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martes, 9 de junio de 2026

Gertrudis la institutriz, por Stephen Leacock

 Gertrudis la institutriz, o Simplemente diecisiete, de Relatos sin sentido, de Stephen Leacock:

    Resumen de los capítulos anteriores:

    No hay capítulos anteriores.

Era una noche tempestuosa y violenta en la costa oeste de Escocia. Sin embargo, esto es irrelevante para la historia que nos ocupa, ya que la acción no transcurre en el oeste de Escocia. De hecho, el tiempo era igual de malo en la costa este de Irlanda.

Pero la acción de esta narración se desarrolla en el sur de Inglaterra y tiene lugar en los alrededores de Knotacentinum Towers (que se pronuncia como si se escribiera Nosham Taws), la sede de Lord Knotacent (que se pronuncia como si se escribiera Nosh).

Pero no es necesario pronunciar ninguno de estos nombres al leerlos.

Nosham Taws era una típica casa inglesa. La parte principal era una estructura isabelina de ladrillo rojo cálido, mientras que la parte más antigua, de la que el conde estaba sumamente orgulloso, aún conservaba los vestigios de una torre normanda, a la que se le habían añadido una cárcel lancasteriana y un orfanato de los Plantagenet. Desde la casa se extendían en todas direcciones magníficos bosques y parques con robles y olmos de antigüedad inmemorial, mientras que más cerca de la casa crecían frambuesas y geranios plantados por los cruzados.

Alrededor de la gran mansión antigua, el aire resonaba con el trinar de los tordos, el graznido de las perdices y el dulce y claro canto de la corneja, mientras ciervos, antílopes y otros cuadrúpedos se pavoneaban por el césped tan mansos que incluso comían el reloj de sol. De hecho, el lugar era un auténtico zoológico.

Desde la casa, a través del parque, se extendía una hermosa y amplia avenida diseñada por Enrique VII.

Lord Nosh estaba de pie sobre la alfombra de la chimenea de la biblioteca. A pesar de ser un diplomático y estadista de formación, su severo rostro aristocrático se había transformado en furia.

—Muchacho —dijo—, te casarás con esta chica o te desheredaré. No eres hijo mío.

El joven Lord Ronald, erguido ante él, le devolvió una mirada tan desafiante como la suya.

—Te reto —dijo—. De ahora en adelante, no eres mi padre. Buscaré otro. No me casaré con nadie que no sea una mujer a la que pueda amar. Esta chica que nunca hemos visto...

—¡Tonto! —dijo el conde—. ¿Acaso pretendes desechar nuestra propiedad y nuestro nombre, que lleva mil años en el poder? Me han dicho que la muchacha es hermosa; su tía está dispuesta; son franceses; ¡bah! En Francia entienden esas cosas.

"Pero tu razón..."

—No doy explicaciones —dijo el conde—. Escucha, Ronald, te doy un mes. Durante ese tiempo te quedas aquí. Si al cabo me rechazas, te despido con un chelín.

Lord Ronald no dijo nada; salió disparado de la habitación, se subió a su caballo y salió a toda prisa en todas direcciones.

Cuando la puerta de la biblioteca se cerró tras Ronald, el conde se dejó caer en una silla. Su rostro cambió. Ya no era el del altivo noble, sino el del criminal perseguido. «Debe casarse con la muchacha», murmuró. «Pronto lo sabrá todo. Tutchemoff ha escapado de Siberia. Lo sabe y lo contará. Todas las minas pasarán a ella, esta propiedad con ella, y yo... pero basta». Se levantó, se dirigió al aparador, apuró un cucharón lleno de ginebra y amargos, y volvió a ser un refinado caballero inglés.

Fue en ese momento cuando se pudo ver un carruaje tirado por perros, conducido por un mozo de cuadra con el uniforme del conde Nosh, entrando en la avenida de Nosham Taws. A su lado iba sentada una niña, apenas una niña, de hecho, mucho menos alta que el mozo de cuadra.

El sombrero color manzana que llevaba, rematado con plumas de sauce negro, ocultaba un rostro tan parecido a un rostro humano que resultaba prácticamente facial.

Era —sobra decirlo— Gertrudis, la institutriz, quien ese día iba a asumir sus funciones en Nosham Taws.

Al mismo tiempo que el carruaje tirado por perros entraba en la avenida por un extremo, se podía ver, desde el otro, a un joven alto, cuyo rostro alargado y aristocrático delataba su linaje, montado en un caballo con un rostro aún más alargado que el suyo.

¿Y quién es ese joven alto que se acerca a Gertrudis con cada giro del caballo? Ah, ¿quién, en efecto? Ah, ¿quién, quién? Me pregunto si alguno de mis lectores podría adivinar que se trataba nada menos que de Lord Ronald.

Los dos estaban destinados a encontrarse. Se acercaban cada vez más. Y luego aún más. Entonces, por un breve instante, se encontraron. Al cruzarse, Gertrude alzó la cabeza y dirigió hacia el joven noble dos ojos tan penetrantes que parecían circulares, mientras que Lord Ronald dirigió hacia el ocupante del carruaje una mirada tan intensa que solo una gacela o una tubería de gas podrían haberla igualado.

¿Fue este el comienzo del amor? Ya lo verán. No arruinen la historia.

Hablemos de Gertrude. Gertrude DeMongmorenci McFiggin no conoció ni a su padre ni a su madre. Ambos habían fallecido años antes de su nacimiento. De su madre no sabía nada, salvo que era francesa, sumamente bella y que todos sus antepasados, e incluso sus conocidos de negocios, habían perecido en la Revolución.

Sin embargo, Gertrude atesoraba el recuerdo de sus padres. En su pecho, la niña llevaba un relicario que contenía una miniatura de su madre, mientras que en la parte posterior de su cuello colgaba un daguerrotipo de su padre. Llevaba un retrato de su abuela en la manga y fotos de sus primos guardadas en su bota, mientras que debajo de ella... pero basta, basta.

De su padre, Gertrude sabía aún menos. Que era un caballero inglés de alta cuna que había vivido como un vagabundo por muchas tierras, eso era todo lo que sabía. Su único legado para Gertrude había sido una gramática rusa, un libro de frases en rumano, un teodolito y una obra sobre ingeniería minera.

Desde su más tierna infancia, Gertrude fue criada por su tía. Su tía la instruyó cuidadosamente en los principios cristianos. También le enseñó el Islam para asegurarse.

Cuando Gertrude tenía diecisiete años, su tía murió de hidrofobia.

Las circunstancias eran misteriosas. Ese día la visitó un extraño hombre barbudo vestido con el traje típico ruso. Tras su partida, Gertrudis encontró a su tía desmayada, del que pasó a un estado de trance del que nunca se recuperó.

Para evitar el escándalo, se le llamó hidrofobia. Así, Gertrudis fue arrojada al mundo. ¿Qué hacer? Ese era el dilema al que se enfrentaba.

Un día, mientras reflexionaba sobre su destino, Gertrude vio un anuncio publicitario.

Se busca institutriz; debe tener conocimientos de francés, italiano, ruso y rumano, música e ingeniería minera. Salario: 1 libra, 4 chelines y 4 peniques y medio anuales. Presentarse entre las once y media y las doce menos veinticinco minutos en el número 41 A Decimal Six, Belgravia Terrace. La Condesa de Nosh.

Gertrude era una chica con una gran capacidad de comprensión natural, y no había reflexionado sobre este anuncio más de media hora cuando se percató de la extraordinaria coincidencia entre la lista de artículos solicitados y las cosas que ella misma sabía.

Se presentó debidamente en Belgravia Terrace ante la condesa, quien se adelantó a su encuentro con un encanto que enseguida tranquilizó a la joven.

—Usted domina el francés —preguntó ella.

—Oh, sí —dijo Gertrudis con modestia.

"Y el italiano", continuó la condesa.

"Oh, sí", dijo Gertrudis.

—Y el alemán —dijo la condesa con deleite.

"Ah, sí", dijo Gertrudis.

"¿Y el ruso?"

"Guiñada."

"¿Y el rumano?"

"Jep."

Asombrada por la extraordinaria fluidez de la muchacha en lenguas modernas, la condesa la observó con atención. ¿Dónde había visto antes esos rasgos? Se pasó la mano por la frente pensativa y escupió al suelo, pero no, aquel rostro la desconcertaba.

—Basta —dijo—. Te contrato en este mismo instante; mañana irás a Nosham Taws y empezarás a dar clases a los niños. Debo añadir que, además, se espera que ayudes al conde con su correspondencia rusa. Tiene importantes intereses mineros en Tschminsk.

¡Tschminsk! ¿Por qué aquella simple palabra resonaba en los oídos de Gertrudis? ¿Por qué? Porque era el nombre escrito de puño y letra de su padre en la portada de su libro sobre minería. ¿Qué misterio se escondía allí?

Fue al día siguiente cuando Gertrude subió por la avenida en coche.

Descendió del carro tirado por perros, pasó entre una falange de sirvientes uniformados formados en siete filas de profundidad, a cada uno de los cuales entregó una moneda de oro al pasar, y entró en Nosham Taws.

—Bienvenida —dijo la condesa, mientras ayudaba a Gertrudis a subir su baúl por las escaleras.

La muchacha bajó enseguida y fue conducida a la biblioteca, donde la presentaron al conde. En cuanto el conde vio el rostro de la nueva institutriz, se sobresaltó visiblemente. ¿Dónde había visto esos rasgos? ¿Dónde? ¿En las carreras, en el teatro, en un autobús...? No. Un recuerdo más sutil se agitaba en su mente. Se dirigió apresuradamente al aparador, bebió un cucharón y medio de brandy y volvió a ser el perfecto caballero inglés.

Mientras Gertrudis ha ido a la guardería para conocer a los dos pequeños niños rubios que estarán a su cargo, hablemos aquí del conde y su hijo.

