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domingo, 3 de marzo de 2024

El cementerio de la aldea, de Thomas Gray

 "El cementerio de la aldea"​ de Thomas Gray (1716-1771)

Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas (1889).


Ya de la queda el toque reposado

Anuncia el fin del moribundo día,

Y por la loma el mugidor ganado

Camina lentamente á la alquería.


El cansado gañán por el sendero

Toma á su pobre choza con premura,


Y abandonando el universo entero

A mí lo deja y á la noche oscura.


Turbio, indistinto miro por doquiera

Borrarse ya el paisaje antes hermoso:

El viento duerme; en derredor impera

Quietud solemne, funeral reposo.


Y sólo se oye el vuelo y el zumbido

De la cigarra en los pelados cerros,

Y del rebaño en el lejano ejido

El soñoliento son de los cencerros;


O ya, de aquella torre que abrazada

La hiedra tiene con verdor lascivo,

Que alza á la luna blanca y argentada

Su amarga queja el buho pensativo,


Contra los que profanos y atrevidos

Quebrando con sus pasos el misterio

De estos bosques hojosos y escondidos,

Turban su antiguo y solitario imperio.


Bajo de aquellos álamos nudosos,

Del tejo melancólico á la sombra

Donde se alza en mogotes numerosos

El césped verde en desigual alfombra,


En su estrecha morada colocados

Bajo la humilde cruz que allí campea,

Descansan sin afanes ni cuidados,

Los rústicos abuelos de la aldea.


El leve soplo, el plácido gemido

Del viento en la aromática mañana;

La golondrina en el pajizo nido

Sus dulces trinos repitiendo ufana;


La aguda voz del gallo vigilante,

La ronca trompa y el clarín risueño,

No alcanzarán ya más un solo instante

A despertarlos de su eterno sueño.


No más para ellos el hogar sagrado

Dará su alegre fuego en el invierno,

Ni de la esposa el sin igual cuidado

Les mostrará su afán y afecto tierno;


Ni sus niños con pláticas sencillas

Esperarán con mágico embeleso,

Para trepar después á sus rodillas

Y disputar el envidiado beso.


¡Cuántas veces la espiga ya madura

Dobló á sus hoces la cerviz dorada!

¡Cuántas otras la gleba inerte y dura

Rompió su reja y quebrantó su azada!


¡Oh, cuál gozaban al lanzar con brío

En el abierto surco el rubio grano!

Y cómo resonaba el monte umbrío

Del hacha al golpe en su robusta mano!


No la ambición se mofe envanecida

Con insultante risa y gesto duro.


De los humildes goces de su vida,

Y destino pacífico y oscuro.


Ni escuche desdeñosa la grandeza,

A quien ciegos adoran los mortales,

Torciendo con desprecio la cabeza,

Del pobre los domésticos anales.


El fausto de alta alcurnia, el gran tesoro,

Y del poder la pompa soberana,

Y cuanto la hermosura y cuanto el oro

Dar han podido á la ambición humana,


Todo tiene la misma triste historia,

Todo en un mismo fin acaba y cesa,

Y la senda brillante de la gloria

Sólo conduce á la profunda huesa.


Ni los culpéis ¡oh vanos y orgullosos!

Si sus tumbas no adorna un monumento

Con trofeos lucidos y vistosos

Que á la voz de la fama den aliento.


En vasto templo, al esplendor radiante

De la luz que refleja en jaspe y oro,

Donde en la inmensa nave resonante

Se oye el clamor del órgano sonoro.


¿Pueden marmóreo busto, urna esculpida.

En donde el arte sus primores vierte,

Volver á dar respiración y vida

Al que duerme en el seno de la muerte


¿Pueden vagos y estériles honores

A esos huesos tornar su antiguo brío,

Y hacerse oír los ecos seductores

De la lisonja, en el sepulcro frío?


Talvez en ese sitio despreciado

Descansa un corazón noble y hermoso,

De sacro fuego celestial colmado,

Y lleno de entusiasmo generoso.


Talvez se pudren manos que pudieran

Regir el cetro augusto dignamente,

Que si las cuerdas de la lira hirieran,

Excitaran un éxtasis ferviente.


Pero á sus ojos el saber divino

Que guarda de los tiempos el tesoro,

Ni abrió su libro, ni mostró el camino

Que guía adonde crece el lauro de oro.


Su altiva inspiración con ceño adusto

Heló la triste y mísera pobreza,

Y la suerte secó con soplo injusto

El raudal que les dio naturaleza.


¡Cuánta perla gentil, rica y lozana.

De puro brillo y esplendor sereno,

Vedada siempre á la codicia humana

Guarda la mar en su profundo seno!


¡Ay, cuánta flor ostenta sus primores

En retirado valle sola y triste,


Y en medio de su aroma y sus colores

Nadie la mira y para nadie existe!


