Es literalmente imposible ser mujer. Eres tan hermosa y tan inteligente. Y me mata que no creas que eres lo suficientemente buena. O sea, siempre tenemos que ser extraordinarias, pero de alguna manera siempre lo hacemos mal. Tienes que ser delgada, pero no demasiado delgada, y nunca puedes decir que quieres ser delgada. Tienes que decir que quieres estar sana, pero también tienes que ser delgada. Tienes que tener dinero, pero no puedes pedirlo porque eso es grosero. Tienes que ser jefa, pero no puedes ser mala. Tienes que liderar, pero no puedes aplastar las ideas de los demás. Se supone que debes amar ser madre, pero no hables de tus hijos todo el maldito tiempo. Tienes que ser una mujer de carrera, pero también siempre estar pendiente de los demás. Tienes que responder por el mal comportamiento de los hombres, lo cual es una locura, pero si lo señalas, te acusan de quejarte. Se supone que debes mantenerte bonita para los hombres, pero no tan bonita que los tiente demasiado o que amenaces a otras mujeres, porque se supone que eres parte de la hermandad. Pero siempre destaca, y siempre sé muy agradecida, pero nunca olvides que el sistema está amañado, así que encuentra una manera de reconocerlo, pero también sé siempre agradecida. Nunca tienes que envejecer, nunca ser grosera, nunca presumir, nunca ser egoísta, nunca caer, nunca fallar, nunca mostrar miedo, nunca pasarte de la raya. ¡Es demasiado difícil! Es demasiado contradictorio, ¡y nadie te da una medalla ni te dice gracias! Y resulta, de hecho, que no solo lo estás haciendo todo mal, sino que también todo es tu culpa. Estoy tan cansada de verme a mí misma y a todas las demás mujeres atándonos en nudos para gustarnos a la gente. Y si todo eso también es cierto para una muñeca que solo representa a una mujer, entonces ni siquiera lo sé.
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jueves, 7 de agosto de 2025
lunes, 11 de mayo de 2020
Susan Griffin, La mujer fregaplatos
Susan Griffin, Un poema para una mujer friegaplatos
Este es un poema para una mujer friegaplatos.
Este es un poema para una mujer friegaplatos.
Debe ser repetido
Debe ser repetido
Una y otra vez
Una y otra vez
Porque la mujer lavaplatos
Porque la mujer lavaplatos
No puede oír bien
No puede oír bien
Este es un poema para una mujer friegaplatos.
Este es un poema para una mujer friegaplatos.
Debe ser repetido
Debe ser repetido
Una y otra vez
Una y otra vez
Porque la mujer lavaplatos
Porque la mujer lavaplatos
No puede oír bien
No puede oír bien
Etiquetas:
Feminismo,
Lírica estadounidense,
Literatura estadounidense,
Siglo XX
May Sinclair, donde el fuego nunca se acaba
Según Borges, el mejor cuento que leyó en su vida:
Donde el fuego nunca se acaba
May Sinclair (1863-1946)
En el huerto no había nadie; furtiva, Enriqueta Leigh se deslizó sin hacer ruido por el portón de hierro hacia el campo; Jorge Waring, teniente de la Marina, la esperaba allí.
Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el aroma a vino de flores de saúco, suave y tibio; y siempre que olía flores de saúco volvía a contemplarlo con su bello y noble rostro como de artista y sus ojos de oscuro azul.
Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven y quería esperar. Ella no había alcanzado aún los diecisiete, y él contaba veinte años, pero ya se creían casi viejos.
Ahora se despedían hasta que tres meses más tarde volviera su navío. Tras unas pocas palabras de promisión, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de flor de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol.
El reloj de la iglesia de la aldea dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. En la casa sonó un gong.
Se separaron con más rápidos y fervientes besos. Él se apresuró caminando a la estación del tren y ella volvió despacio por la senda, refrenando las lágrimas.
–¡Volverá en tres meses! ¡Puedo vivir aún tres meses más! –se decía.
Pero nunca volvió. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él.
Pasaron quince años.
Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en el salón de su casita de Maida Vale, donde habitaba sola desde hacía pocos años tras el fallecimiento de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Óscar Wade había fijado; sin embargo, no estaba segura de que viniera, porque lo había rechazado solo un día antes.
