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sábado, 2 de septiembre de 2023

Juan José Millás, Articuentos

[Algunos articuentos de José Millás]

Dios

En el campo suceden muchas cosas. Ahora mismo se ha detenido sobre el teclado del ordenador un saltamontes que mira con un ojo lo que escribo y con el otro me contempla a mí. Es evidente que no sabe lo que ve, pero no importa porque no mira para él, sino para alguien lejano: para Dios. Dios está ciego, de otro modo no se entiende que haya creado tantos ojos, y tan diferentes, para controlar el universo. La suma de la mirada del saltamontes y la mía arroja un resultado de superficies horadadas y cuerpos cavernosos por cuyos túneles se arrastra Dios intentando entender su creación.Le grito al saltamontes que se aparte, pero no me oye. Quizá sea capaz de percibir el roce de una babosa sobre la hierba, pero no le llega mi voz, como a mí no me llega el ruido  de  su  mandíbula  al  masticar.  Los  dos  oímos  para otro: para Dios, sin duda, que está sordo. Por eso ha llenado el mundo de los insectos, mamíferos, aves y reptiles que  graban  toda  clase  de  sonidos  y  conversaciones  para él.  La  suma  de  lo  que  recogen  mis  oídos  y  los  del  saltamontes es la sinfonía con la que se desayuna Dios, mientras huele la mañana con nuestro olfato.

El saltamontes ha recogido un resto orgánico del teclado  del  ordenador  —quizá  una  escama  microscópica de la yema de mis dedos— y lo mastica al tiempo que yo trago  saliva.  ¿Comeremos  también  para  Dios?,  me  pregunto.  Dios  no  soporta  no  tener  estómago,  por  eso  ha llenado el universo de abdómenes especializados en digerir para él. Dios carece de vista, tacto, oído, olfato, gusto. Quizá no existe, así que para tapar esa carencia atroz ha llenado  el  universo  de  anélidos,  lamelibranquios,  vertebrados, acéfalos, reptiles... Todo te parece poco si no existes,  y  demasiado  si  un  día,  al  asomarte  a  los  ojos  de  un insecto,  comprendes  que  aunque  es  él  el  que  te  mira,  es otro el que te ve.

Gripe

La gripe viene de Asia; los fantasmas, del armario; el terror,  de  las  sombras.  La  gripe  es  un  proceso.  Un  día, después de comer, empiezas a mirar las cosas con cierta extrañeza.  Te  parece  que  tus  compañeros  de  trabajo  se mueven a una velocidad excesiva; además, no tienen frío, mientras que tú, desde hace dos o tres horas, sientes en la espalda  —tan  deshabitada  habitualmente—  un  movimiento  especial,  como  si  alguien  hubiera  abierto  una ventana a la altura de los riñones. Los muebles del despacho son opacos; no comunican nada, excepto esta voluntad intransitiva. En la calle, los coches y la gente arrastran una  pesadez  mortal.  Parecen  manejados  a  distancia  por un mecánico poco hábil. A lo mejor no te has dado cuenta  todavía  de  que  tienes  fiebre,  pero  lo  cierto  es  que  las articulaciones de tu cuerpo han empezado a enviar leves mensajes  de  aflicción  que  se  traducen  en  un  estado  de ánimo  que  tiende  a  la  indiferencia.  Al  acostarte,  te  has encogido con placer y tu mujer te ha dicho que estás ardiendo.  Estás  ardiendo.  Mañana  tenías  un  compromiso importante y te hace gracia pensar que el compromiso no te importa nada, como el resto de la realidad.

Los  huesos  todavía  no  te  duelen  demasiado,  de  manera que fantaseas con que vas a poder leer. Tres días de cama,  dos  novelas.  No  acabas  de  coger  el  sueño,  ahora estás  algo  excitado.  Haces  un  repaso  de  la  semana  y  te sorprendes de la pasión que has puesto en placeres absurdos, perecederos. Te duermes y sueñas los pasos de tu madre en el pasillo. Eres un niño y el mundo no depende de ti. Puedes ser irresponsable y eso te proporciona un latigazo de felicidad. Te encoges un poco más y notas los dedos de tu madre en la frente.

Algo  así  no  puede  venir  de Asia,  tiene  que  proceder de lo más hondo de uno mismo, como los fantasmas que parecen salir del armario, como el terror que emerge de las sombras.

Tus eosinófilos

A  esta  hora  de  la  mañana  te  toca  análisis  de  sangre. Ahí estarás, pues, ofreciendo la cara interna de tu brazo a alguien que lo estrangulará con una goma a la altura del bíceps  para  que  se  manifieste  la  vena,  la  vena  tuya,  que aparece  enseguida  como  un  clítoris  asustado  en  la  zona más frágil de esa articulación. Ahí está la aguja rompiendo la barrera de la piel, penetrando con violencia calculada en el vaso, del que extraerá unos centímetros de plasma lleno de leucocitos, linfocitos, monocitos, neutrófilos, eosinófilos...  Todo  lo  que  te  pertenece  suena  a  música, también tus hematocritos y tu hemoglobina y tus hematíes. Ahí está ya tu sangre roja cruzando la ciudad en un tubo de ensayo mientras tú sacas el coche del parking y pones  una  canción  de  Antonio Vega  que  cantarás  entre semáforo  y  semáforo.  Tu  sangre  por  un  lado,  tu  cuerpo por otro y yo por otro. 

Ahora  imagino  que  soy  el  técnico  de  laboratorio  al que  le  llega  la  muestra  que  acaban  de  robarte  y  que  en vez de analizarla me la bebo. Me bebo todas las muestras que llevan tu nombre como me comería todas tus biopsias, corazón. Y daría cuenta también a ojos cerrados de tu fósforo, de tu creatinina, de tu calcio total y de tu albúmina, aunque para ello tuviera que beberme la muestra de orina que tan delicadamente, tras bajarte las braguitas de espuma, has depositado sobre el frasco estéril de  plástico.  Tú  atravesando  la  ciudad  en  una  dirección, tu orina en otra y yo mismo en otra, cada uno víctima de un metabolismo, de una transaminasa, de una fosfatasa alcalina, de un tiempo de sedimentación, de unos iones, de  una  desintegración  lipídica,  de  unos  marcadores  tumorales. Pienso a estas horas de la mañana en tu glucosa basal y me excito como un adolescente. Cuántas palabras inauditas componen tu cuerpo, amor. Y todas llueven en este instante sobre la ciudad.

Limpiadoras.

En un acto académico celebrado en la Universidad de Nueva York, al que fuimos invitados no hace mucho un grupo  de  escritores  de  distintas  nacionalidades,  aunque todos de habla española, intervino de repente una mujer que  se  encontraba  entre  el  público.  Primero  nos  felicitó por todo lo que hasta entonces habíamos dicho, y a continuación nos explicó que ella era portorriqueña y que se ganaba la vida en aquella ciudad limpiando oficinas por las noches.

Yo  ya  conocía  a  estas  mujeres  que  entraban  en  los grandes edificios de la burocracia neoyorquina cuando la mayoría  de  la  población  se  metía  en  la  cama,  y  que  se pasaban la noche deambulando por aquellos espacios vacíos arrastrando una aspiradora o blandiendo una gamuza para el polvo: mi hotel se encontraba frente a uno de estos  edificios  y,  como  solía  llegar  tarde  e  insomne  a  la habitación, intentaba atraer el sueño bebiendo el último vaso de agua, mientras contemplaba la fantasmal actividad que se desarrollaba a esas horas en el edificio de enfrente.

La  mujer  describió  con  enorme  habilidad  el  sentimiento  de  indefensión  y  soledad  que  provocaba  a  tales horas  entrar  en  un  ascensor  o  bajar  por  unas  escaleras fantasmales.

