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sábado, 17 de enero de 2026

¡Ay triste España de Caín!, por Miguel de Unamuno

 «¡Ay triste España de Caín!»

Un trozo de planeta por el que cruza

errante la sombra de Caín.

Antonio Machado


    ¡Ay, triste España de Caín, la roja

de sangre hermana y por la bilis gualda,

muerdes porque no comes, y en la espalda

llevas carga de siglos de congoja!

    Medra machorra envidia en mente floja

—te enseñó a no pensar Padre Ripalda—

rezagada y vacía está tu falda

e insulto el bien ajeno se te antoja

    Democracia frailuna con regüeldo

de refectorio y ojo al chafarote,

¡viva la Virgen!, no hace falta bieldo.

    Gobierno de alpargata y de capote,

timba, charada, a fin de mes el sueldo,

y apedrear al loco Don Quijote.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Miguel de Unamuno, Agranda la puerta, padre

Este poema suele circular por las redes solo en sus dos primeras cuartetas; aquí lo reproduzco entero

Agranda la puerta, padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.


Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar.


Gracias, padre, que ya siento

que se va mi pubertad;

vuelvo a los días rosados

en que era hijo, no más.


Hijo de mis hijos ahora

y sin masculinidad

siento nacer en mi seno

maternal virginidad

viernes, 8 de septiembre de 2023

Canciones de Joaquín Sabina

A mis cuarenta y diez


A mis cuarenta y diez,

Cuarenta y nueve dicen que aparento,

Más antes que después,

He de enfrentarme al delicado momento

De empezar a pensar

En recogerme, de sentar la cabeza,

De resignarme a dictar testamento

(perdón por la tristeza)

Para que mis allegados, condenados

A un ingrato futuro,

No sufran lo que he sufrido, he decidido

No dejarles ni un duro,

Sólo derechos de amor,

Un siete en el corazón y un mar de dudas,

A condición de que no

Los malvendan, en el rastro, mis viudas


Y, cuando, a mi Rocío,

Le escueza el alma y pase la varicela,

Y, un rojo escalofrí­o,

Marque la edad del pavo de mi Carmela,

Tendrán un mal ejemplo, un hulla hop

Y un D'Artacán que les ladre,

Por cada beso que les regateó

El fanfarrón de su padre


Pero sin prisas, que, a las misas

De réquiem, nunca fui aficionado,

Que, el traje de madera, que estrenaré,

No está siquiera plantado,

Que, el cura, que ha de darme la extremaunción,

No es todaví­a monaguillo,

Que, para ser comercial, a esta canción

Le falta un buen estribillo


Desde que salgo con la pálida dama

Ando más muerto que vivo,

Pero dormir el sueño eterno en su cama

Me parece excesivo,

Y, eso que nunca he renunciado a buscar,

En unos labios abiertos,

Dicen que hay besos de esos que, te los dan,

Y resucitan a un muerto


Y, si a mi tumba, os acercáis de visita,

El dí­a de mi cumpleaños,

Y no os atiendo, esperadme, en la salita,

Hasta que vuelva del baño

A quién le puede importar,

Después de muerto, que uno tenga sus vicios?

El dí­a del juicio final

Puede que Dios sea mi abogado de oficio


Pero sin prisas, que, a las misas

De réquiem, nunca fui aficionado,

Que, el traje de madera, que estrenaré,

No está siquiera plantado,

Que, el cura, que ha de darme la extremaunción,

No es todaví­a monaguillo,

Que, para ser comercial, a esta canción

Le falta un buen estribillo


Contigo


Yo no quiero un amor civilizado

Con recibos y escena del sofá

Yo no quiero que viajes al pasado

Y vuelvas del mercado con ganas de llorar


Yo no quiero vecinas con pucheros

Yo no quiero sembrar ni compartir

Yo quiero catorce de febrero

Ni cumpleaños feliz


Yo no quiero cargar con tus maletas

Yo no quiero que elijas mi champú

Yo no quiero mudarme de planeta

Cortarme la coleta, brindar a tu salud


Yo no quiero domingo por la tarde

Yo no quiero columpio en el jardí­n

Lo que yo quiero corazón cobarde

Es que mueras por mí­


Y morirme contigo si te matas

Y matarme contigo si te mueres

Porque el amor cuando no muere mata

Porque amores que matan nunca mueren


Yo no quiero juntar para mañana

Nunca supe llegar a fin de mes

Yo no quiero comerme una manzana

Dos veces por semana, sin ganas de comer


Yo no quiero calor de invernadero

Yo no quiero besar tu cicatriz

Yo no quiero Parí­s con aguacero

Ni Venecia sin ti


No me esperes a las doce en el juzgado

No me digas volvamos a empezar


Yo no quiero ni libre ni ocupado

Ni carne ni pecado ni orgullo ni piedad

Yo no quiero saber porqué lo hiciste

Lo que yo quiero muchacha de ojos tristes

Es que mueras por mí­


Y morirme contigo si te matas

Y matarme contigo si te mueres

Porque el amor cuando no muere mata

Porque amores que matan nunca mueren


Nos sobran los motivos, canción de Joaquín Sabina


Este adiós no maquilla un hasta luego,

este nunca no esconde un ojala,

estas cenizas no juegan con fuego,

este ciego no mira para atrás.

Este notario firma lo que escribo,

esta letra no la protestaré,

ahórrate el acuse de recibo,

estas vísperas son las de después.

A este ruido tan huérfano de padre

no voy a permitirle que taladre

un corazón podrido de latir.

Este pez ya no muere por tu boca,

este loco se va con otra loca,

estos ojos no lloran más por ti.


Esta sala de espera sin esperanza,

estas pilas de un timbre q se secó

este helado de fresa de la venganza

esta empresa de mudanza

con los muebles del amor.


Esta campana mora en el campanario,

esta mitad partida por la mitad,

estos besos de Judas,este calvario,

este look de presidiario,

esta cura de humildad.


Este cambio de acera de tus caderas,

estas ganas de nada menos de tí

este arrabal sin grillos en primavera,

ni espaldas con cremalleras,

ni anillos de presumir.


Esta casita de muñecas de alterne

este racimo de pétalos de sal

este huracán sin ojos que lo gobiernen

este jueves,este viernes

y el miércoles q vendrá


(ESTRIBILLO)

No abuses de mi inspiración,

no acuses a mi corazón

tan maltrecho y ajado

q está cerrado por derribo.


Por las arrugas de mi voz

se filtra la desolación

de saber q éstos son

los últimos versos q te escribo,

para decir "con Dios" a los dos

nos sobran los motivos.


Este nido de pájaro disecado

este perro andaluz sin domesticar

este trono de príncipe destronado

esta espina de pescado

esta ruina de Don Juan.


Esta lágrima de hombre de las cavernas

esta horma de zapato de Barba Azul,

que poco rato dura la vida eterna

por el túnel de tus piernas,

entre Córdoba y Maipú.


Esta guitarra cínica y dolorida

con su terco knock,knockin'on heaven's door,

estos labios que saben a despedida

a vinagre en las heridas

a pañuelo de estación


Este ladrón aparcado en tu toga

la rueca de Penélope en Luna Park

estos celos que sueñan que te desnudan

esta caracola viuda

sin la pianola del mar.


(ESTRIBILLO)

No abuses de mi inspiración...


