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lunes, 26 de junio de 2017

Carlos Drummond de Andrade

Papá Noel al revés 

Papá Noel entró por la puerta del fondo
(en Brasil las chimeneas no son practicables)
entró cauteloso que ni marido después de la juerga.
A tientas en la oscuridad pulsó el interruptor
y la electricidad golpeó las cosas resignadas,
cosas que seguían cosas en el misterio de la Navidad.
Papá Noel exploró la cocina con ojos astutos,
encontró un queso y se lo comió.

Después sacó del bolsillo un cigarro que no quiso encender.
Tuvo miedo tal vez de prender fuego a la barba postiza
(en Brasil todos los papanoeles tienen la cara afeitada)
y avanzó por el pasillo blanco de luz de luna.
Aquel cuarto es el de los niños.
Papá entró convencido.

Los niños dormían soñando con otras navidades mucho más hermosas
pero sus zapatos estaban llenos de juguetes
soldados mujeres elefantes barcos
y un presidente de república de celuloide.

Papá Noel se agachó y recogió todo aquello
en el interminable pañuelo de yerbas rojo.
Cerró el fardo e hizo un nudo, pero lo apretó tanto
que allí dentro mujeres elefantes soldados presidente peleaban por causa de la aglomeración.

Los pequeños seguían durmiendo.
A lo lejos un gallo comunicó el nacimiento de Cristo.
Papá Noel volvió silenciosamente a la cocina,
apagó la luz, salió por la puerta del fondo.

En el huerto, la luz de luna de Navidad bendecía las legumbres.



Congreso internacional del miedo 

Provisionalmente no cantaremos al amor,
que se ha refugiado más abajo de los subterráneos.
Cantaremos al miedo, que esteriliza los abrazos,
no cantaremos al odio porque ese no existe,
existe tan sólo el miedo, nuestro padre y nuestro compañero,
el miedo enorme de las regiones agrestes, de los mares, de los desiertos,
el miedo de los soldados, el miedo de las madres, el miedo de las iglesias,
cantaremos el miedo de los dictadores, el miedo de los demócratas,
cantaremos el miedo de la muerte y el miedo de después de la muerte,
después nos moriremos de miedo
y sobre nuestras tumbas nacerán flores amarillas y miedosas.


Privilegio del mar 

En esta terraza mediocremente confortable,
bebemos cerveza y contemplamos el mar.
Sabemos que nada nos ocurrirá.

El edificio es sólido y el mundo también.

Sabemos que cada edificio abriga mil cuerpos
que trabajan en mil compartimentos iguales.
A veces, algunos se insertan fatigados en el ascensor
y vienen aquí arriba a respirar la brisa del océano,
lo cual es privilegio de los edificios.

El mundo es realmente de cemento armado.

Ciertamente, si hubiera un crucero loco,
fondeado en la bahía frente a la ciudad,
la vida sería incierta… improbable…

Pero en las aguas tranquilas sólo hay marineros fieles.
¡Qué cordial es la escuadra!

Podemos beber honradamente nuestra cerveza.



Elegía 1938

Trabajas sin alegría para un mundo caduco,
donde las formas y las acciones no encierran ejemplo alguno.
Practicas laboriosamente lso gestos universales,
sientes calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual.

Héroes llenan los parques de la ciudad por la que te arrastras,
y preconizan la virtud, la renuncia, la sangre fría, la concepción.
De noche, si hay neblina, abren paraguas de bronce
o se recogen a los volúmenes de siniestras bibliotecas.

Amas la noche por el poder de aniquilamiento que encierra
y sabes que, durmiendo, los problemas te dispensan de morir.
Pero el terrible despertar prueba la existencia de la Máquina Enorme
y vuelve a reponerte, minúsculo, frente a indescifrables palmeras.

Caminas entre muertos y con ellos conversas
sobre cosas del tiempo futuro y asuntos del espíritu.
La literatura estropeó tus mejores horas de amor.
Al teléfono perdiste mucho, muchísimo tiempo de sembrar.

Corazón orgulloso, tienes prisa por confesar tu derrota
y aplazar para otro siglo la felicidad colectiva.
Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la injusta distribución
porque no puedes, tú solo, dinamitar la isla de Manhattan.



Pistas

Tal vez una sensibilidad mayor al frío,
deseos de volver antes a casa.
Cierta demora en abrir el paquete de libros
esperado, que ha traído el cartero.
Indecisión: ¿voy al cine o no?
De los tres empleos de tu noche no escogerás ninguno.
Quizás cierta mirada, más seria, no ardiente,
que posas sobre los objetos, y ellos la entienden.

O al menos supones que es así. Son fieles, los objetos
de tu despacho. La pluma roja. Te niegas a cambiarla
por esa que guarda el último secreto químico, la tinta inmortal.
Ciertas manchas en la mesa que no sabes si el tiempo,
la madera o el polvo trajeron consigo.
La conoces bien, tu mesa. Cartas, artículos, poemas
salieron de ella, de ti. De la dura sustancia,
de la calma, de la selva abandonada llegaron
las palabras que encontraste y juntaste, para repartirlas.

