Mostrando entradas con la etiqueta Lírica argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lírica argentina. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de enero de 2026

Jorge Luis Borges, Todos los ayeres, un sueño

  Jorge Luis Borges - Todos los ayeres, un sueño. De Los conjurados.


    Naderías. El nombre de Muraña,

una mano templando una guitarra,

una voz, hoy pretérita, que narra

para la tarde una perdida hazaña

    de burdel o de atrio, una porfía,

dos hierros, hoy herrumbre, que chocaron

y alguien quedó tendido, me bastaron

para erigir una mitología.

    Una mitología ensangrentada

que ahora es el ayer. La sabia historia

de las aulas no es menos ilusoria

que esa mitología de la nada.

    El pasado es arcilla que el presente

labra a su antojo. Interminablemente.

Jorge Luis Borges, Los enigmas

Jorge Luis Borges - Los enigmas


     Yo que soy el que ahora está cantando

seré mañana el misterioso, el muerto,

el morador de un mágico y desierto

orbe sin antes, ni después, ni cuándo.

     Así afirma la mística. Me creo

indigno del Infierno o de la Gloria,

pero nada predigo. Nuestra historia

cambia como las formas de Proteo.

    ¿Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor será mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?

    Quiero beber su cristalino Olvido,

ser para siempre; pero no haber sido.

viernes, 26 de julio de 2024

Oda a la desnudez, de Leopoldo Lugones

 ODA A LA DESNUDEZ


¡Qué hermosas las mujeres de mis noches!

En sus carnes, que el látigo flagela,

pongo mi beso adolescente y torpe,

como el rocío de las noches negras

que restaña las llagas de las flores.


Pan dice los maitines de la vida

en su rústico pífano de roble,

y Canidia compone en su redoma

los filtros del pecado, con el polen

de rosas ultrajadas, con el zumo

de fogosas cantáridas. El cobre

de un címbalo repica en las tinieblas,

reencarnan en sus mármoles los dioses,

y las pálidas nupcias de la fiebre

florecen como crímenes; la noche,

su negra desnudez de virgen cafre

enseña engalanada de fulgores

de estrellas, que acribillan como heridas

su enorme cuerpo tenebroso. Rompe

el seno de una nube y aparece

crisálida de plata, sobre el bosque,

la media luna, como blanca uña,

apuñaleando un seno; y en la torre

donde brilla un científico astrolabio,

con su mano hierática, está un monje

moliendo junto al fuego la divina

pirita azul en su almirez de bronce.


Surgida de los velos aparece

(ensueño astral) mi pálida consorte,

temblando en su emoción como un sollozo,

rosada por el ansia de los goces

como divina brasa de incensario.

Y los besos estallan como golpes.

Y el rocío que baña sus cabellos

moja mi beso adolescente y torpe;

y gimiendo de amor bajo las torvas

virilidades de mi barba, sobre

las violetas que la ungen, exprimiendo

su sangre azul en sus cabellos nobles,

palidece de amor como una grande

azucena desnuda ante la noche.


¡Ah! muerde con tus dientes luminosos,

muerde en el corazón las prohibidas

manzanas del Edén; dame tus pechos,

cálices del ritual de nuestra misa

de amor; dame tus uñas, dagas de oro,

para sufrir tu posesión maldita;

el agua de sus lágrimas culpables;

tu beso en cuyo fondo hay una espina.

Mira la desnudez de las estrellas;

la noble desnudez de las bravías

panteras de Nepal, la carne pura

de los recién nacidos; tu divina

desnudez que da luz como una lámpara

de ópalo, y cuyas vírgenes primicias

disputaré al gusano que te busca,

para morderte con su helada encía

el panal perfumado de tu lengua,

tu boca, con frescuras de piscina.

Que mis brazos rodeen tu cintura

como dos llamas pálidas, unidas

alrededor de una ánfora de plata

en el incendio de una iglesia antigua.

Que debajo mis párpados vigilen

la sombra de tus sueños mis pupilas

cual dos fieras leonas de basalto

en los portales de una sala egipcia.

Quiero que ciña una corona de oro

tu corazón, y que en tu frente lilia

caigan mis besos como muchas rosas,

y que brille tu frente de Sibila

en la gloria cirial de los altares,

como una hostia de sagrada harina;

y que triunfes, desnuda como una hostia,

en la pascua ideal de mis delicias.


