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sábado, 1 de agosto de 2026

Dante Gabriel Rossetti, Sin ella

 Sin Ella

[a Elizabeth Siddal]


 ¿Qué de su vaso sin ella? El gris vacío

allí donde el estanque es ciego del rostro de la Luna. 

¿Su vestido sin ella? El espacio vacío, arrojado

de la grulla de nubes de donde la Luna ha pasado.

¿Sus caminos sin ella? El dominio designado del día

usurpado por la noche desolada. ¿Su lugar de almohada

sin ella? ¡Lágrimas, ay de mí! Por la buena gracia del amor,

y el frío olvido de la noche o del día.

¿Qué del corazón sin ella? No, pobre corazón,

¿de ti qué palabra queda antes de que el habla se calle?

Un caminante por caminos estériles y fríos,

caminos empinados y cansados, sin ella estás,

donde la larga nube, la contraparte del largo bosque,

derrama la oscuridad duplicada sobre la colina laboriosa.


— Dante Gabriel Rossetti, "La casa de la vida", en sus Baladas y sonetos

domingo, 25 de enero de 2026

Christina Rossetti, En pleno sombrío invierno

    [En una encuesta de hace unos veinte años, este poema, musicado muchas veces, se consideró el mejor villancico de la historia]

    En pleno sombrío invierno, el gélido viento parecía gemir,

la tierra estaba dura como el hierro, el agua como una piedra;

había nevado, nieve sobre nieve, nieve sobre nieve,

en pleno sombrío invierno, hace mucho tiempo.

    A nuestro Dios, el cielo no pudo retenerlo, ni la tierra sostener;

el cielo y la tierra huirán lejos cuando venga su Reino.

En pleno sombrío invierno, un establo bastó

para el Señor Dios Todopoderoso, Jesucristo.

   Ángeles y arcángeles pudieron reunirse allí,

querubines y serafines abarrotaron el aire;

mientras solo su madre, en su felicidad de doncella,

adoraba a su amado hijo con un beso.

    ¿Qué puedo yo darle, pobre como soy?

Si yo fuera un pastor, le llevaría un cordero;

si yo fuera un Rey Mago, aportaría mi regalo;

pero lo que puedo dar se lo doy: le doy mi corazón.

                Versión original en inglés

In the bleak midwinter, frost wind made moan,

Earth stood hard as iron, water like a stone;

Snow had fallen, snow on snow, snow on snow,

In the bleak midwinter, long ago.

Our god, heaven cannot hold him, nor earth sustain;

Heaven and earth shall flee away when he comes to reign.

In the bleak midwinter a stable place sufficed

The lord God almighty, Jesuschrist.

Angels and archangels may have gathered there,

Cherubim and seraphim thronged the air;

But his mother only, in her maiden bliss,

Worshiped the beloved with a kiss.

What can I give him, poor as I am?

If I were a shepherd, I would bring a lamb;

If I were a wise man, I would do my part;

Yet what I can I give him: give my heart.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Matthew Arnold, Shakespeare y otros poemas

 Shakespeare

Otros acatan nuestra pregunta. Tú eres libre.

Nos preguntamos y preguntamos; tú sonríes y permaneces impávido,

coronando el conocimiento. Pues la cima más alta,

que ante las estrellas descorona su majestad,

plantando firmes pasos en el mar,

haciendo del Cielo de los Cielos su morada,

solo perdona el borde nublado de su base

a la frustrada búsqueda de la mortalidad.

Y tú, que conociste a las estrellas y a los rayos del sol,

autodidacta, autoescudriñado, autohonrado, seguro de ti mismo,

caminaste sobre la tierra sin ser adivinado. ¡Mejor así!

Todas las dolencias que el espíritu inmortal debe soportar,

toda flaqueza que decae, todas las penas que nos vencen,

encuentran su voz única en esa frente victoriosa.


El gitano erudito


¡Ve, pastor, que te llaman desde la colina!

¡Ve, pastor, y desata los rediles!

No dejes más a tu melancólico rebaño sin alimentar,

ni a tus compañeros berreando,

ni a la hierba segada otra cabeza.

Pero cuando los campos estén tranquilos,

y los hombres y perros cansados ​​se hayan ido a descansar,

y solo las blancas ovejas se vean a veces

cruzar y volver a cruzar las franjas de verde blanqueado por la luna.

¡Ven, pastor, y retoma la búsqueda!


Aquí, donde el segador estuvo trabajando últimamente,

en el rincón oscuro de este campo alto, donde deja

su abrigo, su canasto y su cántaro de barro,

y al sol toda la mañana ata las gavillas,

y luego aquí, al mediodía, regresa sus provisiones para usar,

aquí me sentaré y esperaré,

mientras a mis oídos, desde tierras altas lejanas,

llega el balido de los rebaños apiñados,

con gritos distantes de segadores en el maíz,

todo el murmullo vivo de un día de verano.


Este rincón está oculto sobre el campo alto y a medio segar,

y aquí estaré, ¡pastor!, hasta el anochecer.

Entre la espesura del trigo se asoman las amapolas escarlatas,

y veo

crecer en zarcillos, raíces verdes y tallos amarillentos, enredándose en pálidas raíces rosadas;

y los tilos, al viento, desprenden

su aroma, y ​​derraman sus perfumadas lluvias

de flores sobre la hierba curva donde estoy tendido,

y me protegen del sol de agosto con su sombra;

y la mirada desciende hasta las torres de Oxford.


Y cerca de mí, sobre la hierba, yace el libro de Glanvil.

¡Venga, déjame leer de nuevo este cuento tan leído!

La historia del pobre estudiante de Oxford,

de mente preñada y mente ingeniosa,

que, cansado de buscar trabajo,

una mañana de verano abandonó

a sus amigos y se fue a aprender las tradiciones gitanas.

Vagó por el mundo con esa hermandad salvaje,

y llegó, como muchos creían, a poco provecho,

pero nunca más volvió a Oxford ni a sus amigos.


Pero una vez, años después, en los caminos rurales,

dos estudiantes, a quienes conoció en la universidad,

lo encontraron y le preguntaron sobre su estilo de vida.

Él respondió que la tripulación gitana,

sus compañeros, tenía habilidades para controlar a su antojo

el funcionamiento de las mentes humanas,

y que podían sujetarlas a los pensamientos que quisieran.

«Y yo», dijo, «el secreto de su arte,

cuando lo dominen por completo, lo compartiré con el mundo;

pero se necesitan momentos celestiales para esta habilidad».


Dicho esto, los dejó y no regresó.

Pero corrían rumores por la comarca

de que el erudito perdido había sido visto vagando durante mucho tiempo,

visto en raras ocasiones, pensativo y mudo,

con sombrero de corte antiguo y capa gris,

la misma que usaban los gitanos.

Unos pastores lo habían encontrado en Hurst en primavera;

en alguna taberna solitaria de los páramos de Berkshire,

en el cálido banco de un solo piso, los campesinos con bata

lo habían encontrado sentado a su entrada.


Pero, entre la bebida y el ruido, él quería huir.

Y yo mismo parezco conocer a medias tu aspecto,

y pongo a los pastores, ¡vagabundo!, tras tu rastro;

y a los muchachos que en solitarios trigales espantan a los grajos,

les pregunto si has pasado por su tranquilo lugar;

o en mi barca me quedo

amarrado a la fresca orilla en los calores del verano,

entre amplios prados que el sol llena,

y observo las cálidas y verdes colinas de Cumner,

y me pregunto si frecuentas sus tímidos refugios.


Porque sé que amas el retiro.

Te he encontrado en el transbordador, jinetes de Oxford, alegres,

regresando a casa en las noches de verano,

cruzando el joven Támesis en Bab-lock-hithe,

arrastrando los dedos mojados en la fresca corriente,

mientras la cuerda de la batea chasquea;

reclinado hacia atrás en un sueño pensativo,

y albergando en tu regazo un ramo de flores

arrancadas en campos tímidos y en las lejanas glorietas de Wychwood,

con la mirada fija en el arroyo iluminado por la luna.


¡Y entonces aterrizan, y ya no te ven!

Doncellas, que desde las aldeas lejanas vienen

a bailar alrededor del olmo de Fyfield en mayo,

a menudo te han visto vagar por los campos que se oscurecen,

o cruzar un portillo hacia la vía pública.

A menudo les has dado un montón

de flores: la anémona blanca de hojas frágiles,

las campanillas azules oscuras empapadas de rocío de las tardes de verano,

y las orquídeas púrpuras con hojas moteadas;

pero ninguna tiene palabras para describirte.


Y, sobre el puente de Godstow, cuando llega la época del heno

en junio, y muchas guadañas arden bajo el sol,

los hombres que recorren esos amplios campos de hierba ventosa

donde las golondrinas de alas negras rondan el brillante Támesis

para bañarse en el abandonado azotador pasan,

a menudo te han pasado cerca,

sentado en la orilla del río cubierto de maleza;

han observado tu atuendo extravagante, tu figura enjuta,

tus ojos oscuros y vagos, y tu aire suave y abstracto...

¡Pero, cuando volvieron de bañarse, te habías ido!


En alguna solitaria granja de las colinas de Cumner,

donde la ama de casa zurce a la puerta abierta,

te han visto, o colgado de una verja

observando las trilladoras en los graneros musgosos.

Los niños, que recorren estas laderas temprano y tarde

buscando berros en los arroyos,

te han visto contemplando, durante todo un día de abril,

los pastos que brotan y las vacas pastando;

y te han observado, cuando las estrellas salen y brillan,

alejarte lentamente entre la hierba alta y húmeda.


