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sábado, 2 de septiembre de 2023

Eduardo Galeano, Una derrota de la Civilización

Eduardo Galeano, "Una derrota de la Civilización", en su Los hijos de los días.

En el año 2002, cerraron sus puertas los ocho restoranes de McDonald’s en Bolivia. Apenas cinco años había durado esta misión civilizadora. 

Nadie la prohibió. Simplemente ocurrió que los bolivianos le dieron la espalda, o mejor dicho: se negaron a darle la boca. Estos ingratos se negaron a reconocer el gesto de la empresa más exitosa del planeta, que desinteresadamente honraba al país con su presencia.  

El amor al atraso impidió que Bolivia se pusiera al día con la comida chatarra y los vertiginosos ritmos de la vida moderna.  Las empanadas caseras derrotaron al progreso. Los bolivianos siguen comiendo sin apuro, en lentas ceremonias, tozudamente apegados a los antiguos sabores nacidos en el fogón familiar. 

Se ha ido, para nunca más volver, la empresa que en el mundo entero se dedica a dar felicidad a los niños, a echar a los trabajadores que se sindicalizan y a multiplicar a los gordos. 

Eduardo Galeano, Los hijos de los días (366 microrrelatos)

HIJOS DE LOS DIAS

Eduardo Galeano

Los hijos de los días reúne 366 historias, una para cada día del año. En ellas, Galeano capta instantáneas que reflejan la vida de hombres y mujeres célebres o anónimos. Hechos sorprendentes o curiosos, situados en diversas épocas y lugares, que muestran las fragilidades de personajes conocidos y la grandeza de los ignorados. La obra se convierte así en un calendario originalísimo, capaz de revelar todo lo que esconde la sucesión previsible de los días.

enero 7

La nieta


Soledad, la nieta

de Rafael Barrett,

solía recordar

una frase del abuelo:

–Si el Bien no existe,

hay que inventarlo.

Rafael,

paraguayo por elección,

revolucionario

por vocación,

pasó más tiempo

en la cárcel que en la casa,

y murió en el exilio.

La nieta fue acribillada

a balazos en Brasil,

en el día de hoy de 1973.

El cabo Anselmo,

marinero insurgente,

jefe revolucionario,

fue quien la entregó.

Harto de ser

un perdedor,

arrepentido de todo

lo que creía y quería,

él delató, uno por uno,

a sus compañeros

de lucha contra

la dictadura militar

brasileña, y los envió

al suplicio o al matadero.

A Soledad,

que era su mujer,

la dejó para el final.

El cabo Anselmo

señaló el lugar donde ella

se escondía, y se alejó.

Ya estaba en el aeropuerto

cuando sonaron

los primeros tiros.


* * *


enero 9

elogio de la brevedad


Hoy se publicó,

en Filadelfia, en 1776,

la primera edición

de Sentido común.

Thomas Paine, el autor,

sostenía que la

independencia era un asunto

de sentido común

contra la humillación

colonial y la ridícula

monarquía hereditaria,

que tanto podía coronar

a un león como a un burro.

Este libro de cuarenta y ocho páginas

se difundió más

que el agua y el aire,

y fue uno de los papás

de la independencia

de los Estados Unidos.

En 1848, Karl Marx

y Friedrich Engels

escribieron las veintitrés

páginas del

Manifiesto comunista,

que empezaba advirtiendo:

Un fantasma

recorre Europa…

Y ésta resultó ser la obra

que más influyó sobre

las revoluciones

del siglo veinte.

Y veintiséis páginas

sumaba la exhortación

a la indignación que

Stéphane Hessel

difundió en el año 2011.

Esas pocas palabras

ayudaron a desatar

terremotos de protesta

en varias ciudades.

Miles de indignados

invadieron las calles

y las plazas,

durante muchos días

y noches, contra la dictadura

universal de los banqueros

y los guerreros.


* * *

enero 10

distancias


Tosiendo marchaba

el coche. Y a los tumbos,

apilados dentro del coche,

viajaban unos músicos.

Ellos iban a alegrar

una reunión de campesinos,

pero ya llevaban

un largo rato perdidos

en los hirvientes caminos

de Santiago del Estero.

Los despistados

no tenían a quién preguntar.


* * *


enero 12

la urgencia

de llegar


En esta mañana

del año 2007,

un violinista ofreció

un concierto en una

estación de metro de

la ciudad de Washington.

