sábado, 12 de marzo de 2022

El bateo. Sainete lírico de Antonio Paso y Antonio Domínguez

 EL BATEO

Sainete lírico en un acto y cuatro cuadros. Libreto de Antonio Paso y Antonio Domínguez.

Música de Federico Chueca.

Estrenado en el Teatro de La Zarzuela de Madrid, el 7 de Noviembre de 1901.


REPARTO (Estreno)

Nieves – Elena Salvador.

Visita – Isabel López.

Señora Valeriana – Nieves González.

La Madrina / Una Mujer – D. González.

Una Vieja – Wenceslada Pajares.

Wamba – Pepe Riquelme.

Lolo – Valentín González.

Pamplinas – Pablo Arana.

Virginio – Antonio González.

Celestino – Sr. Rodríguez.

Película - Sr. Mariner.

El Músico - Sr. Sánchez.

Expedito – Srta. Llanos.

Señor Pascual – Sr. Rubio.

Convidado 1º - Sr. Stern.

Convidado 2º - Sr. Climent.

Convidado 3º - Sr. Sanjuán.

Convidado 4º - Sr. Nadal.

Convidado 5º - Sr. Guerra.

Una Voz – Sr. España.

Organilleros – Srtas. Hidalgo, Soberano, Espinosa, D. González, Catalán, Andrés y Barquínez.

Convidados, músicos, camareros, chiquillos y Coro General.


ACTO ÚNICO

La acción tiene lugar en los barrios bajos de Madrid. En una casa de un barrio popular madrileño se prepara el bautizo (bateo) de un niño, hijo natural de Nieves, la cual piensa casarse muy pronto con Lolo, el padre del niño. Los vecinos jalean al padrino, Wamba, un viejo anarquista que canta un tango en el que hace gala de todo su repertorio: bombas, fuego, dinamita y anticlericalismo. Entra Nieves, la madre del bebé, que muy agitada le cuenta a su madre, Valeriana, que ella y Lolo habían ido a oír misa y luego él había ido a contratar a un setimino de ciegos para que interpretara música, dado que en Madrid hay huelga de organilleros; al regresar ella hacia su casa se ha encontrado a un antiguo novio suyo, Pamplinas, que amenaza con impedir el bautizo y retar a Lolo, padre del niño. Llega Pamplinas y disputa con la madre y la hija, reprochando a Nieves que le haya engañado, a la vez que mantiene su amenaza a Lolo y afirma que el bautizo no tendrá lugar porque a él no le da la gana. Virginio y Visita entran en escena. El le declara su amor y ella, que estaba enamorada de Lolo, quien la abandonó para irse con Nieves, decide utilizarlo a su favor y le cuenta que todas las noches, a las dos de la madrugada, entra en casa de Nieves un hombre. Entra Pamplinas y Visita le pregunta maliciosamente por el bautizo.

Pamplinas repite que no se celebrará. A continuación, Visita encuentra a Lolo y le cuenta la misma historia, sugiriéndole que puede que él no sea el padre de la criatura. Lolo, preocupado, encuentra a Wamba y le cuenta las sospechas le asaltan y el posible engaño de la Nieves; Wamba decide que el bautizo se hará incluso si él tiene que entrar en la iglesia. Doña Valeriana y Nieves, que han oído las sospechas de Lolo, lo niegan, y Nieves dice que al verlos contentos, algunas personas se mueren de rabia.

El Cuadro Segundo muestra a los organilleros que van a participar en el festejo dispuestos a declararse en huelga. El Cuadro Tercero tiene lugar en el interior de una sacristía. El sacerdote pregunta el nombre de los padres del niño; al contestar Lolo, entra Pamplinas e interrumpe la ceremonia, diciendo que es mentira que el niño sea de Lolo. Nieves y Wamba tienen que sujetar a Lolo para que no se pegue con Pamplinas.

En el Cuadro Cuarto, la escena se traslada al merendero donde se celebra la fiesta del bautizo. Faltan Lolo y Pamplinas; Wamba los busca, expresa el temor de que se estén matando, mientras que la Nieves y su madre, la Valeriana, los buscan por todo el barrio. Poco después entra Lolo seguido por Pamplinas, ambos con semblante de haberse entendido. Lolo increpa a Pamplinas para que diga delante de todos lo que le ha dicho a él, y Pamplinas asegura que un hombre entra todos los días en casa de Nieves. Lolo pregunta a Nieves si eso es cierto. Wamba se adelanta y asegura que es cierto, pero que es él mismo quien visita la casa a causa de sus ocultas relaciones con Valeriana, la madre. Lolo salta de júbilo y abraza a Nieves pidiéndole perdón por haber dudado de ella; Visita se queda chasqueada. Pamplinas echa las culpas a la liosa de Visita, y ésta se las echa a Virginio, al que van a pegar, pero Wamba los detiene. Lolo dice que mañana irán todos otra vez a la iglesia para bautizar al niño. Wamba deberá formalizar sus relaciones con Valeriana, pero insiste en que por lo civil y con proclamas anarquistas; todos le abochornan y Wamba se dirige al público y pregunta si alguien quiere apadrinar al niño en su lugar.

CUADRO PRIMERO

Calle de barrios bajos de Madrid. Primer término izquierda, portal practicable, en el que hay varias jaulas de alambre y utensilios para trabajarlas. Primer término derecha, portal practicable de la panadería de Visita. Segundo término izquierda, taberna practicable. Segundo derecha, puerta y balcón, también practicables.

(Música)

Preludio

ESCENA I

(Wamba sentado en un banco. A la derecha, en primer término, de pie, tocador de guitarra. Coro General en semicírculo, en el centro las dos bailarinas, y en primer término izquierda, los dos Convidados y la Señora Valeriana con botella y copas, repartiendo vino al Coro General)

(Música)


Sevillanas

CORO

No quiere el Municipio regar

en el Lavapiés,

pa que no se deshaga la sal

que está por coger.

Llevan las madrileñas, ¡olé!

en el delantal,

un ramo de claveles, ¡olé!

y cuatro de azahar,

para adornar la Virgen, ¡olé!,

de la Soledad.


(Wamba pasa al centro)


(Hablado)


CONVIDADO 1.º

Vamos, padrino, cántese usté algo.


WAMBA

Yo no sé más que tangos anarquistas, dinamitistas y petroleristas.


CONVIDADO 1.º

Pues venga uno de esos explosivos.


(Música)



Tango de Wamba


CORO

Tun, turuntún,

tun, turuntún,

cuchichí, cuchichí,

cuchichí, cuchichí.


WAMBA

El día menos pensado

pasa una barbaridad.


CORO

¡Ah!

Cuchichí, cuchichí,

cuchichí, cuchichí.


WAMBA

Me paece que ni los rabos

quedan de la sociedad.


CORO

¡Oh!

Cuchichí, cuchichí,

cuchichí, cuchichí.


WAMBA

Estamos de tal manera

que si esto siguiera así,

la dinamita y el fuego

tendrán que venir.


CORO

¡¡Uf!!


WAMBA

Pues tanto nos van haciendo

que al fin habrá que gritar:

arriba los socialistas y abajo…


CORO

¿Eh?


WAMBA

No se puede hablar.


CORO

Tun, turuntún, etc.

Cuchichí, cuchichí, etc.


WAMBA

El día que yo gobierne,

si es que llego a gobernar…


CORO

¡Ah!

Cuchichí, cuchichí, etc.


WAMBA

Lo menos diez mil cabezas

por el suelo rodarán.


CORO

¡Oh!

Cuchichí, cuchichí, etc.


WAMBA

Haremos de carne humana

la estatua de Robespierre,

para que sirva de ejemplo

el mártir aquél;

haremos doscientas partes

del oro de la nación;

la una para vosotros

y el resto…


CORO

¿Eh?


WAMBA

Para el cantaor.


CORO

Cuchichí, cuchichí, etc.


TODOS

¡Qué tango más levantisco,

más chulapo y más guasón!

¡Pom!


(Hablado)


CONVIDADO 1.º

¡Olé por los tíos tangueándose!


CONVIDADO 2.º

Pa mí que usté ha pertenecío al Burrero.


WAMBA

Yo no puedo pertenecer a ninguna parte, porque el hombre es libre.


VALERIANA

(A Wamba)

Padrino, una copita.


WAMBA

¿Yo beber eso? Si fuera bala rasa no teníais que ofrecérmelo… A mí darme bebidas fuertes, como mis ideas.


VALERIANA

¡Qué Wamba éste!


WAMBA

¡Vaya! Supongo que sus habéis juergueao lo bastante. Así es que, de una en punto a una

y diez, tóo el mundo en el merendero del señor Pascual en la Florida. Eso, el que no quiera o que no pueda venir también a la iglesia, que el que venga tié que estar aquí mismo en punto de las doce, pa ir tóos en procesión con el muñeco.


VARIOS

Pues, hasta luego.


VALERIANA

Andar con Dios.


CONVIDADO 1.º

Asperar, ¿me se azmite una libertad?


VALERIANA

Hombre, según lo que sea…


CONVIDADO 1.º

Un ¡viva el padrino!


TODOS

Sí, sí; ¡viva el padrino!


(Vanse todos menos Valeriana y Wamba. Al ruido de los vivas sale Visita, que permanece en el dintel de la puerta)



ESCENA II


VISITA

¡Vaya un escándalo!


VALERIANA

(¡Ya está ahí ésa!)


VISITA

¡Ah!, que sea enhorabuena, abuela.


VALERIANA

¡Gracias!


VISITA

Y a usté también, señor Wamba.


WAMBA

No me llame usté Wamba, que me dan arcadas. Pensar que yo, presidente de cuatro cluses socialistas y secretario de La tea incendiaria, tengo el nombre de un monarca, y de un monarca cursi…


VALERIANA

¿Cómo cursi?


WAMBA

¡O gótico!, es lo mismo. Vamos, hombre, me desespero.


VISITA

¡Hija!, tienen ustedes un padrino que nos asusta a las burguesas; porque usté va a sacar de pila ese crío, ¿verdá usté?


WAMBA

Se lo he prometido al Lolo, que lo aprecio mucho, y lo cumpliré; pero yo no entro en la iglesia. Eso que no lo sueñen.


VISITA

¿Por qué?


WAMBA

Porque deprime. Lo que yo quiero es que, ya que el Lolo, o sea, el padre, es empleado de consumos, un impuesto que deprime al proletariado, el niño resulte una coluzna del anarquismo; y; si Lolo me deja que yo le eduque, lo primero que le enseño son las tres us que constituyen nuestra doctrina: Utopía, Unión y Uelga.


VALERIANA

¡Huelga! Por mor de la huelga de organilleros, vamos a estar toda la tarde sin música pa bailar; como no encuentre Lolo el setimino de ciegos que va por ahí.


VISITA

(Con intención)

Yo creo que tendrán ustedes música.


VALERIANA

Pues hija, si la hay, pué que usté disfrute de ella.


VISITA

Puede… ¿y la Nieves, ha salido?


VALERIANA

No creo que le importe a usté mucho, pero ha ido a la Paloma a oír misa pa poder divertirse luego, aunque rabien algunas.


WAMBA

(¡Toma caldo!)


VISITA

¿Qué me cuenta usté?


WAMBA

Vaya, señá Valeriana; écheme usté un ojito al establecimiento que voy a comprar el gorro de cristianar. Dice usté que no puede ser en forma de gorro frigio, ¿verdad?


VALERIANA

¿Está usté loco?


WAMBA

¡Qué lástima!


VISITA

Tráigalo usté con pompón.


(Riéndose. Mutis primera derecha)


WAMBA

Hasta luego.


(Mutis primera izquierda)


VALERIANA

Miá la…


(Nieves aparece por el foro izquierda agitadísima)



ESCENA III


NIEVES

¡Madre! ¡Madre!


VALERIANA

¡Nieves! ¿Pero cómo vienes sola? ¿Qué te pasa? Vamos, mujer, no me tengas con cuidao… Habla.


NIEVES

¡Pillo! ¡Charrán!


VALERIANA

Acaba de una vez.


NIEVES

Usté sabe que Lolo me ha acompañao a la Paloma; por cierto, que ha oído la misa con más atención que yo misma. Con que al salir, le digo que me marque dirección, y me dice: «Vete por la calle del Carnero, que yo voy a ultimar el asunto del setimito y vuelvo en seguida». Echo por donde me había mandao y, al revolver de una esquina, me doy de bruces, ¿con quién dirá usté?


VALERIANA

No caigo.


NIEVES

Con el Pamplinas.


VALERIANA

¡Con ese granuja!


NIEVES

Con el mismo.


VALERIANA

Pero tú, ¡no te detendrías!


NIEVES

Yo me tuve que detener, porque me cogió de una muñeca, y me dijo: «Esa misa que acabas de oír, aplícala por el eterno descanso del cuerpo del Lolo, y no te digo del alma, porque se la voy a romper».


VALERIANA

¡Charrán!