En otoño, en las faldas del bosque Bagley,

donde la mayoría de los gitanos, junto al camino bordeado de turba,

plantan sus tiendas ahumadas, y cada arbusto que ves

está salpicado de manchas escarlatas y jirones grises,

sobre el suelo del bosque llamado Tesalia,

el mirlo, buscando comida,

te ve, pero no detiene su comida ni teme en absoluto;

tan a menudo te ha visto pasar junto a él, extraviado,

arrebatado, haciendo girar en tu mano una rama marchita,

y esperando que caiga la chispa del cielo.


Y una vez, en invierno, en el frío camino

que lleva a casa a través de campos inundados, ¿

no te he visto en el puente de madera,

envuelto en tu capa y luchando contra la nieve,

con la cara hacia Hinksey y su cresta invernal?

Y has subido la colina,

y has alcanzado la blanca cima de la cordillera de Cumner;

te has vuelto una vez para observar, mientras caían copos de nieve,

la línea de luz festiva en el salón de la iglesia de Cristo;

luego has buscado tu paja en alguna granja apartada.


Pero qué... ¡sueño! Doscientos años han pasado

desde que tu historia corrió por los pasillos de Oxford,

y el grave Glanvil escribió

que te alejaste de los estudiosos muros

para aprender artes extrañas y unirte a una tribu gitana;

y te fuiste de la tierra hace

mucho tiempo, y yaces en algún tranquilo cementerio, en

algún rincón rural, donde sobre tu tumba desconocida

ondean hierbas altas y ortigas blancas en flor,

bajo la sombra de un tejo oscuro y de frutos rojos.


—¡No, no, no has sentido el paso de las horas!

Pues ¿qué desgasta la vida de los mortales?

Es que de cambio en cambio su ser rueda;

es que las conmociones repetidas, una y otra vez,

agotan la energía de las almas más fuertes

y entumecen las fuerzas elásticas.

Hasta que, habiendo usado nuestros nervios con dicha y adolescencia,

y fatigado nuestro ingenio en mil planes,

al genio que se detiene en ese instante, remitimos

nuestra vida agotada, y somos... lo que hemos sido.


Si no has vivido, ¿por qué perecerías así?

Tenías un solo propósito, un solo negocio, un solo deseo; ¡

de lo contrario, ya hace tiempo que estarías entre los muertos! ¡

De lo contrario, habrías consumido, como otros hombres, tu fuego!

Las generaciones de tus iguales han huido,

y nosotros también nos iremos;

pero posees un destino inmortal,

y te imaginamos exento de la vejez

y viviendo como vives en la página de Glanvil,

porque tuviste lo que nosotros, ¡ay!, no tenemos.


Pues temprano dejaste el mundo, con fuerzas

frescas, sin desviar hacia el mundo exterior,

firmes en su objetivo, sin gastarlas en otras cosas;

libres de la fatiga enfermiza, de la duda lánguida

que trae consigo haber intentado mucho, haber sido frustrado en mucho.

¡Oh vida distinta a la nuestra!

Que fluctúan ociosamente sin plazo ni alcance,

de quienes cada uno se esfuerza, sin saber por qué se esfuerza,

y cada mitad vive cien vidas diferentes;

que esperan como tú, pero no, como tú, con esperanza.


¡Tú esperas la chispa del cielo! Y nosotros,

ligeros creyentes a medias de nuestros credos casuales,

que nunca sentimos profundamente ni queremos claramente,

cuya percepción nunca ha dado fruto en hechos,

cuyas vagas resoluciones nunca se han cumplido;

para quienes cada año vemos

nuevos comienzos, nuevas decepciones;

que vacilamos y flaqueamos en la vida,

y perdemos mañana el terreno ganado hoy...

¡Ah! ¿No lo esperamos también nosotros, vagabundo?


Sí, lo esperamos, pero aún se demora, ¡

y entonces sufrimos! y entre nosotros uno,

que es el que más ha sufrido, toma abatido

su asiento en el trono intelectual;

y todo su acervo de tristes experiencias deja

al descubierto sus días miserables;

nos cuenta el nacimiento de su miseria, su crecimiento y sus signos,

y cómo se alimentó la chispa moribunda de la esperanza,

y cómo se apaciguó su pecho, y cómo se calmó su cabeza,

y todos sus anodinos variados cada hora.


¡Esto por nuestros más sabios! Y nosotros los demás languidecemos,

deseando que el largo y desdichado sueño termine,

renunciando a todo derecho a la dicha y tratando de soportar;

con paciencia de labios cerrados por nuestro único amigo,

paciencia triste, demasiado cercana para desesperar;

¡pero nadie tiene esperanza como la tuya!

Tú vagas por los campos y por los bosques,

vagando por el campo, un niño vagabundo,

alimentando tu proyecto con alegría despejada,

y toda duda disipada por el tiempo.


Oh, nacido en días en que el ingenio era fresco y claro,

y la vida corría alegre como el centelleante Támesis;

antes de que esta extraña enfermedad de la vida moderna,

con su prisa enfermiza, sus objetivos divididos,

sus cabezas sobrecargadas, sus corazones paralizados, estuviera extendida. ¡

Huye, miedo nuestro al contacto! ¡

Huye aún, sumérgete más en el bosque encapotado! ¡

Aléjate, como Dido con gesto severo,

de la llegada de su falso amigo en el Hades,

apártate de nosotros y quédate solo!


Aún alimentando la esperanza inconquistable,

aún aferrándose a la sombra inviolable,

con un impulso libre y hacia adelante, atravesando,

por la noche, las ramas plateadas del claro,

lejos, en las faldas del bosque, donde nadie persigue,

en alguna suave ladera pastoral

emergen, y descansando en las pálidas hojas iluminadas por la luna,

refresca tus flores como en años anteriores

con rocío, o escucha con oídos encantados,

desde los oscuros valles, a los ruiseñores.


Pero ¡huye de nuestros caminos, huye de nuestro contacto febril!

Pues la fuerte infección de nuestra lucha mental,

que, aunque no da dicha, nos priva de descanso;

y te arrebataríamos de tu propia vida hermosa,

como nosotros, distraídos y como nosotros, desdichados.

Pronto, pronto tu alegría moriría,

tus esperanzas se volverían tímidas y tus fuerzas se desestabilizarían,

y tus objetivos claros se tornarían turbios y vacilantes;

y entonces tu feliz juventud perenne se desvanecería,

se marchitaría y envejecería al fin, y moriría como la nuestra.


¡Entonces vuelan nuestros saludos, vuelan nuestras palabras y sonrisas!

–Como un serio comerciante tirio, desde el mar,

divisó al amanecer una proa emergente

que levantaba sigilosamente las enredaderas de cabello fresco,

los flecos de una frente orientada al sur

entre las islas del Egeo;

y vio llegar al alegre costero griego,

cargado de uvas ámbar y vino de Quíos,

higos verdes que reventaban y atunes macerados en salmuera–

y reconoció a los intrusos en su antiguo hogar,


Los jóvenes y alegres dueños de las olas–

Y arrebató su timón, y desenrolló más velas;

Y día y noche se mantuvo indignado

Sobre las azules aguas del centro del país con el vendaval,

Entre las Sirtes y la suave Sicilia,

Hasta donde el Atlántico brama

Fuera de los estrechos occidentales; y desenrolló velas

Allí, donde por los acantilados nublados, a través de sábanas de espuma,

Tímidos traficantes, llegan los oscuros íberos;

Y en la playa deshizo sus fardos atados.


Playa de Dover


El mar está en calma esta noche,

la marea está llena, la luna se posa hermosa

sobre el estrecho; en la costa francesa, la luz

brilla y desaparece; los acantilados de Inglaterra se yerguen,

relucientes e inmensos, en la tranquila bahía. ¡

Acérquense a la ventana, dulce es el aire nocturno!

Solo, desde la larga línea de espuma

donde el mar se encuentra con la tierra blanqueada por la luna, ¡

escuchen! Se oye el rugido chirriante

de los guijarros que las olas retiran y arrojan,

a su regreso, hacia la alta playa.

Comienzan, cesan, y luego vuelven a comenzar,

con trémula cadencia lenta, y traen consigo

la eterna nota de tristeza.


Sófocles

lo oyó hace mucho tiempo en el Egeo, y le trajo

a la mente el turbio flujo y reflujo

de la miseria humana; nosotros

también encontramos en el sonido un pensamiento,

al oírlo junto a este lejano mar del norte.

El mar de la fe

también estuvo una vez, en su plenitud, y alrededor de la tierra,

se extendía como los pliegues de un brillante cinturón enrollado.

Pero ahora solo oigo

su melancólico, prolongado y retraído rugido,

retirándose, al soplo

del viento nocturno, por las vastas orillas, lúgubres

y desnudas tejas del mundo.


Ah, amor, seamos fieles

el uno al otro, pues el mundo que parece

extenderse ante nosotros como una tierra de sueños,

tan variado, tan hermoso, tan nuevo,

no tiene realmente ni alegría, ni amor, ni luz,

ni certeza, ni paz, ni ayuda para el dolor;

y estamos aquí como en una llanura oscura

barrida por confusas alarmas de lucha y huida,

donde ejércitos ignorantes chocan por la noche.


Envejeciendo


¿Qué es envejecer?

¿Es perder la gloria de la figura,

el brillo de la mirada?

