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miércoles, 12 de julio de 2023

Mi Apología. Woody Allen

Mi Apología (Woody Allen)

De todos los hombres célebres que han existido, el que más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas.

No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos.

Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando.

Al final, la valerosa muerte de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el departamento de impuestos sobre la Renta.

Confieso que muchas veces he querido ponerme en lugar del insigne filósofo, y en todas ellas me he quedado inmediatamente traspuesto y he tenido el siguiente sueño:

(La escena transcurre en mi celda. Acostumbro a estar sentado y solo, resolviendo algún intrincado problema de pensamiento racional, por ejemplo: ¿Podemos considerar un objeto como una obra de arte, si sirve también para limpiar la estufa? En este preciso momento, me visitan Agatón y Simmias)

Agatón: Ah, mi buen amigo y viejo sabio, ¿qué tal discurren tus días de confinamiento?

Allen: ¿Qué cabe decir del confinamiento, Agatón? Solo el cuerpo puede estar sujeto a límites. Mi mente vaga con toda libertad, sin que estas cuatro paredes le pongan trabas. Así que en verdad puedo preguntar: ¿existe el confinamiento?

Agatón: Ya, pero ¿Y qué ocurre si quieres dar un paseo?

Allen: ¡Buena observación! No podría.

(Los tres permanecemos inmóviles en actitudes clásicas, casi como un friso. Finalmente, Agatón toma la palabra)

Agatón: Me temo que traigo malas noticias. Te han condenado a muerte.

Allen: ¡Ah, me entristece ser causa de controversia en el senado!

Agatón: De controversia, nada. Unanimidad.

Allen: ¿De veras?

Agatón: En la primera votación.

Allen: ¡Vaya, esperaba un poco más de apoyo!

Simmias: El senado está furioso con tus ideas sobre un Estado utópico.

Allen: Sospecho que no debí sugerir que eligieran un filósofo-rey.

Simmias: Sobre todo cuando, carraspeando, te señalabas a ti mismo.

Allen: Aun así, no consideraré malvados a mis verdugos.

Agatón: Ni yo tampoco.

Allen: ¡Ejem! Sí, bueno… ¿Qué es el mal sino, sencillamente, el bien hecho con exceso?

Agatón: ¿Cómo puede ser?

Allen: Míralo de esta manera. Si un hombre entona una bonita canción, nos resulta grata al oído. Si la canta una y otra vez te producirá jaqueca.

Agatón: Cierto.

Allen: Y si no cesa nunca de cantar, llegará un momento en que querrás estrangularlo con un calcetín.

Agatón: Sí, muy cierto.

Allen: ¿Cuándo ha de cumplirse la sentencia?

Agatón: ¿Qué hora es ahora?

Allen: ¿¡Hoy!?

Agatón: Es que necesitan la celda.

Allen: ¡Bien, pues que así sea! Dejemos que me quiten la vida. Que quede escrito que muero antes de renunciar a los principios de la verdad y la libertad de pensamiento. ¡No llores, Agatón!

Agatón: No lloro. Es alegría.

Allen: Para el hombre sabio, la muerte no es un fin, sino un principio.

Simmias: ¿Por qué?

Allen: Bueno... deja que lo piense un momento.

Simmias: Tómate el tiempo que quieras.

Allen: ¿No es cierto, Simmias, que el hombre no existe antes de haber nacido?

Simmias: Muy cierto.

Allen: ¿Ni existe después de haber muerto?

Simmias: Sí, estoy de acuerdo.

Allen: Hmmm.

Simmias: ¿Y bien?

Allen: ¡Espera un poco, caramba! Me siento perplejo. Ya sabes que me dan únicamente cordero para comer y que nunca está bien asado.

Simmias: La mayoría de los hombres contemplan la muerte como el fin de todo. Y, en consecuencia, la temen.

Allen: La muerte es un estado de no-ser. Lo que no es, no existe. Y, sin embargo, no existe la muerte. Solo la verdad existe. La verdad, y la belleza. Son intercambiables, y también aspectos de sí mismos. ¡Ejem...! ¿Dijeron qué proyectos tenían conmigo?

Agatón: Cicuta.

Allen (Desconcertado): ¿Cicuta?

Agatón: ¿Recuerdas aquel líquido negro que agujereó tu mesa de mármol?

Allen: ¡No me digas!

Agatón: Una sola cucharada. Aunque te la darán en cáliz para que no se derrame nada.

Allen: Me pregunto si dolerá.

Agatón: Dijeron que procurases no hacer una escena. Los demás presos se pondrían nerviosos.

Allen: Hmmm.

Agatón: Les contesté que morirías valerosamente antes que renunciar a tus principios.

Allen: ¡Bien, bien! … Ejem, ¿el concepto de ‘destierro’ no se citó nunca en el debate?

Agatón: Desterrar quedó suprimido el año pasado. Requería demasiada burocracia.

Allen: Bueno … Claro … (Preocupado y distraído, pero intentando conservar el dominio de sí mismo). Yo, ejem … ¿Y qué más hay de nuevo?

Agatón: Oh, me encontré con Isósceles. Tiene una idea estupenda para un nuevo triángulo.

Allen: Bien … bien … bien … (De pronto abandono todo fingimiento). Mira, voy a ser sincero contigo … ¡No quiero morir! ¡Soy demasiado joven!

Agatón: ¡Pero si es tu gran oportunidad de morir por la verdad!

Allen: No me interpretes mal. Yo solo vivo por la verdad. Por otra parte, tengo un almuerzo en Esparta la semana que viene, y me molestaría faltar. Me toca pagar a mí, y ya sabes cómo son esos espartanos, en seguida desenvainan la espada.

Simmias: ¿Se ha vuelto un cobarde el más sabio de nuestros filósofos?

Allen: No soy un cobarde, ni tampoco un héroe. Digamos que estoy más o menos por el medio.

Simmias: Un gusano miedoso.

Allen: Ese es, aproximadamente, el punto exacto.

Agatón: Pero fuiste tú el que demostró que la muerte no existe...

Allen: Un momento, escúchame … Claro que he demostrado muchas cosas. Así es como pago el alquiler. Teorías y pequeñas experiencias. Un comentario travieso de vez en cuando. Máximas ocasionales. Es mejor que recoger aceitunas, pero tampoco hay por qué entusiasmarse.

Agatón: Pero tú demostraste muchas veces que el alma es inmortal...

Allen: ¡Y lo es! Pero sobre el papel. Mira, ese es el gran problema de la Filosofía … resulta tan poco funcional en cuanto sales de clase …

Agatón: ¿Y todas tus disertaciones acerca de que la muerte es lo mismo que el sueño...?

Allen: Así es, pero la diferencia estriba en que, cuando estás muerto y alguien grita: “¡Todo el mundo en pie, ya es de día!”, cuesta un horror encontrar las zapatillas.

(El verdugo llega con una copa de cicuta. Su rostro se parece mucho al del cómico irlandés Spike Mulligan)

Verdugo: ¡Ah … ya estamos aquí! ¿Quién se ha de beber el veneno?

Agatón (Señalando hacia mí): Este.

