De Poemas de la consumación:
Si alguien me hubiera dicho
Si alguna vez pudieras
haberme dicho lo que no dijiste.
En esta noche casi perfecta, junto a la bóveda,
en esta noche fresca de verano.
Cuando la luna ha ardido;
quemóse la cuadriga; se hundió el astro.
Y en el cielo nocturno, cuajado de livideces huecas,
no hay sino dolor,
pues hay memoria, y soledad, y olvido.
Y hasta las hojas reflejadas caen. Se caen, y duran. Viven.
Si alguien me hubiera dicho.
No soy joven, y existo. Y esta mano se mueve.
Repta por esta sombra, explica sus venenos,
sus misteriosas dudas ante su cuerpo vivo.
Hace mucho que el frío
cumplió años. La luna cayó en aguas.
El mar cerróse, y verdeció en sus brillos.
Hace mucho, muchísimo
que duerme. Las olas van callando.
Suena la espuma igual, sólo a silencio.
Es como un puño triste
y él agarra a los muertos y los explica,
y los sacude, y los golpea contra las rocas fieras.
Y los salpica. Porque los muertos, cuando golpeados,
cuando asestados contra el artero granito,
salpican. Son materia.
Y no hieden. Están aún más muertos,
y se esparcen y cubren, y no hacen ruido.
Son muertos acabados.
Quizás aún no empezados.
Algunos ha amado. Otros hablaron mucho.
Y se explican. Inútil. Nadie escucha a los vivos.
Pero los muertos callan con más justos silencios.
Si tú me hubieras dicho
Te conocí y he muerto.
Sólo falta que un puño,
un miserable puño me golpee,
me enarbole y me aseste,
y que mi voz se esparza.
viernes, 20 de enero de 2012
Los sollozos, de Marceline Desbordes-Valmore
Los sollozos
de Marceline Desbordes-Valmore
Traducción de Mauricio Bacarisse (1921)
¡El infierno está aquí! El otro no me asusta.
Empero, el purgatorio mi corazón disgusta.
De él me han hablado mucho y su nombre funesto
en mi corazón débil ha encontrado su puesto.
Cuando la ola de días va agostando mi flor,
el purgatorio veo al perder el color.
¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí,
Dios de toda existencia, para llegar a ti!
Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz
que el peso del temor y del amor la cruz.
Para oír cómo gimen las almas condenadas
sin poderles decir “¡Estáis ya perdonadas!”
¡Dolor de los dolores; no poder agotar
los sollozos que intentan por doquiera brotar!
De noche tropezar en celdas intranquilas
que ningún alba tiñe con sus claras pupilas.
Ni poder decir al Señor incomprendido:
“¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?”
Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío,
como el ave caída teme por su albedrío.
A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente,
y mi alma más cercana el purgatorio siente.
Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada,
como una esclava indócil, al fin de la jornada,
cubriendo con las manos el semblante abatido,
pisando el corazón, por tierra malherido.
Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo
y no oso desear nada de lo que amo.
Y este corazón mío no tendrá más dulzura
que los lejanos ecos de su antigua ventura.
Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?
Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria
no arderá ante mis ojos ninguna luminaria.
No he de ver más escenas mundanas y horrorosas
que abatan mis humildes miradas dolorosas.
¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida
para el mal en la tierra, empero, está encendida.
Ve el culpable que a la horca su delito conduce
el saludo del orbe que se divierte y luce.
¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar!
¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar!
Para el junco del lago no hay un soplo viviente
ni aire para que exista un átomo viviente.
Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura
al ingrato, tendré en mi sed y calentura.
Del corazón ausente que me hará padecer
acumularé el llanto que no puedo verter.
Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?
¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto
tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto!
¡No más familia dulce, sentada en el umbral
que bendice cantando el sueño patriarcal!
¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible
hasta la Nada absurda tornaría sensible!
No más libros divinos desde el cielo exfoliados,
conciertos para el alma por la vista escuchados.
Y no osando morir tampoco oso vivir
ni buscar en la muerte quién me ha de redimir.
¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo
si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo?
Cielos, ¿adónde iré
sin pies para huir?
¿Adónde llamaré
sin llave para abrir?
¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada,
del dolor de nacer con morir castigada!
Mas no tengo en la muerte si me siento expirar
ni una lejana voz que aconseje esperar.
¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida
esta melancolía besara con luz cálida!
¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror
viera cómo me ven dos ojos con amor!
¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita,
que bajaría a ver a su hija precita!
¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar
y ella me sacaría del horrible lugar!
De la esperanza joven alzara el fuerte viento
al fruto derribado por tanto sufrimiento.
Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos,
arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos.
El aire auxiliaría a mis alas nacientes
como a las golondrinas libres e independientes.
Huiría para siempre, pues mi madre al partir
viva me llevaría hacia lo porvenir.
Mas antes de pasar las mortales fronteras
otras almas quisiéramos tener por compañeras.
Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores
y el aroma que exhalan los llantos de dolores
caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes,
gritando “¡Acompañadnos!” a las almas dolientes.
“¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar
el amor en que no hay que morir ni llorar?
¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos!
¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos!
¡El sepulcro está roto por la eterna pasión!
¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!”
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miércoles, 18 de enero de 2012
Oceano nox, Víctor Hugo
¡Ay!, ¡cuántos capitanes y cuántos marineros
que buscaron, alegres, distantes derroteros,
se eclipsaron un día tras el confín lejano!
Cuántos ¡ay!, se perdieron, dura y triste fortuna,
en este mar sin fondo, entre sombras sin luna,
y hoy duermen para siempre bajo el ciego oceano.
¡Cuántos pilotos muertos con sus tripulaciones!
La hojas de sus vidas robaron los tifones
y esparciolas un soplo en las ondas gigantes.
Nadie sabrá su muerte en este abismo amargo.
Al pasar, cada ola de un botín se hizo cargo:
una cogió el esquife y otra los tripulantes.
Se ignora vuestra suerte, oh cabezas perdidas
que rodáis por las negras regiones escondidas
golpeando vuestras frentes contra escollos ignotos.
¡Cuántos padres vivían de un sueño solamente
y en las playas murieron esperando al ausente
que no regresó nunca de los mares remotos!
En las veladas hablan a veces de vosotros.
Sentados en las anclas, unos fuman y otros
enlazan vuestros nombres -ya de sombra cubierta-
a risas, a canciones, a historias divertidas,
o a los besos robados a vuestras prometidas,
¡mientras dormís vosotros entre las algas yertos!