Apoyado contra la pared,

junto a un tacho de basura,

el músico,  que más parecía

un muchacho de barrio,

tocó obras de Schubert

y otros clásicos, durante

tres cuartos de hora.

Mil cien personas

pasaron sin detener

su apurado camino.

Siete se detuvieron

durante algo más

que un instante.

Nadie aplaudió.

Hubo niños que quisieron quedarse, pero fueron

arrastrados por sus madres.

Nadie sabía que él

era Joshua Bell,

uno de los virtuosos

más cotizados y

admirados del mundo.

El diario The Washington Post

había organizado

este concierto.

Fue su manera

de preguntar:

-¿Tiene usted tiempo

para la belleza?



* * *


enero 17

el hombre que

fusiló a dios


En 1918,

en Moscú,

en plena efervescencia

revolucionaria,

Anatoli Lunacharski

encabezó el tribunal

que juzgó a Dios.

Una Biblia

fue sentada

en el banquillo

de los acusados.

Según el fiscal,

Dios había cometido,

a lo largo de la historia,

numerosos crímenes

contra la humanidad.

El abogado de oficio

alegó que Dios

era inimputable,

porque padecía

demencia grave;

pero el tribunal

lo condenó a muerte.

Al amanecer

del día de hoy,

cinco ráfagas

de ametralladora

fueron disparadas

al cielo.


* * *

enero 27

para que escuches

el mundo


Hoy nació, en 1756,

Wolfgang Amadeus Mozart.

Siglos después, hasta los

bebés aman la música que nos dejó.

Está comprobado,

muchas veces

y en muchos lugares,

que el recién nacido

llora menos y duerme mejor

cuando escucha

la música de Mozart.

Es la mejor bienvenida

al mundo,

la manera mejor de decirle:

–Ésta es tu nueva casa.

Y así suena.


* * *


febrero 27

También los bancos

son mortales


Todo verdor perecerá,

había anunciado la Biblia.

En 1995, el Banco Barings,

el más antiguo

de Inglaterra,

cayó en bancarrota.

Una semana después, fue

vendido por un precio total de una (1) libra esterlina.

Este banco había sido el

brazo financiero del

imperio británico.

La independencia

y la deuda externa

nacieron juntas

en América Latina.

Todos nacimos debiendo.

En nuestras tierras,

el Banco Barings

compró países,

alquiló próceres,

financió guerras.

Y se creyó inmortal.


* * *


febrero 26

africa mía


A fines del

siglo diecinueve,

las potencias coloniales

europeas se reunieron,

en Berlín,

para repartirse el África

Fue larga y dura la pelea

por el botín colonial,

las selvas, los ríos,

las montañas,

los suelos, los subsuelos,

hasta que las nuevas

fronteras fueron

dibujadas y en el día

de hoy de 1885

se firmó, en nombre

de Dios Todopoderoso,

el Acta General.

Los amos europeos

tuvieron el buen gusto

de no mencionar el oro,

los diamantes, el marfil,

el petróleo, el caucho,

el estaño, el cacao,

el café ni el aceite de palma;

prohibieron que

la esclavitud fuera

llamada por su nombre;

llamaron sociedades

filantrópicas a las

empresas que

proporcionaban carne

humana al mercado

mundial; advirtieron

que actuaban movidos

por el deseo de favorecer

el desarrollo del comercio

y de la Civilización y,

por si hubiera

alguna duda,

aclararon que actuaban

preocupados por aumentar

el bienestar moral

y material de las

poblaciones indígenas.

Así Europa inventó

el nuevo mapa del África.

Ningún africano estuvo,

ni de adorno,

en esa reunión cumbre.


* * *


marzo 18

con los dioses

adentro


En la cordillera de los Andes,

los conquistadores españoles

habían expulsado

a los dioses indígenas.

Extirpada fue

la idolatría.

Pero allá

por el año 1560,

los dioses regresaron.

Viajaron con sus

grandes alas,

venidos no se sabe

de dónde,

y se metieron

en los cuerpos

de sus hijos,

desde Ayacucho

hasta Oruro,

y en esos cuerpos

bailaron.

Las danzas, que

bailaban la rebelión,

fueron castigadas

con el azote o la horca,

pero no hubo manera

de pararlas.

Y siguieron anunciando

el fin de la humillación.

En lengua quechua,

la palabra ñaupa

significa fue,

pero también

significa será. 


