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miércoles, 15 de enero de 2025

Canto del amor en El mágico prodigioso de Pedro Calderón de la Barca

  De Pedro Calderón de la Barca, El mágico prodigioso, III:


DEMONIO: 

                  Ea, infernal abismo,

               desesperado imperio de ti mismo,

               de tu prisión ingrata

               tus lascivos espíritus desata,

               amenazando rüina

               al virgen edificio de Justina.

               Su casto pensamiento

               de mil torpes fantasmas en el viento

               hoy se informe, su honesta fantasía

               se llene; y con dulcísima armonía

               todo provoque amores:

               los pájaros, las plantas y las flores.

               Nada miren sus ojos

               que no sean de amor dulces despojos;

               nada oigan sus oídos

               que no sean de amor tiernos gemidos;

               porque, sin que defensa en su fe tenga,

               hoy a buscar a Ciprïano venga,

               de su ciencia invocada

               y de mi ciego espíritu guïada.

               Empezad, que yo en tanto

               callaré, porque empiece vuestro canto.

(Canta dentro, una VOZ)

VOZ:

              ¿Cuál es la gloria mayor

               de esta vida?

TODOS: 

                       Amor, amor.

(Mientras esta copla se canta, se va entrando el DEMONIO por una puerta, y sale por otra JUSTINA huyendo)

VOZ:

                No hay sujeto en quien no imprima

               el fuego de amor su llama,

               pues vive más donde ama

               el hombre que donde anima.

               Amor solamente estima

               cuanto tener vida sabe:

               el tronco, la flor y el ave.

               Luego es la gloria mayor

               de esta vida...

TODOS:

                                        ...amor, amor.

                Esto representa asombrada y inquieta

JUSTINA:

                 Pesada imaginación,

               al parecer lisonjera,

               ¿cuándo te he dado ocasión

               para que de esta manera

               aflijas mi corazón?

                  ¿Cuál es la causa, en rigor,

               de este fuego, de este ardor,

               que en mí por instantes crece?

               ¿Qué dolor el que padece

               mi sentido?

(Cantan)

TODOS: 

                                    Amor, amor.

Cóbrase más

JUSTINA: 

                 Aquel ruiseñor amante

               es quien respuesta me da,

               enamorando constante

               a su consorte, que está

               un ramo más adelante.

                  Calla, ruiseñor; no aquí

               imaginar me hagas ya,

               por las quejas que te oí,

               cómo un hombre sentirá,

               si siente un pájaro así.

                  Mas no.  Una vid fue lasciva,

               que buscando fugitiva

               va el tronco donde se enlace,

               siendo el verdor con que abrace

               el peso con que derriba.

                  No así con verdes abrazos

               me hagas pensar en quien amas,

               vid; que dudaré en tus lazos,

               si así abrazan unas ramas,

               cómo enraman unos brazos.

                  Y si no es la vid, será

               aquel girasol, que está

               viendo cara a cara al sol,

               tras cuyo hermoso arrebol

               siempre moviéndose va.

                  No sigas, no, tus enojos,

               flor, con marchitos despojos;

               que pensarán mis congojas,

               si así lloran unas hojas,

               cómo lloran unos ojos.

                  Cesa, amante ruiseñor;

               desúnete, vid frondosa;

               párate, inconstante flor;

               o decid: ¿qué venenosa

               fuerza usáis?

(Cantan)

TODOS:

                                        Amor, amor.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Lope de Vega, soneto de El mayor imposible

   Noche siempre serena, cuyo velo

y silencio tomó el amor por capa.

Nema del cielo, de sus ojos tapa,

madre del sueño, el hurto y el recelo;

   si alguna vez amaste, pues del suelo

al cielo, nadie del amor se escapa,

con esa escuridad los ojos tapa

a las estrellas, que lo son del cielo.

   Aunque celos te den sus resplandores,

deja, Luna, salir mi luz querida,

que bien sabe de amor quien tuvo amores.

   La noche se verá del Sol vestida,

tendrá la sombra luz, perlas las flores,

mi pena gloria y mi esperanza vida.

miércoles, 3 de julio de 2024

Lope de Vega, égloga autobiográfica en La Arcadia

Danteo y Gaseno, a quien tocaba representar la égloga, vestidos a propósito con pellicos de tela fina, el uno blanco, sembrado de clavellinas de nácar, y el otro verde, listado de encarnado y blanco, con armiños blancos y negros, y con los nombres de Montano y Lucindo, comenzaron así:


ÉGLOGA.


Montano, Lucindo,


MONTANO.


En este fuerte roble, 

para sufrir robusto, 

os cuelgo desta vez, armas cansadas; 

que cuando al pecho noble 

le vienen mas al justo, 

las puede hacer el galardon pesadas. 

las edades pasadas

afrentan las presentes. 

Ya la virtud es muerta, 

o vive tan cubierta, 

que no se deja ver a todas gentes; 

porque a las majestades 

visitan muy de espacio las verdades. 

  Ya no se dan coronas 

cívicas ni murales;

el tiempo las marchita y descompone; 

y a todas las personas 

ha hecho el tiempo iguales. 

Lisonjas a servicios antepone. 

Dichoso el que se pone 

la espada por costumbre, 

y parte del vestido, 

cuyo acero bruñido 

jamás le dio en la mano pesadumbre, 

ni le sirvió de espejo, 

para tomar en él su honor consejo. 

  Dichoso el que escribiendo, 

o lejos del asalto,

un campo rige y del peligro escapa,

o aquel que está midiendo, 

de su experiencia falto, 

los sitios fuertes en sucinto mapa. 

 ¡Oh grande manto y capa 

de los cielos piadosos! 

 Ya que todo lo encubres, 

¿por qué los ojos cubres 

 de los polos del suelo poderosos? 

Mas no es su curso eterno, 

y así dejas errado su gobierno. 

  Ya, soledades mias, 

alegre vuelvo a veros, 

desengañado, sin provecho y tarde. 

 Aquí las fantasías, 

por quien quise perderos, 

harán de sus memorias justo alarde, 

Y de un Lotos cobarde, 

dormidos los sentidos, 

dejarán ocasiones, 

cuidados y opiniones, 

que descuidos al fin desconocidos 

de quien siempre desmedra, 

son Circe, que convierte un hombre en piedra. 

 ¡Oh discurrir de un alma, 

¡Cuánto los ojos ciegas! 

Lucindo no es aquel que ahora tiene 

sus cuidados en calma? 

Dichoso tú, que entregas 

al sueño, que te burla y entretiene, 

la parte que contiene 

en sí tan grande todo, 

como es el pensamiento, 

que suele en un momento 

cielo y infierno penetrar de un modo, 

ya su pena y su gloria 

llevar de los cabellos la memoria.


Fue aqueste mozo, ilustre

un tiempo cortesano,

y soldado tambien gallardo y fuerte;

mas ya todo su lustre

deshizo amor tirano,

que tiene igual poder como la muerte.

Aqui llora y divierte

con rústico vestido,

en estas soledades,

desdenes y verdades

de un extranjero amor, que le ha vencido;

que, siendo en tierra ajena,

trajo a la propria su cuidado y pena.


Ya despierta y me ha visto;

no es posible

que puedan esconderme estos laureles;

¡oh sueño, a los cuidados apacible!


LUCINDO.


Montano, que escuchar mis males sueles,

¿Posible es que de verme te desvías,

Cuando es razón que mi dolor consueles?

Si ya no engendran en aquestos dias,

de la lluvia que lloro tan en vano,

veneno y fuego las entrañas mias;

como las tempestades del verano,

que con el gran calor reciben forma,

y tengo algunas de que soy humano.


No te escondas de mí; que no conforma

con la piedad del que es perfecto amigo,

ni cura bien el mal quien no se informa.

No soy yo basilisco, aunque conmigo

le traigo y dél sustento los despojos,

con que a miralle y a morir me obligo

si no es que desde el alma por los ojos

salga a matar los que me ven llorando

la causa de mis lágrimas y enojos.


