martes, 23 de enero de 2024

Liberté / Libertad, poema de Paul Éluard

 «Un hermoso pájaro me muestra la luz

Que aparece claramente en sus ojos

Un pájaro que canta sobre la bola de muérdago

En medio del sol…»

PE


«Libertad»


En mi cuaderno escolar

en el pupitre y los árboles

en la arena y en la nieve

tu nombre escribo

En las páginas leídas

en las páginas aún blancas

piedra papel sangre o ascuas

tu nombre escribo

En las doradas imágenes

en los pertrechos guerreros

en la coronal real

tu nombre escribo

En la jungla y el desierto

en los nidos de las cumbres

en el eco de mi infancia

tu nombre escribo

En los asombros nocturnos

en el pan blanco del día

en las épocas del año

tu nombre escribo

En mis jirones de azul

en la charca sol mohoso

en el lago luna viva

tu nombre escribo

En los campos y horizontes

en las alas de las aves

en el molino de sombras

tu nombre escribo

En el alba a bocanadas

en el mar en los navíos

en la montaña demente

tu nombre escribo

En la espuma de las nubes

en el sudor de tormenta

en la lluvia densa y sosa

tu nombre escribo

En formas que son centellas

en campanas de colores

en la física verdad

tu nombre escribo

En los senderos despiertos

en las rutas desplegadas

en las plazas desbordantes

tu nombre escribo

En la lámpara encendida

en la lámpara apagada

en mis casas reunidas

tu nombre escribo

En la fruta dividida

del espejo y de mi cuarto

en mi cama concha abierta

tu nombre escribo

En mi perro ávido y tierno

en sus orejas alzadas

en su pata desmañada

tu nombre escribo

En mi puerta trampolín

en las cosas familiares

en el fuego bendecido

tu nombre escribo

En toda carne acordada

en la frente del amigo

en cada mano tendida

tu nombre escribo

En el cristal del asombro

en los labios entreabiertos

por encima del silencio

tu nombre escribo

En mis refugios destruidos

en mis faros derrumbados

en los muros de mi hastío

tu nombre escribo

En la ausencia sin deseos

en la soledad desnuda

en las gradas de la muerte

tu nombre escribo

En la salud recobrada

en el peligro que huye

en la esperanza sin anclas

tu nombre escribo

Y el poder de una palabra

me hace volver a la vida

nací para conocerte

y nombrarte

libertad.


Paul Eluard


De: «Poesías y verdades» – 1942

Traducción de Jesús Munárriz


Poema original en francés


«Liberté»


Sur mes cahiers d’écolier

Sur mon pupitre et les arbres

Sur le sable de neige

J’écris ton nom


Sur les pages lues

Sur toutes les pages blanches

Pierre sang papier ou cendre

J’écris ton nom


Sur les images dorées

Sur les armes des guerriers

Sur la couronne des rois

J’écris ton nom


Sur la jungle et le désert

Sur les nids sur les genêts

Sur l’écho de mon enfance

J’écris ton nom


Sur les merveilles des nuits

Sur le pain blanc des journées

Sur les saisons fiancées

J’écris ton nom


Sur tous mes chiffons d’azur

Sur l’étang soleil moisi

Sur le lac lune vivante

J’écris ton nom


Sur les champs sur l’horizon

Sur les ailes des oiseaux

Et sur le moulin des ombres

J’écris ton nom


Sur chaque bouffée d’aurore

Sur la mer sur les bateaux

Sur la montagne démente

J’écris ton nom


Sur la mousse des nuages

Sur les sueurs de l’orage

Sur la pluie épaisse et fade

J’écris ton nom


Sur les formes scintillantes

Sur les cloches des couleurs

Sur la vérité physique

J’écris ton nom


Sur les sentiers éveillés

Sur les routes déployées

Sur les places qui débordent

J’écris ton nom


Sur la lampe qui s’allume

Sur la lampe qui s’éteint

Sur mes maisons réunies

J’écris ton nom


Sur le fruit coupé en deux

Du miroir et de ma chambre

Sur mon lit coquille vide

J’écris ton nom


Sur mon chien gourmand et tendre

Sur ses oreilles dressées

Sur sa patte maladroite

J’écris ton nom


Sur le tremplin de ma porte

Sur les objets familiers

Sur le flot du feu béni

J’écris ton nom


Sur toute chair accordée

Sur le front de mes amis

Sur chaque main qui se tend

J’écris ton nom


Sur la vitre des surprises

Sur les lèvres attendries

Bien au-dessus du silence

J’écris ton nom


Sur mes refuges détruits

Sur mes phares écroulés

Sur les murs de mon ennui

J’écris ton nom


Sur l’absence sans désir

Sur la solitude nue

Sur les marches de la mort

J’écris ton nom


Sur la santé revenue

Sur le risque disparu

Sur l’espoir sans souvenir

J’écris ton nom


Et par le pouvoir d’un mot

Je recommence ma vie

Je suis né pour te connaître

Pour te nommer

Liberté.

sábado, 13 de enero de 2024

José Joaquín Benegasi de Luján. Sobre la independencia al escribir

Aconseja a un amigo que hacía versos deje de frecuentar las casas de los señores


Don Juan mío, la mucha introducción

en casa de un señor nunca está bien.

No debes olvidar el ten con ten,

si quieres conservar la estimación.


Hoy soneto, mañana relación

y tener que decir a todo amén,

es querer exponerte a que te den

el célebre destino de bufón.


Mira lo que hago yo, pues, aunque a mí

honras vienen, amigo, honras van,

jamás en las visitas excedí.


Mira todas las cosas cómo están,

mira tu calidad, mírate a ti

y, en fin, que pierdes lo que no te dan.


José Joaquín de Benegasi y Luján

sábado, 6 de enero de 2024

Miserere. El más célebre salmo penitencial de David, el LI

El famoso salmo penitencial, el número LI según el cómputo hebreo, y quincuagésimo (L) según los Setenta, la traducción al griego llamada en latín Septuaginta, el Miserere que musicó Gregorio Allegri en el siglo XVII y copió de oído Mozart en el XVIII, ganándose no la reprensión (estaba prohibidísimo copiarlo), sino la recompensa admirada del papa, quien lo nombró caballero de la orden pontificia de la Espuela Dorada. Según el papa Juan Pablo II, es "el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y sobre la gracia."

Salmo 51 (50)

SÚPLICA DEL PECADOR ARREPENTIDO

1 Del maestro de coro. Salmo de David. 2 Cuando el profeta Natán lo visitó, después que aquel se había unido a Betsabé. Entre corchetes intertítulos que solo dividen en partes el canto y no pertenecen al mismo:

[Humilde reconocimiento del pecado]

3 ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,

por tu gran compasión, borra mis faltas!

