domingo, 14 de mayo de 2023

Más poemas de Swinburne

Traducción de Armando Roa:


El Mar


Retornaré a ti, madre generosa y dulce,

amante de los hombres, escondida bajo las aguas del mar.

Hasta tus profundidades descenderé, lejos de los hombres,

pugnando por besarte y fundirme a ti,

por asirte en un feroz abrazo.

¡Oh madre hermosa y blanca, que en días pretéritos

naciste sin hermanos ni hermanas!

Haz que mi alma sea libre, como libre es la tuya.

¡Oh bella madre mía, ceñida por verdores,

bajo las aguas del mar, vestida por el sol y la lluvia,

tus besos dulces y resueltos son fuertes como el vino

y tu abrazo, como el dolor, es hondo y vasto!

Sálvame y ocúltame con todas tus olas,

encuentra una tumba para mí entre los miles de sepulcros

helados que albergas en tus profundidades

y que forjaste sin necesidad de los hombres para un mundo más puro.


Dormiré. surcaré tus agua junto a los barcos,

seguiré el curso de tus vientos y mareas,

mis labios harán un festín en la espuma de los tuyos;

contigo he de alzarme y hundirme.

Dormiré, sin preguntarme de dónde eres o adónde vas,

con mis ojos y mis cabellos plenos de vida,

como una rosa colmada hasta los bordes

de brillo, fragancia y orgullo.


Y si esta vestidura mortal, tejida por la noche y el día

alguna vez me fuese arrebatada,

desnudo y contento zarpará hacia tus confines,

lleno de vida, sensible a ti y a tus caminos,

libre del mundo, buscando refugio en tu hogar

engalanado de verdores y coronado por la espuma,

sintiendo el pulso de la vida en tus radas y bahías,

como una vena en el corazón de las corrientes marinas.


El Jardín de Proserpina


Aquí, donde el mundo se acalla;

aquí, donde todas las aflicciones

se agolpan como olas exhaustas,

o como un tumulto de muertas corrientes

en un dudoso sueño de sueños.

Veo crecer las verdes campiñas

entre sembradores y labradores,

en tiempos de cosecha y en tiempos de ciega;

un dormido mundo de arroyos.


Cansado estoy de la alegría y la tristeza,

de los hombres que ríen y lloran,

y del destino que aguarda a sus cosechas.

Los días y las horas me fastidian,

marchitos capullos de flores estériles,

y también los anhelos, poderes y deseos;

dormir, sólo quiero dormir.


Aquí la vida es vecina de la muerte;

lejos de la vista y del oído, en otras regiones,

resuena el sollozo de las olas y de los vientos

empujando al espíritu en frágiles embarcaciones.

A la deriva, sin rumbo fijo.

Mas aquí, del otro lado del mundo,

donde nada florece,

esos vientos no soplan.


Aquí no brotan hierbas ni malezas;

no hay brezos ni vid;

entre débiles juncos donde las hojas no crecen

sólo mustios capullos de amapola,

verdes racimos de Proserpina,

para que ella exprima su vino mortal

y lo entregue a los muertos.


Pálidos, innumerables, sin nombre,

inclinándose en sombríos campos de mieses

durante toda la noche,

esos muertos, como almas tardías,

no acunadas en cielo o infierno alguno,

abatidas por la neblina y las tinieblas,

buscan el brillo de una luz

que los aleje para siempre de las sombras.

Mas por fuerte que sea nuestra vida

también algún día habremos de morir.

Y no seremos ángeles, si ascendemos al cielo,

ni sufriremos dolores, si caemos al infierno.

Pero la belleza que hay en nosotros

habrá de nublarse hasta perecer

y nuestro amor, ya en reposo, tocará su fin.


Allí está ella, detrás de atrios y pórticos,

coronada de yermas hojas,

recogiendo toda cosa mortal

que llegue hasta sus frías e inmortales manos.

Allí está ella, temida por el amor

a quien supera en dulzura,

acercando sus labios

a tantos hombres de tierras y tiempos diversos.


A la espera de todos nosotros,

nacidos para morir,

ella nos hace olvidar esta tierra, nuestra madre,

y la vida de los frutos y las mieses.

La primavera, las semillas y las golondrinas

emprenden vuelo y la siguen,

allí donde el canto del verano se ahueca

y la vida se aleja.


Allá van los amores marchitos,

los viejos amores con sus alas cansadas,

y los años perdidos y las cosas deshechas.


Moribundos sueños de inhóspitos días,

ciegos capullos arrancados por la nieve,

hojas salvajes arrastradas por el viento,

sangrientos extravíos de arruinadas primaveras.


Ni las tristezas ni las alegrías son seguras;

el presente ha de morir en el mañana

y nada hay que pueda doblegar el señorío del tiempo.

El corazón, decaído y displicente, suspira acongojado;

sus ojos abatidos y olvidadizos

gimen la brevedad del amor.


Por grande que sea nuestro apego a la vida,

buscamos liberamos de esperanzas y temores;

por eso agradecemos a los dioses,

no importa quiénes sean,

que la vida no dure para siempre,

que nada perturbe el dormir de los muertos,

que hasta el río menos generoso

haya siempre de retornar al mar.

Porque entonces no habrá estrellas ni soles

ni cambios de luz que puedan despertarnos;

no habrá aguas que se agiten tumultuosamente

ni sonidos ni visiones;

tampoco habrá días, estaciones, o seres luminosos;

sólo un eterno sueño

en una eterna noche.


Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire


¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,

oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?

Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar

o una filipéndula, germinando lentamente,

de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer

antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.


Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío

regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por

el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces

espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.


Orgulloso y sombrío

palpitabas en el abismo profundo del cielo;

tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,

al sollozo del mar en agrestes promontorios,

al estéril beso de las olas,

al rumor incierto de la tumba de Leucadia,

con sus hondos cantos.

Ah, el beso yerto y salado del mar,

el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,

acosándonos y derribándonos,

como ciegos dioses que ignoran la misericordia.


Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,

quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,

amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,

desnudos ante tu ojo escrutador

que se abría en medio del aire viciado de la noche.

Toscas cosechas en tiempos de lascivia:

pecado sin forma, placer sin palabra.

Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños

y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.

En cada rostro viste la sombra

de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.


Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;

el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,

¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!

Ahora los dioses, hambrientos de muerte,

alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.

El amor no puede equivocarse

entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,

allí donde hay labios que nunca se abrirán.

El alma se escurre del cuerpo

y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,

como el rocío cuando cae desde las campánulas.


Es suficiente: el principio y el fin

son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.

Oh mano separada del amigo incondicional,

sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.

Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias

sólo hojas muertas y un poco de polvo.

Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,

los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,

cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.

Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;

dormir, dormir para ver la luz.


Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;

sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.

Quizá has encontrado tu lugar

entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,

reclamando de ti hondas visiones

bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,

de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,

con todo el peso de sus cabellos

cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino

donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.


¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?

Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles

capullos has encontrado sembrados en la penumbra?

¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo

una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?

¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?

¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?

¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,

allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?


Ah, mi volátil canción se desvanece

ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,

tú, veloz como ninguno.

Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa

de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,

cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.

Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas

que caen desde ojos acongojados,

que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.

Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.


Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;

lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.

¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?

¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?

Fantasías, deseos,

o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.

Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.

Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,

mortecina luz que cae desde cielos remotos

cuando el oído está sordo

y la mirada se nubla.


Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo

te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo

un destello del triste sonido tu alma,

la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado

en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe

mi espíritu de la comunión con tus versos.

Estos recuerdos y estas melodías

que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;

las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,

con mis manos prestas a ceñir,

con mis oídos atentos al vago clamor

de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.


Yo soy uno de ellos, avanzando

ante hogueras que arden, apilada la tierra,

ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,

haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,

sin plegarias ni alabanzas,

brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,

que de miel y esencias están sembradas mis tierras

mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.

Como Orestes, deposité en tu sepulcro

un rizo de mi cabello desgreñado.


No hay manos capaces de traicionarte,

oh rey de cabeza encogida,

pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.

Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.

Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres

escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas

en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.

Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;

pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,

las más altas musas de todos los tiempos

gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.


Así, aun cuando aquí entre nosotros

Dios esconda su sagrada fuerza

y apague su luz

sin manifestar su música y su poder

con el suave ardor de canciones sonoras,

quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo

y nutrirlos con su agrio aliento.

Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.

Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor

al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento

así como al nuestro lo sacia con fama.


Y ahora, en el ocaso de tu alma,

el dios de todos los soles y canciones se inclina

para unir sus laureles con tu corona de cipreses.

Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.

Sabiendo todo lo que fuiste y eres,

compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,

lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos

y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros

tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,

y sobre tu yerta cabeza

deposita un último trazo de luz.


Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,

abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,

llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,

la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada

por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro

la divina risa de la antigua Grecia.


Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:

tú también te postraste a su carne,

por ella entonaste plegarias

y te apartaste hacia una tierra desconocida

mientras ardían las sombras del Infierno.


Sé que ninguna corona brotará de estas flores;

que ningún saludo atraerá la luz.

Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,

los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.

No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada

por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,

despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.

Mas no por ello dejaré de hacer música para ti

cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.

Así al menos depositaré un cetro

en el relicario donde moran tus sueños.


Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.

Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,

pues a no mucho más puede aspirar el hombre.

Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,

flores urdidas en el sigilo y la sombra;

en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,

en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.

Tú, con el corazón lleno de esperanza,

desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;

pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte

que a todos habrá de alcanzarnos

cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.

Para ti, hermano mío,

alma sumergida en el silencio.


Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.

Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.

La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;

de sus entrañas brota la tristeza

y en medio de sus pechos asoma una tumba.

Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;

Ahora descansas en paz, sin turbulencias

ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.

Vaya este canto para ti, querido hermano,

sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,

solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.


Antes del Ocaso


Antes que la noche se abrace a la tierra

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.

Antes que al miedo le sea posible sentir temblores o escalofríos,

la luz crepuscular del amor declina en el cielo.


Cuando el insaciable corazón murmura entre lamentos

"o es demasiado o es poco",

y la boca sedienta tardíamente se abstiene.


Blandas, deslizándose por el cuello de cada amante,

las manos del amor sostienen secretamente la brida;

y mientras buscamos en él la señal esperada,

su luz crepuscular declina en el cielo.


Fragmentos de Atalanta en Calidon


Mirad a los dioses: no aman la justicia más que el destino;

lastiman la boca del noble y la boca del impío;

sangre corrupta dejan correr por las venas del hombre devoto;

mancillan el labio del santo y el labio del traidor.

Oh Dios, supremo mal,

todos estamos contra ti, contra ti, Oh Dios.

Con la espada y la vara nos recoges;

nos cubres de sombras apilando la hierba;

el destino debe cumplirse para oscurecer el rostro

del hombre ante ti, oh Dios


Fugaz y débil es el amor, ciego como una llama;

enmascarado por la risa, oculta lágrimas y deseos;

a su lado camina un hombre y una doncella.

Una doncella en cuyos ojos todo goce se apaga

cuando los capullos encienden su aliento nupcial.

A él lo bautizan bajo el nombre del Destino;

su amada no es otra que la muerte...


Oh madre soñadora,

¿podrás cubrirme

con todos tus anhelos, cálidos como el sol,

cuando yo me sumerja en lo oscuro, como una sombra entre las sombras

y solloce entre arroyos insalvables?

El triunfo del tiempo, de Swinburne

 Antes de que nuestras vidas se dividan para siempre,

Mientras el tiempo esté con nosotros y las manos estén libres,

(Tiempo, rápido para atar y rápido para cortar

Mano de mano, mientras estamos junto al mar)

No diré una palabra que un hombre pueda decir

Cuyo todo el amor de la vida se va en un día;

Porque esto nunca podría haber sido; y nunca,

aunque los dioses y los años se aplaquen, será.


¿Vale la pena una lágrima, vale la pena una hora,

para pensar en cosas que están muy desgastadas?

De cáscara infructuosa y flor fugitiva, ¿

El sueño perdido y la acción olvidada?

Aunque la alegría se acabe y el dolor sea vano,

el tiempo no nos dividirá por completo en dos;

La Tierra no se echa a perder por una sola ducha;

Pero la lluvia ha arruinado el maíz sin cultivar.


No volverá a crecer, este fruto de mi corazón,

Herido por los rayos del sol, arruinado por la lluvia.

Las estaciones del canto se dividen y parten,

el invierno y el verano parten en dos.

No volverá a crecer, está arruinada en la raíz,

la flor parecida a la sangre, la fruta roja opaca;

Aunque el corazón todavía se enferme, los labios todavía escozan,

con sabor hosco de dolor venenoso.


A ningún hombre le he dado de comer de mi fruto;

He pisado las uvas, he bebido el vino.

Si hubieras comido y bebido y lo hubieras encontrado dulce,

este nuevo crecimiento salvaje del maíz y la vid,

este vino y pan sin posos ni levadura,

habríamos crecido como dioses, como los dioses en el cielo,

almas bellas para mirar, agradables para saludar. ,

Un espíritu espléndido, tu alma y la mía.


En el cambio de los años, en el rollo de las cosas,

En el clamor y el rumor de la vida por ser,

Nosotros, bebiendo amor en los manantiales más lejanos,

Cubiertos de amor como un árbol que cubre,

Habíamos crecido como dioses, como los dioses de arriba,

Lleno desde el corazón hasta los labios con amor,

Retenido firmemente en sus manos, vestido cálido con sus alas, ¡

Oh amor, mi amor, si me hubieras amado!


Nos habíamos parado como se paran las estrellas seguras, y nos movíamos

como se mueve la luna, amando al mundo; y he visto

derrumbarse la pena como cosa refutada,

consumirse la muerte como cosa inmunda.

Dos mitades de un corazón perfecto, unidas

Alma a alma mientras los años transcurrían;

Si me hubieras amado una vez, como no me has amado;

Si la oportunidad hubiera estado con nosotros que no ha sido.


He puesto mis días y sueños fuera de mi mente,

Días que se acabaron, sueños que se cumplieron.

Aunque buscamos la vida a través, seguramente encontraremos

No hay ninguno de ellos claro para nosotros ahora, ni uno solo.

Pero claras son estas cosas; la hierba y la arena,

donde, seguras como alcanzan los ojos, siempre a la mano,

con los labios bien abiertos y el rostro quemado hasta quedar ciego,

las fuertes margaritas marinas se dan un festín con el sol.


Las bajas colinas se inclinan hacia el mar; la corriente,

una vena suelta, delgada, sin pulso, trémula,

rápida, vívida y muda como un sueño,

avanza hacia abajo, harta del sol y la lluvia;

Ningún viento es áspero con las raras flores rancias;

El mar dulce, madre de amores y horas,

Se estremece y brilla como fulguran los vientos grises,

Convirtiendo su sonrisa en un dolor fugitivo.


Madre de los amores que se desvanecen pronto,

Madre de los vientos y las horas mudables.

Una madre estéril, una madre-criada,

Fría y limpia como sus débiles flores de sal.

Quisiera que los dos fuéramos como ella,

Perdidos en la noche y la luz del mar,

Donde los débiles sonidos se tambalean y los pálidos rayos se agitan,

Se quiebran y se rompen, y se derraman en aguaceros.


Los amores y las horas de la vida de un hombre,

Son veloces y tristes, naciendo del mar.

Horas que se regocijan y lamentan por un lapso,

Nacidas con el aliento de un hombre, mortal como él;

Amores que se pierden antes de nacer,

Malas hierbas de la ola, sin fruto sobre la tierra.

Pierdo lo que anhelo, salvo lo que puedo, ¡

Mi amor, mi amor, y ningún amor por mí!


No es mucho lo que un hombre puede salvar

En las arenas de la vida, en los estrechos del tiempo,

Quien nada a la vista de la gran tercera ola

Que nunca un nadador cruzará o escalará.

algún niño varado con los vagabundos y los palos

que el reflujo muestra a la orilla y a las estrellas;

Hierba del agua, hierba de una tumba,

una flor rota, una rima arruinada.


Pienso que nadie hará por ti

lo que yo hubiera hecho por la menor palabra.

Yo había exprimido la vida para que tus labios la bebieran,

La partí para tu pan de cada día:

Cuerpo por cuerpo y sangre por sangre,

Como la corriente del mar lleno se eleva para inundar

Que anhela y tiembla antes de hundirse,

Yo había dado, y se acostó por ti, alegre y muerto.


Sí, la más alta esperanza y todo su fruto,

y el tiempo en plenitud y toda su dote,

ciertamente te había dado, y la vida para rematar,

si una vez fuéramos hechos uno por una sola hora.

Pero ahora sois dos, estáis separados,

Carne de su carne, pero corazón de mi corazón;

Y en lo profundo de uno está la raíz amarga,

Y dulce para uno es la flor de toda la vida.


