miércoles, 29 de julio de 2015

Shakespeare, Monólogos

TODO EL MUNDO ES UN ESCENARIO

De W. Shakesperare, Cómo os guste (o, Como gustéis)

ROSALIND


Todo el mundo es un escenario,
y todos los hombres y mujeres meros actores:
tienen sus salidas y entradas;
y un hombre en su vida interpreta muchos roles,
siendo sus actos en siete edades. Al principio el infante,
que llora en brazos de la nodriza.
Luego el quejoso escolar con su cartera
y su brillante cara matutina, arrastrándose
de mala ga­na a la escuela, con paso de caracol.
Después, el amante, suspirando como una fragua
con una triste balada
compuesta para la reja de su amada.
Luego soldado, lleno de extrañas bravuconadas,
bigo­tudo como el leopardo,
celoso de su honor, súbito y pronto en la lucha,
buscando la efímera repu­tación
hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez
de redondo y prominente abdomen
de mirada severa y barba cortada formal,
lleno de sesudos dichos y modernas citas:
y así desempeña su papel. En la sexta edad
cambia al flaco y suelto Pantalón,
calzado de chinelas,
con anteojos en la nariz y el saco al costado,
y con juveniles calcetines, bien conservados
flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas;
y su voz varonil vuelve otra vez al infantil agudo re­sopla
y silba en su sonido.
La última escena de todas,
que termina esta extraña y nutrida historia,
es la segunda infancia, el mero olvido
sin dientes, sin ojos, sin palabras, nada.

All the world's a stage,
And all the men and women merely players:
They have their exits and their entrances;
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first the infant,
Mewling and puking in the nurse's arms.
And then the whining school-boy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress' eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honour, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the cannon's mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slipper'd pantaloon,
With spectacles on nose and pouch on side,
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank; and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.

Macbeth, escena VII

(Oboes y antorchas. Cruzan la escena un mayordomo y varios sirvientes llevando platos y servicio de mesa. Entra, a continuación, Macbeth)


Si todo concluyera ya hecho... Convendría acabar pronto; si el crimen pudiera frenar sus consecuencias y, con desaparecer, asegurar el éxito de modo que este golpe, a un tiempo, fuese todo y el fin de todo, aquí, solo aquí, sobre esta orilla y páramo del tiempo, se arriesgaría la vida que ha de seguir. Sin embargo, es aquí, en estos casos, donde se nos juzga, porque damos órdenes sangrientas que, aprendidas, son un tormento para quien las da. La mano imparcial de la justicia pone el cáliz que hemos envenenado en nuestros propios labios. Él se encuentra aquí con una confianza doblada: primero, soy su deudo y su súbdito, dos razones buenas para no obrar; después, como anfitrión, yo tendría que cerrar las puertas a sus asesinos, no ser quien blandiera el puñal. Además, este Duncan ha sido en el poder tan humilde y en el gobernar tan ecuánime que sus virtudes clamarían –tal ángeles con voces de trompetas- contra el acto deleznable de hacerlo desaparecer; y la piedad, como un recién nacido desnudo en la tormenta que galopa o un querubín del cielo subido en corceles invisibles, expondrá este acto como horrible a los ojos del mundo y el vendaval de lágrimas será sofocante. Las espuelas clavadas en los costados de mi deseo son las de una ambición que brinca, se sobrepasa y, ya demasiado alta, se derrumba.


Monólogo de Elena en Sueño de Una Noche de Verano 

¡Cuánto más felices logran ser unos que otros! En toda Atenas se me tiene por su igual en hermosura, pero ¿de qué me sirve? Demetrio no lo cree así. Se niega a reconocer cuanto todos menos él reconocen. Y así como se engaña fascinado por los ojos de Hermia así yo me ciego enamorada de sus cualidades. El amor puede transformar las cosas bajas y viles en dignas, excelsas. No ve con los ojos, sino con el alma, y por eso pintan ciego al alado Cupido. Tampoco en la mente del amor se ha registrado alguna señal de discernimiento. Alas sin ojos son emblema de la premura imprudente y por eso se afirma que el amor es niño, porque en la elección yerra frecuentemente. Y así como se ve a los niños traviesos infringir sus juramentos en los juegos, así el rapaz Amor es perjuro por doquier. Porque antes de ver Demetrio los ojos de Hermia me acribilló con un granizo de juramentos asegurándome que era solo mío; y cuando esta granizada sintió el calor de su presencia, se disolvió y derritió el chaparrón de promesas. Voy a revelarle la fuga de la hermosa Hermia y no dejará de perseguirla mañana por la noche en el bosque; por este aviso, con solo que me dé las gracias habré recibido una gran retribución. Pero ¿bastará a mitigar mi pena el poder allá mirarle y volver?


Monólogo de Hamlet 

¡Ser o no ser! ¡He aquí la cuestión! 
Si es a la luz de la razón más digno 
sufrir los golpes y punzantes dardos 
de suerte horrenda, o terminar la lucha 
en guerra contra un piélago de males. 

Morir; dormir. ¿Dormir? ¡Soñar acaso! 
¡Ah! La rémora es esa; pues qué sueños 
podrán ser los que acaso sobrevengan 
en el dormir profundo de la muerte, 
ya de mortal envoltura despojados, 
suspende la razón: ahí el motivo 
que a la desgracia da tan larga vida. 
¿Quién las contrariedades, el azote 
de la fortuna soportar pudiera, 
la sinrazón del déspota, del vano 
el ceño, de la ley las dilaciones, 
de un amor despreciado las angustias, 
del poder los insultos, y el escarnio 
que del menguado el mérito tolera, 
cuando él mismo su paz conseguiría 
con un mero punzón? ¿Quién soportara 
cargas, que con gemidos y dolores 
ha de llevar en vida fatigosa, 
si el recelo de un algo tras la muerte, 
incógnita región de donde nunca 
vuelve el viajero, no turbara el juicio, 
haciéndonos sufrir el mal presente 
antes que en busca ir de lo ignorado? 


Monólogo De Enrique VIII 

No vengo ahora a haceros reír; son estas cosas de una fisonomía seria y grave, tristes, elevadas y patéticas, llenas de pompa y dolor; escenas nobles, propias para inducir los ojos al llanto lo que hoy os ofrecemos. 

Los inclinados a la piedad pueden aquí, si a bien lo tienen, dejar caer una lágrima: el tema es digno de ello. Aquellos que dan su dinero sin esperanza de ver algo creíble, hallarán empero la verdad. Los que vienen solo a presenciar una pantomima o dos y convenir enseguida que la obra es pasable, si quieren permanecer tranquilos y benevolentes, les prometo que tendrán un rico espectáculo ante sus ojos en el transcurso de dos breves horas.

Solo los que vienen a escuchar una pieza alegre y licenciosa o un fragor de broqueles, o a ver un bufón de largo vestido abigarrado con ribetes amarillos, quedarán defraudados, pues, sabed, amables oyentes, que mezclar nuestra verdad auténtica con tales espectáculos de bufonería y combate, fuera de que sería rebajar nuestro propio juicio e intención de no representar ahora sino lo que reputamos auténtico, nos haría perder para siempre la simpatía de todo hombre culto. 