¿Es por belleza renunciar a su corona?

Sí, pero no solo por eso.


¿Es sentir nuestra fuerza,

no solo nuestra plenitud, sino también nuestra decadencia? ¿

Es sentir cada miembro

endurecerse, cada función menos precisa,

cada nervio más débil?


Sí, esto, ¡y más! pero no, ¡

Ah, no es lo que en la juventud soñamos que sería!

¡No es tener nuestra vida

suavizada y ablandada como con el resplandor del atardecer,

el ocaso de un día dorado!


'No se trata de ver el mundo

desde una altura, con ojos proféticos y absortos,

y el corazón profundamente conmovido;

y llorar, y sentir la plenitud del pasado, ¡

los años que ya no son!


Es pasar largos días

sin sentir ni una sola vez que fuimos jóvenes.

Es sumar, encerrados

en la ardiente prisión del presente, mes

tras mes con un dolor agotador.


Es sufrir esto,

y sentir sólo la mitad, y débilmente, de lo que sentimos:

en lo profundo de nuestro corazón

supura el sordo recuerdo de un cambio,

pero ninguna emoción, ninguna.


Es la última etapa de todas,

cuando estamos congelados por dentro y somos solo

el fantasma de nosotros mismos,

para escuchar al mundo aplaudir al fantasma hueco

que culpó al hombre vivo

martes, 18 de febrero de 2025

Excerpta de In memoriam Arthur Henry Hallam (1850), de Alfred lord Tennyson

 ¿Están entonces Dios y la Naturaleza en conflicto,

y la Naturaleza nos da sueños tan perversos?

Parece tan cuidadosa con la especie,

tan descuidada con la vida individual,

que yo, considerando en todas partes

el significado secreto de sus acciones

y descubriendo que, de cincuenta semillas,

a menudo solo salva una,

vacilo donde pisé con firmeza,

y, cayendo con todo el peso de mis preocupaciones

sobre las grandes escaleras del altar del mundo

que descienden a través de la oscuridad hasta Dios,

extiendo las cojas manos de la fe y tanteo,

y recojo polvo y paja, y llamo

a lo que siento que es Señor de todo,

y confío débilmente en la mayor esperanza.


Canto LVI


Quien confió en Dios, fue por amor de verdad.

Y el amor fue la ley final de la Creación.

Aunque la Naturaleza, rojos sus dientes y garras,

gritó contra su credo en los barrancos.

¿Quien amó, quien sufrió males innúmeros,

quien luchó por lo Verdadero, lo Justo,

será arrastrado por el polvo del desierto

o sellado entre las colinas de hierro?


Canto CXXII


Si alguna vez, cuando la fe se ha dormido,

oigo una voz: «No creas más» y una orilla

que se rompe sin cesar y se derrumba

en las profundidades sin Dios,

un calor dentro del pecho ha derretido

la parte más fría de la razón helada,

y, como un hombre enfurecido, el corazón

se levanta y responde: «Lo he sentido».

No como un niño en duda y miedo:

ese clamor ciego me hizo sabio;

entonces era como un niño que llora,

y, al llorar, sabe que su padre está cerca.


Canto XCIX:


Sin vigilancia, la rama del jardín se balanceará,

la tierna flor revoloteará hacia abajo;

sin amor, esa haya se volverá marrón,

este arce se quemará.


Canto XXVII:


Lo considero verdadero, pase lo que pase;

lo siento cuando más dolor siento;

es mejor haber amado y perdido

que no haber amado nunca.


Canto LIV:


Así corre mi sueño, pero ¿qué soy yo?

Un niño que llora en la noche,

un niño que llora por la luz,

y sin más palabras que un llanto.


En el Canto CXXIII:


Las colinas son sombras: fluyen

de forma en forma y ​​nada permanece;

se derriten como la niebla las tierras sólidas,

se moldean como las nubes y se van.

miércoles, 15 de enero de 2025

El caso del difunto mister Elvesham, por H. G. Wells

 EL CASO DEL DIFUNTO MISTER ELVESHAM

Mi intención, al escribir este relato, no es precisa­mente la de ser creído, sino la de evitar la caída de una próxima víctima. Quizá mi desdicha le sirva de algo. Sé que mi caso es irreparable y estoy casi resignado a afrontarlo.

Mi nombre es Edward George Eden. Nací en Trentham, en Staffordshire. Mi padre era jardinero municipal. Perdí a mi madre cuando sólo tenía tres años y a mi padre a los cinco. Mi tío, George Eden, me adoptó. Era un hombre soltero, autodidacta, y había logrado cierto renombre como periodista. Costeó genero­samente mis estudios y me infundió la voluntad de pro­gresar en el mundo. Cuando, murió, hace cuatro años, me dejó toda su fortuna, que ascendía a unas quinientas libras, después de pagados los impuestos. Yo tenía en­tonces dieciocho años. En el testamento me aconsejaba que empleara ese dinero en completar mi educación. Yo había elegido la carrera de medicina; y gracias a su ge­nerosidad póstuma y a mi buena suerte en un examen, pronto fui estudiante de medicina en la Universidad de Londres. En el año del principio de este relato yo me alojaba en una bohardilla, pobremente amueblada, atra­vesada de corrientes de aire, que daba a los fondos de la Universidad. Una tarde le llevé unos botines al remendón de Tottenham Court Road. Esta fue la primera vez que encontré al viejito de la cara amarilla; al hombre con el cual mi vida está insolublemente enredada. Al abrir la puerta de calle, vi que miraba, con incertidumbre evidente, el número de la casa. Sus ojos, de un azul aguado y rojos en el borde, tuvieron, al verme, una expresión de torpe amabilidad.

—No puede aparecer más oportunamente —me dijo—. Había olvidado el número de su casa.  ¿Cómo le va Mr. Eden?

Me sorprendió la familiaridad de su trato; yo nunca lo había visto. Me sentí un poco molesto de que me hubiera sorprendido con los botines debajo del  brazo.

—Usted se estará preguntando quién diablos soy —me dijo, notando mi escasa cordialidad—. Permítame ase­gurarle que soy un amigo. Yo le he visto antes, aunque usted no me reconozca. ¿Dónde podríamos hablar?

Vacilé. No quería exponer la pobreza de mi cuarto a un desconocido.

—Quizá podríamos conversar mientras caminamos —le dije.

Miró a todos lados. Yo aproveché para deslizar los botines en el zaguán.

—Vea —agregó—. Venga a almorzar conmigo, Mr. Eden. Yo soy muy viejo, y con el ruido del tráfico no voy a conseguir que usted oiga mi voz.

Con una mano persuasiva y escuálida me tocó el brazo. No sé por qué me sentí un poco incómodo ante la invitación.

—Vamos —exclamó—. Hágame el gusto, aunque sea por respeto a mis canas.

Acepté finalmente; fuimos al restaurante de  Blavitski. Tuve que andar con lentitud para acomodarme a su paso. Durante un excelente almuerzo, en el que fracasaron todas mis preguntas, pude estudiar su cara. Era afeitada, flaca y surcada de arrugas; los ajados labios caían sobre su dentadura postiza; el pelo era escaso y blanco; tenía las espaldas agobiadas y me pareció chico; casi todos los hombres me parecían chicos, entonces. Advertí que él me exa­minaba también, con cierta incomprensible codicia.

—Y ahora —dijo por fin— le explicaré la razón de mi visita. Debo decirle que soy viejo, muy viejo, y que poseo mucho dinero que no sé a quién dejar.

Pensé en el cuento del tío y resolví defender los restos de mis quinientas libras.

—He cavilado sobre el mejor empleo que podría darle a mi dinero y he llegado a esta conclusión: Trataré de encontrar a un joven ambicioso, pobre, sano de cuerpo y alma, y le daré todo lo que tengo —me miró fijamente y repitió—: Todo lo que tengo. Se verá libre, para siempre, de las preocupaciones de la pobreza y podrá dirigir su vida como mejor le plazca.

Traté de simular indiferencia.

—Ah, ya veo —dije con transparente hipocresía—. Usted desea mi ayuda, mi ayuda profesional, para en­contrar esa persona.

Me miró con tranquila sorna a través del humo del cigarrillo y reí al verme descubierto.

—Qué brillante carrera la de un hombre en esas cir­cunstancias —exclamó—; me da envidia pensar que otro disfrutará de lo que durante tantos años he acu­mulado. Pero —agregó— le impondré algunas condi­ciones, como usted imaginará. Por ejemplo, ese indivi­duo deberá tomar mi nombre. Quiero, además, enterarme de todas las circunstancias de su vida, y de la vida de sus mayores, antes de nombrarlo heredero.

Esto enfrió un poco mi entusiasmo.

—Y debo creer, entonces, que yo... que yo... —dije.

—Sí, ¡usted! —respondió, casi con brutalidad—. Us­ted, ¡usted!

No contesté una sola palabra. Mi imaginación se perdía en giros fantásticos. Sin embargo, no sentí la menor gratitud. No sabía qué decir, ni cómo decirlo.

—Pero, ¿por qué yo precisamente? —pregunté al fin.

Dijo que el profesor Hasler le había hablado de mí, co­mo de un joven sano y honesto y que su propósito era de­jar su dinero a una persona que reuniera esas condiciones.

Así acabó mi primer encuentro con el viejito.

Guardó mucha reserva, no me dio su nombre y des­pués de unas preguntas se despidió y me dejó en la puerta de Blavitski. Noté que para pagar el almuerzo sacó del bolsillo un puñado de monedas de oro. Me intrigó su insistencia sobre la salud del posible heredero.

