domingo, 25 de enero de 2026

Rainer María Rilke

 Rainer María Rilke 

 Día de otoño

(Versión de Jaime Ferreiro)


Señor: es hora. Largo fue el verano.

Pon tu sombra en los relojes solares,

y suelta los vientos por las llanuras.


Haz que sazonen los últimos frutos;

concédeles dos días más del sur,

úrgeles a su madurez y mete

en el vino espeso el postrer dulzor.


No hará casa el que ahora no la tiene,

el que ahora está solo lo estará siempre,

velará, leerá, escribirá largas cartas,

y deambulará por las avenidas,

inquieto como el rodar de las hojas.


Carlos Marzal, Los anfibios

 Carlos Marzal 

Los anfibios


Los enfermos respiran

bajo las aguas, en su linfa propia,

y a la vez en el aire del mundo enrarecido.

No son enteramente de este reino.

Si se muestran tan frágiles a veces,

es porque participan de la inmortalidad

en el grado en que pueden hacerlo los mortales:

con el eco de un eco imperceptible.

Son sujetos anfibios. Se resignan

a su naturaleza paradójica,

que idolatra la carne que aborrece.

Como se han despojado de todo lo superfluo,

su tiempo se contagia de esencia intemporal.

Su catalepsia explica una virtud sonámbula

para ver el envés de cuanto nos ocurre.

No viven en la edad, son unos niños

partícipes de un viejo horror clarividente.

Pertenecen al orden del conocer andrógino,

que mezcla lo terreno y lo impalpable.

Vuelven de su inmersión, rumbo a la superficie,

colmados por el ansia feroz de estar con vida.

Por eso nadie quiere mirar a los enfermos.

Son pacíficos monstruos inocentes

que saben recordar el porvenir.´


En El entusiasmo de la decepción

Dos poemas de Leónidas Lamborghini

Leónidas Lamborghini 


Bíblica


Como el que vio una vez

al hombre

que vende la Biblia

y escuchó su palabra

en un café cualquiera

-En verdad, en verdad os digo


Como el que apoyado en su mesa

cuando está

mirando al vacío

es interrumpido

por la palabra de ese hombre

-En verdad, en verdad os digo


Como el que escucha

aturdido

hablar de revelación

entre ruido de pocillos

envuelto en humo

-En verdad, en verdad os digo


Como el que luego

aparta

su rostro de ese hombre

y vuelve a mirar

fijamente el vacío

-En verdad, en verdad os digo


Como el que queda así después

apoyado en su mesa

mientras su mente mezcla

la Palabra con el precio

y el Espíritu con la encuadernación

como ese

como ese

-En verdad, en verdad os digo.


En La canción de Buenos Aires


Poetario de la espera


Parterre 1


Poetas esperando la inspiración de su Musa.

Poetas esperando muy esperanzados

la inspiración de su Musa.

Poetas esperando no tan esperanzados

la inspiración de su Musa.

Poetas esperando insuficientemente esperanzados

la inspiración de su Musa.


Parterre 2


Poetas esperando algo esperanzados

la inspiración de su Musa.

Poetas que lo esperan todo

de la inspiración de su Musa.

Poetas que lo esperan casi todo

de la inspiración de su Musa.


Parterre 3


Poetas que no esperan nada

de la inspiración de su Musa.

Poetas que no esperan casi nada

de la inspiración de su Musa

Poetas que esperan un tanto cuanto

de la inspiración de su Musa.


Parterre 4


Poetas esperando sin mayor esperanza

la inspiración de su Musa.

Poetas esperando sin ninguna esperanza

la inspiración de su Musa.

Poetas poniendo todas las esperanzas en la espera

de la inspiración de su Musa.


Parterre 5


Poetas esperando muy pocos esperanzados

la inspiración de su Musa.

poetas esperando pacientes

la inspiración de su Musa.

Poetas que esperan algo impacientes

la inspiración de su Musa.


Parterre 6


Poetas esperando un tanto cuanto impacientes

la inspiración de su Musa.

Poetas que esperan muy impacientes

la inspiración de su Musa.

Poetas angustiados en espera

de la inspiración de su Musa. 

H. D. Thoreau, Sílabas

 Henry David Thoreau - Sílabas

En la poesía la frase es como una palabra, cuyas sílabas son palabras, que no aportan pensamientos, sino algo de la salud que las ha inspirado. No tratan con pensamientos; son indiferentes a ellos.

Un poema es una expresión sin división ni obstáculos, que ha caído ya madura en la literatura. El poeta ha abierto su corazón y sigue vivo. Aquellos para quienes ha madurado reviven el poema sin división ni obstáculos. Ningún ojo mortal podrá diseccionarlo: aunque vea, estará cegado.

Ni siquiera con la ayuda de todas las academias del mundo podría el más sabio de los hombres añadir o quitar una sílaba a una línea de poesía.

Paul Celan, Habla tú también

 Paul Celan - Habla tú también

10:05 a.m.

Paul Celan - Habla tú también


Habla tú también,

Sé el último en hablar,

pronuncia tu proverbio.

Habla —

pero no separes el no del sí.

Dale además sentido a tu proverbio:

dale sombra.

Dale sombra bastante,

dale toda la que

sabes que hay repartida alrededor de ti entre

la medianoche, el mediodía y la medianoche.

Mira a tu alrededor:

mira cómo todo deviene vivo —

¡En la muerte! ¡Vivo!

El que habla sombra dice la verdad.

Pero ahora se estrecha el lugar en que estás:

¿adónde irás ahora, expoliado de sombra, adónde?

Sube. Tantea hacia arriba.

¡Más escaso devienes, más irreconocible, más fino!

más fino: un filamento,

por el que quiere bajar la estrella:

para nadar abajo, en el fondo,

donde se ve brillar: en el oleaje

de palabras errantes

Jorge Luis Borges, Todos los ayeres, un sueño

  Jorge Luis Borges - Todos los ayeres, un sueño. De Los conjurados.


