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jueves, 7 de agosto de 2025

Monólogo del presidente Merkin Muffley en Doctor Strangelove (1964)

 Presidente Merkin Muffley

[Al teléfono con el primer ministro ruso] ¿Hola? Eh, ¿hola? ¿Hola, Dmitri? Escucha, no oigo muy bien, ¿podrías bajar un poco la música? Ajá, mucho mejor. Sí, sí. Bien, ahora te oigo, Dmitri. Claro, claro y se oye bien. Yo también oigo bien, ¿eh? Bien, entonces. Bueno, como dices, los dos oímos bien. Bien. Bueno, es bueno que tú estés bien, y... y yo estoy bien. Estoy de acuerdo contigo. Es estupendo estar bien. [Risas] Ahora bien, Dmitri, sabes que siempre hemos hablado de la posibilidad de que algo saliera mal con la bomba. La BOMBA, Dmitri. La bomba de hidrógeno. Bueno, lo que pasó es que, eh, uno de los comandantes de nuestra base, tuvo una especie de... Bueno, se puso un poco raro en la cabeza. Ya sabes. Solo un poco raro. Y eh, fue e hizo una tontería.

Bueno, te diré lo que hizo. Ordenó a sus aviones... atacar tu país.

Bueno, déjame terminar, Dmitri. Déjame terminar, Dmitri. Bueno, escucha, ¿qué crees que siento al respecto? ¿Te imaginas cómo me siento, Dmitri? ¿Por qué crees que te llamo? ¿Solo para saludarte?

¡Claro que me gusta hablar contigo! ¡Claro que me gusta saludarte! No ahora, pero cuando quieras, Dmitri. Solo te llamo para decirte que ha pasado algo terrible.

Es una llamada amistosa. Claro que es una llamada amistosa. Escucha, si no fuera amistosa, probablemente ni siquiera la habrías recibido. No alcanzarán sus objetivos hasta dentro de una hora como mínimo. Estoy seguro, Dmitri. Escucha, he hablado mucho de esto con tu embajador. No es un truco. Bueno, te lo diré. Nos gustaría darle a tu Estado Mayor del Aire un informe completo sobre los objetivos, los planes de vuelo y los sistemas defensivos de los aviones.

Sí, quiero decir, si no podemos recuperar los aviones, entonces, diría que, eh, bueno, eh, tendremos que ayudarte a destruirlos, Dmitri. Sé que son nuestros muchachos. Bien, escucha, ahora, ¿a quién deberíamos llamar? ¿A quién deberíamos llamar, Dmitri? ¿Al qué, al Pueblo? Tú, perdón, te desmayaste allí. El Cuartel General Central de Defensa Aérea del Pueblo. ¿Dónde está eso, Dmitri? En Omsk. Claro. Sí. Ah, los llamarás primero, ¿de acuerdo? Ajá. Oye, ¿tienes el número de teléfono contigo, Dmitri? ¿Qué? Ya veo. Solo pide información de Omsk.

Yo también lo siento, Dmitri. Lo siento mucho. Bueno, tú lo sientes más que yo. Pero yo también lo siento. Lo siento tanto como tú, Dmitri. No digas que lo sientes más que yo porque yo soy capaz de sentirlo tanto como tú. Así que ambos lo sentimos, ¿de acuerdo? De acuerdo.