De acuerdo con el arreglo que hicimos, al día si­guiente me presenté a la Royal Insurance Company para asegurar mi vida por una suma considerable. Durante una semana los médicos de la compañía me sometieron a continuos exámenes. El viejito no quedó satisfecho y pidió al famoso doctor Henderson un examen adicional. Pasaron unos cuantos días sin que viera al anciano. Una noche a eso de las nueve, se presentó en mi casa. Parecía más encorvado y sus mejillas se habían hundido un poco más. Su voz temblaba cuando habló.

—Estuve con el doctor Henderson. El examen ha re­sultado satisfactorio. Todo es enteramente satisfactorio. Esta gran noche, usted cenará conmigo y festejaremos su... —fue interrumpido por la tos—. Por lo demás usted no tendrá mucho que esperar —añadió enjugando sus labios con el pañuelo—. Ciertamente, no habrá mu­cho que esperar.

Salimos a la calle y tomamos un coche. Durante el viaje me reveló su identidad. Era nada menos que Egbert Elvesham, el gran filósofo, cuyo nombre me era familiar desde la niñez. Fuimos a un restaurante lujosísimo. Me desconcertaron las miradas despectivas que atrajo mi ropa gastada. Pronto renació mi confianza gracias al fuego del champagne. Mientras yo comía y bebía, el filósofo me observaba y en su expresión había alguna envidia.

—¡Cuánta vida hay en usted! —exclamó. Y luego, con un suspiro de alivio, agregó:

—No habrá que esperar mucho.

El mozo trajo licores.

El anciano había sacado de la cartera un paquetito.

—Esta hora de la sobremesa —dijo— es la hora de las pequeñas cosas. He aquí una partícula de mi sabi­duría inédita.

Abrió el paquetito y me dijo:

—Ponga en el Kummel un poco de este polvo rosado y verá cómo mejora el gusto.

Sus ojos grises me observaban con una inescrutable expresión. Me sorprendió que el maestro dedicara su sabiduría a mejorar el gusto de los licores. Fingí, sin embargo, un gran interés; estaba lo bastante borracho para esa adulación.

Repartió el polvo en los dos vasos, y, bruscamente, levantándose con inesperada dignidad, me presentó su copa. Lo imité; los vasos chocaron.

—Por una pronta sucesión.

—No, eso no —protesté—. Por una larga vida.

Bebimos, mirándonos en los ojos. Al apurar el Kummel sentí una intensa, rarísima sensación. La cabeza me dolió; imágenes de cosas semiolvidadas acudían y des­aparecían. No noté el gusto del licor ni el aroma, sola­mente veía la intensidad de la mirada del profesor. Con un fuerte suspiro apoyó la copa sobre la mesa.

—¿Y bien? —preguntó.

—Es delicioso —exclamé, aunque no había percibido el sabor.

Sentí unas terribles puntadas en la cabeza, tuve que sentarme. Sin embargo, mi poder de percepción había aumentado como si viera todas las cosas en un espejo cóncavo. El anciano estaba nervioso. Sacó el reloj y le dirigió una ansiosa mirada.

—Las once y diez —exclamó— y esta noche tengo que... y el tren sale a las once y treinta de Waterloo. Tengo que irme enseguida.

Minutos más tarde nos despedíamos: Él en el interior de un coche y yo afuera con esa absurda sensación de —¿cómo expresarlo?— ver y aun sentir a través de un telescopio invertido.

—No debí darle esa bebida —dijo el viejito—. Ma­ñana le va a doler la cabeza. —Esperó un momento. Me dio un sobrecito abultado.— Tómelo con agua antes de acostarse; esto le despejará la cabeza. Otro apretón de manos. Prosperidad.

Ante la triste y vaga mirada que me dirigió, lo su­puse bajo el influjo de la bebida.

Luego, con sobresalto, recordó algo. Urgó en el bol­sillo y sacó un paquete cilíndrico, del tamaño de un jabón de afeitar. Era blanco y tenía dos sellos rojos.

—Casi me olvido —dijo—. No lo abra hasta que yo venga mañana, pero tómelo ahora. —Era muy pesado.— Muy bien —dije, mientras se alejaba el coche. Lo guardé en el bolsillo y eché a andar hacia mi hospedaje.

Recuerdo vívidamente mis sensaciones. Al bajar por Regent Street, estaba extrañamente convencido de que esa era la estación Waterloo. Casi entré al Politécnico como quien toma un tren. Me froté los ojos y la calle volvió a ser Regent Street. En ese instante me asaltaron varias reminiscencias fantásticas. Es aquí —pensé— donde hace treinta años vi por última vez a mi hermano. Me reí: Hace treinta años no existía, y nunca tuve her­manos. Sin embargo, el recuerdo angustioso de ese her­mano seguía entristeciéndome. En Portland Road, se modificó mi locura. Empecé a recordar negocios desaparecidos y a comparar el aspecto pretérito de la calle con la actual. Pasó un ómnibus y el ruido era exacta­mente igual al de un tren. Me sobraban y me faltaban recuerdos. Ante la vidriera de Stevens, el embalsamador, traté vanamente de recordar qué nos vinculaba. Es claro —dije al rato—, Stevens me prometió dos ranas para mañana.

Con dificultad llegué a mi casa. Mientras subía a mi cuarto procuré serenarme recordando los detalles de la cena; no pude evocar la figura del viejo, veía solamente sus manos; tenía, en cambio, visión total de mí mismo, sentado a la mesa, arrebatado, con los ojos brillantes y charlando aturdidamente.

Tengo que tomar esos otros polvos, pensé, esto se está poniendo imposible.

Busqué los fósforos y el candelero, justamente en el lado en que no estaban y dudé de si mi cuarto quedaría a la izquierda o a la derecha. Estoy borracho, me dije tambaleando superfluamente para corroborar esa afirma­ción.

Mi cuarto, a primera vista, me pareció desconocido. Sin embargo, ahí estaban los libros de anatomía y el espejo de siempre. Pero el cuarto era un poco irreal. Tuve la sensación de estar en un tren y de mirar por la ventanilla una estación desierta. Es un caso de clarivi­dencia, pensé. Debo comunicarlo a la Psychical Research Society.

Puse el paquete sobre la mesa de luz y, sentado en la cama, empecé a sacarme los botines. La pieza me pareció transparente; entreví unas cortinas pesadas y un espejo espeso. Era como si a un tiempo estuviera en dos lugares distintos. Medio desvestido ya, derramé el polvo en el vaso con agua y lo tomé. Me tranquilicé y me dormí.

Desperté sobresaltado, de un sueño lleno de animales extraños. Sentí un gusto raro en la boca, las piernas cansadas y una especie de incomodidad. Esperé que las sensaciones de la pesadilla se disiparan. Parecían aumen­tar. El cuarto estaba casi en tinieblas. Al principio, no pude distinguir nada y quedé inmóvil tratando de acos­tumbrar mi vista a la oscuridad. Entonces creí percibir algo raro en las formas oscuras de los muebles. ¿Había cambiado de lugar la cama? Enfrente debían estar los libros pero en su lugar se levantaba algo pálido, algo que no quería parecerse a los libros. Era demasiado grande para ser mi camisa tirada en la silla.

Sobreponiéndome a un terror infantil, arrojé a un lado las cobijas y quise poner un pie fuera de la cama. En vez de llegar al suelo, mi pie sólo alcanzó el borde del colchón. Di otro paso, como quien dice, y me senté en el borde de la cama. A la derecha, sobre la silla rota, debían estar el candelero y los fósforos. Estiré la mano; no había nada. Al retirar el brazo tropecé con una colgadura blanda y pesada; le di un tirón. Parecía una cortina colgada del techo de la cama.

Ya estaba plenamente despierto. Empecé a comprender que me hallaba en una pieza extraña. No supe cómo había penetrado ahí.

Era el alba. La vaga claridad que usurpaba el lugar de los libros era una ventana; contra la celosía distinguí el óvalo de un espejo. De pie, me sorprendió una mis­teriosa debilidad. Extendiendo manos temblorosas, ca­miné despacio hacia la ventana. Me lastimé la pierna contra una silla. Busqué alrededor del espejo; encontré una borla, tiré, y, con brusco ruido metálico, la persiana se abrió. Yo estaba ante un paisaje desconocido. Bajo el cielo lluvioso había remotas y borrosas colinas, árboles como manchas de tinta y, al pie de la ventana, un es­quema de renegridos canteros y de senderos grises. Toqué la mesa de vestir; era de madera pulida; había algunos objetos encima; entre ellos, uno de forma de herra­dura, anguloso y liso; no encontré ni candelero ni fósforos.

Miré de nuevo el cuarto; vagos espectros de los mue­bles emergían de las tinieblas. Había una enorme cama encortinada y en la chimenea se veía un resplandor de mármoles.

