lunes, 20 de julio de 2015

Jorge Luis Borges, El golem

Jorge Luis Borges

EL GOLEM

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

Jorge Luis Borges, La biblioteca de Babel

LA BIBLIOTECA DE BABEL 
Jorge Luis Borges

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá 
largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: la Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: la Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: el número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. 

También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. 

También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. 

Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?). 

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta. 


Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza. 

Pedro Calderón de la Barca, Consejos de Pedro Crespo a su hijo Juan, en El alcalde de Zalamea

Por la gracia de Dios, Juan,
eres de linaje limpio,
más que el sol, pero villano.
Lo uno y otro te digo;
aquello, porque no humilles
tanto tu orgullo y tu brío
que dejes, desconfïado,
de aspirar con cuerdo arbitrio
a ser más; lo otro, porque
no vengas, desvanecido,
a ser menos. Igualmente
usa de entrambos designios
con humildad; porque, siendo
humilde, con recto juicio
acordarás lo mejor
y como tal, en olvido
pondrás cosas, que suceden
al revés en los altivos.
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defecto consigo,
le han borrado por humildes;
y cuántos, que no han tenido
defecto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Sé cortés sobre manera;
sé liberal y esparcido,
que el sombrero y el dinero
son los que hacen los amigos;
y no vale tanto el oro
que el sol engendra en el indio
suelo, y que conduce el mar,
como ser uno bienquisto.
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo,
que es digna de estimación;
porque al fin de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos, que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
«Aquesta escuela no es
la que ha de ser». Pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir; que yo afirmo
que, si hubiera un maestro solo
que enseñara, prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.

domingo, 19 de julio de 2015

Mario Benedetti, La soledad comunicante, 1987

Mario Benedetti, "La soledad comunicante", El País, 1-XI-1987:

Hace unos años, al responder a una encuesta que preguntaba: "¿Por qué escribe"? (Liberation, París, mayo 1985), Lawrence Durrell se limitó a burlarse: "A pregunta idiota, respuesta idiota: escribo para vigilarme". No sé si la pregunta era idiota o sagaz, pero lo cierto es que respondimos a ella 400 escritores de 80 países en 28 lenguas.La interrogante era también una doble tentación: desarrollar la respuesta en profundidad o responder con una frase ingeniosa o que pretendiera serlo. Por supuesto, hubo quienes se inclinaron por esta opción, por ejemplo, José Donoso ("escribo para saber por qué escribo"), Enrique Lihn ("escribo porque escribo"), Álvaro Mutis ("escribo por asco de mí mismo y del mundo"), García Márquez ("para que mis amigos me quieran más", que casi se repite en la respuesta de Bryce Echenique: "Escribo para que me quieran más"), Juan Goytisolo ("si lo supiera, no escribiría"), Philippe Soupault ("porque me divierte"), Leonardo Sciascia ("porque me gusta"), Françoise Sagan ("porque adoro eso").

Otros respondieron con más realismo y tal vez con lacónica sinceridad: Mary McCarthy ("porque sé cómo hacerlo"), Carlos Fuentes ("porque es una de las raras cosas que sé hacer"), Günter Grass ("porque no puedo hacer otra cosa"), Graham Greene y también Fred Uhlmann ("por necesidad"), Danilo Kis ("para sobrevivir"), Samuel Beckett ("porque sólo sirvo para eso").

Hay, por último, unos cuantos que, ya que son literatos, al responder hacen literatura. Algunos ejemplos: Rachid Boudjedra ("escribo para no tener frío"), Roberto Juarroz ("porque la poesía es la conjunción más profunda del azar y el destino"), Ricardo Piglia ("porque la poesía es la forma privada de la utopía"), Osvaldo Soriano ("para compartir la soledad"), García Hortelano ("porque no soporto el vacío que es un día sin escribir), Adonis ("para hacer eco a aquello que Dios ha dicho y no ha escrito"), Jan Erik Vold ("porque si no lo hiciera, faltaría una voz"), Roa Bastos (para evitar que "al miedo de la muerte se agregue el miedo de la vida"), Doris Lessing ("porque soy un animal escribiente").

