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domingo, 26 de julio de 2015

Fray Luis de León, Selección poética

ODA I - VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida 
la del que huye del mundanal ruïdo, 
y sigue la escondida 
senda, por donde han ido 
los pocos sabios que en el mundo han sido;

 Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado, 
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

 No cura si la fama 
canta con voz su nombre pregonera, 
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera.

 ¿Qué presta a mi contento 
si soy del vano dedo señalado; 
si, en busca deste viento, 
ando desalentado 
con ansias vivas, con mortal cuidado?

 ¡Oh monte, oh fuente, oh río,! 
¡Oh secreto seguro, deleitoso! 
Roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo 
huyo de aqueste mar tempestuoso.

 Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero; 
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

 Despiértenme las aves 
con su cantar sabroso no aprendido; 
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
el que al ajeno arbitrio está atenido.

 Vivir quiero conmigo, 
gozar quiero del bien que debo al cielo, 
a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, 
de odio, de esperanzas, de recelo.

 Del monte en la ladera, 
por mi mano plantado tengo un huerto, 
que con la primavera 
de bella flor cubierto 
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

 Y como codiciosa 
por ver y acrecentar su hermosura, 
desde la cumbre airosa 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo se apresura.

 Y luego, sosegada, 
el paso entre los árboles torciendo, 
el suelo de pasada 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo.

 El aire del huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido; 
los árboles menea 
con un manso ruïdo 
que del oro y del cetro pone olvido.

 Téngase su tesoro 
los que de un falso leño se confían; 
no es mío ver el lloro 
de los que desconfían 
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

 La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna, al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen a porfía.

 A mí una pobrecilla 
mesa de amable paz bien abastada 
me basta, y la vajilla, 
de fino oro labrada 
sea de quien la mar no teme airada.

 Y mientras miserable- 
mente se están los otros abrazando 
con sed insacïable 
del peligroso mando, 
tendido yo a la sombra esté cantando.

 A la sombra tendido, 
de hiedra y lauro eterno coronado, 
puesto el atento oído 
al son dulce, acordado, 
del plectro sabiamente meneado.

ODA III - A FRANCISCO DE SALINAS

A Francisco Salinas

Catedrático de Música de la Universidad de Salamanca

El aire se serena 
y viste de hermosura y luz no usada, 
Salinas, cuando suena 
la música estremada, 
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino 
el alma, que en olvido está sumida, 
torna a cobrar el tino 
y memoria perdida 
de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce, 
en suerte y pensamientos se mejora; 
el oro desconoce, 
que el vulgo vil adora, 
la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo 
hasta llegar a la más alta esfera, 
y oye allí otro modo 
de no perecedera 
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro, 
aquesta inmensa cítara aplicado, 
con movimiento diestro 
produce el son sagrado, 
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta 
de números concordes, luego envía 
consonante respuesta; 
y entrambas a porfía 
se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega 
por un mar de dulzura, y finalmente 
en él ansí se anega 
que ningún accidente 
estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso! 
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido! 
¡Durase en tu reposo, 
sin ser restituido 
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo, 
gloria del apolíneo sacro coro, 
amigos a quien amo 
sobre todo tesoro; 
que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino, 
Salinas, vuestro son en mis oídos, 
por quien al bien divino 
despiertan los sentidos 
quedando a lo demás amortecidos!

ODA VIII - NOCHE SERENA

A Don Loarte

Cuando contemplo el cielo 
de innumerables luces adornado, 
y miro hacia el suelo 
de noche rodeado, 
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena 
despiertan en mi pecho un ansia ardiente; 
despiden larga vena 
los ojos hechos fuente; 
Loarte y digo al fin con voz doliente:

«Morada de grandeza, 
templo de claridad y hermosura, 
el alma, que a tu alteza 
nació, ¿qué desventura 
la tiene en esta cárcel baja, escura?

¿Qué mortal desatino 
de la verdad aleja así el sentido, 
que, de tu bien divino 
olvidado, perdido 
sigue la vana sombra, el bien fingido?

El hombre está entregado 
al sueño, de su suerte no cuidando; 
y, con paso callado, 
el cielo, vueltas dando, 
las horas del vivir le va hurtando.

¡Oh, despertad, mortales! 
Mirad con atención en vuestro daño. 
Las almas inmortales, 
hechas a bien tamaño, 
¿podrán vivir de sombra y de engaño?

¡Ay, levantad los ojos 
aquesta celestial eterna esfera! 
burlaréis los antojos 
de aquesa lisonjera 
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto 
el bajo y torpe suelo, comparado 
con ese gran trasunto, 
do vive mejorado 
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto 
de aquestos resplandores eternales, 
su movimiento cierto 
sus pasos desiguales 
y en proporción concorde tan iguales;

la luna cómo mueve 
la plateada rueda, y va en pos della 
la luz do el saber llueve, 
y la graciosa estrella 
de amor la sigue reluciente y bella;

y cómo otro camino 
prosigue el sanguinoso Marte airado, 
y el Júpiter benino, 
de bienes mil cercado, 
serena el cielo con su rayo amado;

—rodéase en la cumbre 
Saturno, padre de los siglos de oro; 
tras él la muchedumbre 
del reluciente coro  
su luz va repartiendo y su tesoro—:

¿quién es el que esto mira 
y precia la bajeza de la tierra, 
y no gime y suspira 
y rompe lo que encierra 
el alma y destos bienes la destierra?

Aquí vive el contento, 
aquí reina la paz; aquí, asentado 
en rico y alto asiento, 
está el Amor sagrado, 
de glorias y deleites rodeado.

Inmensa hermosura 
aquí se muestra toda, y resplandece 
clarísima luz pura, 
que jamás anochece; 
eterna primavera aquí florece.

¡Oh campos verdaderos! 
¡Oh prados con verdad frescos y amenos! 
¡Riquísimos mineros! 
¡Oh deleitosos senos! 
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

ODA X - A FELIPE RUIZ

¿Cuándo será que pueda, 
libre desta prisión volar al cielo, 
Felipe, y en la rueda, 
que huye más del suelo, 
contemplar la verdad pura sin duelo?

Allí a mi vida junto, 
en luz resplandeciente convertido, 
veré distinto y junto 
lo que es y lo que ha sido, 
y su principio propio y ascondido.

Entonces veré cómo 
la soberana mano echó el cimiento 
tan a nivel y plomo, 
dó estable y firme asiento 
posee el pesadísimo elemento.

Veré las inmortales 
columnas do la tierra está fundada; 
las lindes y señales 
con que a la mar hinchada 
la Providencia tiene aprisionada;

por qué tiembla la tierra; 
por qué las hondas mares se embravecen, 
dó sale a mover guerra 
el cierzo, y por qué crecen 
las aguas del Océano y descrecen;

de dó manan las fuentes; 
quién ceba y quién bastece de los ríos 
las perpetuas corrientes; 
de los helados fríos 
veré las causas, y de los estíos;

las soberanas aguas 
del aire en la región quién las sostiene; 
de los rayos las fraguas, 
dó los tesoros tiene 
de nieve Dios, y el trueno dónde viene.

¿No ves cuando acontece 
turbarse el aire todo en el verano? 
El día se ennegrece, 
sopla el gallego insano, 
y sube hasta el cielo el polvo vano;

y entre las nubes mueve 
su carro Dios, ligero y reluciente; 
horrible son conmueve, 
relumbra fuego ardiente, 
treme la tierra, humíllase la gente;

la lluvia baña el techo; 
invían largos ríos los collados; 
su trabajo deshecho, 
los campos anegados, 
miran los labradores espantados.

Y de allí levantado, 
veré los movimientos celestiales, 
ansí el arrebatado 
como los naturales, 
las causas de los hados, las señales.

Quién rige las estrellas 
veré, y quién las enciende con hermosas 
y eficaces centellas; 
por qué están las dos Osas 
de bañarse en el mar siempre medrosas.

