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miércoles, 12 de julio de 2023

Mi Apología. Woody Allen

Mi Apología (Woody Allen)

De todos los hombres célebres que han existido, el que más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas.

No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos.

Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando.

Al final, la valerosa muerte de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el departamento de impuestos sobre la Renta.

Confieso que muchas veces he querido ponerme en lugar del insigne filósofo, y en todas ellas me he quedado inmediatamente traspuesto y he tenido el siguiente sueño:

(La escena transcurre en mi celda. Acostumbro a estar sentado y solo, resolviendo algún intrincado problema de pensamiento racional, por ejemplo: ¿Podemos considerar un objeto como una obra de arte, si sirve también para limpiar la estufa? En este preciso momento, me visitan Agatón y Simmias)

Agatón: Ah, mi buen amigo y viejo sabio, ¿qué tal discurren tus días de confinamiento?

Allen: ¿Qué cabe decir del confinamiento, Agatón? Solo el cuerpo puede estar sujeto a límites. Mi mente vaga con toda libertad, sin que estas cuatro paredes le pongan trabas. Así que en verdad puedo preguntar: ¿existe el confinamiento?

Agatón: Ya, pero ¿Y qué ocurre si quieres dar un paseo?

Allen: ¡Buena observación! No podría.

(Los tres permanecemos inmóviles en actitudes clásicas, casi como un friso. Finalmente, Agatón toma la palabra)

Agatón: Me temo que traigo malas noticias. Te han condenado a muerte.

Allen: ¡Ah, me entristece ser causa de controversia en el senado!

Agatón: De controversia, nada. Unanimidad.

Allen: ¿De veras?

Agatón: En la primera votación.

Allen: ¡Vaya, esperaba un poco más de apoyo!

Simmias: El senado está furioso con tus ideas sobre un Estado utópico.

Allen: Sospecho que no debí sugerir que eligieran un filósofo-rey.

Simmias: Sobre todo cuando, carraspeando, te señalabas a ti mismo.

Allen: Aun así, no consideraré malvados a mis verdugos.

Agatón: Ni yo tampoco.

Allen: ¡Ejem! Sí, bueno… ¿Qué es el mal sino, sencillamente, el bien hecho con exceso?

Agatón: ¿Cómo puede ser?

Allen: Míralo de esta manera. Si un hombre entona una bonita canción, nos resulta grata al oído. Si la canta una y otra vez te producirá jaqueca.

Agatón: Cierto.

Allen: Y si no cesa nunca de cantar, llegará un momento en que querrás estrangularlo con un calcetín.

Agatón: Sí, muy cierto.

Allen: ¿Cuándo ha de cumplirse la sentencia?

Agatón: ¿Qué hora es ahora?

Allen: ¿¡Hoy!?

Agatón: Es que necesitan la celda.

Allen: ¡Bien, pues que así sea! Dejemos que me quiten la vida. Que quede escrito que muero antes de renunciar a los principios de la verdad y la libertad de pensamiento. ¡No llores, Agatón!

Agatón: No lloro. Es alegría.

Allen: Para el hombre sabio, la muerte no es un fin, sino un principio.

Simmias: ¿Por qué?

Allen: Bueno... deja que lo piense un momento.

Simmias: Tómate el tiempo que quieras.

Allen: ¿No es cierto, Simmias, que el hombre no existe antes de haber nacido?

Simmias: Muy cierto.

Allen: ¿Ni existe después de haber muerto?

Simmias: Sí, estoy de acuerdo.

Allen: Hmmm.

Simmias: ¿Y bien?

Allen: ¡Espera un poco, caramba! Me siento perplejo. Ya sabes que me dan únicamente cordero para comer y que nunca está bien asado.

Simmias: La mayoría de los hombres contemplan la muerte como el fin de todo. Y, en consecuencia, la temen.

Allen: La muerte es un estado de no-ser. Lo que no es, no existe. Y, sin embargo, no existe la muerte. Solo la verdad existe. La verdad, y la belleza. Son intercambiables, y también aspectos de sí mismos. ¡Ejem...! ¿Dijeron qué proyectos tenían conmigo?

Agatón: Cicuta.

Allen (Desconcertado): ¿Cicuta?

Agatón: ¿Recuerdas aquel líquido negro que agujereó tu mesa de mármol?

Allen: ¡No me digas!

Agatón: Una sola cucharada. Aunque te la darán en cáliz para que no se derrame nada.

Allen: Me pregunto si dolerá.

Agatón: Dijeron que procurases no hacer una escena. Los demás presos se pondrían nerviosos.

Allen: Hmmm.

Agatón: Les contesté que morirías valerosamente antes que renunciar a tus principios.

Allen: ¡Bien, bien! … Ejem, ¿el concepto de ‘destierro’ no se citó nunca en el debate?

Agatón: Desterrar quedó suprimido el año pasado. Requería demasiada burocracia.

Allen: Bueno … Claro … (Preocupado y distraído, pero intentando conservar el dominio de sí mismo). Yo, ejem … ¿Y qué más hay de nuevo?

Agatón: Oh, me encontré con Isósceles. Tiene una idea estupenda para un nuevo triángulo.

Allen: Bien … bien … bien … (De pronto abandono todo fingimiento). Mira, voy a ser sincero contigo … ¡No quiero morir! ¡Soy demasiado joven!

Agatón: ¡Pero si es tu gran oportunidad de morir por la verdad!

Allen: No me interpretes mal. Yo solo vivo por la verdad. Por otra parte, tengo un almuerzo en Esparta la semana que viene, y me molestaría faltar. Me toca pagar a mí, y ya sabes cómo son esos espartanos, en seguida desenvainan la espada.

Simmias: ¿Se ha vuelto un cobarde el más sabio de nuestros filósofos?

