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domingo, 25 de enero de 2026

Christina Rossetti, En pleno sombrío invierno

    [En una encuesta de hace unos veinte años, este poema, musicado muchas veces, se consideró el mejor villancico de la historia]

    En pleno sombrío invierno, el gélido viento parecía gemir,

la tierra estaba dura como el hierro, el agua como una piedra;

había nevado, nieve sobre nieve, nieve sobre nieve,

en pleno sombrío invierno, hace mucho tiempo.

    A nuestro Dios, el cielo no pudo retenerlo, ni la tierra sostener;

el cielo y la tierra huirán lejos cuando venga su Reino.

En pleno sombrío invierno, un establo bastó

para el Señor Dios Todopoderoso, Jesucristo.

   Ángeles y arcángeles pudieron reunirse allí,

querubines y serafines abarrotaron el aire;

mientras solo su madre, en su felicidad de doncella,

adoraba a su amado hijo con un beso.

    ¿Qué puedo yo darle, pobre como soy?

Si yo fuera un pastor, le llevaría un cordero;

si yo fuera un Rey Mago, aportaría mi regalo;

pero lo que puedo dar se lo doy: le doy mi corazón.

                Versión original en inglés

In the bleak midwinter, frost wind made moan,

Earth stood hard as iron, water like a stone;

Snow had fallen, snow on snow, snow on snow,

In the bleak midwinter, long ago.

Our god, heaven cannot hold him, nor earth sustain;

Heaven and earth shall flee away when he comes to reign.

In the bleak midwinter a stable place sufficed

The lord God almighty, Jesuschrist.

Angels and archangels may have gathered there,

Cherubim and seraphim thronged the air;

But his mother only, in her maiden bliss,

Worshiped the beloved with a kiss.

What can I give him, poor as I am?

If I were a shepherd, I would bring a lamb;

If I were a wise man, I would do my part;

Yet what I can I give him: give my heart.

sábado, 7 de octubre de 2023

Un nuevo corazón, un hombre nuevo, de Francisco de Quevedo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Francisco de Quevedo


Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.


Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.


Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.


Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues, de perdido,

recato mi salud de mi deseo.


(En este poema Quevedo cita la imagen de San Pablo de "vestirse del hombre nuevo", Ad efesios, 4. 24)

lunes, 11 de septiembre de 2023

Paulino de Nola, algunos poemas

San Paulino de Nola o de Burdeos fue discípulo del magno poeta latino Ausonio. Antes de su conversión al catolicismo por obra de la barcinense Terasia / Teresa, su esposa, compuso poemas de inspiración pagana tan hermosos como estos, que muestran su verbo ampuloso, de un manierismo alejandrino a veces casi ininteligible, pero bien cortado en la lengua clásica. Hispania ocupa un lugar importante en su lírica: allí pasó cinco años fundamentales. Para él, las ciudades de Hispania no son inhóspitas como dice Ausonio, sino al contrario, lugares felices habitados por hombres justos. Por eso elogia a Bílbilis, Calahorra, Lérida, Zaragoza, Barcelona y Tarragona, junto con las tierras regadas por el Guadalquivir. En Barcelona / Barcino fue consagrado sacerdote por aclamación, además. Y se carteaba con grandes como Ausonio (quien le reprocha haber abandonado el paganismo), Jerónimo, Agustín o Sulpicio Severo, nada menos. El mismísimo Ausonio reconocía que era un poeta más inspirado que él. Lo demuestra que fuera imitado por Prudencio y admirado por Sidonio Apolinar, quien lo tenía como escritor predilecto o preferido. Todos las plumas cristianas que vinieron después lo imitaron y citaron.

Las traducciones son de Juan José Cienfuegos, para Madrid: Gredos, 2005.

Poema I:  

Verdaderamente es un insulto ofrecer un fruto de la tierra y del campo a un padre de familia que nada en las delicias del mar.  A pesar de ello, te mando unas poquillas oropéndolas, de las poquísimas que me traen al atardecer los zagales, para encontrar motivo de hablar en tu amistad y que parezca que el regalo va unido a la charla.  

Y porque me da vergüenza su escasez, he encubierto muchas más palabras en unos versillos, como si fuera a aumentar el número del regalo con la locuacidad. Pero, dado que ambas cosas son reprochables, te ruego que las perdone tu amabilidad y afecto, para que no parezca poco educada la pobreza del regalo, ni odiosa mi garrulería.  

