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miércoles, 15 de enero de 2025

Honoré Balzac, El grande de España

 Honoré de Balzac

El grande de España

En el momento de la expedición emprendida en 1823-4 por el rey Luis XVIII para salvar a Fernando VII del régimen constitucional, yo me encontraba por casualidad en Tours, camino de España. La víspera de mi marcha, fui al baile en casa de una de las mujeres más amables de esta ciudad en la que, como es sabido, se divertían más que en ninguna otra capital de provincia; y poco antes del souper, pues se soupe aún en Tours, me uní a un grupo de tertulianos en medio del cual, un señor que me resultaba desconocido, contaba una aventura.

El orador, llegado muy tarde al baile, había cenado, según creo, en casa del recaudador general. Al entrar se había incorporado a una mesa de écarté; luego, tras haber pasado varias veces, para alegría de sus contrincantes cuyo equipo perdía, se había levantado, vencido por un subteniente de carabineros; y, para consolarse, había participado en una conversación sobre España, tema habitual de mil disertaciones.

Durante el relato, examiné con un interés involuntario el rostro y la persona del narrador. Era uno de esos seres de mil rostros que se parecen a tantos tipos que el observador queda indeciso, y no sabe si tiene que incluirlos entre las personas de genio modestas o entre los intrigantes subalternos. En primer lugar, estaba condecorado con la cinta roja; pero ese símbolo demasiado prodigado, ya no prejuzga nada a favor de nadie; tenía una chaqueta verde, y a mí no me gustan las chaquetas verdes en un baile, cuando la moda aconseja a todo el mundo llevar traje negro; además llevaba pequeñas hebillas metálicas en los zapatos, en lugar de lazos de seda; su pantalón era de un casimir horriblemente desgastado, y su corbata estaba mal puesta; en definitiva, vi que no le daba demasiada importancia al atuendo ¡podía ser un artista!

Sus gestos y su voz tenían un no sé qué vulgar, y su rostro, presa de los rubores que el trabajo de la digestión le imprimía, no realzaba por ningún rasgo sobresaliente el conjunto de su persona; tenía la frente despejada y poco cabello en la cabeza. De acuerdo con todos esos diagnósticos, dudaba en hacer de él un consejero de prefectura, o un antiguo comisario de guerra; pero, al verlo posar la mano sobre la manga de su vecino de manera magistral, lo incluí en la categoría de los escribanos, los burócratas y sus compinches. Finalmente estuve completamente convencido de mi observación cuando noté que sólo era escuchado por su historia; ninguno de los oyentes le concedía esa atención sumisa y esas miradas complacientes que son privilegio de las personas muy consideradas. No sé si pueden imaginarse al hombre, llenándose la nariz con tomas de rapé, hablando con la rapidez de las personas con prisa por terminar su discurso por miedo a que se les abandone; por lo demás, expresándose con gran facilidad, contando bien las cosas, dibujando de un trazo, y jovial como un bufón de regimiento. Para evitarles el tedio de las digresiones, me permito trasvasar su historia a un estilo narrativo y añadirle ese toque didáctico necesario a los relatos que, de la charla informal pasan al estado tipográfico.

Algún tiempo después de su entrada en Madrid, el gran duque de Berg invitó a los principales personajes de esta ciudad a una fiesta francesa ofrecida por el ejército a la capital recién conquistada. Pese al esplendor de la gala, los españoles no se mostraron en ella muy risueños; sus mujeres bailaron poco; en definitiva, que los invitados jugaron y perdieron o ganaron mucho. Los jardines del palacio estaban bastante espléndidamente iluminados como para que las damas pudieran pasearse por ellos con tanta seguridad como lo habrían hecho en pleno día... La fiesta era imperialmente bella, y no se escatimó nada con el fin de darle a los españoles una elevada idea del emperador, si querían juzgarlo a partir de sus lugartenientes. En un bosquecillo cercano al palacio, entre la una y las dos de la mañana, algunos militares franceses charlaban del desarrollo de la guerra, y del futuro poco tranquilizador que auguraba la actitud misma de los españoles presentes en aquella pomposa fiesta.

-¡Caray! -dijo un francés cuyo traje indicaba que era médico jefe de algún cuerpo del ejército - ayer le solicité formalmente mi regreso a Francia al príncipe Murat. Sin tener precisamente miedo de dejar mis huesos en la península, prefiero ir a curar las heridas producidas por nuestros buenos vecinos alemanes; sus armas no penetran tanto en el torso como los puñales castellanos... Además, el miedo a España es para mí como una superstición... Desde mi infancia he leído libros españoles, un montón de aventuras sombrías y mil historias de este país, que me han predispuesto intensamente contra las costumbres de sus habitantes... ¡Pues bien!, desde nuestra entrada en Madrid, ya he podido ser si no protagonista, al menos cómplice de una peligrosa intriga, tan negra, tan oscura como puede serlo una novela de lady Radcliffe... Y como creo bastante en mis presentimientos, desde mañana mismo me largo... Murat no me negará sin duda el permiso; pues nosotros, gracias a los servicios secretos que prestamos, tenemos protecciones siempre eficaces...

-Puesto que te das a la fuga, ¡cuéntanos al menos tu aventura! -exclamó un coronel, viejo republicano que se preocupaba muy poco del lenguaje y de las adulaciones imperiales.

Entonces, el médico miró atentamente a su alrededor, pareció querer reconocer los rostros de quienes le rodeaban y, seguro ya de que no había ningún español cerca de él, dijo:

-Puesto que somos todos franceses... con mucho gusto, coronel Charrin... Hace seis días -prosiguió - regresaba tranquilamente a mi alojamiento hacia las once de la noche, después de haber dejado al general Latour, cuyo hotel se encuentra a unos pasos del mío, en mi misma calle; salíamos los dos de casa del ordenador de pagos, donde habíamos tenido una berlanga bastante animada... De repente, en la esquina de una calleja, dos desconocidos, o más bien dos diablos, se lanzaron sobre mí y me cubrieron la cabeza y los brazos con una capa... Grité, pueden creerlo, como un perro apaleado; pero el paño ahogó mi voz, luego fui llevado en un vehículo a gran velocidad; y cuando mis acompañantes me libraron de la dichosa capa, oí una voz de mujer y estas inquietantes palabras dichas en un mal francés:

-Si grita o hace ademán de escapar, si se permite el menor movimiento sospechoso, el señor que está delante de usted es capaz de apuñalarlo sin escrúpulos. Por lo tanto, manténgase tranquilo. Ahora voy a explicarle la causa de su secuestro... Si se molesta en tender su mano hacia mí, encontrará entre nosotros dos su instrumental de cirugía que hemos mandado a buscar a su casa, de su parte; sin duda, le será necesario. Lo llevamos a una casa donde su presencia es indispensable... Se trata de salvar el honor de una dama. En este momento está a punto de dar a luz un hijo de su amante, a espaldas de su marido. Aunque éste se separa poco de su mujer de la que está apasionadamente enamorado y que la vigila con toda la atención de los celos españoles, ella ha sabido ocultarle su embarazo. Él cree que se encuentra enferma. Le llevamos para que la asista en el parto. Por lo que, como ve, los peligros de la empresa no le conciernen; sólo tiene que obedecernos; si no lo hace, el amante de la dama, que está sentado frente a usted en el coche y que no sabe ni una palabra de francés, lo apuñalará a la menor imprudencia...

-Y ¿quién es usted? -dije buscando la mano de mi interlocutora, cuyo brazo estaba envuelto en la manga de una chaqueta de uniforme...

-Yo soy la camarera de la señora, su confidente; y estoy totalmente dispuesta a recompensarlo personalmente, si se presta galantemente a las exigencias de nuestra situación.

-¡Con mucho gusto! -dije viéndome embarcado a la fuerza en una aventura peligrosa.

Entonces, aprovechando la oscuridad, quise comprobar si la cara y las formas de la camarera estaban en armonía con las ideas que los sonidos, ricos y guturales, de su voz me habían inspirado... La camarera se había sometido por anticipado sin duda a todas las eventualidades de aquel singular rapto, pues guardó el más complaciente de los silencios, y el vehículo no había rodado más de diez minutos por Madrid cuando recibió y me devolvió un apasionado beso. El señor que llevaba enfrente no se molestó por algunos puntapiés que le propiné de forma involuntaria; pero como no comprendía el francés, supongo que no les prestó atención.

-Sólo puedo ser su amante con una condición -me dijo la camarera como respuesta a todas las bobadas que yo le recitaba, llevado por el calor de una pasión improvisada, para la que todo eran obstáculos.

-¿Cuál?

-Que no intentará nunca saber a quién pertenezco... Si voy a su casa, será de noche y me tendrá que recibir a oscuras.

Nuestra conversación se encontraba en ese punto cuando el vehículo llegó cerca de la tapia de un jardín.

-¡Déjeme taparle los ojos! - me dijo la camarera -; se apoyará en mi brazo y yo misma lo guiaré.

Luego me colocó sobre los ojos y me anudó fuertemente detrás de la cabeza un pañuelo muy tupido. Oí el ruido de una llave colocada con precaución en la cerradura de una puertecilla sin duda por el silencioso amante que había estado frente a mí; y pronto, la doncella de cuerpo arqueado, que tenía cierto meneo al andar, me condujo, a través de las avenidas enarenadas de un gran jardín, hasta un determinado lugar donde se detuvo. Por el ruido que hicieron nuestros pasos, supuse que nos encontrábamos delante de la casa.

-¡Ahora, guarde silencio! -me dijo al oído - y preste mucha atención... No pierda de vista ni una sola de mis señales, pues no podré ya hablarle sin peligro para los dos, y en este momento se trata de salvarle a usted la vida. -Luego añadió con voz más alta -: La señora está en una habitación de la planta baja; para llegar hasta allí, tendremos que pasar por la habitación y delante de la cama de su marido; por lo que no tosa, ande con cuidado, y sígame atentamente para no golpear ningún mueble o poner los pies fuera de la alfombra que he dispuesto para nuestros pasos...