Así pues, en nombre de la benevolencia, y puesto que se os conoce como los primeros y más felices espectadores de la ciudad, sed tan serios como deseamos; imaginad que veis los personajes mismos de nuestra noble historia tales como fueron en vida; imaginad que los contempláis poderosos y acompañados del enorme gentío y solicitud de millares de amigos; luego, considerad cómo, en un instante, a esta grandeza se une súbito el infortunio. Y, si entonces conserváis vuestra alegría, diré que un hombre lloraría incluso el día de su boda.

JULIO CÉSAR (1599)

Acto III, escena II

ANTONIO

Amigos, romanos, compatriotas, escuchadme: he venido a enterrar a César, no a ensalzarlo. El mal que hacen los hombres les sobrevive; el bien suele quedar sepultado con sus huesos. Que así ocurra con César.

Bruto os ha dicho que César era ambicioso: si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado. Por la benevolencia de Bruto y de los demás, pues Bruto es un hombre de honor, como lo son todos, he venido a hablar en el funeral de César. Fue mi amigo, fiel y justo conmigo; pero Bruto dice que era ambicioso. Bruto es un hombre honorable. Trajo a Roma muchos prisioneros de guerra, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Puede verse en esto la ambición de César? Cuando el pobre lloró, César lo consoló. La ambición suele estar hecha de una aleación más dura. Pero Bruto dice que era ambicioso y Bruto es un hombre de honor.

Todos visteis que, en las Lupercales, le ofrecí tres veces una corona real, y tres veces la rechazó. ¿Eso era ambición? Pero Bruto dice que era ambicioso y es indudableque Bruto es un hombre de honor.
No hablo para desmentir lo que Bruto dijo, sino que estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis alguna vez, y no sin razón. ¿Qué razón, entonces, os impide ahora hacerle el duelo? ¡Ay, raciocinio te has refugiado entre las bestias, y los hombres han perdido la razón!... Perdonadme. Mi corazón está ahí, en esos despojos fúnebres, con César, y he de detenerme hasta que vuelva en mí...

PRIMER CIUDADANO

Creo que hay mucha sabiduría en lo que dice

SEGUNDO CIUDADANO

Si te paras a pensarlo, César cometió un gran error

TERCER CIUDADANO

¿Ah, sí? Me temo que alguien peor ocupará su lugar.

CUARTO CIUDADANO

¿Le has prestado atención? No creo que él quisiera tomar la corona. Y por lo tanto, no era un ambicioso.

PRIMER CIUDADANO

Y si se descubriera que lo fue… algunos lo soportaríamos.

SEGUNDO CIUDADANO

Pobrecillo, sus ojos están rojos como el fuego de llorar…

TERCER CIUDADANO

No hay nadie más noble en Roma que Antonio.

CUARTO CIUDADANO

Préstale atención, que empieza a hablar otra vez. 

ANTONIO

Ayer la palabra de César hubiera prevalecido contra el mundo. Ahora yace ahí y nadie hay lo suficientemente humilde como para reverenciarlo. ¡Oh, señores! Si tuviera el propósito de excitar a vuestras mentes y vuestros corazones al motín y a la cólera, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres de honor. No quiero ser injusto con ellos. Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros, antes que con esos hombres tan honorables! Pero aquí hay un pergamino con el sello de César. Lo encontré en su gabinete. Es su testamento. Si se hiciera público este testamento que, perdonadme, no tengo intención de leer, irían a besar las heridas de César muerto y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre. Sí. Suplicarían un cabello suyo como reliquia, y al morir lo mencionaría en su testamento, como un rico legado a su posteridad!

CUARTO CIUDADANO

Queremos escuchar el testamento. Léelo, Marco Antonio.

TODOS LOS CIUDADANOS

¡El testamento!. ¡El testamento! Queremos escuchar el testamento del César.

ANTONIO

Tened paciencia, amigos. No debo leerlo. No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César. No estáis hechos de madera, no estáis hechos de piedra, sois hombres, y, como hombres, si oís el testamento de César os vais a enfurecer, os vais a volver locos. No es bueno que sepáis que sois sus herederos, pues si lo supierais, podría ocurrir cualquier cosa.

CUARTO CIUDADANO

Lee el testamento. Queremos escucharlo, Antonio: debes leernos el testamento, el testamento de César.

ANTONIO

¿Queréis tener paciencia? ¿Queréis esperar un momento? He ido demasiado lejos en deciros esto. Temo agraviar a los honorables hombres cuyos puñales traspasaron a César. ¡Lo temo!

CUARTO CIUDADANO

¡Esos hombres honorables son unos traidores!

TODOS LOS CIUDADANOS

¡El testamento! ¡El testamento!

SEGUNDO CIUDADANO

¡Son unos miserables asesinos! ¡El testamento! ¡Lee el testamento!

ANTONIO

¿Me obligáis a que lea el testamento? En ese caso, formad círculo en torno al cadáver de César, y dejadme mostraros al que hizo el testamento. ¿Bajo? ¿Me dais vuestro permiso?

TODOS LOS CIUDADANOS

¡Baja!

SEGUNDO CIUDADANO

¡Baja!

TERCER CIUDADANO

¡Tienes permiso!

CUARTO CIUDADANO

Acercaos, haced un círculo.

PRIMER CIUDADANO

Haced sitio al cadáver.

SEGUNDO CIUDADANO

Haced sitio al noble Antonio.

ANTONIO

¡No me empujéis! ¡Alejaos!

TODOS

¡Atrás, atrás!

ANTONIO

Si tenéis lágrimas, preparaos a derramarlas. Todos conocéis este manto. Recuerdo la primera vez que César se lo puso. Era una tarde de verano, en su tienda, el día que venció a los nervios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved que brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le apuñaló su muy amado Bruto! Y al retirar su maldito acero, observad como la sangre de César lo siguió, como si abriera de par en par para cerciorarse si Bruto, malignamente, la hubiera llamado. Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, con que ternura le amaba César! ¡Ese fue el golpe más cruel de todos, porque cuando el noble César vio que él lo apuñalaba, la ingratitud, más fuerte que las armas de los traidores, lo aniquiló completamente. Entonces estalló su poderoso corazón, y, cubriéndose el rostro con el  Manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo, al pie de la cual se desangró... ¡Oh qué funesta caída, conciudadanos! En aquel momento, yo, y vosotros, y todos, caímos, mientras la sangrienta traición nos sumergía. Ahora lloráis, y me doy cuenta que empezáis a sentir piedad. Esas lágrimas son generosas. Almas compasivas: ¿por qué lloráis, si sólo habéis visto la desgarrada túnica de César? Mirad aquí. Aquí está, desfigurado, como veis, por los traidores.

PRIMER CIUDADANO

¡Penoso espectáculo!

SEGUNDO CIUDADANO

¡Ay, noble César!

TERCER CIUDADANO

¡Funesto día!

CUARTO CIUDADANO

¡Traidores! ¡Miserables!

PRIMER CIUDADANO

¡Sangrienta visión!

SEGUNDO CIUDADANO

¡Queremos venganza!

TODOS

¡Venganza! ¡Juntos! Perseguidlos, quemadlos, matadlos, degolladlos, no dejar un traidor vivo!

ANTONIO

¡Conteneos, ciudadanos!

