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viernes, 21 de febrero de 2025

Miguel de Unamuno, Es de noche, en mi estudio

 Es de noche, en mi estudio.

Profunda soledad; oigo el latido

de mi pecho agitado

es que se siente solo,

y es que se siente blanco de mi mente

y oigo a la sangre

cuyo leve susurro

llena el silencio.

Diríase que cae el hilo líquido

de la clepsidra al fondo.

Aquí, de noche, solo, este es mi estudio;

los libros callan;

mi lámpara de aceite

baña en lumbre de paz estas cuartillas,

lumbre cual de sagrario;

los libros callan;

de los poetas, pensadores, doctos,

los espíritus duermen;

y ello es como si en torno me rondase

cautelosa la muerte.

Me vuelvo a ratos para ver si acecha,

escudriño lo oscuro,

trato de descubrir entre las sombras

su sombra vaga,

pienso en la angina;

pienso en mi edad viril; de los cuarenta

pasé ha dos años.

Es una tentación dominadora

que aquí, en la soledad, es el silencio

quien me la asesta;

el silencio y los sombras.

Y me digo: «Tal vez cuando muy pronto

vengan para anunciarme

que me espera la cena,

encuentren aquí un cuerpo

pálido y frío

la cosa que fuí yo, éste que espera ,

como esos libros silencioso y yerto,

parada ya la sangre,

yeldándose en las venas,

el pecho silencioso

bajo la dulce luz del blando aceite,

lámpara funeraria.»

Tiemblo de terminar estos renglones

que no parezcan

extraño testamento,

más bien presentimiento misterioso

del allende sombrío,

dictados por el ansia

de vida eterna.

Los terminé y aún vivo

miércoles, 15 de enero de 2025

César Vallejo, A mi hermano Miguel

 A mi hermano Miguel


In memoriam


Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,

donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá

nos acariciaba: «Pero, hijos…»


Ahora yo me escondo,

como antes, todas estas oraciones

vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores,

después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Me acuerdo que nos hacíamos llorar,

hermano, en aquel juego.


Miguel, tú te escondiste

una noche de agosto, al alborear;

pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.

Y tu gemelo corazón de esas tardes

extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya

cae sombra en el alma.


Oye, hermano, no tardes

en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá.

viernes, 8 de marzo de 2024

Fernán Pérez de Guzmán, Coplas a la muerte de Alfonso de Cartagena

Transcribo la edición crítica de Maria Mercè López Casas, pero corrijo la falta de criterios métricos poniendo las diéresis que faltan y remedio la puntuación, que me parece a veces incorrecta. No señalo las haches aspiradas, ni las dialefas ni las sinéresis, pues no hay signo asignado para esas licencias.

COPLAS QUE HIZO EL NOBLE CABALLERO FERRÁN PÉREZ DE GUZMÁN SOBRE EL TRÁNSITO Y MUERTE DEL REVERENDO PADRE Y VIRTUOSÍSIMO PRELADO DON ALFONSO DE CARTAGENA OBISPO DE BURGOS, SU CARO AMIGO. 

Aquel Séneca expiró

a quien yo era Lucilo:

la facundia y alto estilo

de España, con él murió.

Así que, no solo yo,

mas España, en triste son,

debe plañir su Platón,

que en ella resplandeció.


La moral sabiduría,

las leyes y los decretos,

los naturales secretos

de la alta sabiduría;

la sacra teología,

la dulce arte oratoria,

toda verísima historia,

toda sutil poesía


hoy perdieron un notable

y valiente caballero,

un relator claro y vero,

un ministro comendable.

¡Quién dará loor loable

al que a todos loaba! 

Quien de todos bien hablaba,

¡quién será quien de él mal hable!


La Iglesia, nuestra madre,

hoy perdió un noble pastor;

las religiones, un padre;

la fe, un gran defensor.

Pierdan y hayan dolor

los que son estudïosos

y del saber deseosos:

un gran interpretador.


La yedra, so cuyas ramas

yo tanto me delectaba...

El laurel, que aquellas llamas

ardientes del sol templaba, 

a cuya sombra yo estaba...

La fontana, clara y fría,

donde yo la gran sed mía

de preguntar sacïaba...


¡Oh, severa y crüel muerte!

¡Oh, plaga cotidïana,

general y común suerte

de toda la gente humana!

¡En una escura mañana

secaste todo el vergel,

tornando en amarga hiel

el dulzor de la fontana!


¡Oh Fortuna, si fortuna

es verdad que hay en el mundo!

¡Oh más claro y más profundo,

Señor, de la alta tribuna!

