jueves, 1 de agosto de 2024

Francesco Petrarca, En la muerte de Laura

 En la muerte de Laura


Sus ojos que canté amorosamente,

su cuerpo hermoso que adoré constante,

y que vivir me hiciera tan distante

de mí mismo, y huyendo de la gente,


su cabellera de oro reluciente,

la risa de su angélico semblante

que hizo la tierra al cielo semejante,

¡poco polvo son ya que nada siente!


¡Y, sin embargo, vivo todavía!

A ciegas, sin la lumbre que amé tanto,

surca mi nave la extensión vacía...


Aquí termine mi amoroso canto:

seca la fuente está de mi alegría,

mi lira yace convertida en llanto.


Versión de Alejandro Araoz Fraser

sábado, 27 de julio de 2024

Salmo CIV

Salmo CIV. Parte del texto parece provenir de la literatura egipcia, en concreto del himno al Sol de Akenatón, o Amenofis IV, el faraón monoteísta y hereje. El texto es bastante literal, pero alude a Dios en tercera persona y aquí aparece en segunda.


1  ¡Alaba, alma mía, al Señor! Señor mi Dios, tú eres grandioso; te has revestido de gloria y majestad.

2 Te cubres de luz como con un manto; extiendes los cielos como un velo.

3 Afirmas sobre las aguas tus altos aposentos y haces de las nubes tus carros de guerra. ¡Tú cabalgas en las alas del viento!

4 Haces de los vientos tus mensajeros, [o ángeles] y de las llamas de fuego tus servidores.

5 Tú pusiste la tierra sobre sus cimientos, y de allí jamás se moverá;

6 la revestiste con el mar, y las aguas se detuvieron sobre los montes.

7 Pero a tu reprensión huyeron las aguas; ante el estruendo de tu voz se dieron a la fuga.

8 Ascendieron a los montes, descendieron a los valles, al lugar que tú les asignaste.

9 Pusiste una frontera que ellas no pueden cruzar; ¡jamás volverán a cubrir la tierra!

10 Tú haces que los manantiales viertan sus aguas en las cañadas, y que fluyan entre las montañas.

11 De ellas beben todas las bestias del campo; allí los asnos monteses calman su sed.

12 Las aves del cielo anidan junto a las aguas y cantan entre el follaje.

13 Desde tus altos aposentos riegas las montañas; la tierra se sacia con el fruto de tu trabajo.

14 Haces que crezca la hierba para el ganado, y las plantas que la gente cultiva para sacar de la tierra su alimento:

15 el vino que alegra el corazón, el aceite que hace brillar el rostro, y el pan que sustenta la vida.

16 Los árboles del Señor están bien regados, los cedros del Líbano que él plantó.

17 Allí las aves hacen sus nidos; en los cipreses tienen su hogar las cigüeñas.

18 En las altas montañas están las cabras monteses, y en los escarpados peñascos tienen su madriguera los tejones.

19 Tú hiciste la luna, que marca las estaciones, y el sol, que sabe cuándo ocultarse.

20 Tú traes la oscuridad, y cae la noche, y en sus sombras se arrastran los animales del bosque.

21 Los leones rugen, reclamando su presa, exigiendo que Dios les dé su alimento.

22 Pero al salir el sol se escabullen, y vuelven a echarse en sus guaridas.

23 Sale entonces la gente a cumplir sus tareas, a hacer su trabajo hasta el anochecer.

24 ¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras! ¡Todas ellas las hiciste con sabiduría! ¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas!

25 Allí está el mar, ancho e infinito, [literalmente, abierto de anchas manos] que abunda en animales, grandes y pequeños, cuyo número es imposible conocer.

26 Allí navegan los barcos y se mece Leviatán, que tú creaste para jugar con él.

27 Todos ellos esperan de ti que a su tiempo les des su alimento.

28 Tú les das, y ellos recogen; abres la mano, y se colman de bienes.

29 Si escondes tu rostro, se aterran; si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo.

30 Pero si envías tu Espíritu, son creados, y así renuevas la faz de la tierra.

31 Que la gloria del Señor perdure eternamente; que el Señor se regocije en sus obras.

32 Él mira la tierra y la hace temblar; toca los montes y los hace echar humo.

33 Cantaré al Señor toda mi vida; cantaré salmos a mi Dios mientras tenga aliento.

34 Quiera él agradarse de mi meditación; yo, por mi parte, me alegro en el Señor.

35 Que desaparezcan de la tierra los pecadores; ¡que no existan más los malvados! ¡Alaba, alma mía, al Señor! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! [a veces se interpreta la parte final de este versículo como el comienzo del salmo siguiente]

viernes, 26 de julio de 2024

Oda a la desnudez, de Leopoldo Lugones

 ODA A LA DESNUDEZ


¡Qué hermosas las mujeres de mis noches!

En sus carnes, que el látigo flagela,

pongo mi beso adolescente y torpe,

como el rocío de las noches negras

que restaña las llagas de las flores.


Pan dice los maitines de la vida

en su rústico pífano de roble,

y Canidia compone en su redoma

los filtros del pecado, con el polen

de rosas ultrajadas, con el zumo

de fogosas cantáridas. El cobre

de un címbalo repica en las tinieblas,

reencarnan en sus mármoles los dioses,

y las pálidas nupcias de la fiebre

florecen como crímenes; la noche,

su negra desnudez de virgen cafre

enseña engalanada de fulgores

de estrellas, que acribillan como heridas

su enorme cuerpo tenebroso. Rompe

el seno de una nube y aparece

crisálida de plata, sobre el bosque,

la media luna, como blanca uña,

apuñaleando un seno; y en la torre

donde brilla un científico astrolabio,

con su mano hierática, está un monje

moliendo junto al fuego la divina

pirita azul en su almirez de bronce.


Surgida de los velos aparece

(ensueño astral) mi pálida consorte,

temblando en su emoción como un sollozo,

rosada por el ansia de los goces

como divina brasa de incensario.

Y los besos estallan como golpes.

Y el rocío que baña sus cabellos

moja mi beso adolescente y torpe;

y gimiendo de amor bajo las torvas

virilidades de mi barba, sobre

las violetas que la ungen, exprimiendo

su sangre azul en sus cabellos nobles,

palidece de amor como una grande

azucena desnuda ante la noche.


¡Ah! muerde con tus dientes luminosos,

muerde en el corazón las prohibidas

manzanas del Edén; dame tus pechos,

cálices del ritual de nuestra misa

de amor; dame tus uñas, dagas de oro,

para sufrir tu posesión maldita;

el agua de sus lágrimas culpables;

tu beso en cuyo fondo hay una espina.

Mira la desnudez de las estrellas;

la noble desnudez de las bravías

panteras de Nepal, la carne pura

de los recién nacidos; tu divina

desnudez que da luz como una lámpara

de ópalo, y cuyas vírgenes primicias

disputaré al gusano que te busca,

para morderte con su helada encía

el panal perfumado de tu lengua,

tu boca, con frescuras de piscina.

Que mis brazos rodeen tu cintura

como dos llamas pálidas, unidas

alrededor de una ánfora de plata

en el incendio de una iglesia antigua.

Que debajo mis párpados vigilen

la sombra de tus sueños mis pupilas

cual dos fieras leonas de basalto

en los portales de una sala egipcia.

Quiero que ciña una corona de oro

tu corazón, y que en tu frente lilia

caigan mis besos como muchas rosas,

y que brille tu frente de Sibila

en la gloria cirial de los altares,

como una hostia de sagrada harina;

y que triunfes, desnuda como una hostia,

en la pascua ideal de mis delicias.


¡Entrégate! La noche bajo su amplia

cabellera flotante nos cobija.

Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche

tu cuerpo pecador será una lira.

martes, 23 de julio de 2024

Los desterrados de Poker Flat, Francis Bret Harte

Los desterrados de Poker Flat

Francis Bret Harte

Relato completo

Cuando Mr. John Oakhurst, jugador de oficio, puso el pie en la calle Mayor de Poker-Flat, en la mañana del día 22 de noviembre de 1850, presintió ya que, desde la noche anterior, se efectuaba un cambio en la atmósfera moral. Dos o tres hombres que conversaban juntos, gravemente, callaron cuando se acercó y cambiaron miradas significativas. Reinaba en el aire una tranquilidad dominguera; lo cual, en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, parecía de mal agüero, y, sin embargo, la cara tranquila y hermosa de Oakhurst no revelé el menor interés por estos síntomas. ¿Tenía conciencia acaso de alguna causa predisponente? Esa ya era otra cuestión.

“Colijo que van tras de alguno”, pensó. “Tal vez tras de mí”.

Metió en su bolsillo el pañuelo con que sacudiera de sus botas el encarnado polvo de Poker-Flat, y con entera calma desechó de su mente toda conjetura ulterior.

Y es cierto que Poker-Flat andaba tras de alguno. Recientemente había sufrido la pérdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reacción, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la provocaron. El comité secreto había resuelto librar a la ciudad de todas las personas perniciosas. Esto se hizo, de un modo permanente, respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en la hondonada, y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas perjudiciales. Siento tener que decir que algunas de éstas eran señoras; pero, en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional y que solo ante un vicio tal y tan patente se atrevía Poker-Flat a constituirse en juez.

Razón tenía Oakhurst al suponer que estaba él incluido en la sentencia. Algunos miembros del comité habían insinuado la idea de ahorcarlo, como ejemplo tangible y medio seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, de las sumas que les ganara.

—Es contra toda justicia —decía Sim Wheeler,— dejar que ese joven de Roaring Camp, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestro dinero.

Pero un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que habían tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst, acalló las mezquinas preocupaciones locales.

Mr. Oakhurst recibió el fallo con filosófica calma, tanto mayor en cuanto sospechaba ya las vacilaciones de sus jueces. Era muy buen jugador para no someterse a la fatalidad. Para él la vida era un juego de azar y reconocía el tanto por ciento usual en favor del que daba las cartas.

Un piquete de hombres armados acompañó a esa escoria social de Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Además de Mr. Oakhurst reconocido como hombre decididamente resuelto, y para intimidar al cual se había tenido cuidado de armar la escolta, formábase la partida de expulsados de una joven conocida familiarmente por la Duquesa, otra mujer que se había ganado el título de madre Shipton, y el tío Billy, sospechoso de robar filones y convicto borracho. La cabalgada no excitó comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Solo cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el último límite de Poker-Flat, el jefe habló brevemente en relación con el caso: quedaba prohibido el regreso a los expulsados, bajo pena de la vida.

Después, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos comprimidos se exhalaron en algunas lágrimas históricas por parte de la Duquesa, en injurias por la de la madre Shipton y en blasfemias que, como flechas envenenadas, lanzaba el tío Billy. Solo el filosófico Oakhurst permanecía silencioso. Oyó tranquilamente los deseos de, la madre Shipton de sacar el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que se moriría en el camino, y también las alarmantes blasfemias que al tío Billy parecían arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Con la franca galantería de, los de su clase, insistió en trocar su propio caballo llamado El Cinco, por la mala mula que montaba la Duquesa; pero ni aun esta acción despertó simpatía alguna entre, los de la partida. La joven arregló sus ajadas plumas con cansada coquetería; la madre Shipton miró de reojo con malevolencia a la posesora de El Cinco, y el tío Billy incluyó a la partida toda en un anatema general.

