sábado, 5 de abril de 2014

Armando Palacio Valdés, La Biblioteca Nacional

LA BIBLIOTECA NACIONAL

Madrid posee una biblioteca nacional. Esta biblioteca se halla situada en la calle del mismo nombre que desemboca por un lado en la plaza de la Encarnación y por el otro en la de Isabel II. Es fácil reconocer el edificio. Además, posee en el barrio de Salamanca los cimientos de una nueva biblioteca construidos con todo lujo, perfectamente resguardados de la intemperie y rodeados de una bonita verja. Con tales elementos es fuerza convenir en que la capital de España no carece de medios de instrucción y que todo el que desee estudiar puede hacerlo. No obstante, una cosa me ha sorprendido siempre, y es que la biblioteca nacional no está tan concurrida como debiera suponerse, dado el número de habitantes y su reconocida afición a meterse en todos los sitios donde no cueste dinero. Quizá dependa de hallarse cerrada la mayor parte de las horas del día y de la noche. En cuanto a los cimientos, a pesar de ser tan bellos y sólidos, están siempre desiertos, lo cual les da un cierto aspecto de necrópolis pagana, no ciertamente en consonancia con los fines de su instituto, como dijo Pavía el del 3 de Enero hablando de la Guardia civil.

Pero dejando a un lado los cimientos, cuya importancia me complazco en reconocer y acerca de los que no será esta la última palabra que diga, y volviendo a la antigua biblioteca donde el gobierno de Su Majestad distribuye la ciencia por el sistema dosimétrico, esto es, en pequeñas dosis y repetidas, diré primeramente que tiene un portal muy análogo a una bodega, donde los sabios de mañana aguardan, tiritando y dando estériles patadas contra las losas para calentarse los pies, a que les abran la puerta. El frío es por naturaleza anti-científico, y desde los tiempos más remotos se ha ensañado siempre con los sabios. De aquí los sabañones que tanto caracterizan a los hombres de ciencia.

Arranca del portal una escalera medianamente espaciosa, cuidadosamente tapizada de polvo como conviene a esta clase de establecimientos, la cual termina en una portería o conserjería donde hay generalmente sentados seis u ocho señores ocupados en la tarea de mirar lo que entra y lo que sale y en charlar y discutir en voz alta a fin de que los que estudian dentro se acostumbren a concentrar su atención, como hacía Arquímedes en los tiempos antiguos.

—¿Me hacen ustedes el favor de una papeleta?—pregunta en actitud humilde el sabio, que ha llegado hasta allí tragando polvo.

El portero encargado de facilitarlas vuelve la cabeza y le dirige una mirada fría y hostil: después sigue tranquilamente la conversación empeñada.

—¿Cuánto te ha costado a tí la contrabarrera?

—Lo que cuesta en el despacho: el amo ha pedido tres a un concejal y me ha cedido una.

—¡Todos los pillos tienen suerte!

Mucha risa; mucha algazara. La conversación rueda después acerca de las probabilidades que Frascuelo tiene de echar la pata a Lagartijo: los toros eran de Veraguas, se podían lidiar con franqueza; sin riesgo; y el matador «se las tiraría de plancheta» como acostumbraba, sin...

—¿Me hace V. el favor de una papeleta? repite el sabio un poco más alto.

El portero le mira de nuevo con más frialdad si cabe, se levanta lentamente, moja el dedo para sacar una papeleta del montón y dice:

—Pues yo te aseguro que no pago primadas; a última hora ha de andar más bajo el papel...

—¿Quiere V. darme una papeleta?—dice el sabio con impaciencia.

—¿Tiene V. prisa, verdad, caballero?—responde el dependiente con cierta sonrisilla irrespetuosa.

El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obra famosa, aunque reciente, y entra en el salón principal de la biblioteca. En cada extremo de él hay un grupo de señores convenientemente separados de los que leen arrimados a las mesas. El sabio de mañana vacila entre dirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la izquierda; decídese al fin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo lógicamente. Uno de los señores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de leerla le examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase de sonsacarle, mediante su aspecto, qué intención perversa le había movido al venir hasta allí en demanda de un libro. Después que se entera del que pide, crecen evidentemente sus sospechas porque le acribilla a miradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto sabio baja la vista avergonzado, juzgándose un matutero de la ciencia. El empleado, sin dejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le mira también con cuidado y la pasa a otro, y así sucesivamente pasa por todas las manos del grupo hasta que llega nuevamente a las del primero, el cual se la devuelve diciendo:

—Vaya V. allí enfrente.

Y nuestro sabio atraviesa el salón y se dirige al grupo contrario, donde sufre el mismo examen por parte de la inspección facultativa del gobierno, y se repite con ninguna variante la escena anterior. Al devolverle la papeleta le dicen también:

—Vaya V. allí enfrente.

—Ya he estado.

—Entonces vaya V. al Índice... la primera puerta a la derecha.

En el Índice, un señor empleado lee con toda calma la papeleta, y sin decirle palabra desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio espera una buena media hora tocando el tambor sobre las rejas de la valla con las yemas de los dedos. De vez en cuando levanta la vista a los estantes donde en correcta formación se halla una muchedumbre de libros feos, rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de aquellos libros se acuerda ya de cuándo fue sacado para ser leído. De ahí su respetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las más respetables; los senadores, los capitanes generales, los académicos, los canónigos. Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muy gordas la palabra Ópera. No se ve en torno más que óperas; óperas arriba, óperas abajo, óperas delante, óperas detrás. En esto llega el señor empleado del Índice, silencioso siempre como un pez, y en lugar del libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado de crisálida no sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedos al papel hasta que percibe dos palabritas de distinta letra debajo de su petición: no consta. El sabio, que es bastante listo, comprende en seguida que con aquellas palabras se quiere decir que no hay semejante libro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo han sido y han ido a leer a la biblioteca de la nación. Ningún libro reciente consta. ¿Y por qué había de constar? ¿No perdería mucho de su prestigio esta biblioteca, admitiendo sin dificultad cualquier libro de ayer mañana? La biblioteca nacional no puede proceder como la de un particular; para que un libro tenga la honra de entrar en sus salones es necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conoce nada mejor para garantir la ciencia que una serie de años, cuantos más mejor. Un libro nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bien entre aquellas dignas y graves óperas, preñadas hasta reventar de latín y de ciencia.