¡Cuánto escura y cuán sin luna

es tu ordenanza secreta,

aunque justa, santa y neta,

sin contradicción alguna!


¿Por qué habemos ausencia

de varones virtüosos,

útiles y provechosos

a la humana providencia?

¿Por qué nos queda presencia

inútil y mal compuesta?

De esta causa la respuesta

se remite a tu sentencia.


Queda quien debe partir;

parte quien debe quedar,

que pudiera aprovechar

al político vivir.

De aquí podemos sentir

cuánto grande es la distancia

de nuestra gruesa ignorancia

usada a mal presumir


al tu jüicio divino

alto e inestimable,

Señor mío, uno y trino,

de cïencia incomparable.

Lo que a nos es razonable

parece, Señor, perfecto;

al tu eterno conspecto, 

ni es grato, ni aceptable.


Habido tal presupuesto

y tus jüicios dejados,

yo creo ser causa de esto,

nuestras culpas y pecados.

Aquellos nos son negados,

que por mal vivir perdemos.

Aquellos que merecemos,

esos nos son otorgados.


FIN


El Fénix de nuestra Hesperia,

esciente y muy virtüoso,

ya dejó la gran miseria

de este valle lagrimoso.

Pues, concilio glorïoso

de las cïencias, decid:

¡Oh Jhesu Filii David,

tú le da santo reposo!

sábado, 26 de agosto de 2023

Georg Trakl, Grodek, segunda versión.

Georg Trakl, Grodek. Manuscrito con una segunda versión. Traducción automática.


Por la tarde, los bosques otoñales resuenan

con armas mortíferas, las llanuras doradas

y los lagos azules sobre los que el sol

rueda más sombrío; la noche abraza a

los guerreros moribundos, el lamento salvaje

de sus bocas rotas.


Pero silenciosamente en el suelo de sauces se acumulan nubes rojas,

en las que vive un dios enojado.

La sangre derramada, el frescor de la Luna;

todos los caminos conducen a la decadencia negra.

Bajo las ramas doradas de la noche y las estrellas,

la sombra de la hermana se balancea en el bosque silencioso,

para saludar a los espíritus de los héroes, las cabezas sangrantes;

y las oscuras flautas del otoño suenan suavemente en las cañas.

¡Oh dolor más orgulloso! Ustedes, altares de bronce.

La llama ardiente del espíritu alimenta hoy un dolor tremendo,

los nietos por nacer.


jueves, 11 de junio de 2020

Poemas de la I Guerra Mundial de Siegfried Sasoon

Winston Churchill escribió que toda generación debería releer los poemas de S. Sasoon para saber de verdad qué significaba una guerra. Es traducción libre, traidora y propia:

"Marchan desde la seguridad y la alegría que cantan los pájaros, / desde el plantío verde como la hierba hacia la tierra donde todo es ruina / y nada florece sino el cielo... / A través de un Valhalla lunar pasarán / batallones y batallones destinados al Infierno: / el ejército que no volverá a ser joven; / las legiones que sufrieron, y son polvo"

DESTIERRO

Me desterraron de luchadores y pacientes.
Con pena golpeó mi corazón, se edificó mi orgullo,
y, uno con otro, hombro con hombro, doloridos
se alejaron de la viviente luz de la llanura.
Sus culpas se hicieron mías; aunque siempre, ante mis ojos,
marcharon vestidos de honor. Pero murieron,
no uno tras otro. Y lloré, amotinado
contra quienes los llevaron a la noche.

La oscuridad cuenta cuán en vano me he esforzado
por liberarlos del pozo donde deben habitar por condena.
En marginada penumbra convulsa, mordida y desgarrada
de cañones, el amor me llevó a rebelarme;
y el amor a tientas por el Infierno me los devuelve:
a sus torturados ojos, estoy absuelto.

CONTRAATAQUE

(1918)

Horas antes habíamos alcanzado el objetivo primero.
Y entonces el amanecer surgía con cara que mira preguntándose,
pálida, sin afeitar, sedienta, ciega de humo.
Parecía estar bien todo al principio. Mantuvimos la posición
situando los morteros y las armas en su sitio
y sonaban las palas cavando una trinchera poco honda.
Podrido de muertos estaba el lugar; desparramadas 
y arrastradas a lo largo las torpes pantorrillas de altas botas verdes.
Troncos sin savia boca abajo, chupados por el lodo, revolcados como sacos terreros
llenos apenas, pisoteados, y las nalgas al aire empapadas;
en esteras de yerbajo dormían sus cabezas, abultando coágulos
sobre la baba enlucida. Y entonces comenzó a llover ¡alegre lluvia vieja!