19 días y 500 noches Joaquín Sabina


Lo nuestro duró

Lo que duran dos peces de hielo

En un güisqui on the rocks

En vez de fingir

O, estrellarme una copa de celos

Le dio por reír

De pronto me vi

Como un perro de nadie

Ladrando, a las puertas del cielo

Me dejó un neceser con agravios

La miel en los labios

Y escarcha en el pelo


Tenían razón

Mis amantes

En eso de que, antes

El malo era yo

Con una excepción

Esta vez

Yo quería quererla querer

Y ella no

Así que se fue

Me dejó el corazón en los huesos

Y yo de rodillas


Desde el taxi

Y, haciendo un exceso

Me tiró dos besos

Uno por mejilla

Y regresé

A la maldición del cajón sin su ropa

A la perdición de los bares de copas

A las cenicientas

De saldo y esquina


Y, por esas ventas

Del fino laina

Pagando las cuentas

De gente sin alma

Que pierde la calma

Con la cocaína

Volviéndome loco

Derrochando la bolsa y la vida

La fui, poco a poco

Dando por perdida


Y eso que yo

Paro no agobiar con flores a María

Para no asediarla con mi antología

De sábanas frías y alcobas vacías

Para no comprarla con bisutería

Ni ser el fantoche que va en romería

Con la cofradía del santo reproche


Tanto la quería

Que tardé en aprender a olvidarla,

Diecinueve días y quinientas noches


Dijo hola y adiós

Y el portazo, sonó como un signo de interrogación

Sospecho que así

Se vengaba,a través del olvido

Cupido de mí

No, no pido perdón (no pido perdón)


¿para qué? si me va a perdonar

Porque ya no le importa

Siempre tuvo la frente muy alta

La lengua muy larga

Y la falda muy corta


Me abandonó

Como se abandonan los zapatos viejos

Destrozó el cristal de mis gafas de lejos

Sacó del espejo su vivo retrato

Y fui, tan torero

Por los callejones del juego y el vino

Que, ayer el portero

Me echó del casino de Torrelodones

Qué pena tan grande

Negaría el santo sacramento

En el mismo momento

Que ella me lo mande


Y eso que yo

Paro no agobiar con flores a María

Para no asediarla con mi antología

De sábanas frías y alcobas vacías

Para no comprarla con bisutería

Ni ser el fantoche que va en romería

Con la cofradía del santo reproche


Tanto la quería

Que tardé en aprender a olvidarla,

Diecinueve días y quinientas noches


Y regresé

A la maldición del cajón sin su ropa

A la perdición de los bares de copas

A las cenicientas

De saldo y esquina


Y, por esas ventas

Del fino laina

Pagando las cuentas

De gente sin alma

Que pierde la calma

Con la cocaína


La del pirata cojo


No soy un fulano con la lágrima fácil

de esos que se quejan solo por vicio,

si la vida se deja le meto mano

y si no aún me excita mi oficio,

y como además sale gratis soñar

y no creo en la reencarnación,

con un poco de imaginación,

partiré de viaje enseguida

a vivir otras vidas

a probarme otros nombres,

a colarme en el traje y la piel

de todos los hombres

que nunca seré:


Al Capone en Chicago

legionario en Melilla

pintor en Montparnasse


Mercader en Damasco

costalero en Sevilla

negro en Nueva Orleans


Viejo verde en Sodoma

deportado en Siberia

sultán en un harem


¿Policía? ni en broma

triunfador de la feria

gitanito en Jerez


Tahúr en Montecarlo

cigarrillo en tu boca

taxista en Nueva York.


El más chulo del barrio

tiro porque me toca

suspenso en religión


Confesor de la reina

banderillero en Cádiz

tabernero en Dublín.


Comunista en las Vegas

ahogado en el Titanic

Flautista en Hamelín.


Pero si me dan a elegir

entre todas las vidas yo escojo

la del pirata cojo

con pata de palo,

con parche en el ojo,

con cara de malo,

el viejo truhán, capitán

de un barco que tuviera

por bandera

un par de tibias y una calavera


La del pirata cojo

con pata de palo,

con parche en el ojo,

con cara de malo,

el viejo truhán, capitán

de un barco que tuviera

por bandera

un par de tibias y una calavera.


Billarista a tres bandas

insumiso en el cielo

dueño de un cabaret.


Arañazo en tu espalda

tenor en Rigoletto

pianista de un burdel.


Bongosero en la Habana

Casanova en Venecia

anciano en Shangri La,


Polizón en tu cama

vocalista de orquesta

mejor tiempo en Le Mans.


Cronista de sucesos

detective en apuros

conservado en alcohol.


Violador en tus sueños

suicida en el viaducto

guapo en un culebrón


Morfinómano en China

desertor en la guerra

boxeador en Detroit.


Cazador en la India

marinero en Marsella

fotógrafo en Playboy.


Pero si me dan a elegir

entre todas las vidas yo escojo

la del pirata cojo

con pata de palo,

con parche en el ojo,

con cara de malo,

el viejo truhán, capitán

de un barco que tuviera

por bandera

un par de tibias y una calavera.


La del pirata cojo

con pata de palo,

con parche en el ojo,

con cara de malo,

el viejo truhán, capitán

de un barco que tuviera

por bandera

un par de tibias y una calavera.


Tan joven y tan viejo


Lo primero que quise fue marcharme bien lejos;

en el álbum de cromos de la resignación

pegábamos los niños que odiaban los espejos

guantes de Rita Hayworth, calles de Nueva York.


Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida

le pedí que a su antojo dispusiera de mí,

ella me dió las llaves de la ciudad prohibida

yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo dí.


Así crecí volando y volé tan deprisa

que hasta mi propia sombra de vista me perdió,

para borrar mis huellas destrocé mi camisa,

confundí con estrellas las luces de neón.


Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos,

sobre el banco de un parque dormí como un lirón;

por decir lo que pienso sin pensar lo que digo

más de un beso me dieron (y más de un bofetón).


Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna,

lo que sé del pecado lo tuve que buscar

como un ladrón debajo de la falda de alguna

de cuyo nombre ahora no me quiero acordar.


Así que, de momento, nada de adiós muchachos,

me duermo en los entierros de mi generación;

cada noche me invento, todavía me emborracho;

tan joven y tan viejo, like a rolling stone.

Cuervo Ingenuo y otras canciones de Javier Krahe

Cuervo Ingenuo,  canción de Javier Krahe


Tú decir que si te votan

tú sacarnos de la OTAN,

tú convencer mucha gente,

tú ganar gran elección.

Ahora tú mandar nación,

ahora tú ser presidente.

Hoy decir que es Alianza

ser de toda confianza,

incluso muy conveniente.

Lo que antes ser muy mal,

permanecer todo igual

y hoy resultar excelente.

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

Cuervo ingenuo no fumar

la pipa de la paz con tú,

¡por Manitú!

¡por Manitú!

Tú no tener nada claro

cómo acabar con el paro;

tú ser en eso paciente;

pero hacer reconversión

y, aunque haber grave tensión,

tú actuar radicalmente.

Tú detener por diez días

en negras comisarías

donde mal trato es frecuente;

ahí tú no ser radical,

no poner punto final,

ahí tú también ser paciente.

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

Cuervo ingenuo no fumar

la pipa de la paz con tú,

¡Por Manitú!

¡Por Manitú!

Tú tirar muchos millones

en comprar tontos aviones

al otro gran presidente.

En lugar de recortar

loco gasto militar,

tú ser su mejor cliente.

Tú mucho partido, pero

¿es socialista, es obrero,

o es español solamente?

Pues tampoco cien por cien

si americano también.

Gringo ser muy absorbente.

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

¡Hombre blanco hablar con lengua de serpiente!

Cuervo ingenuo no fumar

la pipa de la paz con tú,

¡Por Manitú!

¡Por Manitú!


Un burdo rumor, Javier Krahe


No sé tus escalas, por lo tanto eres muy dueña,

de ir por ahí diciendo que la tengo muy pequeña.

No está su tamaño, en honor a la verdad

fuera de la ley de la relatividad

y, aunque en rigor

no es mejor

por ser mayor o menor,

ciertamente es un burdo rumor.


Pero como veo que por ser tú tan cotilla

va de boca en boca y es la comidilla,

en vez de esconderla como haría el avestruz,

tomo mis medidas, hágase la luz.

Y, aunque en rigor

no es mejor

por ser mayor o menor,

una encuesta he hecho a mi alrededor.


Trece interesadas respondieron a esta encuesta,

de la cuales una no sabe/no contesta.

¿Y de en la otras doce? División como veréis:

se me puso en contra la mitad, es decir, seis.