Monólogo de Randall en Clerks

 ¡Ay, que te jodan! ¡Que te jodan, amigo! Dios mío, ahí estás. Intentando escaquearte. Soy la causa de toda tu miseria. ¿Quién cerró la tienda para jugar al hockey? ¿Quién cerró la tienda para ir a un velorio? ¿Quién intentó recuperar a su exnovia sin siquiera hablar de cómo se sentía con la actual? ¿Quieres culpar a alguien? ¡Cúlpate a ti mismo! [imitando] "Ni siquiera debería estar aquí hoy". ¡Suenas como un imbécil! Dios mío, nadie te ha obligado a venir. Estás aquí por tu propia voluntad. Te gusta pensar que el peso del mundo recae sobre tus hombros, como si este lugar se derrumbara si Dante no estuviera. Dios mío, sobrecompensas tener un trabajo que es básicamente un trabajo de monos. ¡Pulsas botones! Cualquiera podría entrar aquí y hacer nuestro trabajo. Estás obsesionado con hacerlo parecer mucho más épico, mucho más importante de lo que es en realidad. Dios mío, trabajas en una tienda de conveniencia, Dante, y mal, debo añadir. Yo trabajo en una tienda de videos de mierda, y mal también. Sabes, ese tal Jay tiene toda la razón, tío, no se hace ilusiones sobre lo que hace, sobre lo que es. ¿Nosotros? Nos gusta parecer mucho más importantes que la gente que viene aquí a comprar el periódico o, Dios no lo quiera, cigarrillos. Los menospreciamos como si fuéramos muy avanzados. Bueno, si somos tan avanzados, ¿qué hacemos trabajando aquí?

miércoles, 12 de julio de 2023

Mi Apología. Woody Allen

Mi Apología (Woody Allen)

De todos los hombres célebres que han existido, el que más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas.

No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos.

Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando.

Al final, la valerosa muerte de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el departamento de impuestos sobre la Renta.

Confieso que muchas veces he querido ponerme en lugar del insigne filósofo, y en todas ellas me he quedado inmediatamente traspuesto y he tenido el siguiente sueño:

(La escena transcurre en mi celda. Acostumbro a estar sentado y solo, resolviendo algún intrincado problema de pensamiento racional, por ejemplo: ¿Podemos considerar un objeto como una obra de arte, si sirve también para limpiar la estufa? En este preciso momento, me visitan Agatón y Simmias)

Agatón: Ah, mi buen amigo y viejo sabio, ¿qué tal discurren tus días de confinamiento?

Allen: ¿Qué cabe decir del confinamiento, Agatón? Solo el cuerpo puede estar sujeto a límites. Mi mente vaga con toda libertad, sin que estas cuatro paredes le pongan trabas. Así que en verdad puedo preguntar: ¿existe el confinamiento?

Agatón: Ya, pero ¿Y qué ocurre si quieres dar un paseo?

Allen: ¡Buena observación! No podría.

(Los tres permanecemos inmóviles en actitudes clásicas, casi como un friso. Finalmente, Agatón toma la palabra)

Agatón: Me temo que traigo malas noticias. Te han condenado a muerte.

Allen: ¡Ah, me entristece ser causa de controversia en el senado!

Agatón: De controversia, nada. Unanimidad.

Allen: ¿De veras?

Agatón: En la primera votación.

Allen: ¡Vaya, esperaba un poco más de apoyo!

Simmias: El senado está furioso con tus ideas sobre un Estado utópico.

Allen: Sospecho que no debí sugerir que eligieran un filósofo-rey.

Simmias: Sobre todo cuando, carraspeando, te señalabas a ti mismo.

Allen: Aun así, no consideraré malvados a mis verdugos.

Agatón: Ni yo tampoco.

Allen: ¡Ejem! Sí, bueno… ¿Qué es el mal sino, sencillamente, el bien hecho con exceso?

Agatón: ¿Cómo puede ser?

Allen: Míralo de esta manera. Si un hombre entona una bonita canción, nos resulta grata al oído. Si la canta una y otra vez te producirá jaqueca.

Agatón: Cierto.

Allen: Y si no cesa nunca de cantar, llegará un momento en que querrás estrangularlo con un calcetín.

Agatón: Sí, muy cierto.

Allen: ¿Cuándo ha de cumplirse la sentencia?

Agatón: ¿Qué hora es ahora?

Allen: ¿¡Hoy!?

Agatón: Es que necesitan la celda.

Allen: ¡Bien, pues que así sea! Dejemos que me quiten la vida. Que quede escrito que muero antes de renunciar a los principios de la verdad y la libertad de pensamiento. ¡No llores, Agatón!

Agatón: No lloro. Es alegría.

Allen: Para el hombre sabio, la muerte no es un fin, sino un principio.

Simmias: ¿Por qué?

Allen: Bueno... deja que lo piense un momento.

