sábado, 25 de octubre de 2008

No se culpe a nadie de Julio Cortázar

NO SE CULPE A NADIE

Incluido en Final del Juego (1956)

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire fr¡o de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

Julio Cortázar

El Pozo, de Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez

El pozo

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.
En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
"Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

Abadía de Thelema, François Rabelais

Cómo Gargantúa hizo preparar para el monje la Abadía de Thelema.

Faltaba sólo que recompensar al monje, y Gargantúa quiso hacerlo abad de Sevillé; pero él se rehusó. Quiso luego darle la abadía de Bourgueil o la de Saint-Florent, la que más le agradase de las dos; pero enseguida contestó que no quería carga ni gobierno de monjes; porque, como él decía: ¿Podría yo gobernar a otro cuando yo mismo no sabría gobernarme? Si os parece que os he hecho algún servicio y que en adelante podré hacéroslo, autorizadme para fundar una abadía a mi gusto. 

La iniciativa fue del agrado de Gargantúa y le ofreció todo su país de Thelema, junto a la ribera del Loire, a dos leguas del gran bosque de Port Huault; además le requirió que instituyese su religión al contrario de todas las demás. -"Primeramente" -decía Gargantúa-, "no hará falta edificar la abadía ni circundarla de murallas como están las otras". -"Verdaderamente" -replicó el monje-, "y donde hay muros hay murallas, envidia y conspiración mutua".

Se dispuso que, así como en ciertos conventos es costumbre cuando entra alguna mujer, es decir, las honestas y púdicas, limpiar los sitios por donde aquellas hubieran pasado, si religioso o religiosa entraran por caso fortuito, se limpiaran religiosamente todos los lugares que hubieran atravesado.

Puesto que en todas las religiones del mundo está todo acompasado, limitado y regulado por horas, se decretó que allí no habría relojes ni cuadrantes de ninguna clase, sino que las labores serían distribuidas según las oportunidades y ocasiones, porque, como decía Gargantúa, "la mayor pérdida de tiempo está en contar las horas, pues de ello no viene ningún bien, y la mayor desazón del mundo está en gobernarse al son de una campana, y no por los dictados del entendimiento y del buen sentido". Item: Puesto que en aquel tiempo no entraban en religión más mujeres que aquellas que se encontraban tuertas, borrachas, gibosas, feas, contrahechas, locas, insensatas, tocadas de maleficios y enviciadas, ni más hombres que los asmáticos, mal nacidos, inútiles y vagabundos, se dispuso que allí no se recibiría sino a las hermosas, bien nacidas y bien formadas y a los hermosos, bien nacidos y bien formados. 

-"A propósito" -dijo el monje- "una mujer que no es buena ni bella, ¿para qué vale?" -"Para monja" -repuso Gargantúa -"y para hacer camisas". Item: Como en los conventos de mujeres no entran hombres, sino engañosa y clandestinamente, se decretó que allí no habría mujeres en el caso que no hubiera hombres, ni hombres si no había mujeres. Item: Puesto que tanto unas como otros, una vez profesos después del año de noviciado, estaban forzados y compelidos a permanecer allí toda su vida, se dispuso que entraran y salieran libremente cuando les pareciese oportuno. Item: Como ordinariamente hacen tres votos, de obediencia, pobreza y castidad, se acordó que allí pudieran casarse honorablemente, que todos y cada uno pudieran ser ricos y viviesen en completa libertad. En cuanto a la edad de ingreso para las hembras, había de ser de diez a quince años, y para los varones, de doce a dieciocho. Cómo tenían regulada su vida los thelemitas. Tenían empleada su vida, no según leyes, estatutos ni reglas, sino según su franco arbitrio. Se levantaban de la cama cuando buenamente les parecía, bebían, comían, trabajaban, dormían cuando les venía en gana; nada les desvelaba y nadie les obligaba a comer, beber ni hacer cosa alguna; de esta manera lo había dispuesto Gargantúa. En su regla no había más que esta cláusula:

HAZ LO QUE QUIERAS

Porque las gentes bien nacidas, libres, instruidas y rodeadas de buenas compañías, tienen siempre un aguijón que les impulsa a seguir la virtud y apartarse del vicio; a este acicate le llaman honor. Cuando por vil sujeción y clausura se ven constreñidos y obligados, pierden la noble afección que francamente los inducía a la virtud y dirigen todos sus esfuerzos a infringir y quebrantar esta necia servidumbre, porque todos los días nos encaminamos hacia lo prohibido y ambicionamos lo que le nos niega. Por efecto de esta libertad, llegaron a la plausible emulación de hacer todos lo que a uno le fuera grato: si alguno o alguna decía bebamos, todos bebían; si decían juguemos, todos jugaban; si decían vamos a pasear por el campo, todos paseaban. Si decían vamos a cazar, las damas, montadas en sus bellas hacaneas, con su palafrén y su guía, llevaban cada una en su mano enguantada delicadamente, un esmerillón o alcotancillo; los demás pájaros los llevaban los hombres. Tan noblemente estaban educados, que entre ellos no había uno solo que no supiera leer, escribir, cantar, tocar instrumentos de música, hablar cinco o seis idiomas y componer prosa o verso. Jamás se han visto caballeros tan discretos, tan galantes, tan ágiles a pie y a caballo, tan fuertes para remar y para manejar todas las armas, como los que allí había. Cuando para alguno, por llamamiento de sus deudos o cualquiera otra causa, llegaba la hora de salir, llevaba consigo a una de las damas que de antemano le había escogido por suyo, y por consecuencia estaban ya juntos y casados; si en Thelema habían vivido en inclinación y amistad mutuas, las continuaban con aumento en el matrimonio, tanto que llegaban hasta el fin de sus vidas habiéndola pasado toda como el primer día de novios.

Textos en castellano utilizados para la transcripción de este capítulo: François Rabelais: La Abadía de Thelema (Gargantúa y Pantagruel, Libro I). Ed. M. Aguilar, Madrid, 1923. Trad. de E. Barriobero y Herrán.