Un enorme soldado se arrodilló contra el borde
escudriñando la mañana: se desvanecía la niebla.
Se preguntó cuánto tiempo más en lo suyo estarían los alemanes;
y luego, por supuesto, comenzaron su barrido de nueve a cinco,
seguro como el destino, y nunca fracasado.
Mudo por el clamor de los obuses, los vio estallar
escupiendo ráfagas de Infierno, alambre espinoso y tierra oscura,
mientras se posaban disueltos los gigantes montones de humo.
Se agachó encogido, mareado, de miedo galopante,
enfermo por escapar, por el horror estrangulado
y los frenéticos gestos de los muertos machacados.

Un oficial bajó corriendo la trinchera:
"¡Ponte en pie y contesta al fuego!" Y se fue
jadeando y gritando "¡contrafuego, contraataque!"
Entonces se disipó la bruma: bombazos a la diestra,
ametralladoras a siniestra, y abajo el lodo eterno:
tambaleantes siluetas se asomaban por delante.
"¡Cristo, vienen por nosotros!" Escupieron sus balas,
y los rifles recordaron: fuego raudo.
Él comenzó a arder salvajemente; después, un estallido
lo arrugó noqueado, girándolo de lado;
gruñía retorcido sin que nadie lo oyera; atragantado,
sofocado, luchaba ya con vendas de sombra aleteante,
perdido en la borrosa confusión de gritos y gemidos.
Abajo y abajo y más abajo se hundió y ahogó
hasta morir desangrado. El contraataque había fallado.

martes, 8 de septiembre de 2015

Nicanor Parra, Es olvido

Nicanor Parra

ES OLVIDO

Juro que no recuerdo ni su nombre,
mas moriré llamándola María,
no por simple capricho de poeta:
por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
supe de la su muerte inmerecida,
nueva que me causó tal desengaño
que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
por la gente que trajo la noticia
debo creer, sin vacilar un punto,
que murió con mi nombre en las pupilas.
Hecho que me sorprende, porque nunca
fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
relaciones de estricta cortesía,
nada más que palabras y palabras
y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
solo queda un puñado de cenizas),
pero jamás vi en ella otro destino
que el de una joven triste y pensativa
tanto fue así que hasta llegué a tratarla
con el celeste nombre de María,
circunstancia que prueba claramente
la exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice 
sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
su inmaterial y vaga compañía
que era como el espíritu sereno
que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
la importancia que tuvo su sonrisa
ni desvirtuar el favorable influjo
que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aún, que de la noche
fueron sus ojos fuente fidedigna. 
Mas, a pesar de todo, es necesario
que comprendan que yo no la quería
sino con ese vago sentimiento
con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo sucede, sin embargo,
lo que a esta fecha aún me maravilla,
ese inaudito y singular ejemplo
de morir con mi nombre en las pupilas,
ella, múltiple rosa inmaculada,
ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
que se pasa quejando noche y día
de que el mundo traidor en que vivimos
vale menos que rueda detenida:
mucho más honorable es una tumba,
vale más una hoja enmohecida.
Nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.

Hoy es un día azul de primavera,
creo que moriré de poesía,
de esa famosa joven melancólica
no recuerdo ni el nombre que tenía.
Solo sé que pasó por este mundo
como una paloma fugitiva:
la olvidé sin quererlo, lentamente,
como todas las cosas de la vida.

domingo, 30 de agosto de 2015

Paul Celan, Fuga de la muerte y otros poemas.

Paul Celan (Czernowitz, 1920 - París, 1970)

Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y comemos
cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos 
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho

Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
tu pelo ceniza Sulamit juega con las serpientes

Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán

tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit
  
                                                               (De Amapola y memoria, 1952)


Lo sé

Y tú, tú también:
ya crisálida.
Como todo lo que mece la noche.

Este batir, volar de alas en redor:
¡yo lo oigo – no lo veo!

Y tú
como todo
lo liberado del día:
ya crisálida.

Y ojos, que te buscan.
Y mi ojo entre ellos.
Una mirada:
un hilo más que te envuelve.

Esta tardía, tardía luz.
Lo sé: los hilos fulgen.
            
                                      (De De umbral en umbral, 1955)
Flor

La piedra.
La piedra en el aire, a la que seguí.
Tu ojo tan ciego como la piedra.

Éramos
manos,
vaciamos las tinieblas, encontramos
la palabra que remontó el verano:
flor.

Flor – una palabra de ciego.
Tu ojo y mi ojo:
proveen
el agua.

Crecimiento.
Pared a pared del corazón
se acumulan las hojas.

