domingo, 6 de septiembre de 2020

Elegía de Marienbad, Goethe

¿Qué puedo yo esperar de este reencuentro,

del capullo inflorecido de este día?

Infierno y Paraíso están abiertos.

Mi corazón vacila entre uno y otro.

Pero ¡fuera las dudas! si ella viene

y en sus brazos al cielo me levanta.


Así, pues, sí se te abre el Paraíso,

donde eterna es la vida y la belleza;

deseos y esperanzas se te colman,

que no es posible allí mayor el ansia,

pues contemplando su única belleza

quedó seca la fuente de las lágrimas.


Con sus alas veloces corre el día

y pasan atropellados los minutos.

Al caer la tarde me besó entregada

y otro beso mañana me dará.

Las horas se parecen como hermanas,

pero en verdad distinta es cada una.


Pero este beso último ha segado

con crueldad y dulzura mis amores.

En el mismo umbral mis pasos dudan,

donde un ángel me expulsa con su fuego.

Mis ojos miran ya senda sombría,

que la puerta celestial se me ha cerrado.


Y  el corazón en sí mismo se repliega,

como si nunca abierto hubiera estado,

o como si en el cielo las estrellas

nunca hubieran sentido su reflejo,

angustias y reproches ya le ahogan

y una oprimente atmósfera respira.


¿Es que el mundo no rueda? ¿Ya las rocas

no dan su santa sombra, o las cosechas

no maduran? ¿Los prados no se extienden

junto al río entre arbustos y matojos?

¿El universo mundo ya no acoge

en su esférica forma a tantos seres?


Qué clara y qué ligera, con sus rizos,

entre las nubes en coro, como un ángel,

su figura la viste sobre el cielo,

surgiendo de un perfume que no olvidas

como entonces, cuando en el baile

era la de más encanto entre las jóvenes.


Empero solo un momento a la quimera

de esta imagen etérea ya te entregas.

Dentro del corazón la ves más clara.

Allí muchas y ella misma es siempre

y de todas las formas y maneras

adorable resulta y siempre amada.


Aún la recuerdo allí, junto a mi umbral,

colmándome de dicha; y que, al marcharme,

aún volvió a despedirse, y a aquel último

beso aún dejó un último en mis labios:

como con fuego se quedó grabada

esta imagen de amor en mi memoria.


Mi corazón levanta firmes muros

para guardarse, pero guardan esa imagen

que su alegría esparce en cada hora;

nada sabe de sí, cuando ella calla,

libre se siente entre tan fuertes lazos

y sólo late para agradecerlo.


Si ya mi corazón sintió algún día

que el amor se alejaba para siempre,

ahora, de nuevo, gozo y esperanza

siento al tomar jubilosas decisiones.

Si es el amor el que al amante inspira,

nadie hay más inspirado que yo mismo.


¡Y todo a causa de ella! Porque a veces

la zozobra inunda cuerpo y alma

y terribles visiones nos rodean,

al en torno mirar el corazón vacío.

Mas ya apunta de nuevo la esperanza

si ella a aquellos umbrales ahora asoma.


La paz de Dios -enseñan- más felices

nos vuelve aquí en la Tierra que la fría

razón desconsolada; pero yo

esa paz la he encontrado en la presencia

tranquila de la amada, cuando siento

que a ella pertenezco, y para siempre.


En el fondo del alma siempre existe

el ansia de ofrecerse libremente

a lo que no sabemos, puro y claro,

cuyo nombre ignoramos; y creemos

que ser buenos en ese afán consiste.

Y yo era bueno si con ella estaba.


Tu mirada era el sol que derretía,

el aire en primavera era tu aliento,

que toda frialdad fundiendo barre.

De su invernal caverna al egoísmo

tu calor lo rescata y ya no queda

ni un resto de amor propio vano y terco.


Y podrías decirme: «Cada hora

es un regalo amable de la vida.

Apenas un recuerdo es lo pasado;

lo futuro, imposible es conocerlo.

Sentí miedo en la hora del crepúsculo,

pero al caer la noche, alegre estaba.


Por eso, haz como yo: mira el presente,

míralo con prudencia y nada aplaces.

Corre alegre a su encuentro, a los trabajos

entrégate del todo y al amor,

que así serás el centro donde estés,

como un niño obstinado e invencible.»


Puedes hablar así -yo me decía-

porque algún dios te concedió su gracia

y todo el que disfruta tu presencia

se siente un elegido de los dioses.

Pero, si alguna vez de ti me apartan,

¿de qué me servirá tu buen consejo?


Pues bien, ya ahora estoy lejos. ¿Qué he de hacer?

No lo sé, la verdad. Y eso que sobran

motivos de belleza en mi contorno.

Pero más me deprimen que me alientan:

una nostalgia me envenena el alma

y tan sólo en llorar hallo consuelo.


Que brote el llanto, pues, aunque las lágrimas

nunca apaguen cuando arde adentro.

Con aparente calma, me desgarran

vida y muerte el pecho sin descanso.

Yerbas habrá que el cuerpo curen, pero

no para un alma que no espera nada.


Si su imagen me falta ¿qué haré yo?

Recrearla mil veces, bondadosa

o esquiva, y entregada y vacilante,

llena de luz, de oscuridad cubierta.

Pero este ir y venir, confuso y vano,

¿podrá sanarme acaso de mi mal?


* * *


Dejadme aquí, mis fieles compañeros,

al borde del camino, entre las rocas.

Seguid vosotros descubriendo el mundo,

la vastedad del Cielo y de la Tierra.

Atentos a sus mínimos detalles,

desvelaréis secretos y misterios.


Que el mundo y yo caminos diferentes

seguiremos, por más que un día los dioses

su elegido me hicieran. Pero hoy

a prueba me pusieron, y el regalo

envenenado de Pandora tuve.

Unos labios besé, que me rechazan;

veneno dulce con que me han matado.


Traducción retocada de Enrique Baltanás.