Mostrando entradas con la etiqueta Conceptismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conceptismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de septiembre de 2023

Luis de Góngora, A cierta dama que se dejaba vencer

 A cierta dama que se dejaba vencer


Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,

la sangre de su pecho vierte en vano,

vende Lice a un decrépito indïano

por cient escudos la mitad del lecho.


¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,

sabiendo que halla ya paso más llano,

la bolsa abierta, el rico pelicano,

que el pelícano pobre, abierto el pecho?


Interés, ojos de oro como gato,

y gato de doblones, no Amor ciego,

que leña y plumas gasta, cient arpones


le flechó de la aljaba de un talego.

¿Qué Tremecén no desmantela un trato,

arrimándole al trato cient cañones?

miércoles, 14 de julio de 2021

Francisco de Quevedo, Execración contra los judíos

 Execración por la fee católica contra la blasfema obstinación de los judíos que hablan portugués y en Madrid fijaron los carteles sacrilegos y heréticos. Aconsejando el remedio que ataje lo que, sucedido en este mundo, con todos los tormentos aún no se puede empezar a castigar.

Escríbela don Francisco de Quevedo Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Secretario de su Majestad.

A la Majestad católica del Rey nuestro Señor don Felipe 4.° deste nombre.

Psalmo 51. Deas, iuditium tuiim regí da, et iustitiam tuam filio regis. 

Señor:

Si el sentimiento pudiera ser consuelo al horror de que toda España está poseída en este sacrilegio, al que V. M. ha mostrado, lleno de religión y celo católico, se debiera este remedio. Mas las circunstancias de tal delito a vuestros buenos vasallos niegan el consuelo en vuestro dolor, y a vos, Señor, el que tuviérades en consolar su dolor con el vuestro. Yo, como Job, hablaré en la amargura de mi alma, por ser fiel, y nada callaré, por ser leal, pretendiendo no ser reo a entrambas majestades: a la eterna, como su criatura; a la vuestra, como vuestro criado, que reverencia el juramento que al servicio de V.M. ha hecho. 

De dos maneras ha castigado Dios nuestro Señor siempre y de entrambas nos castiga. 

La una es castigar los pecados, la otra, castigar con los pecados. No sé si acierto en temer la postrera por mayor, pues cuanto es peor el pecado que el castigo, tanto es peor castigo el pecado. Castiga Dios nuestras culpas con permitir que nuestros regocijos sean nuestras lágrimas. Lo que se vio en dos fiestas de toros en la plaza, adonde, en la primera, quemándose de noche hasta los cimientos una acera, no pereció nadie, y la segunda, no cayéndose nada ni ardiéndose una madera, murieron miserablemente tantas personas. 

Castiga Dios con permitir en Cádiz que nuestros puertos sean cosarios de nuestras mercancías y las anclas de nuestros navíos sus huracanes. Da a los rebeldes las plazas en Flandes. Da la flota, sin resistencia nuestra ni gasto de pólvora, a los herejes. Entrégales en el Brasil los lugares y puertos y las islas. Abreles paso a Italia. Dales victorias en Alemania y socorros. Castigos son de su mano, satisfaciones son de su ira grandes y dolorosas. Mas permitir que en la corte de V. M. azoten y quemen un crucifijo, que repetidamente fijen en los lugares públicos y sagrados carteles contra su ley sacrosanta y solamente verdadera, esto es castigar con los pecados. Y pecados tales, que en esta vida no pueden tener proporcionado castigo. Señor, el vernos castigados de la mano de Dios no debe afligimos, sino enmendarnos, porque su azote más tiene, por su bondad, de advertencia que de pena.

Así lo enseña el grande doctor y padre S. Augustín: Qui gaudet miraculis beneficiorum gaudeat et in terroribus ultionum, nam et blanditur, et minatur, si non blandiretur nulla esset exortatio, si non minaretur nulla esset correctio. / Quien se alegra con los milagros de los beneficios alégrese en los espantos de las venganzas, porque halaga y amenaza. Si no halagara, no hubiera alguna exortación; si no amenazara, no hubiera alguna corrección.

Todas nuestras calamidades referidas las hallo una por una contadas en Nahúm profeta, con la causa dellas Cap. 3: Vox flagelli, et vox Ímpetus rote, et equi frementis, et equitis ascendentis, et micantis gladis, et fulgurantis haste, et multitudis interfecte, et grauis ruine; nec est finís cadaverum et corruent in corporibus suis, propter múltitudinem fornicationum meretricis spetiose, et grate, et habentis meleficia, que vendit gentes in fornicationibus suis, et familias in maleficiis suis. / La voz del azote, la voz del ímpetu de la rueda, la del caballo que gime, la del caballero que sube, la de la espada que reluce, la de la lanza que fulmina, la de la multitud muerta y de la ruina grande; no tienen los cadáveres fin y se precipitarán en sus cuerpos por la multitud de las fornicaciones de la ramera hermosa y favorecida y que tiene hechizos, que vende las gentes en sus fornicaciones y las familias en sus hechicerías. 

Podrán otros hallar estas señas de la ramera, por la hermosura, valimiento y hechizos, bien parecidas a otra cosa. Empero, yo reconozco ser esta ramera la nación hebrea con la autoridad de Isaía:

Cap. l.°: Quomodo facta est meritrix civitas fidelis plena iudicii?  / ¿Cómo se ha vuelto ramera la ciudad fiel llena de juicio? Por ella, Señor, y por sus prevaricaciones, temo que hemos oído en Italia, Flandes y Alemania todas las voces referidas. Pues nos han gritado el azote, la rueda, el caballo, el caballero, la espada, la lanza y la multitud de difuntos, pronunciando horror con los cadáveres y escribiendo de espanto, con güesos sangrientos, las campañas. ¡Oh, Señor, a cuán hondos retiramientos de la alma baja la consideración el sentimiento! No dudo que la mano sacrilega que escribió los carteles y la lengua precita que los dictaba padecerán.

David, rey santo y profeta rey, lo asegura en el Psalmo 51:

Quid gloriaris in malitia qui potens es in iniquitate? / ¿Por qué te glorificas en malicia tú, poderoso en la maldad? Por todo el Psalmo y singularmente en el verso 6.7: Dilexisti omnia verba precipitationis, lingua dolosa. Propterea Deus destruet te in finem; evellet te, et emigrabit te de tabernáculo tuo, et radicem tuam de térra viventium. / Amaste, lengua maldita, todas las palabras de precipitación, por lo cual Dios te destruirá en el jin, y te arrancará y te arrojará de tu tabernáculo y tu raíz de la tierra de los que viven. 

Mas, Señor, ¿quién nos dará satisfación de que en vuestra corte haya habido piedras que consintiesen tales carteles, cuando sabemos que las piedras (en esto) han mudado naturaleza por nuestros pecados? Pues cuando vieron otro cartel sobre la cruz de Cristo, se quebraron las de Hierusalem, y, con éstos, no hicieron movimiento las de Madrid. Rasgaron sus claustros los montes y fueles fácil desabrochar la trabazón de cerros, y no se hendieron las puertas y las paredes donde los pegaron. Gimió con los truenos el cielo. Tronó con las borrascas el mar y faltó voz a las esquinas. Los muertos salieron de las sepolturas cuando la propia  nación condenó a Cristo, y hoy los vivos parecen muertos y sepulcros las casas. Halló el sol, en medio del día, noche con que taparse la cara por no veer las afrentas de Cristo, y en esta ocasión faltaron nubes que le enlutasen la luz, porque faltase día para leer blasfemias tan descomulgadas. ¡Quién dejará de confesar que esta nota desconsuela el tiempo y el lugar!

Quédese aquí la ponderación, pues para el castigo y el remedio V.M. es el solamente todo católico. Monarca grande por las virtudes, piedad y religión, sumo por el poderío y fuerzas. Amparáis el santo Tribunal de la Inquisición, mano derecha y sagrada de vuestra justicia, más precioso rayo de vuestra corona, fortaleza inexpugnable de vuestros reinos, tutela soberana de vuestros vasallos. Pasemos al remedio por el conocimiento de la causa infernal de tan sacrilegos y abominables efectos.

Serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, preceda en vuestros oídos esta advertencia a mi discurso. Que de la benignidad de V.M. espero la dará paso desembarazado a su real corazón, de quien confío que, pues está en la mano de Dios, será asistido mi celo y acogida mi verdad.

Los gloriosos antecesores de V.M. expelieron de todos sus reinos la nación pérfida hebrea cuando se coronaban en pocos y pobres retazos de España, recobrados a la inundación de los moros por el valor de las reliquias cristianas que, de aquella universal ruina, quedaron (parte despreciadas, parte defendidas por la espada de Santiago, su único patrón). Y me persuado con grandes fundamentos que, por aquella expulsión, estendió Jesucristo nuestro Señor el cerco de su corona sobre todo el camino del sol. No sólo borrando las de los moros, sino incluyendo en ella las coronas de otros reyes católicos, como se vee en las de Aragón, Portugal, Nápoles y Sicilia. Mucho debe V.M. a la misericordia de Dios, que ha juntado tan distantes orbes para ceñir en majestad incomparable su cabello, dejando fuera de su obediencia los que castiga. Y cuando el sol, en cuanto camina con las horas, no da paso donde vos no dominéis, la noche en el mundo opuesto no mira con el desvelo de las estrellas mar ni tierra que no sea vuestro.

Las causas que obligaron a los progenitores de V.M. a limpiar de tan mala generación estos reinos se leen en todos los libros que doctísimamente escribieron varones grandes en defensa de los estatutos, iglesias y colegios y órdenes militares. No las callan las historias propias y extranjeras. Vulgar es, y de pocos ignorado, el papel que declara la causa de la postrera expulsión. Y con él anda el consejo que los malos judíos, príncipes de la sinagoga de Constantinopla, dieron a los que les avisaron desde España del destierro y castigos que padecían. Consejo tan habitado de veneno que inficiona leerle y molesta veer con cuánta maña le supieron ejecutar. Pénele a la letra en español el doctor Ignacio del Villar Maldonado, doctísimo jurisconsulto, en su libro impreso cuyo título es Silva Responsionum luris, libro 1. en la duodécima responsión (párrafo 51). Referiré a V.M. una cláusula dél:

Y pues decís que los dichos cristianos os quitan vuestras haciendas, haced vuestros hijos abogados y mercaderes, y quitarles han ellos a los suyos sus haciendas. Y pues decís que os quitan las vidas, haced vuestros hijos médicos y cirujanos y boticarios, y quitarles han ellos a sus hijos y descendientes las suyas. Y pues decís que los dichos cristianos os han violado y profanado vuetras ceremonias y sinagogas, haced vuestros hijos clérigos. Los cuales con facilidad podrán violar sus templos y profanar sus sacramentos y sacrificios. 

Yo, Señor, no estoy tan cierto de que les diesen este consejo los judíos de Constantinopla a los de España, como de que los judíos de España le han ejecutado. Si se toma la disposición a la salud y a las vidas, más vidas nos cuestan sus medicinas y sus recetas que las batallas. Un médico fue causa de la postrera expulsión. Era judío y traía en lo hueco de una poma de oro un retrato suyo, pisando con los pies la cara de un crucifijo. Y en el propio libro y párrafo citado, cuenta el doctor Ignacio del Villar Maldonado de otro médico judío, que se le averiguó haber muerto más de trecientas personas con medicinas adulteradas y venenosas, y que todas las veces que entraba en su casa cuando volvió de asesinar los enfermos, le decía su mujer, que era, como él, judía: «Bien venga el vengador». A que el judío médico respondía, alzando la mano cerrada del brazo derecho: «Venga y vengará». Y destas historias de médicos judíos que han vendido por dinero la peste a los cristianos, están llenos los libros y las historias y los autos de Inquisición. Y hoy, Señor, en Madrid son muchos los médicos y oficiales de botica los que hay portugueses desta maldita y nefanda nación. Y son infinitos los que andan peleando, con achaque de curar, por todos los reinos, y cada día el santo Oficio los lleva de las mulas al brasero.

Juan Baptista de san Nazario, que se llama Ripa, in suo tractatu iuridico De peste, folio 76, Irt electione medicorum, dice estas afectuosas palabras: Ego autem áloquor Abenionienses qui se saos que liberos in infirmitatibus commitum judeis perfidis, et christianorum inimicis, nam si Christum persecuti sunt credendum est quod nos quoque persequentur, alias si contrarium creditis, eritis illis, símiles qui Christum mendosum prophetam aseberant. Ego autem christianus sum et agnosco veritatem Christi dicentis. Si me persecuti sunt, et vos persequentur. Mortem profecto apetit qui a Judeis sanitatem exquirit, quia sine auxilio Christi se sanum fieri putat. Cap. qui sine 26. quest. 11.

Contra sí oye las palabras de Jesucristo cualquiera cristiano que de los judíos promete otra cosa que muerte y persecución. Pues, si declaran las haciendas particulares y públicas, bien verificado lloran aquel endemoniado consejo. Siendo verdad que no hay cosa que se venda o se compre, por menudo ni por junto, vil ni preciosa, desde el hilo hasta el diamante, que no esté en su poder. Ni estanco, ni arrendamiento, ni administración que no posean. Y con haber arribado a ser asentistas, han avecindado su venganza a más de lo que pudieron maquinar los detestables rabíes de Constantinopla. En la parte de hacerse abogados no hablo, porque no es menester, ni en la de hacerse sacerdotes, porque no puedo. Por demás es decir lo que se vee y enseñar uno lo que todos cuentan. Todo esto debieron de reconocer y prevenir los señores reyes de felice recordación, las leyes, los establecimientos y los sagrados cánones que, para todas estas cosas (fuera de la mercancía), mandaron precediese información de limpieza.

Tal es aquella nación que los príncipes no tuvieron por salud entera desterrarlos. Antes, por todo lo dicho, reconocieron el peligro y el contagio en pequeña participación de sus venas. El vaho de su vecindad inficiona, su sombra atosiga. Una gota de sangre que de los judíos se deriva seduce a motines contra la de Jesucristo toda la de un cuerpo en la del más calificado. No la olvidan las tardanzas del tiempo de su mala calidad. Siempre empeora la buena sangre con que se junta, y por eso la busca. Nunca se mejora con la buena en que se mezcla, y por eso no la teme. Y es, Señor, caso admirable y maravilla grande que premiase Dios nuestro Señor la expulsión postrera de los abominables judíos y el establecer contra su perfidia el tribunal del santo Oficio, [Nazario] Nasario del más] demas con dar a los Reyes Católicos tanto mundo. Que ignorancia tan antigua guardó hasta sus días, para que fuese recompensa de acción tan colmada de gloria y, juntamente, señal de lo mucho que se agradó la majestad divina de tan santa determinación. Cargue V. M. la consideración sobre el cuidado que en esto tuvo el verdadero Dios nuestro, pues, yendo Colón primero a rogar con el nuevo mundo al rey de Portugal, no se le concedió y le llevó al rey don Fernando, porque le gozase quien desterraba los judíos y le perdiese quien los acogió.

Debo poner a V. M. en consideración que nuestros acontecimientos se miran de oposición con aquellos sucesos si (después que los judíos en España se han introducido en el mayor comercio con honra y autoridad y pretendido con escritos impresos relajación de gravámenes y alguna eceptión en materia de vender bienes y poder ausentarse y que se determine fin a su afrenta) experimentamos pérdidas de plazas y de gente y de flotas. Y no es ajeno de razón achacar esto a los judíos que tenemos, pues los tenemos en premio de los que echamos.

Digna cosa es del reparo de V. M. las grandes y milagrosas plagas que Dios (siendo los judíos su pueblo) invió sobre Faraón, porque los detenía y no los dejaba ir, y las que invía, que no son  menores que  aquéllas, hoy que son pueblo contra Él, sobre los que los tienen y no los echan. Esta, señor, es gente que produce plagas si los tienen y si no los arrojan. No será hoy menos condenada la dureza de quien no los echare que lo fue la del que no los dejó ir. ¿Qué se puede esperar de los que crucificaron al que esperan y de los que, crucificado, le queman, y de los que, quemado, condenan a muerte su sacra santa ley con editos abominables? 

Yo me prometo de la justicia de V. M. que, recordado de los ultrajes hechos en su tiempo tan atroces al Santísimo Sacramento por dos herejes en su corte, de los primeros carteles que, con la nota destos segundos, se fijaron en Sevilla cuando el inglés acometió Cádiz, no sólo mandará que, con todo rigor, se observen los estatutos (que esto yo creo se ha hecho y hace) sino que, creciéndolos, pasará a que sus órdenes, con perpetua transmigración, arrojen de todos sus reinos esta cizaña descomulgada.

Y porque a este remedio puede parecer estorbo en las ocurrencias presentes el ser desta detestable, pérfida, endurecida y maldita nación los más de los asentistas, digo que tuviera por más seguro el desamparo ultimado de todos que el socorro déstos. Señor, mirando a vuestras grandes y admirables virtudes, me atrevo a deciros aquellas palabras del psalmo, decentes por ser de rey para rey graves y misteriosas por ser de rey profeta y santo. Como puedo os las apropio: Qitia dilexisti iustitiam, et odisti iniquitatem propterea ungit te Deus tuus, olio letitie pre consortibus tuis. / Porque amaste la justicia y aborreciste la maldad, por eso te ungió tu Dios con olio de alegría entre tus consortes.

De que se colige literalmente que, como hay olio de alegría para ungir al rey que, como V.M., ama la justicia y aborrece la maldad (como lo muestra el quia, causal), que también habrá olio de tristeza para ungir al rey que amare la maldad y aborreciere la justicia. Y como yo conozco la grande religión de vuestro ánimo y la benignidad esclarecida de vuestro corazón, quiero informar a V.M. de la naturaleza precipitada, del natural dañado e injurioso desta abatida y vilísima nación  hebrea. Y porque no padezcan ecepción mis palabras, todas serán, en la primera prueba, textos sagrados.

