viernes, 29 de julio de 2022

Cómo empezó a jugar el agua, de Ted Hughes

 Cómo empezó a jugar el agua, de Ted Hughes



Agua quería vivir


fue al sol y volvió llorando


Agua quería vivir


fue a los árboles la quemaron volvió llorando


La pudrieron volvió llorando


Agua quería vivir


fue a las flores la pisaron volvió llorando


Quería vivir


fue al vientre encontró sangre


volvió llorando


fue al vientre encontró cuchillo


volvió llorando


fue al vientre encontró gusano y podredumbre


volvió llorando quería morir




Fue al tiempo fue por la puerta de piedra


volvió llorando


fue por todo el espacio buscando nada


volvió llorando quería morir


Hasta que no le quedó lloro


Yacía en el fondo de todas las cosas


completamente    agotada     completamente    claro todo 




Traducción de Jesús Pardo.

Maitines de Louise GLück

Maitines, de Louise Glück


Perdóname si digo que te amo: a los poderosos

se les engaña siempre, los débiles

son siempre manejados por el miedo. No puedo amar

lo que no puedo concebir, y tú no revelas

virtualmente nada: ¿acaso te asemejas al espino,

siempre la misma cosa en el mismo lugar,

o a la dedalera inconsistente, que brota primero

como espiga rosada en la ladera, junto a las margaritas,

y al año siguiente es púrpura en el rosedal? Ya ves

lo inútil que es este silencio que promueve en nosotros la creencia

en que tú puedes ser todas las cosas, la dedalera y el espino, la vulnerable

rosa, la terca margarita; nada nos queda sino pensar

que no podrías existir. ¿Es eso lo que quieres

que pensemos?, ¿lo que explica el silencio esta mañana,

los grillos cuyas alas no se frotan, los gatos

que en el patio no pelean?


Traducción de Eduardo Chirinos.

Treinta aerolitos de Carlos Edmundo de Ory

 Todo es una gota de fuego: el cuerpo, la salud, el sueño.


***


Hay silencio. Hay silencio. Como en mi infancia.


***


Los camiones en la noche llenos de personalidad.


***


Sueño palabra que sueña.


***


–¿Qué miras?


–El polvo de la vida.


–También Lavoisier lo miraba. Eres un sabio.


–Nada de sabio. Yo miro. No analizo.


***


Hay que saber Beckett, no leerlo.


***


Cuento escrito en un huevo.


***


No seas esclavo del lenguaje, ni de los dioses, ni de los hombres.


***


Carne fraternal amiga.


***


Epitafio para mi tumba: aquí yace nadie.


***


El ocio es vital. El silencio es acto. Recomiendo ocio y silencio.


***


¡La humildad! ¡Qué inmensa cosa! Ahí. Ni pesimismo ni cólera.


***


Historia de la Filosofía: Marco Aurelio.


Historia a secas: Marco Aurelio también.


***


Me gusta más la verdad que un huevo frito.


***


La única solución potable: tirarse al agua.


***


Estoy alegre. ¿A quién lo debo? A la existencia de la alegría.


***


Caen las hojas del color amarillo.


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En el terreno resbaladizo de los días, me incorporo como puedo y avanzo hacia lo desconocido.


***


Para mí, todo es paisaje y nostalgia de paisaje.


***


El tren: berbiquí del espacio u oruga maquinal.


***


Yo soy siempre mío, y lo pago caro.


***


Soy el poeta de la media luna.


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Una mano de bofetadas a quien da consejos que nadie le ha pedido.


***


He sido sorprendido en pleno zapateado. Estaba danzándome.


***


Lujo fúnebre: una tumba al sol.


***


¿Quién inventó el agua caliente?


***


Ser libre como el ciprés, independiente como el pino.


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Soy el maestro del abismo absoluto.


***


En el silencio de mi bibliocama.


***


Almohada: alma del hada.


***


Visito al viento en traje de etiqueta.


***


Quien es perfecto caga lágrimas.


***


Las palabras marchan hacia el silencio.

Castilla, de Manuel Machado

Castilla, de Manuel Machado


El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.


Nadie responde… Al pomo de la espada

y al cuento de las picas el postigo

va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal, responde… Hay una niña

muy débil y muy blanca

en el umbral. Es toda

ojos azules, y en los ojos. lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada.


Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja…

Idos. El cielo os colme de venturas…

¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!