En ese momento, el amante gruñó sordamente, como alguien impacientado por tantos retrasos. La camarera se calló; oí abrir una puerta, percibí el aire cálido de un apartamento y avanzamos con cautela, como ladrones en expedición. Por fin, la suave mano de la camarera me quitó la venda. Me encontré en una habitación grande, alta y mal iluminada por una única lámpara humeante. La ventana se encontraba abierta, pero había sido protegida por gruesos barrotes de hierro por el marido celoso; fui arrojado en ella como a un callejón sin salida.

En el suelo, y sobre una estera, se encontraba una magnífica mujer, cuya cabeza estaba cubierta por un velo de muselina, pero a través del cual sus ojos llenos de lágrimas brillaban con todo el esplendor de las estrellas. Oprimía con fuerza un pañuelo de batista sobre la boca, y lo mordía tan vigorosamente que sus dientes lo habían desgarrado y habían penetrado a medias en él... No he visto jamás cuerpo más bello, pero ese cuerpo se retorcía de dolor como se retuerce una cuerda de arpa que se arroja al fuego. La desgraciada había formado dos arbotantes con sus piernas apoyándolas sobre una especie de cómoda; y con las dos manos, se agarraba a los palos de una silla estirando los brazos, cuyas venas estaban horriblemente hinchadas. Se parecía a un criminal en las angustias del potro... Por lo demás, ni un grito, ni ningún otro ruido que no fuera el sordo crujido de sus huesos, y nosotros estábamos allí, los tres mudos e inmóviles... Los ronquidos del marido resonaban con constante regularidad...

Quise ver a la camarera, pero se había vuelto a poner la máscara de la que se había deshecho, sin duda, durante el trayecto y sólo pude ver dos ojos negros y formas muy pronunciadas que abombaban su uniforme. El amante estaba también enmascarado. Cuando llegó, arrojó unas toallas sobre las piernas de su amante, y dobló sobre el rostro el velo de muselina.

Una vez que hube observado concienzudamente a aquella mujer, reconocí por ciertos síntomas antaño observados en una muy triste circunstancia de mi vida, que el bebé estaba muerto; entonces me incliné hacia la camarera para informarle de la situación. En ese momento, el desconfiado desconocido sacó su puñal; pero tuve tiempo de decírselo todo a la doncella, que le dijo dos palabras en voz baja. Al oír mi pronóstico, el amante tuvo un ligero escalofrío que le subió de los pies a la cabeza como un relámpago, y me pareció ver palidecer su rostro bajo la máscara de terciopelo negro. La doncella, aprovechando un momento en el que este hombre desesperado miraba a la moribunda que se ponía morada, me indicó con un gesto los dos vasos de limonada servidos sobre una mesa, y me hizo un gesto negativo. Comprendí que debía abstenerme de beber, pese al horrible calor que me hacía sudar. De repente, el amante, que sin duda tenía sed, tomó uno de los vasos, y se bebió más o menos la mitad de la limonada que contenía.

En ese momento, la dama tuvo una violenta convulsión que me indicaba el momento favorable a la crisis, y, cogiendo mi lanceta, la sangré apresuradamente en el brazo derecho con bastante fortuna. La camarera recogió con toallas la sangre que brotaba abundantemente; luego la desconocida entró en un abatimiento propicio para mi operación... Me armé de valor, y tras una hora de trabajo, logré extraer al bebé en trozos. El español, que no pensaba ya en envenenarme, comprendiendo que acababa de salvar a su amante, lloraba bajo su máscara y, en ocasiones, gruesas lágrimas caían sobre su capa.

Por lo demás, la mujer no lanzó ni un grito, pero seguía mordiendo el pañuelo, temblaba como un animal salvaje cercado, y sudaba gruesas gotas. En un instante horriblemente crítico, hizo un gesto para indicar la habitación de su marido; el marido acababa de darse la vuelta; y, de los cuatro, era la única que había oído el roce de las sábanas, el ruido de la cama o de las cortinas. Nos detuvimos, y a través de los agujeros de sus máscaras, la camarera y el amante se lanzaron miradas de fuego...

Aprovechando esta especie de tregua, tendí la mano para coger el vaso de limonada que el desconocido había empezado; pero él, creyendo que iba a beber de alguno de los vasos llenos, saltó con la agilidad de un gato, y colocó su largo puñal sobre los dos vasos envenenados. Me dejó el suyo, haciendo un gesto con la cabeza para decirme que me tomara el resto. Había tantas cosas, tantas ideas, tanto sentimiento, en aquel gesto y en su vivo movimiento, que le perdoné casi las atroces combinaciones meditadas para matar y enterrar cualquier tipo de huella de aquellos acontecimientos. Me dio la mano cuando acabé de beber; luego, tras haber dejado escapar un movimiento convulsivo, envolvió personalmente con todo cuidado los restos de su hijo; y cuando, después de dos horas de cuidados y miedos, la camarera y yo recostamos a su amante, me apretó de nuevo las manos y, sin que yo lo supiera, introdujo en mi bolsillo una suma importante. Entre paréntesis, como yo ignoraba el suntuoso regalo del español, mi criado me robó aquel tesoro dos días después, y huyó provisto de una verdadera fortuna. Le dije al oído a la doncella las precauciones que había que tomar; luego le manifesté el deseo de que me dejaran libre. La camarera permaneció junto a su señora, circunstancia que no me tranquilizó en exceso; pero decidí mantenerme alerta. El amante hizo un paquete con el cuerpo del bebé muerto y la ropa teñida por la sangre de su amante; luego lo apretó fuertemente, lo ocultó bajo su capa; y, pasándome la mano sobre los ojos como para decirme que los cerrara, salió delante de mí invitándome con un gesto a que me agarrara a un faldón de su traje; lo que hice, no sin echarle una última mirada a la camarera. Ésta se quitó la máscara al ver que el español había salido, y me mostró el rostro más bello del mundo.

Crucé los apartamentos siguiendo al amante; y cuando me encontré en el jardín, al aire libre, confieso que respiré como si me hubieran quitado un enorme peso del pecho. Caminaba a una distancia respetuosa de mi guía, observando sus menores movimientos con la mayor atención.

Una vez llegados a la puertecilla, me cogió de la mano, y puso sobre mis labios un sello, montado en una sortija, que yo le había visto en un dedo de la mano izquierda. Comprendí todo el significado de aquel gesto elocuente. Salimos a la calle y, en lugar del vehículo, había dos caballos esperándonos. Montamos cada uno en un animal; el español cogió mi brida, la sujetó con la mano izquierda, cogió entre los dientes la brida de su montura, pues tenía el sangriento paquete en la mano derecha, y partimos con la rapidez del relámpago. Me fue imposible observar el menor objeto que pudiera servirme para reconocer la ruta que recorrimos. Al amanecer, yo me encontré cerca de mi puerta, y el español escapó, dirigiéndose hacia la puerta de Atocha.

-¿Y no vio usted nada que pudiera hacerle sospechar de qué dama se trataba? -preguntó un oficial al médico.

-Una sola cosa... -dijo - . Cuando sangraba a la desconocida, observé en su brazo, más o menos a la mitad, una pequeña verruga, del tamaño de una lenteja, rodeada de pelos oscuros... El palacio me pareció magnífico, inmenso; la fachada no se acababa nunca...

En ese momento, el indiscreto cirujano se detuvo, pálido. Todos los ojos fijos en los suyos siguieron la misma dirección; y los franceses vieron a un español envuelto en una capa, cuya mirada de fuego brillaba en la oscuridad, en medio de un bosquecillo de naranjos donde se mantenía de pie. El oyente desapareció de inmediato con una rapidez de silfo, cuando un joven subteniente se lanzó tras él.

-¡Caramba! Amigos míos -exclamó el médico - esos ojos de basilisco me han dejado helado. Oigo campanas; les digo adiós o me enterrarán aquí.

-¡No seas tonto! -dijo el coronel Charrin - , Lecamus ha seguido al espía, él sabrá darnos razón del mismo.

-¿Qué ha pasado Lecamus? -preguntaron los oficiales, al ver regresar jadeante al subteniente.

-¡Al diablo! -respondió Lecamus - . Creo que ha pasado a través de las murallas; y, como no creo que sea un brujo, sin duda es de la casa; conoce los pasadizos, los rodeos, y se me ha escapado fácilmente.

-¡Estoy perdido! -dijo el cirujano con voz taciturna.

-¡Vamos!, tranquilízate -contestaron los oficiales; te acompañaremos por turnos en tu casa hasta que te marches... y, por esta noche, te acompañamos todos.

Efectivamente, tres jóvenes oficiales, que habían perdido su dinero en el juego y no sabían qué hacer, recondujeron al médico a su alojamiento, y se ofrecieron a permanecer con él, lo que éste aceptó.

Dos días después, había obtenido su regreso a Francia, y hacía todos los preparativos para marcharse con una dama a la que Murat le había proporcionado una gran escolta. Acababa de cenar en compañía de sus amigos, cuando su criado vino a avisarle que una mujer joven quería hablar con él. El cirujano y los tres oficiales bajaron de inmediato; pero la desconocida sólo pudo decir: «¡Tenga cuidado!» Y cayó muerta. Era la camarera que, sintiéndose envenenada, esperaba llegar a tiempo para salvar al médico. El veneno la desfiguró por completo.

-¡Demonios! ¡demonios! -exclamó - . ¡A eso se le llama amor! ¡Sólo una española es capaz de correr con un monstruo de veneno en el estómago!