Apoyándome contra la mesa de vestir, cerré y abrí los ojos, y traté de pensar. Todo era demasiado real para ser un sueño. Imaginé que había un hiato en los recuerdos producido por la extraña bebida; que había recibido mi herencia y que esa brusca felicidad me había privado de la memoria. Quizás esperando un poco, las cosas se aclararan para mí. Pero la cena con el viejo Elvesham aparecía detallada y vívida. El champagne, los mozos, el polvo rosado, los licores, yo juraría que todo eso era muy reciente. Entonces ocurrió algo trivial y al mismo tiempo tan horrible que tiemblo al recor­darlo: dije en voz alta: "¿Cómo he llegado aquí?" y la voz no era mía. No era mía: era cascada, vieja, débil. Para darme valor, junté las manos y sentí arrugas de piel floja y nudos huesosos. "Sin duda" dije con esa horrible voz que de algún modo se había establecido en mi garganta, "sin duda esto es un sueño". Casi inmediatamente llevé los dedos a la boca. Habían des­aparecido mis dientes. Sólo había encías encogidas. Sentí un apasionado deseo de verme, de comprobar en todo su horror la transformación increíble. Fui hacia la chi­menea, y busqué, tanteando, unos fósforos. Me agitó un acceso de tos; al encorvarme descubrí que mi cuerpo estaba envuelto en un grueso camisón de franela. No encontré fósforos. Sentí un intolerable frío en las pier­nas. Tosiendo y jadeando, lloriqueando acaso, me refugié en la cama. Estoy soñando, gemí, estoy soñando. Era una repetición senil. Me tapé los hombros con las cobijas, me tapé los oídos, puse la seca mano bajo la almohada y resolví dormir. Cerré los ojos, respiré con irregulari­dad y encontrándome desvelado repetí lentamente la tabla de multiplicar.

Pero no venía el sueño. Inexorablemente crecía la certidumbre de la realidad de mi cambio. Me encontré con los ojos bien abiertos, la tabla de multiplicar olvi­dada y los flacos dedos en las arrugadas encías. Real­mente, yo era un viejo. Había caído de algún modo al fondo de mis años; me habían robado de algún modo el amor, la lucha, la fuerza y la esperanza. Imperceptible­mente, firmemente, iba clareando el alba. Me incorporé, miré a mi alrededor. Ahora, en la fría penumbra, podía ver el cuarto. Era espacioso y bien amueblado, mejor que todos los demás de mi vida. Distinguí un cande­labro y unos fósforos en la repisa. Tiritando con el frío del alba, aunque era verano, me levanté y prendí la luz. La acerqué al espejo: vi la cara de Elvesham. Lo presentía; pero la impresión fue terrible. Elvesham siem­pre me había parecido físicamente débil y lastimoso; pero ahora, apenas cubierto por un camisón de franela, que revelaba el descarnado pescuezo, ahora, visto como mi propio cuerpo, su decrepitud era atroz. Las mejillas hundidas, los sucios mechones de pelo gris, los vagos ojos nublados, los labios temblorosos y esas horribles encías negras...

Quedé aturdido; el sol había entrado en mi pieza, cuando empecé a reflexionar. Fui comprendiendo la astucia demoníaca de Elvesham. Me pareció evidente que si yo estaba en posesión de su cuerpo, él lo estaba del mío: es decir, de mi vigor y de mi futuro. Pero, ¿cómo probarlo? ¿La vida entera no sería una alucina­ción? ¿Era yo realmente Elvesham y él yo? ¿No había yo soñado con Eden? ¿Existía Eden? Pero, si yo era Elvesham debería recordar lo que sucedió antes del sueño. "Llegaré a la locura", grité con mi odiosa voz.

Desesperado metí la cabeza en una palangana de agua fría, luego me sequé y probé otra vez. Era inútil. Yo sentía, fuera de toda duda, que era Eden, no El­vesham,  pero Eden en el cuerpo de Elvesham.

Ansiosamente me vestí con la ropa que recogí del piso y sólo después me di cuenta de que me había puesto un traje de etiqueta. Abrí el ropero y saqué un pantalón gris y una robe de chambre. Serían las seis de la mañana. La casa estaba silenciosa, las ventanas cerradas. El pasillo era amplio. La alfombrada escalera se perdía en la oscuridad del hall. Por una puerta entreví una gran mesa de trabajo, una biblioteca giratoria, la espalda de un sillón y una pared con filas y filas de libros. Mi biblioteca, murmuré, y el sonido de mi voz me trajo un recuerdo. Volví al dormitorio y me puse la dentadura postiza con la facilidad que da la costumbre. Así estoy mejor, dije rechinándola y volví al escritorio. Los cajo­nes del escritorio estaban cerrados con llave. No había rastros de las llaves ni tampoco las encontré en los bol­sillos. Registré la ropa del dormitorio. No había llaves, ni monedas, ni papeles, salvo la cuenta del restaurante. Sentí un extraño cansancio. La sagacidad de los planes de mi enemigo era verdaderamente infinita; comprendí que mi situación era desesperada. Me levanté con un esfuerzo y volví al escritorio.

En la escalera había una doncella, que abría los pos­tigos: Se sobresaltó, creo, al ver mi expresión. Cerré la puerta detrás de mí. Con un atizador intenté abrir a golpes el escritorio. Fue así como me encontraron. La tabla del escritorio quedó llena de rajaduras; la cerradura, aplastada; las cartas, diseminadas por la alfombra. En mi furor senil tiré la regla y las lapiceras, y volqué la tinta. No encontré ni talonario de cheques ni dinero, ni la menor indicación de cómo proceder para recuperar mi cuerpo. Golpeaba frenéticamente los cajones, cuando el mayordomo, respaldado por las doncellas, me contuvo.

Tal es la historia de mi transformación. Nadie me cree. Me tratan como un demente y, aún ahora, me tienen bajo vigilancia. Pero estoy cuerdo, absolutamente cuerdo; para demostrarlo, escribo lo que me ha sucedido. Soy un hombre joven, secuestrado en el cuerpo de un viejo. Naturalmente, parezco loco a quienes no me creen. Naturalmente, ignoro los nombres de mis secretarios y de los médicos que vienen a verme; de los sirvientes de mi casa; del pueblo en que estoy. Natural­mente, me pierdo en mi propia casa. Naturalmente, lloro y grito y tengo paroxismos de desesperación. No tengo ni dinero ni talonario de cheques. El banco no reconoce mi firma, pues, aunque mis músculos están débiles, mi letra es todavía la de Eden.

Soy un viejo furioso, desesperado, temido, que mero­dea por una lujosa casa interminable y a quien todos evitan. Y en Londres está Elvesham, con la sabiduría acumulada de setenta años y con el joven cuerpo que me ha robado.

No comprendo bien lo que ha sucedido. En la bi­blioteca hay muchos volúmenes que se refieren a la psi­cología del recuerdo y otros con cifras y símbolos que no entiendo.

Estoy por ensayar un experimento desesperado y úl­timo. Esta mañana, con el auxilio de un cuchillo que pude sustraer durante el almuerzo, logré forzar la cerra­dura de un evidente cajoncito secreto del escritorio. No había más que un frasco de vidrio verde, con el rótulo: Liberación. Contiene, seguramente, veneno. Si no hubiera estado tan escondido, creería que Elvesham lo habría puesto a mi alcance para desembarazarse del único tes­tigo de su crimen. Ahora vivirá en mi cuerpo hasta que éste envejezca y luego, rechazándolo, se pondrá la fuerza y la juventud de otra víctima. ¿Desde cuándo viene saltando de un cuerpo a otro? El polvo del frasco se disuelve en el agua. El gusto no es desagradable.

Aquí termina el manuscrito que se encontró en la biblioteca de Mr. Elvesham. El cadáver fue hallado entre la mesa de trabajo y la silla. El relato estaba escrito a lápiz. La escritura no parecía de Mr. Elvesham. Indis­cutiblemente, existió alguna relación entre Eden y El­vesham, pues la propiedad del último había sido trans­ferida al joven, aunque éste nunca heredó. Cuando Elvesham se suicidó, Eden ya estaba muerto. Veinticuatro horas antes, en la intersección de Gower Street y Euston Road, murió atropellado por un carruaje. El único hom­bre capaz de proyectar alguna luz sobre este relato fan­tástico, ha desaparecido.

H. G. Wells: The Plattner Story (1897)

Janet la torcida, de Robert Louis Stevenson

 Janet la Torcida

[Cuento - Texto completo.]


Robert Louis Stevenson

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida sin familia ni criado ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente, parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el púlpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.


La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado -ya muy al inicio del ministerio del señor Soulis- a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.


Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban -con el corazón latiéndoles a pleno ritmo- a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente, incluso de la parroquia, ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del señor Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada -por ser de naturaleza reservada- y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.


Cincuenta años atrás, cuando el señor Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven -un mozo, decía la gente- lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores -preocupados y serios- se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados… malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades. Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda alguna de que el señor Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros -más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio-, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobre todo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.


De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación -Janet M’Clour, la llamaban- y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key’s Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio, le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor, trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.


Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M’Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!


-Mujeres -dijo él, que tenía una voz magnífica-, en nombre de Dios les ordeno que la suelten.


Janet corrió hacia él -estaba realmente aterrorizada-, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.


-Mujer -le dijo a Janet-, ¿es eso verdad?


-Pongo a Dios por testigo -dijo ella- y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo -dijo ella-, he sido una mujer decente toda mi vida.


-¿Renuncias -dijo el señor Soulis-, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?


Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.


-Y ahora -dijo el señor Soulis a las señoras-, vayan a sus casas y pidan perdón a Dios.


Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.


Janet venía bajando por la aldea -ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza- con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M’Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.


Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.


A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.


Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.


Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en este había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Este aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.


Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M’Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante, recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.


-Janet -dijo-, ¿has visto a un hombre negro?


-¡Un hombre negro! -dijo ella- ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.


Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.


-Bueno -dijo él-. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.


Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.