Nuestro sabio torna a la portería meditando todo esto, y escribe sobre otra papeleta el título de un libro sobre filosofía, del siglo trece. La papeleta vuelve a pasar por las manos de los señores de los extremos; pero esta vez, sin que el sabio adivine la razón, se miran consternados los unos a los otros. Por último uno de ellos le dice en tono humilde:

—Caballero, el libro que V. pide está en uno de los últimos estantes y es un poco expuesto subir a buscarle... ¡Si a V. le fuese indiferente pedir otro!...

¡Pues no había de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos. Nada, nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querría nuestro sabio exponer la preciosa vida de ningún empleado del Gobierno. Así que, pian pianito vuelve sobre sus pasos hasta la portería, atormentando la imaginación para buscar una obra que fácilmente le pudiesen proporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedir el Quijote.

—¿Qué edición quiere V.?

—La que V. guste.

—¡Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino la edición que nos piden.

—Bien, pues la de la Academia.

—Tenga V. entonces la bondad de consignarlo así en la papeleta.

Vuelta a la portería. Al fin, después de una brega tan larga y deslucida, tiene la dicha de recibir el Quijote de manos del empleado. El sabio deja escapar un suspiro de consuelo: estaba sudando. Trata de sentarse a una de las mesas que hay esparcidas por la sala, sobre las cuales, para que nada llame y distraiga la atención, no suele haber ni pupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada más que la madera lisa y reluciente, invitando al estudio y a la patinación. Al tomar una de las sillas, observa con dolor que está cubierta de polvo y quizá de algo más. ¿Qué tiene esto de particular? La ciencia y la porquería no son enemigas declaradas: antes al contrario, parece que aquélla vive dichosa en los brazos de ésta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. La sagrada Teología, muy especialmente, siempre ha tenido marcada predilección por la suciedad. En otro tiempo se medía la profundidad de un teólogo por la cantidad de grasa que llevaba adherida a la sotana. También la literatura manifestó siempre tendencias bastante pronunciadas en este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las provincias, que nuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quien se le saltan las lágrimas de entusiasmo contando alguna gran asquerosidad de Carlos Rubio, o la manera de vivir de Marcos Zapata,—por más que respecto a este último, como amigo suyo que soy, puedo declarar que hay exageración. Fundándose, a no dudarlo, en tales razones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la biblioteca nacional una conveniente y adecuada porquería, de cuya conservación están encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.

Nuestro sabio en agraz, que aún no ha llegado a las altas regiones de la ciencia, y que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que le prestarían en la investigación de la verdad aquellas manchas grises de la silla que mira con sobresalto, saca el pañuelo del bolsillo y lo coloca bonitamente sobre ella, sentándose después lleno de confianza.

¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca el sombrero sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprime mortalmente los sabañones; ya tose y se arranca la flema de la garganta; ya trae el libro hacia sí, ya mira con curiosidad el sello de la Academia estampado en la primera página; ya empieza a leer.

«En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco.....»

Tilín, tilín.

—¿Qué es eso?—pregunta con sorpresa al compañero que tiene al lado.

—Nada, que tocan a cerrar—contesta el otro levantándose.

El sabio entonces se levanta también; le sigue; devuelve el Quijote al empleado de quien lo recibiera; y se va a su casa.

viernes, 31 de enero de 2014

A la muerte de Juan de Padilla, Félix Mejía

“A la muerte de Juan de Padilla”, El Zurriago núm. triple 67-68 y 69, [octubre] 1822, pp. 7-10.

A LA MUERTE DE JUAN DE PADILLA.

Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni, Lucano, Farsalia.

“La causa de los vencedores plugo a los dioses, pero la de los vencidos plugo a Catón”.

Cúbrese el cielo y rompe horrisonante
el rayo su prisión; el ronco trueno
en los cóncavos montes se repite
con tremendo zumbar, áspero silbo
lanza el ábrego airado
y se estremece el orbe consternado.

Ruge el abismo y de su seno arroja
la desgracia y la muerte, y no a su aspecto
hace temblar al justo, que, inmutable,
sigue de la virtud que venerara
el sagrado sendero:
más fuerte el justo es que el orbe entero.

Ciñera España con la regia insignia
de un extranjero la ambiciosa frente,
y él, cual maligna sierpe que devora
al mismo incauto do encontrara abrigo,
ingrato maltratara
la nación que hasta el solio le elevara.

El capricho fue ley; a sus mandatos
tembló la humanidad. De oro sediento
la Iberia saqueó que so la grave
mole del duro trono estremecida,
opresa, quebrantada,
maldijo tarde su elección errada.

Y calló envilecida y ni un suspiro
osó exhalar. ¿Qué fuera de su esfuerzo,
de su antiguo valor? ¿Del gran Pelayo
los belicosos hijos sus cervices
así inclinan al yugo
que imponerles a un déspota le plugo?

Uno sólo se alzó. Sólo Padilla
de libertad el grito penetrante
osara al aire dar. Lo oyó el tirano
y en su solio tembló. Pálido tinte
vierte el miedo en su frente
y mil espectros en su opaca mente.

Empero, luego los rabiosos ojos
gira en torno de sí y a sus legiones
llama a lid fratricida. ¡Y hay soldados
que sostienen al monstruo que, insolente,
hace una befa impía
de un pueblo sin el cual nada sería!

Le obedecen y marchan. Truena el bronce
mil muertes arrojando y, al impulso
del acero español, sangre española
los campos enrojece y… ¡Oh destino!
¡Oh, patria desgraciada,
en Villalar por fin encadenada!

Atroz sonrisa al contemplar su triunfo
baña la faz del déspota ominoso.
Arde ya en sed de sangre. “Muera” –dice–
“el que rebelde a mi mandar se opuso,
y España en su exterminio
a respetar aprenda mi dominio”.

Dice y, bajas las cejas y reunidas,
sus pupilas ocultan. Blanca espuma
vierten los negros labios, humo arroja
por la abierta nariz, convulso tiembla,
le sofoca la ira:
sólo venganza el corazón respira.

Parte el héroe al suplicio. Débil lloro
lanzan los viles que lidiar no osaron.
Los venales traidores que vendieran
a su patria infeliz el pecho sienten
de horrenda angustia lleno,
y él, que marcha a morir, marcha sereno.

