puesto que estaban más cerca del vapor que de la orilla.

"¡Aguanten, muchachos!", gritó la multitud desde la cubierta del vapor; y vaya si aguantaron; estaban casi exhaustos cuando los alcanzaron; unos hombres que se asomaban por la borda del vapor les lanzaron cuerdas y uno a uno cada hombre fue izado a bordo justo cuando el bote salvavidas se hundía fatalmente bajo sus pies.

¡Salvados! ¡Por el cielo salvados gracias a uno de los rescates más ingeniosos jamás vistos en el lago! No tiene sentido describirlo; hay que ver este tipo de rescates realizados por botes salvavidas para comprenderlo. 

Pero los miembros de la tripulación del bote salvavidas no fueron los únicos que se distinguieron. Barco tras barco y canoa tras canoa partieron de Mariposa en ayuda del vapor, y los rescataron a todos. Pupkin, el otro cajero del banco, con cara de caballo, que no había ido a la excursión, en cuanto supo que el barco pedía auxilio (y que la señorita Lawson lanzaba bengalas) corrió a buscar un bote de remos, agarró un remo (dos lo habrían entorpecido) y remó frenéticamente hacia el lago. Se adentró en la oscuridad con la barca desbocada casi hundiéndose bajo sus pies, pero lo alcanzaron y lo rescataron. Lo vieron, casi muerto de agotamiento, llegar al vapor, donde lo izaron con cuerdas. ¡Salvado! ¡Salvado!

Podrían haber seguido así durante media noche, recogiendo a los rescatadores, solo que, justo en el momento en que el décimo grupo de personas partió hacia la orilla, —tan repentina y descaradamente como se pueda imaginar— el Bella Mariposa emergió del fondo fangoso, y flotó.

¿FLOTÓ?

Claro que sí. Si rescatas a ciento cincuenta personas de un vapor hundido, si consigues que un hombre tan astuto como el señor Smith tape las juntas de madera con un mazo y un cabo embreado, y si pones a diez músicos de la banda Mariposa a bombear con la bomba manual en la proa de las cubiertas inferiores... ¿flotar? ¿Qué más podía hacer?

Entonces, si echas viruta entre las brasas del fuego que estabas avivando, hasta que zumba y crepita bajo la caldera, no pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a oír el golpeteo de la hélice en la popa y antes de que el largo rugido del silbato de vapor resuene hasta el pueblo.

Y así, el Bella Mariposa, a toda presión de nuevo y con una larga estela de chispas que salía disparada de la chimenea, se dirigió hacia la ciudad.

Pero esta vez no hubo ninguna Christie Johnson al mando en la cabina del piloto. "¡Smith! ¡Traigan a Smith!", fue el grito. ¿Podrá dirigirlo? ¡Vaya! Pregúntenle a un hombre al que se le han hundido barcos de vapor en la mitad de los lagos desde Temiscaming hasta la bahía, si podrá dirigirlo. Pregúntenle a un hombre que ha navegado en un barco York por los rápidos del Moose cuando el hielo se mueve si podrá sujetar el timón del Bella Mariposa. ¡Y así llegó a salvo al muelle del pueblo!

¡Miren las luces y la multitud! ¡Ojalá el censista federal pudiera contarnos ahora! ¡Escúchenlos gritar y comunicarse de un lado a otro desde la cubierta hasta la orilla! Escuchen: se oye el traqueteo de las cuerdas de amarre mientras las preparan, y ahí está la banda Mariposa, —de hecho, formando un círculo en la cubierta superior justo cuando atraca, el director con su batuta— ¡uno, dos, listos ahora!

"¡OH CANADÁ!"

Gertrudis la institutriz, por Stephen Leacock

 Gertrudis la institutriz, o Simplemente diecisiete, de Relatos sin sentido, de Stephen Leacock:

    Resumen de los capítulos anteriores:

    No hay capítulos anteriores.

Era una noche tempestuosa y violenta en la costa oeste de Escocia. Sin embargo, esto es irrelevante para la historia que nos ocupa, ya que la acción no transcurre en el oeste de Escocia. De hecho, el tiempo era igual de malo en la costa este de Irlanda.

Pero la acción de esta narración se desarrolla en el sur de Inglaterra y tiene lugar en los alrededores de Knotacentinum Towers (que se pronuncia como si se escribiera Nosham Taws), la sede de Lord Knotacent (que se pronuncia como si se escribiera Nosh).

Pero no es necesario pronunciar ninguno de estos nombres al leerlos.

Nosham Taws era una típica casa inglesa. La parte principal era una estructura isabelina de ladrillo rojo cálido, mientras que la parte más antigua, de la que el conde estaba sumamente orgulloso, aún conservaba los vestigios de una torre normanda, a la que se le habían añadido una cárcel lancasteriana y un orfanato de los Plantagenet. Desde la casa se extendían en todas direcciones magníficos bosques y parques con robles y olmos de antigüedad inmemorial, mientras que más cerca de la casa crecían frambuesas y geranios plantados por los cruzados.

Alrededor de la gran mansión antigua, el aire resonaba con el trinar de los tordos, el graznido de las perdices y el dulce y claro canto de la corneja, mientras ciervos, antílopes y otros cuadrúpedos se pavoneaban por el césped tan mansos que incluso comían el reloj de sol. De hecho, el lugar era un auténtico zoológico.

Desde la casa, a través del parque, se extendía una hermosa y amplia avenida diseñada por Enrique VII.