El médico permanecía singularmente pensativo. Finalmente, para ahogar los siniestros presentimientos que le atormentaban, volvió a la mesa y bebió inmoderadamente, lo mismo que sus compañeros; luego, medio ebrios, se acostaron temprano. En mitad de la noche, el médico fue despertado por el chirrido que hicieron los aros de las cortinas violentamente corridas sobre sus varillas. Se incorporó, presa de esa trepidación mecánica de todas las fibras que se adueña de nosotros en un momento de despertar súbito. Entonces vio delante de él a un español envuelto en su capa. El desconocido lanzaba la misma mirada ardiente que la que había salido de entre la vegetación durante la fiesta y por la que se había quedado tan impactado. El cirujano gritó: «¡Socorro!... A mí, amigos míos» Pero a esa llamada de auxilio, el español contestó primero con una risa amarga: «El opio crece para todo el mundo». Y, después de esa especie de sentencia, le mostró a sus tres amigos profundamente dormidos; y, sacando bruscamente de debajo de su capa un brazo de mujer recién cortado, se lo presentó al médico, mostrándole una señal similar a la que él había descrito tan imprudentemente: «¿Es la misma?» preguntó. Al resplandor de un farol colocado sobre la cama, el cirujano, helado de espanto, contestó con un gesto afirmativo y, sin más información, el marido de la desconocida le hundió el puñal en el corazón.

-Este cuento es furiosamente pardo -dijo uno de los oyentes - pero es más inverosímil todavía; porque ¿puede explicarme cuál de los dos le contó la historia, el muerto o el español?

-Señor -contestó el narrador, molesto por la observación - , como afortunadamente la puñalada que recibí en lugar de deslizarse hacia la izquierda lo hizo hacia la derecha, supongo que admitirá que yo conozca mi propia historia... le juro que hay aún algunas noches en las que veo en sueños aquellos dichosos ojos...

El cirujano en jefe se detuvo, palideció, y se quedó boquiabierto, en una verdadera crisis de epilepsia. Nos volvimos todos para mirar hacia el salón. En la puerta se encontraba un grande de España, uno de esos afrancesados en el exilio, que había llegado hacía quince días a Touraine con su familia. Aparecía por vez primera en sociedad y, como había llegado tarde, visitaba los salones, acompañado de su mujer cuyo brazo derecho permanecía inmóvil.

Nos separamos en silencio para dejar pasar a aquella pareja, que no vimos sin una emoción profunda. ¡Era un auténtico cuadro de Murillo! El marido tenía dos ojos de fuego en unas órbitas hundidas y ojerosas. Su rostro estaba demacrado, el cráneo sin cabello y el cuerpo de una delgadez extrema. La mujer... ¡imagínensela! No, porque no la pintarían como era. Tenía una estatura considerable; estaba pálida, pero era bella aún; su tez, por un privilegio inaudito para una española, era deslumbrante de blancura; pero su mirada caía sobre nosotros como una colada de plomo fundido... su hermosa frente, adornada con perlas y blanca, se parecía al mármol de una tumba; tenía sin duda una gran pena en el corazón... Era el dolor español en todo su esplendor... Es inútil añadir que el médico había desaparecido...

-Señora, -le pregunté a la condesa hacia el final de la velada - ¿en qué acontecimiento perdió usted el brazo?

-En la guerra de la Independencia -contestó.

FIN

Contes bruns, 1832

El caso del difunto mister Elvesham, por H. G. Wells

 EL CASO DEL DIFUNTO MISTER ELVESHAM

Mi intención, al escribir este relato, no es precisa­mente la de ser creído, sino la de evitar la caída de una próxima víctima. Quizá mi desdicha le sirva de algo. Sé que mi caso es irreparable y estoy casi resignado a afrontarlo.

Mi nombre es Edward George Eden. Nací en Trentham, en Staffordshire. Mi padre era jardinero municipal. Perdí a mi madre cuando sólo tenía tres años y a mi padre a los cinco. Mi tío, George Eden, me adoptó. Era un hombre soltero, autodidacta, y había logrado cierto renombre como periodista. Costeó genero­samente mis estudios y me infundió la voluntad de pro­gresar en el mundo. Cuando, murió, hace cuatro años, me dejó toda su fortuna, que ascendía a unas quinientas libras, después de pagados los impuestos. Yo tenía en­tonces dieciocho años. En el testamento me aconsejaba que empleara ese dinero en completar mi educación. Yo había elegido la carrera de medicina; y gracias a su ge­nerosidad póstuma y a mi buena suerte en un examen, pronto fui estudiante de medicina en la Universidad de Londres. En el año del principio de este relato yo me alojaba en una bohardilla, pobremente amueblada, atra­vesada de corrientes de aire, que daba a los fondos de la Universidad. Una tarde le llevé unos botines al remendón de Tottenham Court Road. Esta fue la primera vez que encontré al viejito de la cara amarilla; al hombre con el cual mi vida está insolublemente enredada. Al abrir la puerta de calle, vi que miraba, con incertidumbre evidente, el número de la casa. Sus ojos, de un azul aguado y rojos en el borde, tuvieron, al verme, una expresión de torpe amabilidad.

—No puede aparecer más oportunamente —me dijo—. Había olvidado el número de su casa.  ¿Cómo le va Mr. Eden?

Me sorprendió la familiaridad de su trato; yo nunca lo había visto. Me sentí un poco molesto de que me hubiera sorprendido con los botines debajo del  brazo.

—Usted se estará preguntando quién diablos soy —me dijo, notando mi escasa cordialidad—. Permítame ase­gurarle que soy un amigo. Yo le he visto antes, aunque usted no me reconozca. ¿Dónde podríamos hablar?

Vacilé. No quería exponer la pobreza de mi cuarto a un desconocido.

—Quizá podríamos conversar mientras caminamos —le dije.

Miró a todos lados. Yo aproveché para deslizar los botines en el zaguán.

—Vea —agregó—. Venga a almorzar conmigo, Mr. Eden. Yo soy muy viejo, y con el ruido del tráfico no voy a conseguir que usted oiga mi voz.

Con una mano persuasiva y escuálida me tocó el brazo. No sé por qué me sentí un poco incómodo ante la invitación.

—Vamos —exclamó—. Hágame el gusto, aunque sea por respeto a mis canas.

Acepté finalmente; fuimos al restaurante de  Blavitski. Tuve que andar con lentitud para acomodarme a su paso. Durante un excelente almuerzo, en el que fracasaron todas mis preguntas, pude estudiar su cara. Era afeitada, flaca y surcada de arrugas; los ajados labios caían sobre su dentadura postiza; el pelo era escaso y blanco; tenía las espaldas agobiadas y me pareció chico; casi todos los hombres me parecían chicos, entonces. Advertí que él me exa­minaba también, con cierta incomprensible codicia.

—Y ahora —dijo por fin— le explicaré la razón de mi visita. Debo decirle que soy viejo, muy viejo, y que poseo mucho dinero que no sé a quién dejar.

Pensé en el cuento del tío y resolví defender los restos de mis quinientas libras.

—He cavilado sobre el mejor empleo que podría darle a mi dinero y he llegado a esta conclusión: Trataré de encontrar a un joven ambicioso, pobre, sano de cuerpo y alma, y le daré todo lo que tengo —me miró fijamente y repitió—: Todo lo que tengo. Se verá libre, para siempre, de las preocupaciones de la pobreza y podrá dirigir su vida como mejor le plazca.

Traté de simular indiferencia.

—Ah, ya veo —dije con transparente hipocresía—. Usted desea mi ayuda, mi ayuda profesional, para en­contrar esa persona.

Me miró con tranquila sorna a través del humo del cigarrillo y reí al verme descubierto.

—Qué brillante carrera la de un hombre en esas cir­cunstancias —exclamó—; me da envidia pensar que otro disfrutará de lo que durante tantos años he acu­mulado. Pero —agregó— le impondré algunas condi­ciones, como usted imaginará. Por ejemplo, ese indivi­duo deberá tomar mi nombre. Quiero, además, enterarme de todas las circunstancias de su vida, y de la vida de sus mayores, antes de nombrarlo heredero.

Esto enfrió un poco mi entusiasmo.

—Y debo creer, entonces, que yo... que yo... —dije.

—Sí, ¡usted! —respondió, casi con brutalidad—. Us­ted, ¡usted!

No contesté una sola palabra. Mi imaginación se perdía en giros fantásticos. Sin embargo, no sentí la menor gratitud. No sabía qué decir, ni cómo decirlo.

—Pero, ¿por qué yo precisamente? —pregunté al fin.

Dijo que el profesor Hasler le había hablado de mí, co­mo de un joven sano y honesto y que su propósito era de­jar su dinero a una persona que reuniera esas condiciones.

Así acabó mi primer encuentro con el viejito.

Guardó mucha reserva, no me dio su nombre y des­pués de unas preguntas se despidió y me dejó en la puerta de Blavitski. Noté que para pagar el almuerzo sacó del bolsillo un puñado de monedas de oro. Me intrigó su insistencia sobre la salud del posible heredero.

De acuerdo con el arreglo que hicimos, al día si­guiente me presenté a la Royal Insurance Company para asegurar mi vida por una suma considerable. Durante una semana los médicos de la compañía me sometieron a continuos exámenes. El viejito no quedó satisfecho y pidió al famoso doctor Henderson un examen adicional. Pasaron unos cuantos días sin que viera al anciano. Una noche a eso de las nueve, se presentó en mi casa. Parecía más encorvado y sus mejillas se habían hundido un poco más. Su voz temblaba cuando habló.

—Estuve con el doctor Henderson. El examen ha re­sultado satisfactorio. Todo es enteramente satisfactorio. Esta gran noche, usted cenará conmigo y festejaremos su... —fue interrumpido por la tos—. Por lo demás usted no tendrá mucho que esperar —añadió enjugando sus labios con el pañuelo—. Ciertamente, no habrá mu­cho que esperar.

Salimos a la calle y tomamos un coche. Durante el viaje me reveló su identidad. Era nada menos que Egbert Elvesham, el gran filósofo, cuyo nombre me era familiar desde la niñez. Fuimos a un restaurante lujosísimo. Me desconcertaron las miradas despectivas que atrajo mi ropa gastada. Pronto renació mi confianza gracias al fuego del champagne. Mientras yo comía y bebía, el filósofo me observaba y en su expresión había alguna envidia.