El camino de Sandy-Bar, campamento que en razón de no haber experimentado aún la regeneradora influencia de Poker-Flat, parecía ofrecer algún aliciente a los emigrantes, iba por encima de una escarpada cadena de montañas, y ofrecía a los viajeros una larga jornada. En aquella avanzada estación, el grupo salió pronto de las regiones húmedas y templadas de las colinas al aire seco, frío y vigoroso de las sierras. La senda era estrecha y dificultosa; hacia el mediodía, la Duquesa, dejándose caer de la silla de su caballo al suelo, manifestó su resolución de no continuar adelante; y la partida hizo alto.

El lugar era singularmente salvaje é, imponente. Un anfiteatro poblado de bosque, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba el valle. Era sin duda el punto más a propósito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero Mr. Oakhurst sabía que apenas habían hecho la mitad del viaje, a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni provista para detenerse. Lacónicamente hizo observar esta circunstancia a sus compañeros, acompañándola de un comentario filosófico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Pero estaban provistos de licores, que en esta contingencia suplieron la comida y todo lo que les faltaba. A pesar de su protesta no tardaron en caer bajo la influencia de la bebida en mayor o menor grado.

El tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al de estupor; aletargóse la Duquesa Y la madre Shipton se echó a roncar. Solo Mr. Oakhurst permaneció en pie, apoyado contra una roca, contemplándolos tranquilamente. Mr. Oakhurst no bebía; esto hubiera perjudicado a una profesión que requiere calculo, impasibilidad y sangre fría; en fin, para valernos de su propia frase, no «podía permitirse este lujo» Mientras contemplaba a sus compañeros de destierro, el aislamiento nacido de su oficio, de las costumbres de su vida y de sus mismos vicios le oprimió profundamente por vez primera. Apresuróse a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos característicos de sus hábitos de extremada limpieza, y por un momento olvidó su situación. Ni por una vez sola se le ocurrió la idea de, abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lastima; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitación que, extraño es decirlo, era el mayor factor de la tranquila impasibilidad por la cual era conocido. Contemplaba las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pino que lo rodeaban; el cielo cubierto de amenazadoras nubes, y más abajo el valle que se hundía ya en la sombra, cuando oyó de repente que lo llamaban por su propio nombre.

Un jinete ascendía poco a poco por la senda. En la franca y animada cara del recién venido reconoció Mr. Oakhurst a Tom Simson, llamado el Inocente de Sandy-Bar. Habíale encontrado hacía algunos meses en una partidilla, donde con la mayor legalidad ganara al cándido joven toda su fortuna, que ascendía a unos cuarenta pesos. Luego que terminó la partida, Mr. Oakhurst se retiró con el joven especulador detrás de, la puerta, y allí le dirigió la palabra.

—Tom, sois un buen muchacho, pero no sabéis jugar ni por valor de un centavo; no lo probéis otra vez.

Devolviole su dinero, lo empujó suavemente fuera de la sala de juego y así hizo de Tom un esclavo desinteresado.

El saludo juvenil y entusiasta que Tom dirigió a Mr. Oakhurst recordaba esta acción. Iba, según dijo, a tentar fortuna en Poker-Flat.

—¿Solo?

—Completamente solo, no: a decir verdad (aquí se rio) se había escapado con Piney Woods. ¿No recordaba ya míster Oakhurst a Piney Woods, la que servía la mesa en el Hotel la Templanza? Tenía trato con ella hacía tiempo ya, pero el padre, Jake Woods, se opuso; de manera que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse y ¡hételos aquí! ¡Qué fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en tan grata compañía!

Todo esto lo dijo rápidamente el Inocente mientras que Piney, muchacha de quince años, rolliza y de buena presencia, salía de entre los pinos, donde, se ocultara ruborizándose y se adelantaba a caballo hasta ponerse al lado de su novio.

Poco solía preocuparse míster Oakhurst de las cuestiones de sentimiento y aún menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendió las dificultades de la situación. Sin embargo, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapié al tío Billy que ya iba a soltar una de las suyas, y el tío Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapié de míster Oakhurst un poder superior que no toleraría bromas. Después esforzóse en disuadir a Tom de que acampara allí, pero fue en vano. Objetóle que no tenía provisiones ni medios para establecer un campamento; pero por desgracia el Inocente desechó estas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo, cargado de víveres y descubriendo, además, una como tosca imitación de choza cercana a la senda.

—Piney podrá ocuparla con Mrs. Oakhurst —dijo el Inocente, señalando a la Duquesa.— Yo ya me arreglaré.

Fue preciso un segundo puntapié de Mr. Oakhurst para impedir que estallase la risa del tío Billy, que aun así hubo de retirarse a la hondonada para recobrar la seriedad. Allí confió el chiste a los altos pinos, golpeándose repetidas veces los muslos con las manos, entre otras muecas, contorsiones y blasfemias que le eran propias. A su regreso halló a sus compañeros sentados en amistosa conversación alrededor del fuego, pues el aire había refrescado en extremo y el cielo se encapotaba. Piney estaba hablando de una manera expansiva con la Duquesa, quien la escuchaba con un interés y animación que no había demostrado desde hacía tiempo. El Inocente discurría con igual éxito junto a Oakhurst y a la madre Shipton, que hasta se mostraba amable.

—¿Acaso es esto un tonto picnic campestre? —dijo el tío Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones de la llama y los animales atados, en primer término.

De repente una idea se mezcló con los vapores alcohólicos que enturbiaban su cerebro. Y, al parecer, la idea era chistosa, pues se golpeó otra vez los muslos y se metió un puño en la boca para contenerse.

Poco a poco las sombras se deslizaron por la montaña arriba, una ligera brisa cimbró las copas de los pinos y aulló a través de sus largas y tristes avenidas. La cabaña en ruinas, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las señoras. Al separarse los novios, cambiaron un beso tan puro y apasionado que el eco pudo repetirlo por encima de los oscilantes pinos. La frágil Duquesa y la cínica madre Shipton estaban, quizá, demasiado asombradas para burlarse de esta última prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la choza. Atizaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos después dormían todos ya.

Mr. Oakhurst tenía el sueño ligero: antes de apuntar el día despertó aterido de frío y, mientras removía el moribundo fuego, el viento, que soplaba entonces con fuerza, llevó a sus mejillas algo que le heló la sangre: la nieve. Levantose sobresaltado con intención de despertar a los que dormían, pues no había tiempo que perder; pero al volverse hacia donde debía estar tendido el tío Billy, vio que este había desaparecido. Una sospecha acudió a su mente y una maldición salió de sus labios. Corrió hacia donde habían atado los mulos: ya no estaban allí.

Las sendas desaparecían rápidamente bajo la nieve.

Por un momento quedó aterrado Mr. Oakhurst, pero pronto volviose hacia el fuego, con su serenidad habitual. No despertó a los dormidos. El Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virginal Piney dormía entre sus frágiles hermanas, como si le custodiaran guardianes celestes. Mr. Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó el bigote y esperó la mañana. Vino esta poco a poco envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confundía. Lo poco que podía ver del paisaje parecía transformado como por encanto. Tendió la vista por el valle y resumió el presente y el porvenir en cuatro palabras: bloqueados por la nieve.

Un escrupuloso inventario de las provisiones que, afortunadamente para la partida, estaban almacenadas en la choza (por lo cual habían escapado a la rapacidad del tío Billy), les dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podían sostenerse aún otros diez días.

—Si entiendo —dijo Mr. Oakhurst sotto voce al Inocente— si queréis tomarnos en pupilaje; si no (y tal vez haréis mejor en ello), esperaremos que el tío Billy regrese con provisiones.

Por algún motivo desconocido, Mr. Oakhurst no dio a conocer la infamia del tío Billy, y expuso la hipótesis de que éste se había extraviado del campamento en busca de los animales que se hablan escapado sin duda alguna. Echó una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre Shipton, que, como es natural, comprendieron la defección de su asociado.

—Dándoles el más pequeño indicio descubrirán también la verdad respecto de todos nosotros añadió con intención, —y es por demás asustarlos por ahora.

Tom Simson no solo puso a disposición de Mr. Oakhurst todo lo que llevaba, sino que parecía disfrutar ante la perspectiva de una reclusión forzosa.

—Haremos un buen campamento para una semana; después se derretirá la nieve y partiremos cada cual por su camino.

La franca alegría del joven y la serenidad de Mr. Oakhurst se comunicaron a los demás. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvisó un techo para la choza, que no lo tenía, y la Duquesa contribuyó al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven provinciana.

—Ya se conoce que estáis acostumbrada a casas hermosas en Poker-Flat —dijo Piney.

La Duquesa volvióse rápidamente para ocultar el rubor que teñía sus mejillas, aun a través del colorido postizo de las de su profesión, y la madre Shipton rogó a Piney que no charlase. Pero, cuando Mr. Oakhurst regresó de su penosa o inútil exploración en busca del camino, oyó el sonido de una alegre risa que el eco repetía en las rocas. Algún tanto alarmado parose pensando en el aguardiente, que con prudencia había escondido.

—Sin embargo, esto no suena a aguardiente dijo el jugador.

Pero hasta que a través del temporal vio la fogata y en torno de ella el grupo, no se convenció de que todo ello era una broma de buena ley. Yo no sé si Mr. Oakhurst había ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto es que, valiéndome de las propias palabras de la madre Shipton, no habló una sola vez de cartas durante aquella velada. Casualmente pudo matarse el tiempo con un acordeón que Tom Simson sacó con aparato de su equipaje.

A pesar de algunas dificultades en el manejo de este instrumento, Piney logró arrancarle una melodía recalcitrante, acompañándola el Inocente con un par de castañuelas. Pero la pieza que coronó la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran vehemencia y a voz en grito. Temo que el tono de desafío, del coro y aire del covenanter, y no las cualidades religiosas que pudiera encerrar, fue motivo de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo:

Estoy orgulloso de servir al Señor,

y me obligo a morir en su ejército.

Los pinos oscilaban, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas del ara se lanzaban hacia el cielo como un testimonio del voto.

A medianoche calmó la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el dormido campamento. Mr. Oakhurst, a quien sus costumbres profesionales permitían vivir durmiendo lo menos posible, compartió la guardia con Tom Simson de modo tan desigual, que cumplió casi por sí solo este deber. Excusóse con el inocente diciendo que muy a menudo se había pasado sin dormir una semana entera.

—¿Pero haciendo qué? —preguntó Tom.

—El póker —contestó Mr. Oakhurst sentenciosamente.— Cuando un hombre llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. La suerte —continuó el jugador pensativo,— es cosa extraña. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe variar. Y el descubrir cuando va a cambiar, es lo que os forma. Desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Os reunís con nosotros y os pilla de medio a medio. Si tenéis ánimo para conservar los naipes hasta el fin, estáis salvado.

Y el jugador añadió con alegre irreverencia:

Estoy orgulloso de servir al Señor,

y me obligo a morir en su ejército.

Llegó el tercer día y el sol, a través de las blancas colgaduras del valle, vio a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por una singularidad de aquel montañoso clima, los rayos del sol difundían benigno calor sobre el paisaje de invierno, como compadeciéndose arrepentidos de lo pasado; pero al mismo tiempo descubrían la nieve apilada en grandes montones alrededor de la choza. Un mar de blancura sin esperanza de término, desconocido, sin senda, tendíase al pie del peñusco en que se acogían estos náufragos de nueva especie. A través del aire maravillosamente claro, el humo de la pastoril aldea de Poker-Flat se elevaba a muchas millas de distancia. La madre Shipton lo vio, y desde la más alta torre de su fortaleza de granito lanzó hacia aquélla una maldición final. Fue su última blasfemia y tal vez por aquel motivo revestía cierto carácter de sublimidad.