La mano acaricia
la aspereza. El barniz que se fue. No. Es el árbol
que regresa. El camino que se vuelve. Minas que acecha
y espera, largamente espera tu regreso sordo.
La mesa se vuelve leve, y en ella viajas
por aires de paciencia, acuerdo, resignación.
Mirad la mesa que huye, no la toquéis. Es la mesa voladora,
de sus cajones saltan papeles oscuros, por fin los secretos liberados
sobre la tierra metálica se esparcen, se amortajan y se callan.

De nuevo aquí, menudo territorio
civil, sin sueños. Como presintiendo
que un día se vacían los cuartos, se limpian las paredes,
se detiene un camión y descienden los porteadores
y en el libro municipal se cancela un registro,
miras hondamente el borde de cada
cosa, el color
de cada lado de los objetos familiares.
La familia es pues un orden de muebles, suma
de líneas, volúmenes, superficies. Y son puertas,
llaves, platos, camas, paquetes olvidados,
también un pasillo, y el espacio
entre el armario y la pared
donde se deposita cierta porción de silencio, polillas y polvo
que de tarde en tarde se retira… e insiste.

Desde luego faltan muchas explicaciones, sería difícil
comprender, incluso al cabo de mucho tiempo, por qué un gesto
se abrió, otro se frustró, tantos se esbozaron,
como sería imposible guardar todas las voces
oídas a la hora de comer, en la cena, en la pausa de la noche,
un año, y después otro, y otros y aún otros,
todas las voces oídas en la casa durante quince años.
Mientras tanto, deben de estar en alguna parte: se acumularon,
consumieron peldaños, invadieron tuberías,
llenaron viejos papeles, perdieron la fuerza, el calor,
existen hoy en subterráneos, unas en la memoria, otras en la arcilla del sueño.

¿Cómo saberlo? Al principio parece desierto,
como si nada quedase, y un río corriera
por tu casa, absorbiéndolo todo.
Las sábanas amarillean, las corbatas se desgastan,
la barba crece, cae, los dientes caen,
los brazos caen,
caen partículas de comida de un tenedor dubitativo,
las cosas caen, caen, caen,
y el cielo está limpio, pulcro.
Las personas se acuestan, son transportadas, desaparecen,
y todo está pulcro, salvo tu rostro
inclinado sobre la mesa; y del todo inmóvil.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Epílogo, de Antonio Nobre

Corazón mío, ¡no golpees, para!
Corazón mío, ¡déjate tumbar!
Nuestro dolor, lo sé, es amargo,
nuestro dolor, lo sé, es amargo...
Corazón mío, vamos a soñar... 
Al mundo vine, pero engañado.
Estoy cansado de vivir: 
vi lo que era, estoy hastiado,
vi lo que era, estoy hastiado...
¡No golpees más! Vamos a morir... 
Llamé a la puerta de la ventura:
nadie me abrió, golpeé en vano.
¡Vamos a ver si la sepultura,
vamos a ver si la sepultura
nos hace lo mismo, corazón!
¡Adiós planeta! ¡Adiós, oh Lama! 
Que a ambos nos vais a digerir... 
Mi corazón, la vieja llama,
mi corazón, la vieja llama.
¡Basta, por Dios! Vamos a dormir...

martes, 11 de agosto de 2015

Fernando Pessoa, antología de poemas

Llueve en silencio, que esta lluvia...

Fernando Pessoa

Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego...

Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece...

No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...

En la gran oscilación

En la gran oscilación
entre creer y no creer,
el corazón se trastorna
lleno de nada saber

Y, ajeno a lo que sabía
por no saber lo que es,
solo un instante le cabe
que es el conocer la fe.

Fe que los astros conocen
porque es la araña que está
en la tela que ellos tejen,

y es vida que había ya.

Abdicación


Tómame, oh noche eterna, en tus
brazos y llámame hijo.

Yo soy un rey que
voluntariamente abandoné mi
trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos
flojos, a manos viriles
y calmas entregué;
y mi cetro y corona yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.

Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena

como el paisaje al morir el día.

Autopsicografía


El poeta es un fingidor.
finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive
sino aquel que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino

que se llama corazón.

martes, 4 de agosto de 2015

Antero de Quental, Soneto quijotesco

EL PALACIO DE LA VENTURA

Antero de Quental  (1843-1891)

Sueño que soy un caballero andante;
por desiertos cabalgo en noche oscura. 
del amor paladín, busco anhelante 
el Palacio feliz de la ventura.

Mas ya desmayo, exhausto y vacilante, 
rota la espada y rota la armadura... 
cuando de pronto veo, fulgurante, 
toda su altiva pompa y hermosura.

Con grandes golpes llamo, sin recelos: 
"Soy el desheredado, el vagabundo, 
¡Abrid la puerta de oro a mis anhelos!"