4 ¡Lávame totalmente de mi culpa

y purifícame de mi pecado!

5 Porque yo reconozco mis faltas

y mi pecado está siempre ante mí.

6 Contra Ti, contra Ti solo pequé

e hice lo que es malo a tus ojos.

Por eso, será justa tu sentencia

y tu juicio será irreprochable;

7 yo soy culpable desde que nací;

pecador me concibió mi madre.

[Anhelo de renovación interior]

8 Tú amas la sinceridad del corazón

y me enseñas la sabiduría en mi interior.

9 Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;

lávame y quedaré más blanco que la nieve.

10 Anúnciame el gozo y la alegría:

que se alegren los huesos quebrantados.

11 Aparta tu vista de mis pecados

y borra todas mis culpas.

12 Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,

y renueva la firmeza de mi espíritu.

13 No me arrojes lejos de tu presencia

ni retires de mí tu santo espíritu.

14 Devuélveme la alegría de tu salvación,

que tu espíritu generoso me sostenga:

15 yo enseñaré tu camino a los impíos

y los pecadores volverán a Ti.

16 ¡Líbrame de la muerte, Dios, salvador mío,

y mi lengua anunciará tu justicia!

17 Abre mis labios, Señor,

y mi boca proclamará tu alabanza.

18 Los sacrificios no Te satisfacen;

si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:

19 mi sacrificio es un espíritu contrito,

Tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

* * *

20 Trata bien a Sion, Señor, por tu bondad;

reconstruye los muros de Jerusalén.

21 Entonces aceptarás los sacrificios rituales

las oblaciones y los holocaustos

y se ofrecerán novillos en tu altar.

lunes, 1 de enero de 2024

Soneto 66 de Pablo Neruda

Pablo Neruda

Soneto lxvi


No te quiero sino porque te quiero

y de quererte a no quererte llego

y de esperarte cuando no te espero

pasa mi corazón del frío al fuego.


Te quiero sólo porque a ti te quiero,

te odio sin fin, y odiándote te ruego,

y la medida de mi amor viajero

es no verte y amarte como un ciego.


Tal vez consumirá la luz de enero,

su rayo cruel, mi corazón entero,

robándome la llave del sosiego.


En esta historia sólo yo me muero

y moriré de amor porque te quiero,

porque te quiero, amor, a sangre y fuego.


Del libro Cien sonetos de amor. Del libro Poesías selectas (1957-1964). Barcelona. RBA. 2001. Volumen ii. 1.ª ed., pp. 53-54.

Gabriela Mistral, Los sonetos de la muerte

Gabriela Mistral

Los sonetos de la muerte

I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.


Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.


Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.


Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!


II

Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir.


Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente…

¡y después hablaremos por una eternidad!


Sólo entonces sabrás el por qué no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.


Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir.


III

Malas manos tomaron tu vida desde el día

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en él…


Y yo dije al Señor: —«Por las sendas mortales

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!


¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor».


Se detuvo la barca rosa de su vivir…

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!


Tomado del libro Desolación.

viernes, 13 de octubre de 2023

Non, Je ne regrette rien, canción de Édith Piaf, versión bilingüe

No, no lamento nada.

¡No! Nada de nada.

No: no lamento nada,

ni el bien que me han hecho,

ni el mal,

¡todo eso me da igual!


¡No, nada de nada,

no, no lamento nada.

Está pagado, barrido, olvidado...

¡Me importa un bledo el pasado!


Con mis recuerdos

he encendido el fuego,

¡mis penas, mis placeres...

ya no los necesito!


Barridos los amores

y todos sus temblores,

barridos para siempre,

vuelvo a empezar de cero.


¡No, nada de nada,

no, no lamento nada!

Ni el bien que me han hecho,

ni el mal,

¡todo eso me da igual!


¡No, nada de nada,

no, no lamento nada!

Porque mi vida,

porque mis alegrías,

hoy comienzan contigo... !


******

Otra versión


No, no me arrepiento de nada

No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada:

ni del bien que me hicieron

ni del mal: todo es lo mismo para mí.


No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Se paga, se barre, se olvida

¡No me importa el pasado!


Con mis recuerdos

encendí el fuego:

mis dolores, mis placeres

¡Yo ya no los necesito!


Barrí los amores

con sus trémolos;

barrido para siempre,

empiezo de cero.


No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Ni del bien que me hicieron

ni del mal, todo es lo mismo para mí.


No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

porque mi vida, porque mis gozos

¡hoy comienzan contigo!

******

Letra original en francés:


Non, Je Ne Regrette Rien

Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

Ni le bien qu'on m'a fait

Ni le mal, tout ça m'est bien égal!


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

C'est payé, balayé, oublié

Je m'en fous du passé!


Avec mes souvenirs

J'ai allumé le feu

Mes chagrins, mes plaisirs

Je n'ai plus besoin d'eux!


Balayé les amours

Avec leurs trémolos

Balayés pour toujours

Je repars à zéro


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

Ni le bien qu'on m'a fait

Ni le mal, tout ça m'est bien égal!


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

Car ma vie, car mes joies

Aujourd'hui, ça commence avec toi!

33 poemas de Louise Glück

Ha fallecido la poetisa estadounidense Louise Glück


Madre e hijo 

Todos somos soñadores; ninguno sabe quién es.


Alguna máquina nos hizo; la máquina del mundo,

la familia que restringe.

Después, de vuelta al mundo, pulidos por suaves látigos.


Soñamos; no recordamos.


La máquina de la familia: pelaje oscuro,

selvas del cuerpo de la madre.

La máquina de la madre: blanca ciudad dentro de ella.


Y antes de eso: tierra y aire.

Musgo entre las piedras, briznas de hojas y de hierba.


Y antes, células en una gran oscuridad.

Y antes de eso, el mundo tras un velo.


Para esto naciste: para silenciarme.

Células de mi madre y de mi padre, llegó el momento

de ser fundamentales, de ser la obra maestra.


Yo improvisé, nunca recordé.

Ahora es tu turno de entrar en acción;

tú eres el que pide saber:


¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?

Células en una gran oscuridad.

Alguna máquina nos hizo;

es tu turno ahora de exigirle, de volver a preguntarle:

¿para qué existo? ¿Para qué existo?


Del poemario Las siete edades (2011, traducido por Mirta Rosenberg)


Puesta de sol 

En el mismo instante en que se pone el sol,

un granjero quema hojas secas.


No es nada, este fuego.

Es cosa pequeña, controlada,

como una familia gobernada por un dictador.


Aun así, cuando arde,

el granjero desaparece;

es invisible desde el camino.