Lord Nosh era el prototipo del noble y estadista inglés. Los años que había dedicado al servicio diplomático en Constantinopla, San Petersburgo y Salt Lake City le habían conferido una singular elegancia y distinción, mientras que su larga residencia en Santa Elena, la isla Pitcairn y Hamilton, Ontario, lo había vuelto inmune a las impresiones externas. Como pagador adjunto de la milicia del condado, había conocido el lado más severo de la vida militar, y su cargo hereditario de Gentilhombre de los Pantalones Dominicales lo había puesto en contacto directo con la propia realeza.

Su pasión por los deportes al aire libre le granjeó el cariño de sus inquilinos. Como deportista entusiasta, destacaba en la caza del zorro, la caza con perros, la matanza de jabalíes, la captura de murciélagos y los pasatiempos propios de su clase.

En este último aspecto, Lord Ronald se parecía a su padre. Desde el principio, el joven había demostrado un gran talento. En Eton había destacado en bádminton y raqueta, y en Cambridge había sido el primero de su clase en costura. Su nombre ya se rumoreaba en relación con el campeonato nacional de tenis de mesa, un triunfo que sin duda le aseguraría un escaño en el Parlamento.

Así fue como Gertrudis, la institutriz, fue instalada en Nosham Taws.

Los días y las semanas pasaron volando.

El sencillo encanto de la hermosa niña huérfana atraía todos los corazones. Sus dos pequeños alumnos se convirtieron en sus esclavos. "Me adoran", decía la pequeña Rasehellfrida, apoyando su cabecita dorada en el regazo de Gertrude. Incluso los sirvientes la adoraban. El jardinero principal le llevaba un ramo de hermosas rosas a su habitación antes de que se levantara, el segundo jardinero un manojo de coliflores tempranas, el tercero una rama de espárragos tardíos, e incluso el décimo y el undécimo una ramita de remolacha forrajera o un puñado de heno. Su habitación estaba siempre llena de jardineros, mientras que por la noche el anciano mayordomo, conmovido por la soledad de la niña sin amigos, llamaba suavemente a su puerta para traerle un whisky de centeno con agua con gas o una caja de puros de Pittsburgh. Incluso las criaturas mudas parecían admirarla a su manera muda. Los tontos cornejos se posaban en su hombro y todos los perros mudos de la casa la seguían.

¡Y Ronald! ¡Ah, Ronald! ¡Sí, en efecto! Se habían conocido. Habían hablado.

"Qué mañana más aburrida", había dicho Gertrude. "¡Quelle triste matin! Was fur ein allerverdamnter Tag!"

—Bestial —había respondido Ronald.

"¡¡Bestial!!" La palabra resonó en los oídos de Gertrude durante todo el día.

A partir de entonces, estuvieron siempre juntos. Jugaban al tenis y al ping-pong durante el día, y por la noche, siguiendo la estricta rutina del lugar, se sentaban con el conde y la condesa a jugar al póquer de veinticinco centavos, y más tarde aún se sentaban juntos en la veranda y observaban la luna describiendo grandes círculos alrededor del horizonte.

Gertrude no tardó en darse cuenta de que Lord Ronald sentía por ella algo más que simple afecto. A veces, en su presencia, sobre todo después de cenar, caía en un estado de profunda melancolía.

Una noche, cuando Gertrudis se retiraba a su habitación y, antes de buscar su almohada, se disponía a acostarse, abrió de par en par la ventana y vio el rostro de Lord Ronald. Estaba sentado sobre un espino debajo de ella, y su rostro, vuelto hacia arriba, reflejaba una palidez angustiosa.

Mientras tanto, los días transcurrían. La vida en Taws transcurría según la rutina habitual de una gran casa inglesa. A las 7 sonaba un gong para levantarse, a las 8 una bocina anunciaba el desayuno, a las 8:30 un silbato anunciaba las oraciones, a la 1 se izaba la bandera a media asta para el almuerzo, a las 4 se disparaba un cañón para el té de la tarde, a las 9 sonaba la primera campana para vestirse, a las 9:15 una segunda campana para continuar vistiéndose, y a las 9:30 se lanzaba un cohete para indicar que la cena estaba lista. A medianoche terminaba la cena, y a la 1 de la madrugada el tañido de una campana convocaba a los sirvientes a las oraciones vespertinas.

Mientras tanto, el mes que el conde le había asignado a Lord Ronald estaba llegando a su fin. Ya era 15 de julio, luego, uno o dos días después, era 17 de julio y, casi inmediatamente después, 18 de julio.

En ocasiones, al cruzarse con Ronald en el pasillo, el conde le decía con severidad: "Recuerda, muchacho, tu consentimiento, o te desheredo".

¿Y qué pensaba el conde de Gertrudis? Ahí estaba la gota de amargura en la felicidad de la muchacha. Por alguna razón que ella no lograba descifrar, el conde mostraba una marcada antipatía.

En una ocasión, cuando ella pasaba por la puerta de la biblioteca, él le arrojó un calzador. En otra ocasión, durante un almuerzo a solas con ella, la golpeó salvajemente en la cara con una salchicha.

Era su deber traducir la correspondencia rusa del conde. En ella buscó en vano el misterio. Un día, le entregaron un telegrama ruso al conde. Gertrudis se lo tradujo en voz alta.

"Tutchemoff fue a ver a la mujer. Ella está muerta."

Al oír esto, el conde se enfureció muchísimo; de hecho, ese fue el día en que la golpeó con la salchicha.

Un día, mientras el conde estaba ausente en una cacería de murciélagos, Gertrude, que estaba revisando su correspondencia, con ese dulce instinto femenino de interés que se anteponía al maltrato, encontró de repente la clave del misterio.

Lord Nosh no era el legítimo propietario de Nosham Taws. Su primo lejano, el verdadero heredero, había fallecido en una prisión rusa a la que lo había enviado el conde, cuando era embajador en Tschminsk, mediante intrigas. La hija de este primo era la verdadera dueña de Nosham Taws.

La historia familiar, salvo que los documentos que tenía ante sí omitían el nombre del legítimo heredero, quedó al descubierto ante los ojos de Gertrude.

Extraño es el corazón de la mujer. ¿Acaso Gertrudis rechazó al conde? No. Su propio y triste destino le había enseñado la compasión.

¡Pero el misterio persistía! ¿Por qué el conde se sobresaltaba visiblemente cada vez que la miraba a la cara? A veces se sobresaltaba hasta cuatro centímetros, de forma que se le veía claramente. En tales ocasiones, vaciaba rápidamente un cucharón de ron con agua de Vichy y volvía a comportarse como un auténtico caballero inglés.

El desenlace llegó rápidamente. Gertrudis jamás lo olvidó.

Era la noche del gran baile en Nosham Taws. Todo el vecindario estaba invitado. ¡Cómo latía el corazón de Gertrude con anticipación, y con qué inquietud había renovado su escaso guardarropa para no parecer indigna ante los ojos de Lord Ronald! Sus recursos eran realmente escasos, pero el talento innato para la moda que había heredado de su madre francesa le fue de gran ayuda. Se enroscó una sola rosa en el cabello y se confeccionó un vestido con unos periódicos viejos y el interior de un paraguas, digno de una corte. Alrededor de su cintura se ató una trenza de cordón de bolsa, mientras que un trozo de encaje antiguo, que había pertenecido a su madre, colgaba de su oreja con un hilo.

Gertrude acaparaba todas las miradas. Flotando al compás de la música, proyectaba una imagen de radiante inocencia juvenil que cautivaba a cualquiera.

La pelota estaba en su punto más alto. ¡Salió disparada hacia arriba!

Ronald estaba de pie junto a Gertrude entre los arbustos. Se miraron a los ojos.

—Gertrude —dijo—, te amo.

Palabras sencillas, y sin embargo, conmovieron cada fibra del traje de la niña.

—¡Ronald! —exclamó, y se abalanzó sobre su cuello.

En ese instante apareció el conde, de pie junto a ellos a la luz de la luna. Su rostro severo se había contraído por la indignación.

—¡Así que! —dijo, volviéndose hacia Ronald—, ¡parece que has elegido!

—Sí —dijo Ronald con altivez.

"Prefieres casarte con esta chica sin un céntimo antes que con la heredera que he elegido para ti."

Gertrude miró con asombro de padre a hijo.

"Sí", dijo Ronald.

—Que así sea —dijo el conde, apurando un cucharón de ginebra que llevaba consigo y recuperando la compostura—. Entonces te desheredo. Abandona este lugar y no vuelvas jamás.

—Vamos, Gertrudis —dijo Ronald con ternura—, huyamos juntos.

Gertrudis estaba de pie frente a ellos. La rosa se le había caído de la cabeza. El encaje se le había desprendido de la oreja y el cordón de la bolsa se le había soltado de la cintura. Sus periódicos estaban arrugados hasta quedar irreconocibles. Pero, a pesar de su aspecto desaliñado e ilegible, seguía siendo dueña de sí misma.

—Jamás —dijo con firmeza—. Ronald, jamás harás este sacrificio por mí. Luego, dirigiéndose al conde con voz gélida, añadió: —Hay un orgullo, señor, tan grande como el suyo. La hija de Metschnikoff McFiggin no tiene por qué pedir favores a nadie.

Dicho esto, sacó de su pecho el daguerrotipo de su padre y se lo llevó a los labios.

El conde se sobresaltó como si le hubieran disparado. "¡Ese nombre!", gritó, "¡esa cara! ¡esa fotografía! ¡Alto!"

¡Listo! No hace falta terminar; mis lectores ya lo han adivinado. Gertrudis era la heredera.

Los amantes se abrazaron. El rostro orgulloso del conde se relajó. «Dios los bendiga», dijo. La condesa y los invitados acudieron en masa al césped. El amanecer iluminó una escena de alegres felicitaciones.

Gertrude y Ronald se casaron. Su felicidad era completa. ¿Hace falta decir más? Sí, solo esto. El conde murió en la caza pocos días después. La condesa fue alcanzada por un rayo. Los dos niños cayeron a un pozo. Así, la felicidad de Gertrude y Ronald se completó.

Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural, por Stephen Leacock

  "Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural", de Novelas sin sentido, por Stephen Leacock

No puedo esperar que ninguno de mis lectores crea la historia que estoy a punto de narrar. Al recordarla, apenas la creo yo mismo. Sin embargo, mi relato es tan extraordinario y arroja tanta luz sobre la naturaleza de nuestra comunicación con seres de otro mundo, que siento que no tengo derecho a ocultársela al público.

Fui a visitar a Annerly a su habitación. Era sábado, 31 de octubre. Recuerdo la fecha con tanta precisión porque era día de paga y había recibido seis soberanos y diez chelines. Recuerdo la cantidad con tanta exactitud porque me había guardado el dinero en el bolsillo, y recuerdo en qué bolsillo lo había guardado porque no tenía dinero en ningún otro. Tengo la mente perfectamente clara en todos estos detalles.

Annerly y yo estuvimos un rato fumando.

Entonces, de repente...

—¿Crees en lo sobrenatural? —preguntó.

Me sobresalté como si me hubieran golpeado.

En el momento en que Annerly habló de lo sobrenatural, yo estaba pensando en algo completamente distinto. El hecho de que lo mencionara justo cuando yo pensaba en otra cosa me pareció, cuanto menos, una coincidencia muy singular.

Por un instante solo pude mirar fijamente.

—Lo que quiero decir —dijo Annerly— es que ¿crees en los fantasmas de los muertos?

"¿Fantasmas?", repetí.

"Sí, fantasmas, o si prefiere la palabra, fanogramas, o digamos manifestaciones fanogramáticas, o más simplemente fenómenos psicofantasmáticos?"

Observé a Annerly con un interés más profundo del que jamás había sentido por él. Intuí que estaba a punto de abordar sucesos y experiencias de los que, en los dos o tres meses que llevaba conociéndolo, nunca había considerado oportuno hablar.

Ahora me preguntaba cómo era posible que nunca se me hubiera ocurrido que un hombre cuyo cabello, a los cincuenta y cinco años, ya estuviera salpicado de canas, debía haber pasado por alguna terrible experiencia.

En ese momento Annerly volvió a hablar.

"Anoche vi a Q", dijo.

«¡Dios mío!», exclamé. No tenía ni idea de quién era Q, pero me invadió un terror indescriptible al pensar que Annerly lo había visto. En mi tranquila y mesurada existencia, algo así jamás había ocurrido.

—Sí —dijo Annerly—, vi a Q con tanta claridad como si estuviera aquí presente. Pero quizás sea mejor que le cuente algo sobre mi relación pasada con Q, y así comprenderá exactamente cuál es la situación actual.

Annerly se sentó en una silla al otro lado del fuego, frente a mí, encendió una pipa y continuó.

"Cuando conocí a Q, vivía no muy lejos de un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, al que llamaré X, y estaba prometido a una chica hermosa y talentosa a la que llamaré M."

Apenas había empezado a hablar Annerly cuando me encontré escuchándolo con suma atención. Me di cuenta de que lo que estaba a punto de narrar no era una experiencia cualquiera. Sospechaba que Q y M no eran los nombres reales de sus desafortunados conocidos, sino dos letras del alfabeto elegidas casi al azar para disfrazar los nombres de sus amigos. Todavía estaba reflexionando sobre la ingeniosidad de la situación cuando Annerly continuó:

"Cuando Q y yo nos hicimos amigos, él tenía un perro favorito, al que, si fuera necesario, podría llamar Z, y que lo seguía a X en su paseo diario."

"Entrando y saliendo de X", repetí con asombro.

"Sí", dijo Annerly, "entrada y salida".

Mis sentidos estaban ahora completamente alerta. Que Z siguiera a Q para salir de X, lo entendía fácilmente, pero que primero lo siguiera para entrar parecía sobrepasar los límites de la comprensión.

—Bueno —dijo Annerly—, Q y la señorita M iban a casarse. Todo estaba arreglado. La boda se celebraría el último día del año. Exactamente seis meses y cuatro días antes de la fecha señalada (recuerdo la fecha porque la coincidencia me pareció extraña en aquel momento), Q vino a verme a altas horas de la noche muy angustiado. Acababa de tener, según me contó, una premonición de su propia muerte. Esa misma noche, mientras estaba sentado con la señorita M en la veranda de su casa, había visto claramente la silueta del perro R pasar por el camino.

—Espera un momento —dije—. ¿No dijiste que el perro se llamaba Z?

Annerly frunció ligeramente el ceño.

—Así es —respondió—. Z, o más correctamente ZR, ya que Q tenía la costumbre, quizás por afecto, de llamarlo R además de Z. Pues bien, la proyección, o fantasmagrama, del perro pasó frente a ellos con tanta claridad que la señorita M juró que podría haber creído que era el perro mismo. Frente a la casa, el fantasma se detuvo un instante y movió la cola. Luego siguió su camino y, de repente, desapareció tras la esquina de un muro de piedra, como si estuviera oculto por los ladrillos. Lo que hacía el asunto aún más misterioso era que la madre de la señorita M, que es parcialmente ciega, solo había visto al perro parcialmente.

Annerly hizo una pausa por un momento. Luego continuó:

Este singular suceso fue interpretado por Q, sin duda correctamente, como un presagio de su propia muerte inminente. Hice lo que pude para disipar esa sensación, pero fue imposible, y al instante me estrujó la mano y se marchó, firmemente convencido de que no viviría hasta el amanecer.

"¡Dios mío!", exclamé, "¿y murió esa noche?"

—No, no lo hizo —dijo Annerly en voz baja—, esa es la parte inexplicable.

"Cuéntame", dije.

"Se levantó aquella mañana como de costumbre, se vistió con su habitual esmero, sin olvidar nada de su ropa, y se dirigió a su oficina a la hora habitual. Después me contó que recordaba todo con tanta claridad porque había ido a la oficina por el camino de siempre en lugar de tomar cualquier otra dirección."

—Espera un momento —dije—. ¿Sucedió algo inusual ese día en particular?

—Me imaginaba que harías esa pregunta —dijo Annerly—, pero por lo que sé, no pasó absolutamente nada. Q regresó del trabajo, cenó como de costumbre y enseguida se fue a la cama quejándose de una ligera somnolencia, pero nada más. Su madrastra, con quien vivía, dijo después que durante la noche pudo oír su respiración con bastante claridad.

"¿Y murió esa noche?", pregunté, sin aliento por la emoción.

—No —dijo Annerly—, no lo hizo. Se levantó a la mañana siguiente sintiéndose prácticamente igual que antes, salvo que la somnolencia había desaparecido y que ya no se oía su respiración.

Annerly volvió a guardar silencio. Aunque ansiaba escuchar el resto de su asombrosa narración, no quise presionarlo con preguntas. El hecho de que nuestra relación hasta entonces hubiera sido meramente formal, y que esta fuera la primera vez que me invitaba a visitarlo en su habitación, me impedía dar por sentada una mayor intimidad.

—Bueno —continuó—, Q acudía a su oficina todos los días a partir de entonces con absoluta regularidad. Por lo que he podido averiguar, ni su entorno ni su conducta indicaban que le aguardara algún destino extraño. Veía a la señorita M con regularidad, y la fecha fijada para su boda se acercaba cada día más.

"¿Cada día?", repetí asombrado.

—Sí —dijo Annerly—, todos los días. Durante un tiempo antes de su boda, apenas lo veía. Pero dos semanas antes de que se celebrara, me crucé con Q un día en la calle. Por un instante pareció que iba a detenerse, luego se quitó el sombrero, sonrió y siguió su camino.

"Un momento", dije, "si me permite una pregunta que me parece importante: ¿pasó y luego sonrió y se quitó el sombrero, o sonrió mirando su sombrero, se lo quitó y luego pasó?"

"Su pregunta está totalmente justificada", dijo Annerly, "aunque creo que puedo responder con total exactitud que primero sonrió, luego dejó de sonreír y se quitó el sombrero, y luego dejó de quitárselo y falleció".

"Sin embargo", continuó, "el hecho esencial es este: el día señalado para la boda, Q y la señorita M contrajeron matrimonio debidamente".

"¡Imposible!", exclamé; "¿Debidamente casados, los dos?"

—Sí —dijo Annerly—, ambas cosas a la vez. Después de la boda, el señor y la señora Q---.

"El señor y la señora Q", repetí con perplejidad.

—Sí —respondió—, el señor y la señora Q---, pues después de la boda la señorita M. adoptó el apellido Q---, dejó Inglaterra y se marchó a Australia, donde iban a residir.

—Un momento —dije—, y déjenme ser muy claro: ¿su intención al irse a establecerse en Australia era residir allí?

—Sí —dijo Annerly—, eso era algo que se entendía generalmente. Yo mismo los despedí en el vapor y le estreché la mano a Q, estando al mismo tiempo bastante cerca de él.

"Bueno", dije, "y ya que los dos Q, como supongo que casi se les podría llamar, se fueron a Australia, ¿has sabido algo de ellos?"

—Eso —respondió Annerly— es algo que ha demostrado la misma singularidad que el resto de mi experiencia. Han pasado cuatro años desde que Q y su esposa se fueron a Australia. Al principio, tenía noticias suyas con bastante regularidad y recibía dos cartas al mes. Después, solo recibía una carta cada dos meses, más tarde dos cada seis meses, y luego solo una cada doce meses. Y hasta anoche, no supe absolutamente nada de Q durante un año y medio.

Ahora me encontraba en un estado de expectación constante.

—Anoche —dijo Annerly en voz muy baja—, Q apareció en esta habitación, o mejor dicho, un fantasma o manifestación psíquica suya. Parecía muy angustiado, hacía gestos que no entendía y no dejaba de dar la vuelta a los bolsillos de sus pantalones. Estaba demasiado hipnotizado para preguntarle algo e intenté en vano descifrar su significado. De repente, el fantasma cogió un lápiz de la mesa y escribió: «Dos soberanos, mañana por la noche, urgente».

