miércoles, 27 de enero de 2021

Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

 Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, y a que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso. 

 HISTORIA

 Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.

viernes, 15 de enero de 2021

Monólogo de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, en Las mocedades del Cid de Guillén de Castro

                         Suspenso, de afligido,
                    estoy. Fortuna: ¿es cierto lo que veo?
                    ¡Tan en mi daño ha sido
                    tu mudanza, que es tuya, y no la creo!
                    ¿Posible pudo ser que permitiese
                    tu inclemencia que fuese
                    mi padre el ofendido -¡extraña pena!-,
                    y el ofensor el padre de Jimena?

                        ¿Qué haré, suerte atrevida,
                    si él es el alma que me dio la vida?
                    ¿Qué haré -¡terrible calma!-,
                    si ella es la vida que me tiene el alma?
                    Mezclar quisiera, en confianza tuya,
                    mi sangre con la suya,
                    ¿y he de verter su sangre? ¡Brava pena!
                    ¿Yo he de matar al padre de Jimena?

  Mas ya ofende esta duda
al santo honor que mi opinión sustenta.535
Razón es que sacuda
de amor el yugo, y la cerviz exenta
acuda a lo que soy, que, habiendo sido
mi padre el ofendido,
poco importa que fuese ¡amarga pena!,540
el ofensor el padre de Jimena.

    ¿Qué imagino? Pues que tengo
más valor que pocos años,
para vengar a mi padre
matando al conde Lozano.

545
¿Qué importa el bando temido
del poderoso contrario,
aunque tenga en las montañas
mil amigos asturianos?

Y ¿qué importa que en la Corte550
del rey de León, Fernando,
sea su voto el primero,
y en guerra el mejor su brazo?

Todo es poco, todo es nada
en descuento de un agravio,555
el primero que se ha hecho
a la sangre de Laín Calvo.

Darame el Cielo ventura
si la tierra me da campo,
aunque es la primera vez560
que doy el valor al brazo.

Llevaré esta espada vieja
de Mudarra el Castellano,
aunque está bota y mohosa
por la muerte de su amo;

565
y, si le pierdo el respeto,
quiero que admita en descargo
del ceñírmela ofendido,
lo que la digo turbado:

    ¡haz cuenta, valiente espada,570
que otro Mudarra te ciñe,
y que con mi brazo riñe
por su honra maltratada!

    Bien sé que te correrás
de venir a mi poder,575
mas no te podrás correr
de verme echar paso atrás.

    Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
segundo dueño has cobrado,580
tan bueno como el primero.

    Pues cuando alguno me venza,
corrido del torpe hecho,
¡hasta la cruz en mi pecho
te esconderé de vergüenza!

lunes, 11 de enero de 2021

Parménides. De la naturaleza

 Las yeguas que me llevan tan lejos cuanto mi ánimo desearía,

me escoltaban, una vez que al camino descendieron, rico en voces, conduciéndome,

de una deidad, que por todo su trayecto derechamente lleva al hombre que sabe;

por él era llevado, pues por él las yeguas muy atentas me llevaban,

arrastrando el carro, y unas doncellas el camino señalaban.

Y el eje en los bujes emitía un silbido como de flauta,

ardiendo, pues por dos ruedas era impulsado, recubiertas de metal,

desde ambos lados, cuando se apresuraban para escoltar<me>

las hijas del sol abandonando la casa de la noche,

hacia la luz, quitándose de la cabeza con las manos los velos.

Allí está el portal de las rutas de la noche y también del día

y un dintel lo ciñe y un pétreo umbral.

Y el portal mismo, etéreo, está ocupado por <dos> grandes hojas;

de ellas la Indicadora, rica en castigos, tiene las llaves sucesivas.

A ella precisamente, hablando las doncellas con blandas palabras

persuaden hábilmente, que el cerrojo, asegurado con un perno,

sin demora quisiese retirarles del portal; y éste, del vano

una abertura inmensa hizo al abrirse, de puro bronce

los ejes en los casquillos alternadamente haciendo girar,

con espigas y remaches, ajustados. Así pues, a través del mismo

derechamente guiaban las doncellas por la carretera el carro y las yeguas.

Y una diosa benévola me recibió y con su mano <diestra>

mi diestra tomó, y en estos términos habló y me dijo:

Oh joven, que como compañero de cocheros inmortales

y de las yeguas que te llevan, llegas a nuestra morada,

alégrate, porque de ningún modo una parca funesta te envió a recorrer

este camino, que por cierto alejado de la huella de los hombres está,

sino el derecho y la justicia; es necesario empero que todo lo sepas;

por un lado, de la verdad persuasiva el corazón inconmovible,

por otro, las opiniones de los mortales, que no abrigan convicción verdadera;

ello no obstante, también esto aprenderás: cómo lo opinable

hubo de ser reconocido enteramente. Indistinto me es

desde dónde comenzare; allí por cierto de vuelta llegaré otra vez.

Ea pues, de ellas te hablaré – cuídate tú, en tanto, del relato al escuchar<lo> –,
<de> cuáles vías únicas de la indagación hay para inteligir:
por un lado, cómo es, y también, cómo no es, no debe ser;
de la persuasión es el camino, pues <ella> acompaña a la verdad.
Por otro, cómo no es, y también, cómo es necesario, no debe ser;
esta vía, en efecto, te prevengo que es un sendero enteramente privado de persuasión,
porque ni conocerías lo que no es, pues ni <esto> es factible,
ni podrías mostrarlo. Ello mismo, pues, ha de inteligir<se>y ha de ser.
Necesario <es> esto: declarar e inteligir que “lo que es” es, pues tiene que ser.
Y lo que no es, no es; tales cosas considerar te ordeno;
pues de este primer camino de la indagación te <aparto>,
pero también de este otro, por el que los mortales que nada saben
yerran bicéfalos, pues la perplejidad en sus
pechos conduce una inteligencia errante, y ellos son arrastrados
aturdidos y cegatos a la vez, atolondrados, muchedumbre sin decisión,
para quienes esto: ser y no, es reputado ser lo mismo
y no lo mismo; y para todas las cosas una vía hay de sentido contrario.