Toma, pues, unas aves criadas en un zarzal a las que un astuto cazador, oculto en la espesura del helecho, miente y engaña con un idéntico canto, mientras la bandada se posa, confiada, sobre las pegajosas cañas.  Luego, recogiendo la magra presa con trabajo no pequeño, reparte la caza por sus tablas; y brilla con las gordas la primera fila, menguando gradual hasta el cabo de la caja.  Y, para que desagrade menos la flacura, la agradable disposición de la gordura complace a la primera vista con un pájaro de lustre. 

Poema II:

Para que pueda ser de tu agrado el amable regalo de un amigo pobre, no vayas a tener en cuenta los ricos obsequios que me haces.  Si no, ¿qué podría yo darte, a cambio de aquellos peces que te proporciona, con la abundancia de su oleaje, la vecina playa, admirables de aspecto y únicos en su belleza?

En cambio, a mí, en los bajíos pedregosos del profundo mar, el molusco se me cría escaso en la oscuridad de las algas. Para compartirlo contigo, te mando dieciséis conchas, perfumadas del néctar del mar, que llena(n) una dulcísima entraña con su meollo bicolor.  

Que las aceptes de grado, te ruego, y no las rechaces por su poco valor, pues solo son pequeñas si las comparas con lo grande de mi amor.

Poema X, epístola  a Ausonio:

Quid abdicatas in meam curam, pater,

Redire Musas praecipis?

Negant Camoenis, nec patent Apollini

Dicata Christo pectora.

Fuit ista quondam non ope, sed studio pari

Tecum mihi concordia, 

Ciere surdum Delphica Phoebum specu,

Vocare Musas Numina;

Fandique munus munere indultum Dei,

Petere e nemoribus aut jugis.

Nunc alia mentem vis agit, major Deus;

Aliosque mores postulat,

Sibi reposcens ab homine munus suum,

Vivamus ut vitae Patri.

Vacare vanis otio aut negotio,

Et fabulosis litteris

Vetat, suis ut pareamus legibus,

Lucemque cernamus suam:

Quam vis sophorum callida, arsque rhetorum, et

Figmenta vatum nubilant,

Qui corda falsis atque vanis imbuunt;

Tantumque linguas instruunt,

Nihil adferentes ut salutem conferant,

Quod veritatem detegat.

Quid enim tenere vel bonum aut verum queant,

Qui non tenent summae caput,

Veri bonique fomitem et fontem Deum?

Quem nemo nisi in Christo videt. (20-46).

¿Por qué, padre, mandas que mi afán retorne a unas Musas de las que ya he abdicado? Los corazones consagrados a Cristo reniegan de las Camenas y no se abren a Apolo. 

En otro tiempo compartí contigo, bien que no igual en capacidad, pero sí en idéntico empeño, la idea de invocar al sordo Febo desde su antro délfico, el deseo de llamar a las Musas "deidades" y de pedir a los bosques y montes el don de la palabra, concedido por regalo de una divinidad.

Ahora mueve mi mente otra fuerza: un Dios mayor, y exige otras costumbres, reclamando del hombre su obligación para con Él, a fin de que vivamos para el Padre de la vida, a fin de poder obedecer sus leyes y contemplar su luz, que anublan la astuta fuerza de los sofistas, el arte de los rétores y las invenciones de los poetas, que son quienes encharcan los corazones de mentiras y frivolidades y tan sólo instruyen la lengua, sin aportar nada para darnos la salvación o poner al descubierto la verdad. 

Pues ¿qué bien o verdad pueden tener quienes no tienen el meollo de lo esencial, a Dios, que es el alimento y fuente del bien y de la verdad, a quien nadie ve, si no es en Cristo?  

Unde dari possit. Revocandum me tibi credam,

Cum steriles fundas non ad divina precatus,

Castalidis supplex averso Numine Musis?

Non his numinibus tibi me patriaeque reduces.

Quod datur, in nihilum (sine Numine nomina Musas

Surda vocas, et nulla rogas) levis auferet aura,

Irrita ventosae rapiunt haec vota procellae,

Quae non missa Deo vacuis in nubibus haerent,

Nec penetrant superi stellantem Regis in aulam. (110-118).