¡Entrégate! La noche bajo su amplia

cabellera flotante nos cobija.

Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche

tu cuerpo pecador será una lira.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Cambalache, tango de Enrique Santos Discépolo (1934)

Que el mundo fue y será una porquería

ya lo sé...

(¡En el quinientos seis

y en el dos mil también!).

Que siempre ha habido chorros,

maquiavelos y estafaos,

contentos y amargaos,

valores y dublé...

Pero que el siglo veinte

es un despliegue

de maldá insolente,

ya no hay quien lo niegue.

Vivimos revolcaos

en un merengue

y en un mismo lodo

todos manoseaos...


¡Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor!...

¡Ignorante, sabio o chorro,

generoso o estafador!

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro

que un gran profesor!

No hay aplazaos

ni escalafón,

los inmorales

nos han igualao.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura,

colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!...


¡Qué falta de respeto, qué atropello

a la razón!

¡Cualquiera es un señor!

¡Cualquiera es un ladrón!

Mezclao con Stavisky va Don Bosco

y "La Mignón",

Don Chicho y Napoleón,

Carnera y San Martín...

Igual que en la vidriera irrespetuosa

de los cambalaches

se ha mezclao la vida,

y herida por un sable sin remaches

ves llorar la Biblia

contra un calefón...


¡Siglo veinte, cambalache

problemático y febril!...

El que no llora no mama

y el que no afana es un gil!

¡Dale nomás!

¡Dale que va!

¡Que allá en el horno

nos vamo a encontrar!

¡No pienses más,

sentate a un lao,

que a nadie importa

si naciste honrao!

Es lo mismo el que labura

noche y día como un buey,

que el que vive de los otros,

que el que mata, que el que cura

o está fuera de la ley...

martes, 19 de julio de 2022

Almafuerte, No te des por vencido y otros.

 Pedro Bonifacio Palacios (“Almafuerte”)


No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.


Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.


Procede como Dios que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora…


¡Que muerda y vocifere vengadora,

ya rodando en el polvo, tu cabeza!


A tus pies

Nocturno canto de amor

que ondulas en mis pesares,

como en los negros pinares

las notas del ruiseñor.


Blanco jazmín entre tules

y carnes blancas perdido,

por mi pasión circuído

de pensamientos azules.


Coloración singular

que mi tristeza iluminas,

como al desierto y las ruinas

la claridad estelar.


Nube que cruzas callada

la extensión indefinida,

dulcemente perseguida

por la luz de mi mirada.


Ideal deslumbrador

en el espíritu mío,

como el collar del rocío

con que despierta la flor.


Sumisa paloma fiel

dormida sobre mi pecho,

como si fuera en un lecho

de mirtos y de laurel.


Música, nube, ideal,

ave, estrella, blanca flor,

preludio, esbozo, fulgor

de otro mundo espiritual.


Aquí vengo, aquí me ves,

aquí me postro, aquí estoy,

como tu esclavo que soy,

abandonado a tus pies.


¡Avanti!

Si te postran diez veces, te levantas 

otras diez, otras cien, otras quinientas: 

no han de ser tus caídas tan violentas 

ni tampoco, por ley, han de ser tantas. 

Con el hambre genial con que las plantas 

asimilan el humus avarientas, 

deglutiendo el rencor de las afrentas 

se formaron los santos y las santas. 

Obsesión casi asnal, para ser fuerte, 

nada más necesita la criatura, 

y en cualquier infeliz se me figura 

que se mellan los garfios de la suerte... 

¡Todos los incurables tienen cura 

cinco segundos antes de su muerte!


Ayer y hoy

I


Humilde como el voto del creyente,

bendito como el ángel de mi guarda,

tímido, solitario, romancesco,

fe y esperanza.


II


Como tú, virginal y sin mancilla,

como yo, visionario y entusiasta,

era el amor que te ofrecí; inocente,

como mi alma.


III


Ignoto, como ráfaga perdida,

ardiente, como lágrima callada,

torcido, desolado, borrascoso,

amor de paria.


IV


Triste como el destello de la luna,

solo, como la luna solitaria,

es el recuerdo de ese amor maldito,

como mi alma.