La mariposa negra de Nicomedes Pastor Díaz

Nicomedes Pastor Díaz (Vivero, 1811 – Madrid, 1863)

La mariposa negra (1834)


Borraba ya del pensamiento mío
de la tristeza el importuno ceño:
dulce era mi vivir, dulce mi sueño,
          dulce mi despertar.
Ya en mi pecho era lóbrego vacío
el que un tiempo rugió volcán ardiente;
ya no pasaban negras por mi frente
          nubes que hacen llorar.

Era una noche azul, serena, clara,
que, embebecido en plácido desvelo,
alcé los ojos en tributo al cielo
          de tierna gratitud.
Mas ¡ay! que, apenas lánguido se alzara
este mirar de eterna desventura,
turbarse vi la lívida blancura
          de la nocturna luz.

Incierta sombra que mi sien circunda
cruzar siento, en zumbido revolante,
y con nubloso vértigo incesante
          a mi vista girar;

cubrió la luz incierta moribunda
con alas de vapor informe objeto;
cubrió mi corazón terror secreto
          que no puedo calmar.

No como un tiempo colosal quimera
mi atónita atención amedrentaba:
mis oídos profundo no aterraba
          acento de pavor;
que fue la aparición vaga y ligera,
leve la sombra aérea y nebulosa,
que fue sólo una negra mariposa,
          volando en derredor.

No cual suele fijó su giro errante
la antorcha que alumbraba mi desvelo:
de su siniestro misterioso vuelo
          la luz no era el imán.
¡Ay! que sólo el fulgor agonizante
en mis lánguidos ojos abatidos
ser creí, de sus giros repetidos,
         secreto talismán.

Lo creo, sí... que a mi agitada suerte
su extraña aparición no será en vano;
desde la noche de ese infausto arcano
         ¡ay Dios!... aún no dormí.
¿Anunciarame próxima la muerte,
o es más negro su vuelo repentino...?
¿Ella trae un mensaje del destino...?
          Yo... no le comprendí.

Ya no aparece sólo entre las sombras;
do quier me envuelve su funesto giro:
a cada instante sobre mí la miro
          mil círculos trazar:
del campo entre las plácidas alfombras,
del bosque entre el ramaje la contemplo,
y hasta bajo las bóvedas del templo
          y ante el sagrado altar.

"¡Para adormir mi frenesí secreto
cesa un instante, negra mariposa!
¡Tus leves alas en mi frente posa:
          tal vez me aquietarás...!"
Mas, redoblando su girar inquieto,
huye y parece que a mi voz se aleja
y revuelve y me sigue y no me deja
          ni se para jamás.

A veces creo que un sepulcro amado
lanzó, bajo esta larva aterradora,
el espíritu errante que aún adora
          mi yerto corazón.
Y una vez ¡ay! estático y helado
la vi, la vi, creciendo de repente,
mágica desplegar sobre mi frente
          nueva transformación.

Vi tenderse sus alas como un velo
sobre un cuerpo fantástico colgadas,
en rozagante túnica trocadas
          so un manto funeral.
Y el lúgubre zumbido de su vuelo
trocose en voz profunda melodiosa,
y trocose la negra mariposa
          en genio celestial.

Cual sobre estatua de ébano luciente
un rostro se alza en ademán sublime,
do en pálido marfil su sello imprime
          sobrehumano dolor,
y de sus ojos el brillar ardiente,
fósforo de visión, fuego del cielo,
hiere en el alma, como hiere el vuelo
          del rayo vengador.

Un momento ¡gran Dios! mis brazos yertos
desesperado la tendí gritando.
-¡Ven de una vez!- la dije sollozando,
          ¡ven y me matarás!
Mas ¡ay! que cual las sombras de los muertos
sus formas vanas a mi voz retira
y de nuevo circula y zumba y gira
          y no para jamás...

¿Qué potencia infernal mi mente altera?
¿De dónde viene esta visión pasmosa?
Ese genio... esa negra mariposa
          ¿qué es...? ¿Qué quiere de mí...?
En vano llamo a mi ilusión quimera;
no hay más verdad que la ilusión del alma:
verdad fue mi quietud, mi paz, mi calma;
          verdad que la perdí.

Por ocultos resortes agitado
vuelvo al llanto otra vez hondo y doliente,
y mi canto otra vez vuela y mi mente
          a esa extraña región
do sobre el cráter de un abismo helado
las nieves del volcán se derritieron
al fuego que ligeras encendieron
          dos alas de crespón.

Pasaje de Felipe Sassone

De La rueda de mi fortuna. Memorias, de Felipe Sassone, Madrid, Aguilar, 1955, p. 39-41:

Aquel año de 1896, duodécimo de mi edad, cuando publiqué mi primera cosa en un periódico, me interesé también por las matemáticas. Me disgustaban profundamente; pero un día, el profesor de álgebra del colegio empezó así su lección:

-Un gavilán pasó volando por delante de un palomar, y saludó: "adiós, mis señoras cien palomas". Y una de ellas le respondió: "No somos ciento; pero nosotras, más nosotras, más la cuarta parte de nosotras, más usted, señor gavilán, sí somos ciento." ¿Cuántas eran las palomas? ¿alguno de ustedes sabe decírmelo?

Un muchacho que estaba a mi lado se puso en pie, como impelido por un resorte.

-Yo sabré.

-¿Sabrá usted? -preguntó el profesor.

-En cuanto resuelva la ecuación - contestó con desparpajo el alumno-. Porque se trata de una ecuación de primer grado con una incógnita.

-Salga usted a la pizarra.

-Pedro Antonio Heredia -así se llamaba el alumno, se llama aún- esgrimió la tiza y dijo:

-El número de palomas es lo que queremos saber, y es por ahora la incógnita.

Y escribió:

X+X+X/2+X/4+1=100

Quitó el uno de la proposición; redujo la igualdad a 99 y comenzó las operaciones. El primer término se iba reduciendo; la incógnita se iba separando de los números; la fórmula era cada vez más pequeña, y al fin la X se quedó sola, a la izquierda, y a la derecha, después del signo = apareció el número 36.