—Me siento mejor —dijo confidencialmente a la Duquesa.— Haz la prueba de salir allí y maldecirlos, y lo veras.

Después se impuso la tarea de distraer a la criatura, como ella y la Duquesa tuvieron a bien llamar a Piney; Piney no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no blasfemara ni fuese indecorosa.

Volvió la noche a cubrir el valle con sus sombras.

Junto a la vacilante fogata del campamento se elevaban y descendían las notas quejumbrosas del acordeón con prolongados gemidos e intermitentes sacudidas. Pero, como la música no alcanzaba a llenar el penoso vacío que dejaba la insuficiencia de alimento, Piney propuso una nueva diversión: contar cuentos. No deseaban Mr. Oakhurst y sus compañeras relatar las aventuras personales, y el plan hubiera fracasado también a no ser por el Inocente. Algunos meses antes había hallado por casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traducción de la Ilíada, por Mr. [Alexander] Pope. Propuso, pues, relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel poema cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de las frases. Aquella noche los semidioses de Homero volvieron a pisar la tierra. El pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos del cañón parecían inclinarse ante la cólera del hijo de Peleo. Mr. Oakhurst escuchaba con apacible fruición; pero se interesó especialmente por la suerte de Asquiles, como el inocente persistía en denominar a Aquiles, el de los pies rápidos.

Así con poca comida, mucho Homero y el acordeón transcurrió una semana sobre las cabezas de los desterrados. Otra vez los abandonó el sol y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo cubrieron la tierra. Día tras día los estrechó cada vez más el círculo de nieves hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de sus cabezas. Hízose más y más difícil alimentar el fuego; los árboles caídos a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y, sin embargo, nadie se lamentaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro y eran felices. Mr. Oakhurst se resignó tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, más alegre que de costumbre, se dedicó a cuidar a Piney; solo la madre Shipton, antes la más fuerte de la caravana, parecía enfermar y acabarse. A media noche del décimo día llamó a Oakhurst a su lado:

—Me voy —dijo con voz de quejumbrosa debilidad—. Pero no digáis nada; no despertéis a los corderitos; tomad el lío que está bajo mi cabeza y abridlo.

Mr. Oakhurst lo hizo así. Contenía intactas las raciones recibidas por la madre Shipton durante la última semana.

—Dadlas a la criatura —dijo señalando a la dormida Piney.

—¿Os habéis dejado morir de hambre? —exclamó el jugador.

—Así se llama esto —repuso la mujer con voz expirante.

Acostose de nuevo y volviendo la cara hacia la pared se fue tranquilamente.

Aquel día enmudecieron el acordeón y las castañuelas, y se olvidó a Homero.

Cuando el cuerpo de la madre Shipton fue entregado a la nieve, Mr. Oakhurst llamó aparte al Inocente y le mostró un par de zuecos para nieve que había fabricado con los fragmentos de una albarda vieja.

Hay todavía una probabilidad contra ciento de salvarla, pero es hacia allí —añadió señalando a Poker-Flat—. Si podéis llegar en dos días, está salvada.

—¿Y vos? —preguntó Tom Simson.

—Yo me quedaré.

Los novios se despidieron con un largo abrazo.

—¿También os vais vos? —preguntó la Duquesa cuando vio a Mr. Oakhurst que parecía aguardar a Tom para acompañarle.

—Hasta el cañón —contestó.

Volviose repentinamente y besó a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y rígidos de asombro sus temblorosos miembros.

Volvió la noche, pero no Mr. Oakhurst. Trajo otra vez la tempestad y la nieve arremolinada. Entonces la Duquesa, avivando el fuego, vio que alguien había apilado a la callada contra la choza, leña para algunos días más. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las ocultó a Piney.

Las mujeres durmieron poco. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su común destino. No hablaron; pero Piney, haciéndose la más fuerte, se acercó a la Duquesa y la enlazó con su brazo. En esta disposición mantuviéronse todo el resto del día. La tempestad llegó aquella noche a su mayor furia, destrozó los pinos protectores o invadió la misma choza.

Hacia el amanecer no pudieron ya avivar el fuego, que se extinguió lentamente.

A medida que las cenizas se amortiguaban la Duquesa se acurrucaba junto a Piney y por fin rompió aquel silencio de tantas horas.

—Piney, ¿podéis rezar aún?

—No, hermana —respondió Piney dulcemente.

La Duquesa, sin saber por qué, sintióse más libre. Apoyó su cabeza sobre el hombro de Piney y no dijo más. Y así, reclinadas, prestando la más joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, se durmieron. El viento, como si temiera despertarlas, cesó. Copos de nieve arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de blancas alas y se posaron sobre ellas mientras dormían. La luna, al través de las desgarradas nubes, contempló lo que fue antes campamento. Pero toda impureza humana, todo rastro de dolor terreno habían desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde lo alto.

Durmieron todo aquel día, y al siguiente no despertaron cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquella soledad. Y cuando una mano piadosa separó la nieve de sus marchitas caras, apenas podía decirse, por la paz igual que ambas respiraban, cual fuera la que había pecado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoció así y se retiró dejándolas todavía enlazadas una en brazos de otra.

A la entrada de la garganta, sobre uno de los mayores pinos, hallóse un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de caza. Contenía la siguiente inscripción, trazada con lápiz con mano firme:

 †

AL PIE DE ESTE ÁRBOL

YACE EL CUERPO

DE

JOHN OAKHURST,

QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE

EL 23 DE NOVIEMBRE 1850

Y

ENTREGÓ SUS APUESTAS

EL 7 DE DICIEMBRE DE 1850.

 Y sin pulso y frío, con un revólver a su lado y una bala en el corazón, todavía tranquilo como en vida, yacía bajo la nieve el que a la vez había sido el más fuerte y el más débil de los expulsados de Poker-Flat.

*FIN*

“The Outcasts of Poker Flat”, Overland Monthly, 1869, también traducido con el título: “Los proscritos de Poker Flat”

miércoles, 3 de julio de 2024

Lope de Vega, égloga autobiográfica en La Arcadia

Danteo y Gaseno, a quien tocaba representar la égloga, vestidos a propósito con pellicos de tela fina, el uno blanco, sembrado de clavellinas de nácar, y el otro verde, listado de encarnado y blanco, con armiños blancos y negros, y con los nombres de Montano y Lucindo, comenzaron así:


ÉGLOGA.


Montano, Lucindo,


MONTANO.


En este fuerte roble, 

para sufrir robusto, 

os cuelgo desta vez, armas cansadas; 

que cuando al pecho noble 

le vienen mas al justo, 

las puede hacer el galardon pesadas. 

las edades pasadas

afrentan las presentes. 

Ya la virtud es muerta, 

o vive tan cubierta, 

que no se deja ver a todas gentes; 

porque a las majestades 

visitan muy de espacio las verdades. 

  Ya no se dan coronas 

cívicas ni murales;

el tiempo las marchita y descompone; 

y a todas las personas 

ha hecho el tiempo iguales. 

Lisonjas a servicios antepone. 

Dichoso el que se pone 

la espada por costumbre, 

y parte del vestido, 

cuyo acero bruñido 

jamás le dio en la mano pesadumbre, 

ni le sirvió de espejo, 

para tomar en él su honor consejo. 

  Dichoso el que escribiendo, 

o lejos del asalto,

un campo rige y del peligro escapa,

o aquel que está midiendo, 

de su experiencia falto, 

los sitios fuertes en sucinto mapa. 

 ¡Oh grande manto y capa 

de los cielos piadosos! 

 Ya que todo lo encubres, 

¿por qué los ojos cubres 

 de los polos del suelo poderosos? 

Mas no es su curso eterno, 

y así dejas errado su gobierno. 

  Ya, soledades mias, 

alegre vuelvo a veros, 

desengañado, sin provecho y tarde. 

 Aquí las fantasías, 

por quien quise perderos, 

harán de sus memorias justo alarde, 

Y de un Lotos cobarde, 

dormidos los sentidos, 

dejarán ocasiones, 

cuidados y opiniones, 

que descuidos al fin desconocidos 

de quien siempre desmedra, 

son Circe, que convierte un hombre en piedra. 

 ¡Oh discurrir de un alma, 

¡Cuánto los ojos ciegas! 

Lucindo no es aquel que ahora tiene 

sus cuidados en calma? 

Dichoso tú, que entregas 

al sueño, que te burla y entretiene, 

la parte que contiene 

en sí tan grande todo, 

como es el pensamiento, 

que suele en un momento 

cielo y infierno penetrar de un modo, 

ya su pena y su gloria 

llevar de los cabellos la memoria.


Fue aqueste mozo, ilustre

un tiempo cortesano,

y soldado tambien gallardo y fuerte;

mas ya todo su lustre

deshizo amor tirano,

que tiene igual poder como la muerte.

Aqui llora y divierte

con rústico vestido,

en estas soledades,

desdenes y verdades

de un extranjero amor, que le ha vencido;

que, siendo en tierra ajena,

trajo a la propria su cuidado y pena.


Ya despierta y me ha visto;

no es posible

que puedan esconderme estos laureles;

¡oh sueño, a los cuidados apacible!


LUCINDO.


Montano, que escuchar mis males sueles,

¿Posible es que de verme te desvías,

Cuando es razón que mi dolor consueles?

Si ya no engendran en aquestos dias,

de la lluvia que lloro tan en vano,

veneno y fuego las entrañas mias;

como las tempestades del verano,

que con el gran calor reciben forma,

y tengo algunas de que soy humano.


No te escondas de mí; que no conforma

con la piedad del que es perfecto amigo,

ni cura bien el mal quien no se informa.

No soy yo basilisco, aunque conmigo

le traigo y dél sustento los despojos,

con que a miralle y a morir me obligo

si no es que desde el alma por los ojos

salga a matar los que me ven llorando

la causa de mis lágrimas y enojos.


MONTANO.


No me escondí, Lucindo, imaginando

que me matara el verte ni el oírte,

aunque fueras el aire inficionando.

Quisiérame guardar de interrumpirte

la calma de tus tiernos pensamientos,

que mal pueden durmiendo perseguirte.


LUCINDO.


Antes con espantosos fingimientos

acuden las imágenes del día

en sombras de mayores sentimientos.

Si el alma nunca duerme, y en la mía

siempre viven sospechas y temores

del bien ausente que gozar solia;

sin duda los sentidos interiores,

que no los desengañan los de afuera,

durmiendo sufrirán penas mayores.


MONTANO.


  Esta verde frescura, esta ribera, 

este prado, esta fuente y este río 

movidos tienes a tu pena fiera. 

  Pues mira tú si ahora el pecho mío, 

si las cosas lo están inanimadas, 

se moverá a ver tu desvarío. 

  Todos sin lengua en voces mal formadas 

te piden que la causa comuniques 

de tus glorias presentes o pasadas. 

  Razón será que algún remedio apliques,

pues el dolor la medicina aplaca,

y que lo más secreto me publiques.

 Es el hablar del mal una trïaca,

que deshace la fuerza del veneno,

y del enfermo corazón le saca.

  No estoy de tus cuidados tan ajeno,

que te merezca que la causa calles;

solo está el valle, aunque de sombras lleno.


LUCINDO.


Lejos de aqueste en otros frescos valles

vive la causa del dolor que adoro,

cuando en la tierra tantas glorias halles.

 Ni mi descanso ni tu pecho ignoro;

mas ¿para qué me mandas que renueve

la dulce causa de mi amargo lloro?


MONTANO.


  A la ocasión, a la amistad se debe.