Y, aunque en rigor

no es mejor

por ser mayor o menor,

otras seis francamente a favor.


Y si hubo reproches fueron, en resumen,

por su rendimiento, no por su volumen.

Y las alabanzas que también hubo un montón,

hay que atribuirlas a una cuarta dimensión.

Y, aunque en rigor

no es mejor

por ser mayor o menor,

a que a veces soy muy cumplidor.


Mi mujer incluso dijo “aunque prefiero,

como tú ya sabes, la del jardinero,

por si te interesa, pon que estáis a la par,

sólo que la suya es mucho menos familiar.

Y, aunque en rigor

no es mejor

por ser mayor o menor,

nunca olvida traerme una flor”.


Es mísero, sórdido, y aún diría tétrico,

someterlo todo al sistema métrico.

No estés con la regla más de lo que es natural,

te aseguro chica que eso puede ser fatal.

Y, aunque en rigor

no es peor

por ser mayor o menor,

yo, que tú, consultaba al doctor

López Ibor.


No todo va a ser follar, Javier Krahe


También habrá que saltar a la pata coja,

y habrá que coleccionar sellos de Nigeria,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá también que apretar una tuerca floja

y habrá que ir a trabajar,

no todo va a ser follar,

por una miseria.


Y habrá también que llevar a arreglar el coche

y habrá que quitarle el polvo a la biblioteca,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá que cerrar el bar al morir la noche

y habrá también que pagar,

no todo va a ser follar,

lo de la hipoteca.


No todo va a ser follar,

ya follé el año pasado

a la orillita del mar

con una mujer sin par

que después me dio de lado,

lo recuerdo, algo tocado

pero sin dramatizar,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar.


También habrá que llamar a la pobre Alicia,

y habrá que modificar la ronda nocturna,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá que desmenuzar la última noticia

y habrá que depositar,

no todo va a ser follar,

el voto en la urna.


Y habrá también que comprarse unos calcetines,

también habrá que regar esos cuatro tiestos,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá que documentarse sobre los delfines

y habrá también que firmar,

no todo va a ser follar,

muchos manifiestos.


No todo va a ser follar,

ya follé el año pasado

a la orillita del mar

con una mujer sin par

que después me dio de lado,

lo recuerdo, trastornado

pero sin exagerar,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar.


También habrá que invitar a una barbacoa,

y habrá también que acercarse hasta el quinto pino,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa

y habrá que ir a consultar,

no todo va a ser follar,

a un buen otorrino.


También habrá que admirar a la mona Chita,

y habrá también que jugar a pares o nones,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar,

y habrá que resucitar por la mañanita

y habrá también que cantar,

no todo va a ser follar,

muchas más canciones.


No todo va a ser follar,

ya follé el año pasado

a la orillita del mar

con una mujer sin par

que después me dio de lado,

lo recuerdo, obsesionado

pero sin llorar,

no todo va a ser follar,

no todo va a ser follar.


San Cucufato, Javier Krahe


He perdido el pudor, ya no tengo decencia

y me exhibo desnudo con cierta frecuencia.

¿Qué será

que este cuerpo gentil, visto así en cueritatis,

por dinero está bien y molesta si es gratis?

Yo no sé qué será pero como no cobro

por desvelar mi piel, está visto que sobro.

Mi albornoz

¿dónde está mi albornoz, dónde está mi recato?

Mi extraviado pudor dame, San Cucufato.


San Cucufato, te enciendo esta vela.

Devuélveme el pudor, hace un frío que pela.

San Cucufato, los cojones te ato:

si no me lo devuelves no te los desato.


He perdido el amor, contraje matrimonio

y la paz conyugal me ha matado el insomnio

genital.

Cumplo como varón porque aún tengo reflejos

y mi buena mujer no va mucho más lejos.

Yo solía pasar largas horas de fiesta...

ahora, cuando ha lugar nos echamos la siesta

y a dormir.

¿Dónde está la avidez, dónde está el arrebato?

Mi dormida pasión dame, San Cucufato.


San Cucufato, te enciendo este cirio.

Devuélveme el amor, aquel viejo delirio.

San Cucufato, los cojones te ato:

si no me lo devuelves no te los desato.


He perdido el humor, me deshago en suspiros

viendo que fácil es, pero nunca es ni a tiros.

¡Que país!

Uno, pobre infeliz, tan dispuesto al abrazo

y la España Cañí va y le da un españazo.

Miro a mi alrededor, no le veo la gracia

pero la desgracia sí. De mi boca, reacia,

sale un jé,

pero un jé muy flojín, de media comisura.

Cucufato: mi humor o caeré en la locura.


San Cucufato, te enciendo esta bujía.

Devuélveme el humor, permite que me ría.

San Cucufato, los cojones te ato:

si no me lo devuelves no te los desato.


Antípodas, Javier Krahe


En las antípodas todo es idéntico,

tienen teléfonos, tienen semáforos

con automóviles con sancristóbales,

muchos estómagos están a régimen.

Tienen políticos más bien estúpidos

pero son súbditos muy pusilánimes.

En las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


La problemática es económica

y en lo teórico no son unánimes,

lo hay escépticos, los hay fanáticos,

pero en la práctica no ves apóstatas

sino en los márgenes o con prismáticos.

Y unos son míseros, otros son prósperos,

en las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


Hay mundo artístico con gente excéntrica,

mundo científico con catedráticos

y cuerpo médico y casos clínicos.

La gente rústica puebla las fábricas

y los hipódromos los aristócratas.

Ciertos filósofos sienten escrúpulos.

En las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


Algunos fármacos son ilegítimos

pero hay gran tráfico, lo cual es lógico

porque los réditos son astronómicos

y hay muchas víctimas, hay muchas cárceles.

Voces hipócritas piden, coléricas

medidas drásticas, sillas eléctricas.

En las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


Los eclesiásticos desde sus púlpitos

causan catástrofes, y los omnímodos

poderes fácticos hazañas bélicas

y actos vandálicos los energúmenos,

y los pacíficos, actos inútiles.

Entre los lúcidos cunde el desánimo.

En las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


Se dan fenómenos de rara índole:

idéntico a lo autóctono,

madres estériles con partos múltiples,

idéntico a lo autóctono,

problemas étnicos con los indígenas,

idéntico a lo autóctono,

falsas polémicas con los satélites,

idéntico a lo autóctono,

grandes espíritus viven recónditos,

idéntico a lo autóctono,

y hay lodos tóxicos abundantísimos…


En otros términos que están incómodos.

Pero es fantástico, martes y miércoles,

jueves y sábados, lunes y vísperas,

dan espectáculo con el esférico,

y allí, al unísono, arman escándalo

y es como un bálsamo para sus ánimas.

En las antípodas todo es idéntico,

idéntico a lo autóctono.


Abajo el Alzheimer, Javier Krahe


Sí, que los recuerdo, fueron los mejores,

con muchos detalles y vivos colores

aquí van las cuentas de mis cien amores.

Veamos si tengo o no tengo memoria.


Un amor eterno, otros casi tanto.

De siempre me prenden los cinco en su encanto,

tan sólo por ellas he vertido el llanto.

Peaje de amor, cantidad irrisoria.


Amores de suerte, amores de paso,

amores refugio, amores al raso,

parques del Retiro, museos Picasso.

Incluso una suite en el Waldorf Astoria.


Amores insólitos por lo singulares,

hay reinas del mar por los siete mares.

De amores sin par, unos quince pares.

Y todas tangibles, ninguna ilusoria.


Descuéntame uno y van treinticuatro,

el uno que tacho fue puro teatro,

una tontería y no lo idolatro.

Ocurre que es que no tuve escapatoria.


De cinco minutos, de media mañana,

de fin de mi vida, de fin de semana,

por el via amoris de mi real gana.

Cada uno su cruz y hoy la mía es de gloria.


Amores de ida, amores de vuelta,

amores debidos al Ebro y al Delta,

y al imperio ruso y al folclore celta.

También llevo bien geografía e historia.