Preguntan: «¿Dónde se hallan? ¿Triunfaron? ¿Son felices?
¿Nos dejaron por otros más fértiles países?»
Después, vuestro recuerdo mismo queda perdido.
Se traga el mar el cuerpo y el nombre la memoria.
Sombras sobre las sombras acumula la historia
y sobre el negro océano se extiende el negro olvido.
Pronto queda el recuerdo totalmente borrado.
¿No tiene uno su barca, no tiene otro su arado?
Tan sólo vuestras viudas, en noches de ciclones,
aún hablan de vosotros-ya de esperar cansadas-
moviendo así las tristes cenizas apagadas
de sus hogares muertos y de sus corazones.
Y cuando al fin la tumba los párpados les cierra,
nada os recuerda, nada, ni una piedra en la tierra
del cementerio aldeano donde el eco responde,
ni un ciprés amarillo que el otoño marchita,
ni la canción monótona que un mendigo musita
bajo un puente ya en ruinas que su dolor esconde.
¿En dónde están los náufragos de las noches oscuras?
¡Sabéis vosotras, ¡olas! , siniestras aventuras,
olas que en vano imploran las madres de rodillas!
¡Las contáis cuando avanza la marea ascendente
y esto es lo que os da aquella voz amarga y doliente
con que lloráis de noche golpeando en las orillas!
que buscaron, alegres, distantes derroteros,
se eclipsaron un día tras el confín lejano!
Cuántos ¡ay!, se perdieron, dura y triste fortuna,
en este mar sin fondo, entre sombras sin luna,
y hoy duermen para siempre bajo el ciego oceano.
¡Cuántos pilotos muertos con sus tripulaciones!
La hojas de sus vidas robaron los tifones
y esparciolas un soplo en las ondas gigantes.
Nadie sabrá su muerte en este abismo amargo.
Al pasar, cada ola de un botín se hizo cargo:
una cogió el esquife y otra los tripulantes.
Se ignora vuestra suerte, oh cabezas perdidas
que rodáis por las negras regiones escondidas
golpeando vuestras frentes contra escollos ignotos.
¡Cuántos padres vivían de un sueño solamente
y en las playas murieron esperando al ausente
que no regresó nunca de los mares remotos!
En las veladas hablan a veces de vosotros.
Sentados en las anclas, unos fuman y otros
enlazan vuestros nombres -ya de sombra cubierta-
a risas, a canciones, a historias divertidas,
o a los besos robados a vuestras prometidas,
¡mientras dormís vosotros entre las algas yertos!
Preguntan: «¿Dónde se hallan? ¿Triunfaron? ¿Son felices?
¿Nos dejaron por otros más fértiles países?»
Después, vuestro recuerdo mismo queda perdido.
Se traga el mar el cuerpo y el nombre la memoria.
Sombras sobre las sombras acumula la historia
y sobre el negro océano se extiende el negro olvido.
Pronto queda el recuerdo totalmente borrado.
¿No tiene uno su barca, no tiene otro su arado?
Tan sólo vuestras viudas, en noches de ciclones,
aún hablan de vosotros-ya de esperar cansadas-
moviendo así las tristes cenizas apagadas
de sus hogares muertos y de sus corazones.
Y cuando al fin la tumba los párpados les cierra,
nada os recuerda, nada, ni una piedra en la tierra
del cementerio aldeano donde el eco responde,
ni un ciprés amarillo que el otoño marchita,
ni la canción monótona que un mendigo musita
bajo un puente ya en ruinas que su dolor esconde.
¿En dónde están los náufragos de las noches oscuras?
¡Sabéis vosotras, ¡olas! , siniestras aventuras,
olas que en vano imploran las madres de rodillas!
¡Las contáis cuando avanza la marea ascendente
y esto es lo que os da aquella voz amarga y doliente
con que lloráis de noche golpeando en las orillas!
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jueves, 29 de diciembre de 2011
Las indirectas del padre Cobos
FABULA XVII
LAS INDIRECTAS DEL PADRE COBOS.
Hartzenbusch
Célebres entre agudos y entre bobos
las indirectas son del padre Cobos;
mas, como habrá sin duda quien aprecie
que le declare alguno lo que fueron
las tales indirectas en su especie,
trasládole el informe que me dieron.
Parece, pues, que había
en cierta población de Andalucía
un convento ejemplar, con un prelado,
siervo de Dios perfecto y acabado,
que de ciencia y paciencia era un portento,
por lo cual, uno a uno.
dio en irle a visitar a su convento,
sin qué ni para qué, tanto importuno,
que siempre andaba el pobre atropellado
para cumplir las reglas de su estado.
Era portero de la casa un lego,
catalán o gallego,
Cobos apellidado,
Bartolomé de nombre, alto, robusto,
de resuelto genial y un poco adusto.
Llamole el Superior y dijo: «Mire
si puede hacer, por indirecto modo,
que esa gente comprenda
que de tanta visita me incomodo.
—Yo haré que se retire
la tal familia presto»
Respondió el motilón.—«Sí, ponga enmienda,
pero indirectamente, por supuesto.
—Fíe, padre, en el tino de Bartolo:
para indirectas, ¡oh!, me pinto solo.»
Viene al siguiente día,
madrugando solícito, un molesto:
Llama. Tilín, tilín... «Ave María.»
Bartolo, sin abrir la portería,
dice al madrugador: «Hermano, trate
de ir a otro manantial que no se agote:
desde hoy ningún pegote
prueba de mi Prior el chocolate.»
Oyendo el hombre la indirecta rara,
se fue brotando bermellón su cara.
Llega un necio enseguida,
y Cobos dice: «Excuse la venida:
¡mientras yo el cargo ejerza de portero,
no entra aquí ni gandul ni majadero!
Despedido el segundo visitante,
cata el número tres.—«Coja el portante,
prorumpe el fiero Cobos, usiría:
no está bien entre monjes un espía.»
Con una añadidura semejante,
y en tono proferida nada blando,
Bartolo a cada cual fue despachando;
y, desde entonces, al Prior bendito
no perturbó en su celda ni un mosquito.
Contento el Padre y a la par confuso,
al lego preguntó: «¿De qué manera
con aquella familia se compuso,
para que así de verme desistiera?
—Fue cosa muy sencilla,
mi querido Prior (Cobos repuso):
Cada quisque llevó su indirectilla,
y huyó de mí la incómoda cuadrilla.