Allen: ¡Caramba, qué copa tan grande! ¿No suelta demasiado humo?

Verdugo: Es normal. Hay que bebérsela toda, porque la mayoría de las veces el veneno está en el fondo.

Allen: (Por regla general, aquí mi comportamiento difiere totalmente del de Sócrates, y me han advertido, ya que que suelo gritar en sueños): ¡No… no beberé! ¡No quiero  morir! ¡Socorro! ¡No! ¡Por favor!

(El verdugo me tiende el burbujeante brebaje entre mis abyectas súplicas y todo parece perdido. Entonces, el sueño toma un nuevo sesgo, a causa de algún innato instinto de supervivencia, y aparece el Mensajero)

Mensajero: ¡Quietos todos! ¡El senado ha vuelto a votar! Quedan retiradas todas las acusaciones contra ti. Tu valía ha sido finalmente reconocida y está decidido que se te debe rendir un homenaje,

Allen: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Han vuelto a la razón! ¡Soy un hombre libre! ¡Libre! ¡Y me van a homenajear! De prisa, Agatón y Simmias, preparadme las maletas. Tengo que irme, Praxíteles querrá comenzar mi busto cuanto antes. Pero antes de partir, os brindo una pequeña parábola.

Simmias: ¡Vaya! Esto sí que ha sido volverse la casaca. ¿Tendrán idea de lo que se traen entre manos?

Allen: Un grupo de hombres habitan en una oscura caverna. No saben que fuera brilla el sol. La única luz que conocen es el titubeante temblor de las velas que llevan para desplazarse.

Agatón: ¿Y de dónde han sacado las velas?

Allen: Bueno, digamos que las tienen, y basta.

Agatón: ¿Habitan en una caverna y tienen velas? Suena falso.

Allen: ¿No podéis aceptar mi palabra?

Agatón: Está bien, está bien. Pero vayamos al grano.

Allen: Un buen día, uno de los moradores de la caverna sale y ve el mundo exterior.

Simmias: En toda su claridad.

Allen: Justamente. En toda su claridad.

Agatón: Y cuando intenta contárselo a los demás no lo creen.

Allen: Pues no.

Agatón: ¿NO? ¿Entonces?

Allen: Pues, monta una carnicería, se casa con una bailarina y muere de hemorragia cerebral a los cuarenta años.

domingo, 16 de agosto de 2015

Benito Pérez Galdós, Torquemada orador

B. P. Galdós, de Torquemada en el Purgatorio, cap. VII:

En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa dijeran, rindiendo tributo a la cortesía, los periódicos de la mañana. ¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si hacía uso de la palabra, asumiendo la representación de la junta organizadora, él tan humilde, él tan poca cosa, él, sin duda, el último... pero por lo mismo que era el último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que se había dignado aceptar, etc... Enumeró las batallas que hubieron de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi a rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía. Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle a tirones de su retiro, traerle a donde pudiera recibir los plácemes que merecía... «rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de nuestros loores, señores, para que sepa lo que vale, para que la sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho. (Grandes aplausos; el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. Don Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más.)

No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que debía de tener fama de orador brillante, porque le precedió un murmullo de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que casi tocaban el techo, con los crispados dedos, con todo el semblante congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco, con los lentes, tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el desbordamiento de su oratoria enfática y caleidoscópica, que si aquello dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito. ¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales de efecto! Como el tal ingeniero (no sé si por Madrid o por Lieja) iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por allá, las espirales de humo que escribían sobre el azul del cielo el poema de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de las manivelas; y tras esto, las dínamos, las calorías, la fuerza de cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir a parar al arco iris, a las gotas de rocío que descomponen el rayo solar, y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y a todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de gotas de rocío, dínamos y manivelas.

Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas, hizo la gradación gallardamente. Presentó a la humanidad dándose de cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos por redimir a la humanidad, y esta emperrada en no dejarse redimir. Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los hombres de acción. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna! aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (Grandes aplausos como salutación al nombre.) Después de un breve panegírico del ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones de entusiasmo. Desplomose sin aliento en la silla, como un obrero que se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al hospital.

Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso. «Que hable D. Fulano, que hable el Sr. Tal». La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. A cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar a este y al otro, levantose, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado para llenar este vacío era un antiguo periodista, magistrado por poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.

«Señores -empezó-, nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve a todos a la cárcel (Risas.) Hemos traído engañado al excelentísimo señor Marqués de San Eloy. Él vino a honramos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que le damos un menú (que algunos llaman minuta) de discursos, un verdadero indigestivo para que le haga daño la comida». El preámbulo fue muy divertido, y luego entró en materia diciendo: «Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy, y yo, que lo sé, os lo voy a decir. El Marqués de San Eloy es un pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos. (Risas.) Es un pobrecito que pasaba por la calle, y le hemos invitado a que entrara aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reírse; pobrecito dije y os lo voy a demostrar. No es rico el que poseyendo riquezas, las consagra a labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, porque lo destina a mejorar nuestra condición moral y material». (Aplausos, aunque el argumento a nadie convencía.) Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que terminó, ofreciendo cómicamente su protección al administrador de la humanidad, D. Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves, otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía, ¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego. Otro habló en nombre del Ejército, a que pertenecía, y el de más allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento porque el señor de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga, llamando a Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y al fin concluyó por echarse a llorar; y otro, que había venido de Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó a D. Francisco, lo cual fue el detalle tierno de la solemnidad. Gracias a un oportunísimo quite, se pudo evitar que unos ñales de poetas leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas, y el objeto serio de la solemnidad, no estaba en carácter la lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su mente las primeras frases del discurso.  En los breves instantes que le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas reglas que se había propuesto seguir, a saber: no citar autores en concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio; quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación mental, y encomendándose a su ausente ídolo literario, el señor de Donoso, a quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una segunda alma, levantose y aguardó tranquilo a que se produjese el silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias a los diligentes taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.

- VIII -

«Señores: no voy a pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y vosotros... digo que aunque vosotros gustarais de oírmelo, yo no podría, por causa de mi pobreza... (murmullos) de mi pobreza de medios oratorios. Soy un individuo rudo, eminentemente trabajador, y de la clase de pueblo, artesano por excelencia del negocio honrado... (Bien, bien)... No esperéis en mí discursos más o menos floreados, porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero, señores y amigos, no puedo faltar a lo que exigen de mí vuestra cortesía y mi gratitud y he de manifestar cuatro mal pergeñadas... manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán la expresión sincera de un corazón agradecido, de un corazón noble, de un corazón que late... ahora y siempre, al compás de todo sentimiento hidalgo y generoso. (Muy bien.)

»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi elocuencia... la acción. (Aplausos.) La acción, señores. ¿Y qué es la acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida, la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más que lo que se dice. Hase dicho... (pausa) hase dicho que la palabra es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es toda perlas orientales, y brillantes magníficos. (Aprobación calurosa.)