Comparados con el sol, aquí todos los fuegos

son breves, cosa de aficionados;

se acaban cuando se consumen las hojas.

Entonces reaparece el granjero, rastrillando cenizas.


Pero la muerte es real.

Como si el sol hubiera terminado lo que vino a hacer,

hubiera hecho crecer el campo y entonces

hubiera inspirado la quema de la tierra.


Así que ahora puede ponerse.


Del poemario Una vida de pueblo (2020, traducido por Adelber Salas)


La canción de Penélope 

Pequeña alma, siempre desvestida,

haz esto que te ordeno, trepa

por los estantes de las ramas del abeto;

aguarda en la copa, atenta, como un

centinela o un vigía. Pronto llegará a casa;

te corresponde a ti ser

generosa. Tampoco tú has sido del todo

perfecta; con tu problemático cuerpo

has hecho cosas de las que no deberías

hablar en los poemas. Así que

llámalo a través del mar abierto, del mar resplandeciente

con tu canción oscura, con tu avariciosa,

forzada canción: apasionada,

como María Callas. ¿Quién

no te desearía? ¿A qué apetito

demoniaco no corresponderías? Pronto

regresará de allí por donde transcurra su viaje,

bronceado por el tiempo fuera de casa, reclamando

su pollo asado. Ah, tendrás que darle la bienvenida,

tendrás que sacudir las ramas del árbol

para captar su atención,

pero con cuidado, con cuidado, no sea

que desfiguren su hermoso rostro

demasiadas agujas al caer.


Del poemario Praderas (2017, traducido por Andrés Catalán)


Antes de la tormenta 

Habrá lluvia mañana, pero esta noche el cielo está despejado,

brillan las estrellas.

Aun así, se acerca la lluvia,

quizás suficiente para ahogar las semillas.

Hay un viento que empuja a las nubes desde el mar;

antes de verlas, sientes el viento.

Mejor miras los campos ahora,

observa cómo se ven antes de que se inunden.


Luna llena. Ayer, una oveja escapó al bosque,

y no cualquier oveja: el carnero, el futuro entero.

Si lo vemos de nuevo, veremos sus huesos.


La hierba se estremece un poco; tal vez el viento pasa a través de ella.

Y las nuevas hojas de los olivos tiemblan del mismo modo.

Ratones en los campos. Donde cace el zorro,

habrá sangre mañana en la hierba.

Pero la tormenta, la tormenta la lavará.


En una ventana, hay un chico sentado.

Lo mandaron a dormir, en su opinión, demasiado temprano. Así que se sienta junto a la ventana;


ahora todo está resuelto.

Donde estés es donde dormirás, donde despertarás la mañana siguiente.


Del poemario Una vida de pueblo


Un mito sobre la inocencia 

Un verano sale al campo, como de costumbre,

se para un momento en el estanque donde suele

mirarse para ver si detecta algún cambio.

Ve a la misma persona, la túnica horrible

de su condición de hija aún sobre sus hombros.


En el agua el sol parece estar al lado.

Ella piensa: Otra vez mi tío que me espía.

Todo en la naturaleza es, de algún modo, su pariente.

Piensa: Nunca estoy sola

y hace del pensamiento una plegaria.

La muerte viene así, como respuesta a una plegaria.


Nadie puede ya entender lo hermoso que él era.

Perséfone sí lo recuerda, y que él la abrazaba allí,

delante de su tío.

Recuerda el reflejo del sol en sus brazos desnudos.


Eso es lo último que recuerda claramente.

Después el dios oscuro se la llevó.


Recuerda también, de un modo menos claro,

la terrible intuición de que ya jamás podría

vivir sin él.


Fragmento del poemario Averno (2011, traducido por Ruth Miguel Franco y Abraham Gragera)


Amor bajo la luz de la luna


A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación

a otra persona, a eso lo llaman

alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma.

(Lo que significa que para entonces adquirieron una.)

Afuera, la tarde de verano, todo un mundo

arrojado a la luna: grupos de formas plateadas

que podrían ser árboles o edificios, el angosto jardín

donde el gato se esconde para revolcarse en el polvo,

la rosa, la coreopsis y, en la oscuridad, la cúpula dorada del capitolio

transformada en aleación de luz de luna,

forma sin detalle, el mito, el arquetipo, el alma

llena de ese fuego que en realidad es luz de luna,

tomada de otra fuente, y brilla

unos instantes, como brilla la luna: piedra o no,

la luna sigue estando más que viva.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


El espino


Al lado tuyo, pero no

de tu mano: así te miro

andar por el jardín

de verano: las cosas

que no pueden moverse

aprenden a mirar. No necesito

perseguirte a través

del jardín; en cualquier parte

los humanos dejan

señal de lo que sienten, flores

esparcidas en el polvo del camino, todas

blancas y doradas, algunas

levemente alzadas

por el viento de la tarde. No necesito

seguirte adonde estás ahora,

hundido en la ponzoña de este campo, para

saber la causa de tu huida, de tu humana

pasión, de tu rabia: ¿por qué otra cosa

dejarías caer todo aquello

que has acumulado?


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


El iris salvaje


Al final del sufrimiento

me esperaba una puerta.


Escúchame bien: lo que llamas muerte

lo recuerdo.


Allá arriba, ruidos, ramas de un pino vacilante.

Y luego nada. El débil sol

temblando sobre la seca superficie.


Terrible sobrevivir

como conciencia,

sepultada en tierra oscura.


Luego todo se acaba: aquello que temías,

ser un alma y no poder hablar,

termina abruptamente. La tierra rígida

se inclina un poco, y lo que tomé por aves

se hunde como flechas en bajos arbustos.


Tú que no recuerdas

el paso de otro mundo, te digo

podría volver a hablar: lo que vuelve

del olvido vuelve

para encontrar una voz:


del centro de mi vida brotó

un fresco manantial, sombras azules

y profundas en celeste aguamarina.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Escila


No yo, tonta, no yo sino nosotras, nosotras: olas

azules y celestes como

una crítica al cielo: ¿por qué

atesoras tu voz

si ser algo es lo que sigue

a no ser nada?

¿por qué alzas los ojos?, ¿para oír

algo así como un eco de la voz

de dios? Sois todos iguales:

solitarios, de pie sobre nosotras, planificando

vuestras vidas absurdas; vais

donde se os manda, como todas las cosas,

donde el viento os plante, unos y otros

mirando siempre

hacia abajo, viendo alguna imagen

del agua y escuchando qué: olas,

y sobre las olas, pájaros cantando.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Lamium


Así se vive cuando tienes un corazón helado.