Brisa

Llega a mis sienes, tímida, temblando,

tan perfumada como un rosal

la tibia brisa, su andar es blando.

¡Primer suspiro primaveral!


Llega tan suave, tan dilatada

cual de la linfa el correr fugaz,

o de la amante ruborizada

púdica y suave pasión veraz.


Cuando en mi pecho, tierna se posa,

bebo su tierna tribulación,

entonces, dicha un instante goza,

pobre, dolido, mi corazón.


Castigo

I


Yo te juré mi amor sobre una tumba,

sobre su mármol santo!

¿Sabes tú las cenizas de qué muerta

conjuré temerario?

¿Sabes tú que los hijos de mi temple

saludan ese mármol,

con la faz en el polvo y sollozantes

en el polvo besando?

¿Sabes tú las cenizas de qué muerta

mintiendo, has profanado?

¡No los quieras oir, que tus oídos

ya no son un santuario!

¡No los quieras oir como hay rituales

secretos y sagrados,

hay tan augustos nombres que no todos

son dignos de escucharlos!


II


Yo te di un corazón joven y justo

¡por qué te lo habré dado!

¡Lo colmaste de besos, y una noche

te dio por devorarlo!

Y con ojos serenos ¡El verdugo,

que cumple su mandato,

solicita perdón de las criaturas

que inmolará en el tajo!

¡Tú le viste, serena, indiferente,

gemir agonizando,

mientras tu roja sangre enrojecía

tus mejillas de nardo!

Y tus ojos ¡mis ojos de otro tiempo

que me temían tanto!

Ni una perla tuvieron, ni una sola:

¡eres de nieve y mármol!



III


¿Acaso el que me roba tus caricias

te habrá petrificado?

¿Acaso la ponzoña de Leteo

te inyectó a su contacto?

¿O pretendes probarme en los crisoles

de los celos amargos,

y me vas a mostrar cuánto me quieres,

después entre tus brazos?

¡No se prueban así con ignominias,

corazones hidalgos!

¡No se templa el acero damasquino

metiéndolo en el fango!

Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,

hasta rozar los astros:

tócale a mi venganza de poeta,

¡dejarte abandonada en el espacio!


Como los bueyes

Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano

y concilia deber, altruismo y gusto:

con el que pasa lejos, casi adusto,

con el que viene a mi, tierno y humano.

Hallo razón al triste y al insano,

mal que reviente mi pensar robusto;

y en vez de andar buscando lo más justo

hago yunta con otro y soy su hermano.

Sin meterme a Moisés de nuevas leyes,

doy al que pide pan, pan y puchero;

y el honor de salvar al mundo entero

se lo dejo a los genios y a los reyes:

Hago, vuelvo a decir, como los bueyes,

mutualidad de yunta y compañero.


Décimas


Yo soy flor que se marchita 

al sol de la adversidad, 

el arbolito en mitad 

de la llanura infinita. 

La paloma pobrecita 

que arrastran los aquilones, 

entre oscuros nubarrones 

de tempestades airadas, 

soy la barca abandonada 

en el mar de las pasiones. 


II 


Soy el ave que al bajar 

de los aires fatigada, 

no tiene ni una enramada 

ni un árbol en que anidar. 

Y si vuelve a levantar 

las tristes alas del suelo, 

encuentra nublado el cielo 

y deshecha la tormenta, 

y el pájaro se lamenta 

y vuelve a tender su vuelo. 


III 


Yo soy un gaucho cantor 

de renombradas virtudes, 

que tan solo ingratitudes 

ha recibido en su amor. 

Soy el pobre payador 

velay, si sabré penar 

con mis negras amarguras, 

la pampa con sus llanuras 

con sus abismos la mar.


IV 


Yo no canto por llamar 

la atención que no merezco, 

yo canto porque padezco 

penas que quiero olvidar. 

Que tan solo con cantar 

se va al viento nuestra pena, 

y yo tengo el alma llena 

de pesares y amarguras, 

más que en la pampa hay anchura 

más que en el mar hay arena



Por eso, ¡oh linda mujer! 

maldigo mi negra estrella, 

al contemplarte tan bella 

sin que te pueda querer. 

Porque todo hombre ha de ser

generoso hasta morir, 

y no debe permitir 

a una mujer que lo quiera, 

para que después se muera 

al verlo tanto sufrir. 