Podría decirse que todas las contestaciones caben en un espacio limitado por dos respuestas (dos polos) muy anteriores a esa encuesta: Henri Michaux ("escribo para que lo real se vuelva inofensivo") y William Faulkner ("escribo para ganarme la vida"). Sin embargo, no hay ninguna de las 400 respuestas (salvo, quizá, la de Osvaldo Soriano) que ponga sobre el tapete tanta verdad como un artículo titulado precisamente ¿Por qué se escribe?, que en 1933 publicó María Zambrano en la Revista de Occidente y que luego incluyó en Hacia un saber del alma: "Escribir es defender la soledad en que se está, es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas". Aislamiento efectivo, pero comunicable. Ahora sí se entiende mejor la respuesta de Soriano: "Escribo para compartir la soledad".

Por la mente del escritor desfilan verdaderas series o escalas orales, tan informales como irresponsables, pero en el filtro riguroso de la soledad, y a fin de transformarse en palabra escrita, asumen su responsabilidad y también su forma particular, única. Escribir es una manera de organizar el habla, el caos del habla, y, en definitiva, es un intento, casi siempre vano, de organizar el mundo, así sea el reducido y propio. Más adelante agrega María Zambrano algo que conduce a otro nivel del acto de escribir: "El escritor sale de su soledad a comunicar el secreto". Ahora bien, ¿en qué consiste ese secreto? ¿Y por qué lo comunica en vez de guardarlo celosamente para sí? ¿No será que el secreto es nada menos que la originalidad? Un sustantivo que nunca había colindado con un adjetivo cualquiera; el hallazgo de una sola palabra que transforma un lugar común en un lugar extraordinario; la novedad de una sensación, o mejor aún, la manera nueva de decir una sensación trillada; un matiz inédito en el tembladeral de las relaciones humanas; la vislumbre desconocida de una pasión conocida; la mera invención de una palabra, etcétera, son franjas del azar, pero asimismo de la educación de ese azar. Es difícil que el azar comparezca cuando no se empieza por abrirle el camino. La inspiración cayó en desuso, pero el azar o el secreto de crear o la originalidad germinan mejor en tierras fértiles.

El impulso que lleva al escritor a revelar ese secreto forma parte de su oficio, que es comunicar. Es común que el artista, tras un descubrimiento que ha efectuado a solas, quiera de inmediato comunicarlo, así sea oralmente. No importa a cuántos. A alguien. En ese instante no piensa que pueden quitarle un tema, copiarle un desarrollo. El arte es generoso, pródigo, dador, y la verdad es que el secreto del escritor sólo adquiere un sentido cuando se hace público. Si Nietzsche decía (Zambrano lo menciona) que "las cosas son los límites del hombre", Rubén Darío, en cambio, en su Coloquio de los centauros hace que Quirós (varios décadas antes que el centauro Robbe-Grillet) sugiera: "Las cosas tienen un ser vital". Es claro que las cosas logran ese ser vital sólo cuando el poeta lo descubre en ellas. Sin la mirada del poeta las cosas son inertes o, si se mueven, como las máquinas, no son conscientes de su movilidad. O sea, que cuando las cosas, gracias al poeta, asumen su ser vital, abandonan su condición inerte y pasan a ser imágenes, metáforas, símbolos y, en consecuencia, dejan de ser límites para el hombre.

Semejante operación no justifica ninguna vanidad. El poeta lleva a cabo ese proceso a través de las palabras, pero otros miembros de la comunidad, digamos el agricultor, el constructor, el artesano, realizan faenas igualmente reveladoras con sus instrumentos y sus manos, a pesar de que no haya encuestas que pregunten: "¿Por qué abres un surco?, ¿porqué levantas paredes?, ¿por qué moldeas esa vasija?". El Homo faber y el Homo ludens no sólo se complementan, sino que se influyen recíprocamente. Uno de los escritores convocados por Liberation, el portugués Antonio Lobo Antunes, respondió: "Escribo porque no sé bailar como Fred Astaire", y esto, que parece (y quizá sea) una broma, un modo de eludir la indagación, también incluye su viruta de verdad. En la escritura cabe el mundo. "Escribo", respondió Onetti, "porque es un acto amoroso que me da placer". Comencé a escribir", responde, por su parte, un bienhumorado Vázquez Montalbán, "porque quería ser grande, rico y hermoso". Y esto, a pesar de su talante, tampoco es mera broma, porque en la escritura cabe, asimismo, el mito, no sólo el que apunta a la figura admirada, sino también al mito modesto, casi privado: la quimera propia, vocacional. Vázquez Montalbán la ribetea de humor, pero ¿quién no tiene una personal quimera? Aunque el tríptico de adjetivos no sea el mismo, claro.