¡Mira cómo del sol la calma estiva

hiere de Béjar la montaña y nieve!

  ¡Mira qué blandamente se derriba

destas pizarras Tormes murmurando

por solo acompañar tu pena esquiva!

  Las fuentes desta selva están callando,

y olvidadas del agua y de la yerba,

las satisfechas vacas descansando.

  Deja el león de perseguir la cierva,

las aves de volar; que tiempos tales

todo animal para dormir reserva.

  Y cuando fuentes, aves y animales

murmuraran, cantaran y anduvieran,

pararan todos a escuchar tus males.

  Los árboles y el viento enmudecieran,

y a ver de Orfeo el singular retrato

suspensos y admirados estuvieran.


LUCINDO.


   ¿Piensas tú que yo puedo ser ingrato 

a quien me paga con amor tan puro, 

ni que de sus entrañas me recato? 

  Solo no despertar mi mal procuro; 

pero porque no quedes sospechoso 

verás que con mis males te aseguro. 

  Ya sabes que el monarca poderoso 

que desde el Tajo al Indo rige y manda, 

y hasta el sepulcro del planeta hermoso; 

  aquel armado, y el tuson por banda, 

espantaba al francés y al africano, 

que agora mira en paz humilde y blanda; 

  aquel que con valor de godo hispano, 

en dar a España su vejez emplea 

un retrato de Carlos soberano; 

  como la paz universal desea,

y quiere que en el cuerpo del gobierno 

no haya miembro que al otro igual no sea; 

  movido solo de un amor paterno, 

que no, como otros piensan, de venganza, 

que a veces daña ser humano y tierno, 

  Ejército formó, con esperanza 

de remediar el daño que crecía 

entre la remisión y la tardanza, 

  Contra aquella corona que solía 

resplandecer en su dichosa frente 

desde la unión de aquel famoso día. 

   Allí pues yo, movido justamente 

del antiguo valor de mis pasados, 

fui libre capitán de libre gente. 

  ¡Cuán diferentes eran mis cuidados 

deste que agora el corazón me inflama! 

Celos gobierno ya, que no soldados. 

  Trujo a sus muros miedo nuestra fama, 

y trocadas las armas en castigos, 

cesó la suya y comenzó mi llama. 

  Vivimos todos de improviso amigos, 

de una común nación, ley y costumbres, 

y pocos los rebeldes y enemigos. 

  Luego las altas y elevadas cumbres, 

de los montes enojos, odio y saña, 

allanaron sus graves pesadumbres. 

  Dejábamos á veces la campaña, 

y a la ciudad veníamos famosa, 

que el padre Ibero fertiliza y baña. 

  Era del año la estación dichosa, 

aunque de nieves coronada en torno, 

que celebra la tjerra venturosa. 

  En vez del verde y deleitoso adorno. 

la plateaba con escarcha y hielo 

el seco y feminino Capricorno; 

  Cuando me trujo el variar del cielo 

a ver entre unas damas la que ha sido 

milagro suyo y perdición del suelo. 

  De la nieve el ejército movido 

a regocijo y fiestas con las damas, 

andaba entre los hielos encendido. 

  Yo, que nunca vi nieve ardiendo en llamas, 

hallé en esta ocasión esta hermosura, 

como en un tronco dos contrarias ramas. 

  Y en cortesía haciéndola segura 

de algunos que tirando entonces pellas, 

juntaban nieve con su nieve pura; 

  Sin ver que en pecho, rostro y manos bellas 

para excederla y convertirla había 

en helado cristal como eran ellas; 

  Llamome cortésmente, y aquel día,

que nunca lo pensé, tuve por cierto

que suele ser traición la cortesía.

  Que apenas de su boca el cielo abierto

me agradeció libralla de aquel trance, 

cuando como de rayo quedé muerto. 

  ¿Quién no tuviera por dichoso el lance, 

o imaginara que con tanta nieve 

diera en mi libertad amor alcance? 

  Cuando montañas della arroja y llueve 

el enojado cielo, amor desnudo 

a andar entre ellos sin temor se atreve. 

   Huir de Troya, aunque era fuego, pudo, 

sacando a su mujer, Eneas troyano, 

y yo a mi libertad de nieve dudo. 

  Con la ocasión allí también, Montano, 

el no haber sido huésped en su casa 

me agradeció la mesma ingrata en vano. 

  Y mira el trueco que en el alma pasa, 

pues ya tengo por huésped en el pecho 

esta nieve divina que me abrasa. 

  Y, aunque le viene el aposento estrecho, 

a vivir se acomoda y a matarme, 

y estoy yo del agravio satisfecho. 

  Desde este punto comencé a abrasarme, 

que la sangre más pura me encendieron 

los espíritus vivos, de mirarme. 

  Si los ojos pagaron lo que vieron, 

el estado lo diga de mis males, 

y la poca esperanza que tuvieron. 

  Los días para todos siempre iguales 

pasaban como siglos por mi vida, 

haciendo mis cuidados inmortales. 

  Pienso que fue mi pena conocida, 

mientras que ser no pudo declarada : 

tanto estaba al mirar la lengua asida. 

  Aunque, como una víbora pisada, 

si a llegar a su reja me atrevía, 

soberbia huyendo, se mostraba airada. 

  Pues es verdad que la desdicha mía 

se contentó con este triste estado, 

con que pasaba el mal del bien que vía. 

  Luego del alto César fui llamado, 

y, si es que sabes el dolor de ausencia, 

juzga, Montano, el tuyo y mi cuidado. 

  Perdí con la esperanza la paciencia, 

y pues partido no perdí la vida, 

no fue porque faltó mi diligencia. 

  Partí, lloré, volví, y a la venida 

corría, por mi mal, tanto recato 

como si fuera entonces la partida. 

  Mas no fue el tiempo a mi esperanza ingrato,

que hallé en su casa una pastora hermosa,

gran prenda de mi sangre y de su trato.

  Y, aunque para mi intento provechosa, 

en alguna manera fue mi daño, 

sirviéndome de amiga cautelosa. 

  Era de todos general engaño 

pensar que mi verdad sus ojos fuesen, 

siendo los míos cierto desengaño. 

  Que como sus extremos conociesen, 

juzgaban que a querella me inclinaba: 

así pluguiera a Dios mis males viesen. 

  Con esto tibiamente me ayudaba, 

y siendo en mi instrumento la tercera, 

a la prima del alma se igualaba. 

  Ya con la vecindad la hermosa fiera 

se mostraba más fácil y tratable, 

volviéndola el amor, de piedra, en cera. 

  Ya agradecía con piedad notable 

mi secreto servir y mi porfía, 

y a la ventana se mostraba afable. 

  Y así como quien ya mi mal sentía, 

jamás de Clori Albania se fïaba, 

que este es su nombre y de la prenda mía, 

 y como alguna vez le importunaba 

que un papel de su mano recibiese, 

parece que celosa se enojaba. 

 Y, como yo licencia le pidiese 

para escribir mis penas y dolores, 

donde con menos turbación pudiese, 

  Mostraba con razones y colores 

que no era buena diligencia aquella, 

y eran, con esta dilación, mayores. 

  Posible, finalmente, fue vencella,

porque no hay al amor cosa imposible,

y para ser crüel era muy bella.

 Y para que este amor incomprehensible 

tuviese más valor, con un concierto 

el poderla escribir me fue posible; 

  que ni el papel le fuese descubierto 

a Clori, ni viniese por su mano, 

lo que, siendo su gusto, fue muy cierto. 

 Y, entonces, ¿qué dirás de mí, Montano, 

cuando con tan extraños pensamientos 

puse sobre el papel la incierta mano? 

  Vieras allí las penas y tormentos 

acudir de tropel a ser escritos 

con mil enamorados sentimientos. 

  Yo, puesto entre cuidados infinitos, 

solamente de todo el gran proceso 

juzgaba los deseos por delitos. 

  Oprimido en efecto de aquel peso, 

escogí lo mejor, y humilde escribo 

lo que estaba más lejos de mi seso. 

  Cierro el papel dichoso, y apercibo 

un tercero discreto que llevase 

de un muerto en penas un retrato vivo. 

  Quiso el amor que la ocasión llegase, 

y, aunque difícilmente, también quiso 

que le diese el papel y le tomase 

  cuando deste suceso tuve aviso, 

pues yo no perdí el seso, no le tuve; 

que mata un bien si viene de improviso. 

  Desde este punto más perdido estuve, 

porque ya la esperanza me mostraba 

cubierto el sol de una pequeña nube; 

  con que me respondiese la cansaba, 

o que solo escribilla permitiese; 

pero todo mi bien dificultaha. 

  Forzome el ciego amor que la escribiese,

y, no pudiendo dárselo, forzome 

que como la esperanza el papel fuese. 

  Díselo al viento por su reja, y diome 

lo que pude esperar de un hierro helado,

que no hay diamante que mis yerros dome.

 ¡Qué mal se limará, Montano amado,

con el de cera un corazón de acero!

 Que amor no escoge los que no ha llamado.

Desta manera por Albania muero,

y dando un monte en ecos su respuesta, 

  yo pregunto a mujer y no la espero. 

Esta es la historia y la desdicha es esta,

breve en el gusto y larga en la memoria,

  que tanta pena y confusión me cuesta.


ΜΟΝΤΑΝΟ.


Paréceme el discurso de tu historia

los lejos que se ven en la pintura,

confusos cielos de tu incierta gloria.

 Mas dejas encantada la aventura,

pues no me das razón de tu partida,

siendo el rigor de la ocasión más dura.


LUCINDO.


  Por no mover el alma divertida 

en otros sentimientos favorables, 

quise dejar la historia interrumpida; 

  que en pesares que son incomportables, 

mal puede discurrir la lengua triste 

sin sentimiento y lágrimas notables. 

  Pero, pues hasta el fin saber quisiste 

el mal que mi abrasado pecho siente, 

y a la memoria la ocasión trajiste, 

  aquí verás un venturoso ausente, 

porque suele el amor en una ausencia 

descubrirse mejor que no presente. 

  Llegada la partida y la sentencia 

de mi muerte forzosa, despedime 

del cielo de su angélica presencia. 

 Mas dime, ¿a quién habrá que no lastime 

que le ofenda su dama cuando parte? 

O¿qué esperanza que a vivir le anime? 

  Pasado estaba yo de parte a parte 

con una flecha de crueldad, partiendo 

de quien de todo mi dolor fue parte, 

  cuando me dijo, en sangre convirtiendo 

su pura nieve, que era caso injusto 

arrojalle el papel no le queriendo; 

  Y que debiera yo, pues era justo, 

agradecer que vella permitiera, 

y que de verme recibiera gusto. 

  Yo entonces respondí lo que pudiera 

delante de los cielos, que crïaron 

aquesta hermosa vengativa y fiera. 

  Las causas le mostré que me obligaron, 

oyéndomelas todas hasta el punto 

que prendas enemigas lo estorbaron. 

  Aquella noche, en fin, como a difunto, 

en las postreras honras de una reja 

me dieron el favor y el partir junto. 

 Y como el que la amada patria deja, 

y en ella el alma, y lleva el cuerpo solo, 

que ella se acerca más cuanto él se aleja, 

  partí como del bello ingrato Apolo 

la flor, que sus doradas hojas cierra, 

y queda escuro de Calixto el polo; 

  o como el que mirando va la tierra 

desde el profundo mar, y más, si acaso 

esposa amada o tierno padre encierra. 

   El suspiro, la lágrima y el paso 

juntos sallan, sin que diese alguno 

menos que así del alba hasta el ocaso. 

