sábado, 24 de octubre de 2026

Escena de Arthur Miller, La muerte de un viajante

Arthur Miller, La muerte de un viajante 

[...]

(Willy casi ha desaparecido cuando Biff, en pijama, baja la escalera y entra en la cocina.) 

BIFF: ¿Qué está haciendo ahí afuera? 

LINDA: ¡Chist! 

BIFF: Por el amor de Dios, mamá, ¿desde cuándo está así? 

LINDA: Calla, que te va a oír. 

BIFF: Pero ¿qué le ocurre? 

LINDA: Mañana por la mañana se le habrá pasado. 

BIFF: ¿No deberíamos hacer algo? 

LINDA: ¡Habría que hacer tantas cosas, cariño! Pero no hay nada que hacer, así que vete a dormir. (Happy baja la escalera y se sienta en los peldaños.) 

HAPPY: Nunca le había oído hablar tan alto, mamá. 

LINDA: Pues ven a casa más a menudo y le oirás. (Se sienta a la mesa y cose el forro de la chaqueta de Willy.) 

BIFF: ¿Por qué no me has escrito una carta contándomelo, mamá? 

LINDA: ¿Cómo iba a escribirte? Durante más de tres meses has estado por ahí sin dirección fija. 

BIFF: Estaba de viaje, pero sabes que siempre pensaba en ti. Lo sabes, ¿no es cierto? 

LINDA: Lo sé, cariño, lo sé. Pero a él le gusta tener noticias, saber que todavía hay una posibilidad de que las cosas mejoren. 

BIFF: No se comporta siempre así, ¿verdad? 

LINDA: Cuando vuelves tú a casa es cuando está peor. 

BIFF: ¿Cuando vuelvo a casa? 

LINDA: Cuando escribes diciendo que vas a venir, se alegra mucho, habla del futuro y..., y es estupendo. Después, cuanto más próxima está la fecha de tu llegada, más nervioso se pone, y cuando te presentas aquí discute y parece enfadado contigo. Tal vez se deba a que no puede... hablarte con franqueza. ¿Por qué os tenéis tanto rencor? ¿Por qué? 

BIFF (evasivamente): No le tengo rencor, mamá. 

LINDA: ¡Apenas has cruzado la puerta, ya os estáis peleando! 

BIFF: No sé por qué. Quiero cambiar, en serio. Lo intento, mamá, ¿comprendes? 

LINDA: ¿Esta vez has venido para quedarte? 

BIFF: No lo sé. Quiero echar un vistazo al ambiente, a ver qué hay. 

LINDA: No puedes pasarte la vida echando vistazos, Biff, ¿no te parece? 

BIFF: Me es imposible llevar una vida normal y corriente, mamá. Es superior a mis fuerzas.

LINDA: Un hombre no es como un pájaro que viene en primavera y luego se marcha. 

BIFF: Tu cabello... (Le toca el cabello.) Qué gris se te ha vuelto. 

LINDA: Lo tengo así desde que tú ibas al instituto. Sólo que ahora he dejado de teñírmelo. 

BIFF: Pues vuelve a teñírtelo, ¿de acuerdo? No quiero que parezcas vieja. (Sonríe.) 

LINDA: ¡Ah, qué crío eres! Crees que puedes pasarte un año fuera y... Has de meterte en la cabeza que un día llamarás a esta puerta y te encontrarás con que aquí viven unos desconocidos... 

BIFF: ¿De qué me estás hablando? Ni siquiera has llegado a los sesenta, mamá. 

LINDA: ¿Y qué me dices de tu padre? 

BIFF (sin convicción): Bueno, también me refería a él. 

HAPPY: Biff admira a papá. 

LINDA: Biff, cariño, si no sientes nada por él, entonces tampoco puedes sentir nada por mí. 

BIFF: Claro que puedo, mamá. 