* * *


agosto 30

dia de los

desaparecidos


Desaparecidos:

los muertos sin tumba,

las tumbas sin nombre.

Y también:

los bosques nativos,

las estrellas

en la noche

de las ciudades,

el aroma de las flores,

el sabor de las frutas,

las cartas escritas

a mano,

los viejos cafés

donde había tiempo

para perder el tiempo,

el fútbol de la calle,

el derecho a caminar,

el derecho a respirar,

los empleos seguros,

las jubilaciones seguras,

las casas sin rejas,

las puertas sin cerradura,

el sentido comunitario

y el sentido común.


* * *


marzo 20

el mundo

al revés


El 20 de marzo

del año 2003,

los aviones de Irak

bombardearon

los Estados Unidos.

Tras las bombas,

las tropas iraquíes

invadieron el territorio

norteamericano.

Hubo numerosos

daños colaterales.

Muchos civiles

estadounidenses,

en su mayoría

mujeres y niños,

perdieron la vida

o fueron mutilados.

Se desconoce

la cifra exacta,

porque la tradición

manda contar

las víctimas de

las tropas invasoras

y prohíbe contar

las víctimas

de la población

invadida. 

La guerra

fue inevitable.

La seguridad de Irak,

y de la humanidad

entera,

estaba amenazada

por las armas de

destrucción masiva

acumuladas en

los arsenales

de los Estados Unidos.

Ningún fundamento

tenían, en cambio,

los rumores insidiosos

que atribuían a Irak

la intención de quedarse

con el petróleo

de Alaska.


* * *


noviembre 22

día de la música


Según cuentan

los memoriosos,

en otros tiempos

el sol fue el dueño

de la música,

hasta que el viento

se la robó.

Desde entonces,

para consolar al sol,

los pájaros le ofrecen

conciertos al principio

y al fin de cada día.

Pero los alados cantores

no pueden competir

con los rugidos

y los chillidos

de los motores

que gobiernan

las grandes ciudades.

Ya poco

o nada

se escucha

el canto de los pájaros.

En vano

se rompen el pecho

queriendo

hacerse oír,

y el esfuerzo por sonar

cada vez más alto

arruina sus trinos.

Y ya las hembras

no reconocen

a sus machos.

Ellos las llaman,

virtuosos tenores,

irresistibles barítonos,

pero en el

barullo urbano

no se distingue

quién es quién,

y ellas

terminan aceptando

el abrigo

de alas extrañas.


* * *


marzo 6

la florista


Georgia O’Keeffe

vivió pintando,

durante casi un siglo,

y pintando murió.

Sus cuadros

alzaron un jardín

en la soledad

del desierto.

Las flores de Georgia, clítoris, vulvas, vaginas, pezones, ombligos,

eran los cálices

de una misa

de acción de gracias

por la alegría

de haber nacido mujer.


* * *


octubre 12

el descubrimiento


En 1492,

los nativos descubrieron que eran indios,

descubrieron

que vivían

en América,

descubrieron

que estaban desnudos, descubrieron

que existía el pecado,

descubrieron

que debían obediencia

a un rey y a una reina

de otro mundo

y a un dios

de otro cielo,

y que ese dios

había inventado

la culpa y el vestido

y había mandado

que fuera quemado vivo

quien adorara al sol

y a la luna

y a la tierra

y a la lluvia

que la moja.


* * *


abril 3

buenos muchachos


En 1882,

una bala entró

en la nuca

de Jesse James.

La disparó

su mejor amigo,

para cobrar

a recompensa.

Antes de convertirse

en el más famoso

bandolero,

Jesse había combatido

contra el presidente

Lincoln, en las filas

del ejército esclavista

del sur.

Cuando los suyos

perdieron la guerra,

no tuvo más remedio

que cambiar de trabajo.

Así nació la banda

de Jesse James.

La banda, que usaba

máscaras del

Ku Klux Klan,

inició sus actividades

asaltando un tren por primera vez en la historia

de los Estados Unidos;

y tras desplumar

a todos los pasajeros,

se dedicó a desvalijar

bancos y diligencias.

La leyenda cuenta

que Jesse fue algo así

como un Robin Hood

del Salvaje Oeste,

que robaba a los ricos

para ayudar a los pobres, pero nunca nadie

conoció a un pobre

que hubiera recibido

una moneda de sus manos.

En cambio,

sí está probado

que él ayudó mucho

a Hollywood.