¿Puedo creer que vas a hacerme volver, porque derramas estériles oraciones no para Dios, sino como un suplicante ante las Musas Castalias, cuyo poder está en tu contra? Con esas deidades no me haces volver a ti y a la patria. Estás invocando a dioses sordos, y suplicas a quienes no son nada (una leve brisa se llevará esto que se destina a la nada, a las Musas: nombres sin poder).

Vendavales de tempestad arrebatan estos votos sin fuerza, que, por no ser enviados a Dios, se quedan pegados en las vacías nubes y no llegan a entrar en el palacio estrellado del Rey del cielo. 

Mens nova me fateor cepit, mens non mea quondam,

Sed mea nunc autore Deo, qui si quid in actu

Ingeniove meo sua dignum ad munia vidit,

Gratia prima tibi, tibi gloria debita cedet,

Cujus praeceptis partum est quod Christus amaret. (142-146).

Tengo, lo confieso, un espíritu nuevo que no es el mío (al menos el mío de antaño), pero que es el mío de ahora, por obra de Dios. Y si Él ha visto en mi vida, o en mi talento, algo digno de sumisión, el primer gratificado eres tú: y para ti es la gloria que se te debe. De tus preceptos ha nacido aquello que Cristo pudiera amar.

Poema XI, también a Ausonio:

Si vitulum tauro, vel equum commitis onagro,

Si confers fulicas cygnis, et aedona parrae;

Castaneis corylos, aequas viburna cupressis,

Me compone tibi: vix Tullius et Maro tecum,

Sustineant aequale jugum; si jungar amore,

Hoc tantum tibi me jactare audebo jugalem;

Quo modicum sociis magno contendit habenis

Dulcis amicitia aeterno mihi foedere tecum,

Et paribus semper redamandi legibus aequa.

Hoc nostra cervice jugum non scaeva resolvit

Fabula, non terris absentia longa diremit.

Nec perimet, toto licet abstrahar orbe, vel aevo.

Numquam animo divisus agam; prius ipsa recedet

Corpore vita meo, quam vester pectore vultus. (35-48).

...........................................................................

Et cum solutus corporali carcere,

Terraque provolavero,

Quo me locarit axe communis Pater,

Illic quoque te animo geram. (57-60).

Si es que pretendes emparejar un novillo con un buey o un caballo con un onagro; si juntas las fochas con los cisnes y el ruiseñor con la urraca, las avellanas con las castañas; si igualas los mimbres con los cipreses, entonces, aparéjame contigo.

Con mucho trabajo serían capaces de llevar contigo el mismo yugo Tulio o Virgilio. Pero si es clamor el yugo, sólo en esto me atreveré a jactarme de compartir tu collera, por cuanto la dulce amistad, igual en mi eterno pacto contigo, y siempre bajo las análogas leyes del afecto correspondido, compara lo pequeño con lo grande con riendas amigas. 

Este yugo no lo ha descolgado de nuestro cuello una siniestra habladuría; tampoco lo destruirá la larga ausencia de la patria. Aunque mediara entre nosotros todo el globo del mundo, o una edad entera, jamás viviré separado en el espíritu. Antes se me escapará la propia vida del cuerpo, que tu rostro de mi pensamiento. […] 

Y cuando emprenda el vuelo, libre de la cárcel de mi cuerpo, y libre de la tierra, en la constelación en que me ponga el Padre de todos, allí también te llevaré en mi espíritu. 


Poema XV:


Surge igitur cithara, et totis intendere fibris,

Excita vis animae tacito mea viscera cantu,

Non tacita cordis testudine, dentibus ictis,

Pulset amor linguae, plectro lyra personet oris.

Non ego Castalidas vatum phantasmata Musas,

Nec surdum Aonia Phoebum de rupe ciebo,

Carminis incentor Christus mihi: munere Christi

Audeo peccator sanctum et coelestia fari.

Nec tibi difficile, Omnipotens, mea solvere doctis

Ora modis, qui muta loqui, fluere arida, solvi

Dura jubes. Tu namque asinam reboare loquendo,

Perfectamque tibi lactentes condere laudem

Fecisti, et solidam solvisti in flumina rupem,

Et terram sine aqua subitis manere fluentis

Jussisti, deserta rigans in spem populorum,

In quorum arentes animas pia gratia fluxit,

Quos Christus vivo manans petra fonte refecit.