Como yo: entre sombras, arrastrándose sobre la roca fría,

bajo las copas inmensas de los arces.


El sol apenas me alcanza.

A veces, al comenzar la primavera, lo veo elevarse a lo lejos.

Luego crecen las hojas sobre él, hasta cubrirlo todo.

Siento su brillo entre las hojas, vacilante,

como quien golpea un vaso con una cuchara de metal.


No todos necesitan de la luz

en igual medida. Algunos

creamos nuestra propia luz: una hoja plateada

como un sendero que nadie puede recorrer, un lago de plata

poco profundo bajo la oscuridad de los arces.


Pero esto ya lo sabes.

Tú y aquellos que piensan

que viven por la verdad, y en consecuencia,

aman todo lo que es frío.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Maitines


Perdóname si digo que te amo: a los poderosos

se les engaña siempre, los débiles

son siempre manejados por el miedo. No puedo amar

lo que no puedo concebir, y tú no revelas

virtualmente nada: ¿acaso te asemejas al espino,

siempre la misma cosa en el mismo lugar,

o a la dedalera inconsistente, que brota primero

como espiga rosada en la ladera, junto a las margaritas,

y al año siguiente es púrpura en el rosedal? Ya ves

lo inútil que es este silencio que promueve en nosotros la creencia

en que tú puedes ser todas las cosas, la dedalera y el espino, la vulnerable

rosa, la terca margarita; nada nos queda sino pensar

que no podrías existir. ¿Es eso lo que quieres

que pensemos? , ¿lo que explica el silencio esta mañana,

los grillos cuyas alas no se frotan, los gatos

que en el patio no pelean?


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Maitines 2


Ocurre contigo que eres como los abedules:

no debo hablarte

de modo personal. Muchas

cosas han pasado entre nosotros. ¿O

sólo me ocurrieron a mí? Me

siento culpable, culpable, te pedí

humanidad; no soy más menesterosa

que los otros. Pero la ausencia

de todo sentimiento, de la menor

preocupación por mí... También podría

dirigirme a los abedules

como en mi vida anterior: dejemos

que lo hagan del peor modo, déjales

que me entierren con los románticos,

que sus hojas amarillas y afiladas

caigan sobre mí

y me cubran.


De "Iris salvaje", versión de EduardoChirinos

 

Maitines 4


¿Qué es mi corazón para ti

si debes romperlo una y otra vez

como el sembrador que pone a prueba

sus nuevas especies? Experimenta

algo más: cómo puedo vivir

en las colonias, como a ti te gusta, si me impones

una cuarentena de dolor, apartándome

de los miembros saludables de

mi propia tribu: eso no se hace

en un jardín, apartar

la rosa enferma; permítele ondear sus sociables

e infectadas hojas

de cara a las demás, que los minúsculos áfidos

brinquen de planta en planta, probando de nuevo

que soy la más inane de tus criaturas, la que sigue

al floreciente áfido y al rosal trepador. Padre,

como agente de mi soledad, alivia

al menos mi culpa, levanta

el estigma del aislamiento; a menos

que sea tu designio fortalecerme

otra vez, como fui

fuerte y plena en mi infancia equivocada,

bajo la leve luz

del corazón de mi madre,

o en el sueño,

el primer ser que nunca moriría.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Malahierba


Algo

llega al mundo sin ser bienvenido

y llama al desorden, al desorden.


Si tanto me odias

no te molestes en buscar

un nombre para mí: ¿necesitas

acaso un desdoro más

en tu lenguaje, otra

manera de culpar

a la tribu por todo?


Ambos lo sabemos,

si adoras a un dios, necesitas

sólo un enemigo.


Yo no soy el enemigo.

Sólo soy una treta para ignorar

lo que ves que sucede

aquí mismo en esta cama,

un pequeño paradigma

del fracaso. Una de tus preciosas flores

muere aquí casi a diario

y no podrás descansar

hasta enfrentarte a la causa, es decir,

a todo lo que queda,

a todo aquello que es más fuerte

que tu pasión personal.


No estaba escrito

permanecer para siempre en este mundo.

Pero por qué admitirlo, si puedes seguir

haciendo lo de siempre,

lamentándote y culpando,

las dos cosas a la vez.


No necesito que me alabes

para sobrevivir. Llegué aquí primero,

antes que tú, antes

de que sembraras un jardín.

y estaré aquí cuando el sol y la luna

se hayan ido, y el mar, y el campo extenso.


Y yo conformaré el campo.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos


Nieve de primavera


Mira el cielo nocturno:

en mí poseo dos personas, dos clases de poder.


Estoy aquí contigo, en la ventana,

observando tu reacción. Ayer

la luna se alzó sobre la tierra mojada del jardín.

Hoy la tierra brilla igual que la luna,

como materia muerta, encostrada de luz.


Ahora puedes ya cerrar los ojos.

He escuchado tus llantos, también

los llantos anteriores a los tuyos,

y he sido sensible a sus demandas.

Te mostré lo que querías:

no la convicción sino el sometimiento

a la autoridad, que descansa en la violencia.


De "Iris salvaje", versión de Eduardo Chirinos.


Amante de las flores

En nuestra familia, todos aman las flores.

Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:

sin flores, sólo herméticas fincas de hierba

con placas de granito en el centro:

las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras

llena de mugre algunas veces…

Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.


Pero en mi hermana, la cosa es distinta:

una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre

a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de

ladrillo.

Cada primavera, espera las flores.

Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende

que es mi madre quien paga; después de todo,

es su jardín y cada flor

es para mi padre. Ambas ven

la casa como su auténtica tumba.



No todo prospera en Long Island.

El verano es, a veces, muy caluroso,

y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.

Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,

eran tan frágiles…


Del libro Ararat (1990). Traducción de Abraham Gragera López. Pre-Textos, 2008.


Lago en el cráter

Entre el bien y el mal hubo una guerra.

Decidimos que el cuerpo fuese el bien.


Eso hizo que el mal fuese la muerte,

que el alma se volviera

completamente en contra de la muerte.


Como un soldado que desea

servir a un gran señor, el alma

desea cerrar filas con el cuerpo.


Se puso en contra de la oscuridad,

en contra de las formas de la muerte

que reconocía.


De dónde viene la voz

que dice: y si la guerra

fuese el mal, que dice


y si fue el cuerpo el que nos hizo esto,

nos hizo tener miedo del amor.


