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domingo, 25 de enero de 2026

Jorge Luis Borges, De alguien a nadie.

 Jorge Luis Borges - De alguien a nadie

En el principio, Dios es los Dioses (Elohim), plural que algunos llaman de majestad y otros de plenitud y en el que se ha creído notar un eco de anteriores politeísmos o una premonición de la doctrina, declarada en Nicea, de que Dios es Uno y es Tres. Elohim rige verbos en singular; el primer versículo de la Ley dice literalmente: En el principio hizo los Dioses el cielo y la tierra. Pese a la vaguedad que el plural sugiere: Elohim es concreto; se llama Jehová Dios y leemos que se paseaba en el huerto al aire del día o, como dicen las versiones inglesas, in the cool of the day. Lo definen rasgos humanos; en un lugar de la Escritura se lee: Arrepintiose Jehová de haber hecho hombre en la tierra y pesole en su corazón y en otro, Porque yo Jehová tu Dios soy un Dios celoso y en otro, He hablado en el fuego de mi ira. El sujeto de tales locuciones es indiscutiblemente Alguien, un Alguien corporal que los siglos irán agigantando y desdibujando. Sus títulos varían: Fuerte de Jacob, Piedra de Israel, Soy El Que Soy, Dios de los Ejércitos, Rey de Reyes. El último, que sin duda inspiró por oposición el Siervo de los Siervos de Dios, de Gregorio Magno, es en el texto original un superlativo de rey: «propiedad es de la lengua hebrea —dice fray Luis de León— doblar así unas mismas palabras, cuando quiere encarecer alguna cosa, o en bien o en mal. Ansí que decir Cantar de cantares es lo mismo que solemos decir en castellano Cantar entre cantares, hombre entre hombres, esto es, señalado y eminente entre todos y más excelente que otros muchos». En los primeros siglos de nuestra era, los teólogos habilitan el prefijo omni, antes reservado a los adjetivos de la naturaleza o de Júpiter; cunden las palabras omnipotente, omnipresente, omniscio, que hacen de Dios un respetuoso caos de superlativos no imaginables. Esa nomenclatura, como las otras, parece limitar la divinidad: a fines del siglo V, el escondido autor del Corpus Dionysiacum declara que ningún predicado afirmativo conviene a Dios. Nada se debe afirmar de Él, todo puede negarse. Schopenhauer anota secamente: «Esa teología es la única verdadera, pero no tiene contenido». Redactados en griego, los tratados y las cartas que forman el Corpus Dionysiacum dan en el siglo IX con un lector que los vierte al latín: Johannes Eríugena o Scotus, es decir Juan el Irlandés, cuyo nombre en la historia es Escoto Erígena, o sea Irlandés Irlandés. Éste formula una doctrina de índole panteísta: las cosas particulares son teofanías (revelaciones o apariciones de lo divino) y detrás está Dios, que es lo único real, «pero que no sabe qué es, porque no es un qué, y es incomprensible a sí mismo y a toda inteligencia». No es sapiente, es más que sapiente; no es bueno, es más que bueno; inescrutablemente excede y rechaza todos los atributos. Juan el Irlandés, para definirlo, acude a la palabra nihilum, que es la nada; Dios es la nada primordial de la creatio ex nihilo, el abismo en que se engendraron los arquetipos y luego los seres concretos. Es Nada y Nadie; quienes lo concibieron así obraron con el sentimiento de que ello es más que ser un Quién o un Qué. Análogamente, Samkara enseña que los hombres, en el sueño profundo, son el universo, son Dios.

  El proceso que acabo de ilustrar no es, por cierto, aleatorio. La magnificación hasta la nada sucede o tiende a suceder en todos los cultos; inequívocamente la observamos en el caso de Shakespeare. Su contemporáneo Ben Jonson lo quiere sin llegar a la idolatría, on this side Idolatry; Dryden lo declara el Homero de los poetas dramáticos de Inglaterra, pero admite que suele ser insípido y ampuloso; el discursivo siglo XVIII procura aquilatar sus virtudes y reprender sus faltas: Maurice Morgan, en 1774, afirma que el rey Lear y Falstaff no son otra cosa que modificaciones de la mente de su inventor; a principios del siglo XIX, ese dictamen es recreado por Coleridge, para quien Shakespeare ya no es un hombre, sino una variación literaria del infinito Dios de Spinoza. «La persona Shakespeare —escribe— fue una natura naturata, un efecto, pero lo universal, que está potencialmente en lo particular, le fue revelado, no como abstraído de la observación de una pluralidad de casos sino como la sustancia capaz de infinitas modificaciones, de las que su existencia personal era sólo una.» Hazlitt corrobora o confirma: «Shakespeare se parecía a todos los hombres, salvo en lo de parecerse a todos los hombres. íntimamente no era nada, pero era todo lo que son los demás, o lo que pueden ser». Hugo, después, lo equipara con el océano, que es un almácigo de formas posibles.

  Ser una cosa es inexorablemente no ser todas las otras cosas; la intuición confusa de esa verdad ha inducido a los hombres a imaginar que no ser es más que ser algo y que, de alguna manera, es ser todo. Esta falacia está en las palabras de aquel rey legendario del Indostán, que renuncia al poder y sale a pedir limosna en las calles: «Desde ahora no tengo reino o mi reino es ilimitado, desde ahora no me pertenece mi cuerpo o me pertenece toda la tierra». Schopenhauer ha escrito que la historia es un interminable y perplejo sueño de las generaciones humanas; en el sueño hay formas que se repiten, quizá no hay otra cosa que formas; una de ellas es el proceso que denuncia esta página.

  Buenos Aires, 1950. En Otras inquisiciones

lunes, 21 de agosto de 2023

Bertolt Brecht, Cinco dificultades para escribir la verdad

Bertolt Brecht: "Cinco dificultades para escribir la verdad". En El compromiso en literatura y arte, 1973. Traducción de J. Fontcuberta.

Quien quiere hoy día combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tiene que vencer por lo menos cinco dificultades. Deberá tener el valor de escribir la verdad, aun cuando sea reprimida por doquier; la perspicacia de reconocerla, aun cuando sea solapada por doquier; el arte de hacerla manejable como un arma; criterio para escoger a aquellos en cuyas manos se haga eficaz; astucia para propagarla entre éstos. Estas dificultades son grandes para aquellos que escriben bajo la férula del fascismo, pero existen también para aquellos que fueron expulsados o han huido, e incluso para aquellos que escriben en los países de la libertad burguesa.

1. El valor de escribir la verdad

Parece cosa sobrentendida que el escritor debe escribir la verdad, en el sentido de que no puede reprimirla o callarla y de que no puede escribir nada falso. No debe doblegarse a los poderosos, no debe engañar a los débiles. Naturalmente que resulta muy arduo no doblegarse a los poderosos, y en cambio es muy provechoso engañar a los débiles. Desagradar a las clases acomodadas significa renunciar a la posesión de bienes. Renunciar a la paga por el trabajo efectuado significa, en ocasiones, renunciar al trabajo, y rehusar la honra entre los poderosos significa a menudo rehusar toda honra. Para esto hace falta valor. Las épocas de represión más extremada son generalmente épocas en que se habla de cosas grandes y sublimes. Hace falta valor, en estas épocas, para hablar de cosas tan vulgares y pequeñas como la comida y la vivienda de los obreros, en medio de un gran vocerío que proclama que lo principal es el espíritu de sacrificio. Cuando se colma a los campesinos de homenajes, tener valor es hablar de máquinas y forrajes a bajo precio que facilitaría su tan venerado trabajo. Cuando por todas las emisoras de radio se proclama a gritos que es mejor el hombre sin erudición y cultura que el sabio, entonces tener valor significa preguntar: ¿para quién es mejor? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, tener valor es preguntar si el hambre, la ignorancia y la guerra no engendran deformaciones graves. Asimismo se precisa valor para decir la verdad sobre sí mismos, los vencidos. Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, son perseguidos a causa de su bondad. Pero esta bondad ha sido golpeada, vencida y prohibida, y era por eso una bondad débil; una bondad mala, inconsistente e insegura: porque es inadmisible atribuir la debilidad a la bondad como a la lluvia su humedad. Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor. Naturalmente, hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua. De esta especie abstracta, genérica y ambigua es precisamente la falsedad. Cuando se dice de alguien que ha escrito la verdad, por de pronto es que algunos o muchos o uno solo han dicho algo distinto, una mentira o algo genérico, pero él ha dicho la verdad, algo práctico, positivo, innegable, ha puesto el dedo en la llaga.

Menos valor se precisa para quejarse en términos generales de la ruindad del mundo y el triunfo de la barbarie y amenazar con el triunfo del espíritu, en una parte del mundo donde esto todavía está permitido.

Entonces muchos actúan como si se les apuntara con cañones, cuando en realidad sólo se ha dirigido hacia ellos unos anteojos de teatro. Proclaman a gritos sus pretensiones de orden general en medio de un mundo de amigos insignificantes. Piden una justicia universal por la cual nunca han hecho nada, y libertad universal para obtener parte del botín que fue compartido con ellos largo tiempo. Tienen por único verdadero aquello que suena bien. Cuando la verdad se presenta como algo numérico, seco, real, algo cuyo hallazgo requiere esfuerzo y estudio, entonces no es una verdad para ellos, nada que les suma en el entusiasmo. Tienen únicamente el comportamiento de aquellos que dicen la verdad. Su miseria es que no saben la verdad.

2. La perspicacia de reconocer la verdad

Puesto que es difícil escribir la verdad, porque se ve reprimida por doquier, les parece a la mayoría que escribir o no la verdad es cosa de convicciones. Creen que para ello sólo hace falta valor. Olvidan la segunda dificultad, el descubrimiento de la verdad. Ni hablar de que es fácil encontrar la verdad.

Para empezar, ya no resulta fácil averiguar qué verdad vale la pena decir. Hoy, por ejemplo, ante los ojos de todo el mundo, los grandes estados civilizados se precipitan uno tras otro en la mayor de las barbaries. Además, cualquiera sabe que la guerra civil, realizada con los más atroces medios, cada día puede convertirse en una guerra exterior que tal vez deje a nuestro continente convertido en un montón de escombros. Esto, indudablemente, es una verdad, pero hay otras, desde luego. Así, por ejemplo, también es verdad que las sillas tienen asientos y que la lluvia cae de arriba abajo. Muchos escritores escriben verdades de este género. Se parecen a los pintores que cubren de naturalezas muertas las paredes de barcos zozobrantes. No existe para ellos nuestra primera dificultad, y no tienen, no obstante, ningún remordimiento. Impertérritos ante los poderosos, pero sin turbarse tampoco por los gritos de los oprimidos, van pintando sus cuadros. Lo absurdo de su manera de obrar engendra en ellos mismos un «profundo» pesimismo que venden a buen precio y que, a decir verdad, a la vista de tales maestros y de tales ventas, sería más justificado en otros. Con todo, no resulta fácil tampoco darse cuenta de que sus verdades son del mismo género que las de las sillas y la lluvia, por lo general suenan de modo muy distinto, como si fueran verdades acerca de cosas importantes. Porque la creación artística consiste precisamente en atribuir importancia a una cosa.

Sólo fijándose bien llega uno a distinguir que solamente dicen: «Una silla es una silla» y «No hay nada que hacer contra el hecho de que la lluvia caiga hacia abajo».

Esta gente no encuentra la verdad que vale la pena escribir. Otros, por su parte, se ocupan realmente en las tareas más urgentes, no temen a los potentados ni a la pobreza, y no obstante no pueden encontrar la verdad. Carecen de conocimientos. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios ilustres y bellamente formulados en la antigüedad. El mundo es demasiado complicado para ellos, desconocen los hechos y no perciben las causas. Aparte de los propios sentimientos, hacen falta conocimientos que se adquieren y métodos que se aprenden. A todos los escritores de este tiempo de confusión y grandes cambios les es preciso conocer la dialéctica materialista, la economía y la historia. Este conocimiento puede obtenerse en los libros y a través de una iniciación práctica, cuando existe la aplicación necesaria. Se pueden descubrir muchas verdades de la manera más simple, partes de verdad o estados de cosas que conducen al encuentro de la verdad. Cuando uno quiere buscar, le irá bien un método, pero también puede encontrar sin método, incluso sin buscar. Pero de una manera tan casual difícilmente se consigue una exposición de la verdad que baste por sí sola a enseñar a los hombres cómo deben actuar. La gente que sólo toma nota de pequeños hechos, no está en condiciones de hacer manejables las cosas de este mundo. Y sin embargo la verdad tiene este único objetivo, no otro. Esta gente no es capaz de cumplir con la exigencia de escribir la verdad.

Cuando alguien está dispuesto a escribir la verdad y en condiciones de reconocerla, le quedan aún tres dificultades.

3. El arte de hacer la verdad manejable como un arma

Hay que decir la verdad por las consecuencias que se desprenden de ella en cuanto a la conducta a seguir. Como ejemplo de una verdad de la cual no pueden sacarse consecuencias o tan sólo consecuencias falsas, nos servirá la opinión muy extendida de que las graves circunstancias imperantes en algunos países provienen de la barbarie. Según este modo de ver las cosas, el fascismo es una ola de barbarie que ha irrumpido en algunos países por fuerza natural.

Según esto, el fascismo es una tercera nueva fuerza junto a (y por encima de) el capitalismo y el socialismo; no solamente el movimiento socialista, sino también el capitalismo, no hubieran podido continuar existiendo, siempre según esta opinión, sin el fascismo, etc. Naturalmente se trata de una afirmación fascista, de una capitulación ante el fascismo. El fascismo es una fase histórica en la que el capitalismo ha intervenido en tanto que algo nuevo y a la vez viejo. El capitalismo existe en los países fascistas nada más que como fascismo, y el fascismo sólo puede ser combatido como capitalismo, como el más desnudo, insolente, contundente y falaz de los capitalismos.