    Naderías. El nombre de Muraña,

una mano templando una guitarra,

una voz, hoy pretérita, que narra

para la tarde una perdida hazaña

    de burdel o de atrio, una porfía,

dos hierros, hoy herrumbre, que chocaron

y alguien quedó tendido, me bastaron

para erigir una mitología.

    Una mitología ensangrentada

que ahora es el ayer. La sabia historia

de las aulas no es menos ilusoria

que esa mitología de la nada.

    El pasado es arcilla que el presente

labra a su antojo. Interminablemente.

Jorge Luis Borges, Los enigmas

Jorge Luis Borges - Los enigmas


     Yo que soy el que ahora está cantando

seré mañana el misterioso, el muerto,

el morador de un mágico y desierto

orbe sin antes, ni después, ni cuándo.

     Así afirma la mística. Me creo

indigno del Infierno o de la Gloria,

pero nada predigo. Nuestra historia

cambia como las formas de Proteo.

    ¿Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor será mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?

    Quiero beber su cristalino Olvido,

ser para siempre; pero no haber sido.

Jorge Luis Borges, De alguien a nadie.

 Jorge Luis Borges - De alguien a nadie

En el principio, Dios es los Dioses (Elohim), plural que algunos llaman de majestad y otros de plenitud y en el que se ha creído notar un eco de anteriores politeísmos o una premonición de la doctrina, declarada en Nicea, de que Dios es Uno y es Tres. Elohim rige verbos en singular; el primer versículo de la Ley dice literalmente: En el principio hizo los Dioses el cielo y la tierra. Pese a la vaguedad que el plural sugiere: Elohim es concreto; se llama Jehová Dios y leemos que se paseaba en el huerto al aire del día o, como dicen las versiones inglesas, in the cool of the day. Lo definen rasgos humanos; en un lugar de la Escritura se lee: Arrepintiose Jehová de haber hecho hombre en la tierra y pesole en su corazón y en otro, Porque yo Jehová tu Dios soy un Dios celoso y en otro, He hablado en el fuego de mi ira. El sujeto de tales locuciones es indiscutiblemente Alguien, un Alguien corporal que los siglos irán agigantando y desdibujando. Sus títulos varían: Fuerte de Jacob, Piedra de Israel, Soy El Que Soy, Dios de los Ejércitos, Rey de Reyes. El último, que sin duda inspiró por oposición el Siervo de los Siervos de Dios, de Gregorio Magno, es en el texto original un superlativo de rey: «propiedad es de la lengua hebrea —dice fray Luis de León— doblar así unas mismas palabras, cuando quiere encarecer alguna cosa, o en bien o en mal. Ansí que decir Cantar de cantares es lo mismo que solemos decir en castellano Cantar entre cantares, hombre entre hombres, esto es, señalado y eminente entre todos y más excelente que otros muchos». En los primeros siglos de nuestra era, los teólogos habilitan el prefijo omni, antes reservado a los adjetivos de la naturaleza o de Júpiter; cunden las palabras omnipotente, omnipresente, omniscio, que hacen de Dios un respetuoso caos de superlativos no imaginables. Esa nomenclatura, como las otras, parece limitar la divinidad: a fines del siglo V, el escondido autor del Corpus Dionysiacum declara que ningún predicado afirmativo conviene a Dios. Nada se debe afirmar de Él, todo puede negarse. Schopenhauer anota secamente: «Esa teología es la única verdadera, pero no tiene contenido». Redactados en griego, los tratados y las cartas que forman el Corpus Dionysiacum dan en el siglo IX con un lector que los vierte al latín: Johannes Eríugena o Scotus, es decir Juan el Irlandés, cuyo nombre en la historia es Escoto Erígena, o sea Irlandés Irlandés. Éste formula una doctrina de índole panteísta: las cosas particulares son teofanías (revelaciones o apariciones de lo divino) y detrás está Dios, que es lo único real, «pero que no sabe qué es, porque no es un qué, y es incomprensible a sí mismo y a toda inteligencia». No es sapiente, es más que sapiente; no es bueno, es más que bueno; inescrutablemente excede y rechaza todos los atributos. Juan el Irlandés, para definirlo, acude a la palabra nihilum, que es la nada; Dios es la nada primordial de la creatio ex nihilo, el abismo en que se engendraron los arquetipos y luego los seres concretos. Es Nada y Nadie; quienes lo concibieron así obraron con el sentimiento de que ello es más que ser un Quién o un Qué. Análogamente, Samkara enseña que los hombres, en el sueño profundo, son el universo, son Dios.

  El proceso que acabo de ilustrar no es, por cierto, aleatorio. La magnificación hasta la nada sucede o tiende a suceder en todos los cultos; inequívocamente la observamos en el caso de Shakespeare. Su contemporáneo Ben Jonson lo quiere sin llegar a la idolatría, on this side Idolatry; Dryden lo declara el Homero de los poetas dramáticos de Inglaterra, pero admite que suele ser insípido y ampuloso; el discursivo siglo XVIII procura aquilatar sus virtudes y reprender sus faltas: Maurice Morgan, en 1774, afirma que el rey Lear y Falstaff no son otra cosa que modificaciones de la mente de su inventor; a principios del siglo XIX, ese dictamen es recreado por Coleridge, para quien Shakespeare ya no es un hombre, sino una variación literaria del infinito Dios de Spinoza. «La persona Shakespeare —escribe— fue una natura naturata, un efecto, pero lo universal, que está potencialmente en lo particular, le fue revelado, no como abstraído de la observación de una pluralidad de casos sino como la sustancia capaz de infinitas modificaciones, de las que su existencia personal era sólo una.» Hazlitt corrobora o confirma: «Shakespeare se parecía a todos los hombres, salvo en lo de parecerse a todos los hombres. íntimamente no era nada, pero era todo lo que son los demás, o lo que pueden ser». Hugo, después, lo equipara con el océano, que es un almácigo de formas posibles.