»Cábeme la satisfacción de contestar a los señores que me han precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (pausa) cúmpleme declarar que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran a ello consideraciones de este y el otro linaje, sin que de cerca ni de lejos me hayan traído aquí móviles de vanidad... hasta el punto de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la línea de conducta que he observado siempre, y afirmarme en la tesis de que debemos rehuir cuanto tienda al enaltecimiento personal... que ¡harta representación tienen en el actual momento histórico las personalidades, señores...! y es tiempo ya de que se glorifiquen los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran principio de obrar (alzando la voz) cada cual en su propio elemento, y en el círculo de sus propias operaciones. (Muy bien, bravo.)

»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra en este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que todo se lo debe a su misma iniciativa, a su laboriosidad, a su honradez, a su constancia. Nací, como quien dice, en la mayor indigencia, y con el sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, orillando un día y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, y evacuando mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo no he hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte con el demonio, como errada y torpemente creen algunos, (risas) yo no tengo el don del milagro. Si he llegado a donde estoy, lo debo a que he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito, dos virtudes. ¿Cuáles son? Helas aquí: el trabajo, la conciencia. He trabajado en una serie no interrumpida de, de... de tareas económico-financieras, y he practicado el bien, haciendo todos los favores posibles a mis semejantes, y labrando la felicidad de cuantas personas me encontraba al alcance de mi acción. (Bien, muy bien.) Ese ha sido mi desideratum, y la idea que he abrigado siempre: hacer todo el bien que podía a mis semejantes. Porque el negocio, vulgo actividad, fijaos bien, señores, no está reñido con la caridad, ni con la humanidad más o menos doliente. Son dos elementos que se completan, dos objetivos que vienen a concurrir en un solo objetivo; objetivo, señores, del cual tenemos una imagen en nuestras conciencias, pero que reside en el Altísimo. (Grandes, ruidosos y entusiastas aplausos.)

»Pero si declaro que siempre fue mi línea de conducta hacer el bien a todos, sin distinción de clases, a todos, tirios y troyanos, también os digo que, como trabajador por excelencia,  nunca, nunca he dado pábulo a la ociosidad, ni he protegido a gente viciosa, porque eso ¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido práctico; eso sería dar el mayor de los pábulos a la vagancia. De mí se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido el Mecenas de la holgazanería. (Delirantes aplausos.)

»He partido siempre del principio de que cada cual es dueño de su propio destino; y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela. No hay que dejarse de la suerte... ¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, dilemas, antinomias, maquiavelismos! No hay más desgracias que las que uno se acarrea con sus yerros. Todo el que quiere poseer los intereses materiales, no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro. Sólo que hay que sudar, moverse, aguzar la entendedera, en una palabra, trabajar, ora sea en este, ora en el otro oficio. Pero, lo que es dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, o enredando con las buenas mozas, (risas) no se gana el pan de cada día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí. Pero es menester que vayáis a cogerlo; porque él, el pan, no puede venir a buscaros a vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya a cogerlo el hombre, a quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el pan, inteligencia para saber dónde está, ojos para verlo, y manos para agarrarlo... (Bravos y palmadas frenéticas.)

»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que supieron emplear todas las horas del día en el clásico trabajo, los que supieron evacuar todas sus diligencias en tiempo oportuno, no dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión de comer o no comer, como el otro, que vosotros conocéis mejor que yo, y no necesito nombrarlo, como el otro, digo, planteó la cuestión de ser o no ser. (Admiración, estrepitosos aplausos.)
   
«Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando a un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va cayendo a pedazos de nuestros rostros. (Ruidosos aplausos, y voces de sí, sí.) Seamos prácticos, digo, serlo vosotros, y yo, que soy perro viejo, os recomiendo que lo seáis. Ser prácticos sí no queréis que vuestra vida revista los caracteres de una tela de Penélope. Si hoy tejéis el bienestar con elementos superiores a vuestros medios, o séase posibles, mañana el déficit os obligará a destejerlo... y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas la espada de Aristóteles... (Rumores.) Quiero decir... He dicho Aristóteles, porque... (se ríe, y ríen todos esperando un chiste) tengo verdadera manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (Sí, sí.) Es mi hombre; le llevo en el pensamiento a todas horas del día. Y como tengo para mí que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo de tal... o nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan sabe quién era ese Damocles? (Risas: voces de «no, no... no lo sabemos».) Pues yo estoy a matar con esas maneras de hablar, y he decidido que la famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero, porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre más grandioso de la antigua Grecia, y del siglo de oro de todos los tiempos. (Bravo, muy bien.)

»Perdonadme la digresión , y volvamos a la tesis. Atendamos más a la acción que a la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco. Trabajar siempre, de consuno con nuestras necesidades, y con el valioso concurso de todos los elementos que concurran a nuestro lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia en este augusto recinto... (enmendándose) y lo llamo augusto, porque en él se reúnen tantas eminencias científicas, políticas y particulares... (bien, bravo); hechas estas declaraciones, paso a concretar la cuestión. «¿A qué obedece esta comida? ¿Qué peculiar objetivo lleváis al festejarme, a mí, tan humilde? Pues habéis visto en mí un hombre activo, de suyo, dispuesto a patrocinar los grandes adelantos del siglo, a llevarlos al estadio de la práctica. Yo pongo mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no miro a mi interés, sino al interés general, al interés público de la humanidad, que bien necesitada está la pobrecita de que se interesen por ella. Heme lanzado a emprender obras muy importantísimas, sin ambición alguna de lucro privado, podéis creérmelo, y a favorecer a mi patria natal llevando la locomotora con su penacho de humo a través de los campos. Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como las idolatro, si no fuera mi bello ideal el progreso, yo no patrocinaría la locomotora, patrocinaría el carromato, y no vería más lazo de unión entre los pueblos que el ordinario de Astorga, o el ordinario de Ponferrada. Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo eminentemente práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la ordinaria del mundo entero, la locomotora. (Frenéticos aplausos.)

»Adelante con la ciencia, adelante con la industria. El mundo se transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la claridad preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones de aceite, velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado. De donde saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. ¡Cuán gran verdad es, señores, que esto matará aquello... como dijo, y dijo muy bien... quien todos sabéis! (Aplausos prolongados.)

»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy humildísimo, muy llano, de cortas facultades (voces de no, no), de pocas luces (no, no), de escasa instrucción; pero a formalidad no me gana nadie. ¿Queréis que os defina mi actitud moral y religiosa? Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (murmullos de aprobación), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar a labrarme una posición independiente. Y no creáis que doy de lado, por decirlo así, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar al César lo que es del César, y al Altísimo... también lo suyo. Porque a buen católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las veneradas creencias. Adoro a mi familia, en cuyo... foco, en cuyo seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no hay más que un paso... (Con ternura.) Yo no debía hablar de estas cosas, que son del elemento privado... (Voces: sí, sí, que siga.) Pero mi familia, o séase el círculo del hogar doméstico, es lo primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no siga... (Gran emoción en el auditorio.)

