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viernes, 14 de noviembre de 2025

Virgilio, I égloga o bucólica

MELIBEO

Títiro, tú, tumbado bajo la protección de una extensa haya compones con flauta liviana un poema pastoril; nosotros abandonamos los límites de la patria y los dulces campos: nosotros huimos de la patria; tú, Títiro, tranquilo a la sombra, enseñas a los bosques a repetir (el nombre de) la hermosa Amarilis.

TÍTIRO

Oh Melibeo, un dios nos procuró estos ocios: pues para mí él será siempre un dios; su altar a menudo lo regará (con sangre) algún tierno cordero de nuestros rediles. Él ha permitido que mis vacas vaguen libremente, como ves, y que yo mismo cante lo que quiera, con flauta rústica.

MELIBEO

No siento envidia, en verdad; me admiro, más bien: ¡hasta tal punto en todas partes, en todos los campos reina la confusión! Mírame, yo mismo conduzco ante mí las cabras, afligido; a esta, además, a duras penas, Títiro, la arrastro: pues recientemente aquí, entre espesos avellanos, ha abandonado gemelos, esperanza del rebaño, ¡ay!, pariendo con dolor sobre la roca desnuda.

A menudo este infortunio, si la mente no hubiese estado ciega, recuerdo que las encinas golpeadas desde el cielo (por el rayo) lo predijeron: a menudo la corneja, a la izquierda, lo predijo desde un hueco roble. Pero, igualmente, ese dios, Títiro, indícanos quién es.

TÍTIRO

La ciudad que llaman Roma, Melibeo, la creí, necio de mí, semejante a esta nuestra, donde a menudo los pastores solemos llevar las tiernas crías de las ovejas; así había conocido los cachorros semejantes a los perros, así los cabritos a sus madres, así solía comparar lo grande con lo pequeño: pero esta ha alzado su cabeza entre las demás ciudades tanto como suelen los cipreses entre la flexible lantana.

MELIBEO

¿Y qué motivo tuviste tan importante para ver Roma?

TÍTIRO

La libertad, que tardía se fijó -sin que yo hiciera nada- en mí, cuando una barba bastante blanca caía al afeitarla; se fijó en mí, sin embargo, y llegó después de un largo tiempo, después de que Amarilis nos tiene, después de que Galatea nos abandonó; pues, confesaré, mientras Galatea me dominaba, no había esperanza de libertad, ni preocupación por mis  bienes; aunque de mis corrales saliesen muchas víctimas (para ser sacrificadas), y queso graso se prensase para la ciudad ingrata, nunca mi mano derecha volvía a casa cargada de dinero.

MELIBEO

Me preguntaba por qué invocabas triste a los dioses, Amarilis, para quién permitías que en el árbol colgasen sus frutos: Títiro estaba lejos de aquí; a ti, Títiro, los pinos mismos, las mismas fuentes, estos mismos arbustos te invocaban.

TÍTIRO

¿Qué podía hacer? Ni era posible que yo saliese de la servidumbre, ni en otro lugar (era posible) que conociera a dioses tan accesibles. Allí vi a aquel joven, Melibeo, para quien cada año nuestros altares humean doce días; allí él el primero me dio esta respuesta, a mí que suplicaba: «pastoread, como antes, las vacas, jóvenes, haced crecer los toros»

MELIBEO

Afortunado anciano, así pues, los campos se mantendrán tuyos, y bastante grandes para ti, aunque piedra desnuda y estanque de junco enfangado cubra todos tus pastos. Hierbas desacostumbradas no tentarán animales preñados, pesados, ni contagios nocivos de un rebaño vecino los dañarán.

¡Afortunado anciano, aquí, entre ríos conocidos y fuentes sagradas sentirás el frescor de la umbría! De este lado, desde el linde vecino, el cercado, el de siempre, que ofrece a las abejas hibleas la flor del sauce, inducirá a menudo a caer en el sueño con un suave susurro; de este otro, al pie de la alta roca, cantará al viento el podador; y mientras, sin embargo, ni las roncas palomas, tu ocupación, ni la tórtola cesarán de gemir desde el alto olmo.

