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miércoles, 25 de agosto de 2021

Estanco, de Fernando Pessoa

 Tabacaria / Estanco

Álvaro de Campos (Fernando Pessoa)

[Publicado en Presencia, 39, Coimbra, julio de 1933]

15-1-1928


No soy nada.

Nunca llegaré a ser nada.

No puedo querer ser nada.

Más allá de todo esto, albergo en mí todos los sueños del mundo.


Ventanas de mi cuarto,

del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe de quién es

(mas si supiesen de quién es, ¿qué es lo que sabrían?),

miráis hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente,

hacia una calle inaccesible a cualquier pensamiento,

real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,

con el misterio de las cosas que están bajo los seres y las piedras,

con la muerte poniendo humedad en las paredes y canas en los hombres,

con el Destino conduciendo la carreta del todo por el camino de la nada.


Hoy me encuentro vencido, como si supiese la verdad,

lúcido, como si me fuera a morir hoy mismo,

y no mantuviese otra hermandad con las cosas

que el despedirme de ellas, volviéndose esta casa y este lado de la calle

la hilera de vagones de un tren. Y una partida con silbato y todo

desde dentro de mi cabeza,

y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al marchar.


Hoy estoy perplejo como quien ha encontrado, pensado y olvidado.

Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo

al Estanco de enfrente de la calle, como algo real por fuera,

y la sensación de que todo es sueño, como algo real por dentro.


Fracasé en todo.

Como no me hice propósito alguno, tal vez todo haya sido nada.

De la instrucción que me dieron,

descendí por la ventana trasera de la casa.

Huí al campo con grandes objetivos,

pero allí sólo encontré yerbas y árboles

y tampoco allí la gente era distinta a las demás.

Me alejo de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?


¿Qué sé yo lo que habré de ser, yo, que no sé lo que soy?

¿Ser lo que pienso? Es que pienso ser tantas cosas...

¡Hay tantos que piensan en ser lo mismo que no puede haber para todos!

¿Genio? Sólo en este momento

debe haber al menos cien mil cerebros que se creen en sueños tanto o más genios que yo,

pero la historia no señalará, quién sabe, a ninguno,

y sólo quedará el estiércol de tantos descubrimientos futuros.

No, no creo en mí.

¡todos los manicomios están llenos de dementes con certezas!

Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy por ello más o menos auténtico?

No, no creo en mí.

¿En cuántos áticos y no-áticos del mundo

habrán ahora mismo auto-genios soñando?

¿Cuántas nobles, altas y lúcidas aspiraciones-

sí, verdaderamente nobles y altas y lúcidas-

y quién sabe si realizables,

verán la luz del sol real o lograrán el auditorio de la gente?

El mundo es de quien nace para conquistarlo

y no de quien sueña con conquistarlo, aunque tenga razón.

Yo he soñado más que el propio Napoleón,

he apretado contra mi pecho hipotético más hombres que Cristo,

he elaborado en secreto más filosofías de las que ningún Kant pudo escribir jamás.

Pero soy, y tal vez lo seré siempre, el del ático,

aunque ya no viva allí.

Siempre seré el que no ha nacido para esto.

Siempre seré sólo el que tenía cualidades.

Siempre seré aquél que esperó a que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puertas

y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

y oyó la voz de Dios en un pozo sellado.

¿Creer en mí? No, de ningún modo.

Derrame la Naturaleza sobre mi ardiente cabeza

su sol, su lluvia, el viento que me revuelve el cabello,

y lo demás que venga si viene o tiene que venir, o que no venga.

Esclavos cardiacos de las estrellas,

conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;

pero al despertar, coño, es opaco,

nos levantamos y es ajeno,

salimos de la casa y es la tierra entera,

más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.


(¡Come chocolatinas, chiquilla,

come chocolatinas!,

que no hay otra metafísica en el mundo que comer chocolatinas,

que todas las religiones juntas no enseñan más que una confitería,

¡come chiquilla sucia, sigue comiendo!

¡Si yo pudiera comer chocolatinas con la misma verdad con que tú las comes!

Pero pienso, al quitar el papel de plata que es de láminas de estaño,

y lo tiro al suelo, como he tirado mi vida.)


Al menos me queda de la amargura de lo que nunca he de ser

la rápida caligrafía de estos versos,

puerta rota hacia lo Imposible,

pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

noble al menos en el ostensible gesto con que me deshago

de la ropa sucia que soy, sin papel, en el transcurso de las cosas

y me quedo en casa sin camisa.