“¿Y qué yo he de temblar? ¿Será la muerte
la que pueda espantarme e impetrando
un indigno perdón ante las plantas
de mi opresor caeré? ¿Y él sonrïendo
mirará su victoria,
y mi flaqueza realzará su gloria?

¡Ah! No, nunca será. Tiembla el malvado,
pero no el inocente. Sea Padilla
fuerte en morir cual en lidiar lo fuera,
no se diga temió. Y más no admire
el orbe confundido
a Carlos vencedor que a mí vencido.

¿Será que pueda un bárbaro decreto
cubrir de infamia la virtud honrosa?
Me apellidan traidor, mas dondequiera
que exista un solo pecho de la patria
en amor inflamado,
será mi nombre sin cesar loado.”

Con tan dulce esperanza envanecido
a la muerte camina. Su cabeza
con majestad se alza, y en sus ojos
brilla un fuego de gloria. Firme el paso,
la presencia imponente,
virtud y honor respira solamente.

Parece que va al triunfo. El aparato
ve de su muerte sin temor. Tan sólo
con una tierna lágrima un suspiro
lanzara por su esposa; luego, ufano,
“Adiós” –dice– “Castilla”,
y ofrece el cuello a la feroz cuchilla.

viernes, 10 de enero de 2014

Del Conde Bernardino de Rebolledo.

Romance heroico en que el Conde Bernardino Rebolledo resume su vida.


