Sexta sátira de Juvenal. Contra las mujeres. Varias traducciones
I
No dudo que en los días
de Saturno el pudor moró en la Tierra,
y largos años más, mientras las frías
cuevas mísero albergue, hogar y lares
daban al hombre, y sombra el mismo techo
a ganados y dueños ofrecía;
la rústica mujer, silvestre lecho
con bálago y ramaje componía,
y su cuerpo cubría
con pieles de las fieras, en vecinos
bosques heridas. Cierto,
no parecida a ti, Cintia, ni ¡oh Lesbia!
a ti, cuyos ojuelos cristalinos
cubrió de llanto pajarillo muerto.
Robustos hijos, con raudal copioso
de sus nutricios pechos sustentaba,
y más salvaje y brava
era su faz, que la del mismo esposo,
que el hambre con bellotas aplacaba.
¡Cuán de otro modo entonces, cuando el mundo
en la infancia yacía y era reciente el cielo, se vivía!
Nacido el hombre del abierto roble,
o formado de arcilla, progenitor no tuvo. Del anciano
Pudor algún vestigio acaso brilla
en los tiempos de Jove soberano;
mas del Jove aún imberbe e inexperto,
cuando los griegos del perjurio huían,
cuando coles y pomas en abierto
jardín, seguras del ladrón, crecían.
Poco después Astrea huyose al cielo
y, en pos, la Honestidad, y así dejaron
ambas hermanas a la vez el suelo.
¡ Oh Póstumo! Antiquísimo pecado
es seducir a la mujer ajena,
y despreciar el vínculo sagrado.
De todo crimen llena
ya fue la Edad de hierro; la de plata
vio nacer al adúltero primero.
Y, sin embargo, ¿en nuestra edad ingrata
pactados ya los esponsales tienes,
ofrecida tu mano?
¿Ya tu cabeza peina el peluquero,
y el anillo tal vez ya diste en prenda?
Cierto, tú estabas sano.
¡Ahora te casas, Póstumo! ¿Qué horrenda
furia o qué sierpe se anudó a tu pecho?
¡Siervo de una mujer, cuando si quieres
ahorcarte, cuerdas hay; y si prefieres
tirarte, altas y lóbregas ventanas,
y, vecino a tu casa, el puente Emilio!
Mas cumplir la ley Julia quiere Ursilio
y un heredero ansía,
las tórtolas y barbos despreciando
que el codicioso adulador le envía.
¿Y qué imposible habrá si, al fin, un día
se casa Ursilio? ¿Si el que ardiente culto
rindió al placer, en seducir maestro,
y tantas veces en la cesta oculto,
la muerte eludió diestro,
como el bufón Latino entrega dócil
la necia boca al marital cabestro?
¿Y es esto todo? Hay más: el inocente
busca mujer honesta, hecha a la antigua.
¡Oh médicos! ¡Sangradlo! Está demente.
-Tú, Póstumo, al umbral del Capitolio
corre a inclinarte, y de Junón al ara
lleva ternera de dorados cuernos,
si honesta esposa a dicha te depara.
-¿Tan escasas hoy son ya las mujeres
castas, las que merezcan
tocar las cintas de la madre Ceres
y al padre, si lo abrazan, no estremezcan?
-Cuelga guirnaldas en tu puerta, amigo;
tiende sobre el umbral hiedra copiosa.
-«Uno basta a Iberina.»- «¿Sí? Pues digo
que antes conseguirás que ella gustosa
con solo un ojo esté.»- «Fama de honrada
tiene cierta doncella
que, en el paterno campo, vive hoy.»
-«Viva en los Gabios o en Fidenas ella,
como en el campo, y su marido soy.
Mas ¿quién de sus virtudes me asegura?
¿No habrá en cuevas y montes, por ventura,
también peligro? ¿Acaso envejecieron
Marte y Jove? ¿Mujer honesta y pura
a tus ojos los atrios ofrecieron?
¿Habrá, del circo entre las gradas, una
a la que puedas entregar tranquilo
tu cariño, tu honor y tu fortuna?
Cuando el muelle Batilo
baila la leda pantomima, enciende
a Tuccia fuego súbito, suspira
Apula, y aun Tymele inmóvil mira.
¡Tymele, la inocente, que allí aprende
la primera lección! Mas otras, cuando
cesa el teatro y solo el foro suena,
en el tiempo que media entre plebeyos
juegos y megalésicos, su pena
intentan aliviar, a Accio imitando,
ceñidor, tirso y máscara llevando.
De una atelana en el exordio, Urbico
con gestos de Antenoe, su risa mueve.