—Cuénteme las discretas expresiones,
cuya virtud a la razón los trajo.
—Les dije la verdad: sois un atajo
de tunos, de chismosos y de hambrones.
—¿A eso llama indirectas, en efecto?
—Yo nunca en ellas fui más circunspecto.
—Pues, hermano, mentiras o verdades,
sus indirectas son atrocidades.»
Dijo bien el Prior; mas como hay entes
en grado escandaloso impertinentes,
échaseles también, de buena gana,
tal cual indirectilla cobosiana.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Católica, sacra y real Majestad, memorial atribuido a Quevedo
Este es el famoso memorial que, según una leyenda, encontró en su servilleta el rey Felipe IV y motivó uno de los destierros de Quevedo a la Torre de Juan Abad. Se trata de pareados de dodecasílabos, con cesura en la sexta, una estrofa de poco uso entonces que evoca la literatura patriótica del revuelto siglo XV en pleno siglo XVII. Edito el texto con razones filológicas; por ejemplo, cuando hay sinéresis, rebajando el timbre de la vocal más débil para hacer diptongo: lialtad, rialengo... También he corregido algún verso hipermétrico.
A S. M. EL REY DON FELIPE IV
MEMORIAL
Católica, sacra y real majestad,
que Dios en la tierra os hizo deidad:
un anciano pobre, sencillo y honrado,
humilde os invoca y os habla postrado.
Diré lo que es justo, y le pido al cielo
que así me suceda cual fuere mi celo.
Ministro tenéis de sangre y valor,
que solo pretende que reinéis, señor,
y que un memorial de piedades lleno
queráis despacharle con lialtad de bueno.
La Corte, que es franca, paga en nuestros días
más pechos y cargas que las behetrías.
Aun aquí lloramos con tristes gemidos,
sin llegar las quejas a vuestros oídos.
Mal oiréis, señor, gemidos y queja
de las dos Castillas, la Nueva y la Vieja.
Alargad los ojos; que el Andalucía
sin zapatos anda, si un tiempo lucía.
Si aquí viene el oro, y todo no vale,
¿qué será en los pueblos, de donde ello sale?
La arroba menguada de zupia y de hez
paga nueve riales, y el aceite diez.
Ocho los borregos por cada cabeza,
y las demás reses, a rata por pieza.
Hoy viven los peces o mueren de risa,
que no hay quien los pesque, por la grande sisa.
En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa,
de más que ello vale se paga la renta.
A cien reyes juntos nunca ha tributado
España las sumas que a vuestro reinado.
Y el pueblo doliente llega a recelar
no le echen gabela sobre el respirar.
Aunque el cielo frutos inmensos envía.
le infama de estéril nuestra carestía.
El honrado, pobre y buen caballero
si enferma no alcanza a pan y carnero.
Perdieron su esfuerzo pechos españoles,
porque se sustentan de tronchos de coles.
Si el despedazarlos acaso barrunta
que valdrá dinero, lo admite la Junta.
Familias sin pan y viudas sin tocas
esperan hambrientas y mudas sus bocas.
Ved que los pobretes, solos y escondidos,
callando os invocan con mil alaridos.
Un ministro, en paz, se come de gajes
más que en guerra pueden gastar diez linajes.
Venden ratoneras los extranjerillos,
y en España compran horcas y cuchillos
y, porque con logro prestan seis reales,
nos mandan y rigen nuestros tribunales.
Honrad a españoles chapados, macizos;
no así nos prefieran los advenedizos.
Con los medios juros que el vasallo aumenta,
el que es de Ginebra barata la renta.
Más de mil nos cuesta el daros quinientos;
lo demás nos hurtan para los asientos.
Los que tienen puestos, lo caro encarecen,
y los otros plañen, revientan, perecen.
No es buena grandeza hollar al menor;
que al polluelo tierno Dios todo es tutor.
En vano el agosto nos colma de espigas,
si más lo almacenan logreros que hormigas.
Cebada que sobra los años mejores
de nuevo la encierran los revendedores.
El vulgo es sin rienda ladrón homicida;
burla del castigo; da coz a la vida.
"¿Qué importa mil horcas" (dice alguna vez)
"si es muerte más fiera hambre y desnudez?"
Los ricos repiten por mayores modos:
"¿Ya todo se acaba? Pues hurtemos todos."
Perpetuos se venden oficios, gobiernos,
que es dar a los pueblos verdugos eternos.
Compran vuestras villas el grande, el pequeño;
rabian los vasallos de perderos dueño.
En vegas de pasto rialengo vendido,
ya todo ganado se da por perdido.
Si a España pisáis, apenas os muestra
tierra que ella pueda deciros que es vuestra.
Así en mil arbitrios se enriquece el rico,
y todo lo paga el pobre y el chico.
Sin duda el demonio, propicio y benino,
aquel que por nombre llaman Peregrino,
al Conde le dijo, favorable y plácido,
cuando su excelencia oraba en San Plácido:
«Del rey los vasallos compiten tu puesto;
destruye, aniquila y acábalo presto.
Los de la Corona mayores contrarios
serán la disculpa para tus erarios:
que, si acaban estos con la monarquía,
morirá también quien te perseguía.
Mejor libra en guerra el que es prisionero
que el que es sentenciado por el juez severo.
La causa de todo lo que ellos ganaron,
no la mataron, sino la libraron.»
Esto dijo el diablo al conde Guzmán,
y el Conde prosigue como don Julián.
Consentir no pueden las leyes reales
pechos más injustos que los desiguales.
Ved tantas miserias como se han contado
teniendo las costas del papel sellado.
Si en algo he excedido, merezco perdones:
duelos tan del alma no afectan razones.
Servicios son grandes las verdades ciertas;
las falsas razones son flechas cubiertas.
Estímanse lenguas que alaban el crimen,
honran al que pierde y al que vence oprimen.
Las palabras vuestras son la honra mayor,
y, aun si fueran muchas, perdieran, señor.
Todos somos hijos que Dios os encarga;
no es bien que, cual bestias, nos mate la carga.
Si guerras se alegan, y gastos terribles,
las justas piedades son las invencibles.
No hay riesgo que abone, y más en batalla,
trinchando vasallos para sustentalla.
Demás que lo errado de algunas quimeras
llamó a los franceses a nuestras fronteras.
El quitarle Mantua a quien la heredaba
comenzó la guerra que nunca se acaba.