En el libro 5 de las Decretales de judeis sarracenis (Título VI, cap. VIII): Ad hec omnibus Christianis qui sunt in iurisditione nostra penitus interdicatis, et si neccesse fuerit districtione eclesiástica compellatis eosdem ne judeorum seruitio se assidue pro aliqua mercede exponant, quod etiam obstetricibus et nutricibus eorum prohibere curetur, ne infantes judeorum in eorum domibus nutrire presumant judeorum mores, et nostri in nullo concordant, et ipsi de facili ob continuam combersationem et assiduam familiaritatem ad suam superstitionem et perfidiam simplicium animos inclinarent. 

Manda este decreto que se prohíba a los cristianos servir a los judíos y a las amas cristianas que no críen sus hijos. Y da la razón: porque las costumbres de los judíos en nada concuerdan con las nuestras, y con el trato y conversación, dice el santo Pontífice, les es fácil a ellos seducirlos a su perfidia y bestial superstición.

Repare V.M. en que no se pueden atribuir a otra cosa los daños y escándalos que suceden sino a la licencia con que se deroga este decreto. Y más, Señor, leyendo en el propio título, capítulo XIII, estas tan sanctas como temerosas palabras: Et si judeos (quos propria culpa sumisit perpetue seruituti) pietas Christiana receptet et sustineat cohabitationem illorum ingrati tamen nobis esse non debent, ut redant Christianis per gratiam contumeliam, et de familiaritate contemptum, qui tanquam misericorditer, in nostram familiaritatem admissi, nobis illam retributionem inpendunt, qua (iusta vulgare proberbium) in vis impera, serpens in gremio, et ignis in sinu suis consueverunt hospitibus exhibere.

Señor, este capítulo, para guiar las determinaciones de V.M., se lee escrito en tantos nortes como letras. Dice que los judíos, por su propia culpa, están sujetos a perpetua esclavitud. Luego excluidos están, por sus maldades, no sólo de tener puestos y mandar, sino de tener libertad /[5v] y dejar de ser esclavos. Y como si con el santo Pontífice se consultara el advirtirlos por asentistas, dice que no se ha de comunicar ni tratar con ellos, porque los judíos dan el pago que da el ratón al que le lleva en las alforjas y la  serpiente al que la abriga en el regazo y el fuego al que le hospeda en el seno.

Vea V.M.: si el mantenimiento que les fiamos le roen, si el regazo en que los abrigamos le envenenan, si el seno donde los recogemos le abrasan, ratones son, Señor. Enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos. Lo que les fían roen y lo que les sobra inficionan. Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas (o para comerlas o para destruirlas), desvelados en el sueño y descuido de los que los padecen. Temerosos y fecundos, de fertilidad tan nociva que la casa donde están la minan, de suerte que no puede vivir en ella quien se contenta con cerrar los agujeros u espantarlos, y sólo puede habitarla quien, o se muda della, o los mata. Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da. 

Fuego son, que paga la vecindad en incendios y la acogida en ceniza, que de pequeña centella crecen en hoguera, que tratados queman y vistos deslumbran, consentidos consumen y apagados ahúman. Y siempre con inquietud se dan priesa a consumir lo que los alimenta.

Soberana, Sacra, Católica y Real Majestad: no dudo que con este advertimiento de los sagrados cánones, mandaréis echar el ratón de vuestro alimento y la sierpe de vuestro regazo y el fuego de vuestro seno. Y porque veáis que desta comparación con los judíos quedan afrentados y quejosos el fuego, la sierpe y los ratones, oíd las palabras con el que el pontífice acaba este capítulo 13: Accepimus autem quod judei faciunt christianas filiorum suorum nutriles, et (quod non tantun dicere, sed et nefandum est cogitare) cum in die Resureccionis Dominice, illos recipere Corpus et sanguinem Jesuchristi contingit, per triduun ante quan eos lactent, lac effundere faciunt in lattrinam, alia insuper contra fidem catholicam detestabilia, et inaudita commitunt propter quod fidelibus est verendum ne divinam indignationem incurrant cun eos perpetrare patiuntur indigne que fidei nostre confusionem inducunt. / Ha venido a nuestra noticia que los judíos dan amas cristianas que les crien a sus hijos y (lo que no sólo decirlo, sino imaginarlo, es nejando) como acontezca que el día de la resurrección del Señor reciban el cuerpo y la sangre de Jesucristo, por tres días después que comulgaron las hacen derramar la leche en una necesaria y cometen otras maldades contra la jee católica, detestables y inauditas. Por lo cual los fieles deben temer no incurran en la divina indignación, pues indignamente los permiten cometer delitos que inducen confusión a nuestra fee [acaba] acabe

No tengo para qué ponderar a V.M. las palabras deste capítulo, que en sus piadosas entrañas tendrán más conmiseración que eficacia en mis razones. Sólo hago recuerdo a V.M. que por esto en la casa real es estatuto que se haga información a las amas de los serenísimos príncipes y infantes y que, aunque la leche sea buena, en la que fuere desta perversa ralea, no se admita. Temiendo aun en tanta majestad el contagio desta nación que describe y dibuja Job, cap. 39, en Behemoth y Leviatán: Ecce Behemoth. Veis a Behemoth. No me detendré en todo el capítulo, por no hacer comentario ni discurso. Repararé en el verso 13 y en el 18, que retratan en este monstruo el pueblo hebreo:

Ossa eius veluti fistulle eris, cartillago illius quasi lamine ferree. / Sus huesos como cañones de metal, sus ternillas como láminas de hierro. 

No es, Señor, de otra suerte su dureza. Los huesos destos pérfidos son cañones de batir, sus medulas son balas, sus ternillas láminas de hierro. Estos no son hombres, sino máquinas de guerra. Con la carne arrebatan la batería sobre que se fabrican. Prosigue Job:

Ecce absorbebit fluvium, et non mirabitur, et habet fidutiam quod influat Jordanis inos eius. / Veisle que se sorberá el río y no se admirará, y tiene esperanza, que ha de agotar el Jordán en su boca.

Aquí, Señor, declara la pretensión de este pueblo anatematizado por el río que se sorbe, y no se admira su sed insaciable de usuras y riquezas. Por el Jordán que espera agotar, declara que su negocio es agotar el baptismo. Que yo así lo entiendo literalmente en la palabra cerrar en su boca el Jordán, río donde Cristo baptizó y fue baptizado, aguas que fueron solar del baptismo, de donde prueba su nobleza y limpieza, en la ley de gracia, nuestra alma. Pedro Comestor en la Historia eclesiástica de los Actos (fol. 249): que como san Pablo, predicando en Atenas, convirtiese mucha gente, pasó a Corinto, donde convirtió un judío que se llamaba Aquila con su mujer Priscila, de los cuales habla muchas veces cuando escribe a sus amigos. Estos eran recién venidos de Italia, expulsos por el edicto de Claudio emperador, que los había desterrado de su imperio porque, con la familiaridad y introdución que tenía con Agripina su mujer, la habían ya introducido en sus ritos, de suerte que judaizaba. Pues si este comercio fue de tal peligro en la familia imperial, y por emperador idólatra fue arrojado con edicto por detestable y contagioso, V.M., católico monarca, verá mejor que todos lo que a todos conviene.

Presento a V.M. por testigo contra esta generación de hierro, adúltera y viperina, a David. De ellos es, con ellos habla nombrándolos y mandándolos que atiendan y llamándolos, como su rey, su pueblo (Psalmo 77): 

Atendite, popule meus. / Atended pueblo mío. 

En todo este psalmo encarece su dureza, su desagradecimiento, su obstinación, [su príncipe se llamaba Aquila] se llama Aquita olvido, sus maldades, su ceguera, su idolatría. Dice los beneficios tan maravillosos que de Dios recibieron y cómo se los pagaron en ofensas. Dice los castigos y cómo los despreciaron con perfidia. De que se colige, Señor, que, pues Dios ni por bien ni por mal los redujo, deben tomar enseñanza los hombres para tratarlos y conocerlos. Dícelo David con estas palabras:

Et rememorati sunt, quia Deus adiutor est eorum, et dilexerunt eum in ore. sao, et lingua sua mentiti sunt ei. / Y recordáronse porque Dios fue su ayuda y es su redemptor. Amáronle en su boca y con su lengua le mintieron. 

Pues si con Dios y para con Dios no tienen comercio su corazón y su lengua, ni su lengua con su boca, ¿quién esperará verdad de su comercio? Y en el Psalmo 105: Et iratus est furore Dominus in popülum suum, et abominatus est hereditatem suam. / Airóse Dios con furor contra su pueblo y abominó su heredad.

Estos, después, en la pasión de Jesucristo, pidieron para sí y para sus hijos esta abominación: «¡Llueva la sangre del justo sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Señor, abominemos a los que abominó Dios y, en ellos y en sus hijos, aborrezcamos gota de aquella sangre que pidió que lloviese sobre ellos la de Jesucristo. Auméntase en crédito esta información que os hago con lo que dice el Psalmo 94:

Quadraginta annis offensus fui generationi illi; et dixi: Semper hi errant corde. / ¿Quién se atreverá a aconsejaros que fiéis de nación y gente cuyos corazones hierran siempre? 

Qué beneficios les puede hacer V.M. que igualen a la menor parte del menor que Dios los hizo? ¿Qué castigos que se proporcionen con el más leve que les dio Dios? Luego no tenéis que esperar dellos para algún bien, ni debéis esperar más con ellos para desolarlos. Los oprobios con que los nombro a estos judíos no los invento. De su caudillo Moisén los aprendí. Deuteronomio, 32: 

Generatio prava atque perversa. Heccine redáis Domino popule stulte, et insipiens? Numquid non ipse est pater tuus, qui possidit te? / Generación depravada y perversa ¿esta paga das a tu Señor, pueblo necio y insipiente? ¿Por ventura no es él tu padre, que te posee y te crió? 

Con este lugar pruebo yo que los judíos hoy son los puros ateístas. Opinión es mía. No pierda por serlo, ni por nueva. Señor, los judíos es evidente que no creen nada, porque al que es Dios le niegan y al que no lo es le aguardan. Tienen por ley la que ya no lo es y así viven sin ley,  cosa que los turcos los hacen confesar cuando reniegan. Por ellos dijo David entonces para ahora:

Dixit insipiens in corde suo: non est Deus. / Dijo el insipiente en su corazón: no hay Dios. 

Que este insipiente sea el pueblo judío literalmente lo dijo Moisén en el lugar citado, cuando le llamó popule stulte et insipiens. / Pueblo necio y insipiente, con la propria individual palabra. Y [Dijo el insipiente ] Dio el insipiente porque se conociese que este insipiente que dijo que no había Dios era el pueblo hebreo, dio las señas con que hoy ellos propios lo confiesan:

Corrupti sunt, et abominabiles jacti sunt in studiis suis; non est qui faciat bonum, non est usque ad unum. / Corruptos son y abominables en sus tratos. No hay quien haga bien, no hay ni uno. 

No se contenta David con decir que ninguno hay en ellos que haga bien, sino que cuidadosamente repite que «ni uno hay entre ellos que haga bien». Pues, Señor, quien buscare o se persuadiere que entre estos malditos ha de haber uno siquiera que haga bien, no perderá sólo el tiempo. Sin duda se perderá, pues pierde el respecto al propio Dios, no dando crédito a sus propias palabras, referidas por Esaía (cap. 1): 

Cognovit bos possessorem suum, et asinus presepe domini. Israel autem me non cognovit. / Conoció el buey a su dueño y el jumento el pesebre de su señor, mas Israel no me conoció. 

Más desagradecidos son los judíos y menos conocimiento tienen que el jumento ni el buey. Son tan malos que no pueden ser peores. No sólo no conocen el bien, sino que el bien que reciben le pagan con mal y no gastan el mal sino en agradecer el bien. David su rey lo dice. Psalmo 35: 

Retribuebant michi mala pro bonis. / Pagábanme con males los bienes. 

Pues, Señor, si dar mal por mal es fragilidad, y dar bien por bien es justicia, y dar bien por mal es caridad perfecta, dar mal por bien será summa iniquidad. Y désta quedan convencidos por su propio rey para vos, que lo sois en este tiempo.

Dejo de referir a V.M. todas las cosas que contra esta nación alega el bachiller Marcos de Mazarambroz, teniente que fue en la ciudad de Toledo, de Pedro Sarmiento, asistente de aquella ciudad, cuando, en tiempo del rey don Juan el Segundo, todos los cristianos viejos, acaudillados del dicho teniente y asistente, quemaron vivos todos los judíos de dicha ciudad y les saquearon sus bienes. Por la cual mortandad el rey, por consejo de don Álvaro de Luna (el cual se dejaba gobernar de un Mosén Hamom, judío vilísimo de la Sinagoga de Alcalá) fue contra la dicha ciudad, asistente, y teniente, y cristianos viejos, en favor de la causa de los hebreos. De que resultó que, cerrando la ciudad sus puertas al rey don Juan, le obligó a dar por traidor como a principal cabeza al bachiller y a inhabilitarle y alcanzar de Su Santidad lo descomulgase. Y de todas estas penas el bachiller Marcos de Mazarambroz interpuso apelación, en que se leen cosas a nuestro propósito para la pretensión presente.

Mas debo referir a V.M. las palabras que de los judíos y de su natural dice Cornelio Tácito, para que en boca de tan grande autor [Juan el Segundo, todos] Juan el 2.° de echo todos se vea cómo han sentido todos de los hebreos. No callaré que Tertuliano, en el Apologético, dijo dél, reprehendiéndole en lo historial que afirmó dellos: insignis ille mendatiorum loquacissimus Cornelius Tacitus. / Insigne hablador de mentiras Comelio Tácito. 

Mas, como digo, esto miró a lo historial y no al juicio. Historiarían (Lib. 5, al principio) dice, tratando de los judíos: nec quicquam prius iríbuuntur quam contemnere, déos exuere patriam. / La primera cosa que aprenden es despreciar los dioses y dejar la patria. Habiendo dicho algunos renglones antes: Adversas omnes alios hostile odium. / Contra todos los demás tienen odio enemigo. Nada desto desmienten. Hoy y siempre fueron como son, y siempre serán como fueron. Y oso decir a V.M. que me persuado que sólo permite Dios que dure esta infernal ralea para que, en su perfidia execrable, tenga vientre donde ser concebido el Antecristo. Y sigo en esto a S. Gregorio (Libr. 31 Moralium, Cap. 10, sobre Job, Cap. 39), exponiendo aquel lugar del Génesis, Cap. 49:

Fíat Dan coluber in via, cerastes in semita, mordens angulas equi, ut cadat ascensor eius retro. / Vuélvase Dan culebra en el camino, cerastes en la senda, mordiendo las uñas del caballo para que, quien va sobre él, caiga hacia atrás.

Y esto porque Dan, entre los hijos de Israel, era tenido por vilísimo.

Deste propio parecer fue Hugo Cardenal, sobre el Cap. 13 del Apocalipsi, en aquellas palabras: Vidi de mari bestiam ascendentem. Y, declarándolas, dice: Id est de judeis Antechristum nascentem. Quiere decir: "Vi al Antecristo nacer de los judíos." Tiene esta opinión S. Damasceno. Pues, ¿cómo, Señor, se podrá esperar bien ni socorro alguno de quien solo se espera a Antecristo? refiere Bovadilla en su Política autoridad, de Alvar Gutiérrez de Toledo, que el doctor don Pablo, obispo que fue de Burgos y después patriarca de Aquileya, con ser converso, aconsejó al rey don Enrique el Tercero que no recibiese en el servicio de su casa real, ni en el consejo, ni para otros oficios públicos, ni en la administración del patrimonio real, a ningún converso ni judío. Cuyo consejo si tomara el dicho rey, no le matara, como le mató, don Maír, su médico judío.

Señor, despreció don Enrique aquel consejo, mas dejónosle a su costa, calificado con su muerte. Y para no admitir judío médico no tenía que aguardar al consejo de don Pablo, pues la 7. Partida (título 24, ley 8) dice así: "E otrosí defendemos que ningún cristiano no reciba melecinamiento ni purga que sea fecha por mano de judío". Y en esta misma ley: "E aun mandamos que ningún judío non sea osado de bañarse en baño en uno con los cristianos". Advirtió la ley, señor, que en el baño donde se juntan a bañar el cristiano y el judío, se ensucia el cristiano con sola la compañía del judío.

Expelió universalmente, atropellando por grandes inconvenientes, el santo y glorioso padre de V.M. toda la generación de los moriscos en entrambos sexos, sin eceptar edad ni admitir probanza, por indicios de que conspiraban contra su persona. Y pudiendo desempeñarse con su inmensa riqueza y posesiones, despreció hacienda de infieles, por delincuente y indigna de socorrer príncipe católico. ¡Cuánto mayor causa tiene hoy V. M. para desolar y expeler a los infames y vilísimos judíos y despreciar sus tesoros precitos y sus caudales! Condenados por manifiesta y pública conspiración, no presumida, sino ejecutada en el mismo sacramento del altar, pisándole en la imagen de Jesucristo, abrasándola en su ley / [9] sacratísima, condenándola a muerte con carteles públicos. Yo confieso que darán letras que tienen plata y oro.

Empero, veamos qué costumbres tiene el oro y la plata de los judíos y qué hacen los judíos con él. Dícelo Oseas. 2: Dedit eis aurum et argentum, et ipsi fecerunt Baal. "Dioles oro y plata, y ellos hicieron Baal". Vea aquí V. M. lo que hacen de su oro y plata: ídolos, demonios, sacrilegios, abominaciones y afrentas a quien se le da, debiéndole más que a quien se le pidiere. Y así se debe considerar lo que harán con la persona que le recibiere dellos. Si de su lengua participa su oro las mentiras, y de su corazón los hierros, no será metal puro. Moneda falsa es su moneda. S. Jerónimo ("Epístola 2.ª sobre el Psalmo 118, a Nepociano", De vita clericorum), explicando aquellas palabras Revela occulos meos, et considerabo mirabilia de lege tua, dice: Sic intelligimus, ut Dominas quoque noster intelexit, et interpretatus est. Sabatum aut aurum repudiemus cum ceteris superstitionibus judeorum aut si aurum placeant et judei quos cum auro probare nobis necesse est aut damnare.