  Ser una cosa es inexorablemente no ser todas las otras cosas; la intuición confusa de esa verdad ha inducido a los hombres a imaginar que no ser es más que ser algo y que, de alguna manera, es ser todo. Esta falacia está en las palabras de aquel rey legendario del Indostán, que renuncia al poder y sale a pedir limosna en las calles: «Desde ahora no tengo reino o mi reino es ilimitado, desde ahora no me pertenece mi cuerpo o me pertenece toda la tierra». Schopenhauer ha escrito que la historia es un interminable y perplejo sueño de las generaciones humanas; en el sueño hay formas que se repiten, quizá no hay otra cosa que formas; una de ellas es el proceso que denuncia esta página.

  Buenos Aires, 1950. En Otras inquisiciones

Christina Rossetti, En pleno sombrío invierno

    [En una encuesta de hace unos veinte años, este poema, musicado muchas veces, se consideró el mejor villancico de la historia]

    En pleno sombrío invierno, el gélido viento parecía gemir,

la tierra estaba dura como el hierro, el agua como una piedra;

había nevado, nieve sobre nieve, nieve sobre nieve,

en pleno sombrío invierno, hace mucho tiempo.

    A nuestro Dios, el cielo no pudo retenerlo, ni la tierra sostener;

el cielo y la tierra huirán lejos cuando venga su Reino.

En pleno sombrío invierno, un establo bastó

para el Señor Dios Todopoderoso, Jesucristo.

   Ángeles y arcángeles pudieron reunirse allí,

querubines y serafines abarrotaron el aire;

mientras solo su madre, en su felicidad de doncella,

adoraba a su amado hijo con un beso.

    ¿Qué puedo yo darle, pobre como soy?

Si yo fuera un pastor, le llevaría un cordero;

si yo fuera un Rey Mago, aportaría mi regalo;

pero lo que puedo dar se lo doy: le doy mi corazón.

                Versión original en inglés

In the bleak midwinter, frost wind made moan,

Earth stood hard as iron, water like a stone;

Snow had fallen, snow on snow, snow on snow,

In the bleak midwinter, long ago.

Our god, heaven cannot hold him, nor earth sustain;

Heaven and earth shall flee away when he comes to reign.

In the bleak midwinter a stable place sufficed

The lord God almighty, Jesuschrist.

Angels and archangels may have gathered there,

Cherubim and seraphim thronged the air;

But his mother only, in her maiden bliss,

Worshiped the beloved with a kiss.

What can I give him, poor as I am?

If I were a shepherd, I would bring a lamb;

If I were a wise man, I would do my part;

Yet what I can I give him: give my heart.

sábado, 17 de enero de 2026

¡Ay triste España de Caín!, por Miguel de Unamuno

 «¡Ay triste España de Caín!»

Un trozo de planeta por el que cruza

errante la sombra de Caín.

Antonio Machado


    ¡Ay, triste España de Caín, la roja

de sangre hermana y por la bilis gualda,

muerdes porque no comes, y en la espalda

llevas carga de siglos de congoja!

    Medra machorra envidia en mente floja

—te enseñó a no pensar Padre Ripalda—

rezagada y vacía está tu falda

e insulto el bien ajeno se te antoja

    Democracia frailuna con regüeldo

de refectorio y ojo al chafarote,

¡viva la Virgen!, no hace falta bieldo.

    Gobierno de alpargata y de capote,

timba, charada, a fin de mes el sueldo,

y apedrear al loco Don Quijote.

Javier Egea, poeta granadino desaparecido, Soneto "Si supieras" y otros poemas

 Soneto


Si supieras la noche que me llena,

cómo cultivo sombras en mi huerto,

como nado del mar al negro puerto

del océano triste de la pena.


Si supieras, amor, como resuena

-roto de soledad, pobre y desierto-

el acorde cansado, casi muerto

de un recuerdo de amor sobre la arena.


Si supieras, amor, como labora

el labrador de penas que me ocupa

de sol a sol, con el antiguo arado.


Si supieras, amor, que soy ahora

el jinete más gris sobre la grupa

del más triste corcel acobardado.


«Poética»

A Aurora de Albornoz


Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía

Juan Ramón Jiménez


Vino primero frívola ─yo niño con ojeras─

y nos puso en los dedos un sueño de esperanza

o alguna perversión: sus velos y su danza

le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.


Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras

porque también manchase su ropa en la tardanza

de luz y libertad: esa tierna venganza

de llevarla por calles y lunas prisioneras.


Luego nos visitaba con extraños abrigos,

mas se fue desnudando, y yo le sonreía

con la sonrisa nueva de la complicidad.


Porque a pesar de todo nos hicimos amigos

y me mantengo firme gracias a ti, poesía,

pequeño pueblo en armas contra la soledad.


—ese pingajo de la soledad—

te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo

y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga…

JE


«Itinerario»

Camina en paz, refiérelo a tu gente.

Luis de Góngora


Como quien madrugó por tantos patios

de los que muestran su belleza inhóspita,

quien tantas veces hubo de vendar

los brazos sin descanso de la esperanza

rota de tanto afán,

quien habitó sus calles,

el asombro violeta de la ciudad

cerrada ya con las primeras luces,

>como quien ha llamado a tantas puertas,

como quien sufre más de lo que puede.


Pero salgo mañana tras mañana

fingiendo saludar a las palomas en tropel,

casi sonámbulo,

viendo la muerte escrita

sobre los paredones

y los emblemas de sus dueños:

Ellos, los asesinos,

nos fueron invadiendo con lluvias y con sapos,

anegando las últimas rendijas del corazón,

marcándonos el aire, tempestuosamente,

arrancando los hilos que llevaban

la voz, la dicha, las pequeñas cosas.

Porque la muerte nuestra tiene dueño:

ese desmesurado comprador

de la memoria y el deseo,

ese gran vendedor de la tristeza.


