domingo, 19 de julio de 2015

Gustave Flaubert, Madame Bovary

El aburrimiento de Emma

(Emma está casada con el médico Charles Bovary y es madre de una niña. Lleva una vida apacible en Yonville, una pequeña villa francesa, pero se siente infeliz y desdichada. Allí conoce al joven León, de quien se enamora).

Cuando León salía desesperado de casa de Emma, no sabía que esta se levantaba detrás de él para verle en la calle. Le seguía los pasos, trataba de leerle en la cara; inventó toda una historia con el fin de hallar un pretexto para ver su habitación. Consideraba que la mujer del boticario tenía una gran suerte por dormir bajo el mismo techo; y sus pensamientos se abatían continuamente sobre aquella casa, como las palomas del Lion d’or que iban a meter en los canalones sus patas rosadas y sus alas blancas. Pero cuanto más cuenta se daba de su amor, más lo reprimía, para que no se notara y para disminuirlo.

Habría querido que León lo percibiera; e imaginaba casualidades, catástrofes que lo facilitaran. Sin
duda, lo que la retenía era la pereza o el miedo, también el pudor. Pensaba que le había rechazado demasiado lejos, que ya no era tiempo, que todo estaba perdido.

Después el orgullo, la satisfacción de decirse: «Soy virtuosa», y de mirarse en el espejo adoptando unas posturas resignadas la consolaba un poco del sacrificio que acababa de hacer.

Entonces, los apetitos de la carne, las codicias de dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundió en un mismo sufrimiento; y en vez de desviar su pensamiento, más se agarraba a él, excitándose en el dolor y buscando en todo las ocasiones de sufrirlo. Se irritaba por un plato mal servido o por una puerta mal cerrada, se lamentaba del terciopelo que no tenía, de la felicidad que le faltaba, de sus sueños demasiado elevados, de su casa demasiado estrecha.

Lo que la exasperaba era que Carlos no parecía ni sospechar su suplicio. La convicción que tenía el marido de hacerla feliz le parecía un insulto imbécil, y su seguridad de esto, ingratitud. ¿Por quién era ella honrada? ¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda miseria y como la puntiaguda hebilla de aquella compleja correa que la ataba por todas partes?

Y concentró en él solo el odio numeroso que resultaba de sus hastíos, y todo esfuerzo por amortiguarlo no hacía sino exacerbarlo; pues este empeño inútil se sumaba a otros motivos de desesperación y contribuía más aún al alejamiento. Hasta su dulzura misma le infundía rebeliones. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, el cariño matrimonial a deseos adúlteros.

Hubiera querido que Carlos le pegara, para poder odiarle con más justicia, vengarse de él. A veces se asombraba de las atroces conjeturas que le venían al pensamiento; ¿y había de seguir sonriendo, oír cómo le repetían que era feliz, hacer como que lo era, hacer creer que lo era?

Pero esta hipocresía le repugnaba a veces. Tentaciones le daban de fugarse con León, de irse con él a alguna parte, muy lejos, para intentar un destino nuevo; pero enseguida se abría en su alma un abismo vago, lleno de oscuridad. «Además –pensaba–, León ya no me ama; ¿qué va a ser de mí? ¿Qué ayuda esperar, qué consuelo, qué alivio?»

Y se quedaba destrozada, jadeante, inerte, sollozando sordamente y bañada en lágrimas.

–¿Por qué no se lo dice al señor? –le preguntaba la criada, cuando entraba durante estas crisis.

–Son nervios –contestaba Emma–; no le digas nada, le darías pena.

–¡Sí, sí! –insistía Felicidad–, usted es como la Guérina, la hija del tío Guérin, el pescador de Mollet, que la conocí en Dieppe antes de venir a esta casa. Estaba tan triste, tan triste, que al verla de pie en la puerta de su casa, parecía un paño de entierro tendido allí. Resulta que su mal era así como una niebla que tenía en la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le daba muy fuerte, se iba sola a la orilla del mar, y cuando el teniente de la aduana iba a hacer la ronda, a veces la encontraba acostada boca abajo y llorando sobre las piedras. Dicen que después de casarse se le pasó.

–Pero a mí –replicaba Emma– es después de casarme cuando me ha dado.

GUSTAVE FLAUBERT
Madame Bovary

Víctor Hugo, Los miserables, 1862.

Víctor Hugo, Los miserables, 1862

Jean Valjean era de una pobre familia de la Brie. No había aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de podador en Faverolles. Su madre se llamaba Jeanne Matieu y su padre Jean Valjean o Vlajean, mote y contracción probablemente de «ahí está Jean» (1).

Jean Valjean tenía el carácter pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Su naturaleza estaba algo adormecida, era algo indiferente, en apariencia a lo menos. Perdió de muy corta edad a su padre y a su madre. Esta murió de una fiebre láctea mal cuidada.

Su padre, podador como él, se había matado de una caída de un árbol. Jean Valjean se encontró sin más familia que una hermana de más edad que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. Esta hermana había criado a Jean Valjean, y mientras vivió su marido tuvo en su casa a su hermano. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco años. Reemplazó al padre, y mantuvo a su vez a su hermana que le había criado. Hizo esto sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza.

Su juventud se gastaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca le habían conocido «novia» en el país. No había tenido tiempo para enamorarse.

Por la noche entraba cansado en su casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras comía, su hermana, la tía Jeanne, tomaba con frecuencia de su escudilla lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. Él, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la cena, con sus largos cabellos esparcidos alrededor de la escudilla, y ocultando sus ojos, parecía que nada observaba; y dejaba hacer. Había en Faverolles, no lejos de la choza de Valjean, al otro lado de la calle, una lechera llamada María Claudia; los hijos de Jeanne, casi siempre hambrientos, iban muchas veces a pedir prestada a María Claudia en nombre de su madre una pinta de leche, que bebían detrás de una enramada o en cualquier rincón de la calle, arrancándose unos a otros el vaso, y con tanta precipitación que las niñas pequeñas la derramaban en su delantal y en su cuello. Si la madre hubiera sabido este hurtillo, habría corregido severamente a los delincuentes. Pero Jean Valjean, brusco y gruñón, pagaba, sin que Juana lo supiera, la pinta de leche a María Claudia, y los niños evitaban así el castigo. Jean Valjean ganaba en la estación de la poda dieciocho sueldos diarios y después se empleaba como segador, como peón de albañil, como mozo de bueyes y como jornalero.

Hacía todo lo que podía. Su hermana también trabajaba por su parte. Pero ¿qué habían de hacer con siete niños? Aquella familia era un triste grupo rodeado y estrechado poco a poco por la miseria. Llegó un invierno cruel; Jean no tuvo trabajo. La familia no tuvo pan. ¡Ni un bocado de pan y siete niños! Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia en Faverolles, se disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo al través del agujero hecho en la vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente; el ladrón huyó a todo correr, pero Isabeau corrió también y le detuvo. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean.

Esto pasó en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un «robo con fractura, de noche y en casa habitada». Tenía en su casa un fusil del que se servía como el mejor tirador del mundo; era un poco aficionado a la caza furtiva y esto le perjudicó.

[…]

Jean Valjean fue declarado culpable. Las palabras del código eran terminantes. Hay en nuestra civilización momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Instante fúnebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pensador! Jean Valjean fue condenado a cinco años de presidio.