Calla la niña y llora sin gemido…

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

y una voz inflexible grita: ¡En marcha!

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Poemas de Guillermo Carnero

 Paestum


Los dioses nos observan desde la geometría

que es su imagen.

Sus templos no temen a la luz

sino que en ella erigen el fulgor

de su blancura: columnatas

patentes contra el cielo y su resplandor límpido.

Existen en la luz.

Así sus pueblos bárbaros

intuyen el tumulto de sus dioses grotescos,

que son ecos formados en una sima oscura:

un chocar de guijarros en un túnel vacío.


Aquí los dioses son

como la concepción de estas columnas,

un único placer: la inteligencia,

con su progenied de fantasmas lúcidos.


Disolución del sueño


Nadie puede instalarse

en los sueños de otro: están fundados

en la incredulidad, la decepción y el miedo,

y su inquietud no admite compañía.

Juguetes rotos de una niñez tapiada

que no quiere arriesgar el privilegio

de mecerse en la paz de no haber sido;

un andrajo sin nombre

vacante en el umbral del paraíso

al no tener un cuerpo que lo vista.

El que contempla el Sol no ve su fuego,

cifrado en cenital circunferencia;

baja la vista, y teme. Lo confunde la luz;

sólo puede mirarla si se mezcla

a los colores turbios de las cosas.

Tampoco se permite

afrontar la arrogancia de sus sueños.

Finge que no lamenta su vacío

pues no los tiene ni jamás los tuvo,

o los destierra al sótano más hondo

sin calor ni alimento, hasta que mueren

y vagan insepultos y lo acosan

al apagar la luz en un cuarto de hotel;

y por fin engalana su cadáver,

lo corona de mirto y lo pasea

para ofrecerlo a quien lo pisotee,

y lo destierra al fin a la página escrita

para eludir su insulto de blancura,

salpicando de tinta su amenaza de espejo,

su insoslayable potestad de lirio.

Sueño: región más alta,

sonora en geometría cuyo color se vuelve

imán de la certeza del exilio.

La voz es una brisa que nos trae

los primeros jirones

de los aromas del jardín del sueño.

Ha de reburujarse como seda

o desplegarse cálida y redonda,

henchida al ascender en su ternura,

y volar sobre cumbres y estuarios.

Así tu voz, umbral de tantos mundos,

sabía concederlos resumidos

en la proximidad del horizonte

de la luz de la llama de una vela;

pero hoy vendría a mí tenue y descalza,

sobre la duda de cristales rotos

que esparciste en la estela de tu nombre.

Si rompieras a hablar, tu voz tendría

una pátina oscura de parajes

donde se pudre la lección del tiempo.

Ya no podré entenderte si me hablas:

sólo olvidando el lastre de las cosas

y las aristas negras de los nombres

tiene tu voz la pulcritud del sueño:

música en el estuche de su brillo.

En los sueños, los ojos son azules:

si son de otro color, no estás soñando.

El azul es un reino de dulzura.

Dulzura no es palabra suficiente

en lo espiritual y trascendido;

es la de los torrentes cuando llegan

a presentar en el Abril del valle

la rendición templada de su hielo,

conservando en color de las alturas

la transfiguración del aire límpido;

la del rumor de guijas y de conchas

que resuena en las playas por la noche,

llenando de sí misma

la conciencia de estar oculto y solo.

Cuando abrías los ojos levantabas

una cúpula azul sobre la tierra,

coronada de flámulas ardientes;

un recinto tan alto

y en su ofrenda de luz tan silencioso

que toda voluntad se deslizaba

por la pendiente del desasimiento.

Así unos ojos pueden encender

la latitud inaugural del mundo

diáfana y trasparente sin frontera,

y entrecerrar su propio laberinto

de heces y esquirlas de rumor taimado.

No quiero su amenaza

en la consternación del aire turbio:

sólo el azul extático y redondo.

La curvatura es vocación del río

con inflexiones lentas de meandro

en el arroyo que desciende al valle,

es consuelo en el círculo del Sol

cuando tiñe de rojo la parábola

en que la luz dibuja el horizonte,

espiral aguzada

en el brillo del brote de la hoja,

convexidad en la tensión del fruto,

densidad y turgencia

en todo lo colmado y lo creciente.

La redondez es signo de la carne

de mujer, salvación,

oasis de volumen

en la angustia del plano y de la recta;

pero ha de ser jardín al que no lleve

la ausencia de un camino no trazado.