VI 


¡Adiós, primorosa flor! 

adiós, lucero invariable, 

solamente comparable 

a la estrella de mi amor. 

Cuando sientas un dolor 

parecido al que yo siento, 

Dios quiera que tu lamento 

no sucumba en la ignorancia, 

y atraviese la distancia 

¡sobre las olas del viento!


El Drama del Calvario

Giró el genio en derredor

después de pisar la cumbre;

y una fantástica lumbre

llenó a la sombra de horror:

y un gemebundo clamor

taladró la inmensidad,

y se hundió la humanidad

sobre su propio esqueleto;

y reveló su secreto

más hondo la eternidad.


Siniestra, cárdena lumbre

bañó la faz del calvario,

cual un ardiente sudario

flotando desde la cumbre:

bajo la negra techumbre

del éter vago y profundo,

aquel surgir iracundo…

brutal de la claridad…

era quizás, ¡la verdad

mirando una vez al mundo!


Palmario, el Gólgota, frío,

quedó en los aires desiertos,

con sus dos brazos abiertos,

predicando en el vacío…

Y entonces, como en estío

los insectos en los faros,

innominables, ignaros,

surgiendo del horizonte,

rodeaban la cruz y el monte

todos los muertos preclaros.


De la honda, azul entraña

llovían monstruos y santos:

y eran tales, y eran tantos,

¡que gemía la montaña!…

Desde la torpe alimaña

del alma vil de Nerón,

al concepto, a la noción

más alta del supergenio,

en aquel breve proscenio

¡tomaron colocación!


De aquella invasión mortuoria

quedó repleto el calvario;

resonante, tumultuario

¡cuál una copa de gloria!

Bajo el tropel de la historia

trepidaban sus cimientos,

y se hundía por momentos,

cual una nave inundada…

cual una frente cargada

¡de sombríos pensamientos!


Tremenda, enorme, sin par,

genial, feroz batahola, 

lo mismo que cada ola

¡lanzando un grito en el mar!

Formidable resollar

de las almas con bandera,

que imaginar no pudiera

aquel que no imaginase,

que al mismo tiempo bramase

¡cada punto de la esfera!


Toda pasión, toda vida,

toda excelsitud pasada,

desde la cumbre sagrada

quería ser comprendida…

Y como la palma erguida

sobre la mutable arena,

presidiendo aquella escena

con dulce, con noble ceño,

yacía Cristo en su leño

¡cual una blanca azucena!


Los humanos, los vivientes,

los que todavía somos,

con toda el alma en los lomos,

estaban allí presentes:

Pensándose delincuentes,

del genio ante los secretos,

mustios, miserables, quietos,

inanimados, pasivos

se reducían los vivos

¡en sus propios esqueletos!


Y en el valle acurrucada,

yacía la humanidad,

tal vez sin otra ansiedad

¡que la ansiedad de la nada!

Ni un gesto, ni una mirada,

ni un suspiro producía,

en tanto que recibía,

genial, vibrante, notoria,

la confesión de la gloria

¡sobre su testa vacía!…


Poco a poco, lentamente,

todo el mundo quedó calmo,

lo mismo que palmo a palmo,

va cediendo la creciente;

de aquel clamor prepotente

ni leve rumor se oía,

de aquella loca porfía

ya no sonó ni un reproche

y en el silencio y la noche

¡quedó la extensión vacía!


Perfecto, conciso, frío,

quedó el calvario a la luz,

con sus dos brazos en cruz

acariciando el vacío.

Y en el silencio sombrío

del aire y de las esferas

aquella lumbre de hogueras

demostraba sin rumor

la impotencia del amor,

¡en una raza de fieras!


El soñador

Le aserraron el cráneo;

le estrujaron los sesos,

y el corazón ya frío

le arrancaron del pecho.

Todo lo examinaron

los oficiales médicos

mas no hallaron la causa

de la muerte de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

como el espacio azules

y como el mar acerbos.

¡Oíd! Cuando yo muera,

cuando sucumba, ¡oh, médicos!

ni me aserréis el cráneo

ni me estrujéis los sesos,

ni el corazón ya frío

me arrebatéis del pecho,

que jamás hasta el alma,

llegó vuestro escalpelo.

Y mi mal es el mismo,

es el mismo de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

y como el espacio azules

y como el mar acerbos.


