martes, 1 de septiembre de 2015

Horacio, Odas, IV, 9: A Lolio (elogio de la poesía)

Horacio, Odas, lib. IV, núm. 9. Copio la traducción de Eduardo de la Barra, que es mucho más exacta y poética que la de Javier de Burgos, que pongo más abajo, junto al texto latino; también es verdad que De la Barra no usa rima y por eso puede permitirse más rigor:     

I

A Lolio 

Ne forte credas... 

Los versos del poeta que es nacido 
a orillas del Ofanto rumoroso, 
versos de un arte que a la Italia es nueva, 
no morirán, ¡oh Lolio! 
Reina en la cumbre del Parnaso Homero; 
mas no por eso menos celebrados 
son Alceo y Simónides y Píndaro, 
los de divino plectro. 
Vive Anacreonte, se conserva puro, 
fresco el rocío en sus nativas rosas, 
y de Safo la lira apasionada 
respira amor y fuego. 
No fue Helena la única princesa 
a quien de un hombre hermoso deslumhrara 
la púrpura y el oro, y las falaces 
palabras seductoras. 
No fue el primero Teucro que su flecha 
al aire disparase, ni fue Troya 
solo una vez cercada, cuando el griego 
hundiola tristemente. 
No Idomeneo y Estenelo solos 
brillaron en las lides; no solo ellos 
merecieron el canto de las Musas 
y los lauros del triunfo. 
Héctor el denodado y Deifobio 
los únicos no han sido que en defensa 
de la esposa adorada y tierna prole 
hasta la vida dieran. 
Antes que Agamenón, el grande Atrida, 
otros caudillos en la tierra han sido; 
¡otros héroes a Aquiles precedieron, 
y hundiéronse en la nada! 
Desparecieron en la sombra muda, 
y sus nombres ilustres se borraron 
cual nombres de cobardes: ¡sus hazañas 
no eternizó la lira! 
Hoy nadie los recuerda ni los llora, 
porque a su gloria les faltó un poeta. 
¡Sin Homero no hay Troya, no hay Aquiles, 
ni quien aplauda y llore! 
No serás tú olvidado, ilustre Lolio, 
en mis versos: en ellos tus empresas 
referidas oirán y tus virtudes 
las gentes venideras. 
De ánimo fuerte, en los negocios diestro; 
en la adversa y la próspera fortuna 
siempre sereno, y justiciero siempre, 
gran cónsul te mostraste. 
Severo juez a la maldad y el crimen, 
perseguidor de la avaricia, y sordo 
a la atracción de la riqueza fuiste 
egregio ciudadano. 
A través de las filas corrompidas 
de grandes corruptores, tú paseaste 
en triunfo la virtud, dones soberbios 
altivo despreciando. 
Merece el nombre de feliz quien digno, 
superior sabe hacerse a la pobreza 
y vive satisfecho; no quien mora 
en opulento alcázar. 
Lo merece quien usa agradecido 
los dones de lo alto y más no pide; 
el que ama la justicia, y la conciencia 
pura y tranquila guarda. 
El que más teme el deshonor y oprobio 
que el trance del morir, y está dispuesto 
a dar la vida por la Patria amada: 
¡ese es feliz y grande! 
Tú lo eres ¡oh Lolio!, afortunado 
cumplidor del deber y justo y probo, 
que al pueblo haces feliz. ¡Pueda mi lira 
eternizar tu nombre! 

II

  A LOLIO (versión de Javier de Burgos)