—¡Cuánta vida hay en usted! —exclamó. Y luego, con un suspiro de alivio, agregó:

—No habrá que esperar mucho.

El mozo trajo licores.

El anciano había sacado de la cartera un paquetito.

—Esta hora de la sobremesa —dijo— es la hora de las pequeñas cosas. He aquí una partícula de mi sabi­duría inédita.

Abrió el paquetito y me dijo:

—Ponga en el Kummel un poco de este polvo rosado y verá cómo mejora el gusto.

Sus ojos grises me observaban con una inescrutable expresión. Me sorprendió que el maestro dedicara su sabiduría a mejorar el gusto de los licores. Fingí, sin embargo, un gran interés; estaba lo bastante borracho para esa adulación.

Repartió el polvo en los dos vasos, y, bruscamente, levantándose con inesperada dignidad, me presentó su copa. Lo imité; los vasos chocaron.

—Por una pronta sucesión.

—No, eso no —protesté—. Por una larga vida.

Bebimos, mirándonos en los ojos. Al apurar el Kummel sentí una intensa, rarísima sensación. La cabeza me dolió; imágenes de cosas semiolvidadas acudían y des­aparecían. No noté el gusto del licor ni el aroma, sola­mente veía la intensidad de la mirada del profesor. Con un fuerte suspiro apoyó la copa sobre la mesa.

—¿Y bien? —preguntó.

—Es delicioso —exclamé, aunque no había percibido el sabor.

Sentí unas terribles puntadas en la cabeza, tuve que sentarme. Sin embargo, mi poder de percepción había aumentado como si viera todas las cosas en un espejo cóncavo. El anciano estaba nervioso. Sacó el reloj y le dirigió una ansiosa mirada.

—Las once y diez —exclamó— y esta noche tengo que... y el tren sale a las once y treinta de Waterloo. Tengo que irme enseguida.

Minutos más tarde nos despedíamos: Él en el interior de un coche y yo afuera con esa absurda sensación de —¿cómo expresarlo?— ver y aun sentir a través de un telescopio invertido.

—No debí darle esa bebida —dijo el viejito—. Ma­ñana le va a doler la cabeza. —Esperó un momento. Me dio un sobrecito abultado.— Tómelo con agua antes de acostarse; esto le despejará la cabeza. Otro apretón de manos. Prosperidad.

Ante la triste y vaga mirada que me dirigió, lo su­puse bajo el influjo de la bebida.

Luego, con sobresalto, recordó algo. Urgó en el bol­sillo y sacó un paquete cilíndrico, del tamaño de un jabón de afeitar. Era blanco y tenía dos sellos rojos.

—Casi me olvido —dijo—. No lo abra hasta que yo venga mañana, pero tómelo ahora. —Era muy pesado.— Muy bien —dije, mientras se alejaba el coche. Lo guardé en el bolsillo y eché a andar hacia mi hospedaje.

Recuerdo vívidamente mis sensaciones. Al bajar por Regent Street, estaba extrañamente convencido de que esa era la estación Waterloo. Casi entré al Politécnico como quien toma un tren. Me froté los ojos y la calle volvió a ser Regent Street. En ese instante me asaltaron varias reminiscencias fantásticas. Es aquí —pensé— donde hace treinta años vi por última vez a mi hermano. Me reí: Hace treinta años no existía, y nunca tuve her­manos. Sin embargo, el recuerdo angustioso de ese her­mano seguía entristeciéndome. En Portland Road, se modificó mi locura. Empecé a recordar negocios desaparecidos y a comparar el aspecto pretérito de la calle con la actual. Pasó un ómnibus y el ruido era exacta­mente igual al de un tren. Me sobraban y me faltaban recuerdos. Ante la vidriera de Stevens, el embalsamador, traté vanamente de recordar qué nos vinculaba. Es claro —dije al rato—, Stevens me prometió dos ranas para mañana.

Con dificultad llegué a mi casa. Mientras subía a mi cuarto procuré serenarme recordando los detalles de la cena; no pude evocar la figura del viejo, veía solamente sus manos; tenía, en cambio, visión total de mí mismo, sentado a la mesa, arrebatado, con los ojos brillantes y charlando aturdidamente.

Tengo que tomar esos otros polvos, pensé, esto se está poniendo imposible.

Busqué los fósforos y el candelero, justamente en el lado en que no estaban y dudé de si mi cuarto quedaría a la izquierda o a la derecha. Estoy borracho, me dije tambaleando superfluamente para corroborar esa afirma­ción.

Mi cuarto, a primera vista, me pareció desconocido. Sin embargo, ahí estaban los libros de anatomía y el espejo de siempre. Pero el cuarto era un poco irreal. Tuve la sensación de estar en un tren y de mirar por la ventanilla una estación desierta. Es un caso de clarivi­dencia, pensé. Debo comunicarlo a la Psychical Research Society.

Puse el paquete sobre la mesa de luz y, sentado en la cama, empecé a sacarme los botines. La pieza me pareció transparente; entreví unas cortinas pesadas y un espejo espeso. Era como si a un tiempo estuviera en dos lugares distintos. Medio desvestido ya, derramé el polvo en el vaso con agua y lo tomé. Me tranquilicé y me dormí.

Desperté sobresaltado, de un sueño lleno de animales extraños. Sentí un gusto raro en la boca, las piernas cansadas y una especie de incomodidad. Esperé que las sensaciones de la pesadilla se disiparan. Parecían aumen­tar. El cuarto estaba casi en tinieblas. Al principio, no pude distinguir nada y quedé inmóvil tratando de acos­tumbrar mi vista a la oscuridad. Entonces creí percibir algo raro en las formas oscuras de los muebles. ¿Había cambiado de lugar la cama? Enfrente debían estar los libros pero en su lugar se levantaba algo pálido, algo que no quería parecerse a los libros. Era demasiado grande para ser mi camisa tirada en la silla.

Sobreponiéndome a un terror infantil, arrojé a un lado las cobijas y quise poner un pie fuera de la cama. En vez de llegar al suelo, mi pie sólo alcanzó el borde del colchón. Di otro paso, como quien dice, y me senté en el borde de la cama. A la derecha, sobre la silla rota, debían estar el candelero y los fósforos. Estiré la mano; no había nada. Al retirar el brazo tropecé con una colgadura blanda y pesada; le di un tirón. Parecía una cortina colgada del techo de la cama.

Ya estaba plenamente despierto. Empecé a comprender que me hallaba en una pieza extraña. No supe cómo había penetrado ahí.

Era el alba. La vaga claridad que usurpaba el lugar de los libros era una ventana; contra la celosía distinguí el óvalo de un espejo. De pie, me sorprendió una mis­teriosa debilidad. Extendiendo manos temblorosas, ca­miné despacio hacia la ventana. Me lastimé la pierna contra una silla. Busqué alrededor del espejo; encontré una borla, tiré, y, con brusco ruido metálico, la persiana se abrió. Yo estaba ante un paisaje desconocido. Bajo el cielo lluvioso había remotas y borrosas colinas, árboles como manchas de tinta y, al pie de la ventana, un es­quema de renegridos canteros y de senderos grises. Toqué la mesa de vestir; era de madera pulida; había algunos objetos encima; entre ellos, uno de forma de herra­dura, anguloso y liso; no encontré ni candelero ni fósforos.

Miré de nuevo el cuarto; vagos espectros de los mue­bles emergían de las tinieblas. Había una enorme cama encortinada y en la chimenea se veía un resplandor de mármoles.

Apoyándome contra la mesa de vestir, cerré y abrí los ojos, y traté de pensar. Todo era demasiado real para ser un sueño. Imaginé que había un hiato en los recuerdos producido por la extraña bebida; que había recibido mi herencia y que esa brusca felicidad me había privado de la memoria. Quizás esperando un poco, las cosas se aclararan para mí. Pero la cena con el viejo Elvesham aparecía detallada y vívida. El champagne, los mozos, el polvo rosado, los licores, yo juraría que todo eso era muy reciente. Entonces ocurrió algo trivial y al mismo tiempo tan horrible que tiemblo al recor­darlo: dije en voz alta: "¿Cómo he llegado aquí?" y la voz no era mía. No era mía: era cascada, vieja, débil. Para darme valor, junté las manos y sentí arrugas de piel floja y nudos huesosos. "Sin duda" dije con esa horrible voz que de algún modo se había establecido en mi garganta, "sin duda esto es un sueño". Casi inmediatamente llevé los dedos a la boca. Habían des­aparecido mis dientes. Sólo había encías encogidas. Sentí un apasionado deseo de verme, de comprobar en todo su horror la transformación increíble. Fui hacia la chi­menea, y busqué, tanteando, unos fósforos. Me agitó un acceso de tos; al encorvarme descubrí que mi cuerpo estaba envuelto en un grueso camisón de franela. No encontré fósforos. Sentí un intolerable frío en las pier­nas. Tosiendo y jadeando, lloriqueando acaso, me refugié en la cama. Estoy soñando, gemí, estoy soñando. Era una repetición senil. Me tapé los hombros con las cobijas, me tapé los oídos, puse la seca mano bajo la almohada y resolví dormir. Cerré los ojos, respiré con irregulari­dad y encontrándome desvelado repetí lentamente la tabla de multiplicar.