MONTANO.


No me escondí, Lucindo, imaginando

que me matara el verte ni el oírte,

aunque fueras el aire inficionando.

Quisiérame guardar de interrumpirte

la calma de tus tiernos pensamientos,

que mal pueden durmiendo perseguirte.


LUCINDO.


Antes con espantosos fingimientos

acuden las imágenes del día

en sombras de mayores sentimientos.

Si el alma nunca duerme, y en la mía

siempre viven sospechas y temores

del bien ausente que gozar solia;

sin duda los sentidos interiores,

que no los desengañan los de afuera,

durmiendo sufrirán penas mayores.


MONTANO.


  Esta verde frescura, esta ribera, 

este prado, esta fuente y este río 

movidos tienes a tu pena fiera. 

  Pues mira tú si ahora el pecho mío, 

si las cosas lo están inanimadas, 

se moverá a ver tu desvarío. 

  Todos sin lengua en voces mal formadas 

te piden que la causa comuniques 

de tus glorias presentes o pasadas. 

  Razón será que algún remedio apliques,

pues el dolor la medicina aplaca,

y que lo más secreto me publiques.

 Es el hablar del mal una trïaca,

que deshace la fuerza del veneno,

y del enfermo corazón le saca.

  No estoy de tus cuidados tan ajeno,

que te merezca que la causa calles;

solo está el valle, aunque de sombras lleno.


LUCINDO.


Lejos de aqueste en otros frescos valles

vive la causa del dolor que adoro,

cuando en la tierra tantas glorias halles.

 Ni mi descanso ni tu pecho ignoro;

mas ¿para qué me mandas que renueve

la dulce causa de mi amargo lloro?


MONTANO.


  A la ocasión, a la amistad se debe.

¡Mira cómo del sol la calma estiva

hiere de Béjar la montaña y nieve!

  ¡Mira qué blandamente se derriba

destas pizarras Tormes murmurando

por solo acompañar tu pena esquiva!

  Las fuentes desta selva están callando,

y olvidadas del agua y de la yerba,

las satisfechas vacas descansando.

  Deja el león de perseguir la cierva,

las aves de volar; que tiempos tales

todo animal para dormir reserva.

  Y cuando fuentes, aves y animales

murmuraran, cantaran y anduvieran,

pararan todos a escuchar tus males.

  Los árboles y el viento enmudecieran,

y a ver de Orfeo el singular retrato

suspensos y admirados estuvieran.


LUCINDO.


   ¿Piensas tú que yo puedo ser ingrato 

a quien me paga con amor tan puro, 

ni que de sus entrañas me recato? 

  Solo no despertar mi mal procuro; 

pero porque no quedes sospechoso 

verás que con mis males te aseguro. 

  Ya sabes que el monarca poderoso 

que desde el Tajo al Indo rige y manda, 

y hasta el sepulcro del planeta hermoso; 

  aquel armado, y el tuson por banda, 

espantaba al francés y al africano, 

que agora mira en paz humilde y blanda; 

  aquel que con valor de godo hispano, 

en dar a España su vejez emplea 

un retrato de Carlos soberano; 

  como la paz universal desea,

y quiere que en el cuerpo del gobierno 

no haya miembro que al otro igual no sea; 

  movido solo de un amor paterno, 

que no, como otros piensan, de venganza, 

que a veces daña ser humano y tierno, 

  Ejército formó, con esperanza 

de remediar el daño que crecía 

entre la remisión y la tardanza, 

  Contra aquella corona que solía 

resplandecer en su dichosa frente 

desde la unión de aquel famoso día. 

   Allí pues yo, movido justamente 

del antiguo valor de mis pasados, 

fui libre capitán de libre gente. 

  ¡Cuán diferentes eran mis cuidados 

deste que agora el corazón me inflama! 

Celos gobierno ya, que no soldados. 

  Trujo a sus muros miedo nuestra fama, 

y trocadas las armas en castigos, 

cesó la suya y comenzó mi llama. 

  Vivimos todos de improviso amigos, 

de una común nación, ley y costumbres, 

y pocos los rebeldes y enemigos. 

  Luego las altas y elevadas cumbres, 

de los montes enojos, odio y saña, 

allanaron sus graves pesadumbres. 

  Dejábamos á veces la campaña, 

y a la ciudad veníamos famosa, 

que el padre Ibero fertiliza y baña. 

  Era del año la estación dichosa, 

aunque de nieves coronada en torno, 

que celebra la tjerra venturosa. 

  En vez del verde y deleitoso adorno. 

la plateaba con escarcha y hielo 

el seco y feminino Capricorno; 

  Cuando me trujo el variar del cielo 

a ver entre unas damas la que ha sido 

milagro suyo y perdición del suelo. 

  De la nieve el ejército movido 

a regocijo y fiestas con las damas, 

andaba entre los hielos encendido. 

  Yo, que nunca vi nieve ardiendo en llamas, 

hallé en esta ocasión esta hermosura, 

como en un tronco dos contrarias ramas. 

  Y en cortesía haciéndola segura 

de algunos que tirando entonces pellas, 

juntaban nieve con su nieve pura; 

  Sin ver que en pecho, rostro y manos bellas 

para excederla y convertirla había 

en helado cristal como eran ellas; 

  Llamome cortésmente, y aquel día,

que nunca lo pensé, tuve por cierto

que suele ser traición la cortesía.

  Que apenas de su boca el cielo abierto

me agradeció libralla de aquel trance, 

cuando como de rayo quedé muerto. 

  ¿Quién no tuviera por dichoso el lance, 

o imaginara que con tanta nieve 

diera en mi libertad amor alcance? 

  Cuando montañas della arroja y llueve 

el enojado cielo, amor desnudo 

a andar entre ellos sin temor se atreve. 

   Huir de Troya, aunque era fuego, pudo, 

sacando a su mujer, Eneas troyano, 

y yo a mi libertad de nieve dudo. 

  Con la ocasión allí también, Montano, 

el no haber sido huésped en su casa 

me agradeció la mesma ingrata en vano. 

  Y mira el trueco que en el alma pasa, 

pues ya tengo por huésped en el pecho 

esta nieve divina que me abrasa. 

  Y, aunque le viene el aposento estrecho, 

a vivir se acomoda y a matarme, 

y estoy yo del agravio satisfecho. 

  Desde este punto comencé a abrasarme, 

que la sangre más pura me encendieron 

los espíritus vivos, de mirarme. 

  Si los ojos pagaron lo que vieron, 

el estado lo diga de mis males, 

y la poca esperanza que tuvieron. 

  Los días para todos siempre iguales 

pasaban como siglos por mi vida, 

haciendo mis cuidados inmortales. 

  Pienso que fue mi pena conocida, 

mientras que ser no pudo declarada : 

tanto estaba al mirar la lengua asida. 

  Aunque, como una víbora pisada, 

si a llegar a su reja me atrevía, 

soberbia huyendo, se mostraba airada. 

  Pues es verdad que la desdicha mía 

se contentó con este triste estado, 

con que pasaba el mal del bien que vía. 

  Luego del alto César fui llamado, 

y, si es que sabes el dolor de ausencia, 

juzga, Montano, el tuyo y mi cuidado. 

  Perdí con la esperanza la paciencia, 

y pues partido no perdí la vida, 

no fue porque faltó mi diligencia. 

  Partí, lloré, volví, y a la venida 

corría, por mi mal, tanto recato 

como si fuera entonces la partida. 

  Mas no fue el tiempo a mi esperanza ingrato,

que hallé en su casa una pastora hermosa,

gran prenda de mi sangre y de su trato.

  Y, aunque para mi intento provechosa, 

en alguna manera fue mi daño, 

sirviéndome de amiga cautelosa. 

  Era de todos general engaño 

pensar que mi verdad sus ojos fuesen, 

siendo los míos cierto desengaño. 

