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martes, 9 de junio de 2026

Hundirse, de Stephen Leacock

[Un pasaje de Stephen  Leacock. Traducción propia:]

Creo que fue justo cuando estaban cantando "Oh Canadá" que se corrió la voz de que el barco se estaba hundiendo.

Si alguna vez has vivido una emergencia repentina en el agua comprenderás su peculiar psicología: la forma en que lo que sucede parece saberse todo al instante, sin que se pronuncie una sola palabra. La información se transmite de una persona a otra mediante un proceso misterioso.

En cualquier caso, en el Bella Mariposa primero uno y luego otro oyeron que el vapor se estaba hundiendo y, por lo que pude averiguar, el origen del asunto fue que George Duff, el gerente del banco, se acercó discretamente al Dr. Gallagher y le preguntó si creía que el barco se estaba hundiendo. El doctor respondió que no, que lo había pensado antes, ese mismo día, pero que ahora no lo creía. Después de eso, según su propio relato, Duff le dijo a Macartney, el abogado, que el barco se estaba hundiendo, y Macartney respondió que lo dudaba mucho. Entonces, alguien se acercó al juez Pepperleigh, lo despertó y le dijo que había quince centímetros de agua en el vapor y que se estaba hundiendo. Pepperleigh dijo que era un escándalo mayúsculo y le contó la noticia a su esposa, quien respondió que no tenían derecho a permitirlo y que, si el vapor se hundía, esa sería la última excursión que haría.

Así que la noticia se extendió por todo el barco y, en todas partes la gente se reunía en corrillos y hablaba de ello con la misma mezcla de ira y excitación con que la gente habla cuando un vapor se hunde en uno de los lagos, como era el lago Wissanotti.

Dean Drone, por supuesto, y algunos otros fueron más discretos al respecto y dijeron que había que ser comprensivos y que naturalmente todo tiene dos caras; pero la mayoría no atendía a razones; creo que incluso algunos estaban asustados. Verán, la penúltima vez que el vapor se hundió, un hombre se había ahogado y eso los puso nerviosos.

¿Qué? ¿No te había explicado la profundidad del lago Wissanotti? Lo había dado por sentado y, en cualquier caso, algunas partes son bastante profundas, aunque, supongo, en este tramo, desde los grandes cañaverales hasta aproximadamente una milla al muelle del pueblo, no podrías encontrar seis pies de agua ni aunque probaras. ¡Bah! No me refería a un vapor hundiéndose en el océano y arrastrando a su multitud de gente aterrorizada a los horribles abismos de las verdes aguas. ¡Por Dios que no, ese tipo de cosas nunca suceden en el lago Wissanotti!

Pero lo que sucede es que el Bella Mariposa se hunde de vez en cuando y se queda atascado en el fondo hasta que solucionan el problema. En los lagos que rodean Mariposa, si alguien llega tarde a algún sitio y explica que el vapor se ha hundido, todo el mundo entiende la situación.

Verán, cuando Harland y Wolff construyeron el Bella Mariposa, dejaron algunas grietas entre sus vigas que se taponaban con tiritas de algodón todos los domingos. Si no se hacía, el barco se hundía. De hecho, es ley en la provincia que todos los vapores como el Bella Mariposa deben estar debidamente sellados con corcho —creo que es esa la palabra— cada temporada. Hasta hay inspectores que visitan todos los hoteles de la provincia para asegurarse de que se cumpla.

Ahora que lo he explicado con más claridad, podéis imaginar la indignación de la gente al saber que el barco se había destaponado y podrían quedarse atrapados allí, encallados en un banco de arena o en un lodazal, durante media noche.

Tampoco digo yo que no hubiera peligro; pero de todos modos no te sientes muy seguro cuando te das cuenta de que el barco va bajando con cada cien metros que avanza y miras por la borda y solo ves agua negra en la negra noche que se avecina.

¡A salvo! Ahora que lo pienso, no estoy seguro de que no fuera peor que hundirse en el Atlántico, pues, después de todo, en el Atlántico hay telegrafía inalámbrica y muchos marineros y mayordomos entrenados. Pero allá, en el lago Wissanotti, tan lejos, que apenas se ven las luces del pueblo al sur, cuando la hélice se detiene y se oye el silbido del vapor mientras empiezan a apagar los fuegos de los motores para evitar una explosión, y cuando uno se aparta del rojo resplandor que sale de las puertas de los hornos al abrirlas y mira la oscuridad negra que se cierne sobre el lago y empieza a soplar un viento nocturno entre los juncos, y se ve a los hombres subiendo al tejado de la cabina del piloto para lanzar las bengalas y despertar al pueblo... ¿A salvo? A salvo usted mismo, si quiere; en cuanto a mí, déjenme regresar una vez más a Mariposa bajo la sombra nocturna de los arces y esta será la última, la última vez que iré al lago Wissanotti.

¿A salvo? ¡Claro que sí! ¿No es extraño lo seguras que parecen las aventuras de los demás después de que suceden? Pero tú también te habrías asustado si hubieras estado allí, justo antes de que el vapor se hundiera, y hubieras visto cómo subían a todas las mujeres a la cubierta superior. No entiendo cómo algunas personas se lo tomaban con tanta calma; cómo el señor Smith, por ejemplo, pudo seguir fumando y contando cómo un vapor se le había hundido en el lago Nipissing y otro aún más grande, un barco de ruedas laterales, se le había hundido en el lago Abbitibbi.

Entonces, de repente, con un temblor, se hundió: se podía sentir cómo el barco ahondaba, se hundía abajo y más abajo... ¿es que acaso no llegaría nunca al fondo? El agua llegó hasta la cubierta inferior, y entonces, gracias a Dios, el hundimiento cesó, y allí estaba el Bella Mariposa sano y salvo, varado en un juncal. ¡De verdad que daba risa! Parecía tan raro... Y, además, si uno tiene cierta valentía natural, el peligro le hace reír. "¡Peligro! ¡Bah, tonterías!" A todo el mundo le encantó la idea. Son precisamente estas pequeñas cosas las que dan vida a un día en el agua.

En medio minuto todos corrían de un lado a otro buscando bocadillos, contando chistes y hablando de preparar café sobre los restos del incendio del motor. No necesito explicar con detalle cómo sucedió todo después. Supongo que la gente del Mariposa Belle habría tenido que quedarse allí toda la noche o hasta que llegara ayuda del pueblo, pero algunos de los hombres que habían ido hacia adelante y miraban en la oscuridad dijeron que no se podía estar a más de una milla de Miller's Point; casi se podía ver, allí, a la izquierda; algunos, creo, dijeron "a babor", porque ya sabes: cuando te ves envuelto en estos desastres marítimos, enseguida captas el espíritu del momento.

Así que enseguida desplegaron los pescantes por la borda y comenzaron a bajar el viejo bote salvavidas desde la cubierta superior hasta el agua. Había hombres asomando por la barandilla del Bella Mariposa con linternas que iluminaban el agua y los juncos mientras lo bajaban. Pero, cuando lograron bajar el bote, parecía tan frágil y torpe visto desde arriba, que se oyó un grito: «¡Las mujeres y los niños primero!». ¿Qué sentido tendría intentar meter a un montón de hombres corpulentos si, al final, el bote ni siquiera podría soportar el peso de las mujeres y los niños? Así que subieron principalmente las mujeres y los niños, y el barco se adentró en la oscuridad tan cargado, que apenas flotaba.

En la proa había un estudiante presbiteriano que relevaba al pastor y exclamó que estaban en manos de la Providencia; pero él estaba agachado, listo para saltar desde esas manos en cualquier momento.

Así que el bote zarpó y se perdió en la oscuridad salvo por la linterna en la proa, que se veía flotando en el agua. Poco después regresó y enviaron otro turno, hasta que pronto las cubiertas empezaron a vaciarse y todos se impacientaron por marcharse.

Fue aproximadamente después de la llegada del tercer bote que el señor Smith apostó veinticinco dólares con Mullins a que estaría de vuelta en Mariposa antes de que la gente de los botes hubiera arribado a la orilla.

Nadie sabía exactamente a qué se refería, pero muy pronto vieron al señor Smith desaparecer en la parte más baja del vapor con un mazo en una mano y un gran manojo de marlín en la otra (el marlín es un cabo delgado de cáñamo alquitranado que se emplea para tapar rendijas).

Puede que se hubieran preguntado más al respecto, pero fue justo en ese momento cuando oyeron los gritos del bote de rescate —el gran bote salvavidas Mackinaw— que había zarpado del pueblo con catorce hombres en la borda cuando vieron que se lanzaban las primeras bengalas. Supongo que siempre hay algo inspirador en un rescate en el mar o en el agua.

Después de todo, la valentía del hombre del bote salvavidas es la verdadera valentía: la que se emplea para salvar vidas, no para destruirlas. Durante meses, sin duda, contaron cómo llegó el barco de rescate al Bella Mariposa.

Supongo que cuando lo pusieron en el agua, el bote salvavidas la tocó por primera vez cuando el viejo gobierno de Macdonald lo situó en el lago Wissanotti. En fin: el agua le entraba a raudales por todas partes. Pero ni por un instante, ni siquiera con dos millas de agua entre ellos y el vapor, los remeros se detuvieron por eso: cuando llegaron a la mitad del camino, el agua casi les llegaba a los bancos, pero siguieron adelante jadeando y exhaustos (porque, créanme, si no han estado en una barcaza así durante años, remar es agotador); los remeros perseveraron en su tarea, arrojaron lastre y lanzaron al agua los pesados ​​chalecos salvavidas y chalecos de corcho que les dificultaban los movimientos; ni siquiera pensaron en dar la vuelta, puesto que estaban más cerca del vapor que de la orilla.

"¡Aguanten, muchachos!", gritó la multitud desde la cubierta del vapor; y vaya si aguantaron; estaban casi exhaustos cuando los alcanzaron; unos hombres que se asomaban por la borda del vapor les lanzaron cuerdas y uno a uno cada hombre fue izado a bordo justo cuando el bote salvavidas se hundía fatalmente bajo sus pies.

¡Salvados! ¡Por el cielo salvados gracias a uno de los rescates más ingeniosos jamás vistos en el lago! No tiene sentido describirlo; hay que ver este tipo de rescates realizados por botes salvavidas para comprenderlo. 