Todos estábamos fascinados por su relato, pero también  un  poco  incómodos,  porque  no  sabíamos  hacia dónde se dirigía. Finalmente, denunció que la mayoría de aquellas mujeres que limpiaban oficinas en turno de noche padecían una situación permanente de acoso sexual por parte de sus jefes, que por lo general eran blancos y norteamericanos.

Este final fue saludado por un largo e inquietante silencio que el moderador rompió al fin, señalando educadamente que aquello, aun siendo terrible, no tenía nada que  ver  con  aquel  acto  académico.  ¿Realmente  no  tenía nada que ver?, me pregunté esa noche frente al edificio de oficinas que había frente a mi hotel. Quizá no, pero es lo único que mi memoria ha logrado salvar de ese viaje.

Fuera de mí.

Estoy lejos de casa por razones de trabajo. Gracias a un  programa  informático  y  a  las  cámaras  que  he  dispuesto en las habitaciones, puedo entrar en ella desde mi portátil. Visitar de este modo clandestino mi propio salón es como penetrar dentro de mi cráneo a espaldas de mí mismo. Mis ideas o mis obsesiones (no es fácil distinguir  las  unas  de  las  otras)  son  mis  muebles,  mis  libros, mi chimenea y los objetos repartidos por aquí o por allá. Quiere  decirse  que  mis  ideas  no  son  mías,  puesto  que toda  la  vivienda  está  equipada  con  muebles  de  Ikea. Nunca había visto con tanta claridad que, más que pensar,  soy  pensado,  y  por  un  empresario  sueco  para  más extrañeza, pues jamás he visitado aquel país. ¡De qué sitios  tan  raros  nos  vienen  las  ideas  que  tomamos  por nuestras!  En  esto,  aparece  una  sombra  y,  enseguida,  el cuerpo que la proyecta. Se trata de una amiga a la que he pedido que vaya de vez en cuando a echar un vistazo y a regar  las  plantas.  Ella  no  sabe  que  me  conecto  desde  la habitación de un hotel, no sabe que la observo. Por alguna razón incomprensible, tras quedarse en bragas y sujetador, recorre el salón manoseando mis libros, mis objetos,  mis  muebles,  mis  ideas  en  fin.  Pero  también  ella, pienso, es una idea mía (quizá una obsesión), yo mismo le facilité las llaves del piso. Sabía que las mujeres se paseaban desnudas por el interior de mi cráneo, pero no de mi  piso.  Compruebo  con  perplejidad  que  tengo  pocas ideas,  y  todas  de  una  pobreza  extrema.  Mi  amiga  no  es sueca, es extremeña, pero encaja bien con los muebles de Ikea. Ahora se ha sentado en el sofá que yo mismo armé con la paciencia del que arma un sistema filosófico y ha encendido  mi  televisión  holandesa  (una  Philips).  Empieza a masturbarse, de modo que salgo a cien por hora de  mi  propio  cráneo  (¿o  era  mi  piso?)  y  me  quedo  en suspenso, como fuera de mí.

Enhebrar la aguja

Una tía mía, cuando algo le resultaba muy complicado, decía que era más difícil que «enhebrar una aguja en un pajar». Yo nunca había visto un pajar, pero le enhebraba todas las agujas a mi madre, ya fuera en el cuarto de estar o en el salón, por lo que no entendía el problema de hacerlo en un pajar.

—¿Cómo son los pajares, mamá?

—De  madera,  imagino,  con  los  techos  muy  altos. Sólo los he visto en las películas. Qué preguntas haces.

—¿Y por qué resulta tan difícil enhebrar una aguja en un pajar?

—¿Quién dice que es difícil?

—La tía Asunción.

—Lo que la tía querrá decir es que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el cielo.

A veces es mejor no preguntar porque las cosas se van complicando  de  forma  progresiva.  ¿Qué  tenían  que  ver los  ricos  y  los  camellos  en  aquella  historia?  La  infancia está  llena  de  imágenes  incomprensibles,  de  asociaciones disparatadas. A partir de aquel día siempre que le enhebraba una aguja a mi madre pensaba en los ricos y en los camellos. Muchas noches soñé con un millonario que intentaba pasar por el ojo de una aguja, mientras un camello llamaba a las puertas del cielo, o viceversa. En aquella época estaba francamente preocupado por el más allá, y no sabía si mi habilidad enhebradora sería un salvoconducto o una dificultad para entrar en la gloria. Una cosa estaba clara: que no era rico ni camello. Lo primero me daba igual. Lo segundo me dolía.

En esas estábamos cuando un día, en el recreo del colegio, se le perdió a alguien una peseta y se puso a llorar. El profesor de física salió a ver qué pasaba y aseguró que dar con aquella peseta iba a ser más difícil que encontrar una  aguja  en  un  pajar.  Me  quedé  espantado,  porque  se trataba de una nueva versión de las agujas y de los pajares. Cuando llegué a casa, interrogué a mi madre:

—¿Es  más  fácil  encontrar  una  aguja  en  un  pajar  o que un rico entre en el cielo?

—No sé, hijo, qué cosas se te ocurren. Me parece que lo  difícil  era  lo  del  camello,  pero  tampoco  estoy  segura.

Entre  tanto,  por  si  no  hubiera  bastantes  agujas  en nuestra vida, de vez en cuando llegaba el practicante y te ponía una inyección.

—¿Qué  haría  usted  si  se  le  perdiera  la  aguja  en  un pajar? —preguntaba yo al practicante.

—Anda, anda, no digas tonterías y bájate los panta­lones.

No conseguí salir de dudas, pues. Y ahora hago como que sí, pero en el fondo todo me sigue pareciendo incomprensible. La vida es difícil, más que enhebrar una aguja en el cielo, o que meter a un camello en un pajar. La vida es dura, sí, sobre todo si uno ha decidido no bajarse los pantalones ni siquiera frente al practicante.

Escribir

13.15. Todos  los  tripulantes  de  los  compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas  aquí.  Tomamos  esta  decisión  como  consecuencia  del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas.» Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas  que  exhalan  un  pánico  que  ni  siquiera  nombra.  Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. [Se refiere a la tragedia ocurrida en agosto del año 2000, en la que falleció toda la tripulación del submarino nuclear de la Armada de Rusia, K141 Kursk.] Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.

Naturalmente,  lo  que  no  dice  ocupa  más  de  lo  que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin  estos  sobreentendidos  primordiales,  la  escritura  resultaría imposible.

Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja  pregunta  de  para  qué  sirve  la  literatura.  Sirve  para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento  a  otro  con  los  calcetines  mojados. Y  tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.

El libro

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la  oficina,  pero  de  súbito  eres  arrebatado  por  esa  masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en  el  dormitorio  de  esa  misma  casa  ha  empezado  a  enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.

Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves los papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre  el  argumento  desdichado  o  feliz  que  estaba  en  la novela,  del  mismo  modo  que  los  exploradores  vuelven con malarias de África o de Molokai con lepra.

Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse  cuando  descendiste  del  autobús.  Pura  materia  oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.

Las moscas

Estos primeros días de septiembre, en el campo, son duros para los insectos: entran las moscas por la ventana, atolondradas, en busca de un poco de calor, y te das cuenta de que ya están tocadas por la muerte. Una de ellas se coloca sobre la pantalla del ordenador, fascinada por sus reflejos  verdosos,  y  sigue  dócilmente  la  trayectoria  del cursor. Las letras van apareciendo a medida que recorre la pantalla, como si fueran producciones de su abdomen. Me hago, pues, la ilusión de que el texto es de ella; quizá sabe que tiene que morir con el frío de una de estas madrugadas de septiembre y quiere contar al universo cómo se soporta una existencia de mierda que por fortuna sólo dura un verano.

