domingo, 19 de julio de 2015

Fausto, de Goethe

Fausto, Johann Wolfgang von Goethe


PRELUDIO EN EL TEATRO

DIRECTOR

Vosotros dos, que tantas veces nos apoyasteis en la necedad y la aflicción, decidme qué acogida esperáis para nuestra empresa en estas tierras alemanas. Yo, sobre todo, querría agradar sobremanera al estado llano, porque vive y deja vivir. Ya están colocados los postes, ya se montó el tablado y todos se las prometen felices. Se han sentado allí confiados, con los ojos bien abiertos y deseando que asombren. Aunque sé cómo dar sosiego al espíritu del pueblo, nunca me he sentido tan desconcertado: no están acostumbrados a lo bueno, pero han leído mucho. ¿Cómo conseguiremos que, siendo todo fresco, nuevo y relevar resulte a la vez agradable? Y es que, la verdad, me gusta ver al pueblo llano acercarse en torrente a nuestra carpa y agolparse con insistente afán para pasar por la estrecha puerta de la Gracia, verlo a pleno sol, antes de las cuatro, llegar a empellones hasta la taquilla y casi romperse el cuello por su entrada, como se lo rompen por el pan en tiempos de escasez. Propiciar este milagro en gente tan diversa es algo que sólo logra el poeta, ¡consíguelo hoy, amigo! 

POETA

No me hables de esa abigarrada multitud cuyo aspecto panta al espíritu. Presérvame del ondulante flujo que, a nuestro pesar, nos empuja hacia el torbellino. No; llévame a ese sereno rincón del cielo donde sólo para el poeta flo rece la auténtica alegría, donde, con mano divina, el amor y la amistad procuran y dispensan bendiciones a nuestro corazón. Lo que de nuestro pecho brotó, lo que los labios empezaron a balbucir, malogrado o tal vez conseguido, queda envuelto por la salvaje violencia del instante. Lo que brilla nació para el instante; lo auténtico permanece imperecedero en la posteridad.

GRACIOSO

Cómo me gustaría dejar de oír hablar de posteridad. Si me pongo a hablar de ella, ¿quién hará reír a nuestra época? Esta quiere y debe disfrutar. Nunca es poco la presencia de un muchacho divertido; el que sabe expresarse con gra cia no amargará el humor del pueblo; deseará estar ante un público amplio para conmoverlo con más seguridad. Por eso, pórtate bien y sé ejemplar; haz oír a la fantasía con todos sus coros, a la razón, al entendimiento, a la sen sibilidad, a la pasión; pero, eso sí, cuídate de la locura.

DIRECTOR

Pero, sobre todo, ¡que haya acción! Se viene a ver; lo que gusta es mirar. Si ante los ojos ofreces una trama con mu chos sucesos, de manera que la gente se quede boquia bierta, te habrás ganado a la masa y serás un hombre bie namado. La masa sólo puede ser movida por la masa y así cada cual se procurará lo suyo. El que mucho reparte, da un poco a cada uno, y así todos salen contentos de la sala. Si les das una pieza, dásela en piezas, con ese ragú te sonreirá la fortuna: lo representado con sencillez es igual de fácil de imaginar. De nada sirve que lo ofrezcas todo entero, pues el público lo desmenuzará.

POETA

No comprendéis lo innoble que es ese oficio, lo poco se adecua al auténtico artista. Veo que las chapuza esos esmerados señores se han convertido en tu máxima.

DIRECTOR

Semejante reproche me deja indiferente. Aquel que qu obrar correctamente, debe servirse de la herramienta a piada. Piensa que has de partir madera blanda y mira a aquellos para quienes tienes que escribir. Uno viene aburrimiento; el otro llega ahíto de su mesa y, lo que es peor, algunos lo hacen después de haber leído el periódico. Acuden distraídos, como a un baile de máscaras; las damas, para lucirse, se esmeran en su arreglo y represe desinteresadamente su comedia. ¿Qué imaginabas desde tus alturas poéticas? ¿Qué hay de malo en una sala llena? Observa de cerca a esos mecenas: la mitad son frío; la otra, rudos. Uno, después de la función, espera jugar a las cartas; otro pasar una noche de amor al abrigo de los pechos de una fulana. ¿A qué viene, pobre loco, molestar a las amables musas para tal fin? Te lo digo: dales más y más, y mucho más, y así nunca te apartarás del objetivo. Intenta sólo embrollar a los hombres; satisfacerlos es muy difícil... ¿Qué prefieres, el entusiasmo o el dolor? 

POETA

Anda y búscate otro esclavo ¿Debe el poeta desaprovechar frívolamente el supremo derecho que la naturales dona? ¿Con qué conmueve él a todos los corazones? ¿Con qué logra vencer todo elemento? ¿No es acaso la armonía la que, saliendo del pecho, anuda el mundo al corazón? Cuando la naturaleza, tejiendo serena, somete en el huzo la longitud infinita del hilo; cuando, provocándonos fastidio, la inarmónica multitud de todos los seres, por entreverarse unos con otros, resuena desordenada, ¿quién, dole vida, divide en intervalos esa serie monótona para que tenga ritmo?, ¿quién atrae lo aislado hacia esa consagración universal en la que tañen magníficos acordes? ¿quién hace que se desencadenen con furor las tormentas y que brille con gravedad el crepúsculo?, ¿quién esparce todas las bellas flores de la primavera por la senda que pisa la amada?, ¿quién trenza insignificantes hojas dándoles la forma de una corona merecedora de todo mérito? La fuerza del hombre puesta de manifiesto en el poeta.

GRACIOSO

Pues usa, entonces, esas fuerzas formidables y emprende tu labor creadora como se emprende una aventura amo rosa: uno se aproxima por casualidad, siente y se queda. Poco a poco se ve atrapado y crece la dicha, pero pronto se pelea. Aunque se esté encantado, el dolor viene y, antes de que se repare, se ha acabado la novela ¡Ofrécenos una función de este tipo! Echa mano de la vida en su totali dad. Todos la viven, pero no muchos la conocen; cuando les asombre, les parecerá interesante. Poca claridad con mucho color, mucho yerro y una sombra de verdad, así fermenta la mejor bebida, que a todo el mundo refresca y reconstituye. Entonces se reunirá la flor de la juventud ante tu escena y escuchará atentamente tu mensaje, y toda alma sensible absorberá en tu obra el sustento de su me lancolía. Ora este, ora el otro se emociona; cada cual ve lo que lleva en el corazón. Ya están dispuestos tanto a reír como a llorar. Todavía alaban el ímpetu; disfrutan con la apariencia. No hay nada que conmueva al ya maduro, pero el que se está haciendo, siempre lo agradecerá.

POETA

Devuélveme entonces ese tiempo en el que yo estaba aún en formación, cuando nacía siempre un manantial de can tos que salían en tumulto; cuando la niebla me velaba el mundo y los brotes prometían milagros; cuando cortaba las mil flores que llenaban todos los valles de riqueza. No tenía nada y, sin embargo, nada me faltaba: el anhelo de verdad y el placer por la alucinación. Devuélveme el em puje desatado, la profunda y dolorosa alegría, la fuerza del odio y el poder del amor, ¡devuélveme mi juventud!

GRACIOSO

Amigo, sólo necesitarías la juventud si los enemigos te acosaran en los combates; si adorables muchachas se col garan con fuerza de tu cuello; si a la cabeza de una carrera de velocidad, te llamara a lo lejos la difícil meta; si, después del torbellino de la danza, pasaras la noche bebiendo. Pero hoy, viejo señor, sólo tienes que interpretar con ánimo y gracia el conocido tañido de la lira y, vacilando en dulce errar, avanzar hacia la meta que tú mismo te ha impuesto; pero no por eso te admiramos menos. No es que, como se dice, la vejez nos haga niños, sino que no alcanza siendo aún auténticos niños.

DIRECTOR

Ya habéis intercambiado suficientes palabras; hacedme ver también los hechos de una vez. Mientras os piropeáis se podría hacer algo de provecho. ¿Para qué hablar tanto de la inspiración? Esta no se le presenta nunca al que vacila. Puesto que te las das de poeta, ponte al mando de la poesía. Ya sabes lo que necesitamos: queremos bebidas fuertes, ponlas a fermentar inmediatamente. Lo que hoy no ocurra, no estará hecho mañana y no hay que dejar pasar ni un solo día. Cuando se toma la decisión de crear, tiene que hacerse valientemente y, en lo posible, de inmediato; si no se la deja escapar, esta seguirá haciendo efecto, porque así ha de ser.

Sabéis que en nuestros escenarios alemanes cada cual pone a prueba lo que desea. Por eso, en este día, no escatiméis en decorados ni artilugios. Usad las luces del cielo la grande y la pequeña; podéis derrochar las estrella; que no falte ni agua, ni fuego, ni paredes de roca, ni animales, ni plantas. Que entre en la estrechez del escenario todo el círculo de la Creación y vaya, con moderada rapidez, pasando por el mundo, del Cielo al Infierno.


PRÓLOGO EN EL CIELO

(EL SEÑOR. Las Huestes celestiales. Después MEFISTÓFELE: Se acercan los tres Arcángeles.)

RAFAEL

El Sol templa, a la antigua usanza, el duelo de canto de las esferas hermanadas y culmina con un rayo su prescrito viaje. Su luz da fuerza a los ángeles, aunque ninguno puede dar razón de él. Las nobles y sublimes obras está tan espléndidas como el primer día.

GABRIEL

Y, con una velocidad inconcebible, la hermosa Tierra gira rápida sobre su eje e intercambia el esplendor paradisíaco con la noche profunda y estremecedora. Grandes oleadas de mar rompen en espuma al estrellarse en la honda base de las rocas, y estas y el mar son arrastrados por el rápido y eterno curso de la esfera.

MIGUEL

Las tempestades rugen con el desafío del mar y la tierra, de la tierra y la mar, a su alrededor e, iracundas, van tres zando una cadena del más poderoso influjo. Allí, una desolación ardiente hace brillar la senda que precede trueno; pero tus mensajeros, Señor, admiran el apacible caminar de tu día.

LOS TRES A LA VEZ

Esta visión da fuerzas a los ángeles, porque nadie puede dar razón de Ti y todas tus nobles obras están espléndidas como el primer día.

MEFISTÓFELES

Señor, ya que te acercas otra vez a preguntar cómo nos va todo por aquí, y ya que te agradó mirarme en otros tiempos, estoy de nuevo entre tu servidumbre. Perdona que no pueda hablarte con palabras elevadas, aunque de mí se mofe toda esta reunión; mi patetismo te haría reír, si no te hubieras acostumbrado a dejar de hacerlo. No sé nada sobre el sol y los mundos, sólo veo cómo se atormenta el hombre. El pequeño dios del mundo sigue igual que siempre, tan extraño como el primer día. Viviría un poco mejor si no le hubieras dado el reflejo de la luz celestial, a la que él llama razón y que usa sólo para ser más brutal que todos los animales. Lo comparo, con licencia de Vuestra Gracia, con esas cigarras zancudas que vuelan continuamente, dando saltos, y, una vez que están sobre la hierba, cantan su vieja canción. ¡Si al menos permaneciera en la hierba!, pero no, tiene que meter las narices donde no le importa.

EL SEÑOR

¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?

MEFISTÓFELES

No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR

¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES 

¿El doctor? 