TÍTIRO

Pues antes pacerán en el mar los livianos ciervos, y los estrechos depositarán en la playa peces desnudos, antes desterrado, recorridos los límites de ambos, beberá el parto el Arar, o la Germania el Tigris, (antes) de que el rostro de aquel se deslice de nuestro pecho.

MELIBEO

En cambio, nosotros desde aquí iremos, unos hacia los africanos sedientos, parte llegaremos a la Escitia y al Oaxes, rápido de tierra arcillosa, y a los britanos, aislados totalmente del orbe entero.

Algún día, tras largo tiempo, ¿podré, viendo las espigas, mis reinos, admirar los límites patrios, el tejado de mi pobre cabaña, cubierto de césped?

¿Un impío soldado tendrá estos campos tan cultivados, un bárbaro estas espigas? ¡He aquí adonde la discordia ha conducido, míseros, a los ciudadanos! ¡Para ellos hemos sembrado nosotros los campos!

Injerta ahora, Melibeo, los perales, pon en orden las vides. Id, cabrillas mías, id, rebaño feliz en otro tiempo. No os veré yo a lo lejos a vosotras en el futuro, tumbado ante una verde gruta, saltar de rocas cubiertas de arbustos; no cantaré ninguna canción; no comeréis, apacentando yo, el cantueso en flor ni los sauces amargos.

TÍTIRO

Sin embargo, podrías descansar esta noche aquí, conmigo, sobre un lecho de hojas verde: tenemos manzanas maduras, castañas tiernas, y abundancia de leche prensada; y ya a lo lejos humean los tejados de las aldeas, y cada vez mayores, caen las sombras desde las altas montañas.

miércoles, 22 de julio de 2015

Lope de Vega, Canción

Canción

Lope de Vega

(1562–1635)

¡Oh libertad preciosa,
no comparada al oro,
ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
más rica y más gozosa
que el precioso tesoro
que el mar del sur entre su nácar cierra;
con armas, sangre y guerra,
con las vidas y famas,
conquistada en el mundo;
paz dulce, amor profundo,
que el mal apartas y a tu bien nos llamas:
en ti sola se anida
oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.

Cuando de las humanas
tinieblas vi del cielo
la luz, principio de mis dulces días,
aquellas tres hermanas
que nuestro humano velo
tejiendo, llevan por inciertas vías,
las duras penas mías
trocaron en la gloria
que en libertad poseo,
con siempre igual deseo,
donde verá por mi dichosa historia,
quien más leyere en ella,
que es dulce libertad lo menos della.

Yo pues, señor exento
desta montaña y prado,
gozo la gloria y libertad que tengo.
soberbio pensamiento
jamás ha derribado
la vida humilde y pobre que sostengo.
Cuando a las manos vengo
con el muchacho ciego,
haciendo rostro embisto,
venzo, triunfo y resisto
la flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
y con libre albedrío
lloro el ajeno mal y canto el mío.

Cuando el aurora baña
con helado rocío
de aljófar celestial el monte y prado,
salgo de mi cabaña,
riberas deste río,
a dar el nuevo pasto a mi ganado,
y cuando el sol dorado
muestra sus fuerzas graves,
al sueño el pecho inclino
debajo un sauce o pino,
o ya gozando el aura,
oyendo el son de las parleras aves,
donde el perdido aliento se restaura.

Cuando la noche oscura
con su estrellado manto
el claro día en su tiniebla encierra,
y suena en la espesura
el tenebroso canto
de los nocturnos hijos de la tierra,
al pie de aquesta sierra
con rústicas palabras
mi ganadillo cuento
y el corazón contento
del gobierno de ovejas y de cabras,
la temerosa cuenta
del cuidadoso rey me representa.