»De política nada os digo. (Voces: sí, sí.) No, no señores. No he llegado a saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos sirven. (Risas.) Yo no he de ser poder, ni he de repartir credenciales... no, no... Veo que pululan los empleados, y que no hay nadie que se decida a castigar el presupuesto. Claro, no castigan porque a los mismos castigadores les duele. (Risas.) Yo me lavo las manos: blasono de obedecer al que manda, y de no barrenar las leyes. Respeto a tirios y troyanos, y no regateo el óbolo de la contribución. A fuer de hombre práctico, no hago la oposición sistemática, ni me meto en maquiavelismos  de ningún género. Soy refractario a la intriga, y no acaricio más idea que el bien de mi patria, tráigalo Juan, Pedro o Diego. (Muy bien.)

»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oírme (no, no), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de mi gratitud por vuestras manifestaciones... por este holocausto, por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que no tienen punto de contacto con mis cortos merecimientos. No me atribuyáis a mí rasgos que no me pertenecen. La verdad ante todo. En la cuestión del ferrocarril no he hecho más que obedecer al impulso de un ilustre y particular amigo mío, aquí presente, y a quien no nombro por no ofender su considerable modestia. (Todos miran al señor Marqués de Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente.) Este amigo es el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y a él se debe la coronación del éxito, porque aunque no ha figurado para nada, detrás de la cortina ha manejado todo muy lindamente, de modo que bien puedo deciros que ha sido... pasmaos, señores, el Deus ex machina del ferrocarril de Villafranca al Berrocal. (Ruidosísimos aplausos. Los leoneses se rompen las manos.)

»Pues... ya no me resta más que deciros sino que mi gratitud será eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes, sin distinción de tirios ni de troyanos (risas), me tienen incondicionalmente a su disposición. No es por alabarme; pero sé distinguir, y nadie me gana en servir a mis amigos y ayudarlos en... lo que necesiten, quiero decir, que en cualesquiera cosa en que necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma y... un compañero, dispuesto a prestarles... todo el concurso desinteresado, todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto soy y cuanto valgo. He dicho. (Aplausos frenéticos, delirantes aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie, palmoteando sin cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término.)

- IX -

Los más próximos se precipitaron a abrazar al orador triunfante, y aquello fue el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos, la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar a tan estrepitosas demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos, de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la gota gorda, no le dijo más que: «Colosal, amigo mío, colosal.

Y otro le aseguró no haber oído nunca un discurso que más le gustase.
   
«¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción! -dijo un tercero.

-Tenemos aquí al apóstol del Sentido común. Así, así se piensa y se habla. Mi enhorabuena más entusiástica, Sr. D. Francisco.

-Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho usted...!

-Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de esta le hacemos a usted ministro.

-¿Yo? Quítese allá -replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto estrujón-. He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.

-Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas, estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.

De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:

«¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted a broma; orador y de los grandes...

-Quite usted... por Dios.

-Orador, sí señor -añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner en su rostro en tales casos-. Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy bien parladas. Mi enhorabuena.

Y luego fue Zárate, que le abrazó llorando, pero llorando de verdad, porque además de pedante, era un consumado histrión, y le dijo: «¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡La ordinaria del mundo entero! Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.

Y al despedirse de todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco llegó a dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no, no se burlaban, porque en efecto, había hablado con sentido; él lo conocía y se lo declaraba a sí mismo, eliminando la modestia. No se consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.

domingo, 9 de agosto de 2015

Hernando de Acuña A un buen caballero, y mal poeta, la lira de Garcilaso contrahecha

Hernando de Acuña

A un buen caballero, y mal poeta, la lira de Garcilaso contrahecha


De vuestra torpe lira
ofende tanto el son, que en un momento
mueve al discreto a ira
y a descontentamiento,
y vos sólo, señor, quedáis contento.

Yo en ásperas montañas
no dudo que tal canto endureciese
las fieras alimañas,
o a risa las moviese
si natura el reír les concediese.

Y cuanto habéis cantado
es para echar las aves de su nido,
y el fiero Marte airado,
mirándoos, se ha reído
de veros tras Apolo andar perdido.

¡Ay de los capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
aunque sean alemanes,
si para ser loados
fueran a vuestra musa encomendados! 

Mas ¡ay, señor, de aquélla
cuya beldad de vos fuere cantada!,
que vos daréis con ella
do verse sepultada
tuviese por mejor que ser loada.

Que vuestra musa sola
basta a secar del campo la verdura,
y al lirio y la vïola,
do hay tanta hermosura,
estragar la color y la frescura.

Triste de aquel cautivo
que a escucharos, señor, es condenado
que está muriendo vivo
de versos enfadado,
y a decir que son buenos es forzado. 

Por vos, como solía,
no reprehende Apolo ni corrige
la mala poesía,
ni las plumas rige,
pues la vuestra anda sola y nos aflige.

Por vuestra cruda mano
aquella triste traducción furiosa
no tiene hueso sano,
y vive sospechosa
que aun vida le daréis más trabajosa.

Por vos la docta musa
no da favor a nadie con que cante,
y mil querellas usa
con un llanto abundante,
mas nunca escarmentáis para adelante.

A vos es vuestro amigo
grave, si no os alaba, y enojoso,
y si verdad os digo,
daisme por ambicioso,
por hombre que no entiende o sospechoso.

Si yo poeta fuera,
viendo la cosa ya rota y perdida,
a Apolo le escribiera,
pues que de sí se olvida,
que reforme su casa o la despida.

Que no ha sido engendrada
la poesía de la dura tierra,
para que sea tratada
como enemigo en guerra
de quien se muestra amigo y la destierra.

Ella anda temerosa
con sobrada razón, y tan cobarde,
que aun quejarse no osa,
ni halla quien la guarde
de que en vuestro poder no haga alarde.

Y estáis os alegrando,
el pecho contra Apolo empedernido,
y a su pesar cantando,
de que él está sentido
y el coro de las musas muy corrido. 

Por ley es condenado
cualquier que ocupa posesión ajena, 
y es muy averiguado
que con trabajo y pena
el oro no se saca do no hay vena.

Pues ¿qué podrá decirse
de quien de versos llenos de aspereza
no quiere arrepentirse,
y para tal dureza
anda sacando fuerzas de flaqueza?

Señor, unos dejaron
fama en el mundo por lo que escribieron,
y de otros se burlaron,
que, en obras que hicieron,
ajeno parecer nunca admitieron. 

Palabras aplicadas
podrían ser éstas a vuestra escritura,
pero no señaladas,
porque es en piedra dura,
y ya vuestro escribir no tiene cura.

Mas digo finalmente,
aunque decirlo es ya cosa excusada,
que no hagáis la gente
de vos maravillada,
juntando mal la pluma con la espada.

Mueran luego a la hora
las públicas estancias y secretas,
y no queráis agora
que vuestras imperfetas
obras y rudo estilo a los poetas

den inmortal materia
para cantar, en verso lamentable,
las faltas y miseria
de estilo tan culpable,
digno que no sin risa dél se hable.

Conrado Nalé Roxlo, A la manera de Alejandro Dumas padre

Conrado Nalé Roxlo,  Antología apócrifa. Buenos Aires: Kapelusz, 1971, pp. 124-127.