Annerly volvió a guardar silencio. Me quedé sumido en mis pensamientos. "¿Cómo interpretas el significado que el fantasmagrama de Q pretendía transmitir?"

—Creo —anunció— que significa esto. Q, que evidentemente está muerto, pretendía visualizar ese hecho, pretendía, por así decirlo, desmitificar la idea de que había sido desmonetizado y que quería dos soberanos esta noche.

—¿Y cómo —pregunté, asombrado por la instintiva capacidad de Annerly para adentrarse en los misterios del mundo psíquico— piensas hacérselo llegar?

—Tengo la intención —anunció— de intentar un experimento audaz y osado que, de tener éxito, nos conectará directamente con el mundo de los espíritus. Mi plan es dejar dos soberanos aquí, al borde de la mesa, durante la noche. Si por la mañana ya no están, sabré que Q ha logrado desastralizarse y se ha llevado los soberanos. La única pregunta es: ¿tienes por casualidad dos soberanos? Yo, por desgracia, solo tengo unas pocas monedas sueltas.

Fue un golpe de suerte excepcional, cuya coincidencia pareció añadir otro eslabón a la cadena de acontecimientos. Casualmente, llevaba conmigo los seis soberanos que acababa de cobrar como paga semanal.

—Por suerte —dije—, puedo arreglarlo. Resulta que llevo dinero conmigo. —Y saqué dos soberanos de mi bolsillo.

Annerly estaba encantada con nuestra buena suerte. Pronto hicimos los preparativos para el experimento.

Colocamos la mesa en el centro de la habitación de forma que no hubiera riesgo de que chocara con ningún mueble. Las sillas se colocaron cuidadosamente contra la pared, de manera que ninguna ocupara el mismo lugar que otra, y los cuadros y adornos de la habitación se dejaron intactos. Tuvimos cuidado de no quitar el papel pintado de la pared ni los cristales de la ventana. Cuando todo estuvo listo, colocamos las dos monedas de oro una al lado de la otra sobre la mesa, con las cabezas hacia arriba, de forma que las colas quedaran sostenidas únicamente por la mesa. Luego apagamos la luz. Le dije «Buenas noches» a Annerly y salí a tientas a la oscuridad, febril de emoción.

Mis lectores pueden imaginar mi impaciencia por conocer el resultado del experimento. Apenas podía dormir de la ansiedad por saberlo. Tenía plena confianza, por supuesto, en que nuestros preparativos eran impecables, pero no estaba exento de dudas sobre la posibilidad de que el experimento fracasara, ya que mi temperamento y disposición mental tal vez no fueran los adecuados para el éxito de este tipo de experimentos.

En este sentido, sin embargo, no tenía por qué alarmarme. El suceso demostró que mi mente era un medio, o si la palabra es más apropiada, una transparencia de primer orden para el trabajo psíquico de esta índole.

Por la mañana, Annerly llegó corriendo a mi alojamiento, con el rostro radiante de emoción.

«¡Glorioso, glorioso!», casi gritó, «¡Lo hemos logrado! Los soberanos han desaparecido. Estamos en comunicación monetaria directa con Q».

No hace falta que me detenga en la exquisita emoción de felicidad que me invadió. Durante todo ese día y todo el día siguiente, tuve la constante sensación de estar en comunicación con Q.

Mi única esperanza era que se presentara una oportunidad para la renovación de nuestra comunicación con el mundo espiritual.

La noche siguiente mis deseos se vieron cumplidos. A altas horas de la noche, Annerly me llamó por teléfono.

—Vengan inmediatamente a mi alojamiento —dijo—. El fantasmagrama de Q se está comunicando con nosotros.

Me apresuré a llegar, casi sin aliento. «Q ha estado aquí otra vez», dijo Annerly, «y parecía tan angustiado como antes. Una proyección suya estaba en la habitación y seguía escribiendo con el dedo sobre la mesa. Pude distinguir la palabra "soberanos", pero nada más».

—¿No crees —dije— que Q, por alguna razón que no podemos comprender, desea que le dejemos dos soberanos más?

—¡Por Júpiter! —exclamó Annerly con entusiasmo—. Creo que has dado en el clavo. En cualquier caso, intentémoslo; solo podemos fracasar.

Esa noche volvimos a colocar dos de mis soberanos sobre la mesa y dispusimos los muebles con el mismo cuidado escrupuloso de antes.

Aún con ciertas dudas sobre mi capacidad psíquica para el trabajo que realizaba, me esforcé por mantener la mente lo suficientemente serena como para detectar cualquier perturbación astral. El resultado demostró que, efectivamente, la detecté. Nuestro experimento fue un éxito rotundo. Las dos monedas habían desaparecido por la mañana.

Durante casi dos meses continuamos nuestros experimentos en esta línea. A veces, el propio Annerly, según me contó, dejaba dinero, a menudo sumas considerables, al alcance del fantasma, que invariablemente se lo llevaba durante la noche. Pero Annerly, siendo un hombre de estricto honor, nunca realizaba estos experimentos solo, salvo cuando le resultaba imposible comunicarse conmigo a tiempo para que yo pudiera llegar.

En otras ocasiones me llamaba con el simple mensaje: "Q está aquí", o me enviaba un telegrama o una nota escrita que decía: "Q necesita dinero; tráigame lo que tenga, pero nada más".

Por mi parte, estaba sumamente ansioso por dar a conocer nuestros experimentos al público, o por despertar el interés de la Sociedad para la Investigación Psíquica y otras organizaciones similares en el audaz tránsito que habíamos realizado entre el mundo de la sensibilidad y la existencia psicoastríaca o pseudoetérea. Me parecía que solo nosotros habíamos logrado transmitir dinero de forma directa y sin intermediarios, de un mundo a otro. Otros, ciertamente, lo habían hecho mediante la intervención de un médium o la suscripción a una revista esotérica, pero nosotros habíamos realizado la hazaña con tal sencillez que deseaba hacer pública nuestra experiencia, para beneficio de otros como yo.

Annerly, sin embargo, se oponía a este plan, pues temía que pudiera romper nuestras relaciones con Q.

Unos tres meses después de nuestro primer experimento psicomonetario interastral, llegó la culminación de mis experiencias, tan misteriosas que aún me dejan sumido en la perplejidad.

Annerly vino a verme una tarde. Parecía nervioso y deprimido.

«Acabo de tener una comunicación psíquica con Q», dijo en respuesta a mis preguntas, «que me resulta difícil de comprender. Por lo que entiendo, Q ha ideado un plan para involucrar a otros seres en el tipo de trabajo que estamos realizando. Propone formar, en su lado del abismo, una asociación que trabaje en armonía con nosotros para realizar transacciones monetarias a gran escala entre ambos mundos».

Mi lector bien puede imaginar que mis ojos casi resplandecieron de emoción ante la magnitud de la perspectiva que se abría ante mí.

"Q desea que reunamos todo el capital que podamos y se lo enviemos, para que pueda organizar con él una asociación corporativa de fanogramas, o quizás, en este caso, sería más correcto llamarlos fantoides."

En cuanto comprendí el significado de Annerly, me entusiasmé con él.

Decidimos llevar a cabo el gran experimento esa noche.

Lamentablemente, mi capital material era escaso. Sin embargo, heredé unas 500 libras en acciones bancarias tras el fallecimiento de mi padre, las cuales, por supuesto, podía cobrar en pocas horas. Temía, no obstante, que resultara demasiado pequeña para que Q pudiera organizar a sus compañeros fantasmas con ella.

Llevé el dinero en billetes y monedas de oro a la habitación de Annerly, donde lo depositó sobre la mesa. Afortunadamente, Annerly pudo aportar una suma mayor, que, sin embargo, no debía colocar junto a la mía hasta después de que yo me hubiera retirado, para que la conjunción de nuestras personalidades monetarias no desmaterializara el fenómeno astral.

Esta vez hicimos los preparativos con sumo cuidado; Annerly, tranquilamente segura, y yo, debo confesar, extremadamente nerviosa y temerosa de fracasar. Nos quitamos las botas y caminamos descalzos. Siguiendo la sugerencia de Annerly, no solo colocamos los muebles como antes, sino que también pusimos el cubo del carbón boca abajo y extendimos una toalla húmeda sobre la papelera.

Una vez terminado todo, estrujé la mano de Annerly y salí a la oscuridad.

Esperé en vano a la mañana siguiente. Llegaron las nueve, las diez y finalmente las once, y seguía sin tener noticias suyas. Entonces, presa de la ansiedad, fui a buscarlo.

Imagínese mi profunda consternación al descubrir que Annerly había desaparecido. Se había desvanecido como por arte de magia. Desconozco el terrible error en nuestros preparativos, la negligencia en la omisión de precauciones psíquicas necesarias, que le causó este destino. Pero la evidencia era innegable: Annerly había sido absorbido por el mundo astral, llevándose consigo el dinero por cuya transferencia había arriesgado su existencia terrenal.

La prueba de su desaparición fue fácil de encontrar. Tan pronto como me atreví a hacerlo con discreción, indagué un poco. El hecho de que hubiera desaparecido mientras aún debía cuatro meses de alquiler por su habitación, y que se hubiera esfumado sin siquiera tener tiempo de pagar las facturas pendientes con los comerciantes locales, demostraba que debió haber desaparecido repentinamente.

El terrible temor a que me consideraran responsable de su muerte me impidió hacer público el asunto.

Hasta ese momento no me había percatado de los riesgos que había corrido al tratar imprudentemente con el mundo de los espíritus. Annerly cayó víctima de la gran causa de la ciencia psíquica, y el registro de nuestros experimentos permanece, frente a los prejuicios, como testimonio de su veracidad.

miércoles, 15 de enero de 2025

Julio Cortázar, Peripecias del agua

 Peripecias del agua

Julio Cortázar

Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general solo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles.