Aquí la verde pera
con la manzana hermosa,
de gualda y roja sangre matizada,
y de color de rosa
la cermeña olorosa
tengo, y la endrina de color morada;
aquí de la enramada
parra que al olmo enlaza,
melosas uvas cojo;
y en cantidad recojo,
al tiempo que las ramas desenlaza
el caluroso estío,
membrillos que coronan este río.

No me da descontento
el hábito costoso
que de lascivo el pecho noble infama;
es mi dulce sustento
del campo generoso
estas silvestres frutas que derrama;
mi regalada cama
de blandas pieles y hojas,
que algún rey la envidiara,
y de ti, fuente clara,
que bullendo, el arena y agua arrojas,
estos cristales puros,
sustentos pobres, pero bien seguros.

Estése el cortesano
procurando a su gusto
la blanda cama y el mejor sustento;
bese la ingrata mano
del poderoso injusto,
formando torres de esperanza al viento;
viva y muera sediento
por el honroso oficio,
y goce yo del suelo,
al aire, al sol y al hielo,
ocupado en mi rústico ejercicio;
que más vale pobreza
en paz, que en guerra mísera riqueza.

Ni temo al poderoso
ni al rico lisonjeo,
ni soy camaleón del que gobierna,
ni me tiene envidioso
la ambición y deseo
de ajena gloria ni de fama eterna;
carne sabrosa y tierna,
vino aromatizado,
pan blanco de aquel día,
en prado, en fuente fría,
halla un pastor con hambre fatigado;
que el grande y el pequeño
somos iguales lo que dura el sueño.

Gaspar Gil Polo, Canción

Canción

Gaspar Gil Polo

(c. 1530 – 1591)