          No creas, no, que un día 
       sepultará los versos el olvido 
       que de la lira mía 
       al compasado son con arte canto 
       hasta hoy desconocido, 
       nacido yo cabe el ruidoso Ofanto, 
          no si descuella alzado 
       el grande Homero en la primera silla, 
       de Píndaro enterrado 
       el laúd yace o del tonante Alceo, 
       de Estesícoro brilla 
       también la Musa y la del vate ceo. 
          Respetó el tiempo insano: 
       respetó los acentos juguetones 
       del lírico teyano, 
       y el amor vive, el fuego se divisa 
       que a sus tiernas canciones 
       imprimió la lesbiana poetisa. 
          No Helena la primera 
       fue a quien del galán nítido sedujo 
       la blonda cabellera, 
       ni la púrpura de oro recamada 
       ni el palaciego lujo; 
       no fue una sola vez Troya sitiada. 
          No la veloz saeta 
       Teucro, el de Telamón, lanzó el primero 
       con el arco de Creta 
       ni Idomeneo, audaz, sostuvo solo 
       ni Esténelo ligero 
       combates dignos del clarín de Apolo. 
          No en luchas sanguinosas 
       Héctor solo y Deífobo la vida 
       por sus castas esposas 
       y sus queridos hijos expusieron; 
       antes del grande Atrida 
       mil valientes caudillos existieron. 
          Mas, por siempre ignorados, 
       hunde sus nombres el sepulcro frío 
       porque vates sagrados 
       sus altos hechos resonar no hacen; 
       que el escondido brío 
       y el temor escondido a la par yacen. 
          De tu nombre la gloria 
       ¡oh insigne Lolio! pues mi Musa cante: 
       yo tu clara memoria 
       libraré del olvido y de la muerte; 
       loarete constante 
       en la felice y en la adversa suerte 
          y azote del malvado 
       e insensible del oro al atractivo 
       y de tu consulado 
       el lustre prorrogando y los poderes 
       mientras juez fiel y activo 
       santa justicia al interés prefieres 
          y con desdén los dones 
       rechazas viles de inmoral cuadrilla 
       y por entre escuadrones 
       de corruptores tu virtud paseas 
       triunfante y sin mancilla. 
       No al que es más rico, más dichoso creas: 
          lo es quien pobreza grave 
       sufrir contento y del favor del cielo 
       gozar prudente sabe, 
       y el deshonor más teme que la muerte
       que, por el patrio suelo 
       y sus amigos, arrostrara fuerte. 


AD LOLLIUM.

Ne forte credas interitura, quae
longe sonantem natus ad Aufidum,
non ante vulgatas per artes
verba loquor socianda chordis. 

Non si priores Maeonins tenet
sedes Homerus, Pindarica latent,
Ceaeque, et Alcaei minaces
Stesichorique graveCamenae:

nec si quid olim lusit Anacreon,
delevit aetas: spirat adhuc amor,
vivuntque commissi calores
Aeoliae fidibus puellae.

Non sola comptos arsit adulteri
crines, et aurum vestibus illitum
mirata, regalesque cultus,
et comites Helene Lacaena;

primusve Teucer tela Cydonio
direxit arcu; non semel Ilios
vexata; non pugnavit ingens
Idomeneus, Sthenelusve solus

dicenda Musis praelia: non ferox
Hector, vel acer Deiphobus graves
excepit ictus pro pudicis
conjugibus puerisque primus.

Vixere fortes ante Agamemnona
multi: sed omnes illacrymabiles
urgentur ignotique longa
nocte, carent quia vate sacro.

Paulum sepultae distat inertiae
celata virtus. Non ego te meis
chartis inornatum silebo,
totve tuos patiar labores

impune, Lolli, carpere lividas
obliviones. Est animus tibi
rerumque prudens, et secundis
temporibus dubiisque rectus,

vindex avarae fraudis, et abstinens
ducentis ad se cuncta pecuniae,
consulque non unius anni;
sed quoties bonus atque fidus

iudex honestum praetulit utili, et
rejecit alto dona nocentium
vultu, et per obstantes catervas
explicuit sua victor arma.

Non possidentem multa vocaveris
recte beatum: rectius occupat
nomen beati, qui Deorum
muneribus sapienter uti,

duramque callet pauperiem pati,
pejusque letho flagitium timet;
non ille pro charis amicis
aut patria timidus perire. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Paul Celan, Fuga de la muerte y otros poemas.

Paul Celan (Czernowitz, 1920 - París, 1970)

Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y comemos
cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos 
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho

Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
tu pelo ceniza Sulamit juega con las serpientes

Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán

tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit
  
                                                               (De Amapola y memoria, 1952)


Lo sé

Y tú, tú también:
ya crisálida.
Como todo lo que mece la noche.

Este batir, volar de alas en redor:
¡yo lo oigo – no lo veo!

Y tú
como todo
lo liberado del día:
ya crisálida.

Y ojos, que te buscan.
Y mi ojo entre ellos.
Una mirada:
un hilo más que te envuelve.

Esta tardía, tardía luz.
Lo sé: los hilos fulgen.
            
                                      (De De umbral en umbral, 1955)
Flor

La piedra.
La piedra en el aire, a la que seguí.
Tu ojo tan ciego como la piedra.

Éramos
manos,
vaciamos las tinieblas, encontramos
la palabra que remontó el verano:
flor.

Flor – una palabra de ciego.
Tu ojo y mi ojo:
proveen
el agua.

Crecimiento.
Pared a pared del corazón
se acumulan las hojas.