  Que como sus extremos conociesen, 

juzgaban que a querella me inclinaba: 

así pluguiera a Dios mis males viesen. 

  Con esto tibiamente me ayudaba, 

y siendo en mi instrumento la tercera, 

a la prima del alma se igualaba. 

  Ya con la vecindad la hermosa fiera 

se mostraba más fácil y tratable, 

volviéndola el amor, de piedra, en cera. 

  Ya agradecía con piedad notable 

mi secreto servir y mi porfía, 

y a la ventana se mostraba afable. 

  Y así como quien ya mi mal sentía, 

jamás de Clori Albania se fïaba, 

que este es su nombre y de la prenda mía, 

 y como alguna vez le importunaba 

que un papel de su mano recibiese, 

parece que celosa se enojaba. 

 Y, como yo licencia le pidiese 

para escribir mis penas y dolores, 

donde con menos turbación pudiese, 

  Mostraba con razones y colores 

que no era buena diligencia aquella, 

y eran, con esta dilación, mayores. 

  Posible, finalmente, fue vencella,

porque no hay al amor cosa imposible,

y para ser crüel era muy bella.

 Y para que este amor incomprehensible 

tuviese más valor, con un concierto 

el poderla escribir me fue posible; 

  que ni el papel le fuese descubierto 

a Clori, ni viniese por su mano, 

lo que, siendo su gusto, fue muy cierto. 

 Y, entonces, ¿qué dirás de mí, Montano, 

cuando con tan extraños pensamientos 

puse sobre el papel la incierta mano? 

  Vieras allí las penas y tormentos 

acudir de tropel a ser escritos 

con mil enamorados sentimientos. 

  Yo, puesto entre cuidados infinitos, 

solamente de todo el gran proceso 

juzgaba los deseos por delitos. 

  Oprimido en efecto de aquel peso, 

escogí lo mejor, y humilde escribo 

lo que estaba más lejos de mi seso. 

  Cierro el papel dichoso, y apercibo 

un tercero discreto que llevase 

de un muerto en penas un retrato vivo. 

  Quiso el amor que la ocasión llegase, 

y, aunque difícilmente, también quiso 

que le diese el papel y le tomase 

  cuando deste suceso tuve aviso, 

pues yo no perdí el seso, no le tuve; 

que mata un bien si viene de improviso. 

  Desde este punto más perdido estuve, 

porque ya la esperanza me mostraba 

cubierto el sol de una pequeña nube; 

  con que me respondiese la cansaba, 

o que solo escribilla permitiese; 

pero todo mi bien dificultaha. 

  Forzome el ciego amor que la escribiese,

y, no pudiendo dárselo, forzome 

que como la esperanza el papel fuese. 

  Díselo al viento por su reja, y diome 

lo que pude esperar de un hierro helado,

que no hay diamante que mis yerros dome.

 ¡Qué mal se limará, Montano amado,

con el de cera un corazón de acero!

 Que amor no escoge los que no ha llamado.

Desta manera por Albania muero,

y dando un monte en ecos su respuesta, 

  yo pregunto a mujer y no la espero. 

Esta es la historia y la desdicha es esta,

breve en el gusto y larga en la memoria,

  que tanta pena y confusión me cuesta.


ΜΟΝΤΑΝΟ.


Paréceme el discurso de tu historia

los lejos que se ven en la pintura,

confusos cielos de tu incierta gloria.

 Mas dejas encantada la aventura,

pues no me das razón de tu partida,

siendo el rigor de la ocasión más dura.


LUCINDO.


  Por no mover el alma divertida 

en otros sentimientos favorables, 

quise dejar la historia interrumpida; 

  que en pesares que son incomportables, 

mal puede discurrir la lengua triste 

sin sentimiento y lágrimas notables. 

  Pero, pues hasta el fin saber quisiste 

el mal que mi abrasado pecho siente, 

y a la memoria la ocasión trajiste, 

  aquí verás un venturoso ausente, 

porque suele el amor en una ausencia 

descubrirse mejor que no presente. 

  Llegada la partida y la sentencia 

de mi muerte forzosa, despedime 

del cielo de su angélica presencia. 

 Mas dime, ¿a quién habrá que no lastime 

que le ofenda su dama cuando parte? 

O¿qué esperanza que a vivir le anime? 

  Pasado estaba yo de parte a parte 

con una flecha de crueldad, partiendo 

de quien de todo mi dolor fue parte, 

  cuando me dijo, en sangre convirtiendo 

su pura nieve, que era caso injusto 

arrojalle el papel no le queriendo; 

  Y que debiera yo, pues era justo, 

agradecer que vella permitiera, 

y que de verme recibiera gusto. 

  Yo entonces respondí lo que pudiera 

delante de los cielos, que crïaron 

aquesta hermosa vengativa y fiera. 

  Las causas le mostré que me obligaron, 

oyéndomelas todas hasta el punto 

que prendas enemigas lo estorbaron. 

  Aquella noche, en fin, como a difunto, 

en las postreras honras de una reja 

me dieron el favor y el partir junto. 

 Y como el que la amada patria deja, 

y en ella el alma, y lleva el cuerpo solo, 

que ella se acerca más cuanto él se aleja, 

  partí como del bello ingrato Apolo 

la flor, que sus doradas hojas cierra, 

y queda escuro de Calixto el polo; 

  o como el que mirando va la tierra 

desde el profundo mar, y más, si acaso 

esposa amada o tierno padre encierra. 

   El suspiro, la lágrima y el paso 

juntos sallan, sin que diese alguno 

menos que así del alba hasta el ocaso. 

   ¡Cuántas veces al cielo fui importuno 

para que diese fin a tantos daños! 

Porque viviendo no esperé ninguno 

  siéndome con tan graves desengaños 

los puntos horas y las horas días, 

los días meses, y los meses años. 

  Y parábanme tal las ansias mías, 

y aquel amor y fuego que nacieron 

de dos nieves tan ásperas y frías, 

  que hasta desesperarme no quisieron 

alzar la espada ni el rigor pasado, 

no contentas de ver que me rindieron. 

  Pero, en aqueste miserable estado, 

que, como dicen, la esperanza vive 

aunque su dueño esté desesperado,

 veo que amor me llama y apercibe 

al bien más alto que su esquiva mano 

pudiera dar a quien con él más prive. 

  Hallé de mis zagales un serrano 

al fin de la esperanza y del camino, 

que se quedaba con mi bien, Montano. 

  El cual (¡mira qué extraño desatino, 

mira qué efecto de un amor ausente!) 

me trajo humano mi desdén divino. 

  Trájome ya la nieve diferente; 

que como ya de su rigor pasaba, 

trocose el frío en otra especie ardiente. 

  Por una carta supe que quedaba 

(¿quién lo dirá, Montano?) enternecida, 

y que señales de quererme daba. 

  Escríbeme que estaba persuadida 

a estimar mi verdad o creer mi engaño, 

engaño que me cuesta mi alma y vida. 

  Que no creyera de mi ausencia el daño, 

si la terneza y pena en que se vía 

no le fuera notorio desengaño. 

  Que estimase saber que pretendía 

darme este gusto, y si le estimo y siento, 

pregúntelo mi Albania al alma mía; 

  y que aquel amoroso arrojamiento, 

pues no era justo, no le condenase; 

¡qué honesto, aunque escuchado pensamiento! 

   Y que me aseguraba imaginase 

que era el postrero, y que sería el primero 

que a tales pensamientos la inclinase. 

  Yo entonces, como suele el prisionero 

que revocar oyó mortal sentencia, 

la muerte olvido y en la vida espero. 

  Dejo al César y vuelvo a su presencia, 

y aun dejara de serlo de mil mundos, 

por ver mi bien y no sufrir su ausencia. 

  Llegué a sus ojos, en la luz segundos 

al planeta mayor, nortes y faros 

de los estrechos de mi mal profundos, 

  desde este día que sus ojos claros 

miraron mis deseos, amor puso. 

en mi abrasada Troya sus reparos. 