Van ochenta y casi me olvido la lluvia

mojando los rizos de mi única rubia.

Y a mi diosa blanca. Y a mi esclava nubia.

Y a mis tres Marías, Marías Victorias.


Y a las seis menores aunque muy crecidas.

Sus seis casi estrenos me dieron seis vidas.

Me obligó el espejo a seis despedidas

de seis aplicadas en arte amatoria.


Las ocho que faltan las guardo en secreto,

que yo fui Montesco y ellas Capuleto,

y me comprometen o las comprometo.

Mi alegre canción iba a ser mortuoria.


Y ya están las cuentas de mis cien amores,

que claro que sí, fueron los mejores.

Y si queréis más, yo, de mil amores.

Y ruede la rueda y gire la noria.


Marieta, versión de Javier Krahe de la canción de Georges Brassens


Y yo que fui a rondarle

la otra noche a Marieta

la bella, la traidora

había ido a escuchar a Alfredo Krahus


Y yo con mi canción

como un gilipollas, madre

Y yo con mi canción

como un gilipollas


Y entré con el salero

al comedor de Marieta

la bella, la traidora

ya estaba acabando el flan


Y yo allí con la sal

como un gilipollas, madre

Y yo allí con la sal

como un gilipollas.


Y cuando por su santo

le compré una bicicleta

la bella, la traidora

ya se había agenciado un Rolls.


Pegado al manillar

hice el gilipollas, madre

pegado al manillar

hice el gilipollas.


Y le llevé una orquídia

a nuestra cita en la Glorieta

la bella se besaba con un chulo

y apoyada en un farol


Y yo allí con mi flor

como un gilipollas, madre

y yo allí con mi flor

como un gilipollas.


Y cuando ya por fin

fui a degollar a Marieta

la bella, la traidora

de un soponcio

se me había muerto ya.


Y yo con mi puñal

como un gilipollas, madre

y yo con mi puñal

como un gilipollas.


Y lúgubre corrí

al funeral de Marieta

A la bella, la traidora

le dio por resucitar.


Y yo con mi corona

hice el gilipollas, madre

y yo con mi corona

hice el gilipollas.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Juan José Millás, Articuentos

[Algunos articuentos de José Millás]

Dios

En el campo suceden muchas cosas. Ahora mismo se ha detenido sobre el teclado del ordenador un saltamontes que mira con un ojo lo que escribo y con el otro me contempla a mí. Es evidente que no sabe lo que ve, pero no importa porque no mira para él, sino para alguien lejano: para Dios. Dios está ciego, de otro modo no se entiende que haya creado tantos ojos, y tan diferentes, para controlar el universo. La suma de la mirada del saltamontes y la mía arroja un resultado de superficies horadadas y cuerpos cavernosos por cuyos túneles se arrastra Dios intentando entender su creación.Le grito al saltamontes que se aparte, pero no me oye. Quizá sea capaz de percibir el roce de una babosa sobre la hierba, pero no le llega mi voz, como a mí no me llega el ruido  de  su  mandíbula  al  masticar.  Los  dos  oímos  para otro: para Dios, sin duda, que está sordo. Por eso ha llenado el mundo de los insectos, mamíferos, aves y reptiles que  graban  toda  clase  de  sonidos  y  conversaciones  para él.  La  suma  de  lo  que  recogen  mis  oídos  y  los  del  saltamontes es la sinfonía con la que se desayuna Dios, mientras huele la mañana con nuestro olfato.

El saltamontes ha recogido un resto orgánico del teclado  del  ordenador  —quizá  una  escama  microscópica de la yema de mis dedos— y lo mastica al tiempo que yo trago  saliva.  ¿Comeremos  también  para  Dios?,  me  pregunto.  Dios  no  soporta  no  tener  estómago,  por  eso  ha llenado el universo de abdómenes especializados en digerir para él. Dios carece de vista, tacto, oído, olfato, gusto. Quizá no existe, así que para tapar esa carencia atroz ha llenado  el  universo  de  anélidos,  lamelibranquios,  vertebrados, acéfalos, reptiles... Todo te parece poco si no existes,  y  demasiado  si  un  día,  al  asomarte  a  los  ojos  de  un insecto,  comprendes  que  aunque  es  él  el  que  te  mira,  es otro el que te ve.

Gripe

La gripe viene de Asia; los fantasmas, del armario; el terror,  de  las  sombras.  La  gripe  es  un  proceso.  Un  día, después de comer, empiezas a mirar las cosas con cierta extrañeza.  Te  parece  que  tus  compañeros  de  trabajo  se mueven a una velocidad excesiva; además, no tienen frío, mientras que tú, desde hace dos o tres horas, sientes en la espalda  —tan  deshabitada  habitualmente—  un  movimiento  especial,  como  si  alguien  hubiera  abierto  una ventana a la altura de los riñones. Los muebles del despacho son opacos; no comunican nada, excepto esta voluntad intransitiva. En la calle, los coches y la gente arrastran una  pesadez  mortal.  Parecen  manejados  a  distancia  por un mecánico poco hábil. A lo mejor no te has dado cuenta  todavía  de  que  tienes  fiebre,  pero  lo  cierto  es  que  las articulaciones de tu cuerpo han empezado a enviar leves mensajes  de  aflicción  que  se  traducen  en  un  estado  de ánimo  que  tiende  a  la  indiferencia.  Al  acostarte,  te  has encogido con placer y tu mujer te ha dicho que estás ardiendo.  Estás  ardiendo.  Mañana  tenías  un  compromiso importante y te hace gracia pensar que el compromiso no te importa nada, como el resto de la realidad.

Los  huesos  todavía  no  te  duelen  demasiado,  de  manera que fantaseas con que vas a poder leer. Tres días de cama,  dos  novelas.  No  acabas  de  coger  el  sueño,  ahora estás  algo  excitado.  Haces  un  repaso  de  la  semana  y  te sorprendes de la pasión que has puesto en placeres absurdos, perecederos. Te duermes y sueñas los pasos de tu madre en el pasillo. Eres un niño y el mundo no depende de ti. Puedes ser irresponsable y eso te proporciona un latigazo de felicidad. Te encoges un poco más y notas los dedos de tu madre en la frente.

Algo  así  no  puede  venir  de Asia,  tiene  que  proceder de lo más hondo de uno mismo, como los fantasmas que parecen salir del armario, como el terror que emerge de las sombras.

Tus eosinófilos

A  esta  hora  de  la  mañana  te  toca  análisis  de  sangre. Ahí estarás, pues, ofreciendo la cara interna de tu brazo a alguien que lo estrangulará con una goma a la altura del bíceps  para  que  se  manifieste  la  vena,  la  vena  tuya,  que aparece  enseguida  como  un  clítoris  asustado  en  la  zona más frágil de esa articulación. Ahí está la aguja rompiendo la barrera de la piel, penetrando con violencia calculada en el vaso, del que extraerá unos centímetros de plasma lleno de leucocitos, linfocitos, monocitos, neutrófilos, eosinófilos...  Todo  lo  que  te  pertenece  suena  a  música, también tus hematocritos y tu hemoglobina y tus hematíes. Ahí está ya tu sangre roja cruzando la ciudad en un tubo de ensayo mientras tú sacas el coche del parking y pones  una  canción  de  Antonio Vega  que  cantarás  entre semáforo  y  semáforo.  Tu  sangre  por  un  lado,  tu  cuerpo por otro y yo por otro. 

Ahora  imagino  que  soy  el  técnico  de  laboratorio  al que  le  llega  la  muestra  que  acaban  de  robarte  y  que  en vez de analizarla me la bebo. Me bebo todas las muestras que llevan tu nombre como me comería todas tus biopsias, corazón. Y daría cuenta también a ojos cerrados de tu fósforo, de tu creatinina, de tu calcio total y de tu albúmina, aunque para ello tuviera que beberme la muestra de orina que tan delicadamente, tras bajarte las braguitas de espuma, has depositado sobre el frasco estéril de  plástico.  Tú  atravesando  la  ciudad  en  una  dirección, tu orina en otra y yo mismo en otra, cada uno víctima de un metabolismo, de una transaminasa, de una fosfatasa alcalina, de un tiempo de sedimentación, de unos iones, de  una  desintegración  lipídica,  de  unos  marcadores  tumorales. Pienso a estas horas de la mañana en tu glucosa basal y me excito como un adolescente. Cuántas palabras inauditas componen tu cuerpo, amor. Y todas llueven en este instante sobre la ciudad.