Del libro Averno (2006). Traducción de Abraham Gragera López y Ruth Miguel Franco. Pre-Textos, 2011


Las siete edades

En mi primer sueño el mundo parecía

lo salado, lo amargo, lo prohibido, lo dulce

En mi segundo sueño descendía,


era humana, no veía nada de nada

bestia como soy


debía tocarlo, contenerlo


me escondí en la arboleda,

trabajé en los campos hasta que quedaron yermos


un tiempo

que nunca volverá-

el trigo seco en gravillas, cajones

de higos y aceitunas


Hasta amé alguna vez, a mi manera

repugnante, humana


y como todo el mundo llamé a ese logro

libertad erótica,

por absurdo que parezca


El trigo cosechado, almacenado; seca

la última fruta: el tiempo

que se acumula, sin usar,

¿también termina?


Del libro Las siete edades (2001). Traducción de Mirta Rosenberg. Pre-Textos, 2011


La decisión de Odiseo

El gran hombre le da la espalda a la

     isla.

Su muerte no sucederá ya en el

     paraíso

ni volverá a oír

los laudes del paraíso entre los olivos,

junto a las charcas cristalinas bajo los cipreses.

     Da

comienzo ahora el tiempo en el que oye otra vez

ese latido que es la narración

del mar, al alba cuando su atracción es más

     fuerte.

Lo que nos trajo hasta aquí

nos sacará de aquí; nuestra nave

se mece en el agua teñida del puerto.


Ahora el hechizo ha concluido.

Devuélvele su vida,

mar que sólo sabes avanzar.


Del libro Praderas (1996). Traducción de Andrés Catalán. Pre-Textos, 2017


El vestido

Se me secó el alma.

Como un alma arrojada al fuego,

pero no del todo,

no hasta la aniquilación. Sedienta,

siguió adelante. Crispada,

no por la soledad sino por la desconfianza,

el resultado de la violencia.


El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,

a quedar expuesto un momento,

temblando, como antes

de tu entrega a lo divino;

el espíritu fue seducido, debido a su soledad,

por la promesa de la gracia.

¿Cómo vas a volver a confiar

en el amor de otro ser?


Mi alma se marchitó y se encogió.

El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado

grande

para ella.

Y cuando recuperé la esperanza,

era una esperanza completamente distinta.


Del libro Vita nova (1999). Traducción de Mariano Peyrou. Pre-Textos, 2014


Ítaca


El amado no

necesita estar vivo. El amado

vive en la cabeza. El telar

es para los pretendientes, encordado

como un arpa con el hilo blanco de un sudario.


Él era dos personas.

Era el cuerpo y la voz, el magnetismo

natural de un hombre vivo, y después

el sueño o la imagen que despliega

y moldea la mujer que trabaja el telar,

sentada allí, en un salón lleno

de hombres sin imaginación.


Igual que te compadeces

del engañado mar que intentó

llevárselo para siempre

y solamente se llevó al primero,

al verdadero marido, debes

compadecerte de estos hombres: no saben

qué es lo que están mirando;

no saben que cuando uno ama de esta forma

un sudario es un traje de novia.


***


Parábola de la bestia 


El gato ronda por la cocina

con un pájaro muerto,

su nueva posesión.


Alguien debería hablarle

de ética al gato mientras este

husmea el lacio pajarillo:


en esta casa

no ejercemos

la voluntad de este modo.


Cuéntale eso al animal,

con sus dientes ya

clavados en la carne de otro animal.


***


Parábola del vuelo


Una bandada de pájaros abandona la ladera de la montaña.

Negros en la tarde primaveral, dorados a principios de verano,

se elevan sobre la lisa superficie de la laguna.


¿Por qué el joven se inquieta de repente,

por qué decae la atención en su pareja?

Su corazón ya no está del todo dividido; intenta pensar

en cómo decir esto con cierta compasión.


Ahora oímos las voces de los demás al cruzar la biblioteca

hacia la veranda, la galería de verano; los vemos

sentarse como siempre en las diversas hamacas y sillas,

las blancas sillas de madera de la vieja casa, mientras recolocan

los cojines de rayas.


¿Importa acaso a dónde van los pájaros? ¿Importa acaso

de qué especie son?

Se marchan de aquí, de eso se trata,

primero sus cuerpos, luego sus tristes gritos.

Y, desde ese momento, dejan de existir para nosotros.


Debes empezar a pensar en nuestra pasión de esa manera.

Cada beso fue real, después

cada beso abandonó la faz de la tierra.


***


Bañador morado


Me gusta verte trabajar en el jardín

mientras me das la espalda con tu bañador morado:

tu espalda es mi parte favorita de tu cuerpo,

la parte que está más alejada de tu boca.


Harías bien en pensar un poco en esa boca.

También en tu forma de quitar las malas hierbas,

rompiendo los tallos a nivel del suelo

cuando deberías arrancarlas de raíz.


¿Cuántas veces tengo que explicarte

cómo se esparce la hierba, a pesar

de tu montoncito, en una masa oscura que

al alisar la superficie has acabado

por ocultar del todo? Cuando te veo


con la mirada perdida en las ordenadas

hileras de la huerta, aplicándote

aparentemente a fondo cuando en realidad

haces el peor trabajo posible, pienso


que eres una irritante cosita morada

y que me gustaría que te esfumaras de la faz de la tierra

porque eres todo lo equivocado de mi vida

y te necesito y te merezco.


***


El deseo


¿Recuerdas aquella vez que pediste un deseo?


Pido un montón de deseos.


La vez que te mentí

sobre la mariposa. Siempre me he preguntado

qué deseo pediste.


¿Qué deseo piensas que pedí?


No lo sé. Que yo regresara, que

de alguna manera al final acabáramos juntos.


Pedí lo que pido siempre.

Pedí otro poema.


Autora: Louise Glück. Traductor: Andrés Catalán. Título: Meadowlands. Editorial: Visor Libros. 



Mañana lluviosa

 

No amas el mundo.


Si amaras el mundo habría

imágenes en tus poemas.


John ama el mundo. Tiene

un lema: no juzgues

si no quieres ser juzgado. No

discutas este punto

con la teoría de que no es posible

amar lo que uno renuncia

a comprender: renunciar

al discurso no significa

suprimir la percepción.


Fíjate en John, fuera en el mundo,

corriendo incluso en un día miserable

como hoy. Que

elijas no mojarte se parece a la patética

preferencia del gato por cazar aves muertas: completamente

consistente con tus dóciles temas espirituales,

el otoño, la pérdida, la oscuridad, etc.

Todos podemos escribir sobre el sufrimiento

con los ojos cerrados. Deberías mostrarle a la gente

algo más de ti misma; mostrarles tu clandestina

pasión por la carne roja.