    En el campo venturoso,
donde con clara corriente
Guadalavïar hermoso
dejando el suelo abundoso
da tributo al mar potente;
    Galatea, desdeñosa
del dolor que a Licio daña,
iba alegre y bulliciosa
por la ribera arenosa
que el mar con sus ondas baña,
    entre la arena cogiendo
conchas y piedras pintadas,
muchos cantares diciendo
con el son del ronco estruendo
de las ondas alteradas.
    Junto al agua se ponía,
y las ondas aguardaba,
y en verlas llegar huía;
pero a veces no podía
y el blanco pie se mojaba.
    Licio, al cual en sufrimiento
amador ninguno iguala,
suspendió allí su tormento
mientras miraba el contento
de su pulida zagala.
    Mas cotejando su mal
con el gozo que ella había
el fatigado zagal
con voz amarga y mortal
de esta manera decía:
    —Ninfa hermosa, no te vea
jugar con el mar horrendo
y, aunque más placer te sea,
huye del mar, Galatea,
como estás de Licio huyendo.
    Deja ahora de jugar,
que me es dolor importuno:
no me hagas más penar,
que en verte cerca del mar
tengo celos de Neptuno.
    Causa mi triste cuidado
que a mi pensamiento crea:
porque ya está averiguado
que si no es tu enamorado
lo será cuando te vea.
    Y está cierto, porque amor
sabe desde que me hirió,
que para pena mayor
me falta un competidor
más poderoso que yo.
    Deja la seca ribera,
do está el alga infructuosa:
guarda que no salga afuera
alguna marina fiera
enroscada y escamosa.
    Huye ya, y mira que siento
por ti dolores sobrados;
porque con doble tormento
celos me da tu contento
y tu peligro cuidados.
    En verte regocijada
celos me hacen acordar
de Europa, ninfa preciada,
del toro blanco engañada
en la ribera del mar.
    Y el ordinario cuidado
hace que piense contino
de aquel desdeñoso alnado,
orilla el mar arrastrado,
visto aquel monstruo marino.
    Mas no veo en ti temor
de congoja y pena tanta;
que bien sé por mi dolor
que a quien no teme al amor
ningún peligro le espanta.
    Guarte pues de un gran cuidado:
que el vengativo Cupido
viéndose menospreciado,
lo que no hace de grado,
suele hacerlo de ofendido.
    Ven conmigo al bosque ameno,
y al apacible sombrío
de olorosas flores lleno,
do en el día más sereno
no es enojoso el estío.
    Si el agua te es placentera,
hay allí fuente tan bella,
que para ser la primera
entre todas, solo espera
que tú te laves en ella.
    En aqueste raso suelo
a guardar tu hermosa cara
no basta sombrero o velo;
que estando al abierto cielo
el sol morena te para.
    No escuchas dulces concentos,
sino el espantoso estruendo
con que los bravosos vientos
con soberbios movimientos
van las aguas revolviendo.
    Y tras la fortuna fiera
son las vistas más süaves
ver llegar a la ribera
la destrozada madera
de las anegadas naves.
    Ven a la dulce floresta,
do natura no fue escasa:
donde haciendo alegre fiesta
la más calorosa siesta
con más deleite se pasa.
    Huye los soberbios mares;
ven, verás cómo cantamos
tan deleitosos cantares
que los más duros pesares
suspendemos y engañamos;
    Y aunque quien pasa dolores
amor le fuerza a cantarlos,
yo haré que los pastores
no digan cantos de amores,
porque huelgues de escucharlos.
    Allí, por bosques y prados,
podrás leer todas horas,
en mil robles señalados
los nombres más celebrados
de las ninfas y pastoras.
    Mas serate cosa triste
ver tu nombre allí pintado,
en saber que escrita fuiste
por el que siempre tuviste
de tu memoria borrado.
    Y aunque mucho estés airada,
no creo yo que te asombre
tanto el verte allí pintada,
como el ver que eres amada
del que allí escribió tu nombre.
    No ser querida y amar
fuera triste desplacer;
mas ¿qué tormento o pesar
te puede, Ninfa, causar
ser querida y no querer?
    Mas desprecia cuanto quieras
a tu pastor, Galatea;
solo que en estas riberas
cerca de las ondas fieras
con mis ojos no te vea.
    ¿Qué pasatiempo mejor
orilla el mar puede hallarse
que escuchar el ruiseñor,
coger la olorosa flor
y en clara fuente lavarse?
    Plugiera a Dios que gozaras
de nuestro campo y ribera,
y porque más lo preciaras,
ojalá tú lo probaras,
antes que yo lo dijera.
    Porque cuanto alabo aquí
de su crédito lo quito;
pues el contentarme a mí
bastará para que a ti
no te venga en apetito.—
    Licio mucho más le hablara,
y tenía más que hablalle,
si ella no se lo estorbara,
que con desdeñosa cara
al triste dice que calle.
    Volvió a sus juegos la fiera
y a sus llantos el pastor,
y de la misma manera
ella queda en la ribera,
y él en su mismo dolor.