EL SEÑOR 

Mi servidor. 

MEFISTÓFELES 

Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR

Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas. 

MEFISTÓFELES

¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR

Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones, el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES

Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR

Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.

MEFISTÓFELES

¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo. No me da miedo la apuesta. Permíteme, si logro mi objetivo, sen tirme henchido por mi triunfo. Para mi regogijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía, la famosa serpiente.

EL SEÑOR

Podrás actuar con toda libertad. Nunca he odiado a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan, el pícaro es el que menos me desagrada. El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio. Pero vosotros, auténticos hijos de Dios, disfrutad de la viviente y rica belleza. Que lo cambiante, lo que siempre actúa y está vivo, os encierre en los suaves confines del amor, y fijad en ideas eternas lo que flota en oscilantes apariencias.

(El Cielo se cierra y los Arcángeles se dis persan.)

MEFISTÓFELES

De vez en cuando me gusta ver al Viejo y me guardo de indisponerme y romper con Él. Es muy generoso que un señor tan grande tenga la bondad de hablar incluso con el diablo.

PRIMERA PARTE

DE NOCHE

(En una habitación gótica, estrecha y de altas bóvedas, FAUSTO está sentado en un sillón ante su pupitre.)

FAUSTO

Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de los hombres y cambie su rumbo. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor, ni distinciones ante el mundo. Ni siquiera un perro querría seguir viviendo en estas circunstancias. Por eso me he entregado a la magia: para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios; para no tener que decir con agrio sudor lo que no sé; para conseguir reconocerlo que el mundo contiene en su interior; para contemplar toda fuerza creativa y todo germen y no volver a crear confusión con las palabras.

Oh, reflejo de la luna llena, por la que tantas veces velé sentado ante este pupitre hasta que aparecías, melancólico amigo, sobre los libros y los papeles, si iluminaras por úl tima vez mi pena; ¡ay!, si pudiera andar por las cumbres de los montes bajo tu amada claridad; flotar en las grutas acompañado de espíritus; vagar en tu penumbra por los prados y, habiéndose disipado todas las brumas del saber, bañarme, robusto, en tu rocío. ¡Ah!, ¿pero seguiré preso en esta cárcel?, agujero maldito y húmedo, hecho en un muro a través del cual incluso la querida luz del cielo en tra turbia al pasar por las vidrieras. Encerrado detrás de un montón de libros roídos por los gusanos y cubiertos de polvo, que llegan hasta las altas bóvedas y están envuel tos en papel ahumado. Cercado por cofres y retortas, ahe rrojado por instrumentos y trastos de los antepasados. Este es tu mundo, ¡vaya un mundo!

¿Y aún te preguntas por qué tu corazón se para, teme roso, en el pecho? ¿Por qué un dolor inexplicable inhibe tus impulsos vitales? En lugar de la naturaleza viva, en medio de la que Dios puso al hombre, lo que te rodea son osamentas de animales y esqueletos humanos humeantes y mohosos.
¡Huye!, sal fuera, a la amplia llanura. ¿No te será sufi ciente compañía ese libro misterioso, autógrafo de Nos tradamus? Con su ayuda reconocerás el curso de las estrellas y, cuando la naturaleza te haya instruido, aumen tará en ti la fuerza del alma, como si un espíritu le hablara a otro. En vano tratarás de explicar los sagrados signos mediante la ayuda de la árida reflexión; ¡volad, oh espíri tus, junto a mí y decidme si me oís! (Abre el libro y serva el signo del Macrocosmosl.) ¡Ah!, qué deleite corre de súbito, al mirarlo, todos mis sentidos. Siento cómo la joven y santa felicidad vital me fluye por músculos y las venas con renovado ardor. ¿Fue acaso un Dios el que escribió estos signos que calman el furor de mi interior, llenan mi pobre corazón de gozo y, con un impulso secreto, me desvelan las fuerzas naturales? ¿Soy acaso, un dios? Todo se llena de claridad. En estos trazos puros se evidencia ante mi espíritu la activa naturaleza. Ahora sí que entiendo lo que dice el sabio: «No está cerrado el mundo espiritual; son tus sentidos los que están cerrados, es tu corazón el que está muerto; discípulo, levanta, y baña infatigablemente tu pecho terrenal en la aurora». (Observa el signo.)

¡Cómo se entreteje el conjunto de las cosas en el Todo y cómo lo uno repercute y vive en lo otro! ¡Cómo las fuerzas celestiales suben y bajan y se siguen los áureos cangilones! ¡Con un vaivén que huele a bendición, bajan desde el cielo a recorrer la tierra y hacen que resuene en armonía el universo!

¡Qué espectáculo!; pero, ay, ¡es sólo un espectáculo! ¿Dónde te comprenderé, naturaleza infinita? ¿Dónde estáis, pechos, fuentes de la vida de las que penden el cielo y la tierra y adonde el corazón marchito acude? Vosotros manáis en torrentes y alimentáis el mundo; ¿languidezco yo en vano? 

(Hojea el libro de mala gana y ve el signo del Espíritu de la Tierra.)

¡Qué diferente es el efecto de este signo sobre mí! Tú, Espíritu de la Tierra, me resultas más cercano. Siento que mis fuerzas aumentan, ardo como si hubiera bebido un vino nuevo; siento valor para aventurarme por el mundo, para afrontar el dolor y la fortuna que me reporte la tierra, para adentrarme en la tempestad y no temer el crujido de la nave al zozobrar. Las nubes se amontonan sobre mí, la luna oculta su luz, la lámpara se extingue, el ambiente está húmedo. Unos rayos rojos se concentran sobre mi cabeza, un estremecimiento va descendiendo desde la bóveda y se hace dueño de mí. Siento que flotas sobre mí, espíritu an helado, ¡revélate! Ah, ¡cómo se desgarra mi corazón! Mis sentidos se abren a nuevos sentimientos. Mi corazón está plenamente entregado a ti. ¡Revélate!, aunque me cueste la vida. (Toma el libro y pronuncia misteriosamente el signo del ESPÍRITU. Se enciende una llama rojiza y el ES PÍRITU aparece en la llama.)

ESPÍRITU

¿Quién me llama? 

II

          Mas ¡ay! pese a la mejor voluntad, no siento ya el contento brotar de mi pecho. Pero ¿por qué ha de agotarse tan presto el manantial dejándonos sedientos otra vez? ¡De ello tengo yo tanta experiencia…! Esta falta, empero, permite ser compensada, pues aprendemos a apreciar lo que está más alto que la tierra, suspiramos por una Revelación, que en ninguna parte brilla más augusta y bella que en el Nuevo Testamento. Siéntome impulsado a consultar el texto primitivo, a verter con fiel sentido el original sagrada a mi amada lengua alemana.

(Abre un libro y se dispone a trabajar.)

          Escrito está: «En el principio era la Palabra»… Aquí me detengo ya perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. –Escrito está: «En el principio era el sentido»… Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento el que todo lo obra y crea?... Debiera estar así: «En el principio era la Fuerza»… Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo me advierte ya que no atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: «En el principio era la Acción».

II

Cuarto de estudio. 

FAUSTO y MEFISTÓFELES.

FAUSTO. ¡Están llamando! ¡Adelante! ¿Quién vendrá a molestarme de nuevo?

MEFISTÓFELES. Soy yo.

FAUSTO. ¡Adentro!

MEFISTÓFELES. Tienes que decirlo tres veces.

FAUSTO. ¡Adentro, pues!

MEFISTÓFELES. ¡Así me gusta! ¡Espero que haremos buenas migas! Pues para quitarte tus manías, me presento en facha de noble caballero, con traje rojo, guarnecido de oro el capotillo (1) de recia seda, mi pluma de gallo en el chambergo (2) y mi largo y buido (3) estoque al cinto, y te aconsejo, sin más ni más, que también tú te vistas así, para que, suelto y libre, aprendas a conocer la vida.

FAUSTO. En cualquier traje que me ponga habré de sentir igual el dolor de esta menguada vida terrenal. Harto viejo soy ya para retozar y harto joven para no tener deseos. ¿Qué es lo que puede ofrecerme a mí el mundo? ¡Privarte debes! ¡Privaciones debes imponerte! Esta es la eterna cantilena que suena en los oídos de todos, la que todo a lo largo de nuestra vida ha de vibrar para nosotros a todas las horas, y solo con empacho despierto yo por la mañana, y ganas me entran de llorar amargamente al ver el día que en su carrera no ha de satisfacerme ni un solo deseo, ni uno siquiera, y que hasta el barrunto de cada placer aminora con egoístas reconcomios y con miles de esperpentos de la vida cohíbe la creación de mi fogoso pecho. Yo también, cuando la noche cae, he de tenderme angustiado en el petate, y ni aun allí gozo descanso alguno, que bárbaras pesadillas vienen a llenarme de espanto. Puede el dios que en mi pecho anida excitar profundamente lo más íntimo de mi ser; pero el que sobre todas mis energías impera nada puede mover hacia el exterior, y así es para mí la existencia una carga, apetecible la muerte y odiosa la vida.

MEFISTÓFELES. Y, sin embargo, nunca es la muerte huésped del todo grato.

FAUSTO. ¡Oh, feliz aquel a quien en medio del esplendor de la victoria ciñe ella en torno a las sienes los laureles cruentos, aquel a quien va a encontrar, tras leve, rauda danza, en brazos de una moza! ¡Oh, si arrobado en deliquio (4) ante la fuerza del espíritu excelso hubiese caído yo exánime!

MEFISTÓFELES. Y, sin embargo, alguien ha habido que cierta noche se atrevió a apurar un mosto oscuro.

FAUSTO. Por lo visto, te complaces en el espionaje.

MEFISTÓFELES. No soy omnisciente, pero sí sé muchas cosas. […] Cesa, pues, de jugar con tu pena, que, al modo de un buitre, te recome la vida; la compañía peor te hace sentir que eres un hombre entre los hombres. Mas no creas, sin embargo, que pretendemos lanzarte en medio del barullo. No soy yo de los grandes; pero si, unido a mí, quieres abrirte paso en la vida, de muy buen grado me avendré a ser tuyo desde ahora. Tu compañero soy yo, y si te agrada, seré tu criado, tu escudero.

FAUSTO. ¿Y qué tendré yo que hacer en pago?

MEFISTÓFELES. Para eso tienes mucho tiempo por delante.

FAUSTO. ¡No! ¡No! Egoísta es el demonio, y nada hace por tu bella cara. Explica claro las condiciones, que un criado así resulta peligroso en una casa.

MEFISTÓFELES. Yo me comprometo aquí a servirte, a moverme sin tregua ni descanso a una seña tuya; si luego nos volvemos a encontrar allá arriba, tú me pagarás con la misma moneda.

FAUSTO. Sin cuidado me tiene el allá arriba. En reduciendo tú a escombros este mundo, que el otro surja luego en hora buena. De esta tierra es de donde manan mis goces, y este sol es el que mis dolores alumbra; luego que yo los deje a ambos, que pase lo que pasar quiera y pueda. De eso no quiero oír hablar más, ni tampoco de si allí también se odia y se ama, ni de si hay también allí arriba y abajo.