VICTOR HUGO

Los miserables (adaptación)

Fausto, de Goethe

Fausto, Johann Wolfgang von Goethe


PRELUDIO EN EL TEATRO

DIRECTOR

Vosotros dos, que tantas veces nos apoyasteis en la necedad y la aflicción, decidme qué acogida esperáis para nuestra empresa en estas tierras alemanas. Yo, sobre todo, querría agradar sobremanera al estado llano, porque vive y deja vivir. Ya están colocados los postes, ya se montó el tablado y todos se las prometen felices. Se han sentado allí confiados, con los ojos bien abiertos y deseando que asombren. Aunque sé cómo dar sosiego al espíritu del pueblo, nunca me he sentido tan desconcertado: no están acostumbrados a lo bueno, pero han leído mucho. ¿Cómo conseguiremos que, siendo todo fresco, nuevo y relevar resulte a la vez agradable? Y es que, la verdad, me gusta ver al pueblo llano acercarse en torrente a nuestra carpa y agolparse con insistente afán para pasar por la estrecha puerta de la Gracia, verlo a pleno sol, antes de las cuatro, llegar a empellones hasta la taquilla y casi romperse el cuello por su entrada, como se lo rompen por el pan en tiempos de escasez. Propiciar este milagro en gente tan diversa es algo que sólo logra el poeta, ¡consíguelo hoy, amigo! 

POETA

No me hables de esa abigarrada multitud cuyo aspecto panta al espíritu. Presérvame del ondulante flujo que, a nuestro pesar, nos empuja hacia el torbellino. No; llévame a ese sereno rincón del cielo donde sólo para el poeta flo rece la auténtica alegría, donde, con mano divina, el amor y la amistad procuran y dispensan bendiciones a nuestro corazón. Lo que de nuestro pecho brotó, lo que los labios empezaron a balbucir, malogrado o tal vez conseguido, queda envuelto por la salvaje violencia del instante. Lo que brilla nació para el instante; lo auténtico permanece imperecedero en la posteridad.

GRACIOSO

Cómo me gustaría dejar de oír hablar de posteridad. Si me pongo a hablar de ella, ¿quién hará reír a nuestra época? Esta quiere y debe disfrutar. Nunca es poco la presencia de un muchacho divertido; el que sabe expresarse con gra cia no amargará el humor del pueblo; deseará estar ante un público amplio para conmoverlo con más seguridad. Por eso, pórtate bien y sé ejemplar; haz oír a la fantasía con todos sus coros, a la razón, al entendimiento, a la sen sibilidad, a la pasión; pero, eso sí, cuídate de la locura.

DIRECTOR

Pero, sobre todo, ¡que haya acción! Se viene a ver; lo que gusta es mirar. Si ante los ojos ofreces una trama con mu chos sucesos, de manera que la gente se quede boquia bierta, te habrás ganado a la masa y serás un hombre bie namado. La masa sólo puede ser movida por la masa y así cada cual se procurará lo suyo. El que mucho reparte, da un poco a cada uno, y así todos salen contentos de la sala. Si les das una pieza, dásela en piezas, con ese ragú te sonreirá la fortuna: lo representado con sencillez es igual de fácil de imaginar. De nada sirve que lo ofrezcas todo entero, pues el público lo desmenuzará.

POETA

No comprendéis lo innoble que es ese oficio, lo poco se adecua al auténtico artista. Veo que las chapuza esos esmerados señores se han convertido en tu máxima.

DIRECTOR

Semejante reproche me deja indiferente. Aquel que qu obrar correctamente, debe servirse de la herramienta a piada. Piensa que has de partir madera blanda y mira a aquellos para quienes tienes que escribir. Uno viene aburrimiento; el otro llega ahíto de su mesa y, lo que es peor, algunos lo hacen después de haber leído el periódico. Acuden distraídos, como a un baile de máscaras; las damas, para lucirse, se esmeran en su arreglo y represe desinteresadamente su comedia. ¿Qué imaginabas desde tus alturas poéticas? ¿Qué hay de malo en una sala llena? Observa de cerca a esos mecenas: la mitad son frío; la otra, rudos. Uno, después de la función, espera jugar a las cartas; otro pasar una noche de amor al abrigo de los pechos de una fulana. ¿A qué viene, pobre loco, molestar a las amables musas para tal fin? Te lo digo: dales más y más, y mucho más, y así nunca te apartarás del objetivo. Intenta sólo embrollar a los hombres; satisfacerlos es muy difícil... ¿Qué prefieres, el entusiasmo o el dolor? 

POETA

Anda y búscate otro esclavo ¿Debe el poeta desaprovechar frívolamente el supremo derecho que la naturales dona? ¿Con qué conmueve él a todos los corazones? ¿Con qué logra vencer todo elemento? ¿No es acaso la armonía la que, saliendo del pecho, anuda el mundo al corazón? Cuando la naturaleza, tejiendo serena, somete en el huzo la longitud infinita del hilo; cuando, provocándonos fastidio, la inarmónica multitud de todos los seres, por entreverarse unos con otros, resuena desordenada, ¿quién, dole vida, divide en intervalos esa serie monótona para que tenga ritmo?, ¿quién atrae lo aislado hacia esa consagración universal en la que tañen magníficos acordes? ¿quién hace que se desencadenen con furor las tormentas y que brille con gravedad el crepúsculo?, ¿quién esparce todas las bellas flores de la primavera por la senda que pisa la amada?, ¿quién trenza insignificantes hojas dándoles la forma de una corona merecedora de todo mérito? La fuerza del hombre puesta de manifiesto en el poeta.

GRACIOSO

Pues usa, entonces, esas fuerzas formidables y emprende tu labor creadora como se emprende una aventura amo rosa: uno se aproxima por casualidad, siente y se queda. Poco a poco se ve atrapado y crece la dicha, pero pronto se pelea. Aunque se esté encantado, el dolor viene y, antes de que se repare, se ha acabado la novela ¡Ofrécenos una función de este tipo! Echa mano de la vida en su totali dad. Todos la viven, pero no muchos la conocen; cuando les asombre, les parecerá interesante. Poca claridad con mucho color, mucho yerro y una sombra de verdad, así fermenta la mejor bebida, que a todo el mundo refresca y reconstituye. Entonces se reunirá la flor de la juventud ante tu escena y escuchará atentamente tu mensaje, y toda alma sensible absorberá en tu obra el sustento de su me lancolía. Ora este, ora el otro se emociona; cada cual ve lo que lleva en el corazón. Ya están dispuestos tanto a reír como a llorar. Todavía alaban el ímpetu; disfrutan con la apariencia. No hay nada que conmueva al ya maduro, pero el que se está haciendo, siempre lo agradecerá.

POETA

Devuélveme entonces ese tiempo en el que yo estaba aún en formación, cuando nacía siempre un manantial de can tos que salían en tumulto; cuando la niebla me velaba el mundo y los brotes prometían milagros; cuando cortaba las mil flores que llenaban todos los valles de riqueza. No tenía nada y, sin embargo, nada me faltaba: el anhelo de verdad y el placer por la alucinación. Devuélveme el em puje desatado, la profunda y dolorosa alegría, la fuerza del odio y el poder del amor, ¡devuélveme mi juventud!

GRACIOSO

Amigo, sólo necesitarías la juventud si los enemigos te acosaran en los combates; si adorables muchachas se col garan con fuerza de tu cuello; si a la cabeza de una carrera de velocidad, te llamara a lo lejos la difícil meta; si, después del torbellino de la danza, pasaras la noche bebiendo. Pero hoy, viejo señor, sólo tienes que interpretar con ánimo y gracia el conocido tañido de la lira y, vacilando en dulce errar, avanzar hacia la meta que tú mismo te ha impuesto; pero no por eso te admiramos menos. No es que, como se dice, la vejez nos haga niños, sino que no alcanza siendo aún auténticos niños.