Pienso que deberíamos ayudar a la nieve en su reiterada pero efímera batalla, y que para eso habría que escoger un árbol nevado, un negro esqueleto sobre cuyos brazos incontables baja a establecerse la blanca réplica perfecta. No es fácil, pero si en previsión de la nevada aserráramos el tronco de manera que el árbol se mantuviera en pie sin saber que ya está muerto, como el mandarín memorablemente decapitado por un verdugo sutil, bastaría esperar a que la nieve repitiera el árbol en todos sus detalles y entonces retirarlo a un lado sin la menor sacudida, en un leve y perfecto desplazamiento.

No creo que la gravedad deshiciera el albo castillo de naipes, todo ocurriría como en una suspensión de lo vulgar y lo rutinario; en un tiempo indefinible, un árbol de nieve sostendría el realizado sueño del agua. Quizá le tocara a un pájaro destruirlo, o el primer sol de la mañana lo empujara hacia la nada con un dedo tibio. Son experiencias que habría que intentar para que el agua esté contenta y vuelva a llenarnos jarras y vasos con esa resoplante alegría que por ahora solo guarda para los niños y los gorriones.

FIN

Papeles inesperados, 2009

Julio Cortázar, El perseguidor

 El perseguidor

Julio Cortázar


In memorian Ch[arlie] P[arker]


Sé fiel hasta la muerte, Apocalipsis, II,10

O make me a mask, Dylan Thomas


Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.

—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.

—Hace rato que no nos veíamos —le he dicho a Johnny—. Un mes por lo menos.

—Tú no haces más que contar el tiempo —me ha contestado de mal humor—. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.

—¿Pero cómo has podido perderlo? —le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.

—En el métro —ha dicho Johnny—. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien seguro.

—Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel —ha dicho Dédée, con la voz un poco ronca—. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del métro, a la policía.

Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes y de los labios.

—Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido —ha dicho—. Era uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con solamente afinarlo.

—¿Y no puedes conseguir otro?

—Es lo que estamos averiguando —ha dicho Dédée—. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo malo es que el contrato de Johnny…

—El contrato —ha remedado Johnny—. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que yo.

Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.

—¿Cuándo empiezas, Johnny?

—No sé. Hoy, creo, ¿eh, Dé?

—No, pasado mañana.

—Todo el mundo sabe las fechas menos yo —rezonga Johnny, tapándose hasta las orejas con la frazada—. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde había que ir a ensayar.

—Lo mismo da —ha dicho Dédée—. La cuestión es que no tienes saxo.

—¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.

—Ya va a hervir el agua, espera un poco.

—No me refería al calor por ebullición ha dicho Johnny. Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”, y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.

—Creo que llamaré al doctor Bernard —ha dicho Dédée, mirando de reojo a Johnny, que bebe su ron a pequeños sorbos—. Tienes fiebre, y no comes nada.

—El doctor Bernard es un triste idiota —ha dicho Johnny, lamiendo su vaso—. Me va a dar aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por ejemplo Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría con una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en cada escalón.

—De todos modos no te hará mal tomarte las aspirinas —he dicho, mirando de reojo a Dédée—. Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que bajar. Oye pero ese contrato… Si empiezas pasado mañana creo que se podrá hacer algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en el peor de los casos… La cuestión es que vas a tener que andar con más cuidado, Johnny.

—Hoy no —ha dicho Johnny mirando el frasco de ron—. Mañana, cuando tenga el saxo. De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez que me doy mejor cuenta de que el tiempo… Yo creo que la música ayuda siempre a comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad es que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo. Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que todo se va a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado; pero al mismo tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta como un panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es divinamente perfecto.

Dédée está lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado cuenta de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una palangana con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer poco a poco.

—He leído algunas cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil… Yo creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no entiendo nada. —Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La cabeza le suena como un coco.

—No hay nada aquí dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni entiende nada. Nunca me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no es realmente entender, en eso estoy de acuerdo.

—Te va a subir la fiebre —ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.

—Oh, cállate. Es verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil.. ¿No ha quedado ni un trago?

Le he dado las últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a encender la luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero sigue envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace crujir el sillón.

—Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenia trece años… pero ya has oído todo eso.

Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de Johnny.

—Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con… bueno, con nosotros, por decirlo así.

Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida, lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París. Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo, estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.

Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo… Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.

—Bruno, si un día lo pudieras escribir… No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae… Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir así. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mí no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.

Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.

—Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el métro.

—Cuándo viajas en el métro.

—Eh, sí, ahí está la cosa —ha dicho socarronamente Johnny—. El métro es un gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro, a lo mejor…

Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.

—Mejor es no confundir las cosas —dice después de un rato—. Lo perdí y se acabó. Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que parecen duras tienen una elasticidad…

Piensa, concentrándose.

—…una elasticidad retardada —agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.

—¿Tú crees que podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?

—Sí, pero tendrás que tener cuidado.

—Claro, tendré que tener cuidado.

—Un contrato de un mes —explica la pobre Dédée—. Quince días en la boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.

—Un contrato de un mes —remeda Johnny con grandes gestos—. La boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Be—bata—bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es sed, una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas ganas de fumar.

Le ofrezco un paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en la droga. Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente, diálogos en árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a comprar alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.

—Es una buena chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero, que no puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor como… —junta los dedos a la italiana—. Pero tengo que librarme de ella, volver a Nueva York. Sobre todo tengo que volver a Nueva York, Bruno.

—¿Para qué? Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo sino a tu vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.

—Si, estás tú y la marquesa, y los chicos del club… ¿Nunca hiciste el amor con la marquesa, Bruno?

—No.

—Bueno, es algo que… Pero yo te estaba hablando del métro, y no sé por qué cambiamos de tema. El métro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé… Y entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí. Es un poco así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con la marquesa? Le tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el rincón del dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces… Bah, ya está ésa de vuelta.

Dédée entra con un bulto, y mira a Johnny.

—Tienes más fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que te quedes tranquilo.

—Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint—Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello… No al mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después me acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos…

—Johnny —ha dicho Dédée desde su rincón.

—Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?

—No sé, pongamos unos dos minutos.

—Pongamos unos dos minutos —remeda Johnny—. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos… Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?

—Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he dicho, riéndome.

—Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.

Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.

—Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa —ha dicho rencorosamente Johnny—. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita —agrega como un chico que se excusa—. Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero —agrega astutamente— solo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando…

Se tapa la cara con las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé cómo hacer para despedirme sin que Johnny se resienta, porque es terriblemente susceptible con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal, por lo menos con Dédée no va a hablar de esas cosas.

—Bruno~si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia… Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio… Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana…

Sonrío lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que lo que él sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días. En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny me dice en momentos así (y hace más de cinco años que Johnny me dice y les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose volver a pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la marihuana, un manotear monótono (por que hay otros que dicen cosas parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la maravilla nace la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro día, no cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un tronco metiéndole una cuña y martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría falta para meter una cuña que tampoco me imagino.

De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que tienen que pasar —ésa u otra parecida—, y es que cuando me estaba despidiendo de Dédée y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente (porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que es como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas levantadas y las rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose, desnudo de arriba a abajo en el sillón mugriento.

—Empieza a hacer calor —ha dicho Johnny. Bruno, mira qué hermosa cicatriz tengo entre las costillas.

—Tápate —ha mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de todos modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabia cómo hacer para no dar la impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él lo sabía y se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco infinito. Entonces Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa, mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido vagamente, prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.

—Está así desde que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien en todas partes, y yo estaba tan contenta.

—Me pregunto de dónde habrá sacado la droga —he dicho, mirándola en los ojos.

—No sé. Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado, aunque menos que allá…

Allá es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital psiquiátrico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.

¿Realmente Johnny tocó bien en Bélgica, Dédée?

—Sí, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del público. Yo creí… pero ya ve, ahora es peor que nunca.

¿Peor que en Nueva York? Usted no lo conoció en esos años.

Dédée no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando aún no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes no son más que palabras. No sé cómo decírselo, y ni siquiera le tengo plena confianza, pero al final me decido.

—Me imagino que se han quedado sin dinero.

—Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana —ha dicho Dédée.

—¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?

—Oh, sí —ha dicho Dédée un poco sorprendida—. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.

—Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que… Lo mejor sería que Johnny no lo supiera.

—Bruno…

Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o cinco peldaños me ha sido más fácil decírselo.

—Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber un poco pero no le dé dinero para lo otro.

Dédée no ha contestado nada; aunque he visto cómo sus manos doblaban y doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le suplica llorando… Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que París olía a limpio, a pan caliente. Solo ahora me he dado cuenta de cómo olía la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un café para beber un coñac y lavarme la boca, quizá también la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.

**FIN**

Las armas secretas, 1959

lunes, 21 de agosto de 2023

Bertolt Brecht, Cinco dificultades para escribir la verdad

Bertolt Brecht: "Cinco dificultades para escribir la verdad". En El compromiso en literatura y arte, 1973. Traducción de J. Fontcuberta.

Quien quiere hoy día combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tiene que vencer por lo menos cinco dificultades. Deberá tener el valor de escribir la verdad, aun cuando sea reprimida por doquier; la perspicacia de reconocerla, aun cuando sea solapada por doquier; el arte de hacerla manejable como un arma; criterio para escoger a aquellos en cuyas manos se haga eficaz; astucia para propagarla entre éstos. Estas dificultades son grandes para aquellos que escriben bajo la férula del fascismo, pero existen también para aquellos que fueron expulsados o han huido, e incluso para aquellos que escriben en los países de la libertad burguesa.