Unde ego pars hominum minima, isto munere fretus,

Roris, Christe, tui vivos precor aridus haustus.

De verbum de fonte tuo; tua non queo fari

Te sine; namque tui laus martyris, et tua laus est,

Qui facis Omnipotens homines divina valere,

Fortiaque infirmis superans, de carne triumphas,

Aerios proceres vincens in corpore nostro. (26-49).


Levántate, pues, cítara, y ténsate en todas tus fibras ¡oh conmovida esencia de mi alma! Que el amor pulse mis entrañas con su silencioso canto, dando el golpe de los dientes en el nada silencioso caparazón de mi corazón; y resuene la lira de mi boca con el plectro de mi lengua. No voy a pedir que acudan las Musas de Castalia, fantasías de los poetas, ni, tampoco, desde la peña Aonia el sordo Febo. Cristo es el director de mi canción; por un don de Cristo me atrevo yo, pecador, a cantar lo sagrado y lo celestial. 

No es difícil para Ti, que eres Todopoderoso, desatar mi boca en sabios ritmos, tú que haces hablar a los seres mudos, manar a lo seco y deshacerse lo duro. Pues hiciste rebuznar a la burra en forma de palabras y a los lactantes componer una alabanza acabada en tu honor, y diluiste en líquido la sólida roca y mandaste que una tierra sin agua manase con súbito caudal regando el desierto para esperanza de los pueblos, hacia cuyas secas almas fluyó la piedad de la gracia y a los que Cristo, piedra manantial del agua viva, restauró.

Por eso yo, mínima parte de los hombres, confiado en ese regalo, Cristo, suplico sediento el sorbo vivo de tu rocío. Concédeme la palabra desde tu fuente: no puedo hablar de ti sin ti. 

En efecto, el elogio de un mártir tuyo, también es elogio tuyo, porque, en tu omnipotencia, haces que los hombres gocen de un poder sobrenatural, y vences la fuerza para beneficio de los débiles, triunfando sobre la carne, venciendo en el interior de nuestro cuerpo a los príncipes habitantes del aire.


Poema XVIII:

Cernite laetitiam mundi in splendore diei

Elucere sacris insignibus; omnia laetus

Candor habet, siccus teneris a nubibus imber

Ponitur, et niveo tellus velatur amictu.

Quae nive tecta, solum nive, silvae, et culmina, colles:

Cuncta senis sancti canos testantur honores;

Angelicaque docent et luce et pace potiri

Felicem placida clarum in regione piorum,

Lactea quae tacito labuntur vellera coelo. (16-24).

Contemplad cómo la alegría del mundo luce en el brillo del día con señales sagradas. 

Un halo de blanca alegría lo posee todo, una seca lluvia cenicienta se deposita desde las nubes, se viste con un manto níveo la tierra que, cubierta de nieve y con peinado de nieve en casas, suelo, bosques, tejados y colinas, da fe de los canos honores del santo anciano.

Nos están demostrando que, en la plácida tierra de los esclarecidos justos, Félix disfruta de la luz y la paz de los ángeles, y desde allí se deslizan lácteos vellones por un cielo silencioso. 

Panegírico de San  Félix:

¿Por dónde, pues, empezaré a tejer mi poema? ¿Qué beneficios de Félix son los que voy a relatar? ¿Contaré mejor los muchos favores que repartió por todas partes, o aquellos de esta casa suya, de los que le soy especialmente deudor? 

Acometeré más bien éstos, que recuerdo bien haber sido dispensados a mí y a mi gente. Además, como en los libritos anteriores tengo más bien escrito lo que proporcionó en parte a otros, y con ellos a mí también, en esta ocasión voy a tejer mi librillo en prenda de agradecimiento a partir de esos dones que me envió a mí tan generosamente y, en contra de lo usual, lo haré en una melodía variada; y lo mismo que él me ofrece cada año un tema diferente, mudaré los ritmos, y, en una misma serie continuada, caminaré con el ritmo de un poema no regulado bajo unas mismas leyes.