PRIMER CIUDADANO

¡Calma! ¡Escuchemos al noble Antonio!

SEGUNDO CIUDADANO

Lo escucharemos, lo seguiremos y moriremos por él.

ANTONIO

Amigos, queridos amigos: que no sea yo quien os empuje al motín. Los que han consumado esta acción son hombres dignos. Desconozco qué secretos agravios tenían para hacer lo que hicieron. Ellos son sabios y honorables, y no dudo que os darán razones. No he venido, amigos, a excitar vuestras pasiones. Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo, que quería a mi amigo, y eso lo saben muy bien los que me permitieron hablar de él en público. Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria para enardecer la sangre de los hombres. Hablo llanamente y sólo digo lo que vosotros mismos sabéis. Os muestro las heridas del amado César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que ellas hablen por mí. Pues si yo fuera Bruto, y Bruto Antonio, ese Antonio exasperaría vuestras almas y pondría una lengua en cada herida de César capaz de conmover y amotinar los cimientos de Roma.

TODOS

Nos amotinaremos.

PRIMER CIUDADANO

¡Quemaremos la casa de Bruto!

TERCER CIUDADANO

¡Vamos, pues, persigamos a los conspiradores!

ANTONIO

Escuchadme, ciudadanos. Escuchadme lo que tengo que decir.

TODOS

¡Alto! Escuchemos al noble Antonio.

ANTONIO

¡Pero, amigos, no sabéis lo que vais a hacer! ¿Qué ha hecho César para merecer vuestro afecto? No lo sabéis. Yo os lo diré. Habéis olvidado el testamento de que os hablé.

TODOS

¡Es verdad, el testamento! Esperemos a oír el testamento.

ANTONIO

Aquí está, con el sello de César. A todos y cada uno de los ciudadanos de Roma, lega setenta y cinco dracmas.

CIUDADANO SEGUNDO

¡Noble César! ¡Vengaremos su muerte!

TERCER CIUDADANO

¡Oh, magnánimo César!

ANTONIO

Tened paciencia y escuchadme.

TODOS

¡Alto!

ANTONIO

Lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines,recién plantados a este lado del Tíber. Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos, como parques públicos, para que os paseéis y recreéis. ¡Éste sí que era un César! ¿Cuándo tendréis otro como él? 

EL MERCADER DE VENECIA (1600)

Acto III, escena I

SHYLOCK

Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rio de mis pérdidas y se ha burlado de mis ganancias. Despreció a mi nación, desbarató mis negocios, enfrió a mis amigos y calentó a mis enemigos; ¿y cuál es su motivo? “Soy un judío”. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas ¿no nos reímos? Si nos envenenáis ¿no nos morimos? Y, si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado. 

De Romeo y Julieta

JULIETA

Mi único enemigo es tu nombre.
Tú eres tú, aunque seas un Montesco.
¿Qué es «Montesco»? Ni mano, ni pie,
ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo.
¡Ah, ponte otro nombre! 
¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa
sería tan fragante con cualquier otro nombre.
Si Romeo no se llamase Romeo,
conservaría su propia perfección
sin ese nombre. Romeo, quítate el nombre
y, a cambio de él, que es parte de ti,
¡tómame entera!
¿Quién eres tú, que te ocultas en la noche
e irrumpes en mis pensamientos?
Mis oídos apenas han sorbido cien palabras
de tu boca y ya te conozco por la voz. 
¿No eres Romeo, y además Montesco?
Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y por qué?
Las tapias de este huerto son muy altas
y, siendo quien eres, el lugar será tu muerte
si alguno de los míos te descubre.
Si te ven, te matarán. 
Por nada del mundo quisiera que te viesen.
¿Quién te dijo dónde podías encontrarme?
La noche me oculta con su velo;
si no, el rubor teñiría mis mejillas
por lo que antes me has oído decir.
¡Cuánto me gustaría seguir las reglas,
negar lo dicho! Pero, ¡adiós al fingimiento!
¿Me quieres? Sé que dirás que sí 
y te creeré. Si jurases, podrías
ser perjuro: dicen que Júpiter se ríe
de los perjurios de amantes. ¡Ah, gentil Romeo!
Si me quieres, dímelo de buena fe.
O, si crees que soy tan fácil, 
me pondré áspera y rara, y diré «no»
con tal que me enamores, y no más que por ti.
Mas confía en mí: demostraré ser más fiel
que las que saben fingirse distantes.
Reconozco que habría sido más cauta
si tú, a escondidas, no hubieras oído
mi confesión de amor. Así que, perdóname
y no juzgues liviandad esta entrega
que la oscuridad de la noche ha descubierto.

De Macbeth


II

LADY MACBETH

Está ronco el cuervo que anuncia con graznidos la fatal llegada de Duncan a mi castillo. ¡Espíritus, venid! iVenid a mí, puesto que presidís los pensamientos de una muerte! Arrancadme mi sexo y llenadme del todo, de pies a la cabeza, con la más espantosa crueldad! ¡Que se dense mi sangre, que se bloqueen todas las puertas al remordimiento! ¡Que no vengan a mí contritos sentimientos naturales a perturbar mi propósito cruel, o a poner tregua a su realizacion! ¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel, espíritus de muerte que por doquier estáis -esencias invisibles- al acecho de que Naturaleza se destruya!¡Ven, noche espesa, ven y ponte el humo lóbrego de los infiernos para que mi ávido cuchillo no vea sus heridas, ni por el manto de tinieblas pueda el cielo asomarse gritando «¡basta, basta!». [...]

¡Nunca habrá de ver el sol ese mañana! Tu rostro, mi señor, es como un libro donde el hombre puede leer extrañas cosas. Para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada y en tus manos y lengua; procúrate el inocente aspecto de la flor, pero sé tú la víbora que oculta. Habremos de atender al que ha de venir y tendrás que dejar que sea yo quien se ocupe esta noche de nuestro gran proyecto que dará a nuestros días venideros y a todas nuestras noches absoluto dominio soberano, y el poder. ¿Cuál fue la bestia que te hizo proponerme empresa como esta? Eras un hombre cuando te atrevías y serías más hombre, mucho más, si fueses aún más de lo que eras. Ni tiempo ni lugar eran propicios; sin embargo, tú querías crearlos. Y, ahora que se presentan ellos mismos, su oportunidad abatido te deja. Mi leche yo la he dado y sé cuán tierno es amar al ser que se amamanta; pues bien, en ese instante en que te mira sonriendo, habría arrancado mi pezón de sus blandas encías y machacado su cabeza si lo hubiese jurado como juraste tú. Cada día, cada recuerdo se va borrando de mi cuerpo. Cada día pasas a ser parte del pasado. Deseo con toda mi alma, que cuando sean las doce, cada uno tenga lo que se merece. Quiero que te pudras física y emocionalmente. Quiero que te retuerzas por tus propias heces internas. Quiero que te sientas torpe. Sacas lo peor de mí. No tendré nada que festejar, no tendré ganas de sonreír, pero vos tampoco. La culpa nunca te va a dar paz, ni en épocas de Navidad.