1. El valor de escribir la verdad

Parece cosa sobrentendida que el escritor debe escribir la verdad, en el sentido de que no puede reprimirla o callarla y de que no puede escribir nada falso. No debe doblegarse a los poderosos, no debe engañar a los débiles. Naturalmente que resulta muy arduo no doblegarse a los poderosos, y en cambio es muy provechoso engañar a los débiles. Desagradar a las clases acomodadas significa renunciar a la posesión de bienes. Renunciar a la paga por el trabajo efectuado significa, en ocasiones, renunciar al trabajo, y rehusar la honra entre los poderosos significa a menudo rehusar toda honra. Para esto hace falta valor. Las épocas de represión más extremada son generalmente épocas en que se habla de cosas grandes y sublimes. Hace falta valor, en estas épocas, para hablar de cosas tan vulgares y pequeñas como la comida y la vivienda de los obreros, en medio de un gran vocerío que proclama que lo principal es el espíritu de sacrificio. Cuando se colma a los campesinos de homenajes, tener valor es hablar de máquinas y forrajes a bajo precio que facilitaría su tan venerado trabajo. Cuando por todas las emisoras de radio se proclama a gritos que es mejor el hombre sin erudición y cultura que el sabio, entonces tener valor significa preguntar: ¿para quién es mejor? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, tener valor es preguntar si el hambre, la ignorancia y la guerra no engendran deformaciones graves. Asimismo se precisa valor para decir la verdad sobre sí mismos, los vencidos. Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, son perseguidos a causa de su bondad. Pero esta bondad ha sido golpeada, vencida y prohibida, y era por eso una bondad débil; una bondad mala, inconsistente e insegura: porque es inadmisible atribuir la debilidad a la bondad como a la lluvia su humedad. Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor. Naturalmente, hay que escribir la verdad combatiendo la falsedad, y no puede ser una cosa genérica, abstracta y ambigua. De esta especie abstracta, genérica y ambigua es precisamente la falsedad. Cuando se dice de alguien que ha escrito la verdad, por de pronto es que algunos o muchos o uno solo han dicho algo distinto, una mentira o algo genérico, pero él ha dicho la verdad, algo práctico, positivo, innegable, ha puesto el dedo en la llaga.

Menos valor se precisa para quejarse en términos generales de la ruindad del mundo y el triunfo de la barbarie y amenazar con el triunfo del espíritu, en una parte del mundo donde esto todavía está permitido.

Entonces muchos actúan como si se les apuntara con cañones, cuando en realidad sólo se ha dirigido hacia ellos unos anteojos de teatro. Proclaman a gritos sus pretensiones de orden general en medio de un mundo de amigos insignificantes. Piden una justicia universal por la cual nunca han hecho nada, y libertad universal para obtener parte del botín que fue compartido con ellos largo tiempo. Tienen por único verdadero aquello que suena bien. Cuando la verdad se presenta como algo numérico, seco, real, algo cuyo hallazgo requiere esfuerzo y estudio, entonces no es una verdad para ellos, nada que les suma en el entusiasmo. Tienen únicamente el comportamiento de aquellos que dicen la verdad. Su miseria es que no saben la verdad.

2. La perspicacia de reconocer la verdad

Puesto que es difícil escribir la verdad, porque se ve reprimida por doquier, les parece a la mayoría que escribir o no la verdad es cosa de convicciones. Creen que para ello sólo hace falta valor. Olvidan la segunda dificultad, el descubrimiento de la verdad. Ni hablar de que es fácil encontrar la verdad.

Para empezar, ya no resulta fácil averiguar qué verdad vale la pena decir. Hoy, por ejemplo, ante los ojos de todo el mundo, los grandes estados civilizados se precipitan uno tras otro en la mayor de las barbaries. Además, cualquiera sabe que la guerra civil, realizada con los más atroces medios, cada día puede convertirse en una guerra exterior que tal vez deje a nuestro continente convertido en un montón de escombros. Esto, indudablemente, es una verdad, pero hay otras, desde luego. Así, por ejemplo, también es verdad que las sillas tienen asientos y que la lluvia cae de arriba abajo. Muchos escritores escriben verdades de este género. Se parecen a los pintores que cubren de naturalezas muertas las paredes de barcos zozobrantes. No existe para ellos nuestra primera dificultad, y no tienen, no obstante, ningún remordimiento. Impertérritos ante los poderosos, pero sin turbarse tampoco por los gritos de los oprimidos, van pintando sus cuadros. Lo absurdo de su manera de obrar engendra en ellos mismos un «profundo» pesimismo que venden a buen precio y que, a decir verdad, a la vista de tales maestros y de tales ventas, sería más justificado en otros. Con todo, no resulta fácil tampoco darse cuenta de que sus verdades son del mismo género que las de las sillas y la lluvia, por lo general suenan de modo muy distinto, como si fueran verdades acerca de cosas importantes. Porque la creación artística consiste precisamente en atribuir importancia a una cosa.

Sólo fijándose bien llega uno a distinguir que solamente dicen: «Una silla es una silla» y «No hay nada que hacer contra el hecho de que la lluvia caiga hacia abajo».

Esta gente no encuentra la verdad que vale la pena escribir. Otros, por su parte, se ocupan realmente en las tareas más urgentes, no temen a los potentados ni a la pobreza, y no obstante no pueden encontrar la verdad. Carecen de conocimientos. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios ilustres y bellamente formulados en la antigüedad. El mundo es demasiado complicado para ellos, desconocen los hechos y no perciben las causas. Aparte de los propios sentimientos, hacen falta conocimientos que se adquieren y métodos que se aprenden. A todos los escritores de este tiempo de confusión y grandes cambios les es preciso conocer la dialéctica materialista, la economía y la historia. Este conocimiento puede obtenerse en los libros y a través de una iniciación práctica, cuando existe la aplicación necesaria. Se pueden descubrir muchas verdades de la manera más simple, partes de verdad o estados de cosas que conducen al encuentro de la verdad. Cuando uno quiere buscar, le irá bien un método, pero también puede encontrar sin método, incluso sin buscar. Pero de una manera tan casual difícilmente se consigue una exposición de la verdad que baste por sí sola a enseñar a los hombres cómo deben actuar. La gente que sólo toma nota de pequeños hechos, no está en condiciones de hacer manejables las cosas de este mundo. Y sin embargo la verdad tiene este único objetivo, no otro. Esta gente no es capaz de cumplir con la exigencia de escribir la verdad.

Cuando alguien está dispuesto a escribir la verdad y en condiciones de reconocerla, le quedan aún tres dificultades.

3. El arte de hacer la verdad manejable como un arma

Hay que decir la verdad por las consecuencias que se desprenden de ella en cuanto a la conducta a seguir. Como ejemplo de una verdad de la cual no pueden sacarse consecuencias o tan sólo consecuencias falsas, nos servirá la opinión muy extendida de que las graves circunstancias imperantes en algunos países provienen de la barbarie. Según este modo de ver las cosas, el fascismo es una ola de barbarie que ha irrumpido en algunos países por fuerza natural.

Según esto, el fascismo es una tercera nueva fuerza junto a (y por encima de) el capitalismo y el socialismo; no solamente el movimiento socialista, sino también el capitalismo, no hubieran podido continuar existiendo, siempre según esta opinión, sin el fascismo, etc. Naturalmente se trata de una afirmación fascista, de una capitulación ante el fascismo. El fascismo es una fase histórica en la que el capitalismo ha intervenido en tanto que algo nuevo y a la vez viejo. El capitalismo existe en los países fascistas nada más que como fascismo, y el fascismo sólo puede ser combatido como capitalismo, como el más desnudo, insolente, contundente y falaz de los capitalismos.

En consecuencia, ¿cómo quiere alguien decir la verdad sobre el fascismo, contra el cual está, si no quiere decir nada en contra del capitalismo que lo engendra?

¿Cómo ha de resultar entonces practicable la verdad?

Aquellos que están en contra del fascismo, sin estar en contra del capitalismo, que se lamentan de la barbarie originada por la barbarie, se parecen a aquellas personas, que quieren comer su ración de ternera, pero sin que haya que degollar la ternera. Quieren comer la ternera pero no ver la sangre. Se contentarán con que el carnicero se lave las manos antes de servirles la carne. No están en contra de la situación creada por la barbarie respecto de la propiedad, sólo en contra de la barbarie. Levantan su voz contra la barbarie, y lo hacen en países donde impera la misma situación económica, pero donde los carniceros todavía se lavan las manos antes de servirle la carne.

Las acusaciones públicas contra medidas bárbaras pueden surtir efecto un tiempo corto, en tanto quienes escuchan crean que no viene al caso hablar de tales medidas en sus países. Ciertos países están en condiciones de mantener su situación respecto de la propiedad con medios menos violentos que en otros. La democracia les presta aún servicios que otros tienen que conseguir recurriendo a la fuerza, a saber, la garantía de la propiedad en los medios de producción. El monopolio sobre las fábricas, minas, tierras, crean en todas partes situaciones de barbarie; sin embargo, son menos visibles. La barbarie se hace visible tan pronto como el monopolio cínicamente puede ser protegido gracias al poder público.

Algunos países que, a causa del monopolio, no tienen aún necesidad de renunciar a las garantías formales del Estado constitucional, así como a comodidades tales como el arte, la filosofía, la literatura, escuchan con especial complacencia a los forasteros que recriminan a su patria por haber tenido que renunciar a ellas, por cuanto van a sacar provecho de ello en las guerras que se avecinan. ¿Puede decirse que han reconocido la verdad aquellos que piden a gritos guerra sin cuartel contra Alemania «porque es la verdadera patria de la maldad en esta época, la filial del infierno, la morada del Anticristo»? Más bien habría que decir que son gente necia, desorientada y perniciosa. Porque la consecuencia que se saca de su palabreo es que este país debe ser aniquilado. El país entero con todos sus habitantes, porque el gas tóxico no escoge a los culpables cuando mata.

El hombre despreocupado, que no sabe la verdad, se expresa de forma general, abstracta e imprecisa. Dice disparates de «los» alemanes, se lamenta «del» mal, y quien escucha no sabe qué hacer, en el mejor de los casos. ¿Ha de decidirse a no ser alemán? ¿Desaparecerá el infierno, si él es bueno? También la charlatanería sobre la barbarie que nace de la barbarie es de esta especie. A juzgar por lo que dicen, la barbarie proviene de la barbarie, y deja de existir por la civilización, que viene de la cultura. Esto viene expresado de una forma demasiado general, no de cara a las consecuencias para una conducta práctica, y en el fondo no va dirigido a nadie.

Tales declaraciones muestran muy pocos eslabones de la concatenación de causas y presentan determinadas fuerzas motrices como fuerzas indomables. Tales declaraciones entrañan mucha oscuridad, y esta oscuridad oculta las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y ¡aparecen en escena hombres como causantes de las catástrofes! Pues vivimos en un tiempo en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una catástrofe natural que pueda comprenderse partiendo de la «naturaleza» del hombre. Pero incluso en el caso de las catástrofes naturales, hay maneras de describirlas que son dignas del hombre, porque apelan a su fuerza combativa.

Después de un gran terremoto, en muchas revistas americanas se podían ver fotografías que mostraban un campo de ruinas. Al pie se ponía steel stood (el acero resistió), y realmente, quien a primera vista sólo había visto ruinas, se daba cuenta ahora, atraída su atención por la leyenda, de que ¡algunos edificios altos habían quedado en pie! Entre las relaciones que se pueden dar de un terremoto, tienen una importancia imponderable las de los ingenieros, los cuales toman en cuenta el movimiento del suelo, la fuerza de los impactos, la temperatura que se desarrolla y cosas por el estilo, y conducen a la construcción de edificios que resistan a los sismos. Quien quiera describir el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes que no son catástrofes naturales, debe presentar una verdad practicable. Debe mostrar que son catástrofes preparadas a las enormes masas de trabajadores sin medios de producción propios por los poseedores de estos medios.

Quien quiera escribir con éxito la verdad sobre estado de cosas graves, deberá escribir de tal manera que se hagan reconocibles las causas evitables de aquéllos. Cuando se conocen las causas evitables, puede combatirse una situación grave.

4. Criterio para escoger a aquellos en cuyas manos la verdad se haga eficaz

Por la costumbre secular de comerciar con lo escrito en el mundo de las opiniones y narraciones, por el hecho de haber descargado al escritor de la preocupación por lo que había de escribir, el escritor tuvo la impresión de que su comprador o comitente, el intermediario, hacía llegar lo escrito a todos. Pensaba: yo hablo, y los que quieren oír, me oyen. En realidad, él hablaba, y los que podían pagar le oían. Sus palabras no eran oídas por todos, y los que las oían, no querían oírlo todo. Sobre esto se ha hablado mucho, aunque no aún lo suficiente; yo únicamente quiero poner de relieve que «escribir a alguien» se ha convertido en un «escribir». Pero no se puede simplemente escribir la verdad, hay que escribirla indispensablemente a alguien que con ella pueda empezar algo. El conocimiento de la verdad es un paso previo común a escritores y lectores. Para oír cosas buenas hay que poder oír bien y oír cosas buenas. La verdad tiene que ser dicha con fundamento y tiene que ser oída con fundamento. Y es importante para nosotros, los escritores, saber a quién la decimos y quién nos la dice.

Debemos decir la verdad sobre situaciones graves a aquellos para quienes la situación es más grave que nadie, y debemos enterarnos por ellos. No sólo hay que hablar a personas de una mentalidad determinada, sino a aquellas a las cuales corresponde esta mentalidad en virtud de su situación. ¡Y nuestros oyentes se transforman a cada paso! Incluso de los verdugos se puede hablar, cuando ya no corre dinero para pagarles las ejecuciones o el peligro es demasiado grande. Los campesinos bávaros estaban en contra de cualquier revolución, pero cuando la guerra hubo durado lo suficiente y sus hijos volvieron a casa y no encontraron sitio en las casas de campo, entonces se les podía ganar para la revolución.

Para los que escriben es importante encontrar el tono de la verdad. Por lo regular se oye por ahí un tono suave, quejumbroso, el de las gentes que no son capaces de matar una mosca. El que escucha este tono y está en la miseria, se hace más miserable. Así hablan algunos que quizá no son enemigos, pero indudablemente no son compañeros de lucha.

La verdad es algo belicoso, no combate únicamente la falsedad, sino también a determinadas personas que la difunden.

5. Astucia para difundir la verdad ampliamente

Muchos, orgullosos de tener valor para decir la verdad, felices de haberla encontrado, cansados tal vez de la labor que exige darle una forma manejable, esperando impacientes a que echen mano de ella aquellos cuyos intereses comparten, no consideran necesario hacer uso de la industria oportuna para la difusión de la verdad. Y así pierden toda la eficacia de su labor. En todas las épocas se ha utilizado la astucia para la difusión de la verdad, cuando ésta es sofocada y embozada. Confucio falseó un viejo almanaque histórico patriótico. Se limitó a cambiar ciertas palabras. Donde decía «El monarca de Kun hizo matar al filósofo Wan, porque había dicho esto y lo otro», Confucio puso «asesinar» en vez de matar. Donde se decía que el tirano Fulano de Tal había perecido en un atentado, el escribió «fue ajusticiado». Con esto Confucio abrió nuevos horizontes a la crítica histórica.

Quien en nuestra época dice población en lugar de pueblo y fincas rústicas en vez de suelo, deja de fomentar ya muchas mentiras. Quita a las palabras su mística corrompida. La palabra pueblo expresa cierta uniformidad y denota intereses generales, por lo tanto sólo debería emplearse al hablar de varios pueblos, ya que a lo sumo entonces es fácil imaginarse una comunidad de intereses. La población de una región tiene intereses distintos, opuestos incluso, a los de otra, y esto es una verdad prohibida. Apoya también las mentiras de los que gobiernan aquel que habla de suelo y describe los campos a satisfacción de las narices y los ojos, hablando de su olor a tierra y sus colores; porque no es la fertilidad del suelo lo que interesa ni el amor del hombre hacia él, ni siquiera su cultivo, sino sobre todo el precio de los cereales y el coste del trabajo. Los que obtienen beneficios del suelo no son aquellos que sacan el grano de él, y el sabor al terruño es desconocido a las bolsas. Estas huelen a otra cosa. Frente a suelo, la palabra apropiada es finca rural; así se engaña menos. Para disciplina habría que elegir, donde hay opresión, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin señor y por esto mismo tiene algo de más noble que la obediencia. Y mejor que honor es dignidad humana. Con ello el individuo no desaparece tan fácilmente del campo visual. Ya sabemos, no obstante, ¡qué tipo de granujas aspiran a poder defender el honor de un pueblo! Y cuán pródigamente los hartos dispensan honor a aquellos que les hartan a costa de su propia hambre. La astucia de Confucio es todavía hoy útil.

Confucio sustituyó opiniones injustificadas sobre acontecimientos nacionales por otras justificadas. El inglés Tomás Moro describió en una utopía un país en donde imperaban unas condiciones justas –era un país muy distinto del país en que vivía, ¡pero se le parecía mucho, incluso en las condiciones de vida!

Lenin, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y opresión en la isla Sajalín por parte de la burguesía rusa. Puso Japón en vez de Rusia y Corea en lugar de Sajalín. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los de la rusa empleados en Sajalín, pero el escrito no fue prohibido, porque Japón estaba enemistado con Rusia. Mucho de lo que en Alemania no está permitido decir sobre Alemania, puede decirse de Austria.

Existen muchas tretas con que engañar al Estado suspicaz.

Voltaire combatió la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un obsequioso poema sobre la Doncella de Orleans. Narró los milagros que sin duda tuvieron que ocurrir para que Juana permaneciera virgen en medio de un ejército, en una corte y entre monjes.

Con la elegancia de su estilo y la descripción de aventuras eróticas suministradas por la vida lujuriosa de los soberanos, sedujo a éstos a abandonar una religión que les facilitaba el medio para esta vida relajada. Y bien, de esta manera se creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran a aquellos para quienes estaban destinados. La gente poderosa entre sus lectores fomentaba o toleraba su difusión. Y así no recurrieron a la policía, la cual protegía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que esperaba mucho de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

Realmente un alto nivel literario puede servir de protección a un relato. Sin embargo, a menudo despierta también sospechas. Entonces cabe la posibilidad de que uno baje de tono intencionadamente. Esto sucede, por ejemplo, cuando en la forma menospreciada de una novela policíaca se introducen subrepticiamente en pasajes disimulados descripciones de condiciones de vida malas.

Tales descripciones justificarían del todo una novela policíaca. El gran Shakespeare, por toda una serie de consideraciones más fútiles, bajó el nivel al restar fuerza deliberadamente a las palabras de la madre de Coroliano con las que hace frente al hijo que marcha contra su ciudad natal –quería que Coroliano desistiera de sus planes no por motivos reales o por una profunda emoción, sino por cierta desidia con que se abandonó a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de verdad difundida con astucia en el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Subraya sin cesar que el asesino de César, Brutus, es un hombre honorable, pero describe también su acción y esta descripción es más impresionante que la de su propio autor; el orador mismo se deja arrastrar así por los hechos, les confiere una elocuencia más grande que «ellos mismos».

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, empleó un método parecido. Fue una época de grandes luchas de clases. La clase hasta entonces dominadora se defendía con dificultad de su gran adversario, la parte de la población hasta entonces servidora. En su poema aparece un sabio en la corte del soberano, al cual exhorta a la lucha contra los enemigos internos. Describe profusa y enérgicamente el desorden surgido a causa de la rebelión de las capas inferiores. La descripción era de este tenor:

«Así es: los nobles se lamentan y los humildes se alegran. Todas las ciudades dicen: arrojemos a los poderosos de nuestro seno.

»Así es: Se destrozan las oficinas y se llevan sus listas; los siervos se convierten en amos.

»Así es: Ya no es posible reconocer al hijo de un notable; el hijo del ama se convierte en el hijo de su esclava.

»Así es: Los burgueses han sido atados a la piedra del molino. Los que nunca vieron el día, se han ido.

»Así es: las cajas de las ofrendas son destrozadas; despedazan la madera preciosa de Sesnem para hacer camas.

»Mirad, la capital se ha venido abajo en una hora.

»Mirad, los pobres del país se han vuelto ricos.