Pues, por así decir, en el fecundo campo de san Félix surgieron, como flores nuevas, dos brotes de Cristo: Turcio, el del semblante piadoso, y Sueno, de florida juventud. Y, de igual manera, había unas santas madres y otras dos muchachas idénticas; una, cual era en su tiempo aquella célebre Alfía, hermana del noble Filemón, a la que distingue en su dedicatoria la epístola de Pablo y, juntamente, la virago Eunomía, prometida ya en el cielo en eterno matrimonio, que, arrebatada desde el vientre de su madre, por su agrado, se la consagró a sí mismo Cristo con presuroso amor, y la inundó del perfume de su nombre, por lo que con los cabellos de su alma teñidos y la casta cabeza de su espíritu perfumada, huele a las sagradas esencias de su esposo celestial. Ésta es hermana de Melania y casi hija de ella, a cuyo regazo está unida, gozosa, pues encontró una maestra en su hermana. Y las dos, ligadas con divinas dotes, llevan como collares vivos las variopintas gemas de las virtudes en su espíritu cultivado, en su bello corazón. 

Detrás de ellas va un numeroso escuadrón de almas nobles y la santa multitud de las vírgenes, del mismo color, bajo un único vellón. Desde aquí, complacido en el cordero amado, escucha Cristo a Eunomía, enseñada por la palabra guía de Melania, la que da forma al panal de los salmos en mesuradas proporciones, puesto que, siguiendo el ritmo de Dios, la infantil corifeo con su casta boca dirige los coros, cortejo de los santos. 

domingo, 3 de septiembre de 2023

Juana de Asbaje y Ramíres (sor Juana Inés de la Cruz), ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?


Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.


Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,


teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

jueves, 21 de abril de 2022

I Am a Poor Wayfaring Stranger, canción de la película 1917.

Traditional

I Am a Poor Wayfaring Stranger


Soy un pobre peregrino caminante

que viaja por un mundo de aflicción.

Pero no tengo enfermedad, afanes ni peligro

hacia la tierra brillante a la que voy...

Voy allí para ver a mi Padre

y ya no iré allí para vagabundear.

Solo cruzaré el Jordán; solo me iré a casa.

Sé que nubes oscuras se juntarán en mi redor.

Sé que mi camino es áspero y empinado...

Nunca dormiré... Voy a casa para ver a mi Madre

y a todos mis seres queridos que se han ido...

Voy a cruzar solo el Jordán

Voy a volver a mi hogar... 

Soy un pobre caminante extraño...

que está viajando por un mundo de aflicción.

Pero ya no hay dolencias, trabajo ni peligro

en la tierra luminosa a la que marcho...

Allí voy a ver a mi Padre

solo marcho a casa.

miércoles, 14 de julio de 2021

Traducción del Stabat Mater del franciscano Jacopone da Todi por Lope de Vega en sus Rimas sacras (1614)

(El original latino, debajo)


1.  La Madre piadosa paraba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.

Cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.

2.

¡Oh, cuán triste y cuán aflicta

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!

Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena.

3.

Y ¿cuál hombre no llorara,

si a la Madre contemplara

de Cristo, en tanto dolor?

Y ¿quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?

4.

Por los pecados del mundo,

vio a Jesús en tan profundo

tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado,

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.

5.

¡Oh dulce fuente de amor!,

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en él que conmigo.

6.

Y, porque a amarle me anime,

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.

7.

Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo.

Porque acompañar deseo

en la cruz, donde le veo,

tu corazón compasivo.

8.

¡Virgen de vírgenes santas!,

llore ya con ansias tantas,

que el llanto dulce me sea.

Porque su pasión y muerte

tenga en mi alma, de suerte

que siempre sus penas vea.

9.

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda,

y contigo me defienda

en el día del juicio.

10.

Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance vida y alma estén.

Porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén.


Versión original en latín


1.

Stabat Mater dolorosa

Iuxta crucem lacrimosa,

Dum pendebat filius.

Cuius animam gementem

Contristatam et dolentem

Pertransivit gladius.

2.

O quam tristis et afflicta

Fuit illa benedicta

Mater unigeniti

Quae maerebat et dolebat.

Et tremebat, cum videbat

Nati poenas incliti.

3.

Quis est homo qui non fleret,

Matrem Christi si videret

In tanto supplicio?

Quis non posset contristari,

Piam matrem contemplari

Dolentem cum filio?

4.

Pro peccatis suae gentis

Jesum vidit in tormentis

Et flagellis subditum.

Vidit suum dulcem natum

Morientem desolatum

Dum emisit spiritum.

5.

Eja mater fons amoris,

Me sentire vim doloris

Fac ut tecum lugeam.