Limpiadoras.

En un acto académico celebrado en la Universidad de Nueva York, al que fuimos invitados no hace mucho un grupo  de  escritores  de  distintas  nacionalidades,  aunque todos de habla española, intervino de repente una mujer que  se  encontraba  entre  el  público.  Primero  nos  felicitó por todo lo que hasta entonces habíamos dicho, y a continuación nos explicó que ella era portorriqueña y que se ganaba la vida en aquella ciudad limpiando oficinas por las noches.

Yo  ya  conocía  a  estas  mujeres  que  entraban  en  los grandes edificios de la burocracia neoyorquina cuando la mayoría  de  la  población  se  metía  en  la  cama,  y  que  se pasaban la noche deambulando por aquellos espacios vacíos arrastrando una aspiradora o blandiendo una gamuza para el polvo: mi hotel se encontraba frente a uno de estos  edificios  y,  como  solía  llegar  tarde  e  insomne  a  la habitación, intentaba atraer el sueño bebiendo el último vaso de agua, mientras contemplaba la fantasmal actividad que se desarrollaba a esas horas en el edificio de enfrente.

La  mujer  describió  con  enorme  habilidad  el  sentimiento  de  indefensión  y  soledad  que  provocaba  a  tales horas  entrar  en  un  ascensor  o  bajar  por  unas  escaleras fantasmales.

Todos estábamos fascinados por su relato, pero también  un  poco  incómodos,  porque  no  sabíamos  hacia dónde se dirigía. Finalmente, denunció que la mayoría de aquellas mujeres que limpiaban oficinas en turno de noche padecían una situación permanente de acoso sexual por parte de sus jefes, que por lo general eran blancos y norteamericanos.

Este final fue saludado por un largo e inquietante silencio que el moderador rompió al fin, señalando educadamente que aquello, aun siendo terrible, no tenía nada que  ver  con  aquel  acto  académico.  ¿Realmente  no  tenía nada que ver?, me pregunté esa noche frente al edificio de oficinas que había frente a mi hotel. Quizá no, pero es lo único que mi memoria ha logrado salvar de ese viaje.

Fuera de mí.

Estoy lejos de casa por razones de trabajo. Gracias a un  programa  informático  y  a  las  cámaras  que  he  dispuesto en las habitaciones, puedo entrar en ella desde mi portátil. Visitar de este modo clandestino mi propio salón es como penetrar dentro de mi cráneo a espaldas de mí mismo. Mis ideas o mis obsesiones (no es fácil distinguir  las  unas  de  las  otras)  son  mis  muebles,  mis  libros, mi chimenea y los objetos repartidos por aquí o por allá. Quiere  decirse  que  mis  ideas  no  son  mías,  puesto  que toda  la  vivienda  está  equipada  con  muebles  de  Ikea. Nunca había visto con tanta claridad que, más que pensar,  soy  pensado,  y  por  un  empresario  sueco  para  más extrañeza, pues jamás he visitado aquel país. ¡De qué sitios  tan  raros  nos  vienen  las  ideas  que  tomamos  por nuestras!  En  esto,  aparece  una  sombra  y,  enseguida,  el cuerpo que la proyecta. Se trata de una amiga a la que he pedido que vaya de vez en cuando a echar un vistazo y a regar  las  plantas.  Ella  no  sabe  que  me  conecto  desde  la habitación de un hotel, no sabe que la observo. Por alguna razón incomprensible, tras quedarse en bragas y sujetador, recorre el salón manoseando mis libros, mis objetos,  mis  muebles,  mis  ideas  en  fin.  Pero  también  ella, pienso, es una idea mía (quizá una obsesión), yo mismo le facilité las llaves del piso. Sabía que las mujeres se paseaban desnudas por el interior de mi cráneo, pero no de mi  piso.  Compruebo  con  perplejidad  que  tengo  pocas ideas,  y  todas  de  una  pobreza  extrema.  Mi  amiga  no  es sueca, es extremeña, pero encaja bien con los muebles de Ikea. Ahora se ha sentado en el sofá que yo mismo armé con la paciencia del que arma un sistema filosófico y ha encendido  mi  televisión  holandesa  (una  Philips).  Empieza a masturbarse, de modo que salgo a cien por hora de  mi  propio  cráneo  (¿o  era  mi  piso?)  y  me  quedo  en suspenso, como fuera de mí.

Enhebrar la aguja

Una tía mía, cuando algo le resultaba muy complicado, decía que era más difícil que «enhebrar una aguja en un pajar». Yo nunca había visto un pajar, pero le enhebraba todas las agujas a mi madre, ya fuera en el cuarto de estar o en el salón, por lo que no entendía el problema de hacerlo en un pajar.

—¿Cómo son los pajares, mamá?

—De  madera,  imagino,  con  los  techos  muy  altos. Sólo los he visto en las películas. Qué preguntas haces.

—¿Y por qué resulta tan difícil enhebrar una aguja en un pajar?

—¿Quién dice que es difícil?

—La tía Asunción.

—Lo que la tía querrá decir es que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el cielo.

A veces es mejor no preguntar porque las cosas se van complicando  de  forma  progresiva.  ¿Qué  tenían  que  ver los  ricos  y  los  camellos  en  aquella  historia?  La  infancia está  llena  de  imágenes  incomprensibles,  de  asociaciones disparatadas. A partir de aquel día siempre que le enhebraba una aguja a mi madre pensaba en los ricos y en los camellos. Muchas noches soñé con un millonario que intentaba pasar por el ojo de una aguja, mientras un camello llamaba a las puertas del cielo, o viceversa. En aquella época estaba francamente preocupado por el más allá, y no sabía si mi habilidad enhebradora sería un salvoconducto o una dificultad para entrar en la gloria. Una cosa estaba clara: que no era rico ni camello. Lo primero me daba igual. Lo segundo me dolía.

En esas estábamos cuando un día, en el recreo del colegio, se le perdió a alguien una peseta y se puso a llorar. El profesor de física salió a ver qué pasaba y aseguró que dar con aquella peseta iba a ser más difícil que encontrar una  aguja  en  un  pajar.  Me  quedé  espantado,  porque  se trataba de una nueva versión de las agujas y de los pajares. Cuando llegué a casa, interrogué a mi madre:

—¿Es  más  fácil  encontrar  una  aguja  en  un  pajar  o que un rico entre en el cielo?

—No sé, hijo, qué cosas se te ocurren. Me parece que lo  difícil  era  lo  del  camello,  pero  tampoco  estoy  segura.

Entre  tanto,  por  si  no  hubiera  bastantes  agujas  en nuestra vida, de vez en cuando llegaba el practicante y te ponía una inyección.

—¿Qué  haría  usted  si  se  le  perdiera  la  aguja  en  un pajar? —preguntaba yo al practicante.

—Anda, anda, no digas tonterías y bájate los panta­lones.

No conseguí salir de dudas, pues. Y ahora hago como que sí, pero en el fondo todo me sigue pareciendo incomprensible. La vida es difícil, más que enhebrar una aguja en el cielo, o que meter a un camello en un pajar. La vida es dura, sí, sobre todo si uno ha decidido no bajarse los pantalones ni siquiera frente al practicante.

Escribir

13.15. Todos  los  tripulantes  de  los  compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas  aquí.  Tomamos  esta  decisión  como  consecuencia  del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas.» Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas  que  exhalan  un  pánico  que  ni  siquiera  nombra.  Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. [Se refiere a la tragedia ocurrida en agosto del año 2000, en la que falleció toda la tripulación del submarino nuclear de la Armada de Rusia, K141 Kursk.] Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.