Una palabra aún como ésta y los martillos
cimbran libres.
                                        
                                                   (De Reja de lenguaje, 1959)

martes, 11 de agosto de 2015

Goethe, Elegía de Marienbad

En este poema, compuesto en un largo viaje en carro, Goethe se despide del amor al ser rechazado en la vejez por su última enamorada.

Elegía de Marienbad

Johann Wolfgang von Goethe

¿Qué me reserva el devenir ahora
y este hoy, en flor apenas entreabierta?
Edén e infierno mi inquietud explora
en la instabilidad del alma incierta.
¡No! Que al cancel de la eternal morada
los brazos me transportan de mi amada.

Cruel y dulce el ósculo postrero,
almas gemelas, al herir, desprende;
mi pie vacila ante el umbral severo
que un querube flamígero defiende.
Mi ojo impasible ante la vía desierta
ve las selladas hojas de la puerta.

¿Finó ya el orbe? ¿Sus rocosos muros
no se coronan ya de sombra santa?
¡La mies no grana? ¿Prados verdeoscuros
ya no cortejan al raudal que canta?
¿Ni ante el mundo prolífero se extiende
la comba astral que el devenir defiende?

Como para agradarme -cual solía-
ella se empina en el umbral, rïente,
y me da gota a gota su alegría
y se me anuda en ósculo ferviente.
Sobre mis labios me grabó su beso,
con llamas, añoranza y embeleso.

En lo más noble nuestro ser cultiva
anhelos de rendirse a lo inefable
por honda gratitud que el don no esquiva
al Ser puro, a lo Eterno inexpresable.
Llemémosle Bondad; yo a su clemencia
me acojo y me diluyo en su presencia.

«Haz como yo; cotéja el breve instante
con tu grácil cordura; no apresures,
tómalo a punto, dúctil, insinuante,
ya que en la acción o en el amar perdures.
Si vistes de candor en el conflicto,
serás hombre cabal y un héroe invicto».

¡Vano hablar, pensé yo, si un Dios te ha dado
el minuto feliz por compañero!
Todo ser, junto a ti, predestinado
se siente, no mi sino lastimero.
Me espanta tu decir: dejar tu lado
es un alto saber que no he logrado.

Lejos ya estoy. ¿Qué me dará el instante
fugaz? ¡Quién sabe! Mágico tesoro
para crear Belleza. Como Atlante,
me doblo al peso... y me deshago en lloro.
De fuga en fuga, en fútiles andares
y, por alivio, lágrimas a mares.

¡Fluyan y rueden sin cesar! La llama
jamás se apagará, que me devora;
crepita, y por mi pecho se derrama
do muerte y vida traban lid ahora.
Para el dolor del cuerpo hay plantas buenas,
y a mí me ahogan inacción y penas.

Ya perdí el Universo y me he perdido
a mí mismo -yo, amado de los dioses-
su Caja de Pandora me han vertido,
rica en gajes u horóscopos atroces.
Me tientan con la pródiga cascada
de los goces... y me hunden en la nada.

miércoles, 22 de julio de 2015

Fernando de Herrera, Por la pérdida del rey don Sebastián

Por la pérdida del rey don Sebastián

Fernando de Herrera

(c. 1534 – 1597)

Voz de dolor y canto de gemido
y espíritu del miedo, envuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
de aquel día fatal, aborrecido,
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria;
y la llorosa historia
asombre con horror funesto, y triste
desde el áfrico Atlante y seno ardiente
hasta do el mar de otro color se viste,
y do el límite rojo de Oriente
y todas sus vencidas gentes fieras
ven tremolar de Cristo las banderas.

¡Ay de los que pasaron, confïados
en sus caballos y en la muchedumbre
de sus carros, en ti, Libia desierta,
y en su vigor y fuerzas engañados,
no alzaron su esperanza a aquella cumbre
de eterna luz, mas con soberbia cierta
se ofrecieron la incierta
victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
con yerto cuello y corazón ufano
solo atendieron siempre a los despojos
y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó, y cayó en despeñadero
el carro y el caballo y caballero.

Vino el día crüel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
en soledad y en un profundo llanto,
de gente y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo sol, presagio de mal tanto,
y con terrible espanto
el Señor visitó sobre sus males,
para humillar los fuertes arrogantes,
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes
no busquen oro, mas con hierro airado
la ofensa venguen y el error culpado.

Los impíos y robustos indignados
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor, y no cansados
en tu muerte, tu honor todo afearon,
mezquina Lusitania sin ventura;
y con frente segura
rompieron sin temor con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
La arena se tomó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza;
cayó en unos vigor, cayó denuedo;
mas en otros desmayo y torpe miedo.