Ama a Urbico Elia pobre, pero es caro
el amar a un histrión; a otras conmueve
Crisógeno, e Hispula sin reparo
a un trágico se rinde; pues ¿tú esperas
que amen a un Quintiliano hembras ligeras?
Cásate, pues, y Equión el citarista,
Gláfiro, o el flautista
Ambrosio, te harán padre. Amplio teatro
alza, que a inmensa multitud divierta;
orne el laurel, ¡oh Léntulo! tu puerta,
orne tus postes, y en testácea cuna
muestre el nacido infante
de Eurialo el gladiador todo el semblante.»
Hipia, mujer de un senador, con Ludo
Marchose al Faro, al Nilo, a los famosos
muros de Lago, y ni aun Canopo pudo
sufrir en calma la abyección romana,
y de tanto impudor mostró vergüenza.
Hipia todo lo olvida: esposo, hermana,
hogar, patria; no hay fuerza que la venza,
ni el llanto de los hijos, ni sus ruegos,
y ¡pásmate! ni Paris, ni los juegos.
Mas aunque rica, y en mullida pluma,
niña durmió bajo el paterno techo;
desprecia el mar, cual despreció su honra.
II (82-132):
Casada con un senador, Epia acompañó un equipo de gladiadores a Faros, y al Nilo, y a las infames murallas de Lago, donde Canopo condena las monstruosidades y las costumbres de la Urbe.
Olvidada ella de su casa, y de su esposo y su hermana, nada le importó la patria, y a sus hijos, que lloraban, la desvergonzada los abandonó, y, para que te sorprendas más, (también abandonó) los Juegos y a Paris, y aunque de pequeña había dormido en medio de grandes riquezas, en el lujo paterno, y en una cuna ornamentada de oro, despreció el mar; había despreciado ya antes una buena reputación, cuya pérdida es insignificante entre lujosos sillones.
Así pues, soportó con pecho firme el oleaje tirreno, y el mar Jonio, que resuena desde lejos, (y) aun tantas veces hubiese que cambiar de mar. Si la razón de un peligro es justa y honesta, tienen miedo y se quedan heladas en su pecho atemorizado, y no pueden ni sostenerse en sus plantas temblorosas: un ánimo fuerte (lo) muestran en asuntos que osan emprender sin pudor; si lo manda el esposo, es duro subir a una nave: entonces la sentina es insoportable, entonces el cielo a lo alto da vueltas.
La que sigue a su amante adúltero es fuerte de estómago; aquella vomita sobre su marido; esta, entre los marineros, come y se pasea por la popa y disfruta de tensar el duro cordaje.
Y además, ¿por qué belleza ardió Epia?, ¿por qué juventud fue atrapada? ¿qué vio, por lo que soportó ser llamada mujer de gladiador? Pues su jovencito Sergio ya había empezado a rasurarse el cuello y a esperar, con un brazo mutilado, el retiro; y además, muchas deformidades en la cara, como un enorme bulto, machacado por el casco y justo en medio de la nariz, y una secreción irritante de su ojito que gotea siempre. Pero era gladiador; esto los hace Jacintos, esto (es lo que) antepuso ella a sus hijos y a su patria, esto a su hermana y a su marido. El hierro es lo que aman, (pero) este mismo Sergio, recibida la espada de madera, habría empezado a ser visto como Veyento.
¿Te preocupas por lo que hiciera una casa particular, lo que (hiciera) Epia? Mira a los que se igualan a los dioses, escucha qué soportó Claudio. Cuando había notado su esposa que su marido dormía, atreviéndose, meretriz Augusta, a coger capuchas nocturnas y a preferir una estera de junco a su lecho en el Palatino, se escabullía con no más de una sola esclava como compañía.
Ocultando su negra cabellera con una peluca rubia se metió en el lupanar, caluroso por una vieja cortina burda, y en un cuarto vacío y solo suyo; entonces desnuda, con pezones cubiertos de oro, se prostituyó tomando como apodo Licisca, y expuso abiertamente, noble Británico, el vientre que te engendró, acogió complaciente a los que entraban y pidió las monedas; tumbada sin pausa absorbió las descargas de todos.
Más tarde, al despedir ya el proxeneta a sus chicas, salió triste, y cerró -eso al menos pudo- la última su cuartucho, todavía ardiente por la excitación de su vulva infatigable, y cansada, pero no saciada de los hombres, regresó y, repulsiva por sus mejillas ennegrecidas y afeada por el humo de la lámpara, llevó al lecho divino el olor del lupanar.
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