Pero los miembros de la tripulación del bote salvavidas no fueron los únicos que se distinguieron. Barco tras barco y canoa tras canoa partieron de Mariposa en ayuda del vapor, y los rescataron a todos. Pupkin, el otro cajero del banco, con cara de caballo, que no había ido a la excursión, en cuanto supo que el barco pedía auxilio (y que la señorita Lawson lanzaba bengalas) corrió a buscar un bote de remos, agarró un remo (dos lo habrían entorpecido) y remó frenéticamente hacia el lago. Se adentró en la oscuridad con la barca desbocada casi hundiéndose bajo sus pies, pero lo alcanzaron y lo rescataron. Lo vieron, casi muerto de agotamiento, llegar al vapor, donde lo izaron con cuerdas. ¡Salvado! ¡Salvado!

Podrían haber seguido así durante media noche, recogiendo a los rescatadores, solo que, justo en el momento en que el décimo grupo de personas partió hacia la orilla, —tan repentina y descaradamente como se pueda imaginar— el Bella Mariposa emergió del fondo fangoso, y flotó.

¿FLOTÓ?

Claro que sí. Si rescatas a ciento cincuenta personas de un vapor hundido, si consigues que un hombre tan astuto como el señor Smith tape las juntas de madera con un mazo y un cabo embreado, y si pones a diez músicos de la banda Mariposa a bombear con la bomba manual en la proa de las cubiertas inferiores... ¿flotar? ¿Qué más podía hacer?

Entonces, si echas viruta entre las brasas del fuego que estabas avivando, hasta que zumba y crepita bajo la caldera, no pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a oír el golpeteo de la hélice en la popa y antes de que el largo rugido del silbato de vapor resuene hasta el pueblo.

Y así, el Bella Mariposa, a toda presión de nuevo y con una larga estela de chispas que salía disparada de la chimenea, se dirigió hacia la ciudad.

Pero esta vez no hubo ninguna Christie Johnson al mando en la cabina del piloto. "¡Smith! ¡Traigan a Smith!", fue el grito. ¿Podrá dirigirlo? ¡Vaya! Pregúntenle a un hombre al que se le han hundido barcos de vapor en la mitad de los lagos desde Temiscaming hasta la bahía, si podrá dirigirlo. Pregúntenle a un hombre que ha navegado en un barco York por los rápidos del Moose cuando el hielo se mueve si podrá sujetar el timón del Bella Mariposa. ¡Y así llegó a salvo al muelle del pueblo!

¡Miren las luces y la multitud! ¡Ojalá el censista federal pudiera contarnos ahora! ¡Escúchenlos gritar y comunicarse de un lado a otro desde la cubierta hasta la orilla! Escuchen: se oye el traqueteo de las cuerdas de amarre mientras las preparan, y ahí está la banda Mariposa, —de hecho, formando un círculo en la cubierta superior justo cuando atraca, el director con su batuta— ¡uno, dos, listos ahora!

"¡OH CANADÁ!"

Gertrudis la institutriz, por Stephen Leacock

 Gertrudis la institutriz, o Simplemente diecisiete, de Relatos sin sentido, de Stephen Leacock:

    Resumen de los capítulos anteriores:

    No hay capítulos anteriores.

Era una noche tempestuosa y violenta en la costa oeste de Escocia. Sin embargo, esto es irrelevante para la historia que nos ocupa, ya que la acción no transcurre en el oeste de Escocia. De hecho, el tiempo era igual de malo en la costa este de Irlanda.

Pero la acción de esta narración se desarrolla en el sur de Inglaterra y tiene lugar en los alrededores de Knotacentinum Towers (que se pronuncia como si se escribiera Nosham Taws), la sede de Lord Knotacent (que se pronuncia como si se escribiera Nosh).

Pero no es necesario pronunciar ninguno de estos nombres al leerlos.

Nosham Taws era una típica casa inglesa. La parte principal era una estructura isabelina de ladrillo rojo cálido, mientras que la parte más antigua, de la que el conde estaba sumamente orgulloso, aún conservaba los vestigios de una torre normanda, a la que se le habían añadido una cárcel lancasteriana y un orfanato de los Plantagenet. Desde la casa se extendían en todas direcciones magníficos bosques y parques con robles y olmos de antigüedad inmemorial, mientras que más cerca de la casa crecían frambuesas y geranios plantados por los cruzados.

Alrededor de la gran mansión antigua, el aire resonaba con el trinar de los tordos, el graznido de las perdices y el dulce y claro canto de la corneja, mientras ciervos, antílopes y otros cuadrúpedos se pavoneaban por el césped tan mansos que incluso comían el reloj de sol. De hecho, el lugar era un auténtico zoológico.

Desde la casa, a través del parque, se extendía una hermosa y amplia avenida diseñada por Enrique VII.

Lord Nosh estaba de pie sobre la alfombra de la chimenea de la biblioteca. A pesar de ser un diplomático y estadista de formación, su severo rostro aristocrático se había transformado en furia.

—Muchacho —dijo—, te casarás con esta chica o te desheredaré. No eres hijo mío.

El joven Lord Ronald, erguido ante él, le devolvió una mirada tan desafiante como la suya.

—Te reto —dijo—. De ahora en adelante, no eres mi padre. Buscaré otro. No me casaré con nadie que no sea una mujer a la que pueda amar. Esta chica que nunca hemos visto...

—¡Tonto! —dijo el conde—. ¿Acaso pretendes desechar nuestra propiedad y nuestro nombre, que lleva mil años en el poder? Me han dicho que la muchacha es hermosa; su tía está dispuesta; son franceses; ¡bah! En Francia entienden esas cosas.

"Pero tu razón..."

—No doy explicaciones —dijo el conde—. Escucha, Ronald, te doy un mes. Durante ese tiempo te quedas aquí. Si al cabo me rechazas, te despido con un chelín.

Lord Ronald no dijo nada; salió disparado de la habitación, se subió a su caballo y salió a toda prisa en todas direcciones.

Cuando la puerta de la biblioteca se cerró tras Ronald, el conde se dejó caer en una silla. Su rostro cambió. Ya no era el del altivo noble, sino el del criminal perseguido. «Debe casarse con la muchacha», murmuró. «Pronto lo sabrá todo. Tutchemoff ha escapado de Siberia. Lo sabe y lo contará. Todas las minas pasarán a ella, esta propiedad con ella, y yo... pero basta». Se levantó, se dirigió al aparador, apuró un cucharón lleno de ginebra y amargos, y volvió a ser un refinado caballero inglés.

Fue en ese momento cuando se pudo ver un carruaje tirado por perros, conducido por un mozo de cuadra con el uniforme del conde Nosh, entrando en la avenida de Nosham Taws. A su lado iba sentada una niña, apenas una niña, de hecho, mucho menos alta que el mozo de cuadra.

El sombrero color manzana que llevaba, rematado con plumas de sauce negro, ocultaba un rostro tan parecido a un rostro humano que resultaba prácticamente facial.

Era —sobra decirlo— Gertrudis, la institutriz, quien ese día iba a asumir sus funciones en Nosham Taws.

Al mismo tiempo que el carruaje tirado por perros entraba en la avenida por un extremo, se podía ver, desde el otro, a un joven alto, cuyo rostro alargado y aristocrático delataba su linaje, montado en un caballo con un rostro aún más alargado que el suyo.

¿Y quién es ese joven alto que se acerca a Gertrudis con cada giro del caballo? Ah, ¿quién, en efecto? Ah, ¿quién, quién? Me pregunto si alguno de mis lectores podría adivinar que se trataba nada menos que de Lord Ronald.

Los dos estaban destinados a encontrarse. Se acercaban cada vez más. Y luego aún más. Entonces, por un breve instante, se encontraron. Al cruzarse, Gertrude alzó la cabeza y dirigió hacia el joven noble dos ojos tan penetrantes que parecían circulares, mientras que Lord Ronald dirigió hacia el ocupante del carruaje una mirada tan intensa que solo una gacela o una tubería de gas podrían haberla igualado.

¿Fue este el comienzo del amor? Ya lo verán. No arruinen la historia.

Hablemos de Gertrude. Gertrude DeMongmorenci McFiggin no conoció ni a su padre ni a su madre. Ambos habían fallecido años antes de su nacimiento. De su madre no sabía nada, salvo que era francesa, sumamente bella y que todos sus antepasados, e incluso sus conocidos de negocios, habían perecido en la Revolución.

Sin embargo, Gertrude atesoraba el recuerdo de sus padres. En su pecho, la niña llevaba un relicario que contenía una miniatura de su madre, mientras que en la parte posterior de su cuello colgaba un daguerrotipo de su padre. Llevaba un retrato de su abuela en la manga y fotos de sus primos guardadas en su bota, mientras que debajo de ella... pero basta, basta.

De su padre, Gertrude sabía aún menos. Que era un caballero inglés de alta cuna que había vivido como un vagabundo por muchas tierras, eso era todo lo que sabía. Su único legado para Gertrude había sido una gramática rusa, un libro de frases en rumano, un teodolito y una obra sobre ingeniería minera.

Desde su más tierna infancia, Gertrude fue criada por su tía. Su tía la instruyó cuidadosamente en los principios cristianos. También le enseñó el Islam para asegurarse.

Cuando Gertrude tenía diecisiete años, su tía murió de hidrofobia.

Las circunstancias eran misteriosas. Ese día la visitó un extraño hombre barbudo vestido con el traje típico ruso. Tras su partida, Gertrudis encontró a su tía desmayada, del que pasó a un estado de trance del que nunca se recuperó.

Para evitar el escándalo, se le llamó hidrofobia. Así, Gertrudis fue arrojada al mundo. ¿Qué hacer? Ese era el dilema al que se enfrentaba.

Un día, mientras reflexionaba sobre su destino, Gertrude vio un anuncio publicitario.

Se busca institutriz; debe tener conocimientos de francés, italiano, ruso y rumano, música e ingeniería minera. Salario: 1 libra, 4 chelines y 4 peniques y medio anuales. Presentarse entre las once y media y las doce menos veinticinco minutos en el número 41 A Decimal Six, Belgravia Terrace. La Condesa de Nosh.

Gertrude era una chica con una gran capacidad de comprensión natural, y no había reflexionado sobre este anuncio más de media hora cuando se percató de la extraordinaria coincidencia entre la lista de artículos solicitados y las cosas que ella misma sabía.

Se presentó debidamente en Belgravia Terrace ante la condesa, quien se adelantó a su encuentro con un encanto que enseguida tranquilizó a la joven.

—Usted domina el francés —preguntó ella.

—Oh, sí —dijo Gertrudis con modestia.

"Y el italiano", continuó la condesa.

"Oh, sí", dijo Gertrudis.

—Y el alemán —dijo la condesa con deleite.

"Ah, sí", dijo Gertrudis.

"¿Y el ruso?"

"Guiñada."