La terquedad de Penélope


Un pájaro llega a la ventana. Es un error

considerarlos solamente

pájaros, muy a menudo son

mensajeros. Por eso, una vez

se precipitan sobre el alfeizar, se quedan

perfectamente quietos, para burlarse

de la paciencia, alzando la cabeza para cantar

pobrecita, pobrecita, un aviso

de cuatro notas, para volar luego

del alfeizar al olivar como una nube oscura.


¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana

a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas

y mi memoria es larga; ¿por qué iba a envidiar esa libertad

cuando tengo humanidad? Aquellos

que tienen el corazón más diminuto son dueños

de la mayor libertad.



La mariposa


Mira, una mariposa. ¿Pediste un deseo?

              Uno no pide deseos a las mariposas.

Tú hazlo. ¿Pediste uno?

              Sí.

Pues no cuenta.


[Los tres poemas anteriores son de Pradera]


LOS NIÑOS AHOGADOS


Ves, no tienen juicio.

Así que es natural que se ahoguen,

primero se los tragó el hielo

y después, todo el invierno, sus bufandas de lana

flotaban tras ellos mientras se hundían

hasta que al fin se quedaron quietos,

y la laguna los alzaba con sus múltiples y oscuras manos.


Pero la muerte deberá llegarles de una forma diferente,

tan parecida al comienzo,

a pesar de que siempre habían sido

ciegos y ligeros. Por eso

el resto es soñado, la lámpara,

la gran manta blanca que cubría la mesa,

sus cuerpos.


Y aún escuchan los nombres que usaban

como señuelos deslizándose sobre la laguna:

¿Qué estás esperando?

Vuelve a casa, vuelve a casa, perdidos

en las aguas, azules y permanentes.


De: Descending Figure (1980)



MÚSICA CELESTIAL


Tengo una amiga que aún cree en el cielo.

No es tonta, incluso con todo lo que sabe, literalmente habla con Dios.

Piensa que alguien escucha en el cielo.

En la tierra es inusualmente competente,

valiente también, dispuesta a enfrentar la adversidad.


Encontramos en el suelo una oruga en agonía: las hambrientas hormigas trepaban sobre ella.

Me conmueve siempre el desastre, siempre dispuesta a resistirme a la vitalidad,

aunque también con timidez, lista para cerrar los ojos;

mientras mi amiga podía esperar y dejar que los eventos pasaran

según la naturaleza. Para mi consuelo, ella intervino

quitando algunas hormigas encima del animal caído, y la puso

al lado del camino.


Mi amiga dice que yo cierro mis ojos a Dios, que solo eso explica

mi aversión a la realidad. Dice que soy como un niño que entierra su cabeza en la almohada

para no ver, el niño que se dice a sí mismo

que la luz produce tristeza.

Mi amiga es como la madre. Paciente, exhortando a

que me despierte adulto como ella, una persona osada.


En mis sueños, mi amiga me reprocha. Estamos yendo

por el mismo camino, aunque ahora es invierno;

me está diciendo que cuando uno ama al mundo escucha la música celestial:

mira arriba, dice. Cuando miro arriba, no hay nada.

Solo nubes, nieve, un blanco movimiento en los árboles

como novias saltando a gran altura.

Entonces temo por ella; la veo

atrapada en una red puesta intencionalmente sobre la tierra.


En la realidad, nos sentamos al lado del camino, viendo el sol caer;

de rato en rato un canto de pájaro atraviesa el silencio.

En este momento ambas tratamos de explicar el hecho de

que estamos en paz con la muerte y la soledad.


Mi amiga dibuja un círculo en la tierra; dentro, la oruga no se mueve.

Siempre está tratando de hacer algo definitivo, hermoso, una imagen

que exista separada de ella.

Nos quedamos muy calladas. Es muy tranquilo sentarse aquí, sin hablar, la composición

fija, el camino que se vuelve oscuro de repente, el aire

que se enfría, aquí y allá las rocas brillan y relumbran.

Esta es la quietud que ambas amamos.

El amor de la forma es el amor de los finales.


De: Ararat (1990)



EL IRIS SALVAJE


Al final de mi sufrimiento

había una puerta.


Escúchame bien: aquello que llamas muerte

recuerdo.


Sobre mí, ruidos, ramas de un pino moviéndose.

Luego nada. El débil sol

parpadeaba sobre la superficie seca.


Es terrible sobrevivir

como conciencia

enterrada en la oscura tierra.


Luego se acabó: aquello que temes, ser

un espíritu, incapaz de

hablar, terminar abruptamente, la rígida tierra

se inclina un poco. Y lo que pensé eran

aves lanzándose sobre los bajos arbustos.


Tú que no recuerdas

tu paso desde el otro mundo

podría decírtelo otra vez: lo que sea

que regrese del olvido vuelve

para encontrar una voz:


desde el centro de mi vida vino

una gran fuente, sombras de azul intenso

en celeste agua de mar.


De: The Wild Iris (1992)



UNA AVENTURA


1.

Se me ocurrió una noche mientras quedaba dormida,

que había terminado con esas aventuras amorosas

de las que fui largo tiempo esclava. ¿Acabada para el amor?

mi corazón murmuró, a lo que respondí que muchos densos descubrimientos

nos aguardaban, esperando, al mismo tiempo, que no se me pidiera

nombrarlos, porque no podría. Pero la convicción de que existían,

¿en realidad servía de algo?


2.

La siguiente noche trajo el mismo pensamiento,

esta vez vinculado a la poesía, y en las noches que siguieron

otras varias pasiones y sensaciones, de la misma forma,

se apartaron para siempre, y cada noche mi corazón

protestaba por su futuro, como cuando a un pequeño se le priva de su juguete favorito.

Pero estas despedidas, dije, son el curso de las cosas.

Y una vez más aludí al vasto territorio

que se abre ante nosotros con cada despedida. Y con esa frase me convertí

en un caballero glorioso que marcha hacia el crepúsculo, y mi corazón

se convirtió en el corcel sobre el cual cabalgaba.


3.

Yo estaba, como sabrás, ingresando al reino de la muerte,

aunque por qué este paisaje era tan convencional

no sabría decir. Aquí también los días eran muy largos

mientras los años cortos. El sol se hundía tras la distante montaña.

Las estrellas brillaban, la luna oscilaba. Pronto

los rostros del pasado aparecieron frente a mí:

mi madre y mi padre, mi pequeña hermana; ellos no habían, al parecer,

terminado lo que tenían que decir, aunque ahora

podía escucharlos porque mi corazón estaba tranquilo.


4.

En este punto alcancé el precipicio

aun no la senda, la vi descender hacia el otro lado;

aun habiéndose igualado al terreno, continuaba a esta altura,

tan lejos como el ojo puede ver, aunque gradualmente

la montaña que la sostenía se disolvió del todo

así que me encontré a mí misma cabalgando firmemente sobre el aire.