II

MACBETH Si todo terminara una vez hecho, sería conveniente acabar pronto; si pudiera el crimen frenar sus consecuencias y al desaparecer asegurar el éxito, de modo que este golpe a un tiempo fuese todo y fin de todo... aquí, solo aquí, sobre esta orilla y páramo del Tiempo se arriesgaría la vida por venir. En estos casos es aquí, sin embargo, donde se nos juzga, porque damos instrucciones sangrientas que, aprendidas, son un tormento para quien las da. La imparcial mano de la justicia pone el cáliz, envenenado por nosotros, en nuestros propios labios. Se encuentra  aquí con doble confianza: primero, soy su deudo a más de súbdito, dos buenas razones para no actuar; después, como anfitrión, tendría que cerrar las puertas a los asesinos, no ser yo quien blandiera el cuchillo. Además, este Duncan ha sido tan humilde en el poder, y tan ecuánime al gobernar, que sus virtudes clamarían –tal ángeles con voces de trompetas–  contra el acto deleznable de hacerlo desaparecer; y la piedad, como un recién nacido que desnudo galopa en la tormenta, o querubín del cielo montado por el aire en sus corceles invisibles, expondrá este acto horrible a los ojos del mundo y sofocarán las lágrimas el vendaval. La espuela, que se clava en los flancos de mi deseo,  es la de ambición que brinca y al sobrepasarse, ya demasiado lejos, se derrumba. 

III

MACBETH Ve y dile a tu señora que cuando esté dispuesta mi bebida haga que suene la campana. Puedes irte a dormir. (Sale el sirviente) ¿Es una daga eso que contemplo ante mí, con la empuñadura cerca de mi mano? ¡Ven, que pueda cogerte! Yo no te tengo y, sin embargo, siempre te veo ahí. Visión fatal, ¿no eres sensible al tacto y la mirada? ¿O eres, quizá, tan solo un puñal en mi mente, imagen falsa que surge en mi cerebro al que la fiebre oprime? Puedo verte de forma tan palpable como el que empuño ahora. Me indicaste el camino por el que ya avanzaba y el arma misma que debía usar. Mis ojos son la burla de mis otros sentidos, o quizá a todos ellos superen en valor... Todavía te veo; también las gotas, en el filo y en la empuñadura, de una sangre que antes no estaba. No, no eres real. Es mi sangrienta empresa que así crece ante mis ojos... Sobre medio mundo, ahora, se diría, Naturaleza ha muerto, y los sueños corruptos al sueño oculto en su dosel engañan. El hechizo celebra los ritos de la apagada Hécate; y el escuálido Crimen, avisado por su centinela, el lobo, cuyo aullido es la alarma, sigilosamente con zancadas lascivas de Tarquino, a su designio avanza como espectro. ¡Tierra, segura y firme, no escuches mis pisadas, vayan do vayan! No sea que tus mismas piedras descubran dónde voy arrebatando al Tiempo el horror de este instante, que tan bien le acomoda... Mientras lo amenazo, vive todavía; las palabras congelan con su hálito el calor de los actos. Suena una campana. Es un hecho: ¡ya voy! La campana me invita. No la escuches tú, Duncan, pues que su tañido al cielo te reclama, o al infierno. Sale 

SUEÑO DE UNA NOCHE VERANO, Acto III, escena II.

PUCK

Mi señora está enamorada de un monstruo. Mientras cerca de su retiro sagrado y solitario pasaba la hora de su lánguido sueño, ha llegado una compañía de cómicos imbéciles, de groseros artesanos que trabajan para ganarse la vida en las tiendas de Atenas. Venían a
ensayar una pieza que debe representarse el día de las bodas del insigne Teseo. El más necio de la estúpida cuadrilla, encargado del papel de Píramo, ha salido de escena y ha entrado en un matorral. Yo he aprovechado el momento para encasquetarle una cabeza de asno. Al tocarle el turno de volver a escena para contestar a Tisbe, mi actor ha salido. Apenas le han visto los demás, cuando han huido, semejantes el ánade silvestre que ha encontrado el ojo del cazador en acecho o a una bandada de chovas rojizas al escuchar la detonación del mosquete, que ora bajan, ora alzan el vuelo, y de pronto se dispersan y hienden los campos del aire con precipitado aleteo. Al ruido de mis pasos, cae de vez en cuando uno por tierra, gritando que lo asesinan y pidiendo socorro a Atenas. En su turbación, sus insensatos terrores se forjaron un enemigo de cada objeto inanimado. Los abrojos y espinas desgarraban sus vestidos: a éste la manga; a aquel el sombrero, que se apresuraban a abandonar. Mientras los cazaba de este modo, había dejado en la escena al lindo Píramo en su metamorfosis, cuando Titania ha despertado y en seguida se ha enamorado de un jumento.

Hamlet, I

ESPECTRO

Debo ser breve. Dormía en mi jardín,
como solía hacer todas las tardes, y en esta hora
de quietud, tu tío entró furtivamente,
con una ampolla hechizada de beleño
y vertió en el hueco de mis oídos
aquel fluido ponzoñoso, cuyo efecto
tan contrario es a la sangre humana
que rápido como el azogue recorre
puertas y conductos del cuerpo,
y con vigor inusitado coagula
y corta (tal ácido en la leche)
la frescura de la sangre. Y así me ocurrió, 
que una erupción instantánea, como una lepra,
invadió mi carne delicada cubriéndola
de una costra repugnante.
De este modo, mientras dormía, y por acción
de un hermano, fui desposeído de reina, vida y corona,
todo de una vez. Y en la flor de todos mis pecados,
sin viático, sin sacramentos, sin unción,
sin la cuenta de mis deudas, enviado a responder
de todas mis culpas e imperfecciones.
¡Oh, cuán horrible! ¡Dios! ¡Cuán horrible!
No hayas de tolerarlo si queda en ti brío.


Hamlet, Acto I, Escena V. Edición de Cátedra, pp. 197-199.

La tempestad

PRÓSPERO.— Parecéis como emocionado, hijo mío; dijérase que algo os conturba. Tranquilizaos, señor. Nuestros divertimentos han dado fin. Esos actores, como os había prevenido eran espíritus todos y se han disipado en el aire, en el seno del aire impalpable; y a semejanza del edificio sin base de esta visión, las altas torres, cuyas crestas tocan las nubes, los suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso Globo, sí, y cuanto en él descansa, se disolverá, y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de desaparecer, no quedará rastro de ello. Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida no es más que un sueño... Señor, me encuentro contrariado. Perdóneseme mi debilidad. Mi achacoso cerebro se turba. No os afecte mi flaqueza. Si lo tenéis a bien, retiraos a mi gruta y descansad. Daré un paseo o dos para aplacar la agitación de mi ánimo.

Shakespeare, Monólogo del judío Shylock en El mercader de Venecia


Monólogo del judío Shylock en El mercader de Venecia de Shakespeare:

"Me ha arruinado... se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis, no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?"

William Shakesperae, Selección de sonetos

William Shakespeare, 1564  - 1616, algunos de sus Sonetos


Como actor vacilante en el proscenio

Como actor vacilante en el proscenio
que temeroso su papel confunde,
o como el poseído por la ira
que desfallece por su propio exceso,

así yo, desconfiando de mí mismo,
callo en la ceremonia enamorada,
y se diría que mi amor decae
cuando lo agobia la amorosa fuerza.