DIRECTOR

Ya habéis intercambiado suficientes palabras; hacedme ver también los hechos de una vez. Mientras os piropeáis se podría hacer algo de provecho. ¿Para qué hablar tanto de la inspiración? Esta no se le presenta nunca al que vacila. Puesto que te las das de poeta, ponte al mando de la poesía. Ya sabes lo que necesitamos: queremos bebidas fuertes, ponlas a fermentar inmediatamente. Lo que hoy no ocurra, no estará hecho mañana y no hay que dejar pasar ni un solo día. Cuando se toma la decisión de crear, tiene que hacerse valientemente y, en lo posible, de inmediato; si no se la deja escapar, esta seguirá haciendo efecto, porque así ha de ser.

Sabéis que en nuestros escenarios alemanes cada cual pone a prueba lo que desea. Por eso, en este día, no escatiméis en decorados ni artilugios. Usad las luces del cielo la grande y la pequeña; podéis derrochar las estrella; que no falte ni agua, ni fuego, ni paredes de roca, ni animales, ni plantas. Que entre en la estrechez del escenario todo el círculo de la Creación y vaya, con moderada rapidez, pasando por el mundo, del Cielo al Infierno.


PRÓLOGO EN EL CIELO

(EL SEÑOR. Las Huestes celestiales. Después MEFISTÓFELE: Se acercan los tres Arcángeles.)

RAFAEL

El Sol templa, a la antigua usanza, el duelo de canto de las esferas hermanadas y culmina con un rayo su prescrito viaje. Su luz da fuerza a los ángeles, aunque ninguno puede dar razón de él. Las nobles y sublimes obras está tan espléndidas como el primer día.

GABRIEL

Y, con una velocidad inconcebible, la hermosa Tierra gira rápida sobre su eje e intercambia el esplendor paradisíaco con la noche profunda y estremecedora. Grandes oleadas de mar rompen en espuma al estrellarse en la honda base de las rocas, y estas y el mar son arrastrados por el rápido y eterno curso de la esfera.

MIGUEL

Las tempestades rugen con el desafío del mar y la tierra, de la tierra y la mar, a su alrededor e, iracundas, van tres zando una cadena del más poderoso influjo. Allí, una desolación ardiente hace brillar la senda que precede trueno; pero tus mensajeros, Señor, admiran el apacible caminar de tu día.

LOS TRES A LA VEZ

Esta visión da fuerzas a los ángeles, porque nadie puede dar razón de Ti y todas tus nobles obras están espléndidas como el primer día.

MEFISTÓFELES

Señor, ya que te acercas otra vez a preguntar cómo nos va todo por aquí, y ya que te agradó mirarme en otros tiempos, estoy de nuevo entre tu servidumbre. Perdona que no pueda hablarte con palabras elevadas, aunque de mí se mofe toda esta reunión; mi patetismo te haría reír, si no te hubieras acostumbrado a dejar de hacerlo. No sé nada sobre el sol y los mundos, sólo veo cómo se atormenta el hombre. El pequeño dios del mundo sigue igual que siempre, tan extraño como el primer día. Viviría un poco mejor si no le hubieras dado el reflejo de la luz celestial, a la que él llama razón y que usa sólo para ser más brutal que todos los animales. Lo comparo, con licencia de Vuestra Gracia, con esas cigarras zancudas que vuelan continuamente, dando saltos, y, una vez que están sobre la hierba, cantan su vieja canción. ¡Si al menos permaneciera en la hierba!, pero no, tiene que meter las narices donde no le importa.

EL SEÑOR

¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?

MEFISTÓFELES

No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR

¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES 

¿El doctor? 

EL SEÑOR 

Mi servidor. 

MEFISTÓFELES 

Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR

Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas. 

MEFISTÓFELES

¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR

Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones, el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES

Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR

Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.

MEFISTÓFELES

¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo. No me da miedo la apuesta. Permíteme, si logro mi objetivo, sen tirme henchido por mi triunfo. Para mi regogijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía, la famosa serpiente.

EL SEÑOR

Podrás actuar con toda libertad. Nunca he odiado a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan, el pícaro es el que menos me desagrada. El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio. Pero vosotros, auténticos hijos de Dios, disfrutad de la viviente y rica belleza. Que lo cambiante, lo que siempre actúa y está vivo, os encierre en los suaves confines del amor, y fijad en ideas eternas lo que flota en oscilantes apariencias.

(El Cielo se cierra y los Arcángeles se dis persan.)

MEFISTÓFELES

De vez en cuando me gusta ver al Viejo y me guardo de indisponerme y romper con Él. Es muy generoso que un señor tan grande tenga la bondad de hablar incluso con el diablo.

PRIMERA PARTE

DE NOCHE

(En una habitación gótica, estrecha y de altas bóvedas, FAUSTO está sentado en un sillón ante su pupitre.)

FAUSTO

Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de los hombres y cambie su rumbo. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor, ni distinciones ante el mundo. Ni siquiera un perro querría seguir viviendo en estas circunstancias. Por eso me he entregado a la magia: para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios; para no tener que decir con agrio sudor lo que no sé; para conseguir reconocerlo que el mundo contiene en su interior; para contemplar toda fuerza creativa y todo germen y no volver a crear confusión con las palabras.

Oh, reflejo de la luna llena, por la que tantas veces velé sentado ante este pupitre hasta que aparecías, melancólico amigo, sobre los libros y los papeles, si iluminaras por úl tima vez mi pena; ¡ay!, si pudiera andar por las cumbres de los montes bajo tu amada claridad; flotar en las grutas acompañado de espíritus; vagar en tu penumbra por los prados y, habiéndose disipado todas las brumas del saber, bañarme, robusto, en tu rocío. ¡Ah!, ¿pero seguiré preso en esta cárcel?, agujero maldito y húmedo, hecho en un muro a través del cual incluso la querida luz del cielo en tra turbia al pasar por las vidrieras. Encerrado detrás de un montón de libros roídos por los gusanos y cubiertos de polvo, que llegan hasta las altas bóvedas y están envuel tos en papel ahumado. Cercado por cofres y retortas, ahe rrojado por instrumentos y trastos de los antepasados. Este es tu mundo, ¡vaya un mundo!

¿Y aún te preguntas por qué tu corazón se para, teme roso, en el pecho? ¿Por qué un dolor inexplicable inhibe tus impulsos vitales? En lugar de la naturaleza viva, en medio de la que Dios puso al hombre, lo que te rodea son osamentas de animales y esqueletos humanos humeantes y mohosos.
¡Huye!, sal fuera, a la amplia llanura. ¿No te será sufi ciente compañía ese libro misterioso, autógrafo de Nos tradamus? Con su ayuda reconocerás el curso de las estrellas y, cuando la naturaleza te haya instruido, aumen tará en ti la fuerza del alma, como si un espíritu le hablara a otro. En vano tratarás de explicar los sagrados signos mediante la ayuda de la árida reflexión; ¡volad, oh espíri tus, junto a mí y decidme si me oís! (Abre el libro y serva el signo del Macrocosmosl.) ¡Ah!, qué deleite corre de súbito, al mirarlo, todos mis sentidos. Siento cómo la joven y santa felicidad vital me fluye por músculos y las venas con renovado ardor. ¿Fue acaso un Dios el que escribió estos signos que calman el furor de mi interior, llenan mi pobre corazón de gozo y, con un impulso secreto, me desvelan las fuerzas naturales? ¿Soy acaso, un dios? Todo se llena de claridad. En estos trazos puros se evidencia ante mi espíritu la activa naturaleza. Ahora sí que entiendo lo que dice el sabio: «No está cerrado el mundo espiritual; son tus sentidos los que están cerrados, es tu corazón el que está muerto; discípulo, levanta, y baña infatigablemente tu pecho terrenal en la aurora». (Observa el signo.)