¿Son estos por ventura los famosos,
los fuertes, los belígeros varones
que conturbaron con furor la tierra,
que sacudieron reinos poderosos,
que domaron las hórridas naciones,
que pusieron desierto en cruda guerra
cuanto el mar Indo encierra,
y soberbias ciudades destruyeron?
¿Dó el corazón seguro y la osadía?
¿Cómo así se acabaron, y perdieron
tanto heroico valor en solo un día;
y lejos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?

Tales ya fueron estos cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con excelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso
sobre empinados árboles crecido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y extendiendo su sombra, se anidaron
las aves que sustenta el grande cielo,
y en sus hojas las fieras engendraron,
e hizo a mucha gente umbroso velo;
no igualó en celsitud y en hermosura
jamás árbol alguno a su figura.

Pero elevose con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado,
haciendo de su alteza solo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impíos y ajenos entregado,
por la raíz cortado;
que opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas y desnudo,
huyeron dél los hombres, espantados,
que su sombra tuvieron por escudo;
en su ruina y ramos cuantas fueron
las aves y las fieras se pusieron.

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido reino lusitano,
y se acabó su generosa gloria,
no estés alegre y de ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
hubo sin esperanza tal victoria,
indigna de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el español coraje,
despedazada con aguda lanza,
compensará muriendo el hecho ultraje;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará de africana sangre el censo.

lunes, 20 de julio de 2015

Federico García Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías


Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías

Federico García Lorca

1. La cogida y la muerte
2. La sangre derramada
3. Cuerpo presente
4. Alma ausente

1. La cogida y la muerte

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y solo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!


2. La sangre derramada

¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga, que no quiero
ver la sangre de Ignacio sobre la arena.
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!
Por las gradas sube Ignacio con
toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea !
No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
corno una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre aura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!


3. Cuerpo presente

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curve ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya esta sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni flora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero mas que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos:
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
4. Alma ausente

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

sábado, 16 de febrero de 2013

Ovidio, Tristes


Ovidio, Tristia, IV, 1:



Si en mis libros, lector, se notan defectos de cuantía, como sin duda se notarán, sírvanles de excusa las circunstancias en que se escribieron. Estaba desterrado, y no apetecía la fama, sino el descanso y la distracción, que me impidiesen pensar continuamente en los rigores que me oprimen. Esto mismo incita al siervo que cava la tierra con los grillos en los pies, y, aligera el penoso trabajo con sus toscas canciones; por esto canta el barquero que encorva su fatigado cuerpo sobre la arena fangosa, al arrastrar la tardía barca contra la corriente del río, o cuando mueve a la vez los remos hacia el pecho y hiende con los brazos las aguas a compás. El pastor, fatigado, se apoya en su báculo o se sienta en la peña, y deleita a sus ovejas con la flauta de caña. Canta, y a la vez gira el huso la sirvienta, para engañar las horas transcurridas en su labor.  Dícese que Aquiles, lleno de pesadumbre por el rapto de Briseida, disipó su tristeza con los acordes de la lira Hemonia, y Orfeo arrastraba las selvas y las rocas insensibles para consolarse de la doble pérdida de su esposa. La Musa es mi bálsamo de consuelo en la comarca del Ponto, adonde fui relegado, y la única fiel compañera de mi destierro, la única que no teme las emboscadas de los hombres, la espada del guerrero, el mar, los vientos y la barbarie. Conoce bien el error que cometí, causante de mi perdición, y sabe que en mi conducta hubo una falta y no un crimen. Sin duda ahora me lisonjea, por lo mismo que me perjudicó cuando fue declarada cómplice de mi delito. En verdad, no quisiera poner las manos en los misterios de las Musas, por lo dañosas que me han sido; pero, ¿qué he de hacer ahora? Vivo dominado por su influjo, y en mi delirio amo los cantos que me ocasionaron el desastre. Así el fruto desconocido del  loto que gustaron los marinos de Duliquio, aunque dañoso, les fue grato al paladar.