¡Ellos, los asesinos,

se llevaron tan lejos la alegría!


Para entonces ya sabes

que la vida también les pertenece.

Y te miras los brazos acaso con temor

– esa fuerza tronchada –

por si los reconoces después de tantos siglos

tendidos sobre un fondo de oficinas,

de fábricas,

abiertos entre gentes que como tú se agotan,

entre rostros que llevan

un secreto brutal de forzada miseria,

un obligado guiño de silencio.


Se diría que todo se desploma

aunque cruzas la calle y piensas en su cuerpo

y sigues adelante.


Todo parece demasiado lejos

bajo esta luz obrera de diciembre.


Y algo te adentra en la ciudad de nuevo,

algo que ni siquiera es el amor

pero que empuja poderosamente

hacia una voz,

un resto de firmeza, una piel que se ofrece,

sabiendo en cada paso con más fuerza

que no fueron los signos o el azar,

que hay demasiada sangre detrás de una caricia.


Así salgo con norte, más cansado,

a este paisaje despoblado, sin barcos,

y en qué puedo pensar

si no es en la curva brillante

de tu cintura con estrellas,

en tu espalda con mapas ignorados y abiertos,

en los caminos sin alba de la libertad.


Y te llevo conmigo,

compañero de esquinas de diciembre,

pequeña tempestad que zarandeas,

atónito viajero,

engranaje de sueños y verdín,

naúfrago dulce,

amarrado a la tabla de mi cuerpo

por este mar oscuro, despiadado,

de esa forma salvaje y tan extraña

que vive el corazón.


Hoy te lo llevo a ti porque lo veas

como él siempre ha sido,

con sus bolsillos rotos,

su vieja colección de cicatrices,

sus años, si de nieves, no de bienes,

su habitación con fotos y ceniza

y este badil en el rincón, cesante,

como si alguna lumbre antigua.


Una extraña madeja de tumbos y deseo

te va poniendo en pie cada mañana,

te dice que hay camino, que no regreses nunca.

martes, 13 de enero de 2026

Residente, This is Not America

 This is Not America

Residente


Estamo' aquí,

oye, que estamo' aquí:

mérame, estamo' aquí.


Desde hace rato, cuando ustedes llegaron

ya estaban las huellas de nuestros zapatos.

Se robaron hasta la comida'e gato

¡y todavía se están lamiendo el plato!


Bien encabrona'o con estos ingratos

hoy le doy duro a los tambores,

hasta que me acusen de maltrato.

Si no entiendes el dato,

pues te lo tiro en cumbia,

bossanova, tango o ballenato.


A lo calabó y bambú, bien frontú,

con sangre caliente como Tombuctú.

Estamos dentro del menú,

Twopac se llama Twopac por Túpac Amaru, del Perú.


América no es solo USA, papá,

esto es desde Tierra del Fuego hasta Canadá.

¡Hay que ser bien bruto, bien hueco!

Es como decir que África es solo Marruecos.


A estos canallas

se les olvidó que el calendario que usan

se lo inventaron los mayas.

Con la Valdivia precolombina

desde hace tiempo, ah,

este continente camina.


Pero, ni con toda la marina,

pueden sacar de la vitrina

la peste campesina.

Esto va pa'l capataz de la empresa:

el machete no solo es pa' cortar caña,

también es pa’ cortar cabezas.


Aquí estamos, siempre estamos,

no nos fuimos, no nos vamos.

Aquí estamos pa' que te recuerdes:

si quieres, mi machete te muerde


Aquí estamos, siempre estamos,

no nos fuimos, no nos vamos,

aquí estamos pa' que te recuerdes:

si quieres, mi machete te muerde, ah.


Si quieres, mi machete te muerde, ah

Si quieres, mi machete te muerde, ah

Si quieres, mi machete te muerde, ah

Te muerde, ah

Te muerde, ah


Los paramilitares, la guerrilla,

los hijos del conflicto, las pandillas,

las listas negras, los falsos positivos,

los periodistas asesinados, los desaparecidos,

los narcogobiernos, todo lo que robaron,

los que se manifiestan y los que se olvidaron,

las persecuciones, los golpes de estado,

el país en quiebra, los exiliados,

el peso devaluado,

el tráfico de droga, los carteles,

las invasiones, los emigrantes sin papeles,

cinco presidentes en once días,

disparo a quema ropa por parte de la policía,

más de cien años de tortura,

la Nova trova cantando en plena dictadura,

somos la sangre que sopla la presión atmosférica:

Gambino, mi hermano,

esto sí es América.


Aquí estamos, siempre estamos

no nos fuimos, no nos vamos.

Aquí estamos pa' que te recuerdes.

Si quieres, mi machete te muerde.


Aquí estamos, siempre estamos.

No nos fuimos, no nos vamos.

Aquí estamos pa' que te recuerdes.

Si quieres, mi machete te muerde, ah.


Si quieres, mi machete te muerde, ah

Si quieres, mi machete te muerde, ah

Si quieres, mi machete te muerde, ah


Te muerde, ah

Te muerde, ah

lunes, 12 de enero de 2026

Moaxaja con jarcha

 Moaxaja de Ibn Bāqī de Córdoba (m. 1145), intentando reproducir el juego de rimas en castellano para hacer comprensible el sistema:

Qufl


El amor juguetea con mi corazón

que se queja y llora por la pasión.


Gusn


¡Oh gentes! Mi corazón está prendado,

y es quien ansía amar, desconcertado;

le engaño y es mi llanto, el derramado.


Qufl


¿Quién te ha enseñado, ¡oh garzón!,

a lanzar miradas que matan a un león?


Gusn


En noche oscura, luna llena,

en rama granada, fruta plena,

esbelta cintura y mejilla morena.


Qufl


Ven, amado mío, a la unión,

para la huida de mí, no hay razón.


Gusn


Me contestó: mi mejilla es flor venenosa,

mis ojos desenvainan espada filosa.

