martes, 16 de abril de 2024

Gerardo Diego, Tranvía (de Limbo, 1951)

         TRANVÍA


El gusano de cables

va hilando su camino


                            Y sobre la bitácora

                            un experto marino

            juega a los barquillos en la rosa náutica


Las estrellas medrosas

deshojadas y rotas

huyendo del huracán

vienen a refugiarse en nuestras gavias


Se oyen morir extáticas las olas

                                en la playa desierta


                        De repente notamos

                que alguien nos ha robado

          Buscamos la memoria y no la hallamos


No tengas miedo


                        Sobre las nubes

                        imantadas de relámpagos

            Elías       cruza     en     su     tranvía     eléctrico

Luis Alberto de Cuenca, Los dos Marcelos

   LOS DOS MARCELOS


A la memoria de Gabriel


En abril de este año hablé con Bioy Casares.

Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años

llamó pesado a Proust,

y que en una Postdata al mismo prólogo,

escrita veinticinco años después,

cantó la palinodia:

«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?

Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,

pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.

Yo le dije que Proust me aburría,

que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.

Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue

como si fuera una novela policíaca,

que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,

como a todo el mundo sensato.

No he seguido el consejo de A.B.C.

Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,

que es cuando se dice la verdad.

Yo no quiero dejar de ser joven.

No soporto la idea de que cualquier enciclopedia

dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.

No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.

Luis Alberto de Cuenca, El libro de Monelle

    EL LIBRO DE MONELLE


Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.

Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.

Pero el relieve acecha en forma de una puta

a la que lo conduce, una noche, el azar.


Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,

silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.

Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos

que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.


En sus brazos Marcel olvida que mañana

citó en la biblioteca a su amigo Villon.

Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,

de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.


Qué tres soberbios años de amor irresistible

aguardan al judío en la paz del burdel.

El cielo de París aún retiene sus vanas

promesas y las tiernas caricias de Louise.


Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis

y Marcel languidece, privado de su sol.

«No queda más remedio que volver a los libros»,

se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.

Luis Alberto de Cuenca, Línea clara

   LÍNEA CLARA


Dicen que hablamos claro, y que la poesía

no es comunicación, sino conocimiento,

y que sólo conoce quien renuncia a este mundo

y a sus pompas y obras —la amistad, la ternura,

la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,

el humor y la fe, la lealtad, la envidia,

la esperanza, el amor, todo lo que no sea

intelectual, abstruso, místico, filosófico

y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo—.

Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos

de lo claro que hablamos, y que la gente entiende

nuestros versos, incluso la gente que gobierna,

lo que trae consigo que tengamos acceso

al poder y a sus premios y condecoraciones,

ejerciendo un servil e injusto monopolio.


Dicen, y menudean sus fieras embestidas.

Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.

Luis Alberto de Cuenca, Carmen en estos casos se supera

    GUDRÚNARKVIDA


Carmen en estos casos se supera.

Se dispone a sufrir sin una lágrima.


No se golpea el pecho con las manos,

ni gime, ni los ojos se le nublan.


A su lado se sientan sus amigas,

todas muy maquilladas, con modelos

exclusivos y oscuros, lamentando

la muerte de Ricardo entre sollozos;

Carmen está tan triste que no llora.


Tanto dolor le sube a la cabeza

que no sabe qué hacer para alojarlo.

Mientras, María rompe el fuego y dice:

«No sé si va a servirte de consuelo,

pero he sufrido mucho en esta vida.

Mi familia murió en un accidente

de coche, en pleno estado de embriaguez:

mis dos maridos, hijos, hijas, todos.

Me he quedado solísima en el mundo».

Como Carmen seguía sin llorar,

habló Julia, la de ojos transparentes,

y entre lágrimas dijo estas palabras:

«Más he sufrido yo. Mis siete hijos

murieron peleándose entre ellos

y mis padres se ahogaron en la playa

el verano pasado, uno tras otro.

Yo sola preparé los funerales

y encargué las guirnaldas de sus tumbas.

Para mí ya no existe la alegría».

Marta la triste habló, sumida en llanto:

«A mí me odia Fernando, pero teme

quedarse sin dinero si me deja.

Sale con una chica, últimamente,

que no ha cumplido aún los veinte años.

Me obliga a descalzarla cuando viene

y a servirle en la cama el desayuno.

¡No puedo más de fiestas y de drogas

y de esa horrible gente de la noche!»


Pero Carmen no llora. Se levanta,

quita la tela que cubría al muerto,

ve el pelo enmarañado por la sangre,

ve los brillantes ojos apagados,

ve el pecho roto, las mejillas frías,

los labios negros y los pies blanquísimos,

ve el despojo que ayer fuera Ricardo.

Y Carmen ya no puede seguir viendo.

Cae hacia atrás, como si aquello fuese

a desaparecer si no lo mira,

y sus amigas corren a atenderla.

Y cuando su cabeza se refugia

en un cojín que apunta al cielo raso,

no puede evitar Carmen que una lágrima,

una caliente lágrima de amor,

resbale de sus ojos.

Luis Alberto de Cuenca, El otro barrio de Salamanca

       EL OTRO BARRIO DE SALAMANCA


Debajo de los parkings hay mundos subterráneos

que muy pocos conocen. Los habita una raza

de príncipes y reyes, de bardos y de brujos.

¡Subsuelo de las calles de Velázquez y Goya!


¡Océanos secretos de aguas centelleantes

bajo Lista y Serrano, Jorge Juan y Hermosilla!

¡Cúpulas, altas torres de ciudades de plata!

¡Palacios encantados, templos de mármol negro

debajo de la calle Don Ramón de la Cruz!

¡Odaliscas ocultas bajo las tuberías

del gas, en el asiento de la calle de Ayala!


Conozco a una doncella de ese mundo perdido

que me envía señales de humo por teléfono.

No consigue olvidar la ciencia de mis manos.

Luis Alberto de Cuenca, La venus de Willendorf

     LA VENUS DE WILLENDORF


Entre las chicas norteamericanas

que estudian español en la academia

de enfrente de tu casa, hay una gorda

que es igual que la Venus de tus sueños.

Bajo una camiseta de elefante

que pone «University of Indiana

(Jones)» y unos pantalones de hipopótamo,

se mueve por el mundo con el arte

que le da su ascendencia mitológica.

Hace ya varios días que vigilo

desde el balcón su cuádruple barbilla

y el sol dorado de su cabellera.

Hace ya varios días que le envío,

cuando se pone a tiro de mis ojos,

dardos de amor y flechas de deseo.

Pero no llegan nunca a su destino.

Luis Alberto de Cuenca, Soneto del amor de oscuro

De Luis Alberto de Cuenca, en su El otro sueño (1987) 

SONETO DEL AMOR DE OSCURO


La otra noche, después de la movida,

en la mesa de siempre me encontraste

y, sin mediar palabra, me quitaste

no sé si la cartera o si la vida.


Recuerdo la emoción de tu venida

y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,

recordar el amor que me dejaste

y olvidar el tamaño de la herida!


Muerto o vivo, si quieres más dinero,

date una vuelta por la lencería

y salpica tu piel de seda oscura.


Que voy a regalarte el mundo entero

si me asaltas de negro, vida mía,

y me invaden tu noche y tu locura.