Allen: No soy un cobarde, ni tampoco un héroe. Digamos que estoy más o menos por el medio.

Simmias: Un gusano miedoso.

Allen: Ese es, aproximadamente, el punto exacto.

Agatón: Pero fuiste tú el que demostró que la muerte no existe...

Allen: Un momento, escúchame … Claro que he demostrado muchas cosas. Así es como pago el alquiler. Teorías y pequeñas experiencias. Un comentario travieso de vez en cuando. Máximas ocasionales. Es mejor que recoger aceitunas, pero tampoco hay por qué entusiasmarse.

Agatón: Pero tú demostraste muchas veces que el alma es inmortal...

Allen: ¡Y lo es! Pero sobre el papel. Mira, ese es el gran problema de la Filosofía … resulta tan poco funcional en cuanto sales de clase …

Agatón: ¿Y todas tus disertaciones acerca de que la muerte es lo mismo que el sueño...?

Allen: Así es, pero la diferencia estriba en que, cuando estás muerto y alguien grita: “¡Todo el mundo en pie, ya es de día!”, cuesta un horror encontrar las zapatillas.

(El verdugo llega con una copa de cicuta. Su rostro se parece mucho al del cómico irlandés Spike Mulligan)

Verdugo: ¡Ah … ya estamos aquí! ¿Quién se ha de beber el veneno?

Agatón (Señalando hacia mí): Este.

Allen: ¡Caramba, qué copa tan grande! ¿No suelta demasiado humo?

Verdugo: Es normal. Hay que bebérsela toda, porque la mayoría de las veces el veneno está en el fondo.

Allen: (Por regla general, aquí mi comportamiento difiere totalmente del de Sócrates, y me han advertido, ya que que suelo gritar en sueños): ¡No… no beberé! ¡No quiero  morir! ¡Socorro! ¡No! ¡Por favor!

(El verdugo me tiende el burbujeante brebaje entre mis abyectas súplicas y todo parece perdido. Entonces, el sueño toma un nuevo sesgo, a causa de algún innato instinto de supervivencia, y aparece el Mensajero)

Mensajero: ¡Quietos todos! ¡El senado ha vuelto a votar! Quedan retiradas todas las acusaciones contra ti. Tu valía ha sido finalmente reconocida y está decidido que se te debe rendir un homenaje,

Allen: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Han vuelto a la razón! ¡Soy un hombre libre! ¡Libre! ¡Y me van a homenajear! De prisa, Agatón y Simmias, preparadme las maletas. Tengo que irme, Praxíteles querrá comenzar mi busto cuanto antes. Pero antes de partir, os brindo una pequeña parábola.

Simmias: ¡Vaya! Esto sí que ha sido volverse la casaca. ¿Tendrán idea de lo que se traen entre manos?

Allen: Un grupo de hombres habitan en una oscura caverna. No saben que fuera brilla el sol. La única luz que conocen es el titubeante temblor de las velas que llevan para desplazarse.

Agatón: ¿Y de dónde han sacado las velas?

Allen: Bueno, digamos que las tienen, y basta.

Agatón: ¿Habitan en una caverna y tienen velas? Suena falso.

Allen: ¿No podéis aceptar mi palabra?

Agatón: Está bien, está bien. Pero vayamos al grano.

Allen: Un buen día, uno de los moradores de la caverna sale y ve el mundo exterior.

Simmias: En toda su claridad.

Allen: Justamente. En toda su claridad.

Agatón: Y cuando intenta contárselo a los demás no lo creen.

Allen: Pues no.

Agatón: ¿NO? ¿Entonces?

Allen: Pues, monta una carnicería, se casa con una bailarina y muere de hemorragia cerebral a los cuarenta años.

viernes, 9 de junio de 2017

Anton Chejov, La institutriz

Se trata de una autoadaptación teatral que hizo Chejov de su cuento "Poquita cosa":

Anton Chejov 

LA INSTITUTRIZ

ESCRITOR : (Aparece bajo un reflector) ¡Esperen! Para quienes se sientan ofendidos por la crueldad de la vida, existe una alternativa al final: "Ivan Ilyitch Cherdyakov se fue a su casa, se sacó la chaqueta, se tendió en el sofá… y heredó cinco millones de rublos". No hay base alguna para eso, pero es constructivo. Les aseguro que no es mi intención retratar la vida más dura de lo que es, pero algunos de nosotros nos encontramos realmente atrapados. Sirvan de testigos a la situación en que se encuentra una joven institutriz que cuida y educa a los niños de una familia de buen pasar…

SEÑORA : (Con un libro de cuentas frente a ella) ¡Julia!

(Una joven institutriz entra apresurada, se detiene frente al escritorio con una reverencia).

JULIA : ¿Sí, señora?

SEÑORA : Mírame muchacha. Levanta la cabeza. Me gusta verte los ojos cuando te hablo.

JULIA : (Levanta la cabeza) Sí señora. (Pero su cabeza tiene el hábito de agacharse).

SEÑORA : ¿Y cómo van los niños en sus lecciones de francés?

JULIA : Son muy despiertos, señora.

SEÑORA : Ojos en alto… ¿Despiertos, dices? Bueno, y ¿por qué no? ¿Y en matemáticas? Supongo que les irá bien en matemáticas.

JULIA : Sí, señora. Especialmente Vanya.

SEÑORA : Es lógico. Lo sabía. Yo fui sobresaliente en matemáticas. ¿No dirías que lo heredó de su madre?

JULIA : Sí, señora.

SEÑORA : Cabeza en alto… (Ella levanta la cabeza) Así es. No tengas temor de mirar a la gente a los ojos, querida. Si presumes de inferior es exactamente así como la gente va a tratarte.

JULIA : Sí, señora.

SEÑORA : Eres una muchacha bastante calladita, ¿no?…. Bueno, arreglemos nuestras cuentas. Imagino que necesitarás dinero aunque nunca lo pidas… Veamos, quedamos de acuerdo en que recibirás treinta rublos al mes, ¿no es así?

JULIA : (Sorprendida) Cuarenta, señora.

SEÑORA : No, no: treinta. Lo anoté expresamente aquí (Señala el libro). Siempre he pagado treinta a las institutrices… ¿Quién te dijo cuarenta?

JULIA : Usted misma, señora. No hablé con nadie más en lo referente al dinero…

SEÑORA : Imposible. Tal vez creíste escuchar cuarenta cuando yo dije treinta. Si mantuvieras la cabeza en alto eso no ocurriría. Mírame nuevamente y yo lo voy a repetir con toda claridad. “Treinta rublos al mes”.

JULIA : Si usted lo dice, señora.

SEÑORA : Arreglado entonces. Treinta al mes viene a ser… Espera… Has estado aquí exactamente dos meses.

JULIA : Dos meses y cinco días.

SEÑORA : No, no. Dos meses exactos. Lo anoté aquí. Deberías llevar libros como lo hago yo. Evitaríamos estas discrepancias. Entonces tenemos que dos meses a treinta rublos por mes… hacen sesenta rublos. ¿Correcto?

JULIA : (Haciendo pequeña cortesía) Sí, señora. Gracias, señora.

SEÑORA : Substrayendo nueve domingos… ¿Quedamos de acuerdo en sustraer los domingos, ¿no es verdad?

JULIA : No, señora.

SEÑORA : ¡Ojos, ojos!… Por supuesto que convinimos en substraer los domingos. Ni siquiera me tomé la molestia de anotarlo porque siempre lo hago. ¿No recuerdas cuando te dije que íbamos a descontar los días domingo?

JULIA : No, señora.

SEÑORA : Piensa.

JULIA : (Piensa) No, señora.

SEÑORA : No estabas pensando. Tu mirada estaba vagando por ahí. Mírame directo a los ojos y piensa… ¿Lo recuerdas ahora?

JULIA : (Entregada) Sí, señora. (Muy bajo)

SEÑORA : No alcancé a escucharte, Julia.

JULIA : (Más fuerte) Sí, señora.

SEÑORA : Bien . Estaba segura que recordarías… Más tres días de fiesta. ¿Correcto?

JULIA : Dos, señora. Navidad y Año Nuevo.

SEÑORA : Y con tu cumpleaños son tres.

JULIA : Pero el día de mi cumpleaños trabajé, señora.

SEÑORA : ¿Sí? No tenías por qué hacerlo. Mis otras institutrices no trabajaron jamás el día de su cumpleaños.

JULIA : Pero yo trabajé, señora.

SEÑORA : Pero no es ese el problema, Julia. Ahora estamos discutiendo cuestiones financieras. Sin embargo, si insistes, voy a tomar en cuenta solamente dos días festivos… ¿Insistes?

JULIA : Yo trabajé, señora.

SEÑORA : ¿Vas a insistir entonces?

JULIA : No, señora.

SEÑORA : Muy bien. Son tres días festivos, por lo tanto descontamos… doce rublos. Luego tenemos los cuatro días en que el pequeño Kolya estuvo enfermo y por lo tanto no recibió lecciones.

JULIA : Pero le di clases a Vanya.

SEÑORA : Muy cierto; pero yo te contraté para enseñar a dos niños y no a uno. ¿Voy a pagarte un estipendio completo por hacer la mitad del trabajo?

JULIA : No, señora.

SEÑORA : Entonces lo descontamos… Hay otros tres días en que tuviste dolor de muelas y mi esposo te autorizó a no trabajar después del almuerzo. ¿Correcto?

JULIA : Después de las cuatro. Trabajé hasta las cuatro.

SEÑORA : (Mirando el libro) Tengo aquí… “No trabajó después de almuerzo.” Nosotros comemos a la una y hemos terminado hacia las dos, no a las cuatro, ¿correcto?

JULIA : Sí, señora. Pero yo…

SEÑORA : Eso hace otros siete rublos…. Siete y doce… Son diecinueve… Restando… quedan… cuarenta y un rublos… ¿Correcto?

JULIA : Sí, señora. Gracias, señora.

SEÑORA : El cuatro de enero quebraste una taza de té con platillo. ¿No es cierto?

JULIA : Sólo el platillo, señora.

SEÑORA : ¿Y para qué sirve una taza de té sin platillo, eh?… Son dos rublos. El platillo era una reliquia de familia. Costaba mucho más. Pero dejémoslo en eso. Estoy acostumbrada a perder.

JULIA : Gracias, señora.

SEÑORA : Tenemos que el nueve de enero Kolya se trepó a un árbol y se rompió la camisa.

JULIA : Yo le prohibí hacerlo, señora.

SEÑORA : Pero no se te hizo juicio, ¿verdad? Diez rublos. Se robaron los zapatos de Vanya…

JULIA : Fue la sirvienta, señora. Usted misma la despidió.

SEÑORA : Pero a ti se te paga una buena suma de dinero para cuidar de todo. Te lo expliqué en nuestro primer encuentro. A lo mejor no estabas escuchando. ¿Estabas escuchándome ese día, Julia, o tenías la cabeza en las nubes?

JULIA : Sí, señora.

SEÑORA : ¿Sí? Tenías la cabeza en las nubes.

JULIA : No, señora. Estaba escuchando.

SEÑORA : Eres una buena muchacha. Eso significa otros cinco rublos menos. (Mira en el libro)… Ah, sí… El dieciséis de enero te pasé diez rublos.

JULIA : No lo hizo.

SEÑORA : Pero lo anoté. ¿A qué iba yo a anotarlo si acaso no te los di?

JULIA : No lo sé, señora.

SEÑORA : Esa no es una respuesta satisfactoria, Julia… ¿Por qué iba yo a anotar que te adelanté diez rublos si en realidad no te los adelanté, eh?… ¿No hay respuesta?… Entonces tengo que habértelos dado ¿no es verdad?

JULIA : Sí, señora. Si usted lo afirma, señora.

SEÑORA : Por supuesto que lo afirmo. Eso tienen de bueno estas conversaciones. Se aclaran las dudas… Si descontamos veintisiete de cuarenta y uno nos quedan… catorce, ¡correcto?

JULIA : Sí, señora. (Se vuelve llorando suavemente)

SEÑORA : ¿Qué es eso? ¿Lágrimas? ¿Estás llorando? ¿Sucedió algo que te hiciera desgraciada, Julia? Debes decírmelo. Me apena verte así, Soy terriblemente sensible a las lágrimas. ¿Qué es lo que te aflige?

JULIA : Una sola vez desde que estoy aquí se me ha entregado algún dinero y me fue dado por su esposo. Por mi cumpleaños me dio tres rublos.

SEÑORA : ¿En verdad? Eso no figura en mi libro. Lo anotaré de inmediato. (Escribe en el libro)… Tres rublos. Gracias por decírmelo, soy un poquito floja con mis cuentas a veces… Siempre quedo corta en las vueltas… Entonces tenemos que descontar los tres rublos a los catorce… quedan once… ¿Deseas revisar las cifras?

JULIA : No es necesario, señora.

SEÑORA : Con ello queda nuestra cuenta saldada entonces. Aquí tiene el salario de dos meses, querida. Once rublos (Pone la pila de monedas sobre el escritorio) Cuéntalas.

JULIA : Tampoco es necesario, señora.

SEÑORA : Vamos, vamos. Las cuentas claras conservan la amistad. Cuéntalas.

JULIA : (Contando con desgana) Una, dos tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… No hay más que diez, señora.

SEÑORA : ¿Estás segura? Con seguridad dejaste caer una… Ve si encuentras una moneda por el piso.

JULIA : Estoy segura de no haber dejado caer ninguna, señora.

SEÑORA : Bueno, no está sobre el escritorio y yo sé que te di once rublos. Busca por el suelo.

JULIA : No tiene importancia, señora. Con diez rublos está bien.

SEÑORA : Bien, guarda esos diez por ahora y si no lo encontramos en el suelo después, discutiremos sobre el asunto el próximo mes.

JULIA : Sí, señora. Gracias, señora. Es usted muy bondadosa, señora. (Hace una reverencia y comienza a retirarse)

SEÑORA : ¡Julia! (Julia se detiene y se vuelve) Vuelve aquí. (Julia se acerca nuevamente al escritorio y hace una nueva reverencia). ¿Por qué me diste las gracias?

JULIA : Por el dinero, señora.

SEÑORA : ¿Por el dinero?… ¿Pero no te has percatado de lo que he hecho? Te he trampeado…Te he robado. No tengo nada anotado en mi libro. Inventé lo que se me pasó por la cabeza. En lugar de saldarte los ochenta rublos, que es lo que te debo, te di solamente diez. Prácticamente te he robado, y aún así me das las gracias…¿Por qué?

JULIA : En los otros lugares donde he trabajado no me dieron absolutamente nada.

SEÑORA : Entonces te engañaron más que yo… Yo solo te estaba gastando una broma. Una lección cruel, pero que te enseñará. Tú eres demasiado confiada, y en este mundo eso es peligroso… Te voy a hacer entrega de los ochenta rublos completos (Le pasa un sobre) Lo tenía listo para ti, y el resto está en el sobre. Toma.

JULIA : Como usted ordene, señora. (Hace reverencia y nuevamente se dispone a salir)

SEÑORA : ¡Julia! (Julia se detiene) ¿Es posible ser tan dócil? ¿Por qué no protestas? ¿Por qué no reclamas? ¿Por qué no gritas en contra de este tratamiento injusto y cruel? ¿Es en verdad posible ser tan honesto, tan inocente… y, perdona si soy ruda, tan tonta?

JULIA : (Un pequeño esbozo de sonrisa en sus labios) Sí, señora… es posible.

(Hace una nueva reverencia y sale corriendo. La señora la ve irse y se queda mirando en esa dirección durante un rato, con una expresión de total derrota en su rostro. Las luces se desvanecen).

viernes, 26 de febrero de 2016

La confesión de un gitano


La confesión de un gitano es un romance dialogado de teatro popular andaluz-manchego muy divulgado por los Montes de Toledo; hay muchas variantes y no he intentado reconstruir el original; entre las manchegas conozco versiones de Puebla de don Fadrique y Montalvos, Albacete; entre las andaluzas, de Cortes de Baza, Sierra de Segura, Benímar (Almería) etcétera. La versión que ofrezco es popular y fue representada escénicamente en Montalvos, Albacete, a fines de los años cuarenta. Fue reconstruido de memoria por Emilio Lara. Es una obra un poco políticamente incorrecta, pero muy cómica. Está tomada de aquí.

La acción se desarrolla en el patio de la casa del cura, que forma parte de una iglesia rural manchega. Mientras el cura permanece sentado con un libro en las manos a la sombra de una higuera, aparece ante él un gitano alto y mal encarado que porta una larga vara de fresno.

GITANO.- Padre, vengo a confesarme.

CURA.-¿A confesarte!

GITANO.-Sí, a eso vengo,
a ver si quiere escucharme
y de gratis perdonarme,
los pecaíllos que tengo.

CURA.-Eso es cierto?

GITANO.-Se lo juro.

CURA.-Al confesionario iremos.

GITANO.-No, que allí está muy oscuro.
Este sitio es más seguro.
Aquí que las caras nos vemos.

CURA.-Algún ángel te ha inspirado
a que busques confesión.
Ven, acércate a mi lado.
Cuéntame lo que has pecado,
que Dios te dará el perdón.

(Para sí)

GITANO.-Vaya tío y que buen cachorro está.

CURA.-Vamos, cuéntame, hijo mío.

GITANO.-Padre, si es que no me fío,
de decirle la verdá.

CURA.-¿Temes que yo te delate?
El confesor no hace eso.

GITANO.-Si hace usté tal disparate,
le echo mano al gaznate,
y lo dejo patitieso.

CURA.-hijo, no seas así.
No te impacientes, ten calma,
que yo rezaré por tí
para conseguir así
la salvación de tu alma.
Empieza ya, ves diciendo:

GITANO.-Verá, yo fui una mañana,
cuando estaba el día rompiendo,
y me encontré a mi gitana,
que se estaba divirtiendo
con un gachó que vestía
lo mismico que viste usté.
¡Y cómo se divertían!
Al verme entrar ¡Madre mía!
Se jiñó encima, chipén.
Ella comenzó a gritar,
y yo pa que no gritara,
le largué una bofetá,
que algo más de la mitá
se le perdió de la cara.
A los gritos infernales
que lanzaba el amor mío,
acudieron los curiales
a recoger los quijares,
que entavía no han paecío.
Se echaron encima e mí
lo mismico que chusqueles,
pero yo no me encogí.
Le di aire a los pinreles,
y como un rayo salí.
Tomé viento y me largué.
Ya en la calle, al primer paso,
con un guardia me topé,
y de un solo puñetazo,
sin narices lo dejé.
Aquello fue más sonao
que en Toleo la campana,
y yo lo he recomendao
pa bailar las sevillanas
con un guiri en un tablao.
Desde aquel maldito día,
no me dejaron parar;
como me se perseguía,
pa ganarme la comía,
fuí y me dediqué a afanar.
Mangué un pollino en Lucena.
Una jaquilla en Carmona.
Una muleta en Purchena.
Dos mulas en Estepona
y un caballo en Trebujena.
Usando las mañas mías,
y sin pecar de ignorancia,
me hice en muy pocos días,
hombre de gran importancia,
tratante en caballerías.
Entré a una iglesia a rezar,
y en un rincón me escondí.
Cuando me quise marchar,
se vino detrás de mí,
to lo que había en el altar.
A la Virgen le pedí
los pendientes y el anillo.
Ella me dijo que sí.
Y los cuartos del cepillo,
que también los recogí.
A un fraile muy gordinflón,
de esos que cantan en coro,
al darme la bendición,
le trinqué una cruz de oro,
diez duros y un medallón.
Me recogió un ermitaño,
una noche de aguacero,
y sin querer hacer daño,
me llevé tres candeleros
y una bandeja de estaño.
Me encontré a un cura en un prao
que se empeñó en confesarme.
Después de oírme, asustao,
no se atrevió a perdonarme
y lo enterré en un sembrao.
¿Qué, qué tal la confesión?

CURA.-Flaquezas del ser humano.

GITANO.-¿Me dará la absolución?

CURA.-Sí, hijo y Dios soberano
te concederá el perdón.

GITANO.-Entonces voy a seguir.

CURA.-¿Te queda más todavía?

GITANO.-Claro está padre, que sí.

CURA.-Déjalo para otro día.

GITANO.-Ca, yo ya no vuelvo a venir.
Como soy un buen cristiano,
tengo miedo a condenarme,
y además que soy gitano,
quiero deltó confesarme,
a ver si la gloria gano.

CURA.-Sigue pues, pero abreviando.

GITANO.-Está bien, abreviaré.
Ya sabe usté que afanando,
la manduca me gané,
cuando no pude engañando,
por andequiera que fui,
de lo que vi me apropié.
Que nunca miedo he tenío,
siéndome todito listo,
y que ande yo me he metío,
lo que mis ojos han visto,
mis manos han recogío.

CURA.-¿Queda más?

GITANO.-Una aventura,
de una vez que fui a emparnarme
a un pueblo de Extremadura,
y al no tener qué llevarme,
ne llevé al ama del cura.

CURA.-Hijo, no tienes salvación.
Poder salvarte no espero.

GITANO.-Sí le ha entrao a usté quemazón,
pero en fin me se figura,
que a usté ya se le olvidó,
que fue también otro cura
el que amí me la quitó.
Bueno, yo ya he terminao.
Puede perdonarme o no.
Porque si queo condenao,
con usté voy a hacer yo,
lo que con aquel del prao.

CURA.-Sí, sí, sí te absolveré,
aunque eso es muy grave.

GITANO.-Padre, ya está hecho ¿Qué quié usté?
Por la gloria de mi madre,
que otra vez no lo haré.

CURA.-Yo te perdono hijo mío,
de Dios en su santo nombre,
y, procurarás, confío,
desde hoy ser un buen hombre.

GITANO.-Eso yo siempre lo he sío.

CURA.-Ya estás listo, márchate.

GITANO.-Padre, ¿Y la penitencia?

CURA.-Yo por tí la cumpliré.

GITANO.-¡Qué buenecico es usté.
Ya me ha limpiao la concencia.
Padre, ahora que me acuerdo,
yo no sé si volveré.
Y por si acaso me pierdo,
y no lo vuelvo a usté a ver,
quiero que me dé un recuerdo.

CURA.-¡Un recuerdo?

GITANO.-Claro está.
Yo tengo muchos apuros.
Ni ayer ni hoy, gané na.
Deme usté veinte durillos,
pa que me pueda najar.

CURA.-Tómalos y vete ya.

GITANO (para sí).
Válgame y qué tonto he sío.
He hecho una barbaridá.
Si más le llego a pedir,
lo mismico me lo da.
-Adiós padre, buena suerte.
Que se conserve usté bueno.
Si otra vez vuelvo a pecar,
cuando tenga el saco lleno,
volveré aquí a confesar.

CURA.-Adiós hijo, buena suerte.
Que te conserves muy bien.
Que Dios quiera protegerte.
Y que yo no vuelva a verte,
por nunca, jamás, amén.

El spanking o azotaina


BUENA PERSONA 

-¡Tío, tío! –Aquí estoy ya.
-¡Qué infamia! ¡Qué villanía!
-¿Qué tienes, sobrina mía?
-Que me ha pegado mamá.
-¿Mi hermana, di? –Sí señor.
-¿Y por qué?... ¡Dios la confunda!
-¿Algún cachete? –Una tunda
de las de marca mayor.
¡Ay tío, qué vapuleo!
¡Qué redoble! ¡Zas, zis, zas!
¡Una costilla no más
se ha librado del solfeo!
Moquetes, y… sin recato
(sentiré escandalizarte)
en salva sea la parte
desnuda, con un zapato.
¡Una que ni a los chiquillos!
Tengo los cuatro carrillos
que me están echando lumbre.
-¿Los dos? –Los cuatro.- Ya... ya...
Ahora lo adivino todo.
¿Qué has hecho que de ese modo
te ha solfeado mamá?
-Pues mirar por la familia,
ser formal. –¡Vaya un capricho!
-Mamá hace un rato me ha dicho:
“Hay que decidirse, Emilia,
tienes tres novios y no
quisiera yo que perdieres
la ocasión. ¿A cuál prefieres?”
Y entonces le dije yo:
“Si es forzoso decidir,
voy a hablarte sin empacho.
Mira: Andrés es un muchacho
como no hay más que pedir.
Su exquisita educación
y su porte distinguido
confieso que han encendido
en amor mi corazón;
gentileza y juventud
une a un talento probado,
y además es un dechado
de honradez y de virtud.
Tiene un alma generosa;
todo cuanto puede hacer
la dicha de una mujer
que consiga ser su esposa.”
-¡Me gusta que así lo alabes!
-...Y en el Tribunal de Cuentas
tiene ya dos mil quinientas
pesetas de sueldo ¿sabes?
Y, según vale, confío
que ascienda rápidamente:
es un muchacho excelente,
en fin, una ganga, tío.
Juan, en cambio, es un tunante:
botín, taurina, cafés…
y sombrero cordobés,
juergas y cañas y cante.
Siempre de toros (me irrita)
la conversación entabla:
cuando del Reverte no habla,
es para hablar del Guerrita.
Tiene fortuna corriente
y hasta escudo de nobleza.
¿Que sentará la cabeza?
¡Pero hasta que no la siente…!
El tercero es necio y tonto,
don Ramiro Pérez Mota,
un vejestorio con gota
que se morirá muy pronto.
Gasta peluca con rizos.
Es un mentecato, un lerdo
reparado del izquierdo
y lleva dientes postizos.
Además es tartajoso.
Tiene (y cada año la aumenta)
veinte mil duros de renta,
pero es lo más asqueroso.
La elección, como tú ves,
no era dudosa. Elegí...
-¡No digas más…! Entendí.
¡Al intachable, a tu Andrés!
-No, a Don Ramiro. -¿Tú... tú?
¡Casta! -¿Qué hace usted? -Ven, Casta,
mira, toma mi bambú
y renueva el vapuleo…
-¡Tío, por Dios! -¡Chilla, chilla!
¡Y te rompo la costilla
que se libró del solfeo!

Rafael María Liern (1832 – 1897) 

Publicado en la revista Madrid Cómico núm. 590 del 9 de junio de 1894.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Lope de Vega, pasajes de El bobo del colegio

 Primera jornada:

I

DON JUAN

No me consueles, Tristán,
que daré voces al cielo.

TRISTÁN

Pues ¿qué has de hacer sin consuelo
en tal desdicha, don Juan?

DON JUAN

    Matarme, perder la vida
en que mi pena consiste,
porque una cosa tan triste
mejor estará perdida.
    Hoy me han llevado a Valencia
el aliento en que respiro,
la misma luz con que miro,
del alma, la misma esencia,
    el movimiento con quien
se sustenta el corazón,
mi propia imaginación
y mis discursos también.
    Hoy, la junta y armonía
que para vivir iguales
los instrumentos vitales
con tal concierto tenía.
    Hoy no soy; y si algo soy,
es una sombra de mí,
un retrato del que fui.

TRISTÁN:

¿Hoy dices?

DON JUAN:

¿Luego no es hoy?

TRISTÁN:

    Ha un mes que falta de aquí
Fulgencia, y hoy te parece.

DON JUAN:

Si lo mismo se padece,
hoy es ayer para mí;
    hoy es, aunque pase un mes,
si en la misma pena estoy,
que lo que atormenta hoy,
tan hoy como entonces es.
    Allá me estaba en mi aldea
que mi mal no presumía,
aunque el alma me decía
que no hay bien que firme sea.
    Vine a Salamanca a ver
lo que no veré jamás,
muerto soy.


****

II

MARÍN

    Lo que enflaquece es deber,
es fïar y es confïar;
mujer que quiere mandar,
que basta decir mujer.
     El servir a ingrato dueño,
el pleitear con razón,
el forzar la inclinación,
el poco sustento y sueño.
    El andar en opiniones
la honra, que hartos padecen,
los estudios enflaquecen
y las largas pretensiones.
     Enflaquece el intentar
y el sufrir verse sujeto,
y a un necio que por discreto
le quieren canonizar.
    También enflaquece oír
malos versos, cantar mal;
y, al que era ayer vuestro igual,
hoy mandar y hoy presumir.
    Enflaquece una visita
si no os da mucho contento;
un noble lleno de viento
que a nadie el sombrero quita.
    Un lindo, todo alfeñique,
hecho mujer con bigotes,
y unos ciertos marquesotes
que os hablan por alambique.
    El ver a un tonto reír,
y el querer a una mujer
que, habiendo pedido ayer,
también hoy vuelve a pedir.

***

Tercera jornada

III


MARÍN

Quiero, para entretenerlos,
esforzar lo que comienzan.
Dime, estudioso Riselo,
ya que del cielo tratamos:
¿cuál es la causa que vemos,
cuántas naciones se saben,
tantos ingenios diversos?
¿Es el cielo el que lo causa?

RISELO

Las influencias del cielo
vencen los hombres; ni hay patria
donde algún sabio no hallemos.
Mira en la Scitia a Anacarsis;
Plinio refiere unos versos
en sus epístolas, tales
que: "Como el escultor diestro
hace de cera una imagen,
formándola con los dedos,
así las artes, con docta
mano, forman los ingenios".
La razón dentro del hombre,
como lo dijo Galeno
(De usu partium, libro primo)
comprehende los sujetos
de las artes; lo que dijo
Julio Fírmico no creo,
porque fue por alabar
sus astrólogos efetos,
dándoles a los planetas
las causas de los sucesos.
Pero, si quisieres ver
de mil naciones y pueblos
la calidad y, en España,
la condición que tenemos
del uso de astrología,

leerás a Levinio Lemnio.

domingo, 2 de agosto de 2015

Javier Tomeo, Diálogo entre dos esqueletos


Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio. 

ESQUELETO A. Oye.
ESQUELETO B. Dime.
ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡Vendrán tiempos mejores!
ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
ESQUELETO B. Juanito.
ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.

Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años –apenas un rosario de menudas placas óseas – tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante.

miércoles, 22 de julio de 2015

Baltasar del Alcázar, Diálogo entre un galán y el eco

DIÁLOGO ENTRE UN GALÁN Y EL ECO

(Baltasar del Alcázar )

GALÁN

En este lugar me vide
cuando de mi amor partí;
quisiera saber de mí,
si mi suerte no lo impide.

ECO

Pide.

GALÁN

Temo novedad o trueco
que es fruto de una partida;
mas ¿quién me dice que pida
con un término tan seco?

ECO

Eco.

GALÁN

¿La que siguió con tal priesa
las pisadas de Narciso?
¿La que por Júpiter quiso
ser contra Juno traviesa?

ECO

Esa.

GALÁN

¿Qué andas por aquí buscando,
bella ninfa? ¿Es a tu amor,
o, vencida del dolor,
andas tus males llorando?

ECO

Ando.

GALÁN

Así Narciso te vea
con más piedad que solía,
que informes al alma mía
de las cosas que desea.

ECO

Sea.

GALÁN

Respóndeme, pues, del cerro
cavernoso: ¿haberme ido
fue yerro, no habiendo sido
necesario mi destierro?

ECO

Yerro.

GALÁN

Hora debió ser menguada,
donde reinó el interés;
la lealtad y fe de Inés
¿qué han medrado en mi jornada?

ECO

Nada.

GALÁN

El caso va descubierto:
algún desconcierto ha hecho;
¿es cierto lo que sospecho
de haber hecho desconcierto?

ECO

Cierto.

GALÁN

¿Vístele romper el hilo
que anudó nuestra amistad?
No quieras con liviandad
hacerme cera y pabilo.

ECO

Vilo.

GALÁN

A "vilo" no hay que dudarse,
yo te doy entera fe;
mas, lo que viste ¿qué fue?
¿fue olvidarme, o fue mudarse?

ECO

Darse.

GALÁN

¡Que en tales trances y puntos
Inés con otro se halla!
Di cómo los viste, y calla
las circunstancias y adjuntos.

ECO

Juntos.

GALÁN

¡Ella fue nave sin lastre,
que dio conmigo al través!
Y... ¿de qué calidad es
el autor de mi desastre?

ECO

Sastre.

GALÁN

Mira no se lo levantes;
antes que la conociese
pudo ser que sastre fuese,
mas no en tiempos semejantes.

ECO

Antes.

GALÁN

Pues ya, no usando el oficio,
que mucho es que se engañase,
¿quién la obligó a que olvidase
mi tierno amor y servicio?

ECO

Vicio.

GALÁN

Acaba de resumirte:
de este vicio y perdición:
¿cuál fue la cierta ocasión
que tenga yo que servirte?

ECO

Irte.

GALÁN

Pues presto vine, mas tarde
para corazón tan vario
¿quiere bien a mi contrario?
¡Dímelo, así Dios te guarde!

ECO

Arde.

GALÁN

Arda, pues tan poco valgo,
que dejo arder esos fuegos;
¿resistió mucho a los ruegos
de ese venturoso hidalgo?

ECO

Algo.

GALÁN

¿Las amorosas porfías
y recaudos importunos
duraron meses algunos?
Dilo, pues que lo entendías.

ECO

Días.

GALÁN

La paga parece breve
y, pues que lo redujeron
a días, di cuántos fueron,
aunque mi mal se renueve.

ECO

Nueve.

GALÁN

Corta en palabras anduvo,
propiedad de vizcaínos;
y ¿hubo acaso en los vecinos
quien tanta ventura tuvo?

ECO

Hubo.

GALÁN

Pues a propósito llega,
dime el nombre sin tardanza
de aquel que el mar en bonanza
y el viento a popa navega.