»Mirad, quien no tenía pan, posee ahora un granero; lo que abastecerá su almacén será la hacienda de otro.

»Mirad, le sienta bien al hombre tomar su sustento.

»Mirad, quien no tenía un grano, posee ahora graneros; quien iba a por donaciones de trigo se hace ahora él mismo la parte.

»Mirad, quien no tenía una yunta de bueyes, posee ahora rebaños; quien no podía procurarse bestias de labranzas, posee ahora tropas de ganado.

»Mirad, quien no podía construir para sí una alcoba, vive ahora entre cuatro paredes.

»Mirad, los consejeros buscan cobijo en el granero; a quien apenas era lícito dormir en las murallas, éste posee ahora una cama.

»Mirad, quien antes no podía construirse un bote de madera posee ahora naves; si su propietario mira por ellas, encontrará que ya no son suyas.

»Mirad, quienes poseían vestidos van ahora andrajosos; quien no tejía para sí posee ahora finas telas.

»El rico duerme sediento; quien antes le mendigaba las sobras, posee ahora cerveza de la fuerte.

»Mirad, quien no entendía nada del tañido del arpa, tiene ahora un arpa; aquel ante quien nadie cantaba, pondera ahora la música.

»Mirad, quien por pobreza dormía solo, encuentra ahora damas; quien contemplaba su rostro en el agua, tiene ahora un espejo.

»Mirad, los más ilustres del país corren sin ocupación alguna. A los grandes ya no se le comunican nada. Quien era mensajero, manda ahora a otro…

»Mirad, cinco hombres son enviados por sus amos. Ellos dicen: haced vosotros el camino, nosotros ya hemos llegado.»

Es evidente que este desorden así descrito debe aparecer por fuerza como un estado de cosas envidiable a los oprimidos. Y sin embargo el poeta se expresa de forma difícil de comprender. Condena categóricamente este estado de cosas, aunque mal…

Jonathan Swift propuso en un opúsculo que, para que el país alcanzara la prosperidad, se escabechara a los hijos de los pobres y se les vendiera como carne. Hizo cálculos muy exactos que demostraban que se puede economizar mucho si uno no se detiene ante nada. Swift se hizo el tonto. Con gran fuego y bien documentado, defendió cierta ideología, odiosa para él, en una cuestión en que apareció evidente para todo el mundo toda su infamia. Cualquiera podía ser más listo que Swift o al menos más humano, sobre todo aquel que hasta entonces no había analizado ciertas ideas en las consecuencias que de ellas se derivaban.

Hacer propaganda en pro del pensamiento, en cuyo terreno siempre da buenos resultados, es útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de este tipo es muy necesaria. El pensamiento pasa por ser cosa vil bajo gobiernos que sirven a la explotación.

Pasa por cosa vil aquello que es útil a los envilecidos. Pasa por vil la preocupación constante por el hastío; el desprecio a los honores que se ofrecen a los defensores del país en el cual aquéllos pasan hambre; dudar del Führer cuando éste conduce al desastre; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo ejecuta; la irritación contra la obligación de adoptar actitudes absurdas; la indiferencia hacia la familia, cuando el interés por ella no serviría de nada.

Se injuria a los hambrientos tachándoles de glotones que no tienen nada que defender, de cobardes que dudan de su opresor, de gente que duda de su propia fuerza, que quiere tener la recompensa por su trabajo, de holgazanes, etc. Bajo tales gobiernos el pensamiento es considerado por regla general algo vil y cae en descrédito. Ya no es enseñado en ninguna parte y, donde aparece, es perseguido. Sin embargo, siempre existen zonas donde, sin ser castigado, uno puede llamar la atención sobre los éxitos del pensamiento; son aquellas zonas en las cuales las dictaduras necesitan del pensamiento. Así, por ejemplo, se pueden acreditar los triunfos del pensamiento en el campo de la ciencia bélica y de la técnica. También el alargamiento de las existencias de lana con una buena organización y la invención de materias substitutivas necesita del pensamiento. La mengua de alimentos, la preparación de la juventud para la guerra, todo esto necesita del pensamiento: puede describirse. El encomio de la guerra, objetivo inconsiderado de este pensamiento, puede eludirse con astucia; así, el pensamiento suscitado por la cuestión de cómo hacer mejor la guerra, puede llevar a la cuestión de si esta guerra es razonable y utilizarse en la cuestión de cómo evitar de la mejor manera una guerra absurda.

Esta cuestión, claro está, difícilmente puede plantearse en público. Por tanto, ¿no se puede aprovechar el pensamiento ya propagado, esto es, configurarlo radicalmente? Claro que se puede.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión, que sirve a la explotación de una parte de la población (la mayor) por la otra (la menor), se requiere una determinada actitud base de la población que debe abarcar todos los campos. Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin, pudo resultar de repente peligroso para la explotación; sin embargo, durante mucho tiempo, sólo la Iglesia se ocupó de ello, mientras que la policía todavía no cayó en la cuenta. Las investigaciones de los físicos en los últimos años han llevado a consecuencias en el campo de la lógica que, sin duda alguna, podían poner en peligro toda una serie de dogmas que sirven a la opresión. El filósofo nacional prusiano Hegel, entregado a arduas investigaciones en el campo de la lógica, proporcionó a Marx y Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de valor incalculable. La evolución de las ciencias es un resultado de conjunto, pero desigual, y el Estado se ve incapaz de controlarlo todo. Los campeones de la verdad pueden escoger campos de batalla que pasen relativamente inadvertidos. Pero todo estriba en que se enseñe un pensar justo, un pensar que interrogue todas las cosas y todos los acontecimientos por lo que tienen de efímeros y variables.

Los que mandan sienten una gran aversión hacia los cambios profundos. Quisieran que todo permaneciera igual, con preferencia miles de años. ¡Lo mejor sería que la luna se quedara quieta y el sol no siguiera ya su curso! Entonces nadie pasaría más hambre ni tendría ganas de cenar. Cuando ellos han disparado, el adversario no tiene derecho a disparar; su disparo tiene que ser el último.

Un modo de ver las cosas que subraye especialmente lo efímero es un buen medio para estimular a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación nazca y crezca una contradicción es algo que debe utilizarse como argumento en contra de los vencedores. Puntos de vista semejantes (como el de la dialéctica, de la doctrina del fluir de las cosas) pueden emplearse en la investigación de materias que escapen durante cierto tiempo a los que mandan. Pueden aplicarse en la biología o la química. Pueden también ensayarse en la descripción de las vicisitudes de una familia, sin llamar demasiado la atención. La dependencia de cualquier cosa respecto de otras muchas, constantemente cambiantes, es una idea peligrosa para las dictaduras y puede cundir de muchas y variadas maneras sin que la policía tenga en donde agarrarse. La descripción completa de todas las operaciones y eventualidades por las que tiene que pasar un hombre que abre un estanco, puede resultar un duro golpe para la dictadura. Quienquiera que reflexione un poco, encontrará el porqué. Los gobiernos que conducen las masas humanas a la miseria tienen que evitar que, en medio de la miseria, se piense en el gobierno. Hablan mucho del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investiga las causas de la pobreza, es detenido antes de que dé con el gobierno. Con todo, es posible, por lo general, hacer frente a esta cháchara sobre el destino; se puede mostrar que el destino del hombre viene preparado por otros hombres.

Y esto, por otro lado, puede hacerse de diferentes maneras. Se puede narrar, por ejemplo, la historia de un caserío. Todo el pueblo comenta que pesa una maldición sobre la casa. Una campesina se ha arrojado al pozo, un labrador se ha ahorcado. Un día se celebra una boda, el hijo del labrador se casa con una muchacha que aporta unos cuantos acres de tierra al matrimonio. La maldición desaparece del caserío. El pueblo no juzga con unanimidad este feliz cambio. Unos lo atribuyen al natural alegre del muchacho, otros a los acres que aporta la joven campesina y que convertirán por fin el caserío en un lugar viable.

Pero incluso puede lograrse algo con una poesía que describa la campiña, es decir, siempre que se incluyan en la naturaleza las cosas creadas por la mano del hombre.

Se requiere astucia para que la verdad se difunda.

Resumen

La gran verdad de nuestra época (cuyo conocimiento solo no resuelve nada, pero sin el cual no puede encontrarse ninguna otra verdad de alcance) es que nuestro continente naufraga en la barbarie porque la propiedad se encuentra forzosamente atada a los medios de producción. ¿De qué sirve en este caso escribir algo valiente de lo cual se desprenda que el estado de cosas en el cual nos hundimos es propio de la barbarie (cosa que es verdad), si no queda claro por qué hemos ido a parar en él?

Es necesario decir que se tortura a la gente porque tienen que subsistir las mismas condiciones de propiedad. Cierto, si decimos esto, perderemos a muchos amigos que están en contra de la tortura, porque creen que estas condiciones podrían mantenerse también sin tortura (lo cual es falso). Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, hemos de decir que existe la manera de hacerlas desaparecer, esto es, modificando las condiciones de propiedad.

Hemos de decirla, además, a aquellos que más sufren bajo estas condiciones, que tienen el máximo interés en su reforma, a los trabajadores y a aquellos que podemos presentar como aliados suyos, porque, bien mirado, también carecen de propiedad en los medios de producción, aunque tengan participación en los beneficios.

Y, en quinto lugar, debemos proceder con astucia.

Y debemos superar estas cinco dificultades a un tiempo, ya que no podemos investigar la verdad sobre condiciones de barbarie, sin pensar en aquellos que sufren bajo ellas, y mientras buscamos las verdaderas causas, sacudiéndonos sin cesar todo amago de cobardía, en atención a aquellos que están dispuestos a conocerlas y utilizarlas, debemos pensar todavía en hacerles llegar la verdad de tal forma que pueda convertirse en un arma en sus manos, y al propio tiempo hacerlo con tanta astucia que esta entrega no pueda ser descubierta ni estorbada por el enemigo.

Todo lo más que se pide, si es que algo se pide, es que el escritor escriba la verdad.” –––