NIEVES

Y luego, con una sonrisa de mala sangre, añadió: «¡Ah!, y como no se bauticen más chicos que ese tuyo, va a ser negocio montar una fábrica de turbantes». Yo sentí que la sangre se me agolpaba a la cabeza, y le llamé… No quiero decir a usté lo que le he llamao.


VALERIANA

Sí, lo que acostumbras.


NIEVES

Y eché a andar, y vino detrás de mi, dispuesto, por lo visto, a buscarnos una perdición a tóos.


VALERIANA

Pero, qué, ¿te ha seguido?


NIEVES

Sí, señora; y viene aquí.


VALERIANA

¿Aquí, ese canalla aquí?


NIEVES

Mírelo usté.


VALERIANA

Apártate.


NIEVES

¡Madre!


VALERIANA

Déjamelo, y aplica la misa por éste.


(La Señora Valeriana saca del portal segundo derecha una silla y queda en mitad de la escena, en actitud de arrojarla al Pamplinas, que aparece por el foro izquierda. Nieves queda a la derecha)



ESCENA IV


PAMPLINAS

(A Valeriana)

Está usté que ni pintá pa una instantánea.


VALERIANA

¡Y tú pa…!


(Va a lanzarse sobre él)


NIEVES

¡Madre…!


(Deteniéndola)


VALERIANA

¡Déjame!


PAMPLINAS

Miste, señora Valeriana, a mí, con los corajes de usté me pasa lo que con la sopa de letras, que transijo con ella porque ilustra y hace buen cuerpo; de modo que, si piensa  usté asustarme, ha equivocado la ruta.


VALERIANA

Lo que pienso decirte, es que como traigas a esta casa la menor sombra de disgusto, por mi gloria, mi salú y mi libertá, que lo vas a pagar caro.


PAMPLINAS

¿Ha terminao usté? Tiene la palabra la Nieves, pa que explique los concetos que la he dirigido hace un rato entre la Paloma y el Carnero. Resumiendo: que ese fruto de bendición, como usté lo llama, no se bautiza hoy, porque no quiere Pancracio Viñas, alias Pamplinas. Huerta del Bayo, siete, escalera interior, letra A, de nueve a doce, servidor de usté.


VALERIANA

Dóblele usté el pico a la tarjeta.


NIEVES

¡Tú, lo que quieres es que Lolo se busque una perdición!


PAMPLINAS

No se fatigue ustez, joven, que está ustez en la convalecencia.


(Medio mutis)


NIEVES

¡Mal hombre!


(Pamplinas va avanzando lentamente a la taberna)


VALERIANA

¡Canalla!


NIEVES

¡Golfo!


PAMPLINAS

¡Que no se bautiza!


(Mutis taberna)



ESCENA V


NIEVES

¿Está usté viendo, madre? Ese nos da hoy el día. ¡Maldita sea la hora en que le conocí y…!


VALERIANA

No te desesperes. A ése, se le va toa la fuerza por la boca. Anda pa dentro y desimula, no sea que se entere Lolo, y entonces sí que iba a ser sonao el bautizo.


(Mutis ambas segundo derecha)



ESCENA VI


(Visita. Después Virginio. Visita sale primero derecha, al tiempo de hacer mutis Nieves y Valeriana. En cuanto éstas desaparecen, Visita se dirige apresuradamente al segundo izquierda)


VISITA

Señor Pancracio…


PAMPLINAS

(Dentro)

¿Qué hay que hacer?


VISITA

Salga usté que tengo que hablarle.


PAMPLINAS

(Dentro)

Aguarde usté un momento, que estoy aquí con un amigo, al tanto de un negocio de interés. De seguida salgo.


(Visita hace mutis primera izquierda. Aparece Virginio, foro derecha, con una cajita y dentro unas medias)


(Música)



Dúo de Virginio y Visita


VIRGINIO

Yo me llamo Virginio Lechuga

García y Quirós,

gracias a Dios;

y desde este momento, señores,

soy su servidor

y admirador.

Donde sirvo se presta dinero

sin más interés,

que a fin de mes,

por cincuenta duros

tiene usté que dar

mil doscientos reales al pagar.

Todas estas gangas

que mi amo proporciona,

son para dejarle

arruinada a una persona,

pues si de este modo

tira el capital,

veo en un asilo

a mi principal.

Aquí traigo unas medias de seda

color carmesí,

pero hasta allí,

quiera Dios que a Visita le gusten

lo mismo que a mí;

creo que sí.

De seguro que cuando las vea

me va a regañar

y a preguntar:

«¿Para qué hace esto,

señor Virginín?»

«Para que se acuerde usté de mí».

Cuando se las ponga

y el vestido se levante

un poquirritito

nada más que por delante,

¡válgame San Pedro!,

lo que se verá…

Dios que me perdone

si es que pienso mal.


(Sale Visita primero izquierda)


VISITA

Muy buenos días, señor Virginio.


VIRGINIO

Muy buenos días, los tenga usté.

(Cuando me mira, me vuelve loco

y me sonrojo, no sé por qué)


VISITA

(Hoy con este memo

y de sus sandeces

me divertiré,

me chulearé)

Soy una chula muy resalá.


VIRGINIO

¡Olé ya!


VISITA

Soy un granito de pimentón.


VIRGINIO

¡Olé yo!


VISITA

Todos los hombres, cuando me miran

por mí suspiran,

y todos van

detrás de mí,

porque me traigo timos hasta allí.


VIRGINIO

¡Olé que sí!

Yo soy un lila como usté ve.


VISITA

Ya lo sé.


VIRGINIO

Soy un pedazo de requesón.


VISITA

Y un simplón.


VIRGINIO

(Yo me declaro)


VISITA

¿Decía usté?


VIRGINIO

Que hace un día muy hermoso.


VISITA

Y un bochorno de chipé.


VIRGINIO

(No puedo más,

esto es atroz;

¿por qué seré

tan cobardón?)


VISITA

¿Qué tiene usté,

tan enfadao?

(Acaso yo

le habré faltao)


VIRGINIO

(Ahora mismo se lo digo

y estas tonterías

ya se han acabao)

Estoy… estoy…


VISITA

¿Qué?


VIRGINIO

Estoy muy enamorao

de una chica muy chulapa,

que me trae dislocao.


VISITA

¿Se pué… se pué…

se puede saber quién es?


VIRGINIO

Pues es… pues es…


VISITA

Pues, hijo…


VIRGINIO

Pues es… usté.


VISITA

Mira qué pillín

y qué tunantón.

Voy a darle a usté

la contestación.

Lo que me ha dicho,

¿será con buen fin?


VIRGINIO

Que me condene

si no fuera así.


VISITA

Pues desde hoy lo consultaré,

y veré…


VIRGINIO

¡Qué felicidad!

No sé lo que me pasa

ni lo que me da.

Jure que suyo

tan solo seré.


VISITA

Dentro de un rato

se lo juraré.


VIRGINIO

Venga esa mano.


VISITA

Con ella van

cinco dedos muy bonitos

para andar a bofetás.


VIRGINIO

¡Qué fuerza tiene la condená!

¡Olé ya!


VISITA

Soy muy nerviosa como usté ve.


VIRGINIO

¡Ya lo sé!


VISITA

(Este panoli se figuró

que en cuantito que me hablara

era dueño de mi amor)

¡Vaya un cimbel! ¡Vaya un guasón!

¡Qué lila es! ¡Ay, qué simplón!


VIRGINIO

(¡Ay, qué placer! ¡Qué alegre estoy!

¡La conquisté! ¡Qué pillo soy!)

Rica.


VISITA

Rico.


VIRGINIO

Mona.


VISITA

Requetemonín.

¡Huy, huy, huy, huy! (¡Ay, qué simplón!)


VIRGINIO

(¡Qué pillo soy!)


(Hablado)


VIRGINIO

Pues sí, Visita, yo estoy por usté, que me alegro una barbaridad de verla a usté buena.


VISITA

Bueno.


VIRGINIO

Y cá día que pasa son cien gramos de carne que pierdo bien pesaos; y si me dice usté que no, pongo el índice a mi existencia en la siguiente forma. Capítulo primero: En el que verá el curioso lector los amores de Virginio con Visita… Ídem segundo: Cortedad de Virginio. Tercero: Virginio se decide y le regala una cosa para las plantas. Cuarto: Las plantas han resultao calabazas. Quinto: Desesperación, suicidio y trágico fin de Virginio. Nota: No hay plantilla para la colocación de las láminas.


VISITA

¿Y a cuánto la entrega?


VIRGINIO

Visita, no se columpie usté en un corazón que oscila por su cariño.


VISITA

¿Pero tanto me quiere usté?


VIRGINIO

¡Tanto! Y créame usté, que por su causa destruyo mi porvenir. Todo lo hago mal, y estoy viendo que me echan de la casa de préstamos, porque lo mismo taso una sábana de un ancho que un reloje Omeja. Y es lo que dice mi principal: «Mira, Virginio, una cosa es que la muestra ponga alta tasación, y otra que me perjudiques». En fin, mire usté cómo será mi cariño, que adjunto la entrego un regalo, que creo que la gustará.


(Saca las medias con los colores que indica el diálogo)


VISITA

¡Unas medias! Son muy elegantes…


VIRGINIO

Ya lo creo; unas medias cumplidas, de última novedad. Tres colores distintos. (Enseñándolos) La planta heliotropo; dende el peroné a la rodilla, rosa tornasolado; y dende la rodilla para arriba, eminencia.


(No se resiste)


Esta mañana he estado revolviendo todos los efectos y ropas cumplidas para traer lo mejor, y me fijé en una falda de barros perteneciente a la Rita, la del cafetín, pero está de seis meses y aún no se puede poner a la venta.


VISITA

Virginio, usté sabe que le aprecio bastante, pero que me sabe mal que se sacrifique usté.


VIRGINIO

Es que quiero que esta tarde luzca usté una cosa nueva en el bautizo del chico del Lolo.


VISITA

¿Del Lolo? ¿Usté está seguro?


VIRGINIO

Hombre, como seguro… ¡Es tan fácil irse del seguro en estas materias…! Pero eso dicen, y yo…


VISITA

Lo que dicen es que… (Con misterio) Virginio, ¿sale usté de noche?


VIRGINIO

A veces; pero vuelvo pronto, porque mi principal me llama calavera.


VISITA

¿Usté sabe lo que sucede en esa casa todas las noches a las dos?


(Señalando segunda derecha)


VIRGINIO

Que están durmiendo.


VISITA

Que entra un hombre con chaquetón de coderas, pantalón de talle y sombrero Frégoli.


VIRGINIO

Pues ya sé quien es.


VISITA

¿Lo sabe usté?


VIRGINIO

Don Tancredo.


VISITA

¡El Pamplinas! El Pamplinas, que ha tenío loca a la Nieves antes de que Lolo me hiciera la mala partida de dejarme por ella, y que aonde ha habido fuego, ceniza queda, y que más que locura, lo que Lolo tiene por Nieves es ceguera, cuando no ve lo que ve tóo el barrio.


VIRGINIO

Sí, señora; no ve.


VISITA

Pero, lo que es esta tarde, va a ser sonao el bautizo.


VIRGINIO

Usté cuenta conmigo pa tóo. Y si hay palos, cuente usted también.


VISITA

¿Será usté capaz?


VIRGINIO

Digo que cuente usté los que me dan, no vayan a estusiasmarse.


VISITA

Pues hasta luego.


VIRGINIO

Hasta luego, Termópila.


(Le da la caja)


VISITA

Adiós, y no pierda usté la esperanza.


VIRGINIO

(Decididamente la traigo la falda de la Rita)

(Virginio mutis primera izquierda. Visita queda en la puerta primera derecha)



ESCENA VII


PAMPLINAS

(Sale de la taberna)

Aquí estoy. Mande usté.


VISITA

Una pregunta na más. Quería saber si ha recibido usté invitación pa ir esta tarde al merendero del señor Pascual a solenizar el bateo del rorro de la Nieves.


PAMPLINAS

(Sonriéndose)

¡El bateo! ¿Pero, usté cree que ese chico recibe hoy el agua?


VISITA

Si los que pueden decir la verdad se guardan la lengua por miedo al Lolo…


PAMPLINAS

¿Yo, miedo? Vamos, Visita, usté no tiene el honor de conocerme, ni aún en el último mignón que me han hecho. Pa mí el Lolo es un ser indefenso; la señá Valeriana, ídem, y la Nieves… La Nieves me ha herido aquí dentro, y el que aquí hiere, no se va de vacío.


VISITA

Pues ella bien presume de haberle despreciao a usté.


PAMPLINAS

¿A mí? Le digo a usté que dende Eva a la bella Monterde, no hay mujer que le haga un feo al Pamplinas. Ella, en otra ocasión, me engañó a mí primero pa abandonarme después; pero, ¡déjate!, que ese bautizo no se efetúa, que tengo mi plan y… no eche usté leña al fuego, porque los hombres como yo, son panteones de piedra berroqueña, hasta que se presenta la ocasión.


VISITA

Así deben ser los hombres.


PAMPLINAS

Y yo soy así.