Mala época esta para los insectos: ahora entra por la ventana de mi cuarto una avispa con el abdomen desgarrado  por  su  propio  aguijón;  seguramente  lo  ha  metido donde no debía. El aguijón de las avispas está preparado para  atacar  a  animales  de  cuerpo  quebradizo,  de  donde entra y sale con facilidad, pero si pican a un mamífero el arpón  queda  atrapado  entre  sus  carnes  y  al  intentar  sacarlo  se  abren  a  sí  mismas  en  canal.  Tiene  los  segundos contados esta avispa que vuela atropelladamente antes de caer, arrugada, sobre los periódicos del día.

También  ahora,  los  zánganos  de  las  abejas  son  expulsados  a  empujones  de  la  colmena.  Quizá  recuerden, mientras la intemperie los mata, los mediodías dorados por el sol en que fueron el juguete sexual de una reina. Septiembre,  a  menos  que  seas  una  reina  altiva  o  una obrera sumisa, te va a poner un nudo en la garganta, ya verás.  La  mosca  responsable  de  esta  columna  lo  sabía bien: acaba de morir sobre una tecla, de manera que cierro sobre ella, respetuosamente, la tapa de mi ordenador, como si fuera el ataúd que la naturaleza no me da. Buenos días, tristeza.

Números

El Pin del móvil y el Puk del módem, la contraseña de iTunes, el teléfono fijo de mamá, el prefijo de Asturias, la clave de acceso al cajero automático, la matrícula del coche, el número del DNI, la inflación interanual, el producto interior bruto, el diferencial de la deuda, la talla de los  pantalones  y  la  ropa  interior,  las  dimensiones  de  la pena,  los  31  días  de  enero  y  los  28  de  febrero,  tu  cumpleaños,  nuestro  aniversario  y  el  del  fallecimiento  de papá,  el  tiempo  de  cocción  del  huevo  duro  y  la  cadu­cidad del yogur, las cucharadas diarias de jarabe, la can­tidad  de  sal,  el  valor  de  referencia  de  la  urea,  las  pulsa­ciones  por  minuto,  la  temperatura  del  microondas,  las horas de insomnio, la línea 5 del metro y el vía crucis de las  12  estaciones,  los  dígitos  de  la  hipoteca,  el  IVA,  el IRPF,  el  euríbor,  el  tanto  por  ciento  de  descuento,  los puntos de la tarjeta de Iberia, la hora de entrada, la numerología  china,  los  honorarios  del  dentista,  los  dedos de  la  mano,  los  pelos  de  la  cabeza  (pocos),  los  pares  de calcetines, la cuenta del supermercado, el cuentakilómetros, el cuenta revoluciones, el contador del gas, de la luz, las páginas de Anna Karenina, los volúmenes de la enciclopedia  Espasa,  el  limitador  de  velocidad,  los  metros cuadrados construidos y los hábiles, los cuartos de baño, los puntos de luz, el salario bruto y el líquido, los años de cotización,  el  tiempo  de  carencia,  la  tercera  temporada de Mad Men, la cuarta de El ala Oeste de la Casa Blanca, la  quinta  de Los  Soprano,  el  control  del  peso,  el  podó­metro, el metrónomo, los litros de agua consumidos, los goles  del  domingo,  el  porcentaje  de  seguimiento  de  la huelga según los sindicatos, según la policía, según el Gobierno,  la  patronal  o  Dios,  el  décimo  de  Navidad  (que acabe  en  7),  la  indemnización  por  año  trabajado.  Y  la sala 10 del tanatorio, por ejemplo.

Maniobra

Cuando mis padres decidieron separarse, me preguntaron con quién quería irme a vivir, pero yo había cumplido treinta años y me pareció que podía ser el momento de independizarme. Además, no quería hacer daño al no elegido. Así que cada uno se fue por su lado en un curioso estallido familiar que no había estado en los cálculos de ninguno. Yo  cogí  un  apartamento  con  mucho  sol  y  una gran terraza para llevarme las macetas de mamá, que dijo que no quería volver a verlas. Las regaba con el cuidado que le había visto poner a ella, hablándoles a las hojas, y por las noches recorría el piso revisando la llave del gas y los interruptores  de  la  luz  con  la  expresión  concentrada  de mi padre antes de que nos fuéramos a dormir. Todo iba bien hasta que a los pocos meses se presentó papá en casa y tras muchos rodeos me confesó que volvía con mamá. Por lo visto desde la semana siguiente a la separación no habían dejado de verse ni de comer juntos en restaurantes caros a los que no se les había ocurrido llevarme nunca. También iban al cine con frecuencia, y al teatro, y más de un fin de semana se habían escapado a París como dos jóvenes  alocados,  viviendo  un  romance  improcedente  a todas luces. Total, que mientras yo regaba las plantas de ella y cultivaba las manías de él, siempre obsesionado con que a la azalea no le faltaran sus minerales, ni la luz del recibidor  se  quedara  encendida  al  irme  a  la  cama,  ellos llevaban la vida que me correspondía a mí. El mundo al revés.

Me  dio  vergüenza  decir  que  yo  también  quería irme  a  vivir  con  ellos  y  me  he  quedado  más  solo  que  la una. Lo peor es que no puedo dejar de pensar que todo ha sido una maniobra para echarme de casa. Por mi gusto, me casaría, pero no sé cómo se hace. Los geranios están bastante bien, pero la cisterna del retrete pierde agua.

Cuento de Navidad

Un día, por estas fechas, llegó a casa de algún modo inexplicable un jamón. Su presencia produjo en la familia un choque emocional indescriptible. Parecía una pata incorrupta más que un fiambre. Lo colgamos del techo de la despensa y cada poco íbamos a adorarlo en su soledad aromática. Mi madre nos explicaba cómo debía partirse y de qué grosor debían ser las lonchas, asegurando que en las  profundidades  de  aquella  carne  oscura  permanecía enterrado un hueso que serviría para hacer caldo. Pero si le preguntábamos cuándo comenzaríamos a comérnoslo, ella decía indefectiblemente:

—Cuando tengamos un cuchillo de cortar jamón.

No  creáis  que  sirve  cualquiera.  Habíamos  aceptado que aquel cuchillo específico debería aparecer de un modo extraordinario o sobrenatural en nuestras vidas y esperábamos su advenimiento con ansiedad religiosa. Entre tanto, por mi casa pasaban cada tarde amigos del colegio que venían a ver el jamón. Los recuerdo entrando en la vivienda sobrecogidos ya por lo que les habíamos contado, pero cuando abríamos la despensa y aparecía colgado del techo aquel resto porcino cubierto de grasa dorada y melancólica, la gente no llegaba a caer de rodillas, pero casi.

Y cuando mis padres tenían visita, después de haberles dado de merendar un café con galletas revenidas, mi madre se disculpaba por no haberles ofrecido un poco de jamón.

—Es  que  no  tenemos  cuchillo  —añadía  a  modo  de disculpa.

Como quiera que las visitas pusieran un gesto de escepticismo, ella iba a la despensa y volvía con el fiambre en  brazos,  mostrándolo  con  el  mismo  orgullo  que  si  se tratara de un hijo que hubiera terminado empresariales.