-Son las palomas-afirmó Heredia-, y saludó al profesor con una pirueta de acróbata de circo.

Toda la clase aplaudió.

Aquello había sido buscar lo desconocido, descubrirlo poquito a poco, encontrarlo después de haberlo perseguido como una ilusión y a mí me pareció un encanto.

-Oye, Perico Antuco- le dije en el recreo a mi amigo-. ¿Quieres venir a casa a darme paso de matemáticas?

-¿Me lo darás a mí de literatura?

Aquella noche vino Pedro a mi casa de la calle de la Minería, y vino muchas noches más, y pasábamos dos horas de provechosa y alegre intimidad. Él me decía en la ocasión propicia:

-No te olvides, Felipito. En todo triángulo a mayor lado se opone mayor ángulo, y los tras ángulos de un triángulo, aun los equiláteros, suman siempre dos rectos.

Y yo a él:

-Te presente, Perico, que cuando el verbo ser es copulativo, concierta con el predicado nominal y no con el sujeto. En El Quijote encontrarás ejemplos de esta concordancia: "Todos los encamisados era gente medrosa." Era y no eran, fíjate bien. "La demás chusma del bergantín son moros y turcos." Repara en esto: son y no es.

Un criado negro nos traía chocolate o refrescos, según la estación. Bebíamos repitiendo entre sorbo y sorbo. Él:

-Pleonasmo, hipérbaton, metonimia, epanadiplosis...

Y yo:

-Isósceles, escaleno, hipotenusa, paralaje...

-¡Mira qué epanadiplosis!-¡Mira que paralaje!

Nos reíamos a carcajadas. Al filo de las doce se despedía...

miércoles, 22 de octubre de 2008

Qué matan los suicidas, Benjamín Prado

Qué matan los suicidas

Benjamín Prado

La muerte no tiene pasado. A pesar de ello, cuando un escritor decide suicidarse, los lectores y los críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus páginas como policías que buscaran huellas en el escenario de un crimen y hasta parecen querer leer sus obras como si, por alguna improbable perversión de las leyes del tiempo y el espacio, hubieran sido escritas después de desaparecido su autor, o como si éste hubiera sido durante años un muerto en vida, alguien que ya escribía desde el futuro, desde ese terrible después. Cuando no existen respuestas, lo mejor es inventarlas. Cuando los hechos no bastan, hay que recurrir a la imaginación. Sin embargo, el silencio de la muerte sólo existe para los vivos, son los que quedan de este lado del más allá quienes parecen sentir la imperiosa necesidad de cubrir o al menos atenuar ese hermético vacío que deja tras de sí la muerte, esa inmovilidad como ultraterrena que sucede al disparo, la copa de veneno o la caída al vacío. Y son los vivos, o los sobrevivientes, que diría un fatalista, quienes inventan lo que tienen que decir las palabras del suicida, quienes asocian el drama final con el resto de la historia de la mujer o el hombre que dijo basta, lo mismo que si no fuesen más que los dos extremos de una misma soga. En realidad, y esto lo sabe cualquier psiquiatra, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la espita del gas o volcarse en la palma de la mano los barbitúricos. Algo así como los marineros del relato de Horacio Quiroga que se reproduce en este volumen. Son personas depresivas, amargadas o infelices y, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Pensar en morir es muy distinto a ir a morir, como se ve con astuta claridad en el extraordinario relato de Ambrose Bierce incluido en esta antología. Hay escritores que intentaron matarse varias veces, eso es cierto, como la poeta norteamericana Anne Sexton o como otro de los escritores seleccionados para este libro, Guy de Maupassant, que veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad: "¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado." Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Por alguna razón, esa vulgar bolsa de plástico me produce un escalofrío mayor que las espadas con que se ultimaron Yukio Mishima o Emilio Salgari.

Y hay autores que decidieron tomarle la delantera a la muerte cuando, por unos u otros motivos, sus existencias ya eran, como en el relato de Jack London que incluye este libro, "un largo camino de amargura y horrores" que se había ido estrechando y que ya llegaba a su fin. Eso le ocurrió a Sylvia Plath, que no pudo sostener el peso de ser abandonada; a Reinaldo Arenas, que pronto descubriría que el paraíso capitalista era igual que el infierno comunista; a Hemingway y Bohumil Hrabal, el primero de los cuales se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía; y el segundo porque encontró un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en su caso una terrible artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. Le ocurrió a Marina Tsvietáieva cuando ya sólo quedaban a su alrededor miseria y abandono. Y también a dos de los autores de este tomo, Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, el fascista Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakovski y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcolm Lowry, a Dylan Thomas, ambos presentes aquí, y hace poco al poeta Javier Egea. Otros, como Pavese, se mataron porque eran incapaces de seguir vivos. Es impresionante, al leer este libro, pensar en el cianuro de Horacio Quiroga, la morfina de Jack London, el veronal de Ryunosuke Akatugawa, la bala dadaísta de Jaques Rigaut o los somníferos de Malcolm Lowry. Es impresionante pensar en el minuto anterior a todo eso, ese minuto que creo que ha reflejado como nadie otra suicida, la poeta y narradora austriaca Ingeborg Bachmann, que se quemó viva prendiéndole fuego a su cama, por ejemplo en este poema de su libro No sé de ningún mundo mejor -publicado en España por Hiperión y traducido por Jan Pohl-, titulado "Hablar con un tercero":

Y he elegido a la muerte, para todas las confesiones ella, le he contado, a esta muerte disparatada, a la que no puedo imaginar, a la que puedo provocar rápidamente, pero nunca imaginar, le he contado. La muerte, a la que le he contado tiene la amargura de treinta píldoras, mide una caída por la ventana, y le digo, al estar sola con ella, ella tan larga tan larga como una caída por la ventana, ella tan corta, larga como un sueño, hasta que le quite al sueño la preocupaciones por mí, le cuento a este tercero. Digo: hazme ver su boca, y ese ojo hazme ver cómo era, dale marcha atrás, hazme ver cómo digo: Otra vez, y soy.