Y se preguntaba por qué razones lo recibía hoy, si el rechazo de ayer parecía definitivo y había pensado que no debía verlo nunca más y se lo había dicho bien claro.
Se veía a sí misma erguida en su silla, admirando su propia entereza, mientras él quedaba en pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a escucharse repitiendo que no podía y no debía verlo más y no se olvidara de su esposa, Muriel, a quien él no debía abandonar por otro capricho.
A lo que había respondido él, irritado y violento:
–No tengo por qué ocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos solo por el qué dirán.
Y ella, con serena dignidad:
–Y por el qué dirán, Óscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.
–¿De veras lo dice?
–Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.
Y él se había ido cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe.
Ella sentía pena por él: había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado el límite ¿no podrían, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que él se olvidara de cuanto le había dicho.
Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado con el té y renunciado a esperar más cuando, cerca de las seis, llegó él del mismo modo que había venido una docena de veces ya, con paso medido y cauto, con su porte algo arrogante y sus anchas espaldas alzándose al paso. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rubicunda, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, encrespaba su labio, que sobresalía sensual. Sus ojillos brillaban, de un pardo rojizo, ansiosos y animales.
Cuando no estaba él cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre se acobardaba al verlo tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo su Jorge Waring.
Se sentó frente a ella en un molesto silencio que rompió al fin:
–Bueno; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.
Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.
–¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Óscar!
Y él dijo que mejor era demostrárselo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, se fueron a un restaurante del Soho.
Óscar comía como un gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba de su liberalidad, ostentosa pero sin la menor mezquindad.
Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso de él, su cara encendida, le decían lo que estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, él la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.
Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba.
Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció el restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas alfombras turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y los semblantes de todos los colores, rasgos y expresiones de los clientes; también las luces en sus pantallitas rojas, que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe el agua; y la cara encendida de Óscar, que se encendía más y más con la cena. Siempre, cuando él se echaba atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.
Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Óscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado.
Estuvo cierta del final antes que él. Solo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.
De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas allí, en casa de ella.
Óscar se declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, y más allá, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que la repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad.
Para justificarse, pensaba en todas sus buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero.
Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos los hombres.
En la primera ocasión y pretexto que hubo en asuntos de él, fueron a París por separado.
Por tres días Óscar estuvo loco por ella, y ella por él.
A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, estalló ella en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le atacaba los nervios y no lo soportaba más. Óscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.
Ella trató con energía de creer que su abatimiento creciente venía de que su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento.
Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y para Óscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento, lo había podido amar realmente.
Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres.
En cambio, se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Después del miedo a ser descubiertos tras una enfermedad de Muriel, la esposa de Óscar, se añadió para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, porque seguía jurando que sus intenciones eran serias y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.
Esta idea la asustaba a veces en presencia de Óscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.
Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos ya conocían desde mucho antes, vino la ruptura; y la iniciativa fue de él.
Tres años después fue Óscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue un inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Óscar Wade.
Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diaconisa de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes Caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de su muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontrose otra vez con Óscar Wade. Caviló algo si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente.
Murió con su mano en la mano del vicario, que la oyó murmurar:
–Esto es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.
La agonía le arranchó la mano del vicario, y enseguida terminó todo.
Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y remirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora.
El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaba a definir; pero que parecían tener una relación con el cuerpo cubierto que yacía en la cama, que ella no asociaba a su persona.
Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior.
La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció aturdida con su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba todos los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.
El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminó por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo, esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Óscar Wade, que estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.
Ella retrocedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose a ella, y sus ojos la envolvían. Abrió ella la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves literales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al final consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Óscar Wade había desparecido.
Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Óscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hacía diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.
Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el pórtico del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final.
Y entonces, el horror del lugar la asaltó y, como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente allí.
Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta de madera torcida al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107.
Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Óscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta.
Ella se volvió horrorizada y corrió, con las rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguía hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.
Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella ya no sabía qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: “Si pudiera ir hacia atrás hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún”.
Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltas en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Óscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Óscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cuando notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.
De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, el camino cruzaba la aldea de su niñez.
¡Ah si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Óscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez.
Todo eso parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba sobre ello como vidrio. El paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, los semblantes de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando la servilleta cayó, era Óscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:
–Ya sabía que vendrías.
Comieron y bebieron en silencio.