Pero no venía el sueño. Inexorablemente crecía la certidumbre de la realidad de mi cambio. Me encontré con los ojos bien abiertos, la tabla de multiplicar olvi­dada y los flacos dedos en las arrugadas encías. Real­mente, yo era un viejo. Había caído de algún modo al fondo de mis años; me habían robado de algún modo el amor, la lucha, la fuerza y la esperanza. Imperceptible­mente, firmemente, iba clareando el alba. Me incorporé, miré a mi alrededor. Ahora, en la fría penumbra, podía ver el cuarto. Era espacioso y bien amueblado, mejor que todos los demás de mi vida. Distinguí un cande­labro y unos fósforos en la repisa. Tiritando con el frío del alba, aunque era verano, me levanté y prendí la luz. La acerqué al espejo: vi la cara de Elvesham. Lo presentía; pero la impresión fue terrible. Elvesham siem­pre me había parecido físicamente débil y lastimoso; pero ahora, apenas cubierto por un camisón de franela, que revelaba el descarnado pescuezo, ahora, visto como mi propio cuerpo, su decrepitud era atroz. Las mejillas hundidas, los sucios mechones de pelo gris, los vagos ojos nublados, los labios temblorosos y esas horribles encías negras...

Quedé aturdido; el sol había entrado en mi pieza, cuando empecé a reflexionar. Fui comprendiendo la astucia demoníaca de Elvesham. Me pareció evidente que si yo estaba en posesión de su cuerpo, él lo estaba del mío: es decir, de mi vigor y de mi futuro. Pero, ¿cómo probarlo? ¿La vida entera no sería una alucina­ción? ¿Era yo realmente Elvesham y él yo? ¿No había yo soñado con Eden? ¿Existía Eden? Pero, si yo era Elvesham debería recordar lo que sucedió antes del sueño. "Llegaré a la locura", grité con mi odiosa voz.

Desesperado metí la cabeza en una palangana de agua fría, luego me sequé y probé otra vez. Era inútil. Yo sentía, fuera de toda duda, que era Eden, no El­vesham,  pero Eden en el cuerpo de Elvesham.

Ansiosamente me vestí con la ropa que recogí del piso y sólo después me di cuenta de que me había puesto un traje de etiqueta. Abrí el ropero y saqué un pantalón gris y una robe de chambre. Serían las seis de la mañana. La casa estaba silenciosa, las ventanas cerradas. El pasillo era amplio. La alfombrada escalera se perdía en la oscuridad del hall. Por una puerta entreví una gran mesa de trabajo, una biblioteca giratoria, la espalda de un sillón y una pared con filas y filas de libros. Mi biblioteca, murmuré, y el sonido de mi voz me trajo un recuerdo. Volví al dormitorio y me puse la dentadura postiza con la facilidad que da la costumbre. Así estoy mejor, dije rechinándola y volví al escritorio. Los cajo­nes del escritorio estaban cerrados con llave. No había rastros de las llaves ni tampoco las encontré en los bol­sillos. Registré la ropa del dormitorio. No había llaves, ni monedas, ni papeles, salvo la cuenta del restaurante. Sentí un extraño cansancio. La sagacidad de los planes de mi enemigo era verdaderamente infinita; comprendí que mi situación era desesperada. Me levanté con un esfuerzo y volví al escritorio.

En la escalera había una doncella, que abría los pos­tigos: Se sobresaltó, creo, al ver mi expresión. Cerré la puerta detrás de mí. Con un atizador intenté abrir a golpes el escritorio. Fue así como me encontraron. La tabla del escritorio quedó llena de rajaduras; la cerradura, aplastada; las cartas, diseminadas por la alfombra. En mi furor senil tiré la regla y las lapiceras, y volqué la tinta. No encontré ni talonario de cheques ni dinero, ni la menor indicación de cómo proceder para recuperar mi cuerpo. Golpeaba frenéticamente los cajones, cuando el mayordomo, respaldado por las doncellas, me contuvo.

Tal es la historia de mi transformación. Nadie me cree. Me tratan como un demente y, aún ahora, me tienen bajo vigilancia. Pero estoy cuerdo, absolutamente cuerdo; para demostrarlo, escribo lo que me ha sucedido. Soy un hombre joven, secuestrado en el cuerpo de un viejo. Naturalmente, parezco loco a quienes no me creen. Naturalmente, ignoro los nombres de mis secretarios y de los médicos que vienen a verme; de los sirvientes de mi casa; del pueblo en que estoy. Natural­mente, me pierdo en mi propia casa. Naturalmente, lloro y grito y tengo paroxismos de desesperación. No tengo ni dinero ni talonario de cheques. El banco no reconoce mi firma, pues, aunque mis músculos están débiles, mi letra es todavía la de Eden.

Soy un viejo furioso, desesperado, temido, que mero­dea por una lujosa casa interminable y a quien todos evitan. Y en Londres está Elvesham, con la sabiduría acumulada de setenta años y con el joven cuerpo que me ha robado.

No comprendo bien lo que ha sucedido. En la bi­blioteca hay muchos volúmenes que se refieren a la psi­cología del recuerdo y otros con cifras y símbolos que no entiendo.

Estoy por ensayar un experimento desesperado y úl­timo. Esta mañana, con el auxilio de un cuchillo que pude sustraer durante el almuerzo, logré forzar la cerra­dura de un evidente cajoncito secreto del escritorio. No había más que un frasco de vidrio verde, con el rótulo: Liberación. Contiene, seguramente, veneno. Si no hubiera estado tan escondido, creería que Elvesham lo habría puesto a mi alcance para desembarazarse del único tes­tigo de su crimen. Ahora vivirá en mi cuerpo hasta que éste envejezca y luego, rechazándolo, se pondrá la fuerza y la juventud de otra víctima. ¿Desde cuándo viene saltando de un cuerpo a otro? El polvo del frasco se disuelve en el agua. El gusto no es desagradable.

Aquí termina el manuscrito que se encontró en la biblioteca de Mr. Elvesham. El cadáver fue hallado entre la mesa de trabajo y la silla. El relato estaba escrito a lápiz. La escritura no parecía de Mr. Elvesham. Indis­cutiblemente, existió alguna relación entre Eden y El­vesham, pues la propiedad del último había sido trans­ferida al joven, aunque éste nunca heredó. Cuando Elvesham se suicidó, Eden ya estaba muerto. Veinticuatro horas antes, en la intersección de Gower Street y Euston Road, murió atropellado por un carruaje. El único hom­bre capaz de proyectar alguna luz sobre este relato fan­tástico, ha desaparecido.

H. G. Wells: The Plattner Story (1897)

Janet la torcida, de Robert Louis Stevenson

 Janet la Torcida

[Cuento - Texto completo.]


Robert Louis Stevenson

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida sin familia ni criado ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente, parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el púlpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.


La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado -ya muy al inicio del ministerio del señor Soulis- a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.


Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban -con el corazón latiéndoles a pleno ritmo- a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente, incluso de la parroquia, ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del señor Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada -por ser de naturaleza reservada- y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.


Cincuenta años atrás, cuando el señor Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven -un mozo, decía la gente- lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores -preocupados y serios- se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados… malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades. Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda alguna de que el señor Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros -más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio-, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobre todo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.


De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación -Janet M’Clour, la llamaban- y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key’s Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio, le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor, trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.


Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M’Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!


-Mujeres -dijo él, que tenía una voz magnífica-, en nombre de Dios les ordeno que la suelten.


Janet corrió hacia él -estaba realmente aterrorizada-, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.


-Mujer -le dijo a Janet-, ¿es eso verdad?


-Pongo a Dios por testigo -dijo ella- y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo -dijo ella-, he sido una mujer decente toda mi vida.


-¿Renuncias -dijo el señor Soulis-, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?


Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.


-Y ahora -dijo el señor Soulis a las señoras-, vayan a sus casas y pidan perdón a Dios.


Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.


Janet venía bajando por la aldea -ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza- con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M’Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.


Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.


A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.


Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.


Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en este había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Este aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.


Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M’Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante, recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.


-Janet -dijo-, ¿has visto a un hombre negro?


-¡Un hombre negro! -dijo ella- ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.


Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.


-Bueno -dijo él-. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.


Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.


-Caray -dijo ella-, debería darle vergüenza, reverendo -dijo dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.


Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.


Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.


Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca -porque el corazón le saltaba en el pecho- y, al atardecer, se fue a la cama.


Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.


Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero… poco sospechaba de qué enfermedad.


Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo -quizá por el frío que sentía en los pies-, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.


El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró -pocos le habrían seguido-, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.


«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está muerta.»


Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el pálpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.


Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.


Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» -dijo-, «dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.»


Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet «la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro -viva, se podría decir… muerta, como bien sabía el reverendo Soulis-, en el umbral de la casa.


Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el señor Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.


-¡Bruja, diablo! -gritó-, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.


Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.


Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M’Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.


Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo.


FIN


“Janet Thrawn”,

The Merry Men and Other Tales and Fables, 1887

sábado, 24 de agosto de 2024

J. D. Salinger. Un día perfecto para el pez banana.

Un día perfecto para el pez banana

J.D. Salinger (EEUU, 1953)

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada El sexo es divertido... o infernal. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad.

Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la luna. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y -ya era la cuarta o quinta llamada- levantó el tubo del teléfono.

-Hola -dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que tenía puesto, salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.

-Su llamada a Nueva York, señora Glass -dijo la operadora.

-Gracias -contestó la chica, e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero.

A través del auricular llegó una voz de mujer:

-¿Muriel? ¿Eres tú?

La chica alejó un poco el auricular del oído.

-Sí, mamá. ¿Cómo estás? -dijo.

-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien?

-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos acá han...

-¿Estás bien, Muriel?

La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja.

-Estoy perfectamente. Con calor. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde...

-¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada...

-Mamá, querida, no me grites. Puedo oírte perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...

-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.

-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.

-¿Cuándo llegaron?

-No sé... el miércoles, a la madrugada.

-¿Quién manejó?

-El -dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.

-¿Manejó él? Muriel, me diste tu palabra de que...

-Mamá -interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el camino, ésa es la verdad.

-¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles?

-Vuelvo a repetirte que manejó muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... podía notarse. Entre paréntesis, ¿papá hizo arreglar el auto?

-Todavía no. Piden cuatrocientos dólares, sólo para...

-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. No hay motivo, entonces...

-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás...

-Muy bien -dijo la chica.

-¿Siguió llamándote con ese horroroso...?