Azares, anuncios, incendios, fracasos
es pronosticar infelices casos.
Pero, ya que hay gastos en Italia y Flandes,
cesen los de casa superfluos y grandes.
Y no con la sangre de mí y de mis hijos
abunden estanques para regocijos.
Plazas de madera costaron millones,
quitando a los templos vigas y tablones.
Crecen los palacios ciento en cada cerro,
y, al gran San Isidro, ni ermita ni entierro.
Madrid a los pobres pide mendigante,
y en gastos perdidos es Roma triunfante.
Al labrador triste le venden su arado
y os labran de hierro un balcón sobrado.
Y con lo que cuesta la tela de caza
pudieran enviar socorro a una plaza.
Es lícito a un rey holgarse y gastar,
pero es de justicia medirse y pagar.
Piedras excusadas con tantas labores
os preparan templos de eternos honores.
Nunca tales gastos son migajas pocas,
porque se las quitan muchos de sus bocas.
Ni es bien que en mil piezas la púrpura sobre,
si todo se tiñe con sangre del pobre.
Ni en provecho os entran, ni son agradables,
grandezas que lloran tantos miserables.
¿Qué honor, qué edificios, qué fiesta, qué sala
como un reino alegre que os cante la gala?
Más adorna a un rey su pueblo abundante.
que vestirse al tope de fino diamante.
Si el rey es cabeza del reino, mal pudo
lucir la cabeza de un cuerpo desnudo.
Lleváranse bien los gastos enormes;
lleváranse mal si fueren disformes.
Muere la milicia de hambre en la costa;
vive la malicia de ayuda de costa.
Gana la vitoria'l valiente arriesgado;
brindan con el premio al que está sentado.
El que por la guerra pretende alabanza
con sangre enemiga la escribe en su lanza.
Del mérito propio sale el resplandor,
y no de la tinta del adulador.
La fama, ella misma, si es digna, se canta:
no busca en ayuda algazara tanta.
Contra lo que vemos quieren proponernos
que son Paraíso los mismos Infiernos.
Las plumas compradas a Dios jurarán
que el palo es regalo y las piedras pan.
Vuestro es el remedio: ponedle, señor.
Así Dios os haga, de Grande, el Mayor.
Grande sois, Filipo, a manera de hoyo;
ved esto que digo, en razón lo apoyo:
Quien más quita al hoyo, más grande le hace;
mirad quién lo ordena, veréis a quien place.
Porque lo demás todo es cumplimiento
de gente civil que vive del viento.
Y así de estas honras no hagáis caudal;
mas honrad al vuestro, que es lo principal.
Servicios son grandes las verdades ciertas;
las falsas lisonjas son flechas cubiertas.
Si en algo he excedido, merezca perdones:
¡Dolor tan del alma no afecta razones!
[F. de Quevedo]
A S. M. EL REY DON FELIPE IV
MEMORIAL
Católica, sacra y real majestad,
que Dios en la tierra os hizo deidad:
un anciano pobre, sencillo y honrado,
humilde os invoca y os habla postrado.
Diré lo que es justo, y le pido al cielo
que así me suceda cual fuere mi celo.
Ministro tenéis de sangre y valor,
que solo pretende que reinéis, señor,
y que un memorial de piedades lleno
queráis despacharle con lialtad de bueno.
La Corte, que es franca, paga en nuestros días
más pechos y cargas que las behetrías.
Aun aquí lloramos con tristes gemidos,
sin llegar las quejas a vuestros oídos.
Mal oiréis, señor, gemidos y queja
de las dos Castillas, la Nueva y la Vieja.
Alargad los ojos; que el Andalucía
sin zapatos anda, si un tiempo lucía.
Si aquí viene el oro, y todo no vale,
¿qué será en los pueblos, de donde ello sale?
La arroba menguada de zupia y de hez
paga nueve riales, y el aceite diez.
Ocho los borregos por cada cabeza,
y las demás reses, a rata por pieza.
Hoy viven los peces o mueren de risa,
que no hay quien los pesque, por la grande sisa.
En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa,
de más que ello vale se paga la renta.
A cien reyes juntos nunca ha tributado
España las sumas que a vuestro reinado.
Y el pueblo doliente llega a recelar
no le echen gabela sobre el respirar.
Aunque el cielo frutos inmensos envía.
le infama de estéril nuestra carestía.
El honrado, pobre y buen caballero
si enferma no alcanza a pan y carnero.
Perdieron su esfuerzo pechos españoles,
porque se sustentan de tronchos de coles.
Si el despedazarlos acaso barrunta
que valdrá dinero, lo admite la Junta.
Familias sin pan y viudas sin tocas
esperan hambrientas y mudas sus bocas.
Ved que los pobretes, solos y escondidos,
callando os invocan con mil alaridos.
Un ministro, en paz, se come de gajes
más que en guerra pueden gastar diez linajes.
Venden ratoneras los extranjerillos,
y en España compran horcas y cuchillos
y, porque con logro prestan seis reales,
nos mandan y rigen nuestros tribunales.
Honrad a españoles chapados, macizos;
no así nos prefieran los advenedizos.
Con los medios juros que el vasallo aumenta,
el que es de Ginebra barata la renta.
Más de mil nos cuesta el daros quinientos;
lo demás nos hurtan para los asientos.
Los que tienen puestos, lo caro encarecen,
y los otros plañen, revientan, perecen.
No es buena grandeza hollar al menor;
que al polluelo tierno Dios todo es tutor.
En vano el agosto nos colma de espigas,
si más lo almacenan logreros que hormigas.
Cebada que sobra los años mejores
de nuevo la encierran los revendedores.
El vulgo es sin rienda ladrón homicida;
burla del castigo; da coz a la vida.
"¿Qué importa mil horcas" (dice alguna vez)
"si es muerte más fiera hambre y desnudez?"
Los ricos repiten por mayores modos:
"¿Ya todo se acaba? Pues hurtemos todos."
Perpetuos se venden oficios, gobiernos,
que es dar a los pueblos verdugos eternos.
Compran vuestras villas el grande, el pequeño;
rabian los vasallos de perderos dueño.
En vegas de pasto rialengo vendido,
ya todo ganado se da por perdido.
Si a España pisáis, apenas os muestra
tierra que ella pueda deciros que es vuestra.
Así en mil arbitrios se enriquece el rico,
y todo lo paga el pobre y el chico.