LINDA: No. No puedes venir a verme sólo a mí, porque yo le quiero. (Las lágrimas amenazan con brotar de sus ojos, pero no pasan de ahí.) Es el hombre al que más quiero en el mundo, y no toleraré que nadie le haga sentirse superfluo, deprimido y triste. Tienes que tomar de una vez una decisión, hijo, no puedes seguir con esa actitud. O le guardas a tu padre el debido respeto, o no vengas más a casa. Sé que no es fácil llevarse bien con él, nadie lo sabe mejor que yo, pero... 

WILLY (desde la izquierda, riendo): ¡Eh, eh, Biff! 

BIFF (empieza a caminar en dirección a Willy): ¿Qué coño le pasa? (Happy detiene a su hermano.) 

LINDA: ¡No..., no te acerques a él! 

BIFF: ¡Deja de disculparle, mamá! Siempre te ha tratado como a un trapo sucio. Jamás te ha tenido ni una pizca de respeto. 

HAPPY: Papá siempre la ha respetado... 

BIFF: ¿Qué coño sabes tú de esto? 

HAPPY (irritado): ¡Sólo te pido que no digas que está loco! 

BIFF: No tiene carácter... Charley no haría una cosa así. No lo haría en su propia casa... Vomitar esa porquería que le ronda la cabeza... 

HAPPY: Charley nunca se ha encontrado en su situación. 

BIFF: Hay gente que está mucho peor que Willy Loman. ¡Créeme, los he visto! 

LINDA: Entonces cambia de padre, Biff, y quédate con Charley. No puedes hacerlo, ¿verdad? No digo que sea un gran hombre. Willy Loman nunca ha ganado mucho dinero. Su nombre no ha salido nunca en los periódicos. No es la persona más agradable que jamás haya existido, pero es un ser humano, y le está ocurriendo algo terrible. Por eso debemos prestarle atención, evitar que acabe en la tumba como un perro viejo. Llega un momento en que hay que prestar toda la atención necesaria a alguien como él. Le dijiste que estaba loco... 

BIFF: No quería decir... 

LINDA: Mucha gente cree que vuestro padre ha perdido el... equilibrio. Pero no hace falta tener muchas luces para darse cuenta de cuál es su problema. Está agotado. 

HAPPY: ¡Claro! 

LINDA: Un hombre humilde puede agotarse tanto como un gran hombre. En marzo hará treinta y seis años que trabaja para la empresa, ha introducido sus productos en zonas desconocidas, y ahora que empieza a envejecer, le retiran el salario. 

HAPPY (indignado): Eso no lo sabía, mamá. 

LINDA: ¡No me lo preguntaste, cariño! Ahora que consigues en alguna parte el dinero para tus gastos, su situación te tiene sin cuidado. 

HAPPY: Pero te di dinero por... 

LINDA: ¡Por Navidad! ¡Cincuenta dólares! ¡Arreglar el calentador de agua costó noventa y siete con cincuenta! ¡Desde hace un mes y una semana, sólo cobra comisiones, como un principiante, un desconocido! 

BIFF: ¡Esos cabrones desagradecidos! 

LINDA: ¿Son peores ellos que los hijos de Willy? Cuando les conseguía beneficios, cuando era joven, se alegraban de verle. Pero ahora sus viejos amigos, los agentes de compras de antaño, que tanto aprecio le tenían y que siempre se las arreglaban para hacerle un pedido cuando estaba apurado, han muerto o se han jubilado. Antes podía hacer en Boston seis o siete visitas al día. Ahora, con sólo sacar las maletas del coche y volver a meterlas, se agota. Ahora, en vez de pasear, habla. Viaja más de mil kilómetros, y cuando llega a su destino nadie le conoce, nadie le da la bienvenida. ¿Y qué pasa por la cabeza de un hombre que recorre mil kilómetros sin ganar un centavo? ¿Por qué no habría de hablar consigo mismo? ¿Por qué no? ¡Tiene que recurrir a Charley, pedirle prestados cincuenta dólares a la semana y fingir delante de mí que eso es lo que ha ganado! ¿Hasta cuándo podrá seguir así? ¿Hasta cuándo? ¿Comprendéis qué es lo que estoy esperando aquí sentada? ¿Y me decís que no tiene carácter? ¿Un hombre que no ha dejado de trabajar un solo día por vosotros? ¿Cuándo le van a poner una medalla por eso? ¿Es ésta la recompensa, darse la vuelta a los sesenta y tres años y ver a sus hijos, a los que quería más que a su vida, el uno hecho un gorrón y un mujeriego...? 