En consecuencia, ¿cómo quiere alguien decir la verdad sobre el fascismo, contra el cual está, si no quiere decir nada en contra del capitalismo que lo engendra?

¿Cómo ha de resultar entonces practicable la verdad?

Aquellos que están en contra del fascismo, sin estar en contra del capitalismo, que se lamentan de la barbarie originada por la barbarie, se parecen a aquellas personas, que quieren comer su ración de ternera, pero sin que haya que degollar la ternera. Quieren comer la ternera pero no ver la sangre. Se contentarán con que el carnicero se lave las manos antes de servirles la carne. No están en contra de la situación creada por la barbarie respecto de la propiedad, sólo en contra de la barbarie. Levantan su voz contra la barbarie, y lo hacen en países donde impera la misma situación económica, pero donde los carniceros todavía se lavan las manos antes de servirle la carne.

Las acusaciones públicas contra medidas bárbaras pueden surtir efecto un tiempo corto, en tanto quienes escuchan crean que no viene al caso hablar de tales medidas en sus países. Ciertos países están en condiciones de mantener su situación respecto de la propiedad con medios menos violentos que en otros. La democracia les presta aún servicios que otros tienen que conseguir recurriendo a la fuerza, a saber, la garantía de la propiedad en los medios de producción. El monopolio sobre las fábricas, minas, tierras, crean en todas partes situaciones de barbarie; sin embargo, son menos visibles. La barbarie se hace visible tan pronto como el monopolio cínicamente puede ser protegido gracias al poder público.

Algunos países que, a causa del monopolio, no tienen aún necesidad de renunciar a las garantías formales del Estado constitucional, así como a comodidades tales como el arte, la filosofía, la literatura, escuchan con especial complacencia a los forasteros que recriminan a su patria por haber tenido que renunciar a ellas, por cuanto van a sacar provecho de ello en las guerras que se avecinan. ¿Puede decirse que han reconocido la verdad aquellos que piden a gritos guerra sin cuartel contra Alemania «porque es la verdadera patria de la maldad en esta época, la filial del infierno, la morada del Anticristo»? Más bien habría que decir que son gente necia, desorientada y perniciosa. Porque la consecuencia que se saca de su palabreo es que este país debe ser aniquilado. El país entero con todos sus habitantes, porque el gas tóxico no escoge a los culpables cuando mata.

El hombre despreocupado, que no sabe la verdad, se expresa de forma general, abstracta e imprecisa. Dice disparates de «los» alemanes, se lamenta «del» mal, y quien escucha no sabe qué hacer, en el mejor de los casos. ¿Ha de decidirse a no ser alemán? ¿Desaparecerá el infierno, si él es bueno? También la charlatanería sobre la barbarie que nace de la barbarie es de esta especie. A juzgar por lo que dicen, la barbarie proviene de la barbarie, y deja de existir por la civilización, que viene de la cultura. Esto viene expresado de una forma demasiado general, no de cara a las consecuencias para una conducta práctica, y en el fondo no va dirigido a nadie.

Tales declaraciones muestran muy pocos eslabones de la concatenación de causas y presentan determinadas fuerzas motrices como fuerzas indomables. Tales declaraciones entrañan mucha oscuridad, y esta oscuridad oculta las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y ¡aparecen en escena hombres como causantes de las catástrofes! Pues vivimos en un tiempo en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una catástrofe natural que pueda comprenderse partiendo de la «naturaleza» del hombre. Pero incluso en el caso de las catástrofes naturales, hay maneras de describirlas que son dignas del hombre, porque apelan a su fuerza combativa.

Después de un gran terremoto, en muchas revistas americanas se podían ver fotografías que mostraban un campo de ruinas. Al pie se ponía steel stood (el acero resistió), y realmente, quien a primera vista sólo había visto ruinas, se daba cuenta ahora, atraída su atención por la leyenda, de que ¡algunos edificios altos habían quedado en pie! Entre las relaciones que se pueden dar de un terremoto, tienen una importancia imponderable las de los ingenieros, los cuales toman en cuenta el movimiento del suelo, la fuerza de los impactos, la temperatura que se desarrolla y cosas por el estilo, y conducen a la construcción de edificios que resistan a los sismos. Quien quiera describir el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes que no son catástrofes naturales, debe presentar una verdad practicable. Debe mostrar que son catástrofes preparadas a las enormes masas de trabajadores sin medios de producción propios por los poseedores de estos medios.

Quien quiera escribir con éxito la verdad sobre estado de cosas graves, deberá escribir de tal manera que se hagan reconocibles las causas evitables de aquéllos. Cuando se conocen las causas evitables, puede combatirse una situación grave.

4. Criterio para escoger a aquellos en cuyas manos la verdad se haga eficaz

Por la costumbre secular de comerciar con lo escrito en el mundo de las opiniones y narraciones, por el hecho de haber descargado al escritor de la preocupación por lo que había de escribir, el escritor tuvo la impresión de que su comprador o comitente, el intermediario, hacía llegar lo escrito a todos. Pensaba: yo hablo, y los que quieren oír, me oyen. En realidad, él hablaba, y los que podían pagar le oían. Sus palabras no eran oídas por todos, y los que las oían, no querían oírlo todo. Sobre esto se ha hablado mucho, aunque no aún lo suficiente; yo únicamente quiero poner de relieve que «escribir a alguien» se ha convertido en un «escribir». Pero no se puede simplemente escribir la verdad, hay que escribirla indispensablemente a alguien que con ella pueda empezar algo. El conocimiento de la verdad es un paso previo común a escritores y lectores. Para oír cosas buenas hay que poder oír bien y oír cosas buenas. La verdad tiene que ser dicha con fundamento y tiene que ser oída con fundamento. Y es importante para nosotros, los escritores, saber a quién la decimos y quién nos la dice.

Debemos decir la verdad sobre situaciones graves a aquellos para quienes la situación es más grave que nadie, y debemos enterarnos por ellos. No sólo hay que hablar a personas de una mentalidad determinada, sino a aquellas a las cuales corresponde esta mentalidad en virtud de su situación. ¡Y nuestros oyentes se transforman a cada paso! Incluso de los verdugos se puede hablar, cuando ya no corre dinero para pagarles las ejecuciones o el peligro es demasiado grande. Los campesinos bávaros estaban en contra de cualquier revolución, pero cuando la guerra hubo durado lo suficiente y sus hijos volvieron a casa y no encontraron sitio en las casas de campo, entonces se les podía ganar para la revolución.

Para los que escriben es importante encontrar el tono de la verdad. Por lo regular se oye por ahí un tono suave, quejumbroso, el de las gentes que no son capaces de matar una mosca. El que escucha este tono y está en la miseria, se hace más miserable. Así hablan algunos que quizá no son enemigos, pero indudablemente no son compañeros de lucha.

La verdad es algo belicoso, no combate únicamente la falsedad, sino también a determinadas personas que la difunden.

5. Astucia para difundir la verdad ampliamente

Muchos, orgullosos de tener valor para decir la verdad, felices de haberla encontrado, cansados tal vez de la labor que exige darle una forma manejable, esperando impacientes a que echen mano de ella aquellos cuyos intereses comparten, no consideran necesario hacer uso de la industria oportuna para la difusión de la verdad. Y así pierden toda la eficacia de su labor. En todas las épocas se ha utilizado la astucia para la difusión de la verdad, cuando ésta es sofocada y embozada. Confucio falseó un viejo almanaque histórico patriótico. Se limitó a cambiar ciertas palabras. Donde decía «El monarca de Kun hizo matar al filósofo Wan, porque había dicho esto y lo otro», Confucio puso «asesinar» en vez de matar. Donde se decía que el tirano Fulano de Tal había perecido en un atentado, el escribió «fue ajusticiado». Con esto Confucio abrió nuevos horizontes a la crítica histórica.

Quien en nuestra época dice población en lugar de pueblo y fincas rústicas en vez de suelo, deja de fomentar ya muchas mentiras. Quita a las palabras su mística corrompida. La palabra pueblo expresa cierta uniformidad y denota intereses generales, por lo tanto sólo debería emplearse al hablar de varios pueblos, ya que a lo sumo entonces es fácil imaginarse una comunidad de intereses. La población de una región tiene intereses distintos, opuestos incluso, a los de otra, y esto es una verdad prohibida. Apoya también las mentiras de los que gobiernan aquel que habla de suelo y describe los campos a satisfacción de las narices y los ojos, hablando de su olor a tierra y sus colores; porque no es la fertilidad del suelo lo que interesa ni el amor del hombre hacia él, ni siquiera su cultivo, sino sobre todo el precio de los cereales y el coste del trabajo. Los que obtienen beneficios del suelo no son aquellos que sacan el grano de él, y el sabor al terruño es desconocido a las bolsas. Estas huelen a otra cosa. Frente a suelo, la palabra apropiada es finca rural; así se engaña menos. Para disciplina habría que elegir, donde hay opresión, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin señor y por esto mismo tiene algo de más noble que la obediencia. Y mejor que honor es dignidad humana. Con ello el individuo no desaparece tan fácilmente del campo visual. Ya sabemos, no obstante, ¡qué tipo de granujas aspiran a poder defender el honor de un pueblo! Y cuán pródigamente los hartos dispensan honor a aquellos que les hartan a costa de su propia hambre. La astucia de Confucio es todavía hoy útil.

Confucio sustituyó opiniones injustificadas sobre acontecimientos nacionales por otras justificadas. El inglés Tomás Moro describió en una utopía un país en donde imperaban unas condiciones justas –era un país muy distinto del país en que vivía, ¡pero se le parecía mucho, incluso en las condiciones de vida!

Lenin, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y opresión en la isla Sajalín por parte de la burguesía rusa. Puso Japón en vez de Rusia y Corea en lugar de Sajalín. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los de la rusa empleados en Sajalín, pero el escrito no fue prohibido, porque Japón estaba enemistado con Rusia. Mucho de lo que en Alemania no está permitido decir sobre Alemania, puede decirse de Austria.

Existen muchas tretas con que engañar al Estado suspicaz.

Voltaire combatió la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un obsequioso poema sobre la Doncella de Orleans. Narró los milagros que sin duda tuvieron que ocurrir para que Juana permaneciera virgen en medio de un ejército, en una corte y entre monjes.

Con la elegancia de su estilo y la descripción de aventuras eróticas suministradas por la vida lujuriosa de los soberanos, sedujo a éstos a abandonar una religión que les facilitaba el medio para esta vida relajada. Y bien, de esta manera se creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran a aquellos para quienes estaban destinados. La gente poderosa entre sus lectores fomentaba o toleraba su difusión. Y así no recurrieron a la policía, la cual protegía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que esperaba mucho de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

Realmente un alto nivel literario puede servir de protección a un relato. Sin embargo, a menudo despierta también sospechas. Entonces cabe la posibilidad de que uno baje de tono intencionadamente. Esto sucede, por ejemplo, cuando en la forma menospreciada de una novela policíaca se introducen subrepticiamente en pasajes disimulados descripciones de condiciones de vida malas.

Tales descripciones justificarían del todo una novela policíaca. El gran Shakespeare, por toda una serie de consideraciones más fútiles, bajó el nivel al restar fuerza deliberadamente a las palabras de la madre de Coroliano con las que hace frente al hijo que marcha contra su ciudad natal –quería que Coroliano desistiera de sus planes no por motivos reales o por una profunda emoción, sino por cierta desidia con que se abandonó a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de verdad difundida con astucia en el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Subraya sin cesar que el asesino de César, Brutus, es un hombre honorable, pero describe también su acción y esta descripción es más impresionante que la de su propio autor; el orador mismo se deja arrastrar así por los hechos, les confiere una elocuencia más grande que «ellos mismos».

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, empleó un método parecido. Fue una época de grandes luchas de clases. La clase hasta entonces dominadora se defendía con dificultad de su gran adversario, la parte de la población hasta entonces servidora. En su poema aparece un sabio en la corte del soberano, al cual exhorta a la lucha contra los enemigos internos. Describe profusa y enérgicamente el desorden surgido a causa de la rebelión de las capas inferiores. La descripción era de este tenor:

«Así es: los nobles se lamentan y los humildes se alegran. Todas las ciudades dicen: arrojemos a los poderosos de nuestro seno.

»Así es: Se destrozan las oficinas y se llevan sus listas; los siervos se convierten en amos.

»Así es: Ya no es posible reconocer al hijo de un notable; el hijo del ama se convierte en el hijo de su esclava.

»Así es: Los burgueses han sido atados a la piedra del molino. Los que nunca vieron el día, se han ido.

»Así es: las cajas de las ofrendas son destrozadas; despedazan la madera preciosa de Sesnem para hacer camas.

»Mirad, la capital se ha venido abajo en una hora.

»Mirad, los pobres del país se han vuelto ricos.

»Mirad, quien no tenía pan, posee ahora un granero; lo que abastecerá su almacén será la hacienda de otro.

»Mirad, le sienta bien al hombre tomar su sustento.

»Mirad, quien no tenía un grano, posee ahora graneros; quien iba a por donaciones de trigo se hace ahora él mismo la parte.

»Mirad, quien no tenía una yunta de bueyes, posee ahora rebaños; quien no podía procurarse bestias de labranzas, posee ahora tropas de ganado.

»Mirad, quien no podía construir para sí una alcoba, vive ahora entre cuatro paredes.

»Mirad, los consejeros buscan cobijo en el granero; a quien apenas era lícito dormir en las murallas, éste posee ahora una cama.

»Mirad, quien antes no podía construirse un bote de madera posee ahora naves; si su propietario mira por ellas, encontrará que ya no son suyas.