Se abre la puerta al fin lenta y pausada 
y al entrar caigo, de dolor profundo: 

frío y silencio y sombra y nada.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Cantiga de Airas Nunes


Cantiga de amigo de Airas Nunes

Bailemos nós ja todas tres, ay amigas,
so aquestas avelaneyras frolidas,
e quen for velida como nós, velidas,
se amigo amar,
so aquestas avelaneyras frolidas
verrá baylar.

Bailemos nós ja todas tres, ay irmanas,
so aqueste ramo d'estas avelanas
e quen for louçana como nós, louçanas,
se amigo amar,
so aqueste ramo d'estas avelanas
verrá baylar.

Traducción:

Bailemos las tres, amigas queridas,
bajo estas avellanedas floridas;
y quien fuere garrida como somos garridas,
si sabe amar,
en estas avellanedas floridas
vendrá a bailar.

Bailemos las tres, queridas hermanas,
bajo estas ramas de avellanas;
y quien fuere galana como somos galanas,
si sabe amar,
bajo estas ramas de avellanas
vendrá a bailar.

martes, 6 de marzo de 2007

NO QUIERO ROSAS, Fernando Pessoa



No quiero rosas, con tal que haya rosas.
Las quiero sólo cuando no las pueda haber.
¿Qué voy a hacer con las cosas
que cualquier mano puede coger?

No quiero la noche sino cuando la aurora
la hizo diluirse en oro y azul.
Lo que mi alma ignora
eso es lo que quiero poseer.

¿Para qué?... Si lo supiese, no haría
versos para decir que aún no lo sé.
Tengo el alma pobre y fría...
Ah, ¿con qué limosna la calentaré?...

sábado, 24 de febrero de 2007

AUTOPSICOGRAFÍA, Fernando Pessoa



El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que cierto siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive,
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.

TODO MENOS EL TEDIO, Fernando Pessoa

Todo menos el tedio me da tedio.
Quiero sin tener sosiego sosegar.
Tomar la vida todos los días
como un remedio,
de esos remedios que hay para tomar.
Tanto aspiré, tanto soñé, que tanto
de tantos tantos nada me hizo en mí.
Mis manos quedaron frías
sólo de aguardar el encanto
de aquel amor que las calentara al fin.
Frías, vacías,
así

ESTANCO, Fenando Pessoa

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace blancos los cabellos de los hombres,
con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren, y el silbido de una despedida
dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla.
¿En qué he de pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso?
¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber tantos!
¿Genio?
En este momento
cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
¿nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para esto,
seré siempre sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta,
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí?
No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y él es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua con vida,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o noséqué moderno —no concibo bien qué—,
todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
ne invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me pesa como un condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles, quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
y no quedarme siempre enfrente del Estanco de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como un tapete con el que tropieza un borracho
o la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.
Pero el Dueño del Estanco se asomó a la puerta y se quedó en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las cosas como letreros, siempre una cosa frente a otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una indisposición.
Después me reclino en la silla
y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla.
Me acerco a la ventana.
El hombre salió del Estanco (¿guarda el cambio en el bolsillo del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño del Estanco llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino,
Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité
¡Adiós, Esteves!,
y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza,
y el Dueño del Estanco sonrió.

martes, 20 de febrero de 2007

Plegaria, de Carlos Drummond de Andrade

De la lectura sintagmática,
De la lectura paradigmática del enunciado,
De la lengua fáctica,
De la factividad y de la no factividad en la oración principal,
Libera nos, Domine.

De la organización categorial de la lengua,
De la principalidad de la lengua en el conjunto de los sistemas semiológicos,
De la concretez de las unidades en el estatuto que dialectiza la lengua,
Del ortolenguaje,
Libera nos, Domine.

Del programa epistemológico de la obra,
Del corte epistemológico y del corte dialógico,
Del sustrato acústico del culminado,
De los sistemas genitivamente afines,
Libera nos, Domine.

De la semia,
Del sema, del semema, del semantema,
Del lexema,
Del clasema, del mema, del sentema,
Libera nos, Domine.

De la estructuración semémica,
Del ideolecto y de la pancromía científica,
De la reliabilidad de test psicolingüísticos,
Del análisis computacional de la estructuración silábica de las fablas regionales,
Libera nos, Domine.

Del vocoide,
Del vocoide nasal puro y sin clausura consonantal,
Del vocoide bajo y del semivocoide homorgámico,
Del glide vocálico,
Libera nos, Domine.

De la lingüística frástica y transfrástica,
Del signo sinésico, del signo icónico y del signo gestual,
De la clitización pronominal obligatoria,
De la glosemática,
Libera nos, Domine.

De la estructura exo-semántica del lenguaje musical,
De la totalidad sincrética del emisor,
De la lingüística generativo/transformacional,
Del movimiento transformacionalista,
Libera nos, Domine.

De las apariciones de Chomsky,
De Mehler, de Perchonock,
De Saussure, de Cassirer, Troubetzkoy, Althusser,
De Zolkiewsky, Jacobson, Barthes, Derrida, Todorov,
De Greimas, Fodor, Chao, Lacan et caterva,
Libera nos, Domine.