–Es inútil que me huyas así –dijo él.
–Pero todo eso terminó –dijo ella.
–Allí, sí; aquí, no.
–Terminó para siempre.
–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.
–¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.
–No hay otra cosa.
–No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?
–¿Que recuerde? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo?… Para eso estamos aquí. Debemos: hay que hacerlo.
–No, no. Me voy ahora mismo.
–No puedes –dijo él–. La puerta está con llave.
–Óscar, ¿por qué la cerraste?
–Siempre fui así. ¿No recuerdas?
Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.
–Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?
–Habrá tiempo para hablar de la inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!…
Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Óscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo su cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el saúco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Óscar Wade.
–Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.
–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?
–Porque los reemplacé.
–Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.
–Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro pueda afectar lo pasado?
–Me iré lejos, muy lejos –dijo ella.
–Y esta vez iré contigo –dijo él.
El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Óscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Óscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.
–Alguna vez ha de acabar esto –dijo ella–. La vida no es eterna: moriremos al fin.
–¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Esta es la muerte, Enriqueta. Somos muertos. Estamos en el infierno.
–Sí. No puede haber nada peor que esto.
–Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada más allá, y no habrá otro recuerdo que este.
–Pero ¿por qué?, ¿por qué? –gritó ella.
–Porque eso es lo único que nos queda.
Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura.
Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin.
Llegó a un jardín de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas.
Al fondo del jardín había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol. Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.
Donde el fuego nunca se acaba
May Sinclair (1863-1946)
En el huerto no había nadie; furtiva, Enriqueta Leigh se deslizó sin hacer ruido por el portón de hierro hacia el campo; Jorge Waring, teniente de la Marina, la esperaba allí.
Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el aroma a vino de flores de saúco, suave y tibio; y siempre que olía flores de saúco volvía a contemplarlo con su bello y noble rostro como de artista y sus ojos de oscuro azul.
Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven y quería esperar. Ella no había alcanzado aún los diecisiete, y él contaba veinte años, pero ya se creían casi viejos.
Ahora se despedían hasta que tres meses más tarde volviera su navío. Tras unas pocas palabras de promisión, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de flor de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol.
El reloj de la iglesia de la aldea dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. En la casa sonó un gong.
Se separaron con más rápidos y fervientes besos. Él se apresuró caminando a la estación del tren y ella volvió despacio por la senda, refrenando las lágrimas.
–¡Volverá en tres meses! ¡Puedo vivir aún tres meses más! –se decía.
Pero nunca volvió. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él.
Pasaron quince años.
Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en el salón de su casita de Maida Vale, donde habitaba sola desde hacía pocos años tras el fallecimiento de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Óscar Wade había fijado; sin embargo, no estaba segura de que viniera, porque lo había rechazado solo un día antes.
Y se preguntaba por qué razones lo recibía hoy, si el rechazo de ayer parecía definitivo y había pensado que no debía verlo nunca más y se lo había dicho bien claro.
Se veía a sí misma erguida en su silla, admirando su propia entereza, mientras él quedaba en pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a escucharse repitiendo que no podía y no debía verlo más y no se olvidara de su esposa, Muriel, a quien él no debía abandonar por otro capricho.
A lo que había respondido él, irritado y violento:
–No tengo por qué ocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos solo por el qué dirán.
Y ella, con serena dignidad:
–Y por el qué dirán, Óscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.
–¿De veras lo dice?
–Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.
Y él se había ido cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe.
Ella sentía pena por él: había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado el límite ¿no podrían, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que él se olvidara de cuanto le había dicho.
Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado con el té y renunciado a esperar más cuando, cerca de las seis, llegó él del mismo modo que había venido una docena de veces ya, con paso medido y cauto, con su porte algo arrogante y sus anchas espaldas alzándose al paso. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rubicunda, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, encrespaba su labio, que sobresalía sensual. Sus ojillos brillaban, de un pardo rojizo, ansiosos y animales.
Cuando no estaba él cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre se acobardaba al verlo tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo su Jorge Waring.
Se sentó frente a ella en un molesto silencio que rompió al fin:
–Bueno; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.
Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.
–¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Óscar!
Y él dijo que mejor era demostrárselo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, se fueron a un restaurante del Soho.
Óscar comía como un gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba de su liberalidad, ostentosa pero sin la menor mezquindad.
Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso de él, su cara encendida, le decían lo que estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, él la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.
Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba.
Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció el restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas alfombras turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y los semblantes de todos los colores, rasgos y expresiones de los clientes; también las luces en sus pantallitas rojas, que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe el agua; y la cara encendida de Óscar, que se encendía más y más con la cena. Siempre, cuando él se echaba atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.
Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Óscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado.
Estuvo cierta del final antes que él. Solo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.
De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas allí, en casa de ella.
Óscar se declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, y más allá, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que la repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad.
Para justificarse, pensaba en todas sus buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero.
Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos los hombres.
En la primera ocasión y pretexto que hubo en asuntos de él, fueron a París por separado.
Por tres días Óscar estuvo loco por ella, y ella por él.
A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, estalló ella en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le atacaba los nervios y no lo soportaba más. Óscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.
Ella trató con energía de creer que su abatimiento creciente venía de que su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento.
Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y para Óscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento, lo había podido amar realmente.
Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres.
En cambio, se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Después del miedo a ser descubiertos tras una enfermedad de Muriel, la esposa de Óscar, se añadió para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, porque seguía jurando que sus intenciones eran serias y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.
Esta idea la asustaba a veces en presencia de Óscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.
Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos ya conocían desde mucho antes, vino la ruptura; y la iniciativa fue de él.
Tres años después fue Óscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue un inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Óscar Wade.
Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diaconisa de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes Caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de su muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontrose otra vez con Óscar Wade. Caviló algo si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente.
Murió con su mano en la mano del vicario, que la oyó murmurar:
–Esto es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.
La agonía le arranchó la mano del vicario, y enseguida terminó todo.
Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y remirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora.
El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaba a definir; pero que parecían tener una relación con el cuerpo cubierto que yacía en la cama, que ella no asociaba a su persona.
Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior.
La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció aturdida con su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba todos los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.
El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminó por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo, esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Óscar Wade, que estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.
Ella retrocedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose a ella, y sus ojos la envolvían. Abrió ella la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves literales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al final consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Óscar Wade había desparecido.
Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Óscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hacía diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.
Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el pórtico del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final.
Y entonces, el horror del lugar la asaltó y, como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente allí.
Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta de madera torcida al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107.
Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Óscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta.
Ella se volvió horrorizada y corrió, con las rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguía hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.
Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella ya no sabía qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: “Si pudiera ir hacia atrás hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún”.
Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltas en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Óscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Óscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cuando notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.
De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, el camino cruzaba la aldea de su niñez.
¡Ah si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Óscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez.
Todo eso parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba sobre ello como vidrio. El paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, los semblantes de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando la servilleta cayó, era Óscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:
–Ya sabía que vendrías.
Comieron y bebieron en silencio.
–Es inútil que me huyas así –dijo él.
–Pero todo eso terminó –dijo ella.
–Allí, sí; aquí, no.
–Terminó para siempre.
–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.
–¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.
–No hay otra cosa.
–No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?
–¿Que recuerde? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo?… Para eso estamos aquí. Debemos: hay que hacerlo.
–No, no. Me voy ahora mismo.
–No puedes –dijo él–. La puerta está con llave.
–Óscar, ¿por qué la cerraste?
–Siempre fui así. ¿No recuerdas?
Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.
–Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?
–Habrá tiempo para hablar de la inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!…
Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Óscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo su cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el saúco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Óscar Wade.
–Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.
–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?
–Porque los reemplacé.
–Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.
–Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro pueda afectar lo pasado?
–Me iré lejos, muy lejos –dijo ella.
–Y esta vez iré contigo –dijo él.
El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Óscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Óscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.
–Alguna vez ha de acabar esto –dijo ella–. La vida no es eterna: moriremos al fin.
–¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Esta es la muerte, Enriqueta. Somos muertos. Estamos en el infierno.
–Sí. No puede haber nada peor que esto.
–Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada más allá, y no habrá otro recuerdo que este.
–Pero ¿por qué?, ¿por qué? –gritó ella.
–Porque eso es lo único que nos queda.
Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura.
Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin.
Llegó a un jardín de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas.
Al fondo del jardín había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol. Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.
miércoles, 6 de diciembre de 2017
Erica Jong, Envidia del pene
"Envidia del pene", de Erica Jong (Estados Unidos, 1942)
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.
Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.
Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.
Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes...
mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.
Erica Jong, incluido en Siete poetas norteamericanas contemporáneas (UNAM, México, 2008, selec. y trad. de Beth Miller).
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.
Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.
Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.
Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes...
mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.
Erica Jong, incluido en Siete poetas norteamericanas contemporáneas (UNAM, México, 2008, selec. y trad. de Beth Miller).
viernes, 2 de noviembre de 2012
Eurípides, Medea. La condición de la mujer.
MEDEA (Desde el interior de la casa). ¡Ay!
¡Desgraciada de mí, qué infeliz, qué dolor!
¡Ay, ay, ay! ¡Ay de mí! ¿Cómo puedo morir?
NODRIZA
Ahí tenéis, hijos míos, iracunda está ya
vuestra madre, pues el dolor trastornó su índole.
Corred cuanto antes a casa y allí entrad,
no os pongáis cerca de ella, que no os pueda ver,
no acercaos y tened mucho cuidado
con el fiero talante y atroz natural de su mente cruel.
¡Vamos, pues, rápido, pasad aquí dentro!
(El pedagogo entra con los niños en el interior de la casa.)
Se ve bien que esa nube que empieza a surgir,
cargada de lamentos, muy pronto va a arder
estallando en más fuerte pasión. ¿Qué irá a hacer
ese carácter que el mal ha mordido
y en que hay un orgullo muy grande y tenaz?
MEDEA (Desde el interior.) ¡Ay, ay!
¡Sufro, mísera, sufro, tormentos sin fin!
¡Vuestro padre y la casa con él!
NODRIZA
¡Ayayay! ¡Ayayay, desdichada de mí!
¿Qué culpa existe en los hijos, qué tienen que ver ellos
con las faltas del padre? ¿Los odias? ¿Por qué?
Temo, niños, y siento que vais a sufrir;
es terrible el antojo de un rey que el servir
no conoce, sino sólo el constante mandar,
y duros resultan sus cambios de humor.
Avezarse a vivir siempre igual es mejor
y por lo menos a mí me toque envejecer
sin grandeza, pero estando en seguro lugar.
Ya las cosas medianas, con sólo decir
su nombre, resultan deseables y son
preferibles en su uso a las excesivas, que no
se muestran oportunas jamás al mortal,
sino más desastres a una casa, si atacan
las iras de un dios, eso dan.
(Entra el coro, formado por quince mujeres de Corinto.)
CORO
Escucho sus gemidos y lamentos,
sus agudos clamores lastimeros,
contra el esposo que su lecho infama;
invoca, sintiéndose ofendida,
a Temis, guardiana de los votos que hizo
de surcar de noche la onda salada
hasta la Hélade opuesta, llave del gran mar. (Medea sale a escena y se dirige al coro.)
MEDEA
¡Oh, mujeres corintias! Salgo de casa para que
no me hagáis reproches; pues, mientras sé que muchos
hombres, tanto íntima como públicamente
se muestran asaz orgullosos, a otros su vivir tranquilo
hace pasar por indolentes. Pues no son siempre justos
los ojos de la gente y hay quien, no conociendo bien
el interior del prójimo, lo contempla con odio, sin mediar ofensa alguna.
Si debe el extranjero cumplir con la ciudad,
no alabo al natural que, amargo y altanero,
se muestra con ellos con falta de tacto.
A mí este suceso, que vino inesperado,
me ha destrozado el ánimo: perdida estoy, no tengo
ya apego a la vida; quiero morir, amigas.
Porque mi esposo, que era todo para mí, como
él muy bien sabe, ha resultado ser el peor de los hombres.
De todas las criaturas que tienen mente y alma
no hay especie más desgraciada que la de las mujeres.
Primero han de acopiar dinero con que compren
un marido que en amo se torne de sus cuerpos,
lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay.
Y en ello es fundamental el hecho de que sea
buena o mala la compra, porque el divorcio
no es honroso para las mujeres ni rehuir al cónyuge.
Llega, pues, una a nuevos usos y debe
trocarse en adivina, pues no aprendió nada de soltera
sobre cómo con su esposo comportarse.
Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no protesta
contra el yugo, vida envidiable es; pero, si tal no ocurre,
morirse vale más. El marido, si se aburre de estar
con la familia, en la calle al fastidio de su humor pone fin;
nosotras, a nadie más a quien mirar tenemos.