La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Y, en el fondo, a los lectores tampoco. Excepto, quizás, a los más morbosos. En este libro no sólo se reúne a unos cuantos autores suicidas, sino que en gran parte de los relatos el suicidio es un tema central o, como mínimo, una amenaza de fondo. Sin embargo, lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas. Alrededor del suicidio hay, como no podía ser de otro modo, toda una mitología, y hasta quien se atreve casi a decir que no matarse es de cobardes. No comparto esa opinión ni suicidarse me parece un acto de coraje, sólo de desesperación. Y tampoco creo que los autores que terminan suicidándose posean un secreto que los demás ignoran. Las librerías están llenas de obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por mujeres y hombres que murieron en sus camas de eso que se llama, de un modo un tanto macabro, ni más ni menos que muerte natural. Y también están llenas de obras maravillosas escritas por gente como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos. En la literatura, lo mismo que en la vida, una cosa puede ser lo contrario de la otra y ser tan verdad como ella. Ojalá los escritores que componen esta antología no se hubiesen matado. Sus creaciones no serían peor por eso y no hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas.

martes, 21 de octubre de 2008

El niño yuntero, de Miguel Hernández

EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Pessoa

"No hay felicidad sin conocimiento. Pero el
conocimiento de la felicidad es infeliz;
porque saberse feliz es conocerse pasando
por la felicidad y teniendo, en seguida, que
dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad
como en todo. No saber, sin embargo, es no existir."

El poeta es un fingidor, de Fernando Pessoa

El poeta es un fingidor
que finge constantemente,
que hasta finge que es dolor,
el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido,
sino sólo el que no tiene.

Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira el tren de juguete
que se llama el corazón.

Arte poética de Verlaine

Arte poética

Prefiere la música a toda otra cosa,
persigue la sílaba impar, imprecisa,
más ágil y más soluble en la brisa,
que –libre de lastre– ni pesa ni posa.

Que vuestra palabra tenga un indeciso
y equívoco paso, si lo decidís.
Nada más hermoso que la canción gris,
donde lo indeciso se une a lo preciso.

Detrás de los velos, las miradas bellas.
En el mediodía, una luz que oscila.
Un cielo de otoño templado perfila
un confuso azul de claras estrellas.

Matiz, claroscuro, veladura sola.
Nada de color. Sólo los matices.
El matiz compone parejas felices
entre sueño y sueño, entre flauta y viola.

Aleja de ti la punta asesina,
la gracia cruel y el rictus de hielo,
que harían llorar los ojos del cielo
con todo ese ajo de mala cocina.

Coge la retórica y amordázala.
Sujeta la rima, y dale sentido
a esa carambola de vano sonido,
que, si la dejamos, ¿hasta dónde irá?

¡Ah, la sinrazón de la pobre rima!
¿Qué párvulo sordo, qué negro mochales,
nos forjó esa joya de cuatro reales
que suena a oropel hueco con la lima?

La música siempre, y en tono menor.
Que tu verso sea fugaz y suave,
sutil y ligero, como vuelo de ave
que busca otros cielos y otro nuevo amor.

Que tu verso sea la buena ventura
esparcida al aire de la madrugada,
que huele a tomillo y a menta granada…
Todo lo demás es literatura.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Si, de Kipling

Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.

Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera.
Si engañado, no engañas.
Si no buscas más odio, que el odio que te tengan.
Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres.

Si al hablar no exageras, lo que sabes y quieres.
Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo.
Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si alcanzas el triunfo o llega tu derrota,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.

Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida.

Si arriesgas de un golpe y lleno de alegría,
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie lo que eres, ni lo que eras.

Si logras que los nervios y el corazón te asistan,
aun después de su fuga, en tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo, cuando no quede nada,
porque tú lo deseas, lo quieres y mandas.

Si hablas con el pueblo, y guardas la virtud.
Si marchas junto a reyes, con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman y ninguno te precisa.

Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
de sesenta segundos que te llevan al cielo.
Todo lo de esta Tierra será de tu dominio,
y mucho más aún ...

¡Serás un hombre, hijo mío !

viernes, 22 de agosto de 2008

Paul Celan, Canción de una dama en la sombra

Canción de una dama en la sombra

Si la dama del silencio llega y decapita los tulipanes:
¿quién gana?
¿quién pierde?
¿quién se asoma a la ventana?
¿quién pronuncia primero su nombre?

Es alguien que se lleva mi pelo.
Lo lleva como se llevan muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo se llevó mi pelo en el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.

Él gana. No pierde.
No se asoma a la ventana.
No dice su nombre.

Es alguien que tiene mis ojos.
Los tiene desde que cerraron las puertas.
Los lleva como anillos en el dedo.
Los lleva como pedazos de placer y zafiro:
ya era mi hermano en el otoño;
ya cuenta los días y las noches.

Él gana. No pierde.
No se asoma a la ventana.
Dice al último su nombre.

Es alguien que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como se llevan las actas.
Lo lleva como el reloj lleva la peor de sus horas.
Lo lleva de umbral en umbral, no lo abandona.

Él no gana. Él pierde.
Se asoma a la ventana.
Dice primero su nombre.
A él lo decapitan con los tulipanes.

Paul Celan (Czernowitz) Rumania 1920 – Francia 1970
(Traducción de José María Pérez Gay)

Sergéi Esenin o Sergio Esenin, Adios a Marienkov

Serguei Esenin


Adiós a Marienkov

Adiós, amigo mío, adiós;
estás en mi corazón.
Predestinada separación,
prometido encuentro futuro.

Adiós, amigo mío,

sin que estrechemos mano o palabra;
no te entristezcas,
nada de melancolía sobre las cejas.
Morir en esta vida no es nuevo,

y vivir, aún menos.

(Antes había escrito)

Sí, me he preparado poco
para vivir en paz y entre sonrisas.
Y, cuanto más corto fue mi camino,
tanto mayores mis caídas.

Silvia Plath, soy vertical

SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección-
oscurecidos ya los pensamientos.

Para mí es más natural estar tendida.

Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez,
y las flores tendrán tiempo para mí.

