miércoles, 27 de enero de 2021
Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas
viernes, 15 de enero de 2021
Monólogo de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, en Las mocedades del Cid de Guillén de Castro
estoy. Fortuna: ¿es cierto lo que veo?
¡Tan en mi daño ha sido
tu mudanza, que es tuya, y no la creo!
¿Posible pudo ser que permitiese
tu inclemencia que fuese
mi padre el ofendido -¡extraña pena!-,
y el ofensor el padre de Jimena?
¿Qué haré, suerte atrevida,
si él es el alma que me dio la vida?
¿Qué haré -¡terrible calma!-,
si ella es la vida que me tiene el alma?
Mezclar quisiera, en confianza tuya,
mi sangre con la suya,
¿y he de verter su sangre? ¡Brava pena!
¿Yo he de matar al padre de Jimena?
| Mas ya ofende esta duda | |
| al santo honor que mi opinión sustenta. | 535 |
| Razón es que sacuda | |
| de amor el yugo, y la cerviz exenta | |
| acuda a lo que soy, que, habiendo sido | |
| mi padre el ofendido, | |
| poco importa que fuese ¡amarga pena!, | 540 |
| el ofensor el padre de Jimena. | |
| ¿Qué imagino? Pues que tengo | |
| más valor que pocos años, | |
| para vengar a mi padre | |
| matando al conde Lozano. | 545 |
| ¿Qué importa el bando temido | |
| del poderoso contrario, | |
| aunque tenga en las montañas | |
| mil amigos asturianos? | |
| Y ¿qué importa que en la Corte | 550 |
| del rey de León, Fernando, | |
| sea su voto el primero, | |
| y en guerra el mejor su brazo? | |
| Todo es poco, todo es nada | |
| en descuento de un agravio, | 555 |
| el primero que se ha hecho | |
| a la sangre de Laín Calvo. | |
| Darame el Cielo ventura | |
| si la tierra me da campo, | |
| aunque es la primera vez | 560 |
| que doy el valor al brazo. | |
| Llevaré esta espada vieja | |
| de Mudarra el Castellano, | |
| aunque está bota y mohosa | |
| por la muerte de su amo; | 565 |
| y, si le pierdo el respeto, | |
| quiero que admita en descargo | |
| del ceñírmela ofendido, | |
| lo que la digo turbado: | |
| ¡haz cuenta, valiente espada, | 570 |
| que otro Mudarra te ciñe, | |
| y que con mi brazo riñe | |
| por su honra maltratada! | |
| Bien sé que te correrás | |
| de venir a mi poder, | 575 |
| mas no te podrás correr | |
| de verme echar paso atrás. | |
| Tan fuerte como tu acero | |
| me verás en campo armado; | |
| segundo dueño has cobrado, | 580 |
| tan bueno como el primero. | |
| Pues cuando alguno me venza, | |
| corrido del torpe hecho, | |
| ¡hasta la cruz en mi pecho | |
| te esconderé de vergüenza! |
lunes, 11 de enero de 2021
Parménides. De la naturaleza
Las yeguas que me llevan tan lejos cuanto mi ánimo desearía,
me escoltaban, una vez que al camino descendieron, rico en voces, conduciéndome,
de una deidad, que por todo su trayecto derechamente lleva al hombre que sabe;
por él era llevado, pues por él las yeguas muy atentas me llevaban,
arrastrando el carro, y unas doncellas el camino señalaban.
Y el eje en los bujes emitía un silbido como de flauta,
ardiendo, pues por dos ruedas era impulsado, recubiertas de metal,
desde ambos lados, cuando se apresuraban para escoltar<me>
las hijas del sol abandonando la casa de la noche,
hacia la luz, quitándose de la cabeza con las manos los velos.
Allí está el portal de las rutas de la noche y también del día
y un dintel lo ciñe y un pétreo umbral.
Y el portal mismo, etéreo, está ocupado por <dos> grandes hojas;
de ellas la Indicadora, rica en castigos, tiene las llaves sucesivas.
A ella precisamente, hablando las doncellas con blandas palabras
persuaden hábilmente, que el cerrojo, asegurado con un perno,
sin demora quisiese retirarles del portal; y éste, del vano
una abertura inmensa hizo al abrirse, de puro bronce
los ejes en los casquillos alternadamente haciendo girar,
con espigas y remaches, ajustados. Así pues, a través del mismo
derechamente guiaban las doncellas por la carretera el carro y las yeguas.
