viernes, 23 de enero de 2015

Poemas sociales del siglo XVIII. Arroyal y Cienfuegos

León de Arroyal 

Oda XXIII

“En alabanza de Juan Fernández de la Fuente, labrador honrado de la villa de Vara de Rey”
Canto a un felice anciano
coronado de espigas y de frutos
del plácido verano,
no gobernando los neptúneos brutos
con esmaltado freno,
sino los tardos bueyes
y su rebaño por el campo ameno.

Canto un hombre estimado
de todos sus vecinos y parientes,
y lo que es más, honrado
aun de viciosas y malignas gentes,
aquellos que sus días
gastan mordiendo honras
con sus murmuraciones y falsías.

Canto un varón constante
en los trabajos de su larga vida
de parcitud amante
y no de riqueza desmedida:
canto un hombre prudente,
trabajador, sufrido,
a Juan Fernández canto de la Fuente.

Él no en ilustre cuna
se crio, ni emprender pudo lustrosa
carrera, ni Fortuna
le subió a una eminencia prodigiosa;
ni vio la adusta guerra
donde es el más famoso
el hombre que destruye más la tierra.

Nació en una aldeílla
cerca a Vara de Rey, y allí criose
en la vida sencilla
del campo ¡oh Dios!, y de ella alimentose
ochenta y cuatro años
que cuenta con luz clara
de lo que es este mundo y sus engaños.

Ni pudo el mal ejemplo
de algunos holgazanes infestarle:
desde su casa al templo
y del templo a su casa era encontrarle,
pero nunca en el juego
ni tampoco en la plaza,
ni entre el lascivo y execrable fuego.

Jamás dijo mentira,
ni se verificó que a uno engañase,
ni pudo hacer la ira
que, sin razón, cólerico, injuriase;
ni de empeños a fuerza,
ni a fuerza de dinero,
se vio jamás que la justicia tuerza.

Siendo nombrado alcalde
(aunque de él con entera repugnancia)
administró de balde
la justicia, no haciendo su ganancia
la pérdida de algunos,
que, atropelladamente,
se meten en mil pleitos importunos.

Ninguno tuvo queja
de su modo de obrar, ni la censura
del vulgo, que no deja
delito sin castigo, le fue dura:
quien le ha necesitado
siempre le halló propicio,
para servir a todos preparado.

Sin libros y sin ciencia,
aunque sí con un alma esclarecida,
sabe por su experiencia
más que muchos de aquellos que la vida
en estudiar gastamos,
y en mucho se aprovecha
más que acá nuestra ciencia aprovechamos.

A costa de fatiga
y sudor trabajó en la primavera
de su edad cual la hormiga
que los rigores del invierno espera,
y en su vejez ahora,
sin cansar al pariente,
come el trabajo que antes atesora.

Él buen vecino ha sido
y buen juez, buen hijo y buen hermano,
y ha sido buen marido,
y, por decirlo todo, buen cristiano.
Su conducta inculpable,
a lo que ver se deja,
a su Dios y a los hombres es amable.

¿Quién, quién habrá que pueda
no envidiar una vida tan sencilla
y pura, aunque la rueda
de Fortuna le tenga allá en la silla
primera del estado
hecho objeto de envidia
sobre todos los otros sublimado?

¡Oh hombre el más dichoso
de todos los mortales!
Vive, vive en tu dulce reposo
y este pequeño don de mí recibe
con natural bonanza;
aunque yo no te alabo:
a tu virtud va toda la alabanza. 


"En alabanza de un carpintero llamado Alfonso"

Nicasio Álvarez Cienfuegos


Virtutem... invenies... callosas habentem manus.

SÉNECA, De vita beata, 7.

