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sábado, 17 de enero de 2026

¡Ay triste España de Caín!, por Miguel de Unamuno

 «¡Ay triste España de Caín!»

Un trozo de planeta por el que cruza

errante la sombra de Caín.

Antonio Machado


    ¡Ay, triste España de Caín, la roja

de sangre hermana y por la bilis gualda,

muerdes porque no comes, y en la espalda

llevas carga de siglos de congoja!

    Medra machorra envidia en mente floja

—te enseñó a no pensar Padre Ripalda—

rezagada y vacía está tu falda

e insulto el bien ajeno se te antoja

    Democracia frailuna con regüeldo

de refectorio y ojo al chafarote,

¡viva la Virgen!, no hace falta bieldo.

    Gobierno de alpargata y de capote,

timba, charada, a fin de mes el sueldo,

y apedrear al loco Don Quijote.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Miguel de Unamuno, Agranda la puerta, padre

Este poema suele circular por las redes solo en sus dos primeras cuartetas; aquí lo reproduzco entero

Agranda la puerta, padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.


Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar.


Gracias, padre, que ya siento

que se va mi pubertad;

vuelvo a los días rosados

en que era hijo, no más.


Hijo de mis hijos ahora

y sin masculinidad

siento nacer en mi seno

maternal virginidad

domingo, 26 de julio de 2015

Vicente Wenceslao Querol, En Nochebuena

En Nochebuena

Vicente W. Querol (1836–1889)

A mis ancianos padres


I

Un año más en el hogar paterno
delebramos la fiesta del Dios-niño,
símbolo augusto del amor eterno,
cuando cubre los montes el invierno
              con su manto de armiño.


II

Como en el día de la fausta boda
o en el que el santo de los padres llega,
la turba alegre de los niños juega,
y en la ancha sala la familia toda
              de noche se congrega.


III

La roja lumbre de los troncos brilla
del pequeño dormido en la mejilla,
que con tímido afán su madre besa;
y se refleja alegre en la vajilla
              de la dispuesta mesa.


IV

A su sobrino, que lo escucha atento,
mi hermana dice el pavoroso cuento,
y mi otra hermana la canción modula
que, o bien surge vibrante, o bien ondula
              prolongada en el viento.


V

Mi madre tiende las rugosas manos
al nieto que huye por la blanda alfombra;
hablan de pie mi padre y mis hermanos,
mientras yo, recatándome en la sombra,
              pienso en hondos arcanos.


VI

Pienso que de los días de ventura
las horas van apresurando el paso,
y que empaña el oriente niebla oscura,
cuando aun el rayo trémulo fulgura
              último del ocaso.


VII

¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena
las breves dichas el temor del daño!
Hoy presidís nuestra modesta cena,
pero en el porvenir . . . yo sé que un año
              vendrá sin Nochebuena.


VIII

Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo
serán muda aflicción y hondo sollozo.
No cantará mi hermana, y mi sobrina
no escuchará la historia peregrina
              que le da miedo y gozo.


IX

No dará nuestro hogar rojos destellos
sobre el limpio cristal de la vajilla,
y, si alguien osa hablar, será de aquellos
que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla
              con sus blancos cabellos.


X

Blancos cabellos cuya amada hebra
es cual corona de laurel de plata,
mejor que esas coronas que celebra
la vil lisonja, la ignorancia acata,
              y el infortunio quiebra.


XI

¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo
la sublime bondad de vuestro rostro,
mi alma a los trances de la vida templo,
y ante esa imagen para orar me postro,
              cual me postro en el templo.


XII

Cada arruga que surca ese semblante
es del trabajo la profunda huella,
o fue un dolor de vuestro pecho amante.
La historia fiel de una época distante
              puedo leer yo en ella.


XIII

La historia de los tiempos sin ventura
en que luchasteis con la adversa suerte,
y en que, tras negras horas de amargura,
mi madre se sintió más noble y pura
              y mi padre más fuerte.