»Mirad, quienes poseían vestidos van ahora andrajosos; quien no tejía para sí posee ahora finas telas.

»El rico duerme sediento; quien antes le mendigaba las sobras, posee ahora cerveza de la fuerte.

»Mirad, quien no entendía nada del tañido del arpa, tiene ahora un arpa; aquel ante quien nadie cantaba, pondera ahora la música.

»Mirad, quien por pobreza dormía solo, encuentra ahora damas; quien contemplaba su rostro en el agua, tiene ahora un espejo.

»Mirad, los más ilustres del país corren sin ocupación alguna. A los grandes ya no se le comunican nada. Quien era mensajero, manda ahora a otro…

»Mirad, cinco hombres son enviados por sus amos. Ellos dicen: haced vosotros el camino, nosotros ya hemos llegado.»

Es evidente que este desorden así descrito debe aparecer por fuerza como un estado de cosas envidiable a los oprimidos. Y sin embargo el poeta se expresa de forma difícil de comprender. Condena categóricamente este estado de cosas, aunque mal…

Jonathan Swift propuso en un opúsculo que, para que el país alcanzara la prosperidad, se escabechara a los hijos de los pobres y se les vendiera como carne. Hizo cálculos muy exactos que demostraban que se puede economizar mucho si uno no se detiene ante nada. Swift se hizo el tonto. Con gran fuego y bien documentado, defendió cierta ideología, odiosa para él, en una cuestión en que apareció evidente para todo el mundo toda su infamia. Cualquiera podía ser más listo que Swift o al menos más humano, sobre todo aquel que hasta entonces no había analizado ciertas ideas en las consecuencias que de ellas se derivaban.

Hacer propaganda en pro del pensamiento, en cuyo terreno siempre da buenos resultados, es útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de este tipo es muy necesaria. El pensamiento pasa por ser cosa vil bajo gobiernos que sirven a la explotación.

Pasa por cosa vil aquello que es útil a los envilecidos. Pasa por vil la preocupación constante por el hastío; el desprecio a los honores que se ofrecen a los defensores del país en el cual aquéllos pasan hambre; dudar del Führer cuando éste conduce al desastre; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo ejecuta; la irritación contra la obligación de adoptar actitudes absurdas; la indiferencia hacia la familia, cuando el interés por ella no serviría de nada.

Se injuria a los hambrientos tachándoles de glotones que no tienen nada que defender, de cobardes que dudan de su opresor, de gente que duda de su propia fuerza, que quiere tener la recompensa por su trabajo, de holgazanes, etc. Bajo tales gobiernos el pensamiento es considerado por regla general algo vil y cae en descrédito. Ya no es enseñado en ninguna parte y, donde aparece, es perseguido. Sin embargo, siempre existen zonas donde, sin ser castigado, uno puede llamar la atención sobre los éxitos del pensamiento; son aquellas zonas en las cuales las dictaduras necesitan del pensamiento. Así, por ejemplo, se pueden acreditar los triunfos del pensamiento en el campo de la ciencia bélica y de la técnica. También el alargamiento de las existencias de lana con una buena organización y la invención de materias substitutivas necesita del pensamiento. La mengua de alimentos, la preparación de la juventud para la guerra, todo esto necesita del pensamiento: puede describirse. El encomio de la guerra, objetivo inconsiderado de este pensamiento, puede eludirse con astucia; así, el pensamiento suscitado por la cuestión de cómo hacer mejor la guerra, puede llevar a la cuestión de si esta guerra es razonable y utilizarse en la cuestión de cómo evitar de la mejor manera una guerra absurda.

Esta cuestión, claro está, difícilmente puede plantearse en público. Por tanto, ¿no se puede aprovechar el pensamiento ya propagado, esto es, configurarlo radicalmente? Claro que se puede.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión, que sirve a la explotación de una parte de la población (la mayor) por la otra (la menor), se requiere una determinada actitud base de la población que debe abarcar todos los campos. Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin, pudo resultar de repente peligroso para la explotación; sin embargo, durante mucho tiempo, sólo la Iglesia se ocupó de ello, mientras que la policía todavía no cayó en la cuenta. Las investigaciones de los físicos en los últimos años han llevado a consecuencias en el campo de la lógica que, sin duda alguna, podían poner en peligro toda una serie de dogmas que sirven a la opresión. El filósofo nacional prusiano Hegel, entregado a arduas investigaciones en el campo de la lógica, proporcionó a Marx y Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de valor incalculable. La evolución de las ciencias es un resultado de conjunto, pero desigual, y el Estado se ve incapaz de controlarlo todo. Los campeones de la verdad pueden escoger campos de batalla que pasen relativamente inadvertidos. Pero todo estriba en que se enseñe un pensar justo, un pensar que interrogue todas las cosas y todos los acontecimientos por lo que tienen de efímeros y variables.

Los que mandan sienten una gran aversión hacia los cambios profundos. Quisieran que todo permaneciera igual, con preferencia miles de años. ¡Lo mejor sería que la luna se quedara quieta y el sol no siguiera ya su curso! Entonces nadie pasaría más hambre ni tendría ganas de cenar. Cuando ellos han disparado, el adversario no tiene derecho a disparar; su disparo tiene que ser el último.

Un modo de ver las cosas que subraye especialmente lo efímero es un buen medio para estimular a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación nazca y crezca una contradicción es algo que debe utilizarse como argumento en contra de los vencedores. Puntos de vista semejantes (como el de la dialéctica, de la doctrina del fluir de las cosas) pueden emplearse en la investigación de materias que escapen durante cierto tiempo a los que mandan. Pueden aplicarse en la biología o la química. Pueden también ensayarse en la descripción de las vicisitudes de una familia, sin llamar demasiado la atención. La dependencia de cualquier cosa respecto de otras muchas, constantemente cambiantes, es una idea peligrosa para las dictaduras y puede cundir de muchas y variadas maneras sin que la policía tenga en donde agarrarse. La descripción completa de todas las operaciones y eventualidades por las que tiene que pasar un hombre que abre un estanco, puede resultar un duro golpe para la dictadura. Quienquiera que reflexione un poco, encontrará el porqué. Los gobiernos que conducen las masas humanas a la miseria tienen que evitar que, en medio de la miseria, se piense en el gobierno. Hablan mucho del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investiga las causas de la pobreza, es detenido antes de que dé con el gobierno. Con todo, es posible, por lo general, hacer frente a esta cháchara sobre el destino; se puede mostrar que el destino del hombre viene preparado por otros hombres.

Y esto, por otro lado, puede hacerse de diferentes maneras. Se puede narrar, por ejemplo, la historia de un caserío. Todo el pueblo comenta que pesa una maldición sobre la casa. Una campesina se ha arrojado al pozo, un labrador se ha ahorcado. Un día se celebra una boda, el hijo del labrador se casa con una muchacha que aporta unos cuantos acres de tierra al matrimonio. La maldición desaparece del caserío. El pueblo no juzga con unanimidad este feliz cambio. Unos lo atribuyen al natural alegre del muchacho, otros a los acres que aporta la joven campesina y que convertirán por fin el caserío en un lugar viable.

Pero incluso puede lograrse algo con una poesía que describa la campiña, es decir, siempre que se incluyan en la naturaleza las cosas creadas por la mano del hombre.

Se requiere astucia para que la verdad se difunda.

Resumen

La gran verdad de nuestra época (cuyo conocimiento solo no resuelve nada, pero sin el cual no puede encontrarse ninguna otra verdad de alcance) es que nuestro continente naufraga en la barbarie porque la propiedad se encuentra forzosamente atada a los medios de producción. ¿De qué sirve en este caso escribir algo valiente de lo cual se desprenda que el estado de cosas en el cual nos hundimos es propio de la barbarie (cosa que es verdad), si no queda claro por qué hemos ido a parar en él?

Es necesario decir que se tortura a la gente porque tienen que subsistir las mismas condiciones de propiedad. Cierto, si decimos esto, perderemos a muchos amigos que están en contra de la tortura, porque creen que estas condiciones podrían mantenerse también sin tortura (lo cual es falso). Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, hemos de decir que existe la manera de hacerlas desaparecer, esto es, modificando las condiciones de propiedad.

Hemos de decirla, además, a aquellos que más sufren bajo estas condiciones, que tienen el máximo interés en su reforma, a los trabajadores y a aquellos que podemos presentar como aliados suyos, porque, bien mirado, también carecen de propiedad en los medios de producción, aunque tengan participación en los beneficios.

Y, en quinto lugar, debemos proceder con astucia.

Y debemos superar estas cinco dificultades a un tiempo, ya que no podemos investigar la verdad sobre condiciones de barbarie, sin pensar en aquellos que sufren bajo ellas, y mientras buscamos las verdaderas causas, sacudiéndonos sin cesar todo amago de cobardía, en atención a aquellos que están dispuestos a conocerlas y utilizarlas, debemos pensar todavía en hacerles llegar la verdad de tal forma que pueda convertirse en un arma en sus manos, y al propio tiempo hacerlo con tanta astucia que esta entrega no pueda ser descubierta ni estorbada por el enemigo.

Todo lo más que se pide, si es que algo se pide, es que el escritor escriba la verdad.” –––



miércoles, 22 de julio de 2015

Juan Boscán, A la duquesa de Soma (1543)