A los pocos meses, comenzaron a salirle gusanos de lo más hondo, pues quizá estaba mal curado, y no tuvimos la oportunidad de contemplar el milagro del hueso. En lugar de tirarlo a la basura, lo enterramos en el patio de atrás, como si hubiera fallecido, y hasta hace muy poco, siempre que pasábamos por delante de su tumba, derramábamos unas lágrimas. Felices Pascuas


Eduardo Galeano, Los hijos de los días (366 microrrelatos)

HIJOS DE LOS DIAS

Eduardo Galeano

Los hijos de los días reúne 366 historias, una para cada día del año. En ellas, Galeano capta instantáneas que reflejan la vida de hombres y mujeres célebres o anónimos. Hechos sorprendentes o curiosos, situados en diversas épocas y lugares, que muestran las fragilidades de personajes conocidos y la grandeza de los ignorados. La obra se convierte así en un calendario originalísimo, capaz de revelar todo lo que esconde la sucesión previsible de los días.

enero 7

La nieta


Soledad, la nieta

de Rafael Barrett,

solía recordar

una frase del abuelo:

–Si el Bien no existe,

hay que inventarlo.

Rafael,

paraguayo por elección,

revolucionario

por vocación,

pasó más tiempo

en la cárcel que en la casa,

y murió en el exilio.

La nieta fue acribillada

a balazos en Brasil,

en el día de hoy de 1973.

El cabo Anselmo,

marinero insurgente,

jefe revolucionario,

fue quien la entregó.

Harto de ser

un perdedor,

arrepentido de todo

lo que creía y quería,

él delató, uno por uno,

a sus compañeros

de lucha contra

la dictadura militar

brasileña, y los envió

al suplicio o al matadero.

A Soledad,

que era su mujer,

la dejó para el final.

El cabo Anselmo

señaló el lugar donde ella

se escondía, y se alejó.

Ya estaba en el aeropuerto

cuando sonaron

los primeros tiros.


* * *


enero 9

elogio de la brevedad


Hoy se publicó,

en Filadelfia, en 1776,

la primera edición

de Sentido común.

Thomas Paine, el autor,

sostenía que la

independencia era un asunto

de sentido común

contra la humillación

colonial y la ridícula

monarquía hereditaria,

que tanto podía coronar

a un león como a un burro.

Este libro de cuarenta y ocho páginas

se difundió más

que el agua y el aire,

y fue uno de los papás

de la independencia

de los Estados Unidos.

En 1848, Karl Marx

y Friedrich Engels

escribieron las veintitrés

páginas del

Manifiesto comunista,

que empezaba advirtiendo:

Un fantasma

recorre Europa…

Y ésta resultó ser la obra

que más influyó sobre

las revoluciones

del siglo veinte.

Y veintiséis páginas

sumaba la exhortación

a la indignación que

Stéphane Hessel

difundió en el año 2011.

Esas pocas palabras

ayudaron a desatar

terremotos de protesta

en varias ciudades.

Miles de indignados

invadieron las calles

y las plazas,

durante muchos días

y noches, contra la dictadura

universal de los banqueros

y los guerreros.


* * *

enero 10

distancias


Tosiendo marchaba

el coche. Y a los tumbos,

apilados dentro del coche,

viajaban unos músicos.

Ellos iban a alegrar

una reunión de campesinos,

pero ya llevaban

un largo rato perdidos

en los hirvientes caminos

de Santiago del Estero.

Los despistados

no tenían a quién preguntar.


* * *


enero 12

la urgencia

de llegar


En esta mañana

del año 2007,

un violinista ofreció

un concierto en una

estación de metro de

la ciudad de Washington.

Apoyado contra la pared,

junto a un tacho de basura,

el músico,  que más parecía

un muchacho de barrio,

tocó obras de Schubert

y otros clásicos, durante

tres cuartos de hora.

Mil cien personas

pasaron sin detener

su apurado camino.

Siete se detuvieron

durante algo más

que un instante.

Nadie aplaudió.

Hubo niños que quisieron quedarse, pero fueron

arrastrados por sus madres.

Nadie sabía que él

era Joshua Bell,

uno de los virtuosos

más cotizados y

admirados del mundo.

El diario The Washington Post

había organizado

este concierto.

Fue su manera

de preguntar:

-¿Tiene usted tiempo

para la belleza?



* * *


enero 17

el hombre que

fusiló a dios


En 1918,

en Moscú,

en plena efervescencia

revolucionaria,

Anatoli Lunacharski

encabezó el tribunal

que juzgó a Dios.

Una Biblia

fue sentada

en el banquillo

de los acusados.

Según el fiscal,

Dios había cometido,

a lo largo de la historia,

numerosos crímenes

contra la humanidad.

El abogado de oficio

alegó que Dios

era inimputable,

porque padecía

demencia grave;

pero el tribunal

lo condenó a muerte.

Al amanecer

del día de hoy,

cinco ráfagas

de ametralladora

fueron disparadas

al cielo.


* * *

enero 27

para que escuches

el mundo


Hoy nació, en 1756,

Wolfgang Amadeus Mozart.

Siglos después, hasta los

bebés aman la música que nos dejó.

Está comprobado,

muchas veces

y en muchos lugares,

que el recién nacido

llora menos y duerme mejor

cuando escucha

la música de Mozart.

Es la mejor bienvenida

al mundo,

la manera mejor de decirle:

–Ésta es tu nueva casa.

Y así suena.


* * *


febrero 27

También los bancos

son mortales


Todo verdor perecerá,

había anunciado la Biblia.

En 1995, el Banco Barings,

el más antiguo

de Inglaterra,

cayó en bancarrota.

Una semana después, fue

vendido por un precio total de una (1) libra esterlina.

Este banco había sido el

brazo financiero del

imperio británico.

La independencia

y la deuda externa

nacieron juntas

en América Latina.

Todos nacimos debiendo.

En nuestras tierras,

el Banco Barings

compró países,

alquiló próceres,

financió guerras.

Y se creyó inmortal.


* * *


febrero 26

africa mía


A fines del

siglo diecinueve,

las potencias coloniales

europeas se reunieron,

en Berlín,

para repartirse el África

Fue larga y dura la pelea

por el botín colonial,

las selvas, los ríos,

las montañas,

los suelos, los subsuelos,

hasta que las nuevas

fronteras fueron

dibujadas y en el día

de hoy de 1885

se firmó, en nombre

de Dios Todopoderoso,

el Acta General.

Los amos europeos

tuvieron el buen gusto

de no mencionar el oro,

los diamantes, el marfil,

el petróleo, el caucho,

el estaño, el cacao,

el café ni el aceite de palma;

prohibieron que

la esclavitud fuera

llamada por su nombre;

llamaron sociedades

filantrópicas a las

empresas que

proporcionaban carne

humana al mercado

mundial; advirtieron

que actuaban movidos

por el deseo de favorecer

el desarrollo del comercio

y de la Civilización y,

por si hubiera

alguna duda,

aclararon que actuaban

preocupados por aumentar

el bienestar moral

y material de las

poblaciones indígenas.

Así Europa inventó

el nuevo mapa del África.

Ningún africano estuvo,

ni de adorno,

en esa reunión cumbre.


* * *


marzo 18

con los dioses

adentro


En la cordillera de los Andes,

los conquistadores españoles

habían expulsado

a los dioses indígenas.

Extirpada fue

la idolatría.

Pero allá

por el año 1560,

los dioses regresaron.

Viajaron con sus

grandes alas,

venidos no se sabe

de dónde,

y se metieron

en los cuerpos

de sus hijos,

desde Ayacucho

hasta Oruro,

y en esos cuerpos

bailaron.

Las danzas, que

bailaban la rebelión,

fueron castigadas

con el azote o la horca,

pero no hubo manera

de pararlas.

Y siguieron anunciando

el fin de la humillación.

En lengua quechua,

la palabra ñaupa

significa fue,

pero también

significa será. 


* * *


agosto 30

dia de los

desaparecidos


Desaparecidos:

los muertos sin tumba,

las tumbas sin nombre.