¡Cómo se entreteje el conjunto de las cosas en el Todo y cómo lo uno repercute y vive en lo otro! ¡Cómo las fuerzas celestiales suben y bajan y se siguen los áureos cangilones! ¡Con un vaivén que huele a bendición, bajan desde el cielo a recorrer la tierra y hacen que resuene en armonía el universo!

¡Qué espectáculo!; pero, ay, ¡es sólo un espectáculo! ¿Dónde te comprenderé, naturaleza infinita? ¿Dónde estáis, pechos, fuentes de la vida de las que penden el cielo y la tierra y adonde el corazón marchito acude? Vosotros manáis en torrentes y alimentáis el mundo; ¿languidezco yo en vano? 

(Hojea el libro de mala gana y ve el signo del Espíritu de la Tierra.)

¡Qué diferente es el efecto de este signo sobre mí! Tú, Espíritu de la Tierra, me resultas más cercano. Siento que mis fuerzas aumentan, ardo como si hubiera bebido un vino nuevo; siento valor para aventurarme por el mundo, para afrontar el dolor y la fortuna que me reporte la tierra, para adentrarme en la tempestad y no temer el crujido de la nave al zozobrar. Las nubes se amontonan sobre mí, la luna oculta su luz, la lámpara se extingue, el ambiente está húmedo. Unos rayos rojos se concentran sobre mi cabeza, un estremecimiento va descendiendo desde la bóveda y se hace dueño de mí. Siento que flotas sobre mí, espíritu an helado, ¡revélate! Ah, ¡cómo se desgarra mi corazón! Mis sentidos se abren a nuevos sentimientos. Mi corazón está plenamente entregado a ti. ¡Revélate!, aunque me cueste la vida. (Toma el libro y pronuncia misteriosamente el signo del ESPÍRITU. Se enciende una llama rojiza y el ES PÍRITU aparece en la llama.)

ESPÍRITU

¿Quién me llama? 

II

          Mas ¡ay! pese a la mejor voluntad, no siento ya el contento brotar de mi pecho. Pero ¿por qué ha de agotarse tan presto el manantial dejándonos sedientos otra vez? ¡De ello tengo yo tanta experiencia…! Esta falta, empero, permite ser compensada, pues aprendemos a apreciar lo que está más alto que la tierra, suspiramos por una Revelación, que en ninguna parte brilla más augusta y bella que en el Nuevo Testamento. Siéntome impulsado a consultar el texto primitivo, a verter con fiel sentido el original sagrada a mi amada lengua alemana.

(Abre un libro y se dispone a trabajar.)

          Escrito está: «En el principio era la Palabra»… Aquí me detengo ya perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. –Escrito está: «En el principio era el sentido»… Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento el que todo lo obra y crea?... Debiera estar así: «En el principio era la Fuerza»… Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo me advierte ya que no atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: «En el principio era la Acción».

II

Cuarto de estudio. 

FAUSTO y MEFISTÓFELES.

FAUSTO. ¡Están llamando! ¡Adelante! ¿Quién vendrá a molestarme de nuevo?

MEFISTÓFELES. Soy yo.

FAUSTO. ¡Adentro!

MEFISTÓFELES. Tienes que decirlo tres veces.

FAUSTO. ¡Adentro, pues!

MEFISTÓFELES. ¡Así me gusta! ¡Espero que haremos buenas migas! Pues para quitarte tus manías, me presento en facha de noble caballero, con traje rojo, guarnecido de oro el capotillo (1) de recia seda, mi pluma de gallo en el chambergo (2) y mi largo y buido (3) estoque al cinto, y te aconsejo, sin más ni más, que también tú te vistas así, para que, suelto y libre, aprendas a conocer la vida.

FAUSTO. En cualquier traje que me ponga habré de sentir igual el dolor de esta menguada vida terrenal. Harto viejo soy ya para retozar y harto joven para no tener deseos. ¿Qué es lo que puede ofrecerme a mí el mundo? ¡Privarte debes! ¡Privaciones debes imponerte! Esta es la eterna cantilena que suena en los oídos de todos, la que todo a lo largo de nuestra vida ha de vibrar para nosotros a todas las horas, y solo con empacho despierto yo por la mañana, y ganas me entran de llorar amargamente al ver el día que en su carrera no ha de satisfacerme ni un solo deseo, ni uno siquiera, y que hasta el barrunto de cada placer aminora con egoístas reconcomios y con miles de esperpentos de la vida cohíbe la creación de mi fogoso pecho. Yo también, cuando la noche cae, he de tenderme angustiado en el petate, y ni aun allí gozo descanso alguno, que bárbaras pesadillas vienen a llenarme de espanto. Puede el dios que en mi pecho anida excitar profundamente lo más íntimo de mi ser; pero el que sobre todas mis energías impera nada puede mover hacia el exterior, y así es para mí la existencia una carga, apetecible la muerte y odiosa la vida.

MEFISTÓFELES. Y, sin embargo, nunca es la muerte huésped del todo grato.

FAUSTO. ¡Oh, feliz aquel a quien en medio del esplendor de la victoria ciñe ella en torno a las sienes los laureles cruentos, aquel a quien va a encontrar, tras leve, rauda danza, en brazos de una moza! ¡Oh, si arrobado en deliquio (4) ante la fuerza del espíritu excelso hubiese caído yo exánime!

MEFISTÓFELES. Y, sin embargo, alguien ha habido que cierta noche se atrevió a apurar un mosto oscuro.

FAUSTO. Por lo visto, te complaces en el espionaje.

MEFISTÓFELES. No soy omnisciente, pero sí sé muchas cosas. […] Cesa, pues, de jugar con tu pena, que, al modo de un buitre, te recome la vida; la compañía peor te hace sentir que eres un hombre entre los hombres. Mas no creas, sin embargo, que pretendemos lanzarte en medio del barullo. No soy yo de los grandes; pero si, unido a mí, quieres abrirte paso en la vida, de muy buen grado me avendré a ser tuyo desde ahora. Tu compañero soy yo, y si te agrada, seré tu criado, tu escudero.

FAUSTO. ¿Y qué tendré yo que hacer en pago?

MEFISTÓFELES. Para eso tienes mucho tiempo por delante.

FAUSTO. ¡No! ¡No! Egoísta es el demonio, y nada hace por tu bella cara. Explica claro las condiciones, que un criado así resulta peligroso en una casa.

MEFISTÓFELES. Yo me comprometo aquí a servirte, a moverme sin tregua ni descanso a una seña tuya; si luego nos volvemos a encontrar allá arriba, tú me pagarás con la misma moneda.

FAUSTO. Sin cuidado me tiene el allá arriba. En reduciendo tú a escombros este mundo, que el otro surja luego en hora buena. De esta tierra es de donde manan mis goces, y este sol es el que mis dolores alumbra; luego que yo los deje a ambos, que pase lo que pasar quiera y pueda. De eso no quiero oír hablar más, ni tampoco de si allí también se odia y se ama, ni de si hay también allí arriba y abajo.