-Caray -dijo ella-, debería darle vergüenza, reverendo -dijo dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.


Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.


Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.


Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca -porque el corazón le saltaba en el pecho- y, al atardecer, se fue a la cama.


Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.


Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero… poco sospechaba de qué enfermedad.


Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo -quizá por el frío que sentía en los pies-, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.


El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró -pocos le habrían seguido-, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.


«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está muerta.»


Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el pálpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.


Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.


Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» -dijo-, «dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.»


Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet «la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro -viva, se podría decir… muerta, como bien sabía el reverendo Soulis-, en el umbral de la casa.


Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el señor Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.


-¡Bruja, diablo! -gritó-, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.


Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.


Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M’Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.


Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo.


FIN


“Janet Thrawn”,

The Merry Men and Other Tales and Fables, 1887

sábado, 2 de noviembre de 2024

Rudyard Kipling: La carga del hombre blanco, 1899

 Rudyard Kipling: La carga del hombre blanco, 1899

Este famoso poema, escrito por el poeta imperial británico, fue una respuesta a la toma de control de Filipinas por parte de Estados Unidos después de la Guerra Hispano-estadounidense.

Tomad la carga del Hombre Blanco--

Enviad a los mejores de vuestra raza-- Id

y atad a vuestros hijos al exilio

Para servir a las necesidades de vuestros cautivos;

Para esperar con pesados ​​arneses,

Sobre gente agitada y salvaje--

Vuestros pueblos recién capturados, hoscos,

Mitad diablo y mitad niño.


Tomad la carga del Hombre Blanco--

Con paciencia para aguantar,

Para velar la amenaza del terror

Y reprimir la exhibición de orgullo;

Con un discurso abierto y sencillo,

Cien veces dejado claro

Para buscar el beneficio de otro,

Y trabajar la ganancia de otro.


Tomad la carga del Hombre Blanco--

Las salvajes guerras de la paz--

Llenad la boca del Hambre

Y ordenad a la enfermedad que cese;

Y cuando vuestro objetivo esté más cerca

El fin buscado por otros,

Observad cómo la pereza y la locura pagana

Destruyen todas vuestras esperanzas.


Tomad la carga del Hombre Blanco--

No el gobierno sórdido de los reyes,

Sino el trabajo del siervo y el barrendero--

El cuento de las cosas comunes.

Los puertos a los que no entraréis,

los caminos que no pisaréis,

id, marcadlos con vuestros vivos,

y marcadlos con vuestros muertos.


Tomad la carga del Hombre Blanco--

Y cosechad su antigua recompensa:

La culpa de los que sois mejores,

El odio de los que guardáis--

El grito de las huestes que complacéis

(¡Ah, lentamente!) hacia la luz:--

"¿Por qué nos ha sacado de la esclavitud,

Nuestra amada noche egipcia?"


Tomad la carga del Hombre Blanco--

No os atreváis a rebajaros--

Ni a invocar demasiado fuerte la Libertad

Para disimular vuestro cansancio;

Por todo lo que lloréis o susurréis,

Por todo lo que dejéis o hagáis,

Los pueblos silenciosos y hoscos

Pesarán a vuestros dioses y a vosotros.


Tomad la carga del Hombre Blanco--

Acabad con los días infantiles--

El laurel ofrecido a la ligera,

La alabanza fácil, sin escrúpulos.

Viene ahora, para examinar vuestra hombría

A través de todos los años ingratos

Fríos, afilados por la sabiduría comprada a precio de oro, ¡

El juicio de vuestros pares!

domingo, 3 de marzo de 2024

El cementerio de la aldea, de Thomas Gray

 "El cementerio de la aldea"​ de Thomas Gray (1716-1771)

Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas (1889).


Ya de la queda el toque reposado

Anuncia el fin del moribundo día,

Y por la loma el mugidor ganado

Camina lentamente á la alquería.


El cansado gañán por el sendero

Toma á su pobre choza con premura,


Y abandonando el universo entero

A mí lo deja y á la noche oscura.


Turbio, indistinto miro por doquiera

Borrarse ya el paisaje antes hermoso:

El viento duerme; en derredor impera

Quietud solemne, funeral reposo.


Y sólo se oye el vuelo y el zumbido

De la cigarra en los pelados cerros,

Y del rebaño en el lejano ejido

El soñoliento son de los cencerros;


O ya, de aquella torre que abrazada

La hiedra tiene con verdor lascivo,

Que alza á la luna blanca y argentada

Su amarga queja el buho pensativo,


Contra los que profanos y atrevidos

Quebrando con sus pasos el misterio

De estos bosques hojosos y escondidos,

Turban su antiguo y solitario imperio.


Bajo de aquellos álamos nudosos,

Del tejo melancólico á la sombra

Donde se alza en mogotes numerosos

El césped verde en desigual alfombra,


En su estrecha morada colocados

Bajo la humilde cruz que allí campea,

Descansan sin afanes ni cuidados,

Los rústicos abuelos de la aldea.


El leve soplo, el plácido gemido

Del viento en la aromática mañana;

La golondrina en el pajizo nido

Sus dulces trinos repitiendo ufana;


La aguda voz del gallo vigilante,

La ronca trompa y el clarín risueño,

No alcanzarán ya más un solo instante

A despertarlos de su eterno sueño.


No más para ellos el hogar sagrado

Dará su alegre fuego en el invierno,

Ni de la esposa el sin igual cuidado

Les mostrará su afán y afecto tierno;


Ni sus niños con pláticas sencillas

Esperarán con mágico embeleso,

Para trepar después á sus rodillas

Y disputar el envidiado beso.


¡Cuántas veces la espiga ya madura

Dobló á sus hoces la cerviz dorada!

¡Cuántas otras la gleba inerte y dura

Rompió su reja y quebrantó su azada!


¡Oh, cuál gozaban al lanzar con brío

En el abierto surco el rubio grano!

Y cómo resonaba el monte umbrío

Del hacha al golpe en su robusta mano!


No la ambición se mofe envanecida

Con insultante risa y gesto duro.


De los humildes goces de su vida,

Y destino pacífico y oscuro.


Ni escuche desdeñosa la grandeza,

A quien ciegos adoran los mortales,

Torciendo con desprecio la cabeza,

Del pobre los domésticos anales.


El fausto de alta alcurnia, el gran tesoro,

Y del poder la pompa soberana,

Y cuanto la hermosura y cuanto el oro

Dar han podido á la ambición humana,


Todo tiene la misma triste historia,

Todo en un mismo fin acaba y cesa,

Y la senda brillante de la gloria

Sólo conduce á la profunda huesa.


Ni los culpéis ¡oh vanos y orgullosos!

Si sus tumbas no adorna un monumento

Con trofeos lucidos y vistosos

Que á la voz de la fama den aliento.


En vasto templo, al esplendor radiante

De la luz que refleja en jaspe y oro,

Donde en la inmensa nave resonante

Se oye el clamor del órgano sonoro.


¿Pueden marmóreo busto, urna esculpida.

En donde el arte sus primores vierte,

Volver á dar respiración y vida

Al que duerme en el seno de la muerte


¿Pueden vagos y estériles honores

A esos huesos tornar su antiguo brío,

Y hacerse oír los ecos seductores

De la lisonja, en el sepulcro frío?


Talvez en ese sitio despreciado

Descansa un corazón noble y hermoso,

De sacro fuego celestial colmado,

Y lleno de entusiasmo generoso.


Talvez se pudren manos que pudieran

Regir el cetro augusto dignamente,

Que si las cuerdas de la lira hirieran,

Excitaran un éxtasis ferviente.


Pero á sus ojos el saber divino

Que guarda de los tiempos el tesoro,

Ni abrió su libro, ni mostró el camino

Que guía adonde crece el lauro de oro.


Su altiva inspiración con ceño adusto

Heló la triste y mísera pobreza,

Y la suerte secó con soplo injusto

El raudal que les dio naturaleza.


¡Cuánta perla gentil, rica y lozana.

De puro brillo y esplendor sereno,

Vedada siempre á la codicia humana

Guarda la mar en su profundo seno!


¡Ay, cuánta flor ostenta sus primores

En retirado valle sola y triste,


Y en medio de su aroma y sus colores

Nadie la mira y para nadie existe!


Aquí talvez un Hampden campesino

Yace, cuyo vigor y noble celo

Supieron contener en su camino

De la aldea al soberbio tiranuelo;


Algún oscuro Milton escondido

Cuya alma no inflamó fuego sagrado;

Un Cromwell para el mal desconocido,

Y de la sangre patria no manchado.


El aplauso arrancar con elocuencia

De un Senado suspenso á sus acentos,

Despreciar con heroica indiferencia

La flecha del dolor y los tormentos;


Sobre un país risueño y delicioso

Derramar la abundancia sin medida,

Leer su historia escrita en el gozoso

Rostro de una nación agradecida,


La suerte les vedó. Ceñidas fueron

Sus virtudes á límites estrechos,

Ni más allá sus faltas se extendieron

Del corto asilo de sus pobres techos.


Ni por sendas de víctimas cubiertas

Subieron á la cumbre soberana,

Ni de la tierna compasión las puertas

Cerraron nunca á la miseria humana.


Ni supieron ahogar con agonía

De la conciencia el grito penetrante,

Ni el incienso de dulce poesía

Rendir ante el altar del arrogante.


Lejos del mundo vil que despreciaron

Y de su hueco orgullo y desvarío,

Sus modestos deseos los salvaron

De locura, de error y de extravío.