(Tú, que consuelas, que no existes y es por eso que consuelas,

oh, Diosa Griega, concebida como estatua viva,

oh, patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

oh, princesa de los trovadores, gentilísima y florida,

oh, marquesa dieciochesca, escotada y distante,

oh, famosa cocotte de los tiempos de nuestros padres,

oh, no sé qué moderno -no acierto bien el qué-,

todo eso, fuere lo que fuere, sea lo que sea, ¡si puede inspirar que inspire!

Mi corazón es un barreño sin agua.

Como los invocadores de espíritus invocan espíritus, yo me invoco

a mí mismo y no encuentro nada.

Me acerco a la ventana y veo la calle con una absoluta nitidez.

Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,

veo los seres vivos que se cruzan entre sí,

veo los perros que existen también,

y todo esto me pesa como una condena al destierro,

y todo esto me es ajeno como lo es todo.)


Viví, estudié, amé e incluso creí,

y hoy no hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo.

Miro en cada uno los andrajos y las llagas y la mentira

y pienso: tal vez nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído

(porque es fácil hacer realidad todo eso sin haber hecho nada de eso),

tal vez hayas existido, como el lagarto a quien cortan la cola

y qué es la cola del lagarto después de sus espasmos.


Hice de mí lo que no sabía,

y lo que pude haber hecho de mí no lo hice.

El disfraz que me puse no fue el correcto.

Me conocieron más tarde por lo que no era y no lo desmentí y eso me perdió.

Cuando quise arrancarme la máscara

la tenía pegada a la cara.

Cuando me la arranqué y me miré al espejo,

había envejecido.

Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.

Arrojé la máscara y me dormí en el vestidor

como el perro que la dirección tolera

porque es inofensivo

y escribiré esta historia para probar lo sublime que puedo llegar a ser.


Esencia musical de mis versos inútiles,

quién pudiera encontrarte como algo hecho por mí

en vez de hallarme siempre frente al Estanco de enfrente,

pisoteando la conciencia de estar existiendo,

como una alfombra en la que un borracho tropieza

o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.


Pero el dueño del Estanco se asomó a la puerta y se ha quedado allí.

Lo miro con la incomodidad de torcer mal la cabeza

y con la incomodidad del Alma que no acaba de entender.

Él morirá igual que yo moriré.

Él dejará el letrero y yo dejaré versos.

En cierto momento también el letrero morirá igual que los versos.

Después de un cierto tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero

y la lengua donde fueron escritos los versos.

Morirá más tarde este planeta rodante donde pasó todo esto.

Y en otros satélites de otros sistemas algo parecido a la gente

continuará haciendo cosas parecidas a versos y viviendo bajo cosas parecidas a letreros.

Siempre una cosa enfrente de otra,

siempre una cosa tan inútil como la otra,

siempre lo imposible tan inútil como lo real,

siempre el misterio de la hondura tan verdadero como el sueño del misterio en la superficie.

Siempre esto o siempre aquello o ni lo uno ni lo otro.


Pero un hombre ha entrado en el Estanco (¿a comprar tabaco?)

Y la realidad plausible cae de golpe sobre mí,

Me medio incorporo enérgico, convencido, humano.

y voy a tratar de escribir estos versos en que digo justo lo contrario.


Enciendo un cigarro pensando en escribirlos

y saboreo en el cigarro la liberación de todo pensamiento,

sigo al humo como a una rueda propia,

y disfruto, en un momento sensitivo y competente,

la liberación de todas las especulaciones

y la consciencia de que la Metafísica es consecuencia de andar uno indispuesto.


Después me dejo caer contra la silla

y continuo fumando.

Mientras el destino me lo consienta, seguiré fumando.


(Si me casase con la hija de mi lavandera

tal vez fuese feliz.)

Así las cosas, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.


El hombre salió ya del Estanco (metiéndose el cambio en el bolsillo del pantalón).

Pero, mira, lo conozco: es un Pérez sin metafísica.

(El dueño del Estanco se ha asomado a la puerta).

Como por instinto divino, el tal Pérez se ha vuelto y me ha visto.

Me ha hecho señas y yo le he gritado ¡Adiós Pérez! y el universo

se reconstruye sin ideal ni esperanza, y el Dueño del Estanco sonríe como si tal cosa.