MEFISTÓFELES. Siendo así, puedes arriesgarte. Comprométete, pues; con júbilo verás en estos días mis artes; yo te daré lo que hombre alguno podría darte. […]

FAUSTO. ¡Venga esa mano! ¡Direle al momento: aguarda! ¡Eres tan bello! ¡Luego podrás cargarme de cadenas y yo me iré justo a pique! ¡Cuando doblen por mí las campanas, quedarás libre de tu servidumbre; cuando el reloj se pare y caiga el minutero, se habrá acabado el tiempo para mí!

JOHANN W. VON GOETHE
Fausto

1) capotillo: capa que llegaba hasta la cintura.
2) chambergo: sombrero de ala ancha levantada por un lado.
3) buido: afilado, aguzado.
4) deliquio: éxtasis.

Laurence Sterne (1713-1768), Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy


Capítulo decimoprimero

Puesto que la viuda Wadman estaba enamorada de mi tío Toby y mi tío Toby no estaba enamorado de la viuda Wadman, a la viuda Wadman no le quedaba más remedio que seguir queriendo a mi tío Toby u olvidarse de todo el asunto.

Pero la viuda Wadman no hizo ni una cosa ni otra.

¡Cielo santo! Me estaba olvidando de que yo coincido un poco con la manera de ser de la viuda, pues cuando llega la ocasión –cosa que suele suceder normalmente en los equinoccios– de que alguna diosa terrenal me haga pensar en esto o en lo otro y se me quiten las ganas de desayunar mientras que a ella le importa un bledo que yo desayune o no…

Pero ¡al diablo con ella!, y sin más, la envío a Tartaria, y de allí a la Tierra de Fuego y de allí al mismísimo demonio, es decir, que no encuentro nicho infernal a donde confundir y arrojar a la tal divinidad. Pero, como el corazón es blando y las pasiones suben y bajan en cuestión de minutos, enseguida vuelvo a recogerla y, como yo no me ando con medias tintas, la sitúo en mitad de la Vía Láctea.

¡Tú, la más brillante de las estrellas! Derrama tu influencia sobre alguna de ellas. Que se vayan al infierno ella y su influencia, pues esa palabra me hace perder la paciencia. ¡Que le aproveche!
¡Por cuanto haya de más hirsuto y espantoso!, exclamo quitándome mi gorra de piel y doblándola sobre mi dedo. ¡No daría ni seis peniques por una docena como ella! Pero es una gorra excelente (y me la vuelvo a poner en la cabeza apretándola contra mis orejas) y es tibia y suave sobre todo si uno se la cala como es debido. Pero ¡ay! nunca me será dada tanta fortuna (con lo que, de nuevo,
mi filosofía vuelve a naufragar). No. Nunca meteré el dedo en esa tarta (y con esto acabo
con las metáforas).

Corteza y miga.
Lo de dentro y lo de fuera.
Lo de arriba y lo de abajo. La detesto, la odio, la repudio, me asquea solo verla.
Esto es pimienta
ajo
estragón
sal, y
mierda de diablos, cocinada por el archicocinero de los cocineros que no hace otra cosa, pienso, de la noche a la mañana que estar sentado junto al fuego e inventar platos ardientes para dárnoslos. No lo tocaría yo por nada de este mundo.

–¡Oh Tristram, Tristram!, lloraba Jenny.

–¡Oh Jenny, Jenny!, replicaba yo. Y así llegamos al capítulo doce.

Capítulo decimosegundo

Dije que no la tocaría por nada del mundo.
Señor, ¡cómo se ha caldeado mi imaginación con esta metáfora!

Capítulo decimotercero

Todo lo cual pone de manifiesto, digan lo que digan vuestras mercedes y vuestras reverencias (pues puestos a pensar, los que lo hacen terminan pensando siempre muy parecido), que el AMOR es –al menos hablando alfabéticamente– algo de lo más

A gotador
B rujo
C onfuso
D iabólico. Y de lo más
E najenante
F útil
G randilocuente
H edonístico
I rritante (no hay nada con K)
L írico. Y al mismo tiempo de lo más
M artirizante
N ecio
O bstaculizador
P ragmático
S oliviantador
R idículo. Aunque, dicho sea de paso, la R debería haber ido antes

Jonathan Swift, Viajes de Gulliver

JONATHAN SWIFT

Los viajes de Gulliver

Habitantes de Liliput

Aunque me propongo dejar la descripción de este Imperio para un tratado especial, me complace mientras tanto satisfacer al curioso lector con algunas ideas generales.
Siendo la estatura normal de los habitantes de algo menos de quince centímetros, existe una exacta proporción entre todos los demás animales y plantas; por ejemplo, los caballos y bueyes más altos levantan entre diez y doce centímetros, las ovejas cuatro centímetros más o menos, los gansos abultan aproximadamente lo que un gorrión, y así todo lo demás en disminución sucesiva hasta llegar a los seres más pequeños, que a mis ojos eran invisibles. Pero la naturaleza ha adaptado los ojos de los liliputienses en relación con todos los objetos dentro de su perspectiva: pueden ver con gran precisión pero no a gran distancia. Como ilustración de la agudeza de sus ojos sobre objetos cercanos baste decir que he tenido el gran gusto de observar a un cocinero desplumando a una alondra que no era más grande que una mosca común y a una muchachita enhebrando una aguja invisible con seda invisible. 

Los árboles más altos tienen dos metros y pico de altura; me refiero a algunos en el gran Parque Real, a cuyas cúspides podía justamente llegar con la mano cerrada. El resto de las plantas está en la misma proporción, pero esto lo dejo a la imaginación del lector.

No diré mucho ahora de su cultura, que ha florecido durante muchos siglos en todas sus ramas, pero su manera de escribir es muy particular, pues no es ni de izquierda a derecha como la de los europeos, ni de derecha a izquierda como la de los árabes, ni de arriba abajo como la de los chinos, ni de abajo arriba como la de los cascajianos (1), sino al sesgo, de una esquina del papel a la otra, como la de nuestras damas en Inglaterra.

Entierran a sus muertos verticalmente con la cabeza para abajo porque, según sus creencias, dentro de once mil lunas todos ellos resucitarán, y en este tiempo la Tierra (que ellos imaginan ser plana) se dará la vuelta, de modo que al resucitar se encontrarán listos y en pie. Los más sabios de ellos confiesan lo absurdo de esta doctrina, pero la práctica continúa por transigir con el vulgo.

Hay algunas leyes y costumbres muy peculiares en este Imperio, y si no fueran tan directamente opuestas a las de mi querido país, me sentiría tentado a decir algo por justificarlas. Uno no puede desear otra cosa sino que estas se ejecutaran tan bien como aquellas. La primera que mencionaré se refiere a los delatores. Todos los delitos contra el Estado se castigan con la máxima severidad, pero si el acusado consigue probar claramente su inocencia en el juicio, el acusador recibe inmediatamente la muerte más ignominiosa, y de sus haberes o tierras percibe el inocente una cuádruple recompensa por la pérdida de tiempo, el peligro que corrió, las penalidades de su prisión y todos los gastos que le costó la defensa.