Veré este fuego eterno, 
fuente de vida y luz, dó se mantiene; 
y por qué en el invierno 
tan presuroso viene, 
quien en las noches largas se detiene.

Veré sin movimiento 
en la más alta esfera las moradas 
del gozo y del contento, 
de oro y luz labradas, 
de espíritus dichosos habitadas.

ODA XII - A FELIPE RUIZ

¿Qué vale cuanto vee, 
do nace y do se pone, el sol luciente, 
lo que el Indio posee, 
lo que da el claro Oriente 
con todo lo que afana la vil gente?

El uno, mientras cura 
dejar rico descanso a su heredero, 
vive en pobreza dura 
y perdona al dinero 
y contra sí se muestra crudo y fiero;

el otro, que sediento 
anhela al señorío, sirve ciego 
y, por subir su asiento, 
abájase a vil ruego 
y de la libertad va haciendo entrego.

Quien de dos claros ojos 
y de un cabello de oro se enamora, 
compra con mil enojos 
una menguada hora, 
un gozo breve que sin fin se llora.

Dichoso el que se mide, 
Felipe, y de la vida el gozo bueno 
a sí solo lo pide, 
y mira como ajeno 
aquello que no está dentro en su seno.

Si resplandece el día, 
si Éolo su reino turba, ensaña, 
el rostro no varía 
y, si la alta montaña 
encima le viniere, no le daña.

Bien como la ñudosa 
carrasca, en alto risco desmochada 
con hacha poderosa, 
del ser despedazada 
del hierro torna rica y esforzada;

querrás hundille y crece 
mayor que de primero y, si porfía 
la lucha, más florece 
y firme al suelo invía 
al que por vencedor ya se tenía.

Esento a todo cuanto 
presume la fortuna, sosegado 
está y libre de espanto 
ante el tirano airado, 
de hierro, de crueza y fuego armado;

«El fuego —dice— enciende; 
aguza el hierro crudo, rompe y llega 
y, si me hallares, prende 
y da a tu hambre ciega 
su cebo deseado, y la sosiega;

¿qué estás? ¿no ves el pecho 
desnudo, flaco, abierto? ¿Oh, no te cabe 
en puño tan estrecho 
el corazón, que sabe 
cerrar cielos y tierra con su llave?;

ahonda más adentro; 
desvuelva las entrañas el insano 
puñal; penetra al centro; 
mas es trabajo vano, 
jamás me alcanzará tu corta mano.

Rompiste mi cadena, 
ardiendo por prenderme: al gran consuelo 
subido he por tu pena; 
ya suelto encumbro el vuelo, 
traspaso sobre el aire, huello el cielo.»

ODA XI - AL LICENCIADO JUAN DE GRIAL

Recoge ya en el seno 
el campo su hermosura, el cielo aoja 
con luz triste el ameno 
verdor, y hoja a hoja 
las cimas de los árboles despoja.

Ya Febo inclina el paso 
al resplandor egeo; ya del día 
las horas corta escaso; 
ya Éolo al mediodía, 
soplando espesas nubes nos envía;

ya el ave vengadora 
del Íbico navega los nublados 
y con voz ronca llora, 
y, el yugo al cuello atados, 
los bueyes van rompiendo los sembrados.

El tiempo nos convida 
a los estudios nobles, y la fama, 
Grial, a la subida 
del sacro monte llama, 
do no podrá subir la postrer llama;

alarga el bien guiado 
paso y la cuesta vence y solo gana 
la cumbre del collado 
y, do más pura mana 
la fuente, satisfaz tu ardiente gana;

no cures si el perdido 
error admira el oro y va sediento 
en pos de un bien fingido, 
que no ansí vuela el viento, 
cuanto es fugaz y vano aquel contento;

escribe lo que Febo 
te dicta favorable, que lo antiguo 
iguala y pasa el nuevo 
estilo; y, caro amigo, 
no esperes que podré atener contigo,

que yo, de un torbellino 
traidor acometido y derrocado 
del medio del camino 
al hondo, el plectro amado 
y del vuelo las alas he quebrado.

ODA XIII - DE LA VIDA DEL CIELO

Alma región luciente, 
prado de bienandanza, que ni al hielo 
ni con el rayo ardiente 
fallece; fértil suelo, 
producidor eterno de consuelo:

de púrpura y de nieve 
florida, la cabeza coronado, 
y dulces pastos mueve, 
sin honda ni cayado, 
el Buen Pastor en ti su hato amado.

Él va, y en pos dichosas 
le siguen sus ovejas, do las pace 
con inmortales rosas, 
con flor que siempre nace 
y cuanto más se goza más renace.

Y dentro a la montaña 
del alto bien las guía; ya en la vena 
del gozo fiel las baña, 
y les da mesa llena, 
pastor y pasto él solo, y suerte buena.

Y de su esfera, cuando 
la cumbre toca, altísimo subido, 
el sol, él sesteando, 
de su hato ceñido, 
con dulce son deleita el santo oído.

Toca el rabel sonoro, 
y el inmortal dulzor al alma pasa, 
con que envilece el oro, 
y ardiendo se traspasa 
y lanza en aquel bien libre de tasa.

¡Oh, son! ¡Oh, voz!  Siquiera 
pequeña parte alguna decendiese 
en mi sentido, y fuera 
de sí la alma pusiese 
y toda en ti, ¡oh, Amor!, la convirtiese,

conocería dónde 
sesteas, dulce Esposo, y, desatada 
de esta prisión adonde 
padece, a tu manada 
viviera junta, sin vagar errada.

ODA XIV - AL APARTAMIENTO

¡Oh ya seguro puerto 
de mi tan luengo error! ¡oh deseado 
para reparo cierto 
del grave mal pasado! 
¡reposo dulce, alegre, reposado!;

techo pajizo, adonde 
jamás hizo morada el enemigo 
cuidado, ni se asconde 
invidia en rostro amigo, 
ni voz perjura, ni mortal testigo;

sierra que vas al cielo 
altísima, y que gozas del sosiego 
que no conoce el suelo, 
adonde el vulgo ciego 
ama el morir, ardiendo en vivo fuego:

recíbeme en tu cumbre, 
recíbeme, que huyo perseguido 
la errada muchedumbre, 
el trabajar perdido, 
la falsa paz, el mal no merecido;

y do está más sereno 
el aire me coloca, mientras curo 
los daños del veneno 
que bebí mal seguro, 
mientras el mancillado pecho apuro;

mientras que poco a poco 
borro de la memoria cuanto impreso 
dejó allí el vivir loco 
por todo su proceso 
vario entre gozo vano y caso avieso.

En ti, casi desnudo 
deste corporal velo, y de la asida 
costumbre roto el ñudo, 
traspasaré la vida 
en gozo, en paz, en luz no corrompida;

de ti, en el mar sujeto 
con lástima los ojos inclinando, 
contemplaré el aprieto 
del miserable bando, 
que las saladas ondas va cortando:

el uno, que surgía 
alegre ya en el puerto, salteado 
de bravo soplo, guía, 
apenas el navío desarmado;

el otro en la encubierta 
peña rompe la nave, que al momento 
el hondo pide abierta; 
al otro calma el viento; 
otro en las bajas Sirtes hace asiento;

a otros roba el claro 
día, y el corazón, el aguacero; 
ofrecen al avaro 
Neptuno su dinero; 
otro nadando huye el morir fiero.

Esfuerza, opón el pecho, 
mas ¿cómo será parte un afligido 
que va, el leño deshecho, 
de flaca tabla asido, 
contra un abismo inmenso embravecido?

¡Ay, otra vez y ciento 
otras seguro puerto deseado! 
no me falte tu asiento, 
y falte cuanto amado, 
cuanto del ciego error es cudiciado.

ODA XV - A DON PEDRO PORTOCARRERO

No siempre es poderosa, 
Carrero, la maldad, ni siempre atina 
la envidia ponzoñosa, 
y la fuerza sin ley que más se empina 
al fin la frente inclina; 
que quien se opone al cielo, 
cuando más alto sube, viene al suelo.