Señor Marqués, ya debo a Madrid canas
y tales experiencias que pudieron,
desengañando toda la esperanza,
templar no poca parte del deseo.
Tarde resplandeció la entena herida
de los frecuentes ímpetus del Euro,
al bajel que despojó al Océano
en quedando desnudo inútil leño.
Mas no malogra tanto navegante
que sabe aprovechar el escarmiento 
y no vuelve a arrojarlo la borrasca 
de incierto golfo a los peligros ciertos. 
Desde el umbral primero de la vida 
que predomina horóscopo severo, 
apenas había Júpiter contado 
los signos una vez del firmamento 
cuando me arrebató marcial influjo 
de la tranquilidad del patrio suelo 
y a padecer me destinó la suerte 
los daños de los climas mas opuestos. 
Del atlántico mar surqué las ondas, 
pasé de Alcides el feroz estrecho, 
costeando desde él hasta las Sirtes 
a Libia, fértil solo de venenos, 
Echinades y Strofades del Jonio, 
Cíclades y Sporades del Egeo, 
el Bósforo de Tracia y el Euripo, 
fatal enigma del mayor ingenio. 
De Trinacria los ángulos distantes 
de Paquino, Peloro, Lüibeo; 
de Scila los horrísonos ladridos 
oí en Caribdis resultar los ecos. 
Del Etna vi las vengativas llamas,
castigo del insulto de Tifeo, 
las Eólidas, fragua de Vulcano, 
que llaman Efestíades los Griegos. 
De Palinuro el túmulo enriscado
que las ondas están siempre mordiendo,
de Vesubio la entonces verde cumbre
y la frondosa tumba de Miceno.
De las dulces Sirenas y de Circe
los deseados y temidos riesgos
y varias veces cuantos se dilatan
de la boca del Tibre a la del Ebro.
De los montes de Calpe a los de Jura,
de donde nace adonde muere el Reno, 
de donde se termina el Apenino
hasta donde fenece el Pirineo.
Discurrí del Danubio la corriente
hasta donde se mezcla con el Eno,
de la selva de Ardenia hasta la Ercinea
y lo que hay desde el Alvis hasta el Duero.
Desde el mar aquitánico a las islas
Sellis, y boca del Britano Cenio,
de Avon, Sabrina y Támesis que pagan
a las bélgicas ondas fertil feudo.
De donde Scalda y Mosa comunican
sus corrientes y tráfagos con ellos
hasta donde las iras de Neptuno
rendidas yacen a prisión del hielo.
De mar y tierra peligrosos trances,
en viajes, en sitios, en reencuentros,
las noticias me dieron que se ganan
a infelices y prósperos sucesos.
En otros tantos repetidos lustros
ocupé siete militares puestos
a continuos trabajos conseguidos  
y a más costa de sangre que de tiempo.
De peregrinaciones tan remotas,
quebrantado el espíritu y el cuerpo,
apenas hay sentido que se atreva
a explicar legalmente los objetos.
Y, como son de las demás potencias
comunes y forzosos instrumentos, 
en todas reverberan los indicios 
de la ruina que el todo está temiendo. 
La memoria no acuerda lo que debe, 
ni lo discurre ya el entendimiento, 
con que, la voluntad, desalumbrada, 
tiene por fortüitos los aciertos. 
Cuando pude obligar a la Fortuna, 
esperanzas cogí que llevó el viento: 
¿intentaré la posesión ahora, 
ella, tan inconstante, y yo, tan viejo? 
¿Quién habrá que no acuse desvarío 
que en la temeridad malogra esfuerzos 
y, tantas veces della maltratado, 
hacer en sus halagos otro empeño? 
Además, que temiera de la envidia 
más irreconciliables los denuedos, 
y que no perdonase en los comicios 
a quien ha despreciado en los destierros. 
Estación es de recoger las velas 
y procurar seguridad de puerto, 
huyendo los escollos de la Corte, 
como las rocas de Ino y Cafareo. 
Congojose al entrar en Antioquía 
Catón, de ver un gran recibimiento; 
mas la severidad destempló en risa 
cuando le preguntaron por Demetrio. 
Que la modestia y la verdad, desnudas 
de la prosperidad del valimiento, 
en edades tenidas por mejores, 
desestimaron por un vil liberto. 
Mal podré contrastar peligros tales
destitüido de favor y medios, 
culpa no sé si de la suerte o mía, 
y de salud para trabajos nuevos. 
Pues supongo que beso al Rey la mano 
y, con ingenuidad, le represento 
que, de los seis septentrionales años, 
solo informar por negativas puedo 
si bien examinar he procurado 
los designios y máximas, atento, 
y, como Artofilao, de las dos Osas, 
observar los remisos movimientos. 
Queda de mi persona con cuidado, 
llévole yo de ver los consejeros, 
hábloles menos veces que los hallo, 
dicen siempre lo mucho que merezco...
Pasa un mes, otro mes y quizás años
en que gasto lo poco que no tengo:
sucédeme lo mesmo que otras veces,
que es hallarme con gota y sin dinero.
Pero viene un papel del Secretario, 
en que estaba librado mi consuelo, 
pago con alborozo las albricias 
envueltas en mayor ofrecimiento. 
Ábrolo con más gusto que recato, 
y, en presencia de todos, deletreo 
este fecundo parto, que los montes 
a tantas diligencias concibieron: 
que los de Terrenate se han quejado 
del embarazo que hay en el comercio 
con el rey de Tidore, a cuya causa 
es fuerza despacharle un mensajero, 
y que su Majestad, asegurado
por diversas consultas del Consejo, 
de mis servicios, méritos y partes 
hace elección de mí para este empleo; 
que se están ya formando los despachos 
remitiéndolo todo a mi buen celo, 
y se manda, con órdenes precisas, 
que de Chile me acudan con el sueldo... 
Manifestando mi razón y achaques,
insto, ruego, suplico y aun protesto,
sin perdonar solicitud ni costa,
y, después, me resigno como suelo,
desestimando proprias conveniencias, 
y todas las injurias del enero; 
fïado de la fe del Oceano, 
voy a Tidore, en fin, y, en fin, no vuelvo. 
He corrido del mundo lo que basta 
a disculpar cualquiera desaliento; 
lo restante andaré con los compases, 
en las tablas de Blao y Tolomeo. 
Acuérdome que ha poco que leía, 
en filósofo grave, aunque moderno, 
un discurso que prueba doctamente 
cuán del todo a la patria nos debemos 
y, con no leve persuasión, prohíbe 
convertirnos en polvo forastero, 
teniendo por delito no volverle 
este, que de ella recibido habemos. 
Sócrates, sin salir jamás de Grecia, 
pretende ser de todo el universo; 
yo, que con los extraños he vivido, 
morir entre los proprios apetezco 
y, ya que por trabajos tan frecuentes
de mi posteridad los desheredo, 
no negarles las últimas reliquias 
reducidas a breve monumento 
y esperar este formidable golpe, 
que ni evitar ni prevenir podemos, 
meta fatal de tan antigua estirpe, 
donde lo recibieron mis abuelos. 
Es el sitio más sano que apacible, 
pero estoy a los ásperos tan hecho, 
que, sin la circunstancia de ser propio, 
aun no dejara de juzgarlo ameno. 
La eminencia corona de un collado,
(que hay coronas también de poco precio:
las de roble y encina preferían
los romanos al oro y el electro).
Iria, de ellos entonces celebrada,
(no la de Flavio, que al Padrón concedo)
hoy Irián, del estrago de los siglos
defender ha podido el nombre entero.
Órbigo de preciosa arena engasta
caudaloso cristal a breve trecho
que dos copiosas fuentes solicitan,
un sonoroso arroyo componiendo.
Esto solo estará donde solía;
lo demás, destrozado, como vemos
de ordinario [en] mayores posesiones,
no tan desamparadas de sus dueños.
Montes las heredades, el albergue
dando señas de sí con los cimientos
y, si ha quedado habitación, gozada
de las fieras por casa de aposento.
Árboles que a mi vista se plantaron
y sazonados frutos produjeron, 
faltos ya de vigor, caducos troncos, 
a la llama darán sólo alimento. 
Los que vi niños ya serán ancianos, 
los que mozos, desnudos esqueletos: 
así trasiega el hado nuestras vidas, 
como las hojas proceloso cierzo. 
Todo me acordará lo que se olvida
tan del todo en los áulicos estruendos;
ensayarme a morir allí querría,
tanto como he vivido acá muriendo.
Pondré cuidado en disponer un cuarto 
y dar acomodado alojamiento 
a los libros, que son con quien más trato, 
puesto que con escasa luz los veo. 
Fácil, y no más de una, la comida, 
el ejercicio, mucho, y no violento; 
nieve para el verano y una estufa 
que vuelva primaveras los inviernos. 
Sin cirujano, médico, botica 
ni contagioso dogma de Galeno 
que, por herir en más que lo visible, 
a las almas llamó "temperamento". 
Si el arte puede dilatar las vidas, 
con esto solo prorrogarla creo, 
y, si no, temeré menos la muerte 
cuanto más desarmada de remedios. 
Es la moderación, que lo bastante
procura, despreciando lo superfluo, 
suficiente tesoro cuando mide 
a la necesidad nuestros afectos, 
sin andar, como cínico, desnudo,
ni tener, como Lúculo, quinientos 
o cinco mil, según refiere Horacio, 
mantos que tiria púrpura bebieron. 
Si ha de morir esclavo de Cambises, 
¿de qué le sirve la riqueza a Creso 
ni a Craso, si el escarnio de los Partos 
ha de ser su ambición, por ella muerto? 
Jactancioso el ratón de haber roído 
el lazo en que el León estaba preso, 
olvidado de sí, repite instancias 
pidiéndole su hija en casamiento: 
él, por no defraudar tan gran servicio, 
como rey generoso, de igual premio, 
se la concede, celebrar las bodas 
con magnífica pompa prometiendo. 
Mas, al darle la novia los abrazos 
le penetró las uñas hasta el pecho, 
y quedó castigada de la dicha 
la presunción del vano atrevimiento. 
Después de tantos inmortales triunfos 
hace Scipión sagrado de Linterno
y, por no contentarse con los suyos, 
sin sepultura yace el gran Pompeyo. 
Quien no pudo vencer a la Fortuna, 
procure la victoria de sí mesmo 
y establezca dominio en las pasiones, 
dignidad que tan pocos adquirieron. 
La soledad es dulce compañía
del que no desconoce sus provechos, 
de la quietud inexpugnable alcázar, 
apetecida patria del silencio. 
A consagrar por ella me dirijo
del desengaño en el oculto templo 
estos que tarde la razón procura 
limar de mi prisión tenaces hierros. 
¿Quién no sale peor del gran tumulto? 
¿Quién no se descompone al mal ejemplo? 
Pecar sin ocasión, aun en los brutos 
tiene dificultad el torpe exceso.
Las Virtudes parecen a las Musas 
en ser tan inclinadas a los yermos, 
que quiere introducirlas en la Corte, 
y dan en la Tebaida con Arsenio. 
Ya que no me prometa conseguirlas, 
lo que de mi constancia me prometo, 
fuera de peligrosos embarazos, 
desearlas podré con más sosiego. 
Gózase la sazón en la campaña
de todo lo que da cada elemento 
y ellos se comunican más propicios, 
libres de los concursos turbulentos. 
El agua por nativos manantiales, 
risa y salud está siempre vertiendo, 
el aire, perfumado de las plantas, 
subministra aromáticos alientos. 
La tierra, matizada de colores,
presume competencias con el cielo, 
que se deja admirar con más espacio 
y se recata de la vista menos. 
Esa brillante población de luces 
que del sol obedece los preceptos 
no nos influye tanto como alumbra 
de su Autor al común conocimiento. 
Y con los misteriosos eslabones
de la cadena que describe Homero, 
a la primera causa nos conduce 
por la contemplación de sus efectos. 
De todo ser universal origen, 
de toda inteligencia único centro, 
unidad a que todo se reduce, 
principio y fin de todo movimiento 
en que se logra cierta la esperanza, 
y más que cabe en ella poseemos, 
descansan felizmente los cuidados 
y viven inmortales los contentos. 
Basta que el empeñar caudal tan corto
en tan profunda inmensidad recelo,
perdonad lo prolijo del discurso,
y no extrañéis la novedad del metro.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Luis Rogelio Nogueras, El último caso del inspector