¿Flores a mí?

I


Ayer me diste una flor,

una flor a mí, señora,

que no consagré una hora

ni al más poderoso amor.

¿Flores a mí? ¡si es mejor!,

en un páramo arrojarlas,

o tú no sabes amarlas,

o al sentir mi pecho yerto,

sobre la tumba de un muerto,

has querido abandonarlas.



II


¿Flores a mí? ¿tú no sabes

de esos parajes que aterran,

donde las flores se cierran,

dónde no cantan las aves?

Las más orgullosas naves

temen del mar los furores,

los tigres devoradores

huyen del simún airado

¡y tú en mi pecho has dejado

tan sin recelo tus flores!


III


¡Flores a mi! puede ser

que desalmada y celosa,

buscaras la más hermosa

con tu instinto de mujer;

Y haciéndole comprender

yo no sé qué gentileza,

con refinada fiereza,

con el más profundo encono,

la bajaste de su trono

por castigar su belleza.


IV


No lo sé, linda mujer,

ni quiero saberlo todo;

me contento con mi modo

de saber y no saber.

Pero si quieres tener

la realidad en tu mano,

te diré, sin ser un vano,

que si te movió el amor

¡la flor ha sido una flor

que fue destronada en vano!


Fúnebre

I


La montaña que tiembla, porque siento

germen de cataclismo en sus entrañas;

el huracán que gemebundo emigra

quién sabe a qué región y qué distancia;

el mar que ruge protestando airado

de la ley del nivel que lo avasalla;

los mundos del sistema -¡tristes mundos!-

que al sol de Dios obedeciendo pasan

como en la arena de la pista el potro

a latigazos -¡noble potro!- salta;

no tienen sobre sí más amargura

que la que hospeda en sus desiertos mi alma,

porque yo arrastro sobre mí -¡y no puedo!-

como un cuerpo podrido, ¡la esperanza!


II


Tú que vives la vida de los justos

allá junto a tu Dios arrodillada,-

yo no creo ni aguardo, pero pienso

que haya hecho Dios un cielo para tu alma,-

dame un rayo de luz -¡uno tan solo!-

que restaure mi fuerza desmayada,

que ilumine mi mente que se anubla,

que reanime mi fe que ya se apaga...

dame un beso de amor -¡uno siquiera!-

aquí, sobre esta frente que besabas;

aquí, sobre estos labios que otros labios

han besado con ósculos de infamia;

aquí, sobre estos ojos que no tienen

nada más, ¡oh mi madre!, que tus lágrimas.


Hijos y Padres

(Dedica a su hermana Carmen)


I


Como la lluvia copiosa sobre el suelo,

como rayo de sol sobre la planta,

como cota de acero sobre el pecho,

como noble palabra sobre el alma,

para los hijos 

de tus entrañas

debe ser tu cariño hermana mía

riego, calor, consolación y gracia.


II


Como tierra sedienta de rocío,

como planta en la sombra sepultada,

como pecho desnudo en el peligro,

como guerrero inerme en la batalla,

así, en la ardiente

contienda humana,

¡ay! los hijos que pierden a sus padres,

pierden riego, calor, escudo y lanza.


III


Como nube de arena que no riega,

como sol que no alumbra en la borrasca,

como roto espaldar que no defiende,

como consejo que pervierte y mancha,

así, malditos,

padres sin alma,

son aquellos que niegan a sus hijos

consejo, amor, ejemplo y esperanza.


IV


Como fecunda tierra agradecida,

como planta que al sol sus flores alza,

como pecho confiado tras la cota,

como hasta Dios se magnifica el alma,

así, los hijos,

cuando les aman,

dan plantas de virtud como esa tierra,

frutos de bendición como esas plantas,

arranques de valor como esos pechos,

rayos de inmensa luz como esas almas.


Íntima

Ayer te vi... No estabas bajo el techo

de tu tranquilo hogar

ni doblando la frente arrodillada

delante del altar,

ni reclinando la gentil cabeza

sobre el augusto pecho maternal.

Te vi...si ayer no te siguió mi sombra

en el aire, en el sol,

es que la maldición de los amantes

no la recibe Dios,

o acaso el que me roba tus caricias

¡tiene en el cielo más poder que yo!