Fac ut ardeat cor meum

In amando Christum Deum,

Ut sibi complaceam.

6.

Sancta mater, istud agas,

Crucifixi fige plagas

Cordi meo valide.

Tui nati vulnerati

Tam dignati pro me pati,

Poenas mecum divide!

7.

Fac me vere tecum flere,

Crucifixo condolere,

Donec ego vixero.

Juxta crucem tecum stare

Te libenter sociare

In planctu desidero.

8.

Virgo virginum praeclara,

Mihi jam non sis amara,

Fac me tecum plangere.

Fac ut portem Christi mortem,

Passionis eius sortem

Et plagas recolere.

9.

Fac me plagis vulnerari,

Cruce hac inebriari

Ob amorem filii,

Inflammatus et accensus,

Per te virgo sim defensus

In die judicii.

10.

Fac me cruce custodiri,

Morte Christi praemuniri,

Confoveri gratia.

Quando corpus morietur

Fac ut animae donetur

Paradisi gloria.

Amen

sábado, 6 de marzo de 2021

Agustín de Hipona. La muerte no es nada

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, y vosotros sois vosotros.

Lo que somos unos para los otros lo seguimos siendo.

Dadme el nombre que siempre me habéis dado.

Hablad de mí como siempre lo habéis hecho.

No uséis un tono diferente. No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos.

Rezad, sonreíd, pensad en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido,

sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente?

¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Veis? Todo está bien. No lloréis si me amabais.

¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo!

¡Si pudierais oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudierais ver con vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudierais contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

Creedme: Cuando la muerte venga a romper vuestras ligaduras

como ha roto las que a mí me encadenaban

y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce,

vuestra alma venga a este Cielo en el que os ha precedido la mía,

ese día volveréis a ver a aquel que os amaba y que siempre os ama,

y encontraréis su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, 

sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida,

bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

Agustín de Hipona (Cuarta carta, en la que escribe a su hermano Sapidas, que a pesar de que ha muerto todavía está allí…)

lunes, 4 de enero de 2021

Andrés Bello, La oración por todos

 I


Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora

de la conciencia y del pensar profundo:

cesó el trabajo afanador y al mundo

la sombra va a colgar su pabellón.

Sacude el polvo el árbol del camino,

al soplo de la noche; y en el suelto

manto de la sutil neblina envuelto,

se ve temblar el viejo torreón.

¡Mira su ruedo de cambiante nácar

el occidente más y más angosta;

y enciende sobre el cerro de la costa

el astro de la tarde su fanal.

Para la pobre cena aderezado,

brilla el albergue rústico; y la tarda

vuelta del labrador la esposa aguarda

con su tierna familia en el umbral.

Brota del seno de la azul esfera

uno tras otro fúlgido diamante;

y ya apenas de un carro vacilante

se oye a distancia el desigual rumor.

Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle,

y la iglesia, y la choza, y la alquería;

y a los destellos últimos del día,

se orienta en el desierto el viajador.

Naturaleza toda gime: el viento

en la arboleda, el pájaro en el nido,

y la oveja en su trémulo balido,

y el arroyuelo en su correr fugaz.

El día es para el mal y los afanes.

¡He aquí la noche plácida y serena!

El hombre, tras la cuita y la faena,

quiere descanso y oración y paz.

Sonó en la torre la señal: los niños

conversan los niños

conversan con espíritus alados;

y los ojos al cielo levantados,

invocan de rodillas al Señor.

Las manos juntas, y los pies desnudos,

fe en el pecho, alegría en el semblante,

con una misma voz, a un mismo instante,

al Padre Universal piden amor.

Y luego dormirán; y en leda tropa,

sobre su cuna volarán ensueños,

ensueños de oro, diáfanos, risueños,

visiones que imitar no osó el pincel.

Y ya sobre la tersa frente posan,

ya beben el aliento a las bermejas

bocas, como lo chupan las abejas

a la fresca azucena y al clavel.

Como para dormirse, bajo el ala

esconde su cabeza la avecilla,

tal la niñez en su oración sencilla

adormece su mente virginal.

¡Oh dulce devoción que reza y ríe!

¡De natural piedad primer aviso!

¡Fragancia de la flor del paraíso!

¡Preludio del concierto celestial!