Y si aquellos fondos resultaran insuficientes, la Corona los reintegra generosamente. Asimismo, el Emperador lo honra con alguna señal pública de su favor, y un bando proclama su inocencia por toda la ciudad. El fraude lo consideran un delito más grande que el robo y por consiguiente pocas veces dejan de sancionarlo con la muerte, pues afirman que la precaución, la vigilancia y el mínimo sentido común pueden guardar los bienes de un hombre de los ladrones, pero la honradez es indefensa ante una astucia superior y, como es necesario que existan permanentemente unas relaciones de compraventa y el negociar a crédito, que es donde el fraude se consiente o se le hace la vista gorda, o no hay ley que lo castigue, resulta que el negociante honrado sale siempre perdiendo mientras que el sinvergüenza se lleva el provecho. Recuerdo que una vez intercedí ante el soberano por un delincuente que había agraviado a su amo sobre una gran suma de dinero, que había recibido por cheque, y con la cual escapó. Y como dijera yo a Su Majestad, a título de atenuante, que se trataba solo de un abuso de confianza, el Emperador respondió que era monstruoso por mi parte alegar como defensa lo que era el agravante más grande del delito, y a decir verdad poco pude decir en respuesta más que la común afirmación de que en cada tierra el su uso (2), pues confieso que me encontraba sinceramente avergonzado.

1) cascajianos: pueblo imaginario.
2) en cada tierra el su uso: máxima que indica que cada pueblo o comunidad tiene sus costumbres.

Tartufo, de Molière

Trampa de Elmira a Tartufo

(Tartufo, un individuo moralista e hipócrita, se hospeda en casa de su amigo Orgón, a quien da toda suerte de consejos sobre cómo debe comportarse con su familia. Elmira –la esposa de Orgón– decide desenmascarar a este farsante aprovechándose del deseo que Tartufo siente hacia ella. Para ello, pide a su marido que se oculte bajo una mesa y observe el comportamiento de su amigo cuando crea estar a solas con ella)

TARTUFO. Me han dicho que me queríais hablar aquí.

ELMIRA. Sí, tengo algunos secretos que revelaros. Mas antes entornad esa puerta para que os los diga y mirad bien por todos lados, no sea que nos sorprendan.

(Tartufo va a cerrar la puerta y vuelve.)

¡Lo que nos hacía falta ahora era una contrariedad como la de hace poco! ¡Cómo nos sorprendieron! ¡Nunca se vio cosa igual! Damis me dio, por vuestra culpa, un susto tremendo y ya visteis qué empeño puse en estorbar sus intenciones y en serenar su cólera. La turbación, bien es cierto, se apoderó de mí de tal suerte que ni se me ocurrió desmentirlo. Mas gracias a Dios todo ha salido
mejor desde entonces y las cosas están ahora más seguras. La gran estima en que os tienen ha disipado la tormenta y mi marido no puede recelar de vos. Para mejor hacer frente a los juicios temerarios de la gente, pretende que estemos juntos a todas horas. Por ello puedo, sin miedo a las habladurías, hallarme aquí encerrada a solas con vos y puedo abriros un corazón que no está sino demasiado dispuesto a sufrir vuestros ardores.

TARTUFO. Esas palabras son harto difíciles de entender, señora, que de forma bien distinta hablabais hace poco.

ELMIRA. ¡Ah! ¡Si estáis enojado por mi negativa, qué mal conocéis el corazón de la mujer! ¡No sabéis lo que quiere dar a entender cuando tan débilmente se le ve defenderse! Nuestro recato hace que nos resistamos siempre a los dulces sentimientos que podrían hacer despertar en nosotras. Aunque aprobemos la pasión que nos embarga, siempre sentimos algún rubor en dar muestras de ella. […]

TARTUFO. ¡Cuán dulce es oír esas palabras en los labios que uno ama! Su miel hace correr a raudales por mis sentidos un bálsamo nunca hasta ahora gustado. La dicha de agradaros es mi supremo anhelo. Vuestra inclinación hace la bienaventuranza de mi corazón. Mas ese mismo corazón os pide ahora la licencia de dudar un poco de su propia felicidad: yo podría creer que esas palabras son un sutil ardid para obligarme a deshacer las bodas que se han concertado. Si he de hablaros con franqueza, no fiaré yo de palabras tan lisonjeras. A menos que vuestros favores, que tanto ansío, me dieran la prueba de ser cierto lo que dais a entender y afianzaran en mi alma la fe en cuantas encantadoras bondades para conmigo estáis teniendo.

ELMIRA. (Tose para avisar a su marido.) ¿Cómo? ¿Tan aprisa pretendéis ir?, ¿tan ansiosamente saborear ya la ternura de un corazón? Se esmera una en haceros una declaración de lo más tierno y no os basta aún, que no os daréis por contento si no se llega a los últimos favores.

TARTUFO. Cuanto menos merecemos un bien, menos osamos esperar que nos sea concedido. Nuestros anhelos difícilmente se satisfacen con buenas razones. Vislumbramos apenas un porvenir colmado de ventura y ya queremos alcanzarlo, sin creer todavía que pueda ser cierto. Yo, que por tan poco merecedor me tengo de vuestros favores, poco espero de mi osadía. Así que nada podré creer si no conseguís convencer antes a mi corazón con realidades.

ELMIRA. ¡Santo cielo! ¡Cuán tirano se muestra vuestro amor! ¡En qué rara turbación sume a mi alma! ¡Qué despótico imperio ejerce sobre los corazones! ¡Qué vehemente porfía pone en ir tras lo que desea! ¿Cómo? ¿No podré defenderme de vuestro asedio? ¿No me concederéis el menor respiro? ¿Es acaso decoroso mostrar un rigor tan extremado y exigir, sin dar tregua, cuanto se solicita; abusar así con vuestros apremios de la inclinación que por vos siento?

TARTUFO. ¿Mas si con ojos benignos miráis mis galanteos, por qué negarme una prueba definitiva? […]

ORGÓN. (Deteniéndole.) Despacio, amigo, que os dejáis llevar demasiado por vuestros ardores y no debierais abandonaros así a las pasiones. ¡Así que, hombre virtuoso, me pretendéis deshonrar! ¡Cómo sucumbe vuestra alma a las tentaciones! ¡Os casabais con mi hija, cuando estabais deseando a mi mujer! Mucho me ha costado creer que estuvieseis hablando en serio, que no podía dejar de pensar que de un momento a otro ibais a cambiar de tono. Mas ya está bien de pruebas. Con las que tengo me basta y no quiero más.

Camoens, Os lusiadas

Vasco de Gama llega a Mozambique

Los vientos mansamente los llevaban,
como a quien tiene el cielo por amigo;
sereno el aire y tiempo se mostraban,
sin temor de suceso ya enemigo.
El promontorio Praso, en fin, pasaban,
en la etíope costa nombre antiguo,
cuando el mar descubriendo les mostraba
nuevas islas, que en torno cerca y lava.

Vasco de Gama, el fuerte y valeroso
capitán que a una empresa tal se ofrece,
de altivo corazón, presuntuoso,
a quien Fortuna siempre favorece,
para allí estar (no ve razón) ocioso,
que inhabitada tierra le parece,
adelante pasarse determina,
mas no le sucedió como imagina.

Veis que luego parece compañía
de pequeños bateles (1), que de aquella
isla más junta a tierra parecía
cortando el mar con vela larga y bella.
La gente se alboroza y de alegría
solo sabe mirar la causa della:
«qué gente esta será» –entre sí decían–,
«qué costumbres, qué ley, qué rey tendrían».