Aquí talvez un Hampden campesino

Yace, cuyo vigor y noble celo

Supieron contener en su camino

De la aldea al soberbio tiranuelo;


Algún oscuro Milton escondido

Cuya alma no inflamó fuego sagrado;

Un Cromwell para el mal desconocido,

Y de la sangre patria no manchado.


El aplauso arrancar con elocuencia

De un Senado suspenso á sus acentos,

Despreciar con heroica indiferencia

La flecha del dolor y los tormentos;


Sobre un país risueño y delicioso

Derramar la abundancia sin medida,

Leer su historia escrita en el gozoso

Rostro de una nación agradecida,


La suerte les vedó. Ceñidas fueron

Sus virtudes á límites estrechos,

Ni más allá sus faltas se extendieron

Del corto asilo de sus pobres techos.


Ni por sendas de víctimas cubiertas

Subieron á la cumbre soberana,

Ni de la tierna compasión las puertas

Cerraron nunca á la miseria humana.


Ni supieron ahogar con agonía

De la conciencia el grito penetrante,

Ni el incienso de dulce poesía

Rendir ante el altar del arrogante.


Lejos del mundo vil que despreciaron

Y de su hueco orgullo y desvarío,

Sus modestos deseos los salvaron

De locura, de error y de extravío.


Y por los valles frescos y frondosos

De la humana existencia, en el retiro,

Siguieron su camino silenciosos

Hasta exhalar el postrimer suspiro.


Mas para proteger de insulto impío

Estos huesos, aun miro levantadas

Pobres memorias que su polvo frío

Cubren con tosca gala ornamentadas.


Y contemplo en sus verdes sepulturas

Que cuidó amiga mano con esmero,

Rudos versos, informes esculturas

Que mueven á piedad al pasajero.


Una rústica Musa aquí ha grabado

Sus nombres y su edad, breve memoria

Que sustituye al canto levantado,

Y al rumor de la fama y de la gloria.


Y veo en otras piedras, entretanto

Que estas tristes reliquias examino,


Textos que nos ofrece el Libro Santo

Y enseñan á morir al campesino.


Porque ¿quién al mirarse condenado

A amarga soledad y eterno olvido,

Del todo y para siempre ha renunciado

A recordar las horas que ha vivido?


¿Quién, al perder el gozo y la alegría

Del claro sol y del brillante cielo,

No lanzó una mirada en su agonía

Y no tornó sus ojos hacia el suelo?


¡Ay! cuando el alma su morada deja,

Pide tierno cariño en su quebranto,

La turbia vista en lamentable queja

Demanda el dón de compasivo llanto.


Hasta en el fondo de la tumba helada

Su augusta voz levanta la Natura,

Y en las yertas cenizas abrigada

La llama está de amor y de lernura.


Tú, que haciendo memoria de los muertos

Sin honor á la tierra encomendados,

En estos versos, si sencillos, ciertos,

Sus vidas cuentas é inocentes hados;


Si un corazón simpático, embebido

Y á solas meditando aquí llegare,

Y por la suerte y fin que te ha cabido

Con cariñoso anhelo preguntare;


Talvez responda á su demanda pía

Un anciano pastor con triste acento:

"Aquí mil veces al rayar el día

Satisfecho le vimos y contento;


"Ya hollando con sus pasos presurosos

El rocío, á la brisa matutina,

Para gozar los rayos deliciosos

Del sol naciente en la gentil colina;


"O del flexible fresno al pie sentado,

Cuyas raíces viejas y torcidas

Se extienden caprichosas por el prado

En la grama vivaz entretejidas;


"De la mañana pura al fresco ambiente,

A la margen del plácido arroyuelo,

Contemplando el cristal de la corriente

Que retrata los árboles y el cielo.


"Ora en el bosque umbroso recostado

Con amargo desprecio sonreía,

Ora en sus pensamientos abismado

Los solitarios campos recorría;


"En ocasiones grave, en otras ledo.

Siempre en continua y desigual mudanza,

Ya inspirando piedad, ya horror y miedo,

Como herido de amor sin esperanza.


"Un día en la colina acostumbrada

Le perdimos de vista, y le buscámos,


Y la pradera verde y esmaltada

Y el árbol favorito visitamos.


"Y corrió un día más, y ni á la orilla

Del arroyo fugaz que frecuentaba,

Ni en el valle profundo que se humilla,

Ni en el alto collado se encontraba.


"Hasta que al otro, en procesión doliente

De la campana al son, con triste llanto,

Le vimos conducido lentamente

Por la senda que guía al campo santo.


"Acércate, y pues sabes, su destino

Leerás en la inscripción que ves escrita

En esa losa, bajo el viejo espino

Cuya desnuda copa el viento agita."