Silvia Plath Boston 1932 - Londres 1963

miércoles, 13 de agosto de 2008

Canción de la muerte, José de Espronceda

Canción de la Muerte.

José de Espronceda.

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

Detras de mí, Emily Dickinson

Emily Dickinson.

Detrás de mí, profunda eternidad.
Frente a mí, inmortalidad.
Yo misma, la frontera entre ambos.

La Muerte fluye en el Gris Oriental,
disolviéndose en el alba distante,
antes de que el Oeste comience.
Estos Reinos, después de todo, dijeron ellos;
en perfecta, incesante monarquía,
cuyo príncipe es hijo de nadie,
Él mismo, dinastía inmemorial,
Él mismo, él mismo diversificado
en un celestial duplicado.
Este Milagro ante mí,
Este Milagro detrás de mí,
siempre creciendo hacia el mar,
con la medianoche en mi norte,
con la medianoche en mi sur,
y la Tempestad en los cielos.

A la espera de la oscuridad, Alejandra Pizarnik

A la Espera de la Oscuridad.
Alejandra Pizarnik.

Ese instante que no se olvida,
tan vacío devuelto por las sombras,
tan vacío rechazado por los relojes,
ese pobre instante adoptado por mi ternura,
desnudo
desnudo de sangre de alas,
sin ojos para recordar angustias de antaño,
sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma,
ponle tus cabellos escarchados por el fuego;
abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies,
a tus pies donde mueren las golondrinas
tiritantes de pavor frente al futuro.
Dile que los suspiros del mar
humedecen las únicas palabras
por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada,
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca,
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.

Por quién doblan las campanas, John Donne

It tolls for thee.

¿Quién no echa una mirada al sol
cuando atardece? ¿Quién depone los ojos
del cometa cuando fulgura?¿Quién no presta
oídos a una campana cuando por algo
tañe?¿Quién puede desoír esa campana
cuya música traslada fuera de este mundo?

Nadie es una isla, completo en sí mismo;
cada hombre es una pieza del continente,
un trozo de tierra; si el mar arrebata
una parte, toda Europa queda
achicada como si se tratara de un promontorio,
de la casa de uno de tus amigos, o incluso de la tuya.

La muerte de cualquier hombre me reduce
porque estoy unido a la humanidad;
por tanto, no preguntes nunca
por quién doblan las campanas: doblan por ti

lunes, 11 de agosto de 2008

Ego sum, de Vital Aza

Al despuntar la mañana,
tras una noche serena
y en fecha ya muy lejana
nací en la Pola de Lena,
hermosa villa asturiana.

Como nací no lo sé;
no recuerdo la postura,
porque yo no me fijé;
pero hay gente que asegura
que yo he nacido de pie.

Quizás la gente no acierte;
mas ni me quejo, ni soy
de los que piden la muerte,
porque, la verdad, estoy
muy contento con mi suerte.

Y pues me mandan que escriba
mi semblanza, en confianza,
aunque el rubor me cohíba,
hagamos en la semblanza
historia retrospectiva.

Inocente criatura
sin pizca de travesura,
pasé mi infancia en la Pola
halagándome una sola
idea: la de ser cura.

¡¡Yo cura!!... Estuve acertado
al no cumplir mis deseos,
pues con lo que me he estirado
siempre me hubiera faltado
paño para los manteos.

Perdida la vocación,
dejé sermones y pláticas;
tiré el Nebrija a un rincón,
y empecé las matemáticas
en la villa de Gijón.

Como era buen dibujante,
obtuve, siendo un chiquillo,
mi plaza de delineante,
y fui después ayudante
del ingeniero Castillo.

Casi a palmos estudié
el ferrocarril de Oviedo,
¡y jamás olvidaré
los diez meses que pasé
sobre el túnel de Robledo!...

Cansado de dibujar
y de tanto cubicar
en el campo y la oficina,
vine a Madrid a estudiar,
¿qué diréis? Pues... ¡Medicina!

Seguí mi nueva carrera
con decisión verdadera.
Hoy soy todo un licenciado,
¡y juro que no he matado
un solo enfermo siquiera!

A San Carlos asistía
de ardor y entusiasmo lleno,
y, aunque el tiempo compartía
entre Galeno y Talía,
venció Talía a Galeno.

Mi amigo Ramos Carrión,
que siempre fue para mí
amigo de corazón,
me dijo: —Quédate aquí,
y no pienses en Gijón.

¡No seas un inocente!
Con la humanidad doliente
el negocio es problemático.
Tu porvenir, francamente,
está en ser autor dramático.»

Siempre obediente y formal,
seguí el consejo leal.
Hoy vivo de lo que escribo,

y, pues vivo como vivo,
no debo escribir muy mal.

¡No escribo mal, no, señor!
¡Vaya si soy escritor!
Créanme ustedes a mí.
Hay eximios por ahí
que escriben mucho peor.

Tengo gracia y humorismo...
Me dirán que esto es cinismo.
Lo será, no lo discuto;
pero no he de ser tan bruto
que hable yo mal de mí mismo.

Soy de carácter jovial.
De salud estoy tal cual;
viviendo en un ten con ten.
Unas veces vamos bien
y otras veces vamos mal.

Paso mi vida cantando,
y si estoy de mal humor
—que lo estoy de vez en cuando—
me curo tarareando,
que es el remedio mejor.

De música no he de hablar.
Sobre este particular,
no me atrevo a discutir.
Yo tan sólo sé sentir
la música popular.

En mi vida pude yo
entender, ni entenderé,
lo que algún genio expresó
en esas latas en re
y esos infundios en do.

Pero, en cambio, el alma mía
siente emociones extrañas
cuando oigo, al caer el día,
esa vaga melodía
del canto de mis montañas.

De mi físico, deseo
hablar, para terminar.
Hay quien dice que soy feo,
y, la verdad, no lo creo.
Creo que soy regular.

Y, aunque en el retrato estoy
como soy: ¡Feo! No voy
a renegar de mi casta;
pues para mis hijos soy
hermoso, y eso me basta.