   ¡Cuántas veces al cielo fui importuno 

para que diese fin a tantos daños! 

Porque viviendo no esperé ninguno 

  siéndome con tan graves desengaños 

los puntos horas y las horas días, 

los días meses, y los meses años. 

  Y parábanme tal las ansias mías, 

y aquel amor y fuego que nacieron 

de dos nieves tan ásperas y frías, 

  que hasta desesperarme no quisieron 

alzar la espada ni el rigor pasado, 

no contentas de ver que me rindieron. 

  Pero, en aqueste miserable estado, 

que, como dicen, la esperanza vive 

aunque su dueño esté desesperado,

 veo que amor me llama y apercibe 

al bien más alto que su esquiva mano 

pudiera dar a quien con él más prive. 

  Hallé de mis zagales un serrano 

al fin de la esperanza y del camino, 

que se quedaba con mi bien, Montano. 

  El cual (¡mira qué extraño desatino, 

mira qué efecto de un amor ausente!) 

me trajo humano mi desdén divino. 

  Trájome ya la nieve diferente; 

que como ya de su rigor pasaba, 

trocose el frío en otra especie ardiente. 

  Por una carta supe que quedaba 

(¿quién lo dirá, Montano?) enternecida, 

y que señales de quererme daba. 

  Escríbeme que estaba persuadida 

a estimar mi verdad o creer mi engaño, 

engaño que me cuesta mi alma y vida. 

  Que no creyera de mi ausencia el daño, 

si la terneza y pena en que se vía 

no le fuera notorio desengaño. 

  Que estimase saber que pretendía 

darme este gusto, y si le estimo y siento, 

pregúntelo mi Albania al alma mía; 

  y que aquel amoroso arrojamiento, 

pues no era justo, no le condenase; 

¡qué honesto, aunque escuchado pensamiento! 

   Y que me aseguraba imaginase 

que era el postrero, y que sería el primero 

que a tales pensamientos la inclinase. 

  Yo entonces, como suele el prisionero 

que revocar oyó mortal sentencia, 

la muerte olvido y en la vida espero. 

  Dejo al César y vuelvo a su presencia, 

y aun dejara de serlo de mil mundos, 

por ver mi bien y no sufrir su ausencia. 

  Llegué a sus ojos, en la luz segundos 

al planeta mayor, nortes y faros 

de los estrechos de mi mal profundos, 

  desde este día que sus ojos claros 

miraron mis deseos, amor puso. 

en mi abrasada Troya sus reparos. 

  Ya sabes que al oráculo confuso 

Venus, por ver que no crecía Cupido, 

a preguntar la causa se dispuso, 

 y que le fue de Temis respondido 

que hasta que al niño diese hermano, en vano 

pensaba ver el tierno amor crecido. 

  Venus no sé si e Marte o a Vulcano 

llamó para este efecto; en fin, se cuenta 

que dio a Cupido otro Cupido hermano. 

  Anteros se llamó, que representa 

un recíproco amor de voluntades, 

que amor pagado, con amor se aumenta. 

  Desta suerte pagadas mis verdades, 

creció mi amor, haciendo sin recato 

el uno al otro ciertas amistades. 

  Ni fue más desdeñosa ni yo ingrato, 

antes el trato dio al amor aumento, 

que hace al niño amor gigante el trato. 

  ¿Qué monte o sierra con igual contento

no corrimos los dos? ¿Qué valle frío

no nos dejó cazando sin aliento?

  ¿En qué ribera del corriente río

no sacamos los peces con anzuelos

debajo de algún álamo sombrío?

  Los tímidos cobardes conejuelos 

le presentaba yo, si se enojaba, 

por hacer amistad de algunos celos, 

  por los frondosos árboles trepaba, 

y, chillando los pollos, le traía 

los nidos que su pájaro lloraba. 

  ¡Cuántas veces me halló en su puerta el día 

con las tempranas guindas y cerezas 

que con el verde elejo entretejía! 

  Si no podia hablarla, ¡qué tristezas! 

Sus puertas, sus ventanas coronaba 

de mudas selvas y silvestres nuezas. 

  Con esto, cuando Albania despertaba, 

y daba por sus rejas sol al mundo, 

conocía que yo velando estaba. 

  ¿No has visto un perro con gemir profundo, 

si le deja su amo, herir la puerta? 

Pues yo era así, y en la lealtad segundo. 

  Ni menos si la vi, Montano, abierta, 

dejé de hacer locuras amorosas, 

que así enloquece una esperanza incierta. 

  Mil veces en las selvas espaciosas, 

si me hallaba dormido, me tejía 

guirnaldas de azucenas y de rosas. 

  Yo despertaba, y, viendo qué me hacía, 

vencedor y vencido la buscaba, 

y aquel triunfo de amor le agradecía. 

  Ella, con risa, todo lo negaba, 

cubierta de vergüenza y de claveles, 

con que el nevado rostro matizaba. 

  Pero los hados, en mi bien crüeles, 

en estos tiempos mi descanso impiden, 

porque del bien, si es grande, te receles. 

  De Albania con ausencia me dividen 

segunda vez, quedando interrumpida 

la historia, cuyo fin mis quejas piden. 

  Lo demás del estado de mi vida 

por esto puedes conocer, Montano, 

y, si ganada mal, tan bien perdida, 


MONTANO.


Extraño fin de amor, a quien en vano

hace el desdén injusta resistencia,

y el imposible más incierto es llano.

 Lucindo, él mesmo te dará paciencia

con solo imaginar que Albania hermosa

siente con tiernas lágrimas tu ausencia.

 Porque ver humanar tan alta diosa,

y por Endimión bajar la Luna,

bastan a hacer un alma victoriosa.

 No le pidas mas bien a la fortuna;

sufre tu mal, que no es tan imposible

que no le apliques esperanza alguna.

  No es empresa de amor la que es posible;

que para grandes ánimos se hacen

las que tienen su fin inaccesible.

  En tanto, pues, que las ovejas pacen,

y de cogollos de florido espino

las cabras a placer se satisfacen, 

  Quiero de Albania al resplandor divino 

consagrar de improviso un epigrama 

con aqueste cuchillo en este pino, 

  Porque crezca su nombre, gloria y fama 

en las orillas del anciano Tormes, 

como por el lbero se derrama. 


LUCINDO.


Harás la tuya y su valor conformes,

aunque todas las cosas deste suelo,

para tenelle igual, serán disformes.

  Pinta mi puro amor, mi casto celo,

que no le vencerán olvido y muerte

por muchos siglos que revuelva el cielo.


MONTANO.


Escúchame, que escribo desta suerte: 


                EPIGRAMA


  Una hermosura y celestial belleza 

de un rico entendimiento acompañada, 

en quien la ciencia infusa está cifrada 

que puso Dios en la naturaleza... 

  la mayor majestad y gentileza 

que vio la edad presente y la pasada, 

de las mayores gracias adornada 

que son del alma corporal riqueza; 

  un término real, un noble trato 

y, en tiernos años, un discurso altivo 

todo de ejemplos inauditos hecho, 

  de Albania son el singular retrato; 

y quien quisiere verla más al vivo, 

busque a Lucindo y mírela en su pecho. 


Acabada la égloga, y referida la fábula en prosa de Frondoso, dieron licencia Benalcio y Tirsi a las pastoras que diesen algunas prendas a sus amantes, con tal condición, que ellos las celebrasen de improviso con algunos versos. Agradó á todos generalmente el favor y la satisfacción; y así, dio la primera Isbella a Menalca un reloj con su brújula.

domingo, 5 de mayo de 2024

Rien de rien / Nada de nada, canción de Édith Piaf

Original y traducción

I

Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...

Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...


Du matin à l'heure où je me couche

Tout ici est calme et banal

J'aimerais que 'y se passe quelque chose de louche

De la prime ou du pas normal


Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...


Voici un couple qui murmure

Et dans une chambre veut se glisser…

Je devine une tendre aventure…

Mais ils vont chacun de leur côte!


Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...

Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien!...

Il ne se passe jamais rien!...

Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...


Deux hommes parlent à voix basse

Discutant pleins d'animation

Pour écouter, je change de place

Mais hélas je n'entends que "oui, non"


Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Je me demande pourquoi!

Rien! Rien! Rien!

Il ne se passe jamais rien!...


Ce qu'y se passe pas j'aimerais que ça se passe

Que ça se passe ne serait-ce que pour moi.

Comme ça je verrais ce qu'y se passe

Et je pourrais dire que ça se passe pas!


Rien de rien…

Il ne se passe jamais rien pour moi

Et je me demande pourquoi!

Rien…

Il ne se passe jamais rien!


II

Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!


Nada de nada...

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!


Desde mañana hasta la hora de ir a la cama

todo aquí es tranquilo y banal.

Me gustaría que aquí algo turbio sucediese

de golpe o normalmente.


Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!


Aquí hay una pareja que susurra

Y quiere deslizarse a una habitación...

Adivino una tierna aventura…

¡Pero cada cual va a su bola!


Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!


Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada!

¡Nunca pasa nada!

Nada de nada...


Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!


Dos hombres hablan en voz baja

discutiendo llenos de jovialidad.

Para escuchar, cambio de sitio,

pero, qué pena, no oigo más que "sí", "no".


Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Me pregunto por qué!

¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!

¡Nunca pasa nada!...


Lo que no ocurre allá me gustaría que ocurriera

que sólo sucediera para mí;

así vería lo que está pasando

¡y podría decir que eso no pasa!


Nada de nada

Nunca me pasa nada

¡Y me pregunto por qué!

Nada...

¡Nunca pasa nada!



martes, 16 de abril de 2024

Gerardo Diego, Tranvía (de Limbo, 1951)

         TRANVÍA


El gusano de cables

va hilando su camino


                            Y sobre la bitácora

                            un experto marino

            juega a los barquillos en la rosa náutica


Las estrellas medrosas

deshojadas y rotas

huyendo del huracán

vienen a refugiarse en nuestras gavias


Se oyen morir extáticas las olas

                                en la playa desierta


                        De repente notamos

                que alguien nos ha robado

          Buscamos la memoria y no la hallamos


No tengas miedo


                        Sobre las nubes

                        imantadas de relámpagos

            Elías       cruza     en     su     tranvía     eléctrico

Luis Alberto de Cuenca, Los dos Marcelos

   LOS DOS MARCELOS


A la memoria de Gabriel


En abril de este año hablé con Bioy Casares.

Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años

llamó pesado a Proust,

y que en una Postdata al mismo prólogo,

escrita veinticinco años después,

cantó la palinodia:

«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?

Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,

pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.

Yo le dije que Proust me aburría,

que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.

Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue

como si fuera una novela policíaca,

que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,

como a todo el mundo sensato.

No he seguido el consejo de A.B.C.

Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,

que es cuando se dice la verdad.

Yo no quiero dejar de ser joven.

No soporto la idea de que cualquier enciclopedia

dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.

No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.

Luis Alberto de Cuenca, El libro de Monelle

    EL LIBRO DE MONELLE


Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.

Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.

Pero el relieve acecha en forma de una puta

a la que lo conduce, una noche, el azar.


Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,

silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.

Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos

que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.


En sus brazos Marcel olvida que mañana

citó en la biblioteca a su amigo Villon.

Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,

de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.


Qué tres soberbios años de amor irresistible

aguardan al judío en la paz del burdel.

El cielo de París aún retiene sus vanas

promesas y las tiernas caricias de Louise.


Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis

y Marcel languidece, privado de su sol.

«No queda más remedio que volver a los libros»,

se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.