Y también:

los bosques nativos,

las estrellas

en la noche

de las ciudades,

el aroma de las flores,

el sabor de las frutas,

las cartas escritas

a mano,

los viejos cafés

donde había tiempo

para perder el tiempo,

el fútbol de la calle,

el derecho a caminar,

el derecho a respirar,

los empleos seguros,

las jubilaciones seguras,

las casas sin rejas,

las puertas sin cerradura,

el sentido comunitario

y el sentido común.


* * *


marzo 20

el mundo

al revés


El 20 de marzo

del año 2003,

los aviones de Irak

bombardearon

los Estados Unidos.

Tras las bombas,

las tropas iraquíes

invadieron el territorio

norteamericano.

Hubo numerosos

daños colaterales.

Muchos civiles

estadounidenses,

en su mayoría

mujeres y niños,

perdieron la vida

o fueron mutilados.

Se desconoce

la cifra exacta,

porque la tradición

manda contar

las víctimas de

las tropas invasoras

y prohíbe contar

las víctimas

de la población

invadida. 

La guerra

fue inevitable.

La seguridad de Irak,

y de la humanidad

entera,

estaba amenazada

por las armas de

destrucción masiva

acumuladas en

los arsenales

de los Estados Unidos.

Ningún fundamento

tenían, en cambio,

los rumores insidiosos

que atribuían a Irak

la intención de quedarse

con el petróleo

de Alaska.


* * *


noviembre 22

día de la música


Según cuentan

los memoriosos,

en otros tiempos

el sol fue el dueño

de la música,

hasta que el viento

se la robó.

Desde entonces,

para consolar al sol,

los pájaros le ofrecen

conciertos al principio

y al fin de cada día.

Pero los alados cantores

no pueden competir

con los rugidos

y los chillidos

de los motores

que gobiernan

las grandes ciudades.

Ya poco

o nada

se escucha

el canto de los pájaros.

En vano

se rompen el pecho

queriendo

hacerse oír,

y el esfuerzo por sonar

cada vez más alto

arruina sus trinos.

Y ya las hembras

no reconocen

a sus machos.

Ellos las llaman,

virtuosos tenores,

irresistibles barítonos,

pero en el

barullo urbano

no se distingue

quién es quién,

y ellas

terminan aceptando

el abrigo

de alas extrañas.


* * *


marzo 6

la florista


Georgia O’Keeffe

vivió pintando,

durante casi un siglo,

y pintando murió.

Sus cuadros

alzaron un jardín

en la soledad

del desierto.

Las flores de Georgia, clítoris, vulvas, vaginas, pezones, ombligos,

eran los cálices

de una misa

de acción de gracias

por la alegría

de haber nacido mujer.


* * *


octubre 12

el descubrimiento


En 1492,

los nativos descubrieron que eran indios,

descubrieron

que vivían

en América,

descubrieron

que estaban desnudos, descubrieron

que existía el pecado,

descubrieron

que debían obediencia

a un rey y a una reina

de otro mundo

y a un dios

de otro cielo,

y que ese dios

había inventado

la culpa y el vestido

y había mandado

que fuera quemado vivo

quien adorara al sol

y a la luna

y a la tierra

y a la lluvia

que la moja.


* * *


abril 3

buenos muchachos


En 1882,

una bala entró

en la nuca

de Jesse James.

La disparó

su mejor amigo,

para cobrar

a recompensa.

Antes de convertirse

en el más famoso

bandolero,

Jesse había combatido

contra el presidente

Lincoln, en las filas

del ejército esclavista

del sur.

Cuando los suyos

perdieron la guerra,

no tuvo más remedio

que cambiar de trabajo.

Así nació la banda

de Jesse James.

La banda, que usaba

máscaras del

Ku Klux Klan,

inició sus actividades

asaltando un tren por primera vez en la historia

de los Estados Unidos;

y tras desplumar

a todos los pasajeros,

se dedicó a desvalijar

bancos y diligencias.

La leyenda cuenta

que Jesse fue algo así

como un Robin Hood

del Salvaje Oeste,

que robaba a los ricos

para ayudar a los pobres, pero nunca nadie

conoció a un pobre

que hubiera recibido

una moneda de sus manos.

En cambio,

sí está probado

que él ayudó mucho

a Hollywood.

La industria del cine

le debe cuarenta películas, casi todas exitosas,

donde los más famosos astros, desde Tyrone Power hasta Brad Pitt,

han empuñado

su revólver humeante.


* * *


septieembre 8

día de la

alfabetización


Sergipe,

nordeste del Brasil:

Paulo Freire

inicia una nueva

jornada de trabajo

con un grupo de

campesinos

muy pobres,

que se están

alfabetizando.

-¿Cómo estás, João?

João calla.

Estruja su sombrero.

Largo silencio,

y por fin dice:

-No pude dormir.

Toda la noche

sin pegar los ojos.

Más palabras

no le salen de la boca,

hasta que murmura:

-Ayer yo escribí

mi nombre

por primera vez.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Baltasar Gracián, El Críticon, III parte

CRISI CUARTA

El Mundo descifrado

Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.

Esto les decía a nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, que le habían ganado cuando perdido él a su Adevino.

—Tenéis buen gusto —les decía—, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo; porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto; pieles extendidas, esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios a esos cielos, iluminados de luces en vez de rasgos, y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo, porque como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados e inescrutables, Asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de hallar perdidos, sin acertar a leer palabra ni conocer letra, ni un rasgo ni un tilde.

—¿Cómo es eso —replicó Andrenio—, que el mundo todo está cifrado?

—Pues ¿agora recuerdas con eso? ¿Agora te desayunas de una tan importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto habrás hecho de las cosas!

—¿De modo que todas están en cifra?

—Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad de quien todos huían, y vosotros de los primeros?

—¿Quién había de ser —respondió Andrenio— sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aun me dura el espanto de haberle visto?

—Pues hágote saber que era el Odio, el primogénito de la Verdad: ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.

—Aguarda —dijo Critilo—, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle ni tratarle, ¿quién era?

—Ése es el postrero, el que llega tarde. A ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.

—¡Pero, qué no tuviésemos suerte de ver la Verdad —se lamentaba Andrenio— ni aun esta vez, estando tan cerca especialmente en su elemento, que dicen es muy hermosa, no me puedo consolar!

—¿Cómo que no la viste? —replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba—. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros; y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos, ni saben ni entienden. En llegando a sus cosas, desatinan; de modo que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos: saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. Pero ¿no viste alguna de tantas bellísimas hembras que por allí discurrían?

—Sí, muchas, y bien lindas.

—Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas más hermosas, que el tiempo, que todo lo desluce, a la Verdad la embellece.

—Sin duda —añadió Critilo— que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, era la Verdad.

—La misma.

—Yo la besé —dijo Andrenio— la una de sus blancas manos, y la sentí tan amarga que aún me dura el sinsabor.

—Pues yo —dijo Critilo— la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas qué linda estaba y muy de día; todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno: ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres, y así de los demás. Pero, entre todas estas perfecciones, excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.

—Pues a mí —replicó Andrenio— me pareció toda al contrario, y aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por extremo.

—Paréceme —dijo el Descifrador— que vivís ambos muy opuestos en genio; lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.

—A mí —dijo Critilo— pocas cosas me satisfacen del todo.

—Pues a mí —dijo Andrenio— pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno, y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.

—Y aun necios —replicó Critilo.

Interpúsose el Descifrador:

—Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra, y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos, que las mujeres y los maridos es cosa cierta, cuanto más los suegros y cuñados: el dote fiado y la suegra de contado. Las más de las cosas no son las que se leen: ya no hay entender pan por pan, sino por tierra, ni vino por vino, sino por agua, que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¡qué serán los hombres! Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son, y son lo que parecen.