Puedo entender a Severo Sarduy cuando confiesa, como razón de su escritura: "No soporto el vacío", y, en cambio, me cuesta creer a Milan Kundera cuando limita su escritura al "placer de contradecir", a "la felicidad de estar solo contra todos", y no lo creo, porque si bien ese placer de contradecir está presente en sus declaraciones políticas, disidentes, en su obra literaria, en cambio, tiene más importancia el placer de decir. Por otra parte, ese alarde casi romántico de "estar solo contra todos" se inscribe más bien en la tradición de Drieu la Rochelle, para quien la necesaria misión del intelectual era "estar donde no está la muchedumbre. Delante, detrás o al costado, poco importa, pero estar en otra parte". Curiosamente, esa obsesión lo metió de cabeza, primero en el fascismo, luego en el colaboracionismo con la ocupación alemana, y finalmente en el suicidio, que al fin fue su modo personal de "estar en otra parte". ¿Será que a veces el escritor cree haber sorprendido un secreto y, en cambio, sólo ha descubierto (y adoptado) un oprobio que flotaba en el aire? Y entonces, cuando decide: hacer público el presunto secreto, no cae en la cuenta de que está comunicando una ignominia. Después de todo, en el sutil entramado de los malentendidos culturales hay dos que aparecen y reaparecen sin que nadie los convoque. El primero es que el escritor está instalado en su sociedad, y en ella, rodeado y traspasado por ella, escribe; el segundo es que está instalado en su soledad, y en ella, sólo para ella y sin contagiarse del contorno, escribe. De ahí que me parezca tan penetrante y verdadero el hallazgo necesario de María Zambrano cuando dice: "Aislamiento comunicable", asombrosa contigüidad de aparentes contrarios que, a su vez, ella capta como secreto y no vacila en comunicar. (A los bienaventurados que nombra Serrat quizá podría agregarse esta variante: bien aventurados los poetas, porque dicen su secreto a voces".)

Por más que un escritor viva sumergido en lo emergente de su. medio social ("vivir en una sociedad y no depender de ella es imposible", decía, con perdón, Vladimir Ilich Ulianof, también llamado Lenin, allá por 1905), tras sus balsámicos o incitantes baños de mundo deberá instalarse en su parcela de soledad, poniendo sus palabras a buen recaudo; pero si verdaderamente quiere que esas palabras, como propone el portugués Vergilio Ferreira, "creen el espacio habitable de su necesidad", una vez que la soledad le ha ayudado a moldear su secreto, su don de sí mismo, su santiamén insólito, aquella misma necesidad ampliará ese espacio habitable para introducir en él al prójimo, al contorno, a la región, al mundo. Pura ósmosis. El mundo es materia prima de cada soledad; la suma de soledades es la savia del mundo.

"No sé escribir porque no sé ser", masita otro portugués, Fernando Pessoa, en una de las páginas más desoladas de su Livro de desassossego, y agrega: "No consigo reanudarme". Afortunadamente, el libro tiene 250 páginas más, y digo afortunadamente, porque pienso que, en ese contexto, reanudarse es seguir transmitiendo la soledad, pero es también merecer la soledad del prójimo. Y esto no significa, como proponía Walter Benjamin, que el intelectual no pueda ver el cambio social sino desde la perspectiva de su soledad. ¿Acaso la sociedad no es factor, médula y sustancia de la soledad'? ¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al prójimo?

Vicente Aleixandre, Se querían

De La destrucción o El amor (1933)


SE QUERÍAN

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Ángel González, Poética a la que intento a veces aplicarme

   POÉTICA
  a la que intento a veces aplicarme.

Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira—
—adormecido el viento,
la luz alta—
o ve su propio rostro
o —transparencia pura, hondo
fracaso— no ve nada.