Yo lo juré: mi incorruptible acento         
vengará la virtud, que lagrimosa         
en infame baldón yace indigente.          
En despecho del oro macilento              
y de ambición pujante y envidiosa,     5          
mil templos la alzaré do reverente,          
sus aras perfumando          
al orbe su loor iré cantando.             
Nobles magnates, que la humana esencia             
osasteis despreciar por un dorado     10          
yugo servil que ennobleció un Tiberio,          
mi lira desoíd. Vuestra ascendencia          
generación del crimen laureado,          
vuestro pomposo funeral imperio,              
vuestro honor arrogante,     15          
yo los detesto, iniquidad los cante.             
¿Del palacio en la mole ponderosa          
que anhelantes dos mundos levantaron          
sobre la destrucción de un siglo entero,              
morará la virtud? ¡Oh congojosa     20          
choza del infeliz! A ti volaron          
la justicia y razón desde que fiero,          
ayugando al humano,          
de la igualdad triunfó el primer tirano.                 
Dilo tú, dilo tú, pura morada     25          
del íntegro varón: taller divino          
de un recto menestral... Adonde, adonde...          
¿Quién sacrílego habló? ¿Qué lengua osada          
se mueve contra mí porque apadrino              
a la miseria do virtud se esconde     30          
mi Apolo condenando,          
innoble y bajo al menestral llamando?             
¿Innoble? ¡Oh monstruo, en el profundo Averno          
perezca para siempre tu memoria              
y tu generación! ¿Eternamente     35          
habremos de ignorar que el sempiterno          
es Padre universal? ¿Que no hay más gloria          
ante su rectitud inteligente          
que inflexible justicia,              
ni más baldón que la parcial malicia?     40             
Fue usurpación, que la verdad nublando,          
distinciones halló do sus horrores          
se ilustrasen. Por ella la nobleza,          
del ocioso poder la frente alzando,              
dijo al pobre: soy más; a los sudores     45          
el cielo te crió; tú en la pobreza,          
yo en rico poderío,          
tu destino es servir, mandar el mío.             
¿Y nobles se dirán estos sangrientos              
partos de perdición, trastornadores     50          
de las eternas leyes de natura?          
¿Nobles serán los locos pensamientos          
de un ser que innatural huella inferiores          
a sus hermanos, y que audaz procura              
en sobrehumana esfera     55          
divinizar su corrupción grosera?             
¿Pueden honrar al Apolíneo canto,          
cetro, toisón y espada matadora,              
insignias viles de opresión impía?     60         
 ¿Y de virtud el distintivo santo,          
el tranquilo formón, la bienhechora          
gubia su infame deshonor sería?          
¿Y un insecto envilece          
lo que Dios en los cielos ennoblece?                 
Levantaos, oh grandes de la tierra;     65          
seguid mis pasos, que a su tumba oscura          
Alfonso os llama. Enhiestos y brillantes          
con más tesoros que Golconda encierra,          
de vuestra claridad y excelsa altura              
presentad los blasones arrogantes,     70          
que a los vuestros famosos          
él ya a oponer sus timbres virtuosos.             
Recibiólo al nacer sacra pobreza          
para seguirle hasta el postrer aliento.              
Nació, y oyendo su primer vagido     75          
voló la enfermedad, y con dureza          
quebrantó su salud, eterno asiento          
fijando en él. Se queja, y al quejido          
desde el Olimpo santo              
baja virtud para enjugar su llanto.     80             
Crece, y sus padres con placer miraron          
crecer en él la cándida inocencia.          
Corrió su edad, esclareció su mente,          
y ya su pecho y su razón le hablaron.              
Mira en torno de sí, y es indigencia     85          
cuanto miró; y al contemplar doliente          
su familia infelice,          
un escoplo tomó, y así le dice:             
«Objeto de mi amor ¡ay!, sólo es dado              
el sustento al afán, y sólo el vicio     90          
se alimenta sin él. ¡Ley adorable          
de mi adorable autor! El triste estado          
ves de mis padres, cuánto sacrificio          
merezco a su cariño infatigable;              
ellos de noche y día     95          
compran con su dolor la dicha mía.             
¿Por siempre gemirán? Es tiempo ahora          
de amparar su vejez. Escoplo amigo,          
ya te puedo gritar; mi brazo fuerte              
a ti se acoge; tu favor implora;     100          
tú mi apoyo serás y firme abrigo          
contra el hambre y maldad; harás mi suerte          
hasta el día postrero,          
y yo te juro ser fiel compañero.                 
Empieza, empieza; y favorable el cielo     105          
bendiga tu empezar, y a tus labores          
dé rico galardón; puedas un día          
de mi triste familia ser consuelo.          
Puedas ¡ay!, de mi padre los sudores              
para siempre limpiar; y en compañía     110          
de su divina esposa          
cerrar los ojos en quietud dichosa.             
Y entonces ¡ay!, cuando orfandad doliente          
siembre en mis días soledad y lloro,              
¿adónde llevaré la débil planta     115          
que temple mi dolor? Tú de mi mente          
las fúnebres imágenes que honoro          
piadoso aparta, y la antorcha ardiente          
al amor concediendo              
con su dulce esposa mi penar partiendo.     120             
Modelo de virtud su fértil seno          
sabrá reproducir multiplicadas          
sus virtudes sin fin. Gozos filiales,          
el bien os ame; su cruel veneno              
no os soplen las maldades prosperadas.     125          
Estudiad los ejemplos maternales          
mientras la mano mía          
guarda vuestra niñez de la hambre impía.             
¡Seductora ilusión! ¡Oh quién me diera              
en salud floreciente mis labores     130          
no interrumpir jamás! Dios poderoso          
que paternal desde tu augusta esfera          
del infeliz recibes los clamores,          
yo me postro ante ti; vuelve piadoso              
hacia mí tu semblante,     135          
y mi quebranto cesará al instante.             
Yo no deseo la opulenta suerte          
de una alta condición; tú me la diste;          
cual tuyo adoraré mi humilde estado.              