MEFISTÓFELES. Siendo así, puedes arriesgarte. Comprométete, pues; con júbilo verás en estos días mis artes; yo te daré lo que hombre alguno podría darte. […]

FAUSTO. ¡Venga esa mano! ¡Direle al momento: aguarda! ¡Eres tan bello! ¡Luego podrás cargarme de cadenas y yo me iré justo a pique! ¡Cuando doblen por mí las campanas, quedarás libre de tu servidumbre; cuando el reloj se pare y caiga el minutero, se habrá acabado el tiempo para mí!

JOHANN W. VON GOETHE
Fausto

1) capotillo: capa que llegaba hasta la cintura.
2) chambergo: sombrero de ala ancha levantada por un lado.
3) buido: afilado, aguzado.
4) deliquio: éxtasis.

Laurence Sterne (1713-1768), Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy


Capítulo decimoprimero

Puesto que la viuda Wadman estaba enamorada de mi tío Toby y mi tío Toby no estaba enamorado de la viuda Wadman, a la viuda Wadman no le quedaba más remedio que seguir queriendo a mi tío Toby u olvidarse de todo el asunto.

Pero la viuda Wadman no hizo ni una cosa ni otra.

¡Cielo santo! Me estaba olvidando de que yo coincido un poco con la manera de ser de la viuda, pues cuando llega la ocasión –cosa que suele suceder normalmente en los equinoccios– de que alguna diosa terrenal me haga pensar en esto o en lo otro y se me quiten las ganas de desayunar mientras que a ella le importa un bledo que yo desayune o no…

Pero ¡al diablo con ella!, y sin más, la envío a Tartaria, y de allí a la Tierra de Fuego y de allí al mismísimo demonio, es decir, que no encuentro nicho infernal a donde confundir y arrojar a la tal divinidad. Pero, como el corazón es blando y las pasiones suben y bajan en cuestión de minutos, enseguida vuelvo a recogerla y, como yo no me ando con medias tintas, la sitúo en mitad de la Vía Láctea.

¡Tú, la más brillante de las estrellas! Derrama tu influencia sobre alguna de ellas. Que se vayan al infierno ella y su influencia, pues esa palabra me hace perder la paciencia. ¡Que le aproveche!
¡Por cuanto haya de más hirsuto y espantoso!, exclamo quitándome mi gorra de piel y doblándola sobre mi dedo. ¡No daría ni seis peniques por una docena como ella! Pero es una gorra excelente (y me la vuelvo a poner en la cabeza apretándola contra mis orejas) y es tibia y suave sobre todo si uno se la cala como es debido. Pero ¡ay! nunca me será dada tanta fortuna (con lo que, de nuevo,
mi filosofía vuelve a naufragar). No. Nunca meteré el dedo en esa tarta (y con esto acabo
con las metáforas).

Corteza y miga.
Lo de dentro y lo de fuera.
Lo de arriba y lo de abajo. La detesto, la odio, la repudio, me asquea solo verla.
Esto es pimienta
ajo
estragón
sal, y
mierda de diablos, cocinada por el archicocinero de los cocineros que no hace otra cosa, pienso, de la noche a la mañana que estar sentado junto al fuego e inventar platos ardientes para dárnoslos. No lo tocaría yo por nada de este mundo.

–¡Oh Tristram, Tristram!, lloraba Jenny.

–¡Oh Jenny, Jenny!, replicaba yo. Y así llegamos al capítulo doce.

Capítulo decimosegundo

Dije que no la tocaría por nada del mundo.
Señor, ¡cómo se ha caldeado mi imaginación con esta metáfora!

Capítulo decimotercero

Todo lo cual pone de manifiesto, digan lo que digan vuestras mercedes y vuestras reverencias (pues puestos a pensar, los que lo hacen terminan pensando siempre muy parecido), que el AMOR es –al menos hablando alfabéticamente– algo de lo más

A gotador
B rujo
C onfuso
D iabólico. Y de lo más
E najenante
F útil
G randilocuente
H edonístico
I rritante (no hay nada con K)
L írico. Y al mismo tiempo de lo más
M artirizante
N ecio
O bstaculizador
P ragmático
S oliviantador
R idículo. Aunque, dicho sea de paso, la R debería haber ido antes

Jonathan Swift, Viajes de Gulliver

JONATHAN SWIFT

Los viajes de Gulliver

Habitantes de Liliput

Aunque me propongo dejar la descripción de este Imperio para un tratado especial, me complace mientras tanto satisfacer al curioso lector con algunas ideas generales.
Siendo la estatura normal de los habitantes de algo menos de quince centímetros, existe una exacta proporción entre todos los demás animales y plantas; por ejemplo, los caballos y bueyes más altos levantan entre diez y doce centímetros, las ovejas cuatro centímetros más o menos, los gansos abultan aproximadamente lo que un gorrión, y así todo lo demás en disminución sucesiva hasta llegar a los seres más pequeños, que a mis ojos eran invisibles. Pero la naturaleza ha adaptado los ojos de los liliputienses en relación con todos los objetos dentro de su perspectiva: pueden ver con gran precisión pero no a gran distancia. Como ilustración de la agudeza de sus ojos sobre objetos cercanos baste decir que he tenido el gran gusto de observar a un cocinero desplumando a una alondra que no era más grande que una mosca común y a una muchachita enhebrando una aguja invisible con seda invisible. 

Los árboles más altos tienen dos metros y pico de altura; me refiero a algunos en el gran Parque Real, a cuyas cúspides podía justamente llegar con la mano cerrada. El resto de las plantas está en la misma proporción, pero esto lo dejo a la imaginación del lector.

No diré mucho ahora de su cultura, que ha florecido durante muchos siglos en todas sus ramas, pero su manera de escribir es muy particular, pues no es ni de izquierda a derecha como la de los europeos, ni de derecha a izquierda como la de los árabes, ni de arriba abajo como la de los chinos, ni de abajo arriba como la de los cascajianos (1), sino al sesgo, de una esquina del papel a la otra, como la de nuestras damas en Inglaterra.

Entierran a sus muertos verticalmente con la cabeza para abajo porque, según sus creencias, dentro de once mil lunas todos ellos resucitarán, y en este tiempo la Tierra (que ellos imaginan ser plana) se dará la vuelta, de modo que al resucitar se encontrarán listos y en pie. Los más sabios de ellos confiesan lo absurdo de esta doctrina, pero la práctica continúa por transigir con el vulgo.

Hay algunas leyes y costumbres muy peculiares en este Imperio, y si no fueran tan directamente opuestas a las de mi querido país, me sentiría tentado a decir algo por justificarlas. Uno no puede desear otra cosa sino que estas se ejecutaran tan bien como aquellas. La primera que mencionaré se refiere a los delatores. Todos los delitos contra el Estado se castigan con la máxima severidad, pero si el acusado consigue probar claramente su inocencia en el juicio, el acusador recibe inmediatamente la muerte más ignominiosa, y de sus haberes o tierras percibe el inocente una cuádruple recompensa por la pérdida de tiempo, el peligro que corrió, las penalidades de su prisión y todos los gastos que le costó la defensa.

Y si aquellos fondos resultaran insuficientes, la Corona los reintegra generosamente. Asimismo, el Emperador lo honra con alguna señal pública de su favor, y un bando proclama su inocencia por toda la ciudad. El fraude lo consideran un delito más grande que el robo y por consiguiente pocas veces dejan de sancionarlo con la muerte, pues afirman que la precaución, la vigilancia y el mínimo sentido común pueden guardar los bienes de un hombre de los ladrones, pero la honradez es indefensa ante una astucia superior y, como es necesario que existan permanentemente unas relaciones de compraventa y el negociar a crédito, que es donde el fraude se consiente o se le hace la vista gorda, o no hay ley que lo castigue, resulta que el negociante honrado sale siempre perdiendo mientras que el sinvergüenza se lleva el provecho. Recuerdo que una vez intercedí ante el soberano por un delincuente que había agraviado a su amo sobre una gran suma de dinero, que había recibido por cheque, y con la cual escapó. Y como dijera yo a Su Majestad, a título de atenuante, que se trataba solo de un abuso de confianza, el Emperador respondió que era monstruoso por mi parte alegar como defensa lo que era el agravante más grande del delito, y a decir verdad poco pude decir en respuesta más que la común afirmación de que en cada tierra el su uso (2), pues confieso que me encontraba sinceramente avergonzado.

1) cascajianos: pueblo imaginario.
2) en cada tierra el su uso: máxima que indica que cada pueblo o comunidad tiene sus costumbres.

Tartufo, de Molière

Trampa de Elmira a Tartufo

(Tartufo, un individuo moralista e hipócrita, se hospeda en casa de su amigo Orgón, a quien da toda suerte de consejos sobre cómo debe comportarse con su familia. Elmira –la esposa de Orgón– decide desenmascarar a este farsante aprovechándose del deseo que Tartufo siente hacia ella. Para ello, pide a su marido que se oculte bajo una mesa y observe el comportamiento de su amigo cuando crea estar a solas con ella)

TARTUFO. Me han dicho que me queríais hablar aquí.

ELMIRA. Sí, tengo algunos secretos que revelaros. Mas antes entornad esa puerta para que os los diga y mirad bien por todos lados, no sea que nos sorprendan.

(Tartufo va a cerrar la puerta y vuelve.)

¡Lo que nos hacía falta ahora era una contrariedad como la de hace poco! ¡Cómo nos sorprendieron! ¡Nunca se vio cosa igual! Damis me dio, por vuestra culpa, un susto tremendo y ya visteis qué empeño puse en estorbar sus intenciones y en serenar su cólera. La turbación, bien es cierto, se apoderó de mí de tal suerte que ni se me ocurrió desmentirlo. Mas gracias a Dios todo ha salido
mejor desde entonces y las cosas están ahora más seguras. La gran estima en que os tienen ha disipado la tormenta y mi marido no puede recelar de vos. Para mejor hacer frente a los juicios temerarios de la gente, pretende que estemos juntos a todas horas. Por ello puedo, sin miedo a las habladurías, hallarme aquí encerrada a solas con vos y puedo abriros un corazón que no está sino demasiado dispuesto a sufrir vuestros ardores.

TARTUFO. Esas palabras son harto difíciles de entender, señora, que de forma bien distinta hablabais hace poco.

ELMIRA. ¡Ah! ¡Si estáis enojado por mi negativa, qué mal conocéis el corazón de la mujer! ¡No sabéis lo que quiere dar a entender cuando tan débilmente se le ve defenderse! Nuestro recato hace que nos resistamos siempre a los dulces sentimientos que podrían hacer despertar en nosotras. Aunque aprobemos la pasión que nos embarga, siempre sentimos algún rubor en dar muestras de ella. […]

TARTUFO. ¡Cuán dulce es oír esas palabras en los labios que uno ama! Su miel hace correr a raudales por mis sentidos un bálsamo nunca hasta ahora gustado. La dicha de agradaros es mi supremo anhelo. Vuestra inclinación hace la bienaventuranza de mi corazón. Mas ese mismo corazón os pide ahora la licencia de dudar un poco de su propia felicidad: yo podría creer que esas palabras son un sutil ardid para obligarme a deshacer las bodas que se han concertado. Si he de hablaros con franqueza, no fiaré yo de palabras tan lisonjeras. A menos que vuestros favores, que tanto ansío, me dieran la prueba de ser cierto lo que dais a entender y afianzaran en mi alma la fe en cuantas encantadoras bondades para conmigo estáis teniendo.