Y una diosa benévola me recibió y con su mano <diestra>
mi diestra tomó, y en estos términos habló y me dijo:
Oh joven, que como compañero de cocheros inmortales
y de las yeguas que te llevan, llegas a nuestra morada,
alégrate, porque de ningún modo una parca funesta te envió a recorrer
este camino, que por cierto alejado de la huella de los hombres está,
sino el derecho y la justicia; es necesario empero que todo lo sepas;
por un lado, de la verdad persuasiva el corazón inconmovible,
por otro, las opiniones de los mortales, que no abrigan convicción verdadera;
ello no obstante, también esto aprenderás: cómo lo opinable
hubo de ser reconocido enteramente. Indistinto me es
desde dónde comenzare; allí por cierto de vuelta llegaré otra vez.
lunes, 4 de enero de 2021
Andrés Bello, La oración por todos
I
Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora
de la conciencia y del pensar profundo:
cesó el trabajo afanador y al mundo
la sombra va a colgar su pabellón.
Sacude el polvo el árbol del camino,
al soplo de la noche; y en el suelto
manto de la sutil neblina envuelto,
se ve temblar el viejo torreón.
¡Mira su ruedo de cambiante nácar
el occidente más y más angosta;
y enciende sobre el cerro de la costa
el astro de la tarde su fanal.
Para la pobre cena aderezado,
brilla el albergue rústico; y la tarda
vuelta del labrador la esposa aguarda
con su tierna familia en el umbral.
Brota del seno de la azul esfera
uno tras otro fúlgido diamante;
y ya apenas de un carro vacilante
se oye a distancia el desigual rumor.
Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle,
y la iglesia, y la choza, y la alquería;
y a los destellos últimos del día,
se orienta en el desierto el viajador.
Naturaleza toda gime: el viento
en la arboleda, el pájaro en el nido,
y la oveja en su trémulo balido,
y el arroyuelo en su correr fugaz.
El día es para el mal y los afanes.
¡He aquí la noche plácida y serena!
El hombre, tras la cuita y la faena,
quiere descanso y oración y paz.
Sonó en la torre la señal: los niños
conversan los niños
conversan con espíritus alados;
y los ojos al cielo levantados,
invocan de rodillas al Señor.
Las manos juntas, y los pies desnudos,
fe en el pecho, alegría en el semblante,
con una misma voz, a un mismo instante,
al Padre Universal piden amor.
Y luego dormirán; y en leda tropa,
sobre su cuna volarán ensueños,
ensueños de oro, diáfanos, risueños,
visiones que imitar no osó el pincel.
Y ya sobre la tersa frente posan,
ya beben el aliento a las bermejas
bocas, como lo chupan las abejas
a la fresca azucena y al clavel.
Como para dormirse, bajo el ala
esconde su cabeza la avecilla,
tal la niñez en su oración sencilla
adormece su mente virginal.
¡Oh dulce devoción que reza y ríe!
¡De natural piedad primer aviso!
¡Fragancia de la flor del paraíso!
¡Preludio del concierto celestial!
II
Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,
ruega a Dios por tu madre: por aquella
que te dio el ser, y la mitad más bella
de su existencia ha vinculado en él;
que en su seno hospedó tu joven alma,
de una llama celeste desprendida;
y haciendo dos porciones de la vida,
tomó el acíbar y te dio la miel.
Ruega después por mí, más que tu madre
lo necesito yo... Sencilla, buena,
modesta como tú, sufre la pena,
y devora en silencio su dolor.
A muchos compasión, a nadie envidia,
la vi tener en mi fortuna escasa.
Como sobre el cristal la sombra, pasa
sobre su alma el ejemplo corruptor.
No le son conocidos...¡ni lo sean
a ti jamás! ... los frívolos azares
de la vana fortuna, los pesares
ceñudos que anticipan la vejez;
de oculto oprobio el torcedor, la espina
que punza a la conciencia delincuente,
la honda fiebre del alma, que la frente
tiñe con enfermiza palidez.
Mas yo la vida por mi mal conozco,
conozco el mundo, y sé su alevosía;
y tal vez de mi boca oirás un día
lo que valen las dichas que nos da.
Y sabrás lo que guarda a los que rifan
riquezas y poder, la urna aleatoria,
y que tal vez la senda que a la gloria
guiar parece, a la miseria va.
Viviendo, su pureza empaña el alma,
y cada instante alguna culpa nueva
arrastra en la corriente que la lleva
con rápido descenso al ataúd.
La tentación seduce; el juicio engaña;
en los zarzales del camino, deja
alguna cosa cada cual: la oveja
su blanca lana, el hombre su virtud.
Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo
pocas palabras dirigir te baste;
"Piedad, Señor, al hombre que criaste;
eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón!
Y Dios te oirá que cuál del ara santa
sube el humo a la cúpula eminente,
sube del pecho cándido, inocente,
al trono del Eterno la oración.
Todo tiende a su fin: a la luz pura
del sol, la planta; el cervatillo atado,
a cervatillo atado,
a la libre montaña; el desterrado,
al caro suelo que lo vio nacer;
y la abejilla en el frondoso valle,
de los nuevos tomillos al aroma;
y la oración en alas de paloma
a la morada del Supremo Ser.
Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,
soy como el fatigado peregrino,
que su carga a la orilla del camino
deposita y se sienta a respirar;
porque de tu plegaria el dulce canto
alivia el peso a mi existencia amarga,
y quita de mis hombros esta carga,
que me agobia de culpa y de pesar.
Ruega por mí, y alcánzame que vea,
en esta noche de pavor, el vuelo
de un ángel compasivo, que del cielo
traiga a mis ojos la perdida luz.
Y pura finalmente, como el mármol
que se lava en el templo cada día,
arda en sagrado fuego el alma mía,
como arde el incensario ante la cruz.
III
Ruega, hija, por tus hermanos,
los que contigo crecieron,
y en un mismo seno exprimieron,
y un mismo techo abrigó.
Ni por los que te amen sólo
el favor del cielo implores;
por justos y pecadores,
Cristo en la cruz expiró.
Ruega por el orgulloso
que ufano se pavonea,
y en su dorada librea,
funda insensata altivez;
y por el mendigo humilde
que sufre el ceño mezquino
de los que beben el vino
porque le dejen la hez.
Por el que de torpes vicios
sumido en profundo cieno,
hace aullar el canto obsceno
de nocturna bacanal.
Y por la velada virgen
que en su solitario lecho
con la mano hiriendo el pecho,
reza el himno sepulcral.
Por el hombre sin entrañas,
en cuyo pecho no vibra
una simpática fibra
al pesar y a la aflicción.
Que no da sustento al hambre,
ni a la desnudez vestido,
ni da la mano al caído,
ni da a la injuria perdón.
Por el que en mirar se goza
su puñal de sangre rojo,
buscando el rico despojo,
o la venganza cruel.
Y por el que en vil libelo
destroza una fama pura,
y en la aleve mordedura
escupe asquerosa hiel.
Por el que surca animoso
la mar de peligros, llena;
por el que arrastra cadena,
y por su duro señor.
Por la razón que leyendo,
en el gran libro, vigila;
por la razón que vacila:
por la que abraza el error.
Acuérdate en fin, de todos
los que penan y trabajan;
y de todos los que viajan
por esa vida mortal.
Acuérdate aun del malvado
que a Dios blasfemando irrita.
La oración es infinita:
nada agota su caudal.
IV
¡Hija! reza también por los que cubre
la soporosa piedra de la tumba,
profunda sima adonde se derrumba
la turba de los hombres mil a mil:
abismo en que se mezcla polvo a polvo,
y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja
de que el añoso bosque Abril despoja,
mezclar
la suya otro y otro Abril.
Arrodilla, arrodíllate en la tierra
donde segada en flor yace mi Lola,
coronada de angélica aureola;
do helado duerme cuanto fue mortal;
donde cautivas almas piden preces
que las restauren a su ser primero,
y purguen las reliquias del grosero
vaso, que las contuvo, terrenal.
¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,
y cien apariciones peregrinas,
sacuden retozando tus cortinas:
travieso enjambre, alegre, volador.
Y otra vez a la luz abres los ojos,
al mismo tiempo que la aurora hermosa
abre también sus párpados de rosa,
y da a la tierra el deseado albor.
¡Pero esas pobres almas!...¡si supieras
que sueño duermen!... su almohada es fría;
duro su lecho; angélica armonía
no regocija nunca su prisión.
No es reposo el sopor que las abruma;
para su noche no hay albor temprano;
y la conciencia, velador gusano,
les roe inexorable el corazón.
Una plegaria, un solo acento tuyo,
hará que gocen pasajero alivio,
y de que luz celeste un rayo tibio
logre a su oscura estancia penetrar;
que el atormentador remordimiento
una tregua a sus víctimas conceda,
y del aire, y el agua, y la arboleda,
oigan el apacible susurrar.
Cuando en el campo con pavor secreto
la sombra ves, que de los cielos baja,
la nieve que las cumbres amortaja,
y del ocaso el tinte carmesí:
en las quejas de aura y de la fuente
¿no te parece que una voz retiña?
una doliente retiña?
una doliente voz que dice: "Niña,
cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?"
Es la voz de las almas. A los muertos
que oraciones alcanzan, no escarnece
el rebelado arcángel, y florece
sobre su tumba perennal tapiz.
Más ¡ay! los que yacen olvidados
cubren perpetuo horror, hierbas extrañas
ciegan su sepultura; a sus entrañas
¡árbol funesto enreda la raíz!
Y yo también, (no dista mucho el día)
huésped seré de la morada oscura,
y el ruego invocaré de un alma pura,
que a mi largo penar consuelo dé.
Y dulce entonces me será que vengas,
y para mí la eterna paz implores,
y en la desnuda loza esparzas flores,
simple tributo de amorosa fe.
¿Perdonarás a mi enemiga estrella,
si disipadas fueron una a una
las que mecieron tu mullida cuna
esperanzas de alegre porvenir?