Haber muerto si te hubiera importado. Moriría por ti, me aferraría

a mi vida si me lo ordenases, desempeñé mi papel

como te placía: estos fueron los pensamientos que picaron,

los sueños que golpearon con un dardo más agudo

que las flechas del amor o flechas de muerte;

Eran como el fuego, el polvo o el aliento,

o la espuma venenosa en la tierna lengua

de las culebras que devoran mi corazón.


Ojalá estuviéramos muertos juntos hoy,

Perdidos de vista, escondidos fuera de la vista,

Abrazados y vestidos en la arcilla hendida,

Fuera del camino del mundo, fuera de la luz,

Fuera de las edades del clima mundano,

Olvidados de todo todos los hombres,

como los primeros muertos del mundo, quitados por completo,

hechos uno con la muerte, llenos de la noche.


¡Cómo deberíamos dormir, cómo deberíamos dormir,

Lejos en la oscuridad con los sueños y los rocíos!

Y soñando, creciendo el uno al otro, y llorando,

Ríe bajo, vive suavemente, murmura y musa;

Sí, y puede ser, atravesado por el sueño,

Siente que el polvo se acelera y se estremece, y parece

Vivo como antaño a los labios, y salta de

Espíritu a espíritu como lo hacen los amantes.


Sueños enfermizos y tristes de un deleite sordo;

Porque ¿de qué aprovechará cuando los hombres están muertos

haber soñado, haber amado con todas las fuerzas del alma,

haber esperado el día cuando el día había huido?

Pase lo que pase, hay una cosa que vale la pena,

haber tenido un amor justo en la vida sobre la tierra:

haber mantenido el amor a salvo hasta que el día se hizo noche,

mientras los cielos tenían color y los labios eran rojos.


¿Te perdería ahora? ¿Te tomaría entonces,

si te perdiera ahora que mi corazón tiene necesidad?

Y pase lo que pase después de la muerte de los hombres, ¿

Qué cosa digna de esto engendrarán los años muertos?

Pierde la vida, pierde todo; pero al menos sé,

oh dulce amor de la vida, que habiéndote amado tanto,

si te hubiera alcanzado en la tierra, no perdería de nuevo, ni

en la muerte ni en la vida, ni en el sueño ni en la acción.


Sí, esto lo sé bien: si alguna vez sellaste la mía,

mía en el latido de la sangre, mía en el aliento,

mezclada en mí como la miel en el vino,

no el tiempo, que dice y contradice,

ni todas las cosas fuertes nos habían separado entonces;

Ni ira de dioses, ni sabiduría de hombres,

Ni todo lo terrenal, ni todo divino,

Ni alegría ni tristeza, ni vida ni muerte.


I had grown pure as the dawn and the dew,

You had grown strong as the sun or the sea.

But none shall triumph a whole life through:

For death is one, and the fates are three.

At the door of life, by the gate of breath,

There are worse things waiting for men than death;

Death could not sever my soul and you,

As these have severed your soul from me.


Has elegido y te has aferrado al azar que te enviaron,

Vida dulce como el perfume y pura como la oración.

Pero, ¿no se arrepentirá algún día en el cielo?

¿Te consolarán por completo los días que fueron?

¿Alzarás tus ojos entre la tristeza y la dicha,

al encuentro de los míos, y verás dónde está el gran amor,

y temblar y volverte y ser cambiado? contento usted;

La puerta es estrecha; no estaré allí.


Pero tú, si hubieras elegido, si hubieras extendido la mano,

si hubieras visto bien que se hiciera tal cosa,

yo también podría haber estado con las almas que están

a la vista del sol, vestidas con la luz del sol;

Pero, ¿quién ahora en la tierra necesita preocuparse por cómo vivo?

¿Tienen los altos dioses algo que dar,

Excepto polvo y laureles y oro y arena?

Qué regalos son buenos; pero no lo haré.


Oh todos los amantes hermosos del mundo,

No hay ninguno de ustedes, ninguno, que me consuele.

Mis pensamientos son como cosas muertas, naufragadas y dando

vueltas y vueltas en un golfo del mar;

Y aún, a través del sonido y la corriente tensa,

a través de la espiral y el roce, brillan en un sueño,

los labios finos y brillantes tan cruelmente curvados,

y los extraños ojos rápidos donde el alma se sienta libre.


Libre, sin piedad, privado del dolor,

Ignorante; justo como los ojos son justos.

¿Quiero que cambies ahora, que cambies de un golpe,

sobresaltado y golpeado, despierto y consciente?

Sí, si pudiera, ¿querría que vieras

Mi mismo amor por ti llenándome,

Y que conocieras mi alma a fondo, como yo conozco

La semejanza y el aspecto de tu garganta y tu cabello?


No te cambiaré. No, aunque pudiera,

¿cambiaría mi dulce amor con una palabra?

Preferiría que tu cabello cambiara en una noche,

Claro ahora como el penacho de un pájaro negro brillante;

Tu rostro falla de repente, cesa, encanece,

Muere como una hoja que muere en un día.

Guardaré mi alma en un lugar fuera de la vista,

Lejos, donde no se escuche su pulso.



A lo lejos camina, en un espacio desolado,

Lleno del sonido del dolor de los años.

He tejido un velo para el rostro que llora,

cuyos labios han bebido el vino de las lágrimas;

He encontrado un camino para los pies que fallan,

Un lugar para que el sueño y el dolor se encuentren;

No hay rumor sobre el lugar,

Ni luz, ni ninguno que vea ni oiga.


Escondí mi alma fuera de la vista, y dije

: "Que nadie se apiade de ti, nadie

consuele tu llanto: porque he aquí, estás muerto,

yace quieto ahora, a salvo de la vista del sol.

¿No te he construido una tumba? , y forjaste

tus vendas funerarias de penoso pensamiento,

con suaves versos y lágrimas sin derramar,

y dulces y ligeras visiones de cosas sin hacer?


"Te he dado vestiduras y bálsamo y mirra,

Y oro, y hermosos ajuares funerarios.

Pero tú, ahora en paz, no te alborotes. ¿

No es tu sepulcro como el de un rey real?

No te inquietes aunque el fin sea doloroso;

Duerme , sé paciente, no me molestes más.

Duerme, ¿qué tienes que ver con ella? ¿

Los ojos que lloran, con la boca que canta?


Donde las hojas rojas muertas de los años yacen podridas,

Los fríos viejos crímenes y los hechos arrojados por,

Los mal concebidos y los mal nacidos,

Encontraría un pecado que cometer antes de morir,

Seguro que me disolvería y destruiría por completo,

Eso establecería más alto en el cielo, servirte

y dejarte feliz, cuando limpio olvidado,

como un muerto fuera de mi mente, soy yo.


Tus manos ágiles me atraen, tu rostro me quema,

soy rápido para seguirte, deseoso de ver;

Pero el amor carece de fuerza para redimirme o deshacerme;

Como he sido, sé que seguramente seré;

"¿Qué deberían hacer tipos como yo?" No,

mi parte sería peor si eligiera jugar;

Pues lo peor es esto después de todo; si me conocieran,

ni un alma en la tierra se apiadaría de mí.


Y no juego por lástima de estos; pero tú,

si vieras con tu alma qué hombre soy,

me alabarías al menos porque mi alma toda

te ama, aborreciendo las vidas que mienten;

Las almas y los labios que se compran y se venden,

Las sonrisas de plata y los besos de oro,

Los amores del perrito faldero que gimen al masticar,

Los amantitos que maldicen y lloran.


Hay mujeres más bellas, según tengo entendido; podría ser;

Pero yo, que os amo y os encuentro hermosa,

que son más que hermosas a mis ojos si lo son, ¿

lo saben los altos dioses o les importan los grandes dioses?

Aunque las espadas en mi corazón para uno fueran siete,

¿Debería el hueco de hierro del cielo dudoso,

Que no sabe si es de día o de noche,

Reverberar palabras y una oración tonta?


Volveré a la gran madre dulce,

Madre y amante de los hombres, el mar.

Bajaré a ella, yo y nadie más,

Cerraré con ella, la besaré y la mezclaré conmigo;

Aférrate a ella, lucha con ella, abrázala fuerte:

oh hermosa madre blanca, en días lejanos

Nacido sin hermana, nacido sin hermano,

Libera mi alma como tu alma es libre.


Oh bella madre mía, de verde ceñido,

Mar, que estás vestida de sol y de lluvia,

Tus dulces y duros besos son fuertes como el vino,

Tus grandes abrazos son agudos como el dolor.

Sálvame y escóndeme con todas tus olas,

Encuéntrame una tumba de tus mil tumbas,

Esas puras frías y populosas tumbas tuyas

Forjadas sin mano en un mundo sin mancha.