(Se dan la mano)


VISITA

Ahí viene el panoli del padrino.


PAMPLINAS

Pues, adiós, y si quiere usté una delantera pa el espectáculo, tómela usté con tiempo, porque va a andar el papel por las nubes.


VISITA

La tomaré.


(Pamplinas hace mutis primera derecha)



ESCENA VIII


WAMBA

(Saliendo primera izquierda)

Decididamente, yo compro el gorro con adornos encarnados. ¡Tié que llevar un símbolo!


VISITA

¿Va usté por el gorro?


WAMBA

¡Pero que siempre me he de encontrar con usté…!


VISITA

¡Ay, hijo!, descuide usté, que en lo sucesivo no nos encontraremos nunca.


WAMBA

Adiós, paralela.


(Mutis foro izquierda)


VISITA

Adiós, ministro. (¡Si supieras la que se va a armar!)


(Visita queda en el portal primero derecha)



ESCENA IX


(Visita. Lolo. Este aparece foro derecha, muy alegre, sin ver a Visita)


LOLO

¡Miá que estoy contento!

No hay que darle vueltas,

la vida é familia,

la dicha completa.

¡La chipén del hombre!

¡Qué Nieves más güena!

Ya estoy decidido;

la llevo a la Iglesia,

sin más arrodeos

me caso con ella.


(Va a hacer mutis segunda derecha y Visita desde la panadería le detiene)


VISITA

¿Qué tal estás, Lolo?


LOLO

(Deteniéndose muy contrariado)

Muy bien… ¿Y tú?


VISITA

Buena.


LOLO

Si no mandas nada…


(Medio mutis segunda derecha)


VISITA

(Deteniéndole)

Oye, si te dejan…


LOLO

Pues di lo que quieres,

y no me entretengas.


VISITA

¿Tiés prisa?


LOLO

Bastante.


VISITA

Lo siento de veras,

porque te iba a contar una cosa

que quizá que te guste saberla.


LOLO

¿A mí?… ¡Gracias!


(Indica medio mutis)


VISITA

Mira:

por Dios, hombre, espera,

que un grillo es un grillo, y a un grillo se

le oye.


(Vienen primer término)


LOLO

Pues sí, di lo que sea.


VISITA

¿Conque hoy hay bautizo…?


LOLO

¿Sí? Noticia fresca.


VISITA

¿Lo sabes?


LOLO

¡Pa chasco,

que yo no lo sepa!


VISITA

Yo estoy al corriente de tóo…


LOLO

Lo supongo.


VISITA

El padrino Wamba, la madrina Elena.

La madre la Nieves y el padre…


LOLO

¡Yo!


VISITA

Puede

que sí que lo seas…


LOLO

¿Qué dices?


(Cogiéndola violentamente de un brazo)


VISITA

No aprietes,

¡Ay, hijo! ¡Qué fuerza!


LOLO

Pero, ¿es que lo dudas?


VISITA

¿Quién, yo? Ni siquiera…

Miá a mí qué me importa.

Allá tú…


LOLO

¡Revienta!


(Visita se ríe maliciosamente. Lolo la mira con coraje)


¿Qué quieres decirme con esa risita

que enciende la sangre?


VISITA

(¡Ya está!)


LOLO

¡Di, contesta!


VISITA

¿Yo?… ¡Na! Dios me libre…

Lo que dicen por ahí malas lenguas.


LOLO

¿Qué dicen?


VISITA

No… nada…

Tontunas…


(Lolo vuelve a apretarle el brazo)


¡Ay!


LOLO

Suelta

tóo el veneno que llevas encima

o te arranco de cuajo la lengua.


VISITA

Ya lo has comprendido…


LOLO

Si no me valiera…

Pero, ¡qué han de hacerme

tus calumnias mella,

si tiés los nudillos manándote sangre

de puro roerte de envidia y de pena!


VISITA

¿Yo, envidia? Los hombres

los tengo a docenas;

pero hombres que saben

llevar la vergüenza,

¡y que ya los quisieran algunas


(Señalando al balcón)


para lucirlos los días de fiesta!


NIEVES (Al balcón)

¡Cuánto tarda Lolo!

¡Dios mío, con ésa…!


LOLO

Anda, mala sangre,

veste a quien te crea,

veste con tus mañas

donde no las sepan.

Malos caminitos

pa encontrarme llevas.


VISITA

Ni falta que me hace;

pero, oye; lo de ésa

lo sabe tóo el barrio,

lo saben las piedras…

El chico es de…


LOLO

¡Calla!


VISITA

Si quió que lo sepas.


LOLO

Tú eres un mal bicho

que tóo lo envenenas,

y quieres matarme,

y quieres perderla;

pero no la logras,

porque… ¿tú ves ésa?


(Señalando al balcón de Nieves)


Pues aunque cantasen los ciegos en coplas

por calles y plazas lo que dices de ella,

y aunque pa jurarme que Nieves me engaña

desde el otro mundo mi madre viniera,

jamás lo creería. De modo que raja,

calumnia, babea,

que cuanto más hagas pa hacer que la olvide

más he de quererla.


(Mutis segunda derecha)


NIEVES

Así hacen los hombres

que quieren de veras.


(Mutis)


(Visita le sigue con la vista, volviéndose con rabia)


VISITA

¡Y sube el muy tío!

Y sube… Y me deja…

Y me quedo sola…

Y él se va con ella…


(Señalando a la casa de Lolo con ademán amenazador)


Está bien; pero el daño que me haces

me lo pagas. ¡Lo juro por éstas!


(Mutis Visita primera derecha. Después de estar un momento sola la escena, aparece Lolo en el portal; indeciso y muy contrariado va hacia el foro y después se para)



ESCENA X


(Lolo. Después Nieves. Al final Wamba)


LOLO

¡Bah! ¿Quién hace caso?

Chismes de plazuela…


(Como desechando el pensamiento)


Pero, ¿y si…?


(Dispuesto otra vez a marchar por el foro)


¡Mentira! ¡Mentira completa!

Yo subo ahora mismo,

miá tú que tontera.


(Va a entrar segundo derecha. Al llegar al umbral se detiene)


Lo sabe tóo el barrio.

Lo saben las piedras.

¡Maldita siá!


NIEVES

(Aparece al balcón. Lolo, al oír su voz, se para, pero no vuelve la cabeza)

¡Lolo!,

¿qué tienes? ¿qué piensas?


LOLO

(De espaldas al balcón)

¡Por vida!


NIEVES

¿No subes?


LOLO

¡Ahora subo! Cierra.


(Mutis Nieves. Casi llorando en cuanto se ve solo)


Ya estoy como un chico

llorando de pena,

y de rabia me saltan las sienes,

y de miedo las carnes me tiemblan…

¡Si es verdad, la mato!


(Pausa)


En cuanto la vea

va a faltarme valor pa matarla…


WAMBA

(Aparece por el foro izquierda con el gorro de cristianar en la mano)

¡Miá que es guapo el gorro, con escarapela!



ESCENA XI


(Lolo, Wamba. Después Nieves, Valeriana. Al final Visita, Coro General y Chicos. Lolo se abraza a Wamba llorando)


LOLO

¡Ay, Wamba!


WAMBA

¿Qué ocurre?

Pero, di, ¿qué pasa?

¿Está mala Nieves?

Vamos, hombre, grazna…

¿Está malo el niño?

¿Qué tiene? ¿No mama?

Lo que es yo, en tu caso,

no lo bautizaba.

A una criatura

que está en la latancia,

echarle en las sienes

medio litro de agua,

es… y no te ofendas,

una salvajada.


LOLO

Si el niño está bueno.


WAMBA

Entonces, ¿qué pasa?


LOLO

Que no es mío.


WAMBA

(Haciéndose cruces)

¡Atiza!

¡Valiente tajada!


LOLO

Lo sabe tóo el barrio.

La Nieves me engaña.


VALERIANA

(Saliendo segunda derecha)

¿Mi Nieves? ¡Mentira!


LOLO

(Con tono amenazador)

¡Señá Valeriana!


VALERIANA

Pero, ¿quién lo ha dicho?


(Nieves sale segunda derecha, llorando)


NIEVES

Esa lengua de hacha

que tóo lo que coge,

lo pudre y lo mata.

Ésa… cualquier cosa,

y el otro canalla,

que al vernos contentos

se mueren de rabia.


(Lolo pretende hablar)

Sigue sus consejos…

Déjame en mi casa,

déjame que llore…

No me digas nada…

No quiero que dudes

nunca de mí…


WAMBA

¡Vaya!

Basta de monsergas

y de garambainas…

¿Qué estáis ahí gruñendo?

¿Esto es una jaula?

Que el chico no es tuyo…

Que Lolo se vaya…

Que tú… Que… ¿De dónde?

Que ésta… Vamos, calla.


(Suenan las doce)


Ande yo me inmiscuo

ni Dios mete baza…

Ya han sonao las doce;

ya empieza la zambra.


(Empiezan a llegar los Convidados y los Chicos por el foro)


Ya viene la gente

que está convidada,

y yo no me tiro

por nadie una plancha.

Usté, por el chico.


(A Valeriana, dándole la caja del gorro. Mutis segunda derecha)


(A Nieves)


Tú, seca esas lágrimas.


(A Lolo)


Levanta esos ojos,

alegra esa gaita,

o saco el vergajo

y empieza el pograma.


LOLO

Es que…


WAMBA

¡Sonsoniche!


NIEVES

Pero…


WAMBA

¡Vamos, arza!


(Los une del brazo. Sale Visita y queda en el umbral primero derecha)


Y así de bracete,

que es como Dios manda…

¡Pues, hombre, me gusta!

¡Señores, en marcha!

(Al Coro)


VISITA

Adiós, tragaderas.


WAMBA

Tome usté mojama.


(La Señora Valeriana saca el niño, todos empiezan a marchar, rompiendo la marcha los Chicos)


(Música)



Coro


CHICOS

Bateo pelao,

que a mí no me han dao.

Que se muera la criatura

si es que no echan confitura.


CORO

Ya está aquí el chiquitín;

en marcha sin tardar,

pues ya por fin

lo vamos a bautizar. ¡Olá!

La juerga tié que ver:

de lo más superior.

¿Verdá que usté

así nos lo prometió?

¡Vaya una juerguecita!

¡Qué jaleo se va a armar,

con tantos invitados

y un padrino tan barbián!

¡Olé, olá, olé, olá!


VISITA

Adiós, tragaderas.


WAMBA

Tome usté mojama.



[Mutación]


(Música)



Popurrí de Organilleros


ORGANILLEROS

Somos los organilleros,

somos los pianistas

de la capital,

que nos declaramos en huelga

por necesidad.

Nuestros amos nos explotan

y nos tiranizan tan sin compasión

que por eso el gremio pedimos

más retribución.

Ya no podemos tocar;

se halla de luto Madrid:

ya no podéis escuchar

piezas de baile hasta allí.

Ahora tendréis que bailar

música de Beethoven,

arias de Verdi o Mozart

y óperas de Meyerbeer,

y en las verbenas

tendrán que suplir

nuestros pianos de manubrio

con el arpa o el violín;

pero tenemos

la seguridad

que hacemos falta

y que se arreglará.

Somos los organilleros, etc., etc.

Mas por si acaso ya no nos vemos

y no nos oye la autoridad,

el repertorio

os tocaremos

y un paso doble

sin estrenar.

La, la, la, la,

¡Qué feliz que voy a ser!

La, la, la, la,

¡qué feliz!

Don Tancredo, don Tancredo,

don Tancredo es un barbián,

la, la, la, la, la.

¡Qué lástima nos da

que no se puede oír

el canto popular

que oyó todo Madrid.

No entornes,

cuando me mires,

tus ojos negros,

mala gachí,

que toda mi vida

se va tras de ti.

Si entorno

mis ojos negros,

no debe darte

pena ni ná,

que lo hago

de gusto

que el verte

me da.

La, la, la, la.

Y pa concluir,

vamos a tocar

este paso doble

tan original.

Ran, ran, ran, ran,

rataplán.

Hay que ver los golfos de Madrid

cuando van marchando con la tropa,

y al compás tan marcial

del bombo y el clarín.

Hay que ver las niñas al balcón

con carita alegre y la mirada

trastorná saludar

al batallón.

Ta, ta, ran, plan, plan.

Hay que ver los golfos, etc.

Tarará, tararí,

rataplán, plan, plan.


UNO

Media vuelta.


(Mutis)



[Mutación]



CUADRO SEGUNDO



TELON CORTO DE CALLE



ESCENA I


(Celestino y Expedito. Celestino escribiendo en un libro grande. Expedito limpiando candelabros)


(Hablado)


VOZ

(Dentro)

¡Expedito!


CELESTINO

Chico, ¿no oyes que te llama el señor cura?


EXPEDITO

Voy en seguida.


(Mutis derecha)


CELESTINO

¡Quiá! No se cansan. Llevan tres horas de tute.


(A Expedito que sale)


¿Para qué te quería?