XIV

Cuando la noche toda en la cansada
labor tuvisteis vuestros ojos fijos,
y, al venceros el sueño a la alborada
fuerzas os dio posar vuestra mirada
              en los dormidos hijos.


XV

Las lágrimas correr una tras una
con noble orgullo por mi faz yo siento,
pensando que hayan sido por fortuna,
esas honradas manos mi sustento
              y esos brazos mi cuna.


XVI

¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera
pagaros hoy la que en mi edad primera
sufristeis sin gemir, lenta agonía,
y que cada dolor de entonces fuera
              germen de una alegría.


XVII

Entonces vuestro mal curaba el gozo
de ver al hijo convertirse en mozo,
mientras que al verme yo en vuestra presencia
siento mi dicha ahogada en el sollozo
              de una temida ausencia.


XVIII

Si el vigor juvenil volver de nuevo
pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas?
Yo os daría mi sangre de mancebo,
tornando así con ella a vuestras venas
              esta vida que os debo.


XIX

Que de tal modo la aflicción me embarga
pensando en la posible despedida,
que imagino ha de ser tarea amarga
llevar la vida, como inútil carga,
              después de vuestra vida.


XX

Ese plazo fatal, sordo, inflexible,
miro acercarse con profundo espanto,
y en dudas grita el corazón sensible:
«Si aplacar al destino es imposible,
              ¿para qué amarnos tanto?»


XXI

Para estar juntos en la vida eterna
cuando acabe esta vida transitoria:
si Dios, que el curso universal gobierna,
nos devuelve en el cielo esta unión tierna,
              yo no aspiro a más gloria.


XXII

Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma
será que prolonguéis la dulce calma
que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:
para marchar yo solo por la tierra
              no hay fuerzas en mi alma.

José Selgas, El estío

El Estío

José Selgas
(1822–1882)

Mayo recoge el virginal tesoro;
desciñe Flora su gentil guirnalda;
la sombra busca el manantial sonoro
del alto monte en la risueña falda;
campos son ya de púrpura y de oro
los que fueron de rosa y esmeralda;
y apenas riza su corriente el río
a los primeros soplos del estío.

El soto ameno y la enramada umbrosa,
el valle alegre y la feraz ribera,
con voz desalentada y cariñosa
despiden a la dulce primavera;
muere en su tallo la inocente rosa;
desfallece la altiva enredadera;
y en desigual y tenue movimiento
gime en el bosque fatigado el viento.

Por la alta cumbre del collado asoma
la blanca aurora su rosada frente,
reparte perlas y recoge aroma;
se abre la flor que su mirada siente;
repite los arrullos la paloma
bajo las ramas del laurel naciente;
y allá por los tendidos olivares
se escuchan melancólicos cantares.

Del aura dócil al impulso blando
la rubia mies en la llanura ondea;
del dulce nido alrededor volando
la alondra gira y de placer gorjea;
las ondas de la fuente suspirando
quiebran el rayo de la luz febea,
y en delicados mágicos colores
el fruto asoma al expirar las flores.

Sobre los montes que cercando toca
la niebla tiende su bordado encaje;
desde el peñón de la desierta roca
lánzase audaz el águila salvaje;
el seco vientecillo que sofoca
cubre de polvo el pálido follaje;
y por el monte y por la vega umbría
crece el calor y se derrama el día.

Y en el árido ambiente se dilata
la esencia de la flor de los tomillos,
y lento el río su raudal desata
entre mimbres y juncos amarillos;
y si al cubrir sus círculos de plata
con sus plumeros blandos y sencillos
la caria dócil la corriente roza,
trémula el agua de placer solloza.

Del valle en tanto en la pendiente orilla
manso cordero del calor sosiega;
se oyen los cantos de la alegre trilla;
suenan los ecos de la tarda siega;
ardiente el sol en el espacio brilla:
el cielo azul su majestad despliega,
y duermen a la sombra los pastores,
y se abrasan de sed los segadores.

