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miércoles, 3 de septiembre de 2025

Monólogo de Segismundo en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, jornada III.

    ¡Cielos, si es verdad que sueño,

suspendedme la memoria,

que no es posible que quepan

en un sueño tantas cosas! 2925

    ¡Válgame Dios, quién supiera,

o saber salir de todas,

o no pensar en ninguna!

¿Quién vio penas tan dudosas?

    Si soñé aquella grandeza 2930

en que me vi, ¿cómo ahora

esta mujer me refiere

unas señas tan notorias?

    Luego fue verdad, no sueño;

y si fue verdad, que es otra 2935

confusión y no menor,

¿cómo mi vida le nombra

    sueño? Pues, ¿tan parecidas

a los sueños son las glorias,

que las verdaderas son 2940

tenidas por mentirosas,

    y las fingidas por ciertas?

¡Tan poco hay de unas a otras

que hay cuestión sobre saber

si lo que se ve y se goza 2945

    es mentira o es verdad!

¿Tan semejante es la copia

al original, que hay duda

en saber si es ella propia?

    Pues si es así, y ha de verse 2950

desvanecida entre sombras

la grandeza y el poder,

la majestad, y la pompa,

    sepamos aprovechar

este rato que nos toca, 2955

pues solo se goza en ella

lo que entre sueños se goza.

    Rosaura está en mi poder;

su hermosura el alma adora;

gocemos, pues, la ocasión; 2960

el amor las leyes rompa

    del valor y confianza

con que a mis plantas se postra.

Esto es sueño; y pues lo es,

soñemos dichas ahora, 2965

    que después serán pesares.

Mas ¡con mis razones propias

vuelvo a convencerme a mí!

Si es sueño, si es vanagloria,

    ¿quién por vanagloria humana 2970

pierde una divina gloria?

¿Qué pasado bien no es sueño?

¿Quién tuvo dichas heroicas

    que entre sí no diga, cuando

las revuelve en su memoria: 2975

"Sin duda que fue soñado

cuanto vi?" Pues si esto toca

    mi desengaño, sí sé

que es el gusto llama hermosa,

que la convierte en cenizas 2980

cualquiera viento que sopla,

    acudamos a lo eterno;

que es la fama vividora

donde ni duermen las dichas,

ni las grandezas reposan.

sábado, 9 de agosto de 2025

Andreas Gryphius, Todo es vanidad y otros poemas

 Andreas Gryphius, Todo es vanidad

(1637, en plena Guerra de los treinta años)


Dondequiera que mires, solo ves vanidad en la tierra.

Lo que uno construye hoy, otro derriba mañana:

donde ahora se alzan ciudades, habrá un prado,

en que un pastorcillo jugará con los rebaños.


Lo que ahora florece magníficamente pronto será pisoteado.

Lo que ahora late y reta mañana será cenizas y huesos,

Nada que dure para siempre, ni bronce, ni mármol.

Ahora la fortuna nos sonríe, ahora truenan los problemas.


La fama de las grandes hazañas debe desvanecerse como un sueño.

¿Perdurarán entonces el teatro del tiempo y el hombre despreocupado?

¡Ay! ¿Qué es todo esto que consideramos precioso,


sino mera nada, sombra, polvo y viento;

sino una flor de prado que no se puede volver a encontrar?

¡Nadie quiere contemplar ya lo eterno!


Miseria humana (1638)


¿Qué somos los humanos después de todo? Una morada de tristeza sombría.

Una bola de falsa felicidad, un fuego fatuo de este tiempo.

Una escena de amargo miedo, llena de agudo sufrimiento

Nieve que pronto se derretirá y velas apagadas.


Esta vida huye como charlas y bromas.

Aquellos que se deshicieron del manto del débil cuerpo

antes que nosotros, y hace tiempo que fueron inscritos

en el libro de la muerte de la gran mortalidad


están fuera de nuestras mentes y corazones. 

Así como un sueño vano cae fácilmente en el camino

y desaparece como un arroyo que ningún poder


puede detener: así también nuestro nombre

alabanza, honor y gloria deben desaparecer

lo que ahora respira debe huir con el aire


lo que vendrá después de nosotros

nos llevará a la tumba después de las diez.

¿Qué digo? Perecemos como humo en fuertes vientos.


Lágrimas de la Patria. Año 1636 (versión de 1663)


¡Ahora sí que estamos por completo devastados!

La horda impúdica de pueblos, la trompeta furiosa,

la espada engordada con sangre, el cañón atronador

han consumido todo el sudor, el esfuerzo y los suministros.

Las torres brillan, la iglesia ha sido trastocada.

El ayuntamiento yace horrorizado, los hombres fuertes están hechos pedazos,

las vírgenes están mancilladas y dondequiera que miremos

es fuego, plaga y muerte lo que traspasa el corazón y el espíritu.

Aquí, a través de la fortaleza y la ciudad, fluye siempre sangre fresca.

Tres veces ya seis años son desde que nuestros ríos inundaron

represados de cadáveres empujados lentamente.

Pero sigo en silencio sobre lo que es peor que la muerte.

¿Qué es más terrible que la peste, las brasas y el hambre?

Que también el tesoro del alma es arrebatado a tantos.


Lamentación por la Alemania devastada (versión de 1637) 


Ahora estamos más que completamente muertos.

La trompeta furiosa del pueblo insolente 

que la espada, gorda de sangre, el cañón atronador,

todo lo que muchos han ganado con esfuerzo se ha ido,

la antigua honestidad y la virtud han muerto;

las iglesias están devastadas / las fortificaciones destruidas,

Las vírgenes están mancilladas; y dondequiera que vamos

¿Hay fuego, plaga, asesinato y muerte aquí entre Schantz y Korbẽ?

Allí entre Mawr y Stad siempre hay sangre fresca.

Tres veces seis años han pasado desde que nuestros ríos se inundaron

espeso de tantos cadáveres, siguió adelante lentamente.

Todavía guardo silencio sobre aquello que es más fuerte que la muerte.

(Tú, Estrasburgo, bien lo sabes) la terrible hambruna

y que el tesoro del alma fue arrebatado a muchos.


A las estrellas


, vosotras, luces que nunca me canso de mirar en la tierra,

vosotras, antorchas que siempre

decoráis el vasto firmamento con vuestras llamas y ardéis sin cesar;

vosotras, flores que decoráis las zonas exteriores del gran cielo:


vosotras, vigilantes que, como Dios, quisisteis construir el mundo;

su palabra llama a la sabiduría misma por su verdadero nombre

que solo Dios mide correctamente, que solo Dios conoce correctamente

(¡Nosotros, mortales ciegos! ¡en qué podemos confiar!).


Vosotros, garantes de mi alegría, ¿cuántas hermosas noches

he pasado velando mientras os observo?

Gobernantes de nuestro tiempo, ¿cuándo sucederá que


yo, que no puedo olvidaros aquí, os veré

a vosotros, cuyo amor infecta mi corazón y mi espíritu, y

estaré libre de otras preocupaciones bajo mi mando?


A las estrellas


Vosotras, luces que nunca me canso de mirar en la Tierra,

vosotras, antorchas que siempre decoráis

el vasto firmamento, con vuestras llamas, y ardéis sin cesar;

vosotras, flores que decoráis las zonas exteriores del gran cielo:


vosotras, vigilantes que, como Dios, quisisteis construir el mundo;

su palabra llama a la sabiduría misma por su verdadero nombre

que solo Dios mide correctamente, que solo Dios conoce correctamente

(¡Nosotros, mortales ciegos, en qué podemos confiar!).


Vosotras, garantes de mi alegría, ¿cuántas hermosas noches

he pasado velando mientras os observo?

Gobernantes de nuestro tiempo, ¿cuándo sucederá que yo,


que no puedo olvidaros aquí, os veré a vosotros,

cuyo amor infecta mi corazón y mi espíritu, y

estaré libre de otras preocupaciones bajo mi mando?


Vanitas vanitatum! ¡Vanitas! (1643)


La gloria de la tierra

debe convertirse en humo y ceniza;

ninguna roca, ningún bronce puede permanecer.

Lo que puede deleitarnos,

lo que apreciamos para siempre,

pasará como un sueño débil.


¿Qué son todas las cosas

que nos hacen fuertes

sino mera nada?

¿Qué es la vida humana,

que siempre debe flotar,

sino una fantasía del tiempo?


La fama que anhelamos, la fama

que apreciamos,

es solo una falsa ilusión.

En cuanto el espíritu se va

y esta boca se desvanece,

nadie pregunta qué ha sucedido aquí.


Ningún conocimiento sabio sirve;

nos dejamos llevar

sin hacer distinción.

¿De qué sirve una multitud de castillos?

Para quienes encuentran el mundo demasiado estrecho aquí,

una tumba estrecha demasiado ancha.


Todo esto se disolverá:

lo que se gana con esfuerzo

y trabajo duro y sudor.

Lo que la gente posee aquí

no puede ser de ninguna utilidad en la muerte.

Todo esto muere cuando morimos.


¿Qué son las breves alegrías
que siempre, ¡ay!, sufren y sufren, y
agobian la angustia del corazón?
El dulce júbilo y
el sublime triunfo
a menudo se convierten en burla y vergüenza.


Debes descender del trono de honor,

pues ningún poder ni corona

puede ser imperecedero. 

Ningún cetro, ni púrpura, ni oro, ni piedra preciosa

puede librarte de la muerte.


Como una rosa que florece

cuando ve el sol

saluda a este mundo,

porque, antes de que termine el día,

antes de que aparezca la tarde,

se marchita y cae de repente.


Así que crecemos en la tierra y

pensamos en alcanzar la grandeza,

libres de dolor y preocupación.

Pero antes de que hayamos crecido y

florecido verdaderamente,

la tormenta de la muerte nos desgarra.


Contamos año tras año,

en el que nuestro féretro será

traído a la puerta:

luego debemos salir de aquí,

y antes de poder reflexionar,

debemos despedirnos de la tierra


Porque el placer nos deleita,

y la fuerza nos hace libres,

y la juventud nos hace seguros,


la muerte nos ha hecho prisioneros,

y la juventud, la fuerza y el esplendor, y

desprecia la firmeza, el arte y el favor.


¿Cuántos días han pasado?

¿Cuántas mejillas amorosas

se han marchitado este día?

Lo pensaron durante largo rato,

y nunca consideraron

que lo habías acortado tanto.


Despierta, corazón mío, y recuerda

que los regalos de este tiempo,

aunque sean apenas un momento,

lo que una vez disfrutaste,

se ha ido como un arroyo

que nunca regresa.


Ríete del mundo y su honor.

Teme, espera, favor y enseñanza.

Y reza al Señor

que siempre permanece rey,

a quien el tiempo no puede arrebatar,

quien puede hacerlo eterno.


¡Bienaventurado el que confía en él!

Ha cimentado firmemente su confianza,

y aunque caiga aquí,

permanecerá de pie

y jamás perecerá,

porque la fuerza misma lo sostiene.

jueves, 31 de julio de 2025

Pedro Calderón de la Barca, Defensa de las mujeres, en su Las armas de la hermosura

 (Veturia, a Coriolano, en queja por su ley contra el lujo y las modas de las sabinas, en P. Calderón de la Barca, Las armas de la hermosura):

En público el valor mío / se atreve a hablar, pues habló / en público vuestro edicto.  / Que no es digno de ese honor / Coriolano, otra vez digo, / ni en vosotros para dado, / ni en él para recibido; / porque siendo las mujeres / el espejo cristalino / del honor del hombre, ¿cómo / puede, estando a un tiempo mismo / en nosotras empañado, / estar en vosotros limpio? / No blasonéis, pues, soldados, / en la rota del sabino, / de que venís con honor; / que si valientes y altivos / allá le dejáis ganado, / acá le hallaréis perdido. / Inútil os fue el valor, / poco provechoso el brío, / la resolución sin logro / y sin efecto el peligro, / pues [nada lográis quedando] / ya de nosotras mal vistos; / que si, en fe de apetecidas, / vuestro agasajo nos hizo / que descansase la queja / a la sombra del cariño, / ¿qué mucho que, despreciadas, / al contrario, el albedrío, / que fue dócil al halago, / sea rebelde al desvío? / Como esposas nos tratasteis, / nobles, corteses y finos; / pues ¿cómo ya como esclavas / nos tratáis, con tal dominio / que en mujeriles adornos / aun no nos dejáis arbitrio? / No lo sentimos por ellos; / que por lo que lo sentimos / es la desestimación, / el desdén, el descariño, / el ultraje, el ajamiento; / que si el mundo en su principio / nos privó (quizá de miedo) / del uso de armas y libros, / no del uso nos privó / de aquel aplicado aliño / con que la naturaleza / se vale del artificio. / Pues ¿cómo, siendo heredados, / contra el natural estilo /  canceláis de las mujeres / los privilegios antiguos? / ¿Qué bruta nación, adonde / nunca llegar han podido / ni la política en leyes, / ni la república en juicios; / ¿qué adusto bárbaro, a quien / tostó ardiente, erizó esquivo / el sol la tez en ardores / y el aire la greña en rizos, / les negó la adoración / del humano sacrificio / de ser ellas las rogadas / y ser ellos los rendidos, / cuanto más la urbanidad / de los comercios que, dignos, / sin deslizarse a indecentes, / se mantienen en festivos? / Las mujeres, a quien deben / primer albergue nativo / los hombres y a quien los hombres / en dos maneras han sido / tan costosos al nacer, / y al criarse tan prolijos, / ¿han de vivir abatidas / a vista de quien las quiso / o lo dijo, por lo menos, / pues basta ver que lo dijo / para ver cuán desairados /estar todos es preciso, / vosotros con vuestras damas, / y Coriolano conmigo? / Y así yo, en nombre de todas, / en ira envuelta el sentido, / la lengua anegada en quejas, / la voz ardiendo en suspiros, / brotado el aliento en rayos, / destilado el llanto en hilos, / sin puntualidad la gala, / sin preceptos el aliño, / sin ley vagando el cabello, / sin orden puesto el vestido, / vuelvo a que, en nombre de todas, / digo a todos lo que a él digo. / Por noble, pues, Coriolano, / por galán, por entendido, / por cortesano en la paz, / en la guerra por invicto, / o por hombre solamente / (que harto con esto te obligo), / si como dama, te ruego / y como esclava, te pido / que aquesta infamia derogues, / haciendo que su designio / se borre de la memoria / y se escriba en el olvido. / Y si acaso a esta fineza, / de cobarde o de remiso, / no te dispone lo amante,  /  no te resuelve lo fino, / yo de mi parte a ti solo / y a todos os lo repito  / de parte de las demás; / protesto, juro y afirmo  / (por esa antorcha del día /  que con afán repetido / se apaga al morir en ondas, / se enciende al nacer en visos)  / que ha de ser siempre en nosotras, / si no hacéis lo que os pedimos, / el agasajo forzado, / poco seguro el cariño, / el favor poco constante, / el desabrimiento fijo, /  triste y escabroso el lecho, / el gusto forzado y tibio,  / con melindres la fineza,  /  el halago con retiros, / siempre el enojo rebelde,  / nunca seguro el alivio. / Y cuando aquesto no baste, / monstruos somos vengativos. / Temed, pues, temed que el odio / quizá se pase a peligro; / que en manos de las mujeres / también, con violentos bríos, / saben herir los puñales, / saben cortar los cuchillos. /  Y cuando no, ser sus ojos, / viendo el adagio cumplido,  / de que las mujeres somos / milagros y basiliscos.