—¿Cómo puede ser eso —replicó Andrenio—, si todas ellas de pies a cabeza, no son otro que una mentirosa lisonja?

—Yo te lo diré: porque las más parecen malas, y realmente que lo son. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra para ver si el que os hace mucha cortesía quiere engañaros, si el que besa la mano, querría morderla, si el que gasta mejor prosa os hace la copla, si el que promete mucho cumplirá nada, si el que ofrece ayudar tira a descuidar, para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos letores, que entienden C por B, y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan a ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman de discurrir los entendidos.

—Pues, dime —preguntó Andrenio—, éstos que vamos encontrando ¿no son hombres en todo el mundo, y aquellas otras no son bestias?

—¡Qué bien lo entiendes! —le respondió en pocas palabras y mucha risa—. ¡Eh!, que no lees cosa a derechas. Advierte que los más, que parecen hombres, no lo son, sino diptongos.

—¿Qué cosa es diptongo?

—Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer, y una mujer que habla como hombre; diptongo es un marido con melindres, y la mujer con calzones; diptongo es un niño de sesenta años, y uno sin camisa crujiendo seda; diptongo es un francés inserto en español, que es la peor mezcla de cuantas hay; diptongo hay de amo y mozo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bien mal, un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo hay de sol y de luna en la variedad y belleza; diptongo toparéis de sí y de no, y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son diptongos en el mundo, unos compuestos de fieras y hombres, otros de hombres y bestias; cuál de político y raposo, y cuál de lobo y avaro; de hombre y gallina muchos bravos, de hipógrifos muchas tías, y de lobas las sobrinas, de micos y de hombres los pequeños, y los agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, que conversar con un necio no es otro que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos afectados son buñuelos sin miel, y los podridos, bizcochos de galera. Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua, y destos toparéis muchos; aquel otro que os parece un Hércules con clava no es sino con rueca, que son muchos los diptongos afeminados. Los peores son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo (pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud), así como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en particulares, y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino de oro, advertid que son borregos, y que los Cornelios son ya Tácitos, y los Lucios, Apuleyos. Pero ¿qué mucho?, si aun en las mismas frutas hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas, y compraréis manzanas y os dirán que son peras. ¿Qué os diré de las paréntesis aquellas que ni hacen ni deshacen en la oración, hombres que ni atan ni desatan? No sirven sino de embarazar el mundo. Hacen algunos número de cuarto conde y quinto duque en sus ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad, que hay paréntesis del valor y digresiones de la fama. ¡Oh cuántos destos no vinieron a propósito ni a tiempo!

—De verdad —dijo Critilo— que me va contentando este arte de descifrar, y aun digo que no se puede dar un paso sin él

—¿Cuántas cifras habrá en el mundo? —preguntó Andrenio.

—Infinitas, y muy dificultosas de conocer, mas yo prometo declararos algunas, digo las corrientes, que todas sería imposible. La mas universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el &c.

—Ya la he oído usar algunas veces —dijo Andrenio—, pero nunca había reparado como ahora ni me daba por entendido

—¡Oh que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando dos y pasar otro: «¿Quien es aquél?» «¿Quién? Fulano.» «No lo entiendo.» «¡Oh válgame Dios!, dice el otro: aquel que… etcétera» «¡Oh!, sí, sí ya lo entiendo.» Pues eso es el etcétera. «¿Aquella otra quien es?» «¿Qué, no la conocéis?» «Aquélla es la que… etcétera.» «Sí, sí ya doy en la cuenta.» «Aquél es cuya hermana… etcétera.» «No digáis mas, que ya esto al cabo.» Pues eso es el etcétera Enfadase uno con otro y dícele: «¡Quite allá, que es un… etcétera! ¡Vayase para una… etcétera.» Entiéndense mil cosas con ella, y todas notables. Reparad en aquel monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensareis que es su marido?

—¿Pues qué había de ser?

—¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—No se puede decir: es ¡un etcétera!

—¡Válgate por la cifra, y quién había de dar con ella!

—Aquella otra, que se nombra tía, no lo es.

—¿Pues qué?

—Etcétera. La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido; ¡eh, que no lo son, por ningún caso! No son sino etcétera. El sobrino del tío, que no lo es, sino etcétera, digo sobrino de su hermano. Hay cien cosas a esta traza que no se pueden explicar de otra manera, y así echamos un etcétera cuando queremos que nos entiendan sin acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho mas de lo que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y que llena carta de ellas; pero si no van preñadas, son sencillas y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron el Licenciado de etcétera, así como a otro el licenciado del chiste. Reparad bien, que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.

—Gran cifra es ésta —decía Andrenio—, abreviatura de todo lo malo y lo_peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Que preñada y que llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca, y todas raras! Yo la repasare muy bien.

—Pues pasemos adelante —dijo el Descifrador—. Otra os quiero enseñar que es más dificultosa, y por no ser tan universal, no es tan común, pero muy importante.

—¿Y cómo la llaman?

—Qutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye muchas y muy enfadosas impertinencias, y se descifra por ella la necia afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras con pocas razones?

—Sí, y aun parece hombre discreto.

—Pues no lo es, sino un afectado, un presumido, y, en una palabra, él es un qutildeque. Notad aquel otro que se compone y hace los graves y los tiesos, aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos, aquél que va vendiendo secretos.

—Parecen grandes hombres.

—Pues no lo son, sino que lo querrían parecer; no son sino figuras en cifra de qutildeque. Reparad en aquel atusadillo que se va paseando la mano por el pecho, y diciendo: «¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!» Pues aquel otro que no le pesa haber nacido, también es qutildeque. El atildado, estáse dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el acartonado, y otros muchos de la categoría del enfado, todos estos se descifran por la qutildeque.

—¡Qué docto se quiere ostentar aquél! —dijo Andrenio—. ¡Qué bien vende lo que sabe!

—Señal que es ciencia comprada, y no inventada. Y advierte que no es letrado; más tiene de qutildeque, que de otras letras. Todos estos atildados afectan parecer algo, y al cabo son nada. Y si acertáis a descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de qutildeque.

—¡Aguarda!, ¿y aquellos otros —dijo Andrenio—, tan alzados y dispuestos, que parece los puso en zancos la misma naturaleza o que su estrella los aventajó a los demás, y así los miran por encima del hombro y dicen?: «¡Ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos?», éstos sí que serán muy hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

—¡Oh qué mal que lees! —le dijo el Descifrador—. Advierte que lo que menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean realzados, y aunque crecieron tanto, no llegaron a ser personas. Lo cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel refrán: «Hombre largo, pocas veces sabio.»

—Pues ¿de qué sirven en el mundo?

—¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón, y es decir que no se ha de medir uno por las zancas, no por cierto, sino por la testa; que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas no el espíritu; quédaseles del cuello abajo, no pasa tan arriba; y así veréis que por maravilla les llega a la boca, y se les conoce en la poca sustancia con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón que por allí pasa, las calles y plazas anexia, y con todo eso, anda mucho y discurre poco.

—¡Oh lo que abarca aquel otro de suelo! —ponderaba Andrenio.

—Sí, pero cuán poquito de cielo, y aunque tal alto, muy lejos está de tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis muchos en el mundo; tendréislos en lo que son llevando la contracifra. Por otra parte, veréis que se paga mucho el vulgo de ellos, y más cuanto más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, miden la calidad por la cantidad, y como los ven hombres de fachada, conciben dellos altamente; llena mucho una gentil presencia; por poco que favorezca el espíritu, parece uno doblado, y más si es hombre de puesto. Pero ya digo, por lo común ellos, bien descifrados, no son otro que zancones.