Juan Boscán: A la duquesa de Soma 1543

He miedo de importunar a vuestra señoría con tantos libros. Pero ya que la importunidad no es escusa, pienso que avrá sido menos malo dalla repartida en partes, porque si la una acabare de cansar, será muy fácil remedio dexar las otras. Aunque tras esto me acuerdo agora que el cuarto libro ha de ser de las obras de Garcilaso, y éste no solamente espero yo que no cansará a nadie, mas aun dará gran alivio al cansancio de los otros. En el primero avrá vuestra señoría visto esas coplas (quiero dezillo así) hechas a la castellana. Solía holgarse con ellas un hombre muy avisado y a quien vuestra señoría debe de conocer muy bien, que es Don Diego de Mendoça. Mas paréceme que se holgava con ellas como con niños, y así las llamaba las redondillas. Este segundo libro terná otras cosas hechas al modo italiano, las cuales serán sonetos y canciones, que las trobas de esta arte así han sido llamadas siempre. La manera déstas es más grave y de más artificio y (si yo no me engaño) mucho mejor que la de las otras. Mas todavía, no embargante esto, cuando quise probar a hazellas no dexé de entender que tuviera en esto muchos reprehensores. Porque la cosa era nueva en nuestra España y los nombres también nuevos, a lo menos muchos dellos, y en tanta novedad era imposible no temer con causa, y aun sin ella. Cuanto más que luego en poniendo las manos en esto, topé con hombres que me cansaron. Y en cosa que toda ella consiste en ingenio y en jüicio, no tiniendo estas dos cosas más vida de cuanto tienen gusto, pues cansándome havía de desgustarme, después de desgustado, no tenía donde pasar más adelante. Los unos se quexavan que en las trobas de esta arte los consonantes no andavan tan descubiertos ni sonavan tanto como las castellanas; otros dezían que este verso no sabían si era verso o si era prosa, otros argüían diziendo que esto principalmente havía de ser para mugeres y que ellas no curavan de cosas de sustancia sino del son de las palabras y de la dulçura del consonante. Estos hombres con estas sus opiniones me movieron a que me pusiese a entender mejor la cosa, porque entendiéndola viese más claro sus sinrazones. Y así cuanto más he querido llegar esto al cabo, discutiéndolo conmigo mismo, y platicándolo con otros, tanto más he visto el poco fundamento que ellos tuvieron en ponerme estos miedos. Y hanme parecido tan livianos sus argumentos, que de solo haver parado en ellos, poco o mucho me corro; y así me correría agora si quisiese responder a sus escrúpulos. Que ¿quién ha de responder a hombres que no se mueven sino al son de los consonantes? ¿Y quién se ha de poner en pláticas con gente que no sabe qué cosa es verso, sino aquel que calçado y vestido con el consonante os entra del golpe por el un oído y os sale por el otro? Pues a los otros que dizen que estas cosas no siendo sino para mugeres no han de ser muy fundadas, ¿quién ha de gastar tiempo en respondelles? Tengo yo a las mugeres por tan sustanciales, las que aciertan a sello, y aciertan muchas, que en este caso quien se pusiese a defendellas las ofendería. Así que estos hombres y todos los de su arte, licencia ternán de dezir lo que mandaren, que yo no pretiendo tanta amistad con ellos que, si hablaren mal, me ponga en trabajo de hablar bien para atajallos. Si a éstos mis obras les parecieren duras y tuvieren soledad de la multitud de los consonantes, ahí tienen un cancionero, que acordó de llamarse general, para que todos ellos bivan y descansen con él generalmente. Y si quisieren chistes también los hallarán a poca costa. Lo que agora a mi me queda por hazer saber a los que quisieren leer este mi libro es que no querrían que me tuviesen por tan amigo de cosas nuevas que pensasen de mí que por hazerme inventor de estas trobas, las cuales hasta agora no las hemos visto usar en España, haya querido provar a hazellas. Antes quiero que sepan que no yo jamás he hecho profesión de escrivir esto no otra cosa ni, aunque la hiziera, me pusiera en trabajo de provar nuevas invinciones. Yo sé muy bien cuán gran peligro es escrivir y entiendo que muchos de los que han escrito, aunque lo hayan hecho más que medianamente bien, si cuerdos son, se deven de aver arrepentido hartas vezes. De manera que si de escrivir, por fácil cosa que fuera la que huviera de escrivirse, he tenido siempre miedo, nucho más le tuviera de provar mi pluma en lo que hasta agora nadie en nuestra España ha provado la suya. Pues si tras esto escrivo y hago imprimir lo que he escrito y he querido ser el primero que ha juntado la lengua castellana con el modo de escrivir italiano, esto parece que es contradecir con las obras a las palabras. A esto digo que, cuanto al escrivir, ya di dello razón bastante en el prólogo del primer libro. Cuanto al tentar el estilo de estos sonetos y canciones y otras cosas de este género, respondo: que así como en lo que he escrito nunca tuve fin a escrivir sino a andarme descansando con mi spíritu, si alguno tengo, y esto para pasar menos pesadamente algunos ratos pesados de la vida, así también en este modo de invención (si así quieren llamalla) nunca pensé que inventava ni hazía cosa que huviese de quedar en el mundo, sino que entré en ello descuidadamente como en cosa que iva tan poco en hazella que no havía para qué dexalla de hazer haviéndola gana. Cuanto más que vino sobre habla. Porque estando un día en Granada con el Navagero, al cual por haver sido varón tan celebradoen nuestros días he querido aquí nombralle a vuestra señoría, tratando con él en cosas de ingenio y de letras y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dixo por qué no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos authores de Italia. Y no solamente me lo dixo así livianamente, más aun me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas vezes en lo que el Navagero me havía dicho. Y así comenzé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome quiçá con el amor de las cosas proprias que esto començava a sucederme bien, fui poco a poco metiéndome con calor a ello. Mas esto no bastara a hazerme pasar muy adelante si Garcilaso, con su jüizio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda. Y así, alabándome muchas vezes este mi propósito y acabándomele de aprovar con su exemplo, porque quiso él también llevar este camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más fundadamente. Y después, ya con su persuasión tuve más abierto el jüizio, ocurriéronme cada día razones para hazerme llevar adelante lo començado. Vi que este verso que usan los castellanos, si un poco asentadamente queremos mirar en ello, no hay quien sepa de dónde tuvo principio. Y si él fuese tan bueno que se pudiese aprovar de suyo, como los otros que hay buenos, no havría necesidad de escudriñar quiénes fueron los inventores dél. Porque él se trahería su autoridad consigo y no sería menester dársela de aquellos que le inventaron. Pero él agora ni trahe en sí cosa por donde haya de alcançar más onra de la que alcança, que es ser admitido del vulgo, ni nos muestra su principio con la autoridad del cual seamos obligados a hazelle onra. Todo esto se alla muy al revés en estotro verso de nuestro segundo libro, porque en él vemos, dondequiera que se nos muestra, una disposición muy capaz para recebir cualquier materia: o grave o sotil, o dificultosa o fácil, y asimismo para ayuntarse con cualquier estilo de los que hallamos entre los authores antiguos aprovados. De más desto, ha dexado con su buena opinión tan gran rastro de sí por donde quiera que haya pasado, que si queremos tomalle dende aquí, donde se nos ha venid a las manos y bolver con él atrás por el camino por donde vino, podremos muy fácilmente llegar hasta muy cerca de donde
fue su comienço. Y así le vemos agora en nuestros días andar bien tratado en Italia, la cual es una tierra muy floreciente de ingenios, de letras, de jüizios y de grandes escritores. Petrarcha fue el primero que en aquella provincia le acabó de poner en su punto, y en éste se ha quedado y quedará, creo yo, para siempre. Dante fue más atrás, el cual usó muy bien dél, pero diferentemente de Petrarcha. En tiempo de Dante y un poco antes, florecieron los proençales, cuyas obras, por culpa de los tiempos, andan en pocas manos. Destos proençales salieron muchos authores ecelentes catalanes, de los cuales el más ecelente Osias March, en loor del cual, si yo agora me metiese un poco, no podría tan presto bolver a lo que agora traigo entre las manos. Mas basta para esto el testimonio del señor Almirante, que después que vio una vez sus obras las hizo luego escrivir con mucha diligencia y tiene el libro dellas por tan familiar como dizen que tenía Alexandre el de Homero. Mas tornando a nuestro propósito, digo que, aun bolviendo más atrás de los proençales, hallaremos todavía el camino hecho deste nuestro verso. Porque los hendecasíllabos, de los cuales tanta fiesta ha hecho los latinos, llevan casi la misma arte, y son los mismos, en cuanto la diferencia de las lenguas lo sufre. Y porque acabemos de llegar a la fuente, no han sido dellos tampoco inventores los latinos, sino que los tomaron de los griegos, como han tomado otras muchas cosas señaladas en diversas artes. De manera que este género de trobas, y con la authoridad de su valor proprio y con la reputación de los antiguos y modernos que la han usado, es dino, no solamente de ser recebido de una lengua tan buena como es la castellana, más aun de ser en ella preferido a todos los versos vulgares. Y así pienso yo que lleva camino para sello. Porque ya los buenos ingenios de Castilla, que van fuera de la vulgar cuenta, le aman y le siguen y se exercitan en él tanto que, si los tiempos con sus desasosiegos no lo estorvan, podrá ser que antes de mucho se duelan los italianos de ver lo bueno de su poesía transferido en España. Pero esto aún esta lexos, y no es bien que nos fundemos en estas esperanças hasta vellas más cerca. De lo que agora los que escriven se pueden preciar es que para sus escritos tengan un jüizio de tanta autoridad como el de vuestra señoría, porque con él queden favorecidos los buenso y desengañados los malos. Pero tiempo es que el segundo libro comience ya a dar razón de sí y entienda como le ha de ir con sus sonetos y canciones. Y si la cosa no sucediera tan bien como él desea, piense que en todas las artes los primeros hazen harto en empeçar y los otros que después vienen quedan obligados a mejorarse.

Boscán, Juan; Obra completa, Cátedra, 1999, pags. 115-120.

Jon Juaristi, Sátiras

Joh Juaristi, "Sátiras", en ABC, 31-I-2010:

COMO se sabe, Martin Amis ha aconsejado a la administración laborista instalar en las calles del Reino Unido cabinas donde los ancianos podrían poner fin a su penosa e inútil existencia, si así lo deseasen, ingiriendo dosis gratuitas de martini envenenado, con o sin guinda. ABC recogía la noticia esta misma semana, a la vez que se hacía eco de la indignación que ha levantado tanto la propuesta del escritor británico como su advertencia de que, en caso de no llevarse aquélla a la práctica, las ciudades se verán anegadas en breve por muchedumbres de horribles vejestorios enloquecidos. A mí, escandalizarse por esto me parece sencillamente de hipócritas.

Porque lo que Amis ha perpetrado no es un crimen, sino una soberbia sátira en la tradición de Jonathan Swift, que recomendaba, como solución para terminar con el hambre en Irlanda, comerse a los niños de los prolíficos labradores católicos de la isla, preparados al chilindrón y con guarnición de patata autóctona. Aunque anglicano, el dublinés Swift no pretendía exterminar niños papistas, sino llamar la atención de sus lectores británicos hacia la miserable situación de la población rural irlandesa mediante una parábola salvaje y tremebunda. El hecho de que, un siglo después, Irlanda se despoblase a consecuencia de la peor hambruna registrada en la Europa moderna demuestra que pinchó en hueso.

Martin Amis no es sólo uno de los mejores escritores vivos de lengua inglesa, sino un moralista de antología y un luchador insobornable contra todo atisbo de tiranía o totalitarismo, en la estela del mejor Orwell. Lo que pasa es que la suya es una literatura arisca, pesimista y aparentemente despiadada, heredera de la que representaron su padre, Kingsley Amis, y los amigos de éste, poetas como Philip Larkin y James Fenton, o el ensayista e historiador Robert Conquest (con el refuerzo americano de Saul Bellow), todos anticomunistas a tiempo completo en una época de progresismo delicuescente y concesivo. Tuvo, a la sombra de tales maestros, una formación literaria de lujo y la aprovechó francamente bien, tras una adolescencia de feliz desmadre -como él mismo reconoce en sus amenísimas memorias-, marcada incluso en sus comienzos por cierta popularidad cinematográfica.

Detrás de la provocación de Amis se adivina al autor de la saga viajera de Gulliver, pero también a Borges, el Borges de «Utopía de un hombre que está cansado», relato sobre un mundo próspero, igualitario y nihilista donde sus habitantes, al llegar a la vejez, se encaminan voluntariamente hacia la cámara letal inventada por «un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler». Ahora que los demógrafos nos predicen una Europa achacosa para dentro de sólo treinta años (quizá Amis y yo mismo, que tenemos la misma edad, la veamos todavía, claro que desde el lado de los nonagenarios candidatos a la eutanasia con o sin vermut), la parábola gamberra del escritor inglés saca la discusión del terreno de la planificación burocrática y la lleva a donde le corresponde, a un presente en el que la condición senil aparece simbólicamente devaluada en provecho de la infantilización paternalista del rebaño, lo que pone a los viejos ante la alternativa de convertirse en objeto de beneficencia o en objeto de resentimiento por parte de frondas juveniles, ávidas y sindicalizadas, como se está comprobando ya en España ante las tentativas políticas de prolongar la edad laboral. La insolencia de Amis resulta tan feroz como valiente y oportuna, aunque, como siempre, cuando un dedo señala la catástrofe, los imbéciles se apresuran a amputarle la yema.

domingo, 13 de abril de 2008

Unamuno, de En torno al casticismo

Recórrense a las veces leguas y más leguas desiertas, sin divisar apenas más que la llanura inacabable donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo, alguna procesión monótona y grave de pardas encinas, de verde severo y perenne, que pasan lentamente espaciadas, o de tristes pinos que levantan sus cabezas uniformes. De cuando en cuando, a la orilla de algún pobre regato medio seco o de un río claro, unos pocos álamos, que en la soledad infinita adquieren vida intensa y profunda. De ordinario anuncian estos álamos al hombre: hay por allí algún pueblo, tendido en la llanura al sol, tostado por éste y curtido por el hielo, de adobes muy a menudo, dibujando en el azul del cielo la silueta de su campanario. En el fondo se ve muchas veces el espinazo de la sierra y, al acercarse a ella, no montañas redondas en forma de borona, verdes y frescas, cuajadas de arbolado, donde salpiquen al vencido helecho la flor amarilla de la árgoma y la roja del brezo. Son estribaciones huesosas y descarnadas peñas erizadas de riscos, colinas recortadas que ponen al desnudo las capas de terreno resquebrajado de sed, cubiertas cuando más de pobres hierbas, donde sólo levantan cabeza el cardo rudo y la retama desnuda y olorosa.

Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

La mente busca lo muerto pues lo vivo se le escapa; quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla. Para analizar un cuerpo, hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga vida. También los gusanos se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos tumultuosos y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz cordial, vertidos a este papel y fijados en él en formas inalterables, son ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo pues, va a abrirse la razón a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Caballeros de la Orden de la Banda, fray Antonio de Guevara

Muy illustre señor y mayor Conde de España:

Muy grata fué a mi coraçón la carta que me escribió con el comendador Aguilera, porque no había en estos reynos señor ni perlado que no me hubiese escrito, y a quien yo no hubiese rescripto, si no era Vuestra Señoría y el señor conde de Cabra. Pues ya se pasa el puerto, se marea el golfo, se roçó el camino y venimos en conoscimiento; conosciendo yo la limpieza de vuestra sangre, la generosidad de vuestra persona, la autoridad de vuestra casa y la fama de vuestra fama, no os dexaré ya de requerir, tú me dexaré de os escribir. Con algunos señores tengo conoscimiento, con otros deudo, con otros amistad, con otros conversación y aun de otros aparto la comunicación y huyo la condición, porque en el ingenio son botos y en la comunicación muy pesados. Más trabajo es sufrir a un señor pesado que a un labrador nescio, porque el caballero hace os rabiar, y el bobo labrador provoca os a reír, y más y allende de esto al uno podéisle mandar que no hable, y al otro habéisle de esperar a que acabe. Pues Vuestra Señoría es tan buena estofa y salió de tan buena turquesa, no habrá lugar en él mi sacudimiento, pues es de tan delicado juicio, sino que de aquí adelante me presciaré de su conversación y me loaré de su condición.

Mandáisme, señor, que os escriba si he leído en alguna escriptura antigua quiénes fueron en España los caballeros de la Vanda, y también queréis saber en tiempo de qué príncipe esta Orden se levantó, y quién fué el que la inventó, y porqué la inventó, y qué regla de vivir les dió, y qué tanto duró, y porqué se perdió. Aunque yo fuera algún testigo sospechoso, y Vuestra Señoría fuera el alcalde Ronquillo, no me tomara el dicho por interrogatorio más delicado; que, a ley de bueno le juro, que, si es tan cumplida mi respuesta como lo fué su pregunta, él quede bien satisfecho y yo no quede poco cansado. Después que vi las casas superbas que hecistes en Valladolid, más os alababa de buen edificador que no de curioso lector, y por eso huelgo mucho de lo que pide y me escribe, porque al buen caballero también le parece tener un libro so la almohada como la espada a la cabecera. El gran Julio César, en mitad de sus reales tenía los Comentarios en el seno, la lança en la mano izquierda y la pluma en la derecha, por manera que todo el tiempo que ahorraba de pelear, le expendía en leer y escrebir. El Magno Alexandro, que con sólo el temor sojuzgó a Poniente, y con las armas al Oriente, la espada de Achiles trahía siempre ceñida y con la Illiada de Homero se dormía en la cama. No quiero tan poco, señor Conde, que el leer y escrebir toméis por principal oficio como yo que soy letrado, sino que el diezmo de las horas que gastáis en parlar y perdéis en jugar, lo empleéis y gastéis en leer.

Viniendo, pues, al propósito, es de saber que en la era de mil y trezientos y sesenta y ocho, estando en la ciudad de Burgos el rey don Alonso, hijo que fué del rey don Hernando y de la reyna doña Costanza, hiço este buen rey una nueva Orden de caballería, a la cual llamó la Orden de la Vanda, en la cual entró el mesmo rey, y sus hijos y hermanos, y los hijos de los ricos hombres y caballeros. Desde a cuatro años que ordenó esta Orden de la Vanda, estando el rey don Alonso en Palencia, tornó a reformar la regla que había hecho, y a poner penas a los transgresores della, de manera que conforme a la regla postrera, que fué la mejor y más caballerosa, os escribiré, señor, esta carta.