ELMIRA. (Tose para avisar a su marido.) ¿Cómo? ¿Tan aprisa pretendéis ir?, ¿tan ansiosamente saborear ya la ternura de un corazón? Se esmera una en haceros una declaración de lo más tierno y no os basta aún, que no os daréis por contento si no se llega a los últimos favores.

TARTUFO. Cuanto menos merecemos un bien, menos osamos esperar que nos sea concedido. Nuestros anhelos difícilmente se satisfacen con buenas razones. Vislumbramos apenas un porvenir colmado de ventura y ya queremos alcanzarlo, sin creer todavía que pueda ser cierto. Yo, que por tan poco merecedor me tengo de vuestros favores, poco espero de mi osadía. Así que nada podré creer si no conseguís convencer antes a mi corazón con realidades.

ELMIRA. ¡Santo cielo! ¡Cuán tirano se muestra vuestro amor! ¡En qué rara turbación sume a mi alma! ¡Qué despótico imperio ejerce sobre los corazones! ¡Qué vehemente porfía pone en ir tras lo que desea! ¿Cómo? ¿No podré defenderme de vuestro asedio? ¿No me concederéis el menor respiro? ¿Es acaso decoroso mostrar un rigor tan extremado y exigir, sin dar tregua, cuanto se solicita; abusar así con vuestros apremios de la inclinación que por vos siento?

TARTUFO. ¿Mas si con ojos benignos miráis mis galanteos, por qué negarme una prueba definitiva? […]

ORGÓN. (Deteniéndole.) Despacio, amigo, que os dejáis llevar demasiado por vuestros ardores y no debierais abandonaros así a las pasiones. ¡Así que, hombre virtuoso, me pretendéis deshonrar! ¡Cómo sucumbe vuestra alma a las tentaciones! ¡Os casabais con mi hija, cuando estabais deseando a mi mujer! Mucho me ha costado creer que estuvieseis hablando en serio, que no podía dejar de pensar que de un momento a otro ibais a cambiar de tono. Mas ya está bien de pruebas. Con las que tengo me basta y no quiero más.

Camoens, Os lusiadas

Vasco de Gama llega a Mozambique

Los vientos mansamente los llevaban,
como a quien tiene el cielo por amigo;
sereno el aire y tiempo se mostraban,
sin temor de suceso ya enemigo.
El promontorio Praso, en fin, pasaban,
en la etíope costa nombre antiguo,
cuando el mar descubriendo les mostraba
nuevas islas, que en torno cerca y lava.

Vasco de Gama, el fuerte y valeroso
capitán que a una empresa tal se ofrece,
de altivo corazón, presuntuoso,
a quien Fortuna siempre favorece,
para allí estar (no ve razón) ocioso,
que inhabitada tierra le parece,
adelante pasarse determina,
mas no le sucedió como imagina.

Veis que luego parece compañía
de pequeños bateles (1), que de aquella
isla más junta a tierra parecía
cortando el mar con vela larga y bella.
La gente se alboroza y de alegría
solo sabe mirar la causa della:
«qué gente esta será» –entre sí decían–,
«qué costumbres, qué ley, qué rey tendrían».

Al parecer, las barcas y manera
eran largas, estrechas, y seguidas;
las velas con que vienen son de estera,
de unas hojas de palma bien tejidas,
de la color la gente es verdadera
que Faetón (2) en las tierras encendidas
al mundo dio con su demanda necia,
el Po lo sabe y siéntelo Lampecia.

De paños de algodón vienen vestidos,
que son de mil colores variados,
unos alrededor de sí ceñidos,
otros so el brazo con donaire echados.
Desde la cinta arriba sin vestidos,
de venablos y dagas bien armados,
con toca en la cabeza y navegando,
añafiles (3) sonoros van tocando.

Con los paños y brazos señas daban
a nuestras gentes, para que esperasen;
mas ya proas ligeras se inclinaban
porque junto a las islas amainasen;
la gente y marineros trabajaban,
como si los trabajos se acabasen,
cogen velas y amainan la verga alta;
del corvo hierro el mar herido salta.

Aún no bien ancorados, ya la gente
extranjera a las naves se subía,
al rostro alegres van, y humanamente
el nuestro capitán los recibía.
Mesas manda poner en continente (4)
del licor que Lieo (5) plantado había
hinchen vasos de vidrio, y de lo que echan
los que abrasó Faetón nada desechan.

Comiendo alegremente preguntaban
en arábiga lengua de dó vienen,
quién son, y de qué tierra, y qué buscaban,
o qué partes del mar corrido tienen.
Los fuertes lusitanos les tornaban
las discretas respuestas, que conviene:
«Los portugueses somos de Occidente;
vamos buscando tierras del Oriente».

LUÍS VAZ DE CAMÕES

Los lusíadas

1 batel: barco pequeño.
2 Según la mitología clásica, Faetón pidió a su padrastro –el Sol– que le dejase llevar su carro un amanecer. Los caballos se desbocaron y Faetón cayó sobre las tierras africanas ennegreciendo con el brillo del carro del sol a su gente.
3 añafil: trompeta recta morisca.
4 en continente: inmediatamente.
5 Lieo: uno de los nombres de Baco, dios romano del vino.

François Rabelais, Gargantúa.

Gargantúa y la ensalada de peregrinos

La historia requiere que contemos lo que aconteció a seis peregrinos que volvían de San Sebastián, cerca de Nantes. Para pasar la noche, se habían agazapado, por temor a los enemigos, en el huerto, sobre las matas de habichuelas, entre las coles y las lechugas. Gargantúa se sintió algo alterado y preguntó si le podían conseguir unas lechugas para hacer una ensalada; al oír que las había
y de las más hermosas y grandes del país, pues eran tan grandes como ciruelos o nogales, quiso ir a buscarlas él mismo y cogió con sus manos lo que le pareció bien. Con ellas se llevó a los seis peregrinos, tan muertos de miedo que no se atrevían ni a hablar ni a toser.

Primero las lavó en la fuente y entretanto los peregrinos se decían unos a otros, en voz baja: «¿Qué podemos hacer? Nos vamos a ahogar aquí, en medio de estas lechugas. ¿Decimos algo? Pero si decimos algo, nos matará como a espías». Y, mientras ellos así deliberaban, Gargantúa los puso con sus lechugas en un plato de la casa, tan grande como la cuba de Citeaux, y se puso a comérselos,
con aceite, vinagre y sal, para retomar fuerzas antes de la cena. Ya había engullido a cinco de los peregrinos, el sexto quedaba en el plato, escondido bajo una lechuga, salvo el bordón (1) que sobresalía. Al verlo, Grangaznate le dijo a Gargantúa:

–Me parece que ahí hay un cuerno de caracol. No lo comáis.

–¿Por qué? –dijo Gargantúa–. Están buenos todo este mes.

Tiró del bordón y con él vino el peregrino y se lo comió tan contento; luego bebió un extraordinario trago de vino «pinot», y [ambos] esperaron a que dispusieran la cena.

Los romeros así devorados evitaron lo mejor que pudieron las trituradoras de sus dientes y pensaban que los habían echado a alguna mazmorra de una cárcel y, cuando Gargantúa se bebió el gran trago, creyeron ahogarse en su boca, y el torrente de vino casi los arrastra al precipicio de su estómago; sin embargo, saltando con sus bordones, como hacen los miguelotes, se pusieron a salvo junto a los dientes. Mas, por desgracia, uno de ellos, tanteando con su bordón el país para saber si estaban
a seguro, golpeó con violencia en el agujero de una muela picada, dando en el nervio de la mandíbula, lo que produjo a Gargantúa un fortísimo dolor y se puso a gritar del daño que le hacía. Así que, para aliviar su mal, hizo traer su mondadientes y, saliendo hacia donde el nogal cornejero, os sacó, señores romeros, de vuestro escondite. Pues a uno lo enganchaba por las piernas, al
otro por los hombros, al tercero por las alforjas, al cuarto por la faltriquera y al último por la faja, y al pobre diablo que le había herido con el bordón, lo agarró por la bragueta; pese a todo fue una gran suerte para él, porque le perforó un bulto chancroso (2) que le martirizaba desde el tiempo en que pasaron Ancenis (3)
.
Así huyeron los peregrinos descubiertos a través de los viñedos jóvenes, corriendo como descosidos, y se le calmó el dolor a Gargantúa.

En ese momento Eudemón lo llamó para cenar, pues ya estaba todo dispuesto.

–Me voy, pues, a mear mi desgracia –dijo.

Meó tan copiosamente que la orina cortó el camino a los romeros, de forma que se vieron obligados a atravesar la gran acequia. De ahí, siguiendo por la vera de un bosquecillo, en medio del camino cayeron todos, excepto Hallatrucos, en una trampa preparada para cazar lobos con red, de la que escaparon gracias a la industria del mencionado Hallatrucos, quien rompió las ataduras y los cordajes. Salidos de allí, pasaron el resto de la noche en una cabaña cerca de Coudray, y ahí fueron reconfortados en su desgracia por las buenas palabras de uno de sus compañeros, llamado Hartodir, quien les mostró que esta desventura estaba ya anunciada en el salmo de David.

1) bordón: bastón más alto que la persona que lo toma rematado en empuñadura de metal. Se suele llevar en los viajes.
2) chancroso: ulceroso.
3) Ancenis: ciudad francesa situada cerca de Nantes a orillas del Loira.

Del Cancionero in vita de Francesco Petrarca

I

Vosotros que escucháis en sueltas rimas
el quejumbroso son que me nutría
en aquel juvenil error primero
cuando en parte era otro del que soy,
del vario estilo en que razono y lloro
entre esperanzas vanas y dolores,
en quien sepa de amor por experiencia,
además de perdón, piedad espero.
Pero ahora bien sé que tiempo anduve
en boca de la gente, y a menudo
entre mí de mí mismo me avergüenzo;
de mi delirio la vergüenza es fruto,
y el que yo me arrepienta y claro vea
que cuanto agrada al mundo es breve sueño.

XIII

Cuando de tanto en tanto entre las otras
se muestra Amor en el semblante de ella,
cuanto menos le siguen en belleza
crece más el afán que me enamora.
Y bendigo el lugar como el instante
que mis ojos tan alto vislumbraron,
y digo: «Da las gracias, alma mía,
que llamada a tal honra fuiste entonces.
De ella te viene el dulce pensamiento,
que al seguirlo te lleva al bien supremo,
si en poco tienes lo que muchos quieren;
de ella te viene esa animosa gracia
que al cielo te conduce rectamente,
de modo que ya gozo en la esperanza».

XVII

Lluévenme amargas lágrimas del rostro
con un viento angustioso de suspiros,
cuando vuelvo hacia vos los ojos míos,
por quien solo del mundo yo me aparto.
Es cierto que la dulce mansa risa
aún apacigua mis deseos ardientes,
y me sustrae del fuego de martirios,
mientras atento y fijamente os miro.
Pero luego el aliento se me hiela
cuando veo al partir que mis estrellas
esos gestos suaves de mí apartan.
Librada al fin con amorosas llaves
sale del pecho el alma por seguiros;
y tras mucho pensar de allí se arranca

LXI

Bendito sea el día, el mes, y el año,
y la estación, la hora, y el instante,
y el país, y el lugar donde fui preso
de los dos bellos ojos que me ataron;
y bendito el afán dulce primero
que al ser unido con Amor obtuve,
y el arco, y las saetas que me hirieron,
y las llagas que van hasta mi pecho.
Benditas cuantas voces esparciera
al pronunciar el nombre de mi dueño,
y el llanto, y los suspiros, y el deseo;
y sean benditos los escritos todos
con que fama le doy, y el pensar mío,
que pertenece a ella, y no a otra alguna.