El último caso del inspector.

El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.

El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día antes de lo previsto,
después de un largo viaje.

La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.

El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.

El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Defensa de la metáfora, de Luis Rogelio Nogueras

Del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras

Defensa de la metáfora


El revés de la muerte (no la vida)
el que clama por agua (no el sediento)
el sustento vital (no el alimento)
la huella del puñal (nunca la herida)

Muchacha antidesnuda (no vestida)
el pórtico del beso (no el aliento)
el que llega después (jamás el lento)
la vuelta del adiós (no la partida)

La ausencia del recuerdo (no el olvido)
lo que puede ocurrir (jamás la suerte)
la sombra del silencio (nunca el ruido)

Donde acaba el más débil (no el más fuerte)
el que sueña que sueña (no el dormido)
el revés de la vida (no la muerte)

sábado, 12 de octubre de 2013

El durmiente del valle y un famoso pasaje de Arthur Rimbaud

C'est un trou de verdure où chante une rivière
accrochant follement aux herbes des haillons
d'argent; où le soleil, de la montagne fière,
luit: c'est un petit val qui mousse de rayons.


Un soldat jeune, bouche ouverte, tête nue,
et la nuque baignant dans le frais cresson bleu,
dort; il est étendu dans l'herbe sous la nue,
pâle dans son lit vert où la lumière pleut.


Les pieds dans les glaïeuls, il dort. Souriant comme
sourirait un enfant malade, il fait un somme:
Nature, berce-le chaudement: il a froid.


Les parfums ne font pas frissonner sa narine;
il dort dans le soleil, la main sur sa poitrine
tranquille. Il a deux trous rouges au côté droit.


El durmiente del valle


Un hoyo de verdor, por el que canta un río 
enganchando, a lo loco, por la yerba, jirones 
de plata; donde el sol de la montaña altiva 
brilla: una vaguada que crece en musgo y luz.


Un soldado, sin casco y con la boca abierta, 
bañada por el berro fresco y azul su nuca, 
duerme, tendido, bajo las nubes, en la yerba, 
pálido, en su lecho, sobre el que llueve el sol.


Con sus pies entre gladios duerme y sonríe como 
sonríe un niño enfermo; sin duda está soñando: 
Natura, acúnalo con calor: tiene frío.


Su nariz ya no late con el olor del campo;
duerme en el sol; su mano sobre el pecho tranquilo; 
con dos boquetes rojos en el lado derecho.

Je veux être poète, et je travaille à me rendre voyant: vous ne comprendrez pas du tout, et je ne saurais presque vous expliquer. Il s'agit d'arriver à l'inconnu par le dérèglement de tous les sens. Les souffrances sont énormes, mais il faut être fort, être né poète, et je me suis reconnu poète. Ce n'est pas du tout ma faute. C'est faux de dire: Je pense: on devrait dire: On me pense. − Pardon du jeu de mots. − Je est un autre. Tant pis pour le bois qui se trouve violon, et nargue aux inconscients, qui ergotent sur ce qu'ils ignorent tout à fait!

Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas yo sé expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte y haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir: me piensan. — Perdón por el juego de palabras. — Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!

jueves, 5 de septiembre de 2013

José Zorrilla, Introducción a La leyenda del Cid, 1882

 José Zorrilla tomó posesión en 1885 de su plaza en la Academia escribiendo para la ocasión un famoso discurso en verso en que rechaza la poesía callejera y sin idealismo y reduce a ritmo, brillo y musicalidad el don de su poesía, en la que declara haber perdido la fe, haciéndose una muy dura autocrítica: ''Divagador y descriptor difuso, / productor tan sin plan como sin ciencia, / y versificador tan laberíntico / que con versos labré rombos y trenzas, / si es flor mi poesía, es inodora, / rítmica y musical, mas sin ideas / poeta sin doctrina ni enseñanza, / útil al bien social ¿de mí qué resta? / Humo de antorchas y rumor de aplausos, / lo único que de sí rastro no deja: / el humo se disipa al exhalarse / y el aplauso subsiste lo que suena''

Pero el eco becqueriano había depurado su poesía notablemente, como se ve en la "Introducción" a La leyenda del Cid, 1882, después del preambulo pintoresco de la descripción de Burgos:

Corona condal de España, 
floronada de castillos, 
empenachada de torres 
hechas de encaje finísimo; 
ciudad labrada con piedras, 
cuyo alto valor artístico 
en cada muro te ofrece 
de diamantes un cintillo; 
reina cuya cabellera 
da al viento, en lugar de rizos, 
dos trenzas de hebras de roca 
de sutileza prodigios, 
con vistosísimas plumas 
trabajadas en granito, 
dos cinceladas agujas 
primores del arte ojivo, 
asombro de las naciones, 
mofa del viento y los siglos, 
de su blasón lambrequines 
y de su gloria obeliscos; 
ciudad madre de los reyes 
y los hidalgos invictos 
que dieron en tus solares 
al reino español principio: 
muy noble ciudad de Burgos, 
sultana de los castillos, 
oye lo que con el alma 
en estas hojas te digo; 
y haz cuenta que respetuoso 
ante tus puertas me hinco, 
para ofrecerte de hinojos 
un ejemplar de este libro. 