Llámanse caballeros de la Vanda, porque traían sobre sí una correa colorada, ancha de tres dedos, la cual a manera de estola la echaban sobre el hombro izquierdo, y la annudaban sobre el braço derecho. No podía dar la vanda sino sólo el rey, ni podía ninguno rescebirla si no fuese hijo de algún caballero, o hijo de algún notable hidalgo, y que por lo menos hubiese en la Corte diez años residido, o al rey en las guerras de moros servido. En esta Orden de la Vanda no podían entrar los primogénitos de caballeros que tenían mayorazgos, sino los que eran hijos segundos o terceros y que no tenían patrimonios, porque la intención del buen rey don Alonso fué de honrrar a los hijosdalgo de su Corte que poco podían y poco tenían. El día que rescebían la vanda hacían en manos del rey pleito homenage de guardar la regla, y digo que no hacían algún voto estrecho o algún juramento riguroso, porque si después alguno quebrantase algo de la regla estubiese subjeto al castigo, mas no obligado al pecado.

Mandaba su regla que el caballero de la Vanda fuese obligado de hablar al rey, siendo requerido en pro de los naturales de su tieraa y por el defendimiento de la república, sopena que, siendo de esto notado, fuese del patrimonio privado, y de la tierra desterrado.

Mandaba su regla que el caballero de la Vanda fuese y, sobre todas cosas, dixese al rey siempre verdad y a su corona y persona guardase fidelidad, y que si en su presencia alguno del rey murmurase, y él lo disimulase y aprobase, le echasen de la Corte con infamia y le privasen para siempre de la vanda.

Mandaba su regla que todos los de aquella Orden hablasen poco y lo que hablasen fuese muy verdadero, y que si por caso algún caballero de la Vanda dijese alguna notable mentira, anduviese un mes sin espada.

Mandaba su regla que se acompañasen con hombres sabios de quienes aprendiesen a bien vivir, y con hombres de guerra que los enseñasen a pelear, sopena que el caballero de la Vanda que le dexare acompañar, o le viere pasear con algún merchante, o oficial, o plebeyo, o rústico, sea del maestro gravemente reprehendido y un mes entero en su posada encarcelado.

Mandaba su regla que todos los caballeros de, esta Orden mantuviesen sus palabras y guardasen fidelidad a sus amigos, y en caso que se probase contra algún caballero de la Vanda que no había cumplido su palabra, aunque fuese dada a persona baxa, y sobre cosa muy pequeña, que el tal se anduviese por la Corte solo y desacompañado, sin osar a nadie hablar ni a ningún caballero se allegar.

Mandaba su regla que fuese obligado el caballero de la Vanda a tener buenas armas en su cámara, buenos caballos en su caballeriza, buena lanza en su puerta y buena espada en su cinta, sopena que si en algo de esto fuere defectuoso, le llamen en la Corte, por espacio de un mes, escudero, y pierda el nombre de caballero.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de andar en la Corte a mula, sino a caballo, ni fuese osado de andar sin la vanda en lo público, ni se atreviese, sin llevar espada, entrar en Palacio, ni aun osase en su posada comer solo, sopena que para hacer la tela de la justa pagase un marco de plata.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda sirviese de lisonjero ni se presciase de chocarrero, sopena que si alguno dellos se pusiese en Palacio a contar donayres, o a decir al rey algunas lisonjas, anduviese por la Corte un mes a pie y estuviese restado en su posada otro.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda se quexase de alguna herida que tuviese, ni se alabase de alguna hazaña que hiziese, que el que dixese ¡ay! al tiempo de la cura y el que relatase muchas veces su proeza, fuese del maestre gravemente reprehendido y de los otros caballeros de la Vanda no visitado.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de jugar ningún juego, en especial juego de dados secos, sopena que, si alguno los jugase, o en su posada los consintiese jugar, le quitasen el sueldo de un mes y no entrase en Palacio mes y medio.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de empeñar sus armas ni jugar las ropas de su persona, y esto a ningún juego que fuese, sopena que el que las jugase y aun sobre ellas apostase, anduviese dos meses sin vanda y estuviese otro mes preso en su posada.

Mandaba su regla que el caballero de la Vanda entre ni semana se vistiese de paño fino y las fiestas sacase sobre sí alguna seda, y las pascuas algún poco de oro, y e medias calças y truxese botas, fuese obligado el maestre de se las tomar, y a los pobres dellas limosna hacer.

Mandaba su regla que si el caballero de la Vanda quisiese en palacio, o por la Corte, pasearse a pie, que no anduviese muy a prisa ni hablase a grandes voces, sino que hablase baxo, y se pasease despacio, sopena que de los otros fuese reprehendido y del maestre castigado.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado, ora en burlas, ora de veras, decir a otro caballero alguna palabra maliciosa ni sospechosa de que el otro caballero quedase afrentado o lastimado, sopena que después pidiese perdón al injuriado y le diesen de la Corte tres meses de destierro.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda tomase contienda con ninguna doncella en cabello, ni levantase pleito a muger hijadalgo, sopena que el tal caballero no pudiese acompañar a ninguna señora por el pueblo, ni osar servir alguna dama en Palacio.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda topase en la calle con alguna señora que fuese generosa y valerosa, fuese obligado de se apear, y de la ir acompañar, sopena que perdiese un mes de sueldo y fuese de las damas desamado.

Mandaba su regla que sí alguna muger noble o doncella en cabello rogase que hiciese alguna cosa por ella a algún caballero de la Vanda, y pudiendo la hacer no la hiciese, que al tal le llamasen en Palacio las damas «el caballero mal mandado y no bien comedido».

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de comer cosas torpes y sucias, es a saber: puerros, ajos, cebollas, ni otras semejantes vascosidades, sopena que el tal no entrase aquella semana en Palacio ni se asentase a mesa de caballero.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de comer estando en pie, ni comer solo, ni de comer sin manteles, sino que comiesen asentados y acompañados y los manteles tendidos, sopena que el caballero que así no lo hiciere comiese un mes sin espada y pagase un marco de plata para la tela.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda bebiese vino en vasija de barro ni bebiese agua en cántaro, y que al tiempo del beber se santiguase con la mano y no con el vaso, sopena que el caballero que hiciese lo contrario desto fuese un mes desterrado del Palacio y otro mes que no bebiese vino.

Mandaba su regla que si dos caballeros de la Vanda riñesen y se desafiasen, los otros caballeros trabaxasen de los poner en paz, y si no quisiesen ser amigos, que de nadie fuesen ayudados, sopena que si alguno los vandeare, ande un mes sin vanda y pague un marco de plata para la justa.

Mandaba su regla que si alguno truxese vanda sin habérsela dado el rey, le desafiasen dos caballeros de la Vanda, y si ellos le venciesen a él, que no pudiese traer vanda, y si él venciese a ellos, pudiese dende adelante la vanda traer y caballero de la Vanda se llamar.

Mandaba su regla que cuando en la Corte se hiciesen justas y torneos, el caballero que ganase la joya de la justa, y la presea del torneo, ganase también la vanda, aunque no fuese caballero de la Vanda, la cual el rey allí luego le había de dar, y todos los caballeros en la Orden y compañía suya rescebir.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda echase mano a su espada para otro caballero compañero suyo, que en tal caso no paresciese delante el rey dos meses, y que no truxese más de media vanda otros dos.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda hiriese a otro caballero de la Vanda sobre enojo y rencilla, que no entrase en Palacio en un año y estuviese preso el medio de aquel tiempo.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda fuese justicia por el rey, ora en la Corte, ora fuera della, que no pudiese justiciar a ningún caballero de la Vanda, sino que en tomándole en cosa no bien hecha, solamente le pueda prender y después al rey remitir.

Mandaba su regla que yendo el rey a la guerra, fuesen con él todos los caballeros de la Vanda, y que puestos en el campo se juntasen todos so una vandera, y estuviesen y peleasen a una, sopena que el caballero que en la guerra fuera de su vandera pelease, y a otro caballero estraño se allegase, perdiese un año de sueldo y anduviese con media vanda otro año.

Mandaba su regla que ningún caballero de la Vanda fuese osado de ir a guerra si no fuese de moros, y que si en alguna otra guerra se hallase con el rey, que se quitase por entonces la vanda, y que sí pelease en favor de otro que el rey, perdiese la vanda.

Mandaba su regla que todos los caballeros de la Vanda se juntasen tres veces en el año, do el rey mandase, y que estas juntas fuesen para que hiciesen alarde de sus armas y caballos y para platicar en cosas de su Orden, y éstas fuesen por abril, y setiembre, y navidad.

Mandaba la regla que todos los caballeros de la Vanda por lo menos torneasen dos veces en el año y justasen otras cuatro, y jugasen cañas seis, y fuesen a la carrera cada semana, sopena que el caballero que a estos exercicios militares fuese negligente en venir y fuese mal enseñado en los exercitar, anduviese un mes sin vanda y otro mes sin espada.

Mandaba su regla que todos los caballeros de la Vanda fuesen obligados dentro de ocho días que llegase el rey a algún lugar de poner tela para justar y carteles para tornear, y más allende de esto, tuviesen maestro y escuela a do fuesen a esgremir y a jugar de puñal y espada, sopena que el negligente en esto le restasen en su posada y le quitasen media vanda.

Mandaba la regla que ningún caballero de la Vanda estuviese en Corte sin servir alguna dama, no para la deshonrrar, sino para la festejar, o con ella se casar, y cuando ella saliese fuera la acompañase, como ella quisiese, a pie o a caballo, llevando quitada la caperuza y faciendo su mesura con la rodilla.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda supiese que en torno de diez leguas de la Corte se hacían justas o torneos, fuese obligado de ir allá a justar y a tornear, sopena de andar un mes sin espada y otro tanto sin vanda.

Mandaba su regla que si algún caballero de la Vanda se casase veinte leguas en torno de la Corte, todos los otros caballeros fuesen con él al rey a pedirle para él alguna merced, y que después le acompañasen todos hasta do se había de casar, para que allí hiciesen algún honrroso exercicio de caballería y para que ofresciesen alguna presea a su esposa.

Mandaba su regla que todos los primeros domingos de cada mes fuesen los caballeros de la Vanda a Palacio juntos, y muy bien ataviados y armados, y que allí, en el patio, en la sala real, delante el rey y toda su Corte, jugasen de todas armas, dos a dos, de manera que no se lisiasen, pues el fin de hacer esta Orden fué para que se presciasen de los hechos más que de los nombres de caballeros, en que por esto fuesen del rey muy honrrados.

Mandaba su regla que no torneasen más de treinta con treinta, y esto con espadas romas y sin filos, y que tocando las trompetas arremetiesen juntos, y en sonando el añafil, se retirasen todos, sopena de no entrar más en torneo y de no ir un mes a Palacio.

Mandaba su regla que en la justa no corriesen más de cada cuatro carreras y tuviesen por jueces cuatro caballeros, y el que en cuatro carreras no quebrantase la lança, pagase todo lo que costó la tela.

Mandaba su regla que al tiempo que falleciese algún caballero de la Vanda, le fuesen todos a ayudar a bien morir, y después le fuesen a enterrar, y que por haber sido hermano y compañero de la Vanda, se vistiesen todos de negro un mes, y no justasen dende a otros tres.

Mandaba su regla que dos días después de enterrado el caballero de la Vanda se juntasen todos los otros caballeros de la Orden y fuesen al rey; lo uno, a le dar la vanda que dejó el muerto, y lo otro, para le suplicar tenga memoria rescebir en su lugar algún hijo grande, si dexó, y haga alguna merced a la muger que tenía, para se sustentar y sus hijas casar.

He aquí, señor, la regla y orden de los caballeros de la Vanda, que hizo el buen rey don Hernando, junto de la cual os quiero poner a todos los caballeros que primero en esta Orden entraron, el título de los quales dice así:

estos son los muy corteses, y muy preciados, y muy nombrados, y muy escogidos caballeros y infançones de la fidalga orden de la vanda, que mandó facer nuestro señor el rey don Alfonso, que dios mantenga.

El Rey don Alfonso, que hizo la Orden.
El Infante don Pedro.
Don Enrique.
Don Fernando.
Don Tello.
Don Juan el Bueno.
Don Juan Núñez.
Enrrique Enrríquez.
Alfonso Fernández Coronel.
Lope Díaz de Almaçán.
Fernán Pérez Puerto Carrero.
Fernán Pérez Ponce.
Carlos de Guevara.
Fernán Enrríquez.
Alvar García de Albornoz.
Pero Fernández.
Garci Jofre Tenorio.
Juan Estévanez.
Diego García de Toledo.
Martín Alfonso de Córdoba.
Gonçalo Ruiz de la Vega.
Juan Alfonso de Benavides.
Garcilaso de la Vega.
Fernán García Duque.
Garci Fernández Tello.
Pero Gonçález de Agüero.
Juan Alfonso Carriello.
Íñigo López de Orozco.
Garci Gutiérrez de Grajalba.
Gutierre Fernández de Toledo.
Diego Fernández Castriello.
Pero Ruiz de Villegas.
Alfonso Fernández Alcayde.
Ruy González de Castañeda.
Ruy Ramírez de Guzmán.
Sancho Martínez de Leiva.
Juan González de Bazán.
Pero Trillo.
Suero Pérez de Quiñones.
Gonzalo Mexía.
Fernán Carriello.
Juan de Rojas.
Perálbarez Osorio.
Pero Pérez de Padilla.
Don Gil de Quintana.
Juan Rodríguez de Villegas.
Diego Pérez Sarmiento.
Mendo Rodríguez de Viezma.
Juan Fernández Coronel.
Juan de Cerejuela.
Juan Rodríguez de Cisneros.
Orejón de Liébana.
Juan Fernández Delgadillo.
Gómez Capiello.
Beltrán de Guevara, único.
Juan Tenorio.
Umbrete de Torrellas.
Juan Fernández de Bahamón.
Alfonso Tenorio.