Esa es la norma capital del sueño,

lo que confiere elevación de nube

y resplandor solar de paraíso

a la entereza de un jardín redondo

retirado al secreto

de su concavidad, sin que el dardo del tiempo

-serpiente rectilínea que hiere con la ciencia

del veneno sin paz de la memoria-

tenga puerta cerrada en que clavarse.

Pero tú oscureciste el horizonte

donde pudo brillar el más diáfano

silencio precursor de voz primera,

y trajiste al preludio

de su estación redonda la maldición del tiempo:

un largo corredor de palabras caídas

pudriéndose en la sombra de su otoño.

Así llegué al umbral del paraíso

como Moisés en su último viaje;

y en la desolación de la memoria

y la miseria del entendimiento

se desvanecen un jirón azul,

geometría sin voz, música abstracta.


De la inutilidad de los cristales ópticos


Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro

nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de

movimiento);

sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien

conoce,

con su excesiva holgura en la órbita seca;

un día han de invadir a medianoche

los bulevares de la ciudad desierta,

aterrando con su agilidad a los animales pacíficos,

en una conjunción única que consagre el azar.


El azar, anigquilando en su represalia de hondero

el estupor del que alinea y su conciso cristal.


Museo de Historia Natural


Encerrados en un espacio distante

perfeccionan allí la estabilidad de no ser

más que inmovilidad de animales simbólicos

la escorzada pantera, el mono encadenado

y la fidelidad que representa el perro

echado ante los pies de la estatua yacente;

adquieren aridez en la luz incisiva

bajo las losas de cristal del domo,

traslúcido animal que no perece.

La boa suspendida

por cuatro alambres tensos sobre cartón pintado

no es más que el concepto de boa.

Agavillados

bajo un domo distante, la memoria

les redondea el gesto, los induce

a la circunferencia imaginaria

en la que inscriben dentro de su urna

la suspensión del gesto, salto rígido

igual que las mandíbulas abiertas

gritan terror de estopa, agonía en cartón, violencia plana.

Agazapados tras una puerta distante,

cuando la empuja el simulacro vuelve

a componer su coreografía;

y un día han de invadir los bulevares

de la ciudad desierta, amenazando

la arquitectura fácil del triunfo

y el gesto de la mano que acaricia

la mansedumbre impávida de animales pacíficos.


Palabras de Tersites


Esa carcasa ocre es Helena, la gracia de la nuca

aureolada de cabellos lúcidos.

Los que la amaron son inmortales ahí, en la tierra inverniza,

o bien envejecieron con una pierna rota

dislocada para mendigar unos vasos de vino-

y yo, el giboso, el patizambo, me acuerdo algunas veces

de la altivez biliosa de los jefes aqueos

considerando la pertinencia del combate,

inspiración segura de algún poema heroico

cantor de esta campaña y su cuerpo de diosa:

polvo para quien no la amó, sus versos humo.


Es la decrepitud lo que enciende esta guerra.

martes, 19 de julio de 2022

Almafuerte, No te des por vencido y otros.

 Pedro Bonifacio Palacios (“Almafuerte”)


No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.


Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.


Procede como Dios que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora…


¡Que muerda y vocifere vengadora,

ya rodando en el polvo, tu cabeza!


A tus pies

Nocturno canto de amor

que ondulas en mis pesares,

como en los negros pinares

las notas del ruiseñor.


Blanco jazmín entre tules

y carnes blancas perdido,

por mi pasión circuído

de pensamientos azules.


Coloración singular

que mi tristeza iluminas,

como al desierto y las ruinas

la claridad estelar.


Nube que cruzas callada

la extensión indefinida,

dulcemente perseguida

por la luz de mi mirada.


Ideal deslumbrador

en el espíritu mío,

como el collar del rocío

con que despierta la flor.


Sumisa paloma fiel

dormida sobre mi pecho,

como si fuera en un lecho

de mirtos y de laurel.


Música, nube, ideal,

ave, estrella, blanca flor,

preludio, esbozo, fulgor

de otro mundo espiritual.


Aquí vengo, aquí me ves,

aquí me postro, aquí estoy,

como tu esclavo que soy,

abandonado a tus pies.


¡Avanti!

Si te postran diez veces, te levantas 

otras diez, otras cien, otras quinientas: 

no han de ser tus caídas tan violentas 

ni tampoco, por ley, han de ser tantas. 