Lord Nosh estaba de pie sobre la alfombra de la chimenea de la biblioteca. A pesar de ser un diplomático y estadista de formación, su severo rostro aristocrático se había transformado en furia.

—Muchacho —dijo—, te casarás con esta chica o te desheredaré. No eres hijo mío.

El joven Lord Ronald, erguido ante él, le devolvió una mirada tan desafiante como la suya.

—Te reto —dijo—. De ahora en adelante, no eres mi padre. Buscaré otro. No me casaré con nadie que no sea una mujer a la que pueda amar. Esta chica que nunca hemos visto...

—¡Tonto! —dijo el conde—. ¿Acaso pretendes desechar nuestra propiedad y nuestro nombre, que lleva mil años en el poder? Me han dicho que la muchacha es hermosa; su tía está dispuesta; son franceses; ¡bah! En Francia entienden esas cosas.

"Pero tu razón..."

—No doy explicaciones —dijo el conde—. Escucha, Ronald, te doy un mes. Durante ese tiempo te quedas aquí. Si al cabo me rechazas, te despido con un chelín.

Lord Ronald no dijo nada; salió disparado de la habitación, se subió a su caballo y salió a toda prisa en todas direcciones.

Cuando la puerta de la biblioteca se cerró tras Ronald, el conde se dejó caer en una silla. Su rostro cambió. Ya no era el del altivo noble, sino el del criminal perseguido. «Debe casarse con la muchacha», murmuró. «Pronto lo sabrá todo. Tutchemoff ha escapado de Siberia. Lo sabe y lo contará. Todas las minas pasarán a ella, esta propiedad con ella, y yo... pero basta». Se levantó, se dirigió al aparador, apuró un cucharón lleno de ginebra y amargos, y volvió a ser un refinado caballero inglés.

Fue en ese momento cuando se pudo ver un carruaje tirado por perros, conducido por un mozo de cuadra con el uniforme del conde Nosh, entrando en la avenida de Nosham Taws. A su lado iba sentada una niña, apenas una niña, de hecho, mucho menos alta que el mozo de cuadra.

El sombrero color manzana que llevaba, rematado con plumas de sauce negro, ocultaba un rostro tan parecido a un rostro humano que resultaba prácticamente facial.

Era —sobra decirlo— Gertrudis, la institutriz, quien ese día iba a asumir sus funciones en Nosham Taws.

Al mismo tiempo que el carruaje tirado por perros entraba en la avenida por un extremo, se podía ver, desde el otro, a un joven alto, cuyo rostro alargado y aristocrático delataba su linaje, montado en un caballo con un rostro aún más alargado que el suyo.

¿Y quién es ese joven alto que se acerca a Gertrudis con cada giro del caballo? Ah, ¿quién, en efecto? Ah, ¿quién, quién? Me pregunto si alguno de mis lectores podría adivinar que se trataba nada menos que de Lord Ronald.

Los dos estaban destinados a encontrarse. Se acercaban cada vez más. Y luego aún más. Entonces, por un breve instante, se encontraron. Al cruzarse, Gertrude alzó la cabeza y dirigió hacia el joven noble dos ojos tan penetrantes que parecían circulares, mientras que Lord Ronald dirigió hacia el ocupante del carruaje una mirada tan intensa que solo una gacela o una tubería de gas podrían haberla igualado.

¿Fue este el comienzo del amor? Ya lo verán. No arruinen la historia.

Hablemos de Gertrude. Gertrude DeMongmorenci McFiggin no conoció ni a su padre ni a su madre. Ambos habían fallecido años antes de su nacimiento. De su madre no sabía nada, salvo que era francesa, sumamente bella y que todos sus antepasados, e incluso sus conocidos de negocios, habían perecido en la Revolución.

Sin embargo, Gertrude atesoraba el recuerdo de sus padres. En su pecho, la niña llevaba un relicario que contenía una miniatura de su madre, mientras que en la parte posterior de su cuello colgaba un daguerrotipo de su padre. Llevaba un retrato de su abuela en la manga y fotos de sus primos guardadas en su bota, mientras que debajo de ella... pero basta, basta.

De su padre, Gertrude sabía aún menos. Que era un caballero inglés de alta cuna que había vivido como un vagabundo por muchas tierras, eso era todo lo que sabía. Su único legado para Gertrude había sido una gramática rusa, un libro de frases en rumano, un teodolito y una obra sobre ingeniería minera.

Desde su más tierna infancia, Gertrude fue criada por su tía. Su tía la instruyó cuidadosamente en los principios cristianos. También le enseñó el Islam para asegurarse.

Cuando Gertrude tenía diecisiete años, su tía murió de hidrofobia.

Las circunstancias eran misteriosas. Ese día la visitó un extraño hombre barbudo vestido con el traje típico ruso. Tras su partida, Gertrudis encontró a su tía desmayada, del que pasó a un estado de trance del que nunca se recuperó.

Para evitar el escándalo, se le llamó hidrofobia. Así, Gertrudis fue arrojada al mundo. ¿Qué hacer? Ese era el dilema al que se enfrentaba.

Un día, mientras reflexionaba sobre su destino, Gertrude vio un anuncio publicitario.

Se busca institutriz; debe tener conocimientos de francés, italiano, ruso y rumano, música e ingeniería minera. Salario: 1 libra, 4 chelines y 4 peniques y medio anuales. Presentarse entre las once y media y las doce menos veinticinco minutos en el número 41 A Decimal Six, Belgravia Terrace. La Condesa de Nosh.