-No. Ahora tiene uno nuevo.

-¿Cuál?

-Mamá... ¡qué importancia tiene!

-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...

-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 -dijo la chica, con una risita.

-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...

-Mamá -interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate... esos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...

-Tú lo tienes.

-¿Estás segura? -dijo la chica.

-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había lugar en la... ¿Por qué? ¿El te lo pidió?

-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el auto. Me preguntó si lo había leído. -¡Pero está en alemán!

-Sí, querida. Ese detalle no tiene importancia -dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...

-Espantoso. Espantoso. En verdad es triste. Anoche dijo tu padre.

.. -Un segundito, mamá -dijo la chica. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá? -dijo, exhalando el humo.

-Muriel... mira, escúchame.

-Te estoy escuchando.

-Tu padre habló con el doctor Sivetski.

-¿Ajá? -dijo la chica.

-Le contó todo. Por lo menos, así me dijo... ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas... todo.

-¿Y entonces...? -dijo la chica.

-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad... una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la cabeza. Te lo juro.

-Aquí en el hotel hay un psiquiatra -dijo la chica.

-¿Quién? ¿Cómo se llama?

-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es muy bueno.

-Nunca lo oí nombrar.

-De todos modos dicen que es muy bueno.

-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa...

-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma...

-Muriel... palabra... El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la...

-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí -dijo la chica-. De cualquier modo, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.

-¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija? Está...

-Lo usé. Me quemé lo mismo.

-¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste?

-Me quemé toda, mamá, toda.

-¡Qué horror!

-No me voy a morir.

-Dime, ¿le hablaste a ese psiquiatra? -Bueno... sí... más o menos... -dijo la chica.

-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?

-En la Sala Océano, tocando el piano. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. -Bueno, ¿qué dijo?

-¡Oh, no mucho! El fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al Bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...

-¿Por qué te hizo esa pregunta?

-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y qué sé yo -dijo la chica-. La cuestión es que después de jugar al Bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico, chiquísimo...

-¿El verde?

-Lo tenía puesto. Con esas caderas. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...

-¿Pero él qué dijo? El médico.

-¡Ah! sí... Bueno... en realidad, mucho no dijo. Sabes, estábamos en el bar. Había un bochinche terrible. -Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?

-No, mamá. No abundé en detalles -dijo la chica-. Seguramente podré hablarle de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.

-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... tú sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?

-En realidad, no -dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, el ruido era tal que apenas podíamos hablar.

-En fin. ¿Y tu abrigo azul?

-Bien. Le aliviané un poco el forro.

-¿Cómo es la ropa este año?

-Terrible. Pero encantadora. Por todos lados se ven lentejuelas -dijo la chica.

-¿Y tu habitación?

-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra -dijo la chica-. Este año la gente es un espanto. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.

-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido tipo bailarina?

-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.

-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio estás bien?

-Sí, mamá -dijo la chica-. Por enésima vez.

-¿Y no quieres volver a casa?

-No, mamá.

-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...

-No, gracias -dijo la chica, y descruzó las piernas-. Mamá, esta llamada va a costar una flor...

-Cuando pienso cómo estuvieste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas tan locas que...

-Mamá -dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.

-¿Dónde está?

-En la playa.

-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?

-Mamá -dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.

-No dije nada de eso, Muriel.

-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la salida de baño.

-¿No se quita la salida de baño?¿Por qué no?

-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.

-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?

-Lo conoces muy bien -dijo la chica, y volvió a cruzarse de piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.

-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?

-No, mamá. No, querida -dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.

-Muriel. Hazme caso.

-Sí, mamá -dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.

-Llámame en el mismo momento en que haga, o diga, algo raro..., tú me entiendes. ¿Me oyes?

-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.

-Muriel, quiero que me lo prometas.

-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá -dijo la chica-. Cariños a papá -colgó.

-Ver más vidrio (*) -dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su mamá-. ¿Viste más vidrio?

-Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta, por favor.

La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales no necesitaría realmente por nueve o diez años más.

-En verdad no era más que un pañuelo de seda común... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo -dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura.

-Por lo que usted me dice, parece precioso -asintió la señora Carpenter.

-Quédate quieta, Sybil, gatita...

-¿Viste más vidrio? -dijo Sybil.

La señora Carpenter suspiró.

-Muy bien -dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.

Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo inundado y derruido, y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas.

-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? -dijo.

El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

-¡Ah!, hola Sybil.

-¿Vas a ir al agua?

-Te estaba esperando -dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?

-¿Qué? -dijo Sybil.

-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?

-Mi papá llega mañana en avión -dijo Sybil, pateando la arena.

-No me tires arena a la cara, nena -dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando cada minuto. Cada minuto.

-¿Dónde está la señora?

-¿La señora? -el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación.

Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

-Pregúntame algo más, Sybil -dijo-. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul.

Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente.

-Este es amarillo -dijo-. Es amarillo.

-¿En serio? Acércate un poco más.

Sybil dio un paso adelante.

-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.

-¿Vas a ir al agua? -dijo Sybil.

-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Necesita aire -dijo.

-Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer -retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil -dijo-, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti -estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricorniano.

¿Cuál es tu signo?

-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano -dijo Sybil.

-¿Sharon Lipschutz dijo eso?

Sybil asintió enérgicamente.

Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho.

-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón, ¿no es cierto?

-Sí que podías.

-!Ah!, no. No era posible -dijo el joven-. Pero, ¿sabes lo que hice, en cambio?

-¿Qué?

-Hice de cuenta que eras tú.

Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena.

-Vamos al agua -dijo.

-Bueno -replicó el joven-. Creo que puedo arreglarme para hacerlo.

-La próxima vez, sácala de un empujón -dijo Sybil.

-¿Que saque a quién?

-A Sharon Lipschutz.

-¡Ah!, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos -repentinamente se puso de pie y miró el mar-. Sybil -dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana.

-¿Un qué?

-Un pez banana -dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño.

Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego, con la mano izquierda tomó la de Sybil.

Los dos echaron a andar hacia el mar.

-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana -dijo el joven. . -¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?

-No sé -dijo Sybil.

-Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipschutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio.

Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchilla común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

-Whirly Wood, Connecticut -dijo, y echó nuevamente a andar, con la barriga hacia adelante. -Whirly Wood, Connecticut -dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró:

-Ahí es donde vivo -dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

-No te imaginas cómo eso aclara todo -dijo él.

Sybil soltó su pie: -¿Has leído El negrito sambo? -dijo.

-Es gracioso que me preguntes eso -dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche -se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció? -le preguntó.

-¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol?

-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.

-No eran más que seis -dijo Sybil.

-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices nada más?

-¿Te gusta la cera? -preguntó Sybil.

-¿Si me gusta qué? -dijo el joven.

-La cera.

-Mucho. ¿A ti no?

Sybil asintió con la cabeza. -¿Te gustan las aceitunas? -preguntó.

-¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.

-¿Te gusta Sharon Lipschutz? -preguntó Sybil.

-Sí. Sí, me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.

Sybil no dijo nada.

-Me gusta masticar velas -dijo ella por último.

-¡Ah!, ¿y a quién no? -dijo el joven mojándose los pies-. ¡Caracoles! Está fría. -Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera.

Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador.

-¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó.

-No me sueltes -dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?

-Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.

-No veo ninguno -dijo Sybil.

-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.

Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.

-Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

Ella meneó la cabeza.

-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.

-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos?

-¿Qué pasa con quiénes?

-Con los peces banana.

-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?

-Sí -dijo Sybil.

-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

-¿Por qué? -preguntó Sybil.

-Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.

-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.

-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno.

-¿Un qué, mi amor?

-Un pez banana.

-¡No, por Dios! -dijo el joven-. ¿Tenía alguna banana en la boca?

-Sí -dijo Sybil-. Seis.

El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

-¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose.

-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?

-¡No!

-Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.

-Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.

El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. -Veo que me está mirando los pies -dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.

-¿Cómo dice? -dijo la mujer.

-Dije que veo que me está mirando los pies.

-¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor.

-Si quiere mirarme los pies, dígalo -dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.

-Déjeme salir, por favor -dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás.

-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. Quinto piso por favor.

Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño.

Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas.

Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió y extrajo una automática debajo de una pila de calzoncillos y camisetas -Ortgies calibre 7.65-. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.

(*) Se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor glas) y confunde el sonido con la expresión see more glass (ver más vidrio).

martes, 23 de julio de 2024

Los desterrados de Poker Flat, Francis Bret Harte

Los desterrados de Poker Flat

Francis Bret Harte

Relato completo

Cuando Mr. John Oakhurst, jugador de oficio, puso el pie en la calle Mayor de Poker-Flat, en la mañana del día 22 de noviembre de 1850, presintió ya que, desde la noche anterior, se efectuaba un cambio en la atmósfera moral. Dos o tres hombres que conversaban juntos, gravemente, callaron cuando se acercó y cambiaron miradas significativas. Reinaba en el aire una tranquilidad dominguera; lo cual, en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, parecía de mal agüero, y, sin embargo, la cara tranquila y hermosa de Oakhurst no revelé el menor interés por estos síntomas. ¿Tenía conciencia acaso de alguna causa predisponente? Esa ya era otra cuestión.

“Colijo que van tras de alguno”, pensó. “Tal vez tras de mí”.

Metió en su bolsillo el pañuelo con que sacudiera de sus botas el encarnado polvo de Poker-Flat, y con entera calma desechó de su mente toda conjetura ulterior.

Y es cierto que Poker-Flat andaba tras de alguno. Recientemente había sufrido la pérdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reacción, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la provocaron. El comité secreto había resuelto librar a la ciudad de todas las personas perniciosas. Esto se hizo, de un modo permanente, respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en la hondonada, y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas perjudiciales. Siento tener que decir que algunas de éstas eran señoras; pero, en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional y que solo ante un vicio tal y tan patente se atrevía Poker-Flat a constituirse en juez.