Luis Alberto de Cuenca, Línea clara

   LÍNEA CLARA


Dicen que hablamos claro, y que la poesía

no es comunicación, sino conocimiento,

y que sólo conoce quien renuncia a este mundo

y a sus pompas y obras —la amistad, la ternura,

la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,

el humor y la fe, la lealtad, la envidia,

la esperanza, el amor, todo lo que no sea

intelectual, abstruso, místico, filosófico

y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo—.

Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos

de lo claro que hablamos, y que la gente entiende

nuestros versos, incluso la gente que gobierna,

lo que trae consigo que tengamos acceso

al poder y a sus premios y condecoraciones,

ejerciendo un servil e injusto monopolio.


Dicen, y menudean sus fieras embestidas.

Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.

Luis Alberto de Cuenca, Carmen en estos casos se supera

    GUDRÚNARKVIDA


Carmen en estos casos se supera.

Se dispone a sufrir sin una lágrima.


No se golpea el pecho con las manos,

ni gime, ni los ojos se le nublan.


A su lado se sientan sus amigas,

todas muy maquilladas, con modelos

exclusivos y oscuros, lamentando

la muerte de Ricardo entre sollozos;

Carmen está tan triste que no llora.


Tanto dolor le sube a la cabeza

que no sabe qué hacer para alojarlo.

Mientras, María rompe el fuego y dice:

«No sé si va a servirte de consuelo,

pero he sufrido mucho en esta vida.

Mi familia murió en un accidente

de coche, en pleno estado de embriaguez:

mis dos maridos, hijos, hijas, todos.

Me he quedado solísima en el mundo».

Como Carmen seguía sin llorar,

habló Julia, la de ojos transparentes,

y entre lágrimas dijo estas palabras:

«Más he sufrido yo. Mis siete hijos

murieron peleándose entre ellos

y mis padres se ahogaron en la playa

el verano pasado, uno tras otro.

Yo sola preparé los funerales

y encargué las guirnaldas de sus tumbas.

Para mí ya no existe la alegría».

Marta la triste habló, sumida en llanto:

«A mí me odia Fernando, pero teme

quedarse sin dinero si me deja.

Sale con una chica, últimamente,

que no ha cumplido aún los veinte años.

Me obliga a descalzarla cuando viene

y a servirle en la cama el desayuno.

¡No puedo más de fiestas y de drogas

y de esa horrible gente de la noche!»


Pero Carmen no llora. Se levanta,

quita la tela que cubría al muerto,

ve el pelo enmarañado por la sangre,

ve los brillantes ojos apagados,

ve el pecho roto, las mejillas frías,

los labios negros y los pies blanquísimos,

ve el despojo que ayer fuera Ricardo.

Y Carmen ya no puede seguir viendo.

Cae hacia atrás, como si aquello fuese

a desaparecer si no lo mira,

y sus amigas corren a atenderla.

Y cuando su cabeza se refugia

en un cojín que apunta al cielo raso,

no puede evitar Carmen que una lágrima,

una caliente lágrima de amor,

resbale de sus ojos.

Luis Alberto de Cuenca, El otro barrio de Salamanca

       EL OTRO BARRIO DE SALAMANCA


Debajo de los parkings hay mundos subterráneos

que muy pocos conocen. Los habita una raza

de príncipes y reyes, de bardos y de brujos.

¡Subsuelo de las calles de Velázquez y Goya!


¡Océanos secretos de aguas centelleantes

bajo Lista y Serrano, Jorge Juan y Hermosilla!

¡Cúpulas, altas torres de ciudades de plata!

¡Palacios encantados, templos de mármol negro

debajo de la calle Don Ramón de la Cruz!

¡Odaliscas ocultas bajo las tuberías

del gas, en el asiento de la calle de Ayala!


Conozco a una doncella de ese mundo perdido

que me envía señales de humo por teléfono.

No consigue olvidar la ciencia de mis manos.

Luis Alberto de Cuenca, La venus de Willendorf

     LA VENUS DE WILLENDORF


Entre las chicas norteamericanas

que estudian español en la academia

de enfrente de tu casa, hay una gorda

que es igual que la Venus de tus sueños.

Bajo una camiseta de elefante

que pone «University of Indiana

(Jones)» y unos pantalones de hipopótamo,

se mueve por el mundo con el arte

que le da su ascendencia mitológica.

Hace ya varios días que vigilo

desde el balcón su cuádruple barbilla

y el sol dorado de su cabellera.

Hace ya varios días que le envío,

cuando se pone a tiro de mis ojos,

dardos de amor y flechas de deseo.

Pero no llegan nunca a su destino.

Luis Alberto de Cuenca, Soneto del amor de oscuro

De Luis Alberto de Cuenca, en su El otro sueño (1987) 

SONETO DEL AMOR DE OSCURO


La otra noche, después de la movida,

en la mesa de siempre me encontraste

y, sin mediar palabra, me quitaste

no sé si la cartera o si la vida.


Recuerdo la emoción de tu venida

y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,

recordar el amor que me dejaste

y olvidar el tamaño de la herida!


Muerto o vivo, si quieres más dinero,

date una vuelta por la lencería

y salpica tu piel de seda oscura.


Que voy a regalarte el mundo entero

si me asaltas de negro, vida mía,

y me invaden tu noche y tu locura.


viernes, 8 de marzo de 2024

Fernán Pérez de Guzmán, Coplas a la muerte de Alfonso de Cartagena

Transcribo la edición crítica de Maria Mercè López Casas, pero corrijo la falta de criterios métricos poniendo las diéresis que faltan y remedio la puntuación, que me parece a veces incorrecta. No señalo las haches aspiradas, ni las dialefas ni las sinéresis, pues no hay signo asignado para esas licencias.

COPLAS QUE HIZO EL NOBLE CABALLERO FERRÁN PÉREZ DE GUZMÁN SOBRE EL TRÁNSITO Y MUERTE DEL REVERENDO PADRE Y VIRTUOSÍSIMO PRELADO DON ALFONSO DE CARTAGENA OBISPO DE BURGOS, SU CARO AMIGO. 

Aquel Séneca expiró

a quien yo era Lucilo:

la facundia y alto estilo

de España, con él murió.

Así que, no solo yo,

mas España, en triste son,

debe plañir su Platón,

que en ella resplandeció.


La moral sabiduría,

las leyes y los decretos,

los naturales secretos

de la alta sabiduría;

la sacra teología,

la dulce arte oratoria,

toda verísima historia,

toda sutil poesía


hoy perdieron un notable

y valiente caballero,

un relator claro y vero,

un ministro comendable.

¡Quién dará loor loable

al que a todos loaba! 

Quien de todos bien hablaba,

¡quién será quien de él mal hable!


La Iglesia, nuestra madre,

hoy perdió un noble pastor;

las religiones, un padre;

la fe, un gran defensor.

Pierdan y hayan dolor

los que son estudïosos

y del saber deseosos:

un gran interpretador.


La yedra, so cuyas ramas

yo tanto me delectaba...

El laurel, que aquellas llamas

ardientes del sol templaba, 

a cuya sombra yo estaba...

La fontana, clara y fría,

donde yo la gran sed mía

de preguntar sacïaba...


¡Oh, severa y crüel muerte!

¡Oh, plaga cotidïana,

general y común suerte

de toda la gente humana!

¡En una escura mañana

secaste todo el vergel,

tornando en amarga hiel

el dulzor de la fontana!


¡Oh Fortuna, si fortuna

es verdad que hay en el mundo!

¡Oh más claro y más profundo,

Señor, de la alta tribuna!

¡Cuánto escura y cuán sin luna

es tu ordenanza secreta,

aunque justa, santa y neta,

sin contradicción alguna!


¿Por qué habemos ausencia

de varones virtüosos,

útiles y provechosos

a la humana providencia?

¿Por qué nos queda presencia

inútil y mal compuesta?

De esta causa la respuesta

se remite a tu sentencia.


Queda quien debe partir;

parte quien debe quedar,

que pudiera aprovechar

al político vivir.

De aquí podemos sentir

cuánto grande es la distancia

de nuestra gruesa ignorancia

usada a mal presumir


al tu jüicio divino

alto e inestimable,

Señor mío, uno y trino,

de cïencia incomparable.

Lo que a nos es razonable

parece, Señor, perfecto;

al tu eterno conspecto, 

ni es grato, ni aceptable.


Habido tal presupuesto

y tus jüicios dejados,

yo creo ser causa de esto,

nuestras culpas y pecados.

Aquellos nos son negados,

que por mal vivir perdemos.

Aquellos que merecemos,

esos nos son otorgados.


FIN


El Fénix de nuestra Hesperia,

esciente y muy virtüoso,

ya dejó la gran miseria

de este valle lagrimoso.

Pues, concilio glorïoso

de las cïencias, decid:

¡Oh Jhesu Filii David,

tú le da santo reposo!

Lugalbanda en la cueva de la montaña

Traducción de la ETCSL de Oxford:

Lugalbanda en la cueva de la montaña

Segmento A

1-19.Cuando en la antigüedad el cielo estaba separado de la tierra, cuando en la antigüedad lo que convenía..., cuando después de las antiguas cosechas... se comía la cebada (?), cuando se trazaban y fijaban límites, cuando se colocaban mojones. colocados e inscritos con nombres, cuando se purificaron diques y canales, cuando... se cavaron pozos hacia abajo; cuando se abrió el lecho del Éufrates , el caudaloso río de Unug , cuando……, cuando……, cuando el santo An fue removido……, cuando los oficios de rey y rey ​​fueron ejercidos famosamente en Unug , cuando el cetro y el bastón de Kulaba se mantuvieron en lo alto en la batalla; en la batalla, el juego de Inana ; cuando los de cabeza negra fueron bendecidos con una larga vida, en sus costumbres establecidas y en su..., cuando presentaron las cabras montesas con cascos golpeadores y los ciervos monteses hermosos con sus astas a Enmerkar hijo de Utu ...


20-34.-- ahora en ese momento el rey apuntó su maza hacia la ciudad, Enmerkar hijo de Utu preparó una …… expedición contra Aratta , la montaña de los santos poderes divinos. Iba a partir para destruir la tierra rebelde; El señor inició una movilización de su ciudad. El heraldo hizo sonar la señal de la bocina en todas las tierras. Ahora Unug reclutado salió al campo con el rey sabio; de hecho, Kulaba reclutado siguió a Enmerkar . El impuesto de Unug fue una inundación, el impuesto de Kulaba fue un cielo nublado. Mientras cubrían el suelo como una densa niebla, el denso polvo que levantaban alcanzaba el cielo. Como si fueran grajos sobre la mejor semilla, levantándose, llamó al pueblo. Cada uno hizo la señal a su compañero.


35-46.Su rey iba a la cabeza, para ir al... del ejército. Enmerkar fue a la cabeza, para ir al …… del ejército.

2 líneas poco claras

…… gu-nida emmer-grain para crecer abundantemente. Cuando el justo que consulta con Enlil ( es decir, Enmerkar ) se llevó todo Kulaba , como ovejas se inclinaron en la ladera de las montañas... al borde de las colinas corrieron hacia adelante como toros salvajes. Buscó... a un lado; reconocieron el camino. El Buscó …….


47-58.Pasaron cinco días. Al sexto día se bañaron. …… al séptimo día entraron a las montañas. Cuando cruzaron los senderos, una enorme inundación se elevó río arriba hacia una laguna... Su gobernante ( es decir, Enmerkar ), cabalgando sobre una tormenta, el hijo de Utu , el buen metal brillante, descendió del cielo a la gran tierra. Su cabeza brilla con esplendor, las flechas con púas pasan a su lado como relámpagos; a su lado brilla para él el hacha puntiaguda de bronce de su emblema, avanza con paso rápido con el hacha puntiaguda, como un perro dispuesto a devorar un cadáver.