Tiranía y democracia, de Fernando Pessoa

 FRANCISCO  —  La esencia de la tiranía es la fuerza que nos obliga, y la fuerza que nos obliga, o nos obliga absolutamente o relativamente  —  es decir, condicionadamente. Quiero decir, o nos obliga absolutamente a hacer o dejar de hacer algo, sin que podamos tomar otro partido, o nos obliga a hacer o dejar de hacer algo, castigándonos o sujetándonos a prejuicios y males varios en caso de tomar otro partido. El asesino, que, al dar conmigo, me pega un tiro en pleno corazón, me obliga a morir; el individuo que, al apuntarme con una pistola, me obligue a firmar un documento que no quisiera firmar, no es que me obligue a firmarlo de todas todas, pero me condiciona, pues lo natural es que yo prefiera firmarlo a recibir el “castigo” de la muerte. Está bien ver con claridad estos detalles simples e intuitivos: al verlos y hacérnoslos ver, no perderemos pie en el asunto. Ahora bien, tiranía absoluta sólo hay una: la de la Naturaleza. El individuo que me obliga a morir al pegarme un tiro en el corazón, no me obliga a morir por el hecho de darme un tiro, sino porque según la disposición de la Naturaleza, un tiro en el corazón es mortal. Si el tiro es en el corazón, no puedo escoger si morir o no: pero esta imposibilidad de elección no es responsabilidad del individuo, sino de la Naturaleza, que así dispone las cosas. En la tiranía humana, de quien difícilmente se podrá elegir más duro ejemplo, que el que ya he apuntado, siempre existe un elemento condicional. He de elegir entre firmar el documento o morir. Puedo elegir. Pero (y es aquí donde el elemento tiránico se revela), cualquiera de las cosas que escoja es mala para mí. En esa forzada elección entre un mal y otro consiste la tiranía. (La única tiranía absoluta es la del Destino. La Naturaleza, salvo para un pesimista, no es tiránica; y si lo es para el pesimista, la tiranía verdadera está en el Destino, que ha dado a ese hombre el temperamento de pesimista. La Naturaleza, repito, no es tiránica. Pongamos por ejemplo a un individuo con tendencias alcohólicas, que ama excesivamente el alcohol. Si cede al placer de beber, lo pagará con enfermedades y dolencias. Pero su mal viene precedido de un placer. De abstenerse, no sufrirá esas dolencias; de modo que, al sacrificar un placer, se ha hecho bien a sí mismo. No hay aquí tiranía, porque hay compensación. Sólo el Destino, al obligar absolutamente, podría ser tenido por tiránico; porque a ese individuo, que puse de ejemplo, o el Destino ya lo marcó para borracho o para no borracho, y sea cual sea el caso, lo que elija ya habrá sido elegido.) Si la esencia de la tiranía es la fuerza, la primera condición para ser un tirano es tener la fuerza. Ahora bien, sólo hay tres maneras de ejercer la fuerza: la fuerza física, el número y la astucia o la habilidad. En una pelea callejera, por ejemplo, donde se supone que los contendientes son de parecida valentía y afán, uno es vencido por ser más fuerte el otro, o por venir otros en la ayuda del otro, o por ser menos hábil o astuto en la forma de pelear. Pero hay algo evidente: ni la astucia ni la habilidad son la fuerza sino una forma de suplir la desventaja o aumentar la fuerza. Y es evidente también que, en el caso a tratar  — la tiranía social — , nada importa la fuerza física directa. Por eso queda como única fuerza capaz de tiranizar, la del número. Es decir la fuerza de una tiranía es el estar sustentada en una mayoría. En otras palabras, la tiranía es democrática. 

(de Diálogos de la tiranía)

sábado, 17 de diciembre de 2016

Epílogo, de Antonio Nobre

Corazón mío, ¡no golpees, para!
Corazón mío, ¡déjate tumbar!
Nuestro dolor, lo sé, es amargo,
nuestro dolor, lo sé, es amargo...
Corazón mío, vamos a soñar... 
Al mundo vine, pero engañado.
Estoy cansado de vivir: 
vi lo que era, estoy hastiado,
vi lo que era, estoy hastiado...
¡No golpees más! Vamos a morir... 
Llamé a la puerta de la ventura:
nadie me abrió, golpeé en vano.
¡Vamos a ver si la sepultura,
vamos a ver si la sepultura
nos hace lo mismo, corazón!
¡Adiós planeta! ¡Adiós, oh Lama! 
Que a ambos nos vais a digerir... 
Mi corazón, la vieja llama,
mi corazón, la vieja llama.
¡Basta, por Dios! Vamos a dormir...

martes, 11 de agosto de 2015

Fernando Pessoa, antología de poemas

Llueve en silencio, que esta lluvia...

Fernando Pessoa

Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego...

Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece...

No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...

En la gran oscilación

En la gran oscilación
entre creer y no creer,
el corazón se trastorna
lleno de nada saber

Y, ajeno a lo que sabía
por no saber lo que es,
solo un instante le cabe
que es el conocer la fe.