II


Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,

ruega a Dios por tu madre: por aquella

que te dio el ser, y la mitad más bella

de su existencia ha vinculado en él;

que en su seno hospedó tu joven alma,

de una llama celeste desprendida;

y haciendo dos porciones de la vida,

tomó el acíbar y te dio la miel.

Ruega después por mí, más que tu madre

lo necesito yo... Sencilla, buena,

modesta como tú, sufre la pena,

y devora en silencio su dolor.

A muchos compasión, a nadie envidia,

la vi tener en mi fortuna escasa.

Como sobre el cristal la sombra, pasa

sobre su alma el ejemplo corruptor.

No le son conocidos...¡ni lo sean

a ti jamás! ... los frívolos azares

de la vana fortuna, los pesares

ceñudos que anticipan la vejez;

de oculto oprobio el torcedor, la espina

que punza a la conciencia delincuente,

la honda fiebre del alma, que la frente

tiñe con enfermiza palidez.

Mas yo la vida por mi mal conozco,

conozco el mundo, y sé su alevosía;

y tal vez de mi boca oirás un día

lo que valen las dichas que nos da.

Y sabrás lo que guarda a los que rifan

riquezas y poder, la urna aleatoria,

y que tal vez la senda que a la gloria

guiar parece, a la miseria va.

Viviendo, su pureza empaña el alma,

y cada instante alguna culpa nueva

arrastra en la corriente que la lleva

con rápido descenso al ataúd.

La tentación seduce; el juicio engaña;

en los zarzales del camino, deja

alguna cosa cada cual: la oveja

su blanca lana, el hombre su virtud.

Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo

pocas palabras dirigir te baste;

"Piedad, Señor, al hombre que criaste;

eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón!

Y Dios te oirá que cuál del ara santa

sube el humo a la cúpula eminente,

sube del pecho cándido, inocente,

al trono del Eterno la oración.

Todo tiende a su fin: a la luz pura

del sol, la planta; el cervatillo atado,

a cervatillo atado,

a la libre montaña; el desterrado,

al caro suelo que lo vio nacer;

y la abejilla en el frondoso valle,

de los nuevos tomillos al aroma;

y la oración en alas de paloma

a la morada del Supremo Ser.

Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,

soy como el fatigado peregrino,

que su carga a la orilla del camino

deposita y se sienta a respirar;

porque de tu plegaria el dulce canto

alivia el peso a mi existencia amarga,

y quita de mis hombros esta carga,

que me agobia de culpa y de pesar.

Ruega por mí, y alcánzame que vea,

en esta noche de pavor, el vuelo

de un ángel compasivo, que del cielo

traiga a mis ojos la perdida luz.

Y pura finalmente, como el mármol

que se lava en el templo cada día,

arda en sagrado fuego el alma mía,

como arde el incensario ante la cruz.


III


Ruega, hija, por tus hermanos,

los que contigo crecieron,

y en un mismo seno exprimieron,

y un mismo techo abrigó.

Ni por los que te amen sólo

el favor del cielo implores;

por justos y pecadores,

Cristo en la cruz expiró.

Ruega por el orgulloso

que ufano se pavonea,

y en su dorada librea,

funda insensata altivez;

y por el mendigo humilde

que sufre el ceño mezquino

de los que beben el vino

porque le dejen la hez.

Por el que de torpes vicios

sumido en profundo cieno,

hace aullar el canto obsceno

de nocturna bacanal.

Y por la velada virgen

que en su solitario lecho

con la mano hiriendo el pecho,

reza el himno sepulcral.

Por el hombre sin entrañas,

en cuyo pecho no vibra

una simpática fibra

al pesar y a la aflicción.

Que no da sustento al hambre,

ni a la desnudez vestido,

ni da la mano al caído,

ni da a la injuria perdón.

Por el que en mirar se goza

su puñal de sangre rojo,

buscando el rico despojo,

o la venganza cruel.

Y por el que en vil libelo

destroza una fama pura,

y en la aleve mordedura

escupe asquerosa hiel.

Por el que surca animoso

la mar de peligros, llena;

por el que arrastra cadena,

y por su duro señor.

Por la razón que leyendo,

en el gran libro, vigila;

por la razón que vacila:

por la que abraza el error.

Acuérdate en fin, de todos

los que penan y trabajan;

y de todos los que viajan

por esa vida mortal.