Naturalmente,  lo  que  no  dice  ocupa  más  de  lo  que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin  estos  sobreentendidos  primordiales,  la  escritura  resultaría imposible.

Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja  pregunta  de  para  qué  sirve  la  literatura.  Sirve  para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento  a  otro  con  los  calcetines  mojados. Y  tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.

El libro

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la  oficina,  pero  de  súbito  eres  arrebatado  por  esa  masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en  el  dormitorio  de  esa  misma  casa  ha  empezado  a  enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.

Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves los papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre  el  argumento  desdichado  o  feliz  que  estaba  en  la novela,  del  mismo  modo  que  los  exploradores  vuelven con malarias de África o de Molokai con lepra.

Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse  cuando  descendiste  del  autobús.  Pura  materia  oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.

Las moscas

Estos primeros días de septiembre, en el campo, son duros para los insectos: entran las moscas por la ventana, atolondradas, en busca de un poco de calor, y te das cuenta de que ya están tocadas por la muerte. Una de ellas se coloca sobre la pantalla del ordenador, fascinada por sus reflejos  verdosos,  y  sigue  dócilmente  la  trayectoria  del cursor. Las letras van apareciendo a medida que recorre la pantalla, como si fueran producciones de su abdomen. Me hago, pues, la ilusión de que el texto es de ella; quizá sabe que tiene que morir con el frío de una de estas madrugadas de septiembre y quiere contar al universo cómo se soporta una existencia de mierda que por fortuna sólo dura un verano.

Mala época esta para los insectos: ahora entra por la ventana de mi cuarto una avispa con el abdomen desgarrado  por  su  propio  aguijón;  seguramente  lo  ha  metido donde no debía. El aguijón de las avispas está preparado para  atacar  a  animales  de  cuerpo  quebradizo,  de  donde entra y sale con facilidad, pero si pican a un mamífero el arpón  queda  atrapado  entre  sus  carnes  y  al  intentar  sacarlo  se  abren  a  sí  mismas  en  canal.  Tiene  los  segundos contados esta avispa que vuela atropelladamente antes de caer, arrugada, sobre los periódicos del día.

También  ahora,  los  zánganos  de  las  abejas  son  expulsados  a  empujones  de  la  colmena.  Quizá  recuerden, mientras la intemperie los mata, los mediodías dorados por el sol en que fueron el juguete sexual de una reina. Septiembre,  a  menos  que  seas  una  reina  altiva  o  una obrera sumisa, te va a poner un nudo en la garganta, ya verás.  La  mosca  responsable  de  esta  columna  lo  sabía bien: acaba de morir sobre una tecla, de manera que cierro sobre ella, respetuosamente, la tapa de mi ordenador, como si fuera el ataúd que la naturaleza no me da. Buenos días, tristeza.

Números

El Pin del móvil y el Puk del módem, la contraseña de iTunes, el teléfono fijo de mamá, el prefijo de Asturias, la clave de acceso al cajero automático, la matrícula del coche, el número del DNI, la inflación interanual, el producto interior bruto, el diferencial de la deuda, la talla de los  pantalones  y  la  ropa  interior,  las  dimensiones  de  la pena,  los  31  días  de  enero  y  los  28  de  febrero,  tu  cumpleaños,  nuestro  aniversario  y  el  del  fallecimiento  de papá,  el  tiempo  de  cocción  del  huevo  duro  y  la  cadu­cidad del yogur, las cucharadas diarias de jarabe, la can­tidad  de  sal,  el  valor  de  referencia  de  la  urea,  las  pulsa­ciones  por  minuto,  la  temperatura  del  microondas,  las horas de insomnio, la línea 5 del metro y el vía crucis de las  12  estaciones,  los  dígitos  de  la  hipoteca,  el  IVA,  el IRPF,  el  euríbor,  el  tanto  por  ciento  de  descuento,  los puntos de la tarjeta de Iberia, la hora de entrada, la numerología  china,  los  honorarios  del  dentista,  los  dedos de  la  mano,  los  pelos  de  la  cabeza  (pocos),  los  pares  de calcetines, la cuenta del supermercado, el cuentakilómetros, el cuenta revoluciones, el contador del gas, de la luz, las páginas de Anna Karenina, los volúmenes de la enciclopedia  Espasa,  el  limitador  de  velocidad,  los  metros cuadrados construidos y los hábiles, los cuartos de baño, los puntos de luz, el salario bruto y el líquido, los años de cotización,  el  tiempo  de  carencia,  la  tercera  temporada de Mad Men, la cuarta de El ala Oeste de la Casa Blanca, la  quinta  de Los  Soprano,  el  control  del  peso,  el  podó­metro, el metrónomo, los litros de agua consumidos, los goles  del  domingo,  el  porcentaje  de  seguimiento  de  la huelga según los sindicatos, según la policía, según el Gobierno,  la  patronal  o  Dios,  el  décimo  de  Navidad  (que acabe  en  7),  la  indemnización  por  año  trabajado.  Y  la sala 10 del tanatorio, por ejemplo.

Maniobra

Cuando mis padres decidieron separarse, me preguntaron con quién quería irme a vivir, pero yo había cumplido treinta años y me pareció que podía ser el momento de independizarme. Además, no quería hacer daño al no elegido. Así que cada uno se fue por su lado en un curioso estallido familiar que no había estado en los cálculos de ninguno. Yo  cogí  un  apartamento  con  mucho  sol  y  una gran terraza para llevarme las macetas de mamá, que dijo que no quería volver a verlas. Las regaba con el cuidado que le había visto poner a ella, hablándoles a las hojas, y por las noches recorría el piso revisando la llave del gas y los interruptores  de  la  luz  con  la  expresión  concentrada  de mi padre antes de que nos fuéramos a dormir. Todo iba bien hasta que a los pocos meses se presentó papá en casa y tras muchos rodeos me confesó que volvía con mamá. Por lo visto desde la semana siguiente a la separación no habían dejado de verse ni de comer juntos en restaurantes caros a los que no se les había ocurrido llevarme nunca. También iban al cine con frecuencia, y al teatro, y más de un fin de semana se habían escapado a París como dos jóvenes  alocados,  viviendo  un  romance  improcedente  a todas luces. Total, que mientras yo regaba las plantas de ella y cultivaba las manías de él, siempre obsesionado con que a la azalea no le faltaran sus minerales, ni la luz del recibidor  se  quedara  encendida  al  irme  a  la  cama,  ellos llevaban la vida que me correspondía a mí. El mundo al revés.

Me  dio  vergüenza  decir  que  yo  también  quería irme  a  vivir  con  ellos  y  me  he  quedado  más  solo  que  la una. Lo peor es que no puedo dejar de pensar que todo ha sido una maniobra para echarme de casa. Por mi gusto, me casaría, pero no sé cómo se hace. Los geranios están bastante bien, pero la cisterna del retrete pierde agua.

Cuento de Navidad

Un día, por estas fechas, llegó a casa de algún modo inexplicable un jamón. Su presencia produjo en la familia un choque emocional indescriptible. Parecía una pata incorrupta más que un fiambre. Lo colgamos del techo de la despensa y cada poco íbamos a adorarlo en su soledad aromática. Mi madre nos explicaba cómo debía partirse y de qué grosor debían ser las lonchas, asegurando que en las  profundidades  de  aquella  carne  oscura  permanecía enterrado un hueso que serviría para hacer caldo. Pero si le preguntábamos cuándo comenzaríamos a comérnoslo, ella decía indefectiblemente:

—Cuando tengamos un cuchillo de cortar jamón.

No  creáis  que  sirve  cualquiera.  Habíamos  aceptado que aquel cuchillo específico debería aparecer de un modo extraordinario o sobrenatural en nuestras vidas y esperábamos su advenimiento con ansiedad religiosa. Entre tanto, por mi casa pasaban cada tarde amigos del colegio que venían a ver el jamón. Los recuerdo entrando en la vivienda sobrecogidos ya por lo que les habíamos contado, pero cuando abríamos la despensa y aparecía colgado del techo aquel resto porcino cubierto de grasa dorada y melancólica, la gente no llegaba a caer de rodillas, pero casi.