miércoles, 8 de julio de 2015

La Égloga II maldita de Virgilio

El pastor Coridón ardía por el hermoso Alexis,
placer de su señor, pero sin esperanzas.
Sólo entre las densas hayas de sombrías copas
se refugiaba asiduamente. Allí, solitario,
a los montes y a las selvas inútilmente estas quejas arrojaba: 5
“¡Cruel Alexis! ¿Nada te importan mis cantos?
¿No te inspiramos ninguna compasión? ¿Me obligarás finalmente a morir?
A esta hora hasta los ganados buscan el frío y las sombras,
a esta hora ocultan las zarzas las verdes lagartijas,
y Testilis, para los segadores cansados por el abrasador verano, 10
muele ajo y tomillo, aromáticas hierbas.
Pero conmigo, mientras sigo tus huellas bajo el sol ardiente,
resuenan los arbustos por las roncas cigarras.
¿No fue suficiente soportar las iras de la triste Amarilis
y sus soberbios desprecios, o a Menalcas 15
aunque él fuese negro, aunque tú blanco?
¡Muchacho hermoso! No confíes demasiado en el color:
las blancas alheñas caen, pero los negros arándanos se recogen.
Me desprecias, y no preguntas siquiera quién soy, Alexis,
cuán rico en ganado y cuán pródigo en nívea leche. 20
Mil ovejas mías vagan por los montes de Sicilia;
no me falta leche fresca ni en verano ni en invierno.
Canto lo que solía cantar Anfión Dirceo
cuando llamaba a su ganado en el ribereño Aracinto.
Y no soy tan feo: hace poco me vi en la orilla, 25
cuando estaba el mar tranquilo, y si la imagen nunca engaña,
siendo tú el juez, no temería competir con Dafnis.
¡Ojalá quisieras vivir conmigo en los pobres campos
y en las humildes casas, y flechar ciervos
y guiar la manada de cabritos con la verde vara de malvaviscos.30
Cantando junto a mí en las selvas imitarás a Pan
(Pan fue el primero que enseñó a juntar con cera muchas cañas;
Pan cuida a las ovejas y a los pastores de ovejas)
y no temas herir tu pequeño labio con la caña:
por saber estas mismas cosas, ¿qué no hacía Amintas? 35
Tengo una flauta de siete cañas desiguales
que Dametas me regaló en otro tiempo
diciéndome al morir “tú eres ahora su segundo dueño”.
Dijo Dametas, y el estúpido Amintas me envidia.
Tengo además dos cabritos que encontré en un incierto valle, 40
salpicadas de blanco todavía sus pieles,
dos veces por día maman de la oveja: los estoy criando para ti.
Ya hace tiempo que Téstilis me ruega que se los deje llevar;
y lo hará, porque a ti te desagradan nuestros regalos.
Ven, hermoso niño: para ti ya las ninfas traen 45
cestos colmados de lirios; para ti la deslumbrante Náyade,
cortando pálidas violetas y altas amapolas, las enlaza
con el narciso y la flor del fragante eneldo;
entonces entretejiendo la casia con otras suaves hierbas
pinta los delicados arándanos con la amarilla caléndula. 50
Y yo mismo elegiré blancos frutos de tierna piel,
castañas y nueces, que amaba mi Amarilis;
agregaré oscuras ciruelas: también ellas serán celebradas;
y a ustedes, laureles, los cortaré y también a ti, mirto cercano,
para que así juntos mezclen sus dulces fragancias. 55
Eres rústico, Coridón: ni Alexis aprecia tus regalos,
ni estos podrían ser nunca superiores a los de Iolas.
¿Pero qué es lo que quise, mísero de mí? Perdido, arrojé
el vendaval sobre las flores y los jabalíes a las límpidas fuentes.
¿De quién huyes, demente? También los dioses 60
y el troyano Paris habitaron las selvas. Ocupe Palas las mansiones
que ella misma levantó: a nosotros nos deleiten sobre todo las selvas.
La leona feroz persigue al lobo, el lobo mismo a la cabrita,
la inquieta cabrita persigue a la retama en flor,
y a ti, Alexis, Coridón: a cada uno arrastra su placer. 65
Mira, los bueyes retornan arrastrando los arados suspendidos del yugo,
Y ocultándose, el sol duplica las crecientes sombras;
a mí sin embargo me quema el amor: ¿pues qué límite podría tener el amor?
¡Ah, Coridón, Coridón: qué demencia te ha poseído!
A medio podar tienes una vid en el frondoso olmo: 70
¿por qué más bien no te dispones tú mismo a tejer
con mimbres y flexibles juncos algo que necesites?
¡Encontrarás otro Alexis, si éste te desprecia!”

(Traducción de D. Battiston y M. C. Domínguez)

martes, 6 de marzo de 2007

EL REINADO DE SATURNO, Virgilio

El reino de Saturno vuelve (Bucólica IV, dedicada a Asinio Polión) Los cristianos medievales interpretaron que este niño no era Octavio Augusto, el primer emperador, ni un hijo de Asinio Polión, sino Jesús de Nazaret, que vendría a instaurar un novus ordo. Y las coincidencias son asombrosas, por lo cual Virgilio fue tenido por un mago y adivino en la Edad Media, de suerte que Dante Alighieri lo escogió por sabio y brujo compañero en su Commedia. Aquí traigo dos traducciones, la primera en hexámetros sueltos con cláusula final:

I

Cantemos, ¡oh Sicilianas Musas!, mayores asuntos;
pues no a todos deleitan las florestas ni los tamarindos humildes:
si cantamos las selvas, que dignas sean las selvas, oh cónsul.