Otros te digan palma del desierto,

otros te llamen flor de la montaña,

otros quemen incienso a tu hermosura,

yo te diré mi amada.

Ellos buscan un pago a sus vigilias,

ellos compran tu amor con sus palabras;

ellos son elocuentes porque esperan,

¡y yo no espero nada!

Yo sé que la mujer es vanidosa,

yo sé que la lisonja la desarma,

y sé que un hombre esclavo de rodillas

más que todos alcanza...

Otros te digan palma del desierto,

otros compren tu amor con sus palabras,

yo seré más audaz pero más noble:

¡yo te diré mi amada!


Invernal

La tarde es lluviosa; del ramaje

penden como harapos destrozados,

los nidos de las aves enlutados

como el pálido verde del follaje.

Solo y silencioso aquel boscaje

de plumeros verdosos y mojados,

de áspides, de prados desolados,

parece un escuálido paisaje.

Donde se encierra la grandeza humana

con todos sus achaques y certezas,

con la infinita vanidad insana

de todas las antorchas de nobleza.

¡Bosque do se funde la campana

que tañerá mis horas de tristezas!


La yapa

Como una sola estrella no es el cielo,

ni una gota que salta, el Océano,

ni una falange rígida, la mano,

ni una brizna de paja, el santo suelo:


tu gimnasia de jaula no es el vuelo,

el sublime tramonto soberano,

ni nunca podrá ser anhelo humano

tu miserable personal anhelo.


¿Qué saben de lo eterno las esferas?

¿de las borrascas de la mar, las gotas?

¿de puñetazos, las falanges rotas?

¿de harina y pan, las pajas de las eras?...


¡Detén tus pasos Lógica, no quieras

que se hagan pesimistas los idiotas!


Letanías a Jesús

I


Jesús de Galilea 

para mí no eres Dios, 

eres sólo una idea 

de la que marcho en pos. 


II


No me humillo ni ruego 

a tus plantas Jesús, 

llego a ti como un ciego 

que va en busca de luz. 



III


Jesucristo eres nuestro 

más grande innovador, 

Profeta ¡no! Maestro 

de piedad y de amor. 



IV


No le niegues al mundo 

la gloria de tu ser, 

que en su vientre fecundo 

te engendró una mujer. 


V


Pastor de la gleba, 

sabio teorizador, 

de la turba que lleva 

el signo del dolor. 



VI


¡Oh, si fuera divino 

el destello de tu luz 

que alumbró tu camino! 

¿Qué valdría tu cruz? 



VII


Tu doctrina redime, 

de ella vamos en pos, 

como hombre eres sublime, 

¡Pequeño como Dios!


Lo que yo quiero


Quiero ser las dos niñas de tus ojos, 

las metálicas cuerdas de tu voz, 

el rubor de tu sien cuando meditas 

y el origen tenaz de tu rubor. 

Quiero ser esas manos invisibles 

que manejan por si la creación, 

y formar con tus sueños y los míos 

otro mundo mejor para los dos. 

Eres tú, providencia de mi vida, 

mi sostén, mi refugio, mi caudal; 

cual si fueras mi madre, yo te amo... 

¡y todavía más!. 


II 


Tengo celos del sol porque te besa 

con sus labios de luz y de calor... 

¡del jazmín tropical y del jilguero 

que decoran y alegran tu balcón! 

Mando yo que ni el aire te sonría: 

ni los astros, ni el ave, ni la flor, 

ni la fe, ni el amor, ni la esperanza, 

ni ninguno, ni nada más que yo. 

Eres tú, soberana de mis noches, 

mi constante, perpetuo cavilar: 

ambiciono tu amor como la gloria... 

¡y todavía más!. 


III 


Yo no quiero que alguno te consuele 

si me mata la fuerza de tu amor... 

¡si me matan los besos insaciables, 

fervorosos, ardientes que te doy! 

Quiero yo que te invadan las tinieblas,

cuando ya para mí no salga el sol. 

Quiero yo que defiendas mis despojos 

del más breve ritual profanador. 

Quiero yo que me llames y conjures 

sobre labios y frente, y corazón. 

Quiero yo que sucumbas o enloquezcas... 

¡loca sí; muerta si, te quiero yo! 

Mi querida, mi bien, mi soberana, 

mi refugio, mi sueño, mi caudal, 

mi laurel, mi ambición, mi santa madre... 