A la manera de Alejandro Dumas (padre)

He aquí uno de los capítulos más sombríos de la historia de Francia que, como el triste episodio del Hombre de la Máscara de Hierro y otros del mismo jaez, ha sido escamoteado persistentemente por los historiadores oficiales, pero que se encuentra debidamente documentado por un cronista de la época en los archivos secretos de la "Biblioteca Mazarino", apartado 316, casillero 489, expediente 1975. El cronista anónimo nos narra lo siguiente, en el pintoresco francés de la época: 

"El rey Sol amaneció nublado aquella mañana. Su nube no era detristeza, ni de mal humor, ni de furia; era, simplemente, una nube de distracción. Esto fue notado desde el primer momento por los cortesanos, basándose en el hecho, francamente insólito, de que, durante el besamanos, varias veces se equivocó ofreciendo a los labios palatinos su regio pie. Con tal motivo, el señor de Voltaire hizo esta ingeniosa frase: "Su Majestad da hoy más pie que nunca para la adulación". Luisa de Lavalliére fue confundida por él con una simple sirvienta y reprendida severamente por no haber barrido las escaleras del Louvre. Para desagraviarla, le regaló un collar de perlas, cuyo precio excesivo habría hecho temblar las finanzas del reino, cosa que no ocurrió porque se olvidó de pagarlo. Pero el episodio más grave fue el del desdichado maese Roulet. Maese Roulet era el encargado de mantener templados y en orden los cuernos de Su Majestad. Su colección de cuernos de caza era célebre. Maese Roulet se presentó aquella mañana llevando al rey una nueva pieza para su colección. El instrumento estaba hecho con el cuerno derecho de un toro sagrado de la India, y sonaba maravillosamente. El rey resopló los primeros compases de su alalí favorito, y, al devolver el instrumento al buen menestral, le dijo:

-Es de los buenos, marqués.

-Sire -respondió el bueno de Roulet-, yo no soy marqués, pertenezco al estado llano.

-El rey de Francia no se equivoca. Desde hoy lo eres.

-Gracias, sire. Y, si no es indiscreción, ¿marqués de qué?

-Marqués del Cuerno

Fue la regia respuesta. Una dama, de las muchas que en aquella época tenían abierta "boutique d'esprit", susurró: -He ahí un título al que la mitad de la nobleza tiene derechos adquiridos. Al oírla, el severo Fenelón enrojeció como una doncella. El nuevo marqués preguntó: -Sire, ¿Puedo retirarme? A lo que el rey Sol, que había vuelto a caer en la distracción que regía aquella mañana, le respondió: -Id con Dios, estimado conde. -¿Esto también va en serio, sire? -interrogó Roulet. -¿El qué, muchacho? -Lo de conde.-
Sacré nom d'un chien! -gritó Su Majestad, furioso por haberse equivocado otra vez; pero, no queriendo dar su cetro a torcer, pues era bastante testarudo, agregó-: Cuando yo digo conde, conde es.
-Gracias, Majestad, ¿y conde de qué soy ahora? -De lo mismo. 

Pero un maestro de heráldica, ciencia que respetaba mucho Luis XIV, explicó que, al ascenderle en la escala de la nobleza, tendría que agregarle otro cuerno por lo menos. Y así se resolvió.

-¿Quedamos, entonces -dijo el monarca-, en que sois duque de los Dos Cuernos?

-Duque no, simplemente conde.

-¿He dicho duque? ¡Pues sea, y no me repliquéis! ¡En mi vida he visto un príncipe más contestador!

-¿A qué príncipe os referís, sire? -preguntó el primer ministro Fouquet, bastante alarmado por el giro que tomaba el asunto.

-¡A este príncipe Roulet de los cien mil cuernos! -exclamó el rey fuera de sí, y agregó, ya perdidos los estribos de la corona-: ¡Idos de aquí, Majestad, o me enloqueceréis!

Un impresionante silencio recorrió la corte. Los cimientos del Louvre temblaban. El monarca, recobrando su escasa lucidez, dijo entonces:

-Lo siento mucho, mi pobre Roulet, pero, como no puede haber dos reyes en Francia, pues el rey es el jefe del Estado y el Estado soy yo, no tengo más remedio que hacerte ejecutar; eso sí, con honores reales.

Y el verdugo de París cumplió el penoso deber de decapitar en secreto a Jacobo Honorato Roulet, rey de Francia. 

Marcelino Menéndez Pelayo, sátira de Emilio Castelar


Castelar se educó en el krausismo; pero, propiamente hablando, no se puede decir de él que fuera krausista en tiempo alguno, ni ellos le han tenido por tal. Castelar nunca ha sido metafísico ni hombre de escuela, sino retórico afluente y brillantísimo poeta en prosa, lírico desenfrenado, de un lujo tropical y exuberante, idólatra del color y del número, gran forjador de períodos que tienen ritmo de estrofas, gran cazador de metáforas, inagotable en la enumeración, siervo de la imagen, que acaba por ahogar entre sus anillos a la idea; orador que hubiera escandalizado al austerísimo Demóstenes, pero orador propio de estos tiempos; alma panteísta, que responde con agitación nerviosa a todas las impresiones y a todos los ruidos de lo creado y aspira a traducirlos en forma de discursos. De aquí el forzoso barroquismo de esa arquitectura literaria, por la cual trepan, en revuelta confusión, pámpanos y flores, ángeles de retablo y monstruos y grifos de aceradas garras. En cada discurso del señor Castelar se recorre (dos o tres veces) sintéticamente, la universal historia humana, y el lector, cual otro judío errante, ve pasar a su atónita contemplación todos los siglos, desfilar todas las generaciones, hundirse los imperios, levantarse los siervos contra los señores, caer el Occidente sobre el Oriente, peregrina por todos los campos de batalla, se embarca en todos los navíos descubridores y ve labrarse todas las estatuas y escribirse todas las epopeyas. Y, no satisfecho el Sr. Castelar con abarcar así los términos de la tierra, desciende unas veces a sus entrañas, y otras veces súbese a las esferas siderales, y desde el hierro y el carbón de piedra hasta la estrella Sirio, todo lo ata y entreteje en ese enorme ramillete, donde las ideas y los sistemas, las heroicidades y los crímenes, las plantas y los metales, son otras tantas gigantescas flores retóricas. Nadie admira más que yo, aparte de la estimación particular que por maestro y por compañero le profeso, la desbordada imaginativa y las condiciones geniales de orador que Dios puso en el alma del señor Castelar. Y, ¿cómo no reconocer que alguna intrínseca virtud o fuerza debe de tener escondida su oratoria para que yendo, como va, contra el ideal de sencillez y pureza, que yo tengo por norma eterna del arte, produzca, dentro y fuera de España, entre muchedumbres doctas o legas, y en el mismo crítico que ahora la está juzgando, un efecto inmediato, que sería mala fe negar? Y esto consiste en que la ley oculta de toda esa monstruosa eflorescencia y lo que le da cierta deslumbradora y aparente grandiosidad no es otra que un gran y temeroso sofisma del más grande de los sofistas modernos. En una palabra, el señor Castelar, desde los primeros pasos de su vida política, se sintió irresistiblemente atraído hacia Hegel y su sistema: "Río sin ribera, movimiento sin término, sucesión indefinida, serie lógica, especie de serpiente, que desde la oscuridad de la nada se levantan al ser, y del ser a la naturaleza, y del espíritu a Dios, enroscándose en el árbol de la vida universal". Esto no quiere decir que en otras partes el señor Castelar no haya rechazado el sistema de Hegel, y menos aún que no haya execrado y maldecido en toda ocasión a los hegelianos de la extrema izquierda, comparándolos con los sofistas y con los cínicos, pero, sin hacer alto en estas leves contradicciones, propias del orador, ser tan móvil y alado como el poeta (¿ni quién ha de reparar en contradicción más o menos, tratándose de un sistema en que impera la ley de las contradicciones eternas?); siempre será cierto que el señor Castelar se ha pasado la vida haciendo ditirambos hegelianos; pero, entiéndase bien, no de hegelianismo metafísico, sino de hegelianismo popular e histórico, cantando el desarrollo de los tres términos de la serie dialéctica, poetizando el incansable devenir y el flujo irrestañable de las cosas, "desde el infusorio al zoófito, desde el zoófito al pólipo, desde el pólipo al molusco, desde el molusco al pez, desde el pez al anfibio, desde el anfibio al reptil, desde el reptil al ave, desde el ave al mamífero, desde el mamífero al hombre." De ahí que Castelar adore y celebre por igual la luz y las sombras, los esplendores de la verdad y las vanas pompas y arreos de la mentira. Toda institución, todo arte, toda idea, todo sofisma, toda idolatría, se legitima a sus ojos en el mero hecho de haber existido. Si son antinómicas, no importa: la contradicción es la ley de nuestro entendimiento. Tesis, antítesis, síntesis. Todo acabará por confundirse en un himno al gran Pan, de quien el señor Castelar es hierofante y sacerdote inspirado. 