Al parecer, las barcas y manera
eran largas, estrechas, y seguidas;
las velas con que vienen son de estera,
de unas hojas de palma bien tejidas,
de la color la gente es verdadera
que Faetón (2) en las tierras encendidas
al mundo dio con su demanda necia,
el Po lo sabe y siéntelo Lampecia.

De paños de algodón vienen vestidos,
que son de mil colores variados,
unos alrededor de sí ceñidos,
otros so el brazo con donaire echados.
Desde la cinta arriba sin vestidos,
de venablos y dagas bien armados,
con toca en la cabeza y navegando,
añafiles (3) sonoros van tocando.

Con los paños y brazos señas daban
a nuestras gentes, para que esperasen;
mas ya proas ligeras se inclinaban
porque junto a las islas amainasen;
la gente y marineros trabajaban,
como si los trabajos se acabasen,
cogen velas y amainan la verga alta;
del corvo hierro el mar herido salta.

Aún no bien ancorados, ya la gente
extranjera a las naves se subía,
al rostro alegres van, y humanamente
el nuestro capitán los recibía.
Mesas manda poner en continente (4)
del licor que Lieo (5) plantado había
hinchen vasos de vidrio, y de lo que echan
los que abrasó Faetón nada desechan.

Comiendo alegremente preguntaban
en arábiga lengua de dó vienen,
quién son, y de qué tierra, y qué buscaban,
o qué partes del mar corrido tienen.
Los fuertes lusitanos les tornaban
las discretas respuestas, que conviene:
«Los portugueses somos de Occidente;
vamos buscando tierras del Oriente».

LUÍS VAZ DE CAMÕES

Los lusíadas

1 batel: barco pequeño.
2 Según la mitología clásica, Faetón pidió a su padrastro –el Sol– que le dejase llevar su carro un amanecer. Los caballos se desbocaron y Faetón cayó sobre las tierras africanas ennegreciendo con el brillo del carro del sol a su gente.
3 añafil: trompeta recta morisca.
4 en continente: inmediatamente.
5 Lieo: uno de los nombres de Baco, dios romano del vino.

François Rabelais, Gargantúa.

Gargantúa y la ensalada de peregrinos

La historia requiere que contemos lo que aconteció a seis peregrinos que volvían de San Sebastián, cerca de Nantes. Para pasar la noche, se habían agazapado, por temor a los enemigos, en el huerto, sobre las matas de habichuelas, entre las coles y las lechugas. Gargantúa se sintió algo alterado y preguntó si le podían conseguir unas lechugas para hacer una ensalada; al oír que las había
y de las más hermosas y grandes del país, pues eran tan grandes como ciruelos o nogales, quiso ir a buscarlas él mismo y cogió con sus manos lo que le pareció bien. Con ellas se llevó a los seis peregrinos, tan muertos de miedo que no se atrevían ni a hablar ni a toser.

Primero las lavó en la fuente y entretanto los peregrinos se decían unos a otros, en voz baja: «¿Qué podemos hacer? Nos vamos a ahogar aquí, en medio de estas lechugas. ¿Decimos algo? Pero si decimos algo, nos matará como a espías». Y, mientras ellos así deliberaban, Gargantúa los puso con sus lechugas en un plato de la casa, tan grande como la cuba de Citeaux, y se puso a comérselos,
con aceite, vinagre y sal, para retomar fuerzas antes de la cena. Ya había engullido a cinco de los peregrinos, el sexto quedaba en el plato, escondido bajo una lechuga, salvo el bordón (1) que sobresalía. Al verlo, Grangaznate le dijo a Gargantúa:

–Me parece que ahí hay un cuerno de caracol. No lo comáis.

–¿Por qué? –dijo Gargantúa–. Están buenos todo este mes.

Tiró del bordón y con él vino el peregrino y se lo comió tan contento; luego bebió un extraordinario trago de vino «pinot», y [ambos] esperaron a que dispusieran la cena.

Los romeros así devorados evitaron lo mejor que pudieron las trituradoras de sus dientes y pensaban que los habían echado a alguna mazmorra de una cárcel y, cuando Gargantúa se bebió el gran trago, creyeron ahogarse en su boca, y el torrente de vino casi los arrastra al precipicio de su estómago; sin embargo, saltando con sus bordones, como hacen los miguelotes, se pusieron a salvo junto a los dientes. Mas, por desgracia, uno de ellos, tanteando con su bordón el país para saber si estaban
a seguro, golpeó con violencia en el agujero de una muela picada, dando en el nervio de la mandíbula, lo que produjo a Gargantúa un fortísimo dolor y se puso a gritar del daño que le hacía. Así que, para aliviar su mal, hizo traer su mondadientes y, saliendo hacia donde el nogal cornejero, os sacó, señores romeros, de vuestro escondite. Pues a uno lo enganchaba por las piernas, al
otro por los hombros, al tercero por las alforjas, al cuarto por la faltriquera y al último por la faja, y al pobre diablo que le había herido con el bordón, lo agarró por la bragueta; pese a todo fue una gran suerte para él, porque le perforó un bulto chancroso (2) que le martirizaba desde el tiempo en que pasaron Ancenis (3)
.
Así huyeron los peregrinos descubiertos a través de los viñedos jóvenes, corriendo como descosidos, y se le calmó el dolor a Gargantúa.

En ese momento Eudemón lo llamó para cenar, pues ya estaba todo dispuesto.

–Me voy, pues, a mear mi desgracia –dijo.

Meó tan copiosamente que la orina cortó el camino a los romeros, de forma que se vieron obligados a atravesar la gran acequia. De ahí, siguiendo por la vera de un bosquecillo, en medio del camino cayeron todos, excepto Hallatrucos, en una trampa preparada para cazar lobos con red, de la que escaparon gracias a la industria del mencionado Hallatrucos, quien rompió las ataduras y los cordajes. Salidos de allí, pasaron el resto de la noche en una cabaña cerca de Coudray, y ahí fueron reconfortados en su desgracia por las buenas palabras de uno de sus compañeros, llamado Hartodir, quien les mostró que esta desventura estaba ya anunciada en el salmo de David.

1) bordón: bastón más alto que la persona que lo toma rematado en empuñadura de metal. Se suele llevar en los viajes.
2) chancroso: ulceroso.
3) Ancenis: ciudad francesa situada cerca de Nantes a orillas del Loira.

Del Cancionero in vita de Francesco Petrarca

I

Vosotros que escucháis en sueltas rimas
el quejumbroso son que me nutría
en aquel juvenil error primero
cuando en parte era otro del que soy,
del vario estilo en que razono y lloro
entre esperanzas vanas y dolores,
en quien sepa de amor por experiencia,
además de perdón, piedad espero.
Pero ahora bien sé que tiempo anduve
en boca de la gente, y a menudo
entre mí de mí mismo me avergüenzo;
de mi delirio la vergüenza es fruto,
y el que yo me arrepienta y claro vea
que cuanto agrada al mundo es breve sueño.

XIII

Cuando de tanto en tanto entre las otras
se muestra Amor en el semblante de ella,
cuanto menos le siguen en belleza
crece más el afán que me enamora.
Y bendigo el lugar como el instante
que mis ojos tan alto vislumbraron,
y digo: «Da las gracias, alma mía,
que llamada a tal honra fuiste entonces.
De ella te viene el dulce pensamiento,
que al seguirlo te lleva al bien supremo,
si en poco tienes lo que muchos quieren;
de ella te viene esa animosa gracia
que al cielo te conduce rectamente,
de modo que ya gozo en la esperanza».