Testigo es manifiesto 
el parto de la Tierra mal osado, 
que, cuando tuvo puesto 
un monte encima de otro, y levantado, 
al hondo derrocado, 
sin esperanza gime 
debajo su edificio que le oprime.

Si ya la niebla fría 
al rayo que amanece odiosa ofende 
y contra el claro día 
las alas oscurísimas estiende, 
no alcanza lo que emprende, 
al fin y desparece, 
y el sol puro en el cielo resplandece.

No pudo ser vencida, 
ni la será jamás, ni la llaneza 
ni la inocente vida 
ni la fe sin error ni la pureza, 
por más que la fiereza 
del Tigre ciña un lado, 
y el otro el Basilisco emponzoñado;

por más que se conjuren 
el odio y el poder y el falso engaño, 
y ciegos de ira apuren 
lo propio y lo diverso, ajeno, estraño, 
jamás le harán daño; 
antes, cual fino oro, 
recobra del crisol nuevo tesoro.

El ánimo constante, 
armado de verdad, mil aceradas, 
mil puntas de diamante 
embota y enflaquece y, desplegadas 
las fuerzas encerradas, 
sobre el opuesto bando 
con poderoso pie se ensalza hollando;

y con cien voces suena 
la Fama, que a la Sierpe, al Tigre fiero 
vencidos los condena 
a daño no jamás perecedero; 
y, con vuelo ligero 
veniendo, la Vitoria 
corona al vencedor de gozo y gloria.

ODA XVIII - EN LA ASCENSIÓN

¿Y dejas, Pastor santo, 
tu grey en este valle hondo, escuro, 
con soledad y llanto; 
y tú, rompiendo el puro 
aire, ¿te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados, 
y los agora tristes y afligidos, 
a tus pechos criados, 
de ti desposeídos, 
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos 
que vieron de tu rostro la hermosura, 
que no les sea enojos? 
Quien oyó tu dulzura, 
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado, 
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto 
al viento fiero, airado? 
Estando tú encubierto, 
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube, envidiosa 
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas? 
¿Dó vuelas presurosa? 
¡Cuán rica tú te alejas! 
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!



DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO

    Canción

En el profundo del abismo estabas 
del no ser encerrado y detenido, 
sin poder ni saber salir afuera, 
y todo lo que es algo en mí faltaba, 
la vida, el alma, el cuerpo y el sentido; 
y en fin, mi ser no ser entonces era, 
y así de esta manera 
estuve eternamente 
nada visible y sin tratar con gente, 
en tal suerte que aun era muy más buena 
del ancho mar la más menuda arena; 
y el gusanillo de la gente hollado 
un rey era, conmigo comparado.

Estando, pues, en tal tiniebla oscura, 
volviendo ya con curso presuroso 
el sexto siglo el estrellado cielo, 
miró el gran Padre, Dios de la natura, 
y viome en sí benigno y amoroso, 
y sacóme a la luz de aqueste suelo, 
vistióme de este velo, 
de flaca carne y güeso, 
mas diome el alma, a quien no hubiera peso, 
que impidiera llegar a la presencia 
de la divina e inefable Esencia, 
si la primera culpa no agravara 
su ligereza y alas derribara

¡Oh culpa amarga, y cuánto bien quitaste 
al alma mía! ¡Cuánto mal hiciste! 
Luego que fue criada y junto infusa, 
tú de gracia y justicia la privaste, 
y al mismo Dios contraria la pusiste; 
ciega, enemiga, sin favor, confusa, 
por ti siempre rehúsa 
el bien, y la molesta 
la virtud, y a los vicios está presta; 
por ti la fiera muerte ensangrentada, 
por ti toda miseria tuvo entrada, 
hambre, dolor, gemido, fuego, invierno, 
pobreza, enfermedad, pecado, infierno.

Así que en los pañales del pecado 
fui, como todos, luego al punto envuelto 
y con la obligación de eterna pena, 
con tanta fuerza y tan estrecho atado, 
que no pudiera de ella verme suelto 
en virtud propia ni en virtud ajena, 
sino de aquella (llena 
de piedad tan fuerte) 
bondad, que con su muerte a nuestra muerte 
mató, y gloriosamente hubo deshecho, 
rompiendo el amoroso y sacro pecho, 
de donde mana soberana fuente 
de gracia y de salud a toda gente.

En esto plugo a la bondad inmensa 
darme otro ser más alto que tenía, 
bañándome en el agua consagrada; 
quedó con esto limpia de la ofensa, 
graciosísima y bella el alma mía, 
de mil bienes y dones adornada; 
en fin, cual desposada 
con el Rey de la gloria, 
¡oh, cuán dulce y suavísima memoria!, 
allí la recibió por cara Esposa, 
y allí le prometió de no amar cosa 
fuera de él o por él, mientras viviese. 
¡Oh, si, de hoy más siquiera, lo cumpliese!

Crecí después y fui en edad entrando; 
llegué a la discreción, con que debiera 
entregarme a quien tanto me había dado, 
y, en vez de esto la lealtad quebrando, 
que en el bautismo sacro prometiera 
y con mi propio nombre había firmado, 
aún no hubo bien llegado 
el deleite vicioso 
del cruel enemigo venenoso, 
cuando con todo di en un punto al traste. 
¿Hay corazón tan duro en sí, que baste 
a no romperse dentro en nuestro seno, 
de pena el mío, de lástima el ajeno?

Más que la tierra queda tenebrosa, 
cuando su claro rostro el sol ausenta 
y a bañar lleva al mar su carro de oro; 
más estéril, más seca y pedregosa, 
que cuando largo tiempo está sedienta, 
quedó mi alma sin aquel tesoro, 
por quien yo plaño y lloro, 
y hay que llorar contino, 
pues que quedé sin luz del Sol divino, 
y sin aquel rocío soberano, 
que obraba en ella el celestial verano; 
ciega, disforme, torpe y a la hora 
hecha una vil esclava de señora.

¡Oh, Padre inmenso, que inmovible estando 
das a las cosas movimiento y vida, 
y las gobiernas tan süavemente!, 
¿qué amor detuvo tu justicia, cuando 
mi alma tan ingrata y atrevida, 
dejando a ti, del bien eterno fuente, 
con ansia tan ardiente 
en aguas detenidas 
de cisternas corruptas y podridas, 
se echó de pechos ante tu presencia? 
¡Oh, divina y altísima clemencia, 
que no me despeñases al momento 
en el largo profundo del tormento!

Sufrióme entonces tu piedad divina 
y sacóme de aquel hediondo cieno, 
do, sin sentir aún el hedor, estaba 
con falsa paz el ánima mezquina, 
juzgando por tan rico y tan sereno 
el miserable estado que gozaba, 
que sólo deseaba 
perpetuo aquel contento; 
pero sopló a deshora un manso viento 
del Espíritu eterno, y, enviando 
un aire dulce al alma, fue llevando 
la espesa niebla que la luz cubría, 
dándole un claro y muy sereno día.

Vio luego de su estado la vileza, 
en que, guardando inmundos animales, 
de su tan vil manjar aún no se hartara; 
vio el fruto del deleite y de torpeza 
ser confusión, y penas tan mortales; 
temió la recta y no doblada vara, 
y la severa cara 
de aquel juez sempiterno; 
la muerte, juicio, gloria, fuego, infierno, 
cada cual acudiendo por su parte, 
la cercan con tal fuerza y de tal arte, 
que, quedando confuso y temeroso, 
temblando estaba sin hallar reposo.

Ya que, en mí vuelto, sosegué algún tanto, 
en lágrimas bañando el pecho y suelo, 
y con suspiros abrasando el viento: 
«Padre piadoso, dije, Padre santo, 
benigno Padre, Padre de consuelo, 
perdonad, Padre, aqueste atrevimiento; 
a vos vengo, aunque siento, 
de mí mismo corrido, 
que no merezco ser de vos oído; 
mas mirad las heridas que me han hecho 
mis pecados, cuán roto y cuán deshecho 
me tienen, y cuán pobre y miserable, 
ciego, leproso, enfermo, lamentable.