Sin duda el demonio, propicio y benino,
aquel que por nombre llaman Peregrino,
al Conde le dijo, favorable y plácido,
cuando su excelencia oraba en San Plácido:
«Del rey los vasallos compiten tu puesto;
destruye, aniquila y acábalo presto.
Los de la Corona mayores contrarios
serán la disculpa para tus erarios:
que, si acaban estos con la monarquía,
morirá también quien te perseguía.
Mejor libra en guerra el que es prisionero
que el que es sentenciado por el juez severo.
La causa de todo lo que ellos ganaron,
no la mataron, sino la libraron.»
Esto dijo el diablo al conde Guzmán,
y el Conde prosigue como don Julián.
Consentir no pueden las leyes reales
pechos más injustos que los desiguales.
Ved tantas miserias como se han contado
teniendo las costas del papel sellado.
Si en algo he excedido, merezco perdones:
duelos tan del alma no afectan razones.
Servicios son grandes las verdades ciertas;
las falsas razones son flechas cubiertas.
Estímanse lenguas que alaban el crimen,
honran al que pierde y al que vence oprimen.
Las palabras vuestras son la honra mayor,
y, aun si fueran muchas, perdieran, señor.
Todos somos hijos que Dios os encarga;
no es bien que, cual bestias, nos mate la carga.
Si guerras se alegan, y gastos terribles,
las justas piedades son las invencibles.
No hay riesgo que abone, y más en batalla,
trinchando vasallos para sustentalla.
Demás que lo errado de algunas quimeras
llamó a los franceses a nuestras fronteras.
El quitarle Mantua a quien la heredaba
comenzó la guerra que nunca se acaba.
Azares, anuncios, incendios, fracasos
es pronosticar infelices casos.
Pero, ya que hay gastos en Italia y Flandes,
cesen los de casa superfluos y grandes.
Y no con la sangre de mí y de mis hijos
abunden estanques para regocijos.
Plazas de madera costaron millones,
quitando a los templos vigas y tablones.
Crecen los palacios ciento en cada cerro,
y, al gran San Isidro, ni ermita ni entierro.
Madrid a los pobres pide mendigante,
y en gastos perdidos es Roma triunfante.
Al labrador triste le venden su arado
y os labran de hierro un balcón sobrado.
Y con lo que cuesta la tela de caza
pudieran enviar socorro a una plaza.
Es lícito a un rey holgarse y gastar,
pero es de justicia medirse y pagar.
Piedras excusadas con tantas labores
os preparan templos de eternos honores.
Nunca tales gastos son migajas pocas,
porque se las quitan muchos de sus bocas.
Ni es bien que en mil piezas la púrpura sobre,
si todo se tiñe con sangre del pobre.
Ni en provecho os entran, ni son agradables,
grandezas que lloran tantos miserables.
¿Qué honor, qué edificios, qué fiesta, qué sala
como un reino alegre que os cante la gala?
Más adorna a un rey su pueblo abundante.
que vestirse al tope de fino diamante.
Si el rey es cabeza del reino, mal pudo
lucir la cabeza de un cuerpo desnudo.
Lleváranse bien los gastos enormes;
lleváranse mal si fueren disformes.
Muere la milicia de hambre en la costa;
vive la malicia de ayuda de costa.
Gana la vitoria'l valiente arriesgado;
brindan con el premio al que está sentado.
El que por la guerra pretende alabanza
con sangre enemiga la escribe en su lanza.
Del mérito propio sale el resplandor,
y no de la tinta del adulador.
La fama, ella misma, si es digna, se canta:
no busca en ayuda algazara tanta.
Contra lo que vemos quieren proponernos
que son Paraíso los mismos Infiernos.
Las plumas compradas a Dios jurarán
que el palo es regalo y las piedras pan.
Vuestro es el remedio: ponedle, señor.
Así Dios os haga, de Grande, el Mayor.
Grande sois, Filipo, a manera de hoyo;
ved esto que digo, en razón lo apoyo:
Quien más quita al hoyo, más grande le hace;
mirad quién lo ordena, veréis a quien place.
Porque lo demás todo es cumplimiento
de gente civil que vive del viento.
Y así de estas honras no hagáis caudal;
mas honrad al vuestro, que es lo principal.
Servicios son grandes las verdades ciertas;
las falsas lisonjas son flechas cubiertas.
Si en algo he excedido, merezca perdones:
¡Dolor tan del alma no afecta razones!
[F. de Quevedo]
martes, 6 de diciembre de 2011
Nocturno, de Rafael Alberti
NOCTURNO
Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.
Balas. Balas.
Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas.
¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!
Balas. Balas.
Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.
Balas. Balas.
Siento esta noche heridas de muerte las palabras.
Rafael Alberti
sábado, 5 de noviembre de 2011
Del Martín Fierro
Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar
y cantando he de llegar
al pie del eterno Padre;
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.
Martín Fierro.
José Hernández
cantando me han de enterrar
y cantando he de llegar
al pie del eterno Padre;
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.
Martín Fierro.
José Hernández
martes, 1 de noviembre de 2011
Carranza
El famoso Arzobispo Carranza, que tanto tuvo que padecer por sus veleidades reformistas en un dilatadísimo proceso inquisitorial que Felipe II quiso alargar para que sus rentas fueran a parar al bolsillo regio, escribió como desahogo los siguientes versos para sí mismo, que Luis Gil Fernández cita en su Panorama social del Humanismo español (1997, 2.ª ed., p. 452):
Son hoy muy odiosas
qualesquier verdades
y muy peligrosas
las habilidades
y las necedades
se suelen pagar caro.
El necio callando
parece discreto
y el sabio hablando
se verá en aprieto
Y será el efeto
de su razonar
acaescerle cosa
que aprende a callar.
Conviene hacerse
el hombre ya mudo,
y aun entontecerse
el que es más agudo
de tanta calumnia
como hay en hablar:
sólo una pajita
todo un monte prende
y toda palabrita
que el necio no entiende
gran fuego prende;
y, para se apagar,
no hay otro remedio
si no es con callar.
lunes, 31 de octubre de 2011
Novalis
5
Sólo que yo le tenga,
Sólo que sea mío
Sólo que el corazón, hasta la tumba,
Ya nunca, nunca de él caiga en olvido;
Nada se ya de pena, nada siento,
sino un férvido amor, gozo infinito.