Dormiré, y me moveré con los barcos en movimiento,

Cambiaré como cambian los vientos, viraré en la marea;

Mis labios se deleitarán con la espuma de tus labios,

me levantaré con tu levantamiento, contigo me hundiré;

Dormir, y no saber si ella estará, si estuvo,

Llena de vida para los ojos y el cabello,

Como una rosa se colma hasta las puntas de las hojas de rosa

Con espléndido verano y perfume y orgullo.


Esta vestidura tejida de noches y días,

si una vez fuera desechada y desenrollada de mí,

desnuda y feliz caminaría por tus caminos,

viva y consciente de tus caminos y de ti;

Limpia del mundo entero, escondida en casa,

Vestida de verde y coronada de espuma,

Un pulso de la vida de tus estrechos y bahías,

Una vena en el corazón de las corrientes del mar.


Bella madre, alimentada con la vida de los hombres,

Eres sutil y cruel de corazón, dicen los hombres.

Tomaste, y no volverás a dar;

Estás lleno de tus muertos, y frío como ellos.

Pero la muerte es lo peor que te puede pasar;

De nuestros muertos te alimentas, oh madre, oh mar,

pero ¿cuándo te has alimentado de nuestros corazones? ¿O cuándo,

habiéndonos dado amor, nos lo has quitado?


Oh tierno corazón, oh perfecto amante,

Tus labios son amargos, y dulce tu corazón.

Las esperanzas que duelen y los sueños que se ciernen, ¿

no se desvanecerán y se separarán?

Pero tú, estás seguro, eres más viejo que la tierra;

Eres fuerte para la muerte y fecundo para el nacimiento;

Tus profundidades ocultan y tus golfos descubren;

Desde el principio fuiste; al final eres tú.


Y el dolor no durará para siempre, lo sé.

Como cosas que no son, serán estas cosas;

Viviremos a través de las estaciones del sol y de la nieve,

y ninguno será tan doloroso para mí.

Oiremos, como quien oye en trance,

El sonido del tiempo, la rima de los años;

La esperanza naufragada y el dolor apasionado crecerán

como cosas tiernas de un mar de primavera.


Frutos marinos que se mecen en las olas que silban,

Oro ahogado y púrpura y anillos reales.

Y todo el tiempo pasado, ¿fue todo por esto?

¿Tiempos inolvidables y tesoros de cosas?

Rápidos años de simpatía y dulces y largas risas,

que no supieron bien de los años posteriores

hasta que el amor despertó, herido en el corazón por un beso,

con labios que temblaban y arrastrando alas.


En la Francia de antaño vivía un cantor

junto al doloroso mar del centro sin mareas.

En una tierra de arena y ruina y oro

Brillaba una mujer, y nadie más que ella.

Y viendo que la vida por causa de su amor fallaba,

estando deseoso de verla, ordenó zarpar,

tocó tierra, y la vio mientras la vida se enfriaba,

y alabó a Dios, viendo; y así murió él.


Murió, alabando a Dios por su don y gracia:

porque ella se inclinó ante él llorando, y dijo:

"Vive"; y sus lágrimas se derramaron sobre su rostro

o alguna vez se derramó la vida en su rostro.

Las agudas lágrimas cayeron a través de su cabello, y picaron

Una vez, y sus labios cerrados lo tocaron y se adhirieron

Una vez, y crecieron uno con los labios de él por un espacio;

Y así retrocedió, y el hombre estaba muerto.


Oh hermano, los dioses fueron buenos contigo.

Duerme y alégrate mientras el mundo perdure.

Estén bien contentos a medida que pasan los años;

Da gracias por la vida, y los amores y señuelos;

Da gracias por la vida, oh hermano, y por la muerte,

Por el dulce postrer sonido de sus pies, de su aliento,

Por los dones que te dio, gratos y pocos,

Lágrimas y besos, aquella señora tuya.


Descansa y alégrate de los dioses; pero yo, ¿

cómo los alabaré, o cómo descansaré?

No hay lugar bajo todo el cielo

Para mí que no sé de lo peor o lo mejor,

Sueño o deseo de los días anteriores,

Dulces o amarguras, nunca más.

El amor no vendrá a mí ahora aunque muera,

como el amor se acercó a ti, pecho con pecho.


Nunca volveré a ser amigo de las rosas;

Aborreceré las dulces melodías, donde una nota que se hace fuerte

cede y retrocede, sube y se cierra,

como una ola del mar que se vuelve atrás por la canción.

Hay sonidos donde el deleite del alma se enciende,

Frente a frente con su propio deseo;

Un deleite que se rebela, un deseo que reposa;

Odiaré la música dulce toda mi vida.


El pulso de la guerra y la pasión del asombro,

Los cielos que murmuran, los sonidos que brillan,

Las estrellas que cantan y los amores que truenan,

La música que arde en el corazón como el vino,

Un arcángel armado cuyas manos levantan

Todos los sentidos mezclados en la del espíritu copa

hasta que la carne y el espíritu se derritan en pedazos--

Estas cosas han terminado, y ya no son mías.


Estos eran parte del juego que escuché

Una vez, antes de que mi amor y mi corazón estuvieran en conflicto;

Amor que canta y tiene alas como un pájaro,

Bálsamo de la herida y peso del cuchillo.

Más hermoso que la tierra es el mar, y el sueño

Que la vigilancia de los ojos que lloran,

Ahora el tiempo ha acabado con su dulce palabra,

El vino y la levadura de la vida hermosa.


Iré por mis caminos, mediré mi medida,

Llenaré los días de mi aliento diario

Con cosas fugitivas que no es bueno atesorar,

Haz lo que hace el mundo, di lo que dice;

Pero si nos hubiésemos amado, oh dulce,

si hubieras sentido, yaciendo bajo las palmas de tus pies,

el corazón de mi corazón, latiendo más fuerte de placer

al sentirte pisarlo hasta el polvo y la muerte.


Ah, ¿no había tomado mi vida y dado

todo lo que la vida da y los años se van,

el vino y la miel, el bálsamo y la levadura,

los sueños elevados y las esperanzas abatidas?

Ven vida, ven muerte, no se diga una palabra;

¿Debería perderte vivo y afligirte muerto?

nunca te lo diré en la tierra; y en el cielo,

si clamo a vosotros entonces, ¿oiréis o sabréis?

Hertha, de Swinburne

 Hertha

POR ALGERNON CHARLES SWINBURNE

Soy lo que comenzó;

               Fuera de mí ruedan los años;

       De mí Dios y hombre;

               soy igual y completo;

Dios cambia, y el hombre, y la forma de ellos corporalmente; yo soy el alma


       Antes de que existiera la tierra,

               Antes que nunca el mar,

       O suave pelo de la hierba,

               O hermosas ramas del árbol,

O el fruto de color fresco de mis ramas, yo era, y tu alma estaba en mí.


       Primera vida en mis fuentes

               Primero derivó y nadó;

       Fuera de mí están las fuerzas

               Que guárdalo o maldita sea;

De mí hombre y mujer, y bestia salvaje y pájaro; antes de que Dios fuera, yo soy.


       A mi lado o encima de mi

               No hay nada para ir;

       Ámame o desámame,

               Desconocerme o saber,

soy lo que me desama y ama; Estoy herido y soy el golpe.


       Yo la marca que se pierde

               Y las flechas que fallan,

       yo la boca que se besa

               Y el aliento en el beso,

La búsqueda, y lo buscado, y el buscador, el alma y el cuerpo que es.


       Soy esa cosa que bendice

               Mi espíritu se regocija;

       la que acaricia

               Con manos descrear

Mis miembros no engendrados que miden la longitud de la medida del destino.


       Pero ¿qué haces ahora,

               Mirando hacia Dios, para llorar

       "Yo soy yo, tú eres tú,

               Yo soy bajo, tú eres alto"?

Yo soy tú, a quien buscas para encontrarlo; encuéntrate a ti mismo, tú eres yo.


       yo el grano y el surco,

               El terrón partido por el arado

       y la reja del arado bien estirada,

               El germen y el césped,

La obra y el hacedor, la semilla y el sembrador, el polvo que es Dios.


       ¿Has sabido cómo te he formado,

               Niño, bajo tierra?

       Fuego que te apasionó,

               Hierro que ató,

Tenues cambios de agua, ¿qué cosa de todas estas has conocido o hallado?


       ¿Puedes decir en tu corazón

               Has visto con tus ojos

       con que astucia del arte

               Fuiste forjado de qué manera,

¿Por qué fuerza de qué material fuiste formado, y mostrado en mi pecho a los cielos?