El Éxodo dice claramente lo que los judíos hicieron con su caudal, lo que con él y con ellos se debe hacer y los fines para que le dan. Capítulo 32, habla de la detención de Moisén en el monte: Videns autem populus quod moram faceret decendendo de monte Moisés, congregatus adversas Aaron, dixit: «Surge, fac nobis Déos qui nos precedant». "Viendo pues el pueblo que se tardaba en volver del monte Moisén, junto se fue a Aarón y le dijo: «Levántate, haznos dioses que nos guíen». ¿Quién se persuadirá que los judíos se cansan de aguardar, siendo su pecado y su error no hartarse de aguardar? Tal es esta incorregible nación, que no quiere aguardar lo que había de venir, como en este caso aconteció con Moisén, y perseveran en aguardar lo que ya no puede venir, como el Mesía que ya vino. Pues, Señor, ¿qué se puede esperar de gente que desespera de lo que ya llega, que duda de lo que ya llegó, que espera lo que no ha de llegar? Gente ni contenta con un Dios, pues pide muchos, ni con muchos, pues aguarda uno.

Ellos dicen que no quieren dioses, sino aquellos que se hicieren por su mandado y albedrío. A Aarón dicen que les haga dioses. Conocíales Aarón, y como sabía de sus logros y usuras ilícitas que su dios era cada grano de oro, les dijo: Tollite aures áureos de uxorum, filiorumque et filiarum vestrarum auribus, et afferte ad me. "Traedme el oro de las joyas de vuestras mujeres y de vuestros hijos y las arracadas de las orejas de vuestras hijas". Fecitque populus que ius erat. "Hizo el pueblo lo que le mandó". Bien claramente se vee que del oro que les da Dios hacen ídolos. Y que si le dan es solo para hacer idolatrías, para hacer sacrilegios, para hacer dioses contra Dios, para burlar y dejar a Moisén, su caudillo. Es pues, Señor, aforismo de su salud y de la nuestra, ni darles oro ni pedírsele. Dice el texto sagrado que Aarón, en recibiendo las joyas, las derritió y con arte fusoria formó dellas un becerro, y ellos dijeron en viéndole: «Israel, éstos son tus dioses que te sacaron de Egipto». Reparo yo, Señor, en que el pueblo pide a Aarón que le haga dioses. Dice Aarón que los hará y de su nota hace por dioses un becerro. Nadie hará lo que ellos le dijeren, que sepa lo que se hace. Y no se fabricará de oro disparate tan grande que no le aclamen dios las almas venales de los judíos. Si es becerro y es de oro, no le quieren por Dios. Dice el texto que le adoraron en altares con solemnidad festiva. Si los judíos a Aarón dan su caudal, en fraude de Moisén y en ofensa de Dios, sólo para ídolos y a fin de idolatrar; si, porque son de oro, adoran por dioses las joyas y arracadas de sus hijos y hijas, y fundidas en la brutalidad de un becerro, ¿cómo se podrá prometer V. M. socorro desta dañada nación, ni ofrenda, ni tributo, ni letra desacompañada de delitos y despejada de mentiras sacrilegas?

En llegando al caudal, le adoran por dioses y dejan a su Dios por él, y a su mismo Moisén. Según esto, con dificultad le darán sin dolo por Cristo, a quien summamente aborrecen, y para la defensa de su ley, los que sólo dan letras fijas contra nuestra sagrada religión.

Advierte Dios a Moisén desta idolatría con tales palabras. Es de mucha importancia que V. M. las atienda: Cerno quod populus iste dure cervicis sit. "Veo que este pueblo es de dura cerviz". No sólo dice Dios que lo es. Añade que lo vee. Y esto, Señor, para que, creyéndolo nosotros, no aguardemos a verlo y a leerlo. Y si por desdicha lo viéremos y leyéremos, copiemos las acciones de Moisén con ellos / [10] y con su caudal en esta parte. Tal fue el suceso. Bajó Moisén del monte, vio la idolatría, oyó el aplauso de los sacrificios, díjole a Aarón que por qué había cargado sobre aquel pueblo tan grande delito. Respondióle Aarón: Tu enim nosti populum istum quod pronus sit ad malum. Tu sabes qué pie deste pueblo es inclinado al mal. Aquí se vee condenada por su mesmo artífice la inclinación al mal del pueblo judío.

Y refiriendo Aarón el caso a Moisén, habiendo él fundido las joyas y con arte fusoria fabricado el becerro, viendo que le hace cargo del pecado del pueblo, dice: Yo les dije: «¿quién de vosotros tiene oro?» Trujáronme el que tenían, diéronmele, yo echéle en el juego, y salió un becerro. Señor, Aarón no lo refirió como había sucedido. Había, como se ha visto, fundido el oro y con arte fusoria fundido y formado el becerro. Y cuando le hace su señor cargo, que así llamó a Moisén, dice que él echó el oro en el fuego. Y pretende achacar al fuego la formación del ídolo. Señor, no se debe fiar el príncipe del ministro que toma el oro y la plata de los judíos, que es artífice de sus pecados, porque del tal nunca, si Dios no se la revela, entenderá la verdad. Si alguno fuere tal ministro, se conocerá en que luego empezará su disculpa por la acusación del pueblo. Y siendo él quien, para fabricar contra Dios ídolo, pidió al pueblo el oro y la plata y lo despojó, dice que el pueblo, que fue el pedido y el despojado, es el inclinado a mal, y que el fuego tiene la culpa. Y nadie tratará con los judíos a quien no mientan y a quien no obliguen a mentir.

Prosigue el texto: "Viendo Moisén adorar el becerro, arrojó las tablas en que con su dedo había escrito Dios su ley y quebrólas. Y arrebatando el becerro, le quemó, molióle en menudo polvo, echóle en agua y diósele a beber a los hijos de Israel". Llegado he al punto de la dificultad, Señor. V. M. tiene hoy los ojos en este suceso, los judíos las manos en esta maldad, aun con circunstancias mucho más dolorosas. Vos con ellos tenéis asientos. Ellos dan el oro. Vuestros ojos leen sus blasfemias y sacrilegios, vuestros oídos están atormentados con sus abominaciones. Vos sois, Señor, el grande y glorioso caudillo / [10v] que Dios nos ha dado. Si a vuestras espaldas hubiere, cosa que no creo, quien les pida el oro y la plata y lo funda en pecado y en delito, romped, Señor, los asientos, que menos es que romper la ley. No reparéis en que los firmasteis con vuestra mano, que Dios hizo las tablas y escribió la ley con su dedo. Allí se rompió la ley en castigo de la idolatría, aquí se deben romper los asientos en pena de veer la ley condenada a muerte. Quemad el oro destos judíos, hacelde polvo y dádsele a beber a ellos. No reparéis en la necesidad de vuestra gente, que Dios (y, por él, Moisén) no reparó en la miseria y desnudez de la suya. No ha habido caudillo que gobernase gente ni pueblo tan perseguido y sin socorro y asistencia humana. Y veis, Señor, que, por delincuente, quiso más quemar sus tesoros y hacerlos polvos que guardarlos, aun a persuasión de tan extrema necesidad.

Quemar y justiciar los judíos solamente será castigo. Quemar y hacer polvo su caudal, romper los asientos, será remedio. Por esto Moisén primero se fue al remedio, despreciando su oro, y luego pasó al castigo, tan severo y universal, como se lee en estas palabras del propio capítulo, cuando dijo Moisén: Si quis est Domini iungatur michi. Congregatioque sunt ad eum omnes filii Levi, quibiis ait: "Hec dicit Dominus Deus Israel: «Ponat vir gladium suum super fémur suum, ite, et reddite de porta usque ad portam per médium castrorum, et occidat unusquisque fratrem, et amicum, et proximum suum»". Cecideruntque die illa quasi viginti tria millia hominum. "Si alguno es de Dios, llegúese a mí Juntáronse con él todos los hijos de Levi, a los cuales dijo: "Esto dice el Señor Dios de Israel: «Cíñase cada varón su espada sobre su muslo, id y volved desde una puerta hasta otra puerta por en medio de los reales, y cada uno dé muerte a su hermano y a su amigo y a su prójimo»”. Murieron en aquel día como veinte y tres mil hombres."

Enseñó Moisén con las palabras qué se debe llamar a las juntas tan importantes y a quién se ha de llamar. No dice que vengan los doctos, ni los ricos, ni nombra a Aarón. Solos llama a los que fueren de Dios. Éstos dice que se junten con él, no escoge éste u el otro. Pregunta que si / [11] hay alguno que sea de Dios. Cuerdamente recela que para tales ejecuciones son pocos los que son de Dios. Llegáronse a él todos los hijos de Levi, en quien se representa el estado eclesiástico. Ésta era gente que no participaba de la división de las heredades con los otros judíos. No tomará las armas contra ellos quien con ellos participare, ni será de Dios ni ejercitará acción tan grande. Señor, hase de empezar el castigo desde una puerta a otra puerta. Esto es decir que en todas las puertas de vuestros reinos han de hallar muerte y cuchillo. ¡Oh, Señor, por menor delito mandó Dios que matase el hermano al hermano, y el amigo al amigo, y cada uno a su prójimo, sin preceder proceso! Y hoy, por incomparables y infernales sacrilegios, esperando la pereza de las probanzas, ¿dejaremos vivir, no a nuestros hermanos, sino a nuestra persecución; no a nuestros amigos, sino a los públicos enemigos de Jesucristo? ¿A los que en el sacramento le pisan, en la cruz le queman, en su ley le condenan a muerte? Dios, por Moisén, mandó que se acabase con ellos. No se debe dar lugar a que preguntemos con Hieremías (Threnorum, 3. Mem): Quis est iste qui dixit ut fieret Domino non iubente? "¿Quién es este que dijo que se hiciese lo que Dios no manda?"

Paréceme a mí que la moneda de Judas por la venta de Jesucristo y la moneda déstos (también judíos y descendientes de aquellos que no sólo le compran, sino le azotan y le queman) son de una propia casta: metal amasado con sangre inocente. Y que son de un propio linaje y de una misma liga. Pues, Señor, religión de vida será que los cristianos católicos tengamos desta moneda el proprio asco que los sacerdotes del templo tuvieron de aquella que les ofreció Judas. Siendo tan malos aquellos sacerdotes que dice dellos san León Papa estas palabras, tratando de que no la quisieron recibir: Cuius coráis est ista simulado? Sacerdotum constientia capit, quod arca templi non recipit. Timetur illius sanguinis taxatío, cuius non timetur efussio. "¿De cuál corazón es esta hipocresía? La conciencia de los sacerdotes recibe lo que la arca del templo no admite. Témese el aprecio de aquella sangre de que no se temió el derramamiento, / [11v] La hipocresía de los malos sacerdotes y ancianos fue ésta: cuando Judas les arrojó las monedas en el templo, dijeron (Mateo, 27): Principes autem sacerdotum, acceptis argentéis, dixerunt: non licet mittere in corbonam, quia pretium sanguinis est. Concilio autem inito, emerunt ex illis agrum figuli, in sepulturam peregrinorum. Propter hoc vocatus est ager Ule Acheldemach, hoc est, ager sanguinis. "Habiendo los príncipes de los sacerdotes recibido la plata, dijeron: «No nos es lícito a nosotros echarla en la bolsa, porque es precio de sangre». Y, juntado concilio, compraron con la moneda una heredad de un aljaharero para sepultura de peregrinos. Y por esto se llamó aquella heredad Acheldemach, que quiere decir «heredad de sangre»." Tomaron el dinero de Judas escrupuleando echarle en la bolsa, por ser precio de sangre. Mas tomáronle. Diéronle, sin mirar a conciencia, para que Cristo fuese vendido y parecióles lícito que entrase en la bolsa de Judas, varón de Carioth (que eso dice en hebreo Iscarioth) y fingen conciencia para volverlo a recibir y justificación para no echarlo en el cepo del templo. Y, para dar color a la sacrilega disimulación, juntaron un concilio de aquellos con que tantas veces autorizaron sus traiciones y resolvieron se comprase de la moneda de Judas un campo para enterrar peregrinos. 

Arrojó Judas la moneda que le dieron por Jesucristo en el templo y fuese a ahorcar. Los sacerdotes la levantaron, pareciéndoles que estaba su disculpa en cogerla del suelo por no recibirla de la mano del traidor. Considerad, Señor, cuán asquerosa es la moneda de los judíos, que Judas la arrojó y quiso antes ahorcarse que tenella, y aún le pareció infamia ahorcarse llevándola consigo. No oiga V. M. a quien os dijere «no la echamos en la bolsa, empléase en bien público». Que con dinero que es precio de la sangre de Cristo y caudal de los que le compran; y le crucifican y le pisan en la Eucarestía y le queman en su imagen y le disfaman en su ley, sólo se fabrican sepulturas. Allí y entonces, para los peregrinos. Y se puede y debe temer se fabriquen ahora, si se prosiguiese, para los naturales. Estos asientos son Acheldemach, precio son de sangre. Pues Judas / [12] le desecha, y con malos sacerdotes no mereció entrar en bolsa, que aun el concilio de la disimulación no halló buenos sino para enterrar. Pues los judíos en vuestra corte fijan carteles con editos públicos condenando a muerte nuestra ley soberana, fíjense los vuestros. Señor, expeliéndolos universalmente de todos vuestros reinos. Que en negocios desta condición el echarlos y aniquilarlos es el solo remedio, que el castigarlos no lo es, pues, como dice Séneca, aquellos pecados que más se castigan se cometen más. Así lo experimentamos desde que fue quemado el execrable hereje judaizante Benito Ferrer, a quien en el propio delito sucedió otro, luego. Quemó el santo Oficio a los que azotaron el crucifijo, y, en medio de las fiestas que a vuestro ejemplo se hacían, en vuestra corte fijaron carteles tan nefandos. Perezcan, Señor, todos y todas sus haciendas. Escoria es su oro, hediondez su plata, peste su caudal. Jesucristo nuestro Señor nos enseñó, en naciendo, a huir del oro de los judíos. Estaba profetizado que había de recibir oro, y, habiéndole en Judea, ordenó el eterno Padre que una estrella se le trújese en la adoración de los Reyes de Oriente, región tan apartada de los malos resabios de la hebrea. Tuvo Cristo necesidad de moneda para pagar por sí y por san Pedro el tributo y, porque la moneda que había de dar por sí no fuese partícipe de tierra tan ingrata, mandó a san Pedro que pescase en el mar, sacase un pez y le abriese, y que pagase con una moneda que hallaría en su boca. Ejemplos son éstos que dan a conocer cuánto debemos los cristianos huir, en nuestras necesidades, de acudir a las bolsas de los judíos por dinero. Gente de tan encarecida iniquidad y de tan hereditaria apostasía, que, siendo en incomprensible perfección diligentísima la providencia inexcrutable del Padre eterno, para guarecer a Jesús, su hijo, y a su santísima Madre contra la persecución de Herodes, no halló en toda Judea un leal de quien fiarlos y los inspiró con un ángel se fuesen a Egipto. Más confió Dios de los gitanos que de los judíos. De aquéllos, todo, déstos, nada. Vea V. M. qué se podrá fiar dellos. / [12v]

Y porque la conveniencia política, a quien llamo la conciencia de los aumentos con máscara de mejora, no introduzga en esta verdad sus desenvolturas con nombre de escrúpulos, con ella propia en todo su rigor, como si la copiara de Tiberio César, grande artífice de limar lo recto con lo útil, aseguraré mi discurso.

Lo primero, Señor, como no se llaman vasallos de V. M. las enfermedades de sus vasallos, así no se pueden llamar vasallos ni pueblo de V. M. los judíos, por ser plagas de vuestros reinos y enfermedades de vuestros vasallos. Son esponjas, que el turco y todos los herejes empapan en el tesoro de España para exprimirlas en sus sinagogas contra ella.

Lo segundo, afirmo que sus socorros y letras antes son espías contra las órdenes de V. M., a sus enemigos, que socorros. Siendo verdad infalible que todos los judíos de España consisten para los asientos en dos cosas, que son caudal prompto y crédito puntual. Con el caudal trajinan y negocian, con el crédito socorren. El caudal, como siempre le tienen sus pecados temeroso del santo Oficio y amenazado de confiscaciones, consiste en moneda y mercancías portátiles y siempre dispuestas a la fuga. El crédito le tienen en Raguza, en Salonique, en  Rúan, en Amsterdam. De manera que dependen para toda la puntualidad y aceptación de sus letras de los que son enemigos de V. M. Pues si son para Flandes, contra los herejes rebeldes, depende dellos propios la paga. Si contra los turcos, depende de los propios turcos. Si contra los franceses, depende de los franceses. Si contra los herejes de Alemania, depende de los mismos herejes la judería de Praga. Y si se encendiese guerra en Italia, dependerá de las sinagogas de Roma y Ligorna y Venecia. V. M. sabe si será necesario prevenir esto, pues si se presumiesen rumores entre las armas de V.M. y algunos potentados, podrían estos asentistas judíos ser desde vuestra corte la mejor parte de sus ejércitos.

Yo, Señor, he visto en Raguza, con tocas y trajes de judíos, hombres que en Madrid había visto con cuellos y espadas en buen asiento y en buen lugar en las iglesias. Y vi padres y hermanos y hijos de otros que en el reino de Nápoles eran tan poderosos (siendo verdaderamente judíos, como ellos) que / [13] tenían grandes heredamientos, baronías, muchos lugares y vasallos. Y alguno, título, cúya era la mayor y más importante fortaleza de aquel reino en el mar Adriático. En Rúan y en Roma, Ligorna y Venecia he visto lo propio. Pues, Señor, ¿quién ha podido ignorar que, siendo esto como es cierto, cada letra que dan los asentistas judíos que hablan portugués no es tantas espías como letras, peus su efecto se remite a los correspondientes suyos, que, siendo también judíos, viven debajo del dominio de vuestros enemigos? Y parece forzoso creer que las dilaciones en la paga sean mandadas de los propios holandeses y que las protestas, tan perniciosas, son maña de los unos y de los otros para que carezcan del fin que pretenden vuestras reales órdenes en la sazón que conviene. Si ha habido tardanzas u protestas u fraudes, V. M. es quien sólo puede saberlo. Y con ser este daño tan grande y egicial, no es menor ni menos indigno el ser inexcusable dar noticia cierta y ocular a estos judíos, con los asientos, de la necesidad ellas (si la tiene) vuestro real patrimonio. De su empeño, del estado, del caudal, de los vasallos y del que tienen todas las cosas, y, asimismo, de la sustancia de las ciudades. Pues no se puede dudar que estos secretos y otros que siguen a éstos, que tanto importa a los monarcas ocultarlos, estos judíos los informan a sus padres y hijos y hermanos que viven —puede ser no con otro intento— consentidos de vuestros enemigos.

Bastaban y sobraban estos inconvenientes políticos para expeler de todos los reinos de V. M. estos enemigos emperrados de la cruz de Jesucristo. Empero, síguese de los asientos con ellos otro más terrible y atroz, que aun mi sentimiento se avergüenza de acusarle y le rehúsa la pluma.

Este es, Señor, que con los asientos se da jurisdición (en vuestros reinos) poder y mando a los judíos, malos, sobre vuestros vasallos, buenos y verdaderamente católicos y siempre y en todo leales. Y esta maldita nación, que, en justo castigo de haber crucificado a Jesucristo, en todas las partes del mundo es esclava, vil y abatida, sola en España manda con exaltación y dominio. No lo afirmo así por el dictamen de mi dolor. Ley hay, muy poderoso Señor, que lo ordena en la setena partida (título 24, / [13v] De los judíos, ley 1). Dice estas santas palabras: "E la razón por que la Eglesia, los emperadores e los reyes e los príncipes sufrieron a los judíos que viviesen entre sí e entre los cristianos es ésta: porque ellos viviesen como en captiverio para siempre, porque fuesen siempre en remembranza a los omes que ellos venían del linaje de los que crucificaron a Cristo."

No podrá ser la razón por que vos consentís judíos contraria a la razón por que los consiente la Iglesia, los emperadores, reyes y príncipes. Pues aquélla fue tan santa como tenerlos para que en su captiverio y desprecio se vea el castigo que merecieron por haber crucificado a Jesucristo. Si dijeron que esta ley habla contra los judíos que lo son y no contra los conversos, al que lo dijere le desmienten estos propios conversos, con sus maldades y carteles, tanto peores que los otros, cuanto lo prueba no haberse convertido sino para hacer lo que hacen. Pues los judíos que públicamente profesan su error y visten traje de judíos se contentan con no ser ellos cristianos; mas éstos, dolosamente conversos, son judíos que pasan a pretender que sean judíos los cristianos.

Éstos son los que en la corte y reinos de V. M. han de estar, con el oprobio, captiverio y desprecio, obedeciendo esta ley y siendo espectáculo a las gentes de la culpa que cometieron en la muerte de Cristo. Que si en el abatimiento que dice la ley hubieran vivido, no hubieran necesitado con tan inormes pecados la total expulsión que la paz de nuestra sagrada religión pretende. 

San Pablo (1 ad Thesalonicenses, 2): Judei autem, et Dominum Jesum occiderunt, et prophetas, et nos persecuti sunt, et Deo non placent, et hominibus adversantur, prohibentes nos gentibus loqui ut salvi fiant, ut impleant peccata sua semper: pervenit autem ira Dei super illos usque in finem. "Los judíos dieron muerte a nuestro Señor Jesucristo y a los profetas, y a nosotros nos han perseguido, y no agradan a Dios y contradicen a los hombres, prohibiéndonos hablar a las gentes porque no se salven, para llenar sus pecados siempre. Vino la ira de Dios sobre ellos hasta el fin." Todo lo dijo el apóstol, Señor: los que no agradan a Dios, no nos agradan a nosotros. Acompañemos con la ira de / [14] Dios la nuestra.

Nolite iugum ducere cun infidelibus. "No llevéis yugo con los infieles". Sagrado precepto es. Pues, ¿cómo permitirá vuestra esclarecida piedad, vuestra grandeza católica, vuestra justicia diligente y recta, los grandes dotes de vuestra alma real, vuestro entendimiento superior, vuestra voluntad toda enamorada de lo lícito y de lo justo, que no sólo lleven yugo con los infieles vuestros católicos vasallos, sino que con la autoridad y el mando los propios judíos infieles los sean yugo que los oprima? En Roma y en Liorna y en Venecia, los judíos que lo son públicamente están con señal. Y los conversos, por la sospecha que dellos se tiene, con desprecio, debajo del turco, padecen más abatida esclavitud que tuvieron debajo del poder de Faraón. Pues, ¿qué temeridad habrá tan descarada a Dios que apoye, con ninguna color que la admita la vergüenza cristiana, que los vilísimos judíos solo en vuestros reinos triunfen de las afrentas e ignominias que, en venganza de la muerte de Jesucristo, les dan los herejes y los turcos? No ignoro que han de ser admitidos a la Iglesia por la conversión y solicitados para ella. Mas no olvido las palabras del obispo don Pablo, arriba citadas, en que aconsejó a don Enrique el Tercero no admitiese en su servicio, ni en su consejo, ni en las cosas de su patrimonio, judío converso ninguno. Y me acuerdo del consejo de los príncipes de la sinagoga de Constantinopla a los judíos de España, adonde el primero y más principal es que por cumplir con el rey don Fernando y para poderse vengar dél, se conviertan con la boca sola, guardando su error en el corazón firmemente. Y para conocer que ninguno se convierte de corazón, basta veer que en Turquía y en Holanda y en todas partes admiten por judío sin sospecha al que entre nosotros ha vivido como cristiano y que, para recibirlos los judíos en sus sinagogas por verdaderos judíos, antes es mérito y prerrogativa haberse convertido y baptizado que impedimento.

No puede ser salida destos inconvenientes decir que no hay otros con quien hacer asientos, estando el caudal de la república de Génova en pie, república cristianísima y opulenta. Y la puntualidad y verdad de los nobles ginoveses en el propio grado que la hemos expe- / [14v] rimentado siempre, con letras verdaderas, seguras y efectivas. Pues con ellas han asistido hasta ahora a las grandes ocurrencias del invicto emperador Carlos Quinto, vuestro bisabuelo, y a las de vuestro abuelo don Felipe Segundo, y a las que tuvo tan apretadas vuestro santo y glorioso padre el señor rey don Felipe Tercero.

Y es de considerar que todos estos asientos se hacían por un factor u dos en Madrid con una o dos casas de Génova. Y ahora, Señor, como los judíos son ricos por los medios que tengo dichos y su caudal es mecánico, para cada asiento se junta multitud de canalla vil y baja, en cuya multiplicación se siguen todos los daños referidos. Y como los más han sido penitenciados en Portugal, y merecen y esperan y lo temen serlo en Castilla, piden condiciones y eceptiones contra los castigos del santo Oficio. Que todo esto sea cristiana y políticamente de mala consecuencia, los sucesos lo dicen y los mismos asientos no lo callan.

Ni es buena conveniencia escoger, por menos intereses en los conciertos, a los judíos conversos. Porque en el trato no es menos costoso el que pide menos y se queda con todo, que aquellos que en el asiento piden más y no faltan en nada. Nadie regatea menos en lo que trata que el embustero, que sabe que no ha de cumplir lo que ofrece. Quien pide lo que forzosamente ha menester para cumplir, pide para dar. Todo el tesoro que Génova ha adquirido en los socorros de España ha mudado de lugar, yo lo confieso, mas no ha mudado de señor. V. M. lo tiene, en posesiones, rentas y estados; en Nápoles, en Milán, en Sicilia, en Málaga, en Granada, Sevilla y Lisboa y otras ciudades. Y de repúblicos libres ha hecho a casi toda su nobleza vasallos V. M. Empero, lo que chuparen las infames sanguijuelas judías se desaparece y huye y se retrai en el poder de todos vuestros enemigos. Y lo que es detestable: enemigos de nuestra santa fee. Porque los judíos hacen con nosotros lo que Satanás hizo con Cristo, que, viéndole en el desierto fatigado y ayuno, le ofreció su socorro: que son piedras. No es otra la moneda deste pueblo endurecido. El propio metal acuñan que Satanás. Mas por eso, Señor, / [15] dio a V. M. Dios dos ángeles suyos para que, como dice el psalmo 90, Quoniam angelis suis mandavit de te ut custodiant te in ómnibus viis tuis, in manibus portabunt te, ne forte ofendas ad lapidem pedem tuum. "Porque mandó a sus ángeles que te guardasen en todos tus caminos, llevárante en sus manos, porque acaso no tropiece en la piedra tu pie."

Y con esto, Señor, saldrán sus piedras en los asientos con la misma respuesta que salieron en la tentación, y no tropezará el pie de V. M., enderezado siempre a todo bien. Pues con esto, super aspidem et basiliscum ambulabis et conculcabis leonem et draconem. "Andaréis sobre el áspid y el basilisco y acocearéis el león y el dragón". Estos son los nombres propios de las lenguas de los judíos de su vista, de sus uñas y de sus alas. "Sierpes en el regazo" los llamó el santo Pontífice en el canon citado.

Yo espero de la soberana grandeza, clemencia y justicia de V. M. que, borrando esta mala generación de vuestros reinos y asolándolos, libraréis vuestros vasallos a sagita volante in die, a negotio perambulante in tenebris, ab incursu et demonio Meridiano. "De la saeta que vuela de día, del negocio que camina en las tinieblas, del ímpetu y demonio Meridiano." Que estas tres cosas son las que más se deben temer, y los judíos son estas tres cosas. Saeta que vuela de día, que es cuando hay luz para acertar a ofender. Son negocio que camina en tinieblas, para esconder los pasos y ocultar las zancadillas y los lazos. Su caudal es demonio Meridiano, tesoro de duende que, vulgarmente dicen, se vuelve carbón. Y así, repartido cada judío en estas tres calamidades, las padecemos siempre: a la mañana, saeta que vuela; a mediodía, demonio Meridiano; y a la noche, negocio que camina en tinieblas.

Creo, señor, que padecerá mi discurso no sólo censuras, sino desprecios. Yo soy vasallo de V. M., animosamente leal y criado vuestro. Soy, por la misericordia de Dios, cristiano redimido con la sangre de Jesucristo, a quien, en mi intención, para vuestro servicio me protesto, en el cielo y en la tierra. Tan lejos de temer a los que me calumniaren que los tendré lástima, viéndolos incurrir en la rigurosa sentencia del Espíritu Santo (capítulo 29 de los Proverbios, verso 1): Viro qui corripientem dura cervice contemnit, / [15v] repentinus ei superveniet interitus, et eum sanitas non sequetur. "Al varón que con dura cerviz despreciare al que le reprende, le sobrevendrá muerte repentina y no tendrá más salud." Empero, cuando todos me calumnien, el pecho soberano y real de V. M. amparará mi celo y le defenderá en su grandeza.

Prevenga, Señor, todas mis contradiciones la historia de Balaam profeta (libro 22 de los Números), donde refiere la sagrada lectión que Balac, hijo de Sefor, (que en aquel tiempo era rey en Moab) envió sus embajadores a llamar a Balaam, hijo de Beor adivino, para que maldijese el pueblo de Dios. Comunicólo Balaam con Dios, y mandóle Dios muchas veces que no maldijese el pueblo que estaba bendito de su mano. Obedeció a Dios Balaam, empero, últimamente sobre una jumenta empezó a caminar. Enojóse Dios y el ángel del Señor se opuso contra Balaam y contra dos criados que le seguían. Viendo la jumenta al ángel, que en el camino estaba con espada desnuda, se apartó del camino por los campos. Y como la apalease Balaam para volverla a la senda, el ángel se atravesó en medio de un callejón que hacían las cercas de unas viñas. Y viéndole, la jumenta se arrimó a una tapia y contra ella apretó el pie del que llevaba encima. El cual, volviéndola a castigar, no salió con su porfía, porque el ángel del Señor se atravesó en lo más estrecho, donde no podía la pollina volverse a un lado ni a otro. Y viendo al ángel, se dejó caer sobre los pies de Balaam, el cual, enfurecido, empezó de nuevo con una vara a castigarla y afligirla. Entonces abrió Dios la boca de la asna, y, hablando, dijo: «¿Qué te he hecho yo? ¿Por qué me maltratas la tercera vez?». Dijo Balaam: «Porque lo mereciste y me burlaste. ¡Ojalá tuviera espada para herirte!». Dijo la jumenta: «¿No soy yo bestia tuya en quien siempre has andado camino hasta hoy? ¿Por dicha hasme visto otra vez hacer esto?». Respondió Balaam: «Nunca». Y al instante abrió Dios los ojos a Balaam y vio al ángel, que con la espada desnuda estaba en el camino. Y postrado en tierra le adoró. Y el ángel le dijo: «¿Por qué tercera vez tratas mal a tu jumenta? / [16] Yo vine a oponerme a tu camino porque es perverso y contra mí. Y si la jumenta no le hubiera dejado y te hubiera obedecido, a ti te hubiera muerto y ella viviera».

Poderosísimo Señor, en todas las virtudes reales no sólo grande, antes remontado a la comparación con otro monarca de cuantos son y fueron: este texto historial que a V. M. he referido, en quien intervienen tan desiguales interlocutores como son un adivino, un ángel, un jumento, atesora en su consideración literal la advertencia política y divina.

Considerad, señor, que, siendo Balaam ministro inmediato de Dios, con quien despachaba a boca, fio antes su obediencia de la mala bestia que del ministro malo. Pues, cuando para atajarle los pasos, mandó a el ángel se hiciese visible, mandó se hiciese visible antes a la jumenta que al profeta. Y considere V. M. que abrió Dios antes la boca a la pollina que los ojos a su ministro, y que a veces (no se puede negar) conviene que un bruto hable para que un adivino vea. Y que el que está encima de otro, cuando rehúsa el camino que le manda hacer, debe, no afligirle, sino temer que vee espada desnuda del cielo que le amenaza. Y que, si no abre los ojos y muda de intento, la espada del ángel dejará vivo a el jumento, que la respeta, y dará muerte a Balaam, que la desprecia. Aquí no puede mi ignorancia hacer otra persona que la del jumento: procuro disculpar el haber hablado yo en cosa tan grave.

No me admira que Balaam, que no vía el ángel, apalease a la borrica, que le vía. Empero, me llena de estupor que, oyendo hablar una bestia (la más bruta y de respiración más negada de formar voz y palabras) no sólo no se espantase, sino antes, respondiéndola, echase menos espada para herirla. Grande es la insensibilidad de los obstinados en proseguir el mal camino que empiezan, pues ni le quieren dejar, ni dejar de afligir a quien los amonesta. Ni conocen el portento, ni el milagro. No le abrió Dios los ojos a Balaam hasta que la jumenta le convenció con razones. Castigo fue que a un profeta convenciese una jumenta / [17v]. Desdichado de aquél que ni se dejare convencer de los hombres ni de las bestias. Este ni quiere abrir los ojos ni que se los abran, ni vee a el ángel ni le puede ver. No conoce, para su ruina, que la inobediencia de un jumento libra de la muerte a un profeta.

Si yo hubiese acertado a interpretar los retiramientos deste capítulo no habré perdido el tiempo ni la esperanza de autorizar en la brutalidad mía estas palabras, encaminadas a solo el servicio de V. M. y gloria de Jesucristo en la total expulsión y desolación de los judíos, siempre malos y cada día peores, ingratos a su Dios y traidores a su rey. Prometiéndome y creyendo que en todo será lo justo y más acertade lo que V. M. determinare como monarca católico, lleno de admirables y esclarecidas virtudes.

Psalmo 73. v. 3. Leva manus tuas in superbias eorum in finem. Quanta malicnatus est inimicus in sancto! Et gloriati sunt qui oderunt te in medio solemnitatis tue; posuerunt signa sua, signa. 

Todo lo escribo debajo de la correctión de la santa Iglesia romana. Y si algo hay disonante a su sacra doctrina, desde luego lo retrato. En Villanueva de los Infantes, 20 de julio de 1633.

Besa los reales pies y mano de V. M.

Don Francisco de Quevedo Villegas.

viernes, 20 de enero de 2017

Proverbios morales de Alonso de Barros

AL REVERENDÍSIMO SEÑOR Don García de Loaysa Girón, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas y del Consejo
de Estado del Rey nuestro señor.