  Ya sabes que al oráculo confuso 

Venus, por ver que no crecía Cupido, 

a preguntar la causa se dispuso, 

 y que le fue de Temis respondido 

que hasta que al niño diese hermano, en vano 

pensaba ver el tierno amor crecido. 

  Venus no sé si e Marte o a Vulcano 

llamó para este efecto; en fin, se cuenta 

que dio a Cupido otro Cupido hermano. 

  Anteros se llamó, que representa 

un recíproco amor de voluntades, 

que amor pagado, con amor se aumenta. 

  Desta suerte pagadas mis verdades, 

creció mi amor, haciendo sin recato 

el uno al otro ciertas amistades. 

  Ni fue más desdeñosa ni yo ingrato, 

antes el trato dio al amor aumento, 

que hace al niño amor gigante el trato. 

  ¿Qué monte o sierra con igual contento

no corrimos los dos? ¿Qué valle frío

no nos dejó cazando sin aliento?

  ¿En qué ribera del corriente río

no sacamos los peces con anzuelos

debajo de algún álamo sombrío?

  Los tímidos cobardes conejuelos 

le presentaba yo, si se enojaba, 

por hacer amistad de algunos celos, 

  por los frondosos árboles trepaba, 

y, chillando los pollos, le traía 

los nidos que su pájaro lloraba. 

  ¡Cuántas veces me halló en su puerta el día 

con las tempranas guindas y cerezas 

que con el verde elejo entretejía! 

  Si no podia hablarla, ¡qué tristezas! 

Sus puertas, sus ventanas coronaba 

de mudas selvas y silvestres nuezas. 

  Con esto, cuando Albania despertaba, 

y daba por sus rejas sol al mundo, 

conocía que yo velando estaba. 

  ¿No has visto un perro con gemir profundo, 

si le deja su amo, herir la puerta? 

Pues yo era así, y en la lealtad segundo. 

  Ni menos si la vi, Montano, abierta, 

dejé de hacer locuras amorosas, 

que así enloquece una esperanza incierta. 

  Mil veces en las selvas espaciosas, 

si me hallaba dormido, me tejía 

guirnaldas de azucenas y de rosas. 

  Yo despertaba, y, viendo qué me hacía, 

vencedor y vencido la buscaba, 

y aquel triunfo de amor le agradecía. 

  Ella, con risa, todo lo negaba, 

cubierta de vergüenza y de claveles, 

con que el nevado rostro matizaba. 

  Pero los hados, en mi bien crüeles, 

en estos tiempos mi descanso impiden, 

porque del bien, si es grande, te receles. 

  De Albania con ausencia me dividen 

segunda vez, quedando interrumpida 

la historia, cuyo fin mis quejas piden. 

  Lo demás del estado de mi vida 

por esto puedes conocer, Montano, 

y, si ganada mal, tan bien perdida, 


MONTANO.


Extraño fin de amor, a quien en vano

hace el desdén injusta resistencia,

y el imposible más incierto es llano.

 Lucindo, él mesmo te dará paciencia

con solo imaginar que Albania hermosa

siente con tiernas lágrimas tu ausencia.

 Porque ver humanar tan alta diosa,

y por Endimión bajar la Luna,

bastan a hacer un alma victoriosa.

 No le pidas mas bien a la fortuna;

sufre tu mal, que no es tan imposible

que no le apliques esperanza alguna.

  No es empresa de amor la que es posible;

que para grandes ánimos se hacen

las que tienen su fin inaccesible.

  En tanto, pues, que las ovejas pacen,

y de cogollos de florido espino

las cabras a placer se satisfacen, 

  Quiero de Albania al resplandor divino 

consagrar de improviso un epigrama 

con aqueste cuchillo en este pino, 

  Porque crezca su nombre, gloria y fama 

en las orillas del anciano Tormes, 

como por el lbero se derrama. 


LUCINDO.


Harás la tuya y su valor conformes,

aunque todas las cosas deste suelo,

para tenelle igual, serán disformes.

  Pinta mi puro amor, mi casto celo,

que no le vencerán olvido y muerte

por muchos siglos que revuelva el cielo.


MONTANO.


Escúchame, que escribo desta suerte: 


                EPIGRAMA


  Una hermosura y celestial belleza 

de un rico entendimiento acompañada, 

en quien la ciencia infusa está cifrada 

que puso Dios en la naturaleza... 

  la mayor majestad y gentileza 

que vio la edad presente y la pasada, 

de las mayores gracias adornada 

que son del alma corporal riqueza; 

  un término real, un noble trato 

y, en tiernos años, un discurso altivo 

todo de ejemplos inauditos hecho, 

  de Albania son el singular retrato; 

y quien quisiere verla más al vivo, 

busque a Lucindo y mírela en su pecho. 


Acabada la égloga, y referida la fábula en prosa de Frondoso, dieron licencia Benalcio y Tirsi a las pastoras que diesen algunas prendas a sus amantes, con tal condición, que ellos las celebrasen de improviso con algunos versos. Agradó á todos generalmente el favor y la satisfacción; y así, dio la primera Isbella a Menalca un reloj con su brújula.

sábado, 13 de enero de 2024

José Joaquín Benegasi de Luján. Sobre la independencia al escribir

Aconseja a un amigo que hacía versos deje de frecuentar las casas de los señores


Don Juan mío, la mucha introducción

en casa de un señor nunca está bien.

No debes olvidar el ten con ten,

si quieres conservar la estimación.


Hoy soneto, mañana relación

y tener que decir a todo amén,

es querer exponerte a que te den

el célebre destino de bufón.


Mira lo que hago yo, pues, aunque a mí

honras vienen, amigo, honras van,

jamás en las visitas excedí.


Mira todas las cosas cómo están,

mira tu calidad, mírate a ti

y, en fin, que pierdes lo que no te dan.


José Joaquín de Benegasi y Luján

sábado, 7 de octubre de 2023

Un nuevo corazón, un hombre nuevo, de Francisco de Quevedo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Francisco de Quevedo


Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.


Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.


Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.


Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues, de perdido,

recato mi salud de mi deseo.


(En este poema Quevedo cita la imagen de San Pablo de "vestirse del hombre nuevo", Ad efesios, 4. 24)

lunes, 18 de septiembre de 2023

Luis de Góngora, A cierta dama que se dejaba vencer

 A cierta dama que se dejaba vencer


Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,

la sangre de su pecho vierte en vano,

vende Lice a un decrépito indïano

por cient escudos la mitad del lecho.


¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,

sabiendo que halla ya paso más llano,

la bolsa abierta, el rico pelicano,

que el pelícano pobre, abierto el pecho?


Interés, ojos de oro como gato,

y gato de doblones, no Amor ciego,

que leña y plumas gasta, cient arpones


le flechó de la aljaba de un talego.

¿Qué Tremecén no desmantela un trato,

arrimándole al trato cient cañones?

domingo, 3 de septiembre de 2023

Juana de Asbaje y Ramíres (sor Juana Inés de la Cruz), ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?


Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.


Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,


teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Bernardo, o la Victoria de Roncesvalles, de Bernardo de Balbuena. Libro XIX. La hazaña de Hernán Cortés. Sucesión de los reyes castellanos. Octavas 1 a 93.

Cuenta el sabio Tlascalán las espantosas hazañas de Hernando Cortés en su conquista de la Nueva España, y la real sucesión de los reyes castellanos desde el Casto Alfonso hasta Carlos Quinto. Hállase Bernardo en el suelo de la fuente de las Maravillas, donde, habiendo acabado un artificioso encantamento, ganado en él la famosa espada Balisarda, la hada Iberia le muestra en una sala las armas y blasones de algunos insignes linajes de España.