Contempla cómo estando ausentes, para el intelecto están presentes con firmeza,
pues <éste> no dividirá “lo que es” para apartarlo de “lo que es”,
ni hallándose disperso por doquier, completamente, según un orden,
ni hallándose reunido

Pues jamás esto se impondrá: que es, “lo que no tiene que ser”,
pero tú de este camino de la indagación aparta la intelección;
y que la costumbre por camino tan trillado como éste no te arrastre,
para apacentar ciegos ojos y retumbantes oídos
y lengua, juzga empero con el raciocinio la muy polémica invectiva
dicha por mí; pero ya tan sólo un relato acerca del camino
queda.

Un solo relato ya, por tanto, acerca del camino
queda, <el que dice> “cómo es”; a lo largo del cual signos hay,
muy numerosos, conviene a saber, que siendo inengendrado es también indestructible,
íntegro, único y también inmóvil y además perfecto.
Ni fue alguna vez ni será, puesto que ahora es a la vez todo,
uno, continuo; pues, ¿cuál nacimiento buscaríasle?
¿cómo, desde dónde habría crecido? Y no permito que digas ni pienses
que de “lo que no debe ser”, pues ni decible ni inteligible
es cómo no es. ¿Y qué necesidad lo haría surgir
más tarde o más temprano, desde la nada naciendo, para ser?

Así pues, o que completamente sea necesario es, o que no sea en absoluto.
Ni de “lo que no debe ser” jamás admitirá la fuerza de la convicción
que se genere algo junto a ello, por lo cual ni generarse
ni corromperse permite la Indicadora aflojando los grillos,
sino que los mantiene <con firmeza>, y la decisión acerca de esto descansa en lo siguiente:
es o no es. Y ha sido decidido, en efecto, como era necesario,
abandonar al uno por ininteligible, por oscuro, pues un camino
verdadero no es, de suerte que el otro es, y es auténtico.
¿Cómo entonces podría llegar a ser, siendo? ¿Cómo podría nacer?,
pues si nació no es, ni tampoco <es> si alguna vez hubiese de ser.
Así pues, la generación está extinguida e incognoscible es la destrucción.
Ni es diferenciable <“lo que es”, en partes constitutivas>, pues es enteramente uniforme
ni en algo <es>, por un lado, más – esto le impediría mantener su continuidad <consigo mismo>
ni en algo menos. Todo lleno está de “lo que es”;
por esto es completamente continuo, pues “lo que es” se encuentra con “lo que es”.
Por otra parte, inmóvil en las ataduras de fuertes lazos,
es carente de principio, carente de fin <en el tiempo>, pues la generación y la destrucción
muy lejos fueron rechazadas; las repelió, en efecto, la convicción verdadera.
Lo mismo y permaneciendo en lo mismo, por sí mismo también reposa
y así firmemente en su lugar permanece; pues la poderosa necesidad
del borde con los lazos lo sujeta, que en derredor lo ciñe,
porque no es lícito que “lo que es” imperfecto sea,
pues de nada carece, de lo contrario de todo carecería.
Y esto mismo <“lo que es”> ha de ser inteligido y también por ello hay intelección,
pues fuera de “lo que es”, en donde revelado está,
no encontrarás el inteligir; pues nada hay o habrá
además de “lo que es”, porque la parca lo ató
para que íntegro e inmóvil fuese; de modo que nombres todos serán,
cuantos los mortales aprestaron para sí, persuadidos de que son verdaderos,
<conviene a saber>: nacer y perecer, ser y no <ser>,
y cambiar de lugar y el brillante color variar.
Además, puesto que tiene un límite último, perfecto es
por doquier, a la masa semejante de una esfera bien redonda,
desde el centro igual en fuerza en toda dirección. Pues ello ni mayor
ni menor es necesario que sea, acá o allá.
Pues nada hay en absoluto que le impidiese haber alcanzado
la uniformidad <consigo>, ni es tampoco de modo que, de lo que es, hubiera
por acá más, por allá menos, puesto que es enteramente inviolable.
Pues <siendo> consigo por doquier igual, igualmente con sus límites toca.
Con esto concluyo para ti el discurso cierto y la intelección
acerca de la verdad; las opiniones mortales, tras esto,
aprende, el orden engañoso de mis palabras escuchando.
Pues <los mortales> dos formas establecieron para nombrar (dos) conocimientos
– de las cuales una sola no es válida –, en lo que están errados,
y como opuestos escogieron en cuanto al cuerpo y signos pusieron
separados unos de otros: por un lado, el fuego etéreo de la llama,
que es suave, muy ligero, para sí mismo en toda dirección lo mismo,
pero para con lo otro, no lo mismo; por otra parte, también aquello <que> por sí mismo
los <caracteres> opuestos <tiene>: noche ignara, cuerpo compacto y pesado.
Yo esta disposición [del cosmos] por enteramente adecuada te declaro,
de tal suerte que jamás ninguno de los mortales en conocimiento te sobrepuje.

Y conocerás también tanto la naturaleza etérea como en el éter todas
las señales, esto es, de la pura, de la del radiante sol
antorcha las obras cegadoras, y desde dónde surgieron,
y las obras migratorias entenderás de la luna redonda como un ojo
y su naturaleza, y conocerás también del cielo que todo lo ciñe,
de dónde surgió y también cómo, guiándolo, lo ató la necesidad
para que gobernase las estrellas.

...cómo la tierra y el sol y también la luna
y el éter común y la vía láctea y el olimpo
extremo y también de los astros el ardiente vigor comenzaron
a nacer...

Sin embargo, una vez que todo luz y noche fue llamado,
y estas <cosas> según sus virtudes propias a éstos y a estos otros <fueron atribuidas>,
todo lleno está a la vez de luz y de noche invisible;
de ambas por igual, puesto que a ninguna de ambas nada pertenece

Pues las más estrechas se llenaron de fuego sin mezcla,
y las de más allá de éstas, de noche, y entre medio de fuego se lanza una parte;
y en medio de todo esto la demonio, que todo lo gobierna,
pues por doquier el aborrecible nacimiento y la mezcla inicia
enviando hacia el macho la hembra para aparearse y, por otra parte, lo contrario,
el macho hacia la hembra


Antes a Eros concibió que a ninguno de los dioses todos.

...brillando nocturna, en torno a la Tierra deambulando, una luz extranjera

... sin cesar mirando hacia los rayos del sol

...enraizada en el agua (sc. la tierra)

Pues así como en cada ocasión se comporta la mezcla de los miembros errantes,
así el pensamiento a los hombres se les presenta; pues lo mismo
es lo que piensa, la naturaleza del cuerpo para los hombres,
para todos y para cada cual; pues lo preponderante es el pensamiento.

...en el lado derecho muchachos, en el izquierdo muchachas.


Cuando la hembra y el varón de Venus a un tiempo las simientes mezclan,
conformando en las venas una fuerza de sangres diversas <nacida>,
<y> preservando la armonía, cuerpos bien constituidos modela.
Pues si las fuerzas, habiéndose mezclado la simiente, luchan
y no se vuelven una en el cuerpo mezclado, terribles
al sexo naciente atormentarán con doble simiente.

Así ciertamente, según la opinión, surgieron estas cosas y ahora son,
y luego, tras eso, acabarán, habiendo sido;
y a estas cosas un nombre los hombres pusieron, signo distintivo a cada cual.

lunes, 4 de enero de 2021

Andrés Bello, La oración por todos

 I


Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora

de la conciencia y del pensar profundo:

cesó el trabajo afanador y al mundo

la sombra va a colgar su pabellón.

Sacude el polvo el árbol del camino,

al soplo de la noche; y en el suelto

manto de la sutil neblina envuelto,

se ve temblar el viejo torreón.

¡Mira su ruedo de cambiante nácar

el occidente más y más angosta;

y enciende sobre el cerro de la costa

el astro de la tarde su fanal.

Para la pobre cena aderezado,

brilla el albergue rústico; y la tarda

vuelta del labrador la esposa aguarda

con su tierna familia en el umbral.

Brota del seno de la azul esfera

uno tras otro fúlgido diamante;

y ya apenas de un carro vacilante

se oye a distancia el desigual rumor.

Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle,

y la iglesia, y la choza, y la alquería;

y a los destellos últimos del día,

se orienta en el desierto el viajador.

Naturaleza toda gime: el viento

en la arboleda, el pájaro en el nido,

y la oveja en su trémulo balido,

y el arroyuelo en su correr fugaz.

El día es para el mal y los afanes.

¡He aquí la noche plácida y serena!

El hombre, tras la cuita y la faena,

quiere descanso y oración y paz.

Sonó en la torre la señal: los niños

conversan los niños

conversan con espíritus alados;

y los ojos al cielo levantados,

invocan de rodillas al Señor.

Las manos juntas, y los pies desnudos,

fe en el pecho, alegría en el semblante,

con una misma voz, a un mismo instante,

al Padre Universal piden amor.

Y luego dormirán; y en leda tropa,

sobre su cuna volarán ensueños,

ensueños de oro, diáfanos, risueños,

visiones que imitar no osó el pincel.

Y ya sobre la tersa frente posan,

ya beben el aliento a las bermejas

bocas, como lo chupan las abejas

a la fresca azucena y al clavel.

Como para dormirse, bajo el ala

esconde su cabeza la avecilla,

tal la niñez en su oración sencilla

adormece su mente virginal.

¡Oh dulce devoción que reza y ríe!

¡De natural piedad primer aviso!

¡Fragancia de la flor del paraíso!

¡Preludio del concierto celestial!


II


Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,

ruega a Dios por tu madre: por aquella

que te dio el ser, y la mitad más bella

de su existencia ha vinculado en él;

que en su seno hospedó tu joven alma,

de una llama celeste desprendida;

y haciendo dos porciones de la vida,

tomó el acíbar y te dio la miel.

Ruega después por mí, más que tu madre

lo necesito yo... Sencilla, buena,

modesta como tú, sufre la pena,

y devora en silencio su dolor.

A muchos compasión, a nadie envidia,

la vi tener en mi fortuna escasa.

Como sobre el cristal la sombra, pasa

sobre su alma el ejemplo corruptor.

No le son conocidos...¡ni lo sean

a ti jamás! ... los frívolos azares

de la vana fortuna, los pesares

ceñudos que anticipan la vejez;

de oculto oprobio el torcedor, la espina

que punza a la conciencia delincuente,

la honda fiebre del alma, que la frente

tiñe con enfermiza palidez.

Mas yo la vida por mi mal conozco,

conozco el mundo, y sé su alevosía;

y tal vez de mi boca oirás un día

lo que valen las dichas que nos da.

Y sabrás lo que guarda a los que rifan

riquezas y poder, la urna aleatoria,

y que tal vez la senda que a la gloria

guiar parece, a la miseria va.

Viviendo, su pureza empaña el alma,

y cada instante alguna culpa nueva

arrastra en la corriente que la lleva

con rápido descenso al ataúd.

La tentación seduce; el juicio engaña;

en los zarzales del camino, deja

alguna cosa cada cual: la oveja

su blanca lana, el hombre su virtud.

Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo

pocas palabras dirigir te baste;

"Piedad, Señor, al hombre que criaste;

eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón!

Y Dios te oirá que cuál del ara santa

sube el humo a la cúpula eminente,

sube del pecho cándido, inocente,

al trono del Eterno la oración.

Todo tiende a su fin: a la luz pura

del sol, la planta; el cervatillo atado,

a cervatillo atado,

a la libre montaña; el desterrado,

al caro suelo que lo vio nacer;

y la abejilla en el frondoso valle,

de los nuevos tomillos al aroma;

y la oración en alas de paloma

a la morada del Supremo Ser.

Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,

soy como el fatigado peregrino,

que su carga a la orilla del camino

deposita y se sienta a respirar;

porque de tu plegaria el dulce canto

alivia el peso a mi existencia amarga,

y quita de mis hombros esta carga,

que me agobia de culpa y de pesar.

Ruega por mí, y alcánzame que vea,

en esta noche de pavor, el vuelo

de un ángel compasivo, que del cielo

traiga a mis ojos la perdida luz.

Y pura finalmente, como el mármol

que se lava en el templo cada día,

arda en sagrado fuego el alma mía,

como arde el incensario ante la cruz.


III


Ruega, hija, por tus hermanos,

los que contigo crecieron,

y en un mismo seno exprimieron,

y un mismo techo abrigó.

Ni por los que te amen sólo

el favor del cielo implores;

por justos y pecadores,

Cristo en la cruz expiró.

Ruega por el orgulloso

que ufano se pavonea,

y en su dorada librea,

funda insensata altivez;

y por el mendigo humilde

que sufre el ceño mezquino

de los que beben el vino

porque le dejen la hez.

Por el que de torpes vicios

sumido en profundo cieno,

hace aullar el canto obsceno

de nocturna bacanal.

Y por la velada virgen

que en su solitario lecho

con la mano hiriendo el pecho,

reza el himno sepulcral.

Por el hombre sin entrañas,

en cuyo pecho no vibra

una simpática fibra

al pesar y a la aflicción.

Que no da sustento al hambre,

ni a la desnudez vestido,

ni da la mano al caído,

ni da a la injuria perdón.

Por el que en mirar se goza

su puñal de sangre rojo,

buscando el rico despojo,

o la venganza cruel.

Y por el que en vil libelo

destroza una fama pura,

y en la aleve mordedura

escupe asquerosa hiel.

Por el que surca animoso

la mar de peligros, llena;

por el que arrastra cadena,

y por su duro señor.

Por la razón que leyendo,

en el gran libro, vigila;

por la razón que vacila:

por la que abraza el error.

Acuérdate en fin, de todos

los que penan y trabajan;

y de todos los que viajan

por esa vida mortal.

Acuérdate aun del malvado

que a Dios blasfemando irrita.

La oración es infinita:

nada agota su caudal.


IV


¡Hija! reza también por los que cubre

la soporosa piedra de la tumba,

profunda sima adonde se derrumba

la turba de los hombres mil a mil:

abismo en que se mezcla polvo a polvo,

y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja

de que el añoso bosque Abril despoja,

mezclar


la suya otro y otro Abril.

Arrodilla, arrodíllate en la tierra

donde segada en flor yace mi Lola,

coronada de angélica aureola;

do helado duerme cuanto fue mortal;

donde cautivas almas piden preces

que las restauren a su ser primero,

y purguen las reliquias del grosero

vaso, que las contuvo, terrenal.

¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,

y cien apariciones peregrinas,

sacuden retozando tus cortinas:

travieso enjambre, alegre, volador.

Y otra vez a la luz abres los ojos,

al mismo tiempo que la aurora hermosa

abre también sus párpados de rosa,

y da a la tierra el deseado albor.

¡Pero esas pobres almas!...¡si supieras

que sueño duermen!... su almohada es fría;

duro su lecho; angélica armonía

no regocija nunca su prisión.

No es reposo el sopor que las abruma;

para su noche no hay albor temprano;

y la conciencia, velador gusano,

les roe inexorable el corazón.

Una plegaria, un solo acento tuyo,

hará que gocen pasajero alivio,

y de que luz celeste un rayo tibio

logre a su oscura estancia penetrar;

que el atormentador remordimiento

una tregua a sus víctimas conceda,

y del aire, y el agua, y la arboleda,

oigan el apacible susurrar.

Cuando en el campo con pavor secreto

la sombra ves, que de los cielos baja,

la nieve que las cumbres amortaja,

y del ocaso el tinte carmesí:

en las quejas de aura y de la fuente

¿no te parece que una voz retiña?

una doliente retiña?

una doliente voz que dice: "Niña,

cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?"

Es la voz de las almas. A los muertos

que oraciones alcanzan, no escarnece

el rebelado arcángel, y florece

sobre su tumba perennal tapiz.

Más ¡ay! los que yacen olvidados

cubren perpetuo horror, hierbas extrañas

ciegan su sepultura; a sus entrañas

¡árbol funesto enreda la raíz!

Y yo también, (no dista mucho el día)

huésped seré de la morada oscura,

y el ruego invocaré de un alma pura,

que a mi largo penar consuelo dé.

Y dulce entonces me será que vengas,

y para mí la eterna paz implores,

y en la desnuda loza esparzas flores,

simple tributo de amorosa fe.

¿Perdonarás a mi enemiga estrella,

si disipadas fueron una a una

las que mecieron tu mullida cuna

esperanzas de alegre porvenir?

Sí, le perdonarás; y mi memoria

te arrancará una lágrima, un suspiro

que llegue hasta mi lóbrego retiro,

y haga mi helado polvo rebullir.

sábado, 2 de enero de 2021

Charles Algernon Swinburne, poemas

Poemas de Swinburne


El jardín de Proserpina


 «Aquí, donde el mundo está en calma,

aquí, donde toda tribulación es un

tumulto de vientos muertos y olas agotadas,

en un dudoso sueño de sueños,

veo crecer los campos verdes,

entre sembradores y cosechadores,

entre la cosecha y la siega,

un mundo de arroyos perezosos.


Estoy cansado de risas y lágrimas,

y de los hombres que lloran y ríen,

del futuro del sembrador y su cosecha.

Estoy cansado de los días y las horas,

de trémulos capullos entre flores estériles,

de deseos y ensueños de gloria,

y de todo, excepto el Sueño.


Aquí, la Vida es vecina de la Muerte,

lejos del oído y la vista

se afanan las olas pálidas y los húmedos vientos;

giran los débiles barcos, y los espíritus

vagan errando con la marea,

sin saber hacia dónde se dirigen sus pasos.

Aquí, esos vientos no soplan,

y, aquí, no crecen esas cosas.

Aquí, no crecen hierbas ni malezas,

flores de brezo o vides;

sino estériles brotes de amapola,

verdes racimos de Proserpina,

blancas vasijas de ondulantes juncos.

Aquí nada florece o colorea,

excepto esta flor,

de la que Ella extrae para los hombres

un néctar mortal.


Aunque uno tuviese la fuerza de siete,

también conocerá la Muerte;

no despertará con alas en el Cielo,

ni lamentará las penas del Infierno.

Aunque fuera hermoso como las rosas,

su belleza se nublará y decaerá;

y por más que en el Amor descanse,

su fin no será bueno jamás.


 Pálida, detrás de atrios y pórticos,

coronada de tranquilas hojas,

allí está quien recoge los frutos mortales,

con sus manos blancas e inmortales;

sus labios son más dulces

que los del Amor, que le temen;

más dulces para esos hombres que se confunden,

y llegan cansados de muchas épocas y tierras.


Ella cuida de uno y de otro,

cuida de todos los mortales,

y olvida la Tierra, su madre;

y la vida de los frutos y los vegetales,

y la primavera y los granos,

y las golondrinas que se alejan y la siguen,

allí dónde los cantos helados suenan en falso

y las flores son despreciadas.


Allí van los amores marchitos,

los viejos amores con sus alas cansadas;

y todos los años muertos,

y todos los desastres;

sueños deshechos de días olvidados,

ciegos capullos que la nieve ha arrancado,

hojas secas que el viento se ha llevado,

rojos peregrinos de fuentes arruinadas.


No estamos seguros de la tristeza,

y la alegría nunca fue segura;

el hoy morirá mañana,

y el Tiempo no oye ningún llamado;

y el Amor, débil e indolente,

suspira con labios arrepentidos,

llorando la brevedad de los amores

con los ojos del Olvido.

Por excesivo amor a la vida,

por la esperanza y el temor liberados,

brevemente agradecemos a los dioses,

sin importar quiénes sean,

que la vida no sea eterna,

que nunca los muertos se levanten,

que hasta el río más perezoso

llegue en sus giros al reposo del mar.

Porque entonces las estrellas no nos despertarán,

ni el sol con sus resplandores de luz;

ni el murmullo de las aguas inquietas,

ningún sonido y ninguna visión,

ni hojas estivales ni hojas invernales,

ni días ni cosas diurnas;

sólo un eterno sueño,

en una eterna noche.» 


El Mar


Retornaré a ti, madre generosa y dulce,

amante de los hombres, escondida bajo las aguas del mar.

Hasta tus profundidades descenderé, lejos de los hombres,

pugnando por besarte y fundirme a ti,

por asirte en un feroz abrazo.

¡Oh madre hermosa y blanca, que en días pretéritos

naciste sin hermanos ni hermanas!

Haz que mi alma sea libre, como libre es la tuya.

¡Oh bella madre mía, ceñida por verdores,

bajo las aguas del mar, vestida por el sol y la lluvia,

tus besos dulces y resueltos son fuertes como el vino

y tu abrazo, como el dolor, es hondo y vasto!

Sálvame y ocúltame con todas tus olas,

encuentra una tumba para mí entre los miles de sepulcros

helados que albergas en tus profundidades

y que forjaste sin necesidad de los hombres para un mundo más puro.


Dormiré. surcaré tus agua junto a los barcos,

seguiré el curso de tus vientos y mareas,

mis labios harán un festín en la espuma de los tuyos;

contigo he de alzarme y hundirme.

Dormiré, sin preguntarme de dónde eres o adónde vas,

con mis ojos y mis cabellos plenos de vida,

como una rosa colmada hasta los bordes

de brillo, fragancia y orgullo.


Y si esta vestidura mortal, tejida por la noche y el día

alguna vez me fuese arrebatada,

desnudo y contento zarpará hacia tus confines,

lleno de vida, sensible a ti y a tus caminos,

libre del mundo, buscando refugio en tu hogar

engalanado de verdores y coronado por la espuma,

sintiendo el pulso de la vida en tus radas y bahías,

como una vena en el corazón de las corrientes marinas.


El Jardín de Proserpina


Aquí, donde el mundo se acalla;

aquí, donde todas las aflicciones

se agolpan como olas exhaustas,

o como un tumulto de muertas corrientes

en un dudoso sueño de sueños.

Veo crecer las verdes campiñas

entre sembradores y labradores,

en tiempos de cosecha y en tiempos de ciega;

un dormido mundo de arroyos.


Cansado estoy de la alegría y la tristeza,

de los hombres que ríen y lloran,

y del destino que aguarda a sus cosechas.

Los días y las horas me fastidian,

marchitos capullos de flores estériles,

y también los anhelos, poderes y deseos;

dormir, sólo quiero dormir.


Aquí la vida es vecina de la muerte;

lejos de la vista y del oído, en otras regiones,

resuena el sollozo de las olas y de los vientos

empujando al espíritu en frágiles embarcaciones.

A la deriva, sin rumbo fijo.

Mas aquí, del otro lado del mundo,

donde nada florece,

esos vientos no soplan.


Aquí no brotan hierbas ni malezas;

no hay brezos ni vid;

entre débiles juncos donde las hojas no crecen

sólo mustios capullos de amapola,

verdes racimos de Proserpina,

para que ella exprima su vino mortal

y lo entregue a los muertos.


Pálidos, innumerables, sin nombre,

inclinándose en sombríos campos de mieses

durante toda la noche,

esos muertos, como almas tardías,

no acunadas en cielo o infierno alguno,

abatidas por la neblina y las tinieblas,

buscan el brillo de una luz

que los aleje para siempre de las sombras.

Mas por fuerte que sea nuestra vida

también algún día habremos de morir.

Y no seremos ángeles, si ascendemos al cielo,

ni sufriremos dolores, si caemos al infierno.

Pero la belleza que hay en nosotros

habrá de nublarse hasta perecer

y nuestro amor, ya en reposo, tocará su fin.


Allí está ella, detrás de atrios y pórticos,

coronada de yermas hojas,

recogiendo toda cosa mortal

que llegue hasta sus frías e inmortales manos.

Allí está ella, temida por el amor

a quien supera en dulzura,

acercando sus labios

a tantos hombres de tierras y tiempos diversos.


A la espera de todos nosotros,

nacidos para morir,

ella nos hace olvidar esta tierra, nuestra madre,

y la vida de los frutos y las mieses.

La primavera, las semillas y las golondrinas

emprenden vuelo y la siguen,

allí donde el canto del verano se ahueca

y la vida se aleja.


Allá van los amores marchitos,

los viejos amores con sus alas cansadas,

y los años perdidos y las cosas deshechas.


Moribundos sueños de inhóspitos días,

ciegos capullos arrancados por la nieve,

hojas salvajes arrastradas por el viento,

sangrientos extravíos de arruinadas primaveras.


Ni las tristezas ni las alegrías son seguras;

el presente ha de morir en el mañana

y nada hay que pueda doblegar el señorío del tiempo.

El corazón, decaído y displicente, suspira acongojado;

sus ojos abatidos y olvidadizos

gimen la brevedad del amor.


Por grande que sea nuestro apego a la vida,

buscamos liberamos de esperanzas y temores;

por eso agradecemos a los dioses,

no importa quiénes sean,

que la vida no dure para siempre,

que nada perturbe el dormir de los muertos,

que hasta el río menos generoso

haya siempre de retornar al mar.

Porque entonces no habrá estrellas ni soles

ni cambios de luz que puedan despertarnos;

no habrá aguas que se agiten tumultuosamente

ni sonidos ni visiones;

tampoco habrá días, estaciones, o seres luminosos;

sólo un eterno sueño

en una eterna noche.


Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire


¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,

oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?

Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar

o una filipéndula, germinando lentamente,

de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer

antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.


Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío

regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por

el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces

espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.


Orgulloso y sombrío

palpitabas en el abismo profundo del cielo;

tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,

al sollozo del mar en agrestes promontorios,

al estéril beso de las olas,

al rumor incierto de la tumba de Leucadia,

con sus hondos cantos.

Ah, el beso yerto y salado del mar,

el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,

acosándonos y derribándonos,

como ciegos dioses que ignoran la misericordia.


Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,

quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,

amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,

desnudos ante tu ojo escrutador

que se abría en medio del aire viciado de la noche.

Toscas cosechas en tiempos de lascivia:

pecado sin forma, placer sin palabra.

Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños

y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.

En cada rostro viste la sombra

de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.


Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;

el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,

¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!

Ahora los dioses, hambrientos de muerte,

alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.

El amor no puede equivocarse

entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,

allí donde hay labios que nunca se abrirán.

El alma se escurre del cuerpo

y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,

como el rocío cuando cae desde las campánulas.


Es suficiente: el principio y el fin

son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.

Oh mano separada del amigo incondicional,

sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.

Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias

sólo hojas muertas y un poco de polvo.

Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,

los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,

cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.

Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;

dormir, dormir para ver la luz.


Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;

sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.

Quizá has encontrado tu lugar

entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,

reclamando de ti hondas visiones

bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,

de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,

con todo el peso de sus cabellos

cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino

donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.


¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?

Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles

capullos has encontrado sembrados en la penumbra?

¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo

una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?

¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?

¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?

¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,

allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?


Ah, mi volátil canción se desvanece

ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,

tú, veloz como ninguno.

Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa

de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,

cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.

Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas

que caen desde ojos acongojados,

que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.

Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.


Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;

lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.

¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?

¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?

Fantasías, deseos,

o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.

Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.

Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,

mortecina luz que cae desde cielos remotos

cuando el oído está sordo

y la mirada se nubla.


Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo

te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo

un destello del triste sonido tu alma,

la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado

en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe

mi espíritu de la comunión con tus versos.

Estos recuerdos y estas melodías

que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;

las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,

con mis manos prestas a ceñir,

con mis oídos atentos al vago clamor

de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.


Yo soy uno de ellos, avanzando

ante hogueras que arden, apilada la tierra,

ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,

haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,

sin plegarias ni alabanzas,

brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,

que de miel y esencias están sembradas mis tierras

mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.

Como Orestes, deposité en tu sepulcro

un rizo de mi cabello desgreñado.


No hay manos capaces de traicionarte,

oh rey de cabeza encogida,

pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.

Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.

Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres

escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas

en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.

Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;

pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,

las más altas musas de todos los tiempos

gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.


Así, aun cuando aquí entre nosotros

Dios esconda su sagrada fuerza

y apague su luz

sin manifestar su música y su poder

con el suave ardor de canciones sonoras,

quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo

y nutrirlos con su agrio aliento.

Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.

Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor

al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento

así como al nuestro lo sacia con fama.


Y ahora, en el ocaso de tu alma,

el dios de todos los soles y canciones se inclina

para unir sus laureles con tu corona de cipreses.

Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.

Sabiendo todo lo que fuiste y eres,

compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,

lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos

y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros

tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,

y sobre tu yerta cabeza

deposita un último trazo de luz.


Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,

abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,

llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,

la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada

por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro

la divina risa de la antigua Grecia.


Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:

tú también te postraste a su carne,

por ella entonaste plegarias

y te apartaste hacia una tierra desconocida

mientras ardían las sombras del Infierno.


Sé que ninguna corona brotará de estas flores;

que ningún saludo atraerá la luz.

Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,

los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.

No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada

por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,

despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.

Mas no por ello dejaré de hacer música para ti

cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.

Así al menos depositaré un cetro

en el relicario donde moran tus sueños.


Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.

Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,

pues a no mucho más puede aspirar el hombre.

Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,

flores urdidas en el sigilo y la sombra;

en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,

en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.

Tú, con el corazón lleno de esperanza,

desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;

pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte

que a todos habrá de alcanzarnos

cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.

Para ti, hermano mío,

alma sumergida en el silencio.


Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.

Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.

La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;

de sus entrañas brota la tristeza

y en medio de sus pechos asoma una tumba.

Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;

Ahora descansas en paz, sin turbulencias

ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.

Vaya este canto para ti, querido hermano,

sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,

solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.


Antes del Ocaso


Antes que la noche se abrace a la tierra

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.

Antes que al miedo le sea posible sentir temblores o escalofríos,

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.


Cuando el insaciable corazón murmura entre lamentos

"o es demasiado o es poco",

y la boca sedienta tardíamente se abstiene.


Blandas, deslizándose por el cuello de cada amante,

las manos del amor sostienen secretamente la brida;

y mientras buscamos en él la señal esperada,

su luz crepuscular declina en el cielo.


Fragmentos de Atalanta en Calidon


Mirad a los dioses: no aman la justicia más que el destino;

lastiman la boca del noble y la boca del impío;

sangre corrupta dejan correr por las venas del hombre devoto;

mancillan el labio del santo y el labio del traidor.

Oh Dios, supremo mal,

todos estamos contra ti, contra ti, Oh Dios.

Con la espada y la vara nos recoges;

nos cubres de sombras apilando la hierba;

el destino debe cumplirse para oscurecer el rostro

del hombre ante ti, oh Dios


Fugaz y débil es el amor, ciego como una llama;

enmascarado por la risa, oculta lágrimas y deseos;

a su lado camina un hombre y una doncella.

Una doncella en cuyos ojos todo goce se apaga

cuando los capullos encienden su aliento nupcial.

A él lo bautizan bajo el nombre del Destino;

su amada no es otra que la muerte...


Oh madre soñadora,

¿podrás cubrirme

con todos tus anhelos, cálidos como el sol,

cuando yo me sumerja en lo oscuro, como una sombra entre las sombras

y solloce entre arroyos insalvables?



Tristeza


Tristeza, alado ser que recorres el mundo,

Aquí y allí, a través del tiempo, pidiendo reposo,

Si reposo es acaso la dicha que la tristeza reclama.


Un pensamiento yace cerca de su corazón,

Profunda pena de voluptuoso calor,

Una hierba seca en el río creciente,

Una lágrima roja que recorre la corriente.


Corazones que cortan las cadenas,

El vínculo de ayer será el olvido de mañana,

Todas las cosas de este mundo pasarán,

pero nunca la tristeza.


Amor y sueño


Tendida y dormida entre caricias nocturnas

vi a mi amor inclinarse sobre mi triste lecho,

pálida como el fruto y la hoja del lirio más oscuro,

rasa, despojada y sombría, con el cuello desnudo, listo para ser mordido,

demasiado blanca para el rubor y demasiado ardiente para estar inmaculada,

pero del color perfecto, ausente de blanco y rojo.

Y sus labios se entreabrieron tiernamente, y dijo

-en una sola palabra- placer.Y toda su cara era miel para mi boca,

y todo su cuerpo era alimento para mis ojos;

Sus largos y aéreos brazos y sus manos más ardientes que el fuego

sus extremidades palpitando, el olor de su cabello austral,

sus pies ligeros y brillantes, sus muslos elásticos y generosos

y los brillantes párpados daban deseo a mi alma.


Antes del ocaso


El amor crepuscular declina en el cielo

Antes que la noche descienda sobre la tierra

Antes de que miedo sienta del frío su hierro,

El crepúsculo del amor se desvanece en el cielo.


Cuando el insaciable corazón susurra entre lamentos

«o es demasiado o es poco»,

y los labios se abstienen tardíamente resecos,


Blandas, bajando por el cuello de cada amante,

las manos del amor sostienen su rienda secreta;

y mientras buscamos en él una señal concreta,

su luz crepuscular se desgarra en el cielo.


El laúd y la lira


Un deseo profundo, que penetra en el corazón y en la raíz del espíritu,

Encuentra su voz reluctante en versos que añoran, como brasas ardiendo;

Tomando su voz exultante cuando la música persigue en vano un

Profundo deseo.


Lacerante mientras arde la pasión de la rosa cuyos pétalos respira,

Fuerte mientras crece el anhelo de los capullos por las frutas,

Suena el secreto tácito agotando su profundo tono.


Desciende el arrebato que poseía el suave laúd del amor;

Desciende la palpitación del triunfo de la lira:

Todavía el alma se siente quemar, una llama desatada aunque silenciosa

En su profundo deseo.


Poeta Loquitur


Si una persona acaso concibe la opinión

de que mis versos son material apropiado,

o que también mi musa tiene una pluma en su ala,

no por ello ese juicio deja de ser banal.

Mi lógica, política, ¡mi libre pensamiento!

no tienen más valor que tres saltos de una mosca,

y las ideas mas huecas que pensarse pudieran

son las mías en la mar.


Dentro de un laberinto de murmullo monótono

donde la razón yerra por la rima arruinada,

en una voz que no es más seria ni más firme

que las sonajas que hay en el gorro de un loco,

un hombre reflexivo en parte pretencioso,

poseedor de una musa que es preciso arrancar,

hace que lengua y métrica se vuelvan ofensivas

con rimas para el viento.


Una tirada larga cual procesión de frases

con primor ataviada, aunque sensual y noble,

se abalanza y decanta predicando alabanzas

en una canallesca batalla por la rima,

reflejada en empuje de la tinta en mis páginas:

pero el lector que debe de estar desesperado

se imagina que yo soy uno de los sabios

que dirige el timón por los mares del tiempo.


Las locas mezcolanzas de afrancesados restos

con insultos al credo de doctrinas cristianas,

la cegata blasfemia, la mofa infantil, todas

me alaban cual si fuera un genuino zoquete.

Me concibo a mí mismo obviamente como a alguien

cuya audiencia no puede jamás disminuir

mas la tarea del párvulo tiene que ser extraña

si su maestro es el viento.


Veo como en mis poemas, con encantador éxtasis

me golpea la tormenta, me acaricia y escuece:

mas rara vez soy ave que tú atrapar pudieras

a campo abierto en fronda de cosas similares.

Prefiero así estar fuera del alcance del daño

cuando la tempestad hace temblar los árboles,

y el viento gracias a su movimiento invencible

vuelve en jabón la mar.


Con firmeza aguantando los andrajos ajenos,

de quien antes que yo mejor lo hizo, trato

de poder verlos como mis hermanas y hermanos,

aun cuando yo sepa cuán bajo es mi nivel.

¡Me hace gritar la simple mirada de una iglesia,

cual chiquillo pateado en partido de fútbol!

¡Mas la causa se pasa ayudando al que cree

que el viento es su evangelio!


Cualquier marca genuina, roja, pasado pálido

está cubierta siempre por hechos condenables;

pero el dulce y materno misterio del futuro

se manifiesta libre de coronas y credos.

La verdad alborea en la ruina del tiempo,

sonora, franca, drástica, aromática y libre:

y aparentemente todo ello es la obra

del viento en la mar.


Suele adular la fama ante el engreimiento

cuya arboladura es flagrantemente fina:

y no es ni necesario tener que mencionar

que es este el lugar que a mí me corresponde.

Algunos rimadores transigen complacientes,

aunque pecaminosos, pecan altruistamente:

mas los que ser podrían mis maléficos versos

nada son sino viento.


[Para que la franqueza se pavonee y dibuje

de una forma más chusca que lo hace el escolar,

para sentirse atraído por sus brillantes próceres,

mientras él va ondeando la bandera de un tonto,

puede a mí parecerme el deber de un poeta,

¿pero en qué lugar fuera de Bedlam se halla aquél

que pueda imaginarse que al luchar por mostrarlo

no estoy ya en la mar?].


[Puedo pensar lograr el honor y la gloria

a la velocidad del cometa de una estrella,

difamando a la Musa de un poeta laureado,

o denunciando acaso las correrías de un Zar.

Mas esos rimadores risueños son útilmente

(como dicen los niños en el fútbol) pateados,

cuando su Musa ya -lo harán esas hetairas-

navegue junto al viento].



Poeta Loquitur

If a person conceives an opinion

That my verses are stuffthat will wash,

Or my Muse has one plume on her pinion,

That person’s opinion is bosh.

My philosophy, politics, free-thought!

Are worth not three skips of a flea,

And the emptiest of thoughts that can be thought

Are mine on the sea.


In a maze of monotonous murmur

Where reason roves ruined by rhyme,

In a voice neither graver nor firmer

than the bells on a fool’s cap chime,

a partly pretentiously pensive,

with a Muse that deserves to be skinned,

makes language and metre offensive

with rhymes of the wind.


A perennial procession of phrases

Pranked primly, though pruriently prime,

Precipitates preaching on praises

In a ruftianly riot of rhyme

Through the pressure of print on my pages:

But reckless the reader must be

Who imagines me one of the sages

hat steer through Time’s sea.


Mad mixtures of Frenchified offal

With insults to Christendom’s creed,

Blind blasphemy, schoolboylike scoff, all

These blazon me blockhead indeed.

I conceive myself obviously some one

Whose audience will never be thinned

But the pupil must needs be a rum one

Whose teacher is wind.


In my poems, with ravishing rapture

Storm strikes me and strokes me and stings:

But I’am scarcely the bird you might capture

Our of doors in the thick of such things.

I prefer to be well out of harm’s way

Whem tempests makes tremble the tree,

And the wind with omnipotent arm-sway

Makes soap of the sea.


Hanging hard on the rent rags of others,

Who before me did better, I try

To believe them my sisters and brothers,

Though I know what a low lot am I.

The mere sight of a church sets me yelping

Like a boy that at football is shinned!

But the cause must indeed be past helping

Whose gospel is wind!


All the pale past’s red record of history

Is dusty with damnable deeds;

But the future’s mild motherly mystery

Peers pure of all crowns and all creeds.

Truth dawns on time’s resonant ruin,

Frank, fulminant, fragrant and free:

And apparently this is the doing

Of wind on the sea.


Fame flatters in front of pretension

Whose flagstaff is flagrantly fine:

And it cannot be needful to mention

That such beyond question is mine.

Some singers indulging in curses,

Though sinful, have splendidly sinned:

But my would-be maleficent verses

Are nothing but wind.


[For freedom to swagger and scribble,

In a style that’s too silly for school,

At the heels of his betters to nibble,

While flaunting the flag of a fool,

May to me seem the part of a poet,

But where out of Bedlain is he

Who can think that in struggling to show it

I am not at sea?].


[l may think to get honour and glory at

The rate of a comet of a star,

By maligning the Muse of a Laureate,

Or denouncing the deeds of a Czar.

But such rollicking rhymesters get duly

(As schoolboys at football say) shinned,

When their Muse, as such trollops will truly:

Sails too near the wind].


Traducción de Miguel Angel García Peinado (Universidad de Córdoba).