Todos los animales terrestres, los peces y las aves por instinto natural (poco después de haber nacido) saben lo que les basta para dar entero cumplimiento á su apetito, y de tal manera le alcanzan, que en teniendo compañía y el sustento necesario, ni quieren más, ni tienen más que desear; solo el hombre, con ser señor de todo lo criado, parece que es de peor condición que el más bajo de todos ellos; pues por mucho que viva, por mucho que estudie, inquiriendo la verdad y encadenando deseos, procurando saber donde está esta
suma felicidad que pretende, nunca en esta vida la alcanza, ni puede (que no están libradas nuestras esperanzas, sino donde no tiene poder la fortuna de mudar el suceso de las cosas). Para esto hay tantos libros como vemos, y tantos opositores, que los unos son casi confusión de los otros: y no todos los hombres tratan de este estudio, porque á unos las muchas ocupaciones precisas ó voluntarias que tienen para conservar la vida les estorban, y otros por su natural y mudable condición, perdiendo con el miedo del trabajo la esperanza de alcanzarle, no le procuran: y cuando los unos y los otros siempre trabajen, y siempre estudien, es tan corta la vida y tanto lo que hay que saber, que al  mejor tiempo les falta. Esta es Señor Reverendísimo la causa que ha movido á muchas
personas de buen celo, á hacer sumas de largos progresos, y escritos de varios autores, recogiendo en poco volumen lo que en muy grandes estaba dilatado: y la que yo he tenido de atreverme á reducir sentencias de gravísimos filósofos á pocas palabras, continuadas en este género de compostura, con que con más facilidad se puedan encomendar á la memoria, y con ella gocen unos sin trabajo, de lo que a otros costó mucho, y todos nos ayudemos en las ocasiones que se ofrecen, que para todos hay consuelo y consejo. La materia es grave, y el estilo humilde, y poca la autoridad de su dueño: por lo cual forzosamente ha de faltar á la obra, y habiendo yo de buscar quien se la dé, de ninguno como de Vuestra Señoría Reverendísima me  puedo favorecer: que por linaje, es de los calificados del Reino; y por oficio, maestro del mayor y mejor príncipe de la tierra, y de su Consejo de Estado; y por dignidad, Primado de las Españas; y por letras y virtud, dignísimo de los títulos que tiene. Suplico á Vuestra Señoría Reverendísima, con la humildad que debo, la admita debajo de su protección y amparo, para que con su favor sea estimado y recibido este mi trabajo, con la voluntad que á Vuestra Señoría le ofrezco, á quien guarde nuestro Señor muchos años, con el aumento de estado y felicidad de vida que sus criados deseamos.


ALONSO DE BARROS.