Así de lo profundo de su pecho 

el sabio al mundo siembra maravillas, 

y en la gruta retumba el corvo techo, 

y oyen los héroes en doradas sillas, 

que en observado signo y cercos, hecho 

de luciente oro márgenes y orillas, 

el feliz mirador da en sus viriles, 

aun a los por nacer cuerpos sutiles. 


Y él viendo el siglo por venir patente, 

de superiores luces alumbrado, 

vuelto un Proteo mortal, hacía presente 

del que escuchaba el venidero hado, 

como al rey persa y al francés valiente 

de nuevas trazas amasó el cuidado, 

y en su piloto ahora el rostro fijo, 

así siguiendo su discurso dijo: 


Si cual te dio el antiguo Balisarte 

en el francés, aguado el valor godo, 

sin mezcla de otro azar supiera darte 

de castellana masa el pecho todo, 

ni mi voz fuera ni mis ciencias parte 

a suspender de tu viaje el modo, 

libre pasaras con tu intacto vuelo, 

o por la humilde tierra, o por el cielo, 


que la estrella de España en este mundo 

en todo es superiora de otra estrella; 

así los cielos en saber profundo 

para más bien lo dispusieron de ella: 

del rubio oro el feliz parto fecundo, 

y de luciente plata blanca pella, 

ahora recoge, guarda y desentraña, 

para, en cambio de fe, ofrecello a España. 


Cuando tu patria en nuevas opiniones 

la religión verá que ahora profesa, 

y en la fe sospechosa y sus razones 

muchas confesará que hoy no confiesa; 

de España los católicos pendones, 

y el primer Papa en ellos por empresa, 

en señal que es el agua de su fuente, 

a dar luz bajarán a nuestra gente, 


Compraremos entonces (¡cosa extraña!)

el cielo con la escoria de la tierra,

el desengaño y luz con lo que engaña,

la eterna paz con la mudable guerra:

daremos plata humilde y oro a España

por la divina religión que encierra,

como en limpio granero, que es mancilla

sembrar, si no está limpia la semilla.


Y si deseáis a estos ocultos casos

la estampa ver de su mudable idea,

y los eternos encubiertos pasos

por donde el cielo su girar voltea,

si de lo por venir bultos escasos

ver deseáis, y hay vista que los vea,

oíd héroes de otro mundo, oíd, que quiero

al presente sacar el venidero.


Al mudable cristal de esta laguna, 

del polo helado y su encubierta gente, 

domando en riendas de oro la Fortuna, 

otro tiempo bajó un pueblo valiente; 

rindió incultas naciones, que ninguna 

fiel tributo negó a su Rey potente, 

y él en victorias y poder ufano 

leyes dio al nuevo mundo de su mano. 

 

Y aunque de mar a mar la estrecha tierra 

con armas tiene su furor turbada, 

con quien más ciego enojo y firme guerra 

el rigor trae de la ambición trabada, 

es con la que a las faldas de esta sierra, 

ahora en pomposas plumas señalada, 

con ancho baile y músicas celebra 

del ya domado ardor la primer quiebra.


Es la hidalga nación que a las vertientes 

de Tlascala por mía heredó el cielo, 

y a estas feroces extranjeras gentes 

el más contrario y enemigo suelo: 

y, aunque en sangrientas lides diferentes 

victorias les ganó de la honra el celo, 

de su tesón y aliento belicoso 

nunca hora hemos gozado de reposo. 


Hubiera a su pomposa vanagloria 

sin mí rendido el cuello el pueblo mío, 

y en triste servidumbre a su victoria 

las riendas diera del vencido brío: 

mas yo, que al siglo por venir notoria 

miro la gran revolución, confío 

que han de dar las estrellas libre el paso

a la luz de su oriente en vuestro ocaso.


Y no solo inviolables sus mojones

hará esto a las edades venideras,

mas aún los mexicanos escuadrones

cuando al mundo asombraren sus banderas,

y a su tremolar tiemblen las naciones

que de ambos mares ciñen las riberas,

y sea de su ambiciosa monarquía

la tierra toda en que se entierra el día.


Entonces mi constante pueblo altivo,

sin nunca ver de espaldas la Fortuna,

la verde junza en ademán esquivo

y el cerco ha de asombrar de su laguna:

cuando ya llegue al colmo fugitivo.

de su prosperidad la llena Luna,

y a un rey sañudo que su cetro tenga

del rubio sol a verle un hijo venga.


Ya allí de un mundo y otro las estrellas 

el curso trocarán de su corriente, 

y a los peñascos de estas playas bellas 

nueva vendrá desconocida gente.

Ya veo sus naos llegar, ya veo sobre ellas 

los timbres de oro y armas del Oriente, 

ya a sus invictos capitanes veo 

de una alta cruz labrar feliz trofeo. 


Ya de un Cortés caudillo el pecho honroso 

premio a mis ricas esperanzas siento, 

y la gloria del hecho más famoso 

que caber pudo en cuerdo atrevimiento: 

insigne hazaña de ánimo brïoso 

será dar velas al mudable viento, 

y embestir bravo desde el mar profundo 

con un tasado campo los de un mundo. 


Barrenar de su flota el frágil leño 

y allí sacrificarse a su cuidado, 

como quien se hace indubitable dueño 

de este occidental mundo, hecho fue osado. 

¡Bella osadía! Con campo tan pequeño 

quererse quedar solo y desarmado, 

en medio de enemigos tan esquivos, 

que se suelen comer los hombres vivos. 


Mas la heroica hazaña, en quien se agota 

el largo discurrir del seso humano, 

mayor que armar ni barrenar la flota, 

ni a dar asalto al reino mexicano, 

será, entre un pueblo inculto y gente ignota, 

con fuerza humilde y desarmada mano, 

su monarca prender, ceñirle hierros, 

y castigar en él fingidos yerros. 


Grande será prender un enemigo,

que de mortal envidia el pecho lleno

a estorbarle vendrá, y él por testigo

le tomará, y por suyo el campo ajeno. 

Mas ni esto ni el abrir ciego postigo 

al mexicano pantanoso cieno 

con bergantines y chalupas puestas 

de diez mil hombres en las corvas cuestas, 


ni otro ni otro furor, ni todo junto 

de esta hazaña iguala el fundamento, 

que las demás con ella caen de punto, 

y ella vencido deja el pensamiento: 

serán las otras suyas contrapunto 

de amasados ejércitos sin cuento, 

de que saldrán estas montañas llenas

por ver tal prisionero en sus cadenas.


Mas humillar con nombre preso

la imperial majestad, mudarle casa,

sitiarle guardas, fulminar proceso,

y en su libre vivir ponerle tasa,

¿qué huésped se arrojara a tanto exceso

con suceso feliz, que excede y pasa

a los que en arduos hechos por famosos

el mundo estatuas levantó y colosos?


Pues de este mis invictos tlascaltecas

favor serán, y tomarán amparo

y a sombra suya oirán sus playas huecas

mi nombre más que sus cristales claro,

y del abrigo de estas cumbres secas

que hoy de muros me sirven y reparo,

las banderas saldrán, saldrá el castigo

de este tirano pueblo, mi enemigo.


y voz de


Y no tardará el cielo en dar la vuelta

al exe eterno en que se mueve el hado,

y esta tragedia en lágrimas envuelta

al teatro salir acostumbrado,

Mas que Fortuna, de una vez resuelta,

alegre a España vuelva el rostro airado,

y ella de limpia con sangrienta guerra

de las horruras de África su tierra.


De reyes siete cuadros mira el cielo,

que tras el rico bien de esta esperanza,

los ríos harán del agraviado suelo

correr morisca sangre en su venganza:

al grave Alfonso, cuyo casto celo

a lo temido iguala de su lanza,

y de los riscos ásperos de Asturias

de Francia enfrena y de África las furias. 


Sucederá un valiente Don Ramiro,

de un santo hebreo valido, que en Galicia

sepulcro oculto tiene, y un suspiro

suyo le hará soldado en su milicia;

cuya sangrienta espada inmortal miro

en los ilustres pechos que acaricia

la noble España, dando su denuedo

honra al cristiano y al pagano miedo.