—Según eso —dijo Andrenio—, aquellos otros sus antípodas, aquellos pequeños, y por otro nombre ruincillos (que por maravilla escapan de ahí), aquellos que hacen del hombre porque no lo son, siquiera por parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, gente de polvorín, picantes granos; aquel que se estira porque no le cabe el alma en la vaina; el otro gravecillo que afecta el ser persona y nunca sale de personilla, con poco se llena; chimenea baja y angosta toda es humos; todos estos sí que serán letras.

—De ningún modo, digo que no lo son.

—¿Pues qué?

—Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de enes. Por eso es menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de puntillas; ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta, ni de sus otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos, y así dice el catalán: Poca cosa para forsa. Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre muy pequeño, ni les escuchaba. Llevan el alma en pena: si andan, no tocan en tierra, porque van de puntillas, y si se sientan, ni tocan ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia, y así tienen malas entrañuelas; son de casta de sabandijas pequeñas, que todas pican que matan. Al fin, ellos son abreviaturas de hombres y cifra de personillas. Otra cifra me olvidaba que os importará mucho el conocerla, la más platicada y la menos sabida; entiéndense mil cosas en ella, y todas muy al contrario de lo que pintan, y por eso se han de leer al revés. ¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la intención?

—Claro es eso —respondió Andrenio.

—¿Creeréis que es un beato?

—Y con razón.

—Pues sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—Un alterutrum.

—¿Qué cosa es alterutrum?

—Una gran cifra que abrevia el mundo entero, y todo muy al contrario de lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un león?

—Yo por tal le tengo.

—En lo rapante ya podría, pero aténgome más a las plumas de gallina que tremola que a las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y autorizada, ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mentón?

—Téngole por un Bártulo moderno.

—Pues no es sino un alterutrum, un semicapro lego, de quien decía un mecánico: «Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la vecindad mi herrería.» ¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro! Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata, que no es sino un alterutrum que, de achaque de gorrón de Salamanca, come hoy lo que entonces ayunó, los veinte mil de renta, cuando se están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de estos alterutrunes, muy otros de lo que se muestran, que todo pasa en representación: para unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto, todos pasan en cifra de alterutrum. Observadle bien, que si no, a cada paso tropezaréis en ella: estudiad la contracifra de suerte que no a todo vestido de sayal tengáis por monje, ni el otro porque roce seda dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias que volvieron de Roma borregos felpados de oro; al oficial veréis en cifra de caballero, al caballero de título, al título, de grande, al grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el que ayer con el mandil; lleva el nieto la insignia verde, y llevó el abuelo el babador amarillo; jura éste a fe de caballero, y pudiera de gentil. Cuando oigáis a uno prometerlo todo, entended alterutrum, que dará nada; y cuando responda el otro a vuestra súplica un sí, sí duplicado, creed alterutrum, que dos afirmaciones niegan, así como dos negaciones afirman; esperad más de un no, no, que de un doblado sí, sí. Cuando al pagar dice el médico no, no, habla en cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: «Señor, veámonos» es decir que no os le pongáis delante. El «Yo iré a vuestra casa» es lo mismo que no pondrá los pies en ella. «Aquí está mi casa» es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: «¿Habéis menester algo?», bien descifrado es lo mismo que decir: «Pues idlo a buscar.» Y cuando dice: «Mirad si se os ofrece alguna cosa», entonces echa otro ñudo a la bolsa. A esta traza habéis de descifrar los más apretados cumplimientos: «Todo soy vuestro», entended que es muy suyo. «¡Oh lo que me alegro de veros!», y más de aquí a veinte años. «Mandadme algo», entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio, y en llegando la contracifra de la ocasión se halla engañado. Otras muchas hay que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, quedarán para otra ocasión.

—Ésas —replicó Critilo, que a todo había callado— me holgara yo saber en primer lugar; porque estas otras que nos has dicho, los niños las aprenden en la cartilla.

—Ahí verás —dijo el Descifrador— que aun comenzando tan temprano a estudiarlas, tarde llegan a entenderlas; a los niños los destetan con ellas, y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad las contracifras, que esas otras yo os ofrezco explicároslas en el arte de discurrir para que haga pareja con la de concebir. Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta era para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. Hoy vieron a la una y otra acera a varias oficinas, aunque tenidas por mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal sutileza que pasaban plaza de aciertos: doraban albardas, estatuas, terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían muy bien de luego, pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el lodo.

—Basta —dijo Critilo— que no es todo oro lo que reluce.

—Aquí sí —respondió el Descifrador— que hay que discurrir y bien que descifrar.
Creedme que por más que se quieran dorar los desaciertos, ellos son yerros y lo parecerán después. Querernos persuadir que el matar un príncipe, y por su mano, ¡horrible hazaña!, a sus nobilísimos cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que fue celo de justicia: díganle al que tal escribe que es querer dorar un yerro. Defender que el otro rey no fue cruel ni se ha de llamar así, sino el justiciero: díganle al que tal estampa que tiene pequeña mano para tapar la boca a todo el mundo. Decir que el perseguir los propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida, que fue obligación y no pasión: respóndaseles que por más que los quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. Publicar que el dejamiento y remisión que ocasionó más muertes de grandes y de señores que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia: díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el hierro y triunfará la verdad.

Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron, pero la lograron, diciendo era debido a su vejez; cebóse en ellos Andrenio, celebrándolos mucho, mas el 
Descifrador, tomando uno en la mano:

—¿Veis —dijo— qué bocado tan regalado éste? ¡Pues si supiésedes lo que es!

—¿Qué ha de ser —dijo Andrenio— sino un terrón de azúcar de Candia?

—Pues sabed que fue un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante moral y sin el agrio satírico. Este otro que cruje entre los dientes era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte, y tan celebrados por grandes hombres: confitan su agria condición y su aspereza a los principios, azucaran otros el no y el mal despacho, enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado. Esta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza como agria en lo interior; atended qué dulce se vende con el buen modo: ¡quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables, y hanlas conficionado de suerte que son regalo. Ésta era flor de azahar, que ya hasta los azares se confitan y son golosina, y hay hombres tan hallados con ellos como Mitrídates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un pepino, escándalo de la salud, y aquel otro un almendruco, que hay gustos que se ceban en un poco de madera. De modo que andan unos a cifrar, y otros a descifrar y dar a entender.

Junto a éstos estaban los tintoreros, dando raros colores a los hechos. Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los sucesos, y así daban muy bien color a lo más mal hecho y echaban a la buena parte lo mal dicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por bueno: historiadores de pincel, no de pluma, dando buena o mala cara a todo lo que querían. Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la boca con el almizcle y el ámbar. Solos a los sogueros celebró mucho el Descifrador, por andar al revés de todos.

En llegando aquí se sintieron tirar del oído, y aun arrebatarles la atención. Miraron a un lado y a otro, y vieron sobre un vulgar teatro un valiente decitore rodeado de una gran muela de gente, y ellos eran los molidos; teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. Éste pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba vendiendo maravillas.

—¡Agora quiero mostraros —les decía— un alado prodigio, un portento del entender! Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que lo son; pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto de cosas tan altas y sutiles. ¡Alerta, pues, mis entendidos!, que sale un águila de Júpiter que habla y discurre como tal, que se ríe a lo Zoilo y pica a lo Aristarco; no dirá palabra que no encierre un misterio, que no contenga un concepto con cien alusiones a cien cosas: todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.

—Éste —dijo Critilo—, sin duda, será algún rico, algún poderoso, que si él fuera pobre nada valiera cuanto dijera: que se canta bien con voz de plata y se habla mejor con pico de oro.