La industria del cine

le debe cuarenta películas, casi todas exitosas,

donde los más famosos astros, desde Tyrone Power hasta Brad Pitt,

han empuñado

su revólver humeante.


* * *


septieembre 8

día de la

alfabetización


Sergipe,

nordeste del Brasil:

Paulo Freire

inicia una nueva

jornada de trabajo

con un grupo de

campesinos

muy pobres,

que se están

alfabetizando.

-¿Cómo estás, João?

João calla.

Estruja su sombrero.

Largo silencio,

y por fin dice:

-No pude dormir.

Toda la noche

sin pegar los ojos.

Más palabras

no le salen de la boca,

hasta que murmura:

-Ayer yo escribí

mi nombre

por primera vez.

lunes, 28 de agosto de 2023

Horacio Quiroga, El almohadón de plumas

El almohadón de plumas  Horacio Quiroga 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando, volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.  Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.  

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.  En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.  No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.  Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.  

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.  Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.  

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. 

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.  

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. 

 —¡Soy yo, Alicia, soy yo!  Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.  

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.  Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.  

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...  —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.  

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aunque le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.  Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.  Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.  —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.  Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.  

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.  

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.  La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquel, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.  —¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.  

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.  

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.  

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.  

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.  

domingo, 13 de noviembre de 2022

Horacio Quiroga, La gallina degollada.

 ​La gallina degollada​ de Horacio Quiroga


Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

—¿Qué, no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir...

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?...

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.


Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

martes, 30 de marzo de 2021

Mario Benedetti, A morir

Mario Benedetti


A vivir


Quisiera conocerme y conocerte

y calmar esta sed entre tus labios

olvidarne de todos los resabios

y jugar sin el miedo de perderte.

No es cosa de aceptar la mala suerte

y llenar el vacío con agravios

lo mejor es quedarse con los sabios,

lo más lejos posible de la muerte.


No está de más un poco de lujuria

para alegrar las tardes de la siesta

y desarmar la próxima penuria

con tus señas de azar o con las mías

el amor tiene siempre algo de fiesta

a vivir a vivir, que son dos días.

domingo, 19 de julio de 2015

Mario Benedetti, La soledad comunicante, 1987

Mario Benedetti, "La soledad comunicante", El País, 1-XI-1987:

Hace unos años, al responder a una encuesta que preguntaba: "¿Por qué escribe"? (Liberation, París, mayo 1985), Lawrence Durrell se limitó a burlarse: "A pregunta idiota, respuesta idiota: escribo para vigilarme". No sé si la pregunta era idiota o sagaz, pero lo cierto es que respondimos a ella 400 escritores de 80 países en 28 lenguas.La interrogante era también una doble tentación: desarrollar la respuesta en profundidad o responder con una frase ingeniosa o que pretendiera serlo. Por supuesto, hubo quienes se inclinaron por esta opción, por ejemplo, José Donoso ("escribo para saber por qué escribo"), Enrique Lihn ("escribo porque escribo"), Álvaro Mutis ("escribo por asco de mí mismo y del mundo"), García Márquez ("para que mis amigos me quieran más", que casi se repite en la respuesta de Bryce Echenique: "Escribo para que me quieran más"), Juan Goytisolo ("si lo supiera, no escribiría"), Philippe Soupault ("porque me divierte"), Leonardo Sciascia ("porque me gusta"), Françoise Sagan ("porque adoro eso").

Otros respondieron con más realismo y tal vez con lacónica sinceridad: Mary McCarthy ("porque sé cómo hacerlo"), Carlos Fuentes ("porque es una de las raras cosas que sé hacer"), Günter Grass ("porque no puedo hacer otra cosa"), Graham Greene y también Fred Uhlmann ("por necesidad"), Danilo Kis ("para sobrevivir"), Samuel Beckett ("porque sólo sirvo para eso").

Hay, por último, unos cuantos que, ya que son literatos, al responder hacen literatura. Algunos ejemplos: Rachid Boudjedra ("escribo para no tener frío"), Roberto Juarroz ("porque la poesía es la conjunción más profunda del azar y el destino"), Ricardo Piglia ("porque la poesía es la forma privada de la utopía"), Osvaldo Soriano ("para compartir la soledad"), García Hortelano ("porque no soporto el vacío que es un día sin escribir), Adonis ("para hacer eco a aquello que Dios ha dicho y no ha escrito"), Jan Erik Vold ("porque si no lo hiciera, faltaría una voz"), Roa Bastos (para evitar que "al miedo de la muerte se agregue el miedo de la vida"), Doris Lessing ("porque soy un animal escribiente").