Mas, ¡oh mi padre!, que tu brazo fuerte     140          
siempre me aparte de la senda triste          
del vicio; y que a tu acento recobrado          
mi vital desaliento          
en mi labor recoja mi sustento.»                 
Dijo, y obró; y al verle, estremecido     145          
el infierno tembló; y el vicio adusto          
miró caer su cetro fulminante.          
Por tres veces Alfonso repetido          
por los ángeles fue; y el nombre augusto              
de esferas en esferas resonante     150          
dijo el Ser soberano:          
este es el hombre que crió mi mano.             
Ven, oh tierra; venid, cielos hermosos,          
cantad las alabanzas del Eterno,              
y admirar su poder imponderable;     155          
ved entre los anhelos trabajosos,          
el hambre y el oprobio sempiterno,          
un Carpintero vil; inestimable          
tesoro en él se encierra:              
es la imagen de Dios, Dios en la tierra.     160             
Es el hombre de bien; oscurecido          
en miseria fatal, nubes espesas          
su virtud anublaron, despremiada          
su difícil virtud. Si enardecido              
de la fama al clarín arduas empresas     165          
obra el héroe, su alma es sustentada          
con gloriosa esperanza;          
mas la oscura virtud ¿qué premio alcanza?             
El desprecio, el afán, y la amargura;              
tal fue de Alfonso el galardón sangriento.     170          
Sacrificado a la inmortal fatiga,          
¿cuál fruto recogió? La parca dura          
debilitando su vital aliento          
desde el mismo nacer, hizo enemiga              
que en trabajo inclemente     175          
fuera estéril sudor el de su frente.             
Veía a sus hijos y su amante esposa          
en las garras del hambre macilenta          
prontos a perecer. En vano, en vano              
la enfermedad ataba poderosa     180          
sus miembros al dolor. Su alma atenta          
al ajeno sufrir, su estado insano          
olvida, y en contento          
dobla por sus amores su tormento.              
¡Oh tú, esposa feliz de un virtuoso,     185          
perpetua infatigable compañera          
de su eterna aflicción! Teresa amable,          
¿no es cierto que jamás tu santo esposo          
murmuró en su pesar? ¿Que lastimera              
su pobreza adoró? ¿Que inviolable     190          
su planta religiosa          
huyó de la maldad menos costosa?             
Y vosotros, oh prendas inocentes          
de Alfonso, hablad. Decidnos las lecciones              
que os dictó ejecutando; los dolientes     195          
que tierno consoló; los angustiados          
que su hambre sustentó; los corazones          
que su atractivo ejemplo       
llevó rendidos de virtud al templo.              
Bondad fue su vivir; en su semblante     200          
hablaba la deidad. ¡Oh cuántas veces          
mi espíritu en respetos abismado          
ante tu majestad probó el triunfante          
imperio de virtud. Mis altiveces              
allí desparecían, y humillado     205          
a sus palabras santas,          
tal vez quiso besar sus dignas plantas.             
Yo le vi... yo le vi... ¡Funesto día!          
Para siempre le vi... Pálida muerte              
volaba en torno de él. ¡Infortunado!,     210          
que el penúltimo sol entonces veía.          
Jamás, jamás, su enfurecida suerte          
ostentó más rigor. Desfigurado          
con furibundo acento              
me demandó su postrimer sustento.     215             
¡Sacrosanta virtud? ¿Tú suplicante          
a mí, débil mortal? Tú, tú lo viste,          
Omnipotente Dios, el amargura          
que mi pecho bebió en aquel instante.              
Nunca el sol para mí lució más triste;     220          
lloré mi dicha, deseé la tumba oscura,          
y ¡ojalá quien me diera          
que en el lugar de Alfonso padeciera!             
Disipad, destruid, oh colosales              
monstruos de la fortuna, las riquezas     225          
en la perversidad y torpe olvido          
de la santa razón; criad, brutales          
en nueva iniquidad, nuevas grandezas          
y nueva destrucción; y el duro oído              
a la piedad negando,     230          
que Alfonso expire, en hambre desmayando.             
¿Esto es ser noble? Vuestro honor sangriento          
en la muerte de Alfonso: ¡ay, ay, que expira!          
Pesadumbres huid; cesad siquiera              
de atormentar su postrimer aliento.     235          
Inútil ruego. Adonde el triste mira,          
aflicción. Con sus hijos lastimera          
su esposa se le ofrece;          
y cuanto sufrirán, él lo padece.                 ¡
Dolorido varón! Ni un solo día     240          
alegre te miró: ni un solo instante          
rió tu probidad. Torvos doctores,          
vos que enseñáis que con la tumba fría          
cesan el bien y el mal, ved expirante              
a Alfonso. Su virtud entre dolores;     245          
¿es nada, es nombre vano,          
o hay un otro vivir para el humano?             
Hay otro estado donde espera el justo          
eterno galardón. ¡Ah!, vuela, vuela,              
del santo Alfonso espíritu dichoso     250          
a la patria inmortal, adonde augusto          
te llama el Dios que justiciero vela          
por su amada virtud. Paró nubloso          
su invierno, y placentera              
ya le ríe inmortal la primavera.     255             
Goza, goza en la paz inalterable          
el fruto dulce de tu amable vida.          
Bebe de las delicias, que en torrentes          
manan sin descansar del Inefable.              
Yo entre tanto a la tumba oscurecida     260          
iré do tus cenizas inocentes          
yacen, y mis dolores          
mitigaré cubriéndola de flores.             
Iré, la bañaré con triste llanto              
en tributo anual; y cuando horrendo     265          
el falso vicio deslumbrarme intente,         
allí te buscaré. Tu nombre santo          
invocará mi voz, y el vicio huyendo,        
a mi clamor la sombra reverente              
saldrá, y en soplo frío     270          
volverá la virtud al pecho mío.             
¡Oh sepulcro que guardas el reposo          
de tan justo mortal! Hasta la muerte          
has de ser mi lección. Tú la inocencia              
me enseñarás; lo honesto y virtuoso     275          
leeré en tu oscuridad; harás que fuerte          
sepa amar el afán y la indigencia;          
y que allí atrincherado          
huelle el poder del crimen entronado.

sábado, 10 de enero de 2015

Diego Gómez Manrique, Querella de la gobernación

Exclamación y querella de la Gobernación

I (adaptado al castellano moderno y la métrica actual

II (en versión original)

I

  Cuando Roma conquistaba
y Quinto Fabio regía 
y cuando Escipión guerreaba, 
Tito Livio así escribía: 
"Las doncellas y matronas, 
por la honra de su tierra, 
desguarnecían sus personas 
para sostener la guerra". 

   En el pueblo donde moro 
al necio le hacen alcalde; 
hierro precian más que oro, 
la plata danla de balde. 
La paja guardan los tontos 
y dejan perder los panes, 
cazan con los aguiluchos, 
cómense los gavilanes. 

   Queman los nuevos olivos, 
guardan los espinos tuertos, 
condenan a muchos vivos,  
quieren salvar a los muertos. 
Los mejores valen menos: 
¡mirad qué gobernación: 
ser gobernados los buenos 
por los que tales no son! 

   La fruta, por el sabor 
se conoce do ha nacido, 
y por el gobernador 
el gobernado navío: 
los cuerdos huir debían 
pues los locos mandan más, 
que, cuando los ciegos guían, 
¡ay de quien viene detrás! 

   Que villa sin regidores 
su triunfo será muy breve; 
la casa sin moradores 
muy prestamente se llueve; 
los puercos que van sin canes 
pocos matan las armadas; 
las huestes sin capitanes 
nunca son bien gobernadas. 

   Los zapatos sin las suelas 
mal conservan a los pies; 
sin las cuerdas las vihuelas 
hacen el son que sabéis. 
El que da oro sin peso 
más pierde por la fechura; 
quien se guía por su seso 
no va lejos de locura. 

   En arroyo sin pescado 
yerro es pescar con cesta, 
y por monte muy ruidoso 
trabajar con la ballesta. 
Sin castigar los perjuicios 
es gran locura vivir, 
y donde no hay servicios 
remunerados, servir. 

   Cuanto más alto es el muro, 
más hondo cimiento quiere; 
de caer está seguro 
el que en él nunca subiere. 
Donde sobra la codicia 
todos los bienes carecen;
en el pueblo sin justicia, 
los que son justos padecen. 

   Y la iglesia, sin letrados, 
es palacio sin paredes; 
no toman grandes pescados 
con las muy delgadas redes. 
Que haya mancebos sin viejos 
es peligroso alear; 
grandes hechos sin consejos 
siempre salieron a mal. 

   En el caballo sin freno 
va su dueño temeroso; 
sin el gobernalle bueno 
el barco va peligroso; 
sin que ejecuten las leyes 
maldito es el bien que traen; 
los reinos sin buenos reyes, 
sin adversarios se caen. 

   Una mesa sin manjares 
no harta los convidados; 
sin vecinos, los lugares 
pronto serán asolados. 
La nao sin el patrón 
no puede ser bien guïada; 
do gobierna la afición 
hay peligrosa morada. 

   Las ovejas sin pastor 
destruyen las heredades; 
religiosos sin mayor 
grandes cometen maldades. 
Las viñas sin viñaderos 
las cosechan caminantes; 
las cortes sin caballeros 
son como manos sin guantes. 

   El golpe dará liviano 
la mano si no hay espada; 
y la espada sin la mano 
no dará gran cuchillada. 
Las gentes sin los caudillos 
muy flacamente guerrean; 
los capitanes sencillos 
por cada hombre pelean. 

   Es peligro navegar 
en galera sin los remos, 
y mucho más conversar 
con quien sigue los extremos. 
Pues, si la conversación 
es con los tales dañosa, 
por cierto su sujección 
muy más será peligrosa. 

   Hombres de armas sin jinetes 
perezosa montan guerra; 
las naos sin sus barquetes 
mal se abastecen de tierra.
Los menudos sin mayores 
son cual pasillos sin salas; 
los grandes sin los menores 
son como halcones sin alas. 

   Que así como dan las flores 
perfección a los frutales, 
así los grandes señores 
a los palacios reales, 
y los príncipes derechos 
lucen sobre ellos, sin falla, 
así como ricos techos 
sobre la hermosa muralla. 

