miércoles, 22 de julio de 2015

Baltasar del Alcázar, Diálogo entre un galán y el eco

DIÁLOGO ENTRE UN GALÁN Y EL ECO

(Baltasar del Alcázar )

GALÁN

En este lugar me vide
cuando de mi amor partí;
quisiera saber de mí,
si mi suerte no lo impide.

ECO

Pide.

GALÁN

Temo novedad o trueco
que es fruto de una partida;
mas ¿quién me dice que pida
con un término tan seco?

ECO

Eco.

GALÁN

¿La que siguió con tal priesa
las pisadas de Narciso?
¿La que por Júpiter quiso
ser contra Juno traviesa?

ECO

Esa.

GALÁN

¿Qué andas por aquí buscando,
bella ninfa? ¿Es a tu amor,
o, vencida del dolor,
andas tus males llorando?

ECO

Ando.

GALÁN

Así Narciso te vea
con más piedad que solía,
que informes al alma mía
de las cosas que desea.

ECO

Sea.

GALÁN

Respóndeme, pues, del cerro
cavernoso: ¿haberme ido
fue yerro, no habiendo sido
necesario mi destierro?

ECO

Yerro.

GALÁN

Hora debió ser menguada,
donde reinó el interés;
la lealtad y fe de Inés
¿qué han medrado en mi jornada?

ECO

Nada.

GALÁN

El caso va descubierto:
algún desconcierto ha hecho;
¿es cierto lo que sospecho
de haber hecho desconcierto?

ECO

Cierto.

GALÁN

¿Vístele romper el hilo
que anudó nuestra amistad?
No quieras con liviandad
hacerme cera y pabilo.

ECO

Vilo.

GALÁN

A "vilo" no hay que dudarse,
yo te doy entera fe;
mas, lo que viste ¿qué fue?
¿fue olvidarme, o fue mudarse?

ECO

Darse.

GALÁN

¡Que en tales trances y puntos
Inés con otro se halla!
Di cómo los viste, y calla
las circunstancias y adjuntos.

ECO

Juntos.

GALÁN

¡Ella fue nave sin lastre,
que dio conmigo al través!
Y... ¿de qué calidad es
el autor de mi desastre?

ECO

Sastre.

GALÁN

Mira no se lo levantes;
antes que la conociese
pudo ser que sastre fuese,
mas no en tiempos semejantes.

ECO

Antes.

GALÁN

Pues ya, no usando el oficio,
que mucho es que se engañase,
¿quién la obligó a que olvidase
mi tierno amor y servicio?

ECO

Vicio.

GALÁN

Acaba de resumirte:
de este vicio y perdición:
¿cuál fue la cierta ocasión
que tenga yo que servirte?

ECO

Irte.

GALÁN

Pues presto vine, mas tarde
para corazón tan vario
¿quiere bien a mi contrario?
¡Dímelo, así Dios te guarde!

ECO

Arde.

GALÁN

Arda, pues tan poco valgo,
que dejo arder esos fuegos;
¿resistió mucho a los ruegos
de ese venturoso hidalgo?

ECO

Algo.

GALÁN

¿Las amorosas porfías
y recaudos importunos
duraron meses algunos?
Dilo, pues que lo entendías.

ECO

Días.

GALÁN

La paga parece breve
y, pues que lo redujeron
a días, di cuántos fueron,
aunque mi mal se renueve.

ECO

Nueve.

GALÁN

Corta en palabras anduvo,
propiedad de vizcaínos;
y ¿hubo acaso en los vecinos
quien tanta ventura tuvo?

ECO

Hubo.

GALÁN

Pues a propósito llega,
dime el nombre sin tardanza
de aquel que el mar en bonanza
y el viento a popa navega.

ECO

Vega.

GALÁN

Primero que me partiese
tuve yo del mal espina...
¿No es Vega, junto a la esquina,
con quien tuve el interese?

ECO

Ese.

GALÁN

Que cometió aquel delito
que todos saben del trigo,
por quien le vino el castigo
que en flor lo dejó marchito.

ECO

Chito.

GALÁN:

¿Que calle? ¡Donosa estás!
¿No fue público el engaño,
y él no me ha hecho más daño
que yo le haré jamás?

ECO

Más.

GALÁN

Al fin su amor fue al desgaire;
debió ser, porque en efecto
cuanto le di fue un soneto
y otros versos de donaire.

ECO

Aire.

GALÁN

Yo se los di por dinero
de más valor y provecho;
mas, ¿qué son versos en pecho
sin amor, hecho de acero?

ECO

Cero.