Y cuando mis padres tenían visita, después de haberles dado de merendar un café con galletas revenidas, mi madre se disculpaba por no haberles ofrecido un poco de jamón.

—Es  que  no  tenemos  cuchillo  —añadía  a  modo  de disculpa.

Como quiera que las visitas pusieran un gesto de escepticismo, ella iba a la despensa y volvía con el fiambre en  brazos,  mostrándolo  con  el  mismo  orgullo  que  si  se tratara de un hijo que hubiera terminado empresariales.

A los pocos meses, comenzaron a salirle gusanos de lo más hondo, pues quizá estaba mal curado, y no tuvimos la oportunidad de contemplar el milagro del hueso. En lugar de tirarlo a la basura, lo enterramos en el patio de atrás, como si hubiera fallecido, y hasta hace muy poco, siempre que pasábamos por delante de su tumba, derramábamos unas lágrimas. Felices Pascuas


viernes, 29 de julio de 2022

Treinta aerolitos de Carlos Edmundo de Ory

 Todo es una gota de fuego: el cuerpo, la salud, el sueño.


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Hay silencio. Hay silencio. Como en mi infancia.


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Los camiones en la noche llenos de personalidad.


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Sueño palabra que sueña.


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–¿Qué miras?


–El polvo de la vida.


–También Lavoisier lo miraba. Eres un sabio.


–Nada de sabio. Yo miro. No analizo.


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Hay que saber Beckett, no leerlo.


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Cuento escrito en un huevo.


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No seas esclavo del lenguaje, ni de los dioses, ni de los hombres.


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Carne fraternal amiga.


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Epitafio para mi tumba: aquí yace nadie.


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El ocio es vital. El silencio es acto. Recomiendo ocio y silencio.


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¡La humildad! ¡Qué inmensa cosa! Ahí. Ni pesimismo ni cólera.


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Historia de la Filosofía: Marco Aurelio.


Historia a secas: Marco Aurelio también.


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Me gusta más la verdad que un huevo frito.


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La única solución potable: tirarse al agua.


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Estoy alegre. ¿A quién lo debo? A la existencia de la alegría.


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Caen las hojas del color amarillo.


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En el terreno resbaladizo de los días, me incorporo como puedo y avanzo hacia lo desconocido.


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Para mí, todo es paisaje y nostalgia de paisaje.


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El tren: berbiquí del espacio u oruga maquinal.


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Yo soy siempre mío, y lo pago caro.


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Soy el poeta de la media luna.


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Una mano de bofetadas a quien da consejos que nadie le ha pedido.


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He sido sorprendido en pleno zapateado. Estaba danzándome.


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Lujo fúnebre: una tumba al sol.


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¿Quién inventó el agua caliente?


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Ser libre como el ciprés, independiente como el pino.


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Soy el maestro del abismo absoluto.


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En el silencio de mi bibliocama.


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Almohada: alma del hada.


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Visito al viento en traje de etiqueta.


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Quien es perfecto caga lágrimas.


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Las palabras marchan hacia el silencio.

Poemas de Guillermo Carnero

 Paestum


Los dioses nos observan desde la geometría

que es su imagen.

Sus templos no temen a la luz

sino que en ella erigen el fulgor

de su blancura: columnatas

patentes contra el cielo y su resplandor límpido.

Existen en la luz.

Así sus pueblos bárbaros

intuyen el tumulto de sus dioses grotescos,

que son ecos formados en una sima oscura:

un chocar de guijarros en un túnel vacío.


Aquí los dioses son

como la concepción de estas columnas,

un único placer: la inteligencia,

con su progenied de fantasmas lúcidos.


Disolución del sueño


Nadie puede instalarse

en los sueños de otro: están fundados

en la incredulidad, la decepción y el miedo,

y su inquietud no admite compañía.

Juguetes rotos de una niñez tapiada

que no quiere arriesgar el privilegio

de mecerse en la paz de no haber sido;

un andrajo sin nombre

vacante en el umbral del paraíso

al no tener un cuerpo que lo vista.

El que contempla el Sol no ve su fuego,

cifrado en cenital circunferencia;

baja la vista, y teme. Lo confunde la luz;

sólo puede mirarla si se mezcla

a los colores turbios de las cosas.

Tampoco se permite

afrontar la arrogancia de sus sueños.

Finge que no lamenta su vacío

pues no los tiene ni jamás los tuvo,

o los destierra al sótano más hondo

sin calor ni alimento, hasta que mueren

y vagan insepultos y lo acosan

al apagar la luz en un cuarto de hotel;

y por fin engalana su cadáver,

lo corona de mirto y lo pasea

para ofrecerlo a quien lo pisotee,

y lo destierra al fin a la página escrita

para eludir su insulto de blancura,

salpicando de tinta su amenaza de espejo,

su insoslayable potestad de lirio.

Sueño: región más alta,

sonora en geometría cuyo color se vuelve

imán de la certeza del exilio.

La voz es una brisa que nos trae

los primeros jirones

de los aromas del jardín del sueño.

Ha de reburujarse como seda

o desplegarse cálida y redonda,

henchida al ascender en su ternura,

y volar sobre cumbres y estuarios.

Así tu voz, umbral de tantos mundos,

sabía concederlos resumidos

en la proximidad del horizonte

de la luz de la llama de una vela;

pero hoy vendría a mí tenue y descalza,

sobre la duda de cristales rotos

que esparciste en la estela de tu nombre.

Si rompieras a hablar, tu voz tendría

una pátina oscura de parajes

donde se pudre la lección del tiempo.

Ya no podré entenderte si me hablas:

sólo olvidando el lastre de las cosas

y las aristas negras de los nombres

tiene tu voz la pulcritud del sueño:

música en el estuche de su brillo.

En los sueños, los ojos son azules:

si son de otro color, no estás soñando.

El azul es un reino de dulzura.

Dulzura no es palabra suficiente

en lo espiritual y trascendido;

es la de los torrentes cuando llegan

a presentar en el Abril del valle

la rendición templada de su hielo,

conservando en color de las alturas

la transfiguración del aire límpido;

la del rumor de guijas y de conchas

que resuena en las playas por la noche,

llenando de sí misma

la conciencia de estar oculto y solo.

Cuando abrías los ojos levantabas

una cúpula azul sobre la tierra,

coronada de flámulas ardientes;

un recinto tan alto

y en su ofrenda de luz tan silencioso

que toda voluntad se deslizaba

por la pendiente del desasimiento.

Así unos ojos pueden encender

la latitud inaugural del mundo

diáfana y trasparente sin frontera,

y entrecerrar su propio laberinto

de heces y esquirlas de rumor taimado.

No quiero su amenaza

en la consternación del aire turbio:

sólo el azul extático y redondo.

La curvatura es vocación del río

con inflexiones lentas de meandro

en el arroyo que desciende al valle,

es consuelo en el círculo del Sol

cuando tiñe de rojo la parábola

en que la luz dibuja el horizonte,

espiral aguzada

en el brillo del brote de la hoja,

convexidad en la tensión del fruto,

densidad y turgencia

en todo lo colmado y lo creciente.

La redondez es signo de la carne

de mujer, salvación,

oasis de volumen

en la angustia del plano y de la recta;

pero ha de ser jardín al que no lleve

la ausencia de un camino no trazado.

Esa es la norma capital del sueño,

lo que confiere elevación de nube

y resplandor solar de paraíso

a la entereza de un jardín redondo

retirado al secreto

de su concavidad, sin que el dardo del tiempo

-serpiente rectilínea que hiere con la ciencia

del veneno sin paz de la memoria-

tenga puerta cerrada en que clavarse.

Pero tú oscureciste el horizonte

donde pudo brillar el más diáfano

silencio precursor de voz primera,

y trajiste al preludio

de su estación redonda la maldición del tiempo:

un largo corredor de palabras caídas

pudriéndose en la sombra de su otoño.