   Al tema quiero tornar 
de la ciudad que nombré, 
pues duró su prosperar 
cuanto bien regida fue; 
pero, después que reinaron 
codicias particulares, 
sus grandezas se tornaron 
en despoblados solares. 

                    Fin 

   Todos los sabios dijeron 
que las cosas mal regidas 
cuanto más alto subieron 
mayores dieron caídas. 
Por esta causa recelo 
que mi pueblo con sus calles 
habrá de venir al suelo: 
por falta de gobernalles. 

II (versión crítica reconstruida por Sara Russo)

Quando Roma prosperava,      1
Quinto Fabio la regía
e Çipión guerreava
Tito Libio descrivía.
Las donzellas e matronas         5
por la onra de su tierra
desguarnían sus personas

para sostener la guerra.

II

En un pueblo donde moro
al neçio fazen alcalde,             10
fierro preçian más que oro,
la plata danla de balde;
la paja guardan los tochos
e dexan perder los panes,
caçan con los aguilochos         15

comense los gavilanes.

III

Queman los nuevos olivos,
guardan los espinos tuertos,
condenan a munchos bivos
quieren salvar a los muertos. 20
Los mejores valen menos:
¡mirad que governaçión
ser governados los buenos

por los que tales no son!

IV

La fruta por el sabor            25
se conoçe su natío,
e por el governador
el governado navío.
Los cuerdos fuir devrían
de do locos mandan más,    30
que quando los çiegos guían,

¡guay de los que van detrás!

V

Que villa sin regidores
su triunfo será breve,
la casa sin moradores         35
muy prestamente se llueve.
De puercos que van sin canes
pocos matan las armadas,
las huestes sin capitanes

nunca son bien governadas

VI

Los çapatos sin las suelas,
mal conservarán los pies;
sin las cuerdas las viyuelas
fazen el son que sabés.
El que da oro sin peso       45
más pierde de la fechura,
quien se guía por su seso,

no va lueñe de locura

VII

En arroyo sin pescado,
yerro es pescar con çesta,     50
e por monte traqueado
trabajar con la ballesta.
Do no punen malefiçios
es gran locura bevir,
e do no son los serviçios      55

remunerados, servir.

VIII

Quanto más alto es el muro,
más fondo çimiento quiere;
de caer está seguro
aquel que nunca subiere.      60
Donde sobra la codiçia
todos los bienes falleçen;
en el pueblo sin justiçia

los que son justos padeçen.

IX

La iglesia sin letrados           65
es palaçio sin paredes;
no toman grandes pescados
con las muy sotiles redes.
Los mançebos sin los viejos
es peligroso metal;                70
grandes fechos sin consejos

sienpre salieron a mal.

X

En el cavallo sin freno
va su dueño temeroso;
sin el governalle bueno      75
el barco va peligroso.
Sin secutores las leyes
maldita la pro que traen,
los reinos sin buenos reyes

sin adversarios se caen.      80

XI

La mesa sin los manjares
no farta los conbidados;
sin vezinos los lugares
presto serán asolados.
La nao sin el patrón             85
no puede ser bien guiada;
do rigen por afiçión

es peligrosa morada. 

XII

Las ovejas sin pastor
destruyen las heredades;       90
religiosos sin mayor
grandes cometen maldades.
Las viñas sin viñaderos
logranlas los caminantes;
las cortes sin cavalleros        95

son como manos sin guantes.

XIII

El golpe fará liviano
la mano sin el espada;
el espada sin la mano
no dará gran cuchillada.        100
Las gentes sin los caudillos
muy flacamente guerrean;
los capitanes senzillos

por sendos onbres pelean

XIV

Es peligro navegar                105
en galea sin los remos,
mas mayor es conversar
con quien sigue los estremos.
Pues si la conversaçión
es con los tales dañosa,         110
por çierto la sojuçión

muncho será peligrosa.

XV

Onbres d'armas sin ginetes
perezosa fazen guerra;
las carracas sin barquetes      115
mal se sirven de la tierra.
Los menudos sin mayores
son corredores sin salas;
los grandes sin los menores

como falcones sin alas.         120

XVI

Que bien como dan las flores
perfeçión a los frutales,
así los grandes señores
a los palaçios reales;
e los prinçipes derechos        125
luzen sobr'ellos sin falla,
bien como los ricos techos

sobre fermosa muralla.

XVII

Al tema quiero tornar
de la çibdad que nonbré     130
cuyo duró prosperar
quanto bien regida fue;
pero después que reinaron
cudiçias particulares,
sus grandezas se tornaron   135

en despoblados solares.

Fyn

XVIII

Todos los sabios dixieron
que las cosas mal regidas
quanto mas alto subieron     140
mayores dieron caídas.
Por esta causa reçelo
que mi pueblo con sus calles
avrá de venir al suelo

por falta de governalles. 