EXPEDITO

Pa que requise el cepillo del pan de San Antonio; le está ganando el padre Anselmo.


CELESTINO

¡Claro, como que es de los que esconden los ases!


EXPEDITO

Pues, como siga así, ya veo a San Antonio sin un mal mendrugo.


(Mutis foro)



ESCENA II


(Dichos. Nieves, Valeriana, Lolo, Wamba y Dos Convidados que no hablan. Madrina con el Chico. Entran todos menos Wamba y, al no verle, vuelven por él. Wamba se asoma y con la mano dice que no quiere entrar)


NIEVES

Vamos, padrino, no meta usté la pata.


VALERIANA

¡Pero, Wamba!


WAMBA

Que no entro, ¡vaya!


LOLO

Pero si tiene usté que firmar…


WAMBA

Bueno, que me saquen el libro aquí.


NIEVES

Hágalo usté por la criatura, siquiera.


TODOS

Ande usté.


(Le hacen entrar a viva fuerza. Continúa con el sombrero puesto)


WAMBA

Está bien. Pero coste que no entro por mi voluntá.


LOLO

(A Celestino)

Muy buenas.



CUADRO TERCERO


Interior de sacristía. Puerta al foro que se supone interior de la iglesia. Otra a la izquierda, puerta de calle. Otra a la derecha, habitaciones interiores. Mesa con grandes libros, servicio de escritorio, papel, etc. Sillas.


CELESTINO

¿Qué deseaban?


VALERIANA

Venimos pa el bautizo que se ha avisao esta mañana.


CELESTINO

¿Es el niño del vigilante de consumos de la calle de la Ruda?


NIEVES

Sí, señor.


LOLO

(Aparte a Wamba)

Quítese usté el sombrero.


WAMBA

No me da la gana. Esto que hacéis conmigo es una infamia. (Se lo quita) ¡Hacerme venir a este lugar de esclavitud, a mí! ¡Lástima de criatura!


(Pasa Expedito del foro a la derecha)


CELESTINO

(Abriendo un libro)

Sentaremos la partida.

Un niño que nació…


NIEVES

El quince, a las dos de la madrugada.


CELESTINO

(Escribiendo)

¿Es de legítimo matrimonio?


WAMBA

¡Hombre…! ¡Natural!


CELESTINO

Perdone usté, pero hay que preguntarlo.


WAMBA

¡Digo, que es natural, señor!


VALERIANA

Pero puede usté poner que se piensan casar muy pronto.


CELESTINO

Aquí no se pueden sentar más que los hechos.


(Sale Expedito derecha)


WAMBA

Pues entonces, siente usté al niño, que es lo único que hay hecho hasta ahora.


CELESTINO

Mal hecho.


NIEVES

¿Cómo que…?


CELESTINO

Digo, que se han debido ustedes casar antes, para evitarse luego la diligencia de legitimación.


WAMBA

(A Celestino)

A usté le he tañao yo, amigo: usté, lo que es, es un ansioso.


(Al grupo)


Tóo eso es dinero pa el cura.


VOZ

(Dentro)

Expedito.


EXPEDITO

Voy.


(Mutis derecha)


CELESTINO

¿Cómo se va a llamar?


WAMBA

Robespierre o Azderramán,

el que más guste.


LOLO

¡Hombre, por Dios!


WAMBA

Sí, señor, Robespierre.


NIEVES

Eso es muy enrevesao.


VALERIANA

Y muy largo.


WAMBA

Usté ponga ahí Robespierre. Luego, si queréis, en el trato particular le quitáis el Pierre y le llamáis Robes.


VALERIANA

Y va a parecer, el chico, la muestra de una modista.


CELESTINO

Ese santo no está en el Martirologio.


WAMBA

Es un mártir de la Libertad.


CELESTINO

Cállese usté.


WAMBA

No me da la gana.


EXPEDITO

(Saliendo)

Señor Celestino: que me dé usté la llave del de las Animas.


CELESTINO

¿Qué pasa?


EXPEDITO

Que le ha acusado las cuarenta el padre Anselmo.


CELESTINO

¿En qué quedamos? ¿Cómo se va a llamar la criatura?


WAMBA

Mire usté, para que no haya disgustos, póngale usté Urbano Robespierre. Urbano, por parte de su abuelo, que fue guardia. Y Robespierre, por parte de la Libertad.


CELESTINO

¿Usté sabe que contrae el compromiso de enseñar al niño la doctrina cristiana?


WAMBA

¿Quién, yo? Vamos, hombre.


(Amenazándole)


CELESTINO

Pues tiene que constar.


(Dejando de escribir y levantándose irritado)


WAMBA

Yo no enseño eso a nadie.


VALERIANA

No haga usté caso. Si le parece a usté, la madrina lo hará.


NIEVES

Ya le daremos a usté una gratificación, si no la desprecia por ser pobres.


CELESTINO

Yo no desprecio nada. Ya lo dijo el Divino Maestro: Semper avet pauperis inter vobis.


LOLO

¿Y qué es eso?


WAMBA

Que siempre habrá pobres entre los bobos.


(Celestino vuelve a sentarse y sigue escribiendo)


CELESTINO

La madrina…


MADRINA

Elena Sánchez.


CELESTINO

La madre.


NIEVES

Nieves Cortijo.


CELESTINO

El padre.


(Aparece Pamplinas primera izquierda y se adelanta con decisión al primer término)


LOLO

Lolo Jiménez.


PAMPLINAS

¡Mentira!


(Estupefacción. Nieves y Wamba sujetan a Lolo y Convidados a Pamplinas. Cuadro)



ESCENA III


(Dichos, Pamplinas)


TODOS

¡Eh!


LOLO

¡Canalla! ¡Cobarde!


VALERIANA

¡Charrán!


NIEVES

¡Lolo, por Dios!


VOZ

¡Expedito!


EXPEDITO

¡Otro cepillo!



CUADRO Y TELON RAPIDO



[Mutación]



ESCENA I


(Señor Pascual, Película, Convidados y Coro General, bailando por parejas)


(Música)



Polca del Fotógrafo


PELICULA

(Saliendo derecha con un Chico que lleva una máquina fotográfica)

¡Qué grupo más bonito!

¡Qué artístico va a ser!

Señores, a sus órdenes.


CORO

El fotógrafo, el fotógrafo. ¡Correr!


PELICULA

Ponerse aquí,

porque la luz

es más igual.


CORO

¿Estamos bien?


PELICULA

Parfeteman.

Ustedes tres

haciendo escorzo por aquí.

La vista allá

y el cuerpo así.


CORO

Que nos saque usté los ojos

rasgaditos

y los talles pequeñitos

y una boca de chipén.


PELICULA

Se tre bien.


UNA VIEJA

Petronila,

ten un poco de pupila,

tápate con el vestido

los juanetes de los pies.


PELICULA

Tres callés.

No tengan cuidado

que saldrá muy bien.

¡Qué conjunto!

¡Qué clichés!

¡Qué preciosos

van a ser!


CORO

Mejor será

que nos retrate usted así.


PELICULA

Voy a probar.

Se tre yolí.

Ceñirse más

para que el grupo salga bien.


CORO

¿Se pué bailar?


PELICULA

Tranquilemen.

Señores, un momento,

que voy a terminar.


(Salen dos Camareros con cazuelas y se paran delante del aparato)


¡Quietos, más risueños!



CUADRO CUARTO


La escena representa un merendero de la Florida. Mesas y demás. Las voces francesas e inglesas de los cantables de este Cuadro se pronunciarán conforme van escritas.


CORO

¡Ja, ja, ja, ja;

olé ya!


(Hablado)


CONVIDADO 1.º

Oiga usté, ¿me saldrá este lunar?


PELICULA

Caballero, en mis retratos no verá usté jamás lunar ninguno.


VARIOS

Que nos lo enseñe, a ver qué tal hemos salido.


PELICULA

Como no me acompañen ustedes a la cámara oscura…


(Dirigiéndose a las señoras)


MUJER 1.ª

(¡Qué tío éste!)


CONVIDADO 2.º

¿Estará bien, eh?


PELICULA

Caballero, usté no me conoce cuando me hace esa pregunta. Vea usté.


(Sacando una tarjeta)


Fermín Película, fotógrafo premiado en la exposición regional de Colmenar de Oreja. Proveedor de algunos semanarios. Se hacen toda clase de trabajos instantáneos y de los otros. Especialidad en niños y en ampliaciones de señoras. Ronda de Valencia, catorce, azotea.


(Mutis, repartiendo entre los convidados varias tarjetas)


PASCUAL

¿Sus parece que eche el arroz? No deben de tardar.


TODOS

Sí, sí, que lo eche, que lo eche.


CONVIDADO 1.º

Yo creo que debemos de esperar y que no lo eche, por si se pasa.


CONVIDADO 2.º

Me paece que no nos matarán porque se pase un poco.


CONVIDADO 3.º

Y si dicen algo lo arreglo yo, y lo pasao, pasao.


PASCUAL

En total, se han matao ocho pollitos pa el arroz, y hay cuatro arrobas de limoná.


CONVIDADO 1.º

Pues tan, y mientras, que estos profesores amenicen algo.


MUJER 2.ª

Eso, que toquen.


MUSICO

¿Desean ustedes pieza señalada o ad libitum?


MUJER 1.ª

Lo que deseamos es algo que se marque bien a izquierdas.


MUJER 2.ª

(¡Qué tíos éstos del setimino! ¡Lástima de organilleros!)


MUJER 1.ª

(¡Dichosa huelga!)


MUSICO

Lo que podemos tocar no es posible que ustedes lo bailen. ¡Hay una gavota…!


CONVIDADO 1.º

¡Gavota! Pues ya lo creo; nosotros nos bailamos hasta El anillo del Nibelungo. Y mejor que los señoritos… Ven, Petromila. Van ustés a ver. ¿Qué se habrán creído?


(Preparándose como para el rigodón)


MUSICO

(Dirigiéndose a sus compañeros y marcando la entrada)

El siete, gavota. ¿Estamos? Una, dos y tres.


(Música)



Gavota


MUSICO

Pianísimo ese re;

empieza el minué.


CORO

Aquí se baila

con elegancia y chic;

los cuerpos rígidos

y el brazo así.


SEÑORAS

¡Qué bien se baila!

¡Qué buen compás!


HOMBRES

Pero agarrado

me gusta más,

porque se tiene

más libertad.


UNO

Jesús, ¡qué mano

tan suave tiene usted!


UNA

Pues si le gusta

se la prestaré.


OTRA

¡Que me lastimas

el anular!


OTRO

Pues dame el gordo

si te es igual.


MUSICO

Tener cuidado

con ese fa.


OTRO

¿Qué hay de aquel asunto

que te dije ayer?


OTRA

Me pides unas cosas

que no pueden ser.


CORO

Ni en París,

ni en soirés,

ni en el Real:

así se bailan

los minués.


HOMBRES

¡Ay, su mamá!

Mejor los señoritos

no lo bailarán.


SEÑORAS

Di tú que sí,

y quedas invitao

a mi gardén partí.


HOMBRES

Tres mersis.


SEÑORAS

Tres o más.


TODOS

¡Plin, plin,

ris, ras!


(Hablado)       


CONVIDADO 1.º

¡Pero que se ha bailao con elegancia!


CONVIDADO 2.º

¡Y bien!



ESCENA II


(Dichos y Wamba. Entra Wamba precipitadamente y mira a todos lados con agitación, quedando en el centro)


WAMBA

¿No está aquí tampoco?


CONVIDADO 1.º

¿Quién?


WAMBA

El Lolo.


CONVIDADO 1.º

No, no ha venido.


WAMBA

¿No lo dije? Se han hecho picadillo.


MUJER 1.ª

¿Pero, qué pasa?


WAMBA

Que ya no hay bateo, y que podéis buscar catorce pesetas cada uno pa asistir en coche a un sin fin de sepelios.


CONVIDADO 1.º

Vamos, hombre, no nos anonade usté.


CONVIDADO 2.º

¿Pero, qué?


WAMBA

Ya sabéis todos que yo, por mis principios, estoy distanciao hace tiempo de la Iglesia; pero, por amistad al Lolo, me comí los principios y fui a apadrinar al chico. Y después de las preguntas de rúbrica, cuando llega el momento de sentar al padre, se presenta el Pamplinas diciendo que el niño no es de la propiedad del Lolo.


TODOS

¡Qué tío!


WAMBA

Lolo mete mano; el otro, que ya había metío el pie, mete mano también; los invitados se arremolinan, nos echan, y desaparecen los dos, desafiaos de seguro en alguna parte. Los hemos buscao por tóos laos: en la prevención del distrito, ná; en el juzgado de guardia, ná; en tóas las tabernas del barrio…


CONVIDADO 1.º

Y, total, ¿qué?


WAMBA

Treinta y seis copas, tres beatas. Hasta al depósito judicial hemos ido; pero pa mí que se han comido el uno al otro al unísono; porque, según se ve, no han quedao ni cadáveres yacientes.


MUJER 1.ª

¿Y la Nieves?