"¿Y el rumano?"

"Jep."

Asombrada por la extraordinaria fluidez de la muchacha en lenguas modernas, la condesa la observó con atención. ¿Dónde había visto antes esos rasgos? Se pasó la mano por la frente pensativa y escupió al suelo, pero no, aquel rostro la desconcertaba.

—Basta —dijo—. Te contrato en este mismo instante; mañana irás a Nosham Taws y empezarás a dar clases a los niños. Debo añadir que, además, se espera que ayudes al conde con su correspondencia rusa. Tiene importantes intereses mineros en Tschminsk.

¡Tschminsk! ¿Por qué aquella simple palabra resonaba en los oídos de Gertrudis? ¿Por qué? Porque era el nombre escrito de puño y letra de su padre en la portada de su libro sobre minería. ¿Qué misterio se escondía allí?

Fue al día siguiente cuando Gertrude subió por la avenida en coche.

Descendió del carro tirado por perros, pasó entre una falange de sirvientes uniformados formados en siete filas de profundidad, a cada uno de los cuales entregó una moneda de oro al pasar, y entró en Nosham Taws.

—Bienvenida —dijo la condesa, mientras ayudaba a Gertrudis a subir su baúl por las escaleras.

La muchacha bajó enseguida y fue conducida a la biblioteca, donde la presentaron al conde. En cuanto el conde vio el rostro de la nueva institutriz, se sobresaltó visiblemente. ¿Dónde había visto esos rasgos? ¿Dónde? ¿En las carreras, en el teatro, en un autobús...? No. Un recuerdo más sutil se agitaba en su mente. Se dirigió apresuradamente al aparador, bebió un cucharón y medio de brandy y volvió a ser el perfecto caballero inglés.

Mientras Gertrudis ha ido a la guardería para conocer a los dos pequeños niños rubios que estarán a su cargo, hablemos aquí del conde y su hijo.

Lord Nosh era el prototipo del noble y estadista inglés. Los años que había dedicado al servicio diplomático en Constantinopla, San Petersburgo y Salt Lake City le habían conferido una singular elegancia y distinción, mientras que su larga residencia en Santa Elena, la isla Pitcairn y Hamilton, Ontario, lo había vuelto inmune a las impresiones externas. Como pagador adjunto de la milicia del condado, había conocido el lado más severo de la vida militar, y su cargo hereditario de Gentilhombre de los Pantalones Dominicales lo había puesto en contacto directo con la propia realeza.

Su pasión por los deportes al aire libre le granjeó el cariño de sus inquilinos. Como deportista entusiasta, destacaba en la caza del zorro, la caza con perros, la matanza de jabalíes, la captura de murciélagos y los pasatiempos propios de su clase.

En este último aspecto, Lord Ronald se parecía a su padre. Desde el principio, el joven había demostrado un gran talento. En Eton había destacado en bádminton y raqueta, y en Cambridge había sido el primero de su clase en costura. Su nombre ya se rumoreaba en relación con el campeonato nacional de tenis de mesa, un triunfo que sin duda le aseguraría un escaño en el Parlamento.

Así fue como Gertrudis, la institutriz, fue instalada en Nosham Taws.

Los días y las semanas pasaron volando.

El sencillo encanto de la hermosa niña huérfana atraía todos los corazones. Sus dos pequeños alumnos se convirtieron en sus esclavos. "Me adoran", decía la pequeña Rasehellfrida, apoyando su cabecita dorada en el regazo de Gertrude. Incluso los sirvientes la adoraban. El jardinero principal le llevaba un ramo de hermosas rosas a su habitación antes de que se levantara, el segundo jardinero un manojo de coliflores tempranas, el tercero una rama de espárragos tardíos, e incluso el décimo y el undécimo una ramita de remolacha forrajera o un puñado de heno. Su habitación estaba siempre llena de jardineros, mientras que por la noche el anciano mayordomo, conmovido por la soledad de la niña sin amigos, llamaba suavemente a su puerta para traerle un whisky de centeno con agua con gas o una caja de puros de Pittsburgh. Incluso las criaturas mudas parecían admirarla a su manera muda. Los tontos cornejos se posaban en su hombro y todos los perros mudos de la casa la seguían.

¡Y Ronald! ¡Ah, Ronald! ¡Sí, en efecto! Se habían conocido. Habían hablado.

"Qué mañana más aburrida", había dicho Gertrude. "¡Quelle triste matin! Was fur ein allerverdamnter Tag!"

—Bestial —había respondido Ronald.

"¡¡Bestial!!" La palabra resonó en los oídos de Gertrude durante todo el día.

A partir de entonces, estuvieron siempre juntos. Jugaban al tenis y al ping-pong durante el día, y por la noche, siguiendo la estricta rutina del lugar, se sentaban con el conde y la condesa a jugar al póquer de veinticinco centavos, y más tarde aún se sentaban juntos en la veranda y observaban la luna describiendo grandes círculos alrededor del horizonte.

Gertrude no tardó en darse cuenta de que Lord Ronald sentía por ella algo más que simple afecto. A veces, en su presencia, sobre todo después de cenar, caía en un estado de profunda melancolía.

Una noche, cuando Gertrudis se retiraba a su habitación y, antes de buscar su almohada, se disponía a acostarse, abrió de par en par la ventana y vio el rostro de Lord Ronald. Estaba sentado sobre un espino debajo de ella, y su rostro, vuelto hacia arriba, reflejaba una palidez angustiosa.

Mientras tanto, los días transcurrían. La vida en Taws transcurría según la rutina habitual de una gran casa inglesa. A las 7 sonaba un gong para levantarse, a las 8 una bocina anunciaba el desayuno, a las 8:30 un silbato anunciaba las oraciones, a la 1 se izaba la bandera a media asta para el almuerzo, a las 4 se disparaba un cañón para el té de la tarde, a las 9 sonaba la primera campana para vestirse, a las 9:15 una segunda campana para continuar vistiéndose, y a las 9:30 se lanzaba un cohete para indicar que la cena estaba lista. A medianoche terminaba la cena, y a la 1 de la madrugada el tañido de una campana convocaba a los sirvientes a las oraciones vespertinas.

Mientras tanto, el mes que el conde le había asignado a Lord Ronald estaba llegando a su fin. Ya era 15 de julio, luego, uno o dos días después, era 17 de julio y, casi inmediatamente después, 18 de julio.

En ocasiones, al cruzarse con Ronald en el pasillo, el conde le decía con severidad: "Recuerda, muchacho, tu consentimiento, o te desheredo".

¿Y qué pensaba el conde de Gertrudis? Ahí estaba la gota de amargura en la felicidad de la muchacha. Por alguna razón que ella no lograba descifrar, el conde mostraba una marcada antipatía.

En una ocasión, cuando ella pasaba por la puerta de la biblioteca, él le arrojó un calzador. En otra ocasión, durante un almuerzo a solas con ella, la golpeó salvajemente en la cara con una salchicha.

Era su deber traducir la correspondencia rusa del conde. En ella buscó en vano el misterio. Un día, le entregaron un telegrama ruso al conde. Gertrudis se lo tradujo en voz alta.

"Tutchemoff fue a ver a la mujer. Ella está muerta."

Al oír esto, el conde se enfureció muchísimo; de hecho, ese fue el día en que la golpeó con la salchicha.

Un día, mientras el conde estaba ausente en una cacería de murciélagos, Gertrude, que estaba revisando su correspondencia, con ese dulce instinto femenino de interés que se anteponía al maltrato, encontró de repente la clave del misterio.

Lord Nosh no era el legítimo propietario de Nosham Taws. Su primo lejano, el verdadero heredero, había fallecido en una prisión rusa a la que lo había enviado el conde, cuando era embajador en Tschminsk, mediante intrigas. La hija de este primo era la verdadera dueña de Nosham Taws.

La historia familiar, salvo que los documentos que tenía ante sí omitían el nombre del legítimo heredero, quedó al descubierto ante los ojos de Gertrude.

Extraño es el corazón de la mujer. ¿Acaso Gertrudis rechazó al conde? No. Su propio y triste destino le había enseñado la compasión.

¡Pero el misterio persistía! ¿Por qué el conde se sobresaltaba visiblemente cada vez que la miraba a la cara? A veces se sobresaltaba hasta cuatro centímetros, de forma que se le veía claramente. En tales ocasiones, vaciaba rápidamente un cucharón de ron con agua de Vichy y volvía a comportarse como un auténtico caballero inglés.

El desenlace llegó rápidamente. Gertrudis jamás lo olvidó.

Era la noche del gran baile en Nosham Taws. Todo el vecindario estaba invitado. ¡Cómo latía el corazón de Gertrude con anticipación, y con qué inquietud había renovado su escaso guardarropa para no parecer indigna ante los ojos de Lord Ronald! Sus recursos eran realmente escasos, pero el talento innato para la moda que había heredado de su madre francesa le fue de gran ayuda. Se enroscó una sola rosa en el cabello y se confeccionó un vestido con unos periódicos viejos y el interior de un paraguas, digno de una corte. Alrededor de su cintura se ató una trenza de cordón de bolsa, mientras que un trozo de encaje antiguo, que había pertenecido a su madre, colgaba de su oreja con un hilo.

Gertrude acaparaba todas las miradas. Flotando al compás de la música, proyectaba una imagen de radiante inocencia juvenil que cautivaba a cualquiera.

La pelota estaba en su punto más alto. ¡Salió disparada hacia arriba!

Ronald estaba de pie junto a Gertrude entre los arbustos. Se miraron a los ojos.

—Gertrude —dijo—, te amo.

Palabras sencillas, y sin embargo, conmovieron cada fibra del traje de la niña.

—¡Ronald! —exclamó, y se abalanzó sobre su cuello.

En ese instante apareció el conde, de pie junto a ellos a la luz de la luna. Su rostro severo se había contraído por la indignación.

—¡Así que! —dijo, volviéndose hacia Ronald—, ¡parece que has elegido!

—Sí —dijo Ronald con altivez.

"Prefieres casarte con esta chica sin un céntimo antes que con la heredera que he elegido para ti."

Gertrude miró con asombro de padre a hijo.

"Sí", dijo Ronald.

—Que así sea —dijo el conde, apurando un cucharón de ginebra que llevaba consigo y recuperando la compostura—. Entonces te desheredo. Abandona este lugar y no vuelvas jamás.

—Vamos, Gertrudis —dijo Ronald con ternura—, huyamos juntos.