EPITAFIO


Aquí reposa, y la cansada frente

Reclina de la tierra sobre el seno,

Un mancebo ignorado de la gente,

A la Fortuna y á la Fama ajeno.


Su pobre cuna, y de su infancia el llanto

La ciencia no miró ceñuda y fría,

Y sobre él al nacer tendió su manto

La santa y celestial Melancolía.


Fué su alma noble y pura; fué sincero

Su corazón, y su piedad inmensa;


Y el cielo favorable y lisonjero,

Le concedió abundante recompensa.


De una sentida lágrima el consuelo—

Y era cuanto tenía— dio al mendigo;

Y mereció de la piedad del cielo—

Y era cuanto anhelaba— un buen amigo.


No su virtud y méritos explores

Escudriñando con afán curioso,

Ni pretendas sus frágiles errores

Sacar de este recinto pavoroso.


Los ha pesado en imparcial balanza

De la justicia el inflexible brazo,

Y reposan con trémula esperanza

De su padre y su Dios en el regazo.

domingo, 10 de enero de 2016

El famoso soneto "Night and Death", "Noche y Muerte" de José María Blanco White

[Aquí el soneto original en inglés, y diferentes traducciones al español más abajo del famoso soneto del poeta y erudito prerromántico español José María Blanco White:]


The Bijou Annual, 1828:

Night and Death     

Night and Death, by the Rev. Joseph Blanco White

Dedicated to Samuel Taylor Coleridge, Esquire. By his sincere friend, Joseph Blanco White.
              

              MYSTERIOUS night, when the first man but knew
          Thee by report, unseen, and heard they name,
          Did he not tremble for this lovely frame,
          This glorious canopy of light and blue?
             
              Yet ‘neath a curtain of translucent dew 
          Bathed in the rays of the great setting flame,
          Hesperus, with the host of heaven, came,
          And lo! creation widened on his view!
              
              Who could have thought what darkness lay concealed
          Within thy beams, oh Sun? Or who could find,
          Whil’st fly, and leaf, and insect stood revealed,
          That to such endless orbs thou mad’st us blind?

              Weak man! Why to shun death, this anxious strife?
          If light can thus deceive, wherefore not life?

LA NOCHE Y LA MUERTE

[Traducción de Juan Aguilar, Yolanda Morató, Justo Navarro, Antonio Rivero Taravillo y Jenaro Talens, alguno de ellos o todos colaboraron]

    ¡Oh, Noche misteriosa! Cuando Adán,
oyó tu nombre aún sin conocerte,
¿nunca lo estremeció tanta belleza,
este hermoso dosel de luz y azul?

    Mas tras de un claro velo de rocío,
bañado por las llamas del poniente,
Héspero vino con celeste séquito,
¡y vio que se ensanchaba la creación!

    ¡Cómo saber qué sombras escondías
con tus rayos, oh Sol, o imaginar,
a la vista de insectos, moscas y hojas,

    que orbes ilimitados ocultabas!
¿Con la muerte porfías, hombre débil?
¿Así engaña la luz, y no la vida?
—————————————————-

Noche y muertepor José María Blanco White. [2 versiones de Fernando G. Toledo, 2002]

(Versión 1)

    Noche extraña, cuando el hombre primero
Supo sin conocerte que vendrías,
¿Tembló al mirar el marco que ofrecías,
Temió perder su toldo azul entero?

    Pero, bajo el rocío duradero,
llegó Héspero cuando el ocaso ardía,
¡y lo creado en sus ojos crecía,
con las huestes del cielo justiciero!

    ¡Oh Sol, quién descubrir así pudiera
la oscuridad en tu rayo emboscada!
¡O quién adivinar que está escondida

    en las hojas e insectos la ceguera!
¡Débil criatura! La muerte no es nada.
Si engaña la luz, ¿por qué no la vida?
———————————————————-
(Versión 2)

    Extraña noche: cuando    tuvo el hombre reporte
de ti, sin verte supo,     o le fue revelado,
¿tembló tal vez por este     admirable bordado,
este brillante, azul,     y glorioso soporte?

    Mas traído en un velo     de gotas su transporte,
Por el ardiente fuego     del ocaso bañado,
Con la hueste del cielo     ya Héspero ha llegado:
¡Su vista la creación     del sur extiende al norte!

    ¡Quién iba a sospechar     que había oscuridad
Entre tus rayos, Sol!     ¡O entrever la verdad
oculta entre las moscas,     los insectos, las hojas,

    La ceguera del orbe     a la que nos arrojas!
¡Débil hombre! ¿Por qué     negar la muerte tienta?
¿No engañará la vida     si la luz aparenta?

 ———————————————————–


El sol y la vida. Versión de Alberto Lista, 1837

    ¡Oh noche! Cuando a Adán fue revelado
quién eras, y aun no vista, oyó nombrarte,
¿no temió que enlutase tu estandarte
el bello alcázar de zafir dorado?

    Mas ya el celaje etéreo, blanqueado
del rayo occidental, Héspero parte;
su hueste por los cielos se reparte,
y el hombre nuevos mundos ve admirado.

    ¡Cuánta sombra en tus llamas ocultabas,
oh Sol! ¿Quién acertara, cuando ostenta
la brizna más sutil tu luz mentida,

    esos orbes sin fin que nos velabas?
¡Oh mortal! Y ¿el sepulcro te amedrenta?
Si engañó el Sol, ¿no engañara la vida?
———————————————————————

La noche. Versión de Rafael Pombo, antes de 1882

    Al ver la noche Adán por vez primera
que iba borrando y apagando el mundo,
creyó que, al par del astro moribundo,
la Creación agonizaba entera.

    Mas luego, al ver lumbrera tras lumbrera
dulce brotar y hervir en un segundo
universo sin fin… vuelto en profundo
pasmo de gratitud, ora y espera.

    Un sol velaba mil; fue un nuevo Oriente
su ocaso; y pronto aquella luz dormida
Despertó al mismo Adán, pura y fulgente.

    …¿Por qué la muerte al ánimo intimida?
Si así engaña la luz tan dulcemente,
¿por qué no ha de engañar también la vida?
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La noche. Versión de Antonio Elías, 1954

    ¡Oh noche misteriosa!     Cuando tu imperio y nombre
a nuestro primer padre     fue por Dios anunciado,
¿no tembló por la fábrica     adorable del mundo,
por la luz y la gloria     de la bóveda azul?

    Mas, cuando tras un velo     de rocío que enciende
con sus rayos la gran     llamarada poniente,
surge Véspero al frente     del ejército celeste,
¡oh!, a la vista del hombre,     la Creación se ensancha.

    ¡Quién hubiera pensado     la tiniebla escondida
dentro de tus fulgores,     oh sol, y quién creyera
que al revelar la flor,     la hoja y el insecto

    nos cegabas al brillo     de orbes innumerables!
¿Por qué, pues, nos encoge     la angustia de la muerte?
Si así la luz engaña,     ¿no ha de engañar la vida?

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Noche y muerte (versión I). Versiones I y II de Jorge Guillén, 1969 y 1971.

    ¡Oh Noche de misterio!     Cuando te conoció
nuestro Padre inicial,     según sacra noticia,
y tu nombre escuchó,     ¿no tembló -ya nocturno-
ante el dosel glorioso     de fulgor y azul?

    Pero tras la cortina     -traslúcido rocío-
que traspasaban los rayos     de occidental hoguera,
Héspero con la hueste     de aquellos cielos viene,
y a los ojos del hombre     la creación se ensancha.

¿Quién imaginó que,     dentro de los rayos,
se ocultase tal sombra,     quién, oh Sol, pensaría,
mientras se nos revelan     hojas, moscas, insectos,

    en orbes invisibles,     por qué tú nos cegaste?
¿Y tan ansiosamente     luchamos con la muerte?
¿Si así la luz engaña,     no habrá engaño en la vida?

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Noche y muerte (versión II)

    ¡Oh Noche misteriosa!     Cuando el varón primero
conoció hasta tu nombre,     informe era divino,
¿No se apresuró temblando     frente a frente al destino
del glorioso dosel     con tanto azul entero?

    Pero tras el rocío     -cortina transparente-
que atraviesan los rayos     del crepúsculo en llama,
Héspero a los ejércitos     del firmamento llama:
mas Creación descubren     los ojos y la muerte.

    ¿Y cómo presentir     que en tus rayos alojas
oculta oscuridad,     oh Sol, y convertida,
después de revelados     insectos, moscas, hojas

    en orbes invisibles     tras tu mismo esplendor?
Si así la luz nos miente,     ¿no nos miente la vida?
A nuestro fin mortal,     ¿por qué oponer horror?
——————————————————————-

La noche y la muerte. Versión de Jesús Díaz, 1986

    El día aquel que Adán, noche sombría
de tu llegada al serafín oyera,
temblando estuvo por su alma esfera,
por la bóveda azul que relucía.

    Tembló hasta que, lumbre que caía
y el relente de seda que cayera,
salió el lucero con su hueste entera
y, era de ver: ¡la creación crecía!…

    Oh quién pensado hubiera tal negrura
dentro del sol; quién pulga iluminada,
o mosca o flor de cada luz sentida,

    y tal inmensidad del orbe oscura.
La angustia ante la muerte es para nada.
Como engaña la luz, miente la vida.

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La noche y la muerte. Versión de Esteban Torre, 1988

    ¡Oh noche oscura! Si por vez primera
te viera yo venir, ¿no temblaría
temiendo que esta clara luz del día,
este milagro azul se deshiciera?

    Pero, si ya el lucero reverbera
al caer la tarde, y la alegría
de mil estrellas nace, ¿negaría
que brilla más la creación entera?

    ¡Quién hubiera pensado, oh noche oscura,
que el propio Sol pudiera ensombrecerte,
tenerte entre sus rayos escondida!

    Eres gloria de paz y de hermosura.
¿Por qué temer, entonces, a la muerte?
Igual que el Sol, ¿nos cegará la vida?

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A la noche. Versión de Eliseo Diego, 1991

    ¡Extraña noche! Cuando el primer padre
tuvo de ti noticia, oyó tu nombre,
¿tembló quizás por la adorable forma,
la regia cúpula de luz y azul?

    Mas, bajo un velo de rocío translúcido,
entre los rayos del poniente en llamas,
Héspero con la hueste etérea vino,
¡y el hombre vio ensancharse la Creación!

    ¿Quién pudo imaginar tales tinieblas
allá en tus rayos, sol, o quién pensó,
mientras insectos y hojas se perfilan,
que a innumerables orbes nos cegaras?

    ¿A qué rehuir la muerte, pues, ansiosos?
Si engaña así la Luz, ¿qué hará la vida?

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¿Se apagó esa gran luz?… (I). Versiones de Leónidas Lamborghini, 1995

    «¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan honda la angustia desatada,
que muy adentro mío oí mi nada
sin consuelo gemir: era mi ruego».

    «(Hablo desde ti mismo y no lo niego,
el misterio de hablarte me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo, sin sosiego)».

    «Asomándome, luego, luces en lo alto
vi cambiar; no, esa luz no era la misma,
pero alcanzó a calmar mi sobresalto».

    Desde aquel primer mono fue la duda
y el terror de un final que nos abisma:
¿mas no será cual luz que en otra muda?

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¿Se apagó esa gran luz?… (II)

    ¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan feroz la angustia desatada,
que hondo desde la cueva aullé mi nada:
como un loco gemía, era mi ruego.

    (Hablo desde tu adentro y no lo niego,
el misterio de oírme me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo sin sogiego).

    Asomándome, empequeñecidas,
vi en lo alto luces, no la misma,
mas sospeché una argucia repetida.

    Desde el principio, entonces, fue la duda,
el engaño, el terror que nos abisma
y a que a mi grito el tuyo propio anuda.

martes, 11 de agosto de 2015

Poemas de José Cadalso, "Dalmiro"

Sobre el poder del tiempo

José Cadalso

Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.

Él muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios en cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.

Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene el mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.

Sola una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.


Al pintor que me ha de retratar

José Cadalso

Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.

A la muerte de Filis

José Cadalso

En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.

martes, 14 de julio de 2015

Oración de San Guillermo: sátira del calvinismo por el poeta prerromántico escocés Robert Burns

He aquí esta que no me atrevo a llamar traducción, sino "aproximación" a la famosa sátira anticlerical Holy Willie's Prayer de Robert Burns.

Oración de San Guillermo

¡Oh tú que haces morar en la gloria,
y como te dé la gana
envías uno al cielo
y diez al Infierno,
todo por indolencia,
y no por nada bueno o malo
que hayan hecho en la vida!

¡Bendíceme, y alabaré tu inigualable poder,
que a tantos miles abandonó en la noche,
porque estoy ante ti
para que me des dones y gracia
y un fuego que prenda
todo este lugar!

¿Por qué habría de arrepentirme
si ya en mi mismo nacimiento
recibí tu salvación?
¡Yo, que merecía más justa condena
seis mil años antes de haber nacido,
por culpa del pecado original de Adán!

Cuando caí del vientre de mi madre
podrías haberme sumido en el profundo Infierno,
donde son el llanto y rechinar de dientes
y lagos de fuego,
encadenado por malditos demonios
que rugen o gritan.

Sin embargo, he sido elegido para estar aquí
y mostrar que tu gracia es más que grande;
soy un pilar de tu templo,
fuerte como una roca,
guía, escudo y ejemplo
de todo tu rebaño.

¡Oh Señor, sabes qué celos tengo
cuando los bebedores se mojan
y no paran de jurar y perjurar,
cantando y bailando acá y allá
como hace todo quisque!
Sigo solo por temor de Ti
libre de todos estos pecados.

Y, sin embargo, Señor... Confieso
que a veces siento también
la concupiscencia de la carne,
pues solo soy un hombre;
interponte en mi vileza,
recuerda que somos polvo
profanado por el pecado.

¡Oh Señor! Ayer por la tarde, sabes,
me tiré a la Meg
y ruego tu perdón sinceramente;
que nunca sea una plaga viva
para mi deshonra,
y nunca saltaré la ley
una vez más.

Además, debo declarar
que, aunque tuve de Lizzie tres hijas,
ese viernes estaba borracho
cuando llegué a su lado
que, a tu siervo verdadero,
nunca a ella otra cosa lo ha traído.

Tú nos dejaste esta espina carnal
tormento de tu siervo día y noche,
aunque no muy alta y poderosa
para el hombre templado y talentoso;
si lo fuera, siempre hay que imponer Tu mano
hasta que la levantes.

Señor: bendice a tus elegidos en este lugar,
pues aquí tienes un pueblo elegido,
pero Dios confunda el terco rostro
y enfangue el nombre
de cuantos atraen a los ancianos
desgracia y vergüenza.

Señor: asegúrate de que Gavin Hamilton
recibe su merecido:
bebe, jura, juega a las cartas,
pero tiene tanta influencia
entre toda clase social
que roba del propio sacerdote de Dios
el corazón del pueblo.

Pues, cuando tratamos de torcer su senda,
sabes que, riéndose de nosotros,
levantó un jolgorio tan grande
como un rugido en todo el mundo;
¡maldice su medio de vida y sus posesiones,
y todos sus sembrados de patatas!

Señor, escucha mi oración, un clamor ferviente
contra el tribunal eclesiástico de Ayr:
con tu fuerte mano derecha, Señor,
visítalos y hiere sus cabezas
sin perdonar sus fechorías.

¡Señor, Dios mío! Retén la lengua locuaz de Aitken:
mi corazón y cuerpo están temblando,
de pensar cómo sudábamos muertos de miedo,
mientras hablaba la serpiente suavemente:
es capaz de ganar el caso.

Señor, en el día de la venganza que lo intente,
visita a quien hizo emplearla
y no pase tu misericordia por ellos,
ni oigas su oración:
destrúyelos por el bien de tu pueblo
y no perdones.

Señor, recuérdame a mí y los míos,
danos misericordia temporal y divina,
con que la gracia y la riqueza puedan brillar
y a cambio de nada
toda la gloria será tuya,
¡amén, amén!

viernes, 31 de enero de 2014

A la muerte de Juan de Padilla, Félix Mejía

“A la muerte de Juan de Padilla”, El Zurriago núm. triple 67-68 y 69, [octubre] 1822, pp. 7-10.

A LA MUERTE DE JUAN DE PADILLA.

Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni, Lucano, Farsalia.

“La causa de los vencedores plugo a los dioses, pero la de los vencidos plugo a Catón”.

Cúbrese el cielo y rompe horrisonante
el rayo su prisión; el ronco trueno
en los cóncavos montes se repite
con tremendo zumbar, áspero silbo
lanza el ábrego airado
y se estremece el orbe consternado.

Ruge el abismo y de su seno arroja
la desgracia y la muerte, y no a su aspecto
hace temblar al justo, que, inmutable,
sigue de la virtud que venerara
el sagrado sendero:
más fuerte el justo es que el orbe entero.

Ciñera España con la regia insignia
de un extranjero la ambiciosa frente,
y él, cual maligna sierpe que devora
al mismo incauto do encontrara abrigo,
ingrato maltratara
la nación que hasta el solio le elevara.

El capricho fue ley; a sus mandatos
tembló la humanidad. De oro sediento
la Iberia saqueó que so la grave
mole del duro trono estremecida,
opresa, quebrantada,
maldijo tarde su elección errada.

Y calló envilecida y ni un suspiro
osó exhalar. ¿Qué fuera de su esfuerzo,
de su antiguo valor? ¿Del gran Pelayo
los belicosos hijos sus cervices
así inclinan al yugo
que imponerles a un déspota le plugo?

Uno sólo se alzó. Sólo Padilla
de libertad el grito penetrante
osara al aire dar. Lo oyó el tirano
y en su solio tembló. Pálido tinte
vierte el miedo en su frente
y mil espectros en su opaca mente.

Empero, luego los rabiosos ojos
gira en torno de sí y a sus legiones
llama a lid fratricida. ¡Y hay soldados
que sostienen al monstruo que, insolente,
hace una befa impía
de un pueblo sin el cual nada sería!

Le obedecen y marchan. Truena el bronce
mil muertes arrojando y, al impulso
del acero español, sangre española
los campos enrojece y… ¡Oh destino!
¡Oh, patria desgraciada,
en Villalar por fin encadenada!

Atroz sonrisa al contemplar su triunfo
baña la faz del déspota ominoso.
Arde ya en sed de sangre. “Muera” –dice–
“el que rebelde a mi mandar se opuso,
y España en su exterminio
a respetar aprenda mi dominio”.

Dice y, bajas las cejas y reunidas,
sus pupilas ocultan. Blanca espuma
vierten los negros labios, humo arroja
por la abierta nariz, convulso tiembla,
le sofoca la ira:
sólo venganza el corazón respira.

Parte el héroe al suplicio. Débil lloro
lanzan los viles que lidiar no osaron.
Los venales traidores que vendieran
a su patria infeliz el pecho sienten
de horrenda angustia lleno,
y él, que marcha a morir, marcha sereno.

“¿Y qué yo he de temblar? ¿Será la muerte
la que pueda espantarme e impetrando
un indigno perdón ante las plantas
de mi opresor caeré? ¿Y él sonrïendo
mirará su victoria,
y mi flaqueza realzará su gloria?

¡Ah! No, nunca será. Tiembla el malvado,
pero no el inocente. Sea Padilla
fuerte en morir cual en lidiar lo fuera,
no se diga temió. Y más no admire
el orbe confundido
a Carlos vencedor que a mí vencido.

¿Será que pueda un bárbaro decreto
cubrir de infamia la virtud honrosa?
Me apellidan traidor, mas dondequiera
que exista un solo pecho de la patria
en amor inflamado,
será mi nombre sin cesar loado.”

Con tan dulce esperanza envanecido
a la muerte camina. Su cabeza
con majestad se alza, y en sus ojos
brilla un fuego de gloria. Firme el paso,
la presencia imponente,
virtud y honor respira solamente.

Parece que va al triunfo. El aparato
ve de su muerte sin temor. Tan sólo
con una tierna lágrima un suspiro
lanzara por su esposa; luego, ufano,
“Adiós” –dice– “Castilla”,
y ofrece el cuello a la feroz cuchilla.

domingo, 24 de marzo de 2013

Manuel José Quintana, A España, después de la Revolución de marzo


A España, después de la Revolución de marzo

¿Qué era, decidme, la nación que un día
reina del mundo proclamó el destino,
la que a todas las zonas extendía
su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase a occidente,
y el vasto mar Atlántico sembrado
se hallaba de su gloria y su fortuna.
Do quiera España: en el preciado seno
de América, en el Asia, en los confines
del África, allí España. El soberano
vuelo de la atrevida fantasía
para abarcarla se cansaba en vano;
la tierra sus mineros le rendía,
sus perlas y coral el Oceano,
y dondequier que revolver sus olas
él intentase, a quebrantar su furia
siempre encontraba costas españolas.

   Ora en el cieno del oprobio hundida,
abandonada a la insolencia ajena,
como esclava en mercado, ya aguardaba
la ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas, oh, Dios! Su aliento impuro
la pestilente fiebre respirando,
infestó el aire, emponzoñó la vida;
la hambre enflaquecida
tendió sus brazos lívidos, ahogando
cuanto el contagio perdonó; tres veces
de Jano el templo abrimos,
y a la trompa de Marte aliento dimos;
tres veces ¡ay! los dioses tutelares
su escudo nos negaron y nos vimos
rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste
por tus inmensos términos, oh, Iberia?
¿Qué viste ya sino funesto luto,
honda tristeza, sin igual miseria,
de tu vil servidumbre acerbo fruto?

   Así, rota la vela, abierto el lado,
pobre bajel a naufragar camina,
de tormenta en tormenta despeñado,
por los yermos del mar ya ni en su popa
las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
ni en señal de esperanza y de contento
la flámula riendo al aire ondea.
Cesó en su dulce canto el pasajero,
ahogó su vocería
el ronco marinero,
terror de muerte en torno le rodea,
terror de muerte silencioso y frío;
y él va a estrellarse al áspero bajío.

   Llega el momento, en fin; tiende su mano
el tirano del mundo al occidente,
y fiero exclama: «El occidente es mío».
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
resplandeció, como en el seno oscuro
de nube tormentosa en el estío
relámpago fugaz brilla un momento,
que añade horror con su fulgor sombrío.
Sus guerreros feroces
con gritos de soberbia el viento llenan;
gimen los yunques, los martillos suenan,
arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso
pensáis que espadas son para el combate
las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
cadenas son, que en vergonzosos lazos
por siempre amarren tan inertes brazos.

   Estremeciose España
del indigno rumor que cerca oía,
y al grande impulso de su justa saña
rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos
consternados y pálidos se esconden;
resuena el eco de venganza en torno,
y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
los colosos de oprobio y de vergüenza
que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
y tú, orgulloso y fiero,
viendo que aún hay Castilla y castellanos,
precipitas al mar tus rubias ondas,
diciendo: «Ya acabaron los tiranos».