ECO

Vega.

GALÁN

Primero que me partiese
tuve yo del mal espina...
¿No es Vega, junto a la esquina,
con quien tuve el interese?

ECO

Ese.

GALÁN

Que cometió aquel delito
que todos saben del trigo,
por quien le vino el castigo
que en flor lo dejó marchito.

ECO

Chito.

GALÁN:

¿Que calle? ¡Donosa estás!
¿No fue público el engaño,
y él no me ha hecho más daño
que yo le haré jamás?

ECO

Más.

GALÁN

Al fin su amor fue al desgaire;
debió ser, porque en efecto
cuanto le di fue un soneto
y otros versos de donaire.

ECO

Aire.

GALÁN

Yo se los di por dinero
de más valor y provecho;
mas, ¿qué son versos en pecho
sin amor, hecho de acero?

ECO

Cero.

GALÁN

Por experiencia lo vi,
que realmente en mis amores
codició fruto y no flores;
¿tú no lo entendiste así?

ECO

Sí.

GALÁN

¡Cómo la ingrata olvidó
lo que mostraba estimar!
Y él ¿de qué ardid supo usar,
que tan presto la rindió?

ECO

Dio.

GALÁN

Acertó; y es el decoro
que ha de guardar el que ama;
pero ¿qué le dio a la dama
que tan sin término adoro?

ECO

Oro.

GALÁN

Artillería es que expugna
la mayor fuerza de amor;
y ¿hubo acaso en su favor
del galán tercera alguna?

ECO

Una.

GALÁN

Dígolo porque ésta allana
cualquier duda y la atropella.
Bien sé que fue hermana de ella,
pero no sé cual hermana.

ECO

Ana.

GALÁN

Si alguna tercera hubiere,
esa ha de ser y otra no;
la madre, ¿cómo calló,
visto el deshonor que adquiere?

ECO

Quiere.

GALÁN

Mis versos quisiera solos
cobrar, pero no me atrevo;
¿dioles al amante nuevo
o por ventura escondiolos?

ECO

Diolos.

GALÁN

¡Que a tal cosa se dispuso
la desenvuelta muchacha!
¿Y él puso en los versos tacha,
sabiendo quién los compuso?

ECO

Puso.

GALÁN

Hallaríalos oscuros,
versos inútiles, cojos,
duros, bajos y, tan flojos,
que se caen de maduros.

ECO

Duros.

GALÁN

Bien sabe de cortesano;
¿no está llano que, en blandura,
son sin igual, y en lisura
y en estilo castellano?

ECO

Llano.

GALÁN

Pero el sujeto fue indigno,
no me espanto. ¿Y la infiel
vino a murmurar con él
también del verso divino?

ECO

Vino.

GALÁN

¿Quién tan gran maldad hiciera
por un amante segundo?
¿Cómo ha de llamalla el mundo
cuando el caso se refiera?

ECO

Fiera.

GALÁN

¡Poco es fiera! Yo le hallo
mejor nombre que le den...
Mas calla, que yo también
me corro de publicallo.

ECO

Callo.

GALÁN

¡Que sufra yo una querella
tan justa no quiera Dios!
Muera el uno de los dos;
¿cuál será, di, ninfa bella?

ECO

Ella.

GALÁN

¿La palomita sin hiel
ha de morir? ¡Ay dolor!
¿Cuál hallas tú que fue autor
de este delito crüel?

ECO

Él.

GALÁN

Pues muera, que yo no soy
de quien es bien que se alabe.
¿Cuándo quieres que le acabe?
Porque resoluto estoy.

ECO

Hoy.

GALÁN

Mucha priesa es para mí;
pero hoy no me determino.
Oye otro nuevo camino
mejor del que yo entendí.

ECO

Di.

GALÁN

Rematar este debate
con muerte, hay Dios que lo vede...
¡Pues mátele Dios, que puede,
y asegúrese el remate!

ECO

Mate.

GALÁN

Si yo lo mato me pierdo,
porque no hay caso escondido;
¿qué te parece que ha sido
todo este mi nuevo acuerdo?

ECO

Cuerdo.

GALÁN

Viva lo que Dios mandare;
solo me di lo que haga
del sexo que así me estraga,
para que mi mal repare.

ECO

Pare.

GALÁN:

¿Cómo ha de parar un potro
cerrero y desenfrenado?
y ¿cuál amor hay crïado
que me haga olvidar este otro?

ECO

Otro.

GALÁN

Ya te entiendo, y es exceso;
¿quieres decir que procure
nuevo amor, que el viejo cure
por haber salido avieso?

ECO

Eso.

GALÁN

No osaré intentar tal cosa,
porque quizá es escapar
de una desventura y dar
en otra más peligrosa.

ECO

Osa.

GALÁN

Y, cuando me aventurara...
¿qué dama fuera mejor
para servir sin temor
que con otro se mezclara?

ECO

Clara.

GALÁN

De su madrastra he sabido
que es bellísima y honrada,
blanda, humilde y avisada;
pero tiene un mal marido.

ECO

Ido.

GALÁN

Ya sé que se fue a la guerra;
mas hay quien le profetice
(si no yerra el que lo dice)
que será presto en la tierra.

ECO

Yerra.

GALÁN

Quieres decir que mintió.
¿Al fin no ha de volver
a su casa y su mujer,
como al partir lo ordenó?

ECO

No.

GALÁN

Pues el mayor sobresalto
me allanas: yo he de probar,
por tu consejo, asaltar
ese peligrosos salto.

ECO

Alto.

GALÁN

Que ya entiendo que lo manda
quien la rueda mueve y guía;
y siendo así, ninfa mía,
yo me parto en la demanda.

ECO

Anda.