¡Y dicen que vivimos en casa una existencia
segura, mientras con la lanza combaten!
Sin razón empero: tres veces preferiría yo formar
con el escudo, antes que parir una sola.
Pero a mí no me cuadra el mismo lenguaje que a ti:
tú tienes esta ciudad, la casa de tus padres,
los goces de la vida, el trato con los amigos,
y, por el contrario, yo padezco el ultraje de mi esposo,
que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada, sin patria,
madre, hermanos ni parientes en los cuales
pudiera echar ancla frente a tamaño infortunio.
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Poesía social,
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jueves, 8 de noviembre de 2007
Poemas de Margarita Hickey
Margarita Hickey, Poemas
Que el verdadero sabio, donde quiera
que la verdad y la razón encuentre,
allí sabe tomarla, y la aprovecha
sin nimio detenerse en quién la ofrece.
Porque ignorar no puede, si es que sabe,
que el alma, como espíritu, carece
de sexo. Pues cada día, instantes y momentos,
vemos aventajarse las mujeres
en las artes y ciencias a los hombres,
si con aplicación su estudio emprenden.
De bienes destituidas,
víctimas del pundonor,
censuradas con amor,
y sin él desatendidas;
sin cariño pretendidas,
por apetito buscadas,
conseguidas, ultrajadas;
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas.
Son monstruos inconsecuentes,
altaneros y abatidos;
humildes, si aborrecidos;
si amados, irreverentes;
con el favor, insolentes;
desean, pero no aman;
en las tibiezas se inflaman,
sirven para dominar;
se rinden para triunfar;
y a la que los honra infaman.
Poema Soneto Definiendo El Amor O Sus Contrariedades de Margarita Hickey
Borrasca disfrazada en la bonanza,
engañoso deleite de un sentido,
dulzura amarga, daño apetecido,
alterada quietud, vana esperanza.
Desapacible paz, desconfianza,
desazonado gozo mal sufrido,
esclava libertad, triunfo abatido,
simulada traición, fácil mudanza.
perenne manantial de sentimientos,
efímera aprehensión que experimenta
dolorosas delicias y escarmientos.
Azarosa fortuna, cruel, violenta,
zozobra, sinsabor, desabrimientos,
risa en la playa y en el mar tormenta.
Que el verdadero sabio, donde quiera
que la verdad y la razón encuentre,
allí sabe tomarla, y la aprovecha
sin nimio detenerse en quién la ofrece.
Porque ignorar no puede, si es que sabe,
que el alma, como espíritu, carece
de sexo. Pues cada día, instantes y momentos,
vemos aventajarse las mujeres
en las artes y ciencias a los hombres,
si con aplicación su estudio emprenden.
De bienes destituidas,
víctimas del pundonor,
censuradas con amor,
y sin él desatendidas;
sin cariño pretendidas,
por apetito buscadas,
conseguidas, ultrajadas;
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas.
Son monstruos inconsecuentes,
altaneros y abatidos;
humildes, si aborrecidos;
si amados, irreverentes;
con el favor, insolentes;
desean, pero no aman;
en las tibiezas se inflaman,
sirven para dominar;
se rinden para triunfar;
y a la que los honra infaman.
Poema Soneto Definiendo El Amor O Sus Contrariedades de Margarita Hickey
Borrasca disfrazada en la bonanza,
engañoso deleite de un sentido,
dulzura amarga, daño apetecido,
alterada quietud, vana esperanza.
Desapacible paz, desconfianza,
desazonado gozo mal sufrido,
esclava libertad, triunfo abatido,
simulada traición, fácil mudanza.
perenne manantial de sentimientos,
efímera aprehensión que experimenta
dolorosas delicias y escarmientos.
Azarosa fortuna, cruel, violenta,
zozobra, sinsabor, desabrimientos,
risa en la playa y en el mar tormenta.
sábado, 24 de febrero de 2007
HOMBRES NECIOS QUE ACUSÁIS, Sor Juana Inés de la Cruz
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de los mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata,
y si os admite es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Más entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejáos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cual mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que se cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cual es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón.
acusaréis la afición;
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de los mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata,
y si os admite es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Más entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejáos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cual mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que se cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cual es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón.
acusaréis la afición;
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
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