Podría decirse que todas las contestaciones caben en un espacio limitado por dos respuestas (dos polos) muy anteriores a esa encuesta: Henri Michaux ("escribo para que lo real se vuelva inofensivo") y William Faulkner ("escribo para ganarme la vida"). Sin embargo, no hay ninguna de las 400 respuestas (salvo, quizá, la de Osvaldo Soriano) que ponga sobre el tapete tanta verdad como un artículo titulado precisamente ¿Por qué se escribe?, que en 1933 publicó María Zambrano en la Revista de Occidente y que luego incluyó en Hacia un saber del alma: "Escribir es defender la soledad en que se está, es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas". Aislamiento efectivo, pero comunicable. Ahora sí se entiende mejor la respuesta de Soriano: "Escribo para compartir la soledad".

Por la mente del escritor desfilan verdaderas series o escalas orales, tan informales como irresponsables, pero en el filtro riguroso de la soledad, y a fin de transformarse en palabra escrita, asumen su responsabilidad y también su forma particular, única. Escribir es una manera de organizar el habla, el caos del habla, y, en definitiva, es un intento, casi siempre vano, de organizar el mundo, así sea el reducido y propio. Más adelante agrega María Zambrano algo que conduce a otro nivel del acto de escribir: "El escritor sale de su soledad a comunicar el secreto". Ahora bien, ¿en qué consiste ese secreto? ¿Y por qué lo comunica en vez de guardarlo celosamente para sí? ¿No será que el secreto es nada menos que la originalidad? Un sustantivo que nunca había colindado con un adjetivo cualquiera; el hallazgo de una sola palabra que transforma un lugar común en un lugar extraordinario; la novedad de una sensación, o mejor aún, la manera nueva de decir una sensación trillada; un matiz inédito en el tembladeral de las relaciones humanas; la vislumbre desconocida de una pasión conocida; la mera invención de una palabra, etcétera, son franjas del azar, pero asimismo de la educación de ese azar. Es difícil que el azar comparezca cuando no se empieza por abrirle el camino. La inspiración cayó en desuso, pero el azar o el secreto de crear o la originalidad germinan mejor en tierras fértiles.

El impulso que lleva al escritor a revelar ese secreto forma parte de su oficio, que es comunicar. Es común que el artista, tras un descubrimiento que ha efectuado a solas, quiera de inmediato comunicarlo, así sea oralmente. No importa a cuántos. A alguien. En ese instante no piensa que pueden quitarle un tema, copiarle un desarrollo. El arte es generoso, pródigo, dador, y la verdad es que el secreto del escritor sólo adquiere un sentido cuando se hace público. Si Nietzsche decía (Zambrano lo menciona) que "las cosas son los límites del hombre", Rubén Darío, en cambio, en su Coloquio de los centauros hace que Quirós (varios décadas antes que el centauro Robbe-Grillet) sugiera: "Las cosas tienen un ser vital". Es claro que las cosas logran ese ser vital sólo cuando el poeta lo descubre en ellas. Sin la mirada del poeta las cosas son inertes o, si se mueven, como las máquinas, no son conscientes de su movilidad. O sea, que cuando las cosas, gracias al poeta, asumen su ser vital, abandonan su condición inerte y pasan a ser imágenes, metáforas, símbolos y, en consecuencia, dejan de ser límites para el hombre.

Semejante operación no justifica ninguna vanidad. El poeta lleva a cabo ese proceso a través de las palabras, pero otros miembros de la comunidad, digamos el agricultor, el constructor, el artesano, realizan faenas igualmente reveladoras con sus instrumentos y sus manos, a pesar de que no haya encuestas que pregunten: "¿Por qué abres un surco?, ¿porqué levantas paredes?, ¿por qué moldeas esa vasija?". El Homo faber y el Homo ludens no sólo se complementan, sino que se influyen recíprocamente. Uno de los escritores convocados por Liberation, el portugués Antonio Lobo Antunes, respondió: "Escribo porque no sé bailar como Fred Astaire", y esto, que parece (y quizá sea) una broma, un modo de eludir la indagación, también incluye su viruta de verdad. En la escritura cabe el mundo. "Escribo", respondió Onetti, "porque es un acto amoroso que me da placer". Comencé a escribir", responde, por su parte, un bienhumorado Vázquez Montalbán, "porque quería ser grande, rico y hermoso". Y esto, a pesar de su talante, tampoco es mera broma, porque en la escritura cabe, asimismo, el mito, no sólo el que apunta a la figura admirada, sino también al mito modesto, casi privado: la quimera propia, vocacional. Vázquez Montalbán la ribetea de humor, pero ¿quién no tiene una personal quimera? Aunque el tríptico de adjetivos no sea el mismo, claro.