Una palabra aún como ésta y los martillos
cimbran libres.
                                        
                                                   (De Reja de lenguaje, 1959)

Claudio Rodríguez, Antología

Claudio Rodríguez (Zamora, 1934 - Madrid, 1999)

Libro Primero. Poema IV

Así el deseo. Como el alba, clara
desde la cima y cuando se detiene
tocando con sus luces lo concreto
recién oscura, aunque instantáneamente.     
Después abre ruidosos palomares
y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes
palomas de la noche conteniendo
sus impulsos altísimos! Y siempre
como el deseo, como mi deseo.             
Vedle surgir entre las nubes, vedle
sin ocupar espacio deslumbrarme.
No está en mí, está en el mundo, está ahí enfrente.
Necesita vivir entre las cosas.                                        
Ser añil en los cerros y de un verde
prematuro en los valles. Ante todo,
como en la vaina el grano, permanece
calentando su albor enardecido
para después manifestarlo en breve
más hermoso y radiante. Mientras, queda
limpio sin una brisa que lo aviente,
limpio deseo cada vez más mío,
cada vez menos vuestro, hasta que llegue
por fin a ser mi sangre y mi tarea,
corpóreo como el sol cuando amanece. 

                                                         (De Don de la ebriedad, 1953)




A mi ropa tendida

                                                                  (El alma)

    Me la están refregando, alguien la aclara.
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa! No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es esto?
¿Qué lejía inmortal, y qué perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre!

    He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día…
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: "Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?"

                                                                (De Conjuros, 1958)

Ajeno

    Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea enseguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie, porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa. 

                                                             (De Alianza y condena, 1965)

Gerard Manley Hopkins, Antología

Gerard Manley Hopkins (Essex, 1844-Dublin, 1879)

Ramas de Fresno

Nada de lo que veo, rodando por el mundo, 
nutre más el espíritu o alienta hondas palabras
que un árbol con sus ramas abiertas hacia el cielo.
Estas ramas de fresno: si apretadas y firmes en invierno,
en tiernas crestas de  húmedas pestañas se despliegan
y anidan nuevas en los cielos altos.

Ellas tocan el cielo, tamborean; ¡cómo arañan sus garras
la espejeante bóveda enorme del invierno! Marzo en ellas
funde nieve y azul, y un hilo roto de verdor ajado.
Es nuestra vieja tierra aupándose, escalando a tientas
al escarpado cielo de quien nos ha engendrado.


Hurras por la cosecha

Ya termina el verano; ya en bárbara hermosura
en redor se levantan las gavillas.
Cómo va el viento. Qué amable compostura
las nubes de algodón. ¿Alguna vez formaron
más esponjosos, libres, ondulados
torbellinos de harina por los cielos?
Voy, me elevo, levanto el corazón, los ojos.
Miro toda esa gloria que en los cielos espiga al Salvador.
Y ojos, corazón, ¿qué miradas, qué labios
alguna vez os dieron, más exacta y ardiente,
respuesta a vuestro amor?
Y las lomas colgadas del azul son su hombro;
de Él, que sostiene con majestad el mundo,
robusto garañón, dulce, violeta.
Todo eso estaba aquí, mas no quien lo mirase.
Al reunirse los dos le nacen alas
al corazón y a Él corre, se levanta.
Toda la tierra es poca para alzarla a sus pies.  



El mar y la alondra

A mi lado dos sones muy viejos, inmortales.
A la derecha, olas rompen contra la playa
con un vaivén crispado o silencioso,
eterno mientras crezca la luna o se retire.

A izquierda, desde tierra, oigo subir la alondra.
Su alborotado, fresco acorde serpentea
en rizos, libre, y gira en remolinos, y derrocha
su música y la vierte, hasta agotarla toda y consumirse.

Ellos dos avergüenzan nuestra ciudad trivial.
Claman contra este tiempo turbio y sórdido.  
Y nosotros, orgullo de la vida y ansiosos de corona,

perdimos la alegría, el esplendor primero de la tierra.
Nuestro ajetreo y descanso se deshacen, y el polvo
deprisa fluye al barro original del hombre.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Chico Buarque Construcción