WAMBA

La Nieves y su madre han ido a su casa para ver si por casualidad va por allí el Lolo. ¡Pobre mujer; no hay en tóa su cara un lugar seco de lágrimas!


CONVIDADO 1.º

(Mirando al foro)

Ahí viene.


MUJER 1.ª

Y su madre con ella.


(Expectación. Todos se apartan dejando paso. Convidado 1.º retírase foro)



ESCENA III


(Dichos, Nieves, Valeriana. Entran llorosas)


NIEVES

¿No está aquí?


WAMBA

No.


VALERIANA

¡Tampoco aquí!


WAMBA

¿Y en casa?


NIEVES

¡No han ido! ¡Dios mío! ¡Dios mío!


PASCUAL

(Muy alegre al centro, entre Wamba y Nieves)

¡Olé la juerga! ¿Echo el arroz?


WAMBA

Señor Pascual, retírese usté, que no estamos para arroces ahora.


PASCUAL

Bueno; ustedes avisarán.


(Mutis primera izquierda)


WAMBA

Nieves… Vamos, mujer, no te aplanes así. Y usté, señá Valeriana, ¡paece mentira! Yo comprendo que ésta que empieza ahora a vivir y que no es mujer ducha, ni mucho menos, se agobie; pero usté, que no pué negar que es ducha… Vamos, no lo comprendo.


(Ellas no le escuchan)


NIEVES

¿Qué le habrá pasao?


VALERIANA

¡Pobre criatura!


WAMBA

¡Caray! Que me mojan ustedes los ojos y…


CONVIDADO 1.º

(Saliendo precipitadamente por el foro)

Ahí vienen.


WAMBA

¿Quienes?


CONVIDADO 1.º

Lolo y Pamplinas.


(Aparecen Lolo y Pamplinas seguidos de Visita y Virginio)


VALERIANA

¡Ellos!


NIEVES

¡Y con esa mujer!


(Todos quedan en silencio)



ESCENA IV


(Dichos, Lolo, Pamplinas, Visita y Virginio)


LOLO

(A Pamplinas que le sigue)

Ya estamos aquí. Diga usté ahora lo que antes me ha dicho a mí de hombre a hombre. Ahí la tiene usté.


PAMPLINAS

Pues señora…


(Todos los Convidados y Coro van a retirarse, pero Lolo los detiene con un ademán)


LOLO

Quedarse; lo que Lolo haga quiere que todo el mundo lo vea; lo que diga que lo oiga todo el mundo.


(Al Pamplinas)


Hable usté de una vez.


PAMPLINAS

(A Nieves)

Pues el que ahora estemos sanos y enteros delante de usté, se debe a que antes de matarme con el señor, (Por Lolo), quise hacerle una aclaración de hombre honrao.


NIEVES

¿Honrao, tú?


PAMPLINAS

Aclaración que consta por dicho fehaciente de esta joven.


(Por Visita)


VISITA

Y que yo sé de boca de éste, que lo ha visto.


(Por Virginio)


VIRGINIO

(¡Atiza! ¿Qué habré visto yo?)


PAMPLINAS

Referente a que un hombre entra en su casa de la señora, todas las noches, a las dos.


NIEVES

¿Quién? ¡Mentira!


VALERIANA

Mal hombre, embustero, ¿conque entras tú a ver a mi hija?


PAMPLINAS

¡Eh! Yo no soy, ni sé quién es, pero me he colao en este asunto porque no me da la gana de que se rían de este hombre como se han reído de mí. Esta lo sabe.


(Por Visita)


VISITA

De boca de éste.


(Por Virginio)


WAMBA

Le doy en la boca.


VIRGINIO

(¡A que pago yo el pato!)


LOLO

(A Nieves)

¿Y qué contestas a eso? Dilo, ¿es verdad?


WAMBA

(Interponiéndose entre Pamplinas y Lolo)

Sí, que es verdad, verdad completa.


LOLO

Wamba, mire usté que…


WAMBA

Más verdá que el sol al medio día. Entraba un hombre, sí señor, a las dos, y ese hombre era yo. Wamba, que aunque tiene los brazos de hierro y cabeza de pólvora y el corazón de dinamita, en cuestiones del amor es igual que los moldes de la cera. Sí, señores, yo, que viendo que se retrasaba bastante el reparto social, me adjudiqué, de ocultis, a la Valeriana, hasta que la ocasión abonase pa publicarlo y adjudicármela en el lote correspondiente.


VALERIANA

Pasando antes por la iglesia.


WAMBA

Eso era lo que yo no quería, precisamente.


LOLO

(A Nieves)

Ven, abrázame, que estoy ya más alegre que el repique del sábado de gloria.


VISITA

(¡Ay, qué plancha!)


PAMPLINAS

(A Visita)

Por usté, tía liosa.


VISITA

Por este pollo.

(Por Virginio)


VIRGINIO

Por fin pagué yo el pato.


NIEVES

¡Haber dudado de mí!


LOLO

Pero, nena, ¿quién ha tenido la culpa?


PAMPLINAS

Lo que es yo, no.


VISITA

¡Ni yo tampoco! El Virginio.


VIRGINIO

No hagan ustedes caso.


VARIOS

¡Claro que el Virginio!


(Van a pegarle y los detiene Wamba)


WAMBA

Este pollo no merece de nosotros otra molestia que la siguiente. (Le vuelve de espaldas y le da un puntapié) Siguen las firmas. (Dándole otro)


VIRGINIO

¡Ah!, ¿sí? Vengan las medias.


(Haciendo ademán de quitárselas a Visita, que las lleva puestas. Mutis)


LOLO

Dejarlo ya. Y mañana, otra vez a la iglesia, a bautizar al chico.


PASCUAL

¿Echo el arroz?


(Poniéndose en primer término)


TODOS

Sí, ahora sí; que lo eche.


VALERIANA

Y tú y yo, a casarnos.


WAMBA

Tiene que ser por lo civil, y si hay proclamas, que sean anarquistas.


LOLO

Padrino, si no abandona usté esas ideas que tienen mala sombra, no apadrina usté al niño.


WAMBA

(Al Público)

Dicen que ya no toleran

que yo vaya a bautizarlo.

¿Qué haré? ¡Si ustedes quisieran,

señores, apadrinarlo…!


(Música)




TELON

miércoles, 25 de agosto de 2021

Estanco, de Fernando Pessoa

 Tabacaria / Estanco

Álvaro de Campos (Fernando Pessoa)

[Publicado en Presencia, 39, Coimbra, julio de 1933]

15-1-1928


No soy nada.

Nunca llegaré a ser nada.

No puedo querer ser nada.

Más allá de todo esto, albergo en mí todos los sueños del mundo.


Ventanas de mi cuarto,

del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe de quién es

(mas si supiesen de quién es, ¿qué es lo que sabrían?),

miráis hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente,

hacia una calle inaccesible a cualquier pensamiento,

real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,

con el misterio de las cosas que están bajo los seres y las piedras,

con la muerte poniendo humedad en las paredes y canas en los hombres,

con el Destino conduciendo la carreta del todo por el camino de la nada.


Hoy me encuentro vencido, como si supiese la verdad,

lúcido, como si me fuera a morir hoy mismo,

y no mantuviese otra hermandad con las cosas

que el despedirme de ellas, volviéndose esta casa y este lado de la calle

la hilera de vagones de un tren. Y una partida con silbato y todo

desde dentro de mi cabeza,

y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al marchar.


Hoy estoy perplejo como quien ha encontrado, pensado y olvidado.

Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo

al Estanco de enfrente de la calle, como algo real por fuera,

y la sensación de que todo es sueño, como algo real por dentro.


Fracasé en todo.

Como no me hice propósito alguno, tal vez todo haya sido nada.

De la instrucción que me dieron,

descendí por la ventana trasera de la casa.

Huí al campo con grandes objetivos,

pero allí sólo encontré yerbas y árboles

y tampoco allí la gente era distinta a las demás.

Me alejo de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?


¿Qué sé yo lo que habré de ser, yo, que no sé lo que soy?

¿Ser lo que pienso? Es que pienso ser tantas cosas...

¡Hay tantos que piensan en ser lo mismo que no puede haber para todos!

¿Genio? Sólo en este momento

debe haber al menos cien mil cerebros que se creen en sueños tanto o más genios que yo,

pero la historia no señalará, quién sabe, a ninguno,

y sólo quedará el estiércol de tantos descubrimientos futuros.

No, no creo en mí.

¡todos los manicomios están llenos de dementes con certezas!

Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy por ello más o menos auténtico?

No, no creo en mí.

¿En cuántos áticos y no-áticos del mundo

habrán ahora mismo auto-genios soñando?

¿Cuántas nobles, altas y lúcidas aspiraciones-

sí, verdaderamente nobles y altas y lúcidas-

y quién sabe si realizables,

verán la luz del sol real o lograrán el auditorio de la gente?

El mundo es de quien nace para conquistarlo

y no de quien sueña con conquistarlo, aunque tenga razón.

Yo he soñado más que el propio Napoleón,

he apretado contra mi pecho hipotético más hombres que Cristo,

he elaborado en secreto más filosofías de las que ningún Kant pudo escribir jamás.

Pero soy, y tal vez lo seré siempre, el del ático,

aunque ya no viva allí.

Siempre seré el que no ha nacido para esto.

Siempre seré sólo el que tenía cualidades.

Siempre seré aquél que esperó a que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puertas

y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

y oyó la voz de Dios en un pozo sellado.

¿Creer en mí? No, de ningún modo.

Derrame la Naturaleza sobre mi ardiente cabeza

su sol, su lluvia, el viento que me revuelve el cabello,

y lo demás que venga si viene o tiene que venir, o que no venga.

Esclavos cardiacos de las estrellas,

conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;

pero al despertar, coño, es opaco,

nos levantamos y es ajeno,

salimos de la casa y es la tierra entera,

más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.


(¡Come chocolatinas, chiquilla,

come chocolatinas!,

que no hay otra metafísica en el mundo que comer chocolatinas,

que todas las religiones juntas no enseñan más que una confitería,

¡come chiquilla sucia, sigue comiendo!

¡Si yo pudiera comer chocolatinas con la misma verdad con que tú las comes!

Pero pienso, al quitar el papel de plata que es de láminas de estaño,

y lo tiro al suelo, como he tirado mi vida.)


Al menos me queda de la amargura de lo que nunca he de ser

la rápida caligrafía de estos versos,

puerta rota hacia lo Imposible,

pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

noble al menos en el ostensible gesto con que me deshago

de la ropa sucia que soy, sin papel, en el transcurso de las cosas

y me quedo en casa sin camisa.


(Tú, que consuelas, que no existes y es por eso que consuelas,

oh, Diosa Griega, concebida como estatua viva,

oh, patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

oh, princesa de los trovadores, gentilísima y florida,

oh, marquesa dieciochesca, escotada y distante,

oh, famosa cocotte de los tiempos de nuestros padres,

oh, no sé qué moderno -no acierto bien el qué-,

todo eso, fuere lo que fuere, sea lo que sea, ¡si puede inspirar que inspire!

Mi corazón es un barreño sin agua.

Como los invocadores de espíritus invocan espíritus, yo me invoco

a mí mismo y no encuentro nada.

Me acerco a la ventana y veo la calle con una absoluta nitidez.

Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,

veo los seres vivos que se cruzan entre sí,

veo los perros que existen también,

y todo esto me pesa como una condena al destierro,

y todo esto me es ajeno como lo es todo.)


Viví, estudié, amé e incluso creí,

y hoy no hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo.

Miro en cada uno los andrajos y las llagas y la mentira

y pienso: tal vez nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído

(porque es fácil hacer realidad todo eso sin haber hecho nada de eso),

tal vez hayas existido, como el lagarto a quien cortan la cola

y qué es la cola del lagarto después de sus espasmos.


Hice de mí lo que no sabía,

y lo que pude haber hecho de mí no lo hice.

El disfraz que me puse no fue el correcto.

Me conocieron más tarde por lo que no era y no lo desmentí y eso me perdió.

Cuando quise arrancarme la máscara

la tenía pegada a la cara.

Cuando me la arranqué y me miré al espejo,

había envejecido.

Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.

Arrojé la máscara y me dormí en el vestidor

como el perro que la dirección tolera

porque es inofensivo

y escribiré esta historia para probar lo sublime que puedo llegar a ser.


Esencia musical de mis versos inútiles,

quién pudiera encontrarte como algo hecho por mí

en vez de hallarme siempre frente al Estanco de enfrente,

pisoteando la conciencia de estar existiendo,

como una alfombra en la que un borracho tropieza

o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.


Pero el dueño del Estanco se asomó a la puerta y se ha quedado allí.

Lo miro con la incomodidad de torcer mal la cabeza

y con la incomodidad del Alma que no acaba de entender.

Él morirá igual que yo moriré.

Él dejará el letrero y yo dejaré versos.

En cierto momento también el letrero morirá igual que los versos.

Después de un cierto tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero

y la lengua donde fueron escritos los versos.

