lunes, 7 de agosto de 2023

Marginalia, de Edgar Alan Poe

Excerpta de los Marginalia de Edgar Allan Poe


IX

 Un vigoroso argumento en favor del cristianismo es el siguiente: los pecados contra la Caridad son probablemente losúnicos que, en su lecho de muerte, los hombres llegan a sentir —y no meramente a comprender —como crímenes.

XIII

 Infinidad de errores se abren camino en nuestra filosofía por la costumbre del hombre de considerarse tan sólociudadano del mundo —de un planeta individual— en vez de contemplar ocasionalmente su posición comocosmopolita, como habitante del universo.

XXI

 ¿Qué puede ser más tranquilizador para el orgullo y la conciencia de un hombre, que la convicción de que al vengarsede sus enemigos por la injusticia cometida con él, no tiene más que responder haciéndoles justicia?

XXXV

 En el cuento propiamente dicho —donde no hay espacio para desarrollar caracteres o para una gran profusión yvariedad incidental—, la mera construcción se requiere mucho más imperiosamente que en la novela. En esta última,una trama defectuosa puede escapar a la observación, cosa que jamás ocurrirá en un cuento. Empero, la mayoría denuestros cuentistas desdeñan la distinción. Parecen empezar sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por logeneral, sus finales —como otros tantos gobiernos de Trínculo—, parecen haber olvidado sus comienzos.

XXXVII

 Mozart dijo en su lecho de muerte que "empezaba a ver lo que podía hacerse en música". Cabe esperar que De Meyery el resto de los espasmódicos empiecen eventualmente a comprender lo que no puede hacerse en esta ramaparticular de las bellas artes.

XLI

 Si a algún hombre ambicioso se le ocurriera revolucionar, con un solo esfuerzo, el mundo del pensamiento humano, dela opinión humana y del humano sentimiento, la oportunidad está al alcance de su mano; el camino del renombreinmortal es directo y se abre sin obstáculos a sus pies. Todo lo que ha de hacer es escribir y publicar un librito. Su títuloserá sencillo, unas pocas y llanas palabras: "Mi corazón al desnudo". Pero este librito deberá ser fiel a su título.Ahorabien, ¿no es muy singular que con la rabiosa sed de notoriedad que distingue a tantos humanos, a tantos a quienes seles importa un ardite lo que se piense de ellos después de muertos, no sea posible encontrar uno solo lo bastantetemerario como para escribir este librito? Digo: escribir. Hay diez mil hombres que una vez escrito el libro, se reirían ala sola idea de que su publicación pudiera molestarlos en vida, y que ni siquiera concebirían por qué su publicación

 

póstuma habría de ser vedada. Pero escribirlo... ahí está la cosa. Nadie se atreve a escribirlo. Nadie se atreverá. Nadiepodría escribirlo, aunque se atreviera. El papel se arrugaría y ardería a cada toque de la ígnea pluma.

XLII

 Todo lo que el hombre de genio demanda para exaltarse es materia espiritual en movimiento. No le interesa haciadónde tiende el movimiento —sea a su favor o en contra—, y la materia en sí carece por completo de importancia.

XLIII

 Para conversar bien necesitamos el frío tacto del talento; para disertar bien, el brillante abandon del genio. Empero, loshombres de altísimo genio disertan a veces muy bien y a veces muy mal; bien, cuando tienen tiempo sobrado, ampliocampo y un oyente comprensivo; mal, cuando temen las interrupciones y los fastidia la imposibilidad de agotar el temaen una conversación. El genio parcial es intermitente, fragmentario. El auténtico genio tiembla ante lo incompleto, laimperfección y, por lo regular, prefiere el silencio antes de decir aquello que no es todo lo que debería decirse. Está tancolmado por su tema que se queda callado, primero por no saber cómo empezar, allí donde parece haber eternamenteun comienzo detrás de otro, y segundo, al percibir que su verdadero fin se halla a distancia tan infinita. A veces,abordando una cuestión, se equivoca, vacila, se interrumpe, se apresura, y como ha sido arrollado por la rapidez y lamultiplicidad de sus pensamientos, sus oyentes sonríen irónicamente ante su inhabilidad para pensar. Un hombre tal sehalla en su elemento en esas "grandes ocasiones" que confunden y humillan el intelecto medio.De todos modos, lainfluencia del conversador sobre la humanidad, mediante su conversación, es más marcada que la del disertante consu disertación; este último diserta invariablemente mejor con la pluma. Y los buenos conversadores son más raros quelos disertantes respetables. De estos últimos conozco muchos, pera sólo cinco o seis de los primeros, entre los cualesrecuerdo en este momento a Mr. Willis, Mr. J. T. S. Sullivan, de Filadelfia; Mr. W. M. R., de Petersburg, Va., y la señoraS...d, en un tiempo en Nueva York. La mayoría de los conversadores nos inducen a maldecir nuestra estrella por nohabernos hecho nacer en el pueblo, africano mencionado por Eudoux, el de aquellos salvajes que, por carecer de bocano la abrían jamás, naturalmente. Y, sin embargo, si a ciertas personas que conozco lse faltara la boca, se lasarreglarían para charlarlo mismo..., tal como lo hacen hoy: por la nariz.

XLVIII

 "Esa sonrisa dulce y serena, esa sonrisa que sólo puede verse en el rostro de los moribundos y los muertos" (BulwerLytton, Ernest Maltravers).Bulwer no es hombre de mirar los hechos cara a cara. Prefiere sentimentalizar sobre un errorgrosero aunque pintoresco. ¿Quién ha visto, en realidad, otra cosa que el horror en la sonrisa de los muertos?. Perodeseamos ardientemente imaginarla "dulce", y ésa es la fuente del engaño si es que en el fondo hay engaño.

LVII

 Creo que los olores poseen una fuerza sumamente peculiar, afectándonos mediante la asociación; su fuerza difiereesencialmente de la de los objetos que apelan al tacto, el sabor, la vista o el oído.

LXXII

 Ver con claridad la maquinaria —las ruedas y engranajes— de una obra de arte es, fuera de toda duda, un placer, peroun placer que sólo podemos gozar en la medida de que no gozamos del legítimo efecto a que aspira el artista. Y, dehecho, con demasiada frecuencia sucede que toda reflexión analítica sobre el arte equivale a reflejar a la manera delos espejos del templo de Esmirna, que representan deformadas las más bellas imágenes .

LXXXIII

 

 

Me he entretenido a veces tratando de imaginar cual sería el destino de un individuo dueño (o más bien víctima) de unintelecto muy superior a los de su raza. Naturalmente tendría conciencia de su superioridad, y no podría impedirse (siestuviera constituido en todo lo demás como un hombre) de manifestar esa conciencia. Así se haría de enemigos entodas partes. Y como su opiniones y especulaciones diferirían ampliamente de las de toda la humanidad, no cabe dudade que lo considerarían loco. ¡Cuán horrible resultaría semejante condición! El Infierno es incapaz de inventar unatortura peor que la de ser acusado de debilidad anormal por el hecho de ser anormalmente fuerte.De la misma maneraes evidente que un espíritu muy generoso, —que sintiera de verdad lo que todos fingen sentir— debería ser mal juzgado en todas partes, y mal interpretados sus motivos. Así, como el colmo de la inteligencia sería consideradofatuidad, así el exceso de caballerosidad no dejaría de ser entendido como bajeza en último grado; y lo mismo todaslas virtudes restantes. Que ciertos hombres hayan sobrepasado el nivel de su raza es cosa de la que apenas cabedudar; pero al buscar en la historia las huellas, de su existencia deberíamos dejar de lado las biografías de los "buenosy los grandes" mientras examinamos cuidadosamente los escasos datos sobre ciertos miserables que murieron en lacárcel, el manicomio o el patíbulo.