Hagen narra quién es Sigfrido, Cantar de los Nibelungos.

(Sigfrido, que ha oído hablar de la belleza sin igual de Krimilda,
emprende viaje hacia el reino de Burgundia para
conocer a la que será su esposa. Los caballeros de Worms,
la corte burgundia, y su rey Gunter le ven aproximarse. Intrigados,
se preguntan de quién se trata. Hagen, el más
destacado de ellos, explica a todos quién es Sigfrido)

Y así habló Hagen: «Aunque en verdad no he visto a Sigfrido jamás, yo me atrevería a creer, sin saber por qué, que lo es [arrogante] ese caballero que allí avanza tan apuesto. Él nos trae importantes nuevas a este país. Él es el que derrotó con su brazo a los valientes nibelungos Schilbungo y Nibelungo, hijos poderosos del rey. Con su tremenda fuerza luego realizó hazañas maravillosas.
Cuando solo y sin ayuda cabalgaba una vez el héroe, encontró, según me han dicho, al pie de una montaña y cerca del tesoro de Nibelungo, a muchos hombres valerosos. Hasta aquel momento no los había visto, pero entonces se percató de ello. Todo el tesoro de Nibelungo había sido sacado de una cueva. Y ahora oiréis cómo los dos nibelungos querían repartirlo. Esto lo vio el guerrero Sigfrido y de ello empezó a asombrarse. Se acercó tanto que, igual que él los veía, ellos le veían a él, y uno le dijo: “Aquí viene el esforzado Sigfrido, héroe de los Países Bajos”. Singulares aventuras corrió él en tierra de los nibelungos.

Ambos, Schilbungo y Nibelungo, acogieron con agrado al caballero. De común acuerdo, los nobles y jóvenes príncipes rogaron con empeño al formidable mozo que les repartiera el tesoro entre ellos. El héroe prometió hacerlo así.
Se cuenta que él vio tantas piedras preciosas que cien carros de carga no las hubieran podido transportar, además del oro del país nibelungo. Todo esto tenía que repartirlo el animoso Sigfrido. Como pago del favor le dieron la espada del rey nibelungo, pero mal les resultó el servicio que iba a prestarles Sigfrido, el héroe cumplido. Este no lo pudo llevar a cabo, porque ellos se enfurecieron.
Tenían allí entre sus amigos doce hombres esforzados, forzudos gigantes, pero ¿de qué les valían? A estos los aniquiló colérico el brazo de Sigfrido, y además sometió a setecientos guerreros del país nibelungo con la formidable espada llamada Balmung. Muchos jóvenes guerreros, a causa del terrible pavor que les infundía la espada y el animoso héroe, le entregaron sus tierras y fortalezas.

Sigfrido, además, mató a los dos príncipes. Pero luego Alberico lo puso en grave peligro. Este quiso tomar pronta venganza de la muerte de sus señores, pero hubo de sufrir el enorme poder del brazo de Sigfrido. No podía hacerle frente el vigoroso enano y como leones salvajes ambos corrieron hacia la montaña. Aquí el héroe se apoderó del manto mágico de Alberico. Así quedó dueño del tesoro Sigfrido, el temible guerrero. Quienes allí osaron presentar batalla, todos yacían muertos.
El héroe mandó llevar luego el tesoro adonde lo habían cogido antes los hombres de Nibelungo. De su custodia, como tesorero, encargó a Alberico. El enano hubo de prestar juramento de que iba a servirle como criado. En toda clase de menesteres le prestó servicio cumplido». Así habló Hagen de Trónege: «Esto es lo que ha hecho Sigfrido. Jamás hubo un guerrero que poseyera fuerza semejante.

Todavía puedo contar otro lance que he sabido de él. A un dragón lo mató con su propia mano, luego se bañó en la sangre y la piel tomó la dureza de un cuerno, de suerte que no hay arma alguna que pueda atravesarla, como se ha demostrado muy a menudo».

Cantar de Roldán. Soberbia de Roldán

LXXXIII

Allí dice Oliveros: «Los paganos son muchos,
y de nuestros franceses me parece haber pocos.
Compañero Roldán, tañed, pues, vuestro cuerno:
cuando Carlos lo oiga, con la hueste vendrá».
Le responde Roldán: «Haría como un necio,
pues en la dulce Francia perdería mi fama.
Con Durandarte ahora yo daré grandes golpes,
saldrá llena de sangre hasta el oro del pomo.
Los malvados paganos morirán en los puertos,
os juro yo que todos tienen la muerte cierta».

LXXXIV

«Compañero Roldán: tañed el olifante;
cuando Carlos lo oiga, con la hueste vendrá
y del rey y de sus nobles seremos socorridos.»
Le responde Roldán: «¡No lo permita Dios,
que toda mi familia sufra afrenta por mí,
ni que la dulce Francia caiga en el deshonor!
Haré que Durandarte hiera continuamente,
esa mi buena espada que ciño en mi costado:
¡todos veréis su hoja ensangrentada toda!
Los malvados paganos por su mal se han juntado:
os juro yo que a todos la muerte les espera».

LXXXV

«Compañero Roldán, tañed el olifante,
así, Carlos lo oirá, que aún está por los puertos.
Y os juro yo que todos los franceses vendrán.»
«¡No lo permita Dios», le responde Roldán,
«que haya un hombre en el mundo que pudiera decir
que a causa de paganos haya tañido el cuerno!
Por eso, mis parientes reproche no tendrán.
En cuanto que me encuentre en esta gran batalla,
en ella asestaré mil setecientos golpes:
veréis de Durandarte su acero ensangrentado.
Los franceses son buenos, lucharán con valor
y de esos españoles ninguno escapará.»

LXXXVI

Allí dice Oliveros: «No hay deshonor en eso:
sarracenos de España muchos he visto yo.
Son tantos que han cubierto los valles y montañas,
han cubierto laderas y han cubierto llanuras.
Muy grandes son las huestes de esa gente extranjera
y nosotros tenemos pequeñísima tropa».
Le responde Roldán: «Mi valor se acrecienta.
¡No sea la voluntad de Dios ni de sus ángeles
que por mí se perdiera de Francia la valía!
¡Más quiero yo morir que deshonor me venga!
Cuanto más golpeemos, más Carlos nos querrá».
Cantar de Roldán

viernes, 17 de julio de 2015

Arte poética de Horacio traducida por Tomás de Iriarte

Epístola a los Pisones, traducida en verso castellano.

Si por capricho uniera un dibujante
a un humano semblante
un cuello de caballo y repartiera
del cuerpo en lo restante
miembros de varios brutos que adornara
de diferentes plumas, de manera
que el monstruo, cuya cara
de una mujer copiaba la hermosura,
en pez enorme y feo rematara, al mirar tal figura,
¿dejarais de reíros,  oh Pisones?
Pues, amigos, creed que a esta pintura
en todo semejantes
son las composiciones
cuyas vanas ideas se parecen
a los sueños de enfermos delirantes,
sin que sean los pies ni la cabeza
partes que a un mismo cuerpo pertenecen.

Pero dirán que con igual franqueza
siempre pudieron atreverse a todo
pintores y poetas. Lo sabemos:
y cuando esta licencia concedemos
pedimos nos la den del mismo modo;
mas no será razon valga este fuero
para mezclar con lo áspero lo suave,
con la serpiente el ave,
o con tigre feroz manso cordero.

A veces a un principio altisonante
que grandes cosas entra prometiendo,
suele alguno zurcir tal cual remiendo
de púrpura brillante,
como cuando describe, por ejemplo,
ya el bosque de Diana, ya su templo;
o el arroyuelo que la fértil vega
acelerado y tortüoso riega;
o bien el caudaloso
curso del Rin, o el Iris proceloso,
pero allí nada de esto era del caso.

Sabrás pintar acaso
un ciprés. ¿Y qué sirve, si el que viene
a darte su dinero te previene
le pintes un marítimo fracaso
en que él, sobre una tabla destrozada,
sin esperanza de la vida, nada?
Si hacer una tinaja era tu intento,
¿por qué, dando a la rueda movimiento,
te ha de salir al fin un pucherillo?
Cualquier asunto, pues, o pensamiento
debe siempre ser único y sencillo.
A todos, o a los más, una apariencia
del buen gusto deslumbra con frecüencia.

¡Oh tú, padre Pisón, Pisones
hijos dignos de padre tal! Cuando procuro
que no pequen mis versos de prolijos,
tan breve quiero ser que soy obscuro;
otro su estilo tanto pule y lima
que le quita el vigor, le desanima;
quiere aquél ser sublime, y es hinchado;
este que, acobardado,
teme la tempestad y no alza el vuelo,
siempre humilde se arrastra por el suelo,
y el que intenta de un modo extraordinario
el asunto más simple hacer muy vario,
surcando el mar a un jabalí figura
y a un delfín penetrando la espesura,
pues, sin el arte, quien un vicio evita,
en vicio no menor se precipita.

En la tienda más próxima a la escuela
en que a esgrimir enseña Emilio, habita
un escultor que con primor cincela
las uñas de una estatua, y aun imita
en bronce el pelo suave;
pero el conjunto de la estatua entera
le sale mal porque ajustar no sabe
las partes al total como debiera.

Si acaso a este hombre copio
cuando de componer me da la idea,
es contra mi intención, porque es lo propio
que, si yo presumiera de ojos bellos
y de negros cabellos,
una nariz tuviera tosca y fea.

Tome el que escribe asunto que no sea
superior a sus fuerzas: reflexione
cuál es la carga que en sus hombros pone
y si pueden con ella o los abruma:
piénselo bien; y, en suma,
quien elige argumento
adecuado a su genio y su talento,
hallará sin violencia
método perceptible y elocuencia.

O me engaña mi propio entendimiento,
o no es la menor gracia y excelencia
que este método mismo en sí contiene
que, de las cosas que decir conviene,
algunas desde luego se refieran
y otras para otro tiempo se difieran.
El que un poema escriba
que al lector ponga en justa espectativa,
algunos pensamientos aproveche
y otros con sabia crítica deseche.

El inventar palabras pide tiento,
delicadeza pide y miramiento.
Hablarás elegante si reúnes
diestramente dos términos comunes
y una voz nueva de los dos resulta.
Cuando a explicar te vieres obligado
una cosa moderna, extraña, oculta,
será lícito inventes
vocablos que jamás hayan llegado
a oídos de tus rancios ascendientes,
como tengas prudencia
para usar con templanza esta licencia.

Una dicción formada nuevamente
será bien admitida
si su origen dimana
de alguna griega fuente
y con leve inflexión viene traída;
pues la severa crítica romana
no ha de negar a Vario y a Virgilio
lo que concedió a Plauto y a Cecilio.