En toda esta letra lo que se ha de notar es cuán en orden andaban los caballeros en aquel tiempo y cómo se exercitaban en las armas y se preciaban de hacer proezas y que los hijos de los buenos eran en la casa del rey muy bien criados y que no los dexaban ser viciosos, ni andar perdidos. Es también de notar en esta letra en cuán poco tiempo hace tantas mudanzas el mundo, es a saber: deshaciendo a unos, y levantando del polvo a otros, porque la fortuna nunca descarga sus tiros sino contra los que están muy adelante puestos. Digo esto, señor Conde, porque hallará aquí en esta Orden de la Vanda algunos antiguos linages que en aquel tiempo eran bien generosos y afamados, los cuales todos, no sólo son ya acabados, mas un del todo olvidados. ¿Qué casas ni mayorazgos hay hoy en España de los Albornoces, de los Tenorios, de los Villegas, de los Trillos, de los Quintanas, de los Biezmas, de los Cerejuelas, de los Bahamondes, de los Coroneles, de los Cisneros, de los Grajalbas y de los Orozcos? De todos estos linages había caballeros muy honrados en aquellos tiempos, como parece en la lista de los que entraron primero en la Orden de la Vanda, de los cuales todos agora, no sólo se hallan generosos mayorazgos, mas aun los solares proprios. Hay agora en España otros linajes, que son: Velascos, Manrriques, Enrríquez, Pimenteles, Mendozas, Córdovas, Pachecos, Zúñigas, Faxardos, Aguilares, Manueles, Arellanos, Tendillas, Cuevas, Andrades, Fonsecas, Lunas, Villandrandos, Carvajales, Soto Mayores y Benavides.

Cosa por cierto es de notar, y no menos de espantar, que ningún linaje de todos estos sobredichos están entre los caballeros de la Vanda nombrados; los cuales todos son agora en estos nuestros tiempos ilustres, generosos, ricos y muy nombrados. Bien es de creer que algunos de estos ilustres linajes eran ya levantados en aquellos tiempos, y si no los pusieron entre los caballeros de la Vanda fué, no porque les faltaba gravedad, sino por no tener entonces tanta autoridad, y aun porque si les sobraba la nobleza, les faltaba la riqueza. También es de creer que de aquellos linajes antiguos y olvidados hay agora hartos descendientes que son nobles y virtuosos, a los cuales, como les vemos tener poco y poder poco, tenemos por mejor callarlos que nombrarlos.

Los hijosdalgo, y caballeros, por más de ilustre sangre que sean, si tienen poco y pueden poco, ténganse por dicho que los han de tener en poco, y por eso les sería muy saludable consejo que antes se quedasen en sus tierras a ser escuderos ricos, que no venir a las cortes de los reyes a ser caballeros pobres, porque de esta manera serían en sus tierras honrrados, y así andan por las cortes corridos. Al propósito de esto, acontesció en Roma que como Cicerón fuese tan valeroso en su persona, y tuviese tanto mando en la república, teníanle todos tanta envidia y mirábanle con muy sobrada malicia, y por esto le dijo un patricio romano, como si dixésemos un hidalgo español: «Dime, Cicerón, ¿por qué te quieres tú igualar comigo en el Senado, pues sabes tú, y lo saben todos, en cómo desciendo yo de romanos ilustres y tú de rústicos labradores?» A esto le respondió Cicerón con muy buena gracia: «Yo te quiero confesar que tú desciendes de romanos patricios, y yo procedo de labradores pobres; mas junto con esto, no me puedes tú negar que todo tu linaje se acaba en ti, y todo el mío comienza en mí». De este exemplo podéis, señor Conde, colligir cuánto va de un tiempo a otro, de un lugar a otro y aun de una persona a otra, pues sabemos que en Gayo començaron los Augustos y en Nero se acabaron los Césares. Quiero, por todo lo dicho, decir que la poquedad de muchos dió fin a muchos linajes de los caballeros de la Vanda, y la valerosidad de otros dió principio a otros ilustres linajes que hoy hay en España, porque las casas de los grandes señores nunca se pierden por mengua de riqueza, sino por falta de personas.

Yo me he alargado en esta letra mucho más de lo que había prometido, y aún en mi presupuesto; mas todo lo doy por bien empleado, pues soy cierto que si yo quedo cansado de la escrebir, Vuestra Señoría no tomará fastidio en la leer, porque van en ella tantas y tan buenas cosas que para caballeros viejos son dignas de saber y para caballeros mozos necesarias de imitar.

De Toledo, a XII de deziembre de MDXXVI.

lunes, 12 de marzo de 2007

PRÓLOGO A EL MORO EXPÓSITO DEL DUQUE DE RIVAS, Antonio Alcalá Galiano




Abre tu libro eterno, alta maestra
Naturaleza; sírveme de guía,
dejándome tus páginas hermosas
libre leer de intérpretes y glosas.

MAURY.


Al presentar al público este ensayo, que lo es también de un género nuevo en la poesía castellana, juzga el autor conveniente, y aun indispensable, dar una explicación de las doctrinas literarias que para su composición ha seguido.

Sabido es que en nuestros días han nacido en el mundo poético y crítico dos bandos opuestos, que, apellidándose el uno el de los clásicos, y el otro el de los románticos, se están disputando el señorío literario y artístico con encarnizamiento y tesón extremados. Las cabezas y dogmatizadores de ambas parcialidades blasonan de origen más antiguo; pero aunque las composiciones de épocas menos recientes puedan ser clasificadas con arreglo a las nuevas doctrinas, todavía es cierto que los autores y críticos de los siglos pasados no conocieron estas divisiones, y que si entre ellos hubo escritores románticos, lo eran al modo del famoso Monsieur Jourdain, de Molière, que estuvo cuarenta años haciendo prosa sin saberlo.

Cuál era el verdadero carácter distintivo de cada una de estas dos rectas, no es cosa fácil de averiguar, pues si bien los románticos y clásicos asientan ciertas bases, en que estriba el edificio de sus respectivas doctrinas, y señalan ciertos lindes entre los cuales deben estar encerradas, no puede dudarse que cada escuela reclama como suyas composiciones, que ni caen bien sobre los fundamentos de su propia teórica, ni caben en los límites a que ella misma se ha circunscrito. Sirva de ejemplo de este aserto la poesía dramática española, mirada en el día generalmente como romántica, tanto por sus admiradores, cuanto por sus adversarios. Por qué no observa las unidades, con poda razón creídas reglas fundamentales de los dramas griegos; por qué no rehúsa mezclar trozos de estilo cómico y festivo con otros en tono trágico o elevado; por qué a veces trata asuntos de las edades medias, y siempre da a los argumentos griegos y romanos, y hasta a los mitológicos, cierto color moderno y caballeresco; bien hay razón para darle el nombre de romántica y para considerarla como sujeta a las condiciones del actual romanticismo. Pero si atendemos a que, lejos de estar escrita en prosa o verso suelto, usa por lo común de una versificación más artificiosa que los pareados franceses; a que, lejos de descartar las alusiones mitológicas, las emplea con notable profusión y disonancia, hasta en argumento de los siglos medios, y aun en boca de personajes moros; y a que el estilo, en vez de llano y familiar, es elevado siempre (menos cuando hablan los graciosos, figuras hasta en sus nombres diferentes de las demás), descubriremos en la poesía dramática española no poca semejanza con la poesía francesa, tenida por el modelo más perfecto de la escuela clásica.

Para buscar el origen de la escuela romántica de nuestros días, fuerza es que vayamos a Alemania. Allí nació, y de allí han sacado su pauta los modernos románticos italianos y franceses. Con harta razón sustentan algunos críticos que las naciones germánicas, cuya civilización y tradiciones tienen origen muy desemejante al de los hábitos, recuerdos e ideas de las naciones un tiempo dominadas por los romanos, son las que descubrieron y las que benefician la mina del romanticismo. Y si la buena y legítima poesía es espejo y lenguaje de la imaginación y afecto de los hombres, claro está que en Alemania y en otras naciones septentrionales es la poesía romántica indígena. La mitología de aquellos pueblos nunca fue la griega y latina: sus hábitos nunca los de las naciones clásicas: el cielo que las cubría, el suelo que pisaban, eran y son diferentes en un todo de los de Grecia y del Lacio: sus sensaciones hubieron de ser por lo mismo diversas, y sus asociaciones de ideas muy distintas de las que hacían impresión en los sentidos, y reinaban en las cabezas de los antiguos griegos y romanos. Hoy es, y todavía los habitantes de los climas septentrionales, fríos y nebulosos, si bien aproximados a los del Mediodía por semejanza o identidad en su religión, leyes y estado social, todavía no pueden vivir, ni expresarse, como viven, sienten y se expresan los moradores de regiones cálidas, donde el sol es ardiente y despejada la atmósfera; porque los productos del suelo, los usos y costumbres, y las sensaciones e ideas, tienen entre sí una correspondencia estrechísima y necesaria.

¿Quién no ve en las tragedias francesas clásicas (y no ya en las de Corneille, sino en las del mismo Racine, tan imitador de Eurípides) señales claras de la sociedad moderna, dentro de la cual y para la cual fueron escritas? La poesía no puede menos de retratar fielmente la época a que corresponde, pues la imaginación del poeta, como su juicio, están formados y modificados por la lectura, por el trato diario y por mil circunstancias, en fin, de cuanto le rodea y hace efecto en sus sentidos.

Aquella poesía será mejor que sea más natural, así como los frutos propios de un clima en mucho aventajan a los que se dan sólo a fuerza de trabajo, o así como las manufacturas, a que convidan la disposición y naturaleza de un país, y los hábitos y costumbres de sus habitantes, rinden productos muy superiores a las de aquellas que prosperan a fuerza de privilegios y monopolios.

Por eso hay naciones, hay tiempos en que debe la poesía acercarse a la de los griegos y romanos, y otras al contrario, en que debe desviarse de los hermosos y acabados modelos de la Antigüedad clásica; pero teniendo presente que tanto en la aproximación cuanto en el desvío, se ha de observar siempre la regla de que sólo es poético y bueno lo que declaran los hechos de la fantasía y las emociones del ánimo. Todo cuanto hay vaga, indefinible, inexplicable en la mente del hombre; todo lo que nos conmueve, ya admirándonos, ya enterneciéndonos; lo que pinta caracteres en que vemos hermanado lo ideal con lo natural, creaciones, en fin, que no son copias, pero cuya identidad con los objetos reales verdaderos sentimos, conocemos y confesamos; en suma, cuanto excita en nosotros recuerdos de emociones fuertes; todo ello, y no otra cosa, es la buena y castiza poesía.

En los siglos medios apareció en Italia un poeta, el mejor acaso en su línea de los modernos, y que hoy día es considerado como fundador, y una de las principales lumbreras de la poesía romántica: ya se deja entender que hablo de Dante. Sin embargo, quien atentamente leyese su poema, y con espíritu crítico examinare sus méritos, convendrá en que no cuadran en un todo el tenor de su composición y formas de su estilo con la definición que del género romántico dan los preceptistas modernos. La tierra clásica en que vivió aquel ingenio portentoso abundaba en recuerdos muy distintos de las que bullen en las cabezas alemanas; la Edad Media de Italia conservaba enlace con las edades clásicas; y de aquí es que Dante, como verdadero y gran poeta, no es lo que ahora llamaríamos romántico; ni tampoco lo que miraríamos como clásico, sino un hombre de su siglo, al cual a un tiempo dominaba y obedecía; un signo, un tipo, un epítome de cuanto sabían y del modo con que pensaban y sentían sus contemporáneos; que esto, en suma, son los talentos de primera marca.

Lo que con cierta apariencia de fundamento se llama la restauración de las letras en el siglo XVI, o a fines del XV en Italia, trajo consigo una revolución literaria, en parte provechosa y en parte funesta. Al paso que ahogó en algunos el ingenio nativo, y en no pocos infundió atrevimientos desproporcionados a sus fuerzas, produciendo por ello una turba de copistas e imitadores, dio en muchos ocasión a ideas nuevas, o despertó las adormecidas, y dilatando los conocimientos humanos removió barreras que estorbaban los progresos del entendimiento, viniendo a ser la noticia y estudio de lo pasado, medio eficacísimo de incitar y guiar a descubrimientos ulteriores.

De aquí nació una poesía, y más tarde una crítica, correcta aquella, y estotra sana; pero tímida la primera, e incompleta la segunda. Tomó España una y otra de Italia; adoptólas Francia en época posterior, y también Inglaterra, bien que circunstancias particulares fueran causa de que entre los ingleses, cuya lengua y costumbres tienen origen más germano que latino, nunca se arraiguen profundamente; apareciendo como planta extraña, en que se notan las señales del terreno adonde se la ha transplantado.