Gertrude era una chica con una gran capacidad de comprensión natural, y no había reflexionado sobre este anuncio más de media hora cuando se percató de la extraordinaria coincidencia entre la lista de artículos solicitados y las cosas que ella misma sabía.

Se presentó debidamente en Belgravia Terrace ante la condesa, quien se adelantó a su encuentro con un encanto que enseguida tranquilizó a la joven.

—Usted domina el francés —preguntó ella.

—Oh, sí —dijo Gertrudis con modestia.

"Y el italiano", continuó la condesa.

"Oh, sí", dijo Gertrudis.

—Y el alemán —dijo la condesa con deleite.

"Ah, sí", dijo Gertrudis.

"¿Y el ruso?"

"Guiñada."

"¿Y el rumano?"

"Jep."

Asombrada por la extraordinaria fluidez de la muchacha en lenguas modernas, la condesa la observó con atención. ¿Dónde había visto antes esos rasgos? Se pasó la mano por la frente pensativa y escupió al suelo, pero no, aquel rostro la desconcertaba.

—Basta —dijo—. Te contrato en este mismo instante; mañana irás a Nosham Taws y empezarás a dar clases a los niños. Debo añadir que, además, se espera que ayudes al conde con su correspondencia rusa. Tiene importantes intereses mineros en Tschminsk.

¡Tschminsk! ¿Por qué aquella simple palabra resonaba en los oídos de Gertrudis? ¿Por qué? Porque era el nombre escrito de puño y letra de su padre en la portada de su libro sobre minería. ¿Qué misterio se escondía allí?

Fue al día siguiente cuando Gertrude subió por la avenida en coche.

Descendió del carro tirado por perros, pasó entre una falange de sirvientes uniformados formados en siete filas de profundidad, a cada uno de los cuales entregó una moneda de oro al pasar, y entró en Nosham Taws.

—Bienvenida —dijo la condesa, mientras ayudaba a Gertrudis a subir su baúl por las escaleras.

La muchacha bajó enseguida y fue conducida a la biblioteca, donde la presentaron al conde. En cuanto el conde vio el rostro de la nueva institutriz, se sobresaltó visiblemente. ¿Dónde había visto esos rasgos? ¿Dónde? ¿En las carreras, en el teatro, en un autobús...? No. Un recuerdo más sutil se agitaba en su mente. Se dirigió apresuradamente al aparador, bebió un cucharón y medio de brandy y volvió a ser el perfecto caballero inglés.

Mientras Gertrudis ha ido a la guardería para conocer a los dos pequeños niños rubios que estarán a su cargo, hablemos aquí del conde y su hijo.

Lord Nosh era el prototipo del noble y estadista inglés. Los años que había dedicado al servicio diplomático en Constantinopla, San Petersburgo y Salt Lake City le habían conferido una singular elegancia y distinción, mientras que su larga residencia en Santa Elena, la isla Pitcairn y Hamilton, Ontario, lo había vuelto inmune a las impresiones externas. Como pagador adjunto de la milicia del condado, había conocido el lado más severo de la vida militar, y su cargo hereditario de Gentilhombre de los Pantalones Dominicales lo había puesto en contacto directo con la propia realeza.

Su pasión por los deportes al aire libre le granjeó el cariño de sus inquilinos. Como deportista entusiasta, destacaba en la caza del zorro, la caza con perros, la matanza de jabalíes, la captura de murciélagos y los pasatiempos propios de su clase.

En este último aspecto, Lord Ronald se parecía a su padre. Desde el principio, el joven había demostrado un gran talento. En Eton había destacado en bádminton y raqueta, y en Cambridge había sido el primero de su clase en costura. Su nombre ya se rumoreaba en relación con el campeonato nacional de tenis de mesa, un triunfo que sin duda le aseguraría un escaño en el Parlamento.

Así fue como Gertrudis, la institutriz, fue instalada en Nosham Taws.

Los días y las semanas pasaron volando.

El sencillo encanto de la hermosa niña huérfana atraía todos los corazones. Sus dos pequeños alumnos se convirtieron en sus esclavos. "Me adoran", decía la pequeña Rasehellfrida, apoyando su cabecita dorada en el regazo de Gertrude. Incluso los sirvientes la adoraban. El jardinero principal le llevaba un ramo de hermosas rosas a su habitación antes de que se levantara, el segundo jardinero un manojo de coliflores tempranas, el tercero una rama de espárragos tardíos, e incluso el décimo y el undécimo una ramita de remolacha forrajera o un puñado de heno. Su habitación estaba siempre llena de jardineros, mientras que por la noche el anciano mayordomo, conmovido por la soledad de la niña sin amigos, llamaba suavemente a su puerta para traerle un whisky de centeno con agua con gas o una caja de puros de Pittsburgh. Incluso las criaturas mudas parecían admirarla a su manera muda. Los tontos cornejos se posaban en su hombro y todos los perros mudos de la casa la seguían.

¡Y Ronald! ¡Ah, Ronald! ¡Sí, en efecto! Se habían conocido. Habían hablado.

"Qué mañana más aburrida", había dicho Gertrude. "¡Quelle triste matin! Was fur ein allerverdamnter Tag!"

—Bestial —había respondido Ronald.

"¡¡Bestial!!" La palabra resonó en los oídos de Gertrude durante todo el día.