Deja que la elocuencia de mis libros,
sin voz, transmita el habla de mi pecho
que pide amor y busca recompensa,
más que otra lengua de expresivo alcance.

Del mudo amor aprende a leer lo escrito,
que oír con ojos es amante astucia.



¿Cómo buscar temas, mi musa?

¿Cómo buscar temas, mi musa,
mientras tú alientas, que a mi verso infundes
tu dulce inspiración, harto preciosa
para exponerla en un papel grosero?

agradécete a ti, si algo de mi obra
digno de leerse encuentra tu mirada:
¿Quién tan mudo será que no te escriba
cuando tu luz aclara lo que inventa?

Sé la décima musa y sé diez veces
mejor que las antiguas invocadas,
y otorga a quien te invoque eternos versos
que sobrevivan a lejanos siglos.

Si al futuro censor mi musa encanta,
mía será la pena y tuyo el lauro.



¿Cómo compararte a un día de verano?

¿Cómo compararte a un día de verano?
Más hermosura y suavidad posees.
Tiembla el brote de mayo bajo el viento
y el estío no dura casi nada.

A veces demasiado brilla el ojo
solar, y otras su tez de oro se apaga;
toda belleza alguna vez declina,
ajada por la suerte o por el tiempo.

Pero eterno será el verano tuyo.
No perderás la gracia, ni la muerte
se jactará de ensombrecer tus pasos
cuando crezcas en versos inmortales.

Vivirás mientras alguien vea y sienta
y esto pueda vivir y te dé vida.


Como en la playa al pedregal las olas

Como en la playa al pedregal las olas,
nuestros minutos a su fin se apuran,
cada uno desplaza al que ha pasado
y avanzan todos en labor seguida.

El nacimiento, por un mar de luces,
va hacia la madurez y su corona;
combaten con su brillo eclipses pérfidos
y el tiempo sus regalos aniquila.

El tiempo horada el juvenil adorno,
surca de paralelas la hermosura,
se nutre de supremas maravillas
y nada existe que su hoz no abata.

A pesar de su mano cruel, mi verso
dirá tu elogio en tiempos que esperamos.


¿Cómo puedo elogiarte con modestia?

¿Cómo puedo elogiarte con modestia
cuando tú eres de mí la mejor parte?
¿Qué me puede otorgar mi propio elogio
y qué hago con tu elogio sino el mío?
Vivamos separados, y que pierda
su nombre de indiviso nuestro amor,
para que pueda darte, al separarnos,
lo que mereces tú, tú solamente.

¡Oh ausencia, cuál sería tu suplicio,
si tu amarga quietud no nos dejara
burlar al tiempo en el amor pensando,
engaño dulce del pensar y el tiempo,

y no enseñaras a hacer dos con uno,
aquí elogiando a quien está distante!



Como un padre decrépito disfruta

Como un padre decrépito disfruta
al ver de su hijo las empresas jóvenes,
así yo, mutilado por la suerte,
en tu lealtad y mérito me afirmo.

Pues sea la hermosura o el linaje,
el poder o el ingenio, uno o todos,
quien te corone con mejores títulos,
yo incorporo mi amor a esa riqueza.

Ni pobre ni ofendido soy, ni inválido,
que basta la sustancia de tu sombra
para colmarme a mí con su opulencia,
y de una parte de tu gloria vivo.

Busca, pues, lo mejor: te lo deseo;
seré feliz diez veces si lo hallas.


Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos

Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos
y ahonden surcos en tu prado hermoso,
tu juventud, altiva vestidura,
será un andrajo que no mira nadie.

Y, si por tu belleza preguntaran,
tesoro de tu tiempo apasionado,
decir que yace en tus sumidos ojos
dará motivo a escarnios o falsías.

¡Cuánto más te alabaran en su empleo
si respondieras : -"Este grácil hijo
mi deuda salda y mi vejez excusa",
pues su beldad sería tu legado!

Pudieras, renaciendo en la vejez,
ver cálida tu sangre que se enfría.



Cuando en las crónicas de tiempos idos

Cuando en las crónicas de tiempos idos
veo que a los hermosos se describe
y a la belleza embellecer la rima
que elogia a damas y señores muertos,

observo que al pintar de sus dechados
la mano, el labio, el pie, la frente, el ojo,
trataba de expresar la pluma arcaica
una belleza como la que tienes.

Así, sus alabanzas son presagios
de nuestro tiempo, que te prefiguran,
y pues no hacían más que adivinarte,
no podían cantarte cual mereces.

En cuanto a aquellos que te contemplamos
con absorta mirada, estamos mudos.


Cuando en sesiones dulces y calladas

Cuando en sesiones dulces y calladas
hago comparecer a los recuerdos,
suspiro por lo mucho que he deseado
y lloro el bello tiempo que he perdido,

La aridez de los ojos se me inunda
por los que envuelve la infinita noche
y renuevo el plañir de amores muertos
y gimo por imágenes borradas.

Así, afligido por remotas penas,
puedo de mis dolores ya sufridos
la cuenta rehacer, uno por uno,
y volver a pagar lo ya pagado.

Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas
se compensan, y cede mi amargura.



Cuando haya muerto, llórame tan solo

Cuando haya muerto, llórame tan solo
mientras escuches la campana triste,
anunciadora al mundo de mi fuga
del mundo vil hacia el gusano infame.

Y no evoques, si lees esta rima,
la mano que la escribe, pues te quiero
tanto que hasta tu olvido prefiriera
a saber que te amarga mi memoria.

Pero si acaso miras estos versos
cuando del barro nada me separe,
ni siquiera mi pobre nombre digas
y que tu amor conmigo se marchite,

para que el sabio en tu llorar no indague
y se burle de ti por el ausente.



Cuando hombres y fortuna me abandonan

Cuando hombres y fortuna me abandonan,
lloro en la soledad de mi destierro,
y al cielo sordo con mis quejas canso
y maldigo al mirar mi desventura,

soñando ser más rico de esperanza,
bello como este, como aquel rodeado,
deseando el arte de uno, el poder de otro,
insatisfecho con lo que me queda;

a pesar de que casi me desprecio,
pienso en ti y soy feliz y mi alma, entonces,
como al amanecer la alondra, se alza
de la tierra sombría y canta al cielo:

pues recordar tu amor es tal fortuna
que no cambio mi estado con los reyes.



Cuando pienso que todo lo que crece

Cuando pienso que todo lo que crece
su perfección conserva un mero instante;
que las funciones de este gran proscenio
se dan bajo la influencia de los astros;

y que el hombre florece como planta
a quien el mismo cielo alienta y rinde,
primero ufano y abatido luego,
hasta que su esplendor nadie recuerda:

la idea de una estada tan fugaz
a mis ojos te muestra más vibrante,
mientras que Tiempo y Decadencia traman
mudar tu joven día en noche sórdida.

Y, por tu amor guerreando con el Tiempo,
si él te roba, te injerto nueva vida.



De los hermosos el retoño ansiamos

De los hermosos el retoño ansiamos
para que su rosal no muera nunca,
pues cuando el tiempo su esplendor marchite
guardará su memoria su heredero.