Cuanto más lo considero,
más me lastima y congoja
ver que no se muda hoja
que no me cause algún daño;
aunque, si yo no me engaño,
todos jugamos un juego,
y un mismo desasosiego
padecemos sin reposo;
pues no tengo por dichoso
al que el vulgo se lo llama, 
ni por verdadera fama
la voz de solos amigos.
Ni por fieles testigos
los que son apasionados.
Ni tampoco por honrados
los que no son virtuosos.
Ni a los que son envidiosos
por vecinos de codicia.
Ni pienso que hará justicia
el que no tiene conciencia.
Ni al que le falta experiencia
tendré por buen consejero.
Ni al caviloso y artero
llamaré buen abogado.
Ni diré que vi privado
sin esperanza y temor.
Ni demasiado sudor
sino por cosas de viento.
Ni tristeza ni contento
que en un ser permaneciese.
Ni tan gran bien, que no fuese,
si se mira, gran miseria. 
Ni quien hable de la feria
mejor que en ella le ha ido.
Ni conozco hombre perdido
que no diga es desdichado.
Ni el que es bien afortunado.
que lo atribuya a ventura.
Ni tan perfecta pintura,
que no tenga impropiedad.
Ni estimada calidad
de noble que degenera.
Ni tan doméstica nuera
que guste de estar sujeta.
Ni he conocido poeta
señor de mucho dinero.
Ni judiciario agorero
que con su ciencia no engañe.
Ni hay hombre que desengañe,
que no venga a ser malquisto.
Ni daño, cuando es previsto,
que no ayude a moderarse.
Ni descuido que enmendarse
pueda del todo en la guerra. 
Ni tan abastada tierra,
que un cerco no la consuma.
Ni capitán que presuma
de serlo, que no esté alerta.
Ni el cobarde hallará puerta
segura para escaparse.
Ni acertará a disculparse
el que hiciere cosa fea.
Ni, aunque ninguno lo vea,
deja de estar Dios presente.
Ni hay razón mas elocuente
que el hablar lo necesario.
Ni habrá envidia de adversario
que no nos cause virtud.
Ni vergüenza en juventud
que no ayude a deprender.
Ni se puede reprender
todas veces al menor.
Ni tiene cebo el amor
como amar y ser amado.
Ni más infelice estado
que es el falto de esperanza. 
Ni segura confianza
en fuerzas, ni en poca edad.
Ni tal prueba de amistad
como cárcel o pobreza.
Ni vi fama con firmeza
en vida del propio dueño.
Ni más envidiado sueño
que el falto de obligación.
Ni gran bien en posesión,
que se iguale al merecerle.
Ni oficio que el deprenderle
no tenga dificultad.
Ni fuerza o necesidad
que no turben el jüicio.
Ni agradece el beneficio
el que al segundo aguardó.
Ni el consejo despreció
sino el que es del suyo pobre.
Ni hay hombre ni flor que cobre
a la tarde su color.
Ni tiránico furor
como belleza y poder. 
Ni se debe agradecer
al que es con favor gracioso.
Ni el perfecto religioso
teme a la fortuna y hado.
Ni es cuerdo el que está enfadado
de que cualquiera le ruegue.
Ni es justo que nadie juegue
asegurado en su engaño.
Ni el que con ira hace daño
teme el que venirle puede.
Ni es razón que siempre quede
en gente común la carga.
Ni hay quien tenga vida larga
que no tenga larga pena.
Ni es sabio el que se condena
por culpa que otro merece.
Ni el que por miedo agradece,
diremos del que fue grato.
Ni es menester mucho rato
para saber hacer mal.
Ni demasiado caudal
para el socorro de un bajo. 
Ni el excesivo trabajo
deja al paciente llorar.
Ni puede un engaño estar
por mucho tiempo ocultado.
Ni hay hombre muy descuidado,
que también no sea perdido.
Ni el que ha sido preferido
a otros, debe estar triste.
Ni el que su vicio resiste
le dejará de vencer.
Ni hay quien sepa qué es saber,
que en saber no se desvele.
Ni cosa que más consuele
en el mal, que la esperanza.
Ni coge nadie ni alcanza
otro fruto del que siembra.
Ni se ha de dar a la hembra
tanta mano cuanta toma.
Ni hay carcoma que así coma
como mala compañía.
Ni el que hace demasía
puede vivir con reposo. 
Ni habrá ningún todo hermoso
con partes sin proporción.
Ni da ser a las que son
sin valor, sino el provecho.
Ni hay descendiente derecho ,
que a su natural no torne.
Ni juez que se soborne
a pleito determinado.
Ni puede haber trato honrado
con palabras de dos haces.
Ni se logran los secuaces
de la vana profesión.
Ni sin favor de razón.
se usa bien del albedrío.
Ni es loable el señorío
que todo su fin es vano.
Ni hay franco que no esté ufano
de dar, que es acto gustoso.
Ni más cierto y deleitoso
amigo que el libro bueno.
Ni sabio que en vicio ajeno,
para el suyo no escarmiente. 
Ni hay estado preeminente,
de fortuna asegurado.
Ni soberbio bien criado,
ni avaro que no esté hambriento.
Ni como el bueno hay sediento
en el hacer beneficio.
Ni aquel que es flojo en su oficio
tendrá vejez sosegada.
Ni planta que esté arraigada
se arranca sin azadón.
Ni da el mundo galardón
más que oprimir al mundano.
Ni hay quien no tenga en su mano
su tormento o su quietud.
Ni hay claridad de virtud
que soberbia no oscurezca.
Ni fama que así perezca
como el buen nombre en el malo.
Ni abundancia con regalo
en casa desconcertada.
Ni habrá ira represada,
que al cabo no engendre odio. 
Ni son Pasquín y Marfodio
poco freno a poderosos.
Ni hay pobres facinerosos
que no busquen novedades.
Ni más dañosas maldades
que con fingida inocencia.
Ni demasiada licencia
que no cause algún desorden.
Ni congregación con orden ,
si en su gasto no se prueba.
Ni hoy apruebo al que reprueba
la lectura de la historia.
Ni por tener gran memoria,
el hombre de sí se acuerda.
Ni es previsto el que recuerda
después de venido el daño.
Ni es buen conocer desengaño
cuando excusar no se puede.
Ni vana ambición concede
recíproca cortesía.
Ni tiene en la medianía
Fortuna mucho poder, 
Ni falta jamás que hacer
al que bien quiere ocuparse.
Ni puede alguno librarse
de envidia o de menosprecio.
Ni hay escudo para un necio
como el yerro del honrado.
Ni el que no sigue al pasado
le hereda en lo que es nobleza.
Ni hay socorro con pereza,
que sea prueba de amistad.
Ni común conformidad
a quien no tema el vecino.
Ni más loco desatino
que hablar u obrar con jactancia.
Ni hay daños con abundancia,
que no se puedan llevar.
Ni hay provecho cual gastar
bien el tiempo antes que acabe.
Ni sabe poco el que sabe
vencer su dificultad.
Ni hay viciosa ociosidad,
que mil males no acarree. 
Ni lo que el hombre posee
ha de ser para sí solo.
Ni hay del uno al otro polo
lugar sin ingratitud.
Ni consuelo en senectud,
que se iguale al de la ciencia.
Ni es del malo la elocuencia
más que una falsa agudeza.
Ni luce antigua nobleza
con la moderna mancilla.
Ni es menester gran vajilla
para mitigar el hambre.
Ni más que un hilo de estambre
Para enfrenar al que es bueno.
Ni en república hay veneno
Como un repúblico escaso.
Ni hacienda de Mida o Craso,
Que sufra el gasto del uso.
Ni del tímido y confuso
Se espere aumento de hacienda.
Ni hay libertad que no penda
De un hilo flaco y delgado. 
Ni puede el bien que es pasado
Dar gozo en el mal presente.
Ni hay cosa que más contente
Que un deseo conseguido.
Ni enfado al que es resabido.
Como alcanzarle su intento.
Ni sufre un gran pensamiento
Medianía en sus efetos.
Ni habrá tan rudos sujetos ,
Que el arte no los mejore.
Ni aunque el avaro atesore.
Pondrá fin a su deseo.
Ni suele dañar rodeo
A lo que razón no pudo.
Ni habrá viejo tan sesudo,
Que caduco no sea un niño.
Ni hermosa con desaliño,
Que se estime su hermosura.
Ni hora que esté segura ,
Siendo contraria la suerte.
Ni hay dulzura cual la muerte
Para el que la está llamando. 
Ni vida que en comenzando
No esté cerca del extremo.
Ni forzado que ande al remo,
Que no pueda ser dichoso.
Ni hay ladrón para el reposo
Como una afición secreta.
Ni tan ligera saeta
Como el pensamiento humano.
Ni más bárbaro tirano
Que el que con muerte castiga.
Ni hace fe cosa que diga
Quien tiene poco poder.
Ni debe nadie escoger
Cosa que luego deseche.
Ni hay consejo que aproveche
Á la loca juventud.
Ni por qué buscar salud
Entre vejez y cuidado.
Ni hay Milón tan esforzado,
A quien no venza un mosquito.
Ni término más finito
Ni infinito que el del hombre. 
Ni fama, por mas que asombre,
Que no sea corruptible.
Ni vista más apacible
Que virtud en cuerpo hermoso.
Ni es mal estorbo al vicioso
Debilidad o accidente.
Ni hay caudal tan suficiente,
Que baste al gasto de un loco.
Ni quien suba poco á poco ,
Que no descienda rodando.
Ni al que su ruego es mandando,
Que se le pueda negar.
Ni fuera malo olvidar
Mil cosas por la quietud.
Ni donde falta virtud,
La elocuencia es provechosa.
Ni vi más áspera cosa
Ni más blanda que la lengua.
Ni quien note ajena mengua,
Que tenga limpio su seno.
Ni es consuelo el mal ajeno,
Que remedia el propio mal. 
Ni sirve mas que de sal
El alma en cuerpo vicioso.
Ni he visto quien dé en gracioso,
Que no tenga mil rencillas.
Ni el que no sufre cosquillas
Puede usar de libertad.
Ni se puede una verdad,
Si es cruda, dar á comer.
Ni hay quien se pueda valer
Contra su propio deseo.
Ni quien sepa sin rodeo
Dar satisfacción a un necio.
Ni quien sufra un menosprecio,
Si no es santo o pretensor.
Ni es verdadero valor
Del ingenio la agudeza.
Ni dá desdicha tristeza,
Cuanto alegra gloria falsa.
Ni el pobre que busca salsa
Merece ser socorrido.
Ni el que es loco y atrevido
Vive con seguridad. 
Ni puede haber calidad
De que el hombre no sea dino.
Ni mas bravo desatino
Que el desprecio de la vida.
Ni habrá hombre que se mida,
Que no asegure su estado.
Ni tan soberbio elevado,
Que pobreza no le mude.
Ni quien sepa, aunque más sude,
En qué está el daño o provecho.
Ni ofensa que se haya hecho,
Que á tiempos no resucite.
Ni habrá contento que quite
Tan solamente una cana.
Ni vanidad cortesana.
Que deje al dueño que duerma.
Ni habrá fama que, si enferma,
No tenga difícil cura.
Ni se gana sin ventura ,
Ni se conserva sin arte.
Ni por perder una parte
Se ha de aventurar el todo. 
Ni hay hombre que por su modo
No sea un loco perenal.
Ni con falta de caudal
Es bueno levantar obra.
Ni pienso que á nadie sobra
Dinero para mal uso.
Ni tiempo al hombre confuso
Para bien ni mal obrar.
Ni quien sepa moderar
El hambre del apetito.
Ni hay manjar tan exquisito,
Que siendo mucho no enfade.
Ni vicio, por más que agrade,
Que no remuerda ó condene.
Ni el que pocas fuerzas tiene,
Las probará, si no es necio.
Ni hay cosa de mayor precio
Que un socorro en ocasión.
Ni más discreta razón
Que acertarse á defender.
Ni plebeyo ni mujer
Que del fausto no se admire. 
Ni quien por derecho tire,
Que no lo estime en muy poco.
Ni hay medicina de un loco,
Cual memorar el morir.
Ni quien sepa bien medir
A sí y á su sepultura.
Ni sirve, do no hay ventura,
Grandeza de corazón.
Ni es cosa puesta en razón
Buscar sin virtud gran fama.
Ni pensar que está en la cama
El sueño del ocupado.
Ni hay sueño, si es demasiado,
Que no apague la memoria.
Ni virtud de cuya gloria
No se alcance algún provecho.
Ni el bueno cuida en lo hecho,
Sino en buscar qué ha de hacer.
Ni aflige mucho el perder
Aquello que poco cuesta.
Ni el que da mala respuesta
Criará nuevos amigos. 
Ni aprobaré los testigos
Que vienen sin ser llamados.
Ni escapan de ser culpados
Los que culpas favorecen.
Ni de los que mucho ofrecen
Habrá promesa segura.
Ni vi silencio y cordura
Juntos en fiesta ó convite.
Ni prudente que no quite
Las ocasiones de ira.
Ni más acepta mentira
Que engañando al enemigo.
Ni quien tenga paz consigo.
Si con otros es culpado.
Ni loco y desenfrenado
Como el inorante y rico.
Ni grande que no sea chico
Si carece de virtud.
Ni afición en juventud ,
Que a lo que es honesto mire.
Ni hombre que se retire,
Que falte quien le condene. 
Ni quien por algún bien pene
De que no tuvo noticia.
Ni hay virtud que con codicia
No se aniquile ó deshaga.
Ni el peligro tiene paga
Que con el honor se iguale.
Ni se estima en lo que vale
De los pobres el consejo.
Ni hay grande que no sea espejo
De las obras del pequeño.
Ni casado que sea dueño
De su libertad amada.
Ni honra más estimada
Que la ganada en la guerra.
Ni chica ni grande tierra
Donde el sabio no aproveche.
Ni quien el triunfo deseche,
Que tenga poco valor.
Ni atrevimiento peor
Que el muchas veces usado.
Ni es bien que se muestre airado
El que pocas fuerzas tiene. 
Ni será amigo el que viene
Á serlo á más no poder.
Ni se pueden bien hacer
Juntamente muchas cosas.
Ni son igualmente honrosas
Las hazañas militares.
Ni son todos los telares
Castos como el de la griega.
Ni es sinrazón que al que niega,
Se niegue lo que él negó.
Ni puede el que mal pagó
Una obra, otra pedir.
Ni es grande ofensa partir
Con el que es más poderoso.
Ni siente bien el dichoso
El daño del desdichado.
Ni mejora el desterrado
Si con sus vicios se muda.
Ni hay quien ponga la fé en duda,
Que alguna vez no la niegue.
Ni cosa que así nos ciegue
Como un falso adulador. 
Ni la certeza de amor
Se alcanza sin gran rodeo.
Ni satisface al deseo
Lo que nos puede faltar.
Ni el cuerdo ha de comenzar
Cosa que no sea loable.
Ni hay esperanza mudable
Como es la del afligido.
Ni tiene el que fué rendido
Gana de nueva pendencia.
Ni hay estado a quien la ciencia
No le honre o le mejore.
Ni pleito que se empeore
Si el escribano es amigo.
Ni hay peligro en el castigo
Como una secreta ira.
Ni se encubre la mentira
En el rostro con temor.
Ni hay hombre de gran valor
Que el peligro le acobarde.
Ni obra que más se tarde
Que aquella que no se empieza. 
Ni acompañan a pobreza
Respeto ni adulación.
Ni siguen á la razón
Necesidad ni abundancia.
Ni tiene poca jactancia.
Quien no halla otro su igual.
Ni hay quien guste de su mal
Como el enfermo de amor.
Ni toma buen defensor
El que en su fortuna fia.
Ni hay juez de una porfía
Tan bueno como el suceso.
Ni quien ame con exceso,
Que repare en el trabajo.
Ni siente la falta el bajo
Como el que próspero ha sido.
Ni habrá caso acontecido,
Que no finja el que lo cuenta.
Ni vi más notoria afrenta
Que honrarse con yerro ajeno-.
Ni pienso que al hombre bueno
Le puede faltar ventura. 
Ni al que pierde coyuntura
Tendré por buen negociante.
Ni hay cosa más inconstante
Que la honra de un soldado.
Ni hombre más engañado
Que el que á los otros engaña.
Ni en porfía donde hay saña
Se averigua la verdad.
Ni hay obra de autoridad ,
Si le falta al que la hace.
Ni el prometer satisface
Como el dar, aunque sea poco.
Ni es justo se den á un loco
Armas para lastimarse.
Ni pueden bien acertarse
Las cosas do no hay consejo.
Ni faltará sobrecejo
A l honrado y oprimido.
Ni hay consuelo al afligido,
Como su propia inocencia.
Ni perfecta diligencia,
Sino la mueve afición. 
Ni aprovecha un buen varón
Tanto como daña un malo.
Ni es menester gran regalo
Para conservar la vida.
Ni hay discreto que no mida
Su gusto con su poder.
Ni quien acierte a correr
Alcanzando como huyendo.
Ni puede el que está temiendo
Acertar cosa que haga.
Ni hay precio que satisfaga
Al hombre que es codicioso.
Ni se alegra el envidioso
No estando el vecino triste.
Ni todo el vivir consiste
Sino en una buena muerte.
Ni hay cosa que en todo acierte
Ser a otra semejante.
Ni condición inconstante,
Que á los amigos conserve.
Ni pueblo que se reserve
Dé un doméstico tirano. 
Ni dará consejo sano
El que su interés procura.
Ni puede una gran ventura,
Si no hay otra; conservarse.
Ni es dificultoso hallarse
Lo necesario a la vida.
Ni es de raíz entendida
La ciencia sin experiencia. .
Ni es menester poca ciencia
Para fingir ignorancia.
Ni al que no ensalza abundancia
Le abate tribulación.
Ni hay quien no ponga afición
En su propio beneficio.
Ni quien acierte un oficio,
Si en él primero no ha errado.
Ni teme ser salteado
Quien no tiene qué guardar.
Ni la virtud puede estar
Por mucho tiempo encubierta.
Ni la esperanza que es muerta
Hace alegre al que la tiene. 
Ni hay hacienda, cuando viene
Sin trabajo, que se estime.
Ni vicio que no encamine
Nuevo vicioso deseo.
Ni tengo por buen trofeo
La estatua no merecida.
Ni acorta tanto la vida
Vejez como mal vivir.
Ni hay enfado cual sufrir.
Una mujer melindrosa.
Ni obra dificultosa
Que con el uso lo sea.
Ni quien mal su tiempo emplea
Que el tiempo no le castigue.
Ni hay hombre que no mitigue
Su apetito con temor.
Ni entre los malos peor
Que el que de serlo se precia.
Ni mujer, si no es muy necia,
Que no tema algún malsín.
Ni hay donde se acerque el fin
Como a la cosa madura. 
Ni más triste desventura
Que la que es sobre alegría.
Ni dádiva muy tardía,
Que se estime por lo que es.
Ni amistad por interés ,
Que pueda mucho durar.
Ni quien guste de tratar
Con amigo que empobrece.
Ni tengo del que aborrece
El vivir, buena opinión.
Ni habrá tan fuerte afición
Que con otra no se quite.
Ni vicio, si se permite,
Que no venga á ser peor.
Ni sufrimiento mejor
Que el que excusar no se puede.
Ni amistad, si se concede,
Que no pida otra amistad.
Ni hay simpleza y claridad
Como el lenguaje del justo.
Ni puede vivir con gusto
Quien tiene mala intención. 
Ni hay flacas fuerzas, si son
Ayudadas de la ira.
Ni quien tema a quien le mira.
Que no viva con recato.
Ni deleite más barato
Que el que es fundado en virtud.
Ni se estima la salud
Hasta el tiempo que se pierde.
Ni puede el viejo que es verde
Reñir al mozo liviano.
Ni hay cosa que al trato humano
Ofenda como el mentir.
Ni se saben encubrir
Amor, riqueza y regalo.
Ni hay remedio para un malo
Como acortarle el poder.
Ni se puede prometer
En la vida cosa cierta.
Ni hay Circe que nos convierta
En bestias, como el pecado.
Ni espíritu afeminado
Como el rendido al deleite. 
Ni vi mas donoso afeite
Que el que es para encubrir canas.
Ni pláticas muy profanas,
Que no ofendan al oído.
Ni es bien que al arrepentido
Le neguemos el perdón.
Ni que tenga la opinión
Mano contra la verdad.
Ni que halle la maldad
En la justicia descargo.
Ni que el súbdito haga cargo
Que pudo, y no fué traidor.
Ni que apriete al labrador
Quien come de su trabajo.
Ni que se piense del bajo
Que no ha de cortar su espada.
Ni creo que hay más pesada
Compañía que del necio.
Ni que fué solo Boecio
Sin razón el afligido.
Ni hay alguno tan sabido,
Que sepa lo que le basta. 
Ni es justo que por ser casta
La mujer, se haga insufrible.
Ni hay cosa que sea imposible
A.1 hombre trabajador.
Ni manjar con su sabor,
Si se come á mesa ajena.
Ni cautelosa sirena
Como mujer ofendida.
Ni arte bien aprendida,
Que fácilmente se olvide.
Ni hombre que en lo que pide
Su razón no justifique.
Ni quien haga, aunque predique,
Tanto efecto como obrando.
Ni ganará (como honrando)
Honra el que á otro la dio.
Ni el que es prudente emprendió
Obra sin causa probable.
Ni habrá ley que sea agradable
Igualmente al bueno y malo.
Ni falta un Sardanapalo,
A cuya sombra se peque. 
Ni al sabio quien le derrueque,
Por encubrir la ignorancia.
Ni hay camino de importancia
Sin algún fin señalado.
Ni beneficio estimado
Como aquel que no se debe.
Ni quien apruebe o repruebe
Sino según su afición.
Ni mucha conversación
Que conserve gravedad.
Ni muestra tener piedad
El que injuria al inocente.
Ni, si el miedo es eminente,
Habrá respeto que baste.
Ni caudal que no se gaste
En la guerra, cuando empieza. .
Ni más dañosa flaqueza
Que adelantar el temor.
Ni virtud de más valor
Que hacer bien por solo hacerle.
Ni más bien que el merecerle.
Pues que no hay mejor caudal. 
Ni al que ha sido desleal
Hay por qué guardarle fé.
Ni faltará un no sé qué
Al cuento del malicioso.
Ni es el hombre venturoso
Hasta que excusa á fortuna.
Ni se hizo cosa alguna
Sin algún fin por su modo.
Ni castigo, en parteó todo,
Falta al delito que es grave.
Ni habrá cerradura ó llave
Que asegure lo estimado.
Ni desorden más usado
Que aquel que encubrirse puede.
Ni vicio de que nos quede
Más que vergüenza confusa.
Ni hace poco el que excusa
Que su daño no le crezca.
Ni hay arroyo que enriquezca
Su corriente de agua clara.
Ni escura noche, si aclara,
Que no ofenda al malhechor. 
Ni hay quien encubra su humor,
Si se mira en su lenguaje.
Ni quien perdone su ultraje,
Como el viejo enamorado.
Ni al bien hacer que es forzado
Se debe igual recompensa.
Ni hay ninguno que no piensa
Merece cuanto desea.
Ni deseo que no sea
Muy mayor que su esperanza.
Ni en vicios do no hay mudanza
Se puede esperar enmienda.
Ni he visto quien de su hacienda
Se muestre muy liberal.
Ni tiene el pez ó animal
Paz, no estando el hombre ahito.
Ni hay ramillete marchito.
Como el bueno y perseguido.
Ni debe ser reprendido
El que á los otros corrige.
Ni es muy fuerte el que se aflige
En el peligro dudoso. 
Ni es del bien común celoso
El que atiende á su interés.
Ni será recto juez
El que para sí no sabe.
Ni habrá medicina grave
Si nos promete salud.
Ni se adquiere la virtud
Sin gran trabajo y sudor.
Ni hay quien estime el amor
Del hombre necesitado.
Ni caballo desbocado,
Como vulgar condición.
Ni tan áspera prisión,
Que un cantar no la consuele.
Ni cosa que así desvele
Como un triste pensamiento.
Ni habrá nuevo acaecimiento,
Que no admire á la ignorancia.
Ni ciencia, si es de importancia,
Sin su madre la experiencia.
Ni hay antigua dependencia
Sin algún arcaduz roto. 
Ni debe juzgarse un doto
Por voto del que no sabe.
Ni hay hombre que no se alabe
De lo que es ó pudo ser.
Ni el árbol puede crecer
Si es muchas veces traspuesto.
Ni mira á lo que es honesto
El hombre necesitado.
Ni el glotón desconcertado
Entra sano en la vejez.
Ni puede haber buen juez
En los casos de ventura.
Ni tristeza ó desventura
Como falta de justicia.
Ni el valedor con codicia
Suele ser muy verdadero.
Ni el amigo lisonjero
Lo será en fortuna adversa.
Ni conversación diversa
Le viene á pelo al que es vano.
Ni se ha de dar al liviano
Mucha mano en el gastar.
Ni el arte de aconsejar
Cuadra á todos los juicios.
Ni podrá el que es dado á vicios
Negar que no está cautivo.
Ni hay quien diga que un can vivo
Vale menos que un león muerto.
Ni que el derecho es muy cierto
Cuando está puesto en contienda.
Ni hay pleito que bien se entienda,
Si es sofista el abogado.
Ni es malo que haya mercado,
Porque al fin todo se vende.
Ni puede en lo que no entiende
Ningún hombre dar su voto.
Ni habrá sabio, pobre ó roto,
Que sepa dónde va tabla.
Ni lo que acaso se habla
Por el rico, que no admire.
Ni mayordomo que mire
Por la hacienda como el dueño.
Ni el que obedece con ceño
Da muestras de mucho amor. 
Ni el que manda con rigor
Obliga á ser muy querido.
Ni fia de su partido
El que gran partido ofrece.
Ni todo lo que parece
Oro es más que la apariencia. »
Ni quien de ajena prudencia
No tenga necesidad.
Ni tan baja enemistad,
Que no cause algún temor.
Ni pacífico señor
Sin obediente vasallo.
Ni gusto que al intentallo
Represente inconvenientes.
Ni bienhechores parientes
Como un amigo, si es bueno.
Ni más dañoso veneno
Que el malo con agudeza.
Ni hay remedio a la pobreza,
Como acortar el deseo.
Ni más claro devaneo
Que el que no se determina. 
Ni hay bestia falsa, mohína,
Que al cabo no dé su coz.
Ni vale nada la hoz
Que toda yerba no siega.
Ni el que de pasión se ciega,
Puede juzgar con verdad.
Ni en las leyes de amistad
Es buena la medianía.
Ni dicen bien cobardía
Y profesión de milicia.
Ni hay donde crezca codicia
Como do está la riqueza.
Ni quien sienta la pobreza
Como el que rico se vio.
Ni vimos que escarmentó
El ladrón ni la hechicera.
Ni se halló bestia fiera
Que no fuese agradecida.
Ni á cólera embravecida
Hay inconveniente grave.
Ni hay mal que al fin no se acabe
Con sufrimiento y paciencia. 
Ni remuerde la conciencia
AI pecar como al dar cuenta.
Ni el que ha recibido afrenta
Jamás puede estar quieto.
Ni el que agradece en secreto
Da muestras de agradecido.
Ni deroga el que es vencido
Los pactos del vencedor.
Ni es bueno se use rigor
Con el delito de muchos.
Ni con los hombres machuchos
Se ha de vivir sin recato.
Ni falta jamás un gato
Entre gente descuidada.
Ni lo que á muchos agrada
Puede de todos guardarse.
Ni debe propio llamarse
Lo que se puede perder.
Ni sabrá darse á entender
El hombre que poco sabe.
Ni hay convite en que se acabe
La comenzada razón. 
Ni á quien falte obligación
De amar ó sufrir su padre.
Ni muy amorosa madre
Si á su hijo no da leche.
Ni hay quien menos se aproveche
Del tiempo que el inconstante.
Ni medrará el ignorante,
Según orden natural.
Ni se debe hacer caudal
Del hombre que es mentiroso.
Ni hay soberbio malicioso
Como el blando en el hablar.
Ni freno contra el pecar,
Como la honra ó temor.
Ni desconsuelo mayor
Que hambre en la casa vacía.
Ni poder y lozanía
Que moderen el deseo.
Ni se da por caso feo
Sino el que el vulgo condena.
Ni hay crueldad que en dar gran pena
Sea mayor que el dilatarla. 
Ni arte, que el imitarla
Iguale con su invención.
Ni primera información,
Que no disponga á creer.
Ni quien le sobre el poder ,
Sino al que no le desea.
Ni hay guerra que buena sea
Sin gran causa y gran caudal.
Ni atormenta tanto el mal
Como cuando es perezoso.
Ni hay prueba de un virtuoso ,
Como aborrecer el vicio.
Ni hay injuria o beneficio
Que no esté en la mano, ajena.
Ni tiene el justo por pena
La que acaba con la vida.
Ni habrá nueva muy temida,
Que se dude de creer.
Ni más famosa mujer
Que la que no tuvo fama.
Ni del hombre que se infama
Se puede nada fiar. 
Ni es buen modo de juzgar
Las cosas por el suceso.
Ni hay costumbre aun sin exceso,
Que fácilmente se quite.
Ni vicio que resucite,
Que no vuelva más dañado.
Ni mentir disimulado
Si no se tiene memoria.
Ni habrá tan cierta Vitoria.
Como una segura paz.
Ni razón más eficaz
Que el ejemplo y la experiencia.
Ni favorable sentencia
Como cualquiera concierto.
Ni tan abrigado puerto ,
Que algún viento no le ofenda.
Ni hay quien sus faltas entienda
Como las de su vecino.
Ni vi mayor desatino
Que pensar nadie que sabe.
Ni hay gran hecho que se acabe
Sin propio valor y ayuda. 
Ni á fortuna que se muda
Basta humana resistencia.
Ni suele tener paciencia
El ingenio confiado.
Ni vi hombre apasionado ,
Que con la razón se mida.
Ni puede dar gran caída
Aquel que poco subió.
Ni al que por fuerza sufrió
Juzgaré por inconstante.
Ni hay vicio que más espante
Que hablar mal de los ausentes.
Ni ejemplos más evidentes
Que los de fortuna adversa.
Ni condición tan perversa,
Que amor no la trueque y mude.
Ni merece el que no acude
A su negocio, se haga.
Ni hay trabajo de más paga
Que el que algún peligro excusa.
Ni honra para el que acusa,
Aunque sea a su enemigo. 
Ni nos alegra el amigo,
Como al tiempo que se hace.
Ni á gran honra satisface
Moderado pensamiento.
Ni hay pilar de tal sustento
Como el premio y el castigo.
Ni será durable amigo
El que sin causa se inflama.
Ni hay hierro contra el que ama,
Que le tome á mala parte.
Ni el que no sabe su arte
Debe por él ser honrado.
Ni sé cuál da mas cuidado:
La ventura ó desventura.
Ni vi hombre con cordura
Cuando ve el fin de su mal.
Ni al que es casto o liberal
Se le nota otra flaqueza.
Ni basta sangre ó riqueza
Para dilatar la vida.
Ni el que sufre su caída
Deja de mostrar valor. 
Ni puede estar sin temor
El que es de muchos temido.
Ni el que se da por vencido
De fortuna es valeroso.
Ni permanece el dichoso
Mucho en su prosperidad.
Ni es la virtud de humildad
De ninguno aborrecida.
Ni hay hombre que en esta vida
Ponga fin á su deseo.
Ni animalejo tan feo,
Que no pueda conseguille.
Ni traidor que el reducille
Se haga sin grande mafia.
Ni provincia tan extraña r
Que para el sabio lo sea.
Ni destierro en ruin aldea,
Que alguno no lo apetezca.
Ni población que carezca
De lo que al vivir le basta.
Ni hacienda para el que gasta
Como pródigo su hacienda. 
Ni sabio que en su contienda
De la razón no se ampare.
Ni imprudente que repare
En que no hay de quién fiar.
Ni puede jamás faltar
Consuelo en ajeno daño.
Ni vive con poco engaño
Quien piensa vivir sin pena.
Ni será la causa buena
Si ha de obrar piedad notoria.
Ni hay lastimosa memoria
Como al padre el hijo muerto.
Ni el que vive sin concierto
Cosa intenta sin perder.
Ni suele permanecer
La honra en ocio ganada.
N»es arte muy acetada
Cuando no es útil su efeto.
Ni del ánimo inquieto
Se espera conformidad.
Ni puede haber gravedad
Donde está amor declarado. 
Ni hay vicio más disfrazado
Que el que parece virtud.
Ni agradable senetud,
Sino sola la del sabio.
Ni habrá ningún astrolabio
Que mida el humano pecho.
Ni tengo por de provecho
Al que á otros no aprovecha.
Ni hay tormenta tan deshecha,
Que al marinero escarmiente.
Ni es razón que el que es regente
Deje de guardar la ley.
Ni puede en ajena grey
Ninguno hacer ordenanzas.
Ni son justas las balanzas,
Si carga la que es dorada.
Ni cosa muy bien mirada,
Que no se juzgue de nuevo.
Ni quiero decir que apruebo
Al que presto determina.
Ni será una medicina
Para todos los humores. 
Ni jamás vi dos señores
Que quieran juntos mandar.
Ni habrá para qué estimar
Al temerario, aunque acierte.
Ni se puede huir la muerte,
Que es más que el hombre ligera.
Ni habrá amistad verdadera
Con diversas calidades.
Ni son todas las edades
Dispuestas a un ejercicio.
Ni tiene mas propio vicio
El viejo, que la codicia.
Ni mas loable avaricia
Que la del tiempo que corre.
Ni hay amigo que se ahorre
Con otro en lo que es honor.
Ni falta jamás dolor
De la herida del agravio.
Ni comienza el hombre sabio,
Sin gran consejo, gran cosa.
Ni puede ser provechosa
Reprehensión con menosprecio. 
Ni se conoce el que es necio,
Siendo sufrido y callado.
Ni hay caballo desbocado
Como libertad de pobre.
Ni hay caudal que tanto sobre
En todos, como es locura.
Ni se muestra la cordura
Del hombre como en casarse.
Ni hay quien quiera adelantarse,
Que obrando no se aconseje.
Ni rico glotón que deje
Por el precio el buen bocado.
Ni tiene en lo que es pasado
Fortuna ningún poder.
Ni puede dejar de ser
Lo que ya una vez se hizo.
Ni lo que mas satisfizo
Deja luego de cansar.
Ni hay quien más se obligue á dar
Que aquel que á dar comenzó.
Ni el que mucho se encerró
Carece de vanagloria. 
Ni hay solícita memoria
Como del pasado bien.
Ni hacienda que de un vaivén
De fortuna no se acabe.
Ni ataja el que mucho sabe,
La palabra al que la dice.
Ni el que á todos contradice
Deja de ser enfadoso.
Ni merece el mentiroso
Se le crea su verdad.
Ni hay guarda de antigüedad
Como escritura ó mojón.
Ni obra con perfección,
De hombre inconsiderado.
Ni acierta el que es desdichado
En cosa que determina. .
Ni falta jamás mohína
A los que gustan de dalla.
Ni hay honra puesta en batalla,
Que no sea del vencedor.
Ni consuelo en el dolor
Cual ser justo el que padece. 
Ni se mira al que merece.
Cuando algo quieren dar.
Ni está lejos de negar
El que duda en responder.
Ni hay cosa que á la mujer
Sea mas propia que el adorno.
Ni maldad como el soborno,
Pues da al justo injusta muerte.
Ni tengo por buena suerte
Ser del mayor despreciado.
Ni por mal considerado,
Quiero me tema el menor.
Ni podrá el que es hablador,
De ningún arte callar.
Ni hay por qué desesperar
De nada mientras se vive.
Ni vicio que al que lo sigue
Le falte alguna disculpa.
Ni es malo que á grave culpa
Haya blanda reprensión.
Ni hace poco el que á razón
Sujeta su atrevimiento. 
Ni hay hombre que el sufrimiento
No le sea muy necesario.
Ni el peligro voluntario
Hace la vida segura.
Ni con quien no se aventura
Es fortuna liberal.
Ni si el daño es general,
Toca llorarle al más chico.
Ni hay pobre que no sea rico
Si lo que tiene le basta.
Ni se cobra, si se gasta,
La vergüenza ni la fama.
Ni al que espera ni al que ama
Se debe en todo creer.
Ni puede permanecer
El hombre de mal vivir.
Ni es poco saber sufrir
Lo que excusar no se puede.
Ni hay miedo de que no quede
En el rostro alteración.
Ni es bien que la ejecución
Sea primero que el consejo. 
Ni es fácil al que es ya viejo
Aprender nuevo lenguaje.
Ni el demasiado coraje
Deja á la razón obrar.
Ni se puede bien hablar
Sin conjugación secreta.
Ni hay mujer que, si es sujeta,
No se haga muy amable.
Ni puede ser muy durable
La forzada posesión.
Ni hace buena la opinión
Al que de sí no lo es.
Ni se vence el interés
Sino huyéndole la cara.
Ni suele mostrarse avara
Fortuna al que es diligente.
Ni la virtud del presente
Se aborrece ni se precia.
Ni falta quien á Lucrecia
La arguya que no fué casta.
Ni el que siempre habla en su casta
Sabe cuándo ha de callar. 
Ni hay estorbo para el dar,
Como pedir con temor.
Ni juez ejecutor,
Como el alma de cada uno.
Ni he visto que esté ninguno
Contento si está cautivo.
Ni es tan malo ser esquivo,
Cuanto común y vulgar.
Ni ofende mucho el negar,
Si en la disculpa se acierta.
Ni hay edad más descubierta
Que aquella que más se encubre.
Ni el que su pecho descubre
Dejará de arrepentirse.
Ni habrá quien sepa medirse
Con afición y cordura.
Ni difiere la locura
De la ira, sino en nombre.
Ni hay cosa más propia al hombre.
Que es inquerir la verdad.
Ni amistad ni enemistad
Con firmeza en verdes años. 
Ni estratagemas ni engaños,
Sin ventura, es renta cierta.
Ni habrá hombre á cuya puerta
Fortuna no haya llamado.
Ni consejo acelerado
Que todas veces acierte.
Ni quien siga hasta la muerte
A su dueño como el perro.
Ni el que no conoce el yerro
Puede sufrir reprensión.
Ni suele ser la opinión
Todas veces verdadera.
Ni es el dia que se espera,
Forzosamente mejor.
Ni amor, fuerzas ni valor
Se muestran do no hay contraste.
Ni es razón que nadie gaste
Su hacienda con poquedad.
Ni con prodigalidad
La derrame y desperdicie.
Ni que ninguno codicie
Sin moderación y tasa. 
Ni piensa el que labra casa
Que ha de ser su vida corta.
Ni mira cuánto le importa
Cada cual saber vivir.
Ni se deben diferir
Las cosas para mañana.
Ni aunque es sabrosa, muy sana
La salsa de murmurar.
Ni el que es fácil en llorar
Tendrá difícil consuelo.
Ni es malo tener recelo
Para no ser salteado.
Ni puede el que no es usado
En la obra ser muy diestro.
Ni salir grande maestro
Quien se da al vicio y olvido.
Ni lo que mucho ha subido
Me espantaré si cayere.
Ni el que buena obra zahiere
Está lejos de pedirla.
Ni hay razón que el repetirla
Sin causa grave se pueda. 
Ni que ninguno conceda
Lo que no piensa cumplir.
Ni he visto restituir
Lo que se usurpa, si es grande.
Ni quien con perdidos ande,
Que al fin perdido no sea.
Ni se estima la presea,
Si no hay pocas como ella.
Ni hay caudal que á la doncella
Iguale á ser vergonzosa.
Ni hay vida más deleitosa
Que el estudio en cosas varias.
Ni con costumbres contrarias
El amistad se conserva.
Ni hace poco el que reserva
Su mal vivir de testigo.
Ni se muestra el cierto amigo
Sino en el negocio incierto,
Ni al gastador sin concierto
Se tiene por liberal.
Ni el crédito es mal caudal
Para engañar y mentir. 
Ni es tardo en el acudir
El vulgo con la opinión.
Ni tiene en su defensión
El-viejo sino la lengua.
Ni suele ser poca mengua
Dar crédito al novelero.
Ni el descuidado guerrero
Puede ganar grande empresa.
Ni hay verdad, aunque esté opresa.
Que en su opresión no respire.
Ni bien común que se mire
Ni como el propio se cele.
Ni quien mucho se recele,
Que haya limpieza en su vida.
Ni hay cosa tan bien fingida
Que el tiempo no la descubra.
Ni es razón que nadie encubra
Ajena bellaquería.
Ni el que vive aceptaría
La vida, si la entendiese.
Ni hurtaría, si supiese
Cuan poco luce lo ajeno. 
Ni el que estriba en lo terreno
Carece de grande mengua.
Ni es todas veces la lengua
Capaz de darse a entender.
Ni basta humano poder
Contra un odio general.
Ni es todas veces el mal
Malo para nuestro aviso.
Ni se puede de un Narciso
Cualquier negocio fiar.
Ni es conveniente trocar
Freno ni a bestias de carga.
Ni se descarga el que carga
En hombro de otro su cargo.
Ni es justo el cargo o descargo
Que es solo por la opinión.
Ni hay buena conversación,
Que no deleite el sentido.
Ni plazo menos sabido
Ni más cierto que la muerte.
Ni mujer ni plaza fuerte,
Si se puede combatir. 
Ni es poco saber huir
Del amigo sospechoso.
Ni hay quien se llame dichoso,
Que no llame a la desdicha.
Ni es gracia la más bien dicha
Si de novedad carece.
Ni la honra permanece
Si se gana por mal medio.
Ni hay trabajo sin remedio
Al que le espera ó procura.
Ni asiste mucha ventura
En la casa del que es necio.
Ni la virtud tiene precio,
Si de ella propia no sale.
Ni es bien que digan que vale
Tanto el hombre cuanto tiene.
Ni que ninguno condene
Por mísero al concertado.
Ni hay hombre tan recatado
Cual conviene en el hablar.
Ni puede mucho ganar
Ninguno sin que otro pierda. 
Ni he visto mujer tan cuerda,
Que le ofenda el ser querida.
Ni hay materia tan sabida,
Que no se pueda argüir.
Ni acredita el diferir
Las pagas al mercader.
Ni tanto se ha de comer,
Que las fuerzas nos ahogue.
Ni obligar a que desfogue
El colérico ofendido.
Ni el que se ve perseguido
Está lejos de ser loco.
Ni sufre mucho ni poco
El ánimo apasionado.
Ni hay mozo desvergonzado,
Que en el hablar mucho dude.
Ni habrá enjerto que no mude
En algo su natural.
Ni abrazo más desleal
Que del pulpo ó salteador.
Ni es de los daños menor
La condición maliciosa. 
Ni hay cosa más poderosa
Que interés y autoridad.
Ni detestable maldad
Como vencer al amigo.
Ni del que lía sido enemigo
Se fie cosa que importe.
Ni del puro hombre de corte
Asegurar lo que dice.
Ni será el que contradice
Acepto en conversación.
Ni hay ley con ejecución
Cuando la guerra es trabada.
Ni puede fortuna nada
Contra fuerza virtuosa.
Ni entre gente sospechosa
Tengo por bueno el vivir.
Ni es difícil de sufrir
El trabajo que es honroso.
Ni tiene el que es más dichoso
Bien seguro, mientras vive.
Ni es justo que nadie estribe
En el dicho de un testigo. 
Ni en la prueba del amigo
Cuando fortuna es igual.
Ni se siente tanto el mal
Que primero se temió.
Ni el que de sí mucho habló
Deja de ser ignorante.
Ni el que es vano y arrogante
Sabe de sí qué se hacer.
Ni un recíproco querer
Se debe á nadie negar.
Ni puede en todo imitar
El arte á naturaleza.
Ni es discreción y agudeza
Igual en todos sujetos.
Ni hay quien dome sus afectos
Sin virtud muy confirmada.
Ni vi carga más pesada
Que aquella que trae el ruego.
Ni puede estar el sosiego
Con la felice memoria.
Ni gozar bien de su gloria
Ninguno con soledad. 
Ni la mucha calidad
Luce donde no hay hacienda.
Ni se comienza la enmienda
Sin conocer el error.
Ni hay salsa que dé sabor
Al manjar como la hambre.
Ni la artificiosa enjambre
Puede sin flor sacar fruto.
Ni librarse el más astuto,
En este tiempo, de engaños.
Ni sabe nadie los daños
Que encubre una alegre boda.
Ni hace mal quien se acomoda
Según que corre la era.
Ni el hacerse hombre de cera
Es poca curiosidad.
Ni hay fin propio de amistad
Como el hacer de dos uno.
Ni labrador importuno
Que no negocie ó convenza.
Ni cosa que no la venza
El hombre tarde ó temprano. 
Ni es bien se ayude al tirano
Porque se suele pagar.
Ni puede el rico pasar
Sin ser del pobre envidiado.
Ni hay quien sea desdichado
Hasta el fin de la jornada.
Ni despensa asegurada
Tanto como lo es la plaza.
Ni ejercicio cual la caza
Para el arte militar.
Ni hay razón como callar
Entre gente maliciosa.
Ni mujer que dé en graciosa ,
Que lo sea cual conviene.
Ni pienso que á nadie viene
Daño que sufrir no pueda.
Ni fortuna que esté queda
Cuando llega á estar muy alta.
Ni puede haber cosa falta
Donde hay dicha y diligencia.
Ni hombre con experiencia,
Que el peligro no recele. 
Ni es mucho que al que le duele,
Pida el dudoso favor.
Ni es menester gran primor
Para aprender á matar.
Ni hay deseo de acertar,
Que no busque á la razón.
Ni quien haga admiración
De todo, que sea discreto.
Ni el bueno busca el secreto,