HAPPY: ¡Mamá! 

LINDA: ¡Eso es lo que eres, hijo mío! (A Biff:) ¡Y tú! ¿Dónde está el afecto que le tenías? ¡Erais tan amigos! ¡Cada noche hablabas con él por teléfono! ¡Qué solo se sentía hasta que llegaba a casa y te veía! 

BIFF: De acuerdo, mamá. Me quedaré en casa y encontraré un empleo. Me mantendré alejado de él, eso es todo. 

LINDA: No, Biff. No puedes quedarte aquí y pelearte continuamente. 

BIFF: No olvides que fue él quien me echó de esta casa. 

LINDA: ¿Por qué lo hizo? Nunca supe el motivo. 

BIFF: ¡Porque sé que es un farsante y no quiere tener a su alrededor a nadie que lo sepa! 

LINDA: ¿Un farsante? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir? 

BIFF: No me eches la culpa de todo. Es un asunto entre él y yo..., no tengo nada más que decir. A partir de ahora pagaré mi parte de los gastos. Se conformará con la mitad de mi paga. Se quedará satisfecho. Me voy a dormir. (Se encamina hacia la escalera.) 

LINDA: No se quedará satisfecho. 

BIFF (volviéndose en la escalera, enfurecido): Odio esta ciudad y voy a quedarme aquí. ¿Qué más quieres? 

LINDA: Se está muriendo, Biff. (Happy se vuelve rápidamente hacia ella, alarmado.) 

BIFF (tras una pausa): ¿Por qué dices eso? 

LINDA: Ha intentado suicidarse. 

BIFF (horrorizado): ¿Cómo? 

LINDA: Tengo constantemente el corazón en un puño. 

BIFF: ¿A qué te refieres? 

LINDA: ¿Recuerdas que, en febrero, te escribí diciéndote que había vuelto a tener un accidente de coche? 

BIFF: ¿Y qué? 

LINDA: Vino a verme el inspector de la compañía de seguros y me dijo que tienen pruebas, que esos accidentes del año pasado... no fueron..., no fueron... accidentes. 

HAPPY: ¿Cómo pueden decir semejante cosa? Es mentira. 

LINDA: Parece ser que hay una mujer... (Aspira hondo mientras:) 

BIFF (vivamente, pero contenido): ¿Qué mujer? 

LINDA (simultáneamente): ... y que esa mujer... 

LINDA: ¿Qué? 

BIFF: Nada. Continúa. 

LINDA: ¿Qué has dicho? 

BIFF: Nada. Sólo he preguntado: «¿Qué mujer?». 

HAPPY: ¿Qué pasa con ella? 

LINDA: Veréis, parece ser que esa mujer iba andando por la carretera y vio el coche. Dice que Willy no conducía rápido, ni mucho menos, y que el vehículo no patinó. Fue hacia el puentecillo a propósito, rompió el pretil, y lo único que le salvó fue la poca profundidad del agua. 

BIFF: Lo más probable es que hubiera vuelto a dormirse.

LINDA: No creo que se durmiera. 

BIFF: ¿Por qué no? 

LINDA: El mes pasado... (Con gran dificultad:) ¡Qué difícil resulta contar una cosa así, hijos míos! Le tomáis por un estúpido, pero os digo que hay más bondad en él que en la mayoría de la gente. (La emoción le embarga la voz, y se enjuga los ojos.) Yo estaba buscando un fusible. Hubo un apagón y bajé al sótano. Y detrás de la caja de fusibles... caído..., vi un tubo de goma bastante corto. 

HAPPY: ¿En serio? 

LINDA: En el extremo tiene un pequeño accesorio de fijación, y, como me temía, bajo la caldera había un nuevo manguito de unión en la tubería del gas.

