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sábado, 12 de septiembre de 2009

Ítaca, de Constantino Cavafis

ÍTACA

Cuando empieces tu ida hacia Ítaca,
desea que el camino sea largo,
lleno de peripecias, lleno de conocimientos.
A los Lestrígones y a los Cíclopes,
al encolerizado Poseidón no temas,
tales cosas no toparás en tu camino
si tu mirada sigue alta, si una escogida
emoción guía tu alma y tu cuerpo.
A los Lestrígones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no los hallarás
si no los llevas ya dentro del alma,
si tu alma no los coloca ante ti.
Desea que el camino sea largo,
que muchas sean las mañanas estivales
en que con cuánta satisfacción, con qué alegría
entres en puertos por primera vez vistos.
Haz un alto en los mercados fenicios,
y adquiere hermosuras,
nácares y corales, ámbares y ébanos,
y sensuales perfumes de todas clases,
los más abundantes y sensuales que puedas.
Visita muchas ciudades egipcias,
aprende, aprende de los instruidos.
Siempre en tu mente ten a Itaca:
llegar allí es tu destino;
pero no precipites tu viaje en absoluto:
es mejor que muchos años dure
y que, ya anciano, arribes a la isla,
rico con cuanto obtuviste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Itaca:
Itaca te dio el hermoso viaje;
sin ella, no habrías emprendido el camino.
No puede darte nada más:
aunque la encuentres pobre, Itaca no te engañó:
tan sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
ahora ya habrás comprendido qué significan las Itacas.

sábado, 24 de febrero de 2007

EL PLAZO DE NERÓN, Constantino Cavafis



No se inquietó Nerón cuando escuchó
del délfico adivino aquel oráculo.
«Los setenta y tres años témelos».
Quedaba tiempo aún para gozar.
Pues tiene treinta años, y es bien largo
el plazo que le ha concedido el dios
para ocuparse ya en futuros cuidos.
Ahora a Roma volverá un tanto fatigado,
pero tan felizmente fatigado de este viaje,
que ha sido todo días de placer
por teatros, por jardines, por gimnasios...
las noches de las ciudades de Acaya...
Ay, de cuerpos desnudos el placer, ay, sobre todo...
Así Nerón. Y ya en Hispania, Galba
reúne y ejercita sus tropas a escondidas,
el viejo de setenta y tres años.

LA CIUDAD, Constantino Cavafis



Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.

Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios
llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques
-no la hay-ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS, Constantino Cavafis



-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

-¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros.

¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñiendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dara su jefe la acogida.
Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron
hoy con rojas togas bordadas;
por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;
por qué empuñan hoy preciosos báculos
en plata y oro magníficamente cincelados?
Porque hoy llegarán los bárbaros;
y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué no a acuden, como siempre, los ilustres oradores
a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros
y les fastidian la elocuencia y los discursos.

-¿Por qué empieza de pronto este desconciertoy confusión?
(¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era alguna solución.

EL DIOS ABANDONA A ANTONIO, Constantino Cavafis



Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar con músicas fantásticas, -con voces-
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha, y sobre todo
no te engañes, no digas que fue un sueño,
que se confundió tu oído. No confíes en tales esperanzas vanas.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,
quédate inmóvil junto a la ventana y escucha
conmovido, pero no medroso y suplicante
como los cobardes, como un placer postrero los sonidos,
los raros instrumentos del tíaso sagrado
y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.

SOL DE LA TARDE, Constantino Cavafis



¡Sí, yo recuerdo muy bien esta habitación!
Esta pieza y la otra se han alquilado
a empresas comerciales: toda la casa está ocupada
por comerciantes, agentes, compañías.

¡Ah, yo conozco muy bien esta habitación...!
El diván estaba allí, junto a la puerta,
y al pie de él un tapiz de Turquía. Al lado,
la repisa con dos floreros amarillos.

A la derecha, no, enfrente, un armario con espejo.
En el centro, una mesa y tres grandes sillas
de paja. Cerca de la mesa, el lecho
donde nos amamos tantas veces. Pobres muebles,
aún deben existir en algún lado...

Cerca de la ventana, el lecho. El sol de la tarde
daba justo en el centro. Un día, a las cuatro,
nos separamos por sólo una semana.
¡Ay!, esa semana dura todavía.

RECUERDA, CUERPO, Constantino Cavafis



Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
mas también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.

MONOTONÍA, Constantino Cavafis


A un día monótono otro monótono, invariable sigue:
pasarán las mismas cosas, volverán a pasar
los mismos instantes nos hallan y nos dejan.
Un mes pasa y trae otro mes. Lo que viene
uno fácilmente lo adivina: son aquellas
mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega el mañana ya a no parecer mañana.

HE DADO AL ARTE, Constantino Cavafis

Me siento y medito. He dado al Arte
deseos, sensaciones, ciertos entrevistos
rostros o líneas, la insegura imagen
de amores incompletos. Dejad que a él me entregue.
El Arte sabe dar forma a la Belleza,
con toque imperceptible completando la vida
combinando impresiones, combinando los días.

GRISES, Constantino Cavafis

Mirando un ópalo casi gris
recordé unos hermosos ojos grises
que había visto hará unos veinte años...
Nos amamos un mes.

Marchó después a Esmirna, creo,
a trabajar allí y no nos vimos más.
Se habrán empañado -si vive- aquellos ojos;

ajado estará aquel rostro hermoso...
Guárdalos tú, memoria mía, como eran.

Y cuanto de mi amor puedas, memoria,
cuanto puedas, tráemelo de nuevo esta noche.

FUI, Constantino Cavafis


No me até.
Por entero me liberé y me fui.
Hacia goces que estaban
parte en la realidad, parte en mi ser,
en la noche iluminada fui.
Yo bebí un vino fuerte,
como sólo el audaz bebe el placer.

EL VIEJO, Constantino Cavafis



En una esquina del café sonoro de murmullos confusos
un anciano sentado se inclina sobre la mesa,
leyendo un periódico, sin compañía.
Y en el ocaso de su miserable senectud piensa cuán poco gozó en los años)
cuando tuvo la fuerza y el verbo y la belleza.
Sabe que está muy viejo, y lo siente, y lo ve.
Y, sin embargo, le parece que la juventud fue ayer.
¡Corto intervalo, corto! Y piensa en qué forma lo embaucó la prudencia,
cómo de ella se fió y qué locura
cuando la engañadora le decía: «Mañana. Tienes todo tu tiempo».
Se acuerda de los impulsos que detuvo y cuántas
delicias sacrificó. Ocasiones perdidas
que burla ahora su prudencia insensata. ...
A fuerza de rumiar pensamientos y recuerdos
el vértigo lo invade. Y se duerme inclinado sobre la mesa del café.

Retorno a Ítaca, Constantino Cavafis

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.