Siente por lo común el amante su martirio, y permanece aferrado a su amor y adora al ídolo que sin descanso le martiriza; y así me deleita la poesía, que tanto me ha perjudicado, y amo el dardo que me produjo tan cruel herida. Tal vez mi pasión se gradúe de locura; mas esta locura me reporta no escasa utilidad; impide al pensamiento fijarse de continuo en la tragedia del dolor y le hace olvidarse de los tedios actuales. Como la Bacante en delirio no se da cuenta de su herida al lanzar gritos en las cimas del Edón, así cuando el verde tirso agita mi inflamada fantasía, el entusiasmo se sobrepone a las miserias humanas, y entonces ni siento el destierro, ni las playas del  Ponto de  Escitia, ni luchar contra el enojo de los dioses, y como si bebiese las ondas soporíferas del Leteo, se embota en mí el sentimiento de la adversidad de los tiempos. Con razón venero a las diosas consoladoras de mis penas, que desde el Helicón me acompañaron al destierro; y ya por el piélago, ya por tierra, se embarcaron conmigo y siguieron a pie mis huellas: que al menos me sean propicias, pues la turba restante de los dioses se declaró por César, y me abruman tantas adversidades como arenas hay en la playa, peces en las olas y huevos en el seno de los peces. Antes contarás las flores de primavera, las espigas del estío, los frutos de otoño y los copos de nieve en invierno, que los sufrimientos que en todas partes me maltrataron, hasta que arribó mi infortunio al siniestro litoral del Euxino. Sin embargo, desde que llegué, en nada la fortuna aligeró mis angustias; el adverso destino me ha seguido hasta el fin de la peregrinación. Aquí hube de reconocer que la trama del estambre de mis días se urdió con negros vellones. Sin hablar de las asechanzas y los peligros que se cernieron sobre mi cabeza, harto ciertos, y que acaso parezcan increíbles, ¿cabe mayor infelicidad para un romano, cuyo nombre repetía el pueblo a todas horas, que vivir entre los Besos y los Getas; mayor angustia que las puertas y murallas defiendan su vida, apenas asegurada con las fortificaciones de la ciudad?


Siempre huí de joven las ásperas contiendas bélicas, y nunca manejé las armas sino por juego; y ahora de viejo tengo que ceñir la espada,  embrazar el escudo y cubrir con el yelmo mis canos cabellos; pues así que el centinela desde su puesto da la señal de alarma, enseguida mi trémula mano tiene que empuñar el acero. El enemigo feroz, provisto de sus arcos y flechas envenenadas, recorre las murallas con sus jadeantes corceles. Como el lobo rapaz sorprende y arrastra a través de campos y selvas la oveja que no se encerró a tiempo en el redil, así el bárbaro enemigo, si encuentra en el campo alguno que no se retiró tras de las puertas, le echa mano y lo declara cautivo, poniéndole la cadena al cuello, o le derriba, muerto con sus dardos emponzoñados.


Aquí resido, nuevo colono de lugares tan peligrosos, donde, ¡ay!, arrastro una existencia demasiado larga, y a pesar de todo, entre tantas congojas, mi Musa extranjera se vuelve a los cantos y al antiguo culto; pero ni hallo nadie a quien recitar mis versos, ni nadie cuyos oídos puedan comprender las expresiones latinas. Yo, ¿en qué había de entretenerme? Escribo y leo para mí mismo, y mis obras viven seguras de la benevolencia de su juez. Muchas veces me digo: ¿Cuál es el objeto de tus afanes? ¿Por ventura han de leer tus libros los Sármatas y los Getas? Muchas veces también, al escribir, me saltan las lágrimas, y las letras quedan empapadas con mi llanto. Mi corazón siente las antiguas heridas como si fuesen de ayer, y el triste humor de los ojos resbala y cae en mi seno. Cuando recuerdo en mis vicisitudes lo que soy y lo que era, y pienso en el lugar que me deparó la suerte, y aquel de donde me arrojaron, cien veces arrebatado por la demencia, y enconado contra mis estudios malignos, arrojo los versos, condenándolos al fuego. Puesto que quedan pocos de una gran multitud, seas quien seas, dígnate leerlos con indulgencia. Tú, ¡oh Roma, cuyo, acceso se me prohibe!, acoge benigna mis poesías, que no valen más que mi fortuna.

sábado, 25 de octubre de 2008

La mariposa negra de Nicomedes Pastor Díaz

Nicomedes Pastor Díaz (Vivero, 1811 – Madrid, 1863)

La mariposa negra (1834)


Borraba ya del pensamiento mío
de la tristeza el importuno ceño:
dulce era mi vivir, dulce mi sueño,
          dulce mi despertar.
Ya en mi pecho era lóbrego vacío
el que un tiempo rugió volcán ardiente;
ya no pasaban negras por mi frente
          nubes que hacen llorar.

Era una noche azul, serena, clara,
que, embebecido en plácido desvelo,
alcé los ojos en tributo al cielo
          de tierna gratitud.
Mas ¡ay! que, apenas lánguido se alzara
este mirar de eterna desventura,
turbarse vi la lívida blancura
          de la nocturna luz.

Incierta sombra que mi sien circunda
cruzar siento, en zumbido revolante,
y con nubloso vértigo incesante
          a mi vista girar;

cubrió la luz incierta moribunda
con alas de vapor informe objeto;
cubrió mi corazón terror secreto
          que no puedo calmar.