¿Que soy largo? ¡Dios lo quiso!
Y así soy hombre de viso.
Y al ser largo, me hago cargo
de que en el mundo es preciso
ser como yo soy: ¡muy largo!

Y por sabido se calla,
que de Trujillo a Tafalla
y de Castellón a Suances,
no hay otro autor de más talla,
ni otro hombre de más alcances.

Y bien merezco el respeto,
pues, sin pecar de indiscreto,
y sin pretensiones raras,
puedo meterme, y me meto,
en camisa de once varas.

¿Queréis discutir? ¡Locura!
No me vengáis con cuestiones,
pues, gracias a mi estatura,
rayo siempre a gran altura
en todas las discusiones.

Abur, y basta de chanza.
Mi semblanza se acabó;
pues soy largo y se me alcanza
que ha salido mi semblanza
casi más larga que yo.


Cuando de niño empecé
a darme a la poesía,
tan en serio lo tomé,
que sólo en serio escribía.

Romántico exagerado,
era lo triste mi fuerte.
¡Válgame Dios! Le he soltado
cada soneto, ¡A la muerte!

La fatalidad, el sino,
el hado, la parca fiera,
el arroyo cristalino
y la tórtola parlera....

Todo junto le servía
a mi necia inspiración
para hacer una elegía
que partía el corazón.

No hubo desgracia ni duelo
que en verso no describiera....
¡Si estaba pidiendo al cielo
que la gente se muriera!

¿Que airado el mar se tragaba
la barca del pescador?
Pues yo en mi lira lanzaba
los lamentos de rigor....

¿Que un amigo se moría,
viejo o joven, listo o zafio?
Pues, ¡zas!, al siguiente día
publicaba su epitafio.

¿Que una madre acongojada
gemía en llanto deshecha?
¿Que por una granizada
se perdía la cosecha?

Pues yo enjugaba aquel llanto
en versos de arte mayor,
y maldecía en un Canto
al granizo destructor.

Escéptico y pesimista
¡me hacía unas reflexiones!....
Sirva de ejemplo esta lista
de varias composiciones:

Ludibrio, Dios iracundo,
Profanación y adulterio,
Los desengaños del mundo,
El ciprés del cementerio.

Pues, ¿y una composición
en que, imitando a otros vates,
con la mejor intención
decía estos disparates?

¡Ay! El mundo en su falsía
aumentará mi delito,
vertiendo en el alma mía
la duda de lo infinito.

¡Triste errante y moribundo,
sigo el ignoto sendero,
sin encontrar en el mundo
un amigo verdadero!

¡Todo es falsedad, mentira!
¡En vano busco la calma!
¡Son las cuerdas de mi lira
sensibles fibras del alma!

¡El mundo, en su loco anhelo
me empuja hacia el hondo abismo!
¡Dudo de Dios y del cielo,
y hasta dudo de mí mismo!

¡Esta existencia me hastía!
¡Nada en el mundo es verdad!»
¡Y todo esto decía
a los quince años de edad!

Francamente, yo no sé
cómo algún lector sensato
no me pegó un puntapié
por necio y por mentecato.

Por fortuna ya no siento
aquellas melancolías
ni doy a nadie tormento
con vanas filosofías.

Ya no me meto en honduras,
ni hablo de llantos ni penas,
ni canto mis amarguras
ni las desdichas ajenas.

He cambiado de tal modo,
que soy otro diferente;
pues hoy me río de todo,
¡y me va perfectamente!

Poética teatral de José Echegaray

Escojo una pasión, tomo una idea,
un problema, un carácter... y lo infundo,
cual densa dinamita, en lo profundo
de un personaje que mi mente crea.

La trama al personaje le rodea
de unos cuantos muñecos que en el mundo
o se revuelcan en el cieno inmundo
o se calientan a la luz febea.

La mecha enciendo. El fuego se prepara,
el cartucho revienta sin remedio,
y el astro principal es quien lo paga.

Aunque a veces también en este asedio
que al arte pongo y que al instinto halaga,
¡me coge la explosión de medio a medio!

sábado, 9 de agosto de 2008

La feria de Scarborough, balada inglesa del siglo XII

¿Vas a la feria de Scarborough?
Perejil, salvia, romero y tomillo.
Saluda de mi parte a quien vive allí:
él fue una vez mi verdadero amor.

Dile que me haga una camisa de batista
perejil, salvia, romero y tomillo
sin ninguna costura ni trabajo de aguja;
entonces, será él mi verdadero amor.

Dile que me encuentre un acre de tierra,
perejil, salvia, romero y tomillo,
entre el agua salada y las cuerdas del mar;
entonces será él mi verdadero amor.

Dile que lo siegue con una hoz de cuero,
perejil, salvia, romero y tomillo
y que lo recoja todo, en un hato de brezo;
entonces será él mi verdadero amor.

¿Vas a la feria de Scarborough?
Perejil, salvia, romero y tomillo.
Saluda de mi parte a quien vive allí:
él fue una vez mi verdadero amor.