Con el hambre genial con que las plantas 

asimilan el humus avarientas, 

deglutiendo el rencor de las afrentas 

se formaron los santos y las santas. 

Obsesión casi asnal, para ser fuerte, 

nada más necesita la criatura, 

y en cualquier infeliz se me figura 

que se mellan los garfios de la suerte... 

¡Todos los incurables tienen cura 

cinco segundos antes de su muerte!


Ayer y hoy

I


Humilde como el voto del creyente,

bendito como el ángel de mi guarda,

tímido, solitario, romancesco,

fe y esperanza.


II


Como tú, virginal y sin mancilla,

como yo, visionario y entusiasta,

era el amor que te ofrecí; inocente,

como mi alma.


III


Ignoto, como ráfaga perdida,

ardiente, como lágrima callada,

torcido, desolado, borrascoso,

amor de paria.


IV


Triste como el destello de la luna,

solo, como la luna solitaria,

es el recuerdo de ese amor maldito,

como mi alma.


Brisa

Llega a mis sienes, tímida, temblando,

tan perfumada como un rosal

la tibia brisa, su andar es blando.

¡Primer suspiro primaveral!


Llega tan suave, tan dilatada

cual de la linfa el correr fugaz,

o de la amante ruborizada

púdica y suave pasión veraz.


Cuando en mi pecho, tierna se posa,

bebo su tierna tribulación,

entonces, dicha un instante goza,

pobre, dolido, mi corazón.


Castigo

I


Yo te juré mi amor sobre una tumba,

sobre su mármol santo!

¿Sabes tú las cenizas de qué muerta

conjuré temerario?

¿Sabes tú que los hijos de mi temple

saludan ese mármol,

con la faz en el polvo y sollozantes

en el polvo besando?

¿Sabes tú las cenizas de qué muerta

mintiendo, has profanado?

¡No los quieras oir, que tus oídos

ya no son un santuario!

¡No los quieras oir como hay rituales

secretos y sagrados,

hay tan augustos nombres que no todos

son dignos de escucharlos!


II


Yo te di un corazón joven y justo

¡por qué te lo habré dado!

¡Lo colmaste de besos, y una noche

te dio por devorarlo!

Y con ojos serenos ¡El verdugo,

que cumple su mandato,

solicita perdón de las criaturas

que inmolará en el tajo!

¡Tú le viste, serena, indiferente,

gemir agonizando,

mientras tu roja sangre enrojecía

tus mejillas de nardo!

Y tus ojos ¡mis ojos de otro tiempo

que me temían tanto!

Ni una perla tuvieron, ni una sola:

¡eres de nieve y mármol!



III


¿Acaso el que me roba tus caricias

te habrá petrificado?

¿Acaso la ponzoña de Leteo

te inyectó a su contacto?

¿O pretendes probarme en los crisoles

de los celos amargos,

y me vas a mostrar cuánto me quieres,

después entre tus brazos?

¡No se prueban así con ignominias,

corazones hidalgos!

¡No se templa el acero damasquino

metiéndolo en el fango!

Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,

hasta rozar los astros:

tócale a mi venganza de poeta,

¡dejarte abandonada en el espacio!


Como los bueyes

Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano

y concilia deber, altruismo y gusto:

con el que pasa lejos, casi adusto,

con el que viene a mi, tierno y humano.

Hallo razón al triste y al insano,

mal que reviente mi pensar robusto;

y en vez de andar buscando lo más justo

hago yunta con otro y soy su hermano.

Sin meterme a Moisés de nuevas leyes,

doy al que pide pan, pan y puchero;

y el honor de salvar al mundo entero

se lo dejo a los genios y a los reyes:

Hago, vuelvo a decir, como los bueyes,

mutualidad de yunta y compañero.


Décimas


Yo soy flor que se marchita 

al sol de la adversidad, 

el arbolito en mitad 

de la llanura infinita. 

La paloma pobrecita 

que arrastran los aquilones, 

entre oscuros nubarrones 

de tempestades airadas, 

soy la barca abandonada 

en el mar de las pasiones. 


II 


Soy el ave que al bajar 

de los aires fatigada, 

no tiene ni una enramada 

ni un árbol en que anidar. 

Y si vuelve a levantar 

las tristes alas del suelo, 

encuentra nublado el cielo 

y deshecha la tormenta, 

y el pájaro se lamenta 

y vuelve a tender su vuelo. 