Presta sombra a la rústica majada
la noble encina que a la edad resiste;
en su copa de fruto coronada
la vid de verde majestad se viste;
a su pie la doncella enamorada
canta de amor, pero su canto es triste,
que, en el profundo afán que la devora,
amores canta porque celos llora.

Y el eco de su voz, dulce al oído
más que el tierno arrullar de la paloma,
por el monte y el valle repetido,
tristes, confusas vibraciones toma;
y en las ondas del aire suspendido
se escapa al fin por la quebrada loma,
y sin que el aura devolverlo pueda
todo en reposo y en silencio queda.

Mudas están las fuentes y las aves;
no circula ni un átomo de viento;
cortadas por el sol lentas y graves
caen las hojas del árbol macilento;
tenue vapor en ráfagas süaves
se levanta con fácil movimiento,
y mezclando en la luz su sombra extraña,
va formando la nube en la montaña.

Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
del horizonte azul la nube densa,
y el fuego del relámpago la enciende,
y gira por la atmósfera suspensa.
y ya sus flancos inflamados tiende,
ya el vapor de su seno se condensa,
y soltando el granizo en lluvia escasa
la rompe el trueno, y se divide y pasa.

Y el sol que se reclina en Occidente
de su encendido manto se despoja,
y en los blancos celajes del Oriente
se pierde el rayo de su lumbre roja.
Brilla la gota de agua trasparente
detenida en el polvo de la hoja,
y tendiendo el crepúsculo su planta
del fondo de los valles se levanta.

Como el ensueño dulce y regalado
que en la fiebre de amor templa el desvelo,
vertiendo en nuestro espíritu agitado
la misteriosa esencia del consuelo;
así por el ambiente reposado
de estrellas y vapor bordando el cielo,
breves y llenas de feraz rocío
cruzan las noches del ardiente estío.

Y en tristes ecos el silencio crece,
y en tibio resplandor la sombra vaga;
la luz de las estrellas se estremece
y en el limpio raudal brilla y se apaga;
naturaleza entera se adormece
en el hondo placer que la embrïaga,
y lleva el aura en vacilantes giros
besos, sombras, perfumes y suspiros.

Más puro que le tímida esperanza
que sueña el alma en el amor primero,
su rayo débil desde Oriente lanza,
sol de la noche, virginal lucero;
triste y sereno por el cielo avanza
de la cándida Luna mensajero,
por ella viene, y suspirando ella,
síguele en pos enamorada y bella.

Cuantos guardáis la tímida inocencia
que a la esperanza y al amor convida;
los que en el alma la impalpable esencia
de su primer amor lloráis perdida;
cuantos con dolorosa indiferencia
vais apurando el cáliz de la vida;
todos llegad, y bajo el bosque umbrío
sentid las noches del ardiente estío.

Las del tirano amor, desengañadas,
pálidas y dulcísimas doncellas,
vosotras que lloráis desconsoladas
solo el delito de nacer tan bellas;
mirad entre las nubes sosegadas
cómo cruzan el cielo las estrellas;
que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
que no se calme contemplando el cielo.

Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
fuente de virginal melancolía,
más hermosa a mis ojos y más pura
que el rayo azul con que despunta el día;
corazón abrasado de ternura,
espíritu de amor y de armonía,
ven y derrama en el tranquilo viento
el ámbar delicado de tu aliento.

La dulce vaguedad que me enajena
aumenta la inquietud de mi deseo;
tu voz perdida en el ambiente suena;
donde mis ojos van tu sombra veo;
de amor y afán mi corazón se llena,
porque en tu amor y en mi esperanza creo;
y así suspende el sentimiento mío
la tibia noche del ardiente estío.

Noche serena y misteriosa, en donde
dormido vaga el pensamiento humano,
todo a los ecos de tu voz responde:
la mar, el monte, la espesura, el llano;
acaso Dios entre tu sombra esconde
la impenetrable luz de algún arcano;
tal vez cubierta de tu inmenso velo
se confunde la tierra con el cielo.