Sólo que yo le tenga,
Todo de grado olvido,
Y, empuñando el baston del caminante
Dócil a mi señor tan sólo sigo,
Y, sin pensar, yo dejo que los otros
Anden por anchos, fáciles caminos
Sólo que yo le tenga
Me dormiré tranquilo,
Eternamente, un dulce refrigerio
Encontraré en el caudaloso río,
Que de su pecho fluye y todo inunda,
Cubre y penetra entre sus blandos giros.
Sólo que yo le tenga,
Ya es todo el mundo mío;
Dichoso cual un niño que, en la gloria,
Sostuviese a María el velo níveo,
En la contemplación beata absorto,
No me extremece ya el terreno abismo
4
Entre tantas horas gratas
Que he pasado en mi existencia,
Una tan sólo amo yo:
En que, entre acerbos dolores,
Descubrí dentro del alma
Quien por nosotros murió
Vi mi mundo hecho pedazos,
Por un gusano roído;
Marchito mi corazón;
Toda ilusión, toda dicha,
Yacía bajo su losa;
En mí todo era aflicción.
Enfermaba yo en silencio,
Dejar el mundo anhelaba
En mi eterno delirar,
Cuando al pronto, de la tumba,
Se alzó la losa, y el alma
Abrióse de par en par.
A quién ví, quién de su mano
Llevaba, nadie lo supo;
Lo veré en eternidad.
Y esta serena, entre todas
Mis horas, cual mis heridas,
Abierta por siempre está.
Allí donde le tengo,
Allí mi patria habito;
Cuando llueven sus gracias en mi mano,
Como preciada herencia las recibo;
Hermanos que de tiempo a faltar echo,
Hoy a encontrarlos vuelvo en sus discípulos.
7
El secreto del amor
Bien pocos lo saben;
Sienten una sed eterna
Y sienten hambre insaciable.
La Eucaristía es un extraño enigma
A los sentidos mortales.
Pero aquel que de unos labios
Cálidos, amantes,
De la vida el hálito, sorbido
Hubiere alguna vez; aquel que sabe
Cómo las brasas divinas
Al corazón del amante
Funden y derriten
El oleadas palpitantes;
Aquel que su honda mirada
Hacia los cielos levante
Y haya alguna vez sondeado
Las sacras profundidades,
Comerá de su cuerpo,
Beberá de su sangre
Eternamente
¿Quién del cuerpo terreno ha descifrado
El gran sentido inefable?
¿Quién decir podría
Que entiende lo que es la sangre?
Un tiempo todo era cuerpo,
– Un Cuerpo –; flotaban
En sangre celeste
Los venturosos amantes.
¡Oh, si de repente
Enrojecieran los mares!
¡Oh, si la carne olorosa
En los peñascos brotase! ...
Nunca terminarás, dulce convite.
Oh, amor, no dirás nunca bastante.
La intimidad más perfecta
Con que al amado poseerá el amante
Honda bastante no es nunca,
Ni al deseo infinito satisface.
Por siempre más, dulces labios
Sentirás lo gozado transformarse
En algo siempre más íntimo.
Algo que más se adentra a cada instante.
Voluptad, a cada paso más ardiente,
Toda el alma invade.
Más sediento, más hambriento
Siéntese el corazón que de amor late:
Y, por eternidad de eternidad,
El placer del amor vive y renace.
Si pudiesen gustar los hombres sobrios
Deleite tan grande,
Todo olvidarían,
Vendrían con nosotros a sentarse
A esta mesa del infinito anhelo
Que nunca vacía verán las edades
Reconocieran del amor entonces
La plenitud inagotable.
Y entonarían himnos al convite
Del cuerpo y la sangre.
8
Siempre llorar debiera, llorar siempre:
¡Ah, si una vez, al menos, él pudiera
Aparecer de lejos ante mí!
¡Santa melancolía! Jamás ceden
Mis angustias, mis lágrimas; quisiera
Permanecer, de dolor yerto, aquí.
Le veo eternamente en su tortura;
Le veo eternamente en agonía,
¡Oh, ¿cómo no te rompes, corazón?
¿Cómo por siempre no os cerráis, mis ojos?
¿Cómo no os deshacéis todos en llanto?
No merecí jamás tal galardón!
¿No llorará ninguno de vosotros?
¿Ha de caer su nombre en el olvido?
¿Es que tal vez el mundo muerto está?
¿Tal vez no volveré en sus dulces ojos
El néctar a beber de amor y vida?
¿Está, acaso, por siempre muerto ya?
Muerto ... Mas qué es lo que esto significa?
Decídmelo vosotros, oh, los sabios;
¿Podéis este misterio descifrar?
¡Ved! El ha enmudecido y todos callan.
Nadie puede indicarme aquí en la tierra
Donde mi corazón le podrá hallar.
En parte alguna de este bajo suelo
No volveré jamás a ser dichoso;
Todo fue, todo fue sueño fugaz
Yo también, yo también con él he muerto.
¡Ah, si yo en las entrañas de la tierra
Pudiese descansar con él en paz!
Oyeme, tú, su padre y padre mío:
Junta a los suyos mis ruines huesos,
Sin tardar, en la lóbrega mansión.
Verdeará de su fosa la eminencia,
En ella el viento rozará sus alas,
Y entrará mi vil cuerpo en corrupción.
Si supiesen su amor todos los hombres,
Sin vacilar, haríanse cristianos;
Lo dejarían todo por su honor;
Su único amor pondrían en el Único;
Dieran conmigo rienda suelta al llanto,
Y se consumirían de dolor.
10
Hay días desolados, que en el seno
Del miedo al alma echan,
En que parece estar el aire lleno
De espectros que te acechan.
Mil lívidos fantasmas se deslizan
Y llaman a tu puerta;
Las sombras de la noche atemorizan
Tu alma helada y yerta.
Vacila el que creías firme asiento;
La confianza perece;
Deshecho en torbellino el pensamiento,
Ningún freno obedece.
De la locura el indomable impulso
Al alma ciega azota;
Ya va la vida a detener su pulso;
El sentido se embota.
¿Quién la cruz ha plantado como abrigo
De todo ser viviente?
¿Quién habita en los cielos, dulce amigo
De toda alma doliente?
Vé al árbol milagroso que derrama
Celeste mansedumbre;
Todo tu afán consumirá la llama
Que brota de su cumbre.
Al fín un ángel en la playa tiende
Al náufrago con vida;
Y a tus pies ves gozoso que se extiende
La tierra prometida.