GALÁN

Por experiencia lo vi,
que realmente en mis amores
codició fruto y no flores;
¿tú no lo entendiste así?

ECO

Sí.

GALÁN

¡Cómo la ingrata olvidó
lo que mostraba estimar!
Y él ¿de qué ardid supo usar,
que tan presto la rindió?

ECO

Dio.

GALÁN

Acertó; y es el decoro
que ha de guardar el que ama;
pero ¿qué le dio a la dama
que tan sin término adoro?

ECO

Oro.

GALÁN

Artillería es que expugna
la mayor fuerza de amor;
y ¿hubo acaso en su favor
del galán tercera alguna?

ECO

Una.

GALÁN

Dígolo porque ésta allana
cualquier duda y la atropella.
Bien sé que fue hermana de ella,
pero no sé cual hermana.

ECO

Ana.

GALÁN

Si alguna tercera hubiere,
esa ha de ser y otra no;
la madre, ¿cómo calló,
visto el deshonor que adquiere?

ECO

Quiere.

GALÁN

Mis versos quisiera solos
cobrar, pero no me atrevo;
¿dioles al amante nuevo
o por ventura escondiolos?

ECO

Diolos.

GALÁN

¡Que a tal cosa se dispuso
la desenvuelta muchacha!
¿Y él puso en los versos tacha,
sabiendo quién los compuso?

ECO

Puso.

GALÁN

Hallaríalos oscuros,
versos inútiles, cojos,
duros, bajos y, tan flojos,
que se caen de maduros.

ECO

Duros.

GALÁN

Bien sabe de cortesano;
¿no está llano que, en blandura,
son sin igual, y en lisura
y en estilo castellano?

ECO

Llano.

GALÁN

Pero el sujeto fue indigno,
no me espanto. ¿Y la infiel
vino a murmurar con él
también del verso divino?

ECO

Vino.

GALÁN

¿Quién tan gran maldad hiciera
por un amante segundo?
¿Cómo ha de llamalla el mundo
cuando el caso se refiera?

ECO

Fiera.

GALÁN

¡Poco es fiera! Yo le hallo
mejor nombre que le den...
Mas calla, que yo también
me corro de publicallo.

ECO

Callo.

GALÁN

¡Que sufra yo una querella
tan justa no quiera Dios!
Muera el uno de los dos;
¿cuál será, di, ninfa bella?

ECO

Ella.

GALÁN

¿La palomita sin hiel
ha de morir? ¡Ay dolor!
¿Cuál hallas tú que fue autor
de este delito crüel?

ECO

Él.

GALÁN

Pues muera, que yo no soy
de quien es bien que se alabe.
¿Cuándo quieres que le acabe?
Porque resoluto estoy.

ECO

Hoy.

GALÁN

Mucha priesa es para mí;
pero hoy no me determino.
Oye otro nuevo camino
mejor del que yo entendí.

ECO

Di.

GALÁN

Rematar este debate
con muerte, hay Dios que lo vede...
¡Pues mátele Dios, que puede,
y asegúrese el remate!

ECO

Mate.

GALÁN

Si yo lo mato me pierdo,
porque no hay caso escondido;
¿qué te parece que ha sido
todo este mi nuevo acuerdo?

ECO

Cuerdo.

GALÁN

Viva lo que Dios mandare;
solo me di lo que haga
del sexo que así me estraga,
para que mi mal repare.

ECO

Pare.

GALÁN:

¿Cómo ha de parar un potro
cerrero y desenfrenado?
y ¿cuál amor hay crïado
que me haga olvidar este otro?

ECO

Otro.

GALÁN

Ya te entiendo, y es exceso;
¿quieres decir que procure
nuevo amor, que el viejo cure
por haber salido avieso?

ECO

Eso.

GALÁN

No osaré intentar tal cosa,
porque quizá es escapar
de una desventura y dar
en otra más peligrosa.

ECO

Osa.

GALÁN

Y, cuando me aventurara...
¿qué dama fuera mejor
para servir sin temor
que con otro se mezclara?

ECO

Clara.

GALÁN

De su madrastra he sabido
que es bellísima y honrada,
blanda, humilde y avisada;
pero tiene un mal marido.

ECO

Ido.

GALÁN

Ya sé que se fue a la guerra;
mas hay quien le profetice
(si no yerra el que lo dice)
que será presto en la tierra.

ECO

Yerra.

GALÁN

Quieres decir que mintió.
¿Al fin no ha de volver
a su casa y su mujer,
como al partir lo ordenó?

ECO

No.

GALÁN

Pues el mayor sobresalto
me allanas: yo he de probar,
por tu consejo, asaltar
ese peligrosos salto.

ECO

Alto.

GALÁN

Que ya entiendo que lo manda
quien la rueda mueve y guía;
y siendo así, ninfa mía,
yo me parto en la demanda.

ECO

Anda.

Baltasar del Alcázar, Cena jocosa

Baltasar del Alcázar: 

Cena jocosa

En Jaén, donde resido,
vive Don Lope de Sosa
y direte, Inés, la cosa
más brava de él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués...
pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar, junto;
las tazas del vino, a punto;
falta comenzar la fiesta.

Comience el vinillo nuevo
y échale la bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, este toque;
pero arrójame la bota:
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?
Mas ya... de la del Castillo:
diez y seis vale el cuartillo,
no tiene vino más bajo.

Por nuestro Señor que es mina
la taberna de Alcocer;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé;
pero delicada fue
la invención de la taberna;

porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba,
no es menester alaballo:
sola una falta le hallo,
que con la prisa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene ahora?
La morcilla, gran señora,
digna de veneración.

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundia tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues sus: encójase y entre,
que es algo estrecho el camino...
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Echa de lo tras añejo,
porque con más gusto comas:
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia, el buen consejo.

Mas di, ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe tener de especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos
y asada por esas manos,
hechas a cebar lechones.

El corazón me revienta
de placer: no sé de ti;
¿cómo te va? Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios;
mas oye un punto sutil:
¿No pusiste allí un candil?
¿Cómo me parecen dos?

Pero son preguntas viles,
ya sé lo que puede ser:
con ese negro beber
se acrecientan los candiles

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial:
no es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color!
Todo con tanta fineza.

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo,
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala;
bien puede bogar su remo.

Haz, pues, Inés, lo que sueles,
daca de la bota llena
seis tragos: hecha es la cena,
levántense los manteles.

Ya, Inés, que habemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan, yo me duermo,
quédese para mañana.

Pedro Calderón de la Barca, "La fuerza del amor", en El mágico prodigioso

Pedro Calderón de La Barca

El mágico prodigioso

JUSTINA

Aquel ruiseñor amante
es quien respuesta me da
enamorando constante
a su consorte, que está
un ramo más adelante.

Calla, ruiseñor, no aquí
imaginar me hagas ya
por las quejas que te oí
como un hombre sentirá
si siente un pájaro así.

Mas no: una vid fue lasciva
que, buscando fugitiva
va el tronco donde se enlace,
siendo el verdor con que abrace
el peso con que derriba.

No así con verdes abrazos
me hagas pensar en quien amas,
vid, que duraré en tus lazos,
si así abrazan unas ramas
cómo enraman unos brazos.

Y si no es la vid, será
aquel girasol, que está
viendo cara a cara al sol,
tras cuyo hermoso arrebol
siempre moviéndose va.

No sigas, no, tus enojos
flor, con marchitos despojos,
que pensarán mis congojas:
"Si así lloran unas hojas,
¿cómo lloran unos ojos?".

Cesa, amante ruiseñor,
desúnete, vid frondosa,
párate, inconstante flor,
o decid: ¿qué venenosa
fuerza usáis?

(Todos cantan)

 Amor, amor.

martes, 21 de julio de 2015

Pedro Calderón de la Barca, Pasajes de En esta vida todo es verdad y todo es mentira

De Pedro Calderón de la Barca, "En esta vida todo es verdad y todo es mentira" (1664).

El emperador Phocas o Focas, aventurero de origen oscuro, matador del emperador Mauricio, había sido criado ruda y selváticamente en las montañas de Sicilia, amamantado con leche de mansas lobas y por una serie de aventuras, casi de forajido y bandolero, había llegado a dar muerte al emperador Mauricio, y a usurparle el cetro de Oriente. Fugitiva la esposa de Mauricio en las mismas montañas de Sicilia que allá, en su infancia, habían dado asilo a Focas, parió un hijo llamado Heraclio, a quien recogió, quedando encargado de su crianza, un viejo servidor llamado Astolfo. Por el mismo tiempo, poco más o menos, una aldeana de Sicilia, seducida por Focas, había dado a luz otro hijo, llamado Leonido, que había sido recogido también por Astolfo, el cual, juntamente con el niño, recibió una lámina de plata en que iba escrito el nombre de su padre. Astolfo cría a los dos niños como fieras, para ocultar al uno de ellos de la venganza de Focas y sin decirles de quiénes son hijos a ninguno. Pero Focas, sabedor de que existe un descendiente legítimo de Mauricio, y que algún día puede disputarle la púrpura imperial, se dirige a Sicilia, con intento de escudriñarla toda, hasta haber a las manos a aquel enemigo. Aquí comienza el drama.

Es obra fundada enteramente en una perpetua y barroca confusión. En una isla presidida por un volcán, llega el ejército del tirano Focas, que vuelve a ese lugar agreste para rescatar a su hijo perdido y dar muerte al hijo del emperador que ha asesinado, legítimo heredero de la corona, pues en una cueva el viejo Astolfo ha criado a ambos niños: el descendiente del emperador y el del tirano, sin que Focas sepa distinguir cuál es el vástago al que debe salvar y cuál el joven heredero legítimo al que desea dar muerte. Es el drama humano de la contradicción y su limitación para acceder a verdades inconmovibles. El inflexible tirano Focas puede asesinar a los dos jóvenes que ha encontrado en la escabrosa isla con la seguridad de ejecutar al descendiente de su enemigo, pero si pasa por las armas a los dos también destruye a su propia estirpe. Debe averiguar quién lleva su sangre y quién no, y para ello emplea todos los medios humanos posibles con resultados infructuosos. La certeza se vuelve inaccesible y la incertidumbre es expuesta al espectador no como una doctrina, sino como una vivencia interna del protagonista análoga a la experiencia interna del público y de todo el género humano. Difícil es presentar una propuesta más antidogmática que ésta, cargada de vínculos con la pasión política. La ferocidad de Focas es similar a la del volcán dibujado en el telón de fondo, mostrándose como todos los demás personajes tocados por la pasión política como híbrido entre fiera y persona y su fuerza aniquiladora solo queda paralizada y en suspenso cuando en su mente se impone la duda, la incertidumbre, la meditación, pero esto no lo salva: inocula su misma feroz pasión política en los dos jóvenes inocentes de donde vendrá su propia aniquilación. Allí donde hay dogmatismo y no existe reflexión ante la inseguridad propia de la vida, la violencia criminal tiene las puertas abiertas. Así aparece cuando el mago Lisipo transforma el bosque en un lujosísimo palacio donde se inserta una representación dentro de la representación y luego desvanece repentinamente y por encanto el esplendoroso alcázar retornado a la abrupta montaña.

Selección

"La Mujer"

Que de cuantas cosas cuentas 
que hay en el mundo, ninguna 
siempre que la nombras llega 
a igualar con el halago 
la caricia y la terneza 
con que su nombre se escucha; 
pues a modo de eco deja 
segundo ruido en el alma 
que sin dar razón entera 
de lo que quiere decir, 
aun con la mitad deleita [...]
Pues siempre que mujer dices, 
al oír su nombre tiembla 
el corazón, como que 
de algún contrario se acuerda, 
dejándome su sonido 
no sé qué susto, qué pena
que acá en el alma parece 
que aun no sabida atormenta. 
[...] Es cualquiera 
mujer pintura a dos visos 
que, vista a dos haces, muestra 
de una parte una hermosura 
y de otra parte una fiera, 
sin que se sepa en cual puso 
el arte más excelencia. 
El más familiar amigo 
de nuestra naturaleza 
es, y el enemigo más 
familiar de la fe nuestra. 
La media vida del alma 
es tal vez; tal vez la media 
muerte del alma. No hay 
regalo, Heraclio, sin ella, 
y sin ella no hay, Leonido, 
dolor ni ansia. De manera 
que, mirada a entrambas luces, 
hace bien el que la tema 
y hace bien el que la estime; 
cuerdo es el que se fía de ella
y cuerdo el que desconfía,
porque, en igual competencia, 
ella da la vida y mata, 
ella es la paz y la guerra,
la cura y la enfermedad,
la alegría y la tristeza,
la tríaca y el veneno,
la quietud y la tormenta
y, para decirlo todo,
animal de contingencias
que, árbitro del bien y el mal, 
da el honor y da la afrenta,
que es cuanto hay que dar, de suerte
que, a imitación de la lengua
loable o nociva, no hay
cosa en el mundo que sea
tan mala como la mala, 
tan buena como la buena. 

****

El cielo, 
que una inocencia ampara. 
¿Qué culpa a un desdichado es nacer, para 
que a tus cóleras nazca destinado? 
¿No le basta nacer a un desdichado? 
Las políticas leyes
que establecieron césares y reyes
dicen que si una herida
en un cadáver se halla y de homicida
contra dos el indicio
resulta igual, no deban ser en juicio
condenados los dos, porque prudente
tuvo la ley piadosa
por mejor que, en sentencia tan dudosa
se libre el delincuente
que no que lo padezca el inocente.
Pues siendo así, tu gracia a ambos reciba 
y a sombra del amor el odio viva;
que, en juicio tan penoso
mejor será que sepa hacer el hado
un dichoso, señor, de un desdichado,
que hacer un desdichado de un dichoso. 
Y en cuanto a que te deje sospechoso 
la duda que te queda 
que de Mauricio el hijo alterar pueda 
el imperio, es engaño; 
pues, no constando nunca el desengaño, 
podrás dejar de tu laurel la herencia 
a quien más te inclinare la experiencia; 
que, aunque apaguen el fuego las mudanzas 
de apartadas crianzas, 
¿qué falta el fuego hará, cuando a ver llego 
que la sangre no más arde sin fuego?

***

¿Qué no entendido lenguaje 
es ese, que lo agradezco 
en una parte, y en otra 
me parece que lo siento? 
¿A mí me buscas, y a él 
le buscaras? ¿Lo que espero 
que me digas le dijeras? 
¡Ay de mí, que agora veo 
que ya que en mudar semblantes 
me engañó el primer concepto, 
no me ha engañado el segundo 
al cifrar en un sujeto 
la quietud y la tormenta, 
la tristeza y el contento!

***

Los ojos que dan en ojos
al ver y mirar con ellos,
más valiera no tenellos,
pero bueno es tener ojos.

***
LISIPO

¿Qué tienes, señor? 

FOCAS

No sé: 
un letargo, un parasismo, 
un frenesí, una locura, 
un pasmo, un ansia, un conflicto 
que aunque no dudo el saberlo, 
descansaré con decirlo. 
Fingí el sueño; y él, vengado 
de ver que lo había fingido, 
perturbadas las ideas 
verdadero hacerse quiso
y en aquel pequeño espacio 
que iba acechando resquicios,
crepúsculo de la vida,
ni bien sombra ni bien viso, 
a Leonido vi y a Heraclio, 
sobre vuestros dos avisos, 
con dos puñales. Y aunque 
cada uno se previno 
de que era suyo el amparo 
y era ajeno el homicidio, 
no sé con qué oculta causa, 
sin asustarme en Leonido 
el acero, vi el de Heraclio, 
jurara, en mi sangre tinto. 
Conque infiero que, al oír 
que era hijo de Mauricio, 
reventó la saña en él. 
Y pues que yo no me afirmo, 
decid vosotros, decid 
si bien o si mal colijo 
de sus acciones. 

***

LEONIDO

(¡Cielos! 
¿Si será esto lo fingido, 
y lo otro lo verdadero? 
¿O si habrá al contrario sido 
esto lo cierto y lo otro 
lo incierto? Mas ¿qué averiguo? 
Vaya yo donde me vea 
de reales pompas vestido, 
en palacios alojado, 
de varias gentes servido 
y sea cierto o no sea cierto; 
pues, en los faustos del siglo 
lo que se goza, se goza, 
dure i no dure) Rendido 
a tus pies, beso tu mano 
por el honor que recibo. 

PHOCAS

(Cuerdo anda Leonido, pues 
no se da por entendido) 
Y tú, Heraclio, ¿no me das 
las gracias de que te admito 
en mi Corte? 

HERACLIO

No, señor. 

PHOCAS

¿Cómo? 

HERACLIO

Como cuando miro
que la púrpura real
el polvo la esmalta en Tiro
y que no hay polvo que no
le desvanezca un suspiro,
siendo tan leve su pompa
que no hay humano sentido
que ser mentira o verdad
pueda afirmar, te suplico 
que más lustre no me des 
que dejarme en mi retiro 
a vivir como viví 
de estas montañas vecino, 
de estas fieras compañero, 
ciudadano de estos riscos. 
Que no quiero oír aplausos 
de tan mañoso artificio 
que no sepa cuando son 
verdaderos o fingidos.

PHOCAS.

No te entiendo. 

HERACLIO

Yo tampoco. [...]

PHOCAS

¿En efecto
ingrato, desconocido,
mi gracia desprecias?

HERACLIO

No 
la desprecio; antes la estimo 
tanto, que no quiero verla 
aventurada al peligro 
de que una piedad padezca 
escrúpulos de delito. 
Y así, a tus pies arrojado, 
que me desvíes te pido
de ti, porque a mí me basta
el reino de mi albedrío,
sin más ambición.

****

(Definición del tirano)

Un hidrópico de sangre
que por no poder beber
la de todos, en la suya
está apagando su sed.