No así en Italia, tierra siempre clásica, donde hasta en los siglos medios pareció la poesía latina fruto natural, cuyo cultivo, desatendido por algún tiempo, se renueva con éxito muy feliz, porque el clima, suelo y costumbres brindan con él, y se da por lo mismo en la sazón más perfecta. En las obras maestras que produjo aquel país, fecundo en ingenios y doctrina, va enlazado y hermanado el gusto clásico más legítimo con ideas y formas a los cuales daríamos hoy día el dictado de románticas. En el poema caballeresco de Ariosto vemos frecuentes imitaciones, y aun casi traducciones de Ovidio y Virgilio, con sumo acierto acomodadas al propósito del cantor de la Caballería; y en el poema clásico de Tasso no son las mejores partes aquellas en que imita a los príncipes de la poesía épica griega y romana, sino por el contrario otras, donde manifiesta el espíritu caballeresco, y en que hallaba su numen el cantor y admirador de las Cruzadas. Trissino no fue más que clásico, y por lo mismo no fue nada; y otro tanto puede afirmarse de los dramáticos italianos de aquella época, meros copiantes de los antiguos.

Hija de la poesía italiana, y por ella oriunda de la latina, fue la castellana en el siglo XVI, y, por tanto, fue clásica rigorosa, o sea imitadora. Pues si bien la ternura de Garcilaso, y la fogosidad de Herrera, y la fantasía, a un tiempo viva y pensadora, de Rioja, y sobre todo, aquellos vehementes afectos de devoción, que dan a Fr. Luis de León1 un carácter tan original, aun cuando más, de cerca imita, son manantiales de grandes perfecciones y timbres gloriosísimos del Parnaso Español; todavía es forzoso confesar, que, en los poetas castellanos, líricos y bucólicos, vemos sobrada uniformidad; que su caudal de ideas e imágenes es reducido y común a todos ellos, y que, si varios y acertados aun la expresión, son uniformes en sus argumentos y planes, cifrándose su mérito más en la gala y pompa de lenguaje, en lo florido y sonoro del verso y en la destreza ingeniosa de hacer variaciones sobre un tema, que en la valentía y originalidad de los pensamientos, o en lo fuerte y profundo de las emociones que sintieron ellos, o que excitan sus obras en el ánimo de los lectores.

Por fortuna hubo en España una poesía nacional, y natural de consiguiente, pues son inseparables amebas cosas. Aludimos a los romances, con tanto acierto juzgados y clasificados por Quintana en su prólogo al tomo XVI de la colección de don Ramón Fernández, repetido después con ligeras variaciones en la introducción a su Colección de Poesías selectas castellanas. También es nacional y natural, aunque no en tan alto grado, nuestra poesía dramática; y así es, que una y otra andan validas entre los críticas extranjeros, que o no tienen noticia de nuestras poesías clásicas, o no ven en ellas más que imitaciones de modelos, que conocen en su original, y de las cuales tienen asimismo copias en sus respectivas lenguas.

A fines del siglo XVII y principios del XVIII desapareció en España todo rastro de buen gusto en literatura. Explicar cuál fue el origen y cuál la clase de la corrupción que reinó, es empresa nada fácil. Con decir que dimanó el mal gusto, entonces dominante, de haber abandonado el estudio de los buenos modelos, en parte no se dice nada, y en parte se dice algo, que dista mucho de ser cierto. No se dice nada, no dándose razón de por qué hubo semejante abandono y para probar que se dice una cosa inexacta, basta considerar que cuando más se desviaban nuestros ingenios de la sencillez clásica era cuando reconocían por modelos, y citaban con más profusión a los mejores latinos2. Y muy bien podían haberse apartado de éstos, y echar por sendas que, si bien no seguidas por otros hasta entonces, era, sin embargo, dable que guiasen al descubrimiento de nuevos primores y riquezas poéticas. La corrupción a que aludimos tuvo su origen en varias causas. No fue enteramente semejante a la que prevaleció en otras naciones, aunque sí algo parecida a la que por la misma época cundió en Italia, porque dimanó en parte de iguales principios; ni tampoco fue tan nueva que no se encuentre de ella rastro, hasta en autores de nuestro llamado Siglo de Oro, no tan exento de faltas, ni de gusto tan acrisolado, como suponen varios modernos, sus admiradores. Es gravísimo error creer que el gusto literario no tiene qué ver con el estado de la sociedad en que reina; y quien leyere con atención crítica y filosófica la historia de España durante el siglo XVII, y viere qué estudios se permitían entre nosotros, qué estímulos excitaban los ingenios y qué ideas andaban dominantes, encontrará allí la explicación de la barbarie en que vino a caer la nación española bajo los príncipes austriacos. Con lo cual, y con estudiar el carácter nacional, habrá entendido la esencia y causa del culteranismo; porque éste consiste en la hinchazón y sutileza de conceptos, y por lo mismo es defecto natural de una gente, de suyo ingeniosa y dotada de viva fantasía, a la que estaba vedado adquirir ideas nuevas, y hasta dedicarse a sólidas meditaciones; a quien el poder crecido de sus reyes daba vanidad, mas no felicidad y verdadera grandeza; y para la cual no eran el gobierno, las leyes y la religión materia de examen libre y de atrevida controversia, sino objetos de resignación violenta, de obediencia precisa y de resignación medrosa. En tal estado, forzoso era que se entretuviese en refinar pensamientos triviales y en abultar ideas comunes, malgastando, (como dijo un crítico de nuestros días, al hablar de uno de nuestros mejores poetas de aquella época) sus grandes fuerzas naturales en juegos y saltos de volantines.

Mientras decaía España en letras y grandeza política, crecía en ambas la vecina Francia, donde, reinando Luis XIV, floreció y dio muy sazonados y regalados frutos la literatura. Mas en Francia, como en todas partes, eran los ingenios intérpretes de los pensamientos y afectos reinantes en la sociedad entre que vivían. Clásica apellidan a la literatura francesa de aquella época, y clásica era en cierto modo; pero no clásica como la griega y romana, ni como lo fueron poco antes la italiana y española; sino clásica al gusto del país y de la época, parecida a la de los antiguos en lo que de ellos remedaba o copiaba; aunque dando al remedo o copia un acento o tinte de la tierra y tiempos en que había renacido. Racine imita, y hasta traduce a Eurípedes, y con todo no son sus tragedias tan griegas como francesas. Cuando este gran poeta trataba argumentos de la historia y fábulas griegas, escribía, parte lo que tomaba de la propia leyenda, parte lo que le inspiraba su ingenio y fantasía, dominados ambos por reglas caprichosas, y parte lo que le dictaba el sistema de sociedad en que se había criado y estaba viviendo; y así hay en sus composiciones retazos de otros autores, atisbos admirables, trozos en que está expresado el lenguaje de las pasiones con naturalidad, ternura y energía; y todo en boca de cortesanos de Versalles, pues no son ostra cosa los personajes de sus tragedias, como que no eran otros los hombres que él conocía y trataba. Cuando escribió la tragedia de Atalía, salió de su tono acostumbrado y, como era devoto, al imitar el lenguaje de la Sagrada Escritura, se expresó con fervor, con facilidad, en fin, como inspirado; de lo cual resultó, si no un excelente drama, una obra poética, correcta y abundante en pasión intensa y legítima.

Lo que decimos de Racine puede aplicarse a otros escritores de su tiempo, así dramáticos como líricos, y así poetas como prosadores. Es harto singular que pretenda Francia arrogarse la palma de la literatura clásica no siendo, por cierto, uno de los países en que más se estudian los modelos de la Antigüedad. En letras latinas la aventaja Italia; en griegas, Alemania e Inglaterra. Lo que tomaron los franceses de los autores clásicos fue la forma exterior de las composiciones, modificada y alterada empero por las circunstancias; mas en cuanto al espíritu interno que las animaba, no se cuidaron de penetrarse de él, ni de imitarlo, ni siquiera de averiguar su origen y naturaleza. Copiaban, más que a los griegos, a los romanos, cuya literatura no fue indígena, aunque abundó en obras de mérito sobresaliente; que tenía más de elegante y correcta que de natural y apasionada; y que adolecía en su línea de los mismos defectos que los críticos menos severos descubren en las composiciones francesas. De aquí cierta frialdad y estiramiento en casi todos los escritores de esta nación, los cuales rara vez se remontan ni se abajan demasiado, sino que siguen un rumbo medio, como tonos los que en sus composiciones obedecen a las reglas dictadas por los preceptistas, más que a los propios ímpetus naturales.

De nuestros vecinos tomamos las mismas faltas los españoles en el siglo próximo pasado. Cuando vino a reinar en España un príncipe de la familia real de Francia, trajo consigo las modas de la corte de Versalles, la más floreciente entonces de Europa. El rayo de claridad que penetró las densísimas tinieblas que cubrían nuestro suelo, y que empezó a desterrarlas y a alumbrarnos, era segunda luz, reflejo de la que brillaba para los franceses. Los llamados restauradores del buen gusto en la literatura castellana a mediados del siglo XVIII son ciertamente merecedores de tan honrosa denominación, si se considera cuál fue el gusto que combatieron y ahuyentaron; pero no lo son tanto si se examina cuál fue el que le sustituyeron. Si los autores franceses adolecían del defecto de ser imitadores en demasía, los españoles cometieron otro más grave, dedicándose a sacar copias de copias. Agregábase a esto, que en los últimos era la imitación al doble violenta, porque en España había un gusto y un estilo nacionales ya formados, defectuoso en parte, pero no enteramente falto de méritos y primores. Así al introducir el clasicismo francés, los preceptistas españoles del siglo XVIII lo forzaron todo: lengua, hábitos, ideas; viniendo a ser sus composiciones sartas de palabras escogidas con esmero, en que nada era inspirado, nada original, nada natural; en que el temor de extraviarse obligaba a marchar a compás; y en que, si bien sobresalía la corrección, reinaba el mayor de todos los vicios, a saber: el empeño de encontrare modelos en parte muy diferentes de aquella en que conviene buscarlos.

Verdad es que a fines del reinado de Carlos III empezaron a mejorar las doctrinas literarias, y más todavía las composiciones en nuestra España. Mucho distan Montiano y Luzán de Meléndez y Jovellanos, señaladamente el último, de quien con razón puede blasonar el país que le produjo como de un escritor de primera clase; pero todavía en ellos, y en los más de nuestros críticos y escritores del día, predomina una teoría radicalmente viciada. Dicen que Meléndez fue el restaurador de nuestra poesía, como mucho antes lo había sido Luzán de nuestra crítica doctrinal; y tienen razón los que lo dicen, porque Meléndez, sin ser ingenio ni poeta de marca mayor, dio un paso más que sus antecesores, y nos puso en una senda mucho más cercana del acierto, aunque todavía no guiare a la perfección verdadera. No le faltaban ni sensibilidad ni buen oído, y vio que la poesía de su patria, sin dejar de aprovechar lo bueno que suministraban la francesa y las de otras naciones, debía sacar sus principales riquezas del tesoro de los antiguos autores castellanos. Por lo mismo hizo versos en vez de prosa rimada, creó un estilo y dicción algo afectados, aunque buenos; remontó de cuando en cuando su vuelo, remedando siempre movimientos de otros, pero remedando a los que se elevaban; y así, fue fundador de una escuela poética, que si todavía es tímida y copista, no es ya puramente francesa, sino al contrario, castellana, de una época nueva, y del tono nacional en sus formas. Que no observó mucho la naturaleza, que no era su ingenio muy fecundo ni su fantasía atrevida, lo conocerá quien quiera que desapasionadamente leyere y juzgare sus obras. Cuando convertía a Jovellanos en el mayoral Jovino, y él se transformaba en Batilo el zagal, ¿cómo podía escribir a impulsos de una inspiración legítima? ¿Cabe cosa más ridícula que su oda A Dalmiro, y aquel furor sagrado que se le entra en el pecho, y causa que su voz no se ajuste al verso, cuando celebra en versos harto compaseados el mérito de un poeta que no rayaba un punto más alto de la medianía? En esto vemos un escritor obediente a doctrinas por él respetadas como infalibles, que con arreglo a ellas se inflama cuando y como y hasta el punto que cree deber inflamarse, revistiendo los objetos de aquellos colores de que le está mandado echar mano exclusivamente.

La escuela de Meléndez, o la de Luzán, más españolizada, es hoy día la dominante en nuestra literatura; sin ser otra que la francesa vestida de la dicción y estilo de los antiguos y buenos escritores castellanos, pues su teórica es la de nuestros vecinos durante los siglos XVII y XVIII. Causa admiración que en los prólogos puestos por Moratín a sus comedias en las últimas ediciones, en las copiosas notas del Arte poética, de Martínez de la Rosa, en los juicios sobre nuestros poetas, escritos por literatos de gran nota, y en todas las demás obras de españoles preceptistas del día presente, no se haya dado cabida a los adelantos que el arte crítico ha tenido y está haciendo en otras naciones.

Ya queda apuntado arriba que los alemanes son los padres del romanticismo, el cual es en su tierra tan castizo como lo era, y todavía lo es, el clasicismo en Italia. No es preciso abonar el gusto literario germánico, ni preferirlo al que reina en otros países, para conocer y confesar la grandísima utilidad que las doctrinas en que estriba han acarreado a la sana crítica en las demás naciones. De contado la literatura alemana ha descubierto y puesto en claro una verdad importantísima, a saber que hay más de un manantial, más de un modelo de perfección o, a lo menos, que para caminar hacia la perfección literaria, hay caminos diferentes y cada cual debe seguir el que mejor se adaptare a su situación y circunstancia. No es esto decir que semejante máxima no guíe con frecuencia a desaciertos, porque muchos autores, llevados de nuevo capricho, por huir de la senda en que antes estaban como precisados a caminar, tiran por otras que no debían seguir, pues ni son llanas ni agradables, ni acortan la jornada, sino que desvían el término de ésta, y paran en desaciertos y precipicios.

Desde que aparecieran los alemanes haciendo papel en la literatura europea ha ocurrido una revolución casi general en la teórica del buen gusto y en la práctica de los escritores. Inglaterra, donde había comenzado con Dryden, Addisson, Pope y otros autores de inferior mérito, una escuela poética semiclásica se ha dado con más vehemencia a su antiguo y nunca olvidado culto de Shakespeare y de los poetas sus coetáneos; y en Italia y Francia se han formado escuelas nuevas, apellidadas románticas. Revolución ha sido ésta sumamente provechosa, si bien, como todas las cosas humanas, no sin mezcla de algunos inconvenientes. Examinemos qué efectos ha producido en cada país y cuáles en general en el vasto campo de la literatura.