Oirá Clavijo en fiesta milagrosa

el santo voto que al Patrón divino

Castilla hará cuando su espada honrosa

al campo moro llueva un mar sanguino.

Y luego Ordoño, en lanza belicosa,

por la Gascuña estrago repentino,

y en los rendidos páramos de Soria

y Salamanca eterna su memoria.


El Magno Alfonso, de este Ordoño hijo,

entrará al reino y en sangrientas manos,

porque no vean su pompa y regocijo

los ojos sacará a sus tres hermanos.

Dará de azules peñas cerco fijo

a los deshechos muros zamoranos,

cuando sus hijos con orgullo altivo

el cetro romperán del padre vivo.


Hará la inobediencia de García

reino suyo y guerra al pueblo moro 

con tasadas victorias, hasta el día 

que a la muerte avasalle el cetro de oro. 

Vendrá Ordoño, que al padre la osadía 

también heredará como el tesoro, 

si algo sus hechos ínclitos no humilla 

la muerte de los condes de Castilla. 


Como en venganza suya, el cruel hermano 

Froila quitará el reino a sus sobrinos, 

y en nobles pechos con rigor tirano 

furioso hará sangrientos desatinos: 

desmembrarase el reino castellano, 

y al gobierno pondrá jueces divinos, 

quedándose el sangriento rey cubierto 

de áspera lepra por sus culpas muerto. 


Seguirle ha Alfonso, de imprudencias ciego,

y de indiscreto celo arrebatado.

Renunciará en su hermano el cetro, y luego

le pesará de haberlo renunciado.

Mas Ramiro, hecho rey, aunque por ruego,

cegarle ha, ya del reino apoderado,

que no ha menester ojos, luz ni día,

quien pudo y no miró lo que hacía.


Será famoso rey, pondrá en prisiones 

a Almanzor y a los hijos de Früela, 

y en Simancas los bárbaros pendones

en que el poder de Arabia y Libia vuela. 

Degollará sus mauros escuadrones 

y, en cuidadosa y vigilante vela, 

cuatro lustros verá. Y luego el prudente 

Ordoño heredará su reino y gente. 


Tendrá sangrientas guerras con su hermano, 

que ha de alterar el reino la codicia, 

a Lisboa saqueará su invicta mano, 

y el brío y furia enfrenará a Galicia.

Sucederle ha don Sancho el Gordo, ufano

en gobernar de España la milicia, 

y hará en ley nueva y público estatuto 

libres las nobles casas de tributo. 


Volaranle a Castilla el homenaje 

de un libre azor las alas, y un caballo 

hará de paz a Córdoba un vïaje, 

y alzarse ha rey un sin lealtad vasallo. 

Sudará fuego el mar entre un celaje, 

y saldrá un traidor conde a regalallo 

con frutas, de que ya morir le miro,

y sucederle el niño Don Ramiro. 


Por estos siglos, bárbaros normandos 

en Galicia harán gruesas entradas, 

y los moriscos cordobeses bandos 

del reino en las fronteras descuidadas 

y con ley nueva y rigurosos mandos, 

a las mozarbes gentes baptizadas 

su Dios querrá que dejen  o las vidas, 

ya por su amor ganadas de perdidas. 


Alzarse ha con Galicia Don Bermudo,

y el descuido del rey será de modo,

que, con su muerte, el que él deshacer pudo,

señor quede absoluto y rey de todo.

Será de alma prudente y seso agudo,

y en desgracias igual al postrer godo,

cuyo tierno deleite y gustos vanos

sin pies le harán y le atarán las manos.


Será dueño Almanzor de sus vitorias,

y en costoso aparato y triunfo de ellas,

del hueco y firme bronce hará memorias

que su honra alumbre a su mezquita en ellas.

Suyas serán las trágicas historias

de los infantes siete, o siete estrellas,

de la sangre de Lara, y la que baña

del sitiado León la alta montaña.


Sucederle ha su hijo Alfonso el Quinto,

que asombrará de Córdoba los muros,

y sus reyes con oro en sangre tinto

a su ira comprarán breves seguros.

Dará en su Corte un bello laberinto

de argamasados mármoles obscuros. 

Mas en Viseo una infeliz herida

quitará al reino el rey y al rey la vida.


Vendrá tras él el último Bermudo,

que, muerto de Carrión en las riberas,

de Castilla y León se dará un ñudo

que en mil edades dure venideras.

Matará su cuñado, al que no pudo

la ardiente Arabia y sus legiones fieras,

sentándose Fernando así en la silla

primera de León y de Castilla.


Será este rey en ánimo y grandeza 

un Pompeyo segundo, y el primero 

que al noble Cid honrare la braveza 

y arnés le armare de bruñido acero: 

humillarle ha Toledo su cabeza, 

y serle ha de Sevilla el rey pechero, 

llevando hasta León su pueblo moro 

al gran doctor Isidro en andas de oro. 


Florecerá en su alegre edad la santa 

Casilda de Toledo, infanta bella; 

mas ya tanta grandeza y dicha tanta 

a su ambicioso hermano enfadó el vella, 

y contra él de Navarra baja cuanta 

marcial potencia tiene y rige en ella, 

sin que halle su pasión otro concierto, 

que de heredar el campo al uno muerto. 


Pondrá el río Ebro el vencedor Fernando 

por lindero a Navarra y a Castilla, 

y del romano imperio al grave mando 

libre, cual lo es, su castellana silla.

Mas ya al general término llegando 

con poco acuerdo dejará en rencilla 

tres hijos reyes, que es a toda cuenta 

la compañía del reinar sangrienta. 


Castilla del valiente Sancho y luego 

León de Alfonso y de García Galicia, 

ninguno el reino gozará en sosiego, 

que es glotona de reinos la codicia: 

huirá a Toledo Alfonso, y el gallego 

aun le enterrara preso la avaricia, 

y Vellido en el muro zamorano 

al uno vengará y al otro hermano. 


Volverá el bravo Alfonso del destierro 

a ser universal señor de cuanto 

su anciano padre dividió por yerro, 

y, junto en él el uno y otro llanto, 

escalará triunfante el sacro cerro. 

que Tajo lava y enriquece tanto, 

dando a su ilustre alcázar de su mano 

al castellano Cid por castellano. 


Mas la instable Fortuna, en recompensa 

de mil victorias, con faltarle en una, 

feudo de todas cobrará, que piensa 

que sin estas mudanzas no es Fortuna. 

Y su santo heredero en nube densa, 

de armas rendido a la africana luna, 

de la fuente de Uclés en el desierto 

quedará, a vueltas de otros muertos, muerto, 


Dará una hija a Enrique, hijo segundo 

del conde Lotoringa, hecha duquesa 

del fértil suelo, donde el mar profundo 

el remate de España lava y besa; 

de cuya insigne fuente un río fecundo 

de real sangre tendrá la portuguesa, 

hasta que acabe en África, en el día 

que vuelva a ser de España monarquía. 


A este dichoso siglo venidero 

la religión templaria militante, 

de limpio armada y de cristiano acero, 

por luz del mundo nacerá en levante. 

Verá el Rey de sus días el postrero, 

y Alfonso de Aragón vendrá triunfante 

por invicto monarca, que en Castilla 

de cinco ensalzará sola una silla. 


Será su emperador, será su espada 

de España muro y del morisco espanto, 

y en veinte y ocho batallas barnizada 

tantos triunfos tendrá del cielo santo. 

Dará a la libre reina ocasionada 

del rico patrio suelo el rojo manto, 

y, tras su libertad Alfonso el Bravo 

vendrá, aunque sin segundo, a ser octavo. 


De España emperador, cuyos vasallos 

el de Aragón serán y el de Navarra, 

y del vándalo Betis cien caballos 

en su carroza real, tropa bizarra: 

(suerte humana) que al tiempo de gozallos 

por cama en la Fresneda una pizarra 

del muradal rigor dará el camino 

el alma al cielo, el cuerpo a un pardo espino.