HAPPY (enojado): Ese... memo. 

BIFF: ¿Lo has quitado? 

LINDA: Yo... Me da apuro. ¿Cómo puedo decírselo? Cada día bajo al sótano y retiro el tubo corto de goma. Pero cuando él vuelve a casa, lo dejo donde estaba. ¿Cómo podría insultarle de esa manera? No sé qué hacer. Vivo con el corazón en un puño, hijos míos. Creedme, sé lo que le está rondando por la cabeza. Parece anticuado y estúpido, pero os digo que os ha dedicado su vida entera, y vosotros le habéis dado la espalda. (Está inclinada en la silla, llorando, el rostro entre las manos.) ¡Te lo juro, Biff, tienes su vida en tus manos! 

HAPPY (a Biff): ¡Mira con qué nos sale el muy idiota! 

BIFF (besándola): De acuerdo, mamá, de acuerdo. No hay más que hablar. He sido un descuidado. Lo sé, mamá, pero voy a quedarme, y te juro que haré las cosas como es debido. (Arrodillándose ante ella lleno de remordimiento:) Es sólo que... no sirvo para estar atado a un empleo, ¿sabes? Pero voy a intentarlo, sí, voy a intentarlo, y tendré éxito. 

HAPPY: Claro que lo tendrás. Lo malo de ti, por lo que se refiere al trabajo, es que nunca has tratado de agradar a la gente. 

BIFF: Lo sé, yo... 

HAPPY: Como cuando trabajabas con Harrison. Bob Harrison decía que valías mucho, y entonces vas y te pones a hacer idioteces, a silbar canciones enteras en el ascensor, como un comediante.

BIFF (en contra de Happy): ¿Y qué? Me gusta silbar de vez en cuando. 

HAPPY: ¡No dan un puesto de responsabilidad a un empleado que silba en el ascensor! 

LINDA: No discutáis ahora sobre eso, por favor. 

HAPPY: Como cuando ibas a nadar en plena jornada en vez de visitar a los clientes. 

BIFF (su enojo va en aumento): ¿Acaso tú no te escapas? No me digas que de vez en cuando no te tomas libre un buen día de verano. 

HAPPY: ¡Sí, pero tomo precauciones! 

LINDA: ¡Hijos! 

HAPPY: Cuando voy a escaquearme, como el jefe puede telefonear a cualquiera de los sitios donde podría estar, hablo con todos para que le aseguren que acabo de marcharme. Siento decírtelo, Biff, pero en el mundo del comercio hay quienes creen que estás loco. 

BIFF (encolerizado): ¡Que le den por el saco al mundo del comercio! 

HAPPY: ¡De acuerdo, que le den por el saco! ¡Estupendo, pero guárdate las espaldas! 

LINDA: ¡Hap! ¡Hap! 

BIFF: ¡Me importa un bledo lo que piensen! Se han reído de papá durante años, ¿y sabes por qué? ¡Porque no encajamos en esta ciudad, que es un manicomio! Deberíamos dedicarnos a amasar hormigón en una llanura o..., o a trabajar como carpinteros. ¡A un carpintero le permiten silbar! 

[...]

sábado, 10 de octubre de 2026

Eugène Ionesco, Escena de La cantante calva

Eugène Ionesco, La cantante calva, acto I, escena 4.ª

 La señora y el señor MARTIN se sientan el uno frente al otro, sin hablarse. Se sonríen con timidez. 

SR. MARTIN (el diálogo que sigue debe ser dicho con una voz lánguida, monótona, un poco cantante, nada matizada):  – Discúlpeme, señora, pero me parece, si no me engaño, que la he encontrado ya en alguna parte. 

SRA. MARTIN:  – A mí también me parece, señor, que lo he encontrado ya en alguna parte. 

SR. MARTIN:  – ¿No la habré visto, señora, en Manchester, por casualidad? 

SRA. MARTIN:  – Es muy posible. Yo soy originaria de la ciudad de Manchester. Pero no recuerdo muy bien, señor, no podría afirmar si lo he visto allí o no. 