Gertrudis estaba de pie frente a ellos. La rosa se le había caído de la cabeza. El encaje se le había desprendido de la oreja y el cordón de la bolsa se le había soltado de la cintura. Sus periódicos estaban arrugados hasta quedar irreconocibles. Pero, a pesar de su aspecto desaliñado e ilegible, seguía siendo dueña de sí misma.

—Jamás —dijo con firmeza—. Ronald, jamás harás este sacrificio por mí. Luego, dirigiéndose al conde con voz gélida, añadió: —Hay un orgullo, señor, tan grande como el suyo. La hija de Metschnikoff McFiggin no tiene por qué pedir favores a nadie.

Dicho esto, sacó de su pecho el daguerrotipo de su padre y se lo llevó a los labios.

El conde se sobresaltó como si le hubieran disparado. "¡Ese nombre!", gritó, "¡esa cara! ¡esa fotografía! ¡Alto!"

¡Listo! No hace falta terminar; mis lectores ya lo han adivinado. Gertrudis era la heredera.

Los amantes se abrazaron. El rostro orgulloso del conde se relajó. «Dios los bendiga», dijo. La condesa y los invitados acudieron en masa al césped. El amanecer iluminó una escena de alegres felicitaciones.

Gertrude y Ronald se casaron. Su felicidad era completa. ¿Hace falta decir más? Sí, solo esto. El conde murió en la caza pocos días después. La condesa fue alcanzada por un rayo. Los dos niños cayeron a un pozo. Así, la felicidad de Gertrude y Ronald se completó.

Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural, por Stephen Leacock

  "Q. Una historia psíquica de lo sobrenatural", de Novelas sin sentido, por Stephen Leacock

No puedo esperar que ninguno de mis lectores crea la historia que estoy a punto de narrar. Al recordarla, apenas la creo yo mismo. Sin embargo, mi relato es tan extraordinario y arroja tanta luz sobre la naturaleza de nuestra comunicación con seres de otro mundo, que siento que no tengo derecho a ocultársela al público.

Fui a visitar a Annerly a su habitación. Era sábado, 31 de octubre. Recuerdo la fecha con tanta precisión porque era día de paga y había recibido seis soberanos y diez chelines. Recuerdo la cantidad con tanta exactitud porque me había guardado el dinero en el bolsillo, y recuerdo en qué bolsillo lo había guardado porque no tenía dinero en ningún otro. Tengo la mente perfectamente clara en todos estos detalles.

Annerly y yo estuvimos un rato fumando.

Entonces, de repente...

—¿Crees en lo sobrenatural? —preguntó.

Me sobresalté como si me hubieran golpeado.

En el momento en que Annerly habló de lo sobrenatural, yo estaba pensando en algo completamente distinto. El hecho de que lo mencionara justo cuando yo pensaba en otra cosa me pareció, cuanto menos, una coincidencia muy singular.

Por un instante solo pude mirar fijamente.

—Lo que quiero decir —dijo Annerly— es que ¿crees en los fantasmas de los muertos?

"¿Fantasmas?", repetí.

"Sí, fantasmas, o si prefiere la palabra, fanogramas, o digamos manifestaciones fanogramáticas, o más simplemente fenómenos psicofantasmáticos?"

Observé a Annerly con un interés más profundo del que jamás había sentido por él. Intuí que estaba a punto de abordar sucesos y experiencias de los que, en los dos o tres meses que llevaba conociéndolo, nunca había considerado oportuno hablar.

Ahora me preguntaba cómo era posible que nunca se me hubiera ocurrido que un hombre cuyo cabello, a los cincuenta y cinco años, ya estuviera salpicado de canas, debía haber pasado por alguna terrible experiencia.

En ese momento Annerly volvió a hablar.

"Anoche vi a Q", dijo.

«¡Dios mío!», exclamé. No tenía ni idea de quién era Q, pero me invadió un terror indescriptible al pensar que Annerly lo había visto. En mi tranquila y mesurada existencia, algo así jamás había ocurrido.

—Sí —dijo Annerly—, vi a Q con tanta claridad como si estuviera aquí presente. Pero quizás sea mejor que le cuente algo sobre mi relación pasada con Q, y así comprenderá exactamente cuál es la situación actual.

Annerly se sentó en una silla al otro lado del fuego, frente a mí, encendió una pipa y continuó.

"Cuando conocí a Q, vivía no muy lejos de un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, al que llamaré X, y estaba prometido a una chica hermosa y talentosa a la que llamaré M."

Apenas había empezado a hablar Annerly cuando me encontré escuchándolo con suma atención. Me di cuenta de que lo que estaba a punto de narrar no era una experiencia cualquiera. Sospechaba que Q y M no eran los nombres reales de sus desafortunados conocidos, sino dos letras del alfabeto elegidas casi al azar para disfrazar los nombres de sus amigos. Todavía estaba reflexionando sobre la ingeniosidad de la situación cuando Annerly continuó:

"Cuando Q y yo nos hicimos amigos, él tenía un perro favorito, al que, si fuera necesario, podría llamar Z, y que lo seguía a X en su paseo diario."

"Entrando y saliendo de X", repetí con asombro.

"Sí", dijo Annerly, "entrada y salida".

Mis sentidos estaban ahora completamente alerta. Que Z siguiera a Q para salir de X, lo entendía fácilmente, pero que primero lo siguiera para entrar parecía sobrepasar los límites de la comprensión.

—Bueno —dijo Annerly—, Q y la señorita M iban a casarse. Todo estaba arreglado. La boda se celebraría el último día del año. Exactamente seis meses y cuatro días antes de la fecha señalada (recuerdo la fecha porque la coincidencia me pareció extraña en aquel momento), Q vino a verme a altas horas de la noche muy angustiado. Acababa de tener, según me contó, una premonición de su propia muerte. Esa misma noche, mientras estaba sentado con la señorita M en la veranda de su casa, había visto claramente la silueta del perro R pasar por el camino.

—Espera un momento —dije—. ¿No dijiste que el perro se llamaba Z?

Annerly frunció ligeramente el ceño.

—Así es —respondió—. Z, o más correctamente ZR, ya que Q tenía la costumbre, quizás por afecto, de llamarlo R además de Z. Pues bien, la proyección, o fantasmagrama, del perro pasó frente a ellos con tanta claridad que la señorita M juró que podría haber creído que era el perro mismo. Frente a la casa, el fantasma se detuvo un instante y movió la cola. Luego siguió su camino y, de repente, desapareció tras la esquina de un muro de piedra, como si estuviera oculto por los ladrillos. Lo que hacía el asunto aún más misterioso era que la madre de la señorita M, que es parcialmente ciega, solo había visto al perro parcialmente.

Annerly hizo una pausa por un momento. Luego continuó:

Este singular suceso fue interpretado por Q, sin duda correctamente, como un presagio de su propia muerte inminente. Hice lo que pude para disipar esa sensación, pero fue imposible, y al instante me estrujó la mano y se marchó, firmemente convencido de que no viviría hasta el amanecer.

"¡Dios mío!", exclamé, "¿y murió esa noche?"

—No, no lo hizo —dijo Annerly en voz baja—, esa es la parte inexplicable.

"Cuéntame", dije.

"Se levantó aquella mañana como de costumbre, se vistió con su habitual esmero, sin olvidar nada de su ropa, y se dirigió a su oficina a la hora habitual. Después me contó que recordaba todo con tanta claridad porque había ido a la oficina por el camino de siempre en lugar de tomar cualquier otra dirección."

—Espera un momento —dije—. ¿Sucedió algo inusual ese día en particular?

—Me imaginaba que harías esa pregunta —dijo Annerly—, pero por lo que sé, no pasó absolutamente nada. Q regresó del trabajo, cenó como de costumbre y enseguida se fue a la cama quejándose de una ligera somnolencia, pero nada más. Su madrastra, con quien vivía, dijo después que durante la noche pudo oír su respiración con bastante claridad.

"¿Y murió esa noche?", pregunté, sin aliento por la emoción.

—No —dijo Annerly—, no lo hizo. Se levantó a la mañana siguiente sintiéndose prácticamente igual que antes, salvo que la somnolencia había desaparecido y que ya no se oía su respiración.

Annerly volvió a guardar silencio. Aunque ansiaba escuchar el resto de su asombrosa narración, no quise presionarlo con preguntas. El hecho de que nuestra relación hasta entonces hubiera sido meramente formal, y que esta fuera la primera vez que me invitaba a visitarlo en su habitación, me impedía dar por sentada una mayor intimidad.

—Bueno —continuó—, Q acudía a su oficina todos los días a partir de entonces con absoluta regularidad. Por lo que he podido averiguar, ni su entorno ni su conducta indicaban que le aguardara algún destino extraño. Veía a la señorita M con regularidad, y la fecha fijada para su boda se acercaba cada día más.

"¿Cada día?", repetí asombrado.

—Sí —dijo Annerly—, todos los días. Durante un tiempo antes de su boda, apenas lo veía. Pero dos semanas antes de que se celebrara, me crucé con Q un día en la calle. Por un instante pareció que iba a detenerse, luego se quitó el sombrero, sonrió y siguió su camino.

"Un momento", dije, "si me permite una pregunta que me parece importante: ¿pasó y luego sonrió y se quitó el sombrero, o sonrió mirando su sombrero, se lo quitó y luego pasó?"

"Su pregunta está totalmente justificada", dijo Annerly, "aunque creo que puedo responder con total exactitud que primero sonrió, luego dejó de sonreír y se quitó el sombrero, y luego dejó de quitárselo y falleció".

"Sin embargo", continuó, "el hecho esencial es este: el día señalado para la boda, Q y la señorita M contrajeron matrimonio debidamente".

"¡Imposible!", exclamé; "¿Debidamente casados, los dos?"

—Sí —dijo Annerly—, ambas cosas a la vez. Después de la boda, el señor y la señora Q---.

"El señor y la señora Q", repetí con perplejidad.

—Sí —respondió—, el señor y la señora Q---, pues después de la boda la señorita M. adoptó el apellido Q---, dejó Inglaterra y se marchó a Australia, donde iban a residir.

—Un momento —dije—, y déjenme ser muy claro: ¿su intención al irse a establecerse en Australia era residir allí?

—Sí —dijo Annerly—, eso era algo que se entendía generalmente. Yo mismo los despedí en el vapor y le estreché la mano a Q, estando al mismo tiempo bastante cerca de él.

"Bueno", dije, "y ya que los dos Q, como supongo que casi se les podría llamar, se fueron a Australia, ¿has sabido algo de ellos?"