No como un tiempo colosal quimera
mi atónita atención amedrentaba:
mis oídos profundo no aterraba
          acento de pavor;
que fue la aparición vaga y ligera,
leve la sombra aérea y nebulosa,
que fue sólo una negra mariposa,
          volando en derredor.

No cual suele fijó su giro errante
la antorcha que alumbraba mi desvelo:
de su siniestro misterioso vuelo
          la luz no era el imán.
¡Ay! que sólo el fulgor agonizante
en mis lánguidos ojos abatidos
ser creí, de sus giros repetidos,
         secreto talismán.

Lo creo, sí... que a mi agitada suerte
su extraña aparición no será en vano;
desde la noche de ese infausto arcano
         ¡ay Dios!... aún no dormí.
¿Anunciarame próxima la muerte,
o es más negro su vuelo repentino...?
¿Ella trae un mensaje del destino...?
          Yo... no le comprendí.

Ya no aparece sólo entre las sombras;
do quier me envuelve su funesto giro:
a cada instante sobre mí la miro
          mil círculos trazar:
del campo entre las plácidas alfombras,
del bosque entre el ramaje la contemplo,
y hasta bajo las bóvedas del templo
          y ante el sagrado altar.

"¡Para adormir mi frenesí secreto
cesa un instante, negra mariposa!
¡Tus leves alas en mi frente posa:
          tal vez me aquietarás...!"
Mas, redoblando su girar inquieto,
huye y parece que a mi voz se aleja
y revuelve y me sigue y no me deja
          ni se para jamás.

A veces creo que un sepulcro amado
lanzó, bajo esta larva aterradora,
el espíritu errante que aún adora
          mi yerto corazón.
Y una vez ¡ay! estático y helado
la vi, la vi, creciendo de repente,
mágica desplegar sobre mi frente
          nueva transformación.

Vi tenderse sus alas como un velo
sobre un cuerpo fantástico colgadas,
en rozagante túnica trocadas
          so un manto funeral.
Y el lúgubre zumbido de su vuelo
trocose en voz profunda melodiosa,
y trocose la negra mariposa
          en genio celestial.

Cual sobre estatua de ébano luciente
un rostro se alza en ademán sublime,
do en pálido marfil su sello imprime
          sobrehumano dolor,
y de sus ojos el brillar ardiente,
fósforo de visión, fuego del cielo,
hiere en el alma, como hiere el vuelo
          del rayo vengador.

Un momento ¡gran Dios! mis brazos yertos
desesperado la tendí gritando.
-¡Ven de una vez!- la dije sollozando,
          ¡ven y me matarás!
Mas ¡ay! que cual las sombras de los muertos
sus formas vanas a mi voz retira
y de nuevo circula y zumba y gira
          y no para jamás...

¿Qué potencia infernal mi mente altera?
¿De dónde viene esta visión pasmosa?
Ese genio... esa negra mariposa
          ¿qué es...? ¿Qué quiere de mí...?
En vano llamo a mi ilusión quimera;
no hay más verdad que la ilusión del alma:
verdad fue mi quietud, mi paz, mi calma;
          verdad que la perdí.

Por ocultos resortes agitado
vuelvo al llanto otra vez hondo y doliente,
y mi canto otra vez vuela y mi mente
          a esa extraña región
do sobre el cráter de un abismo helado
las nieves del volcán se derritieron
al fuego que ligeras encendieron
          dos alas de crespón.

viernes, 22 de agosto de 2008

Sergéi Esenin o Sergio Esenin, Adios a Marienkov

Serguei Esenin


Adiós a Marienkov

Adiós, amigo mío, adiós;
estás en mi corazón.
Predestinada separación,
prometido encuentro futuro.

Adiós, amigo mío,

sin que estrechemos mano o palabra;
no te entristezcas,
nada de melancolía sobre las cejas.
Morir en esta vida no es nuevo,

vivir, aún menos.

(Antes había escrito)

Sí, me he preparado poco
para vivir en paz y entre sonrisas.
Y, cuanto más corto fue mi camino,
tanto mayores mis caídas.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Canción de la muerte, José de Espronceda

Canción de la Muerte.

José de Espronceda.

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

miércoles, 23 de julio de 2008

De mi vida, de Juan Meléndez Valdés

De mi vida

    ¿Dónde hallar podré paz? ¿el pecho mío,
como alivio tendrá? ¿de mi deseo
quién bastará a templar el desvarío?

    Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo
todo enciende mi mal; todo alimenta
mi furor en su ciego devaneo.