Ángel González, Deíxis en fantasma

 DEIXIS EN FANTASMA

Aquello.
                  No eso.
                                    Ni
—mucho menos— esto.

Aquello.

Lo que está en el umbral
de mi fortuna.
Nunca llamado, nunca
esperado siquiera;
sólo presencia que no ocupa espacio,
sombra o luz fiel al borde de mí mismo
que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve,
ni el sol marchita, ni la noche apaga.

Tenue cabo de brisa
que me ataba a la vida dulcemente.
Aquello
que quizá hubiese sido
posible,
que sería posible todavía
hoy o mañana si no fuese
un sueño.

Ángel González, Contraorden

CONTRA-ORDEN. (POÉTICA
POR LA QUE ME PRONUNCIO CIERTOS DÍAS)

Esto es un poema.

Aquí está permitido
fijar carteles,
tirar escombros, hacer aguas
y escribir frases como:

Marica el que lo lea,
Amo a Irma,
Muera el…(silencio),
Arena gratis,
Asesinos,
etcétera.

Esto es un poema.
Mantén sucia la estrofa.
Escupe dentro.

Responsable la tarde que no acaba,
el tedio de este día,
la indeformable estolidez del tiempo.

Ángel González, A veces en octubre

    A veces, en octubre, es lo que pasa...
Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frío oxida el borde de los ríos
y hace más lento el curso de las aguas;
cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian de paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,
como susurros que dispersa el viento;

entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:

esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
Tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.

Ángel González, A un joven versificador

A UN JOVEN VERSIFICADOR

Nada te importa la verdad,
y eso no basta para ser poeta.

Para ganar las cimas del Olimpo
confías en tus amigos:
tantos y tan tontos
que acabaron metiéndote en sus antologías.

¿O lo hicieron adrede?
En cualquier caso,
merced a sus esfuerzos
tu estupidez —antes
celebrada tan sólo entre iniciados—
ya es pública y notoria.

Dales las gracias, pero desconfía

Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, Serranilla V

    SERRANILLA V

        [I]

Moça tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.

        [II]

Faziendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vençido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.

        [III]

En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

        [IV]

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.

        [V]

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.
Mas dixe: "Donosa
(por saber quién era),
¿aquella vaquera
de la Finojosa?..."

        [VI]

Bien como riendo,
dixo: "Bien vengades,
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es desseosa
de amar, nin lo espera,
aquessa vaquera
de la Finojosa".

Marqués de Santillana

César Vallejo, Idilio muerto

IDILIO MUERTO
César Vallejo

Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora
mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

León Tolstoy, Ana Karenina

(Ana Karenina visita a su hermano y a su cuñada en Moscú, donde conoce casualmente al joven conde Vronsky, que será en el futuro su amante. Ella está casada y se mantiene fiel a su esposo; sin embargo, en su regreso en tren a San Petersburgo, no consigue dejar de pensar en el conde)

«¡Gracias a Dios, todo ha terminado!», fue lo primero que pensó Ana Arkadievna cuando se despidió por última vez de su hermano, el cual permaneció en el andén, impidiendo la entrada al vagón, hasta que sonó por tercera vez la campana. Ana se sentó en su asiento al lado de Anushka, examinando todo en torno suyo, a la media luz del coche cama. «¡Gracias a Dios, mañana veré a Seriota
y a Alexey Alexandrovich y reanudaré mi agradable vida habitual!»

[…] 

Al principio no pudo leer. Le molestaba el ajetreo y el ir y venir de la gente; cuando el tren se puso en marcha fue imposible no prestar atención a los ruidos; luego se distrajo con la nieve que caía, azotando la ventanilla izquierda, el revisor que pasaba, bien abrigado y cubierto de nieve, y los comentarios respecto de la borrasca que se desencadenaba. Más adelante seguía repitiéndose
lo mismo, el traqueteo, la nieve en la ventanilla, los bruscos cambios de temperatura, pasando del calor al frío, y viceversa; los mismos rostros en la penumbra y las mismas voces; pero Ana leía ya, enterándose del argumento.