59-70.En aquel entonces eran siete, eran siete; los jóvenes, nacidos en Kulaba , eran siete. La diosa Uraš había dado a luz a estos siete, la Vaca Salvaje los había nutrido con leche. Eran héroes, vivían en Sumer , eran principescos en su mejor momento. Se habían criado comiendo en la mesa del dios An . Estos siete eran los capataces de los que están subordinados a los capataces, los capitanes de los que están subordinados a los capitanes y los generales de los que están subordinados a los generales. Eran capataces de 300 hombres, 300 hombres cada uno; eran capitanes de 600 hombres, 600 hombres cada uno; eran generales de siete šar (25.200) soldados, 25.200 soldados cada uno. Estaban al servicio del señor como sus tropas de élite.


71-86. Lugalbanda , el octavo de ellos,... fue lavado con agua. En silencio asombrado avanzó... marchó con las tropas. Cuando habían recorrido la mitad del camino, recorrido la mitad del camino, allí le sobrevino una enfermedad, le sobrevino un "enfermo de cabeza". Se sacudió como una serpiente arrastrada por la cabeza con una caña; su boca mordió el polvo, como una gacela atrapada en una trampa. Sus manos ya no podían devolver el agarre, ya no podía levantar los pies en alto. Ni el rey ni sus contingentes pudieron ayudarlo. En las grandes montañas, apiñados como una nube de polvo sobre el suelo, decían: "Que lo lleven a Unug ". Pero no sabían cómo traerlo. "Que lo traigan a Kulaba ". Pero no sabían cómo traerlo. Mientras sus dientes castañeteaban (?) en los lugares fríos de las montañas, allí lo llevaron a un lugar cálido.


87-122.…… un almacén, le hicieron un cenador como un nido de pájaro. …… dátiles, higos y quesos diversos; Pusieron dulces aptos para el consumo de los enfermos, en cestas de dátiles, y le hicieron un hogar. Le disponían las diversas grasas del corral, el queso fresco del redil, la mantequilla..., como si prepararan una mesa para el lugar santo, el lugar valorado (es decir, como para una ofrenda funeraria ). Justo delante de la mesa le prepararon cerveza para beber, mezclada con sirope de dátiles y panecillos... con mantequilla. Las provisiones se vertieron en cubos de cuero, todas las provisiones se metieron en bolsas de cuero; sus hermanos y amigos, como un barco que descarga desde el lugar de la cosecha, colocaron provisiones junto a su cabeza en la cueva de la montaña. Ellos... aguan en sus odres de cuero. Cerveza negra, bebidas alcohólicas, cerveza clara, vino agradable al paladar, lo distribuían junto a su cabeza en la cueva de la montaña, como sobre un soporte para odres de agua. Le prepararon resina de incienso, …… resina, resina aromática, resina ligidba y resina de primera calidad sobre soportes para ollas en el hoyo profundo; los colgaron de su cabeza en la cueva de la montaña. Le colocaron en la cabeza su hacha de metal de estaño, importada de la sierra de Zubi . Envolvieron junto a su pecho su daga de hierro importada de las montañas Gig (Negras). Sus ojos, acequias de irrigación, porque están inundadas de agua, el santo Lugalbanda los mantuvo abiertos, dirigidos hacia esto. La puerta exterior de sus labios, desbordante como el santo Utu , no la abrió a sus hermanos. Cuando le levantaron el cuello, ya no había aliento. Sus hermanos y sus amigos consultaron entre sí:


123-127. "Si nuestro hermano se levanta como Utu de la cama, entonces el dios que lo ha golpeado se hará a un lado y, cuando coma esta comida, cuando beba (?) esto, estabilizará sus pies. Que lo lleve a los lugares altos. de las montañas al Kulaba construido con ladrillos ".


128-132. "Pero si Utu llama a nuestro hermano al lugar santo, al lugar valioso ( es decir, al más allá ), la salud de sus miembros lo abandonará (?). Entonces dependerá de nosotros, cuando regresemos de Aratta , traerlo". el cuerpo de nuestro hermano al Kulaba construido con ladrillos ".


133-140.Como las vacas sagradas dispersas de Nanna , como a un toro reproductor cuando, en su vejez, lo han dejado atrás en el corral del ganado, sus hermanos y amigos abandonaron al santo Lugalbanda en la cueva de la montaña; y con repetidas lágrimas y gemidos, con lágrimas, con lamentos, con pena y llanto, los hermanos mayores de Lugalbanda partieron hacia las montañas.


141-147.Luego pasaron dos días durante los cuales Lugalbanda estuvo enfermo; a estos dos días se añadió medio día. Cuando Utu dirigió su mirada hacia su hogar, cuando los animales levantaron sus cabezas hacia sus guaridas, al final del día, en el fresco de la tarde, su cuerpo estaba como ungido con aceite. Pero todavía no estaba libre de su enfermedad.


148-150.Cuando levantó los ojos al cielo hacia Utu , le lloró como a su propio padre. En la cueva de la montaña levantó hacia él sus hermosas manos:


151-170. "¡ Utu , te saludo! ¡No me dejes enfermar más! ¡Héroe, hijo de Ningal , te saludo! ¡No me dejes enfermar más! Utu , me has dejado subir a las montañas en compañía de mis hermanos. En el cueva de la montaña, el lugar más espantoso de la tierra, ¡no me dejes enfermar más! Aquí donde no hay madre, no hay padre, no hay conocidos, nadie a quien valorar, mi madre no está aquí para decir: "¡Ay, ¡Hija mía!" Mi hermano no está aquí para decir "¡Ay, hermano mío!" La vecina de mi madre que entra a nuestra casa no está aquí para llorar por mí. Si las deidades protectoras masculinas y femeninas estuvieran presentes, la deidad de la vecindad diría , "Un hombre no debe perecer." Un perro perdido es malo; un hombre perdido es terrible. En el camino desconocido al borde de las montañas, Utu , es un hombre perdido, un hombre en una situación aún más terrible. No ¡No me hagas fluir como agua en una muerte violenta! ¡No me hagas comer salitre como si fuera cebada! ¡No me hagas caer como un palo en algún lugar del desierto desconocido para mí! Afligido con un nombre que emociona ¡Desprecio de mis hermanos, no me dejes enfermar más! ¡Afligido por las burlas de mis camaradas, no me dejes enfermar más! ¡No dejes que acabe en las montañas como un debilucho!


171-172. Utu aceptó sus lágrimas. Le envió su aliento divino en la cueva de la montaña.


173-182.Ella que hace... para los pobres, cuyo juego ( es decir, la batalla ) es dulce, la prostituta que va a la posada, que hace que el dormitorio sea delicioso, que es alimento para el pobre - Inana ( es decir, la estrella de la tarde ), la hija de Suen , se levantó ante él como un toro en la Tierra. Su brillo, como el de la santa Šara , su brillo estelar iluminó para él la cueva de la montaña. Cuando levantó los ojos hacia Inana , lloró como ante su propio padre. En la cueva de la montaña levantó hacia ella sus hermosas manos:


183-196. " Inana , ¡si tan solo esta fuera mi hogar, si tan solo esta fuera mi ciudad! ¡Si tan solo esta fuera Kulaba , la ciudad en la que mi madre me dio a luz...! ¡Incluso si fuera para mí como la tierra baldía para una serpiente! Si fuera ¡Eran para mí como una grieta en el suelo para un escorpión! ¡Mi gente poderosa...! ¡Mis grandes damas...!... ¡A E-ana !"

2 líneas poco claras

"Sus pequeñas piedras, las piedras brillantes en su gloria, piedras saĝkal arriba, …… abajo, por su clamor en la tierra montañosa Zabu , por su voz …… abierta - que mis miembros no perezcan en el montañas de cipreses!"


197-200. Inana aceptó sus lágrimas. Con poder de vida ella lo dejó dormir igual que Utu dormido . Inana lo envolvió con la alegría de su corazón como si fuera una prenda de lana. Luego, como si…, fue al Kulaba construido con ladrillos .


201-214.El toro que come la sopa negra, el becerro sagrado astral ( es decir, la luna ), vino a velar por él. Él brilla (?) en los cielos como la estrella de la mañana, difunde una luz brillante en la noche: Suen es saludado como la luna nueva; El padre Nanna da la dirección para el ascenso de Utu . El glorioso señor a quien corresponde la corona, Suen , el amado hijo de Enlil , {el dios} {( 1 ms. tiene en cambio:) el señor} alcanzó el cenit espléndidamente. Su brillo como {santo Šara } {( 1 ms. tiene en su lugar: ) santo Utu } {( 1 ms. tiene en su lugar: ) lapislázuli}, su resplandor estrellado iluminó para él la cueva de la montaña. Cuando Lugalbanda levantó los ojos al cielo hacia Suen , le lloró como a su propio padre. En la cueva de la montaña levantó hacia él sus hermosas manos:


215-225. "¡Rey a quien no se puede alcanzar en el cielo lejano! ¡Suen a quien no se puede alcanzar en el cielo lejano! ¡Rey que ama la justicia, que odia el mal! ¡ Suen que ama la justicia, que odia el mal! La justicia trae alegría justamente a tu corazón. Un álamo, un gran bastón, forma un cetro para ti, que desatas las ataduras de la justicia, que no aflojas las ataduras del mal. Si encuentras el mal delante de ti, es arrastrado detrás... Cuando tu corazón se enoja, escupes tu veneno contra el mal como una serpiente que babea veneno."


226-227. Suen aceptó sus lágrimas y le dio vida. Le confirió a sus pies el poder de mantenerse en pie.


228-239.Una segunda vez ( es decir, al amanecer siguiente ), mientras el toro brillante se eleva en el horizonte, el toro descansa entre los cipreses, un escudo en el suelo, vigilado por la asamblea, un escudo que sale del tesoro, vigilado por los jóvenes – el joven Utu extendió su santo esplendor desde el cielo {( 1 ms. de Urim agrega: ) …… santo, su brillo iluminó para él la cueva de la montaña}, los otorgó al santo Lugalbanda en la cueva de la montaña. Su buen dios protector flotaba delante de él, su buena diosa protectora caminaba detrás de él. El dios que lo había herido {se hizo a un lado} {( 1 ms. en cambio: ) salió de él} {( 1 ms. en cambio: ) subió y se alejó de él}. Cuando levantó los ojos hacia el cielo hacia Utu , le lloró como a su propio padre. En la cueva de la montaña levantó hacia él sus hermosas manos:


240-263. " Utu , pastor de la tierra, padre de los pelinegros, cuando te vas a dormir, el pueblo se acuesta contigo; joven Utu , cuando te levantas, el pueblo se levanta contigo. Utu , sin ti ninguna red se tiende Fuera por un pájaro, ningún esclavo es llevado cautivo. Para el que camina solo, eres su compañero fraternal; Utu , eres el tercero de los que viajan en parejas. Eres las anteojeras para el que lleva el collar. Como un vestido sagrado zulumḫi , tu sol viste al pobre y al sinvergüenza así como al que no tiene ropa; como un vestido de lana blanca cubre los cuerpos incluso de los esclavos por deudas. Como los ancianos ricos, las ancianas alaban tu sol dulcemente, hasta sus días más viejos. Tu sol es tan poderoso como el aceite. Grandes toros salvajes corren hacia adelante ". ( alude a un proverbio )

1 línea poco clara

"Héroe, hijo de Ningal , …… para ti".