Ya viene la última era de los versos de Cumas:  
ya nace, de lo profundo de los siglos, un magno orden.  

Ya vuelve la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; [Virgo, la diosa de la justicia Astrea; el Siglo de Oro]
ya desciende del alto cielo una nueva progenie.

Tú, el ahora naciente niño, por quien la vieja raza de hierro
termina, y surge en todo el mundo la nueva de oro,
se propicia ¡oh casta Lucina!: pues ya reina tu Apolo.

Por ti, cónsul, comenzará esta edad gloriosa,
¡oh Polión!, e iniciarán su marcha los meses magníficos,
tú conduciendo. Y si aún quedaran vestigios de nuestro crimen,
nulos a perpetuidad los harán, por miedo, las naciones.

Recibirá el niño de los dioses la vida, y con los dioses verá
mezclados a los héroes, y él mismo será visto entre ellos;
con las patrias virtudes regirá a todo el orbe en paz.

Por ti, ¡oh niño!, la tierra inculta dará sus primicias,
la trepadora hiedra cundirá junto al nardo salvaje,
y las egipcias habas se juntarán al alegre acanto.

Henchidas de leche las ubres, volverán al redil
por sí solas las cabras, y a los grandes leones no temerán los rebaños.
de tu misma cuna brotarán para ti acariciantes flores.

Y morirá la serpiente, y la falaz venenosa hierba
morirá; por doquier nacerá el amomo asirio.

Cuando puedas leer las alabanzas de los héroes
y las hazañas de tus padres, y saber qué es la virtud,
amarillearán en los lentos campos las blandas espigas,
rosadas uvas penderán de las incultas zarzas,
y los duros robles sudarán un rocío de miel. 

Con todo persistirán las huellas de las viejas maldades,
cuyas naves ofenderán a Tetis, cuyos muros ceñirán
ciudades, cuyos surcos hincarán todavía la tierra.

Habrá entonces otro Tifis: otra Argos conducirá
a selectos héroes; habrá también otras guerras,
y de nuevo se lanzará sobre Troya el gran Aquiles.

Después, cuando alcances la edad viril plena,
el viajero dejará de cruzar el mar, y el náutico leño
no mercará los bienes: todo campo surtirá todas las cosas.

No sufrirá el arado la tierra, ni la vid será podada
y a su vez el labriego desuncirá los robustos bueyes.

No aprenderá la lana a mentir con variados colores;
antes bien, ya en rojo múrice, ya en azafranada ajedrea,
mudará el morueco en los prados su suave vellón;
por sí mismo el minio vestirá al cordero que pace.

"¡Rodad tales siglos!", dijeron a sus husos las Parcas,
acordes con la inmutable voluntad de los Hados.

¡Lánzate a estos altos honores! Cumplido está el tiempo,
¡oh progenie amada de los dioses! ¡Oh magno vástago de Jove!

¡Contempla cómo bajo la celeste bóveda se inclinan los astros
y las tierras y el vasto mar y el profundo cielo!

¡Contempla como el siglo venturo regocija todas las cosas! 

¡Oh! ¡Que mis últimos años sean tan largos
y me alcance el aliento para cantar tus hazañas!
No vencerán mis versos ni el tracio Orfeo, ni Lino,
aún si la madre a aquel y el padre a este asistieron,
Calíope a Orfeo, y a Lino el hermoso Apolo.

También Pan, si compitiera conmigo, juzgando la Arcadia,
también a Pan declararía vencido el juicio de la Arcadia.

Comienza ¡oh muchachito! a conocer a tu madre por la sonrisa:
por diez meses un largo fastidio acompañó a tu madre.