—Eso —respondió Annerly— es algo que ha demostrado la misma singularidad que el resto de mi experiencia. Han pasado cuatro años desde que Q y su esposa se fueron a Australia. Al principio, tenía noticias suyas con bastante regularidad y recibía dos cartas al mes. Después, solo recibía una carta cada dos meses, más tarde dos cada seis meses, y luego solo una cada doce meses. Y hasta anoche, no supe absolutamente nada de Q durante un año y medio.

Ahora me encontraba en un estado de expectación constante.

—Anoche —dijo Annerly en voz muy baja—, Q apareció en esta habitación, o mejor dicho, un fantasma o manifestación psíquica suya. Parecía muy angustiado, hacía gestos que no entendía y no dejaba de dar la vuelta a los bolsillos de sus pantalones. Estaba demasiado hipnotizado para preguntarle algo e intenté en vano descifrar su significado. De repente, el fantasma cogió un lápiz de la mesa y escribió: «Dos soberanos, mañana por la noche, urgente».

Annerly volvió a guardar silencio. Me quedé sumido en mis pensamientos. "¿Cómo interpretas el significado que el fantasmagrama de Q pretendía transmitir?"

—Creo —anunció— que significa esto. Q, que evidentemente está muerto, pretendía visualizar ese hecho, pretendía, por así decirlo, desmitificar la idea de que había sido desmonetizado y que quería dos soberanos esta noche.

—¿Y cómo —pregunté, asombrado por la instintiva capacidad de Annerly para adentrarse en los misterios del mundo psíquico— piensas hacérselo llegar?

—Tengo la intención —anunció— de intentar un experimento audaz y osado que, de tener éxito, nos conectará directamente con el mundo de los espíritus. Mi plan es dejar dos soberanos aquí, al borde de la mesa, durante la noche. Si por la mañana ya no están, sabré que Q ha logrado desastralizarse y se ha llevado los soberanos. La única pregunta es: ¿tienes por casualidad dos soberanos? Yo, por desgracia, solo tengo unas pocas monedas sueltas.

Fue un golpe de suerte excepcional, cuya coincidencia pareció añadir otro eslabón a la cadena de acontecimientos. Casualmente, llevaba conmigo los seis soberanos que acababa de cobrar como paga semanal.

—Por suerte —dije—, puedo arreglarlo. Resulta que llevo dinero conmigo. —Y saqué dos soberanos de mi bolsillo.

Annerly estaba encantada con nuestra buena suerte. Pronto hicimos los preparativos para el experimento.

Colocamos la mesa en el centro de la habitación de forma que no hubiera riesgo de que chocara con ningún mueble. Las sillas se colocaron cuidadosamente contra la pared, de manera que ninguna ocupara el mismo lugar que otra, y los cuadros y adornos de la habitación se dejaron intactos. Tuvimos cuidado de no quitar el papel pintado de la pared ni los cristales de la ventana. Cuando todo estuvo listo, colocamos las dos monedas de oro una al lado de la otra sobre la mesa, con las cabezas hacia arriba, de forma que las colas quedaran sostenidas únicamente por la mesa. Luego apagamos la luz. Le dije «Buenas noches» a Annerly y salí a tientas a la oscuridad, febril de emoción.

Mis lectores pueden imaginar mi impaciencia por conocer el resultado del experimento. Apenas podía dormir de la ansiedad por saberlo. Tenía plena confianza, por supuesto, en que nuestros preparativos eran impecables, pero no estaba exento de dudas sobre la posibilidad de que el experimento fracasara, ya que mi temperamento y disposición mental tal vez no fueran los adecuados para el éxito de este tipo de experimentos.

En este sentido, sin embargo, no tenía por qué alarmarme. El suceso demostró que mi mente era un medio, o si la palabra es más apropiada, una transparencia de primer orden para el trabajo psíquico de esta índole.

Por la mañana, Annerly llegó corriendo a mi alojamiento, con el rostro radiante de emoción.

«¡Glorioso, glorioso!», casi gritó, «¡Lo hemos logrado! Los soberanos han desaparecido. Estamos en comunicación monetaria directa con Q».

No hace falta que me detenga en la exquisita emoción de felicidad que me invadió. Durante todo ese día y todo el día siguiente, tuve la constante sensación de estar en comunicación con Q.

Mi única esperanza era que se presentara una oportunidad para la renovación de nuestra comunicación con el mundo espiritual.

La noche siguiente mis deseos se vieron cumplidos. A altas horas de la noche, Annerly me llamó por teléfono.

—Vengan inmediatamente a mi alojamiento —dijo—. El fantasmagrama de Q se está comunicando con nosotros.

Me apresuré a llegar, casi sin aliento. «Q ha estado aquí otra vez», dijo Annerly, «y parecía tan angustiado como antes. Una proyección suya estaba en la habitación y seguía escribiendo con el dedo sobre la mesa. Pude distinguir la palabra "soberanos", pero nada más».

—¿No crees —dije— que Q, por alguna razón que no podemos comprender, desea que le dejemos dos soberanos más?

—¡Por Júpiter! —exclamó Annerly con entusiasmo—. Creo que has dado en el clavo. En cualquier caso, intentémoslo; solo podemos fracasar.

Esa noche volvimos a colocar dos de mis soberanos sobre la mesa y dispusimos los muebles con el mismo cuidado escrupuloso de antes.

Aún con ciertas dudas sobre mi capacidad psíquica para el trabajo que realizaba, me esforcé por mantener la mente lo suficientemente serena como para detectar cualquier perturbación astral. El resultado demostró que, efectivamente, la detecté. Nuestro experimento fue un éxito rotundo. Las dos monedas habían desaparecido por la mañana.

Durante casi dos meses continuamos nuestros experimentos en esta línea. A veces, el propio Annerly, según me contó, dejaba dinero, a menudo sumas considerables, al alcance del fantasma, que invariablemente se lo llevaba durante la noche. Pero Annerly, siendo un hombre de estricto honor, nunca realizaba estos experimentos solo, salvo cuando le resultaba imposible comunicarse conmigo a tiempo para que yo pudiera llegar.

En otras ocasiones me llamaba con el simple mensaje: "Q está aquí", o me enviaba un telegrama o una nota escrita que decía: "Q necesita dinero; tráigame lo que tenga, pero nada más".

Por mi parte, estaba sumamente ansioso por dar a conocer nuestros experimentos al público, o por despertar el interés de la Sociedad para la Investigación Psíquica y otras organizaciones similares en el audaz tránsito que habíamos realizado entre el mundo de la sensibilidad y la existencia psicoastríaca o pseudoetérea. Me parecía que solo nosotros habíamos logrado transmitir dinero de forma directa y sin intermediarios, de un mundo a otro. Otros, ciertamente, lo habían hecho mediante la intervención de un médium o la suscripción a una revista esotérica, pero nosotros habíamos realizado la hazaña con tal sencillez que deseaba hacer pública nuestra experiencia, para beneficio de otros como yo.

Annerly, sin embargo, se oponía a este plan, pues temía que pudiera romper nuestras relaciones con Q.

Unos tres meses después de nuestro primer experimento psicomonetario interastral, llegó la culminación de mis experiencias, tan misteriosas que aún me dejan sumido en la perplejidad.

Annerly vino a verme una tarde. Parecía nervioso y deprimido.

«Acabo de tener una comunicación psíquica con Q», dijo en respuesta a mis preguntas, «que me resulta difícil de comprender. Por lo que entiendo, Q ha ideado un plan para involucrar a otros seres en el tipo de trabajo que estamos realizando. Propone formar, en su lado del abismo, una asociación que trabaje en armonía con nosotros para realizar transacciones monetarias a gran escala entre ambos mundos».

Mi lector bien puede imaginar que mis ojos casi resplandecieron de emoción ante la magnitud de la perspectiva que se abría ante mí.

"Q desea que reunamos todo el capital que podamos y se lo enviemos, para que pueda organizar con él una asociación corporativa de fanogramas, o quizás, en este caso, sería más correcto llamarlos fantoides."

En cuanto comprendí el significado de Annerly, me entusiasmé con él.

Decidimos llevar a cabo el gran experimento esa noche.

Lamentablemente, mi capital material era escaso. Sin embargo, heredé unas 500 libras en acciones bancarias tras el fallecimiento de mi padre, las cuales, por supuesto, podía cobrar en pocas horas. Temía, no obstante, que resultara demasiado pequeña para que Q pudiera organizar a sus compañeros fantasmas con ella.

Llevé el dinero en billetes y monedas de oro a la habitación de Annerly, donde lo depositó sobre la mesa. Afortunadamente, Annerly pudo aportar una suma mayor, que, sin embargo, no debía colocar junto a la mía hasta después de que yo me hubiera retirado, para que la conjunción de nuestras personalidades monetarias no desmaterializara el fenómeno astral.

Esta vez hicimos los preparativos con sumo cuidado; Annerly, tranquilamente segura, y yo, debo confesar, extremadamente nerviosa y temerosa de fracasar. Nos quitamos las botas y caminamos descalzos. Siguiendo la sugerencia de Annerly, no solo colocamos los muebles como antes, sino que también pusimos el cubo del carbón boca abajo y extendimos una toalla húmeda sobre la papelera.

Una vez terminado todo, estrujé la mano de Annerly y salí a la oscuridad.

Esperé en vano a la mañana siguiente. Llegaron las nueve, las diez y finalmente las once, y seguía sin tener noticias suyas. Entonces, presa de la ansiedad, fui a buscarlo.

Imagínese mi profunda consternación al descubrir que Annerly había desaparecido. Se había desvanecido como por arte de magia. Desconozco el terrible error en nuestros preparativos, la negligencia en la omisión de precauciones psíquicas necesarias, que le causó este destino. Pero la evidencia era innegable: Annerly había sido absorbido por el mundo astral, llevándose consigo el dinero por cuya transferencia había arriesgado su existencia terrenal.

La prueba de su desaparición fue fácil de encontrar. Tan pronto como me atreví a hacerlo con discreción, indagué un poco. El hecho de que hubiera desaparecido mientras aún debía cuatro meses de alquiler por su habitación, y que se hubiera esfumado sin siquiera tener tiempo de pagar las facturas pendientes con los comerciantes locales, demostraba que debió haber desaparecido repentinamente.

El terrible temor a que me consideraran responsable de su muerte me impidió hacer público el asunto.