2 líneas poco claras

"Hermano... su hermano. Él hace que su arado se pare en el.... La alabanza hacia ti es tan dulce que llega hasta el cielo. Héroe, hijo de Ningal , te alaban como te mereces".


264-275.El Santo Lugalbanda salió de la cueva de la montaña. Entonces el justo que consulta a Enlil ( es decir, ¿Utu ? ) hizo que nacieran plantas que salvan vidas. Los ríos ondulados, madres de las colinas, trajeron agua que salvó vidas. Mordió las plantas que le salvaron la vida, sorbió el agua que le salvó la vida. Después de morder las plantas que salvan vidas, después de beber el agua que salva vidas, aquí él solo colocó una trampa (?) en el suelo, y desde ese lugar se alejó velozmente como un caballo de las montañas. Como un solitario asno salvaje de Šakkan , se lanzó sobre las montañas. Corría como un asno grande y poderoso; un asno delgado, deseoso de correr, saltaba.


276-299.Esa noche, al anochecer, partió apresuradamente a través de las montañas, un terreno baldío a la luz de la luna. Estaba solo y, a pesar de sus agudos ojos, no se veía ni una sola persona. Con las provisiones almacenadas en cubos de cuero y en bolsas de cuero, sus hermanos y amigos habían podido hornear pan en el suelo, con un poco de agua fría. El Santo Lugalbanda había llevado las cosas desde la cueva de la montaña. Los dejó junto a las brasas. Llenó un balde... con agua. Frente a él partió lo que había colocado. Agarró las... piedras. Los golpeó repetidamente. Puso las brasas (?) en el campo abierto. El fino pedernal provocó una chispa. Su fuego brilló para él sobre la tierra baldía como el sol. Sin saber hacer pasteles, sin conocer el horno, con sólo siete carbones horneó masa giziešta . Mientras el pan se horneaba solo, arrancó cañas šulḫi de las montañas, con raíces y todo, y les despojó de las ramas. Empacó todos los pasteles como ración para un día. Sin saber hacer pasteles, sin conocer el horno, con sólo siete brasas hizo masa giziešta . Lo aderezó con sirope dulce de dátiles.


300-313.Un toro montés pardo, un toro montés de hermoso aspecto, un toro montés moviendo los cuernos, un toro montés hambriento (?), descansando, buscando con su voz los toros pardos salvajes de los cerros, el lugar puro, de esta manera masticaba šimgig aromático como si fuera cebada, trituraba la madera del ciprés como si fuera esparto, olfateaba con la nariz el follaje del arbusto šenu como si fuera hierba. Bebía el agua de los ríos, eructaba ilinnuš , la planta pura de las montañas. Mientras los toros bravos pardos, los toros bravos de las montañas, paceban entre las plantas, Lugalbanda capturó a éste en su emboscada (?). Arrancó de raíz un enebro de los montes y despojó de sus ramas. Con un cuchillo, el santo Lugalbanda recortó sus raíces, que eran como los largos juncos del campo. Ató con un cabestro el toro salvaje marrón, el toro salvaje de las montañas.


314-325.Una cabra parda y un macho cabrío, cabras pulgosas, cabras piojosas, cabras gordas (?), masticaban así šimgig aromático como si fuera cebada, trituraban la madera del ciprés como si fuera cebada. era esparto, olisqueaban con el hocico el follaje del arbusto šenu como si fuera hierba. Bebían el agua de los ríos, eructababan ilinnuš , la planta pura de las montañas. Mientras las cabras pardas y los machos cabríos paceban entre las plantas, Lugalbanda capturó a estos dos en su emboscada (?). Arrancó de raíz un enebro de los montes y despojó de sus ramas. Con un cuchillo, el santo Lugalbanda cortó sus raíces, que eran como los largos juncos del campo. Con cadenas encadenó a la cabra marrón y al macho cabrío, ambas cabras. {( 1 ms. agrega: ) ……, amontonó …….}


326-350.Estaba solo y, a pesar de sus agudos ojos, no se veía ni una sola persona. El sueño venció al rey ( es decir, Lugalbanda ): el sueño, el país de la opresión; es como una inundación imponente, como una mano que derriba un muro de ladrillos, una mano en alto, un pie en alto; cubriendo como almíbar lo que tiene delante, desbordando como almíbar sobre lo que tiene delante; no conoce supervisor ni capitán, pero es abrumador para el héroe. Y gracias al barril de madera de Ninkasi ( es decir, con la ayuda de cerveza ), el sueño finalmente venció a Lugalbanda . Puso ilinnuš , hierba pura de las montañas, como lecho, extendió una prenda zulumḫi y desdobló allí una sábana de lino blanco. Al no haber... espacio para bañarse, se conformó con ese lugar. El rey se acostó para no dormir, se acostó para soñar, sin volverse hacia la puerta del sueño, sin volverse hacia el pivote de la puerta. Al mentiroso le habla mentiras, al veraz le dice la verdad. Puede hacer feliz a un hombre, puede hacer cantar a otro, pero es la cesta cerrada de los dioses. Es la hermosa alcoba de Ninlil , es la consejera de Inana . El multiplicador de la humanidad, la voz de alguien que no está vivo: Zangara , el dios de los sueños, él mismo como un toro, bramó a Lugalbanda . Como ternero de vaca mugió:


351-360. "¿Quién matará (?) por mí un toro salvaje marrón? ¿Quién hará que se derrita su grasa por mí? Tomará mi hacha cuyo metal es estaño, empuñará mi daga que es de hierro. Como un atleta lo dejaré Traed al toro salvaje marrón, al toro salvaje de las montañas, lo dejaré como un luchador que se someta. Su fuerza lo abandonará. Cuando lo ofrezca ante el sol naciente, que amontone como granos de cebada las cabezas del la cabra parda y el macho cabrío, ambos machos cabríos; cuando haya derramado su sangre en el hoyo, dejad que su olor se disperse en el desierto, para que las serpientes alerta de los montes lo olfateen.


361-370. Lugalbanda despertó: era un sueño. Se estremeció: era sueño. Se frotó los ojos, estaba intimidado. Tomó su hacha cuyo metal era de estaño, empuñó su daga que era de hierro. Como atleta se llevó al toro bravo pardo, al toro bravo de las montañas, como luchador lo hizo someter. Su fuerza lo abandonó. Lo ofreció ante el sol naciente. Amontonó como granos de cebada las cabezas de la cabra parda y del macho cabrío, ambas de las cabras. Derramó su sangre en el hoyo y su olor se extendió por el desierto. Las alertas serpientes de las montañas lo olfatearon.


371-393.Mientras salía el sol..., Lugalbanda , invocando el nombre de Enlil , hizo que An , Enlil , Enki y Ninḫursaĝa se sentaran a un banquete en el pozo, en el lugar en las montañas que él había preparado. Se preparó el banquete, se sirvieron las libaciones: cerveza oscura, bebidas alcohólicas, cerveza clara y vino para beber agradable al paladar. Sobre la llanura derramó agua fría a modo de libación. Puso el cuchillo en la carne de las cabras marrones y asó allí los hígados oscuros. Dejó que su humo subiera allí, como incienso puesto en el fuego. Como si Dumuzid hubiera traído los buenos sabores del corral del ganado, An , Enlil , Enki y Ninḫursaĝa consumieron la mejor parte de la comida preparada por Lugalbanda . Como el lugar brillante de fuerza pura, el altar sagrado de Suen , ……. Encima del altar de Utu y el altar de Suen ……, decoró los dos altares con el lapislázuli…… de Inana . Suen ……. Bañó al a-an-kar . Cuando hubo bañado el..., dispuso todos los pasteles correctamente.


394-432.( Descripción de los demonios ) Hacen…… Enki , padre de los dioses; ellos son……, ellos……; Como una ristra de higos goteando delicias, cuelgan los brazos. Son gacelas de Suen corriendo en vuelo, son las finas y suaves telas de Ninlil , son los ayudantes de Iškur ; amontonan lino, amontonan cebada; son animales salvajes alborotados, descienden como una tormenta sobre una tierra rebelde odiada por Suen , de hecho, descienden como una tormenta. Se acuestan durante todo el largo día, y durante la corta noche entran …… casas (?); durante el largo día, durante la corta noche se acuestan en las camas……, dan……. En plena noche ellos……, en la brisa…… golondrinas de Utu ; entran en casa tras casa, miran calle tras calle, son conversadores, son contestadores de conversadores, buscan palabras con una madre, responden a una gran dama; se acurrucan al lado de la cama, golpean..., cuando el negro... es robado, abandonan... las puertas y mesas de los humanos, cambian..., atan los pivotes de las puertas. El héroe que……, Utu quien……, el heroico joven Utu de la buena palabra

2 líneas confusas

el encantamiento…… del joven Utu , que los Anuna , los grandes dioses, no conocen, desde ese momento……,

3 líneas poco claras


433-461.Los ancianos sabios de la ciudad……

1 línea confusa

el encantamiento…… del joven Utu , que los Anuna , los grandes dioses, no conocen,

5 líneas confusas

pueden entrar en la presencia de Utu , de Enlil , dios de el……, el hijo barbudo de Ningal ……; le dan a Suen ……, confirman con su poder el destino de las tierras extranjeras. En plena noche conocen al jabalí negro, al mediodía a Utu …… él puede …… su encantamiento,

3 líneas poco claras

Entran antes que An , Enlil , ……, Inana , los dioses; saben……, miran……, ellos…… en la ventana; la puerta de la montaña resplandeciente, el cerrojo de la montaña resplandeciente;

4 líneas poco claras

están ahí...,

1 línea poco clara


462-484.Persiguen a …… Inana ……, quienes son favorecidos por el corazón de Inana , quienes están en la batalla, son las catorce antorchas de la batalla ……, a medianoche ellos ……, en plena noche persiguen como la pólvora, en una banda ellos brillan juntos como relámpagos, en la urgente tormenta de la batalla, que ruge con fuerza como una gran inundación que se levanta; los que son favorecidos en el corazón de Inana , los que están en la batalla, ellos son las siete antorchas de la batalla……; están de pie alegremente mientras ella lleva la corona bajo un cielo despejado, con sus frentes y sus ojos son una tarde clara. Sus orejas…… una barca, con sus bocas son jabalíes reposando en un matorral de juncos; están en el fragor de la batalla, con su fuerza vital ellos...,

1 línea poco clara

quiénes son favorecidos en el corazón de Inana , quiénes están en la batalla, por Nintur del cielo son numerosos, por la vida del cielo que poseen... ; la sagrada y brillante maza de batalla llega hasta el borde del cielo y la tierra,... llega.

1 línea poco clara


485-499.Cuando Utu sale de su cámara, la sagrada maza de batalla de An ……, el dios justo que yace junto a un hombre; son dioses malvados con corazones malvados, son …… dioses. Son ellos, como Nanna , como Utu , como Inana de los cincuenta poderes divinos,……en el cielo y en la tierra……; ellos son los intérpretes de la maldad hablada, los espías de la justicia,

2 líneas confusas

... un cielo despejado y numerosas estrellas,

1 línea confusa

... cedros frescos en las montañas de cipreses,... una red de batalla desde el horizonte hasta el cenit,

desconocido no. de líneas faltantes


Segmento B

( es posible que este fragmento no pertenezca a la misma composición )

1-7.

7 líneas poco claras

desconocido no. de líneas faltantes para terminar