       ¿Quién te lo ha dado, quién te lo ha vendido?

               ¿Conocimiento de mí?

       ¿Te lo ha dicho el desierto?

               ¿Has aprendido del mar?

¿Has comulgado en espíritu con la noche? ¿Han consultado contigo los vientos?


       ¿He puesto tal estrella

               Para mostrar luz en tu frente

       Que viste de lejos

               ¿Qué te muestro ahora?

¿Habéis hablado juntos como hermanos, el sol y las montañas y tú?


       ¿Qué hay aquí, lo sabes?

               ¿Qué fue, has sabido?

       profeta ni poeta

               Ni trípode ni trono

Ni el espíritu ni la carne pueden responder, sino solo tu madre sola.


       Madre, no hacedora,

               Nacido, y no hecho;

       Aunque sus hijos la abandonen,

               Seducido o asustado,

Orando oraciones al Dios de su moda, ella no se mueve por todos los que han orado.


       Un credo es una vara,

               Y una corona es de noche;

       Pero esta cosa es Dios,

               ser hombre con tu poder,

Para crecer recto en la fuerza de tu espíritu, y vivir tu vida como la luz.


       Estoy en ti para salvarte,

               como dice mi alma en ti;

       dale como yo te di,

               tu vida, sangre y aliento,

Hojas verdes de tu trabajo, flores blancas de tu pensamiento y frutos rojos de tu muerte.


       Sean los caminos de tu entrega

               como los míos para ti;

       La vida libre de tu vivir,

               Sé el regalo gratis;

No como siervo a señor, ni como amo a esclavo, te darás a mí.


       Oh hijos del destierro,

               Almas nubladas,

       ¿Fueron las luces que ves que se desvanecen?

               Siempre para durar,

No conocerías el sol que brilla sobre las sombras y las estrellas que pasan.


       Yo que vi donde andabais

               Los oscuros caminos de la noche

       Establecer la sombra llamada Dios

               en tus cielos para dar luz;

Pero la mañana de la madurez se levanta, y el alma sin sombras está a la vista.


       El árbol de muchas raíces

               Que se hincha hasta el cielo

       con frondas de frutos rojos,

               El árbol de la vida soy yo;

En los brotes de vuestras vidas está la savia de mis hojas: viviréis y no moriréis.


       Pero los dioses de tu moda

               Que toman y que dan,

       En su piedad y pasión

               que azotar y perdonar,

Son gusanos que se crían en la corteza que se cae; morirán y no vivirán.


       Mi propia sangre es lo que estanca

               Las heridas en mi corteza;

       Estrellas atrapadas en mis ramas

               Haz día de la oscuridad,

Y son adorados como soles hasta que la salida del sol apague sus fuegos como una chispa.


       Donde las edades muertas se esconden debajo

               Las raíces vivas del árbol,

       En mi oscuridad el trueno

               habla de mí;

En el choque de mis ramas entre sí oís el sonido de las olas del mar.


       Ese ruido es del Tiempo,

               A medida que sus plumas se extienden

       Y sus pies dispuestos a subir

               A través de las ramas de arriba,

Y mi follaje resuena a su alrededor y susurra, y las ramas se doblan con su pisada.


       Los vientos tormentosos de las eras

               Sopla a través de mí y cesa,

       El viento de guerra que ruge,

               El viento primaveral de la paz,

Antes de que su aliento haga ásperas mis trenzas, antes de que crezca una de mis flores.


       Todos los sonidos de todos los cambios,

               Todas las sombras y luces

       En las cadenas montañosas del mundo

               y alturas desgarradas por arroyos,

Cuya lengua es la lengua del viento y el lenguaje de las nubes de tormenta en las noches que hacen temblar la tierra;


       Todas las formas de todos los rostros,

               Todas las obras de todas las manos

       En lugares inescrutables

               De tierras azotadas por el tiempo,

Toda muerte y toda vida, y todos los reinos y todas las ruinas, caen a través de mí como arena.


       Aunque dolorosa sea mi carga

               Y más de lo que sabes,

       Y mi crecimiento no tiene guerdon

               Pero solo para crecer,

Sin embargo, no dejo de crecer para relámpagos sobre mí o gusanos de muerte debajo.


       Estos también tienen su parte en mí,

               como yo también en estos;

       Tal fuego está en mi corazón,

               Tal savia es la de este árbol,

Que tiene en sí todos los sonidos y todos los secretos de tierras y mares infinitos.


       en las horas primaverales

               Cuando mi mente era como la de May,

       Allí brotan de mí flores

               Por siglos de días,

Fuertes capullos con perfume de virilidad brotaron de mi espíritu como rayos.


       Y el sonido de ellos saltando

               y el olor de sus brotes

       Eran como calidez y dulce canto

               y fuerza a mis raíces;

Y la vida de mis hijos perfeccionada con libertad de alma fueron mis frutos.


       Te pido que seas;

               No tengo necesidad de oración;

       te necesito gratis

               como vuestras bocas de mi aire;

Que mi corazón sea más grande dentro de mí, viendo los frutos de mí hermosos.


       Más bella que extraña es la fruta

               de las religiones que profesáis;

       En mi solo esta la raiz

               que florece en tus ramas;

He aquí ahora a vuestro Dios que os habéis hecho, para que lo apaciente con la fe de vuestros votos.


       En el oscurecimiento y blanqueamiento

               abismos adorados,

       Con la aurora y el relámpago

               Por lámpara y por espada,

Dios truena en el cielo, y sus ángeles están rojos con la ira del Señor.


       Oh hijos míos, oh demasiado obedientes

               Hacia dioses no de mí,

       ¿No fui bastante hermosa?

               ¿Fue difícil ser libre?

Porque he aquí, yo estoy contigo, estoy en ti y de ti; mira ahora y verás.


       He aquí, alado con las maravillas del mundo,

               Con milagros calzados,

       Con los fuegos de sus truenos

               por vestido y vara,

Dios tiembla en el cielo, y sus ángeles están blancos del terror de Dios.


       Porque su crepúsculo ha venido sobre él,

               Su angustia está aquí;

       Y sus espíritus lo miran mudos,

               Encanecido por su miedo;

Y su hora se apodera de él golpeado, el último de su año infinito.


       El pensamiento lo hizo y lo quebranta,

               La verdad mata y perdona;

       Pero a ti, como el tiempo lo lleva,

               Esta cosa nueva que da,

Incluso el amor, la amada República, que se alimenta de libertad y vive.


       Porque sólo la verdad es vivir,

               Sólo la verdad es completa,

       Y el amor de su entrega,

               estrella polar y polo del hombre;

Hombre, pulso de mi centro, fruto de mi cuerpo y semilla de mi alma.


       un nacimiento de mi seno;

               un rayo de mi ojo;

       Una flor superior

               que escala el cielo;

Hombre, igual y uno conmigo, hombre que está hecho de mí, hombre que soy yo.

viernes, 6 de enero de 2023

Retrato de Aníbal por Tito Livio

Retrato de Aníbal que hizo Tito Livio en el Libro XXI de la Historia de Roma desde su fundación:

Enviado Aníbal a Hispania, nada más llegar se ganó a todo el ejército: los soldados veteranos tenían la impresión de que les había sido devuelto el Amílcar joven; veían la misma energía en sus rasgos, la misma fuerza en su mirada, la misma expresión en su semblante, idéntica fisonomía. Después, en muy poco tiempo, consiguió que lo que tenía de su padre fuese lo menos importante en orden a granjearse las simpatías. Nunca un mismo carácter fue más dispuesto para cosas enteramente contrarias: obedecer y mandar. No resultaría fácil, por ello, discernir si era más apreciado por el general o por la tropa. Ni Asdrubal prefería a ningún otro para confiarle el mando cuando había que actuar con valor y denuedo, ni los soldados se mostraban más confiados o intrépidos con cualquier otro jefe. Era de lo más audaz para afrontar los peligros, y de lo más prudente en medio del mismo peligro. No había tarea capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su moral. El mismo aguante para el calor y el frío; su manera de comer y beber, atemperada por las necesidades de la naturaleza, no por el placer; el tiempo de vigilia y de sueño, repartido indistintamente a lo largo del día o de la noche; el tiempo que le quedaba libre de actividad era el que dedicaba al descanso, para el cual no buscaba ni muelle lecho ni silencio: muchos lo vieron a menudo echado por el suelo, tapado con el capote militar, en medio de los puestos de guardia o de vigilancia militar. No se distinguía en absoluto entre los de su edad por la indumentaria, sí llamaban la atención sus armas y caballos. Era, con diferencia, el mejor soldado de caballería y de infantería a un mismo tiempo; el primero en marchar al combate, el último en retirarse una vez trabada la pelea. Las virtudes tan pronunciadas de este hombre se contrapesaban con defectos muy graves: una crueldad inhumana, una perfidia peor que púnica, una falta absoluta de franqueza y de honestidad, ningún temor a los dioses, ningún respeto por lo jurado, ningún escrúpulo religioso. Con estas virtudes y vicios innatos militó durante tres años bajo el mando de Asdrúbal, sin descuidar nada de lo que debiera hacer o ver quien iba a ser un gran general.

jueves, 5 de enero de 2023

Esta noche me emborracho, tango.

 Esta noche me emborracho (tango)

Carlos Gardel / Santos Discépolo


Sola, fané, descangayada, 

la vi esta madrugada

salir de un cabaret,

flaca, dos cuartos de cogote,

y una percha en el escote

bajo la nuez.

Chueca, vestida de pebeta,

teñida y coqueteando,

su desnudez parecía

un gallo desplumao,

mostrando al compadrear 

el cuero picoteao.

¡Yo qué sé cuándo no aguanto más!

Al verla así rajé, pa' no llorar.

Y pensar que, hace diez años,

fue mi locura...

que llegué hasta la traición

por su hermosura,

que esto que hoy es un cascajo,

fue la dulce metedura

donde yo perdí el honor;

que, chiflao por su belleza,

le quité el pan a la vieja,

me hice ruin y pechador;

que quedé sin un amigo,

que viví de mala fe,

que me tuvo de rodillas,

sin moral, hecho un mendigo

cuando se fue.

Nunca creí que la vería

en un requiéscat in pace

tan cruel como el de hoy.

¡Mire si no es pa' suicidarse,

que por ese cachivache

sea lo que soy!

Fiera venganza la del tiempo

que le hace ver deshecho

lo que uno amó.

Este encuentro me ha hecho

tanto mal,

que, si lo pienso más,

termino envenenao.

Esta noche me emborracho bien,

me mamo bien mamao

pa' no pensar.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Horacio Quiroga, La gallina degollada.

 ​La gallina degollada​ de Horacio Quiroga


Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

—¿Qué, no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir...

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?...

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.


Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Juan Calzadilla, Poemas

 LA CRISIS


Dios dispuso de bastante tiempo

para constatar que mi país estaba torcido

y, pese a todo, no pudo enderezarlo

o no se molestó en hacerlo

cuando hubiera podido,

quizás convencido de que era ya tarde

y dejó que siguiera como estaba.

Ahora es difícil hacer algo.

Dios también está torcido

y aquí nadie cree en milagros.


LA VIA DESAPACIBLE


A veces uno se deja así mismo en casa

cuando sale a la calle. No quiere duplicarse.

En la esquina se consigue a otro y, sorprendido,

le increpa:

—¿Cómo? ¿Y no acabo de dejarte en casa?


CICLO


La humanidad decrece con el individuo.

Se reduce paulatinamente,

se caricaturiza en éste.

Porque el individuo la representa,

es su encarnación viviente.

La lenta degradación infantil de la mente

privilegiada del artista es su metáfora.

El poder del mundo disminuye

con cada hombre que envejece.

Con éste envejece todo.


LA UBRE PÚBLICA


La mejor utilidad que presta el tiempo

deriva de consumirlo,

de consumirlo eternamente, gozoso,

como a las frutas.

Si no vives lo has perdido para siempre.

Y sin embargo, ¿quién pone en duda

que es una ubre pública?

Tienes que hacerte un sitio debajo

y pronto: para que no lleguen a decir

que lo desperdiciaste por estar pensando

en la mejor forma de exprimirlo.


PREVISIÓN


Todo poeta actúa convencido de que morirá

primero que su obra.

De allí que se esmere tanto en maquillarla.

La trata como si ya vislumbrara en ella

a su propio cadáver,

intacto y puro.


COROLARIO


Lo deseable sería que la conciencia del tiempo

no se quedara detrás del tiempo. Pero tampoco

que lo sobrepasara.


MI PAÍS METIDO EN UN BOLSILLO


Por fin, cuando después de tanto esperar,

de tantos sinsabores y amarguras,

de tantas ocasiones malgastadas,

de tanto errar por la geografía,

tuve la suerte de poder meterme a mi país

en un bolsillo, traté de asirlo con fuerza

pero se arrugó entre mis dedos

(era un mapa).


Antología de Rafael Cadenas

Fragmento de 'Derrota' (1963):

Yo que no he tenido nunca un oficio

que ante todo competidor me he sentido débil

que perdí los mejores títulos para la vida

que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)

que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos

que me arrimo a las paredes para no caer del todo

que soy objeto de risa para mí mismo

que creí que mi padre era eterno

que he sido humillado por profesores de literatura

que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada

que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida

que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo

que tengo vergüenza por actos que no he cometido

....

mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente

me suicido al alcance de la mano

me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros

y de mí hasta el día del juicio final.


'Fracaso', del libro 'Falsas maniobras' (1966). Fragmento:


Tú no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla, cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua que me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel, mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios, reñir las jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

Me has brindado solo desnudez.


'Los cuadernos del destierro' (1960), fragmento:


Pero el tiempo me había empobrecido.

Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo.

De tanto dormir con la muerte sentía mi eternidad. De noche deliraba en las rodillas de la belleza. Presa de tenaces anillos,

a pesar de mi parsimonioso continente de animal invicto me guardaba de la transitoriedad incita a mis actos.

Magnificencia de la ignorancia. Brujos solemnes habían auscultado mi cuerpo sin poder arribar a un dictamen. Solo yo conocía

mi mal. Era -caso no infrecuente en los anales de los falsos desarrollos- la duda.

Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.

Nunca estuve seguro de mi cuerpo.

Nunca pude precisar si tenía una historia.

Yo ignoraba todo lo concerniente a mí ya mis ancestros.

Nunca creí que mis ojos, orejas, boca, nariz, piel, movimientos, gustos, dilecciones, aversiones me pertenecían enteramente.

Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y que estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo, limpiándolo, cuidándolo para que luciera presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana.

Mi mal era irrescatable.

Me sentía solo. Necesitaba a mi lado una mujer silenciosa, paciente y dúctil que me rodease con una voz.


'Las paces' (Poemas selectos, 2004):


Lleguemos a un acuerdo, poema.

Ya no te forzaré a decir lo que no quieres

ni tú te resistirás tanto a lo que deseo.

Hemos forcejeado mucho.

¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen

Cuando sabes cosas que no sospecho?

Líbrate ya de mí.

Huye sin mirar atrás.

Sálvate antes de que sea tarde.

Pues siempre me rebasas,

sabes decir lo que te impulsa

y yo no,

porque eres más que tú mismo

y yo solo soy el que trata de reconocerse en ti.

Tengo la extensión de mi deseo

y tú no tienes ninguno,

sólo avanzas hacia donde te diriges

sin mirar la mano que mueves

y te cree suyo cuando te siente brotar de ella

como una sustancia

que se erige.

Imponle tu curso al que escribe, él

sólo sabe ocultarse,

cubrir la novedad,

empobrecerse.

Lo que muestra es una reiteración

cansada.

Poema,

apártame de ti.


'Ars poética', de  Intemperie (1977), en el que defiende que la poesía comprometida con su tiempo:


Que cada palabra lleve lo que dice.

Que sea como el temblor que la sostiene.

Que se mantenga como un latido.


No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir brillos a lo que es.

Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.

Somos reales.

Quiero exactitudes aterradoras.

Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.


Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.

Enloquezco por corresponderme.

Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.



De "Una Isla" 1958:


1. Coney Island


Rosa de claras risas

que golpea siempre

un mismo jirón de luz

y a un blanco río

de trópico que duerme

va girando,

girando

en la noche

amante.


* * *


2. Escribiste: "Estos muros se hacen transparentes cuando te siento.

Mañana traigo los libros.

Te besa".

Mi libertad había nacido tras aquellas paredes. El calabozo núm. 3

se extendía como un amanecer. Su día era vasto.

El pobre carcelero se creía libre porque cerraba la reja, pero

a través de ti yo era innumerable.


* * *


3. Vengo de un reino extraño,

vengo de una isla iluminada,

vengo de los ojos de una mujer.

Desciendo por el día pesadamente.

Música perdida me acompaña.


Una pupila cargadora de frutas

se adentra en lo que ve.


Mi fortaleza,

mi última línea,

mi frontera con el vacío

ha caído hoy.


* * *


4. Sola,

insegura,

apremiante

palabra,

casa sin atavío.


Para ella desearía

la fuerza

de los árboles.


* * *


5. Te extiendes, camino de arena, más suave que la memoria de un ciego.


Salimos a recorrer la ciudad.

Tú te tiendes sobre una tibia hojarasca,

Más tarde me encuentras, tocas mi hombro y te vuelves noche.


* * *


6. Tú que caminas esta noche en la soledad de la calle, vas llena de besos que no has dado.

Del amor ignoras la escritura prodigiosa.


Aunque no me conoces, en mi cuerpo tiembla el mismo mar que en tus venas danza.

Recibe mis ojos milenarios, mi cuerpo repetido, el susurro de mi arena.


* * *


7. Una urbe áspera sella mi boca.


Yo viajo a los espacios transparentes.

Conmigo está tu chal de lana, el viejo fonógrafo que cuidabas tanto,

tus zarcillos con que ibas al mercado, tu pulsera de oro, la vajilla humilde.

El perro que nos despertaba pasa su hocico por mi lecho.

No es magia, sencillamente nada he olvidado a no ser que existo sin ti.


* * *


8. You


Tú apareces,

tú te desnudas,

tú entras en la luz,

tú despiertas los colores,

tú coronas las aguas,

tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor,

tú rematas la más cegadora de las orillas,

tú predices si el mundo seguirá o va a caer,

tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo a tu lentitud de lava,

tú reinas en el centro de esta conflagración

y del primero

al séptimo día

tu cuerpo es un arrogante

                                                      palacio

donde vive

                          el

                               temblor.



De "Los cuadernos del destierro" 1960


1. Yo visité la tierra de luz blanda.

Anduve entre melones y hierbas marinas, comí frutas traídas por sacerdotisas adolescentes, palpé árboles

de savia roja como ladrillo que moraban junto a la tumba de un príncipe, vi viejos catafalcos de gobernadores

guardados por lentas palmas. Por los contornos había raíces en forma de tazones donde los monos mitigaban la sed.

Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

Era la época en que los brujos habían partido a los campos de arroz destruyendo todos los talismanes.

En las calles vistosas doncellas oscuras danzaban.

Entonces los capitanes bajaban de los ojos para explorar la ciudad.

De este viaje más allá de los presuntos límites sólo conservo alguna que otra estrella de mar, varios retratos -ella y yo-

y un peregrino cofre que encontré en el barco durante la travesía.

De aquel idioma y de mis pasos por la tierra dicha no existe imagen que esté hoy extinguida. Los veleros tocan a las puertas

del aire donde persisto. La luz me trae delfines muertos. Tu olor reconquista el estremecimiento.


* * *


2. H e entrado a región delgada.

Todo lo que canta se reúne a mis pies como banderas que el tiempo inclina.

Aquí el mundo es una estación amanecida sobre corales.

Ésta es la morada donde se depositan los signos de las aguas, el légamo de los navíos,

los mendrugos cargados de relámpagos.

Éste es el huerto de las especias clamorosas, la temporada de arcilla que el océano erige.

Ésta es la fruta de un piélago muerto, la columna desesperada del hambre.

Ésta es la salobre campana de verdor que el fuego crucifica, la tierra donde una  tribu oscura

embalsama un clavel.

Ésta es la tinta trémula del día, la rosa al rojo vivo inscrita en los anales de la selva.


* * *


3.  Pero el tiempo me había empobrecido.

Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo.

De tanto dormir con la muerte sentía mi eternidad. De noche deliraba en las rodillas de la belleza. Presa de tenaces anillos,

a pesar de mi parsimonioso continente de animal invicto me guardaba de la transitoriedad ínsita a mis actos.

Magnificencia de la ignorancia. Brujos solemnes habían auscultado mi cuerpo sin poder arribar a un dictamen. Sólo yo conocía

mi mal. Era -caso no infrecuente en los anales de los falsos desarrollos- la duda.

Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.

Nunca estuve seguro de mi cuerpo.

Nunca pude precisar si tenía una historia.

Yo ignoraba todo lo concerniente a mí ya mis ancestros.

Nunca creí que mis ojos, orejas, boca, nariz, piel, movimientos, gustos, dilecciones, aversiones me pertenecían enteramente.

Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y que estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo, limpiándolo, cuidándolo para que luciera presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana.

Mi mal era irrescatable.

Me sentía solo. Necesitaba a mi lado una mujer silenciosa, paciente y dúctil que me rodease con una voz.

Yo era un rey de infranqueable designio, de voluntad educada para la recepción del acatamiento, de pretensiones que hacían sonreír a los duendes.

Un rey niño.

Cuando advino, inopinadamente, una era de pobreza, perdí mi serenidad.

Mis pasiones absolutas -entre ellas el amor, que para mí era totalidad- fueron barridas.

En suma, yo era una pregunta condenada a no calzar el signo de interrogación. O un navío que se transformaba en fosforescente penacho de dragón. O una nube que se demudaba conforme al movimiento.

Habitaba un lugar indeciso.

Mi historia era un largo recuento de inauditas torpezas, de infértiles averiguaciones, de fabulosas fábricas.

Un dios cobarde usurpaba mis aras.

Él había degollado el amor frente a una reluciente laguna, en un bosque de caobos. Huía mugiendo sábanas ensangrentadas. Escapaba del recinto feliz. Las nubes eran símbolos zoológicos de mi destierro.

El amor me conducía con inocencia hacia la destrucción.

El odio, como a mis mayores, me fortalecía.

Pero yo era generoso y sabía reír.

Como no soportaba la claridad, dispuse entre anaranjados estertores de sol mi regreso hacia el final. Las aguas me condujeron como el sensitivo lleva la pesadilla. Volví insomne al lugar de la ficción.


* * *


4. Sól0 tú misma en el acto. Extendida, carnosa, húmeda.

Un temblor sin lapso. Sin equívoco. Torbellino en torno de la flor de blando terciopelo, acorazonada, que nace del clima

de tus piernas como un grito nocturno. Flor que se liba.

Sombra de flor. En la sinfonía ciega de las corrientes lozana forma de mis manos sin ojos. Cuerno remoto de los rendimientos.

Llego navegando ondulaciones desesperadas. Soy dichoso.

¿Cuál es el color de esta fruición desencadenada, cómo llamarla, qué dios nos ha entregado esta conjunción? Me iré, Venus,

me iré, pero antes quiero apurar la copa. Ahogar los límites mollares, sofocar los cerrojos albeantes, vencer la sombra leda

de la desnudez, sacrificar el sonrojo numerado.

No me marcharé hasta que esta vegetal confusión de ondas no se haya cumplido. En tanto mi animal lamedor no esté sosegado.

Amo los blandos linderos de inefable tinte, ondulantes en la selva enana y espléndidamente libre que sobresale de tu cuerpo

como mil vocecillas frutales, el letífico aroma, el muelle calor, el ansioso tremar. Toda tú adunada por mareas geométricas

a mi piel. Toda presión, jadeo, huida, retorno, blancor, demencia. Nadadora. Extensión que amamanta mi vicio. Sombra

del láudano bajo mi pesado tiempo.

No partiré sin llevar una hora feliz en la corola, giradora, vencida y celante de los ojos que como al sol te reciben.



De "Falsas maniobras" 1966


1. Beloved country


Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.

País al que regreso cada vez que me he empobrecido.

Sello, fasto, bóveda de los cofres.

     

Nunca me has negado tu leche de virgen.

     

Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.


Ignoro el alcance de tu olor, pero sé que has estado

en todos mis puntos de partida, envolviéndome,

Oriente solícito, como una ceremonia.


País donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro,

mi anillo de bodas, estás cerca del centro.


* * *


2. Desolado


De tanto imaginarte, sonreírte, esperarte, me canso. Te veo y pregunto ¿eres tú?

Respiro tu llegada; ya sin creer.


No me pidas explicaciones.

No me quites la idea que tengo, tan vaga.

No me pruebes, por favor, en terreno firme (me harías a un lado).


Algunas veces de ti no queda nada, una pequeña lámina.

Si llegas, te aproximas, te parece bien, sencillamente será otra cosa, otra cosa, cosa de delirio.

Tendrás magnitud y calor.


Eres el otro lado del botín.

¿Comprendes?


* * *


3. Rutina


Me fustigo.

Me abro la carne.

Me exhibo sobre un escenario.

Allí no ofrezco el número decisivo.

Devorarme ¡mi gran milicia!, pero soy también un armador tenaz.

Sé reunirme pacientemente, usando rudos métodos de ensamblaje.

Conozco mil fórmulas de reparación. Reajustes, atornillamientos, tirones, las manejo todas.

A golpes junto las piezas.

Siempre regreso a mi tamaño natural.

Me deshago, me suprimo, displicente, me borro de un plumazo y vuelvo a montar,

                                                                                                                                   montar al carafresca.

(No se trata de rearmar un monstruo, eso es fácil, sino de devolverle a alguien

                                                                                                                                   las proporciones.)

Planto mi casa en medio de la locuacidad.

Me reconstruyo con un plano inefable.

Calma. Ya está. Entro a la horma.


 

De "Intemperie" 1977


1. ¿Cómo pudo

volverse tribunal

de su vida

(no es sino la sala

donde se reúne

a rumiar fallos)

el

que menos juzga,

el

que existe desde su cuerpo,

el

menos concluyente

de los nacidos?


* * *


2. Puesto que estás aquí,

tienes que


Aquí se camina

sin preguntar.


Tienes que

No precisemos.

Haz como que entiendes.


Ya sabes:

sin interrogar.

(Todas las preguntas caen

a los pies de tienes que.)


¿Angustia?

Nada de eso,

quédate tranquilo

en tu silla, contando las horas.


* * *


3. Vida

arrásame,

barre todo,

que sólo quede

la cáscara vacía, para no llenarla más,

limpia, limpia sin escrúpulo

y cuanto sostuviste deja caer

sin guardar más.


 

De "Memorial" 1977


1. Mal


Detenido, no sé dónde, mas es un hecho que estoy, detenido.

Llevo años en el mismo lugar, al fondo. ¿Vivo? Funciono, y ya es mucho.


* * *


2. Angst


No es nada, nada

algo sin trascendencia,

nada.

Una dificultad leve

en la respiración.

Problema de angostura

parece.

¿Acaso no sabías

que la puerta es estrecha?


* * *


3. As if


Es como si amáramos. Es como si sintiésemos. Es como si viviéramos.


Esto fatiga. Hasta se ansía un error. Puede que al equivocarse,

                                                                                            los actores rocen la verdad.


* * *


4. Deseo


Asciende por mi cuerpo como otra sangre

más cálida

que en mi boca se muda,

se vuelve la que no es

y se extingue

como un rumor más de la noche.

Río

que repite nombres.


* * *


5. Despilfarro


Es recio haber gastado días, meses, años en defenderse sin saber de quién.

Recio no poder ver el rostro del que asedia.

Recio ignorar lo que nos devasta.


* * *


6. El argumento


Por la mañana

leemos anestesiados

las noticias

de la guerra (cualquier guerra),

un titular

bien merece algunos combates;

cada bando

desea demostrar que Dios

está de su parte

con el argumento definitivo;

nuestros ojos recorren

las páginas

-buscamos más confirmaciones

de nuestra derrota

y el periódico trae lo que esperamos encontrar.


* * *


7. Sé

que si no llego a ser nadie

habré perdido mi vida.


 




 


De "Amante" 1983


1. Eludías

el encuentro

con el tú

magnífico,

el que te toma

y te anula como tempestad

y de ti arranca al que busca.


* * *


2. Cómo pudiste vivir

de la idea

que la ocultaba,

con un sabor

que no era el de ella,

huyendo

de su aparecer

que era también el tuyo?


* * *


3.  Llegas

no a modo de visitación

ni a modo de promesa

ni a modo de fábula

sino

como firme corporeidad, como ardimiento, como inmediatez.


* * *


4. Llevas el amante

al lugar

del acontecer


-el lugar del asentimiento.


* * *


5. Él abre los ojos,

siente,

se abandona.

Sabe ya que nada, nada

le pertenece,

salvo su dependencia,

y acata

el extraño señorío.


* * *


6. Se creyó dueño

y ella lo obligó a la más honda encuesta,

a preguntarse qué era en realidad suyo.

Después lo tomó en sus manos

y fue formando su rostro

con el mismo material del extravío, sin desechar nada,

y lo devolvió a los brazos del origen

como a quien se amó sin decírselo.


* * *


7. Misión

                   del amante:


arder

fuera del camino.


* * *


8. Enséñame,

rehazme

                  a fondo,

avívame

                  como quien enciende un fuego.


* * *


9. Destruye

la retórica del amante

y hazlo venir a pie, desnudo, sin arrimo,

a tu recio descampado.

Que pruebe a sostenerse ahí,

que sienta tu frío,

que vele.


 

De "Gestiones"  1992


1. Lo que miras a tu alrededor

no son flores, pájaros, nubes,

sino

existencia.


No, son flores, pájaros, nubes.


* * *


2. ¿ Quién es ese que dice yo

usándote

y después te deja solo?


No eres tú,

tú en el fondo no dices nada.


Él es sólo alguien

que te ha quitado la silla,

un advenedizo

que no te deja ver,

un espectro

que dobla tu voz.


Míralo

cada vez que asome el rostro.


* * *


3. Matrimonio


Todo, habitual,

sin magia,

sin los aderezos que usa la retórica,

sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio.


Líneas puras, sin más, de cuadro clásico.

Un transcurrir lleno de antigüedad,

de médula cotidiana,

de cumplimiento.

Como de gente que abre a la hora de siempre.


* * *


4. Tú

dependes

pero

¿lo sabes

a fondo,

con tu cuerpo,

lo puedes vocear,

se ha vuelto carne fascinada?


* * *


5. Quién es ese que dice yo

usándote

y después te deja solo?


No eres tú,

tú en el fondo no dices nada.


Él es sólo alguien

que te ha quitado la silla,

un advenedizo

que no te deja ver,

un espectro

que dobla tu voz.


Míralo

cada vez que asome el rostro.


* * *


6. ¿Quién deja de oponerse?

¿Quién se sale del juego?

¿Quién se vive en el vacío?

¿Quién hace del desabrigo refugio?

¿Quién se disuelve en el percibir?

¿Quién se expone sin arrimo al descampado?

¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?

¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?

¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?



Dichos


Vivir en el misterio: frase redundante.


*

Todo es misterio, aun lo que la conciencia conoce en detalle en

su orgulloso penúltimo escalón-


 *


Lo que tengo por novedad no es novedoso, es la novedad de la gota de agua.


*


¿Discutir para qué? Siempre es posible encontrar argumentos para defender esto

o aquello. De lo que se trata, y hay urgencia, es de inquirir.


*


En las universidades existe siempre el peligro de que la literatura deje de ser lo que es

-la manera más entrañable de habla- para volverse objeto de estudio, algo que será viviseccionado

en lugar de ser vivido.


*


Con la palabra «materia» se le da otro nombre al misterio.


*


Cualquier hombre es una agresividad en busca de una bandera.


*


Lo más importante es lo que no puede ser hallado.


*


La razón se crea su propio coto para señorear allí. No le atañe pregunta que no lleve

en sí su posibilidad de respuesta. Su fuerza es falsa, pues se apoya en el límite

que ella misma se pone.


*


No hay diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario.


*


Quien no busca, es.


*


Nada hay más extraño que la existencia.


Extraído de "Poemas selectos" 2004


 

Disyuntiva


                                       La naturaleza de la poesía

                                                        es inintencionada.

                                                                     Goran Palm


Yo quería escribir

un poema,

luego tuve la intención

de no tener intención

y el poema se quedó allí

detenido,

atrapado,

carbonizado entre la chispa

de las dos intenciones

y aquí

lo dejo.


Extraído de "Poemas selectos" 2004

 


Las paces


Lleguemos a un acuerdo, poema.

Ya no te forzaré a decir lo que no quieres

ni tú te resistirás tanto a lo que deseo.

Hemos forcejeado mucho.

¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen

cuando sabes cosas que no sospecho?

Líbrate ya de mí.

Huye sin mirar atrás.

Sálvate antes de que sea tarde.

Pues siempre me rebasas,

sabes decir lo que te impulsa

y yo no,

porque eres más que tú mismo

y yo sólo soy el que trata de reconocerse en ti.

Tengo la extensión de mi deseo

y tú no tienes ninguno,

sólo avanzas hacia donde te diriges

sin mirar la mano que mueves

y te cree suyo cuando te siente brotar de ella

como una sustancia

que se erige.

Imponle tu curso al que escribe, él

sólo sabe ocultarse,

cubrir la novedad,

empobrecerse.

Lo que muestra es una reiteración

cansada.

Poema,

apártate de mí.


Extraído de "Poemas selectos" 2004