Mostrad vuestras entrañas amorosas 
en recebirme agora y perdonarme, 
pues es, benigno Dios, tan propio vuestro 
tener piedad de todas vuestras cosas; 
y si os place, Señor, de castigarme, 
no me entreguéis al enemigo nuestro; 
a diestro y a siniestro 
tomad vos la venganza, 
herid en mí con fuego, azote y lanza; 
cortad, quemad, romped; sin duelo alguno 
atormentad mis miembros de uno a uno, 
con que, después de aqueste tal castigo, 
volváis a ser mi Dios, mi buen amigo».

Apenas hube dicho aquesto, cuando 
con los brazos abiertos me levanta 
y me otorga su amor, su gracia y vida, 
y a mis males y llagas aplicando 
la medicina soberana y santa, 
a tal enfermedad constituida, 
me deja sin herida, 
de todo punto sano, 
pero con las heridas del tirano 
hábito, que iba ya en naturaleza 
volviéndose, y con una tal flaqueza, 
que, aunque sané del mal y su accidente, 
diez años ha que soy convaleciente.

Francisco de La Torre, Selección de sonetos, odas y canciones


Soneto 1


Si lo que el alma me reuela, quando,
Filis, contemplo la diuina y rara
beldad al mundo más que el cielo clara,
que adoro ardiendo y reuerencio ama[n]do,

con el acento doloroso y blando
que me quexo de ti, significara,
parara el Sol, las fieras humillara,
arrebatara el cielo contemplando.

Mas como el rayo de tus bellos ojos
otras tinieblas amanece agora
en el que fué mi ocaso escurecido,

silencio eterno esco[n]de el que te adora,
a quien los rayos de tu Oriente rojos
encubren nubes de perpetuo oluido.



Soneto 2


La fatal influencia que recibo
del mouimiento de las dos estrellas
al cielo más diuinas, y más bellas
al mundo que de Febo el rayo viuo;

la escura nube del desdén altiuo
impide que resulte agora dellas
bien a mi mal, aliuio a mis querellas,
fin al dolor y fin al llanto esquiuo,

Suspiro de contino y, suspirando,
apenas desminuyo la cerrada
niebla que esconde mi diuina lumbre.

Venus, si agrauios mueuen tu hijo blando,
assegura tu Reyno y de passada
haz que pierdan altiuos gloria y cu[m]bre.



Soneto 3


Lexos Amintas de su fiel ganado,
toro viejo y fortíssimo buscando,
por la espessura de la selua errando,
en la manada de Damón prendado,

bella cabra perdida, el enriscado
cerro paciendo, Cytiso mirando,
su cayado le tira, y, en llegando,
cayó mortal al florecido prado.

Halló dos cabritillos en la dura
concauidad del monte, diólos luego
a su Filis y della vna comida;

y las armas, los pies, la vestidura
y el matador cayado, buelto en fuego,
Pan, dexaron tu planta enriquezida.



Soneto 4


Ay, no te alexes, Fili, ay, Fili, espera
el tu Damó[n], que más q[ue] a su ganado
te reuerencia y ama; y si el osado
curso prosigues, tiempla la carrera.

Ya no te sigo; Fili, la ligera
planta refrena, que el temor elado
de tu mal me detiene y tú el amado
Damón huyes cruel, qual cruda fiera.

Detén, Filis cruel, detén el passo;
no te ofenda la planta riguroso
cardo cruel de tierra no labrada.

Diziendo aquesto triste y doloroso,
esquiuando la vida desdichada,
cayó Damón al Sol del campo raso.



Soneto 5


Viua yo siempre ansí con tan ceñido
laço, Filis, contigo, como aquesta
yedra inmortal en esta enzina puesta,
que le enreda su tronco envejecido.

Mira allí vn olmo seco y vn florido
junto a la fuente, que vna vid le presta
hermosura y valor; y tú dispuesta
a perseguirme, pónesme en oluido.

Por ti, cruel, oluido mi ganado,
y le dexo sin guarda del ardiente
lobo cruel, ganado que tú amaste.

Vn cabritillo deste coronado
monte, vi yo lleuar; lloré, y, presente
a mi dolor, soberuia te gozaste.



Soneto 6


De yedra, roble y olmo coronado,
al pie de vna copiosa y verde enzina
por cuyo tronco y ramas encamina
dorada vid su laço enamorado,

Damón del Tajo, a ti Padre sagrado
Baco, consagro aquesta cabra; inclina
tu rostro agora, si la faz diuina
boluiste al deshojar tu tronco amado.

Esta cabra te ofrezco que solía
agora con el diente y con el cuerno
descomponer tus vides sin sossiego.

Dixo Damón, y, haziendo vn ancha vía
al cuello, cayó en tierra y con el tierno
olor de Arabia, al cielo subió el fuego.



Soneto 7


Ésta es, Tirsis, la fuente do solía
contemplar su beldad mi Filis bella;
éste el prado gentil, Tirsis, donde ella
su hermosa frente de su flor ceñía.

Aquí, Tirsis, la vi quando salía
dando la luz de vna y otra estrella;
allí, Tirsis, me vido, y tras aquella
haya se me escondió, y assí la vía.

En esta cueua deste monte amado
me dió la mano y me ciñó la frente
de verde yedra y de violetas tiernas.

Al prado, y haya, y cueva, y mo[n]te, y fue[n]te,
y al cielo desparciendo olor sagrado,
rindo de tanto bien gracias eternas.



Soneto 8


Filis, más bella y más resplandeciente
que el claro cielo y q[ue] el ameno prado:
este gamo de flores coronado
que a su madre quité, te ofrezco ausente.

Riyéndoseme agora dulcemente,
me lo pidió Testilis; mas cansado
me tienen ya sus risas; que tu elado
zeño me ha de perder eternamente.

A ti le doy y a ti también te guardo
dos tórtolas hermosas y vna bella
garza que ayer cogí del monte al río.

Y si el amor de Tirsis por el mío
quieres dexar, escoge tú de aquella
manada mía vn toro blanco y pardo.



Soneto 9


«Quando Filis podrá sin su querido
Damón viuir ausente y apartada,
la corriente del Tajo acelerada
buscará su principio conocido.»

Leyendo aquesto escrito en vn florido
tronco de vn haya de vna vid cercada,
Tirsis, perdida su color rosada,
cayó llorando en tierra sin sentido.

Después, lleno de rabia el desdichado,
quebrando su zampoña, y en aquella
y en esta rama dando, su mal mira.

Y hablando con el árbol deshojado,
dixo llorando: Filis, dura y bella...
Mas no pudo acabar, vencido de ira.



Soneto 10


Pastor, que lees en esta y en aquella
planta Fili y Damón, que Fili adora,
sabe que tanto fué piadosa agora
Fili a Damón, quanto es terrible y bella.

¡Ay!, yo la llamo, yo la ruego, y ella
mísero no me escucha y huye a la hora,
y quanto me huye más, más me enamora:
que en ella puso su crueldad mi estrella.

Ayer, lleuando mi ganado al río,
al pie de vn verde Mirto, entretexiendo
Violetas y Amaranto la vi sola.

Ladró Melampo, y ella cruel huyendo,
desamparando monte y valle vmbrío,
huyó de mí y el viento socorrióla.



Soneto 11


Mi propio amor entie[n]do q[ue] es la cierta
causa que mi ganado sin contento
se rige apena en pie; no lluuia o viento,
ni pasto amargo de montaña yerta.

Mas ¿qué cuydado es éste, si la incierta
muerte luchando con el alma siento,
y, Filis cruda, nunca me arrepiento
de verte siempre de piedad desierta?