Simmias: Tómate el tiempo que quieras.

Allen: ¿No es cierto, Simmias, que el hombre no existe antes de haber nacido?

Simmias: Muy cierto.

Allen: ¿Ni existe después de haber muerto?

Simmias: Sí, estoy de acuerdo.

Allen: Hmmm.

Simmias: ¿Y bien?

Allen: ¡Espera un poco, caramba! Me siento perplejo. Ya sabes que me dan únicamente cordero para comer y que nunca está bien asado.

Simmias: La mayoría de los hombres contemplan la muerte como el fin de todo. Y, en consecuencia, la temen.

Allen: La muerte es un estado de no-ser. Lo que no es, no existe. Y, sin embargo, no existe la muerte. Solo la verdad existe. La verdad, y la belleza. Son intercambiables, y también aspectos de sí mismos. ¡Ejem...! ¿Dijeron qué proyectos tenían conmigo?

Agatón: Cicuta.

Allen (Desconcertado): ¿Cicuta?

Agatón: ¿Recuerdas aquel líquido negro que agujereó tu mesa de mármol?

Allen: ¡No me digas!

Agatón: Una sola cucharada. Aunque te la darán en cáliz para que no se derrame nada.

Allen: Me pregunto si dolerá.

Agatón: Dijeron que procurases no hacer una escena. Los demás presos se pondrían nerviosos.

Allen: Hmmm.

Agatón: Les contesté que morirías valerosamente antes que renunciar a tus principios.

Allen: ¡Bien, bien! … Ejem, ¿el concepto de ‘destierro’ no se citó nunca en el debate?

Agatón: Desterrar quedó suprimido el año pasado. Requería demasiada burocracia.

Allen: Bueno … Claro … (Preocupado y distraído, pero intentando conservar el dominio de sí mismo). Yo, ejem … ¿Y qué más hay de nuevo?

Agatón: Oh, me encontré con Isósceles. Tiene una idea estupenda para un nuevo triángulo.

Allen: Bien … bien … bien … (De pronto abandono todo fingimiento). Mira, voy a ser sincero contigo … ¡No quiero morir! ¡Soy demasiado joven!

Agatón: ¡Pero si es tu gran oportunidad de morir por la verdad!

Allen: No me interpretes mal. Yo solo vivo por la verdad. Por otra parte, tengo un almuerzo en Esparta la semana que viene, y me molestaría faltar. Me toca pagar a mí, y ya sabes cómo son esos espartanos, en seguida desenvainan la espada.

Simmias: ¿Se ha vuelto un cobarde el más sabio de nuestros filósofos?

Allen: No soy un cobarde, ni tampoco un héroe. Digamos que estoy más o menos por el medio.

Simmias: Un gusano miedoso.

Allen: Ese es, aproximadamente, el punto exacto.

Agatón: Pero fuiste tú el que demostró que la muerte no existe...

Allen: Un momento, escúchame … Claro que he demostrado muchas cosas. Así es como pago el alquiler. Teorías y pequeñas experiencias. Un comentario travieso de vez en cuando. Máximas ocasionales. Es mejor que recoger aceitunas, pero tampoco hay por qué entusiasmarse.

Agatón: Pero tú demostraste muchas veces que el alma es inmortal...

Allen: ¡Y lo es! Pero sobre el papel. Mira, ese es el gran problema de la Filosofía … resulta tan poco funcional en cuanto sales de clase …

Agatón: ¿Y todas tus disertaciones acerca de que la muerte es lo mismo que el sueño...?

Allen: Así es, pero la diferencia estriba en que, cuando estás muerto y alguien grita: “¡Todo el mundo en pie, ya es de día!”, cuesta un horror encontrar las zapatillas.

(El verdugo llega con una copa de cicuta. Su rostro se parece mucho al del cómico irlandés Spike Mulligan)

Verdugo: ¡Ah … ya estamos aquí! ¿Quién se ha de beber el veneno?

Agatón (Señalando hacia mí): Este.

Allen: ¡Caramba, qué copa tan grande! ¿No suelta demasiado humo?