Nobilísima ciudad, 
aunque no nací tu hijo, 
por ser madre de mi madre 
te tengo filial cariño. 
De los campos que a tu asiento 
sirven de alfombra en un pico, 
del viejo Muño a la falda 
y a la sombra de un sotillo, 
hay un rincón de tu tierra 
que fue de mi madre y mío, 
donde ésta con su memoria 
me ha dejado un paraíso. 
Ya ves que son burgaleses, 
aunque tu hijo no he nacido, 
la sangre que en mí circula 
y el aire con que suspiro. 
Por eso te he amado siempre, 
y, mientras ciego y perdido 
erré por mar y por tierra 
del mundo en el laberinto, 
en medio de sus escollos, 
a través de sus peligros, 
por encima de sus glorias 
y a despecho de su olvido,  
tu recuerdo siempre fresco, 
como laurel inmarchito, 
arraigado en mi memoria 
sombreando mi alma ha ido. 
Fotografiado he llevado 
en mis pupilas el sitio 
donde a orillas del Arlanza 
elevas tus edificios; 
y el susurro de tus olmos, 
y el murmullo de tu río, 
y el timbre de tus campanas 
he llevado en mis oídos. 
De ti jamás un recuerdo 
me dio al corazón martirio, 
de ti jamás una espina 
se me enconó en el espíritu. 
Tus memorias, juguetonas 
cual tus corderos merinos, 
sabrosas como tu leche, 
doradas como tus trigos, 
por doquier para mí fueron 
de mis penas lenitivo, 
de mis esperanzas faro, 
de mis dolores alivio. 
Tu espolón entre dos puentes, 
el torreado frontispicio 
del arco imagineriado 
que restauró Carlos quinto, 
tus desmantelados cubos, 
tus arabescos postigos, 
tus agudos campanarios, 
tus cruceros cupulinos, 
tus filigranadas torres, 
tus nobles templos tan ricos 
en cresterías y mármoles, 
en verjerías y vidrios, 
en las naves prodigados, 
en sepulturas y nichos, 
bóvedas, y botareles, 
ajimeces, balconcillos, 
pórticos, escalinatas, 
pasamanos, fustes, plintos, 
por camarines y claustros 
de detalles tan prolijos, 
de labor tan minuciosa, 
de tan diferente estilo 
crestonado, alicatado, 
losanjeado, laberíntico, 
fenicio, celta, romano, 
godo, árabe, bizantino 
esas mil partes, en fin, 
que forman el nunca visto 
conjunto del noble todo, 
que hace del Burgos antiguo 
por el nuevo abigarrado 
un cuadro característico, 
original, pintoresco, 
sin par, y palpable y vivo, 
se conservó en mi memoria 
perennemente esculpido. 
Por eso te he amado, Burgos 
y al volver de un ostracismo, 
que no por ser voluntario 
menos amargo me ha sido, 
corrí anheloso a tu seno 
como a su oasis nativo 
vuelve a través del desierto 
el árabe peregrino. 
Tú, ciudad leal y noble, 
con espontáneo cariño 
reconociste al poeta 
vagabundo y fugitivo; 
abrazaste al hijo prodigo, 
le diste en tu hogar asilo, 
le diste asiento en tu mesa, 
convocaste a los amigos, 
y celebraste su vuelta 
cual la de tu hijo legítimo, 
con saraos, serenatas, 
convites y regocijos. 
Por eso te adoro. Burgos: 
porque la primera has sido 
que de mi niñez quisiste 
volver a escuchar los himnos; 
y aunque echaste en ellos menos 
cuando volvistes a oírlos 
los juveniles arranques 
de su vigor primitivo, 
no me los desestimaste; 
pues sabes que si es preciso 
morir o llegar a viejo, 
envejecer no es delito. 
Por eso he determinado, 
mas que audaz, agradecido, 
dedicarte este volumen, 
tan sin valor por ser mío. 

Porque ¡ay de mí! noble Burgos, 
no tengo para ello títulos: 
pues nada soy en el mundo, 
ni nada jamás he sido. 
Yo que marché por la tierra 
solo, independiente, altivo, 
dejando entre sus zarzales 
fui pedazos de mí mismo. 
Yo no he creído jamás 
en la fe de los políticos, 
y nunca viento a mis ver.sos 
ha dado ningún partido. 
Yo que luz, ni poesía, 
ni fe en mis tiempos he visto, 
poeta ignaro y excéntrico 
extraño a los tiempos míos, 
evocando los recuerdos 
de las centurias que han sido 
he vivido entre las ruinas 
cual solitario pelícano; 
razas y revoluciones 
han girado en torno mío 
sin poder arrebatarme 
ni un solo instante en su giro. 
Y a fuerza de ocupar siempre 
el centro del remolino 
social, que todo lo mueve 
arrastrándolo consigo, 
he llegado a estacionarme: 
y, anonadado y perdido, 
a fuerza de no ser nada 
no doy razón de mí mismo. 
Así que no me preguntes, 
Burgos, quién soy ni qué he sido, 
do voy ni de dónde vengo, 
porque no sabré decírtelo. 
Soy un átomo amante, 
que voy sonoro 
por la atmósfera errante, 
do canto y lloro; 
pero mi canto 
no se sabe si es nunca 
cantar o llanto. 