Puedo entender a Severo Sarduy cuando confiesa, como razón de su escritura: "No soporto el vacío", y, en cambio, me cuesta creer a Milan Kundera cuando limita su escritura al "placer de contradecir", a "la felicidad de estar solo contra todos", y no lo creo, porque si bien ese placer de contradecir está presente en sus declaraciones políticas, disidentes, en su obra literaria, en cambio, tiene más importancia el placer de decir. Por otra parte, ese alarde casi romántico de "estar solo contra todos" se inscribe más bien en la tradición de Drieu la Rochelle, para quien la necesaria misión del intelectual era "estar donde no está la muchedumbre. Delante, detrás o al costado, poco importa, pero estar en otra parte". Curiosamente, esa obsesión lo metió de cabeza, primero en el fascismo, luego en el colaboracionismo con la ocupación alemana, y finalmente en el suicidio, que al fin fue su modo personal de "estar en otra parte". ¿Será que a veces el escritor cree haber sorprendido un secreto y, en cambio, sólo ha descubierto (y adoptado) un oprobio que flotaba en el aire? Y entonces, cuando decide: hacer público el presunto secreto, no cae en la cuenta de que está comunicando una ignominia. Después de todo, en el sutil entramado de los malentendidos culturales hay dos que aparecen y reaparecen sin que nadie los convoque. El primero es que el escritor está instalado en su sociedad, y en ella, rodeado y traspasado por ella, escribe; el segundo es que está instalado en su soledad, y en ella, sólo para ella y sin contagiarse del contorno, escribe. De ahí que me parezca tan penetrante y verdadero el hallazgo necesario de María Zambrano cuando dice: "Aislamiento comunicable", asombrosa contigüidad de aparentes contrarios que, a su vez, ella capta como secreto y no vacila en comunicar. (A los bienaventurados que nombra Serrat quizá podría agregarse esta variante: bien aventurados los poetas, porque dicen su secreto a voces".)

Por más que un escritor viva sumergido en lo emergente de su. medio social ("vivir en una sociedad y no depender de ella es imposible", decía, con perdón, Vladimir Ilich Ulianof, también llamado Lenin, allá por 1905), tras sus balsámicos o incitantes baños de mundo deberá instalarse en su parcela de soledad, poniendo sus palabras a buen recaudo; pero si verdaderamente quiere que esas palabras, como propone el portugués Vergilio Ferreira, "creen el espacio habitable de su necesidad", una vez que la soledad le ha ayudado a moldear su secreto, su don de sí mismo, su santiamén insólito, aquella misma necesidad ampliará ese espacio habitable para introducir en él al prójimo, al contorno, a la región, al mundo. Pura ósmosis. El mundo es materia prima de cada soledad; la suma de soledades es la savia del mundo.

"No sé escribir porque no sé ser", masita otro portugués, Fernando Pessoa, en una de las páginas más desoladas de su Livro de desassossego, y agrega: "No consigo reanudarme". Afortunadamente, el libro tiene 250 páginas más, y digo afortunadamente, porque pienso que, en ese contexto, reanudarse es seguir transmitiendo la soledad, pero es también merecer la soledad del prójimo. Y esto no significa, como proponía Walter Benjamin, que el intelectual no pueda ver el cambio social sino desde la perspectiva de su soledad. ¿Acaso la sociedad no es factor, médula y sustancia de la soledad'? ¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al prójimo?