A partir de entonces, estuvieron siempre juntos. Jugaban al tenis y al ping-pong durante el día, y por la noche, siguiendo la estricta rutina del lugar, se sentaban con el conde y la condesa a jugar al póquer de veinticinco centavos, y más tarde aún se sentaban juntos en la veranda y observaban la luna describiendo grandes círculos alrededor del horizonte.

Gertrude no tardó en darse cuenta de que Lord Ronald sentía por ella algo más que simple afecto. A veces, en su presencia, sobre todo después de cenar, caía en un estado de profunda melancolía.

Una noche, cuando Gertrudis se retiraba a su habitación y, antes de buscar su almohada, se disponía a acostarse, abrió de par en par la ventana y vio el rostro de Lord Ronald. Estaba sentado sobre un espino debajo de ella, y su rostro, vuelto hacia arriba, reflejaba una palidez angustiosa.

Mientras tanto, los días transcurrían. La vida en Taws transcurría según la rutina habitual de una gran casa inglesa. A las 7 sonaba un gong para levantarse, a las 8 una bocina anunciaba el desayuno, a las 8:30 un silbato anunciaba las oraciones, a la 1 se izaba la bandera a media asta para el almuerzo, a las 4 se disparaba un cañón para el té de la tarde, a las 9 sonaba la primera campana para vestirse, a las 9:15 una segunda campana para continuar vistiéndose, y a las 9:30 se lanzaba un cohete para indicar que la cena estaba lista. A medianoche terminaba la cena, y a la 1 de la madrugada el tañido de una campana convocaba a los sirvientes a las oraciones vespertinas.

Mientras tanto, el mes que el conde le había asignado a Lord Ronald estaba llegando a su fin. Ya era 15 de julio, luego, uno o dos días después, era 17 de julio y, casi inmediatamente después, 18 de julio.

En ocasiones, al cruzarse con Ronald en el pasillo, el conde le decía con severidad: "Recuerda, muchacho, tu consentimiento, o te desheredo".

¿Y qué pensaba el conde de Gertrudis? Ahí estaba la gota de amargura en la felicidad de la muchacha. Por alguna razón que ella no lograba descifrar, el conde mostraba una marcada antipatía.

En una ocasión, cuando ella pasaba por la puerta de la biblioteca, él le arrojó un calzador. En otra ocasión, durante un almuerzo a solas con ella, la golpeó salvajemente en la cara con una salchicha.

Era su deber traducir la correspondencia rusa del conde. En ella buscó en vano el misterio. Un día, le entregaron un telegrama ruso al conde. Gertrudis se lo tradujo en voz alta.

"Tutchemoff fue a ver a la mujer. Ella está muerta."

Al oír esto, el conde se enfureció muchísimo; de hecho, ese fue el día en que la golpeó con la salchicha.

Un día, mientras el conde estaba ausente en una cacería de murciélagos, Gertrude, que estaba revisando su correspondencia, con ese dulce instinto femenino de interés que se anteponía al maltrato, encontró de repente la clave del misterio.

Lord Nosh no era el legítimo propietario de Nosham Taws. Su primo lejano, el verdadero heredero, había fallecido en una prisión rusa a la que lo había enviado el conde, cuando era embajador en Tschminsk, mediante intrigas. La hija de este primo era la verdadera dueña de Nosham Taws.

La historia familiar, salvo que los documentos que tenía ante sí omitían el nombre del legítimo heredero, quedó al descubierto ante los ojos de Gertrude.

Extraño es el corazón de la mujer. ¿Acaso Gertrudis rechazó al conde? No. Su propio y triste destino le había enseñado la compasión.

¡Pero el misterio persistía! ¿Por qué el conde se sobresaltaba visiblemente cada vez que la miraba a la cara? A veces se sobresaltaba hasta cuatro centímetros, de forma que se le veía claramente. En tales ocasiones, vaciaba rápidamente un cucharón de ron con agua de Vichy y volvía a comportarse como un auténtico caballero inglés.

El desenlace llegó rápidamente. Gertrudis jamás lo olvidó.

Era la noche del gran baile en Nosham Taws. Todo el vecindario estaba invitado. ¡Cómo latía el corazón de Gertrude con anticipación, y con qué inquietud había renovado su escaso guardarropa para no parecer indigna ante los ojos de Lord Ronald! Sus recursos eran realmente escasos, pero el talento innato para la moda que había heredado de su madre francesa le fue de gran ayuda. Se enroscó una sola rosa en el cabello y se confeccionó un vestido con unos periódicos viejos y el interior de un paraguas, digno de una corte. Alrededor de su cintura se ató una trenza de cordón de bolsa, mientras que un trozo de encaje antiguo, que había pertenecido a su madre, colgaba de su oreja con un hilo.

Gertrude acaparaba todas las miradas. Flotando al compás de la música, proyectaba una imagen de radiante inocencia juvenil que cautivaba a cualquiera.

La pelota estaba en su punto más alto. ¡Salió disparada hacia arriba!

Ronald estaba de pie junto a Gertrude entre los arbustos. Se miraron a los ojos.

—Gertrude —dijo—, te amo.

Palabras sencillas, y sin embargo, conmovieron cada fibra del traje de la niña.

—¡Ronald! —exclamó, y se abalanzó sobre su cuello.

En ese instante apareció el conde, de pie junto a ellos a la luz de la luna. Su rostro severo se había contraído por la indignación.

—¡Así que! —dijo, volviéndose hacia Ronald—, ¡parece que has elegido!

—Sí —dijo Ronald con altivez.

"Prefieres casarte con esta chica sin un céntimo antes que con la heredera que he elegido para ti."

Gertrude miró con asombro de padre a hijo.

"Sí", dijo Ronald.

—Que así sea —dijo el conde, apurando un cucharón de ginebra que llevaba consigo y recuperando la compostura—. Entonces te desheredo. Abandona este lugar y no vuelvas jamás.

—Vamos, Gertrudis —dijo Ronald con ternura—, huyamos juntos.

Gertrudis estaba de pie frente a ellos. La rosa se le había caído de la cabeza. El encaje se le había desprendido de la oreja y el cordón de la bolsa se le había soltado de la cintura. Sus periódicos estaban arrugados hasta quedar irreconocibles. Pero, a pesar de su aspecto desaliñado e ilegible, seguía siendo dueña de sí misma.

—Jamás —dijo con firmeza—. Ronald, jamás harás este sacrificio por mí. Luego, dirigiéndose al conde con voz gélida, añadió: —Hay un orgullo, señor, tan grande como el suyo. La hija de Metschnikoff McFiggin no tiene por qué pedir favores a nadie.

Dicho esto, sacó de su pecho el daguerrotipo de su padre y se lo llevó a los labios.

El conde se sobresaltó como si le hubieran disparado. "¡Ese nombre!", gritó, "¡esa cara! ¡esa fotografía! ¡Alto!"

¡Listo! No hace falta terminar; mis lectores ya lo han adivinado. Gertrudis era la heredera.

Los amantes se abrazaron. El rostro orgulloso del conde se relajó. «Dios los bendiga», dijo. La condesa y los invitados acudieron en masa al césped. El amanecer iluminó una escena de alegres felicitaciones.

Gertrude y Ronald se casaron. Su felicidad era completa. ¿Hace falta decir más? Sí, solo esto. El conde murió en la caza pocos días después. La condesa fue alcanzada por un rayo. Los dos niños cayeron a un pozo. Así, la felicidad de Gertrude y Ronald se completó.

Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural, por Stephen Leacock

  "Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural", de Novelas sin sentido, por Stephen Leacock

No puedo esperar que ninguno de mis lectores crea la historia que estoy a punto de narrar. Al recordarla, apenas la creo yo mismo. Sin embargo, mi relato es tan extraordinario y arroja tanta luz sobre la naturaleza de nuestra comunicación con seres de otro mundo, que siento que no tengo derecho a ocultársela al público.

Fui a visitar a Annerly a su habitación. Era sábado, 31 de octubre. Recuerdo la fecha con tanta precisión porque era día de paga y había recibido seis soberanos y diez chelines. Recuerdo la cantidad con tanta exactitud porque me había guardado el dinero en el bolsillo, y recuerdo en qué bolsillo lo había guardado porque no tenía dinero en ningún otro. Tengo la mente perfectamente clara en todos estos detalles.

Annerly y yo estuvimos un rato fumando.

Entonces, de repente...

—¿Crees en lo sobrenatural? —preguntó.

Me sobresalté como si me hubieran golpeado.

En el momento en que Annerly habló de lo sobrenatural, yo estaba pensando en algo completamente distinto. El hecho de que lo mencionara justo cuando yo pensaba en otra cosa me pareció, cuanto menos, una coincidencia muy singular.

Por un instante solo pude mirar fijamente.

—Lo que quiero decir —dijo Annerly— es que ¿crees en los fantasmas de los muertos?

"¿Fantasmas?", repetí.

"Sí, fantasmas, o si prefiere la palabra, fanogramas, o digamos manifestaciones fanogramáticas, o más simplemente fenómenos psicofantasmáticos?"

Observé a Annerly con un interés más profundo del que jamás había sentido por él. Intuí que estaba a punto de abordar sucesos y experiencias de los que, en los dos o tres meses que llevaba conociéndolo, nunca había considerado oportuno hablar.

Ahora me preguntaba cómo era posible que nunca se me hubiera ocurrido que un hombre cuyo cabello, a los cincuenta y cinco años, ya estuviera salpicado de canas, debía haber pasado por alguna terrible experiencia.

En ese momento Annerly volvió a hablar.

"Anoche vi a Q", dijo.

«¡Dios mío!», exclamé. No tenía ni idea de quién era Q, pero me invadió un terror indescriptible al pensar que Annerly lo había visto. En mi tranquila y mesurada existencia, algo así jamás había ocurrido.

—Sí —dijo Annerly—, vi a Q con tanta claridad como si estuviera aquí presente. Pero quizás sea mejor que le cuente algo sobre mi relación pasada con Q, y así comprenderá exactamente cuál es la situación actual.

Annerly se sentó en una silla al otro lado del fuego, frente a mí, encendió una pipa y continuó.

"Cuando conocí a Q, vivía no muy lejos de un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, al que llamaré X, y estaba prometido a una chica hermosa y talentosa a la que llamaré M."

Apenas había empezado a hablar Annerly cuando me encontré escuchándolo con suma atención. Me di cuenta de que lo que estaba a punto de narrar no era una experiencia cualquiera. Sospechaba que Q y M no eran los nombres reales de sus desafortunados conocidos, sino dos letras del alfabeto elegidas casi al azar para disfrazar los nombres de sus amigos. Todavía estaba reflexionando sobre la ingeniosidad de la situación cuando Annerly continuó:

"Cuando Q y yo nos hicimos amigos, él tenía un perro favorito, al que, si fuera necesario, podría llamar Z, y que lo seguía a X en su paseo diario."

"Entrando y saliendo de X", repetí con asombro.

"Sí", dijo Annerly, "entrada y salida".

Mis sentidos estaban ahora completamente alerta. Que Z siguiera a Q para salir de X, lo entendía fácilmente, pero que primero lo siguiera para entrar parecía sobrepasar los límites de la comprensión.

—Bueno —dijo Annerly—, Q y la señorita M iban a casarse. Todo estaba arreglado. La boda se celebraría el último día del año. Exactamente seis meses y cuatro días antes de la fecha señalada (recuerdo la fecha porque la coincidencia me pareció extraña en aquel momento), Q vino a verme a altas horas de la noche muy angustiado. Acababa de tener, según me contó, una premonición de su propia muerte. Esa misma noche, mientras estaba sentado con la señorita M en la veranda de su casa, había visto claramente la silueta del perro R pasar por el camino.

—Espera un momento —dije—. ¿No dijiste que el perro se llamaba Z?

Annerly frunció ligeramente el ceño.

—Así es —respondió—. Z, o más correctamente ZR, ya que Q tenía la costumbre, quizás por afecto, de llamarlo R además de Z. Pues bien, la proyección, o fantasmagrama, del perro pasó frente a ellos con tanta claridad que la señorita M juró que podría haber creído que era el perro mismo. Frente a la casa, el fantasma se detuvo un instante y movió la cola. Luego siguió su camino y, de repente, desapareció tras la esquina de un muro de piedra, como si estuviera oculto por los ladrillos. Lo que hacía el asunto aún más misterioso era que la madre de la señorita M, que es parcialmente ciega, solo había visto al perro parcialmente.

Annerly hizo una pausa por un momento. Luego continuó:

Este singular suceso fue interpretado por Q, sin duda correctamente, como un presagio de su propia muerte inminente. Hice lo que pude para disipar esa sensación, pero fue imposible, y al instante me estrujó la mano y se marchó, firmemente convencido de que no viviría hasta el amanecer.

"¡Dios mío!", exclamé, "¿y murió esa noche?"

—No, no lo hizo —dijo Annerly en voz baja—, esa es la parte inexplicable.

"Cuéntame", dije.

"Se levantó aquella mañana como de costumbre, se vistió con su habitual esmero, sin olvidar nada de su ropa, y se dirigió a su oficina a la hora habitual. Después me contó que recordaba todo con tanta claridad porque había ido a la oficina por el camino de siempre en lugar de tomar cualquier otra dirección."

—Espera un momento —dije—. ¿Sucedió algo inusual ese día en particular?

—Me imaginaba que harías esa pregunta —dijo Annerly—, pero por lo que sé, no pasó absolutamente nada. Q regresó del trabajo, cenó como de costumbre y enseguida se fue a la cama quejándose de una ligera somnolencia, pero nada más. Su madrastra, con quien vivía, dijo después que durante la noche pudo oír su respiración con bastante claridad.

"¿Y murió esa noche?", pregunté, sin aliento por la emoción.

—No —dijo Annerly—, no lo hizo. Se levantó a la mañana siguiente sintiéndose prácticamente igual que antes, salvo que la somnolencia había desaparecido y que ya no se oía su respiración.

Annerly volvió a guardar silencio. Aunque ansiaba escuchar el resto de su asombrosa narración, no quise presionarlo con preguntas. El hecho de que nuestra relación hasta entonces hubiera sido meramente formal, y que esta fuera la primera vez que me invitaba a visitarlo en su habitación, me impedía dar por sentada una mayor intimidad.

—Bueno —continuó—, Q acudía a su oficina todos los días a partir de entonces con absoluta regularidad. Por lo que he podido averiguar, ni su entorno ni su conducta indicaban que le aguardara algún destino extraño. Veía a la señorita M con regularidad, y la fecha fijada para su boda se acercaba cada día más.

"¿Cada día?", repetí asombrado.

—Sí —dijo Annerly—, todos los días. Durante un tiempo antes de su boda, apenas lo veía. Pero dos semanas antes de que se celebrara, me crucé con Q un día en la calle. Por un instante pareció que iba a detenerse, luego se quitó el sombrero, sonrió y siguió su camino.

"Un momento", dije, "si me permite una pregunta que me parece importante: ¿pasó y luego sonrió y se quitó el sombrero, o sonrió mirando su sombrero, se lo quitó y luego pasó?"

"Su pregunta está totalmente justificada", dijo Annerly, "aunque creo que puedo responder con total exactitud que primero sonrió, luego dejó de sonreír y se quitó el sombrero, y luego dejó de quitárselo y falleció".

"Sin embargo", continuó, "el hecho esencial es este: el día señalado para la boda, Q y la señorita M contrajeron matrimonio debidamente".

"¡Imposible!", exclamé; "¿Debidamente casados, los dos?"

—Sí —dijo Annerly—, ambas cosas a la vez. Después de la boda, el señor y la señora Q---.

"El señor y la señora Q", repetí con perplejidad.

—Sí —respondió—, el señor y la señora Q---, pues después de la boda la señorita M. adoptó el apellido Q---, dejó Inglaterra y se marchó a Australia, donde iban a residir.

—Un momento —dije—, y déjenme ser muy claro: ¿su intención al irse a establecerse en Australia era residir allí?

—Sí —dijo Annerly—, eso era algo que se entendía generalmente. Yo mismo los despedí en el vapor y le estreché la mano a Q, estando al mismo tiempo bastante cerca de él.