Verdugo: Es normal. Hay que bebérsela toda, porque la mayoría de las veces el veneno está en el fondo.

Allen: (Por regla general, aquí mi comportamiento difiere totalmente del de Sócrates, y me han advertido, ya que que suelo gritar en sueños): ¡No… no beberé! ¡No quiero  morir! ¡Socorro! ¡No! ¡Por favor!

(El verdugo me tiende el burbujeante brebaje entre mis abyectas súplicas y todo parece perdido. Entonces, el sueño toma un nuevo sesgo, a causa de algún innato instinto de supervivencia, y aparece el Mensajero)

Mensajero: ¡Quietos todos! ¡El senado ha vuelto a votar! Quedan retiradas todas las acusaciones contra ti. Tu valía ha sido finalmente reconocida y está decidido que se te debe rendir un homenaje,

Allen: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Han vuelto a la razón! ¡Soy un hombre libre! ¡Libre! ¡Y me van a homenajear! De prisa, Agatón y Simmias, preparadme las maletas. Tengo que irme, Praxíteles querrá comenzar mi busto cuanto antes. Pero antes de partir, os brindo una pequeña parábola.

Simmias: ¡Vaya! Esto sí que ha sido volverse la casaca. ¿Tendrán idea de lo que se traen entre manos?

Allen: Un grupo de hombres habitan en una oscura caverna. No saben que fuera brilla el sol. La única luz que conocen es el titubeante temblor de las velas que llevan para desplazarse.

Agatón: ¿Y de dónde han sacado las velas?

Allen: Bueno, digamos que las tienen, y basta.

Agatón: ¿Habitan en una caverna y tienen velas? Suena falso.

Allen: ¿No podéis aceptar mi palabra?

Agatón: Está bien, está bien. Pero vayamos al grano.

Allen: Un buen día, uno de los moradores de la caverna sale y ve el mundo exterior.

Simmias: En toda su claridad.

Allen: Justamente. En toda su claridad.

Agatón: Y cuando intenta contárselo a los demás no lo creen.

Allen: Pues no.

Agatón: ¿NO? ¿Entonces?

Allen: Pues, monta una carnicería, se casa con una bailarina y muere de hemorragia cerebral a los cuarenta años.

viernes, 29 de julio de 2022

Castilla, de Manuel Machado

Castilla, de Manuel Machado


El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.


Nadie responde… Al pomo de la espada

y al cuento de las picas el postigo

va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal, responde… Hay una niña

muy débil y muy blanca

en el umbral. Es toda

ojos azules, y en los ojos. lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada.


Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja…

Idos. El cielo os colme de venturas…

¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!


Calla la niña y llora sin gemido…

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

y una voz inflexible grita: ¡En marcha!

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

sábado, 13 de marzo de 2021

A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell. Jorge Luis Borges

 A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell


No rendirán de Marte las murallas

a este, que salmos del Señor inspiran;

desde otra luz (desde otro siglo) miran

los ojos, que miraron las batallas.


La mano está en los hierros de la espada.

Por la verde región anda la guerra;

detrás de la penumbra está Inglaterra,

y el caballo y la gloria y tu jornada.


Capitán, los afanes son engaños,

vano el arnés y vana la porfía

del hombre, cuyo término es un día;


Todo ha concluido hace ya muchos años.

El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado;

estás (como nosotros) condenado.


Jorge Luis Borges, El hacedor (1960)

Loa de la duda. Bertolt Brecht

 LOA DE LA DUDA (Bertolt Brecht)

¡Atrévete a dudar!

Estos son probablemente los versos más subversivos de la historia.

¡duda!

¡Loada sea la duda! Os aconsejo que saludéis

serenamente y con respeto

a aquel que pesa vuestra palabra como una moneda falsa.

Quisiera que fueseis avisados y no dierais

vuestra palabra demasiado confiadamente.


Leed la historia. Ved

a ejércitos invencibles en fuga enloquecida.

Por todas partes

se derrumban fortalezas indestructibles,

y de aquella Armada innumerable al zarpar

podían contarse

las naves que volvieron.