XVII

Lluévenme amargas lágrimas del rostro
con un viento angustioso de suspiros,
cuando vuelvo hacia vos los ojos míos,
por quien solo del mundo yo me aparto.
Es cierto que la dulce mansa risa
aún apacigua mis deseos ardientes,
y me sustrae del fuego de martirios,
mientras atento y fijamente os miro.
Pero luego el aliento se me hiela
cuando veo al partir que mis estrellas
esos gestos suaves de mí apartan.
Librada al fin con amorosas llaves
sale del pecho el alma por seguiros;
y tras mucho pensar de allí se arranca

LXI

Bendito sea el día, el mes, y el año,
y la estación, la hora, y el instante,
y el país, y el lugar donde fui preso
de los dos bellos ojos que me ataron;
y bendito el afán dulce primero
que al ser unido con Amor obtuve,
y el arco, y las saetas que me hirieron,
y las llagas que van hasta mi pecho.
Benditas cuantas voces esparciera
al pronunciar el nombre de mi dueño,
y el llanto, y los suspiros, y el deseo;
y sean benditos los escritos todos
con que fama le doy, y el pensar mío,
que pertenece a ella, y no a otra alguna.

Hagen narra quién es Sigfrido, Cantar de los Nibelungos.

(Sigfrido, que ha oído hablar de la belleza sin igual de Krimilda,
emprende viaje hacia el reino de Burgundia para
conocer a la que será su esposa. Los caballeros de Worms,
la corte burgundia, y su rey Gunter le ven aproximarse. Intrigados,
se preguntan de quién se trata. Hagen, el más
destacado de ellos, explica a todos quién es Sigfrido)

Y así habló Hagen: «Aunque en verdad no he visto a Sigfrido jamás, yo me atrevería a creer, sin saber por qué, que lo es [arrogante] ese caballero que allí avanza tan apuesto. Él nos trae importantes nuevas a este país. Él es el que derrotó con su brazo a los valientes nibelungos Schilbungo y Nibelungo, hijos poderosos del rey. Con su tremenda fuerza luego realizó hazañas maravillosas.
Cuando solo y sin ayuda cabalgaba una vez el héroe, encontró, según me han dicho, al pie de una montaña y cerca del tesoro de Nibelungo, a muchos hombres valerosos. Hasta aquel momento no los había visto, pero entonces se percató de ello. Todo el tesoro de Nibelungo había sido sacado de una cueva. Y ahora oiréis cómo los dos nibelungos querían repartirlo. Esto lo vio el guerrero Sigfrido y de ello empezó a asombrarse. Se acercó tanto que, igual que él los veía, ellos le veían a él, y uno le dijo: “Aquí viene el esforzado Sigfrido, héroe de los Países Bajos”. Singulares aventuras corrió él en tierra de los nibelungos.

Ambos, Schilbungo y Nibelungo, acogieron con agrado al caballero. De común acuerdo, los nobles y jóvenes príncipes rogaron con empeño al formidable mozo que les repartiera el tesoro entre ellos. El héroe prometió hacerlo así.
Se cuenta que él vio tantas piedras preciosas que cien carros de carga no las hubieran podido transportar, además del oro del país nibelungo. Todo esto tenía que repartirlo el animoso Sigfrido. Como pago del favor le dieron la espada del rey nibelungo, pero mal les resultó el servicio que iba a prestarles Sigfrido, el héroe cumplido. Este no lo pudo llevar a cabo, porque ellos se enfurecieron.
Tenían allí entre sus amigos doce hombres esforzados, forzudos gigantes, pero ¿de qué les valían? A estos los aniquiló colérico el brazo de Sigfrido, y además sometió a setecientos guerreros del país nibelungo con la formidable espada llamada Balmung. Muchos jóvenes guerreros, a causa del terrible pavor que les infundía la espada y el animoso héroe, le entregaron sus tierras y fortalezas.

Sigfrido, además, mató a los dos príncipes. Pero luego Alberico lo puso en grave peligro. Este quiso tomar pronta venganza de la muerte de sus señores, pero hubo de sufrir el enorme poder del brazo de Sigfrido. No podía hacerle frente el vigoroso enano y como leones salvajes ambos corrieron hacia la montaña. Aquí el héroe se apoderó del manto mágico de Alberico. Así quedó dueño del tesoro Sigfrido, el temible guerrero. Quienes allí osaron presentar batalla, todos yacían muertos.
El héroe mandó llevar luego el tesoro adonde lo habían cogido antes los hombres de Nibelungo. De su custodia, como tesorero, encargó a Alberico. El enano hubo de prestar juramento de que iba a servirle como criado. En toda clase de menesteres le prestó servicio cumplido». Así habló Hagen de Trónege: «Esto es lo que ha hecho Sigfrido. Jamás hubo un guerrero que poseyera fuerza semejante.

Todavía puedo contar otro lance que he sabido de él. A un dragón lo mató con su propia mano, luego se bañó en la sangre y la piel tomó la dureza de un cuerno, de suerte que no hay arma alguna que pueda atravesarla, como se ha demostrado muy a menudo».

Cantar de Roldán. Soberbia de Roldán

LXXXIII

Allí dice Oliveros: «Los paganos son muchos,
y de nuestros franceses me parece haber pocos.
Compañero Roldán, tañed, pues, vuestro cuerno:
cuando Carlos lo oiga, con la hueste vendrá».
Le responde Roldán: «Haría como un necio,
pues en la dulce Francia perdería mi fama.
Con Durandarte ahora yo daré grandes golpes,
saldrá llena de sangre hasta el oro del pomo.
Los malvados paganos morirán en los puertos,
os juro yo que todos tienen la muerte cierta».

LXXXIV

«Compañero Roldán: tañed el olifante;
cuando Carlos lo oiga, con la hueste vendrá
y del rey y de sus nobles seremos socorridos.»
Le responde Roldán: «¡No lo permita Dios,
que toda mi familia sufra afrenta por mí,
ni que la dulce Francia caiga en el deshonor!
Haré que Durandarte hiera continuamente,
esa mi buena espada que ciño en mi costado:
¡todos veréis su hoja ensangrentada toda!
Los malvados paganos por su mal se han juntado:
os juro yo que a todos la muerte les espera».

LXXXV

«Compañero Roldán, tañed el olifante,
así, Carlos lo oirá, que aún está por los puertos.
Y os juro yo que todos los franceses vendrán.»
«¡No lo permita Dios», le responde Roldán,
«que haya un hombre en el mundo que pudiera decir
que a causa de paganos haya tañido el cuerno!
Por eso, mis parientes reproche no tendrán.
En cuanto que me encuentre en esta gran batalla,
en ella asestaré mil setecientos golpes:
veréis de Durandarte su acero ensangrentado.
Los franceses son buenos, lucharán con valor
y de esos españoles ninguno escapará.»

LXXXVI

Allí dice Oliveros: «No hay deshonor en eso:
sarracenos de España muchos he visto yo.
Son tantos que han cubierto los valles y montañas,
han cubierto laderas y han cubierto llanuras.
Muy grandes son las huestes de esa gente extranjera
y nosotros tenemos pequeñísima tropa».
Le responde Roldán: «Mi valor se acrecienta.
¡No sea la voluntad de Dios ni de sus ángeles
que por mí se perdiera de Francia la valía!
¡Más quiero yo morir que deshonor me venga!
Cuanto más golpeemos, más Carlos nos querrá».
Cantar de Roldán