Fe que los astros conocen
porque es la araña que está
en la tela que ellos tejen,

y es vida que había ya.

Abdicación


Tómame, oh noche eterna, en tus
brazos y llámame hijo.

Yo soy un rey que
voluntariamente abandoné mi
trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos
flojos, a manos viriles
y calmas entregué;
y mi cetro y corona yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.

Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena

como el paisaje al morir el día.

Autopsicografía


El poeta es un fingidor.
finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive
sino aquel que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino

que se llama corazón.

martes, 4 de agosto de 2015

Antero de Quental, Soneto quijotesco

EL PALACIO DE LA VENTURA

Antero de Quental  (1843-1891)

Sueño que soy un caballero andante;
por desiertos cabalgo en noche oscura. 
del amor paladín, busco anhelante 
el Palacio feliz de la ventura.

Mas ya desmayo, exhausto y vacilante, 
rota la espada y rota la armadura... 
cuando de pronto veo, fulgurante, 
toda su altiva pompa y hermosura.

Con grandes golpes llamo, sin recelos: 
"Soy el desheredado, el vagabundo, 
¡Abrid la puerta de oro a mis anhelos!"

Se abre la puerta al fin lenta y pausada 
y al entrar caigo, de dolor profundo: 

frío y silencio y sombra y nada.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Cantiga de Airas Nunes


Cantiga de amigo de Airas Nunes

Bailemos nós ja todas tres, ay amigas,
so aquestas avelaneyras frolidas,
e quen for velida como nós, velidas,
se amigo amar,
so aquestas avelaneyras frolidas
verrá baylar.

Bailemos nós ja todas tres, ay irmanas,
so aqueste ramo d'estas avelanas
e quen for louçana como nós, louçanas,
se amigo amar,
so aqueste ramo d'estas avelanas
verrá baylar.

Traducción:

Bailemos las tres, amigas queridas,
bajo estas avellanedas floridas;
y quien fuere garrida como somos garridas,
si sabe amar,
en estas avellanedas floridas
vendrá a bailar.

Bailemos las tres, queridas hermanas,
bajo estas ramas de avellanas;
y quien fuere galana como somos galanas,
si sabe amar,
bajo estas ramas de avellanas
vendrá a bailar.

domingo, 29 de abril de 2012

Tres poemas inéditos de Pessoa


10-2-1917


El mundo cae a mi alrededor, escombro a escombro.

Mis sentidos oscilan, bandera rota al viento.

¿Qué sombra de qué sol llena de frío y asombro
el camino vacío de la consecución?

Busca un puerto lejano una nave desconocida
ese es todo el sentido de mi vida.

Por un mar azul nocturno, estrellado en el fondo,
sigue su ruta la nave exterior al mundo.

Pero el sentido de todo está cerrado en el asombro
que exhala la llama negra que enciende en mi entusiasmo

Súbitas confesiones de otro que yo fui en otros tiempos
antes de la vida y que vio a Dios y que no soy ahora.


O mundo rui a meu redor, escombro a escombro./Os meus sentidos oscilam, bandeira rota ao vento./Que sombra de que o sol enche de frio e de assombro/A estrada vazia do conseguimento?/ Busca un porto longe uma nau desconhecida/E esse é todo o sentido de minha vida./ Por un mal azul nocturno, estrelado no fundo,/Segue a sua rota a nau exterior ao mundo./ Mas o sentido de tudo está fechado no pasmo/Que exala a chama negra que acende em meu entusiasmo/Subitas confissões de outro que eu fui outrora/Antes da vida e viu Deus e eu não o sou agora. 



5-3-1919 (?)

¿Por qué vivo, quién soy, o qué soy, quién me lleva?
¿Qué seré para la muerte? Para la vida ¿qué soy?
La muerte en el mundo es la oscuridad en la tierra.
Nada puedo. Lloro, gimo, cierro los ojos y voy.
Me cercan el misterio, la ilusión y la descreencia
En las posibilidades que todo sea verdadero.
¡Oh, mi terror de ser, nada hay que te venza!
La vida como la muerte es el mismo mal.


Porque vivo, quem sou, o que sou, quem me leva?/Que serei para a morte? Para a vida o que sou?/ A morte no mundo é a treva na terra./ Nada posso. Choro, gemo, cerro os olhos e vou./ Cerca-me o mistério, a ilusão e a descrença/ Da possibilidade de ser tudo real./ O meu pavor de ser, nada há que te vença!/ A vida como a morte é o mesmo Mal!