SR. MARTIN:  – ¡Dios mío, qué curioso! ¡Yo también soy originario de la ciudad de Manchester! 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! 

SR. MARTIN:  – ¡Muy curioso!... Pero yo, señora, dejé la ciudad de Manchester hace cinco semanas, más o menos. 

SRA. MARTIN: – ¡Qué curioso! ¡Qué extraña coincidencia! Yo también, señor, dejé la ciudad de Manchester hace cinco semanas, más o menos. 

SR. MARTIN:  – Tomé el tren de las ocho y media de la mañana, que llega a Londres a las cinco menos 10 cuarto, señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! ¡Qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo tomé el mismo tren, señor, yo también! 

SR. MARTIN:  ¡Dios mío, qué curioso! ¿Entonces, tal vez, señora, la vi en el tren?

SRA. MARTIN:  – Es muy posible, no está excluido, es posible y, después de todo, ¿por qué no?... Pero yo no lo recuerdo, señor. 

SR. MARTIN:  – Yo viajaba en segunda clase, señora. No hay segunda clase en Inglaterra, pero a pesar de ello yo viajo en segunda clase. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué extraño, qué curioso, qué coincidencia! ¡Yo también, señor, viajaba en segunda clase! 

SR. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Quizás nos hayamos encontrado en la segunda clase, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – Es muy posible y no queda completamente excluido Pero lo recuerdo muy bien, estimado señor. 

SR. MARTIN:  – Yo iba en el coche número 8, sexto compartimiento, señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Yo iba también en el coche número 8, sexto compartimiento, estimado señor. 

SR. MARTIN:  – ¡Qué curioso y qué coincidencia extraña! Quizá nos hayamos encontrado en el sexto compartimiento, estimada señora.  

SRA. MARTIN:  – Es muy posible, después de todo. Pero no lo recuerdo, estimado señor.  

SR. MARTIN:  – En verdad, estimada señora, yo tampoco lo recuerdo, pero es posible que nos hayamos visto allí, y si reflexiono sobre ello, me parece incluso muy posible. 

SRA. MARTIN:  – ¡Oh, verdaderamente, verdaderamente, señor!  

SR. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Yo ocupaba el asiento número 3, junto a la ventana, estimada señora.  

SRA. MARTIN:  – ¡Oh, Dios mío, qué curioso y extraño! Yo tenía el asiento número 6, junto a la ventana, 11 frente a usted, estimado señor.  

SR. MARTIN:  – ¡Oh, Dios mío, qué curioso y qué coincidencia! ¡Estábamos, por lo tanto, frente a frente, estimada señora!  ¡Es allí donde debimos vernos!  

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Es posible, pero no lo recuerdo, señor.  

SR. MARTIN:  – Para decir la verdad, estimada señora, tampoco yo lo recuerdo. Sin embargo, es muy posible que nos hayamos visto en esa ocasión.  

SRA. MARTIN:  – Es cierto, pero no estoy de modo alguno segura de ello, señor. 

 SR. MARTIN:  – ¿No era usted, estimada señora, la dama que me rogó que colocara su valija en la red y que luego me dio las gracias y me permitió fumar? 

SRA. MARTIN:  – ¡Sí, era yo sin duda, señor! ¡Qué curioso, qué curioso, y qué coincidencia!  

SR. MARTIN:  – ¡Qué curioso, qué extraño, y qué coincidencia! Pues bien, entonces, ¿tal vez nos hayamos conocido en ese momento, señora?  

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso y qué coincidencia! Es muy posible, estimado señor. Sin embargo, no creo recordarlo.  

SR. MARTIN: – Yo tampoco, señora. Un momento de silencio. El reloj toca 2–1.  

SR. MARTIN:  – Desde que llegué a Londres vivo en la calle Bromfield, estimada señora. 

 SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso, qué extraño! Yo también, desde mi llegada a Londres, vivo en la calle Bromfield, estimado señor.