Y por los valles frescos y frondosos

De la humana existencia, en el retiro,

Siguieron su camino silenciosos

Hasta exhalar el postrimer suspiro.


Mas para proteger de insulto impío

Estos huesos, aun miro levantadas

Pobres memorias que su polvo frío

Cubren con tosca gala ornamentadas.


Y contemplo en sus verdes sepulturas

Que cuidó amiga mano con esmero,

Rudos versos, informes esculturas

Que mueven á piedad al pasajero.


Una rústica Musa aquí ha grabado

Sus nombres y su edad, breve memoria

Que sustituye al canto levantado,

Y al rumor de la fama y de la gloria.


Y veo en otras piedras, entretanto

Que estas tristes reliquias examino,


Textos que nos ofrece el Libro Santo

Y enseñan á morir al campesino.


Porque ¿quién al mirarse condenado

A amarga soledad y eterno olvido,

Del todo y para siempre ha renunciado

A recordar las horas que ha vivido?


¿Quién, al perder el gozo y la alegría

Del claro sol y del brillante cielo,

No lanzó una mirada en su agonía

Y no tornó sus ojos hacia el suelo?


¡Ay! cuando el alma su morada deja,

Pide tierno cariño en su quebranto,

La turbia vista en lamentable queja

Demanda el dón de compasivo llanto.


Hasta en el fondo de la tumba helada

Su augusta voz levanta la Natura,

Y en las yertas cenizas abrigada

La llama está de amor y de lernura.


Tú, que haciendo memoria de los muertos

Sin honor á la tierra encomendados,

En estos versos, si sencillos, ciertos,

Sus vidas cuentas é inocentes hados;


Si un corazón simpático, embebido

Y á solas meditando aquí llegare,

Y por la suerte y fin que te ha cabido

Con cariñoso anhelo preguntare;


Talvez responda á su demanda pía

Un anciano pastor con triste acento:

"Aquí mil veces al rayar el día

Satisfecho le vimos y contento;


"Ya hollando con sus pasos presurosos

El rocío, á la brisa matutina,

Para gozar los rayos deliciosos

Del sol naciente en la gentil colina;


"O del flexible fresno al pie sentado,

Cuyas raíces viejas y torcidas

Se extienden caprichosas por el prado

En la grama vivaz entretejidas;


"De la mañana pura al fresco ambiente,

A la margen del plácido arroyuelo,

Contemplando el cristal de la corriente

Que retrata los árboles y el cielo.


"Ora en el bosque umbroso recostado

Con amargo desprecio sonreía,

Ora en sus pensamientos abismado

Los solitarios campos recorría;


"En ocasiones grave, en otras ledo.

Siempre en continua y desigual mudanza,

Ya inspirando piedad, ya horror y miedo,

Como herido de amor sin esperanza.


"Un día en la colina acostumbrada

Le perdimos de vista, y le buscámos,


Y la pradera verde y esmaltada

Y el árbol favorito visitamos.


"Y corrió un día más, y ni á la orilla

Del arroyo fugaz que frecuentaba,

Ni en el valle profundo que se humilla,

Ni en el alto collado se encontraba.


"Hasta que al otro, en procesión doliente

De la campana al son, con triste llanto,

Le vimos conducido lentamente

Por la senda que guía al campo santo.


"Acércate, y pues sabes, su destino

Leerás en la inscripción que ves escrita

En esa losa, bajo el viejo espino

Cuya desnuda copa el viento agita."


EPITAFIO


Aquí reposa, y la cansada frente

Reclina de la tierra sobre el seno,

Un mancebo ignorado de la gente,

A la Fortuna y á la Fama ajeno.


Su pobre cuna, y de su infancia el llanto

La ciencia no miró ceñuda y fría,

Y sobre él al nacer tendió su manto

La santa y celestial Melancolía.


Fué su alma noble y pura; fué sincero

Su corazón, y su piedad inmensa;


Y el cielo favorable y lisonjero,

Le concedió abundante recompensa.


De una sentida lágrima el consuelo—

Y era cuanto tenía— dio al mendigo;

Y mereció de la piedad del cielo—

Y era cuanto anhelaba— un buen amigo.


No su virtud y méritos explores

Escudriñando con afán curioso,

Ni pretendas sus frágiles errores

Sacar de este recinto pavoroso.


Los ha pesado en imparcial balanza

De la justicia el inflexible brazo,

Y reposan con trémula esperanza

De su padre y su Dios en el regazo.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Siegfried Sassoon, Suicidio en las trincheras y otros poemas de guerra

 Siegfried Sasoon


SUICIDIO EN LAS TRINCHERAS


Conocí a un simple soldado

que sonreía ante la vida con alegría hueca;

dormía profundamente en la solitaria oscuridad

y silbaba temprano con la alondra.


En las trincheras invernales, acobardado y sombrío,

entre migajas y piojos y falto de ron,

se metió una bala en el cerebro.

Nadie volvió a hablar de él.


*⁠*⁠*⁠*⁠*


Ustedes, multitudes de cara acomodada y ojos vivos,

que aplauden cuando los muchachos soldados desfilan,

escabúllanse a casa y recen para que nunca sepan

adónde van la juventud y la risa.


ELLOS


El obispo nos dice: "Cuando los chicos regresen

no serán los mismos, porque habrán luchado

por una causa justa: encabezan el último ataque

al Anticristo; la sangre de sus camaradas ha comprado

un nuevo derecho a engendrar una raza honorable;

han desafiado a la Muerte y la han retado cara a cara."


-"¡Ninguno de nosotros somos los mismos!"- responden los chicos.

"Porque George perdió ambas piernas; y Bill tiene los ojos de piedra;

el pobre Jim tiene un disparo en los pulmones y le gustaría morir;

y Bert se ha vuelto sifilítico: no encontrarás

a un tipo que haya servido y que no haya encontrado algo cambiado..."

Y el obispo dijo: '¡Extraños son los caminos del Señor!"


CONSECUENCIAS


¿Ya lo has olvidado...?

Porque los acontecimientos del mundo han continuado retumbando desde aquellos días amordazados,

como el tráfico controlado en el cruce de las calles de la ciudad;

y el vacío atormentado en tu mente se ha llenado de pensamientos que fluyen

como nubes de luz iluminadas por el cielo de la vida; y eres un hombre indultado para ir,

tomando tu parte pacífica del Tiempo, con sobra de alegría.

Pero el pasado sigue siendo el mismo... y la guerra es un juego sangriento... 

¿Ya lo has olvidado...?

Mira hacia abajo y jura, por los caídos en la guerra, que nunca olvidarás.

¿Recuerdas los meses oscuros en los que controlaste el sector de Mametz...?

¿Las noches en las que vigilabas, cableabas, cavabas y apilabas sacos de arena en los parapetos?

¿Te acuerdas de las ratas? ¿Y del hedor

de cadáveres pudriéndose frente a la trinchera de primera línea...

y del blanco amanecer sucio y frío bajo una lluvia desesperada?

¿Alguna vez te detienes y preguntas: "¿Va a ocurrir todo otra vez?"


¿Recuerdas esa hora de estrépito antes del ataque...?

¿Y la ira, la compasión ciega que te invadió y sacudió, mientras

contemplabas los rostros condenados y demacrados de tus hombres?

¿Recuerdas las camillas que retrocedían tambaleándose

con ojos moribundos y cabezas colgando, esas máscaras de gris ceniza

en los muchachos que alguna vez fueron entusiastas, amables y alegres?

¿Lo olvidaste ya...?

Mira hacia arriba y jura, por el verdor de la primavera, que nunca olvidarás

domingo, 14 de mayo de 2023

Más poemas de Swinburne

Traducción de Armando Roa:


El Mar


Retornaré a ti, madre generosa y dulce,

amante de los hombres, escondida bajo las aguas del mar.

Hasta tus profundidades descenderé, lejos de los hombres,

pugnando por besarte y fundirme a ti,

por asirte en un feroz abrazo.

¡Oh madre hermosa y blanca, que en días pretéritos

naciste sin hermanos ni hermanas!

Haz que mi alma sea libre, como libre es la tuya.

¡Oh bella madre mía, ceñida por verdores,

bajo las aguas del mar, vestida por el sol y la lluvia,

tus besos dulces y resueltos son fuertes como el vino

y tu abrazo, como el dolor, es hondo y vasto!

Sálvame y ocúltame con todas tus olas,

encuentra una tumba para mí entre los miles de sepulcros

helados que albergas en tus profundidades

y que forjaste sin necesidad de los hombres para un mundo más puro.


Dormiré. surcaré tus agua junto a los barcos,

seguiré el curso de tus vientos y mareas,

mis labios harán un festín en la espuma de los tuyos;

contigo he de alzarme y hundirme.

Dormiré, sin preguntarme de dónde eres o adónde vas,

con mis ojos y mis cabellos plenos de vida,

como una rosa colmada hasta los bordes

de brillo, fragancia y orgullo.


Y si esta vestidura mortal, tejida por la noche y el día

alguna vez me fuese arrebatada,

desnudo y contento zarpará hacia tus confines,

lleno de vida, sensible a ti y a tus caminos,

libre del mundo, buscando refugio en tu hogar

engalanado de verdores y coronado por la espuma,

sintiendo el pulso de la vida en tus radas y bahías,

como una vena en el corazón de las corrientes marinas.


El Jardín de Proserpina


Aquí, donde el mundo se acalla;

aquí, donde todas las aflicciones

se agolpan como olas exhaustas,

o como un tumulto de muertas corrientes

en un dudoso sueño de sueños.