Comienza ¡oh muchachito! A quien no sonríen sus padres,
no le otorga su mesa el dios, ni reposar con la diosa.

II

Cantemos, ¡oh Musas! un asunto más grande. No a todos gustan los vergeles y los tamarindos humildes. Si cantamos a las selvas, sean las selvas dignas de un cónsul.

Ya ha llegado la última edad que anunció la profecía de Cumas. La gran hilera de los siglos empieza de nuevo. Ya vuelve también la Virgen, el reino de Saturno vuelve. Ya se nos envía una nueva raza del alto cielo. Únicamente, a ese niño que nace, con quien terminará por fin la edad de hierro y surgirá la edad de oro para todo el mundo, tú, casta Lucina, ampáralo: ya reina tu Apolo. Justamente en tu consulado, el tuyo, Polión, llegará tal gloria del tiempo y empezarán a marchar los grandes meses. Bajo tu guía, si alguna huella de nuestro pasado queda, se borrará, librando a las tierras de su miedo eterno. Él tendrá la vida de los dioses y verá a los héroes mezclados entre los dioses, y él, a su vez, será visto por ellos. Y gobernará el orbe pacificado por las virtudes de su padre.

Ahora bien, como primeros regalillos, niño, la tierra sin ninguna labranza derramará por doquier para ti hiedras errantes, así como hierba bácara, y hojas de colocasias enredadas con cardos risueños. Las cabras volverán a casa solas con las ubres hinchadas de leche, y las vacas no temerán a los grandes leones; por sí sola la cuna derramará para ti blandas flores. Morirá también la serpiente; la hierba que engaña con el veneno morirá también; por todas partes nacerá el amomo asirio.

Mas así que puedas leer las glorias de los héroes y las gestas de tu padre, y saber qué es el valor, poco a poco irá amarilleando el campo con la blanda espiga, de los zarzales bravíos colgará el racimo rojizo y las duras encinas destilarán el rocío de la miel.

Sin embargo, subsistirán unas pocas huellas del yerro primitivo, que manden tentar a Tetis con los barcos, ceñir plazas con murallas, hender surcos en la tierra. Habrá entonces un segundo Tifis y una segunda Argos que transporte a los héroes elegidos; habrá también otras guerras segundas y otra vez se enviará a Troya un gran Aquiles. Luego, cuando ya la edad robusta te haga un hombre, el propio pasajero renunciará al mar, y el pino naval no cambiará mercancías. Toda tierra dará de todo. El suelo no sufrirá a los rastrillos, ni la viña las hoces; el forzudo labrador desuncirá entonces también los toros del yugo. La lana no aprenderá a fingir colores variados, sino que el propio carnero, en los prados, cambiará sus vellones ora con púrpura suavemente roja, ora con amarillo azafrán; de su grado el color escarlata teñirá a los corderos en el pasto. «Aprisa, hilad tales siglos», dijeron a sus husos las Parcas, de acuerdo con la voluntad inmutable de los hados.

Entra en los grandes oficios (ya llega el momento), oh vástago querido de los dioses, magna semilla de Júpiter. Mira el mundo que te hace señal con el peso de su bóveda, y las tierras, los trechos del mar, el cielo profundo; mira cómo todo se alegra con el siglo que está al llegar. ¡Ojalá me reste para entonces la última parte de una vida larga y el aliento suficiente para narrar tus hazañas! No ha de vencerme a cantar ni Orfeo de Tracia, ni Lino, aunque al uno le asista la madre, y al otro el padre, a Orfeo, Calíope, a Lino, el hermoso Apolo. Incluso si Pan compartiese conmigo, ante el juicio de la Arcadia, Pan incluso confesaría que ha sido vencido, ante el juicio de la Arcadia.

Empieza, niño pequeño, a conocer a tu madre riéndole (a tu madre diez meses trajeron largos hastíos); empieza, niño pequeño: al que no le han reído los padres, no lo convida a su mesa el dios ni la diosa a su lecho.