Pero tú, que tus propios ojos amas,
para nutrir la luz, tu esencia quemas
y hambre produces en donde hay hartura,
demasiado cruel y hostil contigo.

Tú que eres hoy del mundo fresco adorno,
pregón de la radiante primavera,
sepultas tu poder en el capullo,
dulce egoísta que malgasta ahorrando.

Del mundo ten piedad: que tú y la tumba,
ávidos, lo que es suyo no devoren.



Déjame confesar que somos dos

Déjame confesar que somos dos
aunque es indivisible el amor nuestro,
así las manchas que conmigo quedan
he de llevar yo solo sin tu ayuda.

No hay más que un sentimiento en nuestro amor
si bien un hado adverso nos separa,
que si el objeto del amor no altera,
dulces horas le roba a su delicia.

No podré desde hoy reconocerte
para que así mis faltas no te humillen,
ni podrá tu bondad honrarme en público
sin despojar la honra de tu nombre.

Mas no lo hagas, pues te quiero tanto
que si es mío tu amor, mía es tu fama.


Derrochador de encanto

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.

Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?

Al comerciar así solo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?

Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.


El pecado de amarte se apodera

El pecado de amarte se apodera
de mis ojos, de mi alma y de mí todo;
y para este pecado no hay remedio
pues en mi corazón echó raíces.

Pienso que es el más bello mi semblante,
mi forma, entre las puras, la ideal;
y mi valor tan alto conceptúo
que para mí domina a todo mérito.

Pero cuando el espejo me presenta,
tal cual soy, agrietado por los años,
en sentido contrario mi amor leo
que amarse siendo así sería inicuo.

Es a ti, otro yo mismo, a quien elogio,
pintando mi vejez con tu hermosura.


En verdad quieres que tu imagen abra

¿En verdad quieres que tu imagen abra
mis párpados al tedio de la noche,
mientras las sombras que se te parecen
de mí se burlan y a mi sueño quiebran?

¿Mandas así fuera de ti tu espíritu,
lejos, para que aceche mis acciones
y mis horas espíe de flaqueza,
que son blanco y dominio de tus celos?

No; tu amor, aunque grande, no lo es tanto:
es el mío el que me abre los dos ojos,
mi propio amor quien mi descanso vence
y en centinela para ti se cambia:

pues por ti velo mientras te desvelas,
muy distante de mí, muy cerca de otros.



Extenuado, hacia el lecho me apresuro

Extenuado, hacia el lecho me apresuro
a calmar mis fatigas de viajero,
pero empieza en mi ánimo otro viaje,
cuando acaban del cuerpo las faenas.

Porque mis pensamientos, alejándose
en tu busca, celosos peregrinos,
de mis párpados abren el agobio
a la tiniebla que los ciegos miran.

Sólo que mi visión imaginaria
trae tu sombra hasta mis ojos ciegos,
como un joyel que cuelga de la noche
y el rostro oscuro le rejuvenece.

Así, por ti y por mí, nunca reposan
de día el cuerpo y a la noche el alma.



He visto a la mañana

He visto a la mañana en plena gloria
los picos halagar con su mirada,
besar con su oro las praderas verdes
y dorar con su alquimia arroyos pálidos;

Y luego permitir el paso oscuro
de fieros nubarrones por su rostro,
y ocultarlo a la tierra abandonada
huyendo hacia occidente sin ventura.

Así brilló mi sol, un día, al alba,
sobre mi frente, con triunfal belleza;
una hora no más lo he poseído
y hoy me lo esconden las aéreas nubes.

No desdeñes mi amor: si el sol del cielo
se eclipsa, han de velarse los del mundo.


Las dulces faltas en que osado incurres

Las dulces faltas en que osado incurres
si de tu corazón estoy ausente,
cuadran a tu hermosura y a tus años
porque la tentación siempre te sigue.

Te querrán conquistar, pues eres noble;
te querrán asediar, pues eres bello;
¿qué hijo de mujer, antes que triunfe,
dejará a una mujer cuando lo acosa?

¡Ay!, deberías respetar mi sitio
y a tu edad reprender y tus encantos
que en su fuga te arrastran al extremo
de violar obligado una fe doble:

la de ella, que ha tentado tu hermosura;
la tuya, infiel a mí con su belleza.


Las horas que gentiles compusieron

Las horas que gentiles compusieron
tal visión para encanto de los ojos,
sus tiranos serán cuando destruyan
una belleza de suprema gracia:

Porque el tiempo incansable, en torvo invierno,
muda al verano que en su seno arruina;
la savia hiela y el follaje esparce
y a la hermosura agosta entre la nieve.

Si no quedara la estival esencia,
en muros de cristal cautivo líquido,
la belleza y su fruto morirían
sin dejar ni el recuerdo de su forma.

Mas la flor destilada, hasta en invierno,
su ornato pierde y en perfume vive.



Los corazones que supuse muertos

Los corazones que supuse muertos
ues me faltaban, a tu pecho ocupan;
en él reinan amor y sus virtudes
y los amigos que creí enterrados.

¡Cuánta lágrima pía de mis ojos
robó el amor leal por esos muertos
que no son más que seres que han cambiado
de lugar y que yacen en ti ocultos!

Tú eres la tumba donde vive amor;
de mis amores los trofeos te ornan;
cada uno te dio mi parte suya
y ahora es tuyo el bien que fue de muchos.

Veo en ti las imágenes que amé:
soy tuyo entero pues las tienes todas.


Mella, tiempo voraz, del león las garras

Mella, tiempo voraz, del león las garras,
deja a la tierra devorar sus brotes,
arranca al tigre su colmillo agudo,
quema al añoso fénix en su sangre.

Mientras huyes con pies alados, tiempo,
da vida a la estación, triste o alegre,
y haz lo que quieras, marchitando al mundo
pero un crimen odioso te prohíbo:

no cinceles la frente de mi amor,
ni la dibujes con tu pluma antigua;
permite que tu senda siga, intacto,
ideal sempiterno de hermosura.

O afréntalo si quieres, tiempo viejo:
mMi amor será en mis versos siempre joven.


Mira a tu espejo, y a tu rostro dile

Mira a tu espejo, y a tu rostro dile:
ya es tiempo de formar otro como éste.
Si no renuevas hoy su lozanía,
al mundo engañas y a una madre robas.

¿Quién es la bella del intacto seno
que tu cultivo marital desdeñe?
Y, ¿quién tan loco para ser la tumba
de un amor egoísta sin futuro?

Tu madre encuentra en ti, que eres su espejo,
la gracia de su abril, su primavera;
así, de tu vejez por las ventanas,
aunque mustio, verás tu tiempo de oro.

Mas si pasar prefieres sin memoria,
muere solo y tu imagen morirá.


Ni el mármol, ni los áureos monumentos

Ni el mármol, ni los áureos monumentos,
durarán con la fuerza de esta rima,
y en ella tu esplendor tendrá más brillo
que en la losa que mancha el tiempo impuro.

Cuando tumbe la guerra las estatuas
y el desorden los muros desarraigue,
ni la espada de Marte ni su incendio
destruirán tu memoria siempre viva.

Irás contra la muerte y el olvido.
Acogerá tu elogio la mirada
de la posteridad que, consumiéndolo,
hasta el juicio final fatigue al mundo.