III 


Yo soy un gaucho cantor 

de renombradas virtudes, 

que tan solo ingratitudes 

ha recibido en su amor. 

Soy el pobre payador 

velay, si sabré penar 

con mis negras amarguras, 

la pampa con sus llanuras 

con sus abismos la mar.


IV 


Yo no canto por llamar 

la atención que no merezco, 

yo canto porque padezco 

penas que quiero olvidar. 

Que tan solo con cantar 

se va al viento nuestra pena, 

y yo tengo el alma llena 

de pesares y amarguras, 

más que en la pampa hay anchura 

más que en el mar hay arena



Por eso, ¡oh linda mujer! 

maldigo mi negra estrella, 

al contemplarte tan bella 

sin que te pueda querer. 

Porque todo hombre ha de ser

generoso hasta morir, 

y no debe permitir 

a una mujer que lo quiera, 

para que después se muera 

al verlo tanto sufrir. 


VI 


¡Adiós, primorosa flor! 

adiós, lucero invariable, 

solamente comparable 

a la estrella de mi amor. 

Cuando sientas un dolor 

parecido al que yo siento, 

Dios quiera que tu lamento 

no sucumba en la ignorancia, 

y atraviese la distancia 

¡sobre las olas del viento!


El Drama del Calvario

Giró el genio en derredor

después de pisar la cumbre;

y una fantástica lumbre

llenó a la sombra de horror:

y un gemebundo clamor

taladró la inmensidad,

y se hundió la humanidad

sobre su propio esqueleto;

y reveló su secreto

más hondo la eternidad.


Siniestra, cárdena lumbre

bañó la faz del calvario,

cual un ardiente sudario

flotando desde la cumbre:

bajo la negra techumbre

del éter vago y profundo,

aquel surgir iracundo…

brutal de la claridad…

era quizás, ¡la verdad

mirando una vez al mundo!


Palmario, el Gólgota, frío,

quedó en los aires desiertos,

con sus dos brazos abiertos,

predicando en el vacío…

Y entonces, como en estío

los insectos en los faros,

innominables, ignaros,

surgiendo del horizonte,

rodeaban la cruz y el monte

todos los muertos preclaros.


De la honda, azul entraña

llovían monstruos y santos:

y eran tales, y eran tantos,

¡que gemía la montaña!…

Desde la torpe alimaña

del alma vil de Nerón,

al concepto, a la noción

más alta del supergenio,

en aquel breve proscenio

¡tomaron colocación!


De aquella invasión mortuoria

quedó repleto el calvario;

resonante, tumultuario

¡cuál una copa de gloria!

Bajo el tropel de la historia

trepidaban sus cimientos,

y se hundía por momentos,

cual una nave inundada…

cual una frente cargada

¡de sombríos pensamientos!


Tremenda, enorme, sin par,

genial, feroz batahola, 

lo mismo que cada ola

¡lanzando un grito en el mar!

Formidable resollar

de las almas con bandera,

que imaginar no pudiera

aquel que no imaginase,

que al mismo tiempo bramase

¡cada punto de la esfera!


Toda pasión, toda vida,

toda excelsitud pasada,

desde la cumbre sagrada

quería ser comprendida…

Y como la palma erguida

sobre la mutable arena,

presidiendo aquella escena

con dulce, con noble ceño,

yacía Cristo en su leño

¡cual una blanca azucena!


Los humanos, los vivientes,

los que todavía somos,

con toda el alma en los lomos,

estaban allí presentes:

Pensándose delincuentes,

del genio ante los secretos,

mustios, miserables, quietos,

inanimados, pasivos

se reducían los vivos

¡en sus propios esqueletos!


Y en el valle acurrucada,

yacía la humanidad,

tal vez sin otra ansiedad

¡que la ansiedad de la nada!

Ni un gesto, ni una mirada,

ni un suspiro producía,

en tanto que recibía,

genial, vibrante, notoria,

la confesión de la gloria

¡sobre su testa vacía!…


Poco a poco, lentamente,

todo el mundo quedó calmo,

lo mismo que palmo a palmo,

va cediendo la creciente;

de aquel clamor prepotente

ni leve rumor se oía,

de aquella loca porfía

ya no sonó ni un reproche

y en el silencio y la noche

¡quedó la extensión vacía!


Perfecto, conciso, frío,

quedó el calvario a la luz,

con sus dos brazos en cruz

acariciando el vacío.