   ¡Oh, triunfo! ¡Oh, gloria! ¡Oh, celestial momento!
¿Conque puede ya dar el labio mío
el nombre augusto de la Patria al viento?
Yo le daré; mas no en el arpa de oro
que mi cantar sonoro
acompañó hasta aquí; no aprisionado
en estrecho recinto, en que se apoca
el numen en el pecho
y el aliento fatídico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
y el aire abierto, a la radiante lumbre
del sol, en la alta cumbre
del riscoso y pinífero Fuenfría,
allí volaré yo, y allí cantando
con voz que atruene en rededor la sierra,
lanzaré por los campos castellanos
los ecos de la gloria y de la guerra.

   ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
único asilo y sacrosanto escudo
al ímpetu sañudo
del fiero Atila que a occidente oprime!
¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
ved del Tercer Fernando alzarse airada
la augusta sombra; su divina frente
mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
blandir el Cid su centellante espada,
y allá sobre los altos Pirineos,
del hijo de Jimena
animarse los miembros giganteos.
En torbo ceño y desdeñosa pena
ved cómo cruzan por los aires vanos;
y el valor exhalando que se encierra
dentro del hueco de sus tumbas frías,
en fiera y ronca voz pronuncian «¡Guerra!

   »¡Pues qué! ¿Con faz serena
vierais los campos devastar opimos,
eterno objeto de ambición ajena,
herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad, raza de héroes: el momento
llegó ya de arrojarse a la victoria;
que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día
el altar de la Patria alzado en vano
por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte
que consentir jamás ningún tirano!»

   Sí, yo lo juro, venerables sombras;
yo lo juro también, y en este instante
ya me siento mayor. Dadme una lanza,
ceñidme el casco fiero y refulgente;
volemos al combate, a la venganza;
y el que niegue su pecho a la esperanza
hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
de la devastación en su carrera
me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
no se muere una vez? ¿No iré, expirando,
a encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía»,
yo les diré, «salud! La heroica España
de entre el estrago universal y horrores
levanta la cabeza ensangrentada,
y, vencedora de su mal destino,
vuelve a dar a la tierra amedrentada
su cetro de oro y su blasón divino».

miércoles, 20 de marzo de 2013

Blanco White, La persecución religiosa


J. M.ª Blanco White, (Sevilla, 1775 - Liverpool, 1841)

La persecución religiosa

¡Gran Dios, cómo atormenta
con crueldad sin igual el hombre al hombre!
Ya con furia violenta
se arrastran al cadalso y a la hoguera,
ya, con malicia refinada y lenta,
impiden a la víctima que muera,
y, pues no quiere a discreción rendirse,
buscan cómo obligarla a maldecirse.

Y... ¿quién es el verdugo,
quién el juez sin piedad? ¿Un sacerdote
del antiguo Moloc infanticida?
No, de un Dios (según dice) a quien le plugo,
por amor de los hombres, dar la vida.
Su ministro se llama y toma el mote
de mansedumbre; paz es su divisa,
mas ¡ah! ¡Qué mal se avisa
el que, en tal mansedumbre confïado.
duda modestamente
su saber infalible: de repente
verá al cordero en un león mudado.
«No es humano saber, ni saber mío,
(responde el santo preste, en ira ardiendo)
audaz mortal, en el que yo confío:
del cielo descendido,
reposó en mí un influjo soberano,
que ha de humillar todo saber humano».

¿Reposó en ti? Mas ¿cómo es que contiende
consigo mismo el inspirado bando?
¿Cuál cadena volcánica se entiende
llama sacerdotal que, rebosando,
el universo enciende?
El cielo contra el cielo peleando
es odioso espectáculo, que ofende
al hombre racional. ¿Qué? ¿Envolvió en guerra
el cielo a los que dio a regir la tierra?
Haced la paz primero
entre vosotros, si queréis que escuche
vuestra doctrina el universo entero;
no procuréis que luche
el ignorante pueblo en las querellas
con que esparcís centellas
de odios inextinguibles
más que el error a la virtud temibles.
Mas en vano os exhorto:
del fanatismo y la ambición aborto
los que tenéis raíces en el cielo
nunca podéis dejar en paz el suelo.

La revelación interna

¿Adónde te hallaré, Ser Infinito?
¿En la más alta esfera? ¿En el profundo
abismo de la mar? ¿Llenas el mundo
o en especial un cielo favorito?
«¿Quieres saber, mortal, en dónde habito?
-dice una voz interna- Aunque difundo
mi ser y en vida el universo inundo,
mi sagrario es un pecho sin delito.
Cesa, mortal, de fatigarte en vano
tras rumores de error y de impostura,
ni pongas tu virtud en rito externo;
no abuses de los dones de mi mano,
no esperes cielo para un alma impura
ni para el pensar libre fuego eterno.