Cuando tras de él, de Sancho el Deseado

vida у virtud se volará en deseo, 

pues de un año de reino, y mal logrado, 

Cortarle el hilo ya la Parca veo.

Dejará un tierno niño encomendado 

de Castro a la lealtad y ella el empleo 

de su príncipe, reino y señorío 

salvos conservará del rey su tío. 


A Ávila el niño huirá de Soria, 

que en rico alcázar le tendrá seguro 

hasta cobrar su reino, y con victoria 

libre salir del abulense muro. 

Mas de África el orgullo y vanagloria 

sus fuerzas veo juntar desde el obscuro 

nacimiento del Nilo hasta donde 

Atlas el día en su arboleda esconde. 


Y con el apartado garamante, 

etiope adusto y árabe ligero 

por Castilla entrará y saldrá triunfante 

de Alarcos todo el mauritano acero, 

bien que en Tolosa el bárbaro pujante 

de las Navas poblado el campo entero 

de muertos dejará, cuyos millares 

de un ciento y de otro ciento serán pares. 


Fundará, porque al mundo se publique, 

de las Huelgas de Burgos la grandeza, 

y allí, enterrado el mal logrado Enrique, 

de España y su valor será cabeza. 

Gobernará a prudencia de un Manrique, 

gozará de Malfada la belleza 

y de un golpe una teja desmentida 

al caer malogrará su tierna vida. 


Soldará este dolor Fernando el Santo,

en cuyo reino y siglo venturoso

ni hambre ni peste habrá, ni azar ni llanto,

ni guerra en que no salga vitorioso:

Córdoba será suya y será cuanto 

del claro Betis riega el curso hermoso, 

restituyendo en hombros de cautivos 

del bronce de Almanzor los sones vivos. 


Hará suya a Jaén, Murcia y Sevilla, 

y tributario el reino de Granada, 

y al cetro de León y de Castilla 

eterno nudo e inmortal lazada. 

Ilustrará con santidad sencilla 

Domingo su real sangre, y la abrasada 

cueva del monte Alberno y sus espantos, 

que hay también siglos que producen santos. 


Llevará a Salamanca de Palencia

las letras que la harán rica y florida,

seguirle ha su hijo Alfonso, a quien la ciencia

de los astros promete inmortal vida.

Y, aunque Rey sabio, mucha suficiencia

suele sin humildad verse perdida,

que del saber el moderado freno

al bueno hace mejor, y al malo bueno.


Con hija de un rey santo, en cuyo escudo 

un bello cielo azul tres lirios baña, 

en retrograda estrella y día desnudo 

de la real Majestad y no de saña, 

con soberana pompa en santo ñudo 

el príncipe ligar hará de España, 

cuyas dos plantas por violentas leyes 

duques darán al mundo en vez de reyes. 


Compondrá el astronómico secreto 

de las tablas y leyes del juzgado, 

de Roma emperador se verá eleto, 

y de uno y otro cetro despojado, 

que el ambicioso Sancho sin respeto 

contra el incauto padre rebelado 

se ha de quedar con la usurpada silla, 

y el despojado rey muerto en Sevilla. 


Alcanzarle han las graves maldiciones 

del sabio rey al hijo inobediente, 

con que en guerras será y en disensiones 

de su ambicioso reino la corriente: 

entrará en heredadas turbaciones 

un niño rey, que, en ánimo imprudente, 

de dos vasallos morirá emplazado, 

o por su grave culpa o su cuidado.


Quedará niño Alfonso el Justiciero,

último de los reyes de este nombre,

y el alterado reino edad de acero

será, en guerra civil que al mundo asombre.

Ávila sola con feliz agüero

de leal conservará el primer renombre,

siendo en su fiel custodia real brinquiño,

cual ya otra vez lo fue de otro rey niño.


Al bravo Alboacén, rey de Marruecos, 

contra él veo ya alterar la Libia ardiente, 

y resonar por los peñascos huecos 

del sordo mar su innumerable gente, 

tal, que aún me asombran los quebrados ecos 

del infiel campo adonde veo presente 

la africana potencia y mortal rabia 

que hay desde el mar Océano al de Arabia. 


Todo este campo bárbaro, amasado 

de diversas provincias y escuadrones, 

por vengar un Infante mal logrado 

blandos dará en su sangre los terrones 

de Tarifa y, volcando el río salado

destrozados arneses y pendones, 

correrá al mar y llevará el tributo 

de maura sangre y de africano luto. 


Después ganar en cerco veo prolijo 

de la firme Tarifa las almenas 

y las de Gibraltar constante y fijo

de llanto dejará y de luto llenas.

Entrará al reino su soberbio hijo 

Don Pedro, tierno joven; mas, apenas 

el real cetro empuñará en la mano, 

cuando descubra su ánimo inhumano. 


Habrá una gran mudanza en las noblezas

de estos crecientes siglos y menguantes,

alzando unos fantásticas cabezas

y humillando otros las que alzaban antes;

será un Nerón en abrasar grandezas

y destrüir sujetos importantes,

lavando en sangre sus impuras manos

de parientes, mujer, madre y hermanos.


Hasta que al fin el cielo por castigo

de su cruel pecho y corazón tirano

abrazado le ponga a su enemigo

en lucha horrible de uno y otro hermano,

donde el dichoso Enrique por testigo

dirá el puñal en su sangrienta mano,

que ni es ni fue al presente desconcierto

Caín el vivo, porque lo es el muerto.


Triunfará el fratricida rey afable,

de ánimo ilustre y nobles condiciones,

en vista alegre, en compostura amable,

y en mercedes magnánimo y razones,

bien que de la fortuna varïable

el fin verá de sus mudables dones,

que con veneno el cielo soberano

ya vengar determina al muerto hermano.


En datiladas flores de un coturno

berberisco la muerte irá argentada,

luego que del periodo de Saturno

la media vuelta de su edad dorada:

morirá al fin el Rey, tocará el turno

del cetro de oro y la diadema amada

al primer Juan, que, por templado y grave

la majestad pesada hará süave.


Pondrá el noble distrito de Vizcaya 

en su real corona timbre altivo, 

y un rey armenio a su española playa 

del llano Egipto bajará cautivo, 

romperá fiero a Portugal la raya, 

mas volverle ha Fortuna el rostro esquivo 

de su ejército haciendo y de su flota 

el inmortal blasón de Aljubarrota. 


Y su temprana muerte a las riberas 

del desgraciado Henares, a caballo 

con los diestros farfanes de las fieras 

naciones libias subirá a buscallo. 

Mas ya de su hijo Enrique veo las veras 

que temello harán y respetallo, 

cuando en Burgos, temblando ante su silla, 

la grandeza se arroje de Castilla. 


 Y de su alcázar el dorado techo 

tan trocado le veo el rostro humano, 

que en trono de oro ponga al de más pecho 

temor la ardiente espada de su mano; 

y en el pueblo feliz por Hispal hecho 

en castigos será un nuevo Trajano, 

más la aleve punzada de un veneno 

junto robará al mundo tanto bueno. 


El segundo Don Juan, rey justiciero, 

a este sucederá desde la cuna, 

que como único sol hará severo 

crecer у descrecer la altiva Luna: 

y el cuarto Enrique, nieto del tercero, 

tras él vendrá con desigual fortuna, 

que toda se guardó a su heroica hermana, 

más que el sol bella y que la aurora ufana. 


Yo digo de Isabel, por quien Fernando

el reino de Aragón dará a Castilla,

y ambos, deshecho ya el morisco bando,

del todo limpia su española silla:

y por tan santos medios acribando

el cielo su católica semilla,

su luz abrirá el alba a nuestra gente,

y el sol dará en los mundos del poniente.