José Manuel Marroquín, Serenata

Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca
las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran,
y que los gorjeos pájaran
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas
cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.

Tú en tanto duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así burla
de las amas del que te ansia
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Persiane un poco la abra
y suspire los recibos
que esta pobra exhale alma!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
que un milicio de musicas
me flauta con su compaña,
en tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada.
Ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Esas tus arcas son cejos
con que flechando disparas.
Cupido peche mi hiero
y ante tus postras me planta.
Tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla,
tu cisne como el de un cuello,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de un anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
¡y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas!

domingo, 18 de marzo de 2007

SERENATA, José Manuel Marroquín



Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca
las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran,
y que los gorjeos pájaran
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas
cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.
Tú en tanto duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así burla
de las amas del que te ansia.
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Persiane un poco la abra
y suspire los recibos
que esta pobra exhale alma!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
que un milicio de musicas
me flauta con su compaña,
en tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada.
Ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Esas tus arcas son cejos
con que flechando disparas.
Cupido peche mi hiero
y ante tus postras me planta.
Tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla,
tu cisne como el de un cuello,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de un anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
¡y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas!

lunes, 19 de febrero de 2007

Quijote macarrónico, por Ignacio Calvo

El Quijote en latín macarrónico por Ignatium Calvum
Historia domini quijoti manchegui

CAPITULUM PRIMERUM


In isto capítulo tratatur de qua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus

In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus. quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum. In isto consumebat tertiam partem suae haciendae, et restum consumebatur in trajis decorosis sicut sayus de velarte, calzae de velludo, pantufli et alia vestimenta que non veniut ad cassum.

Talis fidalgus non vivebat descalzum, id est solum: nam habebat in domo sua unam aman quae tenebat encimam annos quadraginta, unam sobrinam quae nesciebat quod pasatur ab hembris quae perveniunt ad vigésimum, et unum mozum campi, qui tan prontum ensillaba caballum et tan prontum agarrabat podaderam. Quidam dicunt quod apellidábatur Quijada aut Quesada, álteri opinante quod llamábatur otram cosam, sed quod sacatur in limpio, est quod suum verum apellidum era Quijano: sed hoc non importat tria caracolia ad nostrum relatum, quia quod interest est dícere veritatem pelatam et escuetam. Oportet scire quod sobredichus fidalgus, in ratis quibus estabat ociosus (qui erant quasi totis anni) enfrascabatur in lectura librorum caballeriae cum aficione tanta et gustu tanto, quod dejavit quasi per completum exercicium cazae et etiam administrationem suae haciendae, et tam emperratum estabat in istis cosis de la caballeria andante quod véndidit plures fanegas terrae sembradurae ut compraret libros ad talem asuntum pertinentes, de quibus implevit domum suam. Noctes et dies estabat dale que dale super interpretacionem quarundam frasium sicut ista: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Non est dicendum, tremendum baturrillum formatum in suo calletre, qui quidem, magis quam cerebrum humanum, videbatur espuertam gatorum pequeñorum.

In multis ocasionibus, disputavit cum Parroco sui pópoli (qui erat homo doctus gratuatus in Seconcia) super qualem fuisset meliorem caballerum, Palmerinum Inglaterrae aut Amadisem de Gaula. et in ista disputacione interiTeniebat magister Nicolás (barberus pópuli) dicendo quod nullus caballerus llegavit ad alturam caballeri dicti del Febo, cum quo solúm potebatur comparare dóminus Galaor, frater Amadisis de Gaula, qui non erat tan melindrosus nec lloriques sicut ille et tamen in valore non ibat in zagam illius. In uno verbo dicamus totum: ille consumebat dies enteros et noctes completas in istis lecturis, et ita cum tan exigua dormicione et lectura tan multiplicata, secavit molleram suam et pérdidit judicium. Totum quod in illis libris legebat, sicut amores, pendenciae, batallae, requiebri, etc., etc., intrabat in sua fantasia et arraigabat tantum in illa, ut nulla historia erat plus vera quam illae tonteriae.

Dicebat quod erat bonus caballerus Cid Ruy Díaz, sed non potebat descalzare caballero dicto de la Ardiente Espada qui quidem cum uno solo revesaire, fecit quatur cachos duobus fieris et descomunálibus gigántibus. Sed cum quo magis perdebat chavetam, erat cum Reinaldos de Montalbán et multo magis quando videbat illum salire de suo castillo ad furandum omnes quos topabat, sine parare in barras, sicut fecit cum ídolo áureo Mahomae ad quem echavit uñas et apañavit, ut historia narrat. Revolvebantur tripae suae, propter imposibilitatem propinandi unam pateaduram, traidori Galaon et cum gustu dedisse propter istam pateaduram, amam suam et etiam sobrinam tanquam añadiduram.