Morirá más tarde este planeta rodante donde pasó todo esto.

Y en otros satélites de otros sistemas algo parecido a la gente

continuará haciendo cosas parecidas a versos y viviendo bajo cosas parecidas a letreros.

Siempre una cosa enfrente de otra,

siempre una cosa tan inútil como la otra,

siempre lo imposible tan inútil como lo real,

siempre el misterio de la hondura tan verdadero como el sueño del misterio en la superficie.

Siempre esto o siempre aquello o ni lo uno ni lo otro.


Pero un hombre ha entrado en el Estanco (¿a comprar tabaco?)

Y la realidad plausible cae de golpe sobre mí,

Me medio incorporo enérgico, convencido, humano.

y voy a tratar de escribir estos versos en que digo justo lo contrario.


Enciendo un cigarro pensando en escribirlos

y saboreo en el cigarro la liberación de todo pensamiento,

sigo al humo como a una rueda propia,

y disfruto, en un momento sensitivo y competente,

la liberación de todas las especulaciones

y la consciencia de que la Metafísica es consecuencia de andar uno indispuesto.


Después me dejo caer contra la silla

y continuo fumando.

Mientras el destino me lo consienta, seguiré fumando.


(Si me casase con la hija de mi lavandera

tal vez fuese feliz.)

Así las cosas, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.


El hombre salió ya del Estanco (metiéndose el cambio en el bolsillo del pantalón).

Pero, mira, lo conozco: es un Pérez sin metafísica.

(El dueño del Estanco se ha asomado a la puerta).

Como por instinto divino, el tal Pérez se ha vuelto y me ha visto.

Me ha hecho señas y yo le he gritado ¡Adiós Pérez! y el universo

se reconstruye sin ideal ni esperanza, y el Dueño del Estanco sonríe como si tal cosa.


Tiranía y democracia, de Fernando Pessoa

 FRANCISCO  —  La esencia de la tiranía es la fuerza que nos obliga, y la fuerza que nos obliga, o nos obliga absolutamente o relativamente  —  es decir, condicionadamente. Quiero decir, o nos obliga absolutamente a hacer o dejar de hacer algo, sin que podamos tomar otro partido, o nos obliga a hacer o dejar de hacer algo, castigándonos o sujetándonos a prejuicios y males varios en caso de tomar otro partido. El asesino, que, al dar conmigo, me pega un tiro en pleno corazón, me obliga a morir; el individuo que, al apuntarme con una pistola, me obligue a firmar un documento que no quisiera firmar, no es que me obligue a firmarlo de todas todas, pero me condiciona, pues lo natural es que yo prefiera firmarlo a recibir el “castigo” de la muerte. Está bien ver con claridad estos detalles simples e intuitivos: al verlos y hacérnoslos ver, no perderemos pie en el asunto. Ahora bien, tiranía absoluta sólo hay una: la de la Naturaleza. El individuo que me obliga a morir al pegarme un tiro en el corazón, no me obliga a morir por el hecho de darme un tiro, sino porque según la disposición de la Naturaleza, un tiro en el corazón es mortal. Si el tiro es en el corazón, no puedo escoger si morir o no: pero esta imposibilidad de elección no es responsabilidad del individuo, sino de la Naturaleza, que así dispone las cosas. En la tiranía humana, de quien difícilmente se podrá elegir más duro ejemplo, que el que ya he apuntado, siempre existe un elemento condicional. He de elegir entre firmar el documento o morir. Puedo elegir. Pero (y es aquí donde el elemento tiránico se revela), cualquiera de las cosas que escoja es mala para mí. En esa forzada elección entre un mal y otro consiste la tiranía. (La única tiranía absoluta es la del Destino. La Naturaleza, salvo para un pesimista, no es tiránica; y si lo es para el pesimista, la tiranía verdadera está en el Destino, que ha dado a ese hombre el temperamento de pesimista. La Naturaleza, repito, no es tiránica. Pongamos por ejemplo a un individuo con tendencias alcohólicas, que ama excesivamente el alcohol. Si cede al placer de beber, lo pagará con enfermedades y dolencias. Pero su mal viene precedido de un placer. De abstenerse, no sufrirá esas dolencias; de modo que, al sacrificar un placer, se ha hecho bien a sí mismo. No hay aquí tiranía, porque hay compensación. Sólo el Destino, al obligar absolutamente, podría ser tenido por tiránico; porque a ese individuo, que puse de ejemplo, o el Destino ya lo marcó para borracho o para no borracho, y sea cual sea el caso, lo que elija ya habrá sido elegido.) Si la esencia de la tiranía es la fuerza, la primera condición para ser un tirano es tener la fuerza. Ahora bien, sólo hay tres maneras de ejercer la fuerza: la fuerza física, el número y la astucia o la habilidad. En una pelea callejera, por ejemplo, donde se supone que los contendientes son de parecida valentía y afán, uno es vencido por ser más fuerte el otro, o por venir otros en la ayuda del otro, o por ser menos hábil o astuto en la forma de pelear. Pero hay algo evidente: ni la astucia ni la habilidad son la fuerza sino una forma de suplir la desventaja o aumentar la fuerza. Y es evidente también que, en el caso a tratar  — la tiranía social — , nada importa la fuerza física directa. Por eso queda como única fuerza capaz de tiranizar, la del número. Es decir la fuerza de una tiranía es el estar sustentada en una mayoría. En otras palabras, la tiranía es democrática. 

(de Diálogos de la tiranía)

La corista, Anton Chéjov.

 LA CORISTA


Anton Chejov


En cierta ocasión, cuando era más joven y hermosa y tenía mejor voz, se encontraba en la planta baja de su casa de campo con Nikolai Petróvich Kolpakov, su amante. Hacía un calor insufrible, no se podía respirar. Kolpakov acababa de comer, había tomado una botella de mal vino del Rin y se sentía de mal humor y destemplado. Estaban aburridos y esperaban que el calor cediese para ir a dar un paseo.


De pronto, inesperadamente, llamaron a la puerta. Kolpakov, que estaba sin levita y en zapatillas, se puso en pie y miró interrogativamente a Pasha.


-Será el cartero, o una amiga -dijo la cantante.


Kolpakov no sentía reparo alguno en que le viesen las amigas de Pasha o el cartero, pero, por si acaso, cogió su ropa y se retiró a la habitación vecina. Pasha fue a abrir. Con gran asombro suyo, no era el cartero ni una amiga, sino una mujer desconocida, joven, hermosa, bien vestida y que, a juzgar por las apariencias, pertenecía a la clase de las decentes.


La desconocida estaba pálida y respiraba fatigosamente, como si acabase de subir una alta escalera.


-¿Qué desea? -preguntó Pasha.


La señora no contestó. Dio un paso adelante, miró alrededor y se sentó como si se sintiera cansada o indispuesta. Luego movió un largo rato sus pálidos labios, tratando de decir algo.


-¿Está aquí mi marido? -preguntó por fin, levantando hacia Pasha sus grandes ojos, con los párpados enrojecidos por el llanto.


-¿Qué marido? -murmuró Pasha, sintiendo que del susto se le enfriaban los pies y las manos-. ¿Qué marido? - repitió, empezando a temblar.


-Mi marido... Nikolai Petróvich Kolpakov.


-No... no, señora... Yo... no sé de quién me habla.


Hubo unos instantes de silencio. La desconocida se pasó varías veces el pañuelo por los descoloridos labios y, para vencer el temor interno, contuvo la respiración. Pasha se encontraba ante ella inmóvil, como petrificada, y la miraba asustada y perpleja.


-¿Dice que no está aquí? -preguntó la señora, ya con voz firme y una extraña sonrisa.


-Yo... no sé por quién pregunta.


-Usted es una miserable, una infame... -balbuceó la desconocida, mirando a Pasha con odio y repugnancia-. Sí, sí... es una miserable. Celebro mucho, muchísimo, que por fin se lo haya podido decir.


Pasha comprendió que producía una impresión pésima en aquella dama vestida de negro, de ojos coléricos y dedos blancos y finos, y sintió vergüenza de sus mejillas regordetas y coloradas, de su nariz picada de viruelas y del flequillo siempre rebelde al peine. Se le figuró que si hubiera sido flaca, sin pintar y sin flequillo, habría podido ocultar que no era una mujer decente; entonces no le habría producido tanto miedo y vergüenza permanecer ante aquella señora desconocida y misteriosa.


-¿Dónde está mi marido? -prosiguió la señora-. Aunque es lo mismo que esté aquí o no. Por lo demás, debo decirle que se ha descubierto un desfalco y que están buscando a Nikolai Petróvich... Lo quieren detener. ¡Para que vea lo que usted ha hecho!


La señora, presa de gran agitación, dio unos pasos. Pasha la miraba perpleja: el miedo no la dejaba comprender.


-Hoy mismo lo encontrarán y lo llevarán a la cárcel -siguió la señora, que dejó escapar un sollozo en que se mezclaban el sentimiento ofendido y el despecho-. Sé quién le ha llevado hasta esta espantosa situación. ¡Miserable, infame; es usted una criatura repugnante que se vende al primero que llega! -Los labios de la señora se contrajeron en una mueca de desprecio, y arrugó la nariz con asco. -Me veo impotente... sépalo, miserable... Me veo impotente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que lo ve todo, saldrá en defensa mía y de mis hijos ¡Dios es justo! Le pedirá cuentas de cada lágrima mía, de todas las noches sin sueño. ¡Entonces se acordará de mí!


De nuevo se hizo el silencio. La señora iba y venía por la habitación y se retorcía las manos. Pasha seguía mirándola perpleja, sin comprender, y esperaba de ella algo espantoso.


-Yo, señora, no sé nada -articuló, y de pronto rompió a llorar.


-¡Miente! -gritó la señora, mirándola colérica-. Lo sé todo. Hace ya mucho que la conozco. Sé que este último mes ha venido a verla todos los días.


-Sí. ¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver? Son muchos los que vienen, pero yo no fuerzo a nadie. Cada uno puede obrar como le parece.


-¡Y yo le digo que se ha descubierto un desfalco! Se ha llevado dinero de la oficina. Ha cometido un delito por una mujer como usted. Escúcheme -añadió la señora con tono enérgico, deteniéndose ante Pasha-: usted no puede guiarse por principio alguno. Usted sólo vive para hacer mal, ése es el fin que se propone, pero no se puede pensar que haya caído tan bajo, que no le quede un resto de sentimientos humanos. Él tiene esposa, hijos... Si lo condenan y es desterrado, mis hijos y yo moriremos de hambre... Compréndalo. Hay, sin embargo, un medio para salvarnos, nosotros y él, de la miseria y la vergüenza. Si hoy entrego los novecientos rublos, lo dejarán tranquilo. ¡Sólo son novecientos rublos!


-¿A qué novecientos rublos se refiere? -preguntó Pasha en voz baja-. Yo... yo no sé nada... No los he visto siquiera...


-No le pido los novecientos rublos... Usted no tiene dinero y no quiero nada suyo. Lo que pido es otra cosa... Los hombres suelen regalar joyas a las mujeres como usted. ¡Devuélvame las que le regaló mi marido!


-Señora, él no me ha regalado nada -elevó la voz Pasha, que empezaba a comprender.


-¿Dónde está, pues, el dinero? Ha gastado lo suyo, lo mío y lo ajeno. ¿Dónde ha metido todo eso? Escúcheme, se lo suplico. Yo estaba irritada y le he dicho muchas inconveniencias, pero le pido que me perdone. Usted debe de odiarme, lo sé, pero si es capaz de sentir piedad, póngase en mi situación. Se lo suplico, devuélvame las joyas.


-Hum... -empezó Pasha, encogiéndose de hombros-. Se las daría con mucho gusto, pero, que Dios me castigue si miento, no me ha regalado nada, puede creerme. Aunque tiene razón -se turbó la cantante-: en cierta ocasión me trajo dos cosas. Si quiere, se las daré...


Pasha abrió un cajoncito del tocador y sacó de él una pulsera hueca de oro y un anillo de poco precio con un rubí.


-Aquí tiene -dijo, entregándoselos a la señora.


Ésta se puso roja y su rostro tembló; se sentía ofendida.


-¿Qué es lo que me da? -preguntó-. Yo no pido limosna, sino lo que no le pertenece... lo que usted, valiéndose de su situación, sacó a mi marido... a ese desgraciado sin voluntad. El jueves, cuando la vi con él en el muelle, llevaba usted unos broches y unas pulseras de gran valor. No finja, pues; no es un corderillo inocente. Es la última vez que se lo pido: ¿me da las joyas o no?


-Es usted muy extraña... -dijo Pasha, que empezaba a enfadarse-. Le aseguro que su Nikolai Petróvich no me ha dado más que esta pulsera y este anillo. Lo único que traía eran pasteles.


-Pasteles... -sonrió irónicamente la desconocida-. En casa los niños no tenían qué comer, y aquí traía pasteles. ¿Se niega decididamente a devolverme las joyas?