Así fue como un hombre ascendió un día a la cima inaccesible

y un barco logró llegar

al confín del mar infinito.


¡Oh hermoso gesto de sacudir la cabeza

ante la indiscutible verdad!

¡Oh valeroso médico que cura

al enfermo ya desahuciado!


Pero la más hermosa de todas las dudas

es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza

y dejan de creer

en la fuerza de sus opresores.


¡Cuánto esfuerzo hasta alcanzar el principio!

¡Cuántas víctimas costó!

¡Qué difícil fue ver

que aquello era así y no de otra forma!

Suspirando de alivio, un hombre lo escribió un día en el libro del saber.


Quizá siga escrito en él mucho tiempo y generación tras generación

de él se alimenten juzgándolo eterna verdad.

Quizá los sabios desprecien a quien no lo conozca.

Pero puede ocurrir que surja una sospecha, que nuevas experiencias hagan conmoverse al principio. Que la duda se despierte.

Y que, otro día, un hombre, gravemente,

tache el principio del libro del saber.


Instruido

por pacientes maestros, el pobre oye

que es este el mejor de los mundos, y que la gotera

del techo de su cuarto fue prevista por Dios en persona.


Verdaderamente, le es difícil

dudar de este mundo.

Bañado en sudor, se curva el hombre construyendo la casa en que no ha de vivir.


Pero también suda a mares el hombre que construye su propia casa.

Son los irreflexivos los que nunca dudan.

Su digestión es espléndida, su juicio infalible.

No creen en los hechos, sólo creen en sí mismos.

Si llega el caso, son los hechos los que tienen que creer en ellos.

Tienen ilimitada paciencia consigo mismos. Los argumentos

los escuchan con oídos de espía.


Frente a los irreflexivos, que nunca dudan,

están los reflexivos, que nunca actúan.

No dudan para legar a la decisión, sino

para eludir la decisión. Las cabezas

sólo las utilizan para sacudirlas. Con aire grave

advierten contra el agua a los pasajeros de naves hundiéndose.


Bajo el hacha del asesino,

se preguntan si acaso el asesino no es un hombre también.

Tras observar, refunfuñando,

que el asunto no está del todo claro, se van a la cama.

Su actividad consiste en vacilar.

Su frase favorita es:”No está listo para sentencia”.


Por eso, si alabáis la duda,

no alabéis, naturalmente,

la duda que es desesperación.

¿De qué sirve poder dudar

a quien no puede decidirse?

Puede actuar equivocadamente

quien se contente con razones demasiado escasas,

pero quedará inactivo ante el peligro

quien necesite demasiadas.


Tú, que eres un dirigente, no olvides

que lo eres porque has dudado de los dirigentes.

Permite, por lo tanto a los dirigidos

dudar.

[Bertolt Brecht (1932), Poemas y canciones. Madrid: Alianza Editorial.]

lunes, 25 de septiembre de 2017

José Bergamín, Volver no es volver atrás

Volver no es volver atrás

Volver no es volver atrás.
Lo que yo quiero de España
no es su recuerdo lejano:
yo no siento su nostalgia.

Lo que yo quiero es sentirla,
su tierra, bajo mi planta;
su luz, arder en mis ojos
quemándome la mirada;

y su aire que se me entre
hasta los huesos del alma.
Volver no es volver atrás.
Yo no siento la añoranza,

que lo que pasó no vuelve,
y si vuelve es un fantasma.
Lo que yo quiero es volver
sin volverme atrás de nada.

Yo quiero ver y tocar
con mis sentidos España,
sintiéndola como un sueño
de vida, resucitada.

Quiero verla muy de cerca,
cuerpo a cuerpo, cara a cara,
reconocerla tocando
la cicatriz de sus llagas.

Que yo tengo el alma muerta,
sin enterrar, desterrada,
quiero volver a la tierra
para poder enterrarla.

Y cuando la tierra suya
la guarde como sembrada,
quiero volver a esperar
que vuelva a ser esperanza.

Volver no es volver atrás:
yo no vuelvo atrás de nada.

                    José Bergamín