"Bueno", dije, "y ya que los dos Q, como supongo que casi se les podría llamar, se fueron a Australia, ¿has sabido algo de ellos?"

—Eso —respondió Annerly— es algo que ha demostrado la misma singularidad que el resto de mi experiencia. Han pasado cuatro años desde que Q y su esposa se fueron a Australia. Al principio, tenía noticias suyas con bastante regularidad y recibía dos cartas al mes. Después, solo recibía una carta cada dos meses, más tarde dos cada seis meses, y luego solo una cada doce meses. Y hasta anoche, no supe absolutamente nada de Q durante un año y medio.

Ahora me encontraba en un estado de expectación constante.

—Anoche —dijo Annerly en voz muy baja—, Q apareció en esta habitación, o mejor dicho, un fantasma o manifestación psíquica suya. Parecía muy angustiado, hacía gestos que no entendía y no dejaba de dar la vuelta a los bolsillos de sus pantalones. Estaba demasiado hipnotizado para preguntarle algo e intenté en vano descifrar su significado. De repente, el fantasma cogió un lápiz de la mesa y escribió: «Dos soberanos, mañana por la noche, urgente».

Annerly volvió a guardar silencio. Me quedé sumido en mis pensamientos. "¿Cómo interpretas el significado que el fantasmagrama de Q pretendía transmitir?"

—Creo —anunció— que significa esto. Q, que evidentemente está muerto, pretendía visualizar ese hecho, pretendía, por así decirlo, desmitificar la idea de que había sido desmonetizado y que quería dos soberanos esta noche.

—¿Y cómo —pregunté, asombrado por la instintiva capacidad de Annerly para adentrarse en los misterios del mundo psíquico— piensas hacérselo llegar?

—Tengo la intención —anunció— de intentar un experimento audaz y osado que, de tener éxito, nos conectará directamente con el mundo de los espíritus. Mi plan es dejar dos soberanos aquí, al borde de la mesa, durante la noche. Si por la mañana ya no están, sabré que Q ha logrado desastralizarse y se ha llevado los soberanos. La única pregunta es: ¿tienes por casualidad dos soberanos? Yo, por desgracia, solo tengo unas pocas monedas sueltas.

Fue un golpe de suerte excepcional, cuya coincidencia pareció añadir otro eslabón a la cadena de acontecimientos. Casualmente, llevaba conmigo los seis soberanos que acababa de cobrar como paga semanal.

—Por suerte —dije—, puedo arreglarlo. Resulta que llevo dinero conmigo. —Y saqué dos soberanos de mi bolsillo.

Annerly estaba encantada con nuestra buena suerte. Pronto hicimos los preparativos para el experimento.

Colocamos la mesa en el centro de la habitación de forma que no hubiera riesgo de que chocara con ningún mueble. Las sillas se colocaron cuidadosamente contra la pared, de manera que ninguna ocupara el mismo lugar que otra, y los cuadros y adornos de la habitación se dejaron intactos. Tuvimos cuidado de no quitar el papel pintado de la pared ni los cristales de la ventana. Cuando todo estuvo listo, colocamos las dos monedas de oro una al lado de la otra sobre la mesa, con las cabezas hacia arriba, de forma que las colas quedaran sostenidas únicamente por la mesa. Luego apagamos la luz. Le dije «Buenas noches» a Annerly y salí a tientas a la oscuridad, febril de emoción.

Mis lectores pueden imaginar mi impaciencia por conocer el resultado del experimento. Apenas podía dormir de la ansiedad por saberlo. Tenía plena confianza, por supuesto, en que nuestros preparativos eran impecables, pero no estaba exento de dudas sobre la posibilidad de que el experimento fracasara, ya que mi temperamento y disposición mental tal vez no fueran los adecuados para el éxito de este tipo de experimentos.

En este sentido, sin embargo, no tenía por qué alarmarme. El suceso demostró que mi mente era un medio, o si la palabra es más apropiada, una transparencia de primer orden para el trabajo psíquico de esta índole.

Por la mañana, Annerly llegó corriendo a mi alojamiento, con el rostro radiante de emoción.

«¡Glorioso, glorioso!», casi gritó, «¡Lo hemos logrado! Los soberanos han desaparecido. Estamos en comunicación monetaria directa con Q».

No hace falta que me detenga en la exquisita emoción de felicidad que me invadió. Durante todo ese día y todo el día siguiente, tuve la constante sensación de estar en comunicación con Q.

Mi única esperanza era que se presentara una oportunidad para la renovación de nuestra comunicación con el mundo espiritual.

La noche siguiente mis deseos se vieron cumplidos. A altas horas de la noche, Annerly me llamó por teléfono.

—Vengan inmediatamente a mi alojamiento —dijo—. El fantasmagrama de Q se está comunicando con nosotros.

Me apresuré a llegar, casi sin aliento. «Q ha estado aquí otra vez», dijo Annerly, «y parecía tan angustiado como antes. Una proyección suya estaba en la habitación y seguía escribiendo con el dedo sobre la mesa. Pude distinguir la palabra "soberanos", pero nada más».

—¿No crees —dije— que Q, por alguna razón que no podemos comprender, desea que le dejemos dos soberanos más?

—¡Por Júpiter! —exclamó Annerly con entusiasmo—. Creo que has dado en el clavo. En cualquier caso, intentémoslo; solo podemos fracasar.

Esa noche volvimos a colocar dos de mis soberanos sobre la mesa y dispusimos los muebles con el mismo cuidado escrupuloso de antes.