13
Cuando en horas terribles ya parece
Que el corazón al sino se someta;
Cuando, por cruel dolencia atenazado,
Hinca el terror en mi alma su saeta;
Cuando pienso en mi dulce bienamada,
De pena y de mortal angustia presa,
Y se nublan mis ojos, y ni un rayo
De esperanza las nubes atraviesa,
Oh, entonces siento yo que Dios se inclina
Hacia mí y que su amor está cercano
De un más allá yo siento un santo anhelo
Y avanza mi ángel hacia mí su mano.
Me trae el cáliz de la vida virgen,
Me susurra buen ánimo y consuelo,
Y, por mi dulce y triste bienamada,
No en balde elevo mi plegaria al cielo
15
En mil cuadros he visto retratada
Tu bella faz dulcísima, oh, María;
Mas en ninguno estás representada
Tal como te contempla el alma mía.
A tu vista, el tumulto de la tierra
Se me disipa como un sueño instable,
Y un cielo de dulzor inenarrable
Eternamente en mi ánima se encierra.
Himno 6
Lejos del reino de la luz, muy lejos,
De la tierra al abismo al fin yo baje.
La furia del dolor, su rudo azote
Son las señales de un feliz pasaje.
Ponga ya el pie dentro del angosto bote.
Y llévelo mi anhelo
Allá en las playas a varar del cielo.
¡Bendita seas tú, oh, eterna noche!
¡Sueño eterno, de hoy más seas bendito!
El día ha puesto en llamas nuestra entraña;
Nuestro largo penar ya está marchito;
Ya no hallamos placer en tierra extraña;
Ansiamos ir a casa;
El vivo amor al Padre nos abrasa.
¿Qué más nos falta hacer en esta tierra
Con nuestra fe y amor que nada calma?
Por siempre más lo antiguo ha fenecido,
Y ¿qué ha de traer lo nuevo a nuestra alma?
¡Ah, cuán sólo se siente y aflijido
Quien con amor profundo
Ama la primitiva edad del mundo!
¡La edad primera, cuando los sentidos
Con un excelso llamareo ardían
Y la mano del padre y su semblante
Los humanos aún reconocían,
Y al perfecto arquetipo semejante
Era alguna criatura
De pensamientos altos y alma pura!
Edad dichosa, cuando florecían
Las antiguas estirpes patriarcales;
Deseaban para el Reino de los Cielos
La prole tras las penas terrenales;
Y con reinar en estos bajos suelos
Placeres y alegría,
Corazón hubo que de amor moría.
¡Dichosa edad! Con juvenil prestancia
Dios mismo se vistió del cuerpo humano
E inmólóse a una muerte prematura
De amor en un arranque soberano;
No le arredró ni angustia ni pavura:
Dar quiso hasta ese extremo
Un testimonio de su amor supremo.
¡Oh, edad feliz! Con un ferviente anhelo
Vémosle, envueltos en la noche obscura;
Jamás será apagada en esta vida
La abrasadora sed que nos tortura
Hemos hacia la patria prometida
De adelantar camino,
Y volverás al fin, tiempo divino.
¿Nuestro regreso qué es lo que detiene?
Los que amamos, ha tiempo que reposan.
Nuestro camino, su sepulcro cierra;
Desde hoy dolor y miedo nos acosan.
Por buscar nada queda en esta tierra;
Lleno el pecho de hastío
Harto se siente; el mundo está vacío.
Infinito y preñado de misterio,
Un dulce escalofrío nos inunda;
¿Allá lejos no oís nuestro lamento
Resonar por la bóveda profunda?
Acaso de añoranza un largo aliento,
De lo alto nos envían
Hermanos que otra vez vernos ansían.
¡Sepúltenme! Que al dulce prometido,
A mi Jesús amado, ir mi alma quiere!
¡Animo ten! Para el que llora y ama
Enciende ya el crepúsculo su llama,
Postrer adiós del día que se muere.
Nos rompe un sueño el vil terreno lazo,
Y nos hunde del Padre en el regazo.
Dos extractos del himno 5
[...]
Avanza horrible espectro hacia los convidados
Y llena su alma toda de un gran terror secreto
Hasta los mismos dioses se sienten conturbados
Ni a llevar calma aciertan al corazón inquieto.
Era misteriosa de esta visión la senda;
No aplacaba su rabia ni súplica ni ofrenda.
¿Sabéis qué era? La Muerte; que esa deshecha orgía
Con dolor y con lágrimas y miedo interrumpía.
Forzado a separarse, al fin, eternamente
de lo que el alma mece en el más dulce encanto,
De todo lo que inspira, con un amor ferviente,
Anhelo infatigable e inextinguible llanto
Al mortal parecía tan sólo reservado
Un sueño mortecino, luchar desesperado.
Del placer, estrellada ya estaba la ola loca
Del hastío infinito en la funesta roca.
Embelleció al espectro queriendo hacerle inerme
La osada fantasía que hasta lo ignoto escarpa;
Un dulce adolescente la luz apaga, y duerme;
Será el fin apacible como el germir de un arpa.
Dilúyese el recuerdo de sombras en raudales:
El canto del destino, tal fue, de los mortales.
Más de la eterna muerte quedó el misterio arcano.
Oh, ¡Muerte! ¡Oh, grave signo de un gran poder lejano!
[...]
Oh, ved, ya está la losa alzada,
Abierta está la sepultura:
La humanidad resucitada,
Contigo siéntese hermanada,
Libre de toda ligadura.
Todo pesar se desvanece
Ante tu copa, que convida,
Cuando la tierra desaparece
En la suprema despedida.
La muerte, a bodas ya nos llama;
Están las vírgenes dispuestas;
Clara es la lumbre que derrama
Dentro sus lámparas la llama;
No falta aceite en nuestras fiestas.
De tu cortejo el sacro coro
Llene el profundo firmamento
Llámennos ya los astros de oro
Con dulce voz y humano acento.
A tí levántanse, oh, María,
Millares ya de corazones;
Desde la hondura de esta fría
Tierra, tan lóbrega y sombría,
Te claman: »¡No nos abandones!«
¡Ah! su plegaria no deseches;
Sanar confían de sus males
Cuando, amorosa, les estreches
Entre tus brazos maternales.
¡Cuántos de ardor ya consumidos,
Vencidos ya por cruel tortura,
De nuestro mundo desasidos
Volaron ya y contigo unidos
Gozando están de tu ventura!;
Si en horas trágicas nos vimos,
Bajaron para confortarnos.