Así llegué al umbral del paraíso

como Moisés en su último viaje;

y en la desolación de la memoria

y la miseria del entendimiento

se desvanecen un jirón azul,

geometría sin voz, música abstracta.


De la inutilidad de los cristales ópticos


Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro

nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de

movimiento);

sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien

conoce,

con su excesiva holgura en la órbita seca;

un día han de invadir a medianoche

los bulevares de la ciudad desierta,

aterrando con su agilidad a los animales pacíficos,

en una conjunción única que consagre el azar.


El azar, anigquilando en su represalia de hondero

el estupor del que alinea y su conciso cristal.


Museo de Historia Natural


Encerrados en un espacio distante

perfeccionan allí la estabilidad de no ser

más que inmovilidad de animales simbólicos

la escorzada pantera, el mono encadenado

y la fidelidad que representa el perro

echado ante los pies de la estatua yacente;

adquieren aridez en la luz incisiva

bajo las losas de cristal del domo,

traslúcido animal que no perece.

La boa suspendida

por cuatro alambres tensos sobre cartón pintado

no es más que el concepto de boa.

Agavillados

bajo un domo distante, la memoria

les redondea el gesto, los induce

a la circunferencia imaginaria

en la que inscriben dentro de su urna

la suspensión del gesto, salto rígido

igual que las mandíbulas abiertas

gritan terror de estopa, agonía en cartón, violencia plana.

Agazapados tras una puerta distante,

cuando la empuja el simulacro vuelve

a componer su coreografía;

y un día han de invadir los bulevares

de la ciudad desierta, amenazando

la arquitectura fácil del triunfo

y el gesto de la mano que acaricia

la mansedumbre impávida de animales pacíficos.


Palabras de Tersites


Esa carcasa ocre es Helena, la gracia de la nuca

aureolada de cabellos lúcidos.

Los que la amaron son inmortales ahí, en la tierra inverniza,

o bien envejecieron con una pierna rota

dislocada para mendigar unos vasos de vino-

y yo, el giboso, el patizambo, me acuerdo algunas veces

de la altivez biliosa de los jefes aqueos

considerando la pertinencia del combate,

inspiración segura de algún poema heroico

cantor de esta campaña y su cuerpo de diosa:

polvo para quien no la amó, sus versos humo.


Es la decrepitud lo que enciende esta guerra.

sábado, 13 de marzo de 2021

Dame. Carlos Edmundo de Ory

Dame algo más que silencio o dulzura

Algo que tengas y no sepas

No quiero regalos exquisitos

Dame una piedra


No te quedes quieto mirándome

como si quisieras decirme

que hay demasiadas cosas mudas

debajo de lo que se dice


Dame algo lento y delgado

como un cuchillo por la espalda

Y si no tienes nada que darme

¡dame todo lo que te falta!


-Dame, de Carlos Edmundo de Ory-

Comisión de servicio. Jaime Siles.

Comisión de servicio.  Jaime Siles. 


Ahora que soy aún mi todavía,

ahora que soy aún y que no sé

si el autobús me lleva a la ballena

de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;

ahora que soy aún el que te mira,

ahora que soy aún el que te ve,

ahora que todavía nos admira

El Oro de sus cuerpos de Gauguin;

ahora que aún ardemos en la pira,

ahora que aún el vértigo es un bien,

ahora que la carne aún delira,

imitemos al mundo en su vaivén.

domingo, 28 de febrero de 2021

Vive la vida, Luis Alberto de Cuenca

 Vive la vida


Vive la vida. Vívela en la calle

y en el silencio de tu biblioteca.

Vívela en los demás, que son las únicas

pistas que tienes para conocerte.

Vive la vida en esos barrios pobres

hechos para la droga o el desahucio

y en los grises palacios de los ricos.

Vive la vida con sus alegrías

incomprensibles, con sus decepciones

(casi siempre excesivas), con su vértigo.

Vívela en madrugadas infelices

o en mañanas gloriosas, a caballo

por ciudades en ruinas o por selvas

contaminadas o por paraísos,

sin mirar hacia atrás.

Vive la vida.


Luis Alberto de Cuenca

(Por fuertes y fronteras, 1996)

miércoles, 24 de febrero de 2021

Dos poemas de Joaquín Sabina

 I


Brindo por las guitarras despeinadas,

por los adúlteros sin indulgencia,

por los pecados contra la prudencia,

por los escombros de la madrugada.


II


Brindo por los abuelos sin medallas

que no cuentan batallas a sus nietos,

por las abuelas que zurcen y callan,

por la acuarela, el thriller, el soneto.


III


Brindo por Medellín, por Guanajuato,

Isla Negra, Macondo, Guatemala,

Región, Santa María, Chiapas, Comala,

la rumba, el son, la cumbia, el vallenato.


IV


Hoy brindo por los sabios despistados,

los parados, los santos inocentes,

los que luchan con uñas y con dientes

los que se rinden, los desconsolados.


V


Brindo por los yogures caducados,

por los pecados que cometería,

por la alegría del desesperado,

por los premiados con la lotería.


VI


Brindo por los amores clandestinos,

por el sudor con uñas y con dientes,

por los fans de al pan pan y al vino vino,

por el tímido, el raro, el impotente.


VII


Brindo por los pecados veniales,

por el orgullo de los vagabundos,

por la morfina de los moribundos,

por el idioma de los animales.


VIII


Brindo por la memoria sin olvido,

por la lluvia que empapa a los amantes,

por las alas del pájaro sin nido,

por los heridos, por los caminantes.


IX

Brindo por el negrito sin patera

por la sangre torera de Morante

por el grito del blues de la frontera

por los mares del sur, por el Levante.


X

Brindo por los que brindan con cualquiera

que tenga un corazón noble y caliente,

por las fatigas de la buena gente,

por el swing que derrochan tus caderas.


Joaquín Sabina


Hace tiempo que no me hago caso,

hace tiempo que olvido que atraso,

que paso de mí.

Hace tiempo que no pido nada,

hace tiempo que la madrugada

no da más de sí.


Hace tiempo que mengua mi renta,

que cuadran las cuentas

de la soledad.

Hace tiempo que no me hago trampas,

hace tiempo que nieva, que escampa,

que vuelve a nevar.


Hace tiempo tiempo que el tiempo se esfuma,

hace tiempo que nadie perfuma

mi vieja canción.

Hace tiempo que el sol tiene pecas,

hace tiempo que las discotecas

no tienen razón.


Hace tiempo que no me acaloro,

hace tiempo que el tiempo, que es oro,

no cura el dolor.

Hace tiempo que todo es mentira,

hace tiempo que el mundo no gira

a mi alrededor.


Hace tiempo que bajo la cuesta,

que pierdo la apuesta

contra el porvenir.

Hace tiempo que sueño despierto,

que se muere de sed un desierto

delante de mí.

martes, 10 de octubre de 2017

Julio Martínez Mesanza

EN ESPARTA DESPUÉS
DE LEUCTRA TRISTE

A Amalia

En Esparta después de Leuctra triste
esconderme no pude. La mirada
del valor descubría mi miseria.
Y o abandoné mi escudo en Leuctra triste.
Me desprecian las madres y los viejos.
Yo abandoné mi escudo. Soy el triste.
Aunque me beses y cantemos juntos
y con valor poemas de Tirteo
nada seré, ni el humo, ni la nada
del cadáver no sido en Leuctra triste 


De Europa

lunes, 25 de septiembre de 2017

Miguel Labordeta, 1936

1936

Fue en la edad de nuestro primer amor,
cuando los mensajes
son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres
toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul
o de mayo que desaparece,
cuando unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra
blasfemando de otros hombres
tan duros como ellos;
tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados
con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte
como acosada manada;
era la guerra, el terror, los incendios,
era la patria suicidada,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas
en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;
nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?

Vanas son las preguntas a la piedra
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablar aquí
de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj
parado para siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura. 

Miguel Labordeta