Chico Buarque, CONSTRUCCIÓN

Amó aquella vez como si fuera el único
Besó a su mujer como si fuera la última
Y a cada hijo suyo cual si fuera el pródigo
Y atravesó la calle con su paso cómico
Subió a la construcción como si fuera sólida
Alzó en algún lugar cuatro paredes mágicas
Ladrillo con ladrillo en un diseño lógico
Sus ojos empapados de cemento y tráfico
Se puso a descansar como si fuera un príncipe
Comió frijol y arroz como si fuera máquina
Bailó y se rio como si fuera el prójimo
Y tropezó en el sol como si oyera música
Se bamboleó y tembló como si fuera sábado
Y terminó en el suelo hecho un paquete tímido
que agonizó en el medio del paseo náufrago.
Murió a contramano interrumpiendo al público

lunes, 24 de agosto de 2015

Romance de la jura de los Toros de Guisando

    Muy revuelta está Castilla;
quejoso está y fatigado
aquese rey Don Enrique,
rey no bien afortunado.
    Quéjase de muchos hombres
a quienes puso en estado
por haberle descompuesto
en auto solemnizado
    y haber alzado por rey
a Don Alfonso, su hermano;
y, aunque murió Don Alfonso,
su intento no habían dejado.
    Grandes partidos se mueven
estando en aqueste estado,
y en un concierto muy justo
al rey han encaminado
    para ser obedecido
por todos, y acatado,
y para aqueste concierto,
siendo por él aprobado.
    Muy grandes gentes se ayuntan
en los Toros de Guisando:
señores y caballeros
y también muchos prelados.
    Vienen con Doña Isabel
para verse con su hermano,
porque por su socesora
el rey la había señalado.
    Todos hablaron al rey,
todos le besan la mano:
el rey, con semblante alegre,
a todos ha perdonado.
    Y el cardenal Venerín,
que venía por legado,
a todos aquellos grandes
que allí se habían juntado
    absolvió del juramento
que el rey les había tomado
al tiempo que Doña Juana
por princesa habían jurado,
    por contemplación del rey
que los había forzado
y porque del jurameolo
todos habían reclamado.
    Ya del juramento absueltos,
el Rey les ha así hablado:
—Perlados y caballeros,
los que aqui estáis ayuntados:
    yo os mando que en mi presencia
juréis delante el Legado
porr sucesora en mis reinos
desque yo sea finado
    a Doña Isabel mi hermana
y que la beséis la mano ,
porque en todas las ciudades
así lo tengo mandado.—
    Todos juran la princesa
con placer demasïado,
la cual le prometió al rey
de casar por su mandado;
    y así hubieron fin las vueltas
que gran tiempo habían durado.

sábado, 22 de agosto de 2015

Píndaro, Antología


Píndaro de Tebas

 La gloria de Olimpia y el fulgor de la victoria

 Excelsa es el agua; pero el oro, cual fuego ardiente,
 se destaca en la noche por encima de la riqueza que al hombre enorgullece.
 Si los juegos deportivos proclamar deseas, corazón mío,
 ni trates tú ya de contemplar
 en pleno día astro luminoso, a través del éter yermo, más cálido que el sol,
 ni nosotros un certamen superior al de Olimpia cantaremos,
 lugar de donde procede el himno, por muchos entonado,
 que envuelve el ingenio de los poetas, para que canten
 al hijo de Crono cuando lleguen al próspero
 hogar bienaventurado de Hierón,
 quien ostenta el cetro dictaminador en la fructífera
 Sicilia, recolectando los capullos de todas las virtudes,
 mientras resplandece a la vez
 en lo más exquisito del arte musical
 con diversiones como las que nos reúnen
a los hombres con frecuencia alrededor de su mesa hospitalaria.
 ¡Vamos! Descuelga del clavo la forminge doria,
 si es verdad que la gloria de Pisa y de Ferenico
 sometió tu espíritu a dulcísimas inquietudes
 cuando junto al Alfeo se lanzó a la carrera
 sin que su cuerpo en su transcurso fustigado fuera
 y fundió a su amo con su victoria,
al rey siracusano de ecuestres aficiones!

El poder de la música y la grandeza de Hierón

Estrofa I

¡Aurea lira, de Apolo y de las Musas de trenzas violáceas
tesoro justamente compartido! A ti te escucha
 el paso de danza, comienzo de la fiesta.
y obedecen los cantores tus señales
cuando de los preludios que guían los coros
 los primeros acordes preparas vibrante.
¡Hasta el rayo apagas, lancero
 de inextinguible fuego! Y duerme sobre el cetro
 de Zeus el águila, su rauda
 a la a entrambos costados relajando.

Antístrofa

la reina de las aves, cuando una nube de ojos oscuros
sobre su corva cabeza, de los párpados dulce cerrojo,
le has derramado, y ella dormitando
la húmeda espalda levanta, por tus
impulsos cautivada. Y aun el violen-
to Ares, a un lado dejando la hiriente
punta de sus lanzas, calienta su corazón
en sueño profundo; y tus dardos embelesan también
las almas de los dioses, gracias a la pericia
del hijo de Leto y de las Musas de apretada cintura.