LXXXV

 Tengo ante mí un libro cuyo rasgo más notable es la pertinacia con la cual "Monarca" y "Rey" aparecen escritos conmayúscula. Parece ser que el autor ha sido presentado recientemente a la corte. Presumo que en el futuro empleará lad minúscula toda vez que le toque infortunadamente hablar de su Dios.

XCV

 "El artista pertenece a su obra, no la obra al artista" (Novalis). En nueve casos sobre diez, tratar de extraer sentido deun apotegma alemán es perder el tiempo; a decir verdad, se puede extraer cualquiera y todos los sentidos. Si en lafrase citada se intenta afirmar que el artista es esclavo de su tema y debe conformarlo a sus pensamientos, no meatrae la idea, que en mi opinión nace de un intelecto esencialmente prosaico. En manos del artista auténtico, el tema, la"obra" no es sino una masa de arcilla, con la cual —según el tamaño de la masa y la calidad de la arcilla— puede dehacerse cualquier cosa a voluntad o de acuerdo con la habilidad del artesano. La arcilla, pues, es el esclavo del artista.Le pertenece. Claro está que el genio de éste se manifiesta claramente en la elección de la arcilla. No debe ser ni finani gruesa, en teoría, sino lo bastante fina o gruesa, lo bastante plástica o rígida, como para servir mejor a los fines de lacosa a crear, de la idea a realizar, o, más exactamente, de la impresión a producir. Hay artistas, empero, a quienessólo agrada el material más fino, y que por tanto sólo producen los vasos más finos. Por lo regular son muytransparentes y excesivamente frágiles.

XCVI

 Dígase a un pillo, tres o cuatro veces al día, que es el colmo de la probidad, y se conseguirá por lo menos que sea,voluntariamente, de una perfecta "respetabilidad". Por otra parte acúsese obstinadamente a un hombre honorable deser un pillo, y se lo llenará del perverso deseo de mostrar que la acusación no es enteramente infundada.

XCVII

 Los romanos adoraban sus estandartes, y el estandarte romano era un águila. El nuestro vale tan sólo un décimo deáguila —un dólar—, pero nos arreglamos para equipararlo adornándolo con decuplicada devoción.

CLXXX

 La enorme multiplicación de libros en cualquier rama del conocimiento es uno de los grandes males de la época,puesto que constituye uno de los mayores obstáculos a la adquisición de informaciones correctas, poniendo en el

 

camino del lector enormes pilas de trastos, entre los cuales debe abrirse camino a tientas, en busca de fragmentosútiles diseminados aquí y allá.

CLXXXVIII

 El carterista común hurta una cartera y la cosa acaba ahí. Jamás irá a jactarse abiertamente de haberla robado, nisometerá a la persona agraviada a la acusación de ser ella quien ha cometido él robo. Por eso resulta mucho menosodioso que el ladrón de bienes literarios. Nos parece imposible imaginar espectáculo más repugnante que el delplagiario que se pasea entre los hombres con aire arrogante y que siente latir orgullosamente su corazón ante losaplausos que, en su conciencia, sabe que corresponden a otro. La pureza, la nobleza, la espiritualidad de la justa famay su contraste con la grosera vulgaridad del robo muestran el pecado de plagio bajo su luz más detestable. Horrorizadescubrir en un mismo pecho la sed exaltadora de la fama y la degradante propensión al robo. Tal anomalía, taldiscordancia ofenden groseramente.

CCIV

 Los swedemborgianos me informan haber descubierto que todo lo dicho por mí en un artículo titulado Revelaciónmesmérica es absolutamente verdadero, si bien al principio se sentían inclinados a dudar de mi veracidad de la cual,en este caso particular, yo hubiera sido el primero en dudar, puesto que la historia es una pura ficción del principio alin.

CCXI

 El lema de los Estados Unidos, E pluribus unum, comporta quizá una astuta alusión a la definición que dio Pitágoras dela belleza: la reducción de lo plural a lo uno.