domingo, 18 de marzo de 2007

ANTOLOGÍA, Mario Benedetti

Un Padrenuestro latinoamericano


Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande

Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos dondequiera que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas
sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta
ya no sirve pedirte
venga a nos tu reino
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en esta ansia de verte pesa a todo

cuando hablaste del rico
la aguja y el camello
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto
tu voluntad se mezcla con la mía
la domina
la enciende
la duplica
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuándo creo de veras lo que digo creer
así en tu omnipresencia como en mi soledad
así en la tierra como en el cielo
siempre
estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe
no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga
tu voluntad igual se está haciendo en el viento
en el Ande de nieve
en el pájaro que fecunda a su pájara
en los cancilleres que murmuran yes sir
en cada mano que se convierte en puño

claro no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse
lo digo con irreverencia y gratitud
dos emblemas que pronto serán la misma cosa

lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste
dánosle hoy
o al menos el derecho de darnos nuestro pan
no sólo el que era símbolo de Algo
sino el de miga y cáscara
el pan nuestro
ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
perdónanos si puedes nuestras deudas
pero no nos perdones la esperanza
no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos
a los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros
una vez
por error
perdonamos a nuestros a nuestros deudores

todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote
como tres mil kilómetros de injurias
como veinte medallas a Somoza
como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
y ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contrarrembolso
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia
amén.

SEMÁNTICA PRÁCTICA

Sabemos que el alma como principio de la vida
es una caduca concepción religiosa e idealista
pero que en cambio tiene vigencia en su acepción segunda
o sea hueco del cañón de las armas de fuego
hay que reconocer empero que el lenguaje popular no está rigurosamente al día
y que cuando el mismo estudiante que leyó en konstantinov que la idea del alma es fantástica e ingenua
besa los labios ingenuos y fantásticos de la compañerita que no conoce la acepción segunda
y a pesar de ello le dice te quiero con toda el alma
es obvio que no intenta sugerir que la quiere con todo el hueco del cañón.


USTEDES Y NOSOTROS

Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual

ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez

nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien

ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom

nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud

ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón

nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función

ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal

nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar

ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.


CURRÍCULUM

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.


VAMOS JUNTOS

Con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

compañero te desvela
la misma suerte que a mí
prometiste y prometí
encender esta candela

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

la muerte mata y escucha
la vida viene después
la unidad que sirve es
la que nos une en la lucha

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

la historia tañe sonora
su lección como campana
para gozar el mañana
hay que pelear el ahora

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

ya no somos inocentes
ni en la mala ni en la buena
cada cual en su faena
porque en esto no hay suplentes

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

algunos cantan victoria
porque el pueblo paga vidas
pero esas muertes queridas
van escribiendo la historia

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero.


BOTELLA AL MAR

“El mar un azar” Vicente Huidobro

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.


EL SONETO DE RIGOR

“Las rosas están insoportables en el florero” Jaime Sabines

Tal vez haya un rigor para encontrarte
el corazón de rosa rigurosa
ya que hablando en rigor no es poca cosa
que tu rigor de rosa no te harte.

Rosa que estás aquí o en cualquier parte
con tu rigor de pétalos, qué sosa
es tu fórmula intacta, tan hermosa
que ya es de rigor desprestigiarte.

Así que abandonándote en tus ramos
o dejándote al borde del camino
aplicarte el rigor es lo mejor.

Y el rigor no permite que te hagamos
liras ni odas cual floreros, sino
apenas el soneto de rigor.

sábado, 24 de febrero de 2007

UN PADRE NUESTRO LATINOAMERICANO, Mario Benedetti

Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande

Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos donde quieras que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas
sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta
ya no sirve pedirte
venga a nos el tu reino
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en esta ansia de verte pese a todo

cuando hablaste del rico
la aguja y el camello
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto
tu voluntad se mezcla con la mía
la domina
la enciende
la duplica
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuándo creo de veras lo que digo creer

así en tu omnipresencia como en mi soledad
así en la tierra como en el cielo
siempre
estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe
no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga
tu voluntad igual se está haciendo en el viento
en el Ande de nieve
en el pájaro que fecunda a su pájara
en los cancilleres que murmuran yes sir
en cada mano que se convierte en
claro no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse
lo digo con irreverencia y gratitud
dos emblemas que pronto serán la misma cosa
lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste
dánosle hoy
o al menos el derecho de darnos nuestro pan
no sólo el que era símbolo de Algo
sino el de miga y cáscara
el pan nuestro
ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
perdónanos si puedes nuestras deudas
pero no nos perdones la esperanza
no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana
saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos
a los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros
una vez
por error
perdonamos a nuestros deudores

todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote
como tres mil kilómetros de injurias
como veinte medallas a Somoza
como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contrarrembolso
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia
amén.

martes, 20 de febrero de 2007

Los nadies, de Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.