 

miércoles, 15 de enero de 2025

Canto del amor en El mágico prodigioso de Pedro Calderón de la Barca

  De Pedro Calderón de la Barca, El mágico prodigioso, III:


DEMONIO: 

                  Ea, infernal abismo,

               desesperado imperio de ti mismo,

               de tu prisión ingrata

               tus lascivos espíritus desata,

               amenazando rüina

               al virgen edificio de Justina.

               Su casto pensamiento

               de mil torpes fantasmas en el viento

               hoy se informe, su honesta fantasía

               se llene; y con dulcísima armonía

               todo provoque amores:

               los pájaros, las plantas y las flores.

               Nada miren sus ojos

               que no sean de amor dulces despojos;

               nada oigan sus oídos

               que no sean de amor tiernos gemidos;

               porque, sin que defensa en su fe tenga,

               hoy a buscar a Ciprïano venga,

               de su ciencia invocada

               y de mi ciego espíritu guïada.

               Empezad, que yo en tanto

               callaré, porque empiece vuestro canto.

(Canta dentro, una VOZ)

VOZ:

              ¿Cuál es la gloria mayor

               de esta vida?

TODOS: 

                       Amor, amor.

(Mientras esta copla se canta, se va entrando el DEMONIO por una puerta, y sale por otra JUSTINA huyendo)

VOZ:

                No hay sujeto en quien no imprima

               el fuego de amor su llama,

               pues vive más donde ama

               el hombre que donde anima.

               Amor solamente estima

               cuanto tener vida sabe:

               el tronco, la flor y el ave.

               Luego es la gloria mayor

               de esta vida...

TODOS:

                                        ...amor, amor.

                Esto representa asombrada y inquieta

JUSTINA:

                 Pesada imaginación,

               al parecer lisonjera,

               ¿cuándo te he dado ocasión

               para que de esta manera

               aflijas mi corazón?

                  ¿Cuál es la causa, en rigor,

               de este fuego, de este ardor,

               que en mí por instantes crece?

               ¿Qué dolor el que padece

               mi sentido?

(Cantan)

TODOS: 

                                    Amor, amor.

Cóbrase más

JUSTINA: 

                 Aquel ruiseñor amante

               es quien respuesta me da,

               enamorando constante

               a su consorte, que está

               un ramo más adelante.

                  Calla, ruiseñor; no aquí

               imaginar me hagas ya,

               por las quejas que te oí,

               cómo un hombre sentirá,

               si siente un pájaro así.

                  Mas no.  Una vid fue lasciva,

               que buscando fugitiva

               va el tronco donde se enlace,

               siendo el verdor con que abrace

               el peso con que derriba.

                  No así con verdes abrazos

               me hagas pensar en quien amas,

               vid; que dudaré en tus lazos,

               si así abrazan unas ramas,

               cómo enraman unos brazos.

                  Y si no es la vid, será

               aquel girasol, que está

               viendo cara a cara al sol,

               tras cuyo hermoso arrebol

               siempre moviéndose va.

                  No sigas, no, tus enojos,

               flor, con marchitos despojos;

               que pensarán mis congojas,

               si así lloran unas hojas,

               cómo lloran unos ojos.

                  Cesa, amante ruiseñor;

               desúnete, vid frondosa;

               párate, inconstante flor;

               o decid: ¿qué venenosa

               fuerza usáis?

(Cantan)

TODOS:

                                        Amor, amor.

miércoles, 3 de julio de 2024

Lope de Vega, égloga autobiográfica en La Arcadia

Danteo y Gaseno, a quien tocaba representar la égloga, vestidos a propósito con pellicos de tela fina, el uno blanco, sembrado de clavellinas de nácar, y el otro verde, listado de encarnado y blanco, con armiños blancos y negros, y con los nombres de Montano y Lucindo, comenzaron así:


ÉGLOGA.


Montano, Lucindo,


MONTANO.


En este fuerte roble, 

para sufrir robusto, 

os cuelgo desta vez, armas cansadas; 

que cuando al pecho noble 

le vienen mas al justo, 

las puede hacer el galardon pesadas. 

las edades pasadas

afrentan las presentes. 

Ya la virtud es muerta, 

o vive tan cubierta, 

que no se deja ver a todas gentes; 

porque a las majestades 

visitan muy de espacio las verdades. 

  Ya no se dan coronas 

cívicas ni murales;

el tiempo las marchita y descompone; 

y a todas las personas 

ha hecho el tiempo iguales. 

Lisonjas a servicios antepone. 

Dichoso el que se pone 

la espada por costumbre, 

y parte del vestido, 

cuyo acero bruñido 

jamás le dio en la mano pesadumbre, 

ni le sirvió de espejo, 

para tomar en él su honor consejo. 

  Dichoso el que escribiendo, 

o lejos del asalto,

un campo rige y del peligro escapa,

o aquel que está midiendo, 

de su experiencia falto, 

los sitios fuertes en sucinto mapa. 

 ¡Oh grande manto y capa 

de los cielos piadosos! 

 Ya que todo lo encubres, 

¿por qué los ojos cubres 

 de los polos del suelo poderosos? 

Mas no es su curso eterno, 

y así dejas errado su gobierno. 

  Ya, soledades mias, 

alegre vuelvo a veros, 

desengañado, sin provecho y tarde. 

 Aquí las fantasías, 

por quien quise perderos, 

harán de sus memorias justo alarde, 

Y de un Lotos cobarde, 

dormidos los sentidos, 

dejarán ocasiones, 

cuidados y opiniones, 

que descuidos al fin desconocidos 

de quien siempre desmedra, 

son Circe, que convierte un hombre en piedra. 

 ¡Oh discurrir de un alma, 

¡Cuánto los ojos ciegas! 

Lucindo no es aquel que ahora tiene 

sus cuidados en calma? 

Dichoso tú, que entregas 

al sueño, que te burla y entretiene, 

la parte que contiene 

en sí tan grande todo, 

como es el pensamiento, 

que suele en un momento 

cielo y infierno penetrar de un modo, 

ya su pena y su gloria 

llevar de los cabellos la memoria.


Fue aqueste mozo, ilustre

un tiempo cortesano,

y soldado tambien gallardo y fuerte;

mas ya todo su lustre

deshizo amor tirano,

que tiene igual poder como la muerte.

Aqui llora y divierte

con rústico vestido,

en estas soledades,

desdenes y verdades

de un extranjero amor, que le ha vencido;

que, siendo en tierra ajena,

trajo a la propria su cuidado y pena.


Ya despierta y me ha visto;

no es posible

que puedan esconderme estos laureles;

¡oh sueño, a los cuidados apacible!


LUCINDO.


Montano, que escuchar mis males sueles,

¿Posible es que de verme te desvías,

Cuando es razón que mi dolor consueles?

Si ya no engendran en aquestos dias,

de la lluvia que lloro tan en vano,

veneno y fuego las entrañas mias;

como las tempestades del verano,

que con el gran calor reciben forma,

y tengo algunas de que soy humano.


No te escondas de mí; que no conforma

con la piedad del que es perfecto amigo,

ni cura bien el mal quien no se informa.

No soy yo basilisco, aunque conmigo

le traigo y dél sustento los despojos,

con que a miralle y a morir me obligo

si no es que desde el alma por los ojos

salga a matar los que me ven llorando

la causa de mis lágrimas y enojos.


MONTANO.


No me escondí, Lucindo, imaginando

que me matara el verte ni el oírte,

aunque fueras el aire inficionando.

Quisiérame guardar de interrumpirte

la calma de tus tiernos pensamientos,

que mal pueden durmiendo perseguirte.


LUCINDO.


Antes con espantosos fingimientos

acuden las imágenes del día

en sombras de mayores sentimientos.

Si el alma nunca duerme, y en la mía

siempre viven sospechas y temores

del bien ausente que gozar solia;

sin duda los sentidos interiores,

que no los desengañan los de afuera,

durmiendo sufrirán penas mayores.


MONTANO.


  Esta verde frescura, esta ribera, 

este prado, esta fuente y este río 

movidos tienes a tu pena fiera. 

  Pues mira tú si ahora el pecho mío, 

si las cosas lo están inanimadas, 

se moverá a ver tu desvarío. 

  Todos sin lengua en voces mal formadas 

te piden que la causa comuniques 

de tus glorias presentes o pasadas. 

  Razón será que algún remedio apliques,

pues el dolor la medicina aplaca,

y que lo más secreto me publiques.

 Es el hablar del mal una trïaca,

que deshace la fuerza del veneno,

y del enfermo corazón le saca.

  No estoy de tus cuidados tan ajeno,

que te merezca que la causa calles;

solo está el valle, aunque de sombras lleno.


LUCINDO.


Lejos de aqueste en otros frescos valles

vive la causa del dolor que adoro,

cuando en la tierra tantas glorias halles.

 Ni mi descanso ni tu pecho ignoro;

mas ¿para qué me mandas que renueve

la dulce causa de mi amargo lloro?


MONTANO.


  A la ocasión, a la amistad se debe.

¡Mira cómo del sol la calma estiva

hiere de Béjar la montaña y nieve!

  ¡Mira qué blandamente se derriba

destas pizarras Tormes murmurando

por solo acompañar tu pena esquiva!

  Las fuentes desta selva están callando,

y olvidadas del agua y de la yerba,

las satisfechas vacas descansando.

  Deja el león de perseguir la cierva,

las aves de volar; que tiempos tales

todo animal para dormir reserva.

  Y cuando fuentes, aves y animales

murmuraran, cantaran y anduvieran,

pararan todos a escuchar tus males.

  Los árboles y el viento enmudecieran,

y a ver de Orfeo el singular retrato

suspensos y admirados estuvieran.


LUCINDO.


   ¿Piensas tú que yo puedo ser ingrato 

a quien me paga con amor tan puro, 

ni que de sus entrañas me recato? 

  Solo no despertar mi mal procuro; 

pero porque no quedes sospechoso 

verás que con mis males te aseguro. 

  Ya sabes que el monarca poderoso 

que desde el Tajo al Indo rige y manda, 

y hasta el sepulcro del planeta hermoso; 

  aquel armado, y el tuson por banda, 

espantaba al francés y al africano, 

que agora mira en paz humilde y blanda; 

  aquel que con valor de godo hispano, 

en dar a España su vejez emplea 

un retrato de Carlos soberano; 

  como la paz universal desea,

y quiere que en el cuerpo del gobierno 

no haya miembro que al otro igual no sea; 

  movido solo de un amor paterno, 

que no, como otros piensan, de venganza, 

que a veces daña ser humano y tierno, 

  Ejército formó, con esperanza 

de remediar el daño que crecía 

entre la remisión y la tardanza, 

  Contra aquella corona que solía 

resplandecer en su dichosa frente 

desde la unión de aquel famoso día. 

   Allí pues yo, movido justamente 

del antiguo valor de mis pasados, 

fui libre capitán de libre gente. 

  ¡Cuán diferentes eran mis cuidados 

deste que agora el corazón me inflama! 

Celos gobierno ya, que no soldados. 

  Trujo a sus muros miedo nuestra fama, 

y trocadas las armas en castigos, 

cesó la suya y comenzó mi llama. 

  Vivimos todos de improviso amigos, 

de una común nación, ley y costumbres, 

y pocos los rebeldes y enemigos. 

  Luego las altas y elevadas cumbres, 

de los montes enojos, odio y saña, 

allanaron sus graves pesadumbres. 

  Dejábamos á veces la campaña, 

y a la ciudad veníamos famosa, 

que el padre Ibero fertiliza y baña. 

  Era del año la estación dichosa, 

aunque de nieves coronada en torno, 

que celebra la tjerra venturosa. 

  En vez del verde y deleitoso adorno. 

la plateaba con escarcha y hielo 

el seco y feminino Capricorno; 

  Cuando me trujo el variar del cielo 

a ver entre unas damas la que ha sido 

milagro suyo y perdición del suelo. 

  De la nieve el ejército movido 

a regocijo y fiestas con las damas, 

andaba entre los hielos encendido. 

  Yo, que nunca vi nieve ardiendo en llamas, 

hallé en esta ocasión esta hermosura, 

como en un tronco dos contrarias ramas. 

  Y en cortesía haciéndola segura 

de algunos que tirando entonces pellas, 

juntaban nieve con su nieve pura; 

  Sin ver que en pecho, rostro y manos bellas 

para excederla y convertirla había 

en helado cristal como eran ellas; 

  Llamome cortésmente, y aquel día,

que nunca lo pensé, tuve por cierto

que suele ser traición la cortesía.

  Que apenas de su boca el cielo abierto

me agradeció libralla de aquel trance, 

cuando como de rayo quedé muerto. 

  ¿Quién no tuviera por dichoso el lance, 

o imaginara que con tanta nieve 

diera en mi libertad amor alcance? 

  Cuando montañas della arroja y llueve 

el enojado cielo, amor desnudo 

a andar entre ellos sin temor se atreve. 

   Huir de Troya, aunque era fuego, pudo, 

sacando a su mujer, Eneas troyano, 

y yo a mi libertad de nieve dudo. 

  Con la ocasión allí también, Montano, 

el no haber sido huésped en su casa 

me agradeció la mesma ingrata en vano. 

  Y mira el trueco que en el alma pasa, 

pues ya tengo por huésped en el pecho 

esta nieve divina que me abrasa. 

  Y, aunque le viene el aposento estrecho, 

a vivir se acomoda y a matarme, 

y estoy yo del agravio satisfecho. 

  Desde este punto comencé a abrasarme, 

que la sangre más pura me encendieron 

los espíritus vivos, de mirarme. 

  Si los ojos pagaron lo que vieron, 

el estado lo diga de mis males, 

y la poca esperanza que tuvieron. 

  Los días para todos siempre iguales 

pasaban como siglos por mi vida, 

haciendo mis cuidados inmortales. 

  Pienso que fue mi pena conocida, 

mientras que ser no pudo declarada : 

tanto estaba al mirar la lengua asida. 

  Aunque, como una víbora pisada, 

si a llegar a su reja me atrevía, 

soberbia huyendo, se mostraba airada. 

  Pues es verdad que la desdicha mía 

se contentó con este triste estado, 

con que pasaba el mal del bien que vía. 

  Luego del alto César fui llamado, 

y, si es que sabes el dolor de ausencia, 

juzga, Montano, el tuyo y mi cuidado. 

  Perdí con la esperanza la paciencia, 

y pues partido no perdí la vida, 

no fue porque faltó mi diligencia. 

  Partí, lloré, volví, y a la venida 

corría, por mi mal, tanto recato 

como si fuera entonces la partida. 

  Mas no fue el tiempo a mi esperanza ingrato,

que hallé en su casa una pastora hermosa,

gran prenda de mi sangre y de su trato.

  Y, aunque para mi intento provechosa, 

en alguna manera fue mi daño, 

sirviéndome de amiga cautelosa. 

  Era de todos general engaño 

pensar que mi verdad sus ojos fuesen, 

siendo los míos cierto desengaño. 

  Que como sus extremos conociesen, 

juzgaban que a querella me inclinaba: 

así pluguiera a Dios mis males viesen. 

  Con esto tibiamente me ayudaba, 

y siendo en mi instrumento la tercera, 

a la prima del alma se igualaba. 

  Ya con la vecindad la hermosa fiera 

se mostraba más fácil y tratable, 

volviéndola el amor, de piedra, en cera. 

  Ya agradecía con piedad notable 

mi secreto servir y mi porfía, 

y a la ventana se mostraba afable. 

  Y así como quien ya mi mal sentía, 

jamás de Clori Albania se fïaba, 

que este es su nombre y de la prenda mía, 

 y como alguna vez le importunaba 

que un papel de su mano recibiese, 

parece que celosa se enojaba. 

 Y, como yo licencia le pidiese 

para escribir mis penas y dolores, 

donde con menos turbación pudiese, 

  Mostraba con razones y colores 

que no era buena diligencia aquella, 

y eran, con esta dilación, mayores. 

  Posible, finalmente, fue vencella,

porque no hay al amor cosa imposible,

y para ser crüel era muy bella.

 Y para que este amor incomprehensible 

tuviese más valor, con un concierto 

el poderla escribir me fue posible; 

  que ni el papel le fuese descubierto 

a Clori, ni viniese por su mano, 

lo que, siendo su gusto, fue muy cierto. 

 Y, entonces, ¿qué dirás de mí, Montano, 

cuando con tan extraños pensamientos 

puse sobre el papel la incierta mano? 

  Vieras allí las penas y tormentos 

acudir de tropel a ser escritos 

con mil enamorados sentimientos. 

  Yo, puesto entre cuidados infinitos, 

solamente de todo el gran proceso 

juzgaba los deseos por delitos. 

  Oprimido en efecto de aquel peso, 

escogí lo mejor, y humilde escribo 

lo que estaba más lejos de mi seso. 

  Cierro el papel dichoso, y apercibo 

un tercero discreto que llevase 

de un muerto en penas un retrato vivo. 

  Quiso el amor que la ocasión llegase, 

y, aunque difícilmente, también quiso 

que le diese el papel y le tomase 

  cuando deste suceso tuve aviso, 

pues yo no perdí el seso, no le tuve; 

que mata un bien si viene de improviso. 

  Desde este punto más perdido estuve, 

porque ya la esperanza me mostraba 

cubierto el sol de una pequeña nube; 

  con que me respondiese la cansaba, 

o que solo escribilla permitiese; 

pero todo mi bien dificultaha. 

  Forzome el ciego amor que la escribiese,

y, no pudiendo dárselo, forzome 

que como la esperanza el papel fuese. 

  Díselo al viento por su reja, y diome 

lo que pude esperar de un hierro helado,

que no hay diamante que mis yerros dome.

 ¡Qué mal se limará, Montano amado,

con el de cera un corazón de acero!

 Que amor no escoge los que no ha llamado.

Desta manera por Albania muero,

y dando un monte en ecos su respuesta, 

  yo pregunto a mujer y no la espero. 

Esta es la historia y la desdicha es esta,

breve en el gusto y larga en la memoria,

  que tanta pena y confusión me cuesta.


ΜΟΝΤΑΝΟ.


Paréceme el discurso de tu historia

los lejos que se ven en la pintura,

confusos cielos de tu incierta gloria.

 Mas dejas encantada la aventura,

pues no me das razón de tu partida,

siendo el rigor de la ocasión más dura.


LUCINDO.


  Por no mover el alma divertida 

en otros sentimientos favorables, 

quise dejar la historia interrumpida; 

  que en pesares que son incomportables, 

mal puede discurrir la lengua triste 

sin sentimiento y lágrimas notables. 

  Pero, pues hasta el fin saber quisiste 

el mal que mi abrasado pecho siente, 

y a la memoria la ocasión trajiste, 

  aquí verás un venturoso ausente, 

porque suele el amor en una ausencia 

descubrirse mejor que no presente. 

  Llegada la partida y la sentencia 

de mi muerte forzosa, despedime 

del cielo de su angélica presencia. 

 Mas dime, ¿a quién habrá que no lastime 

que le ofenda su dama cuando parte? 

O¿qué esperanza que a vivir le anime? 

  Pasado estaba yo de parte a parte 

con una flecha de crueldad, partiendo 

de quien de todo mi dolor fue parte, 

  cuando me dijo, en sangre convirtiendo 

su pura nieve, que era caso injusto 

arrojalle el papel no le queriendo; 

  Y que debiera yo, pues era justo, 

agradecer que vella permitiera, 

y que de verme recibiera gusto. 

  Yo entonces respondí lo que pudiera 

delante de los cielos, que crïaron 

aquesta hermosa vengativa y fiera. 

  Las causas le mostré que me obligaron, 

oyéndomelas todas hasta el punto 

que prendas enemigas lo estorbaron. 

  Aquella noche, en fin, como a difunto, 

en las postreras honras de una reja 

me dieron el favor y el partir junto. 

 Y como el que la amada patria deja, 

y en ella el alma, y lleva el cuerpo solo, 

que ella se acerca más cuanto él se aleja, 

  partí como del bello ingrato Apolo 

la flor, que sus doradas hojas cierra, 

y queda escuro de Calixto el polo; 

  o como el que mirando va la tierra 

desde el profundo mar, y más, si acaso 

esposa amada o tierno padre encierra. 

   El suspiro, la lágrima y el paso 

juntos sallan, sin que diese alguno 

menos que así del alba hasta el ocaso. 

   ¡Cuántas veces al cielo fui importuno 

para que diese fin a tantos daños! 

Porque viviendo no esperé ninguno 

  siéndome con tan graves desengaños 

los puntos horas y las horas días, 

los días meses, y los meses años. 

  Y parábanme tal las ansias mías, 

y aquel amor y fuego que nacieron 

de dos nieves tan ásperas y frías, 

  que hasta desesperarme no quisieron 

alzar la espada ni el rigor pasado, 

no contentas de ver que me rindieron. 

  Pero, en aqueste miserable estado, 

que, como dicen, la esperanza vive 

aunque su dueño esté desesperado,

 veo que amor me llama y apercibe 

al bien más alto que su esquiva mano 

pudiera dar a quien con él más prive. 

  Hallé de mis zagales un serrano 

al fin de la esperanza y del camino, 

que se quedaba con mi bien, Montano. 

  El cual (¡mira qué extraño desatino, 

mira qué efecto de un amor ausente!) 

me trajo humano mi desdén divino. 

  Trájome ya la nieve diferente; 

que como ya de su rigor pasaba, 

trocose el frío en otra especie ardiente. 

  Por una carta supe que quedaba 

(¿quién lo dirá, Montano?) enternecida, 

y que señales de quererme daba. 

  Escríbeme que estaba persuadida 

a estimar mi verdad o creer mi engaño, 

engaño que me cuesta mi alma y vida. 

  Que no creyera de mi ausencia el daño, 

si la terneza y pena en que se vía 

no le fuera notorio desengaño. 

  Que estimase saber que pretendía 

darme este gusto, y si le estimo y siento, 

pregúntelo mi Albania al alma mía; 

  y que aquel amoroso arrojamiento, 

pues no era justo, no le condenase; 

¡qué honesto, aunque escuchado pensamiento! 

   Y que me aseguraba imaginase 

que era el postrero, y que sería el primero 

que a tales pensamientos la inclinase. 

  Yo entonces, como suele el prisionero 

que revocar oyó mortal sentencia, 

la muerte olvido y en la vida espero. 

  Dejo al César y vuelvo a su presencia, 

y aun dejara de serlo de mil mundos, 

por ver mi bien y no sufrir su ausencia. 

  Llegué a sus ojos, en la luz segundos 

al planeta mayor, nortes y faros 

de los estrechos de mi mal profundos, 

  desde este día que sus ojos claros 

miraron mis deseos, amor puso. 

en mi abrasada Troya sus reparos. 

  Ya sabes que al oráculo confuso 

Venus, por ver que no crecía Cupido, 

a preguntar la causa se dispuso, 

 y que le fue de Temis respondido 

que hasta que al niño diese hermano, en vano 

pensaba ver el tierno amor crecido. 

  Venus no sé si e Marte o a Vulcano 

llamó para este efecto; en fin, se cuenta 

que dio a Cupido otro Cupido hermano. 

  Anteros se llamó, que representa 

un recíproco amor de voluntades, 

que amor pagado, con amor se aumenta. 

  Desta suerte pagadas mis verdades, 

creció mi amor, haciendo sin recato 

el uno al otro ciertas amistades. 

  Ni fue más desdeñosa ni yo ingrato, 

antes el trato dio al amor aumento, 

que hace al niño amor gigante el trato. 

  ¿Qué monte o sierra con igual contento

no corrimos los dos? ¿Qué valle frío

no nos dejó cazando sin aliento?

  ¿En qué ribera del corriente río

no sacamos los peces con anzuelos

debajo de algún álamo sombrío?

  Los tímidos cobardes conejuelos 

le presentaba yo, si se enojaba, 

por hacer amistad de algunos celos, 

  por los frondosos árboles trepaba, 

y, chillando los pollos, le traía 

los nidos que su pájaro lloraba. 

  ¡Cuántas veces me halló en su puerta el día 

con las tempranas guindas y cerezas 

que con el verde elejo entretejía! 

  Si no podia hablarla, ¡qué tristezas! 

Sus puertas, sus ventanas coronaba 

de mudas selvas y silvestres nuezas. 

  Con esto, cuando Albania despertaba, 

y daba por sus rejas sol al mundo, 

conocía que yo velando estaba. 

  ¿No has visto un perro con gemir profundo, 

si le deja su amo, herir la puerta? 

Pues yo era así, y en la lealtad segundo. 

  Ni menos si la vi, Montano, abierta, 

dejé de hacer locuras amorosas, 

que así enloquece una esperanza incierta. 

  Mil veces en las selvas espaciosas, 

si me hallaba dormido, me tejía 

guirnaldas de azucenas y de rosas. 

  Yo despertaba, y, viendo qué me hacía, 

vencedor y vencido la buscaba, 

y aquel triunfo de amor le agradecía. 

  Ella, con risa, todo lo negaba, 

cubierta de vergüenza y de claveles, 

con que el nevado rostro matizaba. 

  Pero los hados, en mi bien crüeles, 

en estos tiempos mi descanso impiden, 

porque del bien, si es grande, te receles. 

  De Albania con ausencia me dividen 

segunda vez, quedando interrumpida 

la historia, cuyo fin mis quejas piden. 

  Lo demás del estado de mi vida 

por esto puedes conocer, Montano, 

y, si ganada mal, tan bien perdida, 


MONTANO.


Extraño fin de amor, a quien en vano

hace el desdén injusta resistencia,

y el imposible más incierto es llano.

 Lucindo, él mesmo te dará paciencia

con solo imaginar que Albania hermosa

siente con tiernas lágrimas tu ausencia.

 Porque ver humanar tan alta diosa,

y por Endimión bajar la Luna,

bastan a hacer un alma victoriosa.

 No le pidas mas bien a la fortuna;

sufre tu mal, que no es tan imposible

que no le apliques esperanza alguna.

  No es empresa de amor la que es posible;

que para grandes ánimos se hacen

las que tienen su fin inaccesible.

  En tanto, pues, que las ovejas pacen,

y de cogollos de florido espino

las cabras a placer se satisfacen, 

  Quiero de Albania al resplandor divino 

consagrar de improviso un epigrama 

con aqueste cuchillo en este pino, 

  Porque crezca su nombre, gloria y fama 

en las orillas del anciano Tormes, 

como por el lbero se derrama. 


LUCINDO.


Harás la tuya y su valor conformes,

aunque todas las cosas deste suelo,

para tenelle igual, serán disformes.

  Pinta mi puro amor, mi casto celo,

que no le vencerán olvido y muerte

por muchos siglos que revuelva el cielo.


MONTANO.


Escúchame, que escribo desta suerte: 


                EPIGRAMA


  Una hermosura y celestial belleza 

de un rico entendimiento acompañada, 

en quien la ciencia infusa está cifrada 

que puso Dios en la naturaleza... 

  la mayor majestad y gentileza 

que vio la edad presente y la pasada, 

de las mayores gracias adornada 

que son del alma corporal riqueza; 

  un término real, un noble trato 

y, en tiernos años, un discurso altivo 

todo de ejemplos inauditos hecho, 

  de Albania son el singular retrato; 

y quien quisiere verla más al vivo, 

busque a Lucindo y mírela en su pecho. 


Acabada la égloga, y referida la fábula en prosa de Frondoso, dieron licencia Benalcio y Tirsi a las pastoras que diesen algunas prendas a sus amantes, con tal condición, que ellos las celebrasen de improviso con algunos versos. Agradó á todos generalmente el favor y la satisfacción; y así, dio la primera Isbella a Menalca un reloj con su brújula.

sábado, 7 de octubre de 2023

Un nuevo corazón, un hombre nuevo, de Francisco de Quevedo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Francisco de Quevedo


Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.


Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.


Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.


Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues, de perdido,

recato mi salud de mi deseo.


(En este poema Quevedo cita la imagen de San Pablo de "vestirse del hombre nuevo", Ad efesios, 4. 24)

lunes, 18 de septiembre de 2023

Luis de Góngora, A cierta dama que se dejaba vencer

 A cierta dama que se dejaba vencer


Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,

la sangre de su pecho vierte en vano,

vende Lice a un decrépito indïano

por cient escudos la mitad del lecho.


¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,

sabiendo que halla ya paso más llano,

la bolsa abierta, el rico pelicano,

que el pelícano pobre, abierto el pecho?


Interés, ojos de oro como gato,

y gato de doblones, no Amor ciego,

que leña y plumas gasta, cient arpones


le flechó de la aljaba de un talego.

¿Qué Tremecén no desmantela un trato,

arrimándole al trato cient cañones?

domingo, 3 de septiembre de 2023

Juana de Asbaje y Ramíres (sor Juana Inés de la Cruz), ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?


Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.


Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,


teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

miércoles, 14 de julio de 2021

Francisco de Quevedo, Execración contra los judíos

 Execración por la fee católica contra la blasfema obstinación de los judíos que hablan portugués y en Madrid fijaron los carteles sacrilegos y heréticos. Aconsejando el remedio que ataje lo que, sucedido en este mundo, con todos los tormentos aún no se puede empezar a castigar.

Escríbela don Francisco de Quevedo Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Secretario de su Majestad.

A la Majestad católica del Rey nuestro Señor don Felipe 4.° deste nombre.

Psalmo 51. Deas, iuditium tuiim regí da, et iustitiam tuam filio regis. 

Señor:

Si el sentimiento pudiera ser consuelo al horror de que toda España está poseída en este sacrilegio, al que V. M. ha mostrado, lleno de religión y celo católico, se debiera este remedio. Mas las circunstancias de tal delito a vuestros buenos vasallos niegan el consuelo en vuestro dolor, y a vos, Señor, el que tuviérades en consolar su dolor con el vuestro. Yo, como Job, hablaré en la amargura de mi alma, por ser fiel, y nada callaré, por ser leal, pretendiendo no ser reo a entrambas majestades: a la eterna, como su criatura; a la vuestra, como vuestro criado, que reverencia el juramento que al servicio de V.M. ha hecho. 

De dos maneras ha castigado Dios nuestro Señor siempre y de entrambas nos castiga. 

La una es castigar los pecados, la otra, castigar con los pecados. No sé si acierto en temer la postrera por mayor, pues cuanto es peor el pecado que el castigo, tanto es peor castigo el pecado. Castiga Dios nuestras culpas con permitir que nuestros regocijos sean nuestras lágrimas. Lo que se vio en dos fiestas de toros en la plaza, adonde, en la primera, quemándose de noche hasta los cimientos una acera, no pereció nadie, y la segunda, no cayéndose nada ni ardiéndose una madera, murieron miserablemente tantas personas. 

Castiga Dios con permitir en Cádiz que nuestros puertos sean cosarios de nuestras mercancías y las anclas de nuestros navíos sus huracanes. Da a los rebeldes las plazas en Flandes. Da la flota, sin resistencia nuestra ni gasto de pólvora, a los herejes. Entrégales en el Brasil los lugares y puertos y las islas. Abreles paso a Italia. Dales victorias en Alemania y socorros. Castigos son de su mano, satisfaciones son de su ira grandes y dolorosas. Mas permitir que en la corte de V. M. azoten y quemen un crucifijo, que repetidamente fijen en los lugares públicos y sagrados carteles contra su ley sacrosanta y solamente verdadera, esto es castigar con los pecados. Y pecados tales, que en esta vida no pueden tener proporcionado castigo. Señor, el vernos castigados de la mano de Dios no debe afligimos, sino enmendarnos, porque su azote más tiene, por su bondad, de advertencia que de pena.

Así lo enseña el grande doctor y padre S. Augustín: Qui gaudet miraculis beneficiorum gaudeat et in terroribus ultionum, nam et blanditur, et minatur, si non blandiretur nulla esset exortatio, si non minaretur nulla esset correctio. / Quien se alegra con los milagros de los beneficios alégrese en los espantos de las venganzas, porque halaga y amenaza. Si no halagara, no hubiera alguna exortación; si no amenazara, no hubiera alguna corrección.

Todas nuestras calamidades referidas las hallo una por una contadas en Nahúm profeta, con la causa dellas Cap. 3: Vox flagelli, et vox Ímpetus rote, et equi frementis, et equitis ascendentis, et micantis gladis, et fulgurantis haste, et multitudis interfecte, et grauis ruine; nec est finís cadaverum et corruent in corporibus suis, propter múltitudinem fornicationum meretricis spetiose, et grate, et habentis meleficia, que vendit gentes in fornicationibus suis, et familias in maleficiis suis. / La voz del azote, la voz del ímpetu de la rueda, la del caballo que gime, la del caballero que sube, la de la espada que reluce, la de la lanza que fulmina, la de la multitud muerta y de la ruina grande; no tienen los cadáveres fin y se precipitarán en sus cuerpos por la multitud de las fornicaciones de la ramera hermosa y favorecida y que tiene hechizos, que vende las gentes en sus fornicaciones y las familias en sus hechicerías. 

Podrán otros hallar estas señas de la ramera, por la hermosura, valimiento y hechizos, bien parecidas a otra cosa. Empero, yo reconozco ser esta ramera la nación hebrea con la autoridad de Isaía:

Cap. l.°: Quomodo facta est meritrix civitas fidelis plena iudicii?  / ¿Cómo se ha vuelto ramera la ciudad fiel llena de juicio? Por ella, Señor, y por sus prevaricaciones, temo que hemos oído en Italia, Flandes y Alemania todas las voces referidas. Pues nos han gritado el azote, la rueda, el caballo, el caballero, la espada, la lanza y la multitud de difuntos, pronunciando horror con los cadáveres y escribiendo de espanto, con güesos sangrientos, las campañas. ¡Oh, Señor, a cuán hondos retiramientos de la alma baja la consideración el sentimiento! No dudo que la mano sacrilega que escribió los carteles y la lengua precita que los dictaba padecerán.

David, rey santo y profeta rey, lo asegura en el Psalmo 51:

Quid gloriaris in malitia qui potens es in iniquitate? / ¿Por qué te glorificas en malicia tú, poderoso en la maldad? Por todo el Psalmo y singularmente en el verso 6.7: Dilexisti omnia verba precipitationis, lingua dolosa. Propterea Deus destruet te in finem; evellet te, et emigrabit te de tabernáculo tuo, et radicem tuam de térra viventium. / Amaste, lengua maldita, todas las palabras de precipitación, por lo cual Dios te destruirá en el jin, y te arrancará y te arrojará de tu tabernáculo y tu raíz de la tierra de los que viven. 

Mas, Señor, ¿quién nos dará satisfación de que en vuestra corte haya habido piedras que consintiesen tales carteles, cuando sabemos que las piedras (en esto) han mudado naturaleza por nuestros pecados? Pues cuando vieron otro cartel sobre la cruz de Cristo, se quebraron las de Hierusalem, y, con éstos, no hicieron movimiento las de Madrid. Rasgaron sus claustros los montes y fueles fácil desabrochar la trabazón de cerros, y no se hendieron las puertas y las paredes donde los pegaron. Gimió con los truenos el cielo. Tronó con las borrascas el mar y faltó voz a las esquinas. Los muertos salieron de las sepolturas cuando la propia  nación condenó a Cristo, y hoy los vivos parecen muertos y sepulcros las casas. Halló el sol, en medio del día, noche con que taparse la cara por no veer las afrentas de Cristo, y en esta ocasión faltaron nubes que le enlutasen la luz, porque faltase día para leer blasfemias tan descomulgadas. ¡Quién dejará de confesar que esta nota desconsuela el tiempo y el lugar!

Quédese aquí la ponderación, pues para el castigo y el remedio V.M. es el solamente todo católico. Monarca grande por las virtudes, piedad y religión, sumo por el poderío y fuerzas. Amparáis el santo Tribunal de la Inquisición, mano derecha y sagrada de vuestra justicia, más precioso rayo de vuestra corona, fortaleza inexpugnable de vuestros reinos, tutela soberana de vuestros vasallos. Pasemos al remedio por el conocimiento de la causa infernal de tan sacrilegos y abominables efectos.

Serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, preceda en vuestros oídos esta advertencia a mi discurso. Que de la benignidad de V.M. espero la dará paso desembarazado a su real corazón, de quien confío que, pues está en la mano de Dios, será asistido mi celo y acogida mi verdad.

Los gloriosos antecesores de V.M. expelieron de todos sus reinos la nación pérfida hebrea cuando se coronaban en pocos y pobres retazos de España, recobrados a la inundación de los moros por el valor de las reliquias cristianas que, de aquella universal ruina, quedaron (parte despreciadas, parte defendidas por la espada de Santiago, su único patrón). Y me persuado con grandes fundamentos que, por aquella expulsión, estendió Jesucristo nuestro Señor el cerco de su corona sobre todo el camino del sol. No sólo borrando las de los moros, sino incluyendo en ella las coronas de otros reyes católicos, como se vee en las de Aragón, Portugal, Nápoles y Sicilia. Mucho debe V.M. a la misericordia de Dios, que ha juntado tan distantes orbes para ceñir en majestad incomparable su cabello, dejando fuera de su obediencia los que castiga. Y cuando el sol, en cuanto camina con las horas, no da paso donde vos no dominéis, la noche en el mundo opuesto no mira con el desvelo de las estrellas mar ni tierra que no sea vuestro.

Las causas que obligaron a los progenitores de V.M. a limpiar de tan mala generación estos reinos se leen en todos los libros que doctísimamente escribieron varones grandes en defensa de los estatutos, iglesias y colegios y órdenes militares. No las callan las historias propias y extranjeras. Vulgar es, y de pocos ignorado, el papel que declara la causa de la postrera expulsión. Y con él anda el consejo que los malos judíos, príncipes de la sinagoga de Constantinopla, dieron a los que les avisaron desde España del destierro y castigos que padecían. Consejo tan habitado de veneno que inficiona leerle y molesta veer con cuánta maña le supieron ejecutar. Pénele a la letra en español el doctor Ignacio del Villar Maldonado, doctísimo jurisconsulto, en su libro impreso cuyo título es Silva Responsionum luris, libro 1. en la duodécima responsión (párrafo 51). Referiré a V.M. una cláusula dél:

Y pues decís que los dichos cristianos os quitan vuestras haciendas, haced vuestros hijos abogados y mercaderes, y quitarles han ellos a los suyos sus haciendas. Y pues decís que os quitan las vidas, haced vuestros hijos médicos y cirujanos y boticarios, y quitarles han ellos a sus hijos y descendientes las suyas. Y pues decís que los dichos cristianos os han violado y profanado vuetras ceremonias y sinagogas, haced vuestros hijos clérigos. Los cuales con facilidad podrán violar sus templos y profanar sus sacramentos y sacrificios. 

Yo, Señor, no estoy tan cierto de que les diesen este consejo los judíos de Constantinopla a los de España, como de que los judíos de España le han ejecutado. Si se toma la disposición a la salud y a las vidas, más vidas nos cuestan sus medicinas y sus recetas que las batallas. Un médico fue causa de la postrera expulsión. Era judío y traía en lo hueco de una poma de oro un retrato suyo, pisando con los pies la cara de un crucifijo. Y en el propio libro y párrafo citado, cuenta el doctor Ignacio del Villar Maldonado de otro médico judío, que se le averiguó haber muerto más de trecientas personas con medicinas adulteradas y venenosas, y que todas las veces que entraba en su casa cuando volvió de asesinar los enfermos, le decía su mujer, que era, como él, judía: «Bien venga el vengador». A que el judío médico respondía, alzando la mano cerrada del brazo derecho: «Venga y vengará». Y destas historias de médicos judíos que han vendido por dinero la peste a los cristianos, están llenos los libros y las historias y los autos de Inquisición. Y hoy, Señor, en Madrid son muchos los médicos y oficiales de botica los que hay portugueses desta maldita y nefanda nación. Y son infinitos los que andan peleando, con achaque de curar, por todos los reinos, y cada día el santo Oficio los lleva de las mulas al brasero.

Juan Baptista de san Nazario, que se llama Ripa, in suo tractatu iuridico De peste, folio 76, Irt electione medicorum, dice estas afectuosas palabras: Ego autem áloquor Abenionienses qui se saos que liberos in infirmitatibus commitum judeis perfidis, et christianorum inimicis, nam si Christum persecuti sunt credendum est quod nos quoque persequentur, alias si contrarium creditis, eritis illis, símiles qui Christum mendosum prophetam aseberant. Ego autem christianus sum et agnosco veritatem Christi dicentis. Si me persecuti sunt, et vos persequentur. Mortem profecto apetit qui a Judeis sanitatem exquirit, quia sine auxilio Christi se sanum fieri putat. Cap. qui sine 26. quest. 11.

Contra sí oye las palabras de Jesucristo cualquiera cristiano que de los judíos promete otra cosa que muerte y persecución. Pues, si declaran las haciendas particulares y públicas, bien verificado lloran aquel endemoniado consejo. Siendo verdad que no hay cosa que se venda o se compre, por menudo ni por junto, vil ni preciosa, desde el hilo hasta el diamante, que no esté en su poder. Ni estanco, ni arrendamiento, ni administración que no posean. Y con haber arribado a ser asentistas, han avecindado su venganza a más de lo que pudieron maquinar los detestables rabíes de Constantinopla. En la parte de hacerse abogados no hablo, porque no es menester, ni en la de hacerse sacerdotes, porque no puedo. Por demás es decir lo que se vee y enseñar uno lo que todos cuentan. Todo esto debieron de reconocer y prevenir los señores reyes de felice recordación, las leyes, los establecimientos y los sagrados cánones que, para todas estas cosas (fuera de la mercancía), mandaron precediese información de limpieza.

Tal es aquella nación que los príncipes no tuvieron por salud entera desterrarlos. Antes, por todo lo dicho, reconocieron el peligro y el contagio en pequeña participación de sus venas. El vaho de su vecindad inficiona, su sombra atosiga. Una gota de sangre que de los judíos se deriva seduce a motines contra la de Jesucristo toda la de un cuerpo en la del más calificado. No la olvidan las tardanzas del tiempo de su mala calidad. Siempre empeora la buena sangre con que se junta, y por eso la busca. Nunca se mejora con la buena en que se mezcla, y por eso no la teme. Y es, Señor, caso admirable y maravilla grande que premiase Dios nuestro Señor la expulsión postrera de los abominables judíos y el establecer contra su perfidia el tribunal del santo Oficio, [Nazario] Nasario del más] demas con dar a los Reyes Católicos tanto mundo. Que ignorancia tan antigua guardó hasta sus días, para que fuese recompensa de acción tan colmada de gloria y, juntamente, señal de lo mucho que se agradó la majestad divina de tan santa determinación. Cargue V. M. la consideración sobre el cuidado que en esto tuvo el verdadero Dios nuestro, pues, yendo Colón primero a rogar con el nuevo mundo al rey de Portugal, no se le concedió y le llevó al rey don Fernando, porque le gozase quien desterraba los judíos y le perdiese quien los acogió.

Debo poner a V. M. en consideración que nuestros acontecimientos se miran de oposición con aquellos sucesos si (después que los judíos en España se han introducido en el mayor comercio con honra y autoridad y pretendido con escritos impresos relajación de gravámenes y alguna eceptión en materia de vender bienes y poder ausentarse y que se determine fin a su afrenta) experimentamos pérdidas de plazas y de gente y de flotas. Y no es ajeno de razón achacar esto a los judíos que tenemos, pues los tenemos en premio de los que echamos.

Digna cosa es del reparo de V. M. las grandes y milagrosas plagas que Dios (siendo los judíos su pueblo) invió sobre Faraón, porque los detenía y no los dejaba ir, y las que invía, que no son  menores que  aquéllas, hoy que son pueblo contra Él, sobre los que los tienen y no los echan. Esta, señor, es gente que produce plagas si los tienen y si no los arrojan. No será hoy menos condenada la dureza de quien no los echare que lo fue la del que no los dejó ir. ¿Qué se puede esperar de los que crucificaron al que esperan y de los que, crucificado, le queman, y de los que, quemado, condenan a muerte su sacra santa ley con editos abominables? 

Yo me prometo de la justicia de V. M. que, recordado de los ultrajes hechos en su tiempo tan atroces al Santísimo Sacramento por dos herejes en su corte, de los primeros carteles que, con la nota destos segundos, se fijaron en Sevilla cuando el inglés acometió Cádiz, no sólo mandará que, con todo rigor, se observen los estatutos (que esto yo creo se ha hecho y hace) sino que, creciéndolos, pasará a que sus órdenes, con perpetua transmigración, arrojen de todos sus reinos esta cizaña descomulgada.

Y porque a este remedio puede parecer estorbo en las ocurrencias presentes el ser desta detestable, pérfida, endurecida y maldita nación los más de los asentistas, digo que tuviera por más seguro el desamparo ultimado de todos que el socorro déstos. Señor, mirando a vuestras grandes y admirables virtudes, me atrevo a deciros aquellas palabras del psalmo, decentes por ser de rey para rey graves y misteriosas por ser de rey profeta y santo. Como puedo os las apropio: Qitia dilexisti iustitiam, et odisti iniquitatem propterea ungit te Deus tuus, olio letitie pre consortibus tuis. / Porque amaste la justicia y aborreciste la maldad, por eso te ungió tu Dios con olio de alegría entre tus consortes.

De que se colige literalmente que, como hay olio de alegría para ungir al rey que, como V.M., ama la justicia y aborrece la maldad (como lo muestra el quia, causal), que también habrá olio de tristeza para ungir al rey que amare la maldad y aborreciere la justicia. Y como yo conozco la grande religión de vuestro ánimo y la benignidad esclarecida de vuestro corazón, quiero informar a V.M. de la naturaleza precipitada, del natural dañado e injurioso desta abatida y vilísima nación  hebrea. Y porque no padezcan ecepción mis palabras, todas serán, en la primera prueba, textos sagrados.

En el libro 5 de las Decretales de judeis sarracenis (Título VI, cap. VIII): Ad hec omnibus Christianis qui sunt in iurisditione nostra penitus interdicatis, et si neccesse fuerit districtione eclesiástica compellatis eosdem ne judeorum seruitio se assidue pro aliqua mercede exponant, quod etiam obstetricibus et nutricibus eorum prohibere curetur, ne infantes judeorum in eorum domibus nutrire presumant judeorum mores, et nostri in nullo concordant, et ipsi de facili ob continuam combersationem et assiduam familiaritatem ad suam superstitionem et perfidiam simplicium animos inclinarent. 

Manda este decreto que se prohíba a los cristianos servir a los judíos y a las amas cristianas que no críen sus hijos. Y da la razón: porque las costumbres de los judíos en nada concuerdan con las nuestras, y con el trato y conversación, dice el santo Pontífice, les es fácil a ellos seducirlos a su perfidia y bestial superstición.

Repare V.M. en que no se pueden atribuir a otra cosa los daños y escándalos que suceden sino a la licencia con que se deroga este decreto. Y más, Señor, leyendo en el propio título, capítulo XIII, estas tan sanctas como temerosas palabras: Et si judeos (quos propria culpa sumisit perpetue seruituti) pietas Christiana receptet et sustineat cohabitationem illorum ingrati tamen nobis esse non debent, ut redant Christianis per gratiam contumeliam, et de familiaritate contemptum, qui tanquam misericorditer, in nostram familiaritatem admissi, nobis illam retributionem inpendunt, qua (iusta vulgare proberbium) in vis impera, serpens in gremio, et ignis in sinu suis consueverunt hospitibus exhibere.

Señor, este capítulo, para guiar las determinaciones de V.M., se lee escrito en tantos nortes como letras. Dice que los judíos, por su propia culpa, están sujetos a perpetua esclavitud. Luego excluidos están, por sus maldades, no sólo de tener puestos y mandar, sino de tener libertad /[5v] y dejar de ser esclavos. Y como si con el santo Pontífice se consultara el advirtirlos por asentistas, dice que no se ha de comunicar ni tratar con ellos, porque los judíos dan el pago que da el ratón al que le lleva en las alforjas y la  serpiente al que la abriga en el regazo y el fuego al que le hospeda en el seno.

Vea V.M.: si el mantenimiento que les fiamos le roen, si el regazo en que los abrigamos le envenenan, si el seno donde los recogemos le abrasan, ratones son, Señor. Enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos. Lo que les fían roen y lo que les sobra inficionan. Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas (o para comerlas o para destruirlas), desvelados en el sueño y descuido de los que los padecen. Temerosos y fecundos, de fertilidad tan nociva que la casa donde están la minan, de suerte que no puede vivir en ella quien se contenta con cerrar los agujeros u espantarlos, y sólo puede habitarla quien, o se muda della, o los mata. Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da. 

Fuego son, que paga la vecindad en incendios y la acogida en ceniza, que de pequeña centella crecen en hoguera, que tratados queman y vistos deslumbran, consentidos consumen y apagados ahúman. Y siempre con inquietud se dan priesa a consumir lo que los alimenta.

Soberana, Sacra, Católica y Real Majestad: no dudo que con este advertimiento de los sagrados cánones, mandaréis echar el ratón de vuestro alimento y la sierpe de vuestro regazo y el fuego de vuestro seno. Y porque veáis que desta comparación con los judíos quedan afrentados y quejosos el fuego, la sierpe y los ratones, oíd las palabras con el que el pontífice acaba este capítulo 13: Accepimus autem quod judei faciunt christianas filiorum suorum nutriles, et (quod non tantun dicere, sed et nefandum est cogitare) cum in die Resureccionis Dominice, illos recipere Corpus et sanguinem Jesuchristi contingit, per triduun ante quan eos lactent, lac effundere faciunt in lattrinam, alia insuper contra fidem catholicam detestabilia, et inaudita commitunt propter quod fidelibus est verendum ne divinam indignationem incurrant cun eos perpetrare patiuntur indigne que fidei nostre confusionem inducunt. / Ha venido a nuestra noticia que los judíos dan amas cristianas que les crien a sus hijos y (lo que no sólo decirlo, sino imaginarlo, es nejando) como acontezca que el día de la resurrección del Señor reciban el cuerpo y la sangre de Jesucristo, por tres días después que comulgaron las hacen derramar la leche en una necesaria y cometen otras maldades contra la jee católica, detestables y inauditas. Por lo cual los fieles deben temer no incurran en la divina indignación, pues indignamente los permiten cometer delitos que inducen confusión a nuestra fee [acaba] acabe

No tengo para qué ponderar a V.M. las palabras deste capítulo, que en sus piadosas entrañas tendrán más conmiseración que eficacia en mis razones. Sólo hago recuerdo a V.M. que por esto en la casa real es estatuto que se haga información a las amas de los serenísimos príncipes y infantes y que, aunque la leche sea buena, en la que fuere desta perversa ralea, no se admita. Temiendo aun en tanta majestad el contagio desta nación que describe y dibuja Job, cap. 39, en Behemoth y Leviatán: Ecce Behemoth. Veis a Behemoth. No me detendré en todo el capítulo, por no hacer comentario ni discurso. Repararé en el verso 13 y en el 18, que retratan en este monstruo el pueblo hebreo:

Ossa eius veluti fistulle eris, cartillago illius quasi lamine ferree. / Sus huesos como cañones de metal, sus ternillas como láminas de hierro. 

No es, Señor, de otra suerte su dureza. Los huesos destos pérfidos son cañones de batir, sus medulas son balas, sus ternillas láminas de hierro. Estos no son hombres, sino máquinas de guerra. Con la carne arrebatan la batería sobre que se fabrican. Prosigue Job:

Ecce absorbebit fluvium, et non mirabitur, et habet fidutiam quod influat Jordanis inos eius. / Veisle que se sorberá el río y no se admirará, y tiene esperanza, que ha de agotar el Jordán en su boca.

Aquí, Señor, declara la pretensión de este pueblo anatematizado por el río que se sorbe, y no se admira su sed insaciable de usuras y riquezas. Por el Jordán que espera agotar, declara que su negocio es agotar el baptismo. Que yo así lo entiendo literalmente en la palabra cerrar en su boca el Jordán, río donde Cristo baptizó y fue baptizado, aguas que fueron solar del baptismo, de donde prueba su nobleza y limpieza, en la ley de gracia, nuestra alma. Pedro Comestor en la Historia eclesiástica de los Actos (fol. 249): que como san Pablo, predicando en Atenas, convirtiese mucha gente, pasó a Corinto, donde convirtió un judío que se llamaba Aquila con su mujer Priscila, de los cuales habla muchas veces cuando escribe a sus amigos. Estos eran recién venidos de Italia, expulsos por el edicto de Claudio emperador, que los había desterrado de su imperio porque, con la familiaridad y introdución que tenía con Agripina su mujer, la habían ya introducido en sus ritos, de suerte que judaizaba. Pues si este comercio fue de tal peligro en la familia imperial, y por emperador idólatra fue arrojado con edicto por detestable y contagioso, V.M., católico monarca, verá mejor que todos lo que a todos conviene.

Presento a V.M. por testigo contra esta generación de hierro, adúltera y viperina, a David. De ellos es, con ellos habla nombrándolos y mandándolos que atiendan y llamándolos, como su rey, su pueblo (Psalmo 77): 

Atendite, popule meus. / Atended pueblo mío. 

En todo este psalmo encarece su dureza, su desagradecimiento, su obstinación, [su príncipe se llamaba Aquila] se llama Aquita olvido, sus maldades, su ceguera, su idolatría. Dice los beneficios tan maravillosos que de Dios recibieron y cómo se los pagaron en ofensas. Dice los castigos y cómo los despreciaron con perfidia. De que se colige, Señor, que, pues Dios ni por bien ni por mal los redujo, deben tomar enseñanza los hombres para tratarlos y conocerlos. Dícelo David con estas palabras:

Et rememorati sunt, quia Deus adiutor est eorum, et dilexerunt eum in ore. sao, et lingua sua mentiti sunt ei. / Y recordáronse porque Dios fue su ayuda y es su redemptor. Amáronle en su boca y con su lengua le mintieron. 

Pues si con Dios y para con Dios no tienen comercio su corazón y su lengua, ni su lengua con su boca, ¿quién esperará verdad de su comercio? Y en el Psalmo 105: Et iratus est furore Dominus in popülum suum, et abominatus est hereditatem suam. / Airóse Dios con furor contra su pueblo y abominó su heredad.

Estos, después, en la pasión de Jesucristo, pidieron para sí y para sus hijos esta abominación: «¡Llueva la sangre del justo sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Señor, abominemos a los que abominó Dios y, en ellos y en sus hijos, aborrezcamos gota de aquella sangre que pidió que lloviese sobre ellos la de Jesucristo. Auméntase en crédito esta información que os hago con lo que dice el Psalmo 94:

Quadraginta annis offensus fui generationi illi; et dixi: Semper hi errant corde. / ¿Quién se atreverá a aconsejaros que fiéis de nación y gente cuyos corazones hierran siempre? 

Qué beneficios les puede hacer V.M. que igualen a la menor parte del menor que Dios los hizo? ¿Qué castigos que se proporcionen con el más leve que les dio Dios? Luego no tenéis que esperar dellos para algún bien, ni debéis esperar más con ellos para desolarlos. Los oprobios con que los nombro a estos judíos no los invento. De su caudillo Moisén los aprendí. Deuteronomio, 32: 

Generatio prava atque perversa. Heccine redáis Domino popule stulte, et insipiens? Numquid non ipse est pater tuus, qui possidit te? / Generación depravada y perversa ¿esta paga das a tu Señor, pueblo necio y insipiente? ¿Por ventura no es él tu padre, que te posee y te crió? 

Con este lugar pruebo yo que los judíos hoy son los puros ateístas. Opinión es mía. No pierda por serlo, ni por nueva. Señor, los judíos es evidente que no creen nada, porque al que es Dios le niegan y al que no lo es le aguardan. Tienen por ley la que ya no lo es y así viven sin ley,  cosa que los turcos los hacen confesar cuando reniegan. Por ellos dijo David entonces para ahora:

Dixit insipiens in corde suo: non est Deus. / Dijo el insipiente en su corazón: no hay Dios. 

Que este insipiente sea el pueblo judío literalmente lo dijo Moisén en el lugar citado, cuando le llamó popule stulte et insipiens. / Pueblo necio y insipiente, con la propria individual palabra. Y [Dijo el insipiente ] Dio el insipiente porque se conociese que este insipiente que dijo que no había Dios era el pueblo hebreo, dio las señas con que hoy ellos propios lo confiesan:

Corrupti sunt, et abominabiles jacti sunt in studiis suis; non est qui faciat bonum, non est usque ad unum. / Corruptos son y abominables en sus tratos. No hay quien haga bien, no hay ni uno. 

No se contenta David con decir que ninguno hay en ellos que haga bien, sino que cuidadosamente repite que «ni uno hay entre ellos que haga bien». Pues, Señor, quien buscare o se persuadiere que entre estos malditos ha de haber uno siquiera que haga bien, no perderá sólo el tiempo. Sin duda se perderá, pues pierde el respecto al propio Dios, no dando crédito a sus propias palabras, referidas por Esaía (cap. 1): 

Cognovit bos possessorem suum, et asinus presepe domini. Israel autem me non cognovit. / Conoció el buey a su dueño y el jumento el pesebre de su señor, mas Israel no me conoció. 

Más desagradecidos son los judíos y menos conocimiento tienen que el jumento ni el buey. Son tan malos que no pueden ser peores. No sólo no conocen el bien, sino que el bien que reciben le pagan con mal y no gastan el mal sino en agradecer el bien. David su rey lo dice. Psalmo 35: 

Retribuebant michi mala pro bonis. / Pagábanme con males los bienes. 

Pues, Señor, si dar mal por mal es fragilidad, y dar bien por bien es justicia, y dar bien por mal es caridad perfecta, dar mal por bien será summa iniquidad. Y désta quedan convencidos por su propio rey para vos, que lo sois en este tiempo.

Dejo de referir a V.M. todas las cosas que contra esta nación alega el bachiller Marcos de Mazarambroz, teniente que fue en la ciudad de Toledo, de Pedro Sarmiento, asistente de aquella ciudad, cuando, en tiempo del rey don Juan el Segundo, todos los cristianos viejos, acaudillados del dicho teniente y asistente, quemaron vivos todos los judíos de dicha ciudad y les saquearon sus bienes. Por la cual mortandad el rey, por consejo de don Álvaro de Luna (el cual se dejaba gobernar de un Mosén Hamom, judío vilísimo de la Sinagoga de Alcalá) fue contra la dicha ciudad, asistente, y teniente, y cristianos viejos, en favor de la causa de los hebreos. De que resultó que, cerrando la ciudad sus puertas al rey don Juan, le obligó a dar por traidor como a principal cabeza al bachiller y a inhabilitarle y alcanzar de Su Santidad lo descomulgase. Y de todas estas penas el bachiller Marcos de Mazarambroz interpuso apelación, en que se leen cosas a nuestro propósito para la pretensión presente.

Mas debo referir a V.M. las palabras que de los judíos y de su natural dice Cornelio Tácito, para que en boca de tan grande autor [Juan el Segundo, todos] Juan el 2.° de echo todos se vea cómo han sentido todos de los hebreos. No callaré que Tertuliano, en el Apologético, dijo dél, reprehendiéndole en lo historial que afirmó dellos: insignis ille mendatiorum loquacissimus Cornelius Tacitus. / Insigne hablador de mentiras Comelio Tácito. 

Mas, como digo, esto miró a lo historial y no al juicio. Historiarían (Lib. 5, al principio) dice, tratando de los judíos: nec quicquam prius iríbuuntur quam contemnere, déos exuere patriam. / La primera cosa que aprenden es despreciar los dioses y dejar la patria. Habiendo dicho algunos renglones antes: Adversas omnes alios hostile odium. / Contra todos los demás tienen odio enemigo. Nada desto desmienten. Hoy y siempre fueron como son, y siempre serán como fueron. Y oso decir a V.M. que me persuado que sólo permite Dios que dure esta infernal ralea para que, en su perfidia execrable, tenga vientre donde ser concebido el Antecristo. Y sigo en esto a S. Gregorio (Libr. 31 Moralium, Cap. 10, sobre Job, Cap. 39), exponiendo aquel lugar del Génesis, Cap. 49:

Fíat Dan coluber in via, cerastes in semita, mordens angulas equi, ut cadat ascensor eius retro. / Vuélvase Dan culebra en el camino, cerastes en la senda, mordiendo las uñas del caballo para que, quien va sobre él, caiga hacia atrás.

Y esto porque Dan, entre los hijos de Israel, era tenido por vilísimo.

Deste propio parecer fue Hugo Cardenal, sobre el Cap. 13 del Apocalipsi, en aquellas palabras: Vidi de mari bestiam ascendentem. Y, declarándolas, dice: Id est de judeis Antechristum nascentem. Quiere decir: "Vi al Antecristo nacer de los judíos." Tiene esta opinión S. Damasceno. Pues, ¿cómo, Señor, se podrá esperar bien ni socorro alguno de quien solo se espera a Antecristo? refiere Bovadilla en su Política autoridad, de Alvar Gutiérrez de Toledo, que el doctor don Pablo, obispo que fue de Burgos y después patriarca de Aquileya, con ser converso, aconsejó al rey don Enrique el Tercero que no recibiese en el servicio de su casa real, ni en el consejo, ni para otros oficios públicos, ni en la administración del patrimonio real, a ningún converso ni judío. Cuyo consejo si tomara el dicho rey, no le matara, como le mató, don Maír, su médico judío.

Señor, despreció don Enrique aquel consejo, mas dejónosle a su costa, calificado con su muerte. Y para no admitir judío médico no tenía que aguardar al consejo de don Pablo, pues la 7. Partida (título 24, ley 8) dice así: "E otrosí defendemos que ningún cristiano no reciba melecinamiento ni purga que sea fecha por mano de judío". Y en esta misma ley: "E aun mandamos que ningún judío non sea osado de bañarse en baño en uno con los cristianos". Advirtió la ley, señor, que en el baño donde se juntan a bañar el cristiano y el judío, se ensucia el cristiano con sola la compañía del judío.

Expelió universalmente, atropellando por grandes inconvenientes, el santo y glorioso padre de V.M. toda la generación de los moriscos en entrambos sexos, sin eceptar edad ni admitir probanza, por indicios de que conspiraban contra su persona. Y pudiendo desempeñarse con su inmensa riqueza y posesiones, despreció hacienda de infieles, por delincuente y indigna de socorrer príncipe católico. ¡Cuánto mayor causa tiene hoy V. M. para desolar y expeler a los infames y vilísimos judíos y despreciar sus tesoros precitos y sus caudales! Condenados por manifiesta y pública conspiración, no presumida, sino ejecutada en el mismo sacramento del altar, pisándole en la imagen de Jesucristo, abrasándola en su ley / [9] sacratísima, condenándola a muerte con carteles públicos. Yo confieso que darán letras que tienen plata y oro.

Empero, veamos qué costumbres tiene el oro y la plata de los judíos y qué hacen los judíos con él. Dícelo Oseas. 2: Dedit eis aurum et argentum, et ipsi fecerunt Baal. "Dioles oro y plata, y ellos hicieron Baal". Vea aquí V. M. lo que hacen de su oro y plata: ídolos, demonios, sacrilegios, abominaciones y afrentas a quien se le da, debiéndole más que a quien se le pidiere. Y así se debe considerar lo que harán con la persona que le recibiere dellos. Si de su lengua participa su oro las mentiras, y de su corazón los hierros, no será metal puro. Moneda falsa es su moneda. S. Jerónimo ("Epístola 2.ª sobre el Psalmo 118, a Nepociano", De vita clericorum), explicando aquellas palabras Revela occulos meos, et considerabo mirabilia de lege tua, dice: Sic intelligimus, ut Dominas quoque noster intelexit, et interpretatus est. Sabatum aut aurum repudiemus cum ceteris superstitionibus judeorum aut si aurum placeant et judei quos cum auro probare nobis necesse est aut damnare.

El Éxodo dice claramente lo que los judíos hicieron con su caudal, lo que con él y con ellos se debe hacer y los fines para que le dan. Capítulo 32, habla de la detención de Moisén en el monte: Videns autem populus quod moram faceret decendendo de monte Moisés, congregatus adversas Aaron, dixit: «Surge, fac nobis Déos qui nos precedant». "Viendo pues el pueblo que se tardaba en volver del monte Moisén, junto se fue a Aarón y le dijo: «Levántate, haznos dioses que nos guíen». ¿Quién se persuadirá que los judíos se cansan de aguardar, siendo su pecado y su error no hartarse de aguardar? Tal es esta incorregible nación, que no quiere aguardar lo que había de venir, como en este caso aconteció con Moisén, y perseveran en aguardar lo que ya no puede venir, como el Mesía que ya vino. Pues, Señor, ¿qué se puede esperar de gente que desespera de lo que ya llega, que duda de lo que ya llegó, que espera lo que no ha de llegar? Gente ni contenta con un Dios, pues pide muchos, ni con muchos, pues aguarda uno.

Ellos dicen que no quieren dioses, sino aquellos que se hicieren por su mandado y albedrío. A Aarón dicen que les haga dioses. Conocíales Aarón, y como sabía de sus logros y usuras ilícitas que su dios era cada grano de oro, les dijo: Tollite aures áureos de uxorum, filiorumque et filiarum vestrarum auribus, et afferte ad me. "Traedme el oro de las joyas de vuestras mujeres y de vuestros hijos y las arracadas de las orejas de vuestras hijas". Fecitque populus que ius erat. "Hizo el pueblo lo que le mandó". Bien claramente se vee que del oro que les da Dios hacen ídolos. Y que si le dan es solo para hacer idolatrías, para hacer sacrilegios, para hacer dioses contra Dios, para burlar y dejar a Moisén, su caudillo. Es pues, Señor, aforismo de su salud y de la nuestra, ni darles oro ni pedírsele. Dice el texto sagrado que Aarón, en recibiendo las joyas, las derritió y con arte fusoria formó dellas un becerro, y ellos dijeron en viéndole: «Israel, éstos son tus dioses que te sacaron de Egipto». Reparo yo, Señor, en que el pueblo pide a Aarón que le haga dioses. Dice Aarón que los hará y de su nota hace por dioses un becerro. Nadie hará lo que ellos le dijeren, que sepa lo que se hace. Y no se fabricará de oro disparate tan grande que no le aclamen dios las almas venales de los judíos. Si es becerro y es de oro, no le quieren por Dios. Dice el texto que le adoraron en altares con solemnidad festiva. Si los judíos a Aarón dan su caudal, en fraude de Moisén y en ofensa de Dios, sólo para ídolos y a fin de idolatrar; si, porque son de oro, adoran por dioses las joyas y arracadas de sus hijos y hijas, y fundidas en la brutalidad de un becerro, ¿cómo se podrá prometer V. M. socorro desta dañada nación, ni ofrenda, ni tributo, ni letra desacompañada de delitos y despejada de mentiras sacrilegas?

En llegando al caudal, le adoran por dioses y dejan a su Dios por él, y a su mismo Moisén. Según esto, con dificultad le darán sin dolo por Cristo, a quien summamente aborrecen, y para la defensa de su ley, los que sólo dan letras fijas contra nuestra sagrada religión.

Advierte Dios a Moisén desta idolatría con tales palabras. Es de mucha importancia que V. M. las atienda: Cerno quod populus iste dure cervicis sit. "Veo que este pueblo es de dura cerviz". No sólo dice Dios que lo es. Añade que lo vee. Y esto, Señor, para que, creyéndolo nosotros, no aguardemos a verlo y a leerlo. Y si por desdicha lo viéremos y leyéremos, copiemos las acciones de Moisén con ellos / [10] y con su caudal en esta parte. Tal fue el suceso. Bajó Moisén del monte, vio la idolatría, oyó el aplauso de los sacrificios, díjole a Aarón que por qué había cargado sobre aquel pueblo tan grande delito. Respondióle Aarón: Tu enim nosti populum istum quod pronus sit ad malum. Tu sabes qué pie deste pueblo es inclinado al mal. Aquí se vee condenada por su mesmo artífice la inclinación al mal del pueblo judío.

Y refiriendo Aarón el caso a Moisén, habiendo él fundido las joyas y con arte fusoria fabricado el becerro, viendo que le hace cargo del pecado del pueblo, dice: Yo les dije: «¿quién de vosotros tiene oro?» Trujáronme el que tenían, diéronmele, yo echéle en el juego, y salió un becerro. Señor, Aarón no lo refirió como había sucedido. Había, como se ha visto, fundido el oro y con arte fusoria fundido y formado el becerro. Y cuando le hace su señor cargo, que así llamó a Moisén, dice que él echó el oro en el fuego. Y pretende achacar al fuego la formación del ídolo. Señor, no se debe fiar el príncipe del ministro que toma el oro y la plata de los judíos, que es artífice de sus pecados, porque del tal nunca, si Dios no se la revela, entenderá la verdad. Si alguno fuere tal ministro, se conocerá en que luego empezará su disculpa por la acusación del pueblo. Y siendo él quien, para fabricar contra Dios ídolo, pidió al pueblo el oro y la plata y lo despojó, dice que el pueblo, que fue el pedido y el despojado, es el inclinado a mal, y que el fuego tiene la culpa. Y nadie tratará con los judíos a quien no mientan y a quien no obliguen a mentir.