Al no recibir respuesta, la señora se sentó pensativa, con la mirada perdida en el espacio.


«¿Qué podría hacer ahora? -se dijo-. Si no consigo los novecientos rublos, él es hombre perdido y mis hijos y yo nos veremos en la miseria. ¿Qué hacer, matar a esta miserable o caer de rodillas ante ella?»


La señora se llevó el pañuelo al rostro y rompió en llanto. ç

-Se lo ruego -se oía a través de sus sollozos-: usted ha arruinado y perdido a mi marido, sálvelo... No se compadece de él, pero los niños... los niños... ¿Qué culpa tienen ellos?


Pasha se imaginó a unos niños pequeños en la calle, llorando de hambre. Ella misma rompió en sollozos.


-¿Qué puedo hacer, señora? -dijo-. Usted dice que soy una miserable y que he arruinado a Nikolai Petróvich. Ante Dios le aseguro que no he recibido nada de él... En nuestro coro, Motia es la única que tiene un amante rico; las demás salimos adelante como podemos. Nikolai Petróvich es un hombre culto y delicado, y yo lo recibía. Nosotras no podemos hacer otra cosa.


-¡Lo que yo le pido son las joyas! ¡Deme las joyas! Lloro... me humillo... ¡Si quiere, me pondré de rodillas!


Pasha, asustada, lanzó un grito y agitó las manos. Se daba cuenta de que aquella señora pálida y hermosa, que se expresaba con tan nobles frases, como en el teatro, en efecto, era capaz de ponerse de rodillas ante ella: y eso por orgullo, movida por sus nobles sentimientos, para elevarse a sí misma y humillar a la corista.


-Está bien, le daré las joyas -dijo Pasha, limpiándose los ojos-. Como quiera. Pero tenga en cuenta que no son de Nikolai Petróvich... me las regalaron otros señores. Pero si usted lo desea...


Abrió el cajón superior de la cómoda; sacó de allí un broche de diamantes, una sarta de corales, varios anillos y una pulsera, que entregó a la señora.


-Tome si lo desea, pero de su marido no he recibido nada. ¡Tome, hágase rica! -siguió Pasha, ofendida por la amenaza de que la señora se iba a poner de rodillas-. Y, si usted es una persona noble... su esposa legítima, haría mejor en tenerlo sujeto. Eso es lo que debía hacer. Yo no lo llamé, él mismo vino...


La señora, entre las lágrimas, miró las joyas que le entregaban y dijo:


-Esto no es todo... Esto no vale novecientos rublos.


Pasha sacó impulsivamente de la cómoda un reloj de oro, una pitillera y unos gemelos, y dijo, abriendo los brazos:


-Es todo lo que tengo... Registre, si quiere.


La señora suspiró, envolvió con manos temblorosas las joyas en un pañuelo, y sin decir una sola palabra, sin inclinar siquiera la cabeza, salió a la calle.


Abriose la puerta de la habitación vecina y entró Kolpakov. Estaba pálido y sacudía nerviosamente la cabeza, como si acabase de tomar algo muy agrio. En sus ojos brillaban unas lágrimas.


-¿Qué joyas me ha regalado usted? -se arrojó sobre él Pasha-. ¿Cuándo lo hizo, dígame?


-Joyas... ¡Qué importancia tienen las joyas! -replicó Kolpakov, sacudiendo la cabeza-. ¡Dios mío! Ha llorado ante ti, se ha humillado...


-¡Le pregunto cuándo me ha regalado alguna joya! -gritó Pasha.


-Dios mío, ella, tan honrada, tan orgullosa, tan pura... Hasta quería ponerse de rodillas ante... esta mujerzuela. ¡Y yo la he llevado hasta este extremo! ¡Lo he consentido!


Se llevó las manos a la cabeza y gimió:


-No, nunca me lo perdonaré. ¡Nunca! ¡Apártate de mí... canalla! -gritó con asco, haciéndose atrás y alejando de sí a Pasha con manos temblorosas-. Quería ponerse de rodillas... ¿ante quién? ¡Ante ti! ¡Oh, Dios mío!


Se vistió rápidamente y con un gesto de repugnancia, tratando de mantenerse alejado de Pasha, se dirigió a la puerta y desapareció.


Pasha se tumbó en la cama y rompió en sonoros sollozos. Sentía ya haberse desprendido de sus joyas, que había entregado en un arrebato, y se creía ofendida. Recordó que tres años antes un mercader la había golpeado sin razón alguna, y su llanto se hizo aún más desesperado.

Dos cuentos de Raymond Carver

VECINOS

Raymond Carver

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.

Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.

Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.

—¡Divertíos! — dijo Bill a Harriet.

—Desde luego — respondió Harriet — Divertíos también.

Arlene asintió con la cabeza.

Jim le guiñó un ojo.

—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!

—Así lo haré — respondió Arlene.

—¡Divertíos! dijo Bill.

—Por supuesto — dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo — Y gracias de nuevo.

Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.

—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros — dijo Bill.

—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones — dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.

Después de cenar Arlene dijo:

—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche — Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.

Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.

Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones — y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.

Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado algo.

—¿Qué te ha retenido? — dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.

—Nada. Jugando con Kitty — dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le tocó los senos.

—Vámonos a la cama, cariño — dijo él.

Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.

—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano — dijo ella.

Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejo que usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.

—Vámonos a la cama — dijo él.

—¿Ahora? — rió ella — ¿Qué te pasa?

—Nada. Quítate el vestido — La agarró toscamente, y ella le dijo:

—¡Dios mío! Bill

Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.

—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty — dijo ella.

—Estaba en este momento pensando en eso — dijo él — Iré ahora mismo.

Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja—dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.

—¿Qué te ha retenido tanto? — dijo Arlene — Llevas más de una hora aquí.

—¿De verdad? — respondió él.

—Sí, de verdad — dijo ella.

—Tuve que ir al baño — dijo él.

—Tienes tu propio baño — dijo ella.

—No me pude aguantar — dijo él.

Aquella noche volvieron a hacer el amor.

Por la mañana hizo que Arlene llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.

En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.

Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.

Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.

En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.

No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.

—Ponte cómodo mientras voy a su casa — dijo ella — Lee el periódico o haz algo — Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.

Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.

—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? — llamó él.

Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.

—¿Estuve mucho tiempo aquí? — dijo ella.

—Bueno, sí estuviste — dijo él.

—¿De verdad? — dijo ella — Supongo que he debido estar jugando con Kitty.

La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.

—Es divertido — dijo ella — Sabes, ir a la casa de alguien más así. — Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su propio apartamento.

—Es divertido — dijo él.

Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.

—¡Jolines! — dijo ella — Jooliines — cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos — Me acabo de acordar que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró —¿No es eso tonto? — No lo creo — dijo él — Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.

Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo en su músculo y dijo:

—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.

Él se paró en medio del vestíbulo.

—¿Qué clase de fotografías?

—Ya las verás tú mismo — dijo ella y le miró con atención.

—No estarás bromeando — sonrió él — ¿Dónde?

—En un cajón — dijo ella.

—No bromeas — dijo él.

Y entonces ella dijo:

—Tal vez no regresarán — e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.

—Pudiera suceder — dijo él — Todo pudiera suceder.

—O tal vez regresarán y … — pero no terminó.

Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.

—La llave — dijo él — Dámela.

—¿Qué? — dijo ella — Miró fijamente a la puerta.

—La llave — dijo él — Tú tienes la llave.

—¡Dios mío! — dijo ella — Dejé la llave dentro.

—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.

—No te preocupes — le dijo al oído — Por Dios, no te preocupes.

Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera contra el viento, y se prepararon.


*** 


PEQUEÑAS COSAS

Temprano aquel día el tiempo cambió y la nieve se deshizo en agua sucia. Venas de nieve derretida descendían desde la ventanita a la altura del hombro que miraba hacia el patio trasero. Los automóviles salpicaban nieve afuera, donde estaba oscureciendo. Pero adentro también estaba oscureciendo.

Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.

— ¡Estoy feliz de que te vayas! ¡Estoy feliz de que te vayas! —dijo—. ¿Escuchas?

Él continuó metiendo sus cosas en la maleta.

¡Hijo de perra! ¡Estoy tan feliz de que te vayas! —empezó a llorar—. Ni siquiera puedes mirarme a la cara, ¿verdad?

Entonces notó la fotografía del bebé sobre la cama y la tomó.

Él la miró y ella enjugó sus ojos y lo miró fijamente antes de dar la vuelta y regresar al living.

— Devuélveme eso —dijo él.

— Sólo toma tus cosas y ándate —dijo ella.

Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, echó una mirada al dormitorio antes de apagar la luz. Luego salió al living.

Ella estaba de pie a la entrada de la pequeña cocina, con el bebé en brazos.

— Quiero al bebé —dijo él.

— ¿Estás loco?

— No, pero quiero al bebé. Mandaré a alguien a que venga por sus cosas.

— Tú no tocas este bebé —dijo ella.

El bebé había empezado a llorar y ella le quitó la manta alrededor de su cabeza.

— Oh, oh —dijo ella, mirando al niño.

Él dio un paso hacia ella.

— ¡Por el amor de Dios! —dijo ella. Retrocedió hacia el interior de la cocina.

— Quiero el bebé.

— ¡Sal de aquí!

Ella se volvió y trató de mantener al bebé en un rincón detrás de la cocina.

Pero él avanzó. Alcanzó el otro lado de la cocina y apretó sus manos al bebé.

— Suéltalo —dijo él.

— ¡Márchate, márchate! —gritó ella.

El bebé estaba enrojecido y gritando. En el forcejeo tiraron un florero que colgaba detrás de la cocina.

Entonces él la apretó contra la pared, tratando de quebrar su resistencia. Agarró al bebé y presionó con todo su peso.

— Suéltalo —dijo él.

— No —dijo ella—. Estás lastimando al bebé —dijo.

— No estoy lastimando al bebé —dijo él.

Por la ventana de la cocina no entraba luz. En la casi oscuridad, él se ocupó de los dedos apuñados de ella con una mano y con la otra tomó al bebé llorando por debajo de un brazo, cerca del hombro.

Ella sintió sus dedos siendo forzados a abrirse. Ella sintió al bebé alejándosele.

— ¡No! —gritó al mismo tiempo que sus manos cedían.

Ella tendría este bebé. Intentó agarrar al bebé del otro brazo. Lo tomó por la muñeca y se echó hacia atrás.

Pero él no lo soltaría. Sintió al bebé escapándosele de las manos y tiró muy fuerte.De esta manera, la cuestión quedó resuelta.

Dos cuentos de O'Henry

EL VALOR DE UN DÓLAR

O. Henry

Una mañana, al pasar revista a su correspondencia, el juez federal del distrito de Río Grande encontró la siguiente carta:

Juez:

Cuando me condenó usted a cuatro años, me endilgó un sermón. Entre otros epítetos, me dedicó el de serpiente de cascabel. Tal vez lo sea, y a eso se debe el que ahora me oiga tintinear. Un año después de que me pusieran a la sombra, murió mi hija, dicen que por culpa de la pobreza y la infelicidad. Usted, juez, también tiene una hija, y yo voy a hacer que sepa lo que se siente al perderla. También voy a picar a ese fiscal que habló en mi contra. Ahora estoy libre, y me toca volver a cascabelear El papel me sienta bien. No diré más. Este es mi sonido. Cuidado con la mordedura.

Respetuosamente suyo,

Serpiente de Cascabel


El juez Derwent dejó la carta de lado, sin preocuparse. Recibir esa clase de cartas, de proscritos que habían pasado por el tribunal, no era ninguna novedad. No se sintió alarmado. Más tarde le enseñó la carta a Littlefield, el joven fiscal del distrito que estaba incluido en la amenaza, pues el juez era muy puntilloso en todo lo concerniente a las relaciones profesionales.


Por lo que se refería a él, Littlefield dedicó al cascabeleo del remitente una sonrisa desdeñosa; pero ante la alusión a la hija del juez, frunció el ceño, ya que pensaba casarse con Nancy Derwent el otoño siguiente.


Littlefield fue a ver al secretario del juzgado y revisó con él los expedientes. Decidieron que la carta debía de provenir de México Sam, un mestizo forajido que vivía en la frontera y había sido encarcelado por asesinato cuatro años atrás. Al correr de los días, Littlefield fue absorbido por tareas oficiales, y el cascabeleo de la serpiente vengadora cayó en el olvido.


El tribunal llevaba a cabo sus sesiones en Brownsville. La mayoría de los procesos consistían en acusaciones de contrabando, falsificación, robo a oficinas de correo y violaciones de las leyes federales a lo largo de la frontera. Uno de los acusados era un joven mexicano, Rafael Ortiz, que había sido sorprendido por un muy listo ayudante de sheriff en el momento de pasar un dólar de plata falso. En más de una ocasión se había sospechado de su rectitud, pero era ésta la primera vez que se tenían pruebas en su contra. Mientras esperaba el juicio, Ortiz languidecía placenteramente en la cárcel fumando cigarrillos negros. Kilpatrick, el ayudante del sheriff, entregó el dólar falso al fiscal del distrito en el despacho que éste tenía en el juzgado. Tanto el ayudante como un farmacéutico de reputación intachable estaban dispuestos a jurar que Ortiz había pagado una medicina con ese dólar. La moneda era una imitación burda, mate, maleable, y hecha principalmente de plomo. Era la víspera de la sesión dedicada al caso de Ortiz y el fiscal del distrito se encontraba preparándose para el juicio.