¡Cuidado, mi unión es peligrosa!


Qufl


Quien desee atraparle, va a la perdición,

pero yo continúo detrás, con tesón.


Gusn


Mi corazón engañado se derrite de amor;

su amor entre tinieblas es puro resplandor;

prisionero entre sus manos está todo mi ardor;


Markaz o Jarŷa


No encuentro para la calma

ninguna razón,

derramar lágrimas

 es mi solo blasón.

martes, 2 de diciembre de 2025

Canción protesta de Buffalo Springfield. "Hay algo que ocurre aquí", 1966.

 Letra de Buffalo Springfield, canción de Stephen Stills

For What It's Worth

 Hay algo que ocurre aquí;

y qué es no está lo que se dice claro.

Hay un hombre con un arma por ahí

diciéndome que tengo que tener cuidado.

Creo que es hora de que paremos.

Niños, ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando:

se están trazando líneas de batalla.

Nadie tiene razón si todos están equivocados.

¡Jóvenes que dicen lo que piensan

están recibiendo tanta oposición atrasada!

Es hora de que nos detengamos.

Oye: ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando

¡Qué día de campo para el calor!

Mil personas en la calle,

cantando canciones y llevando carteles.

La mayoría dice ¡hurra! por nuestro lado.

Es hora de que paremos.

Oye: ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando

La paranoia llega profundo

adentro de tu vida se arrastrará:

comienza cuando siempre tienes miedo.

¡Sal de la fila, que el hombre llega y te lleva!

Será mejor que paremos.

Oye, ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando.

Será mejor que paremos.

Oye, ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando.

Será mejor que ahora paremos.

¿Qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando

Será mejor que paremos

Niños, ¿qué es ese sonido?

Miren todos lo que está pasando.

Canción protesta prohibida de Barry McGuire, 1965

 Víspera de destrucción (Eve of Destruction)

Canción de Barry McGuire ‧ 1965


El mundo oriental está explotando.

Hay violencia estallando, balas cargándose

Tienes edad suficiente para matar pero no para votar;

no crees en la guerra, pero ¿qué es esa arma que llevas?

e incluso el río Jordán lleva cuerpos flotando

Pero, dime

una y otra vez, amigo mío,

¿cómo es que no crees

que estamos en vísperas de la destrucción?

¿No entiendes lo que estoy tratando de decir?

¿No puedes sentir los miedos que hoy siento?

Si se presiona el botón, no hay forma de huir;

no habrá nadie a quien salvar con el mundo en una tumba.

Muchacho, echa un vistazo a tu alrededor, seguramente te asustará, muchacho.

Pero tú me lo dices

una vez y otra, amigo mío.

¿Cómo es que no crees

que estamos en vísperas de la destrucción?

Sí ¡mi sangre está tan loca! Siente cómo coagula.

Y aquí estoy sentado simplemente mirando.

No puedo torcer la verdad: no sabe de regulaciones.

Un puñado de senadores no aprueba las leyes

y las marchas, por sí solas, no llegan a traer la integración

cuando el respeto humano se está desintegrando.

Todo este loco mundo frustra demasiado.

Pero tú me lo dices

una y otra vez, amigo mío.

¿Cómo es que no crees

que nos hallamos en vísperas de la destrucción?

Piensa en todo el odio que hay en la China roja

y entonces echa un vistazo por Selma, Alabama.

Ah, puedes irte de aquí cuatro días al espacio,

pero, cuando regresas, es el mismo lugar.

Golpean los tambores el orgullo y la desgracia;

puedes enterrar a tus muertos, pero sin dejar rastro.

Odia a tu vecino de al lado, pero no olvides darle las gracias.

Pero tú me lo dices

una y otra vez, una y otra vez, amigo mío,

que no crees que estamos en vísperas de la destrucción,

no, no, no crees que estamos en vísperas de la destrucción.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Matthew Arnold, Shakespeare y otros poemas

 Shakespeare

Otros acatan nuestra pregunta. Tú eres libre.

Nos preguntamos y preguntamos; tú sonríes y permaneces impávido,

coronando el conocimiento. Pues la colina más alta,

que ante las estrellas descorona su majestad,

plantando firmes pasos en el mar,

haciendo del Cielo de los Cielos su morada,

solo perdona el borde nublado de su base

a la frustrada búsqueda de la mortalidad.

Y tú, que conociste a las estrellas y los rayos del sol,

autodidacta, autoescudriñado, autohonrado, seguro de ti mismo,

caminaste sobre la tierra sin ser adivinado. ¡Mejor así!

Todos los dolores que el espíritu inmortal debe soportar,

toda debilidad que se deteriora, todas las penas que derrotan

encuentran su voz única en esa frente victoriosa.


El gitano erudito


¡Ve, pastor, que te llaman desde la colina!

¡Ve, pastor, y desata los rediles!

No dejes más a tu melancólico rebaño sin alimentar,

ni a tus compañeros berreando,

ni a la hierba segada otra cabeza.

Pero cuando los campos estén tranquilos,

y los hombres y perros cansados ​​se hayan ido a descansar,

y solo las blancas ovejas se vean a veces

cruzar y volver a cruzar las franjas de verde blanqueado por la luna.

¡Ven, pastor, y retoma la búsqueda!


Aquí, donde el segador estuvo trabajando últimamente,

en el rincón oscuro de este campo alto, donde deja

su abrigo, su canasto y su cántaro de barro,

y al sol toda la mañana ata las gavillas,

y luego aquí, al mediodía, regresa sus provisiones para usar,

aquí me sentaré y esperaré,

mientras a mis oídos, desde tierras altas lejanas,

llega el balido de los rebaños apiñados,

con gritos distantes de segadores en el maíz,

todo el murmullo vivo de un día de verano.


Este rincón está oculto sobre el campo alto y a medio segar,

y aquí estaré, ¡pastor!, hasta el anochecer.

Entre la espesura del trigo se asoman las amapolas escarlatas,

y veo

crecer en zarcillos, raíces verdes y tallos amarillentos, enredándose en pálidas raíces rosadas;

y los tilos, al viento, desprenden

su aroma, y ​​derraman sus perfumadas lluvias

de flores sobre la hierba curva donde estoy tendido,

y me protegen del sol de agosto con su sombra;

y la mirada desciende hasta las torres de Oxford.


Y cerca de mí, sobre la hierba, yace el libro de Glanvil.

¡Venga, déjame leer de nuevo este cuento tan leído!

La historia del pobre estudiante de Oxford,

de mente preñada y mente ingeniosa,

que, cansado de buscar trabajo,

una mañana de verano abandonó

a sus amigos y se fue a aprender las tradiciones gitanas.

Vagó por el mundo con esa hermandad salvaje,

y llegó, como muchos creían, a poco provecho,

pero nunca más volvió a Oxford ni a sus amigos.


Pero una vez, años después, en los caminos rurales,

dos estudiantes, a quienes conoció en la universidad,

lo encontraron y le preguntaron sobre su estilo de vida.

Él respondió que la tripulación gitana,

sus compañeros, tenía habilidades para controlar a su antojo

el funcionamiento de las mentes humanas,

y que podían sujetarlas a los pensamientos que quisieran.

«Y yo», dijo, «el secreto de su arte,

cuando lo dominen por completo, lo compartiré con el mundo;

pero se necesitan momentos celestiales para esta habilidad».


Dicho esto, los dejó y no regresó.

Pero corrían rumores por la comarca

de que el erudito perdido había sido visto vagando durante mucho tiempo,

visto en raras ocasiones, pensativo y mudo,

con sombrero de corte antiguo y capa gris,

la misma que usaban los gitanos.

Unos pastores lo habían encontrado en Hurst en primavera;

en alguna taberna solitaria de los páramos de Berkshire,

en el cálido banco de un solo piso, los campesinos con bata

lo habían encontrado sentado a su entrada.


Pero, entre la bebida y el ruido, él quería huir.

Y yo mismo parezco conocer a medias tu aspecto,

y pongo a los pastores, ¡vagabundo!, tras tu rastro;

y a los muchachos que en solitarios trigales espantan a los grajos,

les pregunto si has pasado por su tranquilo lugar;

o en mi barca me quedo

amarrado a la fresca orilla en los calores del verano,

entre amplios prados que el sol llena,

y observo las cálidas y verdes colinas de Cumner,

y me pregunto si frecuentas sus tímidos refugios.


Porque sé que amas el retiro.

Te he encontrado en el transbordador, jinetes de Oxford, alegres,

regresando a casa en las noches de verano,

cruzando el joven Támesis en Bab-lock-hithe,

arrastrando los dedos mojados en la fresca corriente,

mientras la cuerda de la batea chasquea;

reclinado hacia atrás en un sueño pensativo,

y albergando en tu regazo un ramo de flores

arrancadas en campos tímidos y en las lejanas glorietas de Wychwood,

con la mirada fija en el arroyo iluminado por la luna.


¡Y entonces aterrizan, y ya no te ven!

Doncellas, que desde las aldeas lejanas vienen

a bailar alrededor del olmo de Fyfield en mayo,

a menudo te han visto vagar por los campos que se oscurecen,

o cruzar un portillo hacia la vía pública.

A menudo les has dado un montón

de flores: la anémona blanca de hojas frágiles,

las campanillas azules oscuras empapadas de rocío de las tardes de verano,

y las orquídeas púrpuras con hojas moteadas;

pero ninguna tiene palabras para describirte.


Y, sobre el puente de Godstow, cuando llega la época del heno

en junio, y muchas guadañas arden bajo el sol,

los hombres que recorren esos amplios campos de hierba ventosa

donde las golondrinas de alas negras rondan el brillante Támesis

para bañarse en el abandonado azotador pasan,

a menudo te han pasado cerca,

sentado en la orilla del río cubierto de maleza;

han observado tu atuendo extravagante, tu figura enjuta,

tus ojos oscuros y vagos, y tu aire suave y abstracto...

¡Pero, cuando volvieron de bañarse, te habías ido!


En alguna solitaria granja de las colinas de Cumner,

donde la ama de casa zurce a la puerta abierta,

te han visto, o colgado de una verja

observando las trilladoras en los graneros musgosos.

Los niños, que recorren estas laderas temprano y tarde

buscando berros en los arroyos,

te han visto contemplando, durante todo un día de abril,

los pastos que brotan y las vacas pastando;

y te han observado, cuando las estrellas salen y brillan,

alejarte lentamente entre la hierba alta y húmeda.


En otoño, en las faldas del bosque Bagley,

donde la mayoría de los gitanos, junto al camino bordeado de turba,

plantan sus tiendas ahumadas, y cada arbusto que ves

está salpicado de manchas escarlatas y jirones grises,

sobre el suelo del bosque llamado Tesalia,

el mirlo, buscando comida,

te ve, pero no detiene su comida ni teme en absoluto;

tan a menudo te ha visto pasar junto a él, extraviado,

arrebatado, haciendo girar en tu mano una rama marchita,

y esperando que caiga la chispa del cielo.


Y una vez, en invierno, en el frío camino

que lleva a casa a través de campos inundados, ¿

no te he visto en el puente de madera,

envuelto en tu capa y luchando contra la nieve,

con la cara hacia Hinksey y su cresta invernal?

Y has subido la colina,

y has alcanzado la blanca cima de la cordillera de Cumner;

te has vuelto una vez para observar, mientras caían copos de nieve,

la línea de luz festiva en el salón de la iglesia de Cristo;

luego has buscado tu paja en alguna granja apartada.


Pero qué... ¡sueño! Doscientos años han pasado

desde que tu historia corrió por los pasillos de Oxford,

y el grave Glanvil escribió

que te alejaste de los estudiosos muros

para aprender artes extrañas y unirte a una tribu gitana;

y te fuiste de la tierra hace

mucho tiempo, y yaces en algún tranquilo cementerio, en

algún rincón rural, donde sobre tu tumba desconocida

ondean hierbas altas y ortigas blancas en flor,

bajo la sombra de un tejo oscuro y de frutos rojos.


—¡No, no, no has sentido el paso de las horas!

Pues ¿qué desgasta la vida de los mortales?

Es que de cambio en cambio su ser rueda;

es que las conmociones repetidas, una y otra vez,

agotan la energía de las almas más fuertes

y entumecen las fuerzas elásticas.

Hasta que, habiendo usado nuestros nervios con dicha y adolescencia,

y fatigado nuestro ingenio en mil planes,

al genio que se detiene en ese instante, remitimos

nuestra vida agotada, y somos... lo que hemos sido.


Si no has vivido, ¿por qué perecerías así?

Tenías un solo propósito, un solo negocio, un solo deseo; ¡

de lo contrario, ya hace tiempo que estarías entre los muertos! ¡

De lo contrario, habrías consumido, como otros hombres, tu fuego!

Las generaciones de tus iguales han huido,

y nosotros también nos iremos;

pero posees un destino inmortal,

y te imaginamos exento de la vejez

y viviendo como vives en la página de Glanvil,

porque tuviste lo que nosotros, ¡ay!, no tenemos.


Pues temprano dejaste el mundo, con fuerzas

frescas, sin desviar hacia el mundo exterior,

firmes en su objetivo, sin gastarlas en otras cosas;

libres de la fatiga enfermiza, de la duda lánguida

que trae consigo haber intentado mucho, haber sido frustrado en mucho.

¡Oh vida distinta a la nuestra!

Que fluctúan ociosamente sin plazo ni alcance,

de quienes cada uno se esfuerza, sin saber por qué se esfuerza,

y cada mitad vive cien vidas diferentes;

que esperan como tú, pero no, como tú, con esperanza.


¡Tú esperas la chispa del cielo! Y nosotros,

ligeros creyentes a medias de nuestros credos casuales,

que nunca sentimos profundamente ni queremos claramente,

cuya percepción nunca ha dado fruto en hechos,

cuyas vagas resoluciones nunca se han cumplido;

para quienes cada año vemos

nuevos comienzos, nuevas decepciones;

que vacilamos y flaqueamos en la vida,

y perdemos mañana el terreno ganado hoy...

¡Ah! ¿No lo esperamos también nosotros, vagabundo?


Sí, lo esperamos, pero aún se demora, ¡

y entonces sufrimos! y entre nosotros uno,

que es el que más ha sufrido, toma abatido

su asiento en el trono intelectual;

y todo su acervo de tristes experiencias deja

al descubierto sus días miserables;

nos cuenta el nacimiento de su miseria, su crecimiento y sus signos,

y cómo se alimentó la chispa moribunda de la esperanza,

y cómo se apaciguó su pecho, y cómo se calmó su cabeza,

y todos sus anodinos variados cada hora.


¡Esto por nuestros más sabios! Y nosotros los demás languidecemos,

deseando que el largo y desdichado sueño termine,

renunciando a todo derecho a la dicha y tratando de soportar;

con paciencia de labios cerrados por nuestro único amigo,

paciencia triste, demasiado cercana para desesperar;

¡pero nadie tiene esperanza como la tuya!

Tú vagas por los campos y por los bosques,

vagando por el campo, un niño vagabundo,

alimentando tu proyecto con alegría despejada,

y toda duda disipada por el tiempo.


Oh, nacido en días en que el ingenio era fresco y claro,

y la vida corría alegre como el centelleante Támesis;

antes de que esta extraña enfermedad de la vida moderna,

con su prisa enfermiza, sus objetivos divididos,

sus cabezas sobrecargadas, sus corazones paralizados, estuviera extendida. ¡

Huye, miedo nuestro al contacto! ¡

Huye aún, sumérgete más en el bosque encapotado! ¡

Aléjate, como Dido con gesto severo,

de la llegada de su falso amigo en el Hades,

apártate de nosotros y quédate solo!


Aún alimentando la esperanza inconquistable,

aún aferrándose a la sombra inviolable,

con un impulso libre y hacia adelante, atravesando,

por la noche, las ramas plateadas del claro,

lejos, en las faldas del bosque, donde nadie persigue,

en alguna suave ladera pastoral

emergen, y descansando en las pálidas hojas iluminadas por la luna,

refresca tus flores como en años anteriores

con rocío, o escucha con oídos encantados,

desde los oscuros valles, a los ruiseñores.


Pero ¡huye de nuestros caminos, huye de nuestro contacto febril!

Pues la fuerte infección de nuestra lucha mental,

que, aunque no da dicha, nos priva de descanso;

y te arrebataríamos de tu propia vida hermosa,

como nosotros, distraídos y como nosotros, desdichados.

Pronto, pronto tu alegría moriría,

tus esperanzas se volverían tímidas y tus fuerzas se desestabilizarían,

y tus objetivos claros se tornarían turbios y vacilantes;

y entonces tu feliz juventud perenne se desvanecería,

se marchitaría y envejecería al fin, y moriría como la nuestra.


¡Entonces vuelan nuestros saludos, vuelan nuestras palabras y sonrisas!

–Como un serio comerciante tirio, desde el mar,

divisó al amanecer una proa emergente

que levantaba sigilosamente las enredaderas de cabello fresco,

los flecos de una frente orientada al sur

entre las islas del Egeo;

y vio llegar al alegre costero griego,

cargado de uvas ámbar y vino de Quíos,

higos verdes que reventaban y atunes macerados en salmuera–

y reconoció a los intrusos en su antiguo hogar,


Los jóvenes y alegres dueños de las olas–

Y arrebató su timón, y desenrolló más velas;

Y día y noche se mantuvo indignado

Sobre las azules aguas del centro del país con el vendaval,

Entre las Sirtes y la suave Sicilia,

Hasta donde el Atlántico brama

Fuera de los estrechos occidentales; y desenrolló velas

Allí, donde por los acantilados nublados, a través de sábanas de espuma,

Tímidos traficantes, llegan los oscuros íberos;

Y en la playa deshizo sus fardos atados.


Playa de Dover


El mar está en calma esta noche,

la marea está llena, la luna se posa hermosa

sobre el estrecho; en la costa francesa, la luz

brilla y desaparece; los acantilados de Inglaterra se yerguen,

relucientes e inmensos, en la tranquila bahía. ¡

Acérquense a la ventana, dulce es el aire nocturno!

Solo, desde la larga línea de espuma

donde el mar se encuentra con la tierra blanqueada por la luna, ¡

escuchen! Se oye el rugido chirriante

de los guijarros que las olas retiran y arrojan,

a su regreso, hacia la alta playa.

Comienzan, cesan, y luego vuelven a comenzar,

con trémula cadencia lenta, y traen consigo

la eterna nota de tristeza.


Sófocles

lo oyó hace mucho tiempo en el Egeo, y le trajo

a la mente el turbio flujo y reflujo

de la miseria humana; nosotros

también encontramos en el sonido un pensamiento,

al oírlo junto a este lejano mar del norte.

El mar de la fe

también estuvo una vez, en su plenitud, y alrededor de la tierra,

se extendía como los pliegues de un brillante cinturón enrollado.

Pero ahora solo oigo

su melancólico, prolongado y retraído rugido,

retirándose, al soplo

del viento nocturno, por las vastas orillas, lúgubres

y desnudas tejas del mundo.


Ah, amor, seamos fieles

el uno al otro, pues el mundo que parece

extenderse ante nosotros como una tierra de sueños,

tan variado, tan hermoso, tan nuevo,

no tiene realmente ni alegría, ni amor, ni luz,

ni certeza, ni paz, ni ayuda para el dolor;

y estamos aquí como en una llanura oscura

barrida por confusas alarmas de lucha y huida,

donde ejércitos ignorantes chocan por la noche.


Envejeciendo


¿Qué es envejecer?

¿Es perder la gloria de la figura,

el brillo de la mirada?

¿Es por belleza renunciar a su corona?

Sí, pero no solo por eso.


¿Es sentir nuestra fuerza,

no solo nuestra plenitud, sino también nuestra decadencia? ¿

Es sentir cada miembro

endurecerse, cada función menos precisa,

cada nervio más débil?


Sí, esto, ¡y más! pero no, ¡

Ah, no es lo que en la juventud soñamos que sería!

¡No es tener nuestra vida

suavizada y ablandada como con el resplandor del atardecer,

el ocaso de un día dorado!


'No se trata de ver el mundo

desde una altura, con ojos proféticos y absortos,

y el corazón profundamente conmovido;

y llorar, y sentir la plenitud del pasado, ¡

los años que ya no son!


Es pasar largos días

sin sentir ni una sola vez que fuimos jóvenes.

Es sumar, encerrados

en la ardiente prisión del presente, mes

tras mes con un dolor agotador.


Es sufrir esto,

y sentir sólo la mitad, y débilmente, de lo que sentimos:

en lo profundo de nuestro corazón

supura el sordo recuerdo de un cambio,

pero ninguna emoción, ninguna.


Es la última etapa de todas,

cuando estamos congelados por dentro y somos solo

el fantasma de nosotros mismos,

para escuchar al mundo aplaudir al fantasma hueco

que culpó al hombre vivo

viernes, 21 de noviembre de 2025

José Emilio Pacheco, Égloga octava

 ÉGLOGA OCTAVA


Lento muere el verano

y suspende el silencio con sus ruidos.

Un otoño temprano

hundió verdes latidos,

árboles por la muerte merecidos.


La luz nos atraviesa.

Se detiene en tu cuerpo y lo decora.

Tal fuego que te besa,

consumida en la hora,

ya se incendia la tarde asoladora.


Vivimos el presente

en función del mañana y del pasado,

porque seguramente

no estaré ya a tu lado

en ese tiempo real que has desdeñado.


En estas soledades

se han unido el desierto y la pradera.

Mas el gozo que invades

ya no te recupera

y durará lo que la noche quiera.


Creciste en la memoria

hecha de otras imágenes, mentida.

Y no habrá más historia

para ocupar la vida,

que esa huella de ti, vasta y perdida.


Inútil el lamento,

inútil la esperanza, el desterrado

adjetivo del viento.

Te ha poblado

el transcurrir de todo lo acabado.


Esperemos ahora

la claridad que apenas se desliza.

Nos encuentra la aurora

en la tierra cobriza,

faltos de amor y llenos de ceniza.


Se acerca la negrura

en la avidez del día que despierta.

En torno a tu hermosura

se ha cerrado la puerta

de la alegría que me diste muerta.


No volveremos nunca

a tener en las manos ese instante;

porque la noche trunca

hará que se quebrante

nuestra dicha

y sigamos adelante.


El oscuro reflejo

de ese ayer que zozobra en tu mirada,

es el oblicuo espejo

que bifurca la nada

de esta reunión de sombras condenada.


La llama que calcina

de tu rostro sin voces ha crecido.

Pero ha de ser su ruina

la que instaure el sonido,

el silencioso estruendo del olvido.


De los años la ira,

la confusión, el peso, la derrota,

no harán una mentira

de todo lo que brota

en una noche de prodigios rota.


El mundo se apodera

de lo que es nuestro y tuyo. Y el vacío

acontece y vulnera;

como el río

que humedece tus labios, amor mío.


Eterna, única ausente,

niña solar o hiedra que se esconde.

Te borras lentamente,

más vivirás en donde

tu presencia me escucha y me responde.