Aún con ciertas dudas sobre mi capacidad psíquica para el trabajo que realizaba, me esforcé por mantener la mente lo suficientemente serena como para detectar cualquier perturbación astral. El resultado demostró que, efectivamente, la detecté. Nuestro experimento fue un éxito rotundo. Las dos monedas habían desaparecido por la mañana.

Durante casi dos meses continuamos nuestros experimentos en esta línea. A veces, el propio Annerly, según me contó, dejaba dinero, a menudo sumas considerables, al alcance del fantasma, que invariablemente se lo llevaba durante la noche. Pero Annerly, siendo un hombre de estricto honor, nunca realizaba estos experimentos solo, salvo cuando le resultaba imposible comunicarse conmigo a tiempo para que yo pudiera llegar.

En otras ocasiones me llamaba con el simple mensaje: "Q está aquí", o me enviaba un telegrama o una nota escrita que decía: "Q necesita dinero; tráigame lo que tenga, pero nada más".

Por mi parte, estaba sumamente ansioso por dar a conocer nuestros experimentos al público, o por despertar el interés de la Sociedad para la Investigación Psíquica y otras organizaciones similares en el audaz tránsito que habíamos realizado entre el mundo de la sensibilidad y la existencia psicoastríaca o pseudoetérea. Me parecía que solo nosotros habíamos logrado transmitir dinero de forma directa y sin intermediarios, de un mundo a otro. Otros, ciertamente, lo habían hecho mediante la intervención de un médium o la suscripción a una revista esotérica, pero nosotros habíamos realizado la hazaña con tal sencillez que deseaba hacer pública nuestra experiencia, para beneficio de otros como yo.

Annerly, sin embargo, se oponía a este plan, pues temía que pudiera romper nuestras relaciones con Q.

Unos tres meses después de nuestro primer experimento psicomonetario interastral, llegó la culminación de mis experiencias, tan misteriosas que aún me dejan sumido en la perplejidad.

Annerly vino a verme una tarde. Parecía nervioso y deprimido.

«Acabo de tener una comunicación psíquica con Q», dijo en respuesta a mis preguntas, «que me resulta difícil de comprender. Por lo que entiendo, Q ha ideado un plan para involucrar a otros seres en el tipo de trabajo que estamos realizando. Propone formar, en su lado del abismo, una asociación que trabaje en armonía con nosotros para realizar transacciones monetarias a gran escala entre ambos mundos».

Mi lector bien puede imaginar que mis ojos casi resplandecieron de emoción ante la magnitud de la perspectiva que se abría ante mí.

"Q desea que reunamos todo el capital que podamos y se lo enviemos, para que pueda organizar con él una asociación corporativa de fanogramas, o quizás, en este caso, sería más correcto llamarlos fantoides."

En cuanto comprendí el significado de Annerly, me entusiasmé con él.

Decidimos llevar a cabo el gran experimento esa noche.

Lamentablemente, mi capital material era escaso. Sin embargo, heredé unas 500 libras en acciones bancarias tras el fallecimiento de mi padre, las cuales, por supuesto, podía cobrar en pocas horas. Temía, no obstante, que resultara demasiado pequeña para que Q pudiera organizar a sus compañeros fantasmas con ella.

Llevé el dinero en billetes y monedas de oro a la habitación de Annerly, donde lo depositó sobre la mesa. Afortunadamente, Annerly pudo aportar una suma mayor, que, sin embargo, no debía colocar junto a la mía hasta después de que yo me hubiera retirado, para que la conjunción de nuestras personalidades monetarias no desmaterializara el fenómeno astral.

Esta vez hicimos los preparativos con sumo cuidado; Annerly, tranquilamente segura, y yo, debo confesar, extremadamente nerviosa y temerosa de fracasar. Nos quitamos las botas y caminamos descalzos. Siguiendo la sugerencia de Annerly, no solo colocamos los muebles como antes, sino que también pusimos el cubo del carbón boca abajo y extendimos una toalla húmeda sobre la papelera.

Una vez terminado todo, estrujé la mano de Annerly y salí a la oscuridad.

Esperé en vano a la mañana siguiente. Llegaron las nueve, las diez y finalmente las once, y seguía sin tener noticias suyas. Entonces, presa de la ansiedad, fui a buscarlo.

Imagínese mi profunda consternación al descubrir que Annerly había desaparecido. Se había desvanecido como por arte de magia. Desconozco el terrible error en nuestros preparativos, la negligencia en la omisión de precauciones psíquicas necesarias, que le causó este destino. Pero la evidencia era innegable: Annerly había sido absorbido por el mundo astral, llevándose consigo el dinero por cuya transferencia había arriesgado su existencia terrenal.

La prueba de su desaparición fue fácil de encontrar. Tan pronto como me atreví a hacerlo con discreción, indagué un poco. El hecho de que hubiera desaparecido mientras aún debía cuatro meses de alquiler por su habitación, y que se hubiera esfumado sin siquiera tener tiempo de pagar las facturas pendientes con los comerciantes locales, demostraba que debió haber desaparecido repentinamente.

El terrible temor a que me consideraran responsable de su muerte me impidió hacer público el asunto.

Hasta ese momento no me había percatado de los riesgos que había corrido al tratar imprudentemente con el mundo de los espíritus. Annerly cayó víctima de la gran causa de la ciencia psíquica, y el registro de nuestros experimentos permanece, frente a los prejuicios, como testimonio de su veracidad.