Razón tenía Oakhurst al suponer que estaba él incluido en la sentencia. Algunos miembros del comité habían insinuado la idea de ahorcarlo, como ejemplo tangible y medio seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, de las sumas que les ganara.

—Es contra toda justicia —decía Sim Wheeler,— dejar que ese joven de Roaring Camp, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestro dinero.

Pero un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que habían tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst, acalló las mezquinas preocupaciones locales.

Mr. Oakhurst recibió el fallo con filosófica calma, tanto mayor en cuanto sospechaba ya las vacilaciones de sus jueces. Era muy buen jugador para no someterse a la fatalidad. Para él la vida era un juego de azar y reconocía el tanto por ciento usual en favor del que daba las cartas.

Un piquete de hombres armados acompañó a esa escoria social de Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Además de Mr. Oakhurst reconocido como hombre decididamente resuelto, y para intimidar al cual se había tenido cuidado de armar la escolta, formábase la partida de expulsados de una joven conocida familiarmente por la Duquesa, otra mujer que se había ganado el título de madre Shipton, y el tío Billy, sospechoso de robar filones y convicto borracho. La cabalgada no excitó comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Solo cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el último límite de Poker-Flat, el jefe habló brevemente en relación con el caso: quedaba prohibido el regreso a los expulsados, bajo pena de la vida.

Después, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos comprimidos se exhalaron en algunas lágrimas históricas por parte de la Duquesa, en injurias por la de la madre Shipton y en blasfemias que, como flechas envenenadas, lanzaba el tío Billy. Solo el filosófico Oakhurst permanecía silencioso. Oyó tranquilamente los deseos de, la madre Shipton de sacar el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que se moriría en el camino, y también las alarmantes blasfemias que al tío Billy parecían arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Con la franca galantería de, los de su clase, insistió en trocar su propio caballo llamado El Cinco, por la mala mula que montaba la Duquesa; pero ni aun esta acción despertó simpatía alguna entre, los de la partida. La joven arregló sus ajadas plumas con cansada coquetería; la madre Shipton miró de reojo con malevolencia a la posesora de El Cinco, y el tío Billy incluyó a la partida toda en un anatema general.

El camino de Sandy-Bar, campamento que en razón de no haber experimentado aún la regeneradora influencia de Poker-Flat, parecía ofrecer algún aliciente a los emigrantes, iba por encima de una escarpada cadena de montañas, y ofrecía a los viajeros una larga jornada. En aquella avanzada estación, el grupo salió pronto de las regiones húmedas y templadas de las colinas al aire seco, frío y vigoroso de las sierras. La senda era estrecha y dificultosa; hacia el mediodía, la Duquesa, dejándose caer de la silla de su caballo al suelo, manifestó su resolución de no continuar adelante; y la partida hizo alto.

El lugar era singularmente salvaje é, imponente. Un anfiteatro poblado de bosque, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba el valle. Era sin duda el punto más a propósito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero Mr. Oakhurst sabía que apenas habían hecho la mitad del viaje, a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni provista para detenerse. Lacónicamente hizo observar esta circunstancia a sus compañeros, acompañándola de un comentario filosófico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Pero estaban provistos de licores, que en esta contingencia suplieron la comida y todo lo que les faltaba. A pesar de su protesta no tardaron en caer bajo la influencia de la bebida en mayor o menor grado.

El tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al de estupor; aletargóse la Duquesa Y la madre Shipton se echó a roncar. Solo Mr. Oakhurst permaneció en pie, apoyado contra una roca, contemplándolos tranquilamente. Mr. Oakhurst no bebía; esto hubiera perjudicado a una profesión que requiere calculo, impasibilidad y sangre fría; en fin, para valernos de su propia frase, no «podía permitirse este lujo» Mientras contemplaba a sus compañeros de destierro, el aislamiento nacido de su oficio, de las costumbres de su vida y de sus mismos vicios le oprimió profundamente por vez primera. Apresuróse a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos característicos de sus hábitos de extremada limpieza, y por un momento olvidó su situación. Ni por una vez sola se le ocurrió la idea de, abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lastima; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitación que, extraño es decirlo, era el mayor factor de la tranquila impasibilidad por la cual era conocido. Contemplaba las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pino que lo rodeaban; el cielo cubierto de amenazadoras nubes, y más abajo el valle que se hundía ya en la sombra, cuando oyó de repente que lo llamaban por su propio nombre.

Un jinete ascendía poco a poco por la senda. En la franca y animada cara del recién venido reconoció Mr. Oakhurst a Tom Simson, llamado el Inocente de Sandy-Bar. Habíale encontrado hacía algunos meses en una partidilla, donde con la mayor legalidad ganara al cándido joven toda su fortuna, que ascendía a unos cuarenta pesos. Luego que terminó la partida, Mr. Oakhurst se retiró con el joven especulador detrás de, la puerta, y allí le dirigió la palabra.

—Tom, sois un buen muchacho, pero no sabéis jugar ni por valor de un centavo; no lo probéis otra vez.

Devolviole su dinero, lo empujó suavemente fuera de la sala de juego y así hizo de Tom un esclavo desinteresado.

El saludo juvenil y entusiasta que Tom dirigió a Mr. Oakhurst recordaba esta acción. Iba, según dijo, a tentar fortuna en Poker-Flat.

—¿Solo?

—Completamente solo, no: a decir verdad (aquí se rio) se había escapado con Piney Woods. ¿No recordaba ya míster Oakhurst a Piney Woods, la que servía la mesa en el Hotel la Templanza? Tenía trato con ella hacía tiempo ya, pero el padre, Jake Woods, se opuso; de manera que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse y ¡hételos aquí! ¡Qué fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en tan grata compañía!

Todo esto lo dijo rápidamente el Inocente mientras que Piney, muchacha de quince años, rolliza y de buena presencia, salía de entre los pinos, donde, se ocultara ruborizándose y se adelantaba a caballo hasta ponerse al lado de su novio.

Poco solía preocuparse míster Oakhurst de las cuestiones de sentimiento y aún menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendió las dificultades de la situación. Sin embargo, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapié al tío Billy que ya iba a soltar una de las suyas, y el tío Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapié de míster Oakhurst un poder superior que no toleraría bromas. Después esforzóse en disuadir a Tom de que acampara allí, pero fue en vano. Objetóle que no tenía provisiones ni medios para establecer un campamento; pero por desgracia el Inocente desechó estas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo, cargado de víveres y descubriendo, además, una como tosca imitación de choza cercana a la senda.

—Piney podrá ocuparla con Mrs. Oakhurst —dijo el Inocente, señalando a la Duquesa.— Yo ya me arreglaré.

Fue preciso un segundo puntapié de Mr. Oakhurst para impedir que estallase la risa del tío Billy, que aun así hubo de retirarse a la hondonada para recobrar la seriedad. Allí confió el chiste a los altos pinos, golpeándose repetidas veces los muslos con las manos, entre otras muecas, contorsiones y blasfemias que le eran propias. A su regreso halló a sus compañeros sentados en amistosa conversación alrededor del fuego, pues el aire había refrescado en extremo y el cielo se encapotaba. Piney estaba hablando de una manera expansiva con la Duquesa, quien la escuchaba con un interés y animación que no había demostrado desde hacía tiempo. El Inocente discurría con igual éxito junto a Oakhurst y a la madre Shipton, que hasta se mostraba amable.

—¿Acaso es esto un tonto picnic campestre? —dijo el tío Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones de la llama y los animales atados, en primer término.

De repente una idea se mezcló con los vapores alcohólicos que enturbiaban su cerebro. Y, al parecer, la idea era chistosa, pues se golpeó otra vez los muslos y se metió un puño en la boca para contenerse.

Poco a poco las sombras se deslizaron por la montaña arriba, una ligera brisa cimbró las copas de los pinos y aulló a través de sus largas y tristes avenidas. La cabaña en ruinas, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las señoras. Al separarse los novios, cambiaron un beso tan puro y apasionado que el eco pudo repetirlo por encima de los oscilantes pinos. La frágil Duquesa y la cínica madre Shipton estaban, quizá, demasiado asombradas para burlarse de esta última prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la choza. Atizaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos después dormían todos ya.

Mr. Oakhurst tenía el sueño ligero: antes de apuntar el día despertó aterido de frío y, mientras removía el moribundo fuego, el viento, que soplaba entonces con fuerza, llevó a sus mejillas algo que le heló la sangre: la nieve. Levantose sobresaltado con intención de despertar a los que dormían, pues no había tiempo que perder; pero al volverse hacia donde debía estar tendido el tío Billy, vio que este había desaparecido. Una sospecha acudió a su mente y una maldición salió de sus labios. Corrió hacia donde habían atado los mulos: ya no estaban allí.

Las sendas desaparecían rápidamente bajo la nieve.

Por un momento quedó aterrado Mr. Oakhurst, pero pronto volviose hacia el fuego, con su serenidad habitual. No despertó a los dormidos. El Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virginal Piney dormía entre sus frágiles hermanas, como si le custodiaran guardianes celestes. Mr. Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó el bigote y esperó la mañana. Vino esta poco a poco envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confundía. Lo poco que podía ver del paisaje parecía transformado como por encanto. Tendió la vista por el valle y resumió el presente y el porvenir en cuatro palabras: bloqueados por la nieve.

Un escrupuloso inventario de las provisiones que, afortunadamente para la partida, estaban almacenadas en la choza (por lo cual habían escapado a la rapacidad del tío Billy), les dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podían sostenerse aún otros diez días.

—Si entiendo —dijo Mr. Oakhurst sotto voce al Inocente— si queréis tomarnos en pupilaje; si no (y tal vez haréis mejor en ello), esperaremos que el tío Billy regrese con provisiones.

Por algún motivo desconocido, Mr. Oakhurst no dio a conocer la infamia del tío Billy, y expuso la hipótesis de que éste se había extraviado del campamento en busca de los animales que se hablan escapado sin duda alguna. Echó una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre Shipton, que, como es natural, comprendieron la defección de su asociado.