[…] 

Ana se enteraba de lo que leía, pero aquella lectura le resultaba desagradable, es decir, le
molestaba el reflejo de la vida de otras personas. Tenía demasiados deseos de vivir ella misma. Si la protagonista de la novela cuidaba a un enfermo, sentía deseos de andar con pasos silenciosos en la habitación de aquel; si un miembro del Parlamento había pronunciado un discurso, deseaba pronunciarlo ella; si lady Mary cabalgaba tras de su jauría, exacerbando a su nuera y asombrando
a todos con su audacia, Ana sentía deseos de galopar.

Pero no había nada que hacer, y Ana daba vueltas a la plegadera (1) entre sus pequeñas manos, tratando de seguir leyendo.

El héroe de la novela estaba ya a punto de conseguir lo que constituye la felicidad inglesa: el título de barón y una finca, y Ana deseó ir allí con él, cuando de pronto creyó que aquel hombre debía de sentir vergüenza y ella la sintió también. Pero ¿por qué sentía vergüenza? «¿De qué me avergüenzo?», se preguntó, asombrada y resentida. Dejó el libro y se recostó en la butaca, apretando
la plegadera entre las manos. No había nada vergonzoso. Repasó todos sus recuerdos de Moscú. Todos eran buenos y agradables. Recordó el baile, a Vronsky, con su rostro sumiso de enamorado, y el trato que tuviera con él: no había nada para avergonzarse. Pero al mismo tiempo, precisamente en este punto de sus recuerdos, la sensación de vergüenza aumentó, como si una voz interior le dijera cuando pensaba en Vronsky: «Te ha sido muy agradable, te ha sido muy agradable».
«Bueno, ¿y qué? –se preguntó con decisión–. ¿Qué significa esto? ¿Acaso temía enfrentarme con una cosa así? ¿Es posible que entre ese oficial tan joven y yo existan o puedan existir otras relaciones que las que tengo con cualquier conocido?» Sonrió con desprecio, abriendo de nuevo el libro; pero ahora le era completamente imposible entender lo que leía. Pasó la plegadera por el cristal, después apoyó en su mejilla la superficie lisa y fría y poco le faltó para echarse a reír: tal fue la alegría que la
invadió de pronto. Notó que los nervios se le ponían cada vez más tensos, como cuerdas enrolladas en unas anillas. Y sintió que los ojos se le abrían cada vez más, los dedos de sus manos y de sus pies se movían inquietos, algo la ahogaba en su interior y todo lo que veía y oía en aquella penumbra la impresionaba extraordinariamente.

A cada momento la asaltaban las dudas: ¿avanzaba el tren, retrocedía o estaba parado? ¿Era a Anushka a quien tenía a su lado o a una persona extraña? «¿Qué hay en aquella percha? ¿Un gabán de pieles o un animal? ¿Soy yo o es otra persona?» Temía entregarse a aquel estado de inconsciencia. Pero algo la arrastraba a él, a pesar de que podía entregarse o no según su voluntad. Se levantó
para recobrarse, separó la manta y se quitó la capa.
Por un momento volvió en sí, comprendiendo que el hombre delgado del abrigo largo, al que le faltaba un botón, era el encargado de la calefacción y que había entrado para mirar el termómetro, que el viento y la nieve habían penetrado tras de él por la puerta; pero después, todo se confundió de nuevo…

1) plegadera: instrumento a manera de cuchillo con el que se pliega o corta papel.

Charles Baudelaire, Crespúsculo en la tarde.