Y en el silencio sombrío

del aire y de las esferas

aquella lumbre de hogueras

demostraba sin rumor

la impotencia del amor,

¡en una raza de fieras!


El soñador

Le aserraron el cráneo;

le estrujaron los sesos,

y el corazón ya frío

le arrancaron del pecho.

Todo lo examinaron

los oficiales médicos

mas no hallaron la causa

de la muerte de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

como el espacio azules

y como el mar acerbos.

¡Oíd! Cuando yo muera,

cuando sucumba, ¡oh, médicos!

ni me aserréis el cráneo

ni me estrujéis los sesos,

ni el corazón ya frío

me arrebatéis del pecho,

que jamás hasta el alma,

llegó vuestro escalpelo.

Y mi mal es el mismo,

es el mismo de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

y como el espacio azules

y como el mar acerbos.


¿Flores a mí?

I


Ayer me diste una flor,

una flor a mí, señora,

que no consagré una hora

ni al más poderoso amor.

¿Flores a mí? ¡si es mejor!,

en un páramo arrojarlas,

o tú no sabes amarlas,

o al sentir mi pecho yerto,

sobre la tumba de un muerto,

has querido abandonarlas.



II


¿Flores a mí? ¿tú no sabes

de esos parajes que aterran,

donde las flores se cierran,

dónde no cantan las aves?

Las más orgullosas naves

temen del mar los furores,

los tigres devoradores

huyen del simún airado

¡y tú en mi pecho has dejado

tan sin recelo tus flores!


III


¡Flores a mi! puede ser

que desalmada y celosa,

buscaras la más hermosa

con tu instinto de mujer;

Y haciéndole comprender

yo no sé qué gentileza,

con refinada fiereza,

con el más profundo encono,

la bajaste de su trono

por castigar su belleza.


IV


No lo sé, linda mujer,

ni quiero saberlo todo;

me contento con mi modo

de saber y no saber.

Pero si quieres tener

la realidad en tu mano,

te diré, sin ser un vano,

que si te movió el amor

¡la flor ha sido una flor

que fue destronada en vano!


Fúnebre

I


La montaña que tiembla, porque siento

germen de cataclismo en sus entrañas;

el huracán que gemebundo emigra

quién sabe a qué región y qué distancia;

el mar que ruge protestando airado

de la ley del nivel que lo avasalla;

los mundos del sistema -¡tristes mundos!-

que al sol de Dios obedeciendo pasan

como en la arena de la pista el potro

a latigazos -¡noble potro!- salta;

no tienen sobre sí más amargura

que la que hospeda en sus desiertos mi alma,

porque yo arrastro sobre mí -¡y no puedo!-

como un cuerpo podrido, ¡la esperanza!


II


Tú que vives la vida de los justos

allá junto a tu Dios arrodillada,-

yo no creo ni aguardo, pero pienso

que haya hecho Dios un cielo para tu alma,-

dame un rayo de luz -¡uno tan solo!-

que restaure mi fuerza desmayada,

que ilumine mi mente que se anubla,

que reanime mi fe que ya se apaga...

dame un beso de amor -¡uno siquiera!-

aquí, sobre esta frente que besabas;

aquí, sobre estos labios que otros labios

han besado con ósculos de infamia;

aquí, sobre estos ojos que no tienen

nada más, ¡oh mi madre!, que tus lágrimas.


Hijos y Padres

(Dedica a su hermana Carmen)


I


Como la lluvia copiosa sobre el suelo,

como rayo de sol sobre la planta,

como cota de acero sobre el pecho,

como noble palabra sobre el alma,

para los hijos 

de tus entrañas

debe ser tu cariño hermana mía

riego, calor, consolación y gracia.


II


Como tierra sedienta de rocío,

como planta en la sombra sepultada,

como pecho desnudo en el peligro,

como guerrero inerme en la batalla,

así, en la ardiente

contienda humana,

¡ay! los hijos que pierden a sus padres,

pierden riego, calor, escudo y lanza.


III


Como nube de arena que no riega,

como sol que no alumbra en la borrasca,

como roto espaldar que no defiende,

como consejo que pervierte y mancha,

así, malditos,

padres sin alma,

son aquellos que niegan a sus hijos

consejo, amor, ejemplo y esperanza.