    Se alza espléndido el sol y el mundo alienta
de vida y acción lleno; a mí enojosa
brilla su luz, y mi dolor fomenta.

    Corre el velo la noche pavorosa
bañando en alto sueño a los mortales,
y en plácida quietud todo reposa:

    yo solo en vela en ansias infernales
gimo, y el llanto mis mejillas ara,
y al cielo envío mis eternos males.
    ¡Ay! ¡La suerte enemiga cuán avara
desde la cuna se ostentó conmigo!
Jamás el bien busqué, que el mal no hallara.

    En cuitada orfandad, niño, de abrigo
falto, solo en el mundo, quien me hiciese
no hallé un halago o me abrazase amigo.

    ¿Justicia pudo ser que así naciese
para ser infeliz? ¿Que de mi seno
nunca el gozo señor ni un punto fuese?

    ¿Nacen los hombres a penar? ¿Ajeno
es el bien de la tierra? ¿O me castigas
a mí tan solo, Dios clemente y bueno?

    Perdona mi impaciencia, si me obligas
a tan míseras quejas: ¿por qué el crudo
dolor un breve punto no mitigas?
    ¿Por qué, por qué me hieres tan sañudo?
¿Quieres, justo Hacedor, romper tu hechura?
¿El polvo ¡ay padre! en qué ofenderte pudo?

    Da paz a este mi pecho: de la obscura
tiniebla en que mis pies envueltos veo,
llévame por tu diestra a la luz pura.

    El iluso y frenético deseo
rige, Señor, con valedora mano,
y haz la santa virtud mi eterno empleo.

    Yo de mí nada puedo: que liviano,
si asirle quiero, escapa; si frenarle,
de mi flaco poder se burla insano.

    ¡Cuántas, oh, cuántas veces arrancarle
del abismo do está! ¡Cuántas del puro,
del casto bien propuse enamorarle!
    ¡O si alcanzase en soledad seguro
vivir al menos! exclamé llorando.
Mi estado fuera entonces menos duro.

    Ferviente hasta el gran Ser la mente alzando,
la quieta noche, el turbulento día
pasara yo sus obras contemplando.

    Con el alba la célica armonía
de las aves del sueño me llamara,
y a las suyas mi lengua se uniría

    A adorar su bondad: cuando vibrara
más sus fuegos el sol, del bosque hojoso
la sombra misteriosa me guardara:

    si su pendón la noche silencioso
alzara, y en su trono, la alba luna
bañara el mundo en esplendor gracioso,

    yo sus pasos siguiendo de una en una
recordara, seguro de más daños,
las vueltas que en mí usara la Fortuna.

    Allí alegre riyera sus engaños,
su falaz ofrecer, el devaneo
de mis perdidos juveniles años.

    Amé, y hallé dolor: volví el deseo
a las ciencias, creyendo que serían
al alma enferma saludable empleo;

    las ciencias me burlaron: me ofrecían
remedios que mis llagas irritaban,
y a la hidalga razón grillos ponían.

    Dejelas, y corrí do me llamaban
la oficiosa ambición y los honores
entre mil que sus premios anhelaban;

    mas fastidieme al punto, y a las flores
me torné del placer tras un mentido
bien que a mi pecho causa mil dolores.

    ¡Oh! ¡Hubiese siempre en soledad vivido!
¡Siempre del mundo al ídolo cerrado
los ojos y a su voz mi incauto oído!

    Y hubiera tantas ansias excusado,
tanto miedo y vergüenza y cruda pena,
vigilia tanta en lágrimas bañado.

    Pero el cielo parece que condena
los hombres al error, y que se place
en que arrastren del vicio la cadena:

    Nunca el seguro bien nos satisface;
el placer nos fascina; la paz santa
morada nunca entre sus flores hace.

    ¿Quién hay que huelle con segura planta
la ardua senda del bien? Y ¿quién, perdida,
la torna a hallar y en ella se adelanta?

    Toda es escollos nuestra frágil vida:
tiende el vicio la red y la dañosa
Ocasión por mil artes nos convida.

    El deseo es osado cuan medrosa
y flaca la razón, a quien el oro,
a quien mirada encanta cariñosa:

    otro al son corre del clarín sonoro
tras la gloria fatal, y en grato acento
le suena el bronce horrible, el triste lloro:

    aquel con impía audacia al elemento
voluble se abandona en frágil nave,
y los monstruos de él mira contento.
    Nadie se rige por razón, ni sabe
qué codicia, qué teme, qué desea,
cuál cosa vitupere y cuál alabe.

    Así el hombre infelice devanea
sin que jamás el justo medio acierte,
y el mal de todos lados le rodea,
hasta que da por término en la muerte.