I

Yo mismo tal vez ignoro 
quién soy y de donde vengo, 
dónde voy y por qué tengo 
triste o gayo el corazón. 
Tal vez de alegría lloro, 
tal vez de tristeza canto, 
mas de mi himno y de mi llanto 
no sé acaso la razón. 
Burgos, siento que es mi alma 
de tinieblas un abismo, 
y yo dentro de mí mismo 
no osé nunca penetrar. 
¿Quién soy, dó voy, de dó vengo, 
por qué canto, por qué lloro? 
¡Pregunta al viento sonoro 
dónde va, sobre la mar! 
Pregunta a sus verdes ondas 
de dónde vienen: pregunta 
al agua por qué se junta 
para hacer un nubarrón; 
pregunta quién es al astro 
que radia en el firmamento, 
pregúntale al sentimiento 
por qué hiere al corazón. 
Mal quién soy quien me pregunte, 
su curiosidad emplea; 
¿qué os importa quién yo sea, 
de dó vengo y dónde voy? 
Yo soy un ave de paso 
a quien Dios dio una voz suave: 
¿os gusta el canto del ave? 
Oídme, cantando estoy. 
Mas ¿quién es, os dice el ave, 
a quien tenéis enjaulada? 
No; pero, si preguntada, 
os pudiera responder, 
os diría, ¿qué os importa 
mi plumaje ni mi acento? 
yo soy una hija del viento, 
dejadme al viento volver. 
Ave de paso, quién sea 
que no me pregunte nadie: 
dejad al astro que radie, 
dejad al viento vagar, 
dejad que el mar en la playa 
rompiendo sus ondas siga, 
sin que sus ondas os diga 
de dónde vienen, el mar. 
Dejad cuajarse a la niebla 
que por la atmósfera sube, 
sin preguntar a la nube 
por qué revienta en turbión; 
y dejad libres que canten 
el pájaro y el poeta; 
¿quién mide ni quién sujeta 
su vuelo y su inspiración? 
¡Dejadme: ave de paso 
que nunca anida 
y que vuela al acaso 
sola y perdida, 
yo siempre he ido, 
por el aire del mundo 
solo y perdido! 

II 

¿Quién soy? — No sé. — Voz suelta sin pecho que la exhale, 
voz que ella misma ignora su germen productor, 
que busca sólo acaso que el aire la propale, 
yo soy tal vez un eco de incógnito rumor; 
mas eco procedente de mal sondado abismo, 
que vive por sí mismo, de sí germinador, 
yo soy la voz perdida que va todos los ecos 
buscando que del mundo se esconden en los huecos, 
para corear con ellos un himno al Criador. 

Yo soy la voz que agita perdida en las tinieblas 
la gasa trasparente del aire sin color,
que sobre el tul ondula de las flotantes nieblas, 
que del dormido lago se mece en el vapor. 
Voz de hálito amoroso que con afán aspira 
los cálidos efluvios de inextinguible amor: 
y, cuando entre las nieblas y los vapores gira 
los himnos exhalando con que de amor delira, 
se embriagan con el ámbar de amor con que respira, 
suspiran con el hálito de amor con que suspira 
el pájaro, el insecto, y el árbol, y la flor. 
Tal vez soy ese incógnito 
vano lamento 
que en los vacíos ámbitos 
se oye del viento. 
Su son perdido 
¿quién sondará si es nunca 
canto o gemido?

¿Quién soy? — Lo ignoro. — Tengo en mi ser 
tinieblas tales, tal confusión, 
que a un tiempo siente pena y placer, 
ansia y hastío mi corazón. 
Hoy desdichado, feliz ayer, 
jamás descifro mi condición, 
y mi voz nunca puedo saber 
si es un lamento o una canción. 
Misterios deben del alma ser: 
pero yo de ellos en conclusión 
Solo averiguo que por doquier 
pedazos dejo del corazón. 
Yo soy como el arroyo; 
desde que brota, 
por do va en cada hoyo 
deja una gota: 
que es mi destino 
dejar gotas del alma 
por mi camino. 

III 

¿Quién soy? — ¡Quién sabe! — Mi ser ignoro: 
mas de armonía guardo un tesoro: 
y, siendo armónica mi condición, 
átomo suelto, libre, sonoro, 
donde hallo un eco produzco un son. 
Y, ya se exhale de un arpa de oro, 
ya de una ermita del esquilón, 
ya del aullido de un muecín moro, 
ya de las turbas en rebelión, 
ya de un insecto que errante zumbe, 
ya de una gruta que honda retumbe, 
ya de un torrente que se derrumbe 
ya del bramido del aquilón 
que el roble añoso crujiendo abata, 
que atorbelline la catarata, 
que los peñascos de la mar bata, 
o los cimientos de un torreón, 
cuanto a mi paso despierta un eco 
sordo, estridente, trémulo, hueco, 
cóncavo, agudo, vibrante o seco, 
en mí una fibra tocando armónica 
encuentra unísona repetición; 
y el son más débil, más fugitivo, 
me presta el tema, me da el motivo 
de una plegaria o una canción. 
Y en una peña desencajada, 
en la cruz puesta sobre un camino, 
en una torre desvencijada, 
en el murmullo del mar vecino, 
en los escombros de un monasterio, 
en la flor única de un cementerio, 
en el arranque de un puente hundido, 
en el fragmento de una inscripción; 
en algo móvil que no haga ruido, 
en algo oculto que dé un sonido, 
en algo ha mucho puesto en olvido, 
fundo una historia, sondo un misterio 
de que dar cuenta o explicación. 

Con una brisa que el aire plega 
de una neblina que el aura azula, 
hago un relato que se desplega 
de todo un libro por la extensión, 
como un arroyo que de una vega 
por entre el césped corriendo juega, 
y ya se avanza, ya se recula, 
ya sobre él pasa, ya no le llega, 
ya se derrama, ya se acumula, 
ya se desborda y el llano anega, 
ya en un remanso creciendo ondula, 
ya sobre el musgo de un coto salta, 
ya de menudas gotas le esmalta 
y huye brincando por la pradera, 
desparramando su agua parlera 
por la vertiente de la ladera 
hasta que, escaso de agua y de son, 
de su postrera lágrima rota 
la última gota se hunde y agota 
de arena seca por la absorción. 
Así de un fútil recuerdo vago, 
de la más nimia suposición, 
campo y escena de cuentos hago 
do mis delirios pongo en acción. 
Yo soy como la hormiga: 
do quier recoge 
el granillo y la espiga 
para su troje: 
y a su hormiguero 
marcado con su huella 
deja el sendero. 

IV

¿Quién soy? — ¿Cuál es mi sino? 
¿Quién sabe? Peregrino 
que gira sin camino 
del mundo en rededor, 
lo mismo en los sillares 
do apoyan sus pilares 
los domos seculares 
del templo del Señor, 
que al pie de los lentiscos 
de los agrestes riscos, 
donde hace sus apriscos 
el mísero pastor, 
recojo los cantares 
y cuentos populares 
que narra en sus hogares 
el vulgo, de sus lares 
ignaro historiador. 
Yo hago una historia de una patraña, 
que oigo a la ciega superstición 
contar al fuego de una cabaña 
de un aguacero de invierno al son. 
Convierto en tiernos cuentos sencillos 
de los pastores la relación, 
y a los palacios y a los castillos 
voy a hacer luego su narración. 
Mas, por do quiera voy anudando 
con almas tiernas honda afección; 
y por do quiera que voy pasando, 
pedazos dejo del corazón. 
Yo soy como la abeja; 
que en los rosales 
toma la miel que deja 
luego en panales: 
y a su colmena 
del dulce de las flores 
va siempre llena. 