Veo crecer las verdes campiñas

entre sembradores y labradores,

en tiempos de cosecha y en tiempos de ciega;

un dormido mundo de arroyos.


Cansado estoy de la alegría y la tristeza,

de los hombres que ríen y lloran,

y del destino que aguarda a sus cosechas.

Los días y las horas me fastidian,

marchitos capullos de flores estériles,

y también los anhelos, poderes y deseos;

dormir, sólo quiero dormir.


Aquí la vida es vecina de la muerte;

lejos de la vista y del oído, en otras regiones,

resuena el sollozo de las olas y de los vientos

empujando al espíritu en frágiles embarcaciones.

A la deriva, sin rumbo fijo.

Mas aquí, del otro lado del mundo,

donde nada florece,

esos vientos no soplan.


Aquí no brotan hierbas ni malezas;

no hay brezos ni vid;

entre débiles juncos donde las hojas no crecen

sólo mustios capullos de amapola,

verdes racimos de Proserpina,

para que ella exprima su vino mortal

y lo entregue a los muertos.


Pálidos, innumerables, sin nombre,

inclinándose en sombríos campos de mieses

durante toda la noche,

esos muertos, como almas tardías,

no acunadas en cielo o infierno alguno,

abatidas por la neblina y las tinieblas,

buscan el brillo de una luz

que los aleje para siempre de las sombras.

Mas por fuerte que sea nuestra vida

también algún día habremos de morir.

Y no seremos ángeles, si ascendemos al cielo,

ni sufriremos dolores, si caemos al infierno.

Pero la belleza que hay en nosotros

habrá de nublarse hasta perecer

y nuestro amor, ya en reposo, tocará su fin.


Allí está ella, detrás de atrios y pórticos,

coronada de yermas hojas,

recogiendo toda cosa mortal

que llegue hasta sus frías e inmortales manos.

Allí está ella, temida por el amor

a quien supera en dulzura,

acercando sus labios

a tantos hombres de tierras y tiempos diversos.


A la espera de todos nosotros,

nacidos para morir,

ella nos hace olvidar esta tierra, nuestra madre,

y la vida de los frutos y las mieses.

La primavera, las semillas y las golondrinas

emprenden vuelo y la siguen,

allí donde el canto del verano se ahueca

y la vida se aleja.


Allá van los amores marchitos,

los viejos amores con sus alas cansadas,

y los años perdidos y las cosas deshechas.


Moribundos sueños de inhóspitos días,

ciegos capullos arrancados por la nieve,

hojas salvajes arrastradas por el viento,

sangrientos extravíos de arruinadas primaveras.


Ni las tristezas ni las alegrías son seguras;

el presente ha de morir en el mañana

y nada hay que pueda doblegar el señorío del tiempo.

El corazón, decaído y displicente, suspira acongojado;

sus ojos abatidos y olvidadizos

gimen la brevedad del amor.


Por grande que sea nuestro apego a la vida,

buscamos liberamos de esperanzas y temores;

por eso agradecemos a los dioses,

no importa quiénes sean,

que la vida no dure para siempre,

que nada perturbe el dormir de los muertos,

que hasta el río menos generoso

haya siempre de retornar al mar.

Porque entonces no habrá estrellas ni soles

ni cambios de luz que puedan despertarnos;

no habrá aguas que se agiten tumultuosamente

ni sonidos ni visiones;

tampoco habrá días, estaciones, o seres luminosos;

sólo un eterno sueño

en una eterna noche.


Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire


¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,

oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?

Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar

o una filipéndula, germinando lentamente,

de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer

antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.


Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío

regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por

el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces

espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.


Orgulloso y sombrío

palpitabas en el abismo profundo del cielo;

tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,

al sollozo del mar en agrestes promontorios,

al estéril beso de las olas,

al rumor incierto de la tumba de Leucadia,

con sus hondos cantos.

Ah, el beso yerto y salado del mar,

el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,

acosándonos y derribándonos,

como ciegos dioses que ignoran la misericordia.


Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,

quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,

amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,

desnudos ante tu ojo escrutador

que se abría en medio del aire viciado de la noche.

Toscas cosechas en tiempos de lascivia:

pecado sin forma, placer sin palabra.

Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños

y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.

En cada rostro viste la sombra

de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.


Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;

el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,

¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!

Ahora los dioses, hambrientos de muerte,

alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.

El amor no puede equivocarse

entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,

allí donde hay labios que nunca se abrirán.

El alma se escurre del cuerpo

y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,

como el rocío cuando cae desde las campánulas.


Es suficiente: el principio y el fin

son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.

Oh mano separada del amigo incondicional,

sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.

Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias

sólo hojas muertas y un poco de polvo.

Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,

los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,

cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.

Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;

dormir, dormir para ver la luz.


Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;

sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.

Quizá has encontrado tu lugar

entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,

reclamando de ti hondas visiones

bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,

de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,

con todo el peso de sus cabellos

cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino

donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.


¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?

Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles

capullos has encontrado sembrados en la penumbra?

¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo

una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?

¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?

¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?

¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,

allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?


Ah, mi volátil canción se desvanece

ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,

tú, veloz como ninguno.

Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa

de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,

cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.

Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas

que caen desde ojos acongojados,

que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.

Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.


Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;

lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.

¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?

¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?

Fantasías, deseos,

o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.

Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.

Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,

mortecina luz que cae desde cielos remotos

cuando el oído está sordo

y la mirada se nubla.


Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo

te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo

un destello del triste sonido tu alma,

la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado

en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe

mi espíritu de la comunión con tus versos.

Estos recuerdos y estas melodías

que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;

las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,

con mis manos prestas a ceñir,

con mis oídos atentos al vago clamor

de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.


Yo soy uno de ellos, avanzando

ante hogueras que arden, apilada la tierra,

ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,

haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,

sin plegarias ni alabanzas,

brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,

que de miel y esencias están sembradas mis tierras

mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.

Como Orestes, deposité en tu sepulcro

un rizo de mi cabello desgreñado.


No hay manos capaces de traicionarte,

oh rey de cabeza encogida,

pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.

Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.

Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres

escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas

en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.

Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;

pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,

las más altas musas de todos los tiempos

gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.


Así, aun cuando aquí entre nosotros

Dios esconda su sagrada fuerza

y apague su luz

sin manifestar su música y su poder

con el suave ardor de canciones sonoras,

quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo

y nutrirlos con su agrio aliento.

Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.

Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor

al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento

así como al nuestro lo sacia con fama.


Y ahora, en el ocaso de tu alma,

el dios de todos los soles y canciones se inclina

para unir sus laureles con tu corona de cipreses.

Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.

Sabiendo todo lo que fuiste y eres,

compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,

lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos

y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros

tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,

y sobre tu yerta cabeza

deposita un último trazo de luz.


Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,

abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,

llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,

la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada

por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro

la divina risa de la antigua Grecia.


Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:

tú también te postraste a su carne,

por ella entonaste plegarias

y te apartaste hacia una tierra desconocida

mientras ardían las sombras del Infierno.


Sé que ninguna corona brotará de estas flores;

que ningún saludo atraerá la luz.

Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,

los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.

No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada

por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,

despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.

Mas no por ello dejaré de hacer música para ti

cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.

Así al menos depositaré un cetro

en el relicario donde moran tus sueños.


Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.

Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,

pues a no mucho más puede aspirar el hombre.

Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,

flores urdidas en el sigilo y la sombra;

en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,

en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.

Tú, con el corazón lleno de esperanza,

desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;

pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte

que a todos habrá de alcanzarnos

cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.

Para ti, hermano mío,

alma sumergida en el silencio.


Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.

Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.

La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;

de sus entrañas brota la tristeza

y en medio de sus pechos asoma una tumba.

Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;

Ahora descansas en paz, sin turbulencias

ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.

Vaya este canto para ti, querido hermano,

sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,

solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.


Antes del Ocaso


Antes que la noche se abrace a la tierra

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.

Antes que al miedo le sea posible sentir temblores o escalofríos,

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.


Cuando el insaciable corazón murmura entre lamentos

"o es demasiado o es poco",

y la boca sedienta tardíamente se abstiene.


Blandas, deslizándose por el cuello de cada amante,

las manos del amor sostienen secretamente la brida;

y mientras buscamos en él la señal esperada,

su luz crepuscular declina en el cielo.


Fragmentos de Atalanta en Calidon


Mirad a los dioses: no aman la justicia más que el destino;

lastiman la boca del noble y la boca del impío;

sangre corrupta dejan correr por las venas del hombre devoto;

mancillan el labio del santo y el labio del traidor.

Oh Dios, supremo mal,

todos estamos contra ti, contra ti, Oh Dios.

Con la espada y la vara nos recoges;

nos cubres de sombras apilando la hierba;

el destino debe cumplirse para oscurecer el rostro

del hombre ante ti, oh Dios


Fugaz y débil es el amor, ciego como una llama;

enmascarado por la risa, oculta lágrimas y deseos;

a su lado camina un hombre y una doncella.

Una doncella en cuyos ojos todo goce se apaga

cuando los capullos encienden su aliento nupcial.

A él lo bautizan bajo el nombre del Destino;

su amada no es otra que la muerte...


Oh madre soñadora,

¿podrás cubrirme

con todos tus anhelos, cálidos como el sol,

cuando yo me sumerja en lo oscuro, como una sombra entre las sombras

y solloce entre arroyos insalvables?