De Las flores del mal, Charles Baudelaire

Crespúsculo en la tarde

He aquí la noche, amiga del criminal desvelo;
viene a paso de lobo como un cómplice; el cielo
se cierra lentamente, cual si una alcoba fuera,
y todo hombre impaciente se cambia un poco en fiera.
¡Oh noche!, amada noche, tranquila, deseada
por aquellos que pueden decir: «Hoy la jornada
ha sido de trabajo». La noche es quien serena
las almas devoradas por indecible pena,
al sabio que se obstina inclinando su pecho,
y al obrero cansado que va en busca del lecho.
Los demonios malsanos, a favor del ambiente,
como hombres de negocios, despiertan torpemente,
y aleros y ventanas golpean al volar.
A través de las luces, que el viento hace temblar,
se enciende la prostitución en las aceras;
en sucios callejones abre sus madrigueras;
para todos ofrece un oculto camino
–incluso para quien nos acecha ladino–,
y se agita en el lodo de la ciudad podrida
tal gusano que al hombre robara su comida.
Aquí y allá se oyen las cocinas silbar,
los teatros gañir, las orquestas roncar;
las verdes mesas donde el juego hace primores,
con corte de rameras, chulos y estafadores;
y pronto van también a empezar los ladrones
su trabajo que no conoce vacaciones,
forzando dulcemente las cajas escondidas
para vivir un tiempo y vestir sus queridas.
Recógete, alma mía, en tan grave momento
y cierra tus oídos a ese desbordamiento.
Es la hora en que todos los enfermos se agravan.
La noche les aprieta la garganta; así acaban
de una vez sus fatigas, y hacia el abismo van;
el hospital solloza… Ya nunca volverán
algunos a buscar la sopa perfumada
junto al fuego, de noche, cerca de un alma amada.
¡Aunque la mayor parte jamás han conocido
el calor de un hogar y jamás han vivido!

Gustave Flaubert, Madame Bovary

El aburrimiento de Emma

(Emma está casada con el médico Charles Bovary y es madre de una niña. Lleva una vida apacible en Yonville, una pequeña villa francesa, pero se siente infeliz y desdichada. Allí conoce al joven León, de quien se enamora).

Cuando León salía desesperado de casa de Emma, no sabía que esta se levantaba detrás de él para verle en la calle. Le seguía los pasos, trataba de leerle en la cara; inventó toda una historia con el fin de hallar un pretexto para ver su habitación. Consideraba que la mujer del boticario tenía una gran suerte por dormir bajo el mismo techo; y sus pensamientos se abatían continuamente sobre aquella casa, como las palomas del Lion d’or que iban a meter en los canalones sus patas rosadas y sus alas blancas. Pero cuanto más cuenta se daba de su amor, más lo reprimía, para que no se notara y para disminuirlo.

Habría querido que León lo percibiera; e imaginaba casualidades, catástrofes que lo facilitaran. Sin
duda, lo que la retenía era la pereza o el miedo, también el pudor. Pensaba que le había rechazado demasiado lejos, que ya no era tiempo, que todo estaba perdido.

Después el orgullo, la satisfacción de decirse: «Soy virtuosa», y de mirarse en el espejo adoptando unas posturas resignadas la consolaba un poco del sacrificio que acababa de hacer.

Entonces, los apetitos de la carne, las codicias de dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundió en un mismo sufrimiento; y en vez de desviar su pensamiento, más se agarraba a él, excitándose en el dolor y buscando en todo las ocasiones de sufrirlo. Se irritaba por un plato mal servido o por una puerta mal cerrada, se lamentaba del terciopelo que no tenía, de la felicidad que le faltaba, de sus sueños demasiado elevados, de su casa demasiado estrecha.

Lo que la exasperaba era que Carlos no parecía ni sospechar su suplicio. La convicción que tenía el marido de hacerla feliz le parecía un insulto imbécil, y su seguridad de esto, ingratitud. ¿Por quién era ella honrada? ¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda miseria y como la puntiaguda hebilla de aquella compleja correa que la ataba por todas partes?

Y concentró en él solo el odio numeroso que resultaba de sus hastíos, y todo esfuerzo por amortiguarlo no hacía sino exacerbarlo; pues este empeño inútil se sumaba a otros motivos de desesperación y contribuía más aún al alejamiento. Hasta su dulzura misma le infundía rebeliones. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, el cariño matrimonial a deseos adúlteros.

Hubiera querido que Carlos le pegara, para poder odiarle con más justicia, vengarse de él. A veces se asombraba de las atroces conjeturas que le venían al pensamiento; ¿y había de seguir sonriendo, oír cómo le repetían que era feliz, hacer como que lo era, hacer creer que lo era?

Pero esta hipocresía le repugnaba a veces. Tentaciones le daban de fugarse con León, de irse con él a alguna parte, muy lejos, para intentar un destino nuevo; pero enseguida se abría en su alma un abismo vago, lleno de oscuridad. «Además –pensaba–, León ya no me ama; ¿qué va a ser de mí? ¿Qué ayuda esperar, qué consuelo, qué alivio?»