Hará volar con soberanos fines 

del ligurio Colón los pensamientos, 

que, mudando los hombres en delfines, 

domará el mar y enfrenará los vientos; 

y, llegando a las playas y confines 

que a este incógnito mundo dan cimientos, 

alegres viendo su encubierta gente, 

de ella cargados volverán a oriente. 


Veranse entonces las estrellas fijas 

que, por la rueda de Ixión clavadas, 

al Antártico dan vueltas prolijas, 

y con la nieve suben escarchadas: 

y la fortuna y fama, nobles hijas 

del trabajo y virtud, a un yugo atadas, 

de honra y riqueza afeitarán sus teces, 

deidades que se juntan raras veces. 


Volverá a renacer el siglo de oro, 

con el que sudará el suelo fecundo, 

y de sus ricas naves el tesoro 

gemir el golfo hará del mar profundo: 

y estos dioses sin alma que hoy adoro 

piedra a ser volverán en nuestro mundo, 

y en el suyo las nuevas maravillas 

nuevos asombros parirá el oíllas. 


Ya el prudente Colón blanca paloma

pronosticó de paz a nuestra guerra;

la impresa de añadir a España toma

del nuevo mundo la encubierta tierra.

¡Oh alma siempre feliz, preciosa poma

de la luz santa que el morir destierra,

nazca ya de tu honor el rayo ardiente,

que la aurora ha de ser de nuestro oriente!


Dé vuelta a su dichoso curso el cielo,

y el vasto mar sus crespos golfos rinda, 

para que alumbre de su lustre el vuelo

la gente que ahora con la noche alinda:

digno fervor de aquel heroico celo

que a tu alma santos pensamientos brinda

de dar al furor del mar profundo

y a Castilla y León un nuevo mundo.


Bien tu valor y autoridad merece

silla entre reyes y en los cielos silla,

crezca tu nombre, crezca cual florece

con mayo el mundo, con tu honor Castilla;

que el signo que a tu estrella favorece, 

si a corta sucesión su curso humilla,

en nuevo lustre y voz de inmortal gloria

el blasón crecerá de tu memoria.


Cuando ya en suspensión de largos años,

vacía de sucesión tu ilustre casa,

de avara ingratitud llore los daños,

larga en el merecer y en premio escasa,

pues (dando al natural y a los extraños,

las venas que tú hallaste, oro sin tasa),

tu real grandeza te darán ceñida

de un breve estado a la porción medida.


Entonces, pues, el cielo soberano

con nuevo crecimiento y gloria nueva,

un Príncipe ha de darte de su mano

para quien todas sus crecientes lleva.

Si has de ganar un rico mundo ufano,

si harás que a tu inmortal valor se deba

cuanto tesoro da y reparte España

por su invencible gente y por la extraña,


si has de domar el mar, si has de ver hecho 

de nueva luz el contrapuesto polo, 

si al corto seno de un bajel estrecho 

más oro has de añadir que alumbra Apolo; 

si al gran mundo en que queda el día deshecho 

la antes cerrada puerta has de abrir solo 

y dar a Europa la encubierta gente, 

que ahora las sombras guarda del poniente: 


todo es en rica fe de labrar casa: 

a este gran sucesor de tu grandeza, 

en quien fortuna lloverá sin tasa 

los bienes que antes daba con pereza: 

si en ti la sucesión se cortó escasa, 

la corona ducal de su cabeza 

pródiga de honra hará en parto fecundo 

de eterno curso tu memoria al mundo. 


Este es quien juntará al grabado peso 

del mundo, que adornar tus armas pudo 

de la casa de Córdoba el Rey preso, 

y de Toledo el jaquelado escudo: 

las bandas de Aragón, y del suceso 

de Orique el real cuartel, precioso nudo, 

con las diez torres que orlan las esquinas 

a las invictas portuguesas quinas. 


De estos reales blasones reservados 

a tu creciente esfera, el tiempo envía 

el gran premio debido a tus cuidados, 

que otro inferior a deuda tal sería; 

y en Don Nuño Colón resucitados 

los bienes que tu heroico aliento cría, 

será de honra española ardiente fragua, 

Gran Almirante y Duque de Veragua. 


Marqués de la encubierta Jamaïca, 

en preciosas maderas eminente, 

de ricos pastos y metales rica, 

si bien de ociosa y descuidada gente; 

en cuyos gruesos campos multiplica 

al mundo por venir, oro luciente, 

que ahora por las riberas de Caguaya 

forma en cercos de luz lustrosa raya. 


Aquí también, si el arco de la esfera 

incierta luz no llueve a mi memoria, 

el sacro pastoral báculo espera 

al que yo autor espero de esta historia: 

allí en sombras de eterna primavera, 

mientras tu fama al mundo hace notoria, 

en esperanzas de mayores bienes 

preciosa mitra ceñirá sus sienes. 


Ya del claro Genil la fértil vega, 

de sangre llena у de espantosas lides,

a quien ni Troya, Tebas, ni Argos llega

ni en sus batallas Héctores y Alcides,

entre el cristal que sus arenas riega,

las rojas cruces de sus brazos Cides,

en vitoriosas lanzas por las cumbres

de sus almenas formarán vislumbres


Cuando de nuestro mundo las señales 

por timbres campearán de su vitoria, 

y de estos encubiertos arenales, 

que al día hurtan la luz, harán memoria: 

mas no luego en colunas de cristales 

del plus ultra a volar saldrá la gloria, 

hasta que de Austria y Recaredo juntas

las sangres pongan sobre el sol sus puntas.


En una bella Juana, ilustre hija 

de Isabel y Fernando, ordena el cielo 

unión a estas heroicas sangres fija, 

y a la fama en su fruto inmortal vuelo: 

un sol que al mundo dé en vuelta prolija 

lumbre y amor, honor y miedo al suelo, 

y a su ley santa en riendas de oro atilde 

al soberbio alemán y al indio humilde. 


Y así en real pompa de su entrada al mundo 

la fortuna feliz ordena el modo, 

que, añadiendo al primero este segundo, 

invicto nazca Emperador de todo: 

y sin que espanten ya del mar profundo 

los anchos golfos su estandarte godo, 

la vuelta dé por cuanto gira en torno 

del día la luz, de la fortuna el torno.


Así el sabio en los senos de su cueva

los hados por venir descubre a España,

y en potentes retratos y en voz nueva

el curso teje de su vuelta extraña;

y en reforzada voz cuanto da y lleva

del tiempo el vuelo con que al mundo engaña

hacer quería presente, y con suave

vuelta a las suyas destorcer la llave.


Cuando en trueno confuso y rayo ardiente 

la máquina gimió del monte horrendo, 

y la gruta capaz de oro luciente 

al centro pareció bajar huyendo: 

ahora del mundo la deidad prudente, 

que a su gobierno asiste, el ronco estruendo 

diese, agraviada en ver vuelta una masa 

de clara luz las sombras de su casa: 


o sea , si ya no es esto lo más cierto, 

que el sabio Malgesí con nuevo engaño 

de oculto signo, o círculo encubierto, 

del aire hiciese el movimiento extraño: 

y, dejando al contrario mago muerto, 

libre huyese del pasado daño 

por las cavernas, o que el monte ciego 

roto se ardiese en invencible fuego. 


Como tal vez del rayo la violencia, 

que a la alta torre de un alcázar baja, 

si el duro jaspe en firme resistencia 

su vuelo impide, sus murallas raja, 

hunde los techos de oro sin clemencia, 

los frisos rompe, el mármol desencaja, 

y en ricas sillas de marfil sentados 

los graves reyes quedan desmayados; 


tal ruido se oyó, tal en un punto 

el suelo dio en terrible terremoto

tristes gemidos, resonando junto 

el yerto monte y el vecino soto: 

y el súbito estallido fiel trasunto 

de un mundo fue descuadernado y roto, 

cuando el quebrado cielo en fuego ardiente 

la tierra hará carbón y arder su gente.