Por todas partes los muertos me alentaban, la alegría de encontrarlos

desaparecía por la labor de responderles.


5.

Así como todos fuimos de carne,

ahora éramos tiniebla.

Así como antes éramos objetos con sombra,

ahora éramos sustancia sin forma, químicos vaporizados.

Sho, sho, decía mi corazón,

o quizá no, no. Era difícil saber.


6.

Aquí acabó la visión. Estaba en mi cama, el sol de la mañana

se elevaba, el edredón de plumas

se apilaba sin criterio sobre la parte inferior de mi cuerpo.

Tú estuviste conmigo;

había una hendidura en la almohada de a lado.

Habremos escapado de la muerte,

o ¿sería esta la vista desde el precipicio?


De: Faithful and Virtuous Night (2014)

sábado, 7 de octubre de 2023

Un nuevo corazón, un hombre nuevo, de Francisco de Quevedo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Francisco de Quevedo


Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.


Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.


Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.


Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues, de perdido,

recato mi salud de mi deseo.


(En este poema Quevedo cita la imagen de San Pablo de "vestirse del hombre nuevo", Ad efesios, 4. 24)

jueves, 21 de septiembre de 2023

Horacio, Carmen saeculare / Himno secular

CANTO SECULAR (encargado por el emperador Augusto el año 17 a. C.)

Traducción de Germán Salinas, 1909.


CORO DE MANCEBOS Y DONCELLAS

¡Oh Febo, y tú, Diana, poderosa en las selvas, astros brillantes del cielo, siempre adorados y siempre dignos de adoración, escuchad nuestras preces en los días consagrados por los versos de la Sibila, para que las vírgenes escogidas y los castos mancebos eleven sus cánticos en loor de los dioses protectores de las siete colinas!

CORO DEL PUEBLO Y LOS MANCEBOS

Sol resplandeciente, que en tu carro de fuego nos traes y celas el día y renaces siempre nuevo y siempre el mismo, ¡así no puedas alumbrar nunca ciudad más poderosa que Roma!

CORO DE DONCELLAS

Dulce Ilitia, que presides los alumbramientos felices, protege a las madres; y ya quieras ser llamada Lucina, ya Genital, favorece, ¡oh diosa!, su fecundidad, y haz que prosperen los decretos de los senadores sobre los matrimonios y la ley conyugal llamada a multiplicar nuestra prole; así, transcurridos otros ciento diez años, volverán a resonar estos cantos y celebrarse estos juegos tres veces a la luz radiante del sol, y otras tantas en la alegría de la noche.

CORO DEL PUEBLO

Y vosotras, Parcas, siempre veraces al anunciar lo que el destino ha decretado, lo que guarda el orden estable de la Naturaleza, añadid nuevas dichas a las ya logradas. Que la tierra, fértil en granos y rica en rebaños, ciña con corona de espigas las sienes de Ceres, y fecundicen sus gérmenes vitales las. ondas cristalinas y las auras de Jove.

MANCEBOS

Depón los certeros dardos, Apolo, y escucha grato y benévolo a los jóvenes suplicantes.

DONCELLAS

¡Oh luna, creciente reina de los astros, dígnate oir a las doncellas!

CORO GENERAL

Si Roma es obra vuestra, si obedientes a vuestros mandatos abandonaron sus Lares y su ciudad y emprendieron próspero viaje hacia las playas de Etruria los habitantes de Ilión, a quienes el piadoso Eneas, sobreviviendo a la catástrofe de su patria y fiel a sus promesas, abrió libre camino a través de la incendiada Troya para darles más de lo que abandonaban, ¡oh dioses!, conceded a la dócil juventud puras costumbres, plácido descanso a los ancianos, y al pueblo de Rómulo sucesión, riquezas y glorias envidiables.

Que el descendiente esclarecido de Anquises y Venus, que ahora os sacrifica los blancos toros, impere vencedor del enemigo belicoso, y clemente con el enemigo humillado a sus plantas.

Ya el medo reconoce su poder, tan grande en la tierra como en el mar, y tiembla ante las segures de Alba; ya los escitas y los indos, antes tan soberbios, aguardan sus soberanos decretos.

Ya se atreven a volver el honor, la buena fe, la paz, el antiguo pudor y la virtud tanto tiempo olvidada; ya aparece la feliz Abundancia con su cuerno henchido de frutos.

CORO DE MANCEBOS

Y el profético Apolo, ornado de su aljaba rutilante, y siempre querido de las nueve hermanas, cuya ciencia saludable vigoriza los cuerpos que languidecen enfermos, si contempla orgulloso los alcázares del Palatino, la grandeza de Roma y la tierra feliz del Lacio, prolongue nuestras dichas otro siglo con días siempre mejores.

CORO DE DONCELLAS

Que Diana, tan reverenciada en el Aventino y el Algido, acepte los ruegos de los quince sacerdotes, y preste atento oído a los votos de los mancebos.

CORO GENERAL

Nosotros, que aprendimos a cantar en coro las alabanzas de Febo y Diana, nos llevamos a casa la firme y consoladora esperanza de que han atendido nuestras súplicas Jove y todos los dioses.


****

Quinto Horacio Flaco, Carmen Saeculare  / Himno secular

Phoebe silvarumque potens Diana,

Lucidiim caeli decus, o colendi

Semper et culti, date quae precamur

Tempore sacro,

5 Quo Sibyllini monuere versus

Virgines lectas puerosque castos

Dis quibus septem placuere colles

Dicere carmen.

Alme Sol, curru nitido diem qui

10 Promis et celas aliusque et idem

Nasceris, possis nihil urbe Roma

Visere maius !

Rite maturos aperire partus

Lenis, Ilithyia, tuere matres,

15 Sive tu Lucina probas vocari

Seu Genitalis :

Diva, producas subolem patrumque

Prosperes decreta super iugandis

Feminis prolisque novae feraci

20 Lege marita,

Certus undenos deciens per annos

Orbis ut cantus ref eratque ludos

Ter die claro totiensque grata

Nocte frequentes.

25 Vosque veraces cecinisse, Parcae,

Quod semel dictumst stabilisque reruni

Terminus servet, bona iam peractis

lungite fata.

Fertilis frugum pecorisque tellus

30 Spicea donet Cererem corona ;

Nutriant fetus et aquae salubres

Et Iovis aurae.