Sino aquello que es más justo.
Ni hay hombre que tenga el gusto
Á todas horas templado.
Ni vi cobarde arriscado,
Sino con fuerza de amor.
Ni el demasiado rigor
Conserva al rey ni al tirano.
Ni el alzarse hombre á su mano
Es pequeña habilidad.
Ni prueba mal su bondad
El que al malo desagrada.
Ni sirve el consejo nada
Contra una fortuna loca. 
Ni es discreto el que se apoca
Delante el que ha menester.
Ni es malo saber hacer,
Cuando importa, el juego maña.
Ni hay provincia tan extraña,
Donde el sabio no se halle.
Ni pecado que en la calle
No sea más escandaloso.
Ni vi hombre venturoso
Después de allegado á viejo.
Ni quien destruya un consejo
Como la priesa y la ira.
Ni el que sustenta mentira
Puede en ella reprender.
Ni el maestro ha de tener
Vicios, ni menos sufrillos.
Ni hay cuidados más sencillos
Que son los del hombre justo.
Ni puede vivir con gusto
Quien tiene ruin compañía.
Ni hay prenda de más valía
Que el amigo, si es perfeto. 
Ni gusto para el discreto
Como el propio imaginar.
Ni quien se excuse de errar,
Si no huye la ocasión.
Ni dura ciega afición
En hombre muy ocupado.
Ni se estima lo heredado
Tanto como lo adquirido.
Ni hay casa de hombre perdido
Donde el vicio no aposente.
Ni faltará inconveniente
En cualquier mudanza de uso.
Ni ocasión de estar confuso
El que á su dueño ha ofendido.
Ni al que no ha de ser creído
Le está bien querer hablar.
Ni hay quien pueda exagerar
Lo que es una gran desdicha.
Ni puede haber mayor dicha
Que tener buena opinión.
Ni falta engaño y ficción
Sino solo en el morir. 
Ni para honesto vivir
Es menester gran estado.
Ni hay fruta de árbol vedado,
Que no digan que es sabrosa.
Ni tan aprobada cosa,
Que de todos sea admitida.
Ni es poco acabar la vida
Antes que el vivir se acabe.
Ni amistad que no destrabe
Un interés ó pendencia.
Ni hay más importante herencia
Que la virtud del mayor.
Ni dio ser al que es señor
La sangre, sino ventura.
Ni aquel que no se aventura
Puede perder ni ganar.
Ni al que se escapa del mar
Alegra poco la tierra.
Ni es bien se comience guerra
Sin gran caudal y ocasión.
Ni hay lágrimas sin razón,
Que no se aumenten con ella. 
Ni peligrosa centella
Gomo la guerra trabada.
Ni cosa más estimada
Que la que trabajo cuesta.
Ni estorba blanda respuesta
Que se ejecute el rigor.
Ni muestra tener valor
Quien desmaya en lo que empieza.
Ni nos dio naturaleza
Muerte ó nacer desigual.
Ni en el vivir hay más mal
Que la cargada conciencia.
Ni hay honra en-una pendencia,
Si no la tiene el contrario.
Ni indignar al adversario, .
Cuando él puede, es acertado.
Ni hay temor del mal pasado,
Sino que otro no se ofrezca.
Ni quien ame ó aborrezca
Sin medio, si no es mujer.
Ni es á todos el leer
Igualmente provechoso. 
Ni habrá cuidado enfadoso
Que otros no llamen á cortes.
Ni hay espada de dos cortes,
Que obre como la prudencia.
Ni más antigua pendencia
Que la del pobre y el rico.
Ni grande que no sea chico,
Si el chico no le socorre.
Ni rico que mucho ahorre,
Que no sea aborrecido.
Ni beneficio perdido,
Que el gran fiador no lo pague.
Ni habrá sirena que halague
Si no es para más dañar.
Ni es tan malo el resbalar
Del pié como de la lengua.
Ni hay mayor falta ni mengua
Que de quien trate verdad.
Ni viene una tempestad
Sin que primero amenace.
Ni es todo lo que se hace
Acepto al vulgo envidioso. 
Ni acaba, el que es temeroso,
De poner nada en efecto.
Ni hay hombre tan sin defecto,
Que su censor no le halle.
Ni el ofendido, aunque calle,
Es visto haber perdonado.
Ni es insufrible el cuidado,
Cuando se admite consuelo.
Ni acomete sin recelo
Sino el hombre muy perdido.
Ni del que es aborrecido
Se puede decir más mal.
Ni hay vida de hombre mortal
Que no encierre vanagloria.
Ni más loable memoria
Que la del bien recibido.
Ni más apacible olvido
Que del bien que habernos hecho.
Ni hombre muy satisfecho,
Que las más veces no yerre.
Ni habrá áncora que afierre,
Como un necio en su porfía. 
Ni está la sabiduría
En apariencia ó vestido.
Ni hay pobre, si está afligido,
Que no crea fácilmente.
Ni se espanta el que es prudente,
De ver ajena simpleza.
Ni hay desdicha, cuando empieza,
Que en todo no se empeore.
Ni vano que se mejore
Con poder y ser rogado.
Ni más infelice estado
Que el que no le envidia alguno.
Ni beneficio ninguno
Con que se obligue á un traidor.
Ni se ejecuta un furor
Sin confuso arrepentir.
Ni siente tanto el morir
El que muere muerte honrosa.
Ni hay cosa más ingeniosa
Que el apasionado amor.
Ni para el que es hablador
Habrá freno que le enfrene. 
Ni faltará quien condene
El miedo de qué dirán.
Ni que el otro sea truhán
Por sólo ser convidado.
Ni que esté el rico y honrado
De la fortuna quejoso.
Ni que digan que hay reposo
En quien busca de comer.
Ni es visto ningún placer
Que dure siquiera un hora.
Ni hay tristeza que á deshora.
No le venga algún consuelo.
Ni cosa firme en el suelo,
En que fundar la esperanza.
Ni lo que cuesta y se alcanza
Se debe tener en poco.
Ni hay cuerdo que no sea loco
Á juicio del que mira.
Ni quien puede y se retira,
Que luego no se arrepienta
Ni más acertada cuenta
Que aquella do no hay alcance 
Ni se puede echar buen lance
Sin ejercicio y memoria.
Ni da el vencer mayor gloria
Que perdonar al vencido.
Ni es malo darse á partido
El que no puede escaparse.
Ni hay prudencia cual mostrarse
Necio con el que lo es.
Ni aventajado interés
Cual premiar á un coronista.
Ni habrá fuerza que resista
A la industria repetida.
Ni paciencia que, ofendida,
No turbe cualquier juicio.
Ni más liviano edificio
Que la máquina del hombre.
Ni podrá alcanzar renombre
El que no osa aventurarse.
Ni el premio puede negarse
Á la invención de la cosa.
Ni hay mujer tan vedriosa
Como la mal confiada. 
Ni puede ser bien casada
La que no tiene paciencia.
Ni la poca diligencia
Fuerza ajena voluntad.
Ni tiene necesidad
Lo natural de fortuna.
Ni cuando vienen á una
Dos males pueden sufrirse.
Ni bien pueden avenirse,
Soberbia, fausto, pobreza.
Ni suele ser la riqueza
De la virtud compañera.
Ni hay amistad verdadera
Entre el rico y el que es pobre.
Ni hay cuento que vuelo cobro
Como el que es menos creído.
Ni se despeña el sentido
Como con ira y furor.
Ni hace bueno el honor
Al que el miedo no hace bueno.
Ni basta el trabajo ajeno
Para hacer al hombre sabio. 
Ni al que tuvo algún resabie
Le vi del todo enmendarse.
Ni puede disimularse
El enfado de esperar.
Ni se iguala el refrenar
Al prevenir de la ira.
Ni hay más dañosa mentira
Que la aparente verdad.
Ni al que tiene voluntad
Le falta della ejercicio.
Ni se cae el edificio
Sin avisar la caída.
Ni hay más repentina herida
Que del hombre para el hombre.
Ni se puede ganar nombre,
Si no es en guerra ó en corte.
Ni hay ingrato que no acorte
La largueza al liberal.
Ni es más ni menos el mal,
De como es el que lo siente.
Ni es muy santo el que á la gente
Se alaba que santifica. 
Ni el próspero sacrifica,
Como el que está atribulado.
Ni hay tan ligero pecado,
Que de su pena carezca.
Ni es buena, aunque lo parezca,
Hacienda de muchos dueños.
Ni hay depósito de empeños,
Como el juego y la lujuria.
Ni se acomete con furia.
Peligro con experiencia.
Ni se puede alcanzar ciencia
Sin un continuo estudiar.
Ni se debe de rogar.
Por lo que es fácil de haber.
Ni es poco saber vencer.
Un ignorante parlero.
Ni he visto gran caballero,
Que no sea bien criado.
Ni sé cuál es más culpado,
Quien no enseña o quien no aprende.
Ni acierta quien algo aprende,
Si ejercitando es confuso. 
Ni he visto letras sin uso,
Que valgan como experiencia.
Ni será mala elocuencia
La que al enemigo agrada.
Ni hay memoria ejercitada,
Que en algo no se mejore.
Ni estorbo que no empeore
Al obrar sin voluntad.
Ni gloria con vanidad,
Cual las armas sin varón.
Ni nueva constitución,
Que á la antigua no deshaga.
Ni privado que no haga
De sus favores alarde.
Ni quien lo público guarde,
Que su hacienda no asegure.
Ni edad que poco no dure,
Para lo que hay que saber.
Ni puede satisfacer
Lo que debe el hijo al padre.
Ni hay bien que tanto nos cuadre
Como guardarnos del mal. 
Ni cosa más natural
Que el ingenio ser curioso.
Ni hay artificio engañoso,
Que el tiempo no le descubra.
Ni es poco mal que se encubra
Un vicio con otro vicio.
Ni hay instrumento de oficio,
Que para el dueño sea caro.
Ni deudos pobres de avaro,
Que él no los llame prolijos.
Ni hombre rico sin hijos,
Que su poder no le pene.
Ni justo que no condene
En sí mismo el mal que hace.
Ni el que debe satisface,
Si con ventaja no paga.
Ni hay avariento que haga
Mejor cosa que morirse.
Ni pueden bien prevenirse.
Peligros accidentales.
Ni excusa de sufrir males
El que á otros los ha hecho. 
Ni hay hombre tan satisfecho
Que no se pueda engañar.
Ni puede mucho ganar
Ninguno sin que otro pierda.
Ni entiendo cómo concuerda
La mujer, la risa y lloro.
Ni tiene el mundo tesoro
Que se iguale á la salud.
Ni hay loor de gran virtud,
Que no ofenda, si es pequeño.
Ni habrá tiránico dueño,
Que lo que promete haga.
Ni permanece sin paga
Fama de hazañas honrosas.
Ni hay quien busque grandes cosas,
Que no tope con alguna.
Ni el que sin tiempo importuna,
Se puede negar que es necio.
Ni es la cosa de gran precio,
Cuando virtud no la halla.
Ni falta jamás batalla
Entre justicia y conciencia. 
Ni hay arte de mayor ciencia
Que el tiempo y naturaleza.
Ni la mucha sutileza
Deja obrar á la razón.
Ni hay buena conversación,
Si no es alguno elocuente.
Ni el arte en que es eminente
Le tiene ninguno en poco.
Ni hay fausto que baste á un loco
Con soberbia enriquecida.
Ni cosa más bien sabida
Que la que en niñez se aprende.
Ni hace mal el que defiende
Que no hay bien que mucho dure.
Ni adulador que no cure
Nuestra herida sobre sano.
Ni será buen hortelano
El que no escarda su era.
Ni hay culpa, aunque sea ligera,
Que no disponga á otro error.
Ni tan inhábil rector,
Que no se juzgue capaz. 
Ni hay quien goce larga paz.
Que no busque nueva guerra.
Ni es discreto el que destierra
El consejo reprensible.
Ni hay gracia más apacible
Que el responder de repente.
Ni dormirá el delincuente
Jamás seguro de pena.
Ni habrá tan fuerte cadena,
Que un favor no la quebrante,
Ni viejo que no se espante
De hallar amigo en ausencia.
Ni más provechosa ciencia
Que la que enseña á morir.
Ni más penoso sufrir
Que el dolor del oprimido.
Ni hay hombre mal recibido
Que acierte en cosa que hable.
Ni veleta más mudable
Que voluntad juvenil.
Ni sumisión más servil
Que el trato del pretender.
Ni quien se pueda valer
Con un necio confiado.
Ni habrá hombre desechado,
Si saben acomodarle.
Ni tan sabio, que encargarle
Se pueda lo que no ha visto.
Ni quien quiera ser bien quisto.
Que no ayude y dé la mano.
Ni muy viejo cortesano,
Que no sea coronista.
Ni mancebo que resista
Las ocasiones de gusto.
Ni tan valiente y robusto,
Que no le rinda un dolor.
Ni vida de jugador,
Que no sea muy confusa.
Ni más excusada excusa
Que decir: «¿Quién tal pensara?»
Ni habrá tan derecha vara,
Que alguna vez no se tuerza.
Ni más necesaria fuerza
Que vencerse hombre á sí mismo. 
Ni más extendido abismo
Que tratar del hecho ajeno.
Ni corazón tan sereno,
Que no mude parecer.
Ni hacienda de mercader
Que del todo sea segura.
Ni más dudosa ventura
Que la de aquel que navega.
Ni adulador, si se pega,
Que no acabe cualquier cosa.
Ni corónica famosa
Que no tenga algún desmán.
Ni perfecto capitán,
Si al caso no es prevenido.
Ni vano y descomedido,
Que no pague en lo que peca.
Ni voluntad, si se trueca,
Que llegue á su ser primero.
Ni cobarde caballero
Que le cuadre bien el nombre.
Ni nombre que cuadre al hombre,
Como decir que es de bien. 
Ni pretensor que un desdén
No le entibie su esperanza.
Ni muy segura mudanza,
Aunque prometa sosiego.
Ni consume tanto el fuego
Como el juego y la mujer.
Ni tiene el mundo placer
Que iguale al de una victoria.
Ni título de más gloría
Que el de padre o defensor.
Ni satírico censor
Que no acote con el otro.
Ni más indomable potro
Que enfrenar condición vieja.
Ni fábula ni conseja
Que no sirva de ejemplar.
Ni quien se pueda escapar
Del juicio de la gente.
Ni mas furioso acídente
Que ira en el poderoso.
Ni menos menesteroso
Que el que se mide en su gasto. 
Ni quien viva más abasto
Que el que gasta de lo ajeno.
Ni hay hombre perfecto y bueno
Que no juzgue de sí mal.
Ni más gallardo caudal
Que es el del crédito y fama.
Ni más apacible cama
Que la segura conciencia.
Ni al que tiene preminencia
Se ha de dejar de escuchar.
Ni hay sabio que pueda estar
Solo en cualquiera cortijo.
Ni es buen padre el que á su hijo
No le dotrina y corrige.
Ni sabia madre, si rige
A sus hijas sin recato.
Ni suele salir barato
El juego dé las doncellas.
Ni son seguras centellas,
Cuando hay materia dispuesta.
Ni hay de oráculo respuesta
Sin alguna oculta ciencia. 
Ni presteza y providencia
A quien fortuna no asista.
Ni hay fuerza que se resista
Contra el poder de verdad.
Ni mayor cautividad
Que estar a vicios sujeto.
Ni pone nada en efeto
El hombre que sigue extremos.
Ni son las cosas que vemos
Tan ciertas como parecen.
Ni honras que mucho crecen •
Aseguran á su dueño.
Ni difieren con el sueño
El próspero ó miserable.
Ni hay consejo razonable
Que buen suceso no espere.
Ni hombre que desespere,
Sino el poco exprimentado.
Ni hay demasiado cuidado
Cuando fortuna está queda.
Ni consejo que no pueda
Mucho con autoridad. 
Ni hay riqueza y libertad
Que á la virtud no empobrezca.
Ni males que no padezca
El que es viejo, y mas si es pobre.
Ni hay opinión que no cobre
Del vulgo algún gran error.
Ni siervo que á su señor
No pueda tener cautivo.
Ni pienso que hay incentivo
De virtud como vergüenza.
Ni vicio, cuando comienza,
Difícil de remediar.
Ni hay camino de agradar
A Dios, como la paciencia.
Ni tan honrada pendencia
Como no tener ninguna.
Ni vida mas importuna
Que el obedecer á necios.
Ni mas desiguales precios
Que son los de la mujer.
Ni donde sirva el poder
Menos que en el avariento. 
Ni hay hombre tan opulento,
Que infinito no le falte.
Ni muy provechoso esmalte,
Si no hinche algún vacío.
Ni basta ningún desvío
A cansar al que confía.
Ni con femenil porfía
Habrá hombre vitorioso.
Ni confirmado reposo
Del que ve su luna llena.
Ni argos de honra ajena,
Que en la suya no vea poco.
Ni quien vuelva al hombre loco,
Como la nueva riqueza.
Ni bien usada largueza,
Que no robe corazones.
Ni hay quien halle mas razones
Para negar que el avaro.
Ni necesario reparo,
Como en gran prosperidad.
Ni fingida santidad
Sin algún secreto engaño. 
Ni más conocido daño
Que la maldad del mayor.
Ni quien fíe del traidor,
Que no le suceda mal.
Ni mísero liberal
Hasta que hace testamento.
Ni más falso sentimiento
Que lágrimas de heredero.
Ni alquimista verdadero,
Sino el que ahorra su hacienda.
Ni buen ministro de tienda,
Si alguna falta no encubre.
Ni por sabio al que descubre
Al más amigo su falta.
Ni por honrado al que falta
Lo que una vez prometió.
Ni por falto á quien faltó
De cumplir con su apetito.
Ni hay hipócrita marchito
Que no sea un Lucifer.
Ni pienso que puede ser
Pobre el que á ninguno pide. 
Ni piadoso el que despide
Al que le pide socorro.
Ni hay esclavo menos horro
Que el obligado al amigo.
Ni más dañoso testigo
Que la propia confesión.
Ni aseguro la intención
Del que se burla con diente.
Ni conozco hombre valiente
Difícil en perdonar.
Ni cobarde en castigar,
Que no sea muy cruel.
Ni hay cosa tan por nivel,
Que no tenga imperfecciones.
Ni pienso que hay fanfarrones,
Sino los que son gallinas.
Ni tan discretas vecinas,
Que se encubran los secretos.
Ni hombres menos sujetos
Que los muy favorecidos.
Ni daños mas conocidos
Que los de lengua mordaz. : 
Ni menos segura paz
Que el beso del agraviado.
Ni peligro no pensado
Que al más bravo no le espante.
Ni necio más arrogante
Que un bajo con dignidad.
Ni quien tenga libertad
Contra aquel que algo le dio.
Ni quien diga negoció
Bien sin dinero ó lisonja.
Ni más bebedora esponja
Que la sed del usurero.
Ni más perdido dinero
Que el del recién heredado.
Ni valeroso soldado,
Si no es ambicioso de honra.
Ni verdadera deshonra
Sin la culpa del paciente.
Ni santo entre mucha gente,
Que vuelva tal como vino.
Ni más discreto adivino
Que un discurso por razón. 
Ni avariento en su rincón,
Que no se queje de ingratos.
Ni más apacibles ratos
Que los gastados con buenos.
Ni hombres por demás amenos,
Que no sean ocasionados.
Ni tan sublimes estados,
Que el tiempo no los deshaga.
Ni más incurable llaga
Que es el mal de la vejez.
Ni justos que alguna vez
Descompuestos no estuviesen.
Ni animosos que no fuesen
Ayudados de fortuna.
Ni he visto mujer alguna
Muy hermosa y muy humilde.
Ni escritura que una tilde
No le trueque su sentido.
Ni hay hombre tan abatido,
Que levantar no se pueda.
Ni quien encubre en su rueda
Fortuna, que esté seguro. 
Ni habrá tan rebelde muro
Que no lo rinda interés.
Ni cólera que después
No traiga arrepentimiento.
Ni vi hombre tan contento,
Que no envidie ajena suerte.
Ni quien desee la muerte,
Que más no aumente la vida
Ni muerte más conocida
Que el vivir del mal casado.
Ni más venturoso estado
Que la buena compañía.
Ni más aguada alegría
Que la que los hijos dan.
Ni casamiento sin pan
Que tenga paz confirmada.
Ni más penetrante espada
Que un pensamiento celoso.
Ni cuidado más penoso
Que tener honra y pobreza
Ni imagino que es grandeza
Dar por la honra la vida. 
Ni sin pena es homicida
Sino el médico ó letrado.
Ni el manjar, cuando es templado,
A l alma ó cuerpo le ofende.
Ni el Juez recto pretende
Respetar á la persona.
Ni poco en jugar se abona
Quien el gran favor desdeña.
Ni la mujer halagüeña
Deja de vaciar la casa.
Ni al que con buena se casa
Le faltará en ella ayuda.
Ni el que en arar pone duda
Terna para su sustento.
Ni quien aguarda agua ó viento,
Siembra ni coge el verano.
Ni el mancebo al cuerdo anciano
Dejará de estar sujeto.
Ni el que es amador perfeto.
Se muestra en el dar mezquino.
Ni honra que de amor no vino
Lo es, sino adulación. 
Ni al adúltero ladrón
Le agrada la luz del dia.
Ni la casada sería
Honrada, sin su recato.
Ni es menos que mentecato
Quien vá á cualquiera mujer.
Ni el que gobierna ha de ser
Necio, porque es mona en banco.
Ni al que vuelve negro en blanco
Tengo por buen tintorero.
Ni es bien creer de ligero
Que hay sobre negro tintura.
Ni ayuda mal la escritura
Ni el docto á pasar la vida.
Ni el labrador se despida
De consolar su tristeza.
Ni es pequeña su riqueza,
Si el tal conocerla sabe.
Ni aunque parece suave
La ambición, es leve pena.
Ni el necio que se desfrena
Menos que saeta hiere. 
Ni el bien, cuando se perdiere,
Dejará de echarse menos.
Ni son discretos ni buenos
Los que aguardan á perderle.
Ni al forastero ofenderle
Es de cotes ni cristiano.
Ni es blasón humilde y llano
Favorecer al caído.
Ni por la fé y por su nido,
Ponerse á morir contento.
Ni el amor del nacimiento
Jamás se puede olvidar.
Ni el amor sabe guardar
Ley, sino su mismo fuero.
Ni sana de su mal fiero
Sino el que sano se finge.
Ni aflige menos que esfinge,
Despeñando cuerpo y alma.
Ni intenta perder la palma
El que primero se prueba.
Ni pequeña ayuda lleva
Quien tiene oficio y camina. 
Ni en la lengua peregrina
Quien no entiende tiene oídos.
Ni en los palacios subidos
Deja de haber mil engaños.
Ni tantos ni tales daños
Hubiera, á no haber doblones.
Ni hay elocuentes razones
Adonde habla su alteza.
Ni triste como el que empieza
Á servir cuando ya es viejo.
Ni más seguro consejo
Que mirar siempre á la fin.
Y pues llega el San Martín
Del mayor y del menor.
Cada uno en su dolor
Se consuele; que no hay mal
Á quien le falte su igual,
Y serán sus duelos menos,
Medidos con los ajenos.