Maupassant, Noche de nieve

Guy de Maupassant,

NOCHE DE NIEVE

La llanura está blanca, sin voz ni movimiento
Ni un ruido, ni un sonido; la vida se ha apagado.
Solo se escucha a ratos el fúnebre lamento,
que en un rincón del bosque lanza un perro extraviado.
No hay en el aire cánticos ni parvas en las eras.
Calló sobre los campos el invierno ceñudo.
Los árboles semejan fantasmas o quimeras
y cubren con sudarios su esqueleto desnudo.
La luna lleva prisa, parece que está yerta; 
su redondez resbala por el azul de hielo,
mira triste a la tierra, y al verla tan desierta
huye por los espacios perdiéndose en el cielo.
Fantástica cascada de frío son sus rayos
vertiéndose en la helada llanura, y a lo lejos
la palidez difusa que siembra en sus desmayos
espejea en la nieve con siniestros reflejos.
¡Pobrecitos los pájaros sin cobijo abrileño!
Sopla entre escalofríos el viento en la alameda
y por mucho que ahuequen su plumaje de seda,
sus patitas se hielan y huye de ellos el sueño.
En las ramas desnudas, que tienen piel de hielo,
entre las frialdades de luna, viento y selva,
tiritan desvalidos, con un piar muy leve,
y esperan a la aurora, que acaso nunca vuelva.

miércoles, 25 de junio de 2014

La muerte de Orestes según la Electra de Sófocles

Habiendo venido Orestes a la más noble asamblea de la Hélade,
a fin de combatir en los Juegos Délficos,
oyó la voz del heraldo anunciar la carrera por la cual se abrían las luchas;
y entró, resplandeciendo de belleza, y todos le admiraban;
y, cuando hubo franqueado el estadio de un extremo a otro,
salió, obteniendo el honor de la victoria. No sabría decir,
en pocas palabras, las innumerables grandes acciones y la fuerza
de un héroe semejante. Debes saber, únicamente, 
que volvió a alcanzar los premios de la victoria
en todos los combates propuestos por los jueces de los juegos.
Y todos lo llamaban dichoso y proclamaban
al argivo Orestes, hijo de Agamenón,
aquel que reunió en otro tiempo el ilustre ejército de la Hélade.
Pero las cosas son así: que, si un dios nos envía una desgracia,
nadie es bastante fuerte para escapar a ella. En efecto,
el día siguiente, cuando el rápido combate de los carros
tuvo lugar al levantarse Helios, entró con numerosos rivales.
Uno era acayo, otro de Esparta, y otros dos eran libios
y hábiles en conducir un carro de cuatro caballos. Orestes,
que era el quinto, llevaba yeguas tesalias; el sexto venía de Etolia
con fieros caballos; el séptimo era magneta; el octavo,
con caballos blancos, era de Enia; el noveno era de Atenas,
fundada por los Dioses; en fin, un beocio estaba en el décimo carro.
Manteniéndose erguidos, después que los jueces hubieron asignado,
según la suerte, el puesto de cada cual, en cuanto la trompeta de bronce
hubo dado la señal, se precipitaron, excitando a sus caballos y sacudiendo riendas,
y todo el estadio se llenó del estrépito de los carros resonantes;
y el polvo se amontonaba en el aire; y todos, mezclados juntamente,
no ahorraban aguijar, y cada uno quería adelantar a las ruedas
y a los caballos agitados del otro; porque éstos arrojaban su espuma
y sus ardientes resoplidos sobre las espaldas de los conductores
de carros y sobre el círculo de las ruedas. Orestes, acercándose
al último límite, lo rozaba con el eje de la rueda, y, soltando las riendas
al caballo de la derecha, contenía al de la izquierda. Ahora bien: en aquel momento,
todos los carros estaban todavía en pie, pero entonces,
los caballos del hombre de Enia, hechos duros de boca,
arrastraron el carro con violencia, y, al volver,
como, acabada la sexta vuelta, comenzaban la séptima,
chocaron de frente con las cuadrigas de los libios.
Una rompe a otra y cae con ella, y toda la llanura de Crisa
se llena con aquel naufragio de carros. El ateniense,
habiendo visto esto, se apartó de la vía y contuvo las riendas
como hábil conductor, y dejó a toda aquella tempestad de carros
moverse en la llanura. Durante este tiempo, Orestes,
el último de todos, conducía sus caballos, con la esperanza
de ser victorioso al fin; pero, viendo que el ateniense
había quedado solo, hirió las orejas de sus caballos,
rápidos con el sonido agudo de su látigo, y lo persiguió.
Y los dos carros estaban lanzados sobre una misma línea,
y la cabeza de los caballos sobresalía tan pronto de una
como de otra cuadriga. El imprudente Orestes
había llevado a cabo todas las demás carreras sano y salvo,
manteniéndose derecho sobre su carro; pero entonces,
soltando las riendas al caballo de la izquierda, tropezó
con el extremo de la meta, y, habiéndose roto el cubo de la rueda,
cayó rodando de su carro, enredado entre las riendas,
y los caballos, espantados de verle tendido en tierra,
se lanzaron a través del estadio. Cuando la multitud
lo vio caído del carro, se lamentó por aquel hombre joven
que, habiendo realizado hermosas acciones, y por un cruel destino,
se veía arrastrado ya por el suelo, ya piernas alzadas en el aire,
hasta que los conductores de carro, deteniendo trabajosamente
los caballos que corrían, le levantaron todo ensangrentado
y tal que ninguno de sus amigos hubiera reconocido
aquel miserable cuerpo. Y le quemaron al punto sobre una hoguera;
y unos hombres focidios, escogidos para ello,
trajeron aquí, en una pequeña urna de bronce,
las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea sepultado
en su patria. He aquí las palabras que tenía que decirte;
son tristes, pero el espectáculo que vimos
es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás contemplado.