Así, hasta el día en que también te juzguen,
aquí estarás y en los amantes ojos.



No dejes, pues, sin destilar tu savia

No dejes, pues, sin destilar tu savia,
que la mano invernal tu estío borre:
aroma un frasco y antes de que se esfume
enriquece un lugar con tu belleza.

No ha de ser una usura prohibida
la que alegra a quien paga de buen grado;
y tú debes dar vida a otro tú mismo,
feliz diez veces, si son diez por uno.

Más que ahora feliz fueras diez veces,
si diez veces, diez hijos te copiaran:
¿Qué podría la muerte, si al partir
en tu posteridad siguieras vivo?

No te obstines, que es mucha tu hermosura
para darla a la muerte y los gusanos.


No creeré en mi vejez, ante el espejo

No creeré en mi vejez, ante el espejo,
mientras la juventud tu edad comparta;
solo cuando los surcos te señalen
pensaré que la muerte se aproxima.

Si toda la hermosura que te cubre
es el ropaje de mi corazón,
que vive en ti, como en mí vive el tuyo,
¿cómo puedo ser yo mayor que tú?

Por eso, amor, contigo sé prudente,
como soy yo por ti, no por mí mismo;
tu corazón tendré con el cuidado
de la nodriza que al pequeño ampara.

No te ufanes del tuyo, si me hieres,
pues me lo diste para no volverlo.


No me sucede lo que a aquel poeta

No me sucede lo que a aquel poeta
que versifica a una beldad pintada,
y al cielo mismo emplea como adorno,
midiendo cuanto es bello con su bella;

y en henchidas imágenes la acopla
al sol, la luna y a las gemas ricas
y a las flores de abril y a las rarezas
que el aire envuelve en este globo vasto.

Sincero amante, la verdad escribo.
mi amor es tan gentil, podéis creerme,
como cualquier hijo de madre, y brilla
menos que las candelas celestiales.

Dejad que digan más los habladores;
yo no quiero ensalzar lo que no vendo.


No sólo sufro porque la posees

No solo sufro porque la posees,
aunque en verdad la quise con ternura,
más hondo es mi dolor porque eres suyo
y esa pérdida siento más cercana.

Así disculpo vuestra ofensa, amantes:
tú la quieres pues sabes que la quiero,
y ella me engaña por amor de mí,
dejando que mi amigo la haga suya.

Si te pierdo, mi amada te recobra,
si la pierdo, mi amigo es quien la encuentra;
ambos se encuentran y a los dos los pierdo
y por mi amor me imponen esta cruz.

Pero al ser uno solo yo y mi amigo,
¡oh lisonja!, yo soy quien ella quiere.


No te acongojes más por lo que has hecho

No te acongojes más por lo que has hecho;
fango y espina tienen fuente y rosa;
a la luna y al sol vela el eclipse;
vive el gusano en el capullo suave.

Todos cometen faltas, yo también
pues disculpo con símiles la tuya,
y, por justificarte, me corrompo
y excuso tus pecados con exceso.

A tu yerro sensual le doy mi ayuda;
de opositor me vuelvo tu abogado
y comienzo a pleitear contra mí mismo.
Tanto el amor y el odio en mí combaten

que no puedo dejar de ser el cómplice
del ladrón tierno que cruel me roba.


Pintado por Natura el rostro tienes

Pintado por Natura el rostro tienes
de mujer, dueño y dueña de mi amor;
y de mujer el corazón sensible
mas no mudable como el femenino;

tus ojos brillan más, son más leales
y doran los objetos que contemplas;
de hombre es tu hechura, y tu dominio roba
miradas de hombres y almas de mujeres.

Primero te creó mujer Natura
y, desvariando mientras te esculpía,
de ti me separó, decepcionándome,
al agregarte lo que no me sirve.

Si es tu fin el placer de las mujeres,
mío sea tu amor, suyo tu goce.


Pintores son mis ojos

Pintores son mis ojos: te fijaron
sobre la tabla de mi corazón,
y mi cuerpo es el marco que sostiene
la perspectiva de la obra insigne.

A través del pintor hay que mirar
para encontrar tu imagen verdadera,
colgada en el taller que hay en mi pecho
al que brindan ventanas sus dos ojos.

Y observa de los ojos el servicio:
los míos diseñaron tu figura,
los tuyos son ventanas de mi pecho
por las que atisba el sol, feliz de verte.

Mas algo falta al arte de los ojos:
dibujan lo que ven y al alma ignoran.


Pobre alma, centro de culpable limo

Pobre alma, centro de culpable limo
a la que burla, indócil, quien la ciñe,
¿por qué adentro sufrir afán y hambre
si pintas lo exterior de alegre lujo?

Si el contrato es tan breve, ¿por qué gastas
ornando tu morada pasajera?
¿Tendrá por fin tu cuerpo que sustentar
al gusano que herede tu derroche?

Vive, alma, a expensas de tu servidor;
que aumenten sus fatigas tu tesoro;
y cambia horas de espuma por divinas.
sé rica adentro, en vez de serlo afuera.

Devora tú a la muerte y no la nutras,
pues si ella muere, no podrás morir.


¿Por qué me prometiste un día hermoso?

¿Por qué me prometiste un día hermoso
y a viajar sin mi capa me obligaste,
si me dejaste sorprender por nubes
que en su bruma ocultaron tu destello?

No me basta que surjas de la niebla
y que la lluvia enjugues en mi rostro,
pues no ha de ponderar ninguno el bálsamo
que cicatriza pero no remedia.

Ni tu vergüenza a mi dolor aplaca,
ni tu remordimiento a lo perdido:
del ofensor la pena poco alivia
a quien la cruz soporta del agravio.

Pero tus lágrimas de amor son perlas
y su riqueza todo el mal rescata.


Que los favorecidos por los astros

Que los favorecidos por los astros
de honores y de títulos se ufanen;
yo, que la suerte priva de esos triunfos,
hallo mi dicha en lo que más venero.

Los favoritos de los grandes príncipes
abren al sol sus hojas cual caléndulas,
y su orgullo sepultan en sí mismos
pues los abate un ceño que se frunce.

El célebre guerrero laborioso,
derrocado una vez tras mil victorias,
es del libro de honores suprimido
y de su gesta lo demás se olvida.

Feliz de mí, que amando soy amado,
y ni cambiar ni ser cambiado puedo.


¿Qué sustancia es la tuya, qué te forma?

¿Qué sustancia es la tuya, qué te forma
que millones de sombras te acompañan?
Su propia sombra tiene cada unom
pero tú puedes producirlas todas.

Si describen a Adonis, su retrato
es tu pobre parodia; y te repintan
con traje griego si a la bella Helena
embellecen con máximo artificio.

Si hablan del año joven o maduro,
primavera es la sombra de tu gracia
y lo es de tu esplendor el tiempo fértil;
en todo lo feliz te descubrimos.

Contribuyes a toda la hermosura,
mas nada se parece a tu constancia.


¿Quién creerá en el futuro a mis poemas?

¿Quién creerá en el futuro a mis poemas
si los colman tus méritos altísimos?
Tu vida, empero, esconden en su tumba
y apenas la mitad de tus bondades.