¡O, si al menos sobre este monte yerto,
adonde lloro de contino llanto,
aquel pino cubriesse el cuerpo mío,

y pasando por este valle vmbrío
dixesses, Filis, con amargo llanto:
Allí yaze mi triste amante muerto!



Soneto 12


Santa madre de amor, q[ue] el yerto suelo
vistes de los colores del Oriente,
sereno el cielo y quieto el viento ardie[n]te,
rota la nieue y desligado el yelo,

mientras al descubierto y raso cielo
pacen mus vacas yerua floreciente,
Tirsis, pastor de toros, humilmente
te esparce aquellas flores sin consuelo.

Y quanto puede te suplica y ruega,
con la voz y el espíritu cuytado,
que entienda el cielo su dolor estrecho.

Que Filis, por quien viue apassionado,
no le aborrezca tanto y desta ciega
ligadura de amor lo libre el pecho.



Soneto 13


Títiro, al assomar de dos hermosos
luzeros, con quie[n] haze amor temerse,
vi los ojos de Tirsis encenderse
y andar tirando amor rayos furiosos.

Espera Tirsis, y ellos con piadosos
pero falsos descuydos dexan verse;
arde Tirsis y ciega, y, sin valerse,
entran su alma enemigos engañosos.

¡Ay del estrago que el pastor cuytado
padeció sin razón mirando a Filis!
Oluida el prado y aun a sí se oluida.

Quéxase al cielo, y quéxase Amarilis
también al cielo, su pastor trocado,
sin esperança y con segura vida.


Soneto 14


Títiro, voy por esta solitaria
senda siguiendo mi fortuna sola;
que como el cielo pudo leuantóla
de muy cleme[n]te y ma[n]sa en muy co[n]traria.

Voy tan co[n]fuso y mustio, q[ue] ordinaria-
mente me llaman y me gritan: ¡Ola.
que se despeña tu ganado, Iola!
Yo lloro y sigo mi fortuna varia.

Tal es la deuda que a mis ojos deuo,
que con menos passión de la que passo
no pagaré la gloria que recibo.

¡Ay, yo la dexo y el aduerso caso
que se me da por enemigo nueuo,
sin ella quiere sustentarme viuo!



Soneto 15


Noche, q[ue], en tu amoroso y dulce oluido,
escondes y entretienes los cuydados
del enemigo día, y los passados
trabajos recompensas al sentido.

Tú, que de mi dolor me has conduzido
a contemplarte y contemplar mis hados,
enemigos agora conjurados
contra vn hombre del cielo perseguido,

assí las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren y tu amiga frente
de veleño y ciprés tengas ceñida.

Que no vierta su luz en este suelo
el claro Sol, mientras me quexo ausente
de mi passión. Bien sabes tú mi vida.



Soneto 16


Quantas estrellas tiene el firmame[n]to,
la selua flores y el Euxino arenas,
tantas y más son, Títiro, mis penas,
si yo me entiendo con el mal que siento.

Bien es que la ocasión de mi torme[n]to
tiene principio de las más serenas
lumbres del cielo; mas de dos agenas
voluntades jamás viene contento.

Vos que miráis del puerto la torme[n]ta
y descubrís en su rigor el claro
norte que os hizo descubrir la tierra,

mirad mi luz, a quien el cielo auaro
con turbias nubes cubre, porque sienta
quánto mal haze, si vna vez se cierra.



Soneto 17


Solo, y callado, y triste, y pensatiuo,
huyo la gente, con los ojos llenos
de dolor y de llanto, los serenos
ojos huyendo que me tienen viuo.

Allá queda mi espíritu cautiuo
penando su passión; y ellos, agenos
de su primero amor, los bellos senos
humedecen, llorando su hado esquiuo.

Yo, que aguardé la luz de su belleza,
dentro del alma lleua el golpe fiero,
y allí me sigue donde voy su ira.

Gra[n] bie[n] quito a mis ojos; y el primero,
por quien llora mi alma su dureza,
es ver la pena que en su rostro mira.



Soneto 18


Este Enzélado altiuo pensamiento,
por otro atreuimiento derribado,
en este pecho, mongibel tornado,
tal fuego lança, que abrasarme siento.

Y sin memoria del soberuio intento,
por quien en vida viue sepultado,
tan furioso rebuelue mi cuydado,
que mueue guerra al estrellado assiento.

Padece el desdichado eternamente,
y padeciendo a libertad espira;
procuro de ayudalle lo que puedo.

Mas si miro mi cielo reluziente,
tales y tan ardientes rayos tira,
que como el triste pensamiento quedo.



Soneto 19


Camino por el mar de mi tormento
con vna mal segura lumbre clara,
falta la luz de mi esperança cara,
y falta luego mi vital aliento.

Lléuame la tormenta en el momento
por adonde viuiente no lleuara,
si rigurosamente no trazara
dar fin en vna roca al mal que siento.

Espántame del crudo mar inchado
la clemencia que tiene de matarme
y en el punto me gozo de mi muerte.

Caí; la mar, en auiéndome gozado,
y porque era matarme remediarme,
a la orilla me arroja y a mi suerte.



Soneto 20


Tirsis, la naue del cuytado Iolas,
hecha tablas, la buelca mar furioso;
cuerpo muerto y espíritu penoso
le train fiera Leucipe y fieras olas.

Dió mil vozes al cielo y escondiólas
crudo cielo en el manto tenebroso
de la callada noche; y el rauioso
Bóreas le apresuró la muerte a solas.

Salieron a la playa deseada
Lícidas y Damón, del mar echados;
oyéronle, mas no le socorrieron.

¡Ay, teme, Tirsis, la tormenta airada,
que en el lugar donde otros perecieron,
mal te pueden valer tus crudos hados!



Soneto 21


Tirsis, aquí donde los ojos bellos;
de tu Amarilis bella deshizieron
las turbias nubes, que otro tiempo fuero[n]
ira del crudo cielo y rigor dellos,

aquí me tiene amor de los cabellos,
forçando el alma y cuerpo, que se dieron
a enemigos estraños, que truxeron
nueua trayción para matar sin vellos.

Tal me tienen mis ojos engañosos,
dando camino al alma a mis contrarios,
que conozco mi mal y temo el daño.

Yo los trairé por valles solitarios,
entre salces y espinos escabrosos,
para pagar mi bien y ver su engaño.



Soneto 22


Ya quebradas prisiones, ya cadenas
reforçadas amor arrastra, en tanto
que, de tu sinrazón y de mi llanto,
tomas seguro para darme penas.

No son de menos fuerça las serenas
lumbres del cielo que idolatro, quanto
las ligaduras del furioso encanto
con que de mi sentido me enagenas.

No, amor, no dexaré tu real vandera,
menos que con la vida y alma triste;
cantaré donde fuere tu grandeza.

Dame seguro tú de vna firmeza
que vacila en mi daño, que, aunq[ue] muera,
no dexaré de amar lo que me diste.



Soneto 23


La blanca nieue y la purpúrea rosa,
que no acaba su ser calor ni inuierno,
el Sol de aquellos ojos, puro, eterno,
donde el amor como en su ser reposa;

la belleza y la gracia milagrosa
que descubren del alma el bien interno,
la hermosura donde yo dicierno
que está escondida más diuina cosa;

los lazos de oro donde estoy atado,
el cielo puro donde tengo el mío,
la luz diuina que me tiene ciego;

el sossiego que loco me ha tornado,
el fuego ardiente que me tiene frío,
yesca me han hecho de inuisible fuego.



Soneto 24


Este vital aliento que respiro,
que parece la vida que sustento,
quando, con presuroso y presto aliento,
el fuego ardiente que me yela espiro,

si fuera parte de mortal suspiro,
ya huuiera consumido mi tormento.
Fuego deue de ser, que yo lo siento
quando vencido de mi mal suspiro.

Las lágrimas ta[m]bién, q[ue] ardiendo vierto,
si son lo que parecen solamente
de elado fuego y abrasado yelo,

¿qué ordena tras mi graue pena el cielo,
si de los daños de mi estado incierto
alcanço el orden de mi mal ardiente?