IV


Como fecunda tierra agradecida,

como planta que al sol sus flores alza,

como pecho confiado tras la cota,

como hasta Dios se magnifica el alma,

así, los hijos,

cuando les aman,

dan plantas de virtud como esa tierra,

frutos de bendición como esas plantas,

arranques de valor como esos pechos,

rayos de inmensa luz como esas almas.


Íntima

Ayer te vi... No estabas bajo el techo

de tu tranquilo hogar

ni doblando la frente arrodillada

delante del altar,

ni reclinando la gentil cabeza

sobre el augusto pecho maternal.

Te vi...si ayer no te siguió mi sombra

en el aire, en el sol,

es que la maldición de los amantes

no la recibe Dios,

o acaso el que me roba tus caricias

¡tiene en el cielo más poder que yo!

Otros te digan palma del desierto,

otros te llamen flor de la montaña,

otros quemen incienso a tu hermosura,

yo te diré mi amada.

Ellos buscan un pago a sus vigilias,

ellos compran tu amor con sus palabras;

ellos son elocuentes porque esperan,

¡y yo no espero nada!

Yo sé que la mujer es vanidosa,

yo sé que la lisonja la desarma,

y sé que un hombre esclavo de rodillas

más que todos alcanza...

Otros te digan palma del desierto,

otros compren tu amor con sus palabras,

yo seré más audaz pero más noble:

¡yo te diré mi amada!


Invernal

La tarde es lluviosa; del ramaje

penden como harapos destrozados,

los nidos de las aves enlutados

como el pálido verde del follaje.

Solo y silencioso aquel boscaje

de plumeros verdosos y mojados,

de áspides, de prados desolados,

parece un escuálido paisaje.

Donde se encierra la grandeza humana

con todos sus achaques y certezas,

con la infinita vanidad insana

de todas las antorchas de nobleza.

¡Bosque do se funde la campana

que tañerá mis horas de tristezas!


La yapa

Como una sola estrella no es el cielo,

ni una gota que salta, el Océano,

ni una falange rígida, la mano,

ni una brizna de paja, el santo suelo:


tu gimnasia de jaula no es el vuelo,

el sublime tramonto soberano,

ni nunca podrá ser anhelo humano

tu miserable personal anhelo.


¿Qué saben de lo eterno las esferas?

¿de las borrascas de la mar, las gotas?

¿de puñetazos, las falanges rotas?

¿de harina y pan, las pajas de las eras?...


¡Detén tus pasos Lógica, no quieras

que se hagan pesimistas los idiotas!


Letanías a Jesús

I


Jesús de Galilea 

para mí no eres Dios, 

eres sólo una idea 

de la que marcho en pos. 


II


No me humillo ni ruego 

a tus plantas Jesús, 

llego a ti como un ciego 

que va en busca de luz. 



III


Jesucristo eres nuestro 

más grande innovador, 

Profeta ¡no! Maestro 

de piedad y de amor. 



IV


No le niegues al mundo 

la gloria de tu ser, 

que en su vientre fecundo 

te engendró una mujer. 


V


Pastor de la gleba, 

sabio teorizador, 

de la turba que lleva 

el signo del dolor. 



VI


¡Oh, si fuera divino 

el destello de tu luz 

que alumbró tu camino! 

¿Qué valdría tu cruz? 



VII


Tu doctrina redime, 

de ella vamos en pos, 

como hombre eres sublime, 

¡Pequeño como Dios!


Lo que yo quiero


Quiero ser las dos niñas de tus ojos, 

las metálicas cuerdas de tu voz, 

el rubor de tu sien cuando meditas 

y el origen tenaz de tu rubor. 

Quiero ser esas manos invisibles 

que manejan por si la creación, 

y formar con tus sueños y los míos 

otro mundo mejor para los dos. 

Eres tú, providencia de mi vida, 

mi sostén, mi refugio, mi caudal; 

cual si fueras mi madre, yo te amo... 

¡y todavía más!. 


II 


Tengo celos del sol porque te besa 

con sus labios de luz y de calor... 

¡del jazmín tropical y del jilguero 

que decoran y alegran tu balcón! 

Mando yo que ni el aire te sonría: 

ni los astros, ni el ave, ni la flor, 

ni la fe, ni el amor, ni la esperanza, 

ni ninguno, ni nada más que yo. 

Eres tú, soberana de mis noches, 

mi constante, perpetuo cavilar: 

ambiciono tu amor como la gloria... 

¡y todavía más!. 


III 


Yo no quiero que alguno te consuele 

si me mata la fuerza de tu amor... 