¿Habrá algún envidioso que me impida
aumentar ciertas voces a mi idioma,
después que Enio y Catón enriquecieron
el lenguaje de Roma
y nuevos nombres a las cosas dieron?
Siempre se pudo y es razón se pueda
fabricar algun término reciente
con el sello corriente
del día, a imitacion de la moneda.
Bien así como el bosque se despoja,
al declinar el año, de la hoja,
y otra fresca se viste, así perecen
los vocablos añejos
y otros nuevos retoñan y florecen.
Están los hombres y sus obras lejos
de la inmortalidad aunque se emprenda
abrir el Puerto Julio en que defienda
Neptuno de los fríos
vientos septentrionales los navíos,
(obra digna de un rey) o se pretenda
secar y convertir en fértil prado
la Laguna Pomtina
que el remo antes surcó y hoy el arado,
dando ya grano a la región vecina,
o sea que se intente
refrenar la corriente
del río que a las mieses fue dañino
y enseñarle a seguir mejor camino.
Mas si a este modo es fuerza que perezca
toda mortal hechura,
¿quién hará que la gracia y hermosura
de los idiomas viva y permanezca?
Muchas voces veremos renovadas
que el tiempo destructor borrado había
y, al contrario, olvidadas
otras muchas que privan en el día,
pues nada puede haber que no se altere
cuando el Uso lo quiere,
que es de las lenguas dueño, juez y guía.

El que enseñó primero
en qué especie de verso convenía
cantar guerras fatales,
y hazañas de los fuertes generales
y de los reyes, fue el antiguo Homero.

Solo era en algún tiempo la elegía,
con versos desiguales,
propia de quien se queja y de quien llora;
pero también con ella suele ahora
pintar su dicha el que algún bien consigue.
Sobre quién fue su autor, gran competencia
hay entre los gramáticos; y aun sigue
el pleito sin que nadie dé sentencia.

Hicieron el enojo y la impaciencia
que Arquíloco inventase versos yambos.
El sublime coturno en la tragedia,
y el zueco en la comedia
esta clase de metro usaron ambos,
que imita bien el familiar discurso;
que, aplacando el bullicio del concurso,
llama las atenciones
y cuadra a las dramáticas acciones.
 
Caliope misma inspira
para que se celebren con la lira
los dioses o los héroes o el atleta
en la lucha triunfante,
o el caballo arrogante
que en la carrera vence, o los amores
de juventud inquieta
o ya del libre Baco los loores.

¿Por qué razón me han de llamar "poeta"
si no sé distinguir estos colores
ni dar a cada estilo su decoro?
¿Qué? ¿Tendré por afrenta o menosprecio
aprender lo que ignoro
antes que ser toda mi vida un necio?

Nunca el asunto cómico permite
trágicos versos, ni el atroz convite
de Tiestes vulgares expresiones
como narracion cómica tolera
ninguna de estas dos composiciones
se aparte de sus límites y esfera. 
Con todo, hay ocasiones 
en que, elevando el tono la Comedia,
declama airado Cremes en lenguaje 
adecuado a más alto personaje;
y otras en que se queja la Tragedia 
con el humilde y popular estilo. 
Así, queriendo Télefo y Peleo, 
pobres y desterrados, sin asilo, 
a lástima incitar los circunstantes, 
la afectación excusan y el rodeo 
de términos pomposos, retumbantes. 
No basta a los poemas que elegantes 
a los preceptos del primor se ajusten 
si dulcemente el ánimo no mueven. 
Es menester que lleven 
tras sí los corazones donde gusten: 
como en el hombre es natural reírse 
siempre que oye reír, lo es igualmente 
siempre que ve afligidos, afligirse,
y, si contigo quieres me lamente, 
tú mismo debes antes lamentarte: 
solo así en tu dolor me cabrá parte. 
Cualquiera de los dos que sin destreza 
(o Télefo y Peleo) represente 
su papel, ha de darme risa o sueño. 
Debe el triste explicarse con tristeza; 
el enojado, amenazar con ceño; 
decir jocosos chistes el risueño 
y el serio conservar grave entereza;
pues la Naturaleza
desde luego formó los corazones
propensos a sentir las variaciones
de la fortuna: infúndeles la ira
o júbilo les causa, o les inspira
melancólico humor que los abate;
y hace que, fiel intérprete, relate
la lengua los afectos interiores.
Cuando a la situación de los actores
no vienen las palabras apropiadas,
la nobleza y la plebe
se burlarán rïendo a carcajadas.
Diferenciarse en gran manera debe
lo que habla un dios de lo que un héroe dice;
lo que expresa un anciano
a quien la madurez caracterice,
de lo que un mozo intrépido y liviano;
lo que una gran matrona representa,
de lo que su afectuosa confidenta;
lo que habla un mercader que ansioso viaja,
de lo que un aldeano
que su heredad fructífera trabaja.
Ni el asirio se explique
como el nacido en Colcos, ni se aplique
de Argos al ciudadano
el estilo que es propio del tebano.

Si pintas ¡oh escritor! los caracteres, 
o bien sigue la fama de la Historia 
o haz que no tengan los que tú fingieres 
circunstancia u acción contradictoria.
Si a la escena sacar de nuevo quieres 
al afamado Aquiles, hazle activo, 
arrebatado, inexorable, altivo; 
no reconozca ley ni guarde fuero
y todo se lo apropie con su acero.
Sea inflexible y bárbara Medea;
Ino llore en acento lastimero; 
Ío vagante sea; 
osténtese Ixión traidor, malvado,
y Orestes de las Furias agitado.

Cuando un carácter expresar dispones
no usado en algún drama
o un héroe nuevo en el teatro expones,
obre desde el principio de la trama
hasta el fin de ella igual y consiguiente.
Difícil es pintar exactamente
los caracteres que podemos todos
fingir con libertad de varios modos.
Harás mejor si alguna acción imitas
sacada de la Ilíada de Homero,
que no en ser el primero
que represente historias inauditas.

De esta suerte el asunto
que para todos es un campo abierto
será ya tuyo propio; mas te advierto
no sigas (que esto es fácil) el conjunto,
la serie toda, el giro y digresiones
que usa el original que te propones;
ni a la letra le robes y traduzcas
como intérprete fiel que nada inventa,
ni seas tan servil que te reduzcas
por copiar muy puntual aquel dechado
a algún temible estrecho
del cual salir no puedas sin afrenta,
cual fuera si te vieses obligado
a describir un hecho
que no se acomodase
a la ley de un poema de otra clase.

Ni has de empezar diciendo
como el otro poeta adocenado:
"Cantar del celebrado
Príamo la fortuna y guerra emprendo".
¿Qué saldrá, al fin, de esta arrogante oferta
pregonada con tanta boca abierta?
De parto estaba todo un monte; y, luego,
¿qué vino a dar a luz? Un ratoncillo.
¡Oh cuánto más juicioso, más sencillo
es el principio del poeta griego:
"Dime, oh Musa, el varón que aniquilada
dejó de Troya la ciudad sagrada;
y tanta muchedumbre
vio de estrañas costumbres y naciones"!
Su intención es dar humo y después lumbre;
no lumbre y después humo,
hasta llegar por grados a lo sumo
del primor en las bellas descripciones
de Caribdis, de Scila, del gigante
Polifemo y del rey de Lestrigones.
No así aquel escritor extravagante
que cantó de Diomedes el regreso
y el poema empezó desde el instante 
en que llevó la muerte
a Meleagro: de la misma suerte 
que el otro que escribir todo el suceso 
de la guerra troyana se propuso 
desde que Leda los dos huevos puso.

Homero velozmente se adelanta 
al fin e intento de la acción que canta
y, como si estuvieran sus lectores
ya de antemano impuestos
en los diversos lances anteriores 
que a su poema sirven de supuestos, 
los arrebata al punto 
y los pone en el medio de su asunto,
dejando siempre aparte
toda aquella porción de su argumento 
que no puede, aun limada por el arte, 
adquirir brillantez y lucimiento. 
Su ficcion es tan grata, y de tal modo 
mezcla con ella la verdad, que en todo
con el principio el medio allí concuerda 
y con el medio el fin nunca discuerda. 

Ahora, pues, autor, oye y aprende 
lo que de ti deseo, 
y lo que todo el público pretende. 
Si quieres atraer al coliseo 
oyentes que sentados se mantengan 
hasta que bajen el telón, y vengan 
a pedir el aplauso acostumbrado,
las diversas costumbres especiales 
de cada edad observa con cuidado, 
distinguiendo las prendas naturales 
que a los mudables años pertenecen 
y que en las varias índoles se ofrecen.

La tierna crïatura
que lo que oye refiere
y ya en andar se suelta y asegura, 
solo jugar con sus iguales quiere; 
sin causa muestra ceño u alegría; 
y cada hora condición varía. 
Ya libre de ayo el mozo 
que aun no empieza a trocar en barba el bozo, 
caballos y lebreles apetece 
y del Campo de Marte el ejercicio.
Blando es cual cera a la impresión del vicio;
a quien le da consejos aborrece;
piensa tarde en lo útil; del dinero
usa con desperdicio;
es vano y altanero; 
codicia cuanto ve, y al punto olvida
lo que antes fue la cosa más querida. 

En las inclinaciones diferente 
la varonil edad busca riqueza;
busca también amigos, y ya empieza
a mirar por su honor; evita y siente
cometer algún yerro, o bastardía
de que se afrente o se desdiga un día. 

Una tropa de afanes importuna 
al hombre anciano asalta,
ya porque junta bienes de fortuna,
y, por ruindad mezquina,
para usar de ellos ánimo le falta,
ya porque en él domina
la fría timidez y la tardanza.
Con su irresolución nada termina;
difícilmente admite la esperanza;
tiene a la vida un inmortal cariño;
siempre gruñe o se queja;
de la boca no deja
los elogios del tiempo en que era niño; 
y aburre con sermones y regaños 
a todos los que tienen menos años. 

Si creciendo la edad, mil bienes trae, 
se los lleva tras sí cuando decae: 
y, porque nunca a bulto
papel de anciano al mozo se adjudique, 
ni al niño el de un adulto, 
conviene que se aplique 
el autor a estudiar las propiedades
que inseparables son de las edades.

Cualquier lance en la escena se reduce 
o a representacion o a narrativa. 
Cierto es que hace impresión menos activa 
lo que por los oídos se introduce 
que lo que por los ojos se aprehende
y el mismo espectador por sí lo entiende. 
Mas tal vez no conduce 
que algún hecho en las tablas se practique 
sino que al pueblo explique 
una fiel narración lo que no vea. 

Ni sus hijos a vista de la gente 
despedace Medea; 
ni cueza las entrañas 
de sus sobrinos el malvado Atreo; 
ni ave se vuelva Progne, ni serpiente 
Cadmo; pues maravillas tan extrañas,
cuando me las pintáis tan neciamente, 
repugnantes me son, y no las creo. 

Para que un drama al público entretenga
y este le pida siempre con deseo,
ni más ni menos de cinco actos tenga.
Conducido en tramoya un dios no venga
que el final desenredo facilite
cuando el enredo un dios no necesite.
Ni en cada escena llegarán a cuatro
las personas que ocupen el teatro.
Haga las veces de un actor el Coro
y entre los actos sea lo que entone 
tan conforme al propósito y decoro 
de la acción, que con ella se eslabone.
Al hombre honrado aliente y patrocine; 
únase al buen amigo, 
aplaque al irritado y apadrine 
al que de la maldad es enemigo; 
aplauda la inocencia y la delicia 
de la mesa en que reina la templanza. 
La debida alabanza 
tribute a la benéfica justicia; 
cante las leyes y el estado quieto 
de aquel pueblo feliz en que las puertas 
con libertad segura estén abiertas; 
sea fiel al secreto 
y a las deidades ruegue
que la fortuna a los soberbios niegue
el logro de sus gustos
y atienda a las miserias de los justos.