Condito mitis placidusque telo

Supplices audi pueros, Apollo ;

35 Siderum regina bicornis, audi, '

Luna, puellas :

Koma si vestrumst opus, Iliaeque

Litus Etruscum tenuere turmae,

Iussa pars mutare Lares et urbem

40 Sospite cursu,

Cui per ardentem sine fraude Troiam

Castus Aeneas patriae superstes

Liberum munivit iter, daturus

Plura relictis :

45 Di, probos mores docili iuventae,

Di, senectuti placidae quietem,

Romulae genti date remque prolemque

Et decus omne.

Quaeque vos bobus veneratur albis

50 Clarus Anchisae Venerisque sanguis,

Impetret, bellante prior, iacentem

Lenis in hostem. [p. 118]

iam mari terraque manus potentes

Medus Albanasque timet secures,

55 lam Scythae respousa petunt superbi

Nuper, et Indi.

lam Fides et Pax et Honor Pudorque

Priscus et neglecta redire Virtus

Audet, adparetque beata pleno

60 Copia cornu.

Augur et fulgente decorus arcu

Phoebus acceptusque novem Camenis,

Qui salutari levat arte fessos

Corporis artus,

65 Si Palatinas videt aequus arces,

Rem que Romanam Latiumque felix

Alterura in lustrum meliusque semper

Prorogat aevum.

Quaeque Aventinum tenet Algiduinque,

70 Quindecim Diana preces virorum

Curat et votis puerorum arnicas

Adplicat aures.

Haec Tovem sentire deosque cunctos

Spem bonam cer tarn que domum reporto,

75 Doctus et Phoebi chorus et Dianae

Dicere laudes.

Epitafio de Sícilo a Euterpe, 100. a. C.

Se ha conservado incluso la partitura.


Soy una imagen de piedra,

Sícilo me ha colocado

donde soy, por siempre,

señal de eterno recuerdo.


Ὅσον ζῇς, φαίνου,

μηδὲν ὅλως σὺ λυποῦ·

πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν,

τὸ τέλος ὁ xρόνος ἀπαιτεῖ.


Mientras vivas, brilla,

no temas nada en absoluto.

Que la vida dura poco,

y el tiempo exige el final.

Estásimo del Coro de Eurípides, Orestes, cuya música se ha conservado

κατολοφύρομαι, κατολοφύρομαι

ματέρος αἷμα σᾶς, ὅ σ’ ἀναβακχεύει,

ὁ μέγας ὄλβος οὐ μόνιμος ἐν βροτοῖς,

ἀνὰ δὲ λαῖφος ὥς τις ἀκάτου θοᾶς τινάξας δαίμων

κατέκλυσεν δεινῶν πόνων ὡς πόντου

λάβροις ὀλεθρίοισιν ἐν κύμασιν

[Lloro, lloro,

la sangre de tu madre que te enloquece,

la felicidad en los mortales nunca dura,

sino como la vela de un veloz navío,

que un dios hinchó y con terribles trabajos

zambulló en el mar, en sus codiciosas y mortíferas olas.]

Salmo 19, de David

SALMO 19 (18)

Himno de David.

19 El cielo azul nos habla

de la grandeza de Dios

y de todo lo que ha hecho.

2 Los días y las noches

lo comentan entre sí.

3 Aunque no hablan ni dicen nada,

ni se oye un solo sonido,

4 sus palabras recorren toda la tierra

y llegan hasta el fin del mundo.


En el cielo Dios ha puesto

una casa para el sol.

5 Y sale el sol de su casa

feliz como un novio;

alegre como un atleta,

se dispone a recorrer su camino.

6 Sale por un lado

y se oculta por el otro,

sin que nada ni nadie

se libre de su calor.


7 La ley de Dios es perfecta,

y nos da nueva vida.

Sus mandatos son dignos de confianza,

pues dan sabiduría a los jóvenes.

8 Las normas de Dios son rectas

y alegran el corazón.

Sus mandamientos son puros

y nos dan sabiduría.

9 La palabra de Dios es limpia

y siempre se mantiene firme.

Sus decisiones son al mismo tiempo

verdaderas y justas.

10 Yo prefiero sus decisiones

más que montones de oro,

me endulzan la vida

más que la miel del panal.

11 Me sirven de advertencia;

el premio es grande

si uno cumple con ellas.


12 Nadie parece darse cuenta

de los errores que comete.

¡Perdóname, Dios mío,

los pecados que cometo

sin darme cuenta!

13 ¡Líbrame del orgullo!

¡No dejes que me domine!

¡Líbrame de la desobediencia

para no pecar contra ti!


14 ¡Tú eres mi Dios y mi protector!

¡Tú eres quien me defiende!

¡Recibe, pues, con agrado

lo que digo y lo que pienso!

Salmo 90, el más antiguo, de Moisés, 1440 a. C.

SALMO 90 (89)

Oración de Moisés.

1 Dios nuestro,

¡tú siempre has sido nuestra casa!

2 Desde siempre y hasta siempre,

desde antes de que crearas

las montañas, la tierra y el mundo,

tú has sido nuestro Dios.

3 Tú marcas el fin de nuestra existencia

cuando nos ordenas volver al polvo.

4 Para ti, mil años pasan pronto;

pasan como el día de ayer,

pasan como unas horas de la noche.

5 Nuestra vida es como un sueño

del que nos despiertas al amanecer.

Somos como la hierba:

6 comienza el día,

y estamos frescos y radiantes;

termina el día,

y estamos secos y marchitos.

7 Si te enojas, nos asustas;

si te enfureces, nos destruyes.

8 Tú conoces nuestros pecados,

aun los más secretos.

9 Si te enojas, termina nuestra vida;

los años se nos escapan

como se escapa un suspiro.

10 Si las fuerzas nos ayudan,

podemos vivir setenta años,

y aun llegar a los ochenta;

pero no tiene sentido

que vivamos tanto tiempo:

esa vida de angustias y problemas

pasa pronto, lo mismo que nosotros.


11 La fuerza de tu furia

nadie ha llegado a conocerla.

¡Es tan grande tu enojo

como el temor que nos inspiras!

12 Enséñanos a pensar cómo vivir

para que nuestra mente

se llene de sabiduría.


13 Dios nuestro,

¿hasta cuándo vas a abandonarnos?

¡Vuelve a ser nuestro Dios!

¡Compadécete de nosotros

pues somos tu pueblo!

14 ¡Permítenos comenzar el día

llenos de tu amor,

para que toda la vida

cantemos llenos de alegría!

15 Ya hemos tenido días de tristeza

y muchos años de aflicción;

¡devuélvenos esa alegría perdida!

16 ¡Permite que nosotros y nuestros hijos

podamos ver tu grandeza y tu poder!


17 Dios nuestro,

¡muéstranos tu bondad,

y bendice nuestro trabajo!

¡Sí, bendice nuestro trabajo!