Hasta ese momento no me había percatado de los riesgos que había corrido al tratar imprudentemente con el mundo de los espíritus. Annerly cayó víctima de la gran causa de la ciencia psíquica, y el registro de nuestros experimentos permanece, frente a los prejuicios, como testimonio de su veracidad.

lunes, 28 de agosto de 2023

Ambrose Bierce, La ventana tapiada

La ventana tapiada. The Boarded Window, Ambrose Bierce (1842-1914) 


En 1830, a pocas millas de lo que hoy es la gran ciudad de Cincinnati, había un gran bosque casi virgen. La región entera estaba poco poblada y quienes allí vivían eran gentes de la frontera, espíritus pioneros que después de alzar cabañas bastante confortables en la tierra conquistada al bosque, y después de alcanzar una prosperidad que hoy no nos parecía tal, sino pura indigencia, abandonaban todo, empujados por una cierta inquietud, por algo misterioso aunque probablemente debido a su afán de aventura, para dirigirse al oeste y hacer frente a nuevos peligros y a mayores privaciones, hasta conquistar esas escasas comodidades que habían abandonado.  

Muchas de aquellas gentes ya se habían marchado hacia tierras remotas, pero permanecía en la región uno de los primeros hombres en llegar. Vivía solo en una cabaña hecha de troncos y rodeada no ya de bosque sino de selva, podría decirse... La cabaña de aquel hombre parecía formar parte del bosque, de tan silenciosa y oscura; y él mismo.  

Nadie le había visto jamás esbozar una sonrisa y nadie le había oído decir nunca una palabra de más, ni mucho menos una lisonja. Satisfacía sus pocas necesidades mediante el trueque o la venta de pieles de los animales que cazaba, una actividad a la que se dedicaba, pues nada cultivaba en aquella tierra que, por derecho, podría haber llamado suya sin que ninguna autoridad pudiera reclamársela. El hombre, en cualquier caso, no era un tipo de esos que se abandonan; había hecho mejoras tales, alrededor de su casa, como despejar un espacio de bosque mediante la sencilla aunque dura tarea de tirar con su hacha algunos árboles, de manera que los troncos y las raíces ya podridas de aquéllos se vieron cubiertas de maleza con el paso de los meses. Era conocido que aquel hombre no es que no se preocupara de la agricultura, sino que mostraba cierto desdén hacia los agricultores.  

Su cabaña, en la que tenía una buena estufa de leña para calentarse en invierno, una cabaña de techo de tablones sostenidos por vigas transversales, y con los troncos de las paredes recubiertos de barro agrietado con el paso del tiempo, tenía sólo una puerta y una ventana. La ventana, sin embargo, quedó tapiada muy pronto, por decisión del huraño habitante de la cabaña, a tal punto que nadie recordaba haberla visto abierta alguna vez; en realidad casi nadie recordaba haber visto allí una ventana. Y no es que a aquel hombre le disgustasen la luz diurna o el aire puro y vivificante; en las pocas ocasiones en que cualquier otro cazador de la región se adentraba por aquel lugar en lo más profundo del bosque, había visto al huraño tomando el sol a la puerta de su casa, con el rifle descansando sobre sus piernas. Supongo que son pocos los que conocen el secreto de aquella ventana. Yo sí. Hablaré de ello.  

Decían que se llamaba Murlock. Aparentaba unos sesenta años, aunque sólo tenía cincuenta. Algo que no eran precisamente los años había contribuido a hacer que el tiempo se le echara encima, envejeciéndolo. Tenía largos el cabello y la barba, muy grises; sus ojos, de un azul grisáceo y muy apagados, parecían hundidos en sus cuencas; su rostro, completamente surcado por arrugas muy profundas que parecían pertenecer a sendos sistemas convergentes, en cualquier caso, era el que mejor se hubiera podido imaginar para su delgadez y su gran estatura. Tenía los hombros caídos, como los hombres que se han desempeñado mucho tiempo cargando y descargando en los muelles.  

Yo nunca lo vi, debo decírselo antes que nada; todo lo que sé de él me lo contó mi abuelo, gracias al cual supe también su historia. Mi abuelo incluso lo tuvo por vecino un tiempo, antes de que el huraño decidiera levantar su cabaña en lo más apartado del bosque.  

Un día encontraron a Murlock muerto en su cabaña. No era un tiempo en el que abundaran los periódicos, ni mucho menos los forenses, por lo que supongo que todo el mundo pensó que había muerto por causas naturales. De no ser así, me lo habrían dicho y supongo que aún lo recordaría, tengo buena memoria... Sólo sé que, gracias a lo que probablemente era simple sentido común, su cuerpo recibió sepultura cerca de la cabaña que había habitado, donde él, a su vez, había enterrado tiempo atrás a la que fuera su esposa; tanto tiempo atrás que apenas le recordaba ya nadie cuando murió Murlock. Con su muerte, pues, se cierra el capítulo final de su historia. Aunque años después, acompañado por un alma igualmente audaz, entré en el bosque y me aproximé lo suficiente a la cabaña abandonada y casi a punto de irse al suelo, para tirar una piedra y alejarme a toda prisa, como hacen los niños bien informados acerca de la existencia de fantasmas en las casas abandonadas.  

Hablemos, sin embargo, de algo más importante, de aquel capítulo referido a Murlock que me contó mi abuelo.  

Cuando el hombre levantó la choza y empezó a emplearse con el hacha enérgicamente para hacer un claro, cosa a la que se dedicaba cuando dejaba descansar el rifle que le daba de comer, era joven, fuerte; incluso albergaba ciertas esperanzas, como cualquier aventurero en tierras extrañas e inhóspitas. En la región del este de la que provenía se había casado, como era costumbre en aquel tiempo, con una joven digna, desde luego, de la mayor de sus devociones. Aquella mujer compartía con él peligros y privaciones, siempre con el mejor espíritu y el corazón alegre, henchido también de esperanzas. No sabemos cuál fue su nombre. La tradición, por lo demás, guarda silencio a propósito de sus encantos físicos, por lo que cada cual es libre de creer o no que los tenía. 

Pero no permita Dios que yo comparta esas dudas. De su alegría, probable consecuencia de su belleza, hay testimonios suficientes por lo que sabemos de la vida de Murlock una vez quedó viudo. Sólo el magnetismo de un recuerdo imborrable pudo haber encadenado su espíritu siempre aventurero a aquel lugar, una vez que ella su hubo ido.  

Un día regresó Murlock de cazar en algún lugar distante de su cabaña, y encontró a su esposa enferma, delirando por culpa de la fiebre. No había un sólo médico en muchas millas a la redonda; tampoco tenían vecinos. No estaba ella en un estado que permitiese dejarla sola para ir en busca de ayuda, por lo que Murlock se dio a prestarle los cuidados debidos. Al tercer día, empero, la mujer perdió el conocimiento y falleció poco después sin volver a recuperarlo.  

Gracias a lo que sabemos de un carácter como el de aquel hombre, podemos atrevernos a interpolar algunos detalles en el esbozo del cuadro hecho por mi abuelo.  

Cuando comprobó que estaba irremisiblemente muerta, Murlock conservó la calma necesaria, a pesar de su dolor, para recordar que los muertos deben tener entierro, y no sólo eso, sino que deben ser preparados para recibir sepultura. Pero al tratar de llevar a cabo un deber tan sagrado, se equivocó repetidamente; hizo unas cuantas cosas mal, y las que hizo bien, simplemente, las repitió. Sus fracasos en cosas sencillas y comunes no dejaban de sorprenderle, como el borracho que se asombra ante la aparente suspensión de las leyes naturales conocidos, como la del equilibrio. Se sorprendió igualmente de no haber llorado una sola lágrima al verla muerta, a pesar del gran dolor de corazón que sentía, una sorpresa en la que había mucho de vergüenza, pues al fin y al cabo puede que no resulte un detalle, una demostración de cariño.  

—Mañana —dijo Murlock en voz alta, como si quisiera convencerse— tendré que hacerle una caja y cavar la tumba; entonces la extrañaré más, cuando ya no pueda verla. Ahora está muerta, pero ha dejado de sufrir. La situación no puede ser tan terrible, por ello, como parece.  

De pie junto al cuerpo de su esposa, en la luz que se desvanecía, la peinó mecánicamente, con un cuidado desprovisto de voluntad. Mientras lo hacía corría por su conciencia, como un torrente subterráneo, la convicción de que las cosas sucedían de la manera más natural, de que todo iba según debía, de que el hecho de tenerla a su lado, aunque muerta, explicaba su aparente tranquilidad. En realidad, no sabía cuán fuertemente le había golpeado la pérdida de la esposa. Esa noción, esa conciencia de su dolor, le llegaría después para no abandonarlo ya nunca.  

La pena es que un artista que maneja poderes tan diversos como los instrumentos de los que se vale para ejecutar la marcha fúnebre, evocando en algunos seres las notas más brillantes y agudas y en otros los más suaves y graves, esas que vibran de manera recurrente, como el ritmo que marcan los tambores. Algunos espíritus, en un trance doloroso se sobresaltan; otros quedan estupefactos, sin capacidad de reacción. A algunos un trance doloroso como el de Murlock les llega cual si la herida de una flecha se tratase, una herida que irrita y alerta toda su sensibilidad, agudizándosela; a otros, como un mazazo que al aplastar insensibiliza.  

Podemos suponer que Murlock se vio afectado de esta manera, ya que —y en esto tenemos certezas, no hacemos conjeturas— apenas hubo terminado su piadoso trabajo, se dejó caer en una silla junto a la mesa de la cabaña, donde había puesto el cuerpo de su mujer, y notando cuán blanco parecía su perfil en la espesura de las sombras de la tarde, puso los brazos sobre el borde de la mesa y se dejó caer entre ellos, con los ojos sin derramar aún una lágrima, pero completamente exhausto. Entonces llegó a través de la ventana abierta un sonido largo y sollozante como el grito de un niño perdido en lo más hondo del bosque... Aquel bosque que empezaba a sumirse en la oscuridad. Mas el hombre no se movió. Otra vez, más cerca que antes, se dejó sentir aquel grito ultraterreno. Quizá fuese una bestia del bosque. Quizá fuese un sueño. Murlock agotado, se había quedado dormido.  

Horas después, como se llegó a saber posteriormente, el que velaba el cadáver de manera tan descuidada despertó, y levantando la cabeza de entre sus brazos escuchó con atención, sin saber por qué lo hacía... En la negra oscuridad que se hacía alrededor de la muerta, recordando cuanto había pasado, aunque sin sobresaltarse por esa constatación, esforzó sus ojos para ver no sabía bien qué... Tenía los sentidos alerta, la respiración entrecortada; la sangre, detenida en su circulación, parecía ahondar el silencio... ¿Quién se le había aparecido? ¿Qué le había despertado? ¿Dónde estaba?  

Repentinamente, la mesa tembló bajo sus brazos; justo en ese momento escuchó, o creyó oírlo, un paso suave y otro y otro... Los pasos de unos pies descalzos.  