La flauta a los principios, como ahora,
con cercos de latón no se adornaba
y no era del clarín competidora.
Con sencillez al coro acompañaba
siendo corta y de pocos agujeros.
Del soplo a los impulsos más ligeros
en todos los asientos bien se oía,
los cuales todavía
no eran, como hoy, estrechos y apiñados.
Allí un escaso número asistía
de vecinos contados,
tan píos y modestos como honrados.
Pero, más adelante,
cuando el pueblo latino
se vio con más haciendas, más triunfante
extendiendo sus muros, y en las fiestas
impunemente se entregaba al vino
y al pasatiempo en público y de día,
Música y Poesía
más libres fueron ya, más descompuestas.
¿Y qué otra cosa producir podía
la ignorancia del rústico aldeano
que al fin de su labor se hallaba ocioso,
unido con el culto ciudadano,
y la mezcla del ruin con el virtuoso? 
Así, después, al arte primitivo 
movimiento más vivo, 
más variedad y lujo dio el flautista;
y en el tablado con desenvoltura
arrastraba a la vista
del pueblo rozagante vestidura.
De la propia manera
la lira que antes fue grave instrumento,
en sus cuerdas y voces tuvo aumento;
y remontó su estilo hasta la esfera 
el coro con insólita osadía. 

Su moral documento
que indagar pretendía
cuanto es útil al hombre, y las secretas
sendas investigar de lo futuro,
usó un idioma enfático y obscuro
cual era el de los délficos profetas.
El mismo autor que a disputar se puso
de la tragedia el premio que algún día
era el vil padre de la grey cabría,
inventó luego el uso
de sátiros desnudos en la escena;
y una farsa mordaz de burlas llena
introducir pensó sin detrimento
del serio y grave estilo. Fue su intento 
que hallase el vulgo en las festivas sales 
la grata novedad y el atractivo, 
cuando en los sacrificios bacanales 
la excesiva licencia
del comer y beber era incentivo
del desenfreno y pública insolencia.
Si alegrar deben la tragedia triste
los sátiros burlescos, decidores,
alternen los autores
de tal modo las veras con el chiste,
que aquel dios o aquel héroe que se viste
de rica grana y oro anteriormente
después no se presente
hablando en el lenguage humilde y llano
de las tiendas más viles de la plebe,
o, por querer usarle muy lozano,
y distante del ínfimo, se eleve
a la excelsa región del aire vano.

Aquestos versos frívolos, chanceros
mezclarse en la tragedia no debieran;
mas ya que en ella sátiros se ingieran,
no sean disolutos ni groseros.
Súfralos con modestia y parsimonia,
a imitación de la matrona honesta
que se ve en ciertos días de gran fiesta
precisada a bailar por ceremonia. 

Si yo, Pisones míos, me ocupara 
en satíricos dramas de este modo,
no me explicara libremente en todo
con locución desaliñada y clara;
ni del trágico estilo me apartara
tanto, que confundiera
con lo que hablase Davo,
que hace en comedias el papel de esclavo,
y la atrevida Pitias que el dinero 
saca al viejo Simón, lo que dijera 
Sileno, ayo de un dios y compañero. 
Fingiera yo sobre un trivial asunto 
una acción bien seguida, de manera 
que oyéndola cualquiera 
se figurase al punto 
que él otro tanto haría 
y, poniéndose a ello, viese que era
inútil el sudor y la porfía.
¡Tanto puede una serie de incidentes
ligados a un buen plan, y consiguientes!
¡Tantos primores caben
aun en lo mismo que ya todos saben!

Los faunos que en las selvas se han criado,
por mi voto jamás en el tablado
han de hablar el idioma
que por calles y plazas se usa en Roma;
ni pronunciar cual jóvenes galanes
tiernas y delicadas expresiones,
ni decir indecencias de truhanes
o soeces dicterios y baldones;
que, aunque esto es lo que agrada
a los que compran nueces y tostones,
nunca lo escucha con paciencia el gremio
de gente bien nacida y bien criada
como digno de aplausos o de premio. 

Llaman yambo el pie rápido en que venga 
una sílaba larga tras la breve.
El verso yambo de seis de ellos nace;
y esta rapidez hace
que de trímetro yambo el nombre lleve, 
aunque seis y no tres medidas tenga. 
Solía constar antes
de yambos puros, todos semejantes; 
pero después acá, porque al oído 
más noble y más pausado sonar pueda, 
los graves espondeos ha admitido 
complaciente y sufrido 
con tal que no les ceda 
segundo o cuarto puesto, 
que reservarse para sí ha dispuesto. 
Pocos trímetros hechos de esta suerte 
se hallan en los poetas Accio y Enio, 
(aunque se aplauda de ambos el ingenio) 
en los cuales se advierte 
de lentos espondeos la abundancia 
que, o bien arguyen una incuria omisa, 
o demasiada prisa, 
del arte y sus reglas ignorancia. 
Pero no, no son todos jueces rectos 
que en un poema vean los defectos 
de armonía y cadencia 
y es grande la licencia 
que a nuestros escritores 
han dado injustamente los lectores. 
Mas ¿esto me valdrá para que escriba 
sin regla ni concierto 
o bien será razón que, aunque conciba 
que todos, si cometo un desacierto,
me le habrán de notar, quiera, no obstante, 
seguro, confiado y con descuido, 
llevar mis desatinos adelante, 
porque otros el perdón han obtenido? 
Y, al fin, aun cuando acierto
a observar bien las reglas en mi escrito, 
¿qué habré logrado? La censura evito, 
pero ¿merezco elogio? No, por cierto. 
Revolved, pues, vosotros, ¡oh Pisones! 
las obras de los griegos noche y día. 
Mas, podrán replicar: ¿no merecía 
en el tiempo de antaño aclamaciones 
la aguda poesía 
en que Plauto mezclaba sus gracejos? 
Sí; pero aquellos viejos
los admiraron con bondad paciente
y aun estoy por decir que neciamente, 
si ya no es tanta la torpeza mía 
y la vuestra también, que confundamos
la gracia con la vil chocarrería
y, cuando los pies métricos contamos 
ya por los dedos, ya por el oído, 
apenas distingamos 
lo que es verso arreglado y bien medido.

Fue Tespis el poeta
que en la Grecia inventó, según es fama, 
nuevo trágico drama, 
y que, en una carreta
por los pueblos llevó representantes
recitando unas veces
y otras cantando, con las turbias heces 
del vino embarnizados los semblantes. 
Formando luego Esquilo 
de no muy altos leños un tablado, 
de una ropa talar ordenó el uso 
a los actores; máscara les puso 
y haciéndolos hablar más alto estilo, 
les destinó el coturno por calzado. 
De esta misma tragedia 
fue la antigua comedia
sucesora feliz, bien aplaudida; 
pero, siendo insolente sin medida, 
degeneraba en vicio tan nocivo 
que presto dio motivo 
a que se contuviera
su audacia con ley pública y severa;
y, enmudeciendo ignominiosamente 
el coro a su despecho, 
perdió el libre derecho 
de ser ultrajadora y maldiciente. 

Ya no han dejado asunto 
por tocar nuestros hábiles poetas,
pero hoy en ningún punto
merecen alabanzas más completas 
que en separarse de la griega historia 
y al teatro sacar con nueva gloria 
las notables acciones de romanos, 
unos en las comedias pretextatas 
en que entran los primeros ciudadanos; 
otros en las togatas
en que hablan gentes de inferior esfera.
Y acaso en letras más ilustre fuera
que lo es en armas el país del Lacio,
si ya las obras de la docta pluma
limasen los ingenios con espacio.

Vosotros, descendientes del gran Numa,
condenad todo verso
que con diez correcciones,
después de muchos días y borrones,
no haya quedado bien pulido y terso.

Porque pensó Demócrito que el arte
es menos esencial en el poeta
que el genio y porque rígido decreta
que todo el que no tenga alguna parte
de loco no ha de entrar en el Parnaso,
se ven a cada paso
algunos que se dejan
crecer uñas y barba expresamente,
se retiran del trato de la gente
y de los baños públicos se alejan.
Tienen por evidente
que del renombre de poeta ufanos
pueden estar con no poner en manos
del barbero Licino
las testas en que el tino
perdieron de tal modo
que acaso restaurarle no podría
el heléboro todo
que en tres Islas Antíciras se cría.

¡Harto necio soy yo, por vida mía,
que me tomo al entrar la primavera,
para evacuar la bilis, un purgante!
Si no fuera por esto ¿quién pudiera
versificar mejor, más elegante?
Mas yo no expongo a tanta costa el juicio.
De piedra de amolar haré el oficio
que, aunque por sí no corta,
hace que corte el hierro: y nada importa
el no ser yo escritor para que explique
cuál es la obligacion y el ejercicio
de todo aquel que a serlo se dedique:
cómo encuentra caudal la poesía;
qué es lo que a un buen poeta instruye y forma;
de lo decente o no, cuál es la norma;
adónde el arte, adónde el error guía.
Del escribir con propiedad y peso
el principio y la fuente es tener seso.

En su filosofía,
Sócrates la materia nos enseña
de cosas que decir y al que ya tiene
bien previsto el asunto en que se empeña,
la explicación naturalmente viene.
Así, quien sabe el proceder humano
que con patria y amigo usar conviene,
cómo ha de amar al padre y al hermano,
cómo a su huésped, qué cuidado encierra
o el empleo de un padre del Senado
o el de otro magistrado
o ya el de un general que va a la guerra,
ese es quien bien adapta y establece 
lo que a cada sujeto pertenece.
El sabio imitador con gran desvelo 
ha de atender, si observa mi mandato, 
a la Naturaleza, que el modelo 
es de la humana vida y moral trato; 
de cuyo original salga una copia 
con la expresión más verdadera y propia.
La comedia, tal vez, que se hermosea 
con las varias sentencias y observancia 
de buenos caracteres, aunque sea 
pobre de arte, energía y elegancia, 
más entretiene al pueblo y le recrea 
que el verso sin substancia 
que suena bien y al fin es fruslería. 