domingo, 3 de agosto de 2008

Padre Benito Jerónimo Feijoo, Abuso de las disputas

Abusos de las disputas verbales
§. I
1. He oído, y leído mil veces (mas ¿quién no lo ha oído, y leído?) que el fin, si no tal, primario de las Disputas Escolásticas, es la indagación de la verdad. Convengo en que para eso se instituyeron las Disputas; mas no es ese por lo común el blanco a que se mira en ellas. Dirélo con voces Escolásticas. Ese es el fin de la obra; mas no del operante. O todos, o casi todos los que van a la Aula, o a impugnar, o a defender, llevan hecho propósito firme de no ceder jamás al contrario, por buenas razones que alegue. Esto se proponen, y esto ejecutan.
2. Ha siglo y medio, que se controvierte en las Aulas con grande ardor, sobre la Física Predeterminación, y Ciencia Media. Y en este siglo y medio jamás sucedió, que algún Jesuita saliese de la Disputa resuelto a abrazar la Física Predeterminación, o algún Tomista a abandonarla. Ha cuatro siglos que lidian los Scotistas con los de las demás Escuelas, sobre el asunto de la Distinción real formal. ¿Cuándo sucedió, que movido de la fuerza de la razón el Scotista, desamparase la opinión afirmativa; o el de la Escuela opuesta, la negativa? Lo propio sucede en todas las demás cuestiones, que dividen Escuelas, y aún en las que no las dividen. Todos, o casi todos van resueltos a no confesar superioridad a la razón contraria. Todos, o casi todos, al bajar de Cátedra, [2] mantienen la opinión que tenían, cuando subieron a ella. ¿Pues qué verdad es ésta, que dicen van a descubrir? Verdaderamente parece, que éste es un modo de hablar puramente Teatral.
3. ¿Pero acaso, aunque los combatientes no cejen jamás de las preconcebidas opiniones, los oyentes, o espectadores del combate harán muchas veces juicio de que la razón está de esta, o de aquella parte, y así para éstos, por lo menos, se descubrirá la verdad? Tampoco esto sucede. Los oyentes capaces, ya tomaron partido, ya se alistaron debajo de estas, o aquellas banderas, y tienen la misma adhesión a la Escuela que siguen, que sus Maestros. ¿Cuándo sucede, o cuándo sucedió, que al acabarse un acto literario, alguno de los oyentes, persuadido de las razones de la Escuela contraria, pasase a alistarse en ella? Nunca llega ese caso, porque aunque vean prevalecer el campeón, que batalla por el partido opuesto, nunca atribuyen la ventaja a la mejor causa, que defiende, sino a la debilidad, rudeza, o alucinación del que sustentaba su partido. Nunca en el contrario reconocen superioridad de armas, sí sólo mayor valentía de brazo.
4. ¿Mas qué? ¿Por eso condeno como inútiles las disputas? En ninguna manera. Hay otros motivos, que las abonan. Es un ejercicio laudable de los que las practican, y un deleite honesto de los que las escuchan. El tratar, y oír tratar frecuentemente materias científicas, infunde cierto hábito de elevación al entendimiento, por el cual está más dispuesto a mirar con desdén los deleites sensibles, y terrestres. Aun prescindiendo de esta razón, cuanto más se engolosinare la atención en aquellos objetos, tanto más se debilitará su afición a éstos, porque la disposición nativa de nuestro espíritu es tal, que, a proporción que se aumenta en él la impresión de un objeto, se mitiga la de otro. Finalmente, el ejercicio de la disputa instruye, y habilita para defender con ventajas los Dogmas de la Religión, e impugnar [3] los errores opuestos a ella. Y este motivo es de suma importancia.
5. Mas por lo que mira a aclarar la verdad en los asuntos, que se controvierten en las Escuelas, es verisimil que ésta se estará siempre escondida en el pozo de Demócrito. Bien lejos de ponerse los conatos, que se jactan para descubrirla, yo me contentaría con que no se pusiesen para obscurecerla. Daño es éste, que he lamentado en las Escuelas desde que empecé a frecuentarlas. No de todos los profesores me quejo; pero sí de muchos, que en vez de iluminar la Aula con la luz de la verdad, parece que no piensan sino en echar polvo en los ojos de los que asisten en ella. A cinco clases podemos reducir a estos, porque no en todos reinan los mismos vicios, aunque hay algunos, que incurren en todos los abusos, de que vamos a tratar.
§. II
6. Los primeros son aquellos, que disputan con demasiado ardor. Hay quienes se encienden tanto, aun cuando se controvierten cosas de levísimo momento, como si peligrase en el combate su honor, su vida, y su conciencia. Hunden la Aula a gritos, afligen todas sus junturas con violentas contorsiones, vomitan llamas por los ojos. Poco les falta para hacer pedazos Cátedra, y barandilla con los furiosos golpes de pies, y manos.
10. El segundo abuso, que se da mucho la mano con el primero, es herirse los disputantes con dicterios. En las tempestades de la cólera, pocas veces suena tan inocente el trueno de la voz, que no le acompañe el rayo de la injuria. Es dificultosísimo en los que se encienden demasiado, regir de tal modo las palabras, que no se suelte una, o otra ofensiva.
14. El tercer abuso es la falta de explicación. Este defecto, aunque menos voluntario, no es menos nocivo. En él se incide frecuentísimamente. Muchas alteraciones porfiadísimas se cortarían felizmente sólo con explicar recíprocamente el arguyente, y el sustentante la significación, que dan a los términos. Es el caso, que muchísimas veces uno da a una voz cierta significación, y otro otra diferente; y uno le da significación más lata, otro más estrecha; uno más general, otro más particular. Entrambos dicen verdad, y entrambos se impugnan acerbísimamente, escandalizándose cada uno de lo que dice el otro. Entrambos dicen verdad, porque cualquiera de las dos proposiciones, en el sentido en que toma los términos el que la profiere, es verdadera. Con todo se van multiplicando silogismos sobre silogismos, y todos dan en vacío, porque en la realidad están acordes, y sólo en el sonido niega el uno lo que afirma el otro.
16. El cuarto abuso es argüir sofísticamente. Los Sofistas hacen un papel tan odioso en las Aulas, como en los Tribunales los tramposos. Entre los antiguos Sabios eran tenidos por los truhanes de la Escuela. Luciano los llamó Monos de los Filósofos. Y yo les doy el nombre de Titereteros de las Aulas. Una, y otra son Artes de ilusiones, y trampantojos. Platon (in Euthydemo) dice, que la aplicación a los Sofismas es un estudio vilísimo, y ridículos los que se ejercitan en él: Studium hoc vilissimum est, & qui in eo versantur, ridiculi. Poco antes había dicho (sentencia digna de Platon) que es cosa más vergonzosa concluir a otro con sofismas, que ser concluido de otro con ellos.
22. El quinto, y último abuso, o defecto, que hallamos en las disputas verbales, es la establecida precisión de conceder, o negar todas las proposiciones de que consta el argumento. Este defecto (si lo es) general [11], pues todos lo practican así. Pero entiendo, que muchos que lo practican, acaso los más, no lo hacen por dictamen de que eso sea lo más conveniente, sino por la casi inevitable necesidad, en que los pone la costumbre establecida. Ocurren muchas veces en el argumento proposiciones, de cuya verdad, o falsedad no hace concepto determinado el que defiende. Parece ser contra razón, que entonces conceda, ni niegue. ¿Por qué ha de conceder lo que ignora si es verdadero, o negar lo que no sabe si es falso? ¿Pues qué expediente tomará? No decir concedo ni nego, sino dudo. Esto manda la santa ley de la veracidad. En el caso propuesto, ni asiente, ni disiente positivamente: Luego concediendo, o negando, falta a la verdad; porque conceder la proposición, es expresar que asiente a ella; y negar, es manifestar que disiente positivamente. Sólo diciendo que duda, se conformarán las palabras con lo que tiene en la mente. Ni por eso se empantanará el argumento (que es el inconveniente, que se me podría objetar) porque al arguyente incumbe probar la verdad de su proposición, cuando duda de ella el que defiende, del mismo modo que si la negase.