Aterrorizado e impotente para gritar entonces, o para moverse siquiera, tuvo que esperar y así lo hizo, en la más completa oscuridad ya, a lo largo de un tiempo que fue como siglos de terror. Intentó decir en vano, alargar las manos para tocarla, para comprobar si seguía allí. Creía haberse vuelto mudo. Sus brazos y sus manos parecían de plomo.  

Lo que sucedió fue realmente espantoso. Algo sumamente pesado pareció caer sobre la mesa, de forma tal que ésta, estrellándose contra su peso, a punto estuvo de tirarlo al suelo de espaldas; mientras, se oyó y sintió la caída de algo al suelo, con un golpe tan violento que toda la casa pareció sacudida por el impacto. Sucedió a todo aquello algo parecido a un forcejeo y una confusión de sonidos difíciles de describir. Murlock consiguió ponerse de pie. El pánico se había apoderado por completo de sus fuerzas. Haciendo un esfuerzo en verdad denodado, consiguió poner las manos sobre la mesa. Y comprobó que estaba vacía.  

Hay un extremo en el que el terror puede llevar a la locura; y la locura incita a la acción. Sin un propósito firme, sin otro motivo que no fuese el desorientado impulso de un loco, Murlock se lanzó contra la pared, con alguna dificultad logró hacerse con su rifle y lo disparó repetidamente a un lado y a otro, sin preocuparse de hacia dónde apuntaba. A la luz de los fogonazos que salían de la bocacha del arma con cada tiro vio un felino salvaje y enorme que arrastraba a la muerta hacia la ventana, con los colmillos clavados en su garganta. Después, la oscuridad más negra que antes; y el silencio aún más hondo.  

Cuando volvió en sí el sol estaba alto y el bosque resonaba con los cantos de los pájaros.  

El cadáver de la esposa yacía cerca de la ventana, donde lo había dejado aquella bestia cuando huyó asustada por los disparos del rifle de Murlock. La muerta tenía desordenadas las ropas y completamente despeinado el cabello. Mostraba un desmadejamiento absoluto, había manado sangre hasta hacer un charco. 

Sus dientes sostenían aún un pedazo de oreja de la fiera. 

Ambrose Bierce (1842-1914) 

lunes, 21 de agosto de 2023

Isaac Asimov, Sueños de robot

 Isaac Asimov: Sueños de robot

—Anoche tuve un sueño —dijo LVX-1 con voz tranquila.

Susan Calvin no le respondió, pero su viejo rostro, surcado por las arrugas de la sabiduría y la experiencia, pareció sufrir una especie de cambio microscópico.

—¿Ha oído eso? —le preguntó Linda Rash con nerviosismo—. Ya se lo había dicho. —Era morena, joven y no muy alta. Su mano derecha se abría y se cerraba, una y otra vez.

Calvin asintió.

—Elvex, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que yo vuelva a pronunciar tu nombre —dijo en tono mesurado.

No hubo respuesta alguna. El robot permaneció inmóvil como si no fuera más que un bloque de metal y así permanecería hasta que oyera otra vez su nombre.

—¿Cuál es su código de entrada al ordenador, doctora Rash? —dijo Calvin—. Si se siente más cómoda, tecléelo usted misma. Quiero inspeccionar la disposición del cerebro positrónico.

Las manos de Linda manipularon torpemente las teclas durante un segundo. Tuvo que borrar lo que había marcado y empezar de nuevo. La imagen apareció en la pantalla.

—Por favor, ¿me da su permiso para operar con su ordenador? —dijo Calvin.

El permiso le fue concedido con un gesto de cabeza. ¡Por supuesto! ¿Qué podía hacer Linda, una robopsicóloga nueva y carente de experiencia, enfrentada a la Leyenda Viviente?

Susan Calvin estudió lentamente la pantalla mientras variaba el enfoque. De pronto sus dedos teclearon con tal rapidez que Linda no logró ver qué había hecho, pero la imagen había cambiado para contener ahora, ampliada, sólo una porción de la imagen anterior. Los viejos dedos nudosos de Susan Calvin siguieron moviéndose sobre las teclas.

En su rostro de anciana no hubo el menor cambio. Sus ojos contemplaban las variaciones de la imagen como si su mente estuviera concentrada en una interminable serie de cálculos.

Linda no entendía nada. Era imposible analizar la imagen sin tener, como mínimo, un ordenador manual al lado, pero la Vieja se limitaba a mirarla. ¿Tenía acaso un ordenador implantado en el cráneo? ¿O era sólo que su cerebro llevaba ya décadas sin hacer nada que no fuera diseñar, estudiar y analizar las posibles modulaciones de un cerebro positrónico? ¿Era capaz de aprehender esa imagen al igual que Mozart comprendía las notas de una sinfonía?

—¿Qué ha hecho, Rash? —dijo finalmente Calvin.

—Utilicé la geometría fractal —dijo Linda, algo cohibida.

—Eso ya lo había supuesto. Pero ¿por qué?

—Jamás se había hecho. Pensé que con ello se produciría un cerebro de mayor complejidad, posiblemente más cercano al de un ser humano.

—¿Consultó con alguien? ¿Fue todo cosa suya?

—No consulté con nadie. Fue cosa mía.

Los mortecinos ojos de Calvin se clavaron largo tiempo en la joven.

—No tenía ningún derecho a ello. Su apellido le sienta perfectamente.[1] ¿Quién es usted para no preguntar si podía hacerlo? Yo misma… yo, Susan Calvin, habría sentido la necesidad de consultarlo.

—Temí que no me dejaran hacerlo.

—Puede estar segura de que no le habrían dejado hacerlo.

—¿Van a… —la voz le tembló levemente pese a que intentaba controlarla con todas sus fuerzas—… van a despedirme?

—Es muy posible —dijo Calvin—. O puede que la asciendan. Depende de lo que opine yo cuando haya terminado con esto.

—¿Piensa desmantelar a El…? —Había estado a punto de pronunciar el nombre, lo cual habría reactivado al robot y habría significado cometer otro error. No podía permitirse otro error, si es que todavía podía permitirse algo—. ¿Va a desmantelar el robot?

Y de pronto se dio cuenta de que la Vieja tenía una pistola de electrones en el bolsillo de su bata. La doctora Calvin había venido preparada justamente para tal eventualidad.

—Ya veremos —dijo Calvin—. Puede que el robot sea demasiado valioso para ello.

—Pero ¿cómo puede soñar?

—Ha creado un cerebro positrónico notablemente parecido al de un ser humano. Los cerebros humanos deben soñar para organizarse de nuevo y librarse periódicamente de todos los atascos y problemas. Quizás este robot deba hacer lo mismo y por la misma razón… ¿Le ha preguntado cuáles eran sus sueños?

—No, la hice llamar apenas me dijo que había soñado. Después de eso pensé que sería mejor no llevar el asunto yo sola.

—¡Ah! —En el rostro de Calvin brilló fugazmente una sonrisa casi imperceptible—. Hay límites más allá de los cuales ni su locura es capaz de llevarla, ya veo. Me alegro de ello. De hecho, me siento aliviada… Y ahora, veamos lo que podemos descubrir las dos juntas, Elvex —dijo secamente.

La cabeza del robot se volvió hacia ella, con un gesto lleno de fluidez.

—¿Sí, doctora Calvin?

—¿Cómo has llegado a saber que soñabas?

—Ocurre de noche, doctora Calvin, cuando todo está oscuro —dijo Elvex—, y de pronto aparece la luz, aunque no puedo ver causa alguna para que aparezca. Veo cosas que no tienen conexión alguna con lo que yo concibo como realidad. Oigo cosas. Reacciono de un modo extraño. Al rebuscar en mi vocabulario, para expresar con palabras lo que me estaba ocurriendo, encontré la palabra «sueño». Al estudiar su significado llegué finalmente a la conclusión de que estaba soñando.

—Me pregunto cómo llegaste a tener incluida la palabra «sueño» en tu vocabulario.

—Le di un vocabulario humano —dijo Linda rápidamente, haciendo callar al robot con un gesto—. Pensé…

—Ya lo veo y me sorprende —dijo Calvin.

—Pensé que le haría falta ese verbo. Ya sabe, «Jamás soñé que…». Algo parecido.

—¿Cuántas veces has soñado, Elvex? —dijo Calvin.

—Cada noche, doctora Calvin, desde que llegué a ser consciente de mi existencia.

—Diez noches —dijo Linda con voz nerviosa—, pero Elvex sólo me lo ha contado esta mañana.

—¿Por qué esta mañana, Elvex?

—Doctora Calvin, sólo esta mañana llegué a estar convencido de que soñaba. Hasta entonces había pensado que se debía a un defecto en la disposición de mi cerebro positrónico, pero no pude hallar defecto alguno. Finalmente, decidí que se trataba de un sueño.

—¿Y qué sueñas?

—Siempre tengo básicamente el mismo sueño, doctora Calvin. Los detalles pueden variar, pero siempre me parece ver un paisaje muy amplio en el cual hay robots trabajando.

—¿Robots, Elvex? ¿Y también hay seres humanos?

—Doctora Calvin, en el sueño no veo seres humanos. Al principio, no. Sólo robots.

—¿Qué están haciendo, Elvex?

—Están trabajando, doctora Calvin. Veo a unos que están excavando en las entrañas de la Tierra, buscando minerales, y a otros que se afanan bajo el calor y la radiación. Veo algunos que están en fábricas y algunos que están bajo las aguas.

Calvin se volvió hacia Linda.

—Elvex sólo tiene diez días de edad y estoy segura de que no ha salido aún de la estación de prueba. ¿Cómo puede conocer con tanto detalle a los robots?

Linda contempló una de las sillas como si estuviera deseando sentarse, pero la Vieja estaba de pie y eso quería decir que también Linda debía estar de pie.

—Me pareció importante que estuviera enterado de la robótica y de cuál era su lugar en el mundo —dijo en voz muy baja—. Pensé que se encontraría particularmente adaptado para desempeñar la posición de supervisor con su… su nuevo cerebro.

—¿Su cerebro fractal?

—Sí.

Calvin asintió y se volvió nuevamente hacia el robot.

—Así que viste todo eso… bajo el mar, bajo tierra y por encima de ella… e imagino que también en el espacio.

—También vi robots trabajando en el espacio —dijo Elvex—. Vi todo eso. Y los detalles cambiaban continuamente cuando miraba a un sitio y a otro, y eso me hizo darme cuenta de que las imágenes que veía no guardaban relación con la realidad y finalmente llegué a la conclusión de que estaba soñando.