-No nos hará falta gastar un dineral en expertos para demostrar que la moneda es falsa, ¿verdad, Kil? -sonrió Littlefield al arrojar el dólar sobre la mesa, donde cayó sin más tintineo que el de una bola de masilla.


-Supongo que el material es tan bueno como el que puede hallarse en el calabozo -dijo el ayudante del sheriff aflojándose el correaje-. Lo tiene usted atrapado. Si hubiese sido una sola vez, podría pensarse que es uno de esos mexicanos incapaces de diferenciar el dinero bueno del falso; pero ese bribón pertenece a una banda de estafadores, lo puedo asegurar. Y por fin se me ha presentado la oportunidad de descubrirlo con las manos en la masa. Tiene una chica en los jacales de la ribera. La vi un día que estaba vigilándolo a él. Es preciosa, como una vaquilla colorada entre las flores.


Littlefield se guardó el dólar falso en el bolsillo y metió en un sobre los informes sobre el caso. Justo en ese momento apareció en el marco de la puerta un rostro brillante, encantador, franco y alegre como el de un muchacho. Era Nancy Derwent.


-Oh, Bob, ¿es cierto que el tribunal ha aplazado hasta mañana la sesión de hoy a las doce?


-Así es -dijo el fiscal del distrito-, y me alegro. Tengo que revisar un montón de fallos y...


-Muy propio de ti. ¡Me sorprendería que tú y mi padre se pasaran un día sin mirar códigos y expedientes! Quiero que esta tarde me lleves a cazar chorlitos. En Long Prairie abundan. ¡Por favor, no te niegues! Me gustaría probar mi nueva escopeta de repetición. He ordenado en el establo que enganchen a Fly y a Bess al calesín: son los que mejor soportan los tiros. Estaba segura de que vendrías.


Tenían planeado casarse en otoño. El idilio estaba en su momento crucial. Aquel día -o, mejor, aquella tarde- los chorlitos ganaron la partida a los volúmenes encuadernados en becerro. Littlefield empezó a apartar sus papeles.


Llamaron a la puerta. Kilpatrick abrió. Una hermosa muchacha, de ojos oscuros y piel de tinte ligeramente alimonado, entró en el despacho. Un mantón oscuro le cubría la cabeza y le rodeaba el cuello.


Comenzó a hablar en español con la voluble música melancólica de un arroyo plañidero. Littlefield no entendía el idioma. El ayudante sí, de modo que tradujo parte por parte, alzando la mano de vez en cuando para detener a la muchacha y confirmar alguna palabra.


-Ha venido a verlo a usted, míster Littlefield. Se llama Joya Treviñas. Quiere hablarle de... Bueno, tiene algo que ver con Rafael Ortiz. Es..., es la chica de él. Dice que es inocente. Dice que fue ella la que fabricó el dinero y consiguió que él lo pasara. No le crea, míster Littlefield. Estas mexicanas son así: cuando les gusta un hombre, son capaces de mentir, robar y matar por él. ¡No confíe nunca en una mujer enamorada!


-¡Míster Kilpatrick!


La indignada exclamación de Nancy Derwent llevó al ayudante a deshacerse en excusas por haber expresado mal sus propias ideas, tras lo cual siguió traduciendo.


-Dice que no le importa ir a la cárcel si lo dejan a él en libertad. Dice que la había atacado una fiebre y el médico aseguró que moriría si no tomaba una medicina. Fue por eso que él pagó con el dólar falso en la farmacia. Dice que eso le salvó la vida. No me cabe duda de que se deshace por su Rafael; habla mucho de amor y otras cosas que a usted no le interesan.


Al fiscal del distrito la historia le sonaba conocida.


-Contéstele -dijo- que no puedo hacer nada. El caso será juzgado mañana, y la defensa deberán hacerla ante el tribunal.


Nancy Derwent no era tan inflexible. Había estado mirando alternativamente a Joya Treviñas y a Littlefield con benévolo interés. El ayudante repitió a la muchacha las palabras del fiscal. Ella pronunció un par de frases en voz baja, se ciñó el mantón en torno al rostro y se marchó.


-¿Qué dijo al final? -preguntó el fiscal.


-Nada fuera de lo corriente -respondió el ayudante-. A ver...: «Si alguna vez estuviera en peligro la muchacha que amas, acuérdate de Rafael Ortiz».


Kilpatrick se alejó por el pasillo rumbo al despacho de su superior.


-¿No puedes hacer nada por ellos, Bob? -preguntó Nancy-. ¡No es justo arruinar la felicidad de dos vidas por un mísero dólar! Él lo hizo para salvarla. ¿Acaso la ley no conoce la compasión?


-En la jurisprudencia no hay sitio para ella, Nan -dijo Littlefield-, y menos aún en la labor del fiscal, que se atiende a los hechos. Te prometo que el alegato no será furibundo. Pero ese hombre está condenado de antemano. Hay testigos dispuestos a jurar que ha pasado un dólar falso. Y yo tengo ese dólar en el bolsillo, con la etiqueta de «Prueba A». En el jurado no hay ningún mexicano, y declararán culpable a míster Truco sin pestañear siquiera.


* * *


La tarde se presentaba perfecta para cazar chorlitos y, con la excitación del deporte, fueron olvidados el caso de Rafael y el dolor de Joya Treviñas. El fiscal y Nancy Derwent dejaron atrás la ciudad y recorrieron cinco kilómetros por un camino de blanda hierba verde, para después atravesar el declive de un prado hacia una apretada hilera de árboles que bordeaban el arroyo de Piedra. Más allá se extendía Long Prairie, lugar ideal para cazar chorlitos. Al acercarse a la corriente, oyeron, a su derecha, el galope de un caballo y vieron a un jinete de pelo negro y piel atezada que cabalgaba hacia los árboles en una línea sesgada, como si hubiese estado siguiéndolos.


-He visto a ese hombre en algún sitio -dijo Littlefield, que era buen fisonomista-, pero no recuerdo exactamente dónde. Supongo que será algún ranchero que ha tomado un atajo.


Pasaron en Long Prairie una hora, disparando desde el calesín. Nancy Derwent, una activa muchacha del Oeste criada al aire libre, estaba encantada con su escopeta de doce cartuchos. Había cobrado el doble de piezas que su compañero.


Iniciaron el regreso con un trote tranquilo. A unos cien metros del arroyo de Piedra un hombre emergió entre los árboles en dirección a ellos.


-Parece el mismo que hemos visto antes -observó Nancy.


Al acortarse la distancia que los separaba, el fiscal del distrito, con los ojos fijos en el jinete, tiró bruscamente de las riendas. El sujeto había sacado un Winchester de la funda que llevaba en la silla y se lo acomodaba en el brazo.


-¡Ahora te reconozco, México Sam! -farfulló Littlefield-. Eras tú el que hacía sonar los cascabeles en aquella carta tan amable.


México Sam se ocupó de no dejar lugar a dudas. Era ducho en el manejo de armas de fuego, de modo que cuando se encontró a una distancia apropiada para un fusil, pero demasiado grande para una escopeta, apuntó con el Winchester y abrió fuego sobre los ocupantes del calesín.


La primera bala se incrustó en el respaldo del asiento, en el espacio de cinco centímetros que había entre los hombros de Littlefield y miss Derwent. La segunda pasó entre el tablero y el pantalón del fiscal.


El fiscal instó a Nancy a que se agachara. Ella estaba un poco pálida, pero no hizo preguntas. Poseía ese instinto de la gente de frontera, que acepta las situaciones de emergencia sin gastar palabras superfluas. Empuñaron las armas, y Littlefield tomó apresuradamente un puñado de los cartuchos que había en una caja y se lo metió en el bolsillo.


-Mantente detrás de los caballos, Nan -ordenó-. Ese tipo es un rufián que hace años mandé a prisión. Pretende vengarse. Sabe que a esta distancia no le podemos hacer daño.


-Muy bien, Bob -dijo Nancy con firmeza-. No tengo miedo. Pero cúbrete tú también. ¡So, Bess! ¡Quédate quieta!


Acarició la melena de Bess. Littlefield preparó su escopeta mientras rogaba que el forajido se aproximara.


Pero México Sam pensaba cumplir la venganza sin arriesgarse. No tenía nada de chorlito. Su ojo experto trazó una circunferencia imaginaria alrededor del área de alcance de una escopeta y se mantuvo dentro de esa línea. Movió su caballo a la derecha y, en el momento en que los acosados buscaban cambiar de posición detrás de los arreos de sus equinos, traspasó de un tiro el sombrero del fiscal. En una ocasión calculó mal y sobrepasó el margen. La escopeta de Littlefield relampagueó y México Sam agachó la cabeza ante el inofensivo rocío de los perdigones. Algunos de éstos alcanzaron al caballo, que enseguida retrocedió a la línea de seguridad.


El forajido volvió a hacer fuego. Nancy Derwent dejó escapar un grito apagado. Littlefield se volvió con los ojos encendidos y vio que la muchacha tenía un hilo de sangre en la mejilla.


-No estoy herida, Bob... Ha sido una astilla. Creo que ha dado a uno de los radios de la rueda.


-¡Dios! -rugió Littlefield-. Si por lo menos tuviera perdigones zorreros.


El rufián aquietó a su caballo y apuntó cuidadosamente. Fly lanzó un bufido y cayó con su arnés, herido en el cuello. Bess, convencida de que ya no se trataba de cazar chorlitos, logró desengancharse y se alejó a galope tendido. México Sam atravesó de un balazo el costado de la cazadora de Nancy.


-¡Échate! ¡Échate! -gritó Littlefield-. Más cerca del caballo... Cuerpo a tierra... Así -casi la aplastó contra la hierba detrás del cuerpo caído de Fly. Por más extraño que parezca en ese instante le volvieron a la mente las palabras de la joven mexicana: «Si alguna vez estuviera en peligro la muchacha que amas, acuérdate de Rafael Ortiz».


Littlefield soltó una exclamación.


-¡Asómate sobre el lomo del caballo y dispárale, Nan! ¡Dispara todo lo rápido que puedas! No conseguirás nada, pero mantenle ocupado un minuto mientras pongo en práctica una idea.


Nancy miró de reojo a Littlefield y le vio sacar el cortaplumas del bolsillo y abrirlo. Luego se dispuso a obedecer las órdenes y comenzó a disparar una y otra vez sobre el enemigo.


México Sam esperó pacientemente a que acabaran los inocuos fuegos de artificio. Tenía mucho tiempo y ninguna intención de recibir una perdigonada en el ojo mientras, con un poco de cautela, pudiese evitarlo. Se cubrió el rostro con el recio sombrero Stetson hasta que cesaron los tiros. Luego se acercó más y apuntó meticulosamente a lo que podía ver de sus víctimas detrás del caballo.


Ninguna de ellas se movía. Espoleó a su animal para que avanzara. Vio que el fiscal hincaba una rodilla en tierra y apuntaba cuidadosamente. Se bajó el sombrero y aguardó la leve andanada de bolitas.


El disparo tronó pesadamente. México Sam suspiró, se dobló en dos y cayó muy despacio de su caballo, como una serpiente de cascabel sin vida.


A las diez de la mañana siguiente se inició la sesión del tribunal y fue convocado el proceso de la Unión contra Rafael Ortiz. El fiscal del distrito, con un brazo en cabestrillo, se puso de pie y se dirigió al juez.


-Si su señoría lo permite -dijo-, desearía solicitar el sobreseimiento del caso que nos ocupa. Aun cuando el acusado pudiese ser culpable, el gobierno no tiene en sus manos pruebas suficientes para llevar adelante el proceso. La moneda falsa a causa de la cual éste fue iniciado ya no se encuentra disponible como evidencia. Por lo tanto solicito que la demanda sea anulada.


Durante el intervalo de mediodía Kilpatrick visitó la oficina del fiscal.


-Vengo de echarle una mirada al viejo México Sam -dijo el ayudante del sheriff-. Han traído el cadáver. La verdad es que el viejo México era un hueso duro. Los muchachos se preguntan con qué le disparó usted. Algunos dicen que han de haber sido clavos. Jamás tuve en mis manos una escopeta capaz de hacer los agujeros que hay en ese cuerpo.


-Le disparé -dijo el fiscal- con la «Prueba A» de su proceso por falsificación. Ha sido una suerte para mí, y para alguien más, que la moneda fuera tan burda. No me dio ningún trabajo despedazarla. Oiga, Kil, ¿no podría bajar a los jacales y averiguar dónde vive esa joven mexicana? Miss Derwent se lo agradecerá.





REGALO DE REYES





Degás. Mujer peinándose

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos