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jueves, 31 de agosto de 2023

Luis Alberto de Cuenca, Four poems

Four poems (2007)

Luis Alberto de Cuenca


LEER EN VOZ ALTA 

Siempre ando con un libro en las manos. Ya sea uno viejo y gastado del siglo XIX con láminas y pauta final para ubicarlas en el texto, ya sea otro nuevo e intrépido que recibí ayer mismo y huele todavía a tinta fresca y joven, ya sea un libro antiguo que viajó por el tiempo hasta esa estantería de mi cada vez más poblada biblioteca... El vicio de leer suele ser solitario, pero puede, también, compartirse. Los griegos de la época de Sócrates leían en voz alta. Lo mismo hacía Nietzsche. A mí me gusta mucho leer en compañía y en voz alta los grandes libros de nuestra tribu, esa tribu perversa, racista y miserable que disfruta creyéndose superior (y lo es). De ese modo, recuerdo haber leído Drácula, Melmothy Frankenstein, el Poema del Cid, Beowulf, los Nibelungos, la Divina Comedia, los Psalmos, la Canción de Rolando, La isla del tesoro y la Ilíada, tal y como los griegos leían hace siglos, alto y claro, lanzando las palabras al aire, porque la voz añade temblor de biografía personal y caduca a tanta eternidad, al vértigo solemne de tanta permanencia.


CÍRCULO 

Ojalá fuese un círculo vicioso, pero dejó de serlo hace ya tiempo. Es un círculo a secas. No permite que le pongamos adjetivos. Tiene muy mal carácter, el humor muy agrio. Si en nuestro deambular por su interior quisiéramos un día liberarnos de sus paredes inmisericordes y huir al otro lado, no podríamos hacerlo. En ese círculo vivimos, por mucho que tratemos de olvidarlo, y en él acabaremos nuestros días, sin saber cuándo, ni por qué, ni cómo.


EL AIRE DE TUS VERSOS

A la memoria de Blas de Otero


El aire era la vida en tu soneto de Leganés, y ahora ya no hay aire donde vives, maestro. No hay manera de respirar allí donde tú mueres. El aire se ha largado con su soplo a otra parte. Y no sirve para nada alzar las manos contra el firmamento, ni formular preguntas al vacío. Pero los ruiseñores de tu canto, ellos sí, vivirán eternamente. Se lo dijo Calímaco a un poeta que murió antes de tiempo, y eso vale para ti, Blas de Otero. La poesía que araña sombras para ver a Dios termina viendo a Dios y respirando el aire inmarchitable de tus versos.


BÚSCALA

Busca a la Diosa Blanca, ve a buscarla por occidente y por oriente, por el sur y por el norte, no la dejes de buscar en las sombras de la noche y en las luces del justo mediodía, sin desmayar jamás, sin acordarte de otro nombre que el suyo, sin reposo, por el cielo, debajo de la tierra y en las profundidades del océano. No habrá huellas que valgan en tu búsqueda, pues la Diosa no deja huellas nunca. Quién sabe dónde está, nadie la ha visto jamás en este mundo. Pero tú búscala sin desmayo en esos bosques, mil veces densos, donde el sol no halla paso a la hierba. Búscala en las ninfas que descansan al lado de la fuente y, sobre todo, búscala en el agua de esa fuente, en el agua en que los ciervos sacian su sed cuando declina el día, en el agua que canta y que libera de cuanto estorba. Y luego, cuando nada te retenga en la selva, continúa buscándola, aunque duela, por el aire emponzoñado, por el fuego insomne, por el camino hacia ninguna parte, por el desierto helado del silencio, por las calles vacías del olvido.

viernes, 29 de julio de 2022

Poemas de Guillermo Carnero

 Paestum


Los dioses nos observan desde la geometría

que es su imagen.

Sus templos no temen a la luz

sino que en ella erigen el fulgor

de su blancura: columnatas

patentes contra el cielo y su resplandor límpido.

Existen en la luz.

Así sus pueblos bárbaros

intuyen el tumulto de sus dioses grotescos,

que son ecos formados en una sima oscura:

un chocar de guijarros en un túnel vacío.


Aquí los dioses son

como la concepción de estas columnas,

un único placer: la inteligencia,

con su progenied de fantasmas lúcidos.


Disolución del sueño


Nadie puede instalarse

en los sueños de otro: están fundados

en la incredulidad, la decepción y el miedo,

y su inquietud no admite compañía.

Juguetes rotos de una niñez tapiada

que no quiere arriesgar el privilegio

de mecerse en la paz de no haber sido;

un andrajo sin nombre

vacante en el umbral del paraíso

al no tener un cuerpo que lo vista.

El que contempla el Sol no ve su fuego,

cifrado en cenital circunferencia;

baja la vista, y teme. Lo confunde la luz;

sólo puede mirarla si se mezcla

a los colores turbios de las cosas.

Tampoco se permite

afrontar la arrogancia de sus sueños.

Finge que no lamenta su vacío

pues no los tiene ni jamás los tuvo,

o los destierra al sótano más hondo

sin calor ni alimento, hasta que mueren

y vagan insepultos y lo acosan

al apagar la luz en un cuarto de hotel;

y por fin engalana su cadáver,

lo corona de mirto y lo pasea

para ofrecerlo a quien lo pisotee,

y lo destierra al fin a la página escrita

para eludir su insulto de blancura,

salpicando de tinta su amenaza de espejo,

su insoslayable potestad de lirio.

Sueño: región más alta,

sonora en geometría cuyo color se vuelve

imán de la certeza del exilio.

La voz es una brisa que nos trae

los primeros jirones

de los aromas del jardín del sueño.

Ha de reburujarse como seda

o desplegarse cálida y redonda,

henchida al ascender en su ternura,

y volar sobre cumbres y estuarios.

Así tu voz, umbral de tantos mundos,

sabía concederlos resumidos

en la proximidad del horizonte

de la luz de la llama de una vela;

pero hoy vendría a mí tenue y descalza,

sobre la duda de cristales rotos

que esparciste en la estela de tu nombre.

Si rompieras a hablar, tu voz tendría

una pátina oscura de parajes

donde se pudre la lección del tiempo.

Ya no podré entenderte si me hablas:

sólo olvidando el lastre de las cosas

y las aristas negras de los nombres

tiene tu voz la pulcritud del sueño:

música en el estuche de su brillo.

En los sueños, los ojos son azules:

si son de otro color, no estás soñando.

El azul es un reino de dulzura.

Dulzura no es palabra suficiente

en lo espiritual y trascendido;

es la de los torrentes cuando llegan

a presentar en el Abril del valle

la rendición templada de su hielo,

conservando en color de las alturas

la transfiguración del aire límpido;

la del rumor de guijas y de conchas

que resuena en las playas por la noche,

llenando de sí misma

la conciencia de estar oculto y solo.

Cuando abrías los ojos levantabas

una cúpula azul sobre la tierra,

coronada de flámulas ardientes;

un recinto tan alto

y en su ofrenda de luz tan silencioso

que toda voluntad se deslizaba

por la pendiente del desasimiento.

Así unos ojos pueden encender

la latitud inaugural del mundo

diáfana y trasparente sin frontera,

y entrecerrar su propio laberinto

de heces y esquirlas de rumor taimado.

No quiero su amenaza

en la consternación del aire turbio:

sólo el azul extático y redondo.

La curvatura es vocación del río

con inflexiones lentas de meandro

en el arroyo que desciende al valle,

es consuelo en el círculo del Sol

cuando tiñe de rojo la parábola

en que la luz dibuja el horizonte,

espiral aguzada

en el brillo del brote de la hoja,

convexidad en la tensión del fruto,

densidad y turgencia

en todo lo colmado y lo creciente.

La redondez es signo de la carne

de mujer, salvación,

oasis de volumen

en la angustia del plano y de la recta;

pero ha de ser jardín al que no lleve

la ausencia de un camino no trazado.

Esa es la norma capital del sueño,

lo que confiere elevación de nube

y resplandor solar de paraíso

a la entereza de un jardín redondo

retirado al secreto

de su concavidad, sin que el dardo del tiempo

-serpiente rectilínea que hiere con la ciencia

del veneno sin paz de la memoria-

tenga puerta cerrada en que clavarse.

Pero tú oscureciste el horizonte

donde pudo brillar el más diáfano

silencio precursor de voz primera,

y trajiste al preludio

de su estación redonda la maldición del tiempo:

un largo corredor de palabras caídas

pudriéndose en la sombra de su otoño.

Así llegué al umbral del paraíso

como Moisés en su último viaje;

y en la desolación de la memoria

y la miseria del entendimiento

se desvanecen un jirón azul,

geometría sin voz, música abstracta.


De la inutilidad de los cristales ópticos


Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro

nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de

movimiento);

sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien

conoce,

con su excesiva holgura en la órbita seca;

un día han de invadir a medianoche

los bulevares de la ciudad desierta,

aterrando con su agilidad a los animales pacíficos,

en una conjunción única que consagre el azar.


El azar, anigquilando en su represalia de hondero

el estupor del que alinea y su conciso cristal.


Museo de Historia Natural


Encerrados en un espacio distante

perfeccionan allí la estabilidad de no ser

más que inmovilidad de animales simbólicos

la escorzada pantera, el mono encadenado

y la fidelidad que representa el perro

echado ante los pies de la estatua yacente;

adquieren aridez en la luz incisiva

bajo las losas de cristal del domo,

traslúcido animal que no perece.

La boa suspendida

por cuatro alambres tensos sobre cartón pintado

no es más que el concepto de boa.

Agavillados

bajo un domo distante, la memoria

les redondea el gesto, los induce

a la circunferencia imaginaria

en la que inscriben dentro de su urna

la suspensión del gesto, salto rígido

igual que las mandíbulas abiertas

gritan terror de estopa, agonía en cartón, violencia plana.

Agazapados tras una puerta distante,

cuando la empuja el simulacro vuelve

a componer su coreografía;

y un día han de invadir los bulevares

de la ciudad desierta, amenazando

la arquitectura fácil del triunfo

y el gesto de la mano que acaricia

la mansedumbre impávida de animales pacíficos.


Palabras de Tersites


Esa carcasa ocre es Helena, la gracia de la nuca

aureolada de cabellos lúcidos.

Los que la amaron son inmortales ahí, en la tierra inverniza,

o bien envejecieron con una pierna rota

dislocada para mendigar unos vasos de vino-

y yo, el giboso, el patizambo, me acuerdo algunas veces

de la altivez biliosa de los jefes aqueos

considerando la pertinencia del combate,

inspiración segura de algún poema heroico

cantor de esta campaña y su cuerpo de diosa:

polvo para quien no la amó, sus versos humo.


Es la decrepitud lo que enciende esta guerra.

sábado, 13 de marzo de 2021

Comisión de servicio. Jaime Siles.

Comisión de servicio.  Jaime Siles. 


Ahora que soy aún mi todavía,

ahora que soy aún y que no sé

si el autobús me lleva a la ballena

de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;

ahora que soy aún el que te mira,

ahora que soy aún el que te ve,

ahora que todavía nos admira

El Oro de sus cuerpos de Gauguin;

ahora que aún ardemos en la pira,

ahora que aún el vértigo es un bien,

ahora que la carne aún delira,

imitemos al mundo en su vaivén.

domingo, 28 de febrero de 2021

Vive la vida, Luis Alberto de Cuenca

 Vive la vida


Vive la vida. Vívela en la calle

y en el silencio de tu biblioteca.

Vívela en los demás, que son las únicas

pistas que tienes para conocerte.

Vive la vida en esos barrios pobres

hechos para la droga o el desahucio

y en los grises palacios de los ricos.

Vive la vida con sus alegrías

incomprensibles, con sus decepciones

(casi siempre excesivas), con su vértigo.

Vívela en madrugadas infelices

o en mañanas gloriosas, a caballo

por ciudades en ruinas o por selvas

contaminadas o por paraísos,

sin mirar hacia atrás.

Vive la vida.


Luis Alberto de Cuenca

(Por fuertes y fronteras, 1996)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Luis Alberto de Cuenca

El imbécil

El imbécil

Era una criatura detestable
en el plano moral, un ser abyecto,
una abominación lovecraftiana.
No era tampoco guapa, ni atractiva,
ni graciosa, ni joven, ni simpática.
Era un montón perverso de basura.
Pues fuiste tan imbécil que por ella
dejaste a la que amabas y vendiste
tu alma en los bazares de la noche.

Tiempos difíciles

Era todo tan triste y tan absurdo.
No vivías apenas. Te colgabas
de la pared de la melancolía
y veías pasar las lentas horas
que hacia nada conducen y hacia nunca.
Las mujeres te habían retirado
su protección, los dioses su asistencia
y la literatura su cobijo.
Fueron tiempos difíciles aquellos.

El olvido

La olvidé. Por completo. Para siempre
(o eso creía entonces). Me cruzaba
con ella por la calle y no era ella
quien se paraba ante un escaparate
de ropa deportiva, no era ella
quien compraba el periódico en un quiosco
y se perdía entre la muchedumbre.
Como si hubiera muerto. No era ella.
Su nombre era el de todas las mujeres. 

Luis Alberto de Cuenca

jueves, 6 de agosto de 2015

Guillermo Carnero, Ostende

De Ensayo de una teoría de la visión (1979)


Ostende


Obediencia me lleva, y no osadía (Villamediana)                


Nuestros burgueses [...] sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres. (Manifiesto Comunista, 11)                


ArribaAbajoRecorrer los senderos alfombrados
de húmedas y esponjadas hojas muertas,
no por la arista gris de grava fría
como la hoja de un cuchillo.
Mueven
su ramaje los plátanos como sábanas lentas
empapadas de noche, de grávida humedad
y reluciente.
También en la espesura
late la oscuridad de las cavernas,
y el Sol sobre las hojas evapora
las gotas de rocío-
el aura de calor
que envuelve e ilumina los cuerpos agotados
cuando duermen: si acercas la mejilla
ves las formas bailar y retorcerse,
un espejismo fácil y sin riesgo:
dos bueyes que remontan la colina,
el mago que construye laberintos,
el calafate, el leproso, el halconero
parten seguros al amanecer,
no como yo, por los senderos
cubiertos de hojas muertas, esponjadas y húmedas.
A veces entre los árboles clarean
los lugares amenos que conozco:
el pintado vaporcillo con su blanca cabeza
de ganso, acribillada de remaches y cintas;
las olas estrellándose bajo el suelo de tablas
del gran salón de baile abandonado,
las lágrimas de hielo que lloran los tritones
emergiendo en la nieve de las fuentes heladas;
el cuartito en reposo con la cama deshecha
junto al enorme anuncio de neón
que lanza sobre el cuerpo reflejos verdes, rojos,
como en las pesadillas de los viejos opiómanos
del siglo diecinueve.
Un cervatillo salta
impasible: lo sigo.
En un claro del bosque
está sentada al borde de la fuente,
con blanquísima túnica que no ofrece materia
que desgarrar a la rama del espino.
Corro tras ella sin saber su rostro,
pero no escapa sino que conduce
hasta lo más espeso de la fronda,
donde juntos rodamos entre las hojas muertas.
Cuando la estrecho su rostro se ha borrado,
la carne hierve y se diluye; el hueso
se convierte en un reguero de ceniza,
y en medio de la forma que levemente humea
brilla nítida y pura una piedra preciosa.
La recojo y me arreglo la corbata;
de vuelta, silencioso en el vagón del tren,
temo que me delate su fulgor,
que resplandece y quema aún bajo el abrigo.
Tengo una colección considerable,
y en el silencio de mi biblioteca
las acaricio, las pulo, las ordeno
y a veces las imprimo.
En el dolor se engendra la conciencia.

Recorrer los senderos alfombrados
de húmedas y esponjadas hojas muertas,
inseguro paisaje poblado de demonios
que adoptan apariencia de formas deseables
para perder al viajero.
Mas no perecerá
quien sabe que no hay más que la palabra
al final del viaje.
Por ella los lugares,
las camas, los crepúsculos y los amaneceres
en cálidos hoteles sitiados
forman una perfecta arquitectura,
vacía y descarnada como duelas y ejes
de los modelos astronómicos.
Vacío perseguido cuya extensión no acaba,
como es inagotable la conciencia,
la anchura de su río
y su profundidad.
Desde el balcón
veo romper las olas una a una,
con mansedumbre, sin pavor.
Sin violencia ni gloria se acercan a morir
las líneas sucesivas que forman el poema.
Brillante arquitectura que es fácil levantar
igual que las volutas, los pináculos,
las columnatas y las logias
en las que se sepulta una clase acabada,
ostentando sus nobles materiales
tras un viaje en el vacío.
Producir un discurso
ya no es signo de vida, es la prueba mejor
de su terminación.
En el vacío
no se engendra discurso,
pero sí en la conciencia del vacío.

Luis Antonio de Villena, Antología

La nave del crepúsculo

(de Asuntos de delirio)

Era un chico con ojeras moradas,
caído en el suelo de un portal de Chueca. Un caserón
enorme, feo.
Lloviznaba en la noche. El frío era impropio de la época.
¿Necesitas algo? Estaba muy pálido.
Los vaqueros en ruinas. Manchas en las manos. Una pupa
en los labios.
¿Puedo ayudarte?
Estoy en el polo sur. No te preocupes.
Es un barco lleno de viejos, hacia el polo sur…
El cielo es blanco y el mar es blanco.
Las olas no hacen ruido. Y la tierra no zumba.
Es el barco de los viejos vestidos de blanco.
Me gusta ¿sabes?
Estás en la vida pero ya no hay vida.
Sólo el mar blanco. Eternamente blanco hacia el polo sur…
¿Qué más, incluso tú, puedes pedir?

Un arte de vida

(de Hymnica)

Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tantas euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán
después, un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas
oráculos.) Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
Y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.


El paso de la laguna Estigia

(de La muerte únicamente)

A un lado del bosque -por la orilla-
veía extraños fuegos y gritos espantosos.
(Digo bien: Veía gritos, porque nada oía).
Era el aire melancólico y sombrío.
y lo cruzaban pájaros de color ceniza.
No puedo decir que sufriera exactamente,
era una sucesión de agobio, pesadumbre, angustia,
como queriendo llorar y sintiéndote solo.
Al otro lado del agua (un agua esmeraldina,
profunda, portentosa) se distinguía apenas
otro bosque, y una ignota claridad desconocida.
A la vera del agua (sin rumor, pero móvil)
había un viejo desnudo, con crespa barba blanca.
Le dije: ¿Cuál es la verdad, dime;
qué debí haber hecho? ¿Retirarme de todo,
vivir remoto al mundo, en la paz de las sierras?
¿O arder en las batallas y zozobras,
intrigar, morder ansia, escalar arduamente,
herir al semejante con ponzoña enconada?
¿O simplemente entregarme a la carne,
hundirme entre los cuerpos día a día
mientras seca la lengua siente un vacío instante?
¿Qué debí haber hecho? ¿El poder, la soledad,
el amor, el triunfo? ¿A cuál dedicarse?
Y el viejo no se inmutó aunque yo temblase.
Respondió: Cualquier cosa que hicieras, es lo mismo.
No hay verdad aquí. Nada es verdad segura.
Si buscaste el sosiego -sólo eso- y es mucho…
Esta es la única verdad, siguió. Y me mostró
una barca. Esta de ahora es la sola verdad
de cuanto existe. Y me tendió un vaso de agua clara.
Toma, añadió. Me cogió la mano. Y sentí un blando
frío en los pies, al mojarme, subiéndome a su barca.
Al fondo, un raro sol, como violeta y rojo,
que no daba calor, parecía la sangre cuando mana.

Chapero

(de Marginados)

Nunca pensé hacer eso.
Sencillamente me daba asco
aunque yo hubiese disfrutado de chaval
con otros chicos, tú ya sabes…
Pero ¿qué tiene que ver?
Luego te faltan las pelas,
no dura el curro,
en tu casa dicen que te busques la vida,
y un amigo te da la solución.
Me dijo aquel chaval:
Cuando un tío te dé mucha grima,
tómate un trago de ginebra,
y déjate hacer. Es fácil…
Con el tiempo encuentras que no es tan diferente.
Y hay gente muy legal
Tíos que están dispuestos, de veras,
a echarte una mano. Que se encaprichan contigo…
Y la verdad, te lo montas a gusto con ellos,
en la cama.
Luego hay cerdos, cerdos cabrones,
tíos que te tratan como una servilleta:
Que te orinan el cuerpo
o quieren que les des dos hostias fuertes.
En realidad no te gusta esa vida,
siempre en garitos y pensiones malas…
Pero hay días que cuando entras al bar,
temprano, recién dormido, fresco,
y ves a uno de esos que te apañan la noche,
esos días respiras de repente,
y te parece que todo será como una Kawasaki enorme.
Dirías que nada cuenta el tiempo.
El mundo resplandece, hay copas preparadas. La noche es dulce.
De verdad, mañana ¿qué significa mañana?


La mayoría moral, intachable y serena

(de Asuntos de delirio)

(Manuel Ramos Otero)



Usted comprenderá: yo nunca fui de los suyos.
He podido reír en una cena, aceptar un convite,
simular que estaba de acuerdo con el modo
eficaz en que han ido cuadriculando el mundo…
Ellos llaman Orden a su vida, y se ponen
palmas, insignias, construyen colegios, iglesias,
miran con respeto a las alturas jerárquicas,
emulan, engañan, se perdonan, bendicen…
Nunca fui de los suyos, pese a cierta apariencia.

* * *

Pertenezco a las afueras, al margen,
a la vida ágil y sucia que se escapa
de su red de soga. En lo que a ellos
les duele y asusta yo hallé la bondad.
Mi corazón está lejos y está lejos mi alma.
Mi camino se ha forjado en lo oscuro.
Perdonaban mi pasión y su belleza.
Si no exagerábamos, si no nos excedíamos,
estaban dispuestos a tolerarlos, liberales.
La hermosura de los muchachos les ofende.
Les irrita otra pasión, porque en la red ven
un roto grande, y les grita el vértigo.
Somos una espada sobre su cabeza.
Pirados, vividores, alevines de nada.
Hombres y muchachos en un extraño nudo.

* * *

Nunca fui de los suyos. Los odio. Los detesto.
Su vida levanta comandancia y estados.
Su vida es un cuarto de estar con aduana.
Jamás con ellos, aunque no esté seguro de mi sitio.


El viaje infinito del arte moderno

(de Asuntos de delirio)

Dicen que se quedaba en silencio.
Largas horas. En silencio.
Se llama sufrir. No es agua muerta. Un pantano
en silencio. Hay vértigos adentro.
Una sierra eléctrica, brutal, que zumba a veces.
Y no lo sé. Sufrir. Y de repente
las piernas del Idilio de Fortuny. Como voz de vida
Y hablaban interminablemente después.
¿Quién dijo la palabra motriz? ¿Qué dices cuando
dices, etc…?
Te juro que me tiene sin cuidado.
Lo que quiero es ser feliz,
solo algo más que mantenerme en pie.
¿Saber? También saber. Y joder. Y mirar cuadros.
Pero apenas nunca ocurre.
¿Hablo? ¿Digo?
Largas horas. Fatiga
Dijo: El Estado, nos están masacrando el Estado…
Y ella le miró delicadamente, anochecía:
Creo que esa luz rojiza está intentando decirnos algo.

lunes, 30 de abril de 2012

Dos poemas de Luis Alberto de Cuenca


Hola, mi amor...

Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
quiero tenerte cerca
para oírte mejor.
Hola, mi amor,
soy yo, tu lobo,
quiero tenerte cerca
para verte mejor.
Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
quiero tenerte cerca
para oirte mejor.
Hola, mi amor,
soy yo, tu lobo,
quiero tenerte cerca
para olerte mejor.

Si con tus garras
me quisieras abrazar
si con tus dientes
me quisieras tú besar.

Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
quiero tenerte cerca
para olerte mejor.
Hola, mi amor,
soy yo, tu lobo,
quiero tenerte cerca
para hablarte mejor.

Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
quiero tenerte cerca
para olerte mejor.
Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
quiero tenerte cerca
para olerte mejor.
Hola, mi amor,
soy yo, tu lobo,
quiero tenerte cerca
para hablarte mejor.

Yo, lo que quiero,
es tu cuerpo tan brutal
y lo que adoro
es tu fuerza de animal.

Si con tus garras
me quisieras abrazar
y con tus dientes
me quisieras tú besar.

Hola, mi amor,
yo soy el lobo,
te compraría un anillo,
un pastel, un collar.
Hola, mi amor,
soy yo, tu lobo,
quiero bailar contigo
un lindo rock´n´roll. (bis)

Yo sólo quiero
una noche sin final
en la que ambos
nos podamos devorar.
(Escucha la versión de la Orquesta Mondragón. Canta Gurruchaga)

LA MALTRATADATengo Sed. Me has quitado las praderas del norte,
regadas por arroyos de respeto y cariño.
Tengo frío. Te has ido con el sur de mi alcoba,
dejándome las huellas de tu hielo en mi cuerpo.
No sé qué hacer.
La vida me parece una tumba
donde me has enterrado viva, una oscuridad
irrespirable, un túnel sin salida, una muerte
prolongada, el vacío, la ausencia, el desamparo.
Me siento tan vencida por tu odio, tan débil,
tan aterrorizada y tan inexistente,
que no puedo llorar, ni llamar por teléfono
a mis padres (que acaso me dirían: “Aguanta,
que por algo naciste mujer”), ni hacerle señas
a la vecina desde la ventana.
Me quedo
acurrucada en un rincón del dormitorio
esperando que vuelvas y sigas arrasando
con gestos de desprecio, con golpes y con gritos
aquel campo de amor que cultivamos juntos.