Y se quedaba destrozada, jadeante, inerte, sollozando sordamente y bañada en lágrimas.

–¿Por qué no se lo dice al señor? –le preguntaba la criada, cuando entraba durante estas crisis.

–Son nervios –contestaba Emma–; no le digas nada, le darías pena.

–¡Sí, sí! –insistía Felicidad–, usted es como la Guérina, la hija del tío Guérin, el pescador de Mollet, que la conocí en Dieppe antes de venir a esta casa. Estaba tan triste, tan triste, que al verla de pie en la puerta de su casa, parecía un paño de entierro tendido allí. Resulta que su mal era así como una niebla que tenía en la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le daba muy fuerte, se iba sola a la orilla del mar, y cuando el teniente de la aduana iba a hacer la ronda, a veces la encontraba acostada boca abajo y llorando sobre las piedras. Dicen que después de casarse se le pasó.

–Pero a mí –replicaba Emma– es después de casarme cuando me ha dado.

GUSTAVE FLAUBERT
Madame Bovary

Víctor Hugo, Los miserables, 1862.

Víctor Hugo, Los miserables, 1862

Jean Valjean era de una pobre familia de la Brie. No había aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de podador en Faverolles. Su madre se llamaba Jeanne Matieu y su padre Jean Valjean o Vlajean, mote y contracción probablemente de «ahí está Jean» (1).

Jean Valjean tenía el carácter pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Su naturaleza estaba algo adormecida, era algo indiferente, en apariencia a lo menos. Perdió de muy corta edad a su padre y a su madre. Esta murió de una fiebre láctea mal cuidada.

Su padre, podador como él, se había matado de una caída de un árbol. Jean Valjean se encontró sin más familia que una hermana de más edad que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. Esta hermana había criado a Jean Valjean, y mientras vivió su marido tuvo en su casa a su hermano. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco años. Reemplazó al padre, y mantuvo a su vez a su hermana que le había criado. Hizo esto sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza.

Su juventud se gastaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca le habían conocido «novia» en el país. No había tenido tiempo para enamorarse.

Por la noche entraba cansado en su casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras comía, su hermana, la tía Jeanne, tomaba con frecuencia de su escudilla lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. Él, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la cena, con sus largos cabellos esparcidos alrededor de la escudilla, y ocultando sus ojos, parecía que nada observaba; y dejaba hacer. Había en Faverolles, no lejos de la choza de Valjean, al otro lado de la calle, una lechera llamada María Claudia; los hijos de Jeanne, casi siempre hambrientos, iban muchas veces a pedir prestada a María Claudia en nombre de su madre una pinta de leche, que bebían detrás de una enramada o en cualquier rincón de la calle, arrancándose unos a otros el vaso, y con tanta precipitación que las niñas pequeñas la derramaban en su delantal y en su cuello. Si la madre hubiera sabido este hurtillo, habría corregido severamente a los delincuentes. Pero Jean Valjean, brusco y gruñón, pagaba, sin que Juana lo supiera, la pinta de leche a María Claudia, y los niños evitaban así el castigo. Jean Valjean ganaba en la estación de la poda dieciocho sueldos diarios y después se empleaba como segador, como peón de albañil, como mozo de bueyes y como jornalero.

Hacía todo lo que podía. Su hermana también trabajaba por su parte. Pero ¿qué habían de hacer con siete niños? Aquella familia era un triste grupo rodeado y estrechado poco a poco por la miseria. Llegó un invierno cruel; Jean no tuvo trabajo. La familia no tuvo pan. ¡Ni un bocado de pan y siete niños! Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia en Faverolles, se disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo al través del agujero hecho en la vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente; el ladrón huyó a todo correr, pero Isabeau corrió también y le detuvo. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean.

Esto pasó en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un «robo con fractura, de noche y en casa habitada». Tenía en su casa un fusil del que se servía como el mejor tirador del mundo; era un poco aficionado a la caza furtiva y esto le perjudicó.

[…]

Jean Valjean fue declarado culpable. Las palabras del código eran terminantes. Hay en nuestra civilización momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Instante fúnebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pensador! Jean Valjean fue condenado a cinco años de presidio.

VICTOR HUGO

Los miserables (adaptación)