sábado, 5 de abril de 2014

Armando Palacio Valdés, La Biblioteca Nacional

LA BIBLIOTECA NACIONAL

Madrid posee una biblioteca nacional. Esta biblioteca se halla situada en la calle del mismo nombre que desemboca por un lado en la plaza de la Encarnación y por el otro en la de Isabel II. Es fácil reconocer el edificio. Además, posee en el barrio de Salamanca los cimientos de una nueva biblioteca construidos con todo lujo, perfectamente resguardados de la intemperie y rodeados de una bonita verja. Con tales elementos es fuerza convenir en que la capital de España no carece de medios de instrucción y que todo el que desee estudiar puede hacerlo. No obstante, una cosa me ha sorprendido siempre, y es que la biblioteca nacional no está tan concurrida como debiera suponerse, dado el número de habitantes y su reconocida afición a meterse en todos los sitios donde no cueste dinero. Quizá dependa de hallarse cerrada la mayor parte de las horas del día y de la noche. En cuanto a los cimientos, a pesar de ser tan bellos y sólidos, están siempre desiertos, lo cual les da un cierto aspecto de necrópolis pagana, no ciertamente en consonancia con los fines de su instituto, como dijo Pavía el del 3 de Enero hablando de la Guardia civil.

Pero dejando a un lado los cimientos, cuya importancia me complazco en reconocer y acerca de los que no será esta la última palabra que diga, y volviendo a la antigua biblioteca donde el gobierno de Su Majestad distribuye la ciencia por el sistema dosimétrico, esto es, en pequeñas dosis y repetidas, diré primeramente que tiene un portal muy análogo a una bodega, donde los sabios de mañana aguardan, tiritando y dando estériles patadas contra las losas para calentarse los pies, a que les abran la puerta. El frío es por naturaleza anti-científico, y desde los tiempos más remotos se ha ensañado siempre con los sabios. De aquí los sabañones que tanto caracterizan a los hombres de ciencia.

Arranca del portal una escalera medianamente espaciosa, cuidadosamente tapizada de polvo como conviene a esta clase de establecimientos, la cual termina en una portería o conserjería donde hay generalmente sentados seis u ocho señores ocupados en la tarea de mirar lo que entra y lo que sale y en charlar y discutir en voz alta a fin de que los que estudian dentro se acostumbren a concentrar su atención, como hacía Arquímedes en los tiempos antiguos.

—¿Me hacen ustedes el favor de una papeleta?—pregunta en actitud humilde el sabio, que ha llegado hasta allí tragando polvo.

El portero encargado de facilitarlas vuelve la cabeza y le dirige una mirada fría y hostil: después sigue tranquilamente la conversación empeñada.

—¿Cuánto te ha costado a tí la contrabarrera?

—Lo que cuesta en el despacho: el amo ha pedido tres a un concejal y me ha cedido una.

—¡Todos los pillos tienen suerte!

Mucha risa; mucha algazara. La conversación rueda después acerca de las probabilidades que Frascuelo tiene de echar la pata a Lagartijo: los toros eran de Veraguas, se podían lidiar con franqueza; sin riesgo; y el matador «se las tiraría de plancheta» como acostumbraba, sin...

—¿Me hace V. el favor de una papeleta? repite el sabio un poco más alto.

El portero le mira de nuevo con más frialdad si cabe, se levanta lentamente, moja el dedo para sacar una papeleta del montón y dice:

—Pues yo te aseguro que no pago primadas; a última hora ha de andar más bajo el papel...

—¿Quiere V. darme una papeleta?—dice el sabio con impaciencia.

—¿Tiene V. prisa, verdad, caballero?—responde el dependiente con cierta sonrisilla irrespetuosa.

El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obra famosa, aunque reciente, y entra en el salón principal de la biblioteca. En cada extremo de él hay un grupo de señores convenientemente separados de los que leen arrimados a las mesas. El sabio de mañana vacila entre dirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la izquierda; decídese al fin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo lógicamente. Uno de los señores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de leerla le examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase de sonsacarle, mediante su aspecto, qué intención perversa le había movido al venir hasta allí en demanda de un libro. Después que se entera del que pide, crecen evidentemente sus sospechas porque le acribilla a miradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto sabio baja la vista avergonzado, juzgándose un matutero de la ciencia. El empleado, sin dejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le mira también con cuidado y la pasa a otro, y así sucesivamente pasa por todas las manos del grupo hasta que llega nuevamente a las del primero, el cual se la devuelve diciendo:

—Vaya V. allí enfrente.