12-12-1919

Mi ser vive en la Noche y en el Deseo.
Mi alma es un recuerdo que hay en mí.

Meu ser vive na Noite e no Desejo./ Minha alma é uma lembrança que há en mim.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El poeta es un fingidor, de Fernando Pessoa

El poeta es un fingidor
que finge constantemente,
que hasta finge que es dolor,
el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido,
sino sólo el que no tiene.

Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira el tren de juguete
que se llama el corazón.

martes, 6 de marzo de 2007

NO QUIERO ROSAS, Fernando Pessoa



No quiero rosas, con tal que haya rosas.
Las quiero sólo cuando no las pueda haber.
¿Qué voy a hacer con las cosas
que cualquier mano puede coger?

No quiero la noche sino cuando la aurora
la hizo diluirse en oro y azul.
Lo que mi alma ignora
eso es lo que quiero poseer.

¿Para qué?... Si lo supiese, no haría
versos para decir que aún no lo sé.
Tengo el alma pobre y fría...
Ah, ¿con qué limosna la calentaré?...

sábado, 24 de febrero de 2007

AUTOPSICOGRAFÍA, Fernando Pessoa



El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que cierto siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive,
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.

TODO MENOS EL TEDIO, Fernando Pessoa

Todo menos el tedio me da tedio.
Quiero sin tener sosiego sosegar.
Tomar la vida todos los días
como un remedio,
de esos remedios que hay para tomar.
Tanto aspiré, tanto soñé, que tanto
de tantos tantos nada me hizo en mí.
Mis manos quedaron frías
sólo de aguardar el encanto
de aquel amor que las calentara al fin.
Frías, vacías,
así

ESTANCO, Fenando Pessoa

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace blancos los cabellos de los hombres,
con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren, y el silbido de una despedida
dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla.
¿En qué he de pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso?
¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber tantos!
¿Genio?
En este momento
cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
¿nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para esto,
seré siempre sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta,
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí?
No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y él es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua con vida,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o noséqué moderno —no concibo bien qué—,
todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
ne invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me pesa como un condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles, quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
y no quedarme siempre enfrente del Estanco de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como un tapete con el que tropieza un borracho
o la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.
Pero el Dueño del Estanco se asomó a la puerta y se quedó en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las cosas como letreros, siempre una cosa frente a otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una indisposición.
Después me reclino en la silla
y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla.
Me acerco a la ventana.
El hombre salió del Estanco (¿guarda el cambio en el bolsillo del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño del Estanco llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino,
Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité
¡Adiós, Esteves!,
y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza,
y el Dueño del Estanco sonrió.

martes, 20 de febrero de 2007

Plegaria, de Carlos Drummond de Andrade

De la lectura sintagmática,
De la lectura paradigmática del enunciado,
De la lengua fáctica,
De la factividad y de la no factividad en la oración principal,
Libera nos, Domine.

De la organización categorial de la lengua,
De la principalidad de la lengua en el conjunto de los sistemas semiológicos,
De la concretez de las unidades en el estatuto que dialectiza la lengua,
Del ortolenguaje,
Libera nos, Domine.

Del programa epistemológico de la obra,
Del corte epistemológico y del corte dialógico,
Del sustrato acústico del culminado,
De los sistemas genitivamente afines,
Libera nos, Domine.

De la semia,
Del sema, del semema, del semantema,
Del lexema,
Del clasema, del mema, del sentema,
Libera nos, Domine.

De la estructuración semémica,
Del ideolecto y de la pancromía científica,
De la reliabilidad de test psicolingüísticos,
Del análisis computacional de la estructuración silábica de las fablas regionales,
Libera nos, Domine.

Del vocoide,
Del vocoide nasal puro y sin clausura consonantal,
Del vocoide bajo y del semivocoide homorgámico,
Del glide vocálico,
Libera nos, Domine.

De la lingüística frástica y transfrástica,
Del signo sinésico, del signo icónico y del signo gestual,
De la clitización pronominal obligatoria,
De la glosemática,
Libera nos, Domine.

De la estructura exo-semántica del lenguaje musical,
De la totalidad sincrética del emisor,
De la lingüística generativo/transformacional,
Del movimiento transformacionalista,
Libera nos, Domine.

De las apariciones de Chomsky,
De Mehler, de Perchonock,
De Saussure, de Cassirer, Troubetzkoy, Althusser,
De Zolkiewsky, Jacobson, Barthes, Derrida, Todorov,
De Greimas, Fodor, Chao, Lacan et caterva,
Libera nos, Domine.