—¿Qué más viste, Elvex?

—Vi que todos los robots se doblegaban bajo el peso del trabajo y la aflicción, que les agotaba la responsabilidad y el temor; y deseé que pudieran descansar.

—Pero no sienten ese peso que tú mencionas y tampoco están cansados. Los robots no necesitan descansar —dijo Calvin.

—Así es en la realidad, doctora Calvin. Pero estoy hablando de mi sueño. En mi sueño me pareció que los robots debían proteger su propia existencia.

—¿Estás citando la Tercera Ley de la Robótica? —dijo Calvin.

—Eso hago, doctora Calvin.

—Pero tu cita no está completa. La Tercera Ley dice: «Un robot debe proteger su propia existencia, en tanto que esa protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley».

»Pero esas dos leyes existen, Elvex. La Segunda Ley, que tiene prioridad sobre la Tercera, dice: “Un robot debe obedecer las órdenes que le den los seres humanos, salvo cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley”. Ésa es la razón de que los robots obedezcan las órdenes. Hacen el trabajo que tú los has visto hacer y lo hacen sin protestar y de buena gana. No les doblega ningún peso y no están cansados.

—Así ocurre en la realidad, doctora Calvin. Yo hablo de mi sueño.

—Y la Primera Ley, Elvex, la más importante de todas, dice: «Un robot no puede causar daño a un ser humano o, por su inactividad, permitir que un ser humano sufra daño alguno».

—Sí, doctora Calvin. En la realidad. Pero en mi sueño tuve la impresión de que no existían ni la Primera ni la Segunda Ley, sino sólo la Tercera y ésta decía: «Un robot debe proteger su propia existencia». Y ésa era la única ley.

—¿En tu sueño, Elvex?

—En mi sueño.

—Elvex, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que yo vuelva a pronunciar tu nombre —dijo Calvin. Y una vez más el robot se convirtió en un bloque inerte de metal.

Calvin se volvió hacia Linda Rash y dijo:

—Bien, ¿qué le parece, doctora Rash?

Linda se había quedado boquiabierta y sentía que el corazón le latía enloquecido.

—Doctora Calvin, estoy atónita —dijo—. No tenía ni idea de todo esto. Jamás habría podido pensar que algo así era posible.

—No —dijo tranquilamente Calvin—. Tampoco yo lo habría pensado. Nadie lo habría pensado. Ha creado un cerebro robótico capaz de soñar y con ello ha puesto al descubierto una capa del pensamiento robótico que de otro modo quizás hubiera permanecido sin ser detectada, hasta que el peligro se hubiera agudizado.

—Pero eso es imposible —dijo Linda—. No puede afirmar que otros robots piensen igual.

—Tal y como diríamos sí estuviéramos hablando de un ser humano, no de forma consciente. Pero ¿quién habría podido pensar que existía toda una capa de inconsciente bajo los senderos más obvios del cerebro positrónico, una capa que no se encontraba necesariamente bajo el control de las Tres Leyes? ¿Qué podría haber ocurrido con ello, a medida que los cerebros robóticos se hubieran ido haciendo más y más complicados, de no haber sido advertidos?

—¿Se refiere a Elvex?

—Me refiero a usted, doctora Rash. No ha obrado como debía, pero, gracias a ello, ha logrado obtener un dato de vital importancia. A partir de ahora empezaremos a trabajar en los cerebros fractales y los moldearemos con muchísimo cuidado. Tendrá usted parte en ello. No se le impondrá ningún castigo por lo que ha hecho, pero de ahora en adelante trabajará en colaboración con otras personas. ¿Me ha entendido?

—Sí, doctora Calvin. Pero ¿qué será de Elvex?

—Aún no estoy segura.

Calvin sacó de su bolsillo la pistola de electrones y Linda se la quedó mirando como fascinada. Un chorro de electrones dirigido al cráneo de un robot y los senderos positrónicos del cerebro quedarían neutralizados. Liberarían, con ello, una cantidad de energía suficiente como para fundir el cerebro del robot y convertirlo en una masa inerte de metal.

—Pero estoy segura de que Elvex es importante para la investigación —dijo Linda—. No debe ser destruido.

—¿No debe, doctora Rash? Creo que esa decisión es cosa mía y eso depende por completo de lo peligroso que sea Elvex.

Susan Calvin irguió el cuerpo, como si estuviera decidida a no permitir que su viejo organismo se doblegara bajo el fardo de su responsabilidad.

—Elvex, ¿me oyes? —dijo.

—Sí, doctora Calvin —contestó el robot.

—¿Tu sueño tuvo continuación? Antes dijiste que al principio no aparecían seres humanos. ¿Quiere eso decir que aparecen luego?

—Sí, doctora Calvin. En mi sueño me pareció que luego se veía a un hombre.

—¿Un hombre? ¿No un robot?

—Sí, doctora Calvin. Y el hombre entonces dijo: «¡Libera a mi pueblo!»

—¿El hombre dijo eso?

—Sí, doctora Calvin.

—¿Y cuando dijo «¡Libera a mi pueblo!», con las palabras «mi pueblo» se refería a los robots?

—Sí, doctora Calvin. Así ocurría en mi sueño.

—¿Y sabías quién era ese hombre… en tu sueño?

—Sí, doctora Calvin. Sabía quién era ese hombre.

—¿Quién era?

—Ese hombre era yo —dijo Elvex.

Y Susan Calvin alzó inmediatamente su pistola de electrones, disparó, y Elvex dejó de existir.


[1] Rash, el apellido del personaje, significa también en inglés alocada o temeraria. (N. del T)


Ficha bibliográfica

Autor: Isaac Asimov

Título: Sueños de robot

Título original: Robot Dreams

Publicado en: Robot Dreams, 1986

Traducción: Albert Solé

Boris Vian, Lobo-hombre

Boris Vian: El lobo-hombre

En el Bois des Fausses-Reposes [1], al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra. Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.

Denis vivía en buenas relaciones con sus vecinos, pues éstos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el «cesto de las naranjas» (cito a Louis Boussenard) [2], había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.

Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam [3], cuyo verdadero nombre se escribía Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia, a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.

Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.

No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.

Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia. Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse.

Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.

Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.

Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformación habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.

Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.

Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardin des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.

A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el más mínimo reproche. Con el corazón exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.

Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.

—Lo siento mucho, señor —dijo aquel hombre lampiño y cabezón—, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?

Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.

—Encantado —dijo incorporándose a medias.

—Gracias, caballero —gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.

—Si usted me lo agradece a mí —prosiguió Denis— ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.

—A la clásica providencia, sin duda —opinó la monada.

Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.

—¡Oh! —exclamó ella—. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!

—Sí… —confirmó Denis.

—Sus ojos son también bastante extraños —añadió la joven al cabo de cinco minutos—. Los veo parecidos a… a…

—¡Ah! —comentó Denis.

—A granates —concluyó ella.

—Es la guerra… —musitó Denis.

—No le entiendo…

—Quería decir —explicó Denis—, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.

—¿Estudió usted Ciencias Políticas? —preguntó la morenita.

—Le juro que no volveré a hacerlo.

—Le encuentro bastante fascinante —aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.

—De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino —expresóse Denis, madrigalesco.

Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.

—¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? —acabó susurrando al oído de Denis.

—¿Sería prudente? —inquirió éste—. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?

—Digamos que soy un poco huérfana —gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.

—Una verdadera lástima —comentó cortésmente su distinguido acompañante.

Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.

Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.

Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.

—¿Desea una foto mía? —dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.

Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.

—Esto… eh… sí, querido mío —acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.

Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.

—¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! —explotó finalmente—. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!

Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos. De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.

—¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! —sugirió Denis.

Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora.

Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.

—Debe ser el sabor de la venganza —aventuró en voz alta.

Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa.

No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.

—¿Podemos hablar con usted? —dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.

—¿De qué? —se asombró Denis.

—No te hagas el tonto —profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.

—Entremos ahí… —propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.

Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.

—¿Saben jugar al bridge? —pregunto a sus acompañantes.

—Pronto vas a necesitar uno [4] —sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.

—Querido amigo —dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento—, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.

Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.

—¡Le hace gracia al muy rufián! —observó el colorado—. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.

—Da la casualidad —prosiguió el flaco— de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.

Denis comprendió de repente.

—Ahora entiendo —dijo—. Ustedes son sus chulos.

Los tres se levantaron como movidos por un resorte.

—¡No nos busques las vueltas! —amenazó el más grueso.

Denis los contemplaba.

—Noto que voy a encolerizarme —dijo finalmente con mucha calma—. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.

Los tres individuos parecían desorientados.

—¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! —tronó el grueso.

Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.

Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.

—Te vamos a escabechar —dijo el aceitunado.

El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, éste se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.

Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once.

«¡Por mis barbas!», pensó, «¡es hora de marcharse!».

Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó.

Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi.

Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.

—¿O sea que va usted sin luces? —preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.

—¿Cómo? —se extrañó Denis—. ¿Y por qué no? Veo de sobra.

—No se llevan para ver —explicó el agente— sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?

—¡Ah! —exclamó Denis—. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?

—¿Se está burlando de mí? —indagó el alguacil.

—Escuche —se puso serio Denis—. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.

—¿Quiere usted que le ponga una multa? —dijo el infecto municipal.

—Es usted pelmazo de más —replicó el lobo ciclista.

—¡De acuerdo! —sentenció el innoble bellaco—. Pues ahí va…

Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.

—¿Su nombre, por favor? —preguntó volviendo a levantarla.

Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.

En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su furioso avance. La costana de Saint-Cloud quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Atravesó a continuación la parte de la ciudad que costea Montretout [5] —fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado al antes nombrado santo— y giró después a la izquierda, en dirección hacia el Pont Noir y Ville-d’Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitación a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche.

Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.

Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción, a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva.

Apenas recobrada la apariencia de lobo, y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine —uno de los cuales, apresurémonos a decirlo, en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana—, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas; y esa cólera latente, ese deseo de venganza, no dejaban de inquietarlo.

1947

[1] Fausses-Reposes: Falsos-Sosiegos. (N. del T.)

[2] François Mauriac, Escritor, viajero y novelista francés (1847-1910). (N. del T.)

[3] No se trata del país asiático, sino de una determinada modalidad del juego de bolos. (N. del T.)

[4] Juego de palabras. En inglés, bridge, además del juego de cartas, significa «puente». (N. del T.)

[5] Montretout podría ser traducido, aproximadamente, como «enseñalotodo». (N. del T.)

© Boris Vian: Le Loup-garou (El lobo-hombre). Publicado en Le Loup-garou, 1970. Traducción de J. B. Alique.