miércoles, 23 de julio de 2008

De mi vida, de Juan Meléndez Valdés

De mi vida

    ¿Dónde hallar podré paz? ¿el pecho mío,
como alivio tendrá? ¿de mi deseo
quién bastará a templar el desvarío?

    Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo
todo enciende mi mal; todo alimenta
mi furor en su ciego devaneo.

    Se alza espléndido el sol y el mundo alienta
de vida y acción lleno; a mí enojosa
brilla su luz, y mi dolor fomenta.

    Corre el velo la noche pavorosa
bañando en alto sueño a los mortales,
y en plácida quietud todo reposa:

    yo solo en vela en ansias infernales
gimo, y el llanto mis mejillas ara,
y al cielo envío mis eternos males.
    ¡Ay! ¡La suerte enemiga cuán avara
desde la cuna se ostentó conmigo!
Jamás el bien busqué, que el mal no hallara.

    En cuitada orfandad, niño, de abrigo
falto, solo en el mundo, quien me hiciese
no hallé un halago o me abrazase amigo.

    ¿Justicia pudo ser que así naciese
para ser infeliz? ¿Que de mi seno
nunca el gozo señor ni un punto fuese?

    ¿Nacen los hombres a penar? ¿Ajeno
es el bien de la tierra? ¿O me castigas
a mí tan solo, Dios clemente y bueno?

    Perdona mi impaciencia, si me obligas
a tan míseras quejas: ¿por qué el crudo
dolor un breve punto no mitigas?
    ¿Por qué, por qué me hieres tan sañudo?
¿Quieres, justo Hacedor, romper tu hechura?
¿El polvo ¡ay padre! en qué ofenderte pudo?

    Da paz a este mi pecho: de la obscura
tiniebla en que mis pies envueltos veo,
llévame por tu diestra a la luz pura.

    El iluso y frenético deseo
rige, Señor, con valedora mano,
y haz la santa virtud mi eterno empleo.

    Yo de mí nada puedo: que liviano,
si asirle quiero, escapa; si frenarle,
de mi flaco poder se burla insano.

    ¡Cuántas, oh, cuántas veces arrancarle
del abismo do está! ¡Cuántas del puro,
del casto bien propuse enamorarle!
    ¡O si alcanzase en soledad seguro
vivir al menos! exclamé llorando.
Mi estado fuera entonces menos duro.

    Ferviente hasta el gran Ser la mente alzando,
la quieta noche, el turbulento día
pasara yo sus obras contemplando.

    Con el alba la célica armonía
de las aves del sueño me llamara,
y a las suyas mi lengua se uniría

    A adorar su bondad: cuando vibrara
más sus fuegos el sol, del bosque hojoso
la sombra misteriosa me guardara:

    si su pendón la noche silencioso
alzara, y en su trono, la alba luna
bañara el mundo en esplendor gracioso,

    yo sus pasos siguiendo de una en una
recordara, seguro de más daños,
las vueltas que en mí usara la Fortuna.

    Allí alegre riyera sus engaños,
su falaz ofrecer, el devaneo
de mis perdidos juveniles años.

    Amé, y hallé dolor: volví el deseo
a las ciencias, creyendo que serían
al alma enferma saludable empleo;

    las ciencias me burlaron: me ofrecían
remedios que mis llagas irritaban,
y a la hidalga razón grillos ponían.

    Dejelas, y corrí do me llamaban
la oficiosa ambición y los honores
entre mil que sus premios anhelaban;

    mas fastidieme al punto, y a las flores
me torné del placer tras un mentido
bien que a mi pecho causa mil dolores.

    ¡Oh! ¡Hubiese siempre en soledad vivido!
¡Siempre del mundo al ídolo cerrado
los ojos y a su voz mi incauto oído!

    Y hubiera tantas ansias excusado,
tanto miedo y vergüenza y cruda pena,
vigilia tanta en lágrimas bañado.

    Pero el cielo parece que condena
los hombres al error, y que se place
en que arrastren del vicio la cadena:

    Nunca el seguro bien nos satisface;
el placer nos fascina; la paz santa
morada nunca entre sus flores hace.

    ¿Quién hay que huelle con segura planta
la ardua senda del bien? Y ¿quién, perdida,
la torna a hallar y en ella se adelanta?

    Toda es escollos nuestra frágil vida:
tiende el vicio la red y la dañosa
Ocasión por mil artes nos convida.

    El deseo es osado cuan medrosa
y flaca la razón, a quien el oro,
a quien mirada encanta cariñosa:

    otro al son corre del clarín sonoro
tras la gloria fatal, y en grato acento
le suena el bronce horrible, el triste lloro:

    aquel con impía audacia al elemento
voluble se abandona en frágil nave,
y los monstruos de él mira contento.
    Nadie se rige por razón, ni sabe
qué codicia, qué teme, qué desea,
cuál cosa vitupere y cuál alabe.

    Así el hombre infelice devanea
sin que jamás el justo medio acierte,
y el mal de todos lados le rodea,
hasta que da por término en la muerte.