Soneto 25


Ninfas, de los Arabios y Sabeos
olores de jazmín, acanto y nardos,
quaxad los aires y cubrid los cardos
destos lugares de sepulcros feos.

Después que derribaron mis trofeos
las prestas Parcas y los hados tardos,
no parecen los cielos, de mil pardos
turbios velos que quaxan mis deseos.

Quiera la magestad del que gouierna
la diuina y humana pesadumbre,
que adorne su beldad tu simulacro.

Dixo Damón, y oyó su endecha tierna
Iúpiter, y, tronando en la alta cumbre,
Iris resplandeció y el cielo sacro.



Soneto 26


Al assomar del Sol por el Oriente
de oro su frente y de cristal ornada,
al pie de vn verde mirto, que colgada
tiene vna lyra inútil aún ausente,

Tirsis rompió el silencio, la doliente
voz desligando al alma encadenada
de los rebueltos Áspides, que atada
tienen la fuerça de su pecho ardiente.

Cielo, dize, si es fuerça que yo muera,
como a muchos han muerto sus intentos
atreuidos, sin nombre y engañados,

vn ho[m]bre triste soy como qualquiera;
pero los de tan altos pensamientos
siempre han sido del cielo derribados.



Soneto 27


Silencio mudo, q[ue] en tu ma[n]to embuelto,
me conduzes al punto riguroso
de mi dolor, mi espíritu penoso
en dolorosas lágrimas resuelto,

si como le contemplo agora buelto
pronóstico y agüero temeroso
de la vida, que temo, tenebroso
monstruo le viera por tus sombras suelto

no llorara rezelos inhumanos
antes de ver trocada la ventura
que ha de ser ocasión de mi tormento.

Ya se han hecho temer los soberanos
claros ojos que adoro, que vn contento
quando más enriqueze menos dura.



Soneto 28


Clara luna, que altiua y arrogante
vas haziendo reseña por el cielo
de tu hermosura, que el neuado yelo
de tus cuernos la torna rutilante,

si en la memoria de tu dulce amante
no se ha muerto la gloria y el consuelo,
que recebiste amando, y el rezelo
con que le adormeziste en vn instante,

buelue a mirar de la miseria mía
la sinrazón, si acaso graues males
hallan blandura en tus serenos ojos.

Que ya -culpa del cielo- los veo tales,
que apartarán la amarga compañía
destos tristes y míseros despojos.



Soneto 29


Bueluo los ojos graues y caydos
al dolor, que el espíritu congoxa,
y apenas mi piadoso llanto afloxa
el lazo al cuello, al alma los sentidos.

Ellos mal concertados y auenidos
acrecientan al alma su congoja,
y ella apremiada, como puede, arroja
la graue carga que los tray rendidos.

No se puede valer con su fortuna,
que ha mucho que la sigue, procurando
dar vn fin desastrado a su contento.

Dexa el cuerpo mortal, si estás penando,
alma doliente, que sin duda alguna
morirás, que te cerca gran tormento.



Soneto 30


Agora que de nubes la cabeça
o, Rey de montes, tienes coronada,
la frente yerta y de turbada elada
destilando del Tajo la braueza,

cuya vejez temprana, la belleza
del rostro de la tierra despojada,
encaneciendo con tu faz neuada,
todo mi bien conuiertes en tristeza,

yela mi pecho, y endurece mi alma;
no consuman agrauios vna vida
con tanto riesgo de perderse amando.

Y el triunfo rico de corona y palma,
que lleua vna dureza encruelezida,
consagraré al lugar que estás bañando.

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Oda 1


Sale de la sagrada
Cipro la soberana ninfa Flora,
vestida y adornada
del color de la Aurora,
con que pinta la tierra, el cielo dora.

De la neuada y llana
frente del leuantado monte arroja
la cauellera cana
del viejo inuierno, y moja
el nueuo fruto en esperança y hoja.

Deslízase corriendo
por los hermosos mármoles de Paro,
las alturas huyendo,
vn arroyuelo claro,
de la cuesta beldad, del valle amparo.

Corre bramando y salta
y, codiciosamente procurando
adelantarse, esmalta
de plata el cristal blando,
con la espuma que quaxa golpeando.

Viste y ensoberueze
con diferentes hojas la corona
de plantas y floreze
las que apenas perdona
furioso rayo de la ardiente Zona.

El regalado aliento
del bullicioso Zéfiro, encerrado
en las hojas, el viento
enriqueze, y el prado
éste de flor y aquél de olor sagrado.

Y reduzido, quanto
baña el mar, tiene el suelo, el cielo cría,
a más bien, con el llanto,
que al assomar del día,
viene haziendo la Aurora húmida y fría.

Todo brota y estiende
ramas, hojas y flores, nardo y rosa;
la vid enlaza y prende
el olmo y la hermosa
yedra sube tras ella presurosa.

Yo, triste, el cielo quiere
que yerto inuierno ocupe el alma mía
y que si rayo viere
de aquella luz del día,
furioso sea, y no como solía.

Renueua, Filis, esta
esperança marchita, que la elada
Aura de tu respuesta
tiene desalentada.
Ven, Primavera, ven, mi flor amada.

Ven, Filis, y del grato
inuidiado contento del aldea
goza, que el pecho ingrato,
que tu beldad afea,
aquí tendrá el descanso que desea.



Oda 2


Amintas, ni del graue mal que passas
dexes ve[n]certe, ni, boluiendo el rostro
a tu fortuna, te acobardes tanto
que sienta tu flaqueza.

Esta cruel y variable diosa,
en sola su mudança perdurable,
ha de mudar tu estado riguroso
por hazer nouedades.

Antigua y empinada roca, donde
quiebra la mar su ímpeto, refrena
la soberuia marina, leuantando
su sacudida frente.

Alta y envejecida planta, quando
se encastillan en Pindo y Apenino
Bóreas y Noto, con sus hojas solas
resiste su potencia.

Si los dolientes y piadosos ojos
que han llorado tu mal, eternamente
a las hazañas del amor boluiesses,
tu mal aliuiarías.

Que la cansada y aflixida vida,
de lágrimas y penas sustentada,
q[ue] en vez de eterna muerte te da el cielo,
peor es que la muerte.

Tiene en la miseria de tu estado
duro cielo, temiendo y esperando;
dilatado contento de fortuna
nunca viene seguro.

¿Quántas vezes te dió seguro el cielo?
¿Quántas se te ha reído la fortuna
y a la necessidad del punto crudo
te boluieron la cara?

De tan prouados enemigos tuyos
ni esperes bien, ni temas lo contrario;
que aquesta fortaleza de tu pecho
ha de amansar tu daño.

En el arena siembra, y el preciso
reboluer de los hados lamentando,
quiere torcer quien pone su esperança
en la fortuna suya.



Oda 3


¡O, tres y quatro vezes venturosa,
aquella edad dorada,
que de sencilla, pura y no inuidiosa,
vino a ser inuidiada!

Sobre la bien nacida yerua daua
aliuio a sus cuydados
Tirsis, en tanto que la tierra esclaua
vió abiertos sus dos lados.

Y con Amintas y con Bato hablando,
a la sombra tendidos,
no de trabajos largos descansando,
cansauan sus sentidos.

Ya por el monte solitario dauan
al cieruo enamorado
muerte, y con sus despojos adornauan
mirto y pino sagrado.

Ya la ribera del sagrado Anfriso
con su canto alagando,
refrenauan el ímpetu que quiso
Febo amansar llorando.

Y por la tierra que le ciñe amena
de obas, sauzes y cañas,
desamparauan su caberna, llena
de juncos y espadañas.

Y sus mortales ojos y su humana
mortal presencia, digna
hazía de la vista soberana
de su cara diuina.

La madre vniuersal de lo criado
no era madrastra dura,
como después que Enzélado abrasado
cayó en la gruta escura.

Este deseo de vengança hizo
descubrir a la tierra
el seno de metal, que satisfizo
a la enconada guerra.

El pino enuejecido en la montaña,
la haya honor del soto,
nunca nacieron a turbar la saña
del alterado Noto.

Salue, sagrada edad, salue dichoso
tiempo, no conocido
deste nuestro, alabado por glorioso,
pero no apetecido.

Si la beldad idolatrada que amo
como yo conocieras,
la Arabia sacra en flor, en humo, en ramo,
ardiendo le ofrecieras.

Salue, sacra beldad, cuya diuina
deydad haze dichosa
nuestra infamada edad, en quien destina
cielo luz tan hermosa.



Oda 4


¡Tirsis!, ¡ah, Tirsis! Buelue y endereza
tu nauecilla contrastada y frágil
a la seguridad del puerto; mira
que se te cierra el cielo.

El frío Bóreas y el ardiente Noto
apoderados de la mar insana
anegaron agora en este piélago
vna dichosa naue.

Clamó la gente mísera y el cielo
escondió los clamores y gemidos
entre los rayos y espantosos truenos
de su turbada cara.

¡Ay, que me dize tu animoso pecho
que tus atreuimientos mal regidos
te ordenan algún caso desastrado
al romper de tu Oriente!

¿No ves, cuytado, que el inchado Noto
tray en sus remolinos poluorosos
las imitadas mal seguras alas
de vn atreuido moço?

¿No ves que la tormenta rigurosa
viene del abrasado monte, donde
yaze muriendo viuo el temerario
Enzélado y Tipheo?

Conoce, desdichado, tu fortuna
y preuén a tu mal, que la desdicha
preuenida con tiempo no penetra
tanto como la súbita.

¡Ay, q[ue] te pierdes! Buelue, Tirsis, buelue,
tierra, tierra, que brama tu nauío,
hecho prisión y cueua sonorosa
de los inchados vientos.

Allá se auenga el mar, allá se auengan
los mal regidos súbditos del fiero
Eolo con soberuios nauegantes,
que su furor desprecian.

Miremos la tormenta rigurosa
dende la playa, que el airado cielo
menos se encrueleze de contino
con quien se anima menos.



Oda 5


Claras lu[m]bres del cielo y ojos claros
del espantoso rostro de la noche,
corona clara y clara Casiopea,
Andrómeda y Perseo,
vos, con quien la diuina Virgen hija
del Rector del Olimpo inmenso passa
los espaciosos ratos de la vela
nocturna que le cabe,
escuchad vos mis quexas, q[ue] mi llanto
no es indicio de no rabiosa pena;
no vayan tan perdidas como siempre
tan bien lloradas lágrimas.

¡Quántas vezes me vistes y me vido
llorando Cintia, en mi cuydado el tibio
zelo con que adoraua su belleza
vn su pastor dormido!

¡Quá[n]tas vezes me halló la clara Aurora
espíritu doliente, que anda errando
por solitarios y desiertos valles,
llorando mi ventura!

¡Quántas vezes mirándome tan triste
la piedad de mi dolor la hizo
verter amargas y piadosas lágrimas,
con que adornó los flores!

Vos, estrellas, también me vistes solo,
fiel compañero del silencio vuestro,
andar por la callada noche lleno
de sospechosos males.

Vi la Circe cruel que me persigue,
de las hojas y flor de mi esperança,
antes de tiempo y sin razón cortadas,
hazer encantos duros.

Cruda visión, donde la gloria, vn tie[m]po
adorada por firme, cayó, y donde
peligró la esperança de vna vida
de fortuna inuidiada.

¡Ay, déxenme los cielos, que la gloria,
que por fortuna y por su mano viene,
no será deseada eternamente
de mi aflixido espíritu!

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Canción 1


Verde y eterna yedra,
viuda y deslazada
de las ramas del olmo, honor del prado,
a la desierta piedra
del yerto monte dada,
tu bellíssimo tronco en flor cortado,
si del dichoso estado,
en que vn tiempo viuiste
conserua la memoria
algún rastro de gloria
en la dureza déste crudo y triste,
lloremos juntamente
tu bien passado y tu dolor presente.

Lloremos, desdichada,
lágrimas piadosas,
pues que le place por tu mal al cielo.
Tú, por la tierra echada,
como las escabrosas
yeruas, que sin honor produze el suelo,
muestras tu desconsuelo
no leuantando arriba
la corona gloriosa,
con quien la cumbre hermosa,
vencida y humillada, viuió altiua,
la cumbre de tu planta,
de Venus y de amor ofrenda santa.

Agora, derribada,
con tus hojas enlazas
la seca tierra que tu bien encierra.
Agora, desdichada,
la yerta tierra abrazas
oluidando tu cielo por tu tierra;
y de tu amarga guerra,
lleuando la vitoria,
coronas y enguirnaldas
de oscuras esmeraldas
el ara donde amor quemó tu gloria,
ya de Damón cubierta
de leche, y vino, y lla[n]to, y cierua muerta.

¡O!, permitan los cielos
que el siempre color viuo
que en tus hermosas hojas resplandece
Austro con fríos yelos,
Euro con fuego estiuo
yele, ni queme el lustre que en él crece;
y el llanto que florece
tus lazos intricados,
y tus marchitas hojas,
ya de abrasadas rojas,
vn tiempo indignación de tus cuydados,
humilde ofrenda sea
de quien tu nombre idolatrar desea.

Cayó tu gloria, y ella
leuantó el fundamento
que te tiene rendida y derribada;
y la corona bella
premio de su tormento
a la tierra desierta fué entregada.
Lloraste, desdichada;
no te valieron llantos,
que los injustos cielos
ni aliuian desconsuelos,
ni remedian tormentos y quebrantos;
tú, viuda entristezida,
dióte el cielo dolor y dióte vida.

Tú, cuya verde cara
auía florecido
sobre quanta beldad adorna el prado.
Cuya belleza rara
auía siempre sido
ornamento del Tajo celebrado;
mustio color violado,
amarillez cayda
ocupa tu belleza,
del dolor y terneza
de tu doliente y lastimada vida;
que el hado que te sigue
más que con vna muerte te persigue.

Pero bien puede el cielo
acrecentar tu daño
sobre quanto se alarga su potencia,
y que tu desconsuelo se haga tan estraño,
que de su sinrazón tenga clemencia.
Tu gloriosa presencia,
que ha ceñido las sienes
de los tristes amantes
que han passado constantes
por la dureza cruel de tus vaybenes,
siempre será la palma
del que rindiere lamentando el alma.
De Filomena o tórtola doliente,
Canción, buscad la harpada
lengua, y allí llorad mi vida ansiada.



Canción 2


Doliente cierua, que, el herido lado
de ponçoñosa y cruda yerua lleno,
buscas la agua de la fuente pura,
con el cansado aliento y con el seno
bello de la corriente sangre inchado,
débil y descayda tu hermosura,
ay, que la mano dura,
que tu neuado pecho
ha puesto en tal estrecho,
gozosa va con tu desdicha, quando,
cierua mortal, viuiendo, estás penando,
tu desangrado y dulce compañero,
el regalado y blando
pecho passado del veloz montero:

Buelue, cuytada, buelue al valle donde
queda muerto tu amor, en vano dando
términos desdichados a tu suerte;
morirás en su seno reclinado
la beldad que la cruda mano esconde
delante de la nube de la muerte.
Que el passo duro y fuerte,
ya forçoso y terrible,
no puede ser possible
que le escusen los cielos, permitiendo
crudos astros que mueras padeciendo
las asechanças de vn montero crudo,
que te vino siguiendo
por los desiertos deste campo mudo.

Mas, ay, que no dilatas la inclemente
muerte q[ue] en tu sangriento pecho lleuas,
del crudo amor vencido y maltratado;
tú, con el fatigado aliento, prueuas
a rendir el espíritu doliente,
en la corriente deste valle amado.