V

¿Quién soy? — ¿Quién lo sabe? — Yo mismo lo ignoro. 
Creyente sincero del Dios en quien fío, 
a él solo me humillo, y a él solo le imploro, 
do quier le he hallado velando en bien mío; 
do quier le bendigo, le canto y le adoro: 
do quier sus creencias evoco con brío; 
cantar mi fe firme no tengo a desdoro: 
no tengo del pobre vergüenza o desvío, 
mi pan con él parto, su mal con él lloro: 
y no me da nunca recelo ni hastío 
su sórdido traje, su oscura mansión. 
Los más escondidos rincones exploro, 
y en todos a todos mi fe les confío, 
contando a los unos un cuento sombrío 
y haciendo con otros ferviente oración. 
Tal es mi destino: sin oro ni hogares, 
excéntrico, errante, locuaz, vagabundo, 
mi herencia son solo mi fe y mis cantares 
do quier que me lleva mi fe por el mundo, 
y allí donde un día mi espíritu mora, 
yo soy el consuelo del alma que llora: 
yo cierro las llagas que el tiempo no cura 
con bálsamo suave de amor y ternura: 
yo riego la herida que encona la ausencia 
de dulces recuerdos de amor con la esencia; 
y a mí me confían su afán y sus cuitas 
las almas que abrigan pasiones secretas 
a eterno silencio y misterio sujetas, 
y cuyas historias conservo yo escritas. 
Yo vivo con esas: yo sé sus azares: 
yo lloro con ellas su afán y pesares, 
yo parto con ellas su oculta aflicción: 
y cuando abandono por fin sus hogares, 
la hiel de sus penas las vuelvo en cantares 
y mi alma las mando bajo una canción. 
Yo soy como las nubes, 
que los vapores 
derraman hechos lluvia 
sobre las flores; 
mi alma es un vaso 
que miel vierte en las almas 
que encuentra al paso. 

VI 

¿Quién soy? — Tú no lo ignoras, ¡oh patria a quien adoro! 
tú, cuyas tradiciones son mi único tesoro, 
cuya futura gloria mi solo sueño de oro, 
cuya afición y estima son mi único laurel: 
tú, que eres sola el germen de mi cantar sonoro, 
que para ti acompañan el pastoril rabel, 
el caracol marino y el tarabuk del moro, 
la lira de la Grecia y el arpa de Israel. (1)
Yo soy átomo frágil a quien el viento mueve, 
insecto susurrante que zumba sin cesar, 
el trovador errante del siglo diez y nueve 
que cruza mar y tierras en brazos del azar, 
y voy, de mi fe mártir, mas fiel a mi destino, 
a España por do quiera cantando sin cesar; 
y por do quiera francos encuentro en mi camino 
amigos que me esperan y hospitalario hogar. 
Como una ave de paso 
que nunca anida 
y que vuela al acaso 
sola y perdida, 
yo siempre he ido 
por el aire del mundo 
solo y perdido. 
Pero ave como el águila 
de noble vuelo, 
la voz para mis cánticos 
busco en el cielo: 
y donde alcanza 
mi voz va derramando 
fe y esperanza. 

VII

¿Comprendes, noble Burgos, de crónicas archivo, 
de tradición venero, de inspiración tesoro, 
por qué como poeta con tus recuerdos vivo, 
por qué como a la madre que me engendró te adoro? 
¿Comprendes por qué el estro que en mí atesoro 
no puede decir nunca si canto o lloro, 
y que por eso incierto siempre mi canto 
unas veces es himno y otras es llanto? 
¿Comprendes que al poeta libre y amante 
da Dios la voz y el alma para que cante, 
y que por eso en hojas doy a los vientos, 
pedazos de mi alma, cantos y cuentos? 
Ya de la mía, Burgos, tienes las llaves: 
de mi llanto y mis himnos la causa sabes. 
Ya de hoy no me preguntes quién soy, qué tengo, 
dónde voy, ni de dónde cantando vengo. 
Vengo del Occidente 
do muere el día, 
a volver al Oriente 
mi poesía; 
y en tus hogares 
a volver a mis cuentos 
y a mis cantares. 

VIII 

Y como desde el primer día 
en que pude oír y hablar, 
mi madre me entretenía, 
con los cuentos que sabia 
de Ruy Díaz de Vivar, 
cifra primera de gloria 
de la castellana historia 
y del burgalés solar, 
de Ruy Díaz la memoria 
voy la primera a evocar. 
Mas no esperes que con pompa 
de homérica entonación 
emboque la épica trompa, 
y, al romper mi canto, rompa 
en épica invocación. 
No: va a acompañar mi acento 
un viejo y tosco rabel; 
con él canto, y me contento 
con que oiga mi pueblo atento 
lo que le cante al son de él. 
A que mi patria me entienda, 
no aspira a más mi ambición; 
otro, prez y honras pretenda; 
mi atmósfera es la leyenda, 
mi campo la tradición. 
Si en tal aire cojo viento 
y en tal campo hacino mies, 
Burgos, no llevo otro intento 
sino que en tu hogar asiento 
entre tus hijos me des. 

Notas

(1) Retoma aquí unos versos de La flor de los recuerdos (1855), suprimiendo el primero:

Yo soy aquel poeta cuyo cantar sonoro
acordes acompañan el pastoril rabel,
el caracol marino y el tarabuk del moro,
la lira de la Grecia y el arpa de Israel.

Estos versos serán evocados luego por Rubén Darío en el Autorretrato (1904) que abre la segunda etapa de su poesía,:

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra  de luz por la mañana

domingo, 11 de agosto de 2013

Poema clásico de Rumi (Persia, siglo XIII)

¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozco a mí mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni de Rizwán.
Mi lugar es el sinlugar, mi señal es la sinseñal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor, los dos mundos han desaparecido de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana