Juan de Arguijo
(1567–1623)
En segura pobreza vive Eumelo
con dulce libertad, y le mantienen
las simples aves, que engañadas vienen
a los lazos y liga sin recelo.
Por mejor suerte no importuna al cielo,
ni se muestra envidioso a la que tienen
los que con ansia de subir sostienen
en flacas alas el incierto vuelo.
Muerte tras luengos años no le espanta,
ni la recibe con indigna queja,
mas con sosiego grato y faz amiga.
Al fin, muriendo con pobreza tanta,
ricos juzga sus hijos, pues les deja
la libertad, las aves y la liga.
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miércoles, 22 de julio de 2015
Fernando de Herrera, Por la pérdida del rey don Sebastián
Por la pérdida del rey don Sebastián
Fernando de Herrera
(c. 1534 – 1597)
Voz de dolor y canto de gemido
y espíritu del miedo, envuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
de aquel día fatal, aborrecido,
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria;
y la llorosa historia
asombre con horror funesto, y triste
desde el áfrico Atlante y seno ardiente
hasta do el mar de otro color se viste,
y do el límite rojo de Oriente
y todas sus vencidas gentes fieras
ven tremolar de Cristo las banderas.
¡Ay de los que pasaron, confïados
en sus caballos y en la muchedumbre
de sus carros, en ti, Libia desierta,
y en su vigor y fuerzas engañados,
no alzaron su esperanza a aquella cumbre
de eterna luz, mas con soberbia cierta
se ofrecieron la incierta
victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
con yerto cuello y corazón ufano
solo atendieron siempre a los despojos
y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó, y cayó en despeñadero
el carro y el caballo y caballero.
Vino el día crüel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
en soledad y en un profundo llanto,
de gente y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo sol, presagio de mal tanto,
y con terrible espanto
el Señor visitó sobre sus males,
para humillar los fuertes arrogantes,
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes
no busquen oro, mas con hierro airado
la ofensa venguen y el error culpado.
Los impíos y robustos indignados
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor, y no cansados
en tu muerte, tu honor todo afearon,
mezquina Lusitania sin ventura;
y con frente segura
rompieron sin temor con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
La arena se tomó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza;
cayó en unos vigor, cayó denuedo;
mas en otros desmayo y torpe miedo.
¿Son estos por ventura los famosos,
los fuertes, los belígeros varones
que conturbaron con furor la tierra,
que sacudieron reinos poderosos,
que domaron las hórridas naciones,
que pusieron desierto en cruda guerra
cuanto el mar Indo encierra,
y soberbias ciudades destruyeron?
¿Dó el corazón seguro y la osadía?
¿Cómo así se acabaron, y perdieron
tanto heroico valor en solo un día;
y lejos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?
Tales ya fueron estos cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con excelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso
sobre empinados árboles crecido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y extendiendo su sombra, se anidaron
las aves que sustenta el grande cielo,
y en sus hojas las fieras engendraron,
e hizo a mucha gente umbroso velo;
no igualó en celsitud y en hermosura
jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevose con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado,
haciendo de su alteza solo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impíos y ajenos entregado,
por la raíz cortado;
que opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas y desnudo,
huyeron dél los hombres, espantados,
que su sombra tuvieron por escudo;
en su ruina y ramos cuantas fueron
las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido reino lusitano,
y se acabó su generosa gloria,
no estés alegre y de ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
hubo sin esperanza tal victoria,
indigna de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el español coraje,
despedazada con aguda lanza,
compensará muriendo el hecho ultraje;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará de africana sangre el censo.
Fernando de Herrera
(c. 1534 – 1597)
Voz de dolor y canto de gemido
y espíritu del miedo, envuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
de aquel día fatal, aborrecido,
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria;
y la llorosa historia
asombre con horror funesto, y triste
desde el áfrico Atlante y seno ardiente
hasta do el mar de otro color se viste,
y do el límite rojo de Oriente
y todas sus vencidas gentes fieras
ven tremolar de Cristo las banderas.
¡Ay de los que pasaron, confïados
en sus caballos y en la muchedumbre
de sus carros, en ti, Libia desierta,
y en su vigor y fuerzas engañados,
no alzaron su esperanza a aquella cumbre
de eterna luz, mas con soberbia cierta
se ofrecieron la incierta
victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
con yerto cuello y corazón ufano
solo atendieron siempre a los despojos
y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó, y cayó en despeñadero
el carro y el caballo y caballero.
Vino el día crüel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
en soledad y en un profundo llanto,
de gente y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo sol, presagio de mal tanto,
y con terrible espanto
el Señor visitó sobre sus males,
para humillar los fuertes arrogantes,
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes
no busquen oro, mas con hierro airado
la ofensa venguen y el error culpado.
Los impíos y robustos indignados
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor, y no cansados
en tu muerte, tu honor todo afearon,
mezquina Lusitania sin ventura;
y con frente segura
rompieron sin temor con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
La arena se tomó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza;
cayó en unos vigor, cayó denuedo;
mas en otros desmayo y torpe miedo.
¿Son estos por ventura los famosos,
los fuertes, los belígeros varones
que conturbaron con furor la tierra,
que sacudieron reinos poderosos,
que domaron las hórridas naciones,
que pusieron desierto en cruda guerra
cuanto el mar Indo encierra,
y soberbias ciudades destruyeron?
¿Dó el corazón seguro y la osadía?
¿Cómo así se acabaron, y perdieron
tanto heroico valor en solo un día;
y lejos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?
Tales ya fueron estos cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con excelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso
sobre empinados árboles crecido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y extendiendo su sombra, se anidaron
las aves que sustenta el grande cielo,
y en sus hojas las fieras engendraron,
e hizo a mucha gente umbroso velo;
no igualó en celsitud y en hermosura
jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevose con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado,
haciendo de su alteza solo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impíos y ajenos entregado,
por la raíz cortado;
que opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas y desnudo,
huyeron dél los hombres, espantados,
que su sombra tuvieron por escudo;
en su ruina y ramos cuantas fueron
las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido reino lusitano,
y se acabó su generosa gloria,
no estés alegre y de ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
hubo sin esperanza tal victoria,
indigna de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el español coraje,
despedazada con aguda lanza,
compensará muriendo el hecho ultraje;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará de africana sangre el censo.
Fernando de Herrera, Por la victoria de Lepanto
Por la victoria de Lepanto
Fernando de Herrera
(1534–1597)
Cantemos al Señor que en la llanura
venció del ancho mar al Trace fiero.
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
frente de Faraón, feroz guerrero;
sus escogidos príncipes cubrieron
los abismos del mar, y descendieron,
cual piedra en el Profundo, y tu ira luego
los tragó como arista seca el fuego.
El soberbio tirano, confïado
en el grande aparato de sus naves,
que de los nuestros la cerviz cautiva
y las manos aviva
al ministerio injusto de su estado,
derribó con los brazos suyos graves
los cedros más excelsos de la cima
y el árbol que más yerto se sublima,
bebiendo ajenas aguas y atrevido,
pisando el bando nuestro y defendido.
Temblaron los pequeños, confundidos
del impío furor suyo; alzó la frente
contra ti, señor Dios, y con semblante
y con pecho arrogante,
y los armados brazos extendidos,
movió el airado cuello aquel potente;
cercó su corazón de ardiente saña
contra las dos Hesperias que el mar baña,
porque en ti confïadas le resisten
y de armas de tu fe y amor se visten.
Dijo aquel insolente y desdeñoso:
«¿No conocen mis iras estas tierras,
y de mis padres los ilustres hechos,
o valieron sus pechos
contra ellos con el húngaro medroso,
y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
pudo salvar los de Austria y los germanos?
¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
guardarlos de mi diestra vencedora?
»Su Roma, temerosa y humillada,
los cánticos en lágrimas convierte;
ella y sus hijos tristes mi ira esperan
cuando vencidos mueran;
Francia está con discordia quebrantada,
y en España amenaza horrible muerte
quien honra de la luna las banderas;
y aquellas en la guerra gentes fieras
Ocupadas están en su defensa,
y aunque no ¿quién hacerme puede ofensa?
»Los poderosos pueblos me obedecen
y el cuello con su daño al yugo inclinan,
y me dan por salvarse ya la mano
y su valor es vano;
que sus luces cayendo se oscurecen,
sus fuertes a la muerte ya caminan,
sus vírgenes están en cautiverio,
su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,
cuanto el Sol alto mira todo es mío.»
Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
usurpe quien su fuerza osado estima,
prevaleciendo en vanidad y en ira,
este soberbio mira,
que tus aras afea en su victoria.
No dejes que los tuyos así oprima,
y en su cuerpo, crüel las fieras cebe,
y en su esparcida sangre el odio pruebe;
que hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde
el Dios de estos está? ¿De quién se esconde?»
Por la debida gloria de tu nombre,
por la justa venganza de tu gente,
por aquel de los míseros gemido,
vuelve el brazo tendido
contra este que aborrece ya ser hombre
y las honras que celas tú consiente;
y tres y cuatro veces el castigo
esfuerza con rigor a tu enemigo,
y la injuria a tu nombre cometida
sea el hierro contrario de su vida.
Levantó la cabeza el poderoso
que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
juntó el consejo, y contra nos pensaron
los que en él se hallaron.
«Venid, dijeron, y en el mar ondoso
hagamos de su sangre un grande lago;
deshagamos a estos de la gente,
y el nombre de su Cristo juntamente,
y dividiendo de ellos los despojos,
hártense en muerte suya nuestros ojos.»
Vinieron de Asia y portentoso Egito
los árabes y leves africanos,
y los que Grecia junta mal con ellos,
con los erguidos cuellos,
con gran poder y número infinito;
y prometer osaron con sus manos
encender nuestros fines y dar muerte
a nuestra juventud con hierro fuerte,
nuestros niños prender y las doncellas,
y la gloria manchar y la luz dellas.
Ocuparon del piélago los senos,
puesta en silencio y en temor la tierra,
y cesaron los nuestros valerosos
y callaron dudosos
hasta que al fiero ardor de sarracenos
el Señor eligiendo nueva guerra
se opuso el joven de Austria generoso
con el claro español y belicoso;
que Dios no sufre ya en Babel cautiva
que su Sïón querida siempre viva.
Cual león a la presa apercibido,
sin recelo los impíos esperaban
a los que tú, Señor, eras escudo;
que el corazon desnudo
de pavor y de amor y fe vestido,
con celestial aliento confïaban.
Sus manos a la guerra compusiste,
y sus brazos fortísimos pusiste
como el arco acerado, y con la espada
vibraste, en su favor la diestra armada.
Turbáronse los grandes, los robustos
rindiéronse temblando y desmayaron;
y tú entregaste, Dios, como la rueda,
como la arista queda
al ímpetu del viento, a estos injustos,
que mil huyendo de uno se pasmaron.
Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
en las espesas cumbres se derrama,
tal en tu ira y tempestad seguiste
y su faz de ignominia convertiste.
Quebrantaste al crüel dragón, cortando
las alas de su cuerpo temerosas
y sus brazos terribles no vencidos;
que con hondos gemidos
se retira a su cueva, do silbando
tiembla con sus culebras venenosas,
lleno de miedo torpe sus entrañas,
de tu león temiendo las hazañas;
que, saliendo de España, dio un rugido
que lo dejó asombrado y aturdido.
Hoy se vieron los ojos humillados
del sublime varón y su grandeza,
y tú solo, Señor, fuiste exaltado;
que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados,
sobre la alta cerviz y su dureza,
sobre derechos cedros y extendidos,
sobre empinados montes y crecidos,
sobre torres y muros, y las naves
de Tiro, que a los suyos fueron graves.
Babilonia y Egito amedrentada
temerá el fuego y la asta violenta,
y el humo subirá a la luz del cielo,
y faltos de consuelo,
con rostro oscuro y soledad turbada
tus enemigos llorarán su afrenta.
Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza
egipcia y gloria de su confianza,
triste que a ella pareces, no temiendo
a Dios y a tu remedio no atendiendo,
¿por qué, ingrata, tus hijas adornaste
en adulterio infame a una impia gente,
que deseaba profanar tus frutos,
y con ojos enjutos
sus odiosos pasos imitaste,
su aborrecida vida y mal presente?
Dios vengará sus iras en tu muerte;
que llega a tu cerviz con diestra fuerte
la aguda espada suya; ¿quién, cuitada,
reprimirá su mano desatada?
Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
que en tus naves estabas gloriosa,
y el término espantabas de la tierra,
y, si hacías guerra,
de temor la cubrías con suspiro,
¿cómo acabaste, fiera y orgullosa?
¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?
Dios, para convertir tu gloria en llanto
y derribar tus ínclitos, y fuertes
te hizo perecer con tantas muertes.
Llorad, naves del mar; que es destruida
vuestra vana soberbia y pensamiento.
¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
tú, que sigues la luna,
Asia adúltera, en vicios sumergida?
¿Quién mostrará un liviano sentimiento?
¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende
tu ira y la arrogancia que te ofende,
y tus viejos delitos y mudanza
han vuelto contra ti a pedir venganza.
Los que vieron tus brazos quebrantados
y de tus pinos ir el mar desnudo,
que sus ondas turbaron y llanura,
viendo tu muerte oscura,
dirán, de tus estragos espantados:
¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
El Señor, que mostró su fuerte mano
por la fe de su príncipe cristiano
y por el nombre santo de su gloria,
a su España concede esta victoria.
Bendita, Señor, sea tu grandeza;
que después de los daños padecidos,
después de nuestras culpas y castigo,
rompiste al enemigo
de la antigua soberbia la dureza.
adórente, Señor, tus escogidos,
confiese cuanto cerca el ancho cielo
tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!
Y la cerviz rebelde, condenada,
perezca en bravas llamas abrasada.
Fernando de Herrera, Rojo sol
Fernando de Herrera
Rojo sol
Rojo sol que con hacha luminosa
cobras el purpúreo y alto cielo,
¿hallaste tal belleza en todo el suelo,
que iguale a mi serena Luz dichosa?
Aura süave, blanda y amorosa,
que nos halagas con tu fresco vuelo,
cuando se cubre del dorado velo
mi Luz ¿tocaste trenza más hermosa?
Luna, honor de la noche, ilustre coro
de las errantes lumbres y fijadas
¿consideraste tales dos estrellas?
Sol puro, Aura, Luna, llamas de oro,
¿oístes vos mis penas nunca usadas?
¿Vistes Luz más ingrata a mis querellas?
Rojo sol
Rojo sol que con hacha luminosa
cobras el purpúreo y alto cielo,
¿hallaste tal belleza en todo el suelo,
que iguale a mi serena Luz dichosa?
Aura süave, blanda y amorosa,
que nos halagas con tu fresco vuelo,
cuando se cubre del dorado velo
mi Luz ¿tocaste trenza más hermosa?
Luna, honor de la noche, ilustre coro
de las errantes lumbres y fijadas
¿consideraste tales dos estrellas?
Sol puro, Aura, Luna, llamas de oro,
¿oístes vos mis penas nunca usadas?
¿Vistes Luz más ingrata a mis querellas?
Baltasar del Alcázar, Soneto del soneto
Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decillo ya estudiado,
conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decillo ya estudiado,
conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.
Baltasar del Alcázar, Secreto para conciliar el sueño
SECRETO PARA CONCILIAR Y SACUDIR EL SUEÑO
(Baltasar De Alcázar )
No es el sueño cierto lance.
Variedades tiene el sueño:
ya lo alcanza presto el dueño,
ya no puede darle alcance.
Este tan vario accidente
suele a veces dar disgusto;
yo le corrijo y ajusto
con el aviso siguiente:
cuando el sueño se detiene,
rezo por poder pasar
y, en comenzando a rezar,
en el mismo punto viene.
Si carga más que debía,
pienso en las deudas que debo
y el sueño huye de nuevo
como la sombra del día.
Ved el áspero y crüel
cuán manso vuelve al oficio
y, con gran poco artificio,
hago lo que quiero de él.
Con tanta puntualidad,
que, como galán y dama
tenemos a mesa y cama
perpetua conformidad.
Revelome este secreto
una vieja de Antequera
que, desde la vez primera,
hizo verdadero efecto.
Y así, por larga experiencia,
he venido a conocer
que con rezar y deber
se repara esta dolencia.
Baltasar del Alcázar, Soneto
Baltasar del Alcázar
Soneto
Cercada está mi alma de contrarios;
la fuerza, flaca; el castellano, loco;
el presidio, infiel, bisoño y poco,
ningunos los pertrechos necesarios.
Los socorros que espero, voluntarios,
porque ni los merezco ni provoco;
tan desvalido, que aun a Dios no invoco
porque mis consejeros andan varios.
Los combates, continuos, y la ofensa;
los enemigos, de ánimo indomable;
rota por todas partes la muralla.
Nadie quiere acudir a la defensa...
¿qué hará el castellano miserable
que en tanto estrecho y confusión se halla?
Baltasar del Alcázar, Su modo de vivir en la vejez
SU MODO DE VIVIR EN LA VEJEZ
(Baltasar De Alcázar )
Deseáis, señor Sarmiento,
saber en estos mis años,
sujetos a tantos daños,
cómo me porto y sustento.
Yo os lo diré en brevedad
porque la historia es bien breve
y el daros gusto se os debe
con toda puntualidad.
Salido el sol por Oriente,
de rayos acompañado,
me dan un huevo pasado
por agua, blando y caliente.
Con dos tragos del que suelo
llamar yo néctar divino,
y a quién otros llaman vino
porque nos "vino" del cielo.
Cuando el luminoso vaso
toca en la meridional,
distando por un igual
del oriente y del ocaso,
me dan asada y cocida
una gruesa y gentil ave
con tres veces del süave
licor que alarga la vida.
Después que cayendo viene
a dar en el mar Hesperio,
desamparado el imperio
que en este horizonte tiene;
me suelen dar a comer
tostadas en vino mulso
que el enflaquecido pulso
restituyen a su ser.
Luego me cierran la puerta;
yo me entrego al dulce sueño,
dormido soy de otro dueño:
no sé de mí nueva cierta
hasta que, habiendo sol nuevo
me cuentan cómo he dormido;
y así de nuevo les pido
que me den néctar y huevo.
Ser vieja la casa es esto:
veo que se va cayendo,
voile puntales poniendo
porque no caiga tan presto.
Mas todo es vano artificio;
presto me dicen mis males
que han de faltar los puntales
y allanarse el edificio.
Baltasar del Alcázar, Epigramas.
I
A Job el diablo tentó
con tanta solicitud,
que los bienes, la salud
y los hijos le quitó.
Más no pudiendo vencer
su virtud, por inquietarle,
trató de desesperarle
y le dejó... la mujer.
II
En un muladar un día
cierta vieja sevillana,
buscando trapos y lana,
su ordinaria granjería,
acaso vino a hallarse
un pedazo de un espejo,
y con un trapillo viejo
lo limpió para mirarse.
Viendo en él aquellas feas
quijadas de desconsuelo,
dando con él en el suelo,
le dijo: “Maldito seas”.
III
Tratando estoy de qué modo
podría escribir ahora
vuestro nombre, mi señora,
y el don en un verso todo.
Sale el efecto diverso,
porque por sílabas salen
la “señora doña Valen”,
y el “tina” sobra del verso.
Pues si entrare el verso con
mi “señora Valentina”,
no es razón ni cosa dina,
porque al nombre falta el “don”.
Y quitárselo al desgaire
por medir el verso justo,
es un donaire sin gusto,
y un peligroso donaire.
IV
Cierto día un estudiante
al revisar su ropilla,
se encontró en la pantorrilla,
un enorme interrogante.
Siguió el pobrete adelante,
y al ver que en puntos hervía
su calceta, maldecía
diciendo: "¡Cuán bueno fuera
si más estambre tuviera
y menos ortografía!"
V
Entraron en una danza
doña Constanza y don Juan;
cayó, danzando, el galán,
pero no doña Constanza.
De la gente cortesana
que lo vio, quedó juzgado
que don Juan era pesado...
doña Constanza, liviana.
VI
Dos galanes pelearon
sobre Constanza una tarde.
¡Mirad, así Dios nos guarde,
para donde lo guardaron!
Si nació la enemistad
de verse un poco apretados,
dos pueden caber holgados
y aun tres a necesidad.
V
Al Amor
Di, rapaz mentiroso, ¿es esto cuanto
me prometiste presto y a pie quedo?
¿Andar mirlado entre esperanza y miedo,
cercado de respetos, hecho un tanto?
Sustos, celos, favores, risa y llanto
dalos, Amor, a quien se lame el dedo;
los que me diste a mí te vuelvo y cedo,
no quiero tomar más cosa de espanto.
Bien siento las heridas y que salgo
de tu poder para ponerme en cura,
porque tengo aún abiertas las primeras.
Y juro por la fe de hijodalgo
de si mi buen propósito me dura
de no partir de hoy más contigo peras.
Amor, no es para mí ya tu ejercicio,
porque cosa que importa no la hago;
antes lo que tu intentas yo lo estrago,
porque no valgo un cuarto en el oficio.
Hazme pues, por tu fe, este beneficio:
que me sueltes y des carta de pago.
Infamia es que tus tiros den en vago:
procura sangre nueva en tu servicio.
Ya yo con solas cuentas y buen vino
holgaré de pasar hasta el extremo;
y si me libras de prisión tan fiera,
de aquí te ofrezco un viejo mi vecino
que te sirva por mí en el propio remo,
como quien se rescata de galera.
VI
Yace en esta losa dura
una mujer tan delgada
que en la vaina de una espada
se trajo a la sepultura.
Aquí el huésped notifique
dura punta o polvo leve,
que al pasar no se la lleve,
o al pisarla, no se pique.
III
Tratando estoy de qué modo
podría escribir ahora
vuestro nombre, mi señora,
y el don en un verso todo.
Sale el efecto diverso,
porque por sílabas salen
la “señora doña Valen”,
y el “tina” sobra del verso.
Pues si entrare el verso con
mi “señora Valentina”,
no es razón ni cosa dina,
porque al nombre falta el “don”.
Y quitárselo al desgaire
por medir el verso justo,
es un donaire sin gusto,
y un peligroso donaire.
IV
Cierto día un estudiante
al revisar su ropilla,
se encontró en la pantorrilla,
un enorme interrogante.
Siguió el pobrete adelante,
y al ver que en puntos hervía
su calceta, maldecía
diciendo: "¡Cuán bueno fuera
si más estambre tuviera
y menos ortografía!"
V
Entraron en una danza
doña Constanza y don Juan;
cayó, danzando, el galán,
pero no doña Constanza.
De la gente cortesana
que lo vio, quedó juzgado
que don Juan era pesado...
doña Constanza, liviana.
VI
Dos galanes pelearon
sobre Constanza una tarde.
¡Mirad, así Dios nos guarde,
para donde lo guardaron!
Si nació la enemistad
de verse un poco apretados,
dos pueden caber holgados
y aun tres a necesidad.
V
Al Amor
Di, rapaz mentiroso, ¿es esto cuanto
me prometiste presto y a pie quedo?
¿Andar mirlado entre esperanza y miedo,
cercado de respetos, hecho un tanto?
Sustos, celos, favores, risa y llanto
dalos, Amor, a quien se lame el dedo;
los que me diste a mí te vuelvo y cedo,
no quiero tomar más cosa de espanto.
Bien siento las heridas y que salgo
de tu poder para ponerme en cura,
porque tengo aún abiertas las primeras.
Y juro por la fe de hijodalgo
de si mi buen propósito me dura
de no partir de hoy más contigo peras.
Amor, no es para mí ya tu ejercicio,
porque cosa que importa no la hago;
antes lo que tu intentas yo lo estrago,
porque no valgo un cuarto en el oficio.
Hazme pues, por tu fe, este beneficio:
que me sueltes y des carta de pago.
Infamia es que tus tiros den en vago:
procura sangre nueva en tu servicio.
Ya yo con solas cuentas y buen vino
holgaré de pasar hasta el extremo;
y si me libras de prisión tan fiera,
de aquí te ofrezco un viejo mi vecino
que te sirva por mí en el propio remo,
como quien se rescata de galera.
VI
Yace en esta losa dura
una mujer tan delgada
que en la vaina de una espada
se trajo a la sepultura.
Aquí el huésped notifique
dura punta o polvo leve,
que al pasar no se la lleve,
o al pisarla, no se pique.
Baltasar del Alcázar, Diálogo entre un galán y el eco
DIÁLOGO ENTRE UN GALÁN Y EL ECO
(Baltasar del Alcázar )
GALÁN
En este lugar me vide
cuando de mi amor partí;
quisiera saber de mí,
si mi suerte no lo impide.
ECO
Pide.
GALÁN
Temo novedad o trueco
que es fruto de una partida;
mas ¿quién me dice que pida
con un término tan seco?
ECO
Eco.
GALÁN
¿La que siguió con tal priesa
las pisadas de Narciso?
¿La que por Júpiter quiso
ser contra Juno traviesa?
ECO
Esa.
GALÁN
¿Qué andas por aquí buscando,
bella ninfa? ¿Es a tu amor,
o, vencida del dolor,
andas tus males llorando?
ECO
Ando.
GALÁN
Así Narciso te vea
con más piedad que solía,
que informes al alma mía
de las cosas que desea.
ECO
Sea.
GALÁN
Respóndeme, pues, del cerro
cavernoso: ¿haberme ido
fue yerro, no habiendo sido
necesario mi destierro?
ECO
Yerro.
GALÁN
Hora debió ser menguada,
donde reinó el interés;
la lealtad y fe de Inés
¿qué han medrado en mi jornada?
ECO
Nada.
GALÁN
El caso va descubierto:
algún desconcierto ha hecho;
¿es cierto lo que sospecho
de haber hecho desconcierto?
ECO
Cierto.
GALÁN
¿Vístele romper el hilo
que anudó nuestra amistad?
No quieras con liviandad
hacerme cera y pabilo.
ECO
Vilo.
GALÁN
A "vilo" no hay que dudarse,
yo te doy entera fe;
mas, lo que viste ¿qué fue?
¿fue olvidarme, o fue mudarse?
ECO
Darse.
GALÁN
¡Que en tales trances y puntos
Inés con otro se halla!
Di cómo los viste, y calla
las circunstancias y adjuntos.
ECO
Juntos.
GALÁN
¡Ella fue nave sin lastre,
que dio conmigo al través!
Y... ¿de qué calidad es
el autor de mi desastre?
ECO
Sastre.
GALÁN
Mira no se lo levantes;
antes que la conociese
pudo ser que sastre fuese,
mas no en tiempos semejantes.
ECO
Antes.
GALÁN
Pues ya, no usando el oficio,
que mucho es que se engañase,
¿quién la obligó a que olvidase
mi tierno amor y servicio?
ECO
Vicio.
GALÁN
Acaba de resumirte:
de este vicio y perdición:
¿cuál fue la cierta ocasión
que tenga yo que servirte?
ECO
Irte.
GALÁN
Pues presto vine, mas tarde
para corazón tan vario
¿quiere bien a mi contrario?
¡Dímelo, así Dios te guarde!
ECO
Arde.
GALÁN
Arda, pues tan poco valgo,
que dejo arder esos fuegos;
¿resistió mucho a los ruegos
de ese venturoso hidalgo?
ECO
Algo.
GALÁN
¿Las amorosas porfías
y recaudos importunos
duraron meses algunos?
Dilo, pues que lo entendías.
ECO
Días.
GALÁN
La paga parece breve
y, pues que lo redujeron
a días, di cuántos fueron,
aunque mi mal se renueve.
ECO
Nueve.
GALÁN
Corta en palabras anduvo,
propiedad de vizcaínos;
y ¿hubo acaso en los vecinos
quien tanta ventura tuvo?
ECO
Hubo.
GALÁN
Pues a propósito llega,
dime el nombre sin tardanza
de aquel que el mar en bonanza
y el viento a popa navega.
ECO
Vega.
GALÁN
Primero que me partiese
tuve yo del mal espina...
¿No es Vega, junto a la esquina,
con quien tuve el interese?
ECO
Ese.
GALÁN
Que cometió aquel delito
que todos saben del trigo,
por quien le vino el castigo
que en flor lo dejó marchito.
ECO
Chito.
GALÁN:
¿Que calle? ¡Donosa estás!
¿No fue público el engaño,
y él no me ha hecho más daño
que yo le haré jamás?
ECO
Más.
GALÁN
Al fin su amor fue al desgaire;
debió ser, porque en efecto
cuanto le di fue un soneto
y otros versos de donaire.
ECO
Aire.
GALÁN
Yo se los di por dinero
de más valor y provecho;
mas, ¿qué son versos en pecho
sin amor, hecho de acero?
ECO
Cero.
GALÁN
Por experiencia lo vi,
que realmente en mis amores
codició fruto y no flores;
¿tú no lo entendiste así?
ECO
Sí.
GALÁN
¡Cómo la ingrata olvidó
lo que mostraba estimar!
Y él ¿de qué ardid supo usar,
que tan presto la rindió?
ECO
Dio.
GALÁN
Acertó; y es el decoro
que ha de guardar el que ama;
pero ¿qué le dio a la dama
que tan sin término adoro?
ECO
Oro.
GALÁN
Artillería es que expugna
la mayor fuerza de amor;
y ¿hubo acaso en su favor
del galán tercera alguna?
ECO
Una.
GALÁN
Dígolo porque ésta allana
cualquier duda y la atropella.
Bien sé que fue hermana de ella,
pero no sé cual hermana.
ECO
Ana.
GALÁN
Si alguna tercera hubiere,
esa ha de ser y otra no;
la madre, ¿cómo calló,
visto el deshonor que adquiere?
ECO
Quiere.
GALÁN
Mis versos quisiera solos
cobrar, pero no me atrevo;
¿dioles al amante nuevo
o por ventura escondiolos?
ECO
Diolos.
GALÁN
¡Que a tal cosa se dispuso
la desenvuelta muchacha!
¿Y él puso en los versos tacha,
sabiendo quién los compuso?
ECO
Puso.
GALÁN
Hallaríalos oscuros,
versos inútiles, cojos,
duros, bajos y, tan flojos,
que se caen de maduros.
ECO
Duros.
GALÁN
Bien sabe de cortesano;
¿no está llano que, en blandura,
son sin igual, y en lisura
y en estilo castellano?
ECO
Llano.
GALÁN
Pero el sujeto fue indigno,
no me espanto. ¿Y la infiel
vino a murmurar con él
también del verso divino?
ECO
Vino.
GALÁN
¿Quién tan gran maldad hiciera
por un amante segundo?
¿Cómo ha de llamalla el mundo
cuando el caso se refiera?
ECO
Fiera.
GALÁN
¡Poco es fiera! Yo le hallo
mejor nombre que le den...
Mas calla, que yo también
me corro de publicallo.
ECO
Callo.
GALÁN
¡Que sufra yo una querella
tan justa no quiera Dios!
Muera el uno de los dos;
¿cuál será, di, ninfa bella?
ECO
Ella.
GALÁN
¿La palomita sin hiel
ha de morir? ¡Ay dolor!
¿Cuál hallas tú que fue autor
de este delito crüel?
ECO
Él.
GALÁN
Pues muera, que yo no soy
de quien es bien que se alabe.
¿Cuándo quieres que le acabe?
Porque resoluto estoy.
ECO
Hoy.
GALÁN
Mucha priesa es para mí;
pero hoy no me determino.
Oye otro nuevo camino
mejor del que yo entendí.
ECO
Di.
GALÁN
Rematar este debate
con muerte, hay Dios que lo vede...
¡Pues mátele Dios, que puede,
y asegúrese el remate!
ECO
Mate.
GALÁN
Si yo lo mato me pierdo,
porque no hay caso escondido;
¿qué te parece que ha sido
todo este mi nuevo acuerdo?
ECO
Cuerdo.
GALÁN
Viva lo que Dios mandare;
solo me di lo que haga
del sexo que así me estraga,
para que mi mal repare.
ECO
Pare.
GALÁN:
¿Cómo ha de parar un potro
cerrero y desenfrenado?
y ¿cuál amor hay crïado
que me haga olvidar este otro?
ECO
Otro.
GALÁN
Ya te entiendo, y es exceso;
¿quieres decir que procure
nuevo amor, que el viejo cure
por haber salido avieso?
ECO
Eso.
GALÁN
No osaré intentar tal cosa,
porque quizá es escapar
de una desventura y dar
en otra más peligrosa.
ECO
Osa.
GALÁN
Y, cuando me aventurara...
¿qué dama fuera mejor
para servir sin temor
que con otro se mezclara?
ECO
Clara.
GALÁN
De su madrastra he sabido
que es bellísima y honrada,
blanda, humilde y avisada;
pero tiene un mal marido.
ECO
Ido.
GALÁN
Ya sé que se fue a la guerra;
mas hay quien le profetice
(si no yerra el que lo dice)
que será presto en la tierra.
ECO
Yerra.
GALÁN
Quieres decir que mintió.
¿Al fin no ha de volver
a su casa y su mujer,
como al partir lo ordenó?
ECO
No.
GALÁN
Pues el mayor sobresalto
me allanas: yo he de probar,
por tu consejo, asaltar
ese peligrosos salto.
ECO
Alto.
GALÁN
Que ya entiendo que lo manda
quien la rueda mueve y guía;
y siendo así, ninfa mía,
yo me parto en la demanda.
ECO
Anda.
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