Y nuestro sabio atraviesa el salón y se dirige al grupo contrario, donde sufre el mismo examen por parte de la inspección facultativa del gobierno, y se repite con ninguna variante la escena anterior. Al devolverle la papeleta le dicen también:

—Vaya V. allí enfrente.

—Ya he estado.

—Entonces vaya V. al Índice... la primera puerta a la derecha.

En el Índice, un señor empleado lee con toda calma la papeleta, y sin decirle palabra desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio espera una buena media hora tocando el tambor sobre las rejas de la valla con las yemas de los dedos. De vez en cuando levanta la vista a los estantes donde en correcta formación se halla una muchedumbre de libros feos, rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de aquellos libros se acuerda ya de cuándo fue sacado para ser leído. De ahí su respetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las más respetables; los senadores, los capitanes generales, los académicos, los canónigos. Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muy gordas la palabra Ópera. No se ve en torno más que óperas; óperas arriba, óperas abajo, óperas delante, óperas detrás. En esto llega el señor empleado del Índice, silencioso siempre como un pez, y en lugar del libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado de crisálida no sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedos al papel hasta que percibe dos palabritas de distinta letra debajo de su petición: no consta. El sabio, que es bastante listo, comprende en seguida que con aquellas palabras se quiere decir que no hay semejante libro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo han sido y han ido a leer a la biblioteca de la nación. Ningún libro reciente consta. ¿Y por qué había de constar? ¿No perdería mucho de su prestigio esta biblioteca, admitiendo sin dificultad cualquier libro de ayer mañana? La biblioteca nacional no puede proceder como la de un particular; para que un libro tenga la honra de entrar en sus salones es necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conoce nada mejor para garantir la ciencia que una serie de años, cuantos más mejor. Un libro nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bien entre aquellas dignas y graves óperas, preñadas hasta reventar de latín y de ciencia.

Nuestro sabio torna a la portería meditando todo esto, y escribe sobre otra papeleta el título de un libro sobre filosofía, del siglo trece. La papeleta vuelve a pasar por las manos de los señores de los extremos; pero esta vez, sin que el sabio adivine la razón, se miran consternados los unos a los otros. Por último uno de ellos le dice en tono humilde:

—Caballero, el libro que V. pide está en uno de los últimos estantes y es un poco expuesto subir a buscarle... ¡Si a V. le fuese indiferente pedir otro!...

¡Pues no había de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos. Nada, nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querría nuestro sabio exponer la preciosa vida de ningún empleado del Gobierno. Así que, pian pianito vuelve sobre sus pasos hasta la portería, atormentando la imaginación para buscar una obra que fácilmente le pudiesen proporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedir el Quijote.

—¿Qué edición quiere V.?

—La que V. guste.

—¡Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino la edición que nos piden.

—Bien, pues la de la Academia.

—Tenga V. entonces la bondad de consignarlo así en la papeleta.

Vuelta a la portería. Al fin, después de una brega tan larga y deslucida, tiene la dicha de recibir el Quijote de manos del empleado. El sabio deja escapar un suspiro de consuelo: estaba sudando. Trata de sentarse a una de las mesas que hay esparcidas por la sala, sobre las cuales, para que nada llame y distraiga la atención, no suele haber ni pupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada más que la madera lisa y reluciente, invitando al estudio y a la patinación. Al tomar una de las sillas, observa con dolor que está cubierta de polvo y quizá de algo más. ¿Qué tiene esto de particular? La ciencia y la porquería no son enemigas declaradas: antes al contrario, parece que aquélla vive dichosa en los brazos de ésta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. La sagrada Teología, muy especialmente, siempre ha tenido marcada predilección por la suciedad. En otro tiempo se medía la profundidad de un teólogo por la cantidad de grasa que llevaba adherida a la sotana. También la literatura manifestó siempre tendencias bastante pronunciadas en este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las provincias, que nuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quien se le saltan las lágrimas de entusiasmo contando alguna gran asquerosidad de Carlos Rubio, o la manera de vivir de Marcos Zapata,—por más que respecto a este último, como amigo suyo que soy, puedo declarar que hay exageración. Fundándose, a no dudarlo, en tales razones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la biblioteca nacional una conveniente y adecuada porquería, de cuya conservación están encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.

Nuestro sabio en agraz, que aún no ha llegado a las altas regiones de la ciencia, y que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que le prestarían en la investigación de la verdad aquellas manchas grises de la silla que mira con sobresalto, saca el pañuelo del bolsillo y lo coloca bonitamente sobre ella, sentándose después lleno de confianza.

¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca el sombrero sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprime mortalmente los sabañones; ya tose y se arranca la flema de la garganta; ya trae el libro hacia sí, ya mira con curiosidad el sello de la Academia estampado en la primera página; ya empieza a leer.

«En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco.....»

Tilín, tilín.

—¿Qué es eso?—pregunta con sorpresa al compañero que tiene al lado.

—Nada, que tocan a cerrar—contesta el otro levantándose.

El sabio entonces se levanta también; le sigue; devuelve el Quijote al empleado de quien lo recibiera; y se va a su casa.