Epodo

Todos los seres, empero, que no ama Zeus, se aterran cuando la voz
oyen de las Piérides, tanto en la tierra como
en la mar invencible,
incluso aquel que en el horrible Tártaro yace,
el enemigo de los dioses,
Tifón, el de cien cabezas a quien antaño
crió la gruta famosa de Cilicia. Mas ahora por cierto
los escollos cercados del mar ante Cumas  
y Sicilia le oprimen
el pecho velludo, y la columna celeste le aprisiona,
el nevado Etna, todo el año nodriza de punzante hielo.

Estr. II

De sus cavernas son vomitados de fuego inabordable
manantiales purísimos; y sus ríos de día
vierten ardiente torrente de humo,
mas en las noches oscuras piedras
arrastra rodando la llama purpúrea a la honda
llanura del mar con estruendo.
Aquel monstruo reptando lanza a lo alto
las fuentes terribilísimas de Hefesto; un portento
que es maravilla contemplar,
y una maravilla tembién oírlo de los que allí  estuvieron

Ant.

cómo está él amarrado entre las cumbres de frondas oscuras
del Etna y su llanura, y el lecho arañante toda
la espalda recostada le lacera.
¡Sea, Zeus, séanos dado agradarte a ti,
que esa montaña dominas, frontal de una tierra
rica de frutos hermosos! Con su nombre glorificó
su ilustre fundador la ciudad vecina,
y en la pista de la Pítica fiesta
la proclamó un heraldo anunciando
la hermosa victoria de Hierón con su carro.

Elogio de Hierón

"Reluce su fama en la colonia, por sus hombres célebres, del lidio Pélope. 
Por éste sintió pasión el poderoso Posidón, 
el que la tierra conduce, cuando Cloro lo sacó 
del inmaculado caldero 
provisto de un brillante hombro de marfil, 
¡En verdad que es mucho lo asombroso! 
E incluso puede acontecer que los rumores 
de los mortales, habladurías adornadas con abigarradas 
ficciones, trasgrediendo el relato verdadero, 
nos engañen por completo. "

Teognis de Megara, Antología


Teognis de Mégara

Los tiempos cambian

Ah, Cirno, ésta es aún nuestra ciudad, pero es otra su gente.
Los que antes no sabían de leyes ni derechos,
los que cubrían sus flancos con pieles de cabras,
y fuera de esta ciudad, como gamos, pastaban,
ahora son gente de bien, Polipaides; y los nobles de antes
ahora son pobres gentes. ¿Quién puede soportar el ver eso?
Unos a otros se engañan burlándose entre sí,
y desconocen las normas de lo bueno y lo malo.
No te hagas amigo de ninguna de estas personas, Polipaides
de corazón, por grande que sea tu apuro.
Pero de palabra aparenta ser amigo de todos,
y no colabores con nadie en cosas de importancia.
Porque te darás cuenta del talante de esos miserables,
cómo no puede haber confianza ninguna en sus hechos,
sino que aman las trampas, engaños y enredos,
tal como los hombres que no tienen remedio ninguno.

Vv. 53-68  (C. G. G.) (14)

El poeta inmortaliza a su amado

Alas a ti yo te he dado; con ellas el mar infinito
y toda la tierra en un vuelo podrás recorrer
sin fatigas. En todo banquete y festejo presente
te hallarás, albergado en las bocas de muchos.
Y al son de las flautas de tonos agudos los jóvenes -
en rondas de amor, con bellas y suaves tonadas
te citarán. Y cuando a las cavernas de la oscura tierra
desciendas, a las lamentables mansiones del Hades,
ni siquiera entonces, muriendo, te ha de faltar tu gloria,
sino que conservarás entre la gente tu nombre inmortal,
Cirno; y vas a viajar por la tierra de Grecia y las islas,
y a cruzar la incansable alta mar habitada por peces,
sin montarte a lomos de caballos, pues van a llevarte
los espléndidos dones de las Musas de trenzas violeta.
Y para todos aquellos, incluso del mañana, que aprecien el canto,
tú vivirás por igual, en tanto existan la tierra y el sol.
Y, sin embargo, de ti yo no recibo ni un poco de aprecio,
sino que, como a un niño pequeño, me engañas con cuentos.

Vv. 237-54 (C. G. G.) 14

Protesta a Zeus por su injusticia

Querido Zeus, asombrado me tienes. Pues tú a todos
gobiernas con gloria y enorme poder personal.
Bien conoces la mente y el ánimo de uno y otro hombre,
tuyo es el dominio supremo de todas las cosas, oh rey.
¿Cómo, entonces, oh Crónida, decide tu mente otorgar
un mismo destino a los hombres malvados y al justo,
tanto si el ánimo humano se goza en lo recto, o bien
al exceso se da, cumpliendo los hombres injustas acciones?
Nada ha dejado el destino prescrito a los hombres,
ni siquiera un camino a seguir que agradara a los dioses.
No obstante, unos tienen fortuna sin mengua, y otros,
que de acciones malignas apartan su mente, reciben a cambio
pobreza, que es madre de ahogo -por más que practican lo justo-,
y ésta arrastra el ánimo humano al error, y corrompe
en el pecho el pensar bajo el yugo de su ruda violencia,
y a soportar le acostumbra, a su pesar, numerosos ultrajes,
cediendo a la miseria, que es maestra en muchas desdichas,
en mentiras y fraudes y muy lastimosas discordias,
incluso para aquel que se niega. Ya nada encuentra mal.
Porque engendra pobreza esa amarga y dura impotencia.

Vv. 373-392 (C. G. G.) (14J)

Pesimismo

De todas las cosas la mejor es no haber nacido
ni ver como humano los rayos fugaces del sol;
y una vez nacido cruzar cuanto antes las puertas del Hades,
y yacer bajo una espesa capa de tierra tumbado.
Engendrar y criar a un hombre es más fácil que darle
un ánimo noble. Pues nadie aún ha ingeniado tal cosa:
hacer un sensato de un necio y un noble de un malandrín.
Si un dios a los Asclepíadas lo hubiera otorgado,
el curar la maldad y el tortuoso carácter humano,
de eso habrían sacado ganancias cuantiosas y múltiples.
Si la inteligencia de un hombre forjarse e implantarse
pudiera, jamás de un buen padre un mal hijo saldría,
al atender a razones virtuosas. Mas por aprendizaje
nunca harás de un villano un hombre de bien.

Vv. 425-39  (C. G. G.) 14

La Esperanza

La Esperanza es la única diosa que habita entre humanos,
las demás se marcharon, dejándola atrás, al Olimpo.
Se fue la Confianza, gran diosa, se fue de los hombres
la Cordura, y las Gracias, amigo, dejaron la Tierra.
Ya no hay juramentos de fiar entre humanos ni justos,
ni nadie demuestra respeto a los dioses eternos;
se ha extinguido el linaje de hombres piadosos; ahora
ni normas legales conocen ni aún la Piedad.
Mas en tanto uno vive y ve el brillo del sol,
conserve piadoso su fe en la divina Esperanza,
rece a los dioses y, al ofrendarles los grasientos muslos,
en sus sacrificios invoque, al comienzo y al fin, la Esperanza.

Vv. 1135-150 (C. G. G.) 14

Solón de Atenas, Antología poética

Solón de Atenas

Elegía a las Musas

Famosas hijas de Mnemósine y Zeus Olímpico, 
Musas Piéridas, escuchadme cuando os invoco. 
Concedme la felicidad que otorgan los dioses bienaventurados y gozar 
siempre entre todos los hombres de una buena fama; 
ser muy dulce para los amigos, y amargo para los enemigos, 
que mi vista sea para unos objeto de respeto, para otros de temor. 
Si bien deseo tener riquezas, no quiero obtenerlas 
de manera injusta. Más tarde, llega certero el castigo. 
La riqueza que otorgan los dioses, es firme para el hombre 
desde su cimiento más profundo hasta la cima. 
Pero la que buscan los hombres a causa de su insolencia, no viene 
con orden, sino que obedeciendo a las obras injustas, sin querer las sigue 
y rápidamente se mezcla con la desgracia. 
Nace de un pequeño origen, como el del fuego, 
débil primero, incurable termina. 
No duran por cierto mucho tiempo para los mortales 
las obras de la insolencia, 
sino que Zeus vigila el fin de todo y, de repente, 
como  súbitamente dispersa las nubes 
el viento primaveral, que, tras revolver el fondo 
del yermo mar de muchas olas y devastar 
en la tierra productora de trigo las bellas obras, alcanza la alta sede 
de los dioses, el cielo, y nuevamente aclara el día 
y brilla la bella fuerza del sol en la fértil tierra, 
y no hay a la vista ni siquiera una nube. 
Tal es el castigo de Zeus; no contra uno 
como se encoleriza un hombre mortal. 
Nunca le pasa completamente desapercibido el que 
tiene un corazón impío, al final se pone totalmente en evidencia. 
Uno paga de inmediato, el otro, más tarde; a los que huyen 
ellos mismos y no les alcanza el destino de los dioses que se acerca, 
les llega completamente más tarde; inocentes pagan sus actos, 
bien sus hijos, bien la estirpe futura. 
Los mortales juzgamos, de manera semejante el bueno y el malo 
que está bien la opinión que cada uno tiene, 
antes de sufrir algo. Entonces llega el sufrimiento. Hasta ese momento 
sin darnos cuenta gozamos con vanas esperanzas. 
Al que oprimen enfermedades terribles 
piensa que se pondrá sano, 
otro aunque es cobarde cree ser un hombre bueno 
y otro bello, aunque no tiene una agradable figura. 
Si uno carece de fortuna y la pobreza lo oprime 
cree que posee absolutamente mucho dinero. 
Se esfuerza cada uno por otra cosa. Uno vaga por el mar, 
porque desea llevar a casa ganancia en sus naves 
arrastrado de un lado a otro por terribles vientos en el mar 
sin escatimar nada de su vida. 
Otro corta la tierra de muchos árboles cada año y 
trabaja como siervo, a éstos les corresponde el curvo arado. 
Otro aprende la obra de Atenea y Hefesto de mucha técnica 
y recoge su sustento con las manos. 
Otro aprendió de las Musas olímpicas los dones 
y sabe la medida de la sabiduría deseada. 
A otro hizo augur el señor Apolo que actúa de lejos, 
conoce el mal que viene al hombre de lejos 
si lo acompañan los dioses. Contra lo que está destinado 
en absoluto protegen ni un pájaro ni los sacrificios. 
Otros son médicos porque dominan la obra del Peán 
de muchos remedios.  Tampoco para éstos hay un final cierto. 
A menudo un gran dolor nace de una pequeña molestia 
y nadie lo eliminaría por medio de suaves remedios 
En otras ocasiones, cura súbitamente al que tiene 
malas y terribles enfermedades tocándolo con las manos . 
El destino trae a los mortales mal y también bien, 
Llegan a ser regalos inevitables de los dioses inmortales. 
En todas las acciones hay peligros y, cuando algo ha comenzado, 
nadie sabe de qué manera va a estar dispuesto 
El que intenta hacerlo bien cae sin preverlo 
en una gran y difícil desgracia, 
al que lo hace de mala manera, un dios le da en toda ocasión 
una buena fortuna, salvación de su desvarío. 
Ningún límite de la riqueza es evidente para los hombres 
Pues los que de nosotros ahora tienen los mayores bienes, 
se esfuerzan el doble. ¿Quién satisfaría a todos? 
Los dioses entregan a los mortales beneficios, 
pero de ellos surge la desgracia que, cuando Zeus 
la envía a castigar, toca una vez a uno y otra vez a otro 

Para la felicidad

En verdad que por igual son ricos quien tiene mucho oro,
plata y campos de tierra que siembra de trigo,
y caballos y mulos, y quien sólo se ocupa de esto:
 de dar gozo a su vientre su costado y sus pies,
 y disfrutar, si la ocasión se lo ofrece, de una mujer
 o un muchacho en sazón. A su tiempo todo es grato.
 Ese es el colmo de ventura para el hombre. Pues nadie
 con todas sus muchas riquezas se va hacia el Hades,
 ni, ofreciendo rescate, se escapa a la muerte ni a duras
 dolencias ni a la maldita vejez cuando ella acude.

                                            Fragm 14D  (C. G. G.) (14)

Apología personal

 Y yo ¿por qué me retiré antes de conseguir
 aquello a lo que había convocado al pueblo?
 De eso podría atestiguar en el juicio del tiempo
 la madre suprema de los dioses olímpicos
 muy bien, la negra Tierra, a la que entonces
 yo le arranqué los mojones hincados por doquier.
 Antes era esclava, y ahora es libre.
 Y reconduje a Atenas, que por patria les dieron
 los dioses, a muchos ya vendidos, uno justa
 y otro injustamente, y a otros exiliados
por urgente pobreza que ya no hablaban
 la lengua del Atica, de tanto andar errantes.
 Y a otros que aquí mismo infame esclavitud
 ya sufrían, temerosos siempre de sus amos,
los hice libres. Eso con mi autoridad,
combinando la fuerza y la justicia,
lo realicé, y llevé a cabo cuanto prometí.
Leyes a un tiempo para el rico y el pobre,
encjando a cada uno una recta sentencia,
escribí. Si otro, en mi lugar, tiene la vara,
 un tipo malévolo y codicioso de bienes,
no hubiera contenido al pueblo. […]

Fragm 24D (C. G. G.) (14)

Anacreonte, Antología

Anacreonte

Apurando una jarra de vino

Almorcé pellizcando un poco una ligera torta, y apuré una jarra de vino. Ahora suavemente toco la seductora lira festejando a mi querida niña.

Fragm. 69D (C. G. G.) (14)

La roca Leucade

Saltando de nuevo desde la roca de Léucade en el blanco oleaje me sumerjo, ebrio de amor.
     
Fragm. 17D (C. G. G.) (14)

Quejas de Eros

Remonto ahora mi vuelo hacia el Olimpo con alas ligeras para quejarme de Eros. Pues no quiere el niño compartir su juventud conmigo
     
Fragm. 52D (C. G. G.) (14)

Eros, que al ver que mi barba encanece,
entre brisas de sus alas, de reflejos de oro me pasa de largo volando.

Fragm. 34D (C. G. G.) (14)

Amor tardío

Canosas ya tengo las sienes
y blanquecina la cabeza,
pasó ya la juventud graciosa,
y tengo los dientes viejos;
del dulce vivir el tiempo
que me queda ya no es mucho.
Por eso sollozo a menudo,
estoy temeroso del Tártaro.
Pues es espantoso el abismo
del Hades, y amargo el camino
de bajada... Seguro, además,
que el que ha descendido no vuelve.

Fragm. 44D fC. 0. 0.) (14)

La vejez

Echándome de nuevo su pelota de púrpura
Eros de cabellera dorada
me invita a compartir el juego
con la muchacha de sandalias de colores.
Pero ella, que es de la bien trazada Lesbos,
mi cabellera, por ser blanca, desprecia,
y mira, embobada, hacia alguna otra.

Fragm. 5D (C. G. G.) (14)

Safo de Lesbos, Antología

Safo de Lesbos

Himno a Afrodita

Inmortal Afrodita, la de trono pintado,
hija de Zeus, tejedora de engaños, te lo ruego;
no a mí, no me sometas a penas ni angustias
el ánimo, diosa.
Pero acude acá, si alguna vez en otro tiempo,
al escuchar de lejos de mi voz la llamada,
la has atendido y, dejando la áurea morada
paterna, viniste,
tras aprestar tu carro. Te conducían lindos
tus veloces gorriones sobre la tierra oscura.
Batiendo en raudo ritmo sus alas desde el cielo
cruzaron el éter,
y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,
mostrando tu sonrisa en el rostro inmortal,
me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué
de nuevo te invocaba,
y qué con tanto empeño conseguir deseaba
en mi alocado corazón. « ¿A quién, esta vez
voy a atraer, oh querida, a tu amor? ¿Quién ahora,
ay Safo, te agravia?
Pues si ahora te huye, pronto va a perseguirte;
si regalos no aceptaba, ahora va a darlos,
y si no te quería, en seguida va a amarte,
aunque ella resista».
Acúdeme también ahora, y líbrame ya
de mis terribles congojas, cúmpleme que logre
cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra
tú misma mi alíada.

         Fragm. ID  (C. G. G.) (14)

Me parece igual a los dioses

Me parece que es igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti se sienta,
y a tu lado absorto escucha mientras
dulcemente hablas
y encantadora sonríes. Lo que a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.

            Pragm. 2D (C. G. G.) (14)

Lo mejor es lo que uno ama

Dicen unos que un ecuestre tropel, la infantería
otros, y ésos, que una flota de barcos resulta
lo más bello en la oscura tierra, pero yo digo
que es lo que uno ama.
Y es muy fácil hacerlo comprensible a cualquiera.
Pues aquella que mucho en belleza aventajaba
a todos los humanos, Helena, a su esposo,
un príncipe ilustre,
lo abandonó y marchóse navegando hacia Troya,
sin acordarse ni de su hija ni de sus padres
en absoluto, sino que la sedujo Cipris.
También a mí ahora a mi Anactoria ausente
me has recordado.
Cómo preferiría yo el amable paso de ella
y el claro resplandor de su rostro ver ahora
a los carros de guerra de los lidios en armas
marchando al combate.
                Fragm. 27D (C. G. G.) (14)

Luna

Las estrellas en torno a la bella luna también 
oscurecen su rutilante aura al tiempo que 
ella con plenitud alumbra 
sobre toda la tierra... plateada 
               
Fragm. 4D (C. G. G.) (14)

Soledad y noche

Ya se ocultó la luna
y las Pléyades. Promedia
la noche. Pasa la hora.
Y yo duermo sola.

Fragm. 94D (C. G. G.) (14)

Canción de tela

Dulce madre mía, no puedo ya tejer mi tela,
consumida de amor por un joven, vencida por la suave
Afrodita.

Fragm. 114D (C. G. G.) (14)