Et accidit quod rematatum totaliter judicium suum, empollavít in suo cacúmine ideam tan extravagantem, ut nullus locus soñáverat usque ad illum tempus: Ille crédidit non solúm conveniens sed necesarium suo honori et honori reipúblicae. fieri caballerum andantem et percúrrere mundum cum suis armis et suo caballo, ad buscandas aventuras et ad faciendas omnes fazañas scriptas in suis libris predilectis, cum quo adquireret aeternum nomen et famam aeternam. Statim ac concepít talem chifladuram, dedit se prisam ad realizandam illam. Primum quod fecit fuit limpiare quasdam armas quae erant suorum abuelorum et quiae estabant arrinconatas et plenas orinis et mohi, sed quando habebat illas limpias, notavit quod habebant faltam magnam scilicet carebant celata encaji, quia tantún habebant simplem morrionem; sed non se acobardavit per ipsum, quia ille erat mañosus et aprehendens áliquos cartones arreglavit unam cosam quae videbatur celatam. Ut se cercioraret de consistencia talis aparatus, sacavit gladium et dedit super illam duos mandobles et, quómodo potest suponere, fecit illum añicos, perdens in uno momento quod fecerat in semana una; sed non arredravit se per ipsum golpem fatalem; sumpsit álteros cartones et fecit álteram celatam et reforzavit eam cum barris ferreis et excusis mandoblibus, vidit esset bonam et risit de gustu.

Postea bajavit ad cuadram ad examinandum caballum suum, qui quidem etsi habebat plures tachae quam caballus Gonela, qui tantilm pellis et ossa fuit, apparuit Quijoto melior quam Bucefalum Alexandri Magni et melior quam Babieca Cidis. Quator dies pasavit cavilando qualem nomen fuerit adequatum ad rocinem suum, quia conveniebat quod caballus tanti caballeri, habuerit nomen struendosum et rotundum, et posquam scripsit multa nómina et borravit et áddidit et trasmutavit et tornavit et revolvit, venit ad nomen Rocinante, nomen altum, sonorum et significativum in mente Quijoti. Impósitum nomen caballo, restabat álteram cosam non minus peliagudam, scílicet imponere nomern seipso, in quo empleavit non minus quam octo diés, et ad finem illorum, venit ad se nominandum Quijote ad secas.

Dun saboreabat nomen, venit ad suam mantem, quod ille valerosus amadis, non quedavit satisfechum cum se nominare tantúm Amadis, sed addidit nomen partie suae, et nominativ se: Amadis de Gaula, propoter quod noster homo dedit brincum in honorem, felicis ocurrenciae, et dixit: Ego nominabor Quijote de la Mancha.
Totum yam ita dispósitum, ut nihil videbatur restarted ad faciendum, nec in armis, nec in caballo: nec in ipso, vedit cum manga desconsolacione quod adhuc restabat barum ad desolladum id est,restabat buscare damam ad quam dediscasset amorem suum, quia caballerus andantis sine amóribus, erat velut arbol sin frúctibus nec folis, corpus sine ánima, aut melius esqueletus sine carne.

Dicebat ille: " Si ego invenio áliqüem gigantem, et in lucta derrivo eum in terra; aut facio sui córporis duos cachos, aut simpliciter rindo eum; non erit bunum non habere damam ad quam remítere et ad cuyus pedes ínquetur de rodillas, dicens húmili voci: -Ego, dómina sum gigans Caraculiambrus, dóminus ínsulae Malindrania, qui vinctus fuit, in singulares batalla, ab illo nunquam bene laudato dómino Quijoto de la Mancha, qui remitit me ad vos, ut disponaits de me sicut antojetur.

Cum tali discurso, dóminus Quijotus salivit de suis casillis et magis, quando statim invenit objetum femininum suarum ilusionum, qui erat una moza lugaris vicini pro qua in áltero témpore ille andubuit enamoratum. Illa erat mcuhacha labradora boi visus, quae apellabatur Aldonza Lorenzo, naturalis de El Toboso et ad quam etiam mudavit nomen un álterum póeticum, peregrinum et significativun, sicut omnes quos imposureat sibi ipsi et suis cosis: dómina amorum dómini Quijoti, appellata fuit, usque in aeternum, Dulcinea del Toboso.

CAPITULUM SECUNDUM

In quo videtur quómodo dóminus Quijotus tiravit se ad campum per vicem primeram

Yam ultimatis ómnibus preparativis, noluit retardare realizacionem suae chifladurae; credens quod mundus enterus piabat per illum, ut desterraret agravia, enderezaret entuertos, corrigeret abusos, satisfáceret deudas et, in uno verbo, apretaret clavijas in tinglatum omnis societatis. Et ita, sine dicere ista boca est mea, et procurando quod nec vidisset eum una rata, quaedam mañana mensis julii, quando adhuc non videbatur in claro, aparejavit Rocinantem, vestivit trajem batallarum, aperuit portam falsarn corralis, dedit timido et silencioso brinco in caballo et exit in campum repletum alborozi, videns cum cuanta bona sombra incipiebat realizare desiderium tanto témpore clavatum in mollera. Posquam fecit dare Rocinanti unum trotecitum, quedavit paratum, considerans quod non erat caballerus armatus; propter quod non poteba (sine quebrantamento legum Caballeriae) fácere arrnas cum áltero caballero, et hoc fecit titubeare. et paucum faltavit ut volveret grupas; sed recordando quod álteri caballeri fecerunt, id est: ut dedisset illis legaliter armas, primus qui toparunt in camino, satisfecit se cum isto remedio, et se proponens pónere in práctica in prima occasione, arreavit jacum et caepit caminare in alis suae locurae.

Andante camino, loqüebatur secum et dicebat: -Quis dúbitat quod in futuris tempóribus, quando veniat ad lucem vera historia mearum fazañarum. ille sapiens narrator qui scribat illas, comenzavit relatum istius primae excursionis cum isto elocuentissimo párrafo? *Pené rubicundus Apolo exténderat per superficiem anchae et espaciosae terrae, fibrae deauratae sui formosi capili et pené parvículi et formosi pajarilli, cum suis arpatis lingiiis, rosatam auroram salutáverant. aerem implendo dulcissimis trinis, famosus caballerus dominus Quijotus de la Mancha, relinqiiens plumas ociosas sui lecti, ascendit super suum famosum Rocinantem et caepit caminare per antiquum et notum campum de Montiel." Deinde dixit:-Felix aetas et dichosum saeculum ille in quo publicentur fazañae meae, dignae esculpi in marmolibus et in bróncibus ut in futurum non perdantur. Et tu, incantator sapiens, cui, pertineat esse coronistam istius historiae, peto a te ut non obliviscas dedicare párrafum me Rocinanti, qui erit compañerus aeternus in ómnibus caminis et in ómnibus carreris.

Deinde hondísimo supiro qui faciebat retemblare fibras sui pechi, dicebat:
-oh, tu, princesa, Dulcinea, domina istius cautivi cordis, magnum agravium me fecisti, quando in meo secessu, voluisti ut ego non compareret ante fermosuram vestram, cum qua repulsa feristi cor meum, plenum tui amoris!
In ista forma ibat dominus Quijutus ensartando disparates super disparates, et caminando pasum ad pasum, sine invenire cosam dignam percontari, cum magna sua desperacione, quia ardenter desiderabat probare esfuerzum brazi sui. Veniente nocte, tantum tripae rocini quantum tripae caballeri, refunfuñabant ad invicem, petiendo respective pajam et panem, et Quijotus aspiciebat ad latum dextrum et sinistrum, quaerens áliquam chozam vel castellum ubi poneret in práctica illum adagium: tripae ferunt pedes. Et vidit a longinquo ventam unam, quae fuit sicut estella quae non ad portalem Belenis condúceret, sed ad palacia suae redemptionis. Tunc metivit espuelas in corpore afarolato sui caballi, et pervenit ad ventam quando nocturnae sombrae seminábantur in terra.