Acuérdate aun del malvado

que a Dios blasfemando irrita.

La oración es infinita:

nada agota su caudal.


IV


¡Hija! reza también por los que cubre

la soporosa piedra de la tumba,

profunda sima adonde se derrumba

la turba de los hombres mil a mil:

abismo en que se mezcla polvo a polvo,

y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja

de que el añoso bosque Abril despoja,

mezclar


la suya otro y otro Abril.

Arrodilla, arrodíllate en la tierra

donde segada en flor yace mi Lola,

coronada de angélica aureola;

do helado duerme cuanto fue mortal;

donde cautivas almas piden preces

que las restauren a su ser primero,

y purguen las reliquias del grosero

vaso, que las contuvo, terrenal.

¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,

y cien apariciones peregrinas,

sacuden retozando tus cortinas:

travieso enjambre, alegre, volador.

Y otra vez a la luz abres los ojos,

al mismo tiempo que la aurora hermosa

abre también sus párpados de rosa,

y da a la tierra el deseado albor.

¡Pero esas pobres almas!...¡si supieras

que sueño duermen!... su almohada es fría;

duro su lecho; angélica armonía

no regocija nunca su prisión.

No es reposo el sopor que las abruma;

para su noche no hay albor temprano;

y la conciencia, velador gusano,

les roe inexorable el corazón.

Una plegaria, un solo acento tuyo,

hará que gocen pasajero alivio,

y de que luz celeste un rayo tibio

logre a su oscura estancia penetrar;

que el atormentador remordimiento

una tregua a sus víctimas conceda,

y del aire, y el agua, y la arboleda,

oigan el apacible susurrar.

Cuando en el campo con pavor secreto

la sombra ves, que de los cielos baja,

la nieve que las cumbres amortaja,

y del ocaso el tinte carmesí:

en las quejas de aura y de la fuente

¿no te parece que una voz retiña?

una doliente retiña?

una doliente voz que dice: "Niña,

cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?"

Es la voz de las almas. A los muertos

que oraciones alcanzan, no escarnece

el rebelado arcángel, y florece

sobre su tumba perennal tapiz.

Más ¡ay! los que yacen olvidados

cubren perpetuo horror, hierbas extrañas

ciegan su sepultura; a sus entrañas

¡árbol funesto enreda la raíz!

Y yo también, (no dista mucho el día)

huésped seré de la morada oscura,

y el ruego invocaré de un alma pura,

que a mi largo penar consuelo dé.

Y dulce entonces me será que vengas,

y para mí la eterna paz implores,

y en la desnuda loza esparzas flores,

simple tributo de amorosa fe.

¿Perdonarás a mi enemiga estrella,

si disipadas fueron una a una

las que mecieron tu mullida cuna

esperanzas de alegre porvenir?

Sí, le perdonarás; y mi memoria

te arrancará una lágrima, un suspiro

que llegue hasta mi lóbrego retiro,

y haga mi helado polvo rebullir.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Poema de San Agustín

Dios mío,
mi corazón es un ancho mar
siempre revuelto por las tempestades:
Haz que en ti encuentre la paz y el descanso.

Tú que mandaste al viento y al mar que se calmaran,
y al oír tu voz se apaciguaron,
ven ahora a caminar
sobre las olas de mi corazón
para que recobre la paz y la tranquilidad
y pueda poseerte como mi único bien,
y contemplarte como la luz de mis ojos,
sin confusión ni oscuridad.

Que mi alma, Dios mío, quede libre
de los confusos pensamientos de este mundo,
se refugie a la sombra de tus alas
y encuentre allí
el lugar del consuelo y de la paz.

San Agustín de Hipona, Meditaciones, 37.

lunes, 1 de junio de 2015

Soneto de Antonio de Solís

¿Hasta cuándo mi torpe desvarío 
abusará, Señor, de tu clemencia?
Que parece que aprendo en tu paciencia
más libertad que diste a mi albedrío.

Juzga, corrige, enmienda el error mío
antes que se pronuncie la sentencia.
No llegue, en mi postrera negligencia,
la primera señal de tu desvío.

Tú me diste tu imagen: mi pecado
la borró. Mas, ¡ah, triste! no parezca
tu retrato en mi ciega destemplanza:

vuelva a imprimir tu sangre lo borrado
y, para que la imagen permanezca,
defiéndame de mí tu semejanza.