Las Musas a los griegos el ingenio 
dieron, y del lenguaje la armonía; 
aspiran todos por nativo genio 
a ser solo de honor y fama ricos, 
pero acá los romanos desde chicos 
saben hacer prolijas particiones
de un as o de una libra en cien porciones. 
Diga el hijo de Albino, el usurero: 
"Si de cinco dozavas 
descontar una quiero, 
cuánto resta? Ea, di. ¿Por qué no acabas?
-Queda un tercio cabal. ¡Bien ajustado! 
Sabrás cuidar tu hacienda. Y di ¿si añado 
una dozava más a aquellas cinco, 
¿Qué suma? -Una mitad." Cuando este ahínco
en allegar caudal, y esta carcoma
del perverso interés domina en Roma,
¿qué versos esperamos que hoy se escriban
que con jugo de cedro preservados
y en tablas colocados
de bruñido ciprés, durables vivan? 
Los poetas desean 
o que sus obras instructivas sean, 
o divertidas, o contengan cosas 
al paso que agradables, provechosas. 
Si enseñar quieres, concisión observa, 
que el humano concepto, 
cuando es breve el precepto, 
percibe dócil y puntual conserva, 
y todo lo superfluo y no del caso 
rebosa cual licor que colma el vaso. 
Lo que con fin de recrear se invente, 
a la verdad se acerque en lo posible: 
la cómica ficción no represente 
por antojo u capricho lo increíble; 
ni a la bruja que un niño tragó entero 
se le saquen del vientre carnicero. 
Senadores ancianos 
vituperan las obras que no instruyen, 
y caballeros jóvenes romanos
de las muy serias y profundas huyen.
Mas todos con su voto contribuyen
al que enseñar y deleitar procura,
y une la utilidad con la dulzura.
El libro en que ambos méritos se incluyen 
a los libreros Sosios da dinero; 
pasar el mar merece, 
al autor ennoblece 
y le asegura un nombre duradero. 
Pero son disculpables ciertas faltas; 
pues no siempre despide
la cuerda el son que el tocador la pide,
que en vez de voces bajas, da las altas;
ni siempre el tirador al blanco acierta.
Cuando yo en un poema acaso advierta
gran numero de gracias singulares,
perdonaré lunares,
si fueren pocos; porque habrán nacido
o de leve descuido,
o de humana flaqueza... Mas ¡a espacio!
que no siempre hay perdón. Cuando reacio
escribe el mal copiante (aunque le emiendan)
una misma mentira,
no, no merece que su excusa atiendan.
Si el que tañe la lira, 
en una cuerda siempre se equivoca,
¿quién no se ha de reír de lo que toca?
Al que todo lo yerra, yo comparo
con Quérilo, el poeta,
de quien me admiro y río si reparo
que, por acierto raro,
una cosa discreta,
o a lo más dos o tres ha en su escrito;
y al contrario me irrito
si el buen Homero se descuida o duerme.
Pero también esfuerza convencerme
de que en libro tan lato
no es mucho que al autor dé sueño un rato. 
Pintura y Poesía se parecen; 
pues en ambas se ofrecen 
obras que gustan más vistas de lejos; 
y otras, no estando cerca, desmerecen. 
Cuál debe colocarse en parte obscura; 
cuál de la luz no teme los reflejos, 
ni del perito la sutil censura: 
por la primera vez agrada aquella; 
esta, diez veces vista, aún es más bella. 
¡Oh tú, hermano mayor de los Pisones, 
aunque el cielo prudencia darte quiso 
y de tan sabio padre las lecciones,
ten en memoria este importante aviso!
En ciertas profesiones
se puede tolerar la medianía.
suele un jurisconsulto, un abogado,
no tener la elocuente valentía
de Mesala, ni ser tan gran letrado
como es Aulo Caselio; y aun, con todo,
mérito no le falta en cierto modo;
mas poetas medianos,
ni los sufren los dioses soberanos
ni tampoco los hombres,
ni menos los aguantan
los mismos duros postes en que plantan
carteles con sus obras y sus nombres,
cual suele en un banquete regalado
causar gran desagrado
de una orquesta infeliz la disonancia,
o, para ungirse, una pomada rancia,
o bien la adormidera
con la miel de Cerdeña mal mezclada;
porque aquella función muy bien pudiera
ser buena, sin que de esto hubiera nada;
así la Poesía,
que para dar recreo fue inventada,
en vil y despreciable degenera, 
si del perfecto grado se desvía.
El que de lidiar bien no se gloría,
no va al Campo de Marte;
y el que ignora con qué arte
pelota, disco y trompo se manejan,
se abstiene de jugar, por si motejan
con risas insolentes
su poca habilidad los concurrentes.
Mas cualquier necio ya, si se le antoja,
a hacer versos se arroja. 
Y ¿por qué no, si es hombre que proviene
de estirpe noble y clara;
mucho más, cuando tiene
suficiente dinero
para ser recibido caballero,
y nadie puede echarle nada en cara?
Tal es tu entendimiento y tu cordura,
que no harás ni dirás violentamente
cosa en que el numen obre renitente; 
mas si algo por ventura 
escribes algún día, 
sujétalo de Mecio a la censura, 
como a la de tu padre y a la mía; 
y tenlo hasta nueve años reservado; 
porque mientras inéditos guardares 
tus pergaminos, puedes con cuidado 
corregir los defectos que repares; 
mas es inútil esperar la vuelta 
de la palabra que una vez se suelta. 
A los hombres feroces 
el sacro Orfeo, intérprete divino, 
separó con lo dulce de sus voces 
del estado brutal en que vivían, 
siendo uno de otro bárbaro asesino: 
y por tales acciones
todos le atribuían
que domó fieros tigres y leones.
Del mismo modo los tebanos muros
edificó Anfión, que con los sones
del acorde instrumento.
tras sí llevaba los peñascos duros,
dóciles al poder del blando acento.
Entonces la mejor sabiduría
era la que prudente discernía
ya del público bien el bien privado,
o ya de lo profano lo sagrado;
refrenaba la torpe demasía
de tener las mujeres por comunes;
los matrimonios conservaba inmunes
sanas reglas dictando a los esposos;
se aplicaba a fundar pueblos dichosos
y grababa las leyes en madera. 
Llegaron a adquirir de esta manera 
los divinos poetas alta gloria, 
dando a sus versos inmortal memoria. 
Luego la poesía
del celebrado Homero y de Tirteo 
los varoniles ánimos movía 
al logro ilustre del marcial trofeo. 
Ya el respetable oráculo de Apolo 
explicaba tan solo
en verso sus decretos; 
ya de Naturaleza los secretos 
en verso se enseñaban igualmente: 
el favor de los reyes soberanos 
solicitar en verso era frecuente;
y hallaron los humanos 
en las varias poéticas ideas 
gusto y descanso al fin de sus tareas.
Esto refiero aquí, noble Mancebo,
porque el arte canoro
de las discretas Musas y de Febo
alguna vez no tengas por desdoro. 

Dudan si el verso digno de alabanza 
del natural ingenio se deriva,
o bien del artificio y enseñanza.
Yo creo que el estudio nada alcanza
sin la fecundidad de la inventiva
ni la imaginación inculta y ruda 
es capaz por sí sola del acierto; 
pues han de darse, unidas de concierto, 
naturaleza y arte mutua ayuda. 
El atleta robusto que su brío 
desea ver premiado en la carrera, 
se agitó mucho cuando joven era, 
sufrió mucho también; expuesto anduvo
siempre al calor y al frío
y, en fin, del vino y del amor se abstuvo. 
El flautista que diestro 
hoy el cántico pitio entonar sabe, 
aprendió con un rígido maestro. 

Mas ya basta decir en tono grave:
"Nadie, nadie me excede
en hacer un poema prodigioso.
Ruin sea por quien quede:
que otro me deje atrás no es decoroso;
ni confesar con injuriosa nota
que en lo que no aprendí soy un idiota". 
Como al puesto en que hay géneros de venta 
convoca un pregonero 
numeroso tropel de compradores: 
así el poeta a quien su campo renta
y tiene medios de imponer dinero 
atrae a la ganancia aduladores. 
Si da una buena mesa además de esto
y sale por fiador del que en pobreza
ha caído por ser mala cabeza
y de un pleito funesto
le liberta benévolo, yo apuesto
que no tendrá la dicha, ni el buen tino
de conocer qué amigo es falso o fino.
A quien hubieres hecho algún presente,
o hacérsele medites,
para oír versos tuyos no le cites;
pues si lleno de júbilo se siente,
clamará: "¡Bueno! ¡Lindo! ¡Bravamente!"
Pálido se pondrá y aun por ventura
llorará de amistad y de ternura,
saltará en el asiento,
dando fuertes patadas de contento.
Cual suelen demostrar los que alquilados
van a llorar a un duelo,
en acciones y en voz más desconsuelo
que los que están de veras angustiados
tal siente, al parecer, el lisonjero
más que el panegirista verdadero.
Cuéntase de los grandes potentados,
que, para hacer de alguno confianza,
le dan a beber vino sin templanza,
con repetidos brindis le atormentan,
hasta que experimentan
si de amistad, por su reserva, es digno.
En caso de que escribas poesías,
harás mal si te fías
de adulador maligno 
que en astucias imita a la raposa. 
Cuando a Quintilio Varo 
un autor recitaba alguna cosa, 
le decía bien claro:
"Corrige sin temor esto u aquello".
Si el otro replicaba "no es posible,
pues dos veces o tres me he puesto a ello",
le ordenaba inflexible
volver al yunque el verso mal forjado.
Mas si el autor buscaba en su pecado 
disculpas, en lugar de correcciones,
ya no empleaba en vano
ni tiempo ni razones
y al escritor dexaba mano a mano
con su obra idolatrada,
sin más rival que le estorbase en nada.
El que es hombre de bien y hombre de pulso,
sabrá tachar el verso flojo, insulso;
condenará los ásperos e ingratos;
su pluma borrara con negra raya
aquellos en que gracia y arte no haya;
cercenará los frívolos ornatos;
lo que está obscuro mandará se aclare;
sin que tampoco apruebe
el equívoco ambiguo en que repare;
notando, en fin, cuanto mudarse debe.
Aristarco será, censor severo;
no de aquellos que dicen "yo no quiero
en materia tan leve
disgustar a un amigo por sincero".
Estas leves materias
algún día tendrán resultas serias,
cuando ya el adulado se haya visto 
entre todos ridículo y malquisto; 
pues el hombre sensato 
no menos que a un ictérico, a un leproso, 
y a un demente lunático y furioso, 
huye y teme al poeta mentecato. 
La turba de muchachos imprudente 
es solo quien le acosa y quien le hostiga; 
y alguno que inocente
no ve cuánto se expone el que le siga.
Si, vomitando versos remontados,
se extravía aquel loco y se desmanda
corriendo a todos lados, 
cual cazador que tras los mirlos anda, 
y se cae en un hoyo u en un pozo, 
clamando con sollozo: 
"¡Favor, señores! ¿No hay quien me socorra?"
Nadie hallará que a libertarle corra.
Mas si alguno, acudiendo en tal fracaso,
le echa una cuerda, yo diré al momento:
"¿Qué sabes tú si acaso
se arrojó por su gusto y si su intento
es que no se le saque del mal paso?"
Y citaré la muerte
de Empédocles, poeta de Agrigento;
la cual fue de esta suerte:
como pasar quería
por un dios inmortal, se arrojó un día
con la mayor frescura al Etna ardiente.
Piérdanse los poetas libremente
cada vez que les diere tal manía; 
pues conservar la vida al que se muere 
por gusto propio, es tanta tiranía 
como matar al que morir no quiere. 
No es ya la vez primera 
que ha intentado este raro desatino; 
y, aunque de aquel conflicto bien saliera, 
no quisiera dejar de ser divino, 
ni olvidara el anhelo que le inflama 
de adquirir con tal muerte nombre y fama. 
No se sabe, en verdad, por qué delito 
al poeta infundió su mala estrella 
de escribir siempre versos el prurito: 
si profanó tal vez la sepultura 
de su padre, orinándose sobre ella;
o arrancó por ventura 
cometiendo un sacrilego atentado,
la señal que denota ser sagrado
el lugar triste en que cayó centella.
Lo cierto es que, frenético y rabioso,
a manera del oso
que de su jaula quebrantó la reja,
va ahuyentando a ignorantes y discretos
con los atroces versos que recita;
al que una vez cogió, ya no le deja,
le asesina leyendo mamotretos
y a sanguijuela terca se asemeja
que de la piel que chupa no se quita
hasta que está de sangre bien ahíta.