 SR. MARTIN:  – Es curioso, pero entonces, entonces tal vez nos hayamos encontrado en la calle Bromfield, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso, qué extraño! ¡Es muy posible, después de todo! Pero no lo recuerdo, estimado señor. 

SR. MARTIN:  – Yo vivo en el número 19, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Yo también vivo en el número 19, estimado señor. 

SR. MARTIN:  – Pero entonces, entonces, entonces, entonces quizá nos hayamos visto en esa casa, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – Es muy posible, pero no lo recuerdo, estimado señor.

SR. MARTIN: Mi departamento está en el quinto piso, es el número 8, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso, Dios mío, y qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo también vivo en el quinto piso, en el departamento número 8, estimado señor! 

SR. MARTIN (pensativo): – ¡Qué curioso, qué curioso, qué curioso y qué coincidencia! Sepa usted que en mi dormitorio tengo una cama. Mi cama está cubierta con un edredón verde. Esa habitación, con esa cama y su edredón verde, se halla en el fondo del pasillo, entre los retretes y la biblioteca, estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué coincidencia, Dios mío, qué coincidencia! Mi dormitorio tiene también una cama con un edredón verde y se encuentra en el fondo del pasillo, entre los retretes y la biblioteca, mi estimado señor. 

SR. MARTIN:  – ¡Es extraño, curioso, extraño! Entonces, señora, vivimos en la misma habitación y dormimos en la misma cama, estimada señora. ¡Quizá sea en ella donde nos hemos visto! 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso y qué coincidencia! Es muy posible que nos hayamos encontrado allí y tal vez anoche. ¡Pero no lo recuerdo, estimado señor! 

SR. MARTIN:  – Yo tengo una niña, mi hijita, que vive conmigo, estimada señora. Tiene dos años, es rubia, con un ojo blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama Alicia, mi estimada señora. 

SRA. MARTIN:  – ¡Qué extraña coincidencia! Yo también tengo una hijita de dos años con un ojo blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama también Alicia, estimado señor. 

SR. MARTIN (con la misma voz lánguida y monótona: – ¡Qué curioso y qué coincidencia! ¡Y qué extraño! ¡Es quizá la misma, estimada señora!  

SRA. MARTIN:  – ¡Qué curioso! Es muy posible, estimado señor. Un momento de silencio bastante largo. . . El reloj suena veintinueve veces.

SR. MARTIN (después de haber reflexionado largamente, se levanta con lentitud y, sin apresurarse, se dirige hacia la señora MARTIN, quien, sorprendida por el aire solemne del señor MARTIN, se levanta también, muy suavemente; el señor MARTIN habla con la misma voz rara, monótona, vagamente cantante):  – Entonces, estimada señora, creo que ya no cabe duda, nos hemos visto ya y usted es mi propia esposa. . . ¡Isabel, te he vuelto a encontrar!  

SRA. MARTIN (se acerca al señor MARTIN sin apresurarse. Se abrazan sin expresión. El reloj suena una vez, muy fuertemente. El sonido del reloj debe ser tan fuerte que sobresalte a los espectadores. Los esposos MARTIN no lo oyen). 

SRA. MARTIN:  – ¡Donald, eres tú, darling! Se sientan en el mismo sillón, se mantienen abrazados y se duermen. El reloj sigue sonando muchas veces. MARY, de puntillas y con un dedo en los labios, entra lentamente en escena, y se dirige al público. 

Federico García Lorca, El amor duerme en el pecho del poeta

Federico García Lorca 


EL AMOR DUERME EN EL PECHO DEL POETA (De Sonetos del amor oscuro)


Tú nunca entenderás lo que te quiero

porque duermes en mí y estás dormido.

Yo te oculto llorando, perseguido

por una voz de penetrante acero.


Norma que agita igual carne y lucero

traspasa ya mi pecho dolorido

y las turbias palabras han mordido

las alas de tu espíritu severo.


Grupo de gente salta en los jardines

esperando tu cuerpo y mi agonía

en caballos de luz y verdes crines.


Pero sigue durmiendo, vida mía.

¡Oye mi sangre rota en los violines!

¡Mira que nos acechan todavía!