Casualitas fecit ut in porta illius ventae fuerint duae mozae de his quae apellantur de rompi-rasga quae quidem ibant in civitatem Sevillae cum quibusdam arfieris qui voluerunt terminare jornatam in illo ventorro; et sicut noster aventurerus credebat a pédibus juntis, quod totum quod videbat erat cosam creatam ad gustum suae fantasiae, crédidit quod illa venta erat unus castellus cum quatuor túrribus et capitelibus argenti lucientis, cum ponte levadizo, fosa et aliis cosibus ejusdem especiei. Ad quatuor pasus ventae, retinuit caballum, espectans ut aliquis enanus asomasset per almenas ad dandam señalem cum trompeta propter adventum unius caballeri ad castellum. Ocurrit quod quidam homo qui custodiebat cerdos, tocavit cuernum, ut cerdi venissent ad corralem, et credens Quijotus quod sonus cuerni erat sonus trompetae enani castelli, pervenit ad locum portae ubi erant mozae quas ille judicabat princesas, et sistens ante illas ut darent salutacinem propfiam, vidit quod muchachae currebant; sine dubio espantatae tamañi adefesii. Credens dóminus Quijotus quod illae fugiebant per metum, elevavit viseram, et cum talante gentili et mesurata voce, dixit illis:-Non fuyades nec timeatis áliquem desaguisatum a me; nam Ordo Caballeriae in qua milito non facit dannum cuiquam, et minus fecerint doncellis tan altis ut vos sicut vestra presencia demonstrat. Aspiciebant illum mozae cum óculis picarónibus, et magis quando audiverunt appellari doncellae (quod quidem non erant nee per forrum), et nor potebant tenere risum, et fiserunt usque ad talem extremum, quod dóminus Quijotus amoseavit se, et dixit illis: -Bené est quod fermosae habeant mesuram, et est insensatam risam per causam levem: sed non dico vos istud, ut enfadetis sed ut corrigatis et mostretis bonum talantem, nam meus non est nisi vos servire. Verba ista facerunt acrecentare risam in mozis et enojum in caballero, et fortasse fecisset iste áliquem esperpetum, si non appareret venterus, homo gordus et per inde pacíficus, qui videns hóminem talis fachae, nihil faltavit ut acompañaret doncellis in risu, sed timens máquinam tanti pertrechi bellicosi, determinavit loqüere illum cum pulsu et recato, dicens: -Si merces vestra qüaerit postam. excepto lecto (quia in hae venta nullus est), totum álterum inveniet in illa cum abundancia multa.

Videns Quijotus humilitatem aleaidis castelli (quia ut talem reputabat ventero) respondit: -Quaecumque cosa, domine eastellane, súfficit mihi, quia arrei mei sunt armae et reposum meum est peleare. Et replicavit venterus:-Si ita est quemádmodum dixisti, colehoni vestrae mercedis erint durae peñae et sommium velare; et per conseeuenciam, potestis descéndere de caballo vestro, cum secufitate encontrandi in choza ista occasio et occasiones ut non dormiatis non tantúm in una nocte sed nec in uno anno.Hoc dicens llegavit ad estribum, et tenuit illum, ut posset Quijotus apeari; quod quidem fecit cum multis apuris et diflcultátibus, sieut potebatur esperare de quo nec bocatum echáverat in boca durante illo die. Pené vidit se noster homo in terra, dixit ventero ut curaret con multo mimo suo caballo, qui erat melior bichus qui comedebat panem in mundo, quod non credidit amus ventae, nam aspiciebat caballo et dicebat: -Tu comedebis panem, sed ego magis credo quod manducas aleluyas. Cuando volvebat venterus acomodandi jacum in cuadra, invenit quod muchachae, yam reconciliatae erant cum Quijoto et estabant despojando illum de prendis suae armaturae cum multo contentu Quijoti, qui sentiens contactum manus femininae et aspirando cercanum alientum pechorum princessarum, encandilavit se et caepit versificare illum romancem Lanzaroti in ista vel pari forma:
Nunquam fuerat caballerus per damas agasajatus sicut dóminus Quijotus de domo sua escapatus; nam doncellae curant illum et princesae suum caballum.

Deinde continuabat in prosa: -Caballus meus, dóminae meae, apellatur Rocinante et nomen meum est Quijotus de Mancha; quod volebat habere ocultum, sed vena poética fecit me revelare et yam revelatum non sum pesarosus, ut si per acasum quaedam dies habetis necesitatem mei. Mozae qui intelligebant minus de retoricis istis, quam de álteris, solum responderunt: -Dejetur merces vestra de retrónicas et dicat nos si desiderat manducare quamcumque cosam. -Utique-respondit Quijotus-ego volo manducare; quia credo quod faciet mihi bonum provechum. Sicut illa dies erat viernes, non tenebant in illa venta ad manducandum nisi áliquas raciones cujusdam pescati de hoc qui in Castella dicunt abadejo in Andalucia bacalao, in álteris provinciis curadillo, et in otris truchuela. Dixerunt illi si volebat manducale truchuelam, et respondit -Si truchuela sunt muchae, idem est ac si manducasset unam trucham grandem; nam tamtum interest mihi ut dent ocho reales sencillos, quam unum de a ocho, et super totum: quis sapit si truchuelae non Sunt meliore quám cabritum aut terneram? Quidquid sit, veniat prontum, quia pesum armarum non potest bene soportare sine gubernio triparum.

Disposuerunt mensam coenae in porta ventorri, et erat valde chuscum, vídere quómodo dóminus Quijotus caenabat; nam quando mozae desnudaverunt eum ex armis, non potuerunt quitare celatam, quae estabat sujecta cápiti cum quibusdam cintis colore viridi, dóminus Quijotus preferuit, magis quam cortarent nudos factos in cintas, permanere cum celata encasquetata in cápite: propter hanc causam non potebat llevare in bocam nihil: et ita mozae tenebant dare illi coenam poquitum ad pocum. Sed dare illi bibendi non erat posíbile, nec fuisset, si venterus non habuisset ocurrenciam horadandi cañam unam, cujus extremus intrabat per bocam usque ad gaznatem, et per álterum extremum, echabant liquidum quem ille deglutiebat cum géstibus et gárgaris quos sunt fáciles suponendi. In hoc resíbili spectáculo estabant, quando pervenit ad ventam quidam castrator puercorum et statim fecit sonare chiflum cañarum, quatuor aut quinque vices; cum quo dóminus Quijotus confirmavit suam creenciam estandi in castella famoso ubi serviebant coenam cum musica; ubi bacalatus erat trucha; ubi pillus venterus erat castellanus, et ubi ramerae erant princesae; cum quo toto, dedit per bene empleatam suam determinacionem: sed quod magis faciebat illi la tal y la cual, erat non se videre armatum caballerum et ad totum trancem desiderabat ingresare in Ordine Caballeriae.