—¡Ea! —decía el Charlatán—, tómense la honra los que no fueren águilas en el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va, nadie se mueve? El caso fue que ninguno se dio por entendido, de desentendido; antes, todos, por muy entendedores; todos mostraron estimarse mucho y concebir altamente de sí. Comenzó ya a tirar de una grosera brida y asomó el más estólido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.

—¡He aquí —exclamó el Embustero— un águila a todas luces en el pensar, en el discurrir! Y ninguno se atreva a decir lo contrario, que sería no darse por discreto.

—Sí, ¡juro a tal! —dijo uno—, que yo le veo las alas, y ¡qué altaneras!; yo le cuento las plumas, y ¡qué sutiles que son! ¿No las veis vos? —le decía al del lado.

—¡Pues no —respondía él—, y muy bien!

Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:

—Juro como hombre de bien que yo no veo que sea águila ni que tenga plumas, sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.

—¡Ta, ta!, no digáis eso —le replicó un amigo—, que os echáis a perder, que os tendrán por un gran etcétera. ¿No advertís lo que los otros dicen y hacen? Pues seguid el corriente.

—¡Juro a tal —proseguía otro varón también de entereza—, que no sólo no es águila, sino antípoda de ella! Digo que es un grande etcétera.

—Calla, calla —le dio del codo otro amigo—, ¿queréis que todos se rían de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo contrario, que así hacemos nosotros.

—¿No notáis —gritaba el Charlatán— las sutilezas que dice? No tendrá ingenio quien no las note y observe.

Y al punto saltó un bachiller diciendo:

—¡Qué bien, qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué sentencia! Déjenmela escribir: lástima es que se les pierda un ápice. Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, bastante a confundir un concejo, con tal torrente de necedades que quedaron todos aturdidos, mirándose unos a otros.

—¡Aquí, aquí, mis entendidos! —acudió al punto el ridículo Embustero—, ¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el decir? ¿Hay más discreción en el mundo? Mirábanse los circunstantes, y ninguno osaba chistar ni manifestar lo que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; antes, todos comenzaron a una voz a celebrarle y aplaudirle.

—A mí —decía una muy ridicula bachillera— aquel su pico me arrebata, no le perderé día.

—Voto a tal —decía un cuerdo, así, bajito— que es un asno en todo el mundo, pero yo me guardaré muy bien de decirlo.

—¡Pardiez —decía otro—, que aquello no es razonar, sino rebuznar! Pero mal año para quien tal dijese. Esto corre por agora, el topo pasa por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho ¿Qué me va a mí en lo contrario? Sienta yo conmigo y hable yo con todos, y vivamos, que es lo que importa. Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio de otros.

—¿Hay tal dar en una necedad? —ponderaba.

Y el socarrón del Embustero, a sombra de su nariz de buen tamaño, se estaba riendo de todos y solemnizaba a parte, como paso de comedia:

—¡Cómo que te los engaño a todos éstos! ¿Qué más hiciera la encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.

Y volvía a gritar:

—¡Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio!

Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso. Y hacía lo que todos Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba, y volviéndose a su mudo Descifrador le dijo:

—¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia, y hasta cuándo tú has de callar?
¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?

—¡Eh!, ten espera —le respondió— hasta que el tiempo lo diga; él volverá por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa, y entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos que le admiran. Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero [con] aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros a hablar claro:

—¡Juro —decía uno— que no era ingenio, sino un bruto!

—¡Qué brava necedad la nuestra! —dijo otro.

Conque se fueron animando todos y decían.

—¿Hay tal embuste?

—De verdad que no le oímos decir cosa que valiese, y le aplaudíamos: al fin, él era un jumento, y nosotros merecemos la albarda.

Mas ya en esto volvía a salir el Charlatán prometiendo otro mayor portento: —¡Agora sí —decía— que os propongo no menos que un famoso gigante, un prodigio de la fama! ¡Fueron sombra con él Encelado y Tifeo! Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buena ventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo. Mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél; no sólo no alcanzará merced alguna, pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo, que sale, que se ostenta! ¡Oh cómo se descuella!

Corrió una cortina y apareció un hombrecillo que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo a la mano, una nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.

—¿Qué hacéis que no gritáis?, ¿cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: ¡el famoso, el eminente, el gran hombre! Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos: «Señores, ¿qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?»
Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó a voz en grito a decir:

—¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran principe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!

Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo; comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre que se atreviese a decir lo contrario; antes, todos, al que más podía, gritaban:

—¡El gigante, el máximo, el mayor! —esperando cada uno un oficio y un beneficio, y decían en secreto, allá en sus interioridades—: ¡Qué bravamente que miento, que no es crecido, sino un enano! Pero, ¿qué he de hacer? ¡Mas no sino andaos a decir lo que sentís, y medraréis! Deste modo visto yo, y como y bebo y campo, y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese a todo el mundo, él ha de ser gigante.

Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó a gritar:

—¡El gigante, el gigante, el gigantazo!

Y al punto granizaron sobre él dones y doblones, y decía: —¡Esto sí que es saber vivir!
Estaba deshaciéndose Critilo y decía:

—Yo reventaré si no hablo.

—No hagas tal —le dijo el Descifrador—, que te pierdes. Aguarda a que vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa. Así fue, que al mismo punto que acabó de hacer su papel de gigante y se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos a decir:

—¡Qué bobería la nuestra! ¡Eh, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni fue cosa ni valió nada!
Y dábanse el cómo unos a otros.

—¡Qué cosa es —dijo Critilo— hablar de uno en vida, o después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas o bajo los pies!
No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes, echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí, y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dio en decir que era un escarabajo, y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fue cuando le vio sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:

—¡Veis aquí el cristal de las maravillas! ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, mal nacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella (que las más lindas suelen salir con tales fealdades), aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios, no tienen que llegarse a mirar, porque no verán cosa. ¡Alto, que le descubro, que le careo! ¿Quien mira? ¿Quién ve? Comenzaron unos y otros a mirar, y todos a remirar, y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh fuerza del embuste!, ¡oh tiranía del artificio!, por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano, mal nacido, hijo de etcétera, o tonto o mentecato, comenzaron a decir mil necedades de marca:

—¡Yo veo, yo veo! —decía uno.

—¿Qué ves?

—La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.

—Yo veo —decía otro— resplandecer el carbunclo en una noche de diciembre.

—Yo oigo —decía otro— cantar el cisne.

—Yo —dijo un filósofo— la armonía de los cielos al moverse.

Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo que dijo que veía el mismo ente de razón, tan claro que le podía tocar con las manos.

—Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.

—Yo las partes proporcionales.

—Y yo las indivisibles —dijo un secuaz de Zenón.

—Pues yo la cuadratura del círculo.

—¡Más veo yo! —gritaba otro.

—¿Qué cosa?

—¿Qué cosa? El alma en la palma, por señas, que es sencillísima.

—Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público que por el privado.

A esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían, y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse por no ser el primero a romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.

—¿Para cuándo aguardas tú —le dijo Critilo a su Descifrador— esa tu habilidad, si aquí no la sacas? ¡Ea!, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso: dinos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?

—Éste es… —le respondió.

Mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vio mover los labios el famoso Tropelista (que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste), comenzó a echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión; y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve a riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y oscurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó a esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos: tanto, que hubo un autor francés entre éstos que se atrevió a negar la prisión del rey Francisco en Pavía, y diciéndole cómo escribía una tan desvergonzada mentira, respondió:

—¡Eh!, que de aquí a docientos años tan creído seré yo como ellos. Por lo menos, causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa, que desta suerte se confunden las materias.

No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino. Y sin saber a quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar a quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar, y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la crisi siguiente.