¡si me matan los besos insaciables, 

fervorosos, ardientes que te doy! 

Quiero yo que te invadan las tinieblas,

cuando ya para mí no salga el sol. 

Quiero yo que defiendas mis despojos 

del más breve ritual profanador. 

Quiero yo que me llames y conjures 

sobre labios y frente, y corazón. 

Quiero yo que sucumbas o enloquezcas... 

¡loca sí; muerta si, te quiero yo! 

Mi querida, mi bien, mi soberana, 

mi refugio, mi sueño, mi caudal, 

mi laurel, mi ambición, mi santa madre... 

¡y todavía más!


Mi alma (Paralela)

Bajo la curva de la noche, fúnebre,

sobre la arena del desierto, cálida,

se conturba la mente del proscrito,

su pie desnudo, vacilante, marcha;

y allá en la curva fúnebre del cielo

la estrella solitaria;

y allá, sobre las cálidas arenas,

¡el oasis y el agua!

Bajo la curva del dolor, fatídica,

sobre el desierto de mi vida, trágica,

mi acongojada mente se conturba,

mi vacilante pie se despedaza;

y allá, en la curva del dolor, siniestra,

la luz de la esperanza;

y allá sobre el desierto de mi vida,

¡la resonante multitud de mi alma!.


¡Moltissimo piu Aavanti ancora!

Si en vez de las estúpidas panteras

y los férreos estúpidos leones, 

encerrasen dos flacos mocetones 

en esa frágil cárcel de las fieras.

 

No habrían de yacer noches enteras 

en el blando pajar de sus colchones, 

sin esperanzas ya, sin reacciones 

lo mismo que dos plácidos horteras.


Cual Napoleones pensativos, graves, 

no como el tigre sanguinario y maula, 

escrutarían palmo a palmo su aula, 

buscando las rendijas, no las llaves... 


¡Seas el que tú seas, ya lo sabes: 

a escrutar las rendijas de tu jaula!


¡Molto piu Avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes 

sobre las penas que no son sus penas; 

los que olvidan el son de sus cadenas 

para limar las de los otros antes; 

Los que van por el mundo delirantes 

repartiendo su amor a manos llenas, 

caen, bajo el peso de sus obras buenas, 

sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes! 

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos! 

¡nunca sigas impulsos compasivos! 

¡ten los garfios del Odio siempre activos

los ojos del juez siempre despiertos! 

¡Y al echarte en la caja de los muertos, 

menosprecia los llantos de los vivos! 


¡Molto pui Avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado 

donde todo es estólido y fingido, 

donde cada anfitrión guarda escondido

su verdadero ser, tras el tocado: 

No digas tu verdad ni al más amado, 

no demuestres temor ni al más temido, 

no creas que jamás te hayan querido 

por más besos de amor que te hayan dado. 

Mira como la nieve se deslíe 

sin que apostrofe al sol su labio yerto, 

cómo ansia las nubes el desierto 

sin que a ninguno su ansiedad confíe... 

¡Trema como el infierno, pero ríe! 

¡Vive la vida plena, pero muerto!


Pasión

I


Tú tienes, para mí, todo lo bello

que cielo, tierra y corazón abarcan;

la atracción estelar ¡de esas estrellas

que atraen como tus lágrimas!;


II


La sinfonía sacra de los seres,

los vientos, los bosques y las aguas,

en el lenguaje mudo de tus ojos

que, mirándome, hablan;


III


Los atrevidos rasgos de las cumbres

que la celeste inmensidad asaltan,

en las gentiles curvas de tu seno…

¡oh, colina sagrada!


IV


Y el desdeñoso arrastre de las olas

sobre los verdes juncos y las algas,

en el raudo vagar de tu memoria

por mi vida de paria.


V


Yo tengo, para ti, todo lo noble

que cielo, tierra y corazón abarcan;

el calor de los soles, ¡de los soles

que, como yo, te aman!;


VI


El gemido profundo de las ondas

que mueren a tus pies sobre la playa,

en el tapiz purpúreo de mi espíritu

abatido a tus plantas;


VII


La castidad celeste de los besos

de tu madre bendita, en la mañana,

en la caricia augusta con que tierna

te circunda mi alma.


VIII


¡Tú tienes, para mí todo lo bello;

yo tengo para ti, todo lo que ama;

tú, para mí, la luz que resplandece,

yo, para ti, sus llamas!