Si pudiera exaltar tus bellos ojos
y en frescos versos detallar sus gracias,
diría el porvenir: "Miente el poeta,
rasgos divinos son, no terrenales".

Desdeñarían mis papeles mustios,
como ancianos locuaces, embusteros;
sería tu verdad transporte lírico,
métrico exceso de un antiguo canto.

Mas si entonces viviera un hijo tuyo,
mi rima y él dos vidas te darían.


Señor del amor mío, cuyo mérito obliga

Señor del amor mío, cuyo mérito
obliga mi homenaje de vasallo,
te envío esta embajada manuscrita,
mi devoción probando y no mi ingenio.

Grande es mi devoción: mi pobre espíritu
la muestra sin ropaje de vocablos
y espera, aunque desnuda, que en tu alma
le dé tu comprensión sutil albergue;

hasta que el astro que mi andanza guía
me señale con brillo favorable,
y al ornar mis andrajos amorosos
haga que yo merezca que me mires.

Así podré exhibir mi amor ufano,
pero hasta entonces rehuiré la prueba.


Si a mis días colmados sobrevives

Si a mis días colmados sobrevives,
y cuando esté en el polvo de la muerte
una vez más relees por ventura
los inhábiles versos de tu amigo,

con lo mejor de tu época compáralos,
y, aunque todas las plumas los excedan,
guárdalos por mi amor, no por mis rimas,
superadas por hombres más felices.

Que tu amor reflexione: "Si su musa
crecido hubiera en esta edad creciente,
frutos más caros a su edad le diera,
dignos de incorporarse a tal cortejo:

pero ha muerto; en poetas más notables
estilo buscaré y, en él, amor".



Si la muerte domina al poderío

Si la muerte domina al poderío
de bronce, roca, tierra y mar sin límites,
¿cómo le haría frente la hermosura
cuando es más débil que una flor su fuerza?

Con su hálito de miel, ¿podrá el verano
resistir el asedio de los días,
cuando peñascos y aceradas puertas
no son invulnerables para el tiempo?

¡Atroz meditación! ¿Dónde ocultarte,
joyel que para su arca el tiempo quiere?
¿Qué mano detendrá sus pies sutiles?
Y, ¿quién prohibirá que te despojen?

Ninguno a menos que un prodigio guarde
el brillo de mi amor en negra tinta.


Si nada es nuevo, si lo que es ya ha sido

Si nada es nuevo, si lo que es ya ha sido,
¡cómo se engaña nuestra inteligencia
cuando, empeñada en busca de invenciones,
de un niño ya nacido lleva el peso!

¡Ay, si mirando atrás quinientos años
pudiera presentarme la memoria
tu imagen en un libro muy remoto,
ya que el alma empezó a expresarse en letras!

¡Si pudiera saber lo que inspiraron
tus maravillas al antiguo mundo,
y ver si es nuestra o suya la ventaja
o si los ciclos son iguales todos!

Seguro estoy que los pasados genios
exaltaron objetos menos dignos.



Tiempo, no has de jactarte de mis cambios

Tiempo, no has de jactarte de mis cambios:
alzas con nuevo brío tus pirámides
y no son para mí nuevas ni extrañas
sino aspectos de formas anteriores.

Por ser corta la vida, nos sorprende
lo antiguo que reiteras y que impones,
cual si fuera lo nuevo que deseamos
y si río conociéramos su historia.

Os desafío a ti y a tus anales;
no me asombran pasado ni presente,
pues tus anales y lo visto engañan
al transformarse mientras te apresuras.

Por mí, te juro que he de ser constante
a pesar de tu hoz y de ti mismo.


Toma, amor, todos, todos mis amores

Toma, amor, todos, todos mis amores,
¿qué más posees de lo que tenías?
Ningún amor, mi amor, que sea cierto;
pues ya antes era tuyo todo el mío.

Si a quien me ama por mi amor recibes,
no puedo reprocharte que lo goces,
mas te reprocho tu perverso engaño
si rechazas mi amor y no al que me ama.

Ladrón gentil, me robas y te absuelvo
por más que me hurtes mis escasos bienes,
y eso que duelen más, amor lo sabe,
las heridas de amor que las del odio.

Gracia inconstante en quien el mal es bello,
no seas mi enemiga aunque me mates.



Tu capricho y tu edad, según se mire

Tu capricho y tu edad, según se mire,
provocan tus defectos o tu encanto;
y te aman por tu encanto o tus defectos,
pues tus defectos en encanto mudas.

Lo mismo que a la joya más humilde
valor se da en los dedos de una reina,
se truecan tus errores en verdades
y por cosa legítima se tienen.

¡Cómo engañara el lobo a los corderos,
si en cordero pudiera transformarse!
Y, ¡a cuánto admirador extraviarías,
si usaras plenamente tu prestigio!

Mas no lo hagas, pues te quiero tanto
que si es mío tu amor, mía es tu fama.


Unos se vanaglorian de la estirpe

Unos se vanaglorian de la estirpe,
del saber, el vigor o la fortuna;
otros, de la elegancia extravagante,
o de halcones, lebreles y caballos;

cada carácter un placer comporta
cuya alegría a las demás excede;
pero estas distinciones no me alcanzan
pues tengo algo mejor que las incluye.

En altura, tu amor vence al linaje;
en soberbia al atuendo; al oro en fausto;
en júbilo al de halcones y corceles.
teniéndote, todo el orgullo es mío.

Mi única miseria es que pudieras
quitarme todo y en miseria hundirme.

Ve, si en oriente la graciosa luz

Ve, si en oriente la graciosa luz
su cabeza flamígera levanta,
los ojos de los hombres, sus vasallos,
con miradas le rinden homenaje.

Y mientras sube al escarpado cielo,
como un joven robusto en su edad media,
lo siguen venerando las miradas
que su dorada procesión escoltan.

Pero cuando en su carro fatigado
deja la cumbre y abandona al día,
apártanse los ojos antes fieles,
del anciano y su marcha declinante.

Así tú, al declinar sin ser mirado,
si no tienes un hijo, morirás.


Veo mejor si cierro más los ojos

Veo mejor si cierro más los ojos
que el día entero ven lo indiferente;
pero al dormir, soñando te contemplan
y brillantes se guían en lo oscuro.

Tú, cuya sombra lo sombrío aclara,
si ante quienes no ven tu sombra brilla,
¡qué luz diera la forma de tu sombra
al claro día por tu luz más claro!

¡Ay, qué felicidad para mis ojos
si te miraran en el día vivo,
ya que en la noche muerta, miro, ciego,
de tu hermosura la imperfecta sombra!

Los días noches son, si no te veo,
y cuando sueño en ti, días las noches.

¿Y por qué no es tu guerra más pujante?

¿Y por qué no es tu guerra más pujante
contra el tirano tiempo sanguinario;
y contra el decaer no te aseguras
mejores medios que mi rima estéril?

En el cenit estás de horas risueñas.
Los incultos jardines virginales
darían para ti vivientes flores,
a ti más semejantes que tu efigie.

Tendrías vida nueva en vivos trazos,
pues ni mi pluma inhábil ni el pincel
harán que tu nobleza y tu hermosura
ante los ojos de los hombres vivan.

Si a ti mismo te entregas, quedarás
por tu dulce destreza retratado.