Prosigue el texto: "Viendo Moisén adorar el becerro, arrojó las tablas en que con su dedo había escrito Dios su ley y quebrólas. Y arrebatando el becerro, le quemó, molióle en menudo polvo, echóle en agua y diósele a beber a los hijos de Israel". Llegado he al punto de la dificultad, Señor. V. M. tiene hoy los ojos en este suceso, los judíos las manos en esta maldad, aun con circunstancias mucho más dolorosas. Vos con ellos tenéis asientos. Ellos dan el oro. Vuestros ojos leen sus blasfemias y sacrilegios, vuestros oídos están atormentados con sus abominaciones. Vos sois, Señor, el grande y glorioso caudillo / [10v] que Dios nos ha dado. Si a vuestras espaldas hubiere, cosa que no creo, quien les pida el oro y la plata y lo funda en pecado y en delito, romped, Señor, los asientos, que menos es que romper la ley. No reparéis en que los firmasteis con vuestra mano, que Dios hizo las tablas y escribió la ley con su dedo. Allí se rompió la ley en castigo de la idolatría, aquí se deben romper los asientos en pena de veer la ley condenada a muerte. Quemad el oro destos judíos, hacelde polvo y dádsele a beber a ellos. No reparéis en la necesidad de vuestra gente, que Dios (y, por él, Moisén) no reparó en la miseria y desnudez de la suya. No ha habido caudillo que gobernase gente ni pueblo tan perseguido y sin socorro y asistencia humana. Y veis, Señor, que, por delincuente, quiso más quemar sus tesoros y hacerlos polvos que guardarlos, aun a persuasión de tan extrema necesidad.

Quemar y justiciar los judíos solamente será castigo. Quemar y hacer polvo su caudal, romper los asientos, será remedio. Por esto Moisén primero se fue al remedio, despreciando su oro, y luego pasó al castigo, tan severo y universal, como se lee en estas palabras del propio capítulo, cuando dijo Moisén: Si quis est Domini iungatur michi. Congregatioque sunt ad eum omnes filii Levi, quibiis ait: "Hec dicit Dominus Deus Israel: «Ponat vir gladium suum super fémur suum, ite, et reddite de porta usque ad portam per médium castrorum, et occidat unusquisque fratrem, et amicum, et proximum suum»". Cecideruntque die illa quasi viginti tria millia hominum. "Si alguno es de Dios, llegúese a mí Juntáronse con él todos los hijos de Levi, a los cuales dijo: "Esto dice el Señor Dios de Israel: «Cíñase cada varón su espada sobre su muslo, id y volved desde una puerta hasta otra puerta por en medio de los reales, y cada uno dé muerte a su hermano y a su amigo y a su prójimo»”. Murieron en aquel día como veinte y tres mil hombres."

Enseñó Moisén con las palabras qué se debe llamar a las juntas tan importantes y a quién se ha de llamar. No dice que vengan los doctos, ni los ricos, ni nombra a Aarón. Solos llama a los que fueren de Dios. Éstos dice que se junten con él, no escoge éste u el otro. Pregunta que si / [11] hay alguno que sea de Dios. Cuerdamente recela que para tales ejecuciones son pocos los que son de Dios. Llegáronse a él todos los hijos de Levi, en quien se representa el estado eclesiástico. Ésta era gente que no participaba de la división de las heredades con los otros judíos. No tomará las armas contra ellos quien con ellos participare, ni será de Dios ni ejercitará acción tan grande. Señor, hase de empezar el castigo desde una puerta a otra puerta. Esto es decir que en todas las puertas de vuestros reinos han de hallar muerte y cuchillo. ¡Oh, Señor, por menor delito mandó Dios que matase el hermano al hermano, y el amigo al amigo, y cada uno a su prójimo, sin preceder proceso! Y hoy, por incomparables y infernales sacrilegios, esperando la pereza de las probanzas, ¿dejaremos vivir, no a nuestros hermanos, sino a nuestra persecución; no a nuestros amigos, sino a los públicos enemigos de Jesucristo? ¿A los que en el sacramento le pisan, en la cruz le queman, en su ley le condenan a muerte? Dios, por Moisén, mandó que se acabase con ellos. No se debe dar lugar a que preguntemos con Hieremías (Threnorum, 3. Mem): Quis est iste qui dixit ut fieret Domino non iubente? "¿Quién es este que dijo que se hiciese lo que Dios no manda?"

Paréceme a mí que la moneda de Judas por la venta de Jesucristo y la moneda déstos (también judíos y descendientes de aquellos que no sólo le compran, sino le azotan y le queman) son de una propia casta: metal amasado con sangre inocente. Y que son de un propio linaje y de una misma liga. Pues, Señor, religión de vida será que los cristianos católicos tengamos desta moneda el proprio asco que los sacerdotes del templo tuvieron de aquella que les ofreció Judas. Siendo tan malos aquellos sacerdotes que dice dellos san León Papa estas palabras, tratando de que no la quisieron recibir: Cuius coráis est ista simulado? Sacerdotum constientia capit, quod arca templi non recipit. Timetur illius sanguinis taxatío, cuius non timetur efussio. "¿De cuál corazón es esta hipocresía? La conciencia de los sacerdotes recibe lo que la arca del templo no admite. Témese el aprecio de aquella sangre de que no se temió el derramamiento, / [11v] La hipocresía de los malos sacerdotes y ancianos fue ésta: cuando Judas les arrojó las monedas en el templo, dijeron (Mateo, 27): Principes autem sacerdotum, acceptis argentéis, dixerunt: non licet mittere in corbonam, quia pretium sanguinis est. Concilio autem inito, emerunt ex illis agrum figuli, in sepulturam peregrinorum. Propter hoc vocatus est ager Ule Acheldemach, hoc est, ager sanguinis. "Habiendo los príncipes de los sacerdotes recibido la plata, dijeron: «No nos es lícito a nosotros echarla en la bolsa, porque es precio de sangre». Y, juntado concilio, compraron con la moneda una heredad de un aljaharero para sepultura de peregrinos. Y por esto se llamó aquella heredad Acheldemach, que quiere decir «heredad de sangre»." Tomaron el dinero de Judas escrupuleando echarle en la bolsa, por ser precio de sangre. Mas tomáronle. Diéronle, sin mirar a conciencia, para que Cristo fuese vendido y parecióles lícito que entrase en la bolsa de Judas, varón de Carioth (que eso dice en hebreo Iscarioth) y fingen conciencia para volverlo a recibir y justificación para no echarlo en el cepo del templo. Y, para dar color a la sacrilega disimulación, juntaron un concilio de aquellos con que tantas veces autorizaron sus traiciones y resolvieron se comprase de la moneda de Judas un campo para enterrar peregrinos. 

Arrojó Judas la moneda que le dieron por Jesucristo en el templo y fuese a ahorcar. Los sacerdotes la levantaron, pareciéndoles que estaba su disculpa en cogerla del suelo por no recibirla de la mano del traidor. Considerad, Señor, cuán asquerosa es la moneda de los judíos, que Judas la arrojó y quiso antes ahorcarse que tenella, y aún le pareció infamia ahorcarse llevándola consigo. No oiga V. M. a quien os dijere «no la echamos en la bolsa, empléase en bien público». Que con dinero que es precio de la sangre de Cristo y caudal de los que le compran; y le crucifican y le pisan en la Eucarestía y le queman en su imagen y le disfaman en su ley, sólo se fabrican sepulturas. Allí y entonces, para los peregrinos. Y se puede y debe temer se fabriquen ahora, si se prosiguiese, para los naturales. Estos asientos son Acheldemach, precio son de sangre. Pues Judas / [12] le desecha, y con malos sacerdotes no mereció entrar en bolsa, que aun el concilio de la disimulación no halló buenos sino para enterrar. Pues los judíos en vuestra corte fijan carteles con editos públicos condenando a muerte nuestra ley soberana, fíjense los vuestros. Señor, expeliéndolos universalmente de todos vuestros reinos. Que en negocios desta condición el echarlos y aniquilarlos es el solo remedio, que el castigarlos no lo es, pues, como dice Séneca, aquellos pecados que más se castigan se cometen más. Así lo experimentamos desde que fue quemado el execrable hereje judaizante Benito Ferrer, a quien en el propio delito sucedió otro, luego. Quemó el santo Oficio a los que azotaron el crucifijo, y, en medio de las fiestas que a vuestro ejemplo se hacían, en vuestra corte fijaron carteles tan nefandos. Perezcan, Señor, todos y todas sus haciendas. Escoria es su oro, hediondez su plata, peste su caudal. Jesucristo nuestro Señor nos enseñó, en naciendo, a huir del oro de los judíos. Estaba profetizado que había de recibir oro, y, habiéndole en Judea, ordenó el eterno Padre que una estrella se le trújese en la adoración de los Reyes de Oriente, región tan apartada de los malos resabios de la hebrea. Tuvo Cristo necesidad de moneda para pagar por sí y por san Pedro el tributo y, porque la moneda que había de dar por sí no fuese partícipe de tierra tan ingrata, mandó a san Pedro que pescase en el mar, sacase un pez y le abriese, y que pagase con una moneda que hallaría en su boca. Ejemplos son éstos que dan a conocer cuánto debemos los cristianos huir, en nuestras necesidades, de acudir a las bolsas de los judíos por dinero. Gente de tan encarecida iniquidad y de tan hereditaria apostasía, que, siendo en incomprensible perfección diligentísima la providencia inexcrutable del Padre eterno, para guarecer a Jesús, su hijo, y a su santísima Madre contra la persecución de Herodes, no halló en toda Judea un leal de quien fiarlos y los inspiró con un ángel se fuesen a Egipto. Más confió Dios de los gitanos que de los judíos. De aquéllos, todo, déstos, nada. Vea V. M. qué se podrá fiar dellos. / [12v]

Y porque la conveniencia política, a quien llamo la conciencia de los aumentos con máscara de mejora, no introduzga en esta verdad sus desenvolturas con nombre de escrúpulos, con ella propia en todo su rigor, como si la copiara de Tiberio César, grande artífice de limar lo recto con lo útil, aseguraré mi discurso.

Lo primero, Señor, como no se llaman vasallos de V. M. las enfermedades de sus vasallos, así no se pueden llamar vasallos ni pueblo de V. M. los judíos, por ser plagas de vuestros reinos y enfermedades de vuestros vasallos. Son esponjas, que el turco y todos los herejes empapan en el tesoro de España para exprimirlas en sus sinagogas contra ella.

Lo segundo, afirmo que sus socorros y letras antes son espías contra las órdenes de V. M., a sus enemigos, que socorros. Siendo verdad infalible que todos los judíos de España consisten para los asientos en dos cosas, que son caudal prompto y crédito puntual. Con el caudal trajinan y negocian, con el crédito socorren. El caudal, como siempre le tienen sus pecados temeroso del santo Oficio y amenazado de confiscaciones, consiste en moneda y mercancías portátiles y siempre dispuestas a la fuga. El crédito le tienen en Raguza, en Salonique, en  Rúan, en Amsterdam. De manera que dependen para toda la puntualidad y aceptación de sus letras de los que son enemigos de V. M. Pues si son para Flandes, contra los herejes rebeldes, depende dellos propios la paga. Si contra los turcos, depende de los propios turcos. Si contra los franceses, depende de los franceses. Si contra los herejes de Alemania, depende de los mismos herejes la judería de Praga. Y si se encendiese guerra en Italia, dependerá de las sinagogas de Roma y Ligorna y Venecia. V. M. sabe si será necesario prevenir esto, pues si se presumiesen rumores entre las armas de V.M. y algunos potentados, podrían estos asentistas judíos ser desde vuestra corte la mejor parte de sus ejércitos.

Yo, Señor, he visto en Raguza, con tocas y trajes de judíos, hombres que en Madrid había visto con cuellos y espadas en buen asiento y en buen lugar en las iglesias. Y vi padres y hermanos y hijos de otros que en el reino de Nápoles eran tan poderosos (siendo verdaderamente judíos, como ellos) que / [13] tenían grandes heredamientos, baronías, muchos lugares y vasallos. Y alguno, título, cúya era la mayor y más importante fortaleza de aquel reino en el mar Adriático. En Rúan y en Roma, Ligorna y Venecia he visto lo propio. Pues, Señor, ¿quién ha podido ignorar que, siendo esto como es cierto, cada letra que dan los asentistas judíos que hablan portugués no es tantas espías como letras, peus su efecto se remite a los correspondientes suyos, que, siendo también judíos, viven debajo del dominio de vuestros enemigos? Y parece forzoso creer que las dilaciones en la paga sean mandadas de los propios holandeses y que las protestas, tan perniciosas, son maña de los unos y de los otros para que carezcan del fin que pretenden vuestras reales órdenes en la sazón que conviene. Si ha habido tardanzas u protestas u fraudes, V. M. es quien sólo puede saberlo. Y con ser este daño tan grande y egicial, no es menor ni menos indigno el ser inexcusable dar noticia cierta y ocular a estos judíos, con los asientos, de la necesidad ellas (si la tiene) vuestro real patrimonio. De su empeño, del estado, del caudal, de los vasallos y del que tienen todas las cosas, y, asimismo, de la sustancia de las ciudades. Pues no se puede dudar que estos secretos y otros que siguen a éstos, que tanto importa a los monarcas ocultarlos, estos judíos los informan a sus padres y hijos y hermanos que viven —puede ser no con otro intento— consentidos de vuestros enemigos.

Bastaban y sobraban estos inconvenientes políticos para expeler de todos los reinos de V. M. estos enemigos emperrados de la cruz de Jesucristo. Empero, síguese de los asientos con ellos otro más terrible y atroz, que aun mi sentimiento se avergüenza de acusarle y le rehúsa la pluma.

Este es, Señor, que con los asientos se da jurisdición (en vuestros reinos) poder y mando a los judíos, malos, sobre vuestros vasallos, buenos y verdaderamente católicos y siempre y en todo leales. Y esta maldita nación, que, en justo castigo de haber crucificado a Jesucristo, en todas las partes del mundo es esclava, vil y abatida, sola en España manda con exaltación y dominio. No lo afirmo así por el dictamen de mi dolor. Ley hay, muy poderoso Señor, que lo ordena en la setena partida (título 24, / [13v] De los judíos, ley 1). Dice estas santas palabras: "E la razón por que la Eglesia, los emperadores e los reyes e los príncipes sufrieron a los judíos que viviesen entre sí e entre los cristianos es ésta: porque ellos viviesen como en captiverio para siempre, porque fuesen siempre en remembranza a los omes que ellos venían del linaje de los que crucificaron a Cristo."

No podrá ser la razón por que vos consentís judíos contraria a la razón por que los consiente la Iglesia, los emperadores, reyes y príncipes. Pues aquélla fue tan santa como tenerlos para que en su captiverio y desprecio se vea el castigo que merecieron por haber crucificado a Jesucristo. Si dijeron que esta ley habla contra los judíos que lo son y no contra los conversos, al que lo dijere le desmienten estos propios conversos, con sus maldades y carteles, tanto peores que los otros, cuanto lo prueba no haberse convertido sino para hacer lo que hacen. Pues los judíos que públicamente profesan su error y visten traje de judíos se contentan con no ser ellos cristianos; mas éstos, dolosamente conversos, son judíos que pasan a pretender que sean judíos los cristianos.

Éstos son los que en la corte y reinos de V. M. han de estar, con el oprobio, captiverio y desprecio, obedeciendo esta ley y siendo espectáculo a las gentes de la culpa que cometieron en la muerte de Cristo. Que si en el abatimiento que dice la ley hubieran vivido, no hubieran necesitado con tan inormes pecados la total expulsión que la paz de nuestra sagrada religión pretende. 

San Pablo (1 ad Thesalonicenses, 2): Judei autem, et Dominum Jesum occiderunt, et prophetas, et nos persecuti sunt, et Deo non placent, et hominibus adversantur, prohibentes nos gentibus loqui ut salvi fiant, ut impleant peccata sua semper: pervenit autem ira Dei super illos usque in finem. "Los judíos dieron muerte a nuestro Señor Jesucristo y a los profetas, y a nosotros nos han perseguido, y no agradan a Dios y contradicen a los hombres, prohibiéndonos hablar a las gentes porque no se salven, para llenar sus pecados siempre. Vino la ira de Dios sobre ellos hasta el fin." Todo lo dijo el apóstol, Señor: los que no agradan a Dios, no nos agradan a nosotros. Acompañemos con la ira de / [14] Dios la nuestra.

Nolite iugum ducere cun infidelibus. "No llevéis yugo con los infieles". Sagrado precepto es. Pues, ¿cómo permitirá vuestra esclarecida piedad, vuestra grandeza católica, vuestra justicia diligente y recta, los grandes dotes de vuestra alma real, vuestro entendimiento superior, vuestra voluntad toda enamorada de lo lícito y de lo justo, que no sólo lleven yugo con los infieles vuestros católicos vasallos, sino que con la autoridad y el mando los propios judíos infieles los sean yugo que los oprima? En Roma y en Liorna y en Venecia, los judíos que lo son públicamente están con señal. Y los conversos, por la sospecha que dellos se tiene, con desprecio, debajo del turco, padecen más abatida esclavitud que tuvieron debajo del poder de Faraón. Pues, ¿qué temeridad habrá tan descarada a Dios que apoye, con ninguna color que la admita la vergüenza cristiana, que los vilísimos judíos solo en vuestros reinos triunfen de las afrentas e ignominias que, en venganza de la muerte de Jesucristo, les dan los herejes y los turcos? No ignoro que han de ser admitidos a la Iglesia por la conversión y solicitados para ella. Mas no olvido las palabras del obispo don Pablo, arriba citadas, en que aconsejó a don Enrique el Tercero no admitiese en su servicio, ni en su consejo, ni en las cosas de su patrimonio, judío converso ninguno. Y me acuerdo del consejo de los príncipes de la sinagoga de Constantinopla a los judíos de España, adonde el primero y más principal es que por cumplir con el rey don Fernando y para poderse vengar dél, se conviertan con la boca sola, guardando su error en el corazón firmemente. Y para conocer que ninguno se convierte de corazón, basta veer que en Turquía y en Holanda y en todas partes admiten por judío sin sospecha al que entre nosotros ha vivido como cristiano y que, para recibirlos los judíos en sus sinagogas por verdaderos judíos, antes es mérito y prerrogativa haberse convertido y baptizado que impedimento.

No puede ser salida destos inconvenientes decir que no hay otros con quien hacer asientos, estando el caudal de la república de Génova en pie, república cristianísima y opulenta. Y la puntualidad y verdad de los nobles ginoveses en el propio grado que la hemos expe- / [14v] rimentado siempre, con letras verdaderas, seguras y efectivas. Pues con ellas han asistido hasta ahora a las grandes ocurrencias del invicto emperador Carlos Quinto, vuestro bisabuelo, y a las de vuestro abuelo don Felipe Segundo, y a las que tuvo tan apretadas vuestro santo y glorioso padre el señor rey don Felipe Tercero.

Y es de considerar que todos estos asientos se hacían por un factor u dos en Madrid con una o dos casas de Génova. Y ahora, Señor, como los judíos son ricos por los medios que tengo dichos y su caudal es mecánico, para cada asiento se junta multitud de canalla vil y baja, en cuya multiplicación se siguen todos los daños referidos. Y como los más han sido penitenciados en Portugal, y merecen y esperan y lo temen serlo en Castilla, piden condiciones y eceptiones contra los castigos del santo Oficio. Que todo esto sea cristiana y políticamente de mala consecuencia, los sucesos lo dicen y los mismos asientos no lo callan.

Ni es buena conveniencia escoger, por menos intereses en los conciertos, a los judíos conversos. Porque en el trato no es menos costoso el que pide menos y se queda con todo, que aquellos que en el asiento piden más y no faltan en nada. Nadie regatea menos en lo que trata que el embustero, que sabe que no ha de cumplir lo que ofrece. Quien pide lo que forzosamente ha menester para cumplir, pide para dar. Todo el tesoro que Génova ha adquirido en los socorros de España ha mudado de lugar, yo lo confieso, mas no ha mudado de señor. V. M. lo tiene, en posesiones, rentas y estados; en Nápoles, en Milán, en Sicilia, en Málaga, en Granada, Sevilla y Lisboa y otras ciudades. Y de repúblicos libres ha hecho a casi toda su nobleza vasallos V. M. Empero, lo que chuparen las infames sanguijuelas judías se desaparece y huye y se retrai en el poder de todos vuestros enemigos. Y lo que es detestable: enemigos de nuestra santa fee. Porque los judíos hacen con nosotros lo que Satanás hizo con Cristo, que, viéndole en el desierto fatigado y ayuno, le ofreció su socorro: que son piedras. No es otra la moneda deste pueblo endurecido. El propio metal acuñan que Satanás. Mas por eso, Señor, / [15] dio a V. M. Dios dos ángeles suyos para que, como dice el psalmo 90, Quoniam angelis suis mandavit de te ut custodiant te in ómnibus viis tuis, in manibus portabunt te, ne forte ofendas ad lapidem pedem tuum. "Porque mandó a sus ángeles que te guardasen en todos tus caminos, llevárante en sus manos, porque acaso no tropiece en la piedra tu pie."

Y con esto, Señor, saldrán sus piedras en los asientos con la misma respuesta que salieron en la tentación, y no tropezará el pie de V. M., enderezado siempre a todo bien. Pues con esto, super aspidem et basiliscum ambulabis et conculcabis leonem et draconem. "Andaréis sobre el áspid y el basilisco y acocearéis el león y el dragón". Estos son los nombres propios de las lenguas de los judíos de su vista, de sus uñas y de sus alas. "Sierpes en el regazo" los llamó el santo Pontífice en el canon citado.

Yo espero de la soberana grandeza, clemencia y justicia de V. M. que, borrando esta mala generación de vuestros reinos y asolándolos, libraréis vuestros vasallos a sagita volante in die, a negotio perambulante in tenebris, ab incursu et demonio Meridiano. "De la saeta que vuela de día, del negocio que camina en las tinieblas, del ímpetu y demonio Meridiano." Que estas tres cosas son las que más se deben temer, y los judíos son estas tres cosas. Saeta que vuela de día, que es cuando hay luz para acertar a ofender. Son negocio que camina en tinieblas, para esconder los pasos y ocultar las zancadillas y los lazos. Su caudal es demonio Meridiano, tesoro de duende que, vulgarmente dicen, se vuelve carbón. Y así, repartido cada judío en estas tres calamidades, las padecemos siempre: a la mañana, saeta que vuela; a mediodía, demonio Meridiano; y a la noche, negocio que camina en tinieblas.

Creo, señor, que padecerá mi discurso no sólo censuras, sino desprecios. Yo soy vasallo de V. M., animosamente leal y criado vuestro. Soy, por la misericordia de Dios, cristiano redimido con la sangre de Jesucristo, a quien, en mi intención, para vuestro servicio me protesto, en el cielo y en la tierra. Tan lejos de temer a los que me calumniaren que los tendré lástima, viéndolos incurrir en la rigurosa sentencia del Espíritu Santo (capítulo 29 de los Proverbios, verso 1): Viro qui corripientem dura cervice contemnit, / [15v] repentinus ei superveniet interitus, et eum sanitas non sequetur. "Al varón que con dura cerviz despreciare al que le reprende, le sobrevendrá muerte repentina y no tendrá más salud." Empero, cuando todos me calumnien, el pecho soberano y real de V. M. amparará mi celo y le defenderá en su grandeza.

Prevenga, Señor, todas mis contradiciones la historia de Balaam profeta (libro 22 de los Números), donde refiere la sagrada lectión que Balac, hijo de Sefor, (que en aquel tiempo era rey en Moab) envió sus embajadores a llamar a Balaam, hijo de Beor adivino, para que maldijese el pueblo de Dios. Comunicólo Balaam con Dios, y mandóle Dios muchas veces que no maldijese el pueblo que estaba bendito de su mano. Obedeció a Dios Balaam, empero, últimamente sobre una jumenta empezó a caminar. Enojóse Dios y el ángel del Señor se opuso contra Balaam y contra dos criados que le seguían. Viendo la jumenta al ángel, que en el camino estaba con espada desnuda, se apartó del camino por los campos. Y como la apalease Balaam para volverla a la senda, el ángel se atravesó en medio de un callejón que hacían las cercas de unas viñas. Y viéndole, la jumenta se arrimó a una tapia y contra ella apretó el pie del que llevaba encima. El cual, volviéndola a castigar, no salió con su porfía, porque el ángel del Señor se atravesó en lo más estrecho, donde no podía la pollina volverse a un lado ni a otro. Y viendo al ángel, se dejó caer sobre los pies de Balaam, el cual, enfurecido, empezó de nuevo con una vara a castigarla y afligirla. Entonces abrió Dios la boca de la asna, y, hablando, dijo: «¿Qué te he hecho yo? ¿Por qué me maltratas la tercera vez?». Dijo Balaam: «Porque lo mereciste y me burlaste. ¡Ojalá tuviera espada para herirte!». Dijo la jumenta: «¿No soy yo bestia tuya en quien siempre has andado camino hasta hoy? ¿Por dicha hasme visto otra vez hacer esto?». Respondió Balaam: «Nunca». Y al instante abrió Dios los ojos a Balaam y vio al ángel, que con la espada desnuda estaba en el camino. Y postrado en tierra le adoró. Y el ángel le dijo: «¿Por qué tercera vez tratas mal a tu jumenta? / [16] Yo vine a oponerme a tu camino porque es perverso y contra mí. Y si la jumenta no le hubiera dejado y te hubiera obedecido, a ti te hubiera muerto y ella viviera».

Poderosísimo Señor, en todas las virtudes reales no sólo grande, antes remontado a la comparación con otro monarca de cuantos son y fueron: este texto historial que a V. M. he referido, en quien intervienen tan desiguales interlocutores como son un adivino, un ángel, un jumento, atesora en su consideración literal la advertencia política y divina.

Considerad, señor, que, siendo Balaam ministro inmediato de Dios, con quien despachaba a boca, fio antes su obediencia de la mala bestia que del ministro malo. Pues, cuando para atajarle los pasos, mandó a el ángel se hiciese visible, mandó se hiciese visible antes a la jumenta que al profeta. Y considere V. M. que abrió Dios antes la boca a la pollina que los ojos a su ministro, y que a veces (no se puede negar) conviene que un bruto hable para que un adivino vea. Y que el que está encima de otro, cuando rehúsa el camino que le manda hacer, debe, no afligirle, sino temer que vee espada desnuda del cielo que le amenaza. Y que, si no abre los ojos y muda de intento, la espada del ángel dejará vivo a el jumento, que la respeta, y dará muerte a Balaam, que la desprecia. Aquí no puede mi ignorancia hacer otra persona que la del jumento: procuro disculpar el haber hablado yo en cosa tan grave.

No me admira que Balaam, que no vía el ángel, apalease a la borrica, que le vía. Empero, me llena de estupor que, oyendo hablar una bestia (la más bruta y de respiración más negada de formar voz y palabras) no sólo no se espantase, sino antes, respondiéndola, echase menos espada para herirla. Grande es la insensibilidad de los obstinados en proseguir el mal camino que empiezan, pues ni le quieren dejar, ni dejar de afligir a quien los amonesta. Ni conocen el portento, ni el milagro. No le abrió Dios los ojos a Balaam hasta que la jumenta le convenció con razones. Castigo fue que a un profeta convenciese una jumenta / [17v]. Desdichado de aquél que ni se dejare convencer de los hombres ni de las bestias. Este ni quiere abrir los ojos ni que se los abran, ni vee a el ángel ni le puede ver. No conoce, para su ruina, que la inobediencia de un jumento libra de la muerte a un profeta.

Si yo hubiese acertado a interpretar los retiramientos deste capítulo no habré perdido el tiempo ni la esperanza de autorizar en la brutalidad mía estas palabras, encaminadas a solo el servicio de V. M. y gloria de Jesucristo en la total expulsión y desolación de los judíos, siempre malos y cada día peores, ingratos a su Dios y traidores a su rey. Prometiéndome y creyendo que en todo será lo justo y más acertade lo que V. M. determinare como monarca católico, lleno de admirables y esclarecidas virtudes.

Psalmo 73. v. 3. Leva manus tuas in superbias eorum in finem. Quanta malicnatus est inimicus in sancto! Et gloriati sunt qui oderunt te in medio solemnitatis tue; posuerunt signa sua, signa. 

Todo lo escribo debajo de la correctión de la santa Iglesia romana. Y si algo hay disonante a su sacra doctrina, desde luego lo retrato. En Villanueva de los Infantes, 20 de julio de 1633.

Besa los reales pies y mano de V. M.

Don Francisco de Quevedo Villegas.