Hoy hacia ellos ya subimos
Al lado suyo a eternizarnos.
Ante ninguna sepultura
Solloza ya quien ama y cree;
Ya del amor la herencia pura
De fuerza y hurto está segura.
¡Dichoso aquel que la posee!
Viene la noche y, en su brillo,
Se refrigera su hondo anhelo;
Su corazón es un castillo
Que guardan ángeles del cielo.
Nuestra terrena vida asciende
Hacia la vida sempiterna.
El alma ya más claro entiende
Pues ya la abrasa, ya la enciende
Una amorosa llama interna,
Los astros son racimo ingente
Que, a chorros, da vino de vida;
En un lucero refulgente
Será cada alma convertida.
Ah, dadivoso, amor invita
A todos; no hay de hoy más ausencia.
En plenitud toda se agita,
Cual mar sin playas, infinita,
Del universo la existencia.
¡Eterna noche de delicia!
¡Canto sin fin! ¡Eterno poema!
El sol que a todos acaricia
Es, oh, gran Dios, tu faz suprema.
Extracto del himno 4
[...]
Más allá yo me encamino,
De toda aflicción;
De la volupta algún día
Será un aguijón.
Aún algún tiempo me falta
Para libre ser
Y ebrio de goce en los brazos
Del Amor caer.
En mí, de vida infinita
Siento la virtud.
Oh, luz, te veo en la hondura
Desde mi altitud.
Cuando llegue a aquella cumbre
Adiós, tu esplendor;
Las sombras traerán guirnaldas
Del inmortal frescor.
Oh, sorbe, mi dulce Amado,
Mi alma sin tardar,
Que en tí pueda adormecerme
Y te pueda amar.
La ola fresca de la muerte
Ya empiezo a sentir;
Mi sangre en bálsamo y éter
Vase a convertir.
De día, yo vivo lleno
De fe y de valor,
Más, ay, por la noche, muero
De sagrado ardor.
Astralis
Joven empecé a ser una mañana
De estío; por primera vez entonces
Yo sentí el pulso de mi propia vida ...
Sentí como en un éxtasis profundo
Desmayaba el Amor; fuí despertando
Cada vez más, y el férvido deseo
De una unión aún más íntima y perfecta,
Era más imperioso a cada instante.
La voluptad es de mi ser la fuerza
Genital. Soy la sacra fuente, el centro
Del que, en inquieto torbellino, fluye
Todo anhelo del alma, centro a donde,
Rota ya el ala, en busca de reposo,
A refugiarse vuelve todo anhelo.
Vosotros no me conocéis; no obstante
Mi transformación visteis ... ¿Presenciado
Quizá no habéis como por primera vez
Yendo errabundo aquella alegre noche
Me hallé a mi mismo? ¿Un dulce escalofrío
No extremeció rozando vuestras almas?
Hundido todo en cálices de aromas
Yacía y el ambiente embalsamaba;
Y la flor se mecía silenciosa
En el raudal del oro matutino.
Era yo entonces una fuente íntima,
Un blando hervor, y cuanto había en torno,
De mí, a través y sobre mí fluía,
Y todo suavemente me elevaba.
Entonces derramóse el primer polen
Y abismóse en la trémula colora ...
Pensad, pensad en un ardiente ósculo
Después de levantada ya la mesa ...
Volví entonces de nuevo a sumergirme
En los raudales de mi propia savia ...
Un relámpago fue ... De entonces pude
Moverme y agitar el cáliz de oro
Y los pistilos tenues; y tan pronto
Como mi propia vida dió principio,
Mis pensamientos todos gravitaron
A los sentidos terrenales. Ciego
Era yo todavía y, sin embargo
Vagaban en legión claras estrellas
Por las maravillosas lejanías
De mi ser; nada aún era cercano;
Sólo lejos hallábame a mí mismo;
Era como si un eco me llegase
De los tiempos pasados y futuros.
Llevado del amor y los presagios
Y la melancolía, mi retorno
A la conciencia fue tan sólo un vuelo
Cuando en las alas del placer flotaba
Transverberóme hondo dolor sublime.
El mundo todo en flor yacía en torno
De la sacra colina luminosa.
Las palabras, al fin, de aquel profeta,
En alas convirtiéronse: ya nunca
Un ser viviente pudo estar aislado,
Que ya Enrique y Matilde se juntaron
Por siempre en una sola y viva imagen ...
Recién nacido levantéme al cielo,
Cumplido estaba el terrenal destino,
Perdido el tiempo había sus derechos
Y exigía el retorno de sus dones.
Helo aquí; al nuevo mundo radiante ya aparece;
A su presencia el día más claro se obscurece.
En las ruinas musgosas, ved ya como fulgura
Una maravillosa y rara edad futura.
Todo lo que antes era común y cotidiano,
Desde hoy parece extraño y de un misterio arcano
El reino del amor ya abierto se revela;
Ya la poesía empieza a tejer hoy su tela.
El juego primitivo de todo ser se agita
Y profundas palabras todo hombre medita,
Y así del universo el espíritu ingente
Por todas partes late, florece eternamente.
Todas las cosas deben unirse y engranarse,
Fecundarse una a otra, una a otra sazonarse.
Está representado en todos cada uno;
Al mezclarse y fundirse con todos de consumo,
Y al hundirse en el seno de toda criatura,
Siente que se remoza su personal natura,
E ideas mil se agitan de su alma en lo profundo;
Al fin el mundo es sueño, al fin el sueño es mundo
Y lo que en el pasado cumplido ya creemos
Otra vez desde lejos verlo venir podemos,
Libre la fantasía la existencia domine,
Los hilos de la vida a su placer combine,
Y a su placer las cosas se encojan o desplieguen
Y sus neblinas mágicas el mundo entero aneguen.
Aquí están vida y muerte, tristeza y alegría
Unidos por el lazo de íntima simpatía ...
Todo el que se ha rendido al amor sobrehumano,
De sus hondas heridas jamás se verá sano.
Y todo lo que nuestra visión interna enlaza
Desgarra nuestra entraña, cuando se despedaza;
Y el corazón se siente huérfano, abandonado,
Antes de que del mundo se haya libertado.
En lágrimas disuélvese el pobre cuerpo inerte,
En una inmensa fosa el mundo se convierte,
En donde consumido por insaciable anhelo
Nuestro corazón cae, hecho ceniza, al suelo.
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