Que el cieruo desangrado
que contigo la vida
tuuo por bien perdida,
no fué tan poco de tu amor querido,
que, auiendo tan cruelmente padecido,
quieras viuir sin él, quando pudieras
librar el pecho herido
de crudas llagas y memorias fieras.

Quuando por la espesura deste prado
como tórtolas solas y queridas
solos y acompañados anduuistes;
quando de verde mirto y de floridas
violetas, tierno acanto y lauro amado
vuestras frentes bellíssimas ceñistes;
quando las horas tristes
ausentes y queridos,
con mil mustios bramidos,
ensordecistes la ribera vmbrosa
del claro Tajo, rica y venturosa
con vuestro bie[n], con vuestro mal sentido,
cuya muerte penosa
no dexa rastro de contenta vida;

agora el vno cuerpo muerto lleno
de desdén y de espanto quien solía
ser ornamento de la selua vmbrosa:
tú, quebrantada y mustia, al agonía
de la muerte rendida, el bello seno
agonizando, el alma congoxosa,
cuya muerte gloriosa,
en los ojos de aquellos,
cuyos despojos bellos
son vitorias del crudo amor furioso,
martirio fué de amor, triunfo glorioso
con que corona y premia dos amantes,
que del siempre rabioso
trance mortal, salieron muy triunfantes.

Canción, fábula vn tie[m]po y caso agora
de vna cierua doliente, que la dura
flecha del cazador dexó sin vida,
errad por la espessura
del monte, que de gloria tan perdida,
no ay sino lamentar su desventura.



Canción 3


Dexa el Palacio cárdeno de Oriente
dorado Febo, de abrasado y rojo
rayo sutil bordando cielo y tierra.
Muestra su luz y el claro y luzie[n]te ojo
de la serena noche sale ardiente
por la llanura de vna inmensa sierra;
y al punto que la encierra
en su concha espaciosa
Glauco, y Tetis hermosa,
sobre la verde yerua reclinado,
mísero labrador descansa y tiempla,
del trabajo passado,
vn alma triste que en su mal contempla.

Mas yo, cuytado, todo aquel tormento
que el solo día me ha dado,
la noche aprieta más su sentimiento.
Enciéndense las nubes de Occidente
del cansancio y ardor que Apolo lleua
al acabar su curso presuroso;
cay la noche tras él, y, en valle o cueua,
cansado caminante oluida y siente
la dureza del día trabajoso,
y al seguido reposo
boluiendo el pensamiento
del passado tormento,
con la memoria de su mal descansa
y en el dolor se alegra del trabajo.

Yo, cuytado, a quien cansa
el día si el Sol se alza y si está bajo,
más crece mi tormento endurecido
quando más se le amansa
a quien passiones fieras han rendido.

Mísero ganadero, a quien fortuna
tiene por conduzido jornalero,
al trabajoso oficio del ganado,
si la más clara luz del hemisferio
dando lugar a la encantada luna,
que de su luz esconde la que ha dado,
en cueua, monte o prado,
donde noche le halla,
da tregua a la batalla
de su afanada y trabajosa vida,
premiando la fatiga rigurosa
del día recebida,
de la noche pagada: yo, no ay cosa
que aliuuie mi ánimo doliente,
quando la esclarecida
luz del Sol da en Ocaso y en Oriente.

Cansado y aflixido nauegante,
dexa la mar y dexa la tormenta,
los fatigados miembros recreando;
y en la segura playa llora y cuenta
quántas vezes vió a Iúpiter triunfante,
quántas en su dolor piadoso y blando;
y tal está llorando,
que aumenta con su llanto
a la tormenta espanto
y al espíritu libre gozo inmenso
del passado dolor del bien seguido.

Yo, si en mis males pienso,
nueuo daño lastima mi sentido,
que el hado fiero que mi vida sigue,
con mi tormento intenso,
si no puede con otro, me persigue.

Vase acercando al fin de su jornada,
entre inflamadas nubes, Febo ardiente,
dorando el Norte y el Ocaso hiriendo;
tornan los bueyes sueltos la corriente
mansa, buscando la campaña harada,
libres del yugo a descansar paciendo;
y quanto están gimiendo,
tanto la noche amiga
aliuuia su fatiga
de la lucha, que el día riguroso
tray, con la noche llena de alegría.

Yo, triste, a quien rabioso
y eterno mal persigue noche y día,
si qua[n]do está en el cielo el Sol me acaba
mi estado trabajoso,
más carga si en el mar su frente laua.
Canción, a tanto daño y desventura
el remedio ha de ser el no buscalle:
Hazeos habitadora destas cueuas,
quedaos en este valle,
no deis al mundo de mi estado nueuas,
pues puede el cielo apena remedialle.



Canción 4


Solo y desierto abrigo,
vn tiempo compañía
al solitario y triste ánimo mío,
agora fiel testigo
de la congoxa mía,
secreto valle, monte, soto y río,
si el pecho elado y frío,
vn tiempo ardor y herida
de dos almas vencidas,
cuyos pechos y vidas
fueron vn pecho, vn fuego y vna vida,
de su beldad me aparta
fortuna cruda de ayudarme harta.

¿De qué me siruen quexas,
si del quexarme viene
mayor indignación a quien me sigue?
Tú, Filis, que me dexas,
y el cielo, que me tiene
en el rigor del mal que me persigue,
hazéis que no mitigue
el llanto su corriente
y el alma sus cuydados,
y su furor los hados,
-dura carga de vn ánimo doliente-
por quien mi suerte amarga
mi bien abreuia y mi tormento alarga.

Tan descaído siento
el fundamento flaco
a quien se atiene mi passada vida,
que, si del sufrimiento
qualquiera fuerça saco,
luego se me trasluze que es perdida;
que alma tan combatida,
si de otra que su fuerça
no la remedia el cielo,
ella contra su duelo
vanamente se anima si se esfuerça;
cuyo ánimo perdido
en nueuo daño queda conuertido.

Después que de los ojos
en quien hallé mi vida
cruda estrella del cielo me diuide;
los siempre rayos rojos
del Sol, escurecida
nube mirar su claridad me impide;
y en quanto espacio mide
clara y hermosa Luna,
no se descubre estrella
que muestre su luz bella,
sino la que denota mi fortuna,
que ésta con llama ardiente
amenaza mi vida eternamente.

Qualquier lugar me cansa
donde no veo los ojos
adonde tiene amor su gloria y pena:
que la presencia mansa,
como ha causado enojos,
también, si turba vn alma, la serena;
vna esperança buena
y vna gloria mal firme
sustentan vna vida
del cielo perseguida;
mas vna ausencia concluyó de hundirme,
que pudiendo acabarme
no se contentará con lastimarme.

¡Quántos montes y ríos,
quánta agua y quánta tierra
me esconden vnos ojos soberanos,
que de los tristes míos
leuantaron la guerra,
por quie[n] triunfaron mis vencidas manos!
¡Quántos respetos vanos,
quántos inconuenientes
de bienes mal seguidos
me tienen escondidos
los luzeros del cielo transparentes!
Mas como pueda el hado,
crudo enemigo tengo en él prouado.

Tal estoy, que mirando
la lumbre de Diana
entre los ojos de la noche escura,
con mi mal regalando
alguna estrella humana,
a quien aflixe amor con flecha dura,
digo, si en tu luz pura,
o Luna, honor del cielo,
tiene sus ojos puestos
-quando te miran estos
tristes míos- la causa de mi duelo,
más amorosamente
miraré tu hermosura transparente.

Aqueste nueuo zelo
puede tanto conmigo,
que vn nueuo amante tiene en mí la Luna:
yo la rondo y la zelo,
yo la miro y la digo
mis passiones y quexas de vna en vna;
mas como mi fortuna
azecha mis contentos,
por acabar mi vida,
con nube escurecida
su blanca imagen cubre por momentos;
de cuyo agrauio indino
nace vn dolor que ablanda mi destino.

Canción, yo veré presto si es possible
mi alibio soberano,
espíritu doliente o cuerpo humano.