—Dándoles el más pequeño indicio descubrirán también la verdad respecto de todos nosotros añadió con intención, —y es por demás asustarlos por ahora.

Tom Simson no solo puso a disposición de Mr. Oakhurst todo lo que llevaba, sino que parecía disfrutar ante la perspectiva de una reclusión forzosa.

—Haremos un buen campamento para una semana; después se derretirá la nieve y partiremos cada cual por su camino.

La franca alegría del joven y la serenidad de Mr. Oakhurst se comunicaron a los demás. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvisó un techo para la choza, que no lo tenía, y la Duquesa contribuyó al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven provinciana.

—Ya se conoce que estáis acostumbrada a casas hermosas en Poker-Flat —dijo Piney.

La Duquesa volvióse rápidamente para ocultar el rubor que teñía sus mejillas, aun a través del colorido postizo de las de su profesión, y la madre Shipton rogó a Piney que no charlase. Pero, cuando Mr. Oakhurst regresó de su penosa o inútil exploración en busca del camino, oyó el sonido de una alegre risa que el eco repetía en las rocas. Algún tanto alarmado parose pensando en el aguardiente, que con prudencia había escondido.

—Sin embargo, esto no suena a aguardiente dijo el jugador.

Pero hasta que a través del temporal vio la fogata y en torno de ella el grupo, no se convenció de que todo ello era una broma de buena ley. Yo no sé si Mr. Oakhurst había ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto es que, valiéndome de las propias palabras de la madre Shipton, no habló una sola vez de cartas durante aquella velada. Casualmente pudo matarse el tiempo con un acordeón que Tom Simson sacó con aparato de su equipaje.

A pesar de algunas dificultades en el manejo de este instrumento, Piney logró arrancarle una melodía recalcitrante, acompañándola el Inocente con un par de castañuelas. Pero la pieza que coronó la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran vehemencia y a voz en grito. Temo que el tono de desafío, del coro y aire del covenanter, y no las cualidades religiosas que pudiera encerrar, fue motivo de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo:

Estoy orgulloso de servir al Señor,

y me obligo a morir en su ejército.

Los pinos oscilaban, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas del ara se lanzaban hacia el cielo como un testimonio del voto.

A medianoche calmó la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el dormido campamento. Mr. Oakhurst, a quien sus costumbres profesionales permitían vivir durmiendo lo menos posible, compartió la guardia con Tom Simson de modo tan desigual, que cumplió casi por sí solo este deber. Excusóse con el inocente diciendo que muy a menudo se había pasado sin dormir una semana entera.

—¿Pero haciendo qué? —preguntó Tom.

—El póker —contestó Mr. Oakhurst sentenciosamente.— Cuando un hombre llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. La suerte —continuó el jugador pensativo,— es cosa extraña. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe variar. Y el descubrir cuando va a cambiar, es lo que os forma. Desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Os reunís con nosotros y os pilla de medio a medio. Si tenéis ánimo para conservar los naipes hasta el fin, estáis salvado.

Y el jugador añadió con alegre irreverencia:

Estoy orgulloso de servir al Señor,

y me obligo a morir en su ejército.

Llegó el tercer día y el sol, a través de las blancas colgaduras del valle, vio a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por una singularidad de aquel montañoso clima, los rayos del sol difundían benigno calor sobre el paisaje de invierno, como compadeciéndose arrepentidos de lo pasado; pero al mismo tiempo descubrían la nieve apilada en grandes montones alrededor de la choza. Un mar de blancura sin esperanza de término, desconocido, sin senda, tendíase al pie del peñusco en que se acogían estos náufragos de nueva especie. A través del aire maravillosamente claro, el humo de la pastoril aldea de Poker-Flat se elevaba a muchas millas de distancia. La madre Shipton lo vio, y desde la más alta torre de su fortaleza de granito lanzó hacia aquélla una maldición final. Fue su última blasfemia y tal vez por aquel motivo revestía cierto carácter de sublimidad.

—Me siento mejor —dijo confidencialmente a la Duquesa.— Haz la prueba de salir allí y maldecirlos, y lo veras.

Después se impuso la tarea de distraer a la criatura, como ella y la Duquesa tuvieron a bien llamar a Piney; Piney no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no blasfemara ni fuese indecorosa.

Volvió la noche a cubrir el valle con sus sombras.

Junto a la vacilante fogata del campamento se elevaban y descendían las notas quejumbrosas del acordeón con prolongados gemidos e intermitentes sacudidas. Pero, como la música no alcanzaba a llenar el penoso vacío que dejaba la insuficiencia de alimento, Piney propuso una nueva diversión: contar cuentos. No deseaban Mr. Oakhurst y sus compañeras relatar las aventuras personales, y el plan hubiera fracasado también a no ser por el Inocente. Algunos meses antes había hallado por casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traducción de la Ilíada, por Mr. [Alexander] Pope. Propuso, pues, relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel poema cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de las frases. Aquella noche los semidioses de Homero volvieron a pisar la tierra. El pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos del cañón parecían inclinarse ante la cólera del hijo de Peleo. Mr. Oakhurst escuchaba con apacible fruición; pero se interesó especialmente por la suerte de Asquiles, como el inocente persistía en denominar a Aquiles, el de los pies rápidos.

Así con poca comida, mucho Homero y el acordeón transcurrió una semana sobre las cabezas de los desterrados. Otra vez los abandonó el sol y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo cubrieron la tierra. Día tras día los estrechó cada vez más el círculo de nieves hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de sus cabezas. Hízose más y más difícil alimentar el fuego; los árboles caídos a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y, sin embargo, nadie se lamentaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro y eran felices. Mr. Oakhurst se resignó tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, más alegre que de costumbre, se dedicó a cuidar a Piney; solo la madre Shipton, antes la más fuerte de la caravana, parecía enfermar y acabarse. A media noche del décimo día llamó a Oakhurst a su lado:

—Me voy —dijo con voz de quejumbrosa debilidad—. Pero no digáis nada; no despertéis a los corderitos; tomad el lío que está bajo mi cabeza y abridlo.

Mr. Oakhurst lo hizo así. Contenía intactas las raciones recibidas por la madre Shipton durante la última semana.

—Dadlas a la criatura —dijo señalando a la dormida Piney.

—¿Os habéis dejado morir de hambre? —exclamó el jugador.

—Así se llama esto —repuso la mujer con voz expirante.

Acostose de nuevo y volviendo la cara hacia la pared se fue tranquilamente.

Aquel día enmudecieron el acordeón y las castañuelas, y se olvidó a Homero.

Cuando el cuerpo de la madre Shipton fue entregado a la nieve, Mr. Oakhurst llamó aparte al Inocente y le mostró un par de zuecos para nieve que había fabricado con los fragmentos de una albarda vieja.

Hay todavía una probabilidad contra ciento de salvarla, pero es hacia allí —añadió señalando a Poker-Flat—. Si podéis llegar en dos días, está salvada.

—¿Y vos? —preguntó Tom Simson.

—Yo me quedaré.

Los novios se despidieron con un largo abrazo.

—¿También os vais vos? —preguntó la Duquesa cuando vio a Mr. Oakhurst que parecía aguardar a Tom para acompañarle.

—Hasta el cañón —contestó.

Volviose repentinamente y besó a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y rígidos de asombro sus temblorosos miembros.

Volvió la noche, pero no Mr. Oakhurst. Trajo otra vez la tempestad y la nieve arremolinada. Entonces la Duquesa, avivando el fuego, vio que alguien había apilado a la callada contra la choza, leña para algunos días más. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las ocultó a Piney.

Las mujeres durmieron poco. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su común destino. No hablaron; pero Piney, haciéndose la más fuerte, se acercó a la Duquesa y la enlazó con su brazo. En esta disposición mantuviéronse todo el resto del día. La tempestad llegó aquella noche a su mayor furia, destrozó los pinos protectores o invadió la misma choza.

Hacia el amanecer no pudieron ya avivar el fuego, que se extinguió lentamente.

A medida que las cenizas se amortiguaban la Duquesa se acurrucaba junto a Piney y por fin rompió aquel silencio de tantas horas.

—Piney, ¿podéis rezar aún?

—No, hermana —respondió Piney dulcemente.

La Duquesa, sin saber por qué, sintióse más libre. Apoyó su cabeza sobre el hombro de Piney y no dijo más. Y así, reclinadas, prestando la más joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, se durmieron. El viento, como si temiera despertarlas, cesó. Copos de nieve arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de blancas alas y se posaron sobre ellas mientras dormían. La luna, al través de las desgarradas nubes, contempló lo que fue antes campamento. Pero toda impureza humana, todo rastro de dolor terreno habían desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde lo alto.

Durmieron todo aquel día, y al siguiente no despertaron cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquella soledad. Y cuando una mano piadosa separó la nieve de sus marchitas caras, apenas podía decirse, por la paz igual que ambas respiraban, cual fuera la que había pecado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoció así y se retiró dejándolas todavía enlazadas una en brazos de otra.

A la entrada de la garganta, sobre uno de los mayores pinos, hallóse un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de caza. Contenía la siguiente inscripción, trazada con lápiz con mano firme:

 †

AL PIE DE ESTE ÁRBOL

YACE EL CUERPO

DE

JOHN OAKHURST,

QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE

EL 23 DE NOVIEMBRE 1850

Y

ENTREGÓ SUS APUESTAS

EL 7 DE DICIEMBRE DE 1850.

 Y sin pulso y frío, con un revólver a su lado y una bala en el corazón, todavía tranquilo como en vida, yacía bajo la nieve el que a la vez había sido el más fuerte y el más débil de los expulsados de Poker-Flat.

*FIN*

“The Outcasts of Poker Flat”, Overland Monthly, 1869, también traducido con el título: “Los proscritos de Poker Flat”