¡y todavía más!


Mi alma (Paralela)

Bajo la curva de la noche, fúnebre,

sobre la arena del desierto, cálida,

se conturba la mente del proscrito,

su pie desnudo, vacilante, marcha;

y allá en la curva fúnebre del cielo

la estrella solitaria;

y allá, sobre las cálidas arenas,

¡el oasis y el agua!

Bajo la curva del dolor, fatídica,

sobre el desierto de mi vida, trágica,

mi acongojada mente se conturba,

mi vacilante pie se despedaza;

y allá, en la curva del dolor, siniestra,

la luz de la esperanza;

y allá sobre el desierto de mi vida,

¡la resonante multitud de mi alma!.


¡Moltissimo piu Aavanti ancora!

Si en vez de las estúpidas panteras

y los férreos estúpidos leones, 

encerrasen dos flacos mocetones 

en esa frágil cárcel de las fieras.

 

No habrían de yacer noches enteras 

en el blando pajar de sus colchones, 

sin esperanzas ya, sin reacciones 

lo mismo que dos plácidos horteras.


Cual Napoleones pensativos, graves, 

no como el tigre sanguinario y maula, 

escrutarían palmo a palmo su aula, 

buscando las rendijas, no las llaves... 


¡Seas el que tú seas, ya lo sabes: 

a escrutar las rendijas de tu jaula!


¡Molto piu Avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes 

sobre las penas que no son sus penas; 

los que olvidan el son de sus cadenas 

para limar las de los otros antes; 

Los que van por el mundo delirantes 

repartiendo su amor a manos llenas, 

caen, bajo el peso de sus obras buenas, 

sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes! 

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos! 

¡nunca sigas impulsos compasivos! 

¡ten los garfios del Odio siempre activos

los ojos del juez siempre despiertos! 

¡Y al echarte en la caja de los muertos, 

menosprecia los llantos de los vivos! 


¡Molto pui Avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado 

donde todo es estólido y fingido, 

donde cada anfitrión guarda escondido

su verdadero ser, tras el tocado: 

No digas tu verdad ni al más amado, 

no demuestres temor ni al más temido, 

no creas que jamás te hayan querido 

por más besos de amor que te hayan dado. 

Mira como la nieve se deslíe 

sin que apostrofe al sol su labio yerto, 

cómo ansia las nubes el desierto 

sin que a ninguno su ansiedad confíe... 

¡Trema como el infierno, pero ríe! 

¡Vive la vida plena, pero muerto!


Pasión

I


Tú tienes, para mí, todo lo bello

que cielo, tierra y corazón abarcan;

la atracción estelar ¡de esas estrellas

que atraen como tus lágrimas!;


II


La sinfonía sacra de los seres,

los vientos, los bosques y las aguas,

en el lenguaje mudo de tus ojos

que, mirándome, hablan;


III


Los atrevidos rasgos de las cumbres

que la celeste inmensidad asaltan,

en las gentiles curvas de tu seno…

¡oh, colina sagrada!


IV


Y el desdeñoso arrastre de las olas

sobre los verdes juncos y las algas,

en el raudo vagar de tu memoria

por mi vida de paria.


V


Yo tengo, para ti, todo lo noble

que cielo, tierra y corazón abarcan;

el calor de los soles, ¡de los soles

que, como yo, te aman!;


VI


El gemido profundo de las ondas

que mueren a tus pies sobre la playa,

en el tapiz purpúreo de mi espíritu

abatido a tus plantas;


VII


La castidad celeste de los besos

de tu madre bendita, en la mañana,

en la caricia augusta con que tierna

te circunda mi alma.


VIII


¡Tú tienes, para mí todo lo bello;

yo tengo para ti, todo lo que ama;

tú, para mí, la luz que resplandece,

yo, para ti, sus llamas!

miércoles, 25 de agosto de 2021

Oliverio Girondo, Espantapájaros.

Oliverio Girondo

ESPANTAPÁJAROS


No se me importa un pito que las mujeres

tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;

un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero,

al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco

o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles

una nariz que sacaría el primer premio

en una exposición de zanahorias;

¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible


- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,

tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?


¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo

y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,

volaba del comedor a la despensa.

Volando me preparaba el baño, la camisa.

Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,

de algún paseo por los alrededores!

Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.

"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,

ya me abrazaba con sus piernas de pluma,

para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia

que nos aproximaba al paraíso;

durante horas enteras nos anidábamos en una nube,

como dos ángeles, y de repente,

en tirabuzón, en hoja muerta,

el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,

aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!

¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...

la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea,

¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?


¿Verdad que no hay diferencia sustancial

entre vivir con una vaca o con una mujer

que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender

la seducción de una mujer pedestre,

y por más empeño que ponga en concebirlo,

no me es posible ni tan siquiera imaginar

que pueda hacerse el amor más que volando.


sábado, 13 de marzo de 2021

No sé si pájaro o jaula. Alejandra Pizarnik.

 Alejandra Pizarnik


No sé si pájaro o jaula

mano asesina

o joven muerta jadeando en la gran garganta oscura

o silenciosa

pero tal vez oral como una fuente

tal vez juglar

o princesa en la torre más alta.

A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell. Jorge Luis Borges

 A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell


No rendirán de Marte las murallas

a este, que salmos del Señor inspiran;

desde otra luz (desde otro siglo) miran

los ojos, que miraron las batallas.


La mano está en los hierros de la espada.

Por la verde región anda la guerra;

detrás de la penumbra está Inglaterra,

y el caballo y la gloria y tu jornada.


Capitán, los afanes son engaños,

vano el arnés y vana la porfía

del hombre, cuyo término es un día;


Todo ha concluido hace ya muchos años.

El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado;

estás (como nosotros) condenado.


Jorge Luis Borges, El hacedor (1960)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Borges, 1964

1964


I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy solo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina. 

lunes, 11 de enero de 2016

Martín Fierro y la Ley del embudo

La ley es tela de araña,
y en mi ignorancia lo explico,
no la tema el hombre rico,
no la tema el que mande,
pues la rompe el bicho grande
y sólo enrieda a los chicos.

Es la ley como la lluvia,
nunca puede ser pareja,
el que la aguanta se queja,
más el asunto es sencillo,
la ley es como el cuchillo,
no ofende a quien lo maneja.

Le suelen llamar espada
y el nombre le sienta bien,
los que la manejan ven
en dónde han de dar el tajo,
le cae a quién se halle abajo,
y corta sin ver a quién.

Hay muchos que son doctores,
y de su ciencia no dudo,
mas yo que soy hombre rudo,
y aunque de esto poco entiendo
diariamente estoy viendo
que aplican la del embudo.

Martín Fierro. José Hernández.

lunes, 20 de julio de 2015

Jorge Luis Borges, Otro poema de los dones

OTRO POEMA DE LOS DONES

Jorge Luis Borges

Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar con un plano del laberinto,
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Ángel Silesio,
Por Schopenhauer, que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego,
Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa, que prodiga color y que no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura arrean los animales y el alba,
Por la mañana en Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del Islam que abarcó mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica 
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales que convergen en mí,
Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
Y una cifra de cosas que no sabemos 
Y un epitafio de los vikings,
Por la música verbal de Inglaterra,
Por la música verbal de Alemania,
Por el oro, que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas,
Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba
Que antes del español escribieron 
Toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre, que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía,
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria, sentida in los jazmines, o en una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas 
Y no llegará jamás al último verso 
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte, esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.

Jorge Luis Borges, Ni siquiera soy polvo.

Ni siquiera soy polvo

No quiero ser quien soy. La avara suerte
me ha deparado el siglo diecisiete,
el polvo y la rutina de Castilla,
las cosas repetidas, la mañana
que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
la plática del cura y del barbero,
la soledad que va dejando el tiempo
y una vaga sobrina analfabeta.
Soy hombre entrado en años. Una página
casual me reveló no usadas voces
que me buscaban, Amadís y Urganda.
Vendí mis tierras y compré los libros
que historian cabalmente las empresas:
el Grial, que recogió la sangre humana
que el Hijo derramó para salvarnos,
el ídolo de oro de Mahoma,
los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Seré mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo
y una lanza y los libros verdaderos
que a mi brazo prometen la victoria.
¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
no proyecta una cara en el espejo.
Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
que militó en los mares de Lepanto
y supo unos latines y algo de árabe...
Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:
mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.

Jorge Luis Borges, Las cosas

Las cosas

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.