En Francia no es en donde más lucen sus ventajas; pero quizá no se conocen tanto, porque los maestros y principales artistas de la escuela romántica francesa, y todavía más sus discípulos, no son los solos, ni acaso los verdaderos caudillos de esta revolución. Dicho sea con paz de muchos buenos ingenios, que han abrazado la nueva secta, y en ella se arrogan la primacía; parece que los franceses, románticos por excelencia, más que otra cosa son anticlásicos, y tienen los vicios de su escuela antigua, de la cual sacan su pauta para hacer lo contrario de lo que ella dicta; ni más ni menos como hacían sus antecesores para sujetarse puntualmente a sus reglas más severas. Porque los clásicos franceses hacían buenos versos; suelen los románticos hacerlos adrede malos; porque aquéllos eran puristas nimios, son éstos pródigos de barbarismos y solecismos: porque los primeros eran tímidos en sus invenciones e imágenes, y rara vez salían de un estilo y tono templados, los segundos se remontan sin necesidad, y sin ella asimismo se arrastran y despeñan en simas de insondable bajeza. En una cosa empero se parecen a los clásicos, de ellos tanto aborrecidos, y es cabalmente en lo peor, pues son constantemente afectados. Entre tanto, en Francia misma hay en el día poetas y críticos mirados como clásicos, que con su doctrina y ejemplos manifiestan señales de la mudanza ocurrida en la república literaria. Son éstos, por lo mismo, de una escuela nueva, no poco diferente de la antes universalmente seguida por sus compatriotas.

También Italia cuenta sus poetas románticos, entre los cuales descuella Manzoni, trágico y novelista insigne. Hay allí mejores elementos que en Francia para una poesía romántica de buena ley o, digamos, para una poesía nacional digna de la patria de Virgilio y de Tasso, que es también la del Dante y Ariosto; y de estos buenos elementos han sacado los italianos modernos el mejor partido posible.

De Alemania ya hemos dicho que es la cuna del romanticismo. Lo que a nuestros ojos parecen rarezas de sus escritores, les es natural y está enlazado con sistemas filosóficos, llenos de misterios y oscuridad.

Inglaterra no consiente ni casi conoce la división de los poetas en clásicos y románticos.

En aquel país, segundo sólo a Alemania en el estudio de la literatura griega, jamás se arraigó la escuela clásica francesa del siglo de Luis XIV. Dryden quiso y no supo seguirlo, pues su gusto no era correcto, y su fantasía harto más viva que la de los poetas franceses. Addisson, aunque compuso versos, nada tenía de posta. Pope fue el principal clásico inglés, agudo, ingenioso, correcto y elegante, terso en su versificación, pulido en su estilo, observador y pintor de la sociedad y de las costumbres más que de los afectos fuertes, vivos y profundos; en una palabra, fue clásico francés, mas tan distante del verdadero gusto clásico de la Antigüedad, que cabalmente su traducción de Homero, tan célebre en su tiempo, y aun ahora no poco admirada, es la copia más infiel que darse puede; y sin ser una obra mala, debe reputarse y está tenida por una serie de hermosos versos, que muchas veces no expresan el sentido, y nunca el alma y estilo general del príncipe de la poesía griega. Desde Cowper hasta el día presenta quizá es la poesía británica la más rica entre las modernas, así por la abundancia, cuanto por el valor de sus producciones, precisamente porque abandonando los autores reglas erróneas, y no cuidándose de ser clásicos ni románticos, han venido a ser lo que eran los clásicos antiguos en sus días, y lo que deben ser en todo tiempo los poetas. Caballeroso Scott; metafísico y descriptivo Byron; patético y a la par limado Campbell; tierno y erudito Southey; sencillo y afectuoso Wordsworth, que con un alma sensibilísima hermana un estudio atento y constante de la naturaleza; pintor del hombre social de las clases ínfimas Crabbe, que en su estilo vigoroso y bronco, no menos que vivo y brillante, describe costumbres que retratan las pasiones naturales y enérgicas, y los vicios y delitos, en vez de presentarnos los modelos estudiados, y las flaquezas y arterías de la sociedad; Burns, que la pinta, es, sin embargo, fogoso y fiel intérprete de afectos vehementes; galante, agudo; conceptuoso y vivo de fantasía, aunque amanerado, Mocre, quien al recuerdo de su patria también suele tomar un acento más alto y penetrante, y remedar con inspiración propia el estilo y el tono de Tirteo; sin hablar de otros, casi tan distinguidos, que componen una suma de escritores de primer orden, en cuyas obras hay estro y buen gusto, al mismo tiempo que originalidad y variedad extremadas.

En tanto, los españoles, ahenrojados con los grillos del clasicismo francés, son casi los únicos entre los modernos europeos que no osan traspasar los límites señalados por los críticos extranjeros de los siglos XVII y XVIII y por Luzán y sus secuaces. Asombroso es que así Moratín como Martínez de la Rosa, cuando hablan de las unidades de tiempo y lugar, no solamente recomienden su observancia, sino que las supongan indispensables, y ni siquiera anuncien o insinúen que cabe duda, y que de hecho hay pendientes muy acaloradas disputas en todas las demás naciones sobre este y otros puntos doctrinales. Parece imposible semejante omisión en unos escritores a quienes no se oculta que las cosas han llegado a tal extremo, que en muchos teatros de París, y hasta en el llamado por antonomasia francés, largo tiempo santuario del culto clásico, se han representado dramas cuyo argumento ocupa algún tiempo más que un día, y en los cuales varía la escena de Aquisgrán a Zaragoza. Ni se atina por qué en España, donde aún hoy día son justamente venerados Lope, Calderón y Moreto, no haya de examinarse y discutirse si la clase del drama que ellos concibieron es susceptible de cultivo y mejoras para dar de sí una producción nacional, robusta y lozana, en vez de la planta raquítica, que manifiesta a las claras su origen extranjero y aclimatación imperfecta.

Después de esta breve reseña de los efectos causados por una teoría nueva en varias naciones, razón será considerar rápidamente qué consecuencias ha producido la propagación de la recién promulgada doctrina en el gusto general del mundo literario.

Por de contado, ha voto la cadena de tradiciones respetadas y dado un golpe mortal a ciertas autoridades tenidas hasta el presente por infalibles. Lo que antes se creía a ciegas, ahora se examina; ya se admita, ya se deseche, al cabo pasa por el crisol del raciocinio. Dando así suelta al juicio, queda abierto el campo a errores y extravagancias; mas también están removidos los obstáculos que impedían ir a buscar manantiales de ideas e imágenes fuera del camino real y rectilíneo indicado por los preceptistas. Han abandonado los poetas los argumentos de la fábula e historia de las naciones griega y romana, como poco propios para nuestra sociedad y porque de puro manoseados estaban faltos, no menos que de novedad, de sustancia. Han descartado la mitología de la Antigüedad hasta para unos alegóricos. Encuentran asuntos para sus composiciones en las edades medias, tiempos bastante remotos para ser poéticos y, por otra parte, abundantes en motivos de emociones fuertes, que son el minero de la poesía: de aquí la poesía caballeresca. Buscan argumentos en tierras lejanas y no bien conocidas, donde, imperfecta todavía la civilización, no ahoga los efectos de la naturaleza bajo el peso de las reglas sociales. Así el inglés Campbell nos lleva a los retirados establecimientos de la América septentrional; Southey a las Indias o al Paraguay; Moore a Persia, y Byron nos enseña que en la moderna Grecia hay objetos poéticos y que los hechos de sus piratas pueden conmovernos más que los harto sabidos de los héroes de sus repúblicas, o las catástrofes de sus edades fabulosas, obra de un Destino, cuya fuerza no confesamos, ni sentimos ni verdaderamente entendemos. Búscanlo, asimismo, en el examen de nuestras pasiones y conmociones internas; de aquí la poesía metafísica, tan hermosa en el mismo lord Byron, en varios alemanes, en. los ingleses Coleridge y Woodsworth y en los francesas Víctor Hugo y Lamartine. Búscanlos finalmente en los afectos inspirados por las circunstancias de la vida activa; de aquí la poesía patriótica de los franceses Delavigne y Beranger, del italiano Manzoni, del escocés Burns, del irlandés Moore, del inglés Campbell y del alemán Schiller. En una palabra, vuelve por estos medios la poesía a ser lo que fue en Grecia en sus primeros tiempos: una expresión de recuerdos de lo pasado y de emociones presentes, expresión vehemente y sincera, y no remedo de lo encontrado en los autores que han precedido, ni tarea hecha en obediencia a lo dictado por críticos dogmatizadores.

Con decir esto, ha declarado el autor su intento al componer el siguiente poema. No ha pretendido hacerlo clásico ni romántico, divisiones arbitrarias, en cuya existencia no cree, siendo claro por lo mismo que no se ha propuesto obedecer a dos que las pregonan como ciertas y promulgan como obligatorias.

Ha elegido un asunto de la historia de España y de dos siglos medios; campo fertilísimo y hasta el día muy descuidado por nuestros poetas, a excepción de algunos dramáticos, y si alguna vez tratado por nuestros trágicos modernos, tratado con el gusto llamado clásico, es decir, de un modo que no le cuadra.

Ha adoptado una versificación rara o ninguna vez usada en obras largas, pero fácil y juntamente susceptible de elegancia y pompa, parecida a la de los romances cortos y verdadera poesía española, y hasta en el asonante peculiar de nuestro idioma, castiza y exclusivamente castellana.

Ha procurado dar a su composición el colorido que le conviene, consultando para ello las escasísimas memorias aún existentes de los tiempos en que pasaron los hechos que refiere; memorias tradicionales y casi inmediatas, pues no las hay contemporáneas.

De intento se ha desviado del estilo, igual y sostenido, usado por la mayor parte de nuestros escritores, no menos que de toda alusión a la mitología de la clásica Antigüedad. Ha mezclado, si es lícito decirlo así, las burdas con las veras, o sea retazos de apariencia pobre con otros de contextura brillante; páginas en estilo elevado con otras en estilo llano; imágenes triviales con otras nobles y pinturas de la vida real con otras ideales. Tal vez con ello escandalizará a no pocos de sus lectores, pero no es culpa suya que en la naturaleza anden revueltos lo serio y tierno con lo ridículo y extravagante; y él quiere tener a la naturaleza por fría y describir las cosas como pasan, pues así probablemente pasaron las que son materia de su narración.

Por lo mismo, y como consecuencia forzosa de esta mezcla de estilos, es su lenguaje a menudo prosaico y humilde. También hubo un tiempo en que el autor de los siguientes versos copió y admiró a Herrera y a sus secuaces, y aun hoy día aprecia y admira a aquél y a muchos de éstos; mas no por eso cree que su dicción debe ser constantemente imitada. Bien está que sea el poeta atrevido en la elección de voces, que se valga de giros nuevos y hasta de palabras rejuvenecidas, o por él compuestas, o una u otra vez tomadas de otras lenguas, o en alguna rara ocasión, de todo punto inventadas; pero no por eso ha de excusarse de llamar las cosas por su nombre, mermando así su vocabulario por un lado, mientras por otro lo acrecienta, ni tampoco huir de voces y de frases vulgares ha de caer en el gran inconveniente, y común error, de que una palabra escogida y un frasear extraño y retumbante convierten un pensamiento de trivial en poético, cubriendo con lo sonoro e insólito de la expresión la variedad y llaneza del sentido. Por esto, cuando quiere el autor decir que un sujeto va a misa, lo dice claro, porque con expresarlo de otro modo no habría hecho la imagen más ni menos noble4.

En suma, la siguiente composición no está sujeta a reglas: hablo de ciertas reglas, por doctos críticos repetidas veces condenadas, y desatendidas por los mejores poetas contemporáneos en toda Europa. Algunas ha seguido, y he aquí cuáles: ha tratado de empeñar los afectos y curiosidad de los lectores en su narración y a favor de sus personajes; de acomodar su estilo a su argumento, en el total y en cada una de las partes; de adaptarlo a las personas por cuya boca habla; de dibujar y colorir sus cuadros como los concibe; de describir objetos, que son, o fueron, o pueden ser reales y verdaderos; de representar costumbres históricas; de conservar, siempre que se arroja a lo ideal, las facciones naturales que dan a las cosas imaginarias apariencia de ciertas por su semejanza con las realidades; de expresarse con claridad y, cuanto le es dado, con pureza, a veces con elegancia y gala y siempre con corrección; de versificare lo mejor que puede; por última, de seguir los impulsos propios, de obedecer a las inspiraciones espontáneas y de hacer no lo que han hecho, sino del modo que lo han hecho los célebres ingenios extranjeros de la edad presente, tan rica en crítica sana y propia de una generación filosófica en sus atrevimientos.

No se le cumple con todo de presuntuoso por lo que acabe de asentar. Una vez y otra repite que está muy distante de mirar su obra como perfecta en su línea: decir a lo que aspiró al componerla no es blasonar de que lo haya, ni aun insinuar que crea haberlo conseguido. Pero lo que sí es lícito afirmar es que ha indicado una senda hasta ahora no hollada por sus compatriotas, y que se ha aventurado a caminar por ella con audacia, ya que no con buena fortuna. Aun dado caso que no sea su ejemplo digno de aplauso e imitación, no debe serlo de vituperio, pues las doctrinas de que él se aparta, si son útiles, aparecerán tales después de bien combatidas y bien examinadas, al paso que ahora son obedecidas por mero espíritu de rutina.