Sí, le perdonarás; y mi memoria
te arrancará una lágrima, un suspiro
que llegue hasta mi lóbrego retiro,
y haga mi helado polvo rebullir.
sábado, 2 de enero de 2021
Charles Algernon Swinburne, poemas
Poemas de Swinburne
El jardín de Proserpina
«Aquí, donde el mundo está en calma,
aquí, donde toda tribulación es un
tumulto de vientos muertos y olas agotadas,
en un dudoso sueño de sueños,
veo crecer los campos verdes,
entre sembradores y cosechadores,
entre la cosecha y la siega,
un mundo de arroyos perezosos.
Estoy cansado de risas y lágrimas,
y de los hombres que lloran y ríen,
del futuro del sembrador y su cosecha.
Estoy cansado de los días y las horas,
de trémulos capullos entre flores estériles,
de deseos y ensueños de gloria,
y de todo, excepto el Sueño.
Aquí, la Vida es vecina de la Muerte,
lejos del oído y la vista
se afanan las olas pálidas y los húmedos vientos;
giran los débiles barcos, y los espíritus
vagan errando con la marea,
sin saber hacia dónde se dirigen sus pasos.
Aquí, esos vientos no soplan,
y, aquí, no crecen esas cosas.
Aquí, no crecen hierbas ni malezas,
flores de brezo o vides;
sino estériles brotes de amapola,
verdes racimos de Proserpina,
blancas vasijas de ondulantes juncos.
Aquí nada florece o colorea,
excepto esta flor,
de la que Ella extrae para los hombres
un néctar mortal.
Aunque uno tuviese la fuerza de siete,
también conocerá la Muerte;
no despertará con alas en el Cielo,
ni lamentará las penas del Infierno.
Aunque fuera hermoso como las rosas,
su belleza se nublará y decaerá;
y por más que en el Amor descanse,
su fin no será bueno jamás.
Pálida, detrás de atrios y pórticos,
coronada de tranquilas hojas,
allí está quien recoge los frutos mortales,
con sus manos blancas e inmortales;
sus labios son más dulces
que los del Amor, que le temen;
más dulces para esos hombres que se confunden,
y llegan cansados de muchas épocas y tierras.
Ella cuida de uno y de otro,
cuida de todos los mortales,
y olvida la Tierra, su madre;
y la vida de los frutos y los vegetales,
y la primavera y los granos,
y las golondrinas que se alejan y la siguen,
allí dónde los cantos helados suenan en falso
y las flores son despreciadas.
Allí van los amores marchitos,
los viejos amores con sus alas cansadas;
y todos los años muertos,
y todos los desastres;
sueños deshechos de días olvidados,
ciegos capullos que la nieve ha arrancado,
hojas secas que el viento se ha llevado,
rojos peregrinos de fuentes arruinadas.
No estamos seguros de la tristeza,
y la alegría nunca fue segura;
el hoy morirá mañana,
y el Tiempo no oye ningún llamado;
y el Amor, débil e indolente,
suspira con labios arrepentidos,
llorando la brevedad de los amores
con los ojos del Olvido.
Por excesivo amor a la vida,
por la esperanza y el temor liberados,
brevemente agradecemos a los dioses,
sin importar quiénes sean,
que la vida no sea eterna,
que nunca los muertos se levanten,
que hasta el río más perezoso
llegue en sus giros al reposo del mar.
Porque entonces las estrellas no nos despertarán,
ni el sol con sus resplandores de luz;
ni el murmullo de las aguas inquietas,
ningún sonido y ninguna visión,
ni hojas estivales ni hojas invernales,
ni días ni cosas diurnas;
sólo un eterno sueño,
en una eterna noche.»
El Mar
Retornaré a ti, madre generosa y dulce,
amante de los hombres, escondida bajo las aguas del mar.
Hasta tus profundidades descenderé, lejos de los hombres,
pugnando por besarte y fundirme a ti,
por asirte en un feroz abrazo.
¡Oh madre hermosa y blanca, que en días pretéritos
naciste sin hermanos ni hermanas!
Haz que mi alma sea libre, como libre es la tuya.
¡Oh bella madre mía, ceñida por verdores,
bajo las aguas del mar, vestida por el sol y la lluvia,
tus besos dulces y resueltos son fuertes como el vino
y tu abrazo, como el dolor, es hondo y vasto!
Sálvame y ocúltame con todas tus olas,
encuentra una tumba para mí entre los miles de sepulcros
helados que albergas en tus profundidades
y que forjaste sin necesidad de los hombres para un mundo más puro.
Dormiré. surcaré tus agua junto a los barcos,
seguiré el curso de tus vientos y mareas,
mis labios harán un festín en la espuma de los tuyos;
contigo he de alzarme y hundirme.
Dormiré, sin preguntarme de dónde eres o adónde vas,
con mis ojos y mis cabellos plenos de vida,
como una rosa colmada hasta los bordes
de brillo, fragancia y orgullo.
Y si esta vestidura mortal, tejida por la noche y el día
alguna vez me fuese arrebatada,
desnudo y contento zarpará hacia tus confines,
lleno de vida, sensible a ti y a tus caminos,
libre del mundo, buscando refugio en tu hogar
engalanado de verdores y coronado por la espuma,
sintiendo el pulso de la vida en tus radas y bahías,
como una vena en el corazón de las corrientes marinas.
El Jardín de Proserpina
Aquí, donde el mundo se acalla;
aquí, donde todas las aflicciones
se agolpan como olas exhaustas,
o como un tumulto de muertas corrientes
en un dudoso sueño de sueños.
Veo crecer las verdes campiñas
entre sembradores y labradores,
en tiempos de cosecha y en tiempos de ciega;
un dormido mundo de arroyos.
Cansado estoy de la alegría y la tristeza,
de los hombres que ríen y lloran,
y del destino que aguarda a sus cosechas.
Los días y las horas me fastidian,
marchitos capullos de flores estériles,
y también los anhelos, poderes y deseos;
dormir, sólo quiero dormir.
Aquí la vida es vecina de la muerte;
lejos de la vista y del oído, en otras regiones,
resuena el sollozo de las olas y de los vientos
empujando al espíritu en frágiles embarcaciones.
A la deriva, sin rumbo fijo.
Mas aquí, del otro lado del mundo,
donde nada florece,
esos vientos no soplan.
Aquí no brotan hierbas ni malezas;
no hay brezos ni vid;
entre débiles juncos donde las hojas no crecen
sólo mustios capullos de amapola,
verdes racimos de Proserpina,
para que ella exprima su vino mortal
y lo entregue a los muertos.
Pálidos, innumerables, sin nombre,
inclinándose en sombríos campos de mieses
durante toda la noche,
esos muertos, como almas tardías,
no acunadas en cielo o infierno alguno,
abatidas por la neblina y las tinieblas,
buscan el brillo de una luz
que los aleje para siempre de las sombras.
Mas por fuerte que sea nuestra vida
también algún día habremos de morir.
Y no seremos ángeles, si ascendemos al cielo,
ni sufriremos dolores, si caemos al infierno.
Pero la belleza que hay en nosotros
habrá de nublarse hasta perecer
y nuestro amor, ya en reposo, tocará su fin.
Allí está ella, detrás de atrios y pórticos,
coronada de yermas hojas,
recogiendo toda cosa mortal
que llegue hasta sus frías e inmortales manos.
Allí está ella, temida por el amor
a quien supera en dulzura,
acercando sus labios
a tantos hombres de tierras y tiempos diversos.
A la espera de todos nosotros,
nacidos para morir,
ella nos hace olvidar esta tierra, nuestra madre,
y la vida de los frutos y las mieses.
La primavera, las semillas y las golondrinas
emprenden vuelo y la siguen,
allí donde el canto del verano se ahueca
y la vida se aleja.
Allá van los amores marchitos,
los viejos amores con sus alas cansadas,
y los años perdidos y las cosas deshechas.
Moribundos sueños de inhóspitos días,
ciegos capullos arrancados por la nieve,
hojas salvajes arrastradas por el viento,
sangrientos extravíos de arruinadas primaveras.
Ni las tristezas ni las alegrías son seguras;
el presente ha de morir en el mañana
y nada hay que pueda doblegar el señorío del tiempo.
El corazón, decaído y displicente, suspira acongojado;
sus ojos abatidos y olvidadizos
gimen la brevedad del amor.
Por grande que sea nuestro apego a la vida,
buscamos liberamos de esperanzas y temores;
por eso agradecemos a los dioses,
no importa quiénes sean,
que la vida no dure para siempre,
que nada perturbe el dormir de los muertos,
que hasta el río menos generoso
haya siempre de retornar al mar.
Porque entonces no habrá estrellas ni soles
ni cambios de luz que puedan despertarnos;
no habrá aguas que se agiten tumultuosamente
ni sonidos ni visiones;
tampoco habrá días, estaciones, o seres luminosos;
sólo un eterno sueño
en una eterna noche.
Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire
¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,
oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?
Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar
o una filipéndula, germinando lentamente,
de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer
antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.
Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío
regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por
el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces
espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.
Orgulloso y sombrío
palpitabas en el abismo profundo del cielo;
tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,
al sollozo del mar en agrestes promontorios,
al estéril beso de las olas,
al rumor incierto de la tumba de Leucadia,
con sus hondos cantos.
Ah, el beso yerto y salado del mar,
el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,
acosándonos y derribándonos,
como ciegos dioses que ignoran la misericordia.
Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,
quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,
amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,
desnudos ante tu ojo escrutador
que se abría en medio del aire viciado de la noche.
Toscas cosechas en tiempos de lascivia:
pecado sin forma, placer sin palabra.
Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños
y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.
En cada rostro viste la sombra
de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.
Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;
el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,
¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!
Ahora los dioses, hambrientos de muerte,
alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.
El amor no puede equivocarse
entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,
allí donde hay labios que nunca se abrirán.
El alma se escurre del cuerpo
y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,
como el rocío cuando cae desde las campánulas.
Es suficiente: el principio y el fin
son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.
Oh mano separada del amigo incondicional,
sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.
Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias
sólo hojas muertas y un poco de polvo.
Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,
los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,
cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.
Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;
dormir, dormir para ver la luz.
Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;
sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.
Quizá has encontrado tu lugar
entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,
reclamando de ti hondas visiones
bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,
de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,
con todo el peso de sus cabellos
cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino
donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.
¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?
Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles
capullos has encontrado sembrados en la penumbra?
¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo
una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?
¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?
¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?
¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,
allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?
Ah, mi volátil canción se desvanece
ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,
tú, veloz como ninguno.
Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa
de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,
cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.
Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas
que caen desde ojos acongojados,
que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.
Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.
Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;
lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.
¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?
¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?
Fantasías, deseos,
o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.
Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.
Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,
mortecina luz que cae desde cielos remotos
cuando el oído está sordo
y la mirada se nubla.
Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo
te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo
un destello del triste sonido tu alma,
la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado
en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe
mi espíritu de la comunión con tus versos.
Estos recuerdos y estas melodías
que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;
las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,
con mis manos prestas a ceñir,
con mis oídos atentos al vago clamor
de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.
Yo soy uno de ellos, avanzando
ante hogueras que arden, apilada la tierra,
ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,
haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,
sin plegarias ni alabanzas,
brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,
que de miel y esencias están sembradas mis tierras
mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.
Como Orestes, deposité en tu sepulcro
un rizo de mi cabello desgreñado.
No hay manos capaces de traicionarte,
oh rey de cabeza encogida,
pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.
Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.
Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres
escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas
en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.
Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;
pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,
las más altas musas de todos los tiempos
gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.
Así, aun cuando aquí entre nosotros
Dios esconda su sagrada fuerza
y apague su luz
sin manifestar su música y su poder
con el suave ardor de canciones sonoras,
quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo
y nutrirlos con su agrio aliento.
Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.
Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor
al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento
así como al nuestro lo sacia con fama.
Y ahora, en el ocaso de tu alma,
el dios de todos los soles y canciones se inclina
para unir sus laureles con tu corona de cipreses.
Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.
Sabiendo todo lo que fuiste y eres,
compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,
lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos
y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros
tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,
y sobre tu yerta cabeza
deposita un último trazo de luz.
Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,
abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,
llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,
la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada
por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro
la divina risa de la antigua Grecia.
Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:
tú también te postraste a su carne,
por ella entonaste plegarias
y te apartaste hacia una tierra desconocida
mientras ardían las sombras del Infierno.
Sé que ninguna corona brotará de estas flores;
que ningún saludo atraerá la luz.
Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,
los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.
No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada
por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,
despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.
Mas no por ello dejaré de hacer música para ti
cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.
Así al menos depositaré un cetro
en el relicario donde moran tus sueños.
Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.
Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,
pues a no mucho más puede aspirar el hombre.
Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,
flores urdidas en el sigilo y la sombra;
en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,
en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.
Tú, con el corazón lleno de esperanza,
desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;
pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte
que a todos habrá de alcanzarnos
cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.
Para ti, hermano mío,
alma sumergida en el silencio.
Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.
Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.
La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;
de sus entrañas brota la tristeza
y en medio de sus pechos asoma una tumba.
Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;
Ahora descansas en paz, sin turbulencias
ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.
Vaya este canto para ti, querido hermano,
sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,
solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.
Antes del Ocaso
Antes que la noche se abrace a la tierra
la luz crepuscular del amor declina en el cielo.
Antes que al miedo le sea posible sentir temblores o escalofríos,
la luz crepuscular del amor declina en el cielo.
Cuando el insaciable corazón murmura entre lamentos
"o es demasiado o es poco",
y la boca sedienta tardíamente se abstiene.
Blandas, deslizándose por el cuello de cada amante,
las manos del amor sostienen secretamente la brida;
y mientras buscamos en él la señal esperada,
su luz crepuscular declina en el cielo.
Fragmentos de Atalanta en Calidon
Mirad a los dioses: no aman la justicia más que el destino;
lastiman la boca del noble y la boca del impío;
sangre corrupta dejan correr por las venas del hombre devoto;
mancillan el labio del santo y el labio del traidor.
Oh Dios, supremo mal,
todos estamos contra ti, contra ti, Oh Dios.
Con la espada y la vara nos recoges;
nos cubres de sombras apilando la hierba;
el destino debe cumplirse para oscurecer el rostro
del hombre ante ti, oh Dios
Fugaz y débil es el amor, ciego como una llama;
enmascarado por la risa, oculta lágrimas y deseos;
a su lado camina un hombre y una doncella.
Una doncella en cuyos ojos todo goce se apaga
cuando los capullos encienden su aliento nupcial.
A él lo bautizan bajo el nombre del Destino;
su amada no es otra que la muerte...
Oh madre soñadora,
¿podrás cubrirme
con todos tus anhelos, cálidos como el sol,
cuando yo me sumerja en lo oscuro, como una sombra entre las sombras
y solloce entre arroyos insalvables?
Tristeza
Tristeza, alado ser que recorres el mundo,
Aquí y allí, a través del tiempo, pidiendo reposo,
Si reposo es acaso la dicha que la tristeza reclama.
Un pensamiento yace cerca de su corazón,
Profunda pena de voluptuoso calor,
Una hierba seca en el río creciente,
Una lágrima roja que recorre la corriente.
Corazones que cortan las cadenas,
El vínculo de ayer será el olvido de mañana,
Todas las cosas de este mundo pasarán,
pero nunca la tristeza.
Amor y sueño
Tendida y dormida entre caricias nocturnas
vi a mi amor inclinarse sobre mi triste lecho,
pálida como el fruto y la hoja del lirio más oscuro,
rasa, despojada y sombría, con el cuello desnudo, listo para ser mordido,
demasiado blanca para el rubor y demasiado ardiente para estar inmaculada,
pero del color perfecto, ausente de blanco y rojo.
Y sus labios se entreabrieron tiernamente, y dijo
-en una sola palabra- placer.Y toda su cara era miel para mi boca,
y todo su cuerpo era alimento para mis ojos;
Sus largos y aéreos brazos y sus manos más ardientes que el fuego
sus extremidades palpitando, el olor de su cabello austral,
sus pies ligeros y brillantes, sus muslos elásticos y generosos
y los brillantes párpados daban deseo a mi alma.
Antes del ocaso
El amor crepuscular declina en el cielo
Antes que la noche descienda sobre la tierra
Antes de que miedo sienta del frío su hierro,
El crepúsculo del amor se desvanece en el cielo.
Cuando el insaciable corazón susurra entre lamentos
«o es demasiado o es poco»,
y los labios se abstienen tardíamente resecos,
Blandas, bajando por el cuello de cada amante,
las manos del amor sostienen su rienda secreta;
y mientras buscamos en él una señal concreta,
su luz crepuscular se desgarra en el cielo.
El laúd y la lira
Un deseo profundo, que penetra en el corazón y en la raíz del espíritu,
Encuentra su voz reluctante en versos que añoran, como brasas ardiendo;
Tomando su voz exultante cuando la música persigue en vano un
Profundo deseo.
Lacerante mientras arde la pasión de la rosa cuyos pétalos respira,
Fuerte mientras crece el anhelo de los capullos por las frutas,
Suena el secreto tácito agotando su profundo tono.
Desciende el arrebato que poseía el suave laúd del amor;
Desciende la palpitación del triunfo de la lira:
Todavía el alma se siente quemar, una llama desatada aunque silenciosa
En su profundo deseo.
Poeta Loquitur
Si una persona acaso concibe la opinión
de que mis versos son material apropiado,
o que también mi musa tiene una pluma en su ala,
no por ello ese juicio deja de ser banal.
Mi lógica, política, ¡mi libre pensamiento!
no tienen más valor que tres saltos de una mosca,
y las ideas mas huecas que pensarse pudieran
son las mías en la mar.
Dentro de un laberinto de murmullo monótono
donde la razón yerra por la rima arruinada,
en una voz que no es más seria ni más firme
que las sonajas que hay en el gorro de un loco,
un hombre reflexivo en parte pretencioso,
poseedor de una musa que es preciso arrancar,
hace que lengua y métrica se vuelvan ofensivas
con rimas para el viento.
Una tirada larga cual procesión de frases
con primor ataviada, aunque sensual y noble,
se abalanza y decanta predicando alabanzas
en una canallesca batalla por la rima,
reflejada en empuje de la tinta en mis páginas:
pero el lector que debe de estar desesperado
se imagina que yo soy uno de los sabios
que dirige el timón por los mares del tiempo.
Las locas mezcolanzas de afrancesados restos
con insultos al credo de doctrinas cristianas,
la cegata blasfemia, la mofa infantil, todas
me alaban cual si fuera un genuino zoquete.
Me concibo a mí mismo obviamente como a alguien
cuya audiencia no puede jamás disminuir
mas la tarea del párvulo tiene que ser extraña
si su maestro es el viento.
Veo como en mis poemas, con encantador éxtasis
me golpea la tormenta, me acaricia y escuece:
mas rara vez soy ave que tú atrapar pudieras
a campo abierto en fronda de cosas similares.
Prefiero así estar fuera del alcance del daño
cuando la tempestad hace temblar los árboles,
y el viento gracias a su movimiento invencible
vuelve en jabón la mar.
Con firmeza aguantando los andrajos ajenos,
de quien antes que yo mejor lo hizo, trato
de poder verlos como mis hermanas y hermanos,
aun cuando yo sepa cuán bajo es mi nivel.
¡Me hace gritar la simple mirada de una iglesia,
cual chiquillo pateado en partido de fútbol!
¡Mas la causa se pasa ayudando al que cree
que el viento es su evangelio!
Cualquier marca genuina, roja, pasado pálido
está cubierta siempre por hechos condenables;
pero el dulce y materno misterio del futuro
se manifiesta libre de coronas y credos.
La verdad alborea en la ruina del tiempo,
sonora, franca, drástica, aromática y libre:
y aparentemente todo ello es la obra
del viento en la mar.
Suele adular la fama ante el engreimiento
cuya arboladura es flagrantemente fina:
y no es ni necesario tener que mencionar
que es este el lugar que a mí me corresponde.
Algunos rimadores transigen complacientes,
aunque pecaminosos, pecan altruistamente:
mas los que ser podrían mis maléficos versos
nada son sino viento.
[Para que la franqueza se pavonee y dibuje
de una forma más chusca que lo hace el escolar,
para sentirse atraído por sus brillantes próceres,
mientras él va ondeando la bandera de un tonto,
puede a mí parecerme el deber de un poeta,
¿pero en qué lugar fuera de Bedlam se halla aquél
que pueda imaginarse que al luchar por mostrarlo
no estoy ya en la mar?].
[Puedo pensar lograr el honor y la gloria
a la velocidad del cometa de una estrella,
difamando a la Musa de un poeta laureado,
o denunciando acaso las correrías de un Zar.
Mas esos rimadores risueños son útilmente
(como dicen los niños en el fútbol) pateados,
cuando su Musa ya -lo harán esas hetairas-
navegue junto al viento].
Poeta Loquitur
If a person conceives an opinion
That my verses are stuffthat will wash,
Or my Muse has one plume on her pinion,
That person’s opinion is bosh.
My philosophy, politics, free-thought!
Are worth not three skips of a flea,
And the emptiest of thoughts that can be thought
Are mine on the sea.
In a maze of monotonous murmur
Where reason roves ruined by rhyme,
In a voice neither graver nor firmer
than the bells on a fool’s cap chime,
a partly pretentiously pensive,
with a Muse that deserves to be skinned,
makes language and metre offensive
with rhymes of the wind.
A perennial procession of phrases
Pranked primly, though pruriently prime,
Precipitates preaching on praises
In a ruftianly riot of rhyme
Through the pressure of print on my pages:
But reckless the reader must be
Who imagines me one of the sages
hat steer through Time’s sea.
Mad mixtures of Frenchified offal
With insults to Christendom’s creed,
Blind blasphemy, schoolboylike scoff, all
These blazon me blockhead indeed.
I conceive myself obviously some one
Whose audience will never be thinned
But the pupil must needs be a rum one
Whose teacher is wind.
In my poems, with ravishing rapture
Storm strikes me and strokes me and stings:
But I’am scarcely the bird you might capture
Our of doors in the thick of such things.
I prefer to be well out of harm’s way
Whem tempests makes tremble the tree,
And the wind with omnipotent arm-sway
Makes soap of the sea.
Hanging hard on the rent rags of others,
Who before me did better, I try
To believe them my sisters and brothers,
Though I know what a low lot am I.
The mere sight of a church sets me yelping
Like a boy that at football is shinned!
But the cause must indeed be past helping
Whose gospel is wind!
All the pale past’s red record of history
Is dusty with damnable deeds;
But the future’s mild motherly mystery
Peers pure of all crowns and all creeds.
Truth dawns on time’s resonant ruin,
Frank, fulminant, fragrant and free:
And apparently this is the doing
Of wind on the sea.
Fame flatters in front of pretension
Whose flagstaff is flagrantly fine:
And it cannot be needful to mention
That such beyond question is mine.
Some singers indulging in curses,
Though sinful, have splendidly sinned:
But my would-be maleficent verses
Are nothing but wind.
[For freedom to swagger and scribble,
In a style that’s too silly for school,
At the heels of his betters to nibble,
While flaunting the flag of a fool,
May to me seem the part of a poet,
But where out of Bedlain is he
Who can think that in struggling to show it
I am not at sea?].
[l may think to get honour and glory at
The rate of a comet of a star,
By maligning the Muse of a Laureate,
Or denouncing the deeds of a Czar.
But such rollicking rhymesters get duly
(As schoolboys at football say) shinned,
When their Muse, as such